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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 6 de enero de 2012

GUERRA TIBIA Frederik Pohl


GUERRA TIBIA
Frederik Pohl
I
Todo sacerdote tiene alguien con quien confesarse, un rabino tiene a otro rabino e incluso un ministro protestante tiene a algún superior en la jerarquía eclesiástica. H. Hornswell Hake no tenía a nadie así. Él era un unitario y estaba tan solo como lo está, en sus responsabilidades de mando, el capitán de un buque. La idea de dar a conocer sus problemas en Beacon Street le hubiese parecido ridícula, si hubiera llegado a ocurrírsele. Y así, sin una esposa o amante habitual, sin padres o familiares cercanos, no estando metido en ningún tipo de terapia psicoanalítica y sin tener siquiera (y de esto se daba cuenta con una cierta preocupación) verdaderos amigos íntimos, no había nadie con quien pudiera hablar.
Y tenía deseos de hablar... ¡Dios, las ganas que tenía de hablar! No es fácil para un hombre descubrir que ha infectado a medio continente. Era algo que le desgarraba la mente. El diario de su propia vida no era algo que tuviera totalmente claro, pero conocía perfectamente algunas partes del mismo. De lo que más seguro estaba era de que su objetivo en este mundo no era enfermar a la gente, sino curarla. Mientras hacía footing, se ejercitaba gimnásticamente o trabajaba con las pesas, no dejaba de pensar en ello: en alemanes y daneses con los ojos enrojecidos y estornudando. Tumbado, se veía como un agente transmisor de enfermedades a escala continental. Y pasaba mucho tiempo tumbado: la enfermedad que Hake había diseminado por la Europa Occidental era algo que en la Agencia llamaban una variedad Tres-X, lo que significaba que tenía un índice de recaídas tan alto que el enfermo medio podía contar con tener tres rebrotes de la fiebre, las toses y los dolores. Hake había recibido los mejores cuidados médicos y, a pesar de ello, había sufrido cinco recaídas. Pasó más de un mes antes de que estuviera de nuevo en condiciones de efectuar sus tareas.
Y eso no significaba que hubiera permanecido sin hacer nada, o que se encontrase solo. Cuando tenía un nuevo brote, Alys Brant, Jessie Tunman y media docena más se congregaban a su alrededor, con sopas calientes y atenciones; cuando estaba en pie y en condiciones, Jessie aparecía con cuestiones acerca de la colecta para la moqueta y la siguiente reunión presupuestaria; su
director del programa juvenil con planes para el siguiente festival benéfico, el Espectáculo Mágico del Verano, y preocupaciones acerca de qué quinceañeros estaban tomando qué drogas; y Alys Brant llegaba con su propia e incomparable personalidad. Alys sólo había sufrido la más leve de las infecciones de la enfermedad, pero eso había bastado para infundirle una fuerte simpatía hacia Hake y sus reiteradas recaídas, y aquélla era más simpatía de la que Hake creía poder soportar. Así que la mantenía alejada, enviándola a hacer trabajos de investigación en la biblioteca y, para cuando se sintió lo bastante bien como para volver a la iglesia a dar un sermón dominical, ya había decidido lo que quería hacer: como muchos otros ministros religiosos antes que él, iba a tratar de desentrañar sus propios problemas exponiéndoselos a su congregación. Quizá no lo hubiera intentado durante las épocas normales del año religioso, pero en verano los servicios eran muy informales y, habitualmente, sólo asistían a ellos un par de docenas de los miembros más devotos de la congregación.
El tiempo se había tornado muy cálido. Hake caminó muy lentamente hacia la iglesia antes del servicio, andando pausadamente para evitar empezar a sudar o jadear: no deseaba respirar más de aquel aire tan cargado del que le resultase necesario, y con aquel tiempo o hacía sus carreras al alba, cuando aún hacía fresco, o dejaba totalmente de correr. Giró la llave de la puerta de la iglesia y abrió las hojas de par en par.
Era una iglesia vieja y pequeña, pero era la iglesia de Hake. Su ánimo se elevó mientras entraba, estudiaba la gastada moqueta y alineaba las hileras de placas con los nombres que aguardaban la llegada de los miembros de la congregación. La pintura estaba volviendo a desconcharse en el techo. Hake frunció el ceño. La Agencia había sido muy generosa en suministrarle lujos para su propio uso: el generador eléctrico eólico, el nuevo mobiliario de oficina, grifería para el cuarto de baño que funcionaba a la perfección, incluso una renovación de la cocina, a pesar de que Hake, como buen solterón, casi nunca se preparaba una verdadera comida. Ya era hora de que también dedicasen un poco de dinero a la iglesia. Por lo menos, el suficiente para dar una nueva capa de pintura, y quizá para una nueva moqueta, y así poder dejar ya de hacer aquellas molestas colectas. La próxima vez que hablase con Cascarrabias... pero, ¿cuándo sería eso? Y quizá... quizá tras el sermón que se disponía a dar ya no volviera a recibir regalos de él. Tal vez fuera una pena, pero siempre sería mejor que vivir con aquel sentimiento de culpabilidad.
—Como la mayoría de vosotros sabéis —comenzó—, estuve varias semanas en Europa el mes pasado, y esto me ha hecho ponerme a pensar en lo que sucede en el mundo. Y no me gusta buena parte de las cosas que he pensado. Miro al mundo, y veo en él una especie de loca carrera en la que el modo de ganar no es correr más deprisa que tu contrincante, sino ponerle la zancadilla. No es una guerra, no. Pero tampoco es la paz, y es algo que está degradando la calidad de la vida de todos, tanto de nosotros como del resto del mundo.
Sólo había unas treinta y cinco personas en la iglesia, sentadas en el suelo en la posición del loto, reclinadas en las colchonetas o correcta y rígidamente sentadas en los bancos que había a los lados de la sala. Todos le estaban escuchando con gran atención... o, si no estaban atentos, al menos mostraban esa educada expresión de aceptación pasiva que había visto desde el púlpito la mayor parte de los domingos por la mañana de su vida.
—Buena parte de lo que sucede es económico —prosiguió—, pues jugamos unos y otros con nuestras respectivas divisas, atacando a la libra esterlina y especulando con el marco alemán, inundando de oro el mercado cuando se reblandece el dólar y comprándolo para acumularlo cuando son los rusos, los sudafricanos o los hindúes los que empiezan a venderlo. Buena parte es mercantil: vendemos trigo por menos de lo que cuesta cultivarlo a países que nos mandan aparatos de televisión a menor precio de lo que cuesta fabricarlos. Y buena parte... —dudó, mirando las palabras que había escrito, como buscando en ellas el valor para ir más allá de ellas—... es psicológico. Censuramos a los españoles porque no les dan la libertad a los vascos, y recriminamos al resto del mundo su interferencia en nuestro propio modo de ocupamos de los navajos.
Ahora, los ojos se tornaban vidriosos, como había sabido que iba a suceder, pero testarudamente siguió recitando estadísticas y explicando políticas. Incluso Ted Brant, que estaba recostado en una colchoneta, con las rodillas en alto, el brazo posesivamente en tomo a los hombros de Alys, la otra mano descansando en la pierna de Sue-Ellen, ya no parecía hostil, sino meramente aburrido, mientras que Alys asentía con la cabeza a cada nuevo punto de la perorata. En realidad no era que mostrase su acuerdo, sólo estaba dando cuenta de su aceptación del uso que estaba haciendo Hake de la información que ella le había conseguido. Él siguió con su catálogo: ayuda a los traidores, apoyo a los disidentes, interferencia de las emisiones de radio y televisión, el pase a otros de la polución propia...
—Esas chimeneas de mil metros de altura —afirmó—, se deshacen de nuestra polución, pero sólo a base de lanzarla lo bastante alta como para que luego caiga sobre Londres o Copenhague.
Allen Haversford ya no tenía los ojos vidriosos. El director de Animalitos y Flores Internacionales estaba escuchándole con una atención total, si bien sin mostrar estar a favor o en contra. Y, sorprendentemente, también Jessie Tunman estaba muy atenta.
Hake resumió la moral de su sermón:
—Así pues, he llegado a creer —dijo— que no es bastante no estar en guerra. Se necesita algo más. Se necesita tolerancia y amor por el prójimo. Tenemos que aceptar que aquellos que no están de acuerdo con nosotros quizá estén equivocados, pero no son unos malvados. Tenemos que aceptar la diversidad y promocionar la individualidad. Tenemos que abandonar la suspicacia como sistema de vida, y olvidarnos ya sea de dar el primer golpe, o de vengarnos después de haberlo recibido. Y tenemos que hallar dentro de nosotros mismos las soluciones a los problemas que creamos, en lugar de tratar de hacer que nuestra situación sea algo mejor a base de hacer que la de otro sea algo peor. Y ahora —concluyó—, Ellie Fratkin y Bill Meecham nos deleitarán con uno de sus encantadores duetos para piano y violoncelo.
Sonaron las notas de Schubert, o quizá fueran de Kabalevsky, pues no sabía dónde había metido la nota que había tomado al respecto, y cuando tocaban Bill y Ellie todas las partituras sonaban iguales. Hake se sentó en el borde del estrado y contempló a su congregación. Si se podía decir que tenía una familia, aquélla era su familia. Los conocía por dentro y por fuera... sobre todo por dentro, pues, por ejemplo, sabía que su tío adoptivo Phil no sólo era el Inspector de Hacienda de fría y acerada mirada, sino también aquel amable e hiposo borracho que, durante una de las estancias de Hake en el hospital, cuando era niño, se había presentado con el regalo de una muñeca de esas que incluso se hacen pipí encima, porque en el momento de ir a comprarle un regalo al hijo adoptivo de su hermana se había olvidado de su sexo. Y el bonachón Teddy Cantrell, sentado como un Buda y moviéndose al ritmo de la música, siempre sería para él el lloroso candidato al suicidio que había prendido fuego al estudio de Hake con una pistola de bengalas, cuando trató de quitarse allí mismo la vida, después de que su esposa lo abandonase. Una de las veces que su esposa lo había abandonado. Y los dos Tonys, los homosexuales, la pareja más estable y más digna de toda la iglesia, que permanecían hombro contra hombro, apoyados en una de las paredes, habían derramado entre lágrimas todo lo que
llevaban dentro de sus corazones, mientras le pedían consejo antes de decidirse a hacer pública su relación. ¿A cuántos de ellos les había logrado interesar con lo que acababa de decir? Cuando empezaron a servir el café y los feligreses hicieron corrillos, escuchó sus comentarios:
—Realmente muy elevado —dijo el Tony más alto, y el otro, más joven y regordete, añadió:
—Siempre haces que me sienta bien, Horny.
—Desearía que fueras igual de sincero respecto a otras cosas, Horny —comentó Jessie Tunman.
Y Elinor Fratkin siseó a su oído en el momento en qué pudo encontrarlo a solas:
—¡Estoy realmente avergonzada, Horny! ¿Cómo crees que voy a poder calmar a William, después de que te has olvidado de decir que lo que hemos estado tocando era una transcripción suya de algunas partituras de Bach?
—Me encantó el modo en que lo ensamblaste todo —le dijo Alys Brant, acercándose mucho a él, sin que por eso Ted, que ostensiblemente miraba en otra dirección, le soltase la mano—. ¿Cuándo vamos a ir a Nueva York a finalizar la investigación?
—Nos has dado muchas cosas en que pensar —afirmó Teddy Cantrell. Y, justo tras él, apareció Allen Haversford, con los ojos velados; tras apretar rígidamente la mano de Hake, le espetó:
—Desde luego que sí, y querría hablar con usted de esto, largo y tendido; pero no es éste el momento más adecuado.
¿Sonaba aquello a amenaza? ¿O al menos a advertencia? Para bien o para mal, casi fue la única prueba que tuvo de que alguien le había escuchado. Regresó a su casa, pasó el día remoloneando, archivando sermones y preparando informes para la reunión del lunes de la asociación parroquial, miró un rato la televisión y decidió irse pronto a la cama; y cuando tiró de la cadena del retrete esa noche, este le habló con la voz de Cascarrabias.
La esencia de la comedia es el derrumbamiento incongruente de las propias expectativas. Hake veía cómo su vida estaba dando un giro hacia lo cómico. Secuestrado por una chica que había tratado de seducirlo para que se fuera con ella a un retrete. ¡Qué divertido! El que hubieran usado auténticas armas no lo hacía menos divertido, sólo convertía aquel humor en puro humor negro. ¿Y hacer temblar a la economía de Europa Occidental a base de
estornudos? ¿Qué podía haber más divertido que aquello? Y ahora, que un retrete le diera órdenes, como en una mala película de agentes secretos... ¡Aquello era hilarante! Al menos se lo parecería, cuando lograse controlar los latidos de su corazón.
Si uno estudiaba detenidamente aquel mueble sanitario no veía nada especialmente raro en él: cuadrado, sólido y casi mayestático en su reluciente cerámica color azul, parecía un artilugio admirablemente pensado para alejar de uno los subproductos excretados con la máxima decencia y rapidez que cupiera desear. Y nada más. De hecho, era justamente aquello, pero también era algo más. La parte inferior del depósito de agua tenía un grosor de diez centímetros. Fuera lo que fuese lo que hubiera dentro, estaba oculto por una capa de cerámica herméticamente cerrada, sin ranuras, pero de una rejilla metálica del tamaño de la palma de una mano que había bajo ese depósito surgía la conocida voz. La cadenita del retrete era de duro plástico negro, artísticamente acabado en mate. No parecía que pudiera estar preparada para reconocer las huellas digitales de Hake... pero lo estaba. Hake experimentó, fascinado: si tiraba de ella agarrándola sólo con la palma de la mano, o con un par de dedos formando una uve, no pasaba nada (excepto que funcionaba el mecanismo y corría el agua). Pero si apoyaba la yema de alguno de sus dedos, como invitaba a hacer el diseño anatómico de la perilla, establecía contacto con el mismísimo Cascarrabias.
Y sólo eran sus huellas dactilares las que podían lograrlo. Lo demostró cuando la complaciente (pero un tanto desconcertada) Jessie Tunman aceptó, a la mañana siguiente, entrar en el nuevo retrete engañada por su treta:
—¿Quieres hacer el favor de tirar de la cadena, Jessie? Quiero saber si se puede escuchar el ruido del agua desde afuera.
Ella lo hizo, sonriendo escéptica y un tanto nerviosa, y él no pudo escuchar ni el sonido del agua ni el de la voz grabada de Cascarrabias. Sólo oyó la voz de la propia Jessie:
—Vamos mejorando nuestra situación, ¿eh, Horny? —y luego, literalmente huyendo—. Y ahora será mejor que vuelva a la correspondencia.
No era totalmente cierto, eso Hake lo entendía perfectamente, que su vida se estuviera convirtiendo en algo divertido, porque ya llevaba algún tiempo siendo divertida. No hubiera sobrevivido a aquellas terribles décadas en la silla de ruedas si no hubiera sabido encontrarle el lado humorístico. Un fogoso jovencito inválido, amorosamente atendido por las hermosas chicas que los tipos
guapos siempre andaban deseando, un entrenador del equipo de fútbol que ni siquiera podía caminar a lo largo del campo, un líder religioso al que ni por un momento le había cabido en la cabeza la posibilidad de que existiese un dios sobrenatural... o de ningún otro tipo, un consejero espiritual que atendía a los pecados y tentaciones de trescientos feligreses, sin haber tenido jamás la oportunidad de experimentar nada de aquello por sí mismo. ¡Oh, sí, era divertido! Tan divertido que uno tenía que reírse de ello, para no echarse a llorar. Tan divertido como lo que le estaba sucediendo ahora a su vida. El que un retrete le hablase era algo ridículo, pero también lo eran la mayor parte de las cosas que habían sucedido en la vida de Hake.
Lo que el retrete le había dicho había sido:
—¡Horny, si no estás solo, vuelve a tirar inmediatamente de la cadena!
Hubo una corta pausa, presumiblemente mientras el retrete concluía que no iban a volver a tirar inmediatamente de su cadena, y luego la voz de Cascarrabias añadió, con tono más amistoso:
—Después de todo, viejo amigo, podrías haber tenido algunas costumbres peculiares de las que no nos hubiésemos enterado. Caso de que así sea, las practicas en el retrete del otro cuarto de baño. En éste, cuando tires de la cadena recibirás los mensajes que te haya mandado en el ínterin. Hazlo por lo menos tres veces al día: cuando te levantes, hacia el mediodía y antes de irte a la cama. Si no hay ningún mensaje, o cuando se hayan acabado si los hay, escucharás un pitido de cuatro cuatro cero haches. Eso significa que puedes contestar, o dejarme un mensaje si tienes algo que decirme.
Hubo una pausa pero, como Hake no escuchó ningún zumbido de 440 hertzios, supuso que Cascarrabias estaba pensando en lo siguiente que iba a decir. Cuando el retrete volvió a hablar, lo hizo con voz tensa y clara:
—Así que ahí van tus instrucciones, Hake. En primer lugar, sigue recuperando fuerzas. En segundo, preséntate mañana por la tarde en AFI para que te hagan un reconocimiento físico... Tú ve allí, que ellos ya saben lo que tienen que hacer. En tercer lugar, tira de la cadena tres veces al día. Lo necesites o no. Y, ¡ah, sí!, ese sermón fue una jugada inteligente, pero no te pases de la raya. Está muy bien que tu congregación crea que eres un liberal de esos con la cabeza llena de pájaros, pero no vayas tan lejos que acabes por creértelo tú mismo. Estamos muy contentos contigo en este
momento, Hake. Hay un buen informe en el dossier para tu promoción. No lo eches a perder.
El retrete zumbó y volvió a ser un simple retrete.
Yendo hacia Eatontown al día siguiente, Hake investigó en el interior de su mente y sólo halló un vacío allá donde debería haber estado su sentido moral. Cascarrabias estaba totalmente convencido de que su causa era justa y de que sus órdenes serían obedecidas sin rechistar. ¿Era posible que tuviera razón? ¡Pero desde luego no podía ser justo hacer que enfermase gente que no había causado ningún daño! Desde luego, un hombre como Cascarrabias no podía mostrarse tan seguro de sí mismo y, a pesar de ello, estar tan equivocado como a él le parecía. Claro que, desde luego... había demasiados "desde luego", y Hake no estaba totalmente seguro de ninguno de ellos. ¿Cómo era posible que todos los demás seres del mundo estuvieran absolutamente convencidos de estar en posesión de la verdad, cuando ninguno de ellos estaba de acuerdo con los demás y, sobre todo, cuando a Hake no le parecía estar en posesión de ninguna certeza? ¿Acaso la solución estaría en preocuparse únicamente de los propios intereses?
Los intereses propios de Hake parecían quedar cubiertos obedeciendo a Cascarrabias, que podía saltarse las leyes y hacer que su efecto no cayese sobre los demás, que podía facilitar nuevos lavabos, que era capaz de equilibrar los presupuestos de quienes le servían. No tenía duda alguna de que, si seguía con Cascarrabias, iba a obtener algunos beneficios notables. Quizá no tuviese que viajar en un maloliente y opresivo taxi de gasógeno como aquél, cuando debiera ir a alguna parte. Un coche eléctrico, uno de sistema inercial, incluso quizá un Buick de gasolina como el que llevaba la persona que le había metido inicialmente en todo aquello... cualquiera de esos vehículos estaba a su alcance.
En AFI no vio a Allen Haversford, sino sólo a una guapa y joven enfermera que tomó sus datos vitales, le dio la espalda mientras se desnudaba y se ponía una bata de algodón, le hizo radiografías de todo el cuerpo, le puso tres indoloras inyecciones neumáticas (¿para qué? ¿Qué plaga iba a difundir ahora, y dónde?), le demostró con la mirada que estaba bien y lo confirmó firmando un informe del que le dio una fotocopia para que se la guardase, antes de decirle que ya podía marcharse. Después de que le hubo estrechado la mano y cuando ya iba camino de la salida, Hake se dio cuenta de algo: estaba muy excitado sexualmente. Y le habían invitado a hacer algo al respecto y él había declinado la invitación.
Dado que tantas de las mujeres con las que se relacionaba eran para él una especie protegida, que no debía tocarse, y visto que había pasado buena parte de su vida bajo circunstancias en las que el sexo era sólo algo abstracto, Hake se daba perfecta cuenta de que lo era todo, menos un ligón. Ningún otro hombre de New Jersey habría salido de aquella consulta sin probar a ligar, sobre todo vistos los ánimos que le habían dado para intentarlo. Era preciso que pensase en aquello. Borró de su mente todo pensamiento sobre la reunión de aquella tarde con la administración de la escuela, cruzó la Carretera 35 y pidió una cerveza en el bar de un motel que tenía aire acondicionado.
Se dijo a sí mismo que todo formaba parte del mismo paquete. ¿Quién infiernos se creía ser, una especie de santo? ¿Por qué no podía tener algunos vicios? ¿Por qué andaba huyendo de Alys Brant y por qué no podía dejar que Cascarrabias le hiciera la vida un poco más fácil?
Se tomó otra cerveza y después una más. Dado que estaba en perfecto estado de salud, tres cervezas no lo emborracharon, pero sí le hicieron perder el sentido del tiempo. Cuando se decidió a volver para investigar si aquella joven y hermosa enfermera estaba tan interesada como le había parecido, descubrió que ya eran más de las siete y que las puertas estaban cerradas; y no sólo se había saltado la reunión de la escuela, sino que ni siquiera tenía tiempo para pasar por casa, para el tirón de la cadena del mediodía, antes de ir al Espectáculo Mágico del Verano. Mala cosa, pensó Hake, mientras salía a la carretera y llamaba un taxi, pero mañana sería otro día y todo seguiría en su sitio.
El Espectáculo Mágico del Verano era el gran acontecimiento del año para captar fondos con destino a la iglesia. Tenía lugar en un viejo cine de un aparcamiento de carretera cercano a Long Branch. En los días de la energía abundante, el cine había atraído gente de las casas del centro de la ciudad, chicos con las chicas con que salían, jóvenes parejas de casados con sus hijos, jubilados que trataban de matar un día más. Ahora que el flujo estaba volviendo a las ciudades, se habían acabado las gentes que usaban las carreteras para ir a divertirse. El cine malvivía a base de reposiciones de películas famosas, a dólar por cabeza, y programando de vez en cuando un concierto. Ninguna otra cosa atraía la suficiente concurrencia como para poder pagar los costes de mantener el local abierto. La ver dad era que lo otro tampoco alcanzaba casi, así que al propietario le encantaba alquilar el local, una noche al año, a la Iglesia Unitaria.
Hake entró en el momento en que el mago, Art el Increíble, estaba preparando sus aparatos.
Alys Brant vio a Hake llegar por el pasillo y agitó los dedos de una mano. Era lo único que podía mover: estaba atada a uno de los aparatos de Art, ensayando para ser «la mujer cortada en dos», y sus manos estaban cruzadas firmemente sobre su pecho para tenerlas lo más lejos posible de la girante y chirriante sierra circular que parecía estar segando su cintura. Cuando Art el Increíble vio a quién estaba saludando, paró la sierra, la alzó apartándola y comenzó a soltar a su ayudante.
—Hola, Horny —dijo—. Ayúdame a meter estos trastos detrás del escenario.
Art tenía el físico de un mago, o al menos de lo que se supone que es un mago: más de un metro noventa de alto y sólo unos sesenta kilos de peso, la cara delgada y los ojos penetrantes. Llevaba el cabello al estilo del General Custer, lacio y flotante, y se dejaba la barba y el bigote; parecía un delgado demonio escandinavo y había practicado para tener una voz que fuera aún más profunda que la de Mefistófeles. Delgado como un palo, era tremendamente fuerte. El aparato pesaba tanto como un piano y, a pesar de que iba sobre ruedas, Hake estaba resoplando para cuando lo hubieron ocultado tras el telón, mientras que Art, asombrosamente, ni siquiera sudaba.
—No me gusta tener que hacer estas cosas yo solo, Horny —comentó, agarrando el artefacto por un extremo y tirando de él unos cuantos centímetros más hacia atrás—. Bueno, supongo que ya estoy preparado.
Alys regresó, muy atractiva con su transparente disfraz de esclava del harén: una blusita y pantalones bombachos de seda artificial.
—Esa sierra siempre me da ganas de hacer pis —dijo confidencialmente. No llevaba sujetador bajo la blusa transparente, como pudo ver Hake... y, desde luego, seguro que en la parte de abajo tampoco llevaba nada, si bien, dada la forma en que le cubrían las gasas, resultaba difícil comprobarlo. Descubrió que aquello le resultaba a un tiempo excitante y molesto. Sus glándulas aún no se habían acabado de resignar a no haber tenido suerte con la enfermera, y cuando Alys comenzó, admirativamente, a reseguir sus pectorales con una mano y su latissimus dorsi con la otra, se agitaron con nuevas esperanzas. ¡Las señales que transmitía aquella mujer eran enloquecedoramente contradictorias! Hake formó frases en su mente, tales como: «Si estás tan loca por este cuerpo, querida, ¿dónde te metiste cuando estuvimos en Europa?» Pero, en justicia, tuvo que admitir que las señales que él le había devuelto habían sido igualmente oscuras y contradictorias, porque sus impulsos y sus reparos le tenían confundido. Escapó
cuando el cine empezó a llenarse, ayudado por el hecho de que entre los primeros en llegar se encontraban los otros tres componentes de la familia de Alys: Ted Brant parecía contrariado, Walter Sturgis preocupado y Sue-Ellen, reprobadora. Hake ocupó un asiento en la primera fila, tan alejado de ellos como le resultó posible. Hubiera sido mejor el sentarse cerca, con aire natural, para calmar suspicacias. Pero no se sentía con ánimos.
El espectáculo de Art el Increíble incluía todos los números estándar que Hake recordaba en cualquier otro espectáculo de magia que antes hubiera visto, desde las bolas que desaparecían hasta las palomas vivas que sacaba de la boca de Alys, después de haberla partido en dos. La mitad del auditorio eran niños... y la otra mitad adultos dispuestos a volver a ser niños durante una noche... y se lo tragaron todo. Como siempre. Seis mil dólares de las entradas que irían a parar a los fondos de la iglesia, la gente pasándoselo bien...
Hake decidió relajarse y divertirse.
Y, por consiguiente, quedó desprevenido; así que, cuando Art el Increíble comenzó a pedir voluntarios de entre el público para realizar su número más grande y final, Hake se dejó llevar con la marea.
—Y ahora —retumbó el vozarrón del mago—, para llevar a cabo una última demostración del increíble arte de Art el Increíble, voy a intentar llevar a cabo una experiencia de hipnotismo. Aquí tengo a treinta voluntarios, elegidos al azar. Les ruego, señoras y señores, que le digan al distinguido público si han ensayado ustedes, se les ha explicado o les han instruido sobre lo que va a suceder aquí...
Las treinta cabezas negaron con un gesto; la de Hake como las demás.
—Entonces, quiero que todos ustedes dejen caer sus cabezas hacia delante, hasta que la barbilla les toque el pecho. Cierren los ojos. Están comenzando a sentir sueño. Tienen los ojos cerrados y sienten mucho sueño. Voy a contar al revés desde cinco, y cuando diga cero estarán ustedes dormidos: cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero.
Hake no estaba seguro de sentirse con sueño, pero le parecía estar bastante a gusto. Oyó ruidos de movimiento en el escenario y vio por un párpado entreabierto cómo Art dirigía silenciosamente a media docena de voluntarios de vuelta al público; evidentemente habían levantado la cabeza y mostraban que estaban despiertos.
—Bien, ahora el resto de ustedes —retumbó Art—, mantengan los ojos cerrados, pero alcen la cabeza. No abran los ojos hasta que yo diga «ábranlos». Y en ese momento se darán cuenta de lo que está sucediendo, pero no lo recordarán luego, cuando bajen de este escenario. ¡Ahora, ábranlos!
Si así era como se sentía uno cuando estaba hipnotizado, pensó Hake, entonces no era muy diferente a como se notaba el resto de su vida. No se sentía cambiado, pero se encontró a sí mismo alzando obedientemente un brazo, luego poniéndose en cuclillas y más tarde realizando unos pasos de baile. Era tan fácil hacerlo como oponerse y romper la obediencia, así que, ¿por qué no hacerlo? Sólo cuando Art comenzó a formar parejas, hombre y mujer, para iniciar un vals, notó Hake que desfallecía: aquello le parecía algo amenazador; dio un traspié y Art le hizo una seña para que saliera del escenario. De los treinta iniciales, sólo seis personas siguieron hasta el final. Por algún motivo, a Hake no le sorprendió que una de ellas fuera Alys.
En la fiesta que hubo luego, Art el Increíble estaba barajando cartas para hacerles algunos trucos con los naipes a unos niños. Hake, con una copa en la mano, se acercó a él.
—Nunca antes me habían hipnotizado —empezó, tratando aún de analizar sus propios sentimientos al respecto.
—Tampoco ahora —dijo Art, dando un golpecito al mazo y dejando caer los cuatro ases en las manos de una niña de diez años.
—¿No? Pero.... pero si me encontré haciendo cosas, sin que tuviera un verdadero control sobre lo que hacía.
—¿Sí? —Art abrió el mazo en abanico, mostrando las 52 cartas perfectamente ordenadas por palos y números, tras lo que se las guardó—. No sé qué decirte. He hecho ese espectáculo un centenar de veces; si consigo que suficiente gente suba, un par de ellos harán cualquier cosa que les diga... a los demás los pierdo.
Desde detrás de Hake, Jessie Tunman exclamó triunfalmente:
—¡Entonces, es un simple truco!
—Si tú lo dices, Jessie... —Art el Increíble sonrió como un tigre tras su rubia máscara de cabello—. Pero supongo que lo que quieres decir es que, cuando yo lo hago, es un simple truco, mientras que cuando lo hace algún otro es una ciencia, ¿no es así?
—El fenómeno del hipnotismo está perfectamente clasificado en la literatura psicológica —dijo ella muy envarada—. Llega un
momento en el que mostrarse escéptico sólo indica una carencia de deseos de aceptar las pruebas, Art.
—Ahora me hablarás de los platillos volantes —dijo él. Ya habían tenido antes esta discusión—. Y me vas a decir que, con todos los avistamientos de los que tenemos noticia, sólo un lerdo lleno de prejuicios afirmaría que no existen, ¿no?
—No. No iba a decir tal cosa, Art. No es de mi incumbencia lo que creas o dejes de creer. Pero hay cosas que tu tan cacareado racionalismo no puede explicar. Los estudiosos de los OVNIs ya pasaron por todo esto en los sesenta. Un tipo decía que los OVNIs eran globos meteorológicos, otro que meteoritos. La gente decía cualquier estupidez que se le ocurría, en lugar de aceptar la realidad de la existencia de visitantes de algún otro lugar del Universo... nubes de polvo, el planeta Venus, incluso gas de los pantanos. ¡Y nadie se atrevía a enfrentarse con los hechos puros y simples!
—¿Y qué hechos son ésos, Jessie querida? —inquirió con suavidad Art.
—¡Me exasperas! —resopló ella.
—No, de veras. Quiero saberlos.
—No te creo —afirmó ella— pero es algo bien simple... hay una ley que se inventó Sherlock Holmes: «Después de que hayas eliminado lo imposible, la explicación que resta, por improbable que parezca, debe ser correcta». Quizá prefieras creer que cincuenta mil observadores responsables están locos o son unos mentirosos. Para mí, tal cosa es imposible.
Hake dejó su copa.
—Es un tema muy interesante —dijo, y se escapó. No quería entrar en aquella discusión y, de todos modos, la fiesta estaba empezando a mostrar signos de ir a acabarse. Una familia que vivía en Elberon le ofreció llevarle hasta la casa parroquial, de modo que se metió como pudo en la parte de atrás de su coche inercial de dos puertas, con un niño de tres años durmiendo sobre sus rodillas y la rueda motriz cosquilleando las plantas de los pies desde debajo de las tablas del suelo del coche.
Cuando entró en su dormitorio oyó un ruido en el baño. El retrete estaba emitiendo un débil sonido gimoteante, al tiempo que soltaba un chorrito de agua. Suponiendo correctamente que estaba exigiéndole atención, tiró de la cadena inmediatamente.
—¡No te muevas de ahí, Hake! —ladró enseguida una voz. Pasó un momento y luego la misma voz, la voz de Cascarrabias, con una pequeña diferencia de matiz que le hizo darse cuenta de que ya no era una grabación, sino el hombre hablando en directo, masculló:
—¿Qué infiernos pasa, Hake? ¡No has hecho la conexión para tu mensaje del mediodía!
—Lo lamento, Cascarrabias, pero es que estaba muy atareado.
—¡Nunca más vuelvas a estar tan atareado que no puedas cumplir con tus obligaciones, Hake! No lo olvides. Bien, quiero tenerte mañana en Nueva York, a las dos de la tarde.
—Pero... tengo obligaciones...
—No. Ya no las tienes. Llama para excusarte. Apunta esta dirección y no faltes. —Cascarrabias deletreó el nombre de lo que sonaba b una agencia de contratación de actores en la Cuarenta Oeste y luego cortó.
Pensativamente, Hake utilizó el retrete para su otro empleo y luego se alzó de hombros. Como le había pasado con Art el Increíble, le parecía tan fácil obedecer aquella orden como rebelarse contra ella. Se puso el pijama y un batín y fue hasta su oficina, para buscar el número de teléfono de Alys.
Para su sorpresa, la luz estaba encendida. Jessie Tunman estaba a allí, escribiendo rápidamente en su bloc de taquigrafía.
—Oh, hola Horny. No quería molestarte.
—No me molestas. Tranquila. —Buscó el número de los Brant-Sturgis y apretó los botones adecuados. Le contestaron inmediatamente, y era Alys.
—Hola, Alys. Habla Horny Hake. Me acabo de dar cuenta de que mañana tengo el día libre. Sé que no te aviso con demasiado tiempo, pero ¿te gustaría hacer esas comprobaciones en la biblioteca, conmigo? ¿Puedes? Excelente, Alys. Sí, estaré dispuesto a las nueve, gracias.
Colgó lentamente, complacido con su astucia: al usar a Alys como cobertura, nadie pensaría que iba a la ciudad por alguna razón oculta; como mucho, pensarían que no ocultaba en lo más mínimo su razón oculta. Benevolentemente, le dijo a Jessie:
—¿Cómo es que trabajas hasta tan tarde?
—Simplemente quería tomar nota de algunas cosas que tengo que hacer mañana, Horny. Y, para ser sincera, ahora que tenemos aire acondicionado y todo lo demás... bueno, me gusta estar aquí. En mi habitación hace demasiado calor.
Jessie vivía en lo que había sido un motel playero, ahora más o menos reconvertido en una casa de miniapartamentos. La única ventaja clara que tenía era que resultaba barato.
—Perdona, Horny, no querría meterme en lo que no me importa, pero no he podido evitar escucharte. ¿Vas a ir mañana a la biblioteca? ¿A Nueva York?
—Sí. Me he estado prometiendo a mí mismo, desde hace un par de meses, ir un día... y acabo de decidirme.
—¿Puedo ir con vosotros? Hay... —dudó—. Sé que tú no crees en estas cosas, Horny, pero ha aparecido nuevo material sobre los OVNIs, y me gustaría leerlo. ¡No os molestaré nada!
Hake contestó:
—Bueno, desde luego me encantaría llevarte, Jessie, pero el coche no es mío.
—Oh, estoy segura de que a Alys no le importará. De hecho —añadió maliciosamente—, apuesto que le encantará tener a una carabina, ¿sabes?, para que Ted y Walter no se sientan molestos. ¡Es maravilloso, Horny! Me voy a casa ahora mismo para poder levantarme pronto y ocuparme de todo, antes de que nos marchemos.
Resultó que a Alys no le importaba, o al menos eso es lo que dijo, y durante todo el camino a Nueva York Jessie Tunman permaneció muy tiesa y contenta en el asiento de la parte de atrás del pequeño coche a gasógeno. Era un viaje de dos horas, con el triciclo casi parándose mientras subían las largas rampas a los puentes y las pocas colinas; pero en llano marchaba animosamente, y en las bajadas casi despegaba del suelo. Mientras zumbaban rampa abajo hacia el Túnel Lincoln, con Alys culebreando por entre los autobuses articulados y los enormes camiones semirremolques, que avanzaban lentamente, Hake se alegró de casi haber llegado, rogando al Cielo por que su suerte se mantuviese durante algunos minutos.
Había hecho un calor húmedo durante todo el camino, y el túnel era una verdadera cámara de gas.
—Subid las ventanillas —jadeó Alys.
No sirvió de nada: para cuando salieron al aire libre, aunque fuera el aire libre del centro de Manhattan, la cabeza de Hake martilleaba y la conducción de AIys se había hecho aún más irregular. Fueron hasta el Village, metieron el triciclo en el garaje de aparcamiento que rodeaba el arco de la Plaza Washington y fueron caminando hacia la biblioteca. Hacía un calor infernal.
Aquel día estaba desarrollándose un drama en la ciudad de Nueva York; mientras se vestía con la televisión puesta, Hake había visto imágenes de un camionero de Great Kills que estaba inclinado sobre la manga de vaciado del camión cisterna de gasolina que llevaba, con un soplete encendido en la mano, teniendo como rehén al Rockefeller Center, para exigir la devolución de Staten Island al estado de New Jersey. Rodeado por tiradores expertos de la policía, que no se atrevían a disparar, atontado por los vapores de gas que se escapaban de la válvula abierta, el hombre había estado arengando a veinte personas horrorizadas, escuchado también por millones que le contemplaban desde la seguridad de sus hogares, gracias a los micrófonos parabólicos de las emisoras. Respirando con jadeos el cálido aire, lleno de polución, sintiendo cómo el asfalto caliente se le quedaba pegado a las suelas, evitando las cagadas de los perros y otras masas de suciedad menos identificables, Hake comprendió por qué el hombre había enloquecido, y por qué cada año un millar de habitantes de la ciudad violaban, asesinaban, se tiraban por las ventanas o se pegaban fuego; era un ambiente como para volver loco a cualquiera, sobre todo con un tiempo como aquél.
Y cuando hubieron atravesado las dobles puertas giratorias de la biblioteca, se encontraron en medio de una dulce y seca primavera. ¡Una sala de la altura de cinco pisos y con un sistema perfecto de aire acondicionado! «Cerdos malgastadores de energía», susurró Hake, pero Alys ya le había puesto la mano sobre el brazo.
—No es sólo para la gente, querido Horny. Es para todos los ordenadores que tienen aquí dentro: se estropearían si no mantuviesen climáticas adecuadas. Vamos, hemos de firmar allí y nos asignarán un terminal.
La biblioteca les dio más que eso: les dio una habitación para ellos solos, con tres de sus paredes de cristal, que daba al vestíbulo de cinco pisos de altura por el otro costado, con sillas confortables, una mesa, ceniceros, un termo con agua helada... y aquello que la convertía en realmente útil: un terminal de ordenador. Alys
acompañó a Jessie Tunman a su propio cubículo, algunas puertas más allá por el pasillo, luego regresó y cerró la puerta.
—Ahora sí que te tengo, Horny —dijo, acariciándole la mejilla con la palma de la mano. Luego pasó a su lado y se sentó frente al terminal. Con mano experta tecleó su número de identificación, tomado de la ficha que les habían entregado en el mostrador de la bibliotecaria y una serie de códigos—. Para empezar he ordenado una búsqueda en los índices de citas, Horny, de acuerdo con tres cualesquiera de seis o más frases específicas. Tendrás que decirme qué frases quieres que sean. ¿Sabías que eres un hombre muy atractivo, Horny?
Cuando iba a preguntarle qué había querido decir con la primera parte de su disertación, Hake perdió el hilo al tratar de asimilar la aseveración final.
—Alys —dijo—, trata de recordar que soy tu consejero matrimonial, además de, espero, tu amigo.
—Oh, lo recuerdo, Horny, lo recuerdo. Ahora, veamos, el tipo de frases que le demos al ordenador ha de basarse en los temas que te interesen. Como, por ejemplo —tecleó en la consola—, las cosas de las que hablaste en tu sermón. Así:
En la pantalla del terminal aparecieron estas palabras:
1. Huelgas importantes. 2. Plagas animales y vegetales exóticas. 3. Manipulaciones monetarias.
—¿Lo has entendido? —le preguntó—. ¿Qué más?
—Te podría responder mejor si supiera lo que estás haciendo.
—Perdona, Horny, creía habértelo explicado. Una vez le demos seis u ocho temas, el ordenador selecciona algunas fuentes básicas de cada uno de ellos... por ejemplo, un artículo de diario acerca de la huelga de autobuses en Londres, o la de la policía en Nueva York, y otro acerca de esa vegetación acuática de la que tú me hablaste, etcétera. Luego empieza a buscar obras que citen fuentes de cualquiera de esos tres temas. Si encuentra que alguien ha escrito un libro que incluya material sobre tres al menos de los temas que a ti te interesan, hay muchas posibilidades de que ese libro te interese, ¿no es así? Es curioso, cuando estuvimos en Europa, el modo en que te portabas, siendo el papaíto de todos aquellos mocosos, me volvía totalmente frígida hacia ti. ¿No te diste cuenta?
Medio riéndose, y la mitad de esa risa era para tratar de ocultar su azaramiento, Hake le contestó:
—Dediquémonos a una cosa cada vez, ¿vale? También estoy interesado en modas que impiden que la gente pueda trabajar. ¿Cómo escribirías eso? —Estaba pensando en los hula-hops, claro. Y cuando hallaron una frase genérica para eso, y para el terrorismo, y para las ciudades sucias, y para vender los productos más baratos de lo que eran, y para el esquilmado de los recursos naturales, y dos o tres cosas más, Alys apretó el código «ejecución» y contemplaron cómo la pantalla generaba títulos, rápida como una cremallera que se abre y se cierra, disponiéndolos línea tras línea a lo largo de la pantalla:
AAF, Estudios de los acontecimientos mundiales, monografía, Ofic. Edit. del Gob. de los EE.UU. AAAS, Simposio del cambio social. Actas de la Acad. Americ. de Ciencias Avanzadas. Aar und das schrecklichkeit von Erde, Der, 8Bde, von E. T. Orflndemeister, München. Abandonando toda razón, por William Reichsleder, Dominical New York Times Mag., XCIV, 22, 83-88. Abusando del medio ambiente, por C. Franklin Monscutter, N.Y. Acá y allá, mis memorias...
—No nos sirve —dijo Alys inclinándose hacia adelante y apretando el botón que detuvo la carrera de títulos por la pantalla—. A este paso podemos quedamos aquí hasta el invierno y aún no haber acabado con las aes. Me gustan los hombres muy masculinos, y por eso a veces no soporto a Walter y Ted... son tan buenos y educados...
—¡Alys, maldita sea!
—Bueno, sólo quiero que lo sepas. De modo que esto es lo que vamos a hacer. En primer lugar eliminaré todas las posibilidades en lenguas extranjeras; es algo que ya tenía que habérseme ocurrido antes. Luego, lo prepararé para que busque citas de cinco categorías en lugar de tres. ¿Qué te parece eso?
—Tú eres la experta —contestó Hake—. Pero, ¿qué pasaría si lo programases para todas? Quiero decir para las nueve categorías.
—¿Por qué no? —ella tecleó rápidamente y se recostó en el asiento. No sucedió nada.
—¿No deberías dar la orden para que empiece?
—Ya se la he dado, Horny. Está revisando quizá un millón de obras por segundo, buscando alguna que contenga todas las cosas que tú buscas. No puede haber muchas, ¿sabes? Ahora te muestras muy diferente de como eras cuando estuvimos en Europa.
—Mierda —dijo él, sin apartar la mirada de la pantalla. Pero esto no le resultó muy gratificante. Permanecieron un ratito así sentados, pero en la pantalla no hubo ni un parpadeo.
—Tengo un amigo —dijo Alys pensativa— que tiene un apartamento no muy lejos de aquí. Tengo una llave de la puerta. Siempre hay algo en la nevera, o quizá pueda comprar algo, algún tipo de ensalada preparada y una botella de vino...
—No tengo apetito. Escucha, supongamos que encontramos algo; ¿qué tengo que hacer: leer todo el libro aquí, en la pantalla?
—Si así lo prefieres puedes hacerlo, Horny. O, si quieres un ejemplar para llevarte a casa, hay un botón selector en ese aparato negro de ahí que puede hacerte una copia en microficha. O puedes pedir el libro propiamente dicho por el sistema de interbibliotecas. Habitualmente se tarda una semana en recibirlo. Realmente estoy muy decepcionada.
—Bueno —afirmó él—, no es que no me gustes, Alys, pero...
Ella se echó a reír, afectuosamente.
—¡Oh, Horny! Me refería a que de esta manera no estamos logrando nada. Mira, voy a recortar la búsqueda a seis temas y veremos si nos da un número de fuentes que resulte manejable...
Y así fue: seis libros, unos quince artículos de diarios y revistas y, ¡bingo!, una disertación de una candidatura a la licenciatura en Ciencias Políticas titulada Los mecanismos del poder oculto, una conferencia en la John Hopkins sobre Las fuerzas externas en el desarrollo nacional, y tres o cuatro tesis y monografías, todas ellas justo sobre lo que Hake quería.
—Lo que realmente necesito —dijo, contemplando el montón de microfichas que se iban acumulando— es tener uno de estos ordenadores. Voy a pasar un año leyendo todo esto.
Alys se echó hacia atrás, se estiró y bostezó graciosamente, tapándose la boca con el dorso de la mano. Hake apartó la vista de su blusa de campesina de muy abierto escote con puntillas blancas y se acordó de mirar su reloj. Tenía que ir a la cita de Cascarrabias en cuarenta y cinco minutos y, ¿cómo se iba a deshacer de Alys?
Era muy bueno tener que hacerse esa pregunta por obligación, porque eso le evitaba tener que recapacitar sobre si realmente deseaba deshacerse de ella o no: en realidad, aquello de una ensalada, vino y un apartamento sonaba realmente apetitoso...
—¡Oh, infiernos! —dijo Alys de mal humor, bajando los brazos—. Ahí está Jessie.
Hake se puso en pie de un salto.
—Entra, entra —dijo, asombrando a Jessie por su cordialidad—. Alys ha estado enseñándome cómo se hace funcionar este aparato y, debo decirlo, ha sido realmente maravilloso. ¿Qué tal te ha ido a ti, Jessie? ¿Necesitas alguna ayuda? Estoy seguro de que Alys puede echarte una mano. En lo que a mí se refiere, tengo que hacer un par de recados. ¿Qué os parece si vuelvo a encontrarme con vosotras aquí en... veamos, a las tres y media? De este modo podríamos evitar lo peor de la hora punta...
El edificio tenía cincuenta pisos de altura y estaba en una manzana de otros más pequeños; el ascensor era de los de alta velocidad y no traqueteaba; en la placa de la puerta de la oficina decía:
SESKYN-PORTEROUS AGENTES TEATRALES «ESTAS PUERTAS SE ABREN A LAS PUERTAS DEL MAÑANA»
La sala de espera tenía asientos para veinte personas. Todos estaban ocupados. Una docena de otros candidatos a estrellas del mañana estaban en pie, hermosas bailarinas y barbudos cantantes folk, nerviosos comediantes y, al menos, unas diez personas que no parecían en absoluto actores. Hake no tuvo que esperar. Le llevaron inmediatamente a un despacho con enormes ventanales, en donde se encontraba Cascarrabias, sentado tras un pequeño y desnudo escritorio con la parte superior de cristal. Tenía las manos cruzadas a la espalda.
Se alzó y le estrechó la mano en silencio, moviendo la cabeza negativamente mientras Hake le decía hola.
—Un momento —le pidió, caminando hasta las ventanas y conectando un extraño y pequeño artefacto zumbador que traqueteaba irregularmente contra ellas, y poniendo luego en marcha una radio que había tras el escritorio. Lo bastante alto como para ser apenas oído por sobre la música clásica de rock, continuó:— Eres puntual y ésa es una buena cualidad. Me han enviado tu examen físico y es excelente; estás en tan buenas
condiciones como jamás en tu vida. Ahora, dime, ¿estás preparado para otra misión?
—Bueno —se asombró Hake—, realmente no sé...
—Claro que no sabes, aún no te he explicado nada. Deja antes que te lea algo.
Abrió con llave uno de los cajones del escritorio y sacó una única hoja de papel que había dentro de una carpeta sellada.
—Sujeto: H. Hornswell Hake —leyó—, blablablá, estado físico excelente, blablá, aquí lo tenemos: el sujeto ha demostrado una muy encomiable iniciativa y muchos recursos. Se le ha calificado como superior en el desempeño de sus deberes, y será recomendado para una promoción en la primera oportunidad que se presente.
Dejó caer la hoja en la papelera metálica y la contempló mientras repentinamente estallaba en llamas y se consumía. Removiendo las cenizas, preguntó:
—¿Qué me dices a eso, Hake?
—Supongo que debo darte las gracias. ¿Qué significa eso de una promoción?
—Justo lo que dice. Tú haces un buen trabajo, nosotros te recompensamos. Así de simple. ¿Hay algo que desees?
—Bueno... una nueva moqueta para la iglesia —dijo Hake, recordando—. Quizá un coche pequeñito. Y, ¡ah, sí!, querría tener mi propio terminal de ordenador si no es demasiado pedir...
—Olvídate del ordenador —le dijo Cascarrabias—. Al menos por ahora. El coche, de acuerdo. La moqueta, desde luego. —Tomó nota en la palma de su mano. Estirando el cuello para ver, Hake observó que tenía toda la palma de su mano izquierda cubierta por anotaciones crípticas—. De todos modos no vas a necesitar nada de eso por el momento: la iglesia la vas a cerrar para el resto del verano, a partir de la semana que viene.
No lo dijo como quien pregunta algo, lo sabía.
—Me cuidaré de que la moqueta esté instalada antes de la reapertura, y tendrás tu coche... bueno, lo eliges tú mismo, el que quieras. Yo ya me ocuparé de las cuestiones financieras. Pero justo ahora te vas a ir de vacaciones a un rancho turístico.
—¿Sí? ¿Y por qué?
—Porque te lo acaban de conceder, como uno de los requisitos que has de cumplir para llevar a cabo correctamente tu ministerio —le explicó Cascarrabias—. De hecho, no vas a estar holgazaneando por la piscina y tratando de ligar con las divorciadas de vacaciones. Es el entrenamiento básico que necesitas para llevar a cabo futuras misiones. Te encantará, al fin y al cabo eres un chalado de esos a los que les gusta estar en forma. Te presentarás en Fuerte Stockton, en Tejas, una semana después del próximo lunes. Para estar allí tres semanas. Llévate tejanos, pantalones cortos, ropa de montaña, llévate todo aquello que creas necesitar para disimular, pero te aseguro que no vas a necesitar demasiado ni las corbatas ni los zapatos para baile. ¿Alguna pregunta?
—Bueno...
Cascarrabias se puso en pie.
—Es bueno que no tengas ninguna pregunta —afirmó—, porque dentro de dos minutos tienes otra cita. Atento al correo para tus billetes o informaciones sobre el viaje... y cuando te enteres de que has ganado esas vacaciones, no te olvides de parecer sorprendido. Entre tanto... ¿Qué infiernos sucede?
Se oyó un apagado retumbar, como de trueno, más allá de las ventanas, que traquetearon a un ritmo más sombrío que el que les imponían los zumbadores que estaban colocados en su base. Cascarrabias se levantó de un salto para ver, con Hake justo tras él. Al este y al norte, a una docena de manzanas de distancia, pequeñas cosas ennegrecidas estaban volando por los aires, seguidas por una gruesa nube de humo negro festoneada de llamas.
—¡Cristo! —exclamó Hake. Algunas de aquellas cosas negras parecían cuerpos humanos.
Cascarrabias lo miró con los ojos entrecerrados y luego se relajó. Apartó la mano de la solapa, adonde la había llevado súbitamente, y dijo:
—¿V es contra qué estamos luchando? Apuesto a que ése era el tío del camión de gasolina. Era uno de esos Irredentistas de la New Dorp. Y, ¿sabes?, lo que lo puso en marcha fue el dinero de Madrid. Esos hijos de puta recibirán su merecido cuando el escarabajo de los frutales que ha desarrollado Haversford se les meta en... Bueno, eso no importa. Limítate a recordar lo que acabas de ver: hará más por mantener tu moral que cincuenta discursos bajo los alambres.
¿Irredentistas de la New Dorp? ¿Escarabajos de los frutales en España? ¿Bajo el alambre? Pero, antes de que Hake pudiera inquirir, acerca de cualquiera de aquellas cosas que tanto le confundían, ya estaba de nuevo en la sala de espera, abriéndose camino por entre las actrices debutantes y los bailarines de claqué, con todas las preguntas por responder y especialmente la más acuciante de todas: ¿Qué era lo que había llevado al camionero a hacer aquello?
II
Cuando Hake bajó del reactor de crucero en Fuerte Stockton, el calor lo envolvió al instante. Ya estaba cubierto de sudor antes de llegar al pie de la escalerilla y jadeó mientras caminaba los veinte metros desde el avión hasta la abertura de la verja marcada «Puerta 1» (no había Puerta 2). Lo recibió una joven negra (de raza negra, que no de color, pues era más bien de un tono chocolate dorado). No hubo ningún intercambio de señales secretas de reconocimiento. Claramente, a ella le habían dado una foto de él, y quizá también las huellas dactilares, el código genético y las impresiones retinianas.
También estaba el hecho de que nadie más que él había bajado del reactor.
El caso es que ella se le acercó directamente y le dijo:
—Tú eres Hornswell Hake y yo soy Deena Fairless. Vamos al avión. —Él la siguió sin rechistar. Ella no le preguntó si tenía que recoger algún equipaje que hubiera facturado; sabía que no. Le habían dado instrucciones para que únicamente llevase con él su neceser y artículos personales que no sobrepasasen los cuatro kilogramos, y suponía que habría obedecido. Fairless le señaló el lado del pasajero de lo que parecía uno de los carritos eléctricos que antes se usaban en los campos de golf, y luego se metió en el lado del conductor y lo puso en marcha antes de que Hake se hubiese acabado de acomodar. No tenía techo. El camino hasta el final de la pista auxiliar, en donde les esperaba un pequeño aparato, sólo duró un par de minutos, pero fue suficiente para que Hake empezara a temer una insolación. Siguió a la mujer hacia arriba, por una escalerilla retráctil, hasta el interior de lo que reconoció como algún tipo de viejo avión militar; no sabía lo bastante del tema como para estar seguro de qué modelo se trataba o cuál era su función, pero le parecía uno de aquellos aparatos artillados de despegue vertical que habían sido tan
populares en misiones antiguerrilleras en las antiguas guerras en las junglas.
La guía de Hake resultó ser también el piloto. Comprobó el cinturón de seguridad de su pasajero, habló brevemente por la radio, hizo un chequeo de treinta segundos siguiendo una lista impresa, y lanzó el aparato en una ascensión vertical para la que no empleó en lo más mínimo la pista de despegue. Era un despegue de pura fuerza bruta en un aparato de pura fuerza bruta, y Hake estaba seguro de que el combustible gastado en elevarlos por los aires hubiera bastado para mantener caliente su rectoría durante todo un invierno.
Se fijó en que estaban volando hacia el sur y el oeste... Deena Fairless no se lo dijo, pero él podía calcular bastante bien su posición por la situación del sol. Volaban bajo, justo por debajo de los tres mil metros, y las corrientes térmicas que salían de las mesetas creaban turbulencias. Fairless no hablaba, al menos no con Hake. Hacía algunos comentarios casi inaudibles por la radio y, aunque no oía lo hablado, lo suponía lo suficientemente importante como para evitar todo intento de conversación anodina. Sólo mientras estaban comenzando a subir para pasar por sobre las cimas de una sierra, ella se inclinó hacia él y le preguntó:
—¿Tienes muchos empastes en la dentadura, Hake?
—No. No demasiados.
—Afortunado —comentó ella, mirando por sobre las cimas.
Allá había algo que mirar. No podía identificarlo, ni siquiera estaba seguro de estar viendo lo que veía. Parecía ser como los haces, delgados como lápices, de unos reflectores que se encendiesen y apagasen, teñidos de color: uno rojo, otros dos verdeazulados. Eran muy tenues excepto en algunos puntos altos, donde ensartaban algunos jirones de cirroestratos, y aun allí sólo existían como impresiones de décimas de segundo. Cuando coronaban la cumbre vio lo que le pareció una superficie inclinada, como un entramado de alambre de gallinero, descendiendo por la otra ladera. Pero sólo pudo dar una ojeada y ya estaban cayendo hacia una pequeña pista de aterrizaje, de superficie negra, cercana a un grupo de edificios. Pintadas en el techo de un almacén bajo y largo se veían las palabras RANCHO HAS-TA-VA. Vio lo que parecía ser una hilera de poco confortables miniapartamentos de motel, un corral en el que una manada de caballos estaba pastando en un extremo, algunos establos. Los caballos ni siquiera alzaron la vista cuando el avión aulló descendiendo hasta detenerse sobre la pista, que era la única indicación visible de que aquel lugar pudiera ser
otra cosa que un intento de atracción turística fracasado y ya en decadencia.
—Bienvenido a tu nuevo hogar —dijo Deena Fairless, soltándose el cinturón y cerrando conmutadores—. Esto te va a gustar.
A Hake no le gustó aquello, pero tampoco le disgustó; no tenía ni tiempo ni energía para una emoción así. Levantarse a las 4,45 de la madrugada, correr medio kilómetro antes del desayuno, por entre los soportes del tendido del campo de alambres que había visto allá arriba. Diez minutos para el lavabo y luego otra vez fuera. A veces para una hora de instrucción de combate cuerpo a cuerpo, derribándose los unos a los otros sobre montones de arena o matojos de hierba... La hierba era más blanda, pero a veces entre ella se ocultaba una serpiente. Otras veces para gimnasia sueca. Y otras para prácticas de submarinismo: limpieza de la máscara, arrancarse la máscara unos a otros... Ésos eran buenos momentos, pues dadas las restricciones sobre el uso del agua que había en el lugar, las prácticas de submarinismo eran las únicas ocasiones en las que lograban darse un verdadero baño; aunque siempre había un pero: con aquellas restricciones en el consumo del agua, la de la piscina nunca se cambiaba.
Luego, algo sedentario para darles media hora de descanso: aprender a usar equipo de intercepción de comunicaciones, aprender lo que había que hacer cuando eran los otros los que le interceptaban las comunicaciones a uno. Cómo hacer reparaciones en el equipo. Charlas politico-patrióticas, una y otra vez. Luego la comida, nada menos que veinte minutos para comer. Y más cosas. Y más y más. Hake había metido una docena de microfichas entre sus «efectos personales», pero nunca supo si había por allí un lector, porque jamás tuvo tiempo para preguntarlo.
Los compañeros de Hake eran tres docenas de personas, la mayoría de nuevos reclutas como él, pero también algunos veteranos que estaban siendo reciclados para nuevos destinos. Era una verdadera muestra de toda la humanidad: chicos hispanos quinceañeros, una deslumbrante rubia californiana de piernas interminables, dos viejos profesores negros, una monja. Todos compartían el mismo dormitorio, colocado al lado de una duna, bajo los alambres. De algún modo, todos soportaban aquel infierno. La única cosa que parecían tener en común era que tenían poco en común... exceptuando, claro está, el motivo de su presencia allí. Si Hake hubiera dado una mirada por el interior de un autobús que hubiese cogido una mañana y los hubiera visto a todos allí, lo habría considerado el pasaje absolutamente normal
de un autobús en los Estados Unidos. Variaban: unos se iban, otros llegaban. La rubia de San Diego fue la primera en marcharse, con gran disgusto para Hake; pero uno o dos días después llegó una morena de Nueva Orleans, así como dos señoras japonesas de mediana edad de Hawaii. Los únicos que no cambiaban eran los instructores: un chico con una sola pierna que enseñaba vigilancia y eliminación de intercepciones, una mujer pequeñita experta en lucha cuerpo a cuerpo y gimnasia, Deena Fairless para submarinismo y reparación de instrumental y todos ellos, por turnos, para las charlas politico-patrióticas. En los primeros diez días bajo los alambres Hake nunca hizo dos veces la misma cosa, y nunca llegó al final de una jornada sin caer, instantáneamente, en un sueño exhausto, sin que se lo impidiera el hambre, el dolor, los picores o el ocasional canturreo enloquecido de los alambres que había encima.
Al final, había resultado que no se había quedado en el rancho Has-Ta-Va más tiempo del necesario para meterle en una camioneta, que había recorrido, dando tumbos, un kilómetro bajo las antenas receptoras de energía que había contemplado desde el aire. Para cuando le habían dejado en destino y le habían dos mudas de ropa interior, diez pares de calcetines y las botas más recias que jamás hubieran calzado sus pies, ya se había dado cuenta de dónde estaba y por qué estaba allí. La base de entrenamiento se encontraba bajo el receptor de microondas que suministraba electricidad a la mayor parte de tres estados.
La energía llegaba del espacio. A treinta y cinco mil kilómetros de altura, justo encima del ecuador, en una órbita geosincrónica, colgaba un generador magnetohidrodinámico, sorbiendo energía eléctrica del plasma, transmutándola en microondas, bombeándola hacia abajo, hasta la red Ok-Tex-Mex. El problema de una órbita «estacionaria» es que sólo puede serlo en algún lugar directamente encima del ecuador, así que la antena receptora debía estar inclinada hacia el sur. Claro que, a 30o de latitud norte, la inclinación no tenía que ser demasiado grande. Y, como valioso efecto secundario, resultaba que todo el terreno que había bajo aquellos alambres era, si no inmune, al menos sí muy resistente a la inspección aérea o por satélite. Parte del mismo era empleado para que pastase ganado, normal o bien los híbridos con tres quintas partes de búfalo, que sobrevivían mejor y ganaban peso más deprisa, aunque uno tenía que acostumbrarse al sabor dulzón y fuerte de su carne. Otra parte era empleada, al menos a veces, para plantar cosechas irrigadas, soja, alfalfa o algo similar (aunque no este año, con las reservas de agua decreciendo). Y otra parte más era usada por la gente de Cascarrabias, para los fines que habían llevado a Hake allí. La Ok-Tex-Mex no era la única enorme
antena receptora que captaba la energía MHD para que funcionasen las tostadoras y se encendiesen las luces de las casas de los Estados Unidos: SCALAZ, en el Río Gila, aún manejaba más energía. Otras tres o cuatro eran del mismo tamaño y la nueva en el Golfo de México, frente a Cabo Sable, era muchísimo más grande (cuando no la hacía pedazos alguna tormenta tropical). Pero la Ok-Tex-Mex estaba muy lejos de cualquier otra cosa que no fuera algún que otro rancho. En aquella parte de Tejas, al, sur de la cuenca pérmica, nunca había habido demasiadas cosas sobre el suelo como para que atrajesen a nadie; y lo que había habido debajo del suelo hacía ya tiempo que había sido extraído y quemado en los motores de los coches estadounidenses.
Una vez que uno se acostumbraba a un par de cosas, estar bajo los alambres no era tan malo. El canturreo de quince kilómetros cuadrados de antenas, cuando el viento soplaba, resultaba desconcertante. Los postes que sostenían la red siempre se le ponían a uno por delante. Y estaba el pequeño problema causado por la energía de microondas en sí. El ganado que pastaba bajo la red era engordado para la matanza, no para criar... y había dudas acerca del tipo de descendencia que podría haber tenido. ¿Y respecto a la gente que había en el campamento? Al parecer, ése era un tema sobre el que nadie quería hablar.
El transmisor satélite estaba constantemente enfocado sobre un reflector angulado, situado en el centro de la superficie de la antena receptora. Más del noventa y nueve por ciento de las ocasiones permanecía enfocado allí, o no más lejos de allí de lo que podía aceptar la antena receptora. La densidad de energía media del haz era confortablemente baja. Por desgracia, no siempre se mantenía en la media, porque intervenían factores atmosféricos. Las capas del aire podían interrelacionarse, formando lentes. Si enfocaban en un sentido, el haz se desparramaba por una superficie mayor de la que la antena receptora admitía y se perdía parte de la energía. Si enfocaba en el otro, aumentaba la densidad de la energía, y era entonces cuando empezaba a importar el llevar empastes o no. Un haz denso le provocaba a uno el más espantoso dolor de muelas que se pudiera imaginar. Para este problema la dirección del campamento ofrecía aspirinas o, si se deseaba, una inmediata extracción a lo bruto... y nada más. Lo bueno de aquello era que en pocas ocasiones las peores alteraciones del haz duraban más de una hora o dos. Lo que ya era bastante para enloquecer por un tiempo al que sufría aquellos dolores de muelas... y no suficiente para interferir con su entrenamiento.
Lo que aún quedaba de la fragilidad de la convalecencia de Hake desapareció, sudando en las carreras, los ejercicios gimnásticos y el combate cuerpo a cuerpo, que era una disciplina ecléctica que parecía incluir el judo, la savate, el boxeo convencional y los golpes más sucios de las peleas barriobajeras. Eso no le iba mal. Hake no poseía aquel fuerte cuerpo masculino desde hacía tanto tiempo como para estar acostumbrado a él, así que cuando lanzó por los aires a la guapa de Luisiana y derribó a uno de los profesores, consiguiendo ponerle la rodilla en el cuello, dos segundos después de que ambos le hubieran saltado encima por la espalda, se sintió ronronear de placer. También había clases acerca de cómo fabricar explosivos a base de vaselina y otros ingredientes que se podían comprar en cualquier droguería, y otras sobre cómo utilizar la Caja Azul y la Caja Negra para introducirse en las redes de telecomunicaciones. Éstas tampoco le parecían mal. La tecnología le resultaba fascinante como alumno inconcluso de las enseñanzas del MIT que él era, sobre todo después de estar años sin pensar en aquellas cosas. Le entrenaron en el uso de una gran selección de cámaras electrónicas y micrófonos, y cada uno de los alumnos tenía su turno para utilizar los aparatos para espiar a sus compañeros. Lo más divertido fue cuando la monja logró una grabación, con el telescopio de espionaje, de uno de los quinceañeros masturbándose detrás de unos matorrales. Hake se sintió muy impresionado. No por la habilidad técnica de la monja, sino por la energía del interfecto, llamado Tigrito. Después de un día de instrucción, a Hake no le restaban energías para pensar en el sexo. (Al menos eso le sucedía durante la primera semana; claro que Tigrito ya llevaba allí cuatro.) Hake sólo pensaba en el sexo, o dejaba que su mente vagase en otra dirección que no fuera recordar que tenía que escupir en su máscara de submarinismo antes de ponérsela o memorizar la lista de las partes del micrófono-telescopio, durante las clases de indoctrinación. Tumbados sobre la escasa hierba, con el sol cayendo a plomo por entre los alambres de encima, escuchaban a Deena, o a Fortnum, o al Capitán Patapalo, sermoneándoles interminablemente sobre el motivo de su estancia allí:
—Los Estados Unidos están amenazados como jamás antes lo habían estado en toda su historia —Patapalo tamborileaba con los dedos de una mano sobre su extendido miembro artificial, mientras las palabras surgían de su boca como si él mismo no fuera más que un magnetofón—. Amenazados por un mundo en el que nuestras legítimas fuerzas defensivas están atadas de pies y manos por los acuerdos internacionales y la burocracia. ¿Alguna pregunta? Vale.
No había preguntas. Existían otros puntos de vista, desde luego, pero Hake no sentía la necesidad de airearlos y, además, Mary Jean se había tendido frente a él, con las manos cruzadas tras la cabeza, y le gustaba lo que estaba viendo. Otra charla:
—Según la Constitución y las leyes de nuestro país —el que ahora hablaba era el viejo Fortnum, que permanecía en pie mientras les arengaba e insistía en que ellos mantuvieran una postura de atención—, se nos ha encargado asegurar para nosotros y nuestra descendencia las bendiciones de la democracia, y debemos hacerlo manteniendo a nuestra nación fuerte y segura. ¿Alguna pregunta?
Tampoco había preguntas para Fortnum. Era el único de los instructores que tenía la costumbre de imponer trabajos extra por cualquier falta, y llamar la atención sobre uno mismo acostumbraba a considerarlo una falta.
Deena Fairless era la única que, como conferenciante, lograba mantener la atención de Hake. Para empezar, ni se sentaba ni permanecía quieta, sino que caminaba entre ellos, despertándolos a veces con el pie, cuando el calor de la digestión comenzaba a adormilarlos uno tras otro; además, hablaba de cosas interesantes:
—Por orden presidencial estamos limitados a efectuar operaciones secretas, no letales y únicamente en suelo extranjero. Recordad las tres condiciones: secretas, no letales, en el extranjero. Ahora, si no hay preguntas... —apenas si hacía una pausa, porque tampoco para ella había preguntas—, voy a explicaros algunas de las cosas que habéis visto por aquí.
Y así fue como Hake se enteró de que el entrenamiento de agentes secretos era una de las varias funciones de aquel complejo. Había una instalación de investigación subterránea, excavada en las profundidades de la ladera, a algunos kilómetros de distancia. Y era de allí de donde salían las gafas de infrarrojos y los botes de goma espuma. Había un lugar al que, eufemísticamente, se le denominaba «de obtención de información». Ninguno de ellos debía, jamás, acercarse por allí. Aunque no era muy probable que ni siquiera lo intentasen, porque siempre estaba vigilado por patrullas con enormes perros guardianes. Deena Fairless no les explicó de quién se obtenía allí la información, pero los estudiantes tenían su propia opinión al respecto, y si alguno de ellos era capturado por los del Otro Lado, suponían que acabarían en algún local «de obtención de información» situado en algún otro punto de la superficie de la Tierra. Incluso había un pequeño grupo de escritores creativos (ellos eran los que, en realidad, ocupaban las instalaciones del
Rancho Has-Ta-Va propiamente dicho), encargados de confeccionar los textos de propaganda psicológica.
Y, cuando Dios quería demostrarles su infinita bondad, se les permitía ver películas. Vieron los más famosos éxitos pasados de la Agencia: las operaciones de falsificación de moneda que provocaron la bancarrota del Banco de Inglaterra y las bajadas artificiales de precios que habían provocado la quiebra de diez mil cultivadores de arroz indios, filipinos e indochinos. Se les dio a entender que aquello era sólo una pequeña parte de las acciones realizadas con éxito por la Agencia. Les mostraban las que habían dejado de ser secretas, aquellas en las que el Otro Lado, o más a menudo los Otros Lados, sabían lo que había sucedido. Había proyectos mucho más importantes que jamás habían sido detectados. Y se daban cuenta, porque se lo recalcaban día tras día, con insistencia incansable, de que aquello era el Proyecto Óptimo: lograr hacer algo que debilitase alguna parte del resto del mundo, Estados Unidos excluidos, sin que jamás fuera descubierto.
Y, naturalmente, al mismo tiempo los Otros Lados estaban haciéndole a los Estados Unidos todo lo que podían. Las plantas acuáticas que estaban saturando hasta el estrangulamiento todos los ríos de corriente lenta en el Noreste; la revuelta del «¡Infiernos, no! ¡No pagaré las tasas de recogida de basuras!» de los inquilinos de las casas de Florida; las huelgas salvajes del campo en California y las de trabajo lento de los camioneros, que, conjuntamente, habían hecho que las frutas y verduras frescas se estuvieran pudriendo en los campos y los almacenes, mientras que los consumidores pagaban el triple de su precio por las conservas vegetales... A todo ello se le había seguido la pista hasta llegar a su origen: la intervención extranjera, que jugaba al mismo juego que la Agencia, pero desde el otro lado del tablero. Y seguían en ello: aun bajo la antena de microondas, a pesar de lo poco que sabía del Sudoeste, en el que nunca antes había estado, Hake podía darse cuenta de que la escasa hierba estaba agostándose y muriendo. Según decían, el Otro Lado estaba de nuevo robando nubes, lanzando vapor de bromuro sobre los grandes cúmulos que flotaban sobre el Pacífico y confiscando su lluvia antes de que tuviera la oportunidad de llegar a América.
Quizá las microfichas de Hake pudieran haberle dicho cuándo había empezado el juego, si hubiera tenido tiempo de leerlas. El caso era que, por muy lejos que atisbase en el futuro, no podía divisar cuándo acabaría todo aquello.
Incluso en el sudoeste de Tejas hacía frío a las dos de la madrugada. Un frío sorprendente, doloroso. Por encima, las diez mil estrellas de Tejas hacían guiños a través de los alambres gimoteantes, y el viento del norte que tañía la antena receptora también congelaba a Hake. Y congelaba a Tigrito y a Mary Jean y a la hermana Florian y a las dos señoras hawaianas; todos ellos lo pasaban peor que Hake, que al menos se había criado en New Jersey. Deena Fairless parecía bastante a gusto, pero al fin y al cabo era ella quien los había sacado violentamente de la cama a medianoche para aquel ejercicio de entrenamiento. Ella había tenido tiempo para prepararse para aquella marcha nocturna, poniéndose incluso, Hake casi lo habría jurado, calcetines gruesos de lana y ropa interior termógena.
Mary Jean, apoyada contra el mismo pilar triangular que Hake, se movió sinuosamente hasta él. No suponía que fuese por afecto: ella estaba muy lejos de su Luisiana y lo que andaba buscando era tan sólo un poco de calor. No obstante, lanzó una mirada hacia Deena, que dijo:
—Permaneced despiertos, eso es todo.
Pero el problema de Hake no era que tuviese sueño. Su problema era que, cuando Deena había llegado hasta él con su linterna y le había retorcido el dedo gordo de un pie para despertarlo, había destrozado uno de los mejores sueños eróticos del que tuviera reciente memoria. Y aún no había logrado salir del todo de aquel sueño. Desde luego, Mary Jean no olía como una chica de ensueño, sino más bien como una chica muy real que había sudado de lo lindo y no se había bañado lo suficiente... Pero alguna sinapsis, célula o proceso en su cerebro identificaba, sin posibilidad de error, un yin para su yang, y la persona real que dormitaba contra su hombro se fundió con la persona soñada que había tenido que abandonar de tan mala gana.
—¡He dicho que sigáis despiertos!
—Lo siento, Deena —se excusó Mary Jean, colocándose en una postura más alerta—. ¿Cuándo nos vamos a poner en marcha?
—Cuando lo tengamos claro.
—¿Y cuándo lo tendremos claro?
—Cuando el Tigre vuelva y nos diga que todo está bien.
Deena dudó, y al fin dijo:
—Moveos un poco si lo preferís, pero mantened las voces bajas.
Estaban en un arroyo que daba un giro pronunciado justo delante de ellos; muy bien a cubierto de que les viesen, y los alambres que resonaban por encima eran una buena tapadera en lo que al sonido respectaba. En aquel punto la antena estaba al menos a unos veinte metros por encima de sus cabezas, pero Hake la podía ver como un parpadeante encaje de telas de araña escarlatas, débil pero visible, mientras reflejaba los impulsos de los reflectores de radar de las esquinas. De hecho, resultaba asombroso lo mucho que podía ver a la luz de las estrellas, ahora que sus ojos habían tenido dos horas para adaptarse. Deena Fairless había desenroscado lo que parecía un gran tubo de pasta de dientes, con la cabeza inclinada en profunda concentración, y luego lo había apretado para ponerse en un dedo un poco del contenido.
— ¿Qué es eso? —preguntó Beth Hwa, que estaba sentada con las piernas cruzadas y la espina dorsal tiesa y en tensión—
—Esto es lo que le vamos a meter por el culo a una vaca —le contestó Deena. Se produjo el tipo de silencio que sigue a un chiste que no le hace gracia a nadie, hasta que Deena prosiguió—. No es broma. Éste es nuestro trabajo de esta noche. Vamos a ir hasta donde está la manada de los híbridos en tres quintas partes, buscaremos a las novillas y las untaremos con un poco de esto en sus, digamos, partes íntimas. Y no me refiero a sus anos, sino a sus vaginas. Pero si no podéis distinguir una cosa de la otra, entonces tendréis que untarles ambas cosas.
El silencio se prolongó, pero cambió de especie: ahora era el silencio que rodea a un grupo de personas que se preguntan si no será que alguien está gastando una broma muy pesada, y de la que ellos son la víctima.
Deena lanzó una risita.
—Es un ensayo —explicó—. Simula una operación real de la que tal vez, o tal vez no, oigáis hablar de nuevo antes de marcharos de aquí.
—¡Vaya operación! —resopló la hermana Florian.
—Oh, tú vas a quedar excusada de esa parte —le dijo Deena—. Tú vas a ser nuestro centinela.
—No necesito que me excusen de nada —dijo airadamente la monja—. Sólo estoy comentando que no me gusta esto.
Una piedrecita cayó por la ladera del arroyo, seguida por Tigrito, que regresaba de su patrulla de reconocimiento.
—No he visto por ninguna parte a los vaqueros —informó—. Hey, tío, déjame un poco de ese calor.
Se sentó pegado a Mary Jean, por el otro lado, y la rodeó con un brazo.
—¿Y qué hay de la manada? ¿La has encontrado?
—Oh, claro, tía. Tranquilos y dormiditos, más o menos a un par de kilómetros.
—Entonces vamos. Tú también, Tigre. En pie, Mary Jean, y, des de este momento, nada de charla. Tigre en cabeza y yo en la cola. Cuando divisemos la manada nos paramos y cada uno de vosotros coge un puñado de esta pasta y comienza a untar.
—¿Y cómo sabremos que es una novilla? De hecho, ¿qué es una novilla?
—Si no sabéis distinguirlas, entonces untáis a todos los bichos. En marcha, Tigre. Poneos todos las gafas.
A través de las gafas de infrarrojos Hake vio el paisaje transformado. Había calor residual en la ladera de la colina, así que caminaban por encima de rocas que brillaban apagadamente; Tigrito, delante de todos, era unas manos y una cabeza brillante moviéndose en derredor de un torso mucho más oscuro, y el alambre de encima era un tachonado de puntos brillantes que oscurecían las estrellas. Ni siquiera podía ver a través los haces de láser rojos y verdeazulados, y cuando apartó la vista del alambre le llevó un tiempo volver a acostumbrarse a la relativa oscuridad. Era una larga y fatigosa escalada colina arriba, y luego otra marcha aún más dura ladera abajo. Allí, la parte superior de una cima había sido rebajada para que no molestase a la antena receptora, y el alambre no estaba más que a unos tres metros sobre el suelo. Todos caminaron sobre el montículo con la cabeza gacha o encorvados, y no se irguieron hasta que estuvieron resbalando hacia abajo por la masa de tierra suelta que las máquinas aplanadoras habían vertido por el otro lado. Decían que tocar la antena receptora no le mataba a uno. Pero nadie quería comprobarlo.
Los híbridos con tres octavas partes de búfalo y cinco octavos de vacuno estaban descansando apaciblemente en la parte baja de la ladera, nada interesados en los humanos que se arrastraban hacia ellos. Aquellos híbridos eran criados tanto por su estupidez como carne y su leche, y sus criadores habían tenido mucho éxito en las tres características buscadas. Lo que más les gustaba comer era la flor de la yuca, y por esto, según le habían dicho a Hake, también
se llamaba a la yuca «hierba del búfalo». Con esa dieta engordaban hasta alcanzar el tamaño de matadero en tres años.
Deena reunió a sus soldados y, cuando la rodearon, les fue poniendo una sustancia pegajosa y oleaginosa en cada palma, haciéndoles luego una seña en dirección a la manada. Fueron bajando cuidadosamente por la superficie resbaladiza e inestable. Hake resbaló y se cayó, y, mientras se recuperaba, oyó a Tigrito gemir:
—¡Hey, tío! ¡Tú no estabas antes aquí!
Una brillante luz se reflejó en las gafas infrarrojas... Era la linterna de Deena, que iluminó a un hombre con tejanos y sombrero Stetson que apuntaba a Tigrito con un arma de fuego.
—¡Te cacé! —se regodeó el hombre—. Estáis detenidos, todos vosotros. ¡Manos arriba!
Una rabia ciega llenó la mente de Hake. ¡El muy bastardo tenía un arma! Si Hake tuviera otra... No acabó de formular el pensamiento, pero su dedo ya se estaba curvando sobre un inexistente gatillo. Y no era el único que pensaba así: sin dejar de gemir y quejarse, Tigrito se estaba acercando lentamente al hombre y, tras el vaquero, la hermana Florian le estaba echando las manos al cuello silenciosamente. Pero no lo bastante; el hombre medio la oyó y comenzó a girarse cuando Tigrito se lanzó contra él, derribándolo al suelo. El arma salió volando y el brazo de Tigrito se alzó y cayó.
Y todo terminó. Tigrito se puso de rodillas, aferrando aún el pedrusco que había cogido para darle con él al cráneo del hombre.
—¿He matado a este jodido tío? —preguntó.
Deena se inclinó hacia él, iluminándolo con la linterna.
—No, al menos aún no, fiera. De acuerdo, vamos a lo nuestro. Hermana, quédate aquí y dale una ojeada. ¡Los demás, a por esas vacas!
Lo que más recordaría luego Hake de aquel incidente era un hecho asombroso: había deseado matar al vaquero. Si le hubieran interrogado, teóricamente, sobre aquella posible situación antes de encontrarse metido en ella, habría negado enfáticamente que tal cosa fuera a suceder. ¡Vaya idea tan ridícula! No tenía razón alguna, no tenía nada en contra de aquel hombre. Y en el incidente no había realmente nada en juego. ¡Desde luego, él no era ningún
asesino! Pero, cuando llegó el momento, supo que si hubiera tenido un arma, hubiese apretado el gatillo.
En realidad el hombre no había muerto. Se habían dedicado a su cómoda tarea de embadurnar aquello bajo las colas de los animales, y luego habían hecho turnos para llevar al hombre, todavía inconsciente, el largo camino que había bajo el alambre hasta sus barracones. Por lo que Hake sabía, seguía con vida; al menos estaba vivo cuando el camión del Has-Ta-Va se lo había llevado, con una buena conmoción y posiblemente con fractura de cráneo, pero respirando. Los seis se habían mirado unos a otros una vez dentro de su barracón, con las manos, caras y ropa manchadas de pintura verde... no había sido hasta llegar al campamento iluminado cuando habían descubierto lo que Deena les había extendido en las palmas. Cuando Hake se derrumbó en la cama, para dormir los cuarenta y cinco minutos que quedaban hasta el toque de diana, pensó en que aquel asunto podía traer cola. Y también pensó que ya sabía qué era lo que le había parecido tan raro en las expresiones de sus camaradas: todos ellos habían estado a punto de sonreír abiertamente.
Pero por la mañana, cuando Fortnum los hizo formar a la luz previa a la aurora, no se dijo ni palabra de aquel incidente. Corrieron el par de kilómetros, engulleron su desayuno, pasaron su horita en el recorrido de obstáculos y se presentaron para la clase de Deena sobre interferencia de ordenadores. Tras diez minutos de preguntas sobre la nomenclatura y características de la máquina, Hake ya no pudo aguantar más:
—Deena —preguntó—. ¿Cómo está ese tipo?
Ella hizo una pausa entre «bit» y «byte» y le contempló pensativamente.
—Se pondrá bien —le contestó al fin.
—¿Estamos metidos en un lío?
—Siempre estaréis metidos en un lío hasta que no os vayáis de este lugar —afirmó ella—. Pero no en ningún lío especial con el que no pueda enfrentarse la Agencia. Estas cosas ya han sucedido otras veces.
Todo el grupo sabía lo que había pasado, y uno de los que no habían participado en el incidente alzó la mano.
—Deena, por favor, ¿qué demonios era lo que estabais haciendo anoche?
Deena miró su reloj.
—Bueno... os diré lo que vamos a hacer. Patapalo se ha marchado con el avión. Fortnum ha ido a buscar suministros. Y yo tengo que hacer un informe. Así que voy a dejaros solitos durante, veamos, noventa minutos. Pero como no es bueno que perdáis el tiempo, os voy a poner dos trabajos, con premios para los vencedores. En primer lugar, veamos si podéis descubrir qué ejercicio era el que hicimos anoche. En segundo lugar, quiero que cada uno de vosotros piense en un proyecto para la Agencia. Serán juzgados según su originalidad, posibilidades prácticas y efectividad, y para que estéis seguros de que el juicio será imparcial, dejaré que sea Fortnum el que los juzgue.
—¿Y cómo podemos descubrir de qué iba el ejercicio? —preguntó Beth Hwa.
—Ése es vuestro problema —dijo amistosamente Deena.
—¿Y cuáles serán los premios? —inquirió Hake.
—Muy fácil: el vencedor en cada una de las categorías será el único no castigado con trabajo extra. Hasta luego; os quedan ochenta y ocho minutos.
Nunca se habían quedado solos antes de la mitad del día, y no estaban muy seguros de cómo enfrentarse con esa novedad. Una docena de miembros del grupo fueron vagando, hasta llegar al borde de la piscina de submarinismo, Hake incluido, así como la mayoría de los seis que habían participado en el ejercicio. No tenía nada que ver con los problemas a resolver; era más bien una forma de tratar de quitarse los residuos de pintura, así como un modo de despertar esa parte de sus cerebros que, falta de sueño, no deseaba otra cosa que arrastrarse hasta el barracón dormitorio. Se desnudaron hasta quedarse con la ropa interior, válida para todo, y se remojaron en el agua tibia y estancada.
Luego comenzaron a preguntarse sobre todo aquello.
—Quizá estábamos practicando cómo inmovilizar, no sé muy bien, caballería o algo así. Con algo como drogas somníferas.
—¡Mierda, tío! ¿De qué caballería hablas?
—Bueno... quizá caballos de carreras. A veces te dan un anestésico mediante un enema, ¿no?
—O quizá fuera algún tipo de veneno, para matar los suministros de carne de alguien.
—¡Vamos, Beth! ¿Crees que la Agencia iba a mandar a su gente por ahí para darles masajes en el culo a diez o veinte millones de vacas? Espera un momento... Quizá el trabajo real no se haría con pintura sino, qué sé yo... tal vez con miel. Y eso atraería a las moscas, y ellas traerían enfermedades...
Ideas descabelladas. El grupo parecía generar un montón de ellas. Tendidos bajo el sol, con sólo por encima el alambre que no daba sombra, el cerebro de Hake no estaba a la altura de la tarea de discernir si alguna de aquellas ideas era más descabellada o no de lo que ya sabía que había llevado a cabo la Agencia. Sentada a su lado, Mary Jean se inclinó hacia él y le susurró al oído:
—¿Tienes alguna idea mejor? —Él negó con la cabeza—. Entonces, quizá deberíamos empezar a pensar en la otra tarea, quiero decir, empezar a pensar en un verdadero trabajo. Espera un momento, tengo un papel.
Mientras ella estaba buscando en su bolso, Hake se recostó y cerró los ojos, dejando que la charla le entrase por un oído y le saliese por el otro. Algunas de las cosas que habían imaginado como explicaciones para la misión de la noche anterior podían servir, pensaba, como proyectos válidos. Seguían en ello con muchas ganas... como si cada uno de ellos se lo hubiera tomado como un reto personal. ¿Cómo se habían vuelto todos tan belicosos?
—...algún tipo de ácido irritante, para hacer que salgan en estampida...
—...estreñirlos hasta que se hinchen y mueran...
—...les huele mal a los machos. ¡Hey, quizá a los toros no les guste la pintura verde!
—No, espera un momento, Tigrito. Míralo desde otro punto de vista. Imagina que se tratara de algún tipo de producto químico que interfiriese en el coito. Quizá provocase que el toro perdiese, esto, su erección.
La hawaiana se irguió, sentada muy tiesa.
—¡Tengo una idea mejor! —gritó—. ¿Para qué malgastarlo en los toros? Voy a probar con esto para la otra tarea: algún tipo de producto químico que, dándoselo a las mujeres, no sé, quizá
poniéndoselo en la comida, las esterilice, o haga que no sean atractivas para los hombres.
—Quizá no tuviera que ser un producto químico, Beth —intervino el profesor negro—. Se le puede dar un soborno a la industria de la moda, para que vuelvan a imponer el miriñaque o la maxifalda, una cosa así.
—¡O mejor aún! ¿Por qué no iniciar un movimiento de vuelta a la religión? Hacer que todas las mujeres se metan monjas.
El profesor dijo, pensativamente:
—¿Sabéis? Esto ya pasó en cierta ocasión, allá en la Edad Media. Tanta gente profesaba el voto de castidad, que los reyes franceses llegaron a estar preocupados por la caída del índice de la natalidad. Sólo que llevaría bastante tiempo para que resultase efectivo: pasarían veinte o treinta años antes de que empezase a ser importante y ¿quién sabe cómo sería el mundo entonces? ¡Ah!... hola, hermana, precisamente estábamos hablando de monjas...
La hermana Florian se sentó; parecía muy complacida consigo misma.
—He oído de lo que estabais hablando —su rostro, habitualmente severo, aparecía conspicuamente divertido.
—De acuerdo, hermana —dijo Tigrito—. ¿Qué pasa? ¿Has imaginado lo que tratábamos de hacer anoche?
—No —dijo ella alegremente—. No lo he imaginado. Lo he averiguado. Todos os marchasteis y me dejasteis sola con el ordenador, así que le di la orden de abrir las memorias y le pedí que me buscase todos los proyectos de la Agencia relacionados con las áreas genitales de los grandes mamíferos.
—¡Vamos, hermana! ¿Cómo has podido hacer tal cosa?
—Bueno, preparé un esquema para los genitales de los grandes mamíferos, los agentes biológicos o químicos, los proyectos de la Agencia...
—¡No, no! Me refiero a la orden de abrir las memorias.
Ella sonrió abiertamente.
—Me he fijado en cómo lo hace ella, Tigrito. Teclea la fecha del mes más dos y luego su segundo apellido. Y se abren las
memorias. Así que estuve un tiempo investigando y llegué a la gonorrea equina.
—¿La gonorrea equina?
—Hubo una epidemia de eso en América, allá en los años setenta. Ahora hay una nueva cepa que es infecciosa para todos los mamíferos grandes y que, además, es resistente a los antibióticos. Creo que lo que algunos de nosotros vamos a hacer, en algún momento, es infectar a las vacas destinadas a criar, para que ellas infecten a los toros sementales, de modo que así nos carguemos una buena parte de algún programa de crianza de ganado. En algún lugar. Yo opino que en Argentina. ¿O tal vez será en Inglaterra o Australia? Podría ser en cualquier parte. De todos modos —añadió—, lo escribí todo, lo sellé con el reloj marcador y lo dejé sobre la mesa de Deena, así que ya sabéis.
Cruzó las manos sobre su regazo y dedicó a todos una sonrisa.
Pero Hake ya no estaba escuchándola. Una cadena de asociaciones de ideas se había formado en su mente. Monjas. Conventos. Gente afluyendo en gran número a las órdenes religiosas. Un movimiento de vuelta a la religión. Comenzó a escribir rápidamente con el trocito de lápiz que le había dado Mary Jean: «Líderes religiosos como Sun Myung Moon, gurus hindúes, musulmanes negros y otros similares han apartado a un número significativo de personas de la fuerza laboral de los Estados Unidos. Propuesta: que se identifiquen y evalúen los líderes religiosos carismáticos. Aquellos que puedan resultar efectivos pueden ser subvencionados o...».
Recogió sus pies justo a tiempo para que no se los pisase Tigrito cuando, caminando con prisa alrededor de la piscina de buceo, se detuvo frente a él. El joven le dedicó una sonrisa a Mary Jean.
—Hey, empecemos de nuevo donde lo paramos —dijo, dejándose caer entre los dos. Instintivamente, Hake le hizo sitio, mientras el chico agarraba a Mary Jane entre sus brazos.
—Mira lo que haces —le dijo irritado Hake.
—¡Hey, tío! Lo he mirado, llevo mucho tiempo mirándolo, y ahora ya estoy preparado para tocarlo y apretarlo... ¡Joder, tía!
Se desplomó sobre Hake cuando el codo de Mary Jean, tras un recorrido de no más de veinte centímetros, le dio justo debajo de las costillas. Hake le apartó de un empellón.
—¡Que te den por culo, Tigrito! —exclamó Mary Jean.
—Lo mismo digo —añadió Hake. El chico le lanzó una mirada asesina, luego se puso en pie de un salto y se le acercó con los brazos tendidos en posición de ataque.
—Si la chica me dice que me vaya a tomar por culo, está en su derecho —afirmó—. Pero tú no tienes por qué meterte en esto, malparido.
Hake también se había puesto en pie, con sus brazos respondiendo automáticamente al ponerse en posición de defensa; pero dio un paso hacia atrás, indeciso. Se dijo que, en realidad, aquélla no era su pelea. Si acaso, era de Mary Jean, que podía cuidarse de sí misma tan bien como cualquier otro.
—Además eres un jodido cobarde —se burló Tigrito, al tiempo que fintaba una patada hacia la tripa de Hake.
Hake tenía un gran respeto por Tigrito como luchador, y había perdido una docena de enfrentamientos con él en el ritual del combate cuerpo a cuerpo que practicaban en el campo de entrenamiento. Pero en aquel momento la parte de su cerebro que evaluaba y sopesaba no estaba funcionando. Cuando subió el pie de Tigrito, Hake dio un paso hacia un lado y lo agarró; pero mientras Tigrito se desplomaba hacia atrás agarró los brazos de Hake y lo impulsó por encima de su cabeza; Hake se revolvió en pleno aire y le dio un rodillazo al chico en la mandíbula. En diez segundos todo había acabado, con Hake arrodillado sobre el pecho de Tigrito y levantándole la cabeza para estrellársela contra el duro cemento.
—¡Santo cielo! —surgió de detrás la voz de Deena—. Se os deja solos unos minutos y, ¿qué es con lo que una se encuentra? ¡Quieto ahí, asesino! Se acabó la pelea. Todos estáis en la lista de los trabajos de castigo para esta noche.
Cuando finalmente llegó a su cama, hacia medianoche, Hake estaba tan exhausto que ya no podía dormirse. Dio vueltas en la cama un rato y luego se tambaleó hasta la letrina para escribir las postales obligatorias. Una para Jessie Tunman, con un cañón del Río Pecos:
Me lo estoy pasando muy bien, descanso mucho. Hasta pronto. Una para que la colgasen en el tablero de anuncios de la iglesia: Os echo mucho de menos a todos, pero regresaré lleno de energía para iniciar el año eclesiástico. Ésta era de un rebaño de híbridos, con un vaquero en helicóptero conduciéndolo. Se suponía que cada uno de ellos debía enviar tres postales por semana, pero
Hake había luchado contra esta disposición y había logrado una reducción del número. Él no tenía tres personas a las que enviar postales. Aparte de la iglesia, no tenía a nadie.
Arrastrándose de vuelta a la cama, se preguntó qué habría pensado la congregación de su belicoso ministro, si lo hubiera visto aquel día, peleándose con un chico barriobajero. Al menos a Alys le habría encantado. Y sería muy agradable tener a Alys encantada, al menos en ciertos momentos, pensó, dándose la vuelta irritado y escuchando perfectamente los ronquiditos de Mary Jean, dos literas más allá. Empezó a contar: llevaba bajo el alambre once días. Le parecían muchos más. No era exactamente la misma persona que había llegado en vuelo desde Newark. No estaba seguro de qué persona era exactamente, pero, desde luego, el antiguo reverendo Hake no se hubiera peleado por causa de una mujer.
Y llegaron y pasaron el día duodécimo, el decimotercero y el decimocuarto, y todo lo que había más allá del estado de Tejas fue escapando más y más de sus pensamientos. La gente que le importaba era Deena y Tigrito y Beth Hwa y la hermana Florian y Patapalo y Mary Jean, sobre todo Mary Jean. El decimoquinto día se besaron tras el barracón dormitorio. No hubo conversación: simplemente la siguió al otro lado del edificio y cuando ella se giró los brazos de él estaban rodeándola, y durante tres o cuatro minutos sus lenguas estuvieron enloquecidas en la boca del otro; entonces la soltó y ella siguió su camino y él el suyo. El decimosexto día todo el equipo fue dedicado a rociar con defoliante los pastos de los híbridos: los animales recortaban tanto las plantas de yuca que de tanto en tanto tenían que matar las plantas no comestibles para que la yuca tuviera posibilidades de volver a crecer. Para cuando regresaron, Hake había resuelto su problema sexual y también lo había resuelto Mary Jean. Devorando como lobos la cena, aquella noche estuvieron muy juntos en el banco de la mesa, tocándose. Deena parecía divertida. La hermana Florian, tolerante. Tigrito, hosco. Y Beth Hwa, aquella silenciosa mujer de mediana edad, esposa de un comerciante en aguacates de Hilo, paró a Mary Jean cuando ésta salía del comedor y le entregó algo. Mary Jean se lo enseñó a Hake, sonriendo; era un pastillero.
—Por si nos quedásemos cortos —le explicó.
El resto de las tres semanas comenzó a parecerles más atractivo.
Pero el decimoséptimo día Fortnum les dijo que el Comité de Vigilancia del Congreso iba a venir para su inspección anual y que sería mejor que todos tuvieran buen aspecto, así que esa noche todo cambió. Patapalo les dio las buenas noches con la noticia de
que, al día siguiente, tendría una misión especial para ellos. Y por la mañana se la explicó:
—Esto no es, repito, no es una misión de entrenamiento —canturreó—. Es real. Se os va a dar equipo completo para una estancia prolongada al aire libre y toda la promoción va a participar. Cinco de vosotros irán por avión a Del Rio. Al resto lo llevarán en camión al Parque Nacional de Big Bend. Vamos a llevar a cabo una cacería de espaldas mojadas.
—¿De espaldas mojadas?
—¡Sí, infiernos, Tigrito! Deberías saber lo que es un espalda mojada. Son demasiados los mejicanos que vienen ilegalmente a este país y nos quitan nuestros trabajos, ¿entendido? Y somos nosotros los que tenemos que detenerlos.
—Un momento —interrumpió Hake—. Tenía entendido que la orden presidencial limitaba nuestras acciones al exterior de los Estados Unidos.
—Mierda, muchacho. Ellos vienen del exterior de los Estados Unidos, ¿no es así? Si sigues diciendo cosas como ésa no vas a progresar mucho en la Agencia. Y ahora escuchadme todos: vamos a ir hasta la frontera y nos vamos a hacer amigos de los espaldas mojadas, esos mejicanos que entran ilegalmente en nuestro país. Luego vamos a seguir su pista hacia atrás y descubrir por dónde vienen y a seguirla hacia adelante y ver adónde van. Si alguno de vosotros hace bien las cosas, es posible que lo envíen a St. Louis y Chicago o incluso a New York para descubrir adónde van allí. No vamos a efectuar ninguna acción directa en contra de ellos, eso es cosa de los de Inmigración. Nos vamos a limitar a localizarlos y a conseguir las pruebas. Es un buen trabajo, así que no lo estropeéis.
Diez minutos para hacer el equipaje. Se miraron unos a otros, y Tigrito anunció que iba a ir hasta Chicago aunque tuviera que matar para conseguirlo, y la hermana Florian dijo que sospechaba que todo aquello era simplemente un plan para quitárselos de encima mientras el Comité inspeccionaba la instalación, y Hake y Mary trataron de calcular las posibilidades de que los metieran en el mismo camión. O avión. Pero, tal como resultaron las cosas, Hake nunca pudo descubrir las maravillas de la vida de los espaldas mojadas en las grandes ciudades. Justo cuando los camiones estaban a punto de partir, le separaron del resto y le ordenaron que fuese a la oficina del director de entrenamientos, y allí, sentado en la silla de enea en el porche del segundo piso del
edificio principal, estaba Cascarrabias, hablando por un teléfono a prueba de escuchas.
—No esperaba verte aquí —dijo Hake.
—Claro que no —comentó Cascarrabias, colgando el teléfono—. Vas a volver a Europa.
—¿Sí? ¿Y por qué? ¿Qué tienes para que propague esta vez, la lepra?
Cascarrabias lo miró pensativamente.
—¿La lepra? Oh, no, Hake. Eso no sería una buena idea. Es difícil infectar a alguien con la lepra. Y el período de incubación es demasiado largo. El trabajo que hiciste el mes pasado, ése sí que fue bueno. ¿Sabías que el absentismo laboral en Alemania subió en un ochenta por ciento durante ese mes? Y naturalmente, nuestros laboratorios acaban de anunciar que han conseguido dar un gran paso adelante en la inmunización contra esa enfermedad. Tenemos suficiente fármaco, en este momento, como para sesenta millones de dosis de vacuna. Vamos a venderlas por todo el mundo y conseguiremos un buen fajo de billetes para equilibrar nuestra balanza de pagos. Pero, en cualquier caso, ésa sólo fue tu primera misión, Hake. Realmente no se podía esperar que hicieras algo por propia iniciativa. No. Pero ahora creemos que ya estás preparado para entrar en primera división, y realmente me gustó mucho tu propuesta sobre lo de las religiones.
A Hake le costó un instante recordar el proyecto que había estado pergeñando junto a la piscina de submarinismo, justo antes de su pelea con Tigrito. Lo había entregado y no se había vuelto a hablar de ello.
—No... no pensaba que nadie le hubiera hecho caso.
—Pues sí. ¡Infiernos, Hake! Es una idea fascinante. Si pudiéramos hallar un Sun Myung Moon europeo, o incluso algún buen líder mesiánico... bueno, pues íbamos a apoyarlo hasta las últimas consecuencias. En Europa están apareciendo nuevas sectas, pero lo realmente importante es hallar a alguien con el bastante carisma personal como para hacer una buena tarea de proselitismo. ¿Tienes alguna idea acerca del tipo de persona que deberíamos buscar?
—Bueno... la verdad —respondió Hake, animándose—, es que seguí pensando en ello. Sería bueno hallar a alguien que tuviera un atractivo especial para los obreros industriales. O para los mineros.
—¡Ésa es la idea justa, Hake!
—Naturalmente, necesitaré algún equipo de investigación, para estudiar las religiones que se dedican a hacer proselitismo.
—Seguro que te gustaría hacerlo, Hake, pero no ahora. No tienes tiempo. Debes estar en la autopista dentro de dos horas para coger un autobús. Luego volarás hasta Capri.
—¿Capri? ¿Qué demonios se me ha perdido a mí en Capri?
—Eso es lo que dicen las órdenes —le explicó Cascarrabias—. Allí te recibirá alguien. Cuando llegues te explicarán por qué es ése el sitio al que tienes que ir.
—¡Pero... mis libros para investigar, los voy a necesitar! Y ropa. No voy vestido correctamente para un viaje a Italia.
—Ya se han ocupado de la ropa, Hake. Hay alguien en Long Branch haciéndote una maleta. Hemos... bueno, hemos preparado una carta con tu firma para dársela a tu ama de llaves. La ropa te estará esperando cuando llegues allí.
—¡Pero mi iglesia, mi comunidad, me espera de vuelta la próxima semana! ¿Y qué hay del resto del cursillo de entrenamiento que tenía que hacer aquí?
—Probablemente estés de vuelta dentro de una semana —le informó Cascarrabias—. En lo que se refiere a tu cursillo... bueno, pues acabas de aprobarlo.
III
En autobús hasta Odessa; en avión de hélice hasta Dallas-Fort Worth; en reactor a Roma, con noventa minutos de correr arriba y abajo por las dependencias del aeropuerto para recoger su maleta; el reactor al aeropuerto de Capodochino; en monorraíl hasta la bahía; en vehículo de colchón de aire hasta Capri. Hake había abandonado el Rancho Has-Ta-Va a las dos de la tarde. Catorce horas y ocho husos horarios más tarde estaba rebotando a través de la bahía, a lo que la hora local decía que era mediodía pero que su reloj corporal interior no podía lograr identificar. De lo que sí estaba seguro era de que estaba muy, muy cansado, y muy a punto de marearse. No había esperado que un viaje en hovercraft
fuera tan agitado. Cada cima de ola golpeaba ligeramente contra la parte inferior del vehículo, y su malestar de estómago no se alivió al descender a tierra, pues la terminal del aparato hedía a pescado en descomposición.
Tal como le prometieron, le estaban esperando. Una joven con una camisa de encaje negra y unos tejanos de terciopelo también negro, con las perneras recortadas, se abrió camino a empujones entre los que se ofrecían como guías y los vendedores de recuerdos de Capri y le dijo:
—¿Padre Hake? ¿Sí? Deme el ticket para recoger su maleta, por favor. Espéreme en el aparcamiento.
A Hake le parecía familiar, pero en aquella condición precaria en que estaba no podía identificarla. Cuando llegó al aparcamiento iba en un scooter eléctrico de tres ruedas, sin ninguna clase de capota, por lo que cualquier intento de conversación era ahogado por el ruido del tráfico. Capri era muy caluroso. Húmedo y caluroso, y neblinoso; el hedor a podrido era de decenas de millares de pescaditos, del tamaño de un dedo, que flotaban con la tripa al aire en la bahía o quedaban varados en la arena, y que no lograron dejar atrás en todo el camino, a lo largo de una carretera cortada por un precipicio. Luego, en lo alto de un farallón, se encontraron con un hotel de estuco rosa, y dejó de oler a pescado para oler más bien a aceite.
La mujer precedió a Hake a través del vestíbulo hasta llegar a un ascensor, que los llevó hasta el quinto piso. Una pareja de chinos estaba justamente saliendo de una habitación situada frente al ascensor y, evidentemente, tenían problemas con la cerradura. La chica saltó a ayudarlos, cerró la puerta, dio un empujoncito para comprobar que estuviera bien cerrada y les devolvió la llave mientras le daban las gracias; luego metió a Hake en la habitación de al lado.
—Descanse un poco, padre Hake —le aconsejó ella—. Vendré a buscarle por la mañana.
Hake se encontró en una habitación que, más o menos, tenía el tamaño del porche de su casa parroquial en Long Branch: lo bastante larga para que hubieran hecho dos habitaciones con ella y con un balcón que se extendía hacia el sol italiano, para hacerla aún más espaciosa. ¡Cerdos malgastadores! Era mucho más lujosa que todo aquello a lo que siempre había estado acostumbrado Hake. Notó un vago cosquilleo en el lugar en que antes había tenido su conciencia social, al tiempo que otra parte de su mente le decía que, en realidad, en lo que tendría que estar
pensando era en la cuestión de las religiones proselitistas. Pero también descubrió que no le resultaba difícil autoconvencerse de que, tras dos semanas bajo el alambre, uno se merecía algo de confort. Se quitó los zapatos, los tiró a un lado y exploró la habitación.
La cama era ovalada y estaba cubierta de terciopelo rojo adornado con borlas. Cuando Hake se sentó en el borde para frotarse los doloridos pies, no ofreció resistencia alguna a su trasero. ¡Era una cama de agua! Acabó con su trasero aproximadamente a la altura de los tobillos y una dura madera bajo la parte posterior de las rodillas, y las olas que volvían da otro extremo del colchón le estuvieron moviendo arriba y abajo durante unos minutos. Junto a la cama se hallaba lo que parecía el panel de instrumentos de un aeroplano con botones, manecillas, controles y reostatos. Algunas de las funciones estaban bien claras: el sol era para la luz, las figuras estilizadas de un mayordomo y una camarera eran para llamar al servicio, el control remoto para el televisor. Otros no se dejaban desentrañar por la investigación de Hake, pero ya habría tiempo para aquello. Encendió la televisión y se recostó en la ondulante cama, que notaba agradablemente fría bajo su cuerpo, tras el tórrido viaje desde el hoverpuerto.
En ese momento se apagaron las luces y la televisión.
No era sólo cosa de su habitación. También se había apagado el signo luminoso del hotel, una pantalla de cristal líquido que estaba sobre la piscina refractante; y también el dorado panel luminoso que había en el techo de su balcón, que ni a mediodía se apagaba. Era un corte de corriente.
Dado que los cortes de corriente eran un hecho familiar en su vida cotidiana, Hake comenzó inmediatamente a catalogar los problemas que aquello le iba a ocasionar. La falta de calefacción no era ningún problema, la falta de luces de lectura... bueno, aparte el hecho de que era pleno día, de todos modos se caía de sueño. ¿La falta de aire acondicionado? Quizá eso fuera un problema. Abrió los ventanales que daban al balcón, por si acaso. Los ascensores, la televisión y los teléfonos no eran algo que le afectase en ese instante.
Así que, en realidad, no tenía problema alguno. Aquello le parecía como un verdadero regalo del cielo para recuperar el sueño perdido. Se quitó la ropa, apartó el cubrecama de terciopelo y la delgada manta de verano y, al cabo de un instante, ya estaba inconsciente sobre el colchón, tembloroso y deliciosamente frío.
Se despertó con el sonido de una irritada voz gritándole en italiano y al momento descubrió que el frío ya no le era delicioso.
Era plena noche. Las luces estaban encendidas, tanto en su habitación como fuera. La voz salía de su aparato de televisión, que se había puesto en marcha al tiempo que las luces y el aire acondicionado. La brisa exterior se había tomado fresca, y el acondicionador de aire aún refrescaba más el ambiente. De hecho, se estaba congelando. Tanteó el control del televisor para bajar el volumen y la voz del italiano del espot publicitario, que parecía estar muy irritado porque su mujer había puesto queso de la marca equivocada en su pasta, disminuyó hasta convertirse en un airado susurro.
Hake estuvo calculando con su reloj, porque naturalmente el que había junto a la cama no le servía de nada, y llegó a la conclusión de que había dormido mientras las manecillas daban un giro total a la esfera y un poquito más. Parecían ser las dos de la madrugada, hora local. No se sentía descansado, pero estaba despierto y, lo que era peor, temblando de frío. Consiguió apagar el acondicionador de aire y cerrar las ventanas, tras lo que volvió a subirse a la cama, envolviéndose con la delgada manta y el poco flexible cubrecamas. No era suficiente: el agua que tenía debajo chupaba todo el calor, y no había demasiado en aquella habitación. Aquello no era sorprendente, ¿quién iba a esperar necesitar calefacción en Capri, en pleno verano? Se dijo que pronto su calor corporal haría que la cama le resultase confortable, y para distraerse trató de descifrar lo que estaba sucediendo en la pantalla del televisor.
Parecía estar mostrando una serie ininterrumpida de comerciales: queso, vino, luego un coche deportivo, después la lotería nacional, un desodorante, un afrodisíaco (o quizá sólo fuera un perfume, pero el bulto en la parte delantera de los pantalones del apuesto modelo masculino resultaba claramente explícito), para seguir con lo que parecía un anuncio de propaganda gubernamental. Mostraba a un joven italiano, claramente pasado por efecto de las drogas. Una triste voz en off de barítono, suspiraba: «Ecco, ragazzo, perché fare cosí?» El joven se alzaba de hombros y reía como un tonto. La escena se fundía para pasar a las enormes cavas de una bodega. En el gran subterráneo, unos toneles de vino rodaban majestuosamente cayendo de una cinta transportadora, mientras en el extremo más lejano del local se veía un muelle de carga, con un camión que aguardaba, vacío. El ojo de la cámara hacía un zoom hasta centrarse en una horquilla transportadora abandonada, sola en medio de la cava.
Hake no podía entender la dolorida voz en italiano, que seguía hablando en off, pero el mensaje resultaba muy claro: el conductor de la horquilla no estaba en su puesto, el vino no estaba siendo cargado en el camión. La deducción de que el conductor ausente era el chico pasota le fue confirmada al instante, cuando la escena pasó a la mañana siguiente. El joven, arrepentido y ya libre del influjo de las drogas, se hallaba con la cabeza gacha frente a un hombre de cabello cano que llevaba una carpeta con clip en las manos. Hake reconoció inmediatamente al hombre: era el mismo, o su doble. Lo había visto un centenar de veces en la televisión estadounidense, jugueteando con sus gafas sobre su escritorio, mientras vendía cualquier cosa, desde neutralizadores de la acidez estomacal hasta un ungüento para las hemorroides. Para cuando se acabó el comercial, el pródigo conductor de la horquilla había recuperado el retraso, los camiones habían sido cargados y emprendían la marcha, y la cinta transportadora seguía llevando su interminable hilera de barriles. Marihuana sí; PCP no, dijo el amistoso barítono, al tiempo que el mismo mensaje aparecía escrito en la pantalla.
Resultaba interesante, pero Hake seguía helado. Su calor corporal no era suficiente como para enfrentarse a las exigencias impuestas por un refrigerante consistente en mil doscientos litros de agua fría.
Todavía se sentía exhausto, pero aceptó el hecho de que no iba a poder retomar el sueño si no hacía algo al respecto. Se levantó y se vistió. Poco a poco fue sintiéndose menos frío, pero no menos somnoliento. Y cada vez que se recostaba en la cama, a pesar de interponer la ropa, el cubrecama y la manta, podía notar cómo su calor era absorbido por el agua.
No había manera.
Encendió la luz y abrió trabajosamente los ojos. La pequeña bolsa que había traído desde debajo del alambre contenía un suéter, pero dado que ni el suéter ni él mismo habían recibido un buen lavado desde la última vez que lo había llevado puesto, no se sentía muy ansioso de volver a ponérselo. Y en la maleta que el subordinado de Cascarrabias le había preparado en Long Branch no había nada que le fuera de utilidad. De hecho, casi no había nada en ella que pudiera usar. Sin duda la culpa era del propio Hake, por no haberse deshecho de la ropa que ya no le venía bien: el enviado de la Agencia la había llenado con tanto vestuario adecuado para Capri como había hallado en los armarios de Hake, pero desgraciadamente no sabía que sus medidas habían cambiado: los pantalones cortos, las camisetas deportivas y las chaquetas informales que le habían servido cuando era un alfeñique que sólo pesaba 58 kilos y no podía levantarse de su silla
de ruedas, no le servían ya, mientras que las pocas ropas más nuevas no eran nada cálidas.
Sin embargo, en tanto que permanecía de pie y se movía sentía el calor suficiente. Y, visto que estaba despierto, podía dedicarse a hacer algo útil.
Entre otras cosas que había traído de debajo del alambre estaban sus microfichas... enmohecidas, con los ángulos ajados, pero sin duda utilizables si conseguía encontrar algo con lo que leerlas. ¿Habría un lector de fichas en el aparato de televisión?
Lo había. Desgraciadamente, las instrucciones barnizadas en la parte superior del aparato estaban en italiano, aunque el mecanismo parecía bastante simple. También descubrió que el aparato de televisión era muchísimo más sofisticado que nada que hubiese hallado en Long Branch. Por ejemplo, tenía algo que era descrito como Solo per persone mature - film interattivi. Parecía tener un control manual, pero no logró nada... hasta que descubrió que tenía que alimentar el tragaperras que había a un lado. La rendija era del tamaño exacto para una moneda de cinquanta lire nuove, e inmediatamente que hubo insertado la pieza desapareció la imagen del canal televisivo, para ser reemplazada por la de una muchacha oriental, extraordinariamente guapa, que se hallaba reclinada en la pose de la Maja Desnuda.
Técnicamente, aquel mecanismo era asombroso. A base de tanteos, aciertos y equivocaciones, Hake descubrió que el mando manual le dejaba dar una ojeada a todo un catálogo de bellezas desnudas y también de hombres, que otra de las funciones de control le permitía girar a la figura y efectuar un zoom de alguna parte específica deseada y que incluso podía llevar dos figuras una al lado de la otra y manipularlas en la posición deseada. Cuando estaba tratando de descubrir si la imagen las llegaba a mostrar en verdadero contacto, o si bien se limitaba a efectuar una sobreimpresión fotográfica, se le acabó el tiempo de la moneda y la pantalla se apagó.
Aquello había sido interesante. También había sido algo perturbador. Hake se puso en pie y exploró el resto de las comodidades que le ofrecía la habitación. Bajo el televisor había algo llamado Servizio, que resultó ser una pequeña nevera y un bar repleto de whisky, vino, zumo de frutas y cerveza. Pensó por un momento en emborracharse lo bastante como para conseguir un cierto calorcillo alcohólico y así poder dormir; pero si hacía eso, se expondría a coger una neumonía. No obstante, no era tan mala idea tomarse una cerveza. Llevándola en la mano, fue a estudiar el cuarto de baño. Descubrió que, si se deseaba, la tapa del retrete
podía vibrar. Y el agua de la ducha podía salir en torbellino para dar masaje; también lo podía hacer, como descubrió, el chorrito del bidet. Tras una puertecilla que había junto a la puerta se encontraba una alacena con una cafetera y un calentador de panecillos, y cuando se sentó al borde del siempre gélido colchón para tomarse una taza de café caliente, su pie topó con algo y descubrió que también se podía hacer que la cama vibrase rítmicamente, apretando aquel botón. Era una habitación realmente llena de ideas.
Sin embargo, no era una habitación para estar solo en ella: todo urgía a estar en compañía y Hake no la tenía.
Lo que era aún peor, una de las chicas de la televisión le había recordado a Mary Jean. Soñadoramente, comenzó a pensar en Mary como un posible sujeto para uno de esos films interattivi y luego pensó en Alys y en Leota, hasta que se dio cuenta de que tenía un problema con el que la mayoría de los hombres se enfrentan, buena parte de ellos muy a menudo; aunque Hake, que había crecido en una silla de ruedas, había aprendido a sublimar aquel problema y a reprimirlo. Pero el nuevo Hake, el Hake musculoso de las pesas y las carreras de tres kilómetros, el Hake preparado para la acción debajo del alambre... ese Hake era una persona distinta, que quería una solución distinta, y no había ninguna a la vista.
Echó el resto del café al retrete, se puso la ropa y salió de la habitación.
El largo y silencioso pasillo estaba vacío, con las luces bajas por motivos de economía. Notaba un olor húmedo, mohoso, que no recordaba de antes, y vio una gran mancha semicircular de agua que rodeaba la puerta de la pareja china. que tampoco había visto antes. La dirección del hotel no parecía tener un control muy bueno de la situación. ¿Habría alguien en el vestíbulo del hotel? ¿Quizá una cafetería abierta toda la noche, en la que hallar algo de comer?
El vestíbulo también estaba en silencio y con las luces bajas, pero logró despertar lo suficiente al portero de noche como para que le diese cambio y, en las máquinas tragaperras, logró unas barras de dulce, un Daily American, el diario editado en Roma, e incluso otro diario, éste en lengua árabe, que publicaban en Nápoles.
Recordándose a sí mismo que no estaba en Capri en un viaje de placer, sacó la manta y el cobertor de la cama y se pasó la siguiente hora tendido en el suelo, leyendo y comiendo los dulces. Al cabo de una hora más volvió a hacer el viaje de descenso al
vestíbulo para lograr algo de cambio en monedas de cincuenta liras y, finalmente, se quedó dormido en el suelo y con la luz encendida.
A las diez le despertó el timbre.
Ahora la habitación estaba intolerablemente caliente y los huesos le dolían de dormir en el suelo, pero se levantó y abrió la puerta.
Parecía la chica que había ido a recogerle al hoverpuerto, pero no lo era; era un hombre.
—¿Mario? —supuso. El chico sonrió.
—Sí, claro, Mario —dijo—. Pero no me reconociste ayer de signorina, ¿verdad? Debemos tratar de no dejarnos ver mucho juntos, ¿entiendes? ¡Hake!... ¿qué locuras has estado haciendo?
—¿Cómo? ¡Ah!, te refieres al motivo por el que el cuarto está así. Bueno, tuvimos un fallo de corriente. Y casi me muero por congelación en esa cama.
Las cejas de Mario se enarcaron. Puso en marcha el acondicionador de aire y preguntó:
—¿Y por qué no usaste el calentador del colchón? ¿No sabes que tiene un calentador? ¡Oh, Hake, eres tan ingenuo! Mira, es este mando, lo pones a la temperatura que deseas... a treinta y cinco si lo prefieres, o incluso más.
—¡Oh, diablos! —Ahora que se lo habían explicado, le parecía obvio. Lo puso a cuarenta grados, prometiéndose al menos una siestecilla calentita. Mientras se erguía, vio que Mario se le acercaba con un trabajado brazalete de filigrana de plata—. ¡Hey! ¿Para qué es eso?
Mario se lo colocó en la muñeca, cerrándolo con un clic.
—Para que puedas disfrutar de esa cama con la compañía que hayas elegido, o sin ninguna compañía —le dijo, de buen humor.
—¿Es un indicador de las preferencias sexuales del usuario? Nunca había visto uno así.
—Es una costumbre local —le explicó Mario—. Si uno lo lleva puesto indica que no desea que nadie se le aproxime con fines sexuales. ¿Ves?, yo también llevo uno puesto. Sin esto te iban a tener muy entretenido, y quizá eso llegase a interferir con tus
obligaciones. Descubrirás que no se usan demasiado en Capri, porque... ¿para qué otra cosa iba a desear uno venir aquí?
—Bueno... —dudó Hake.
—Oh, no te preocupes. ¡Cuando no estés de servicio te lo puedes quitar! Bien, y ahora... ¿Quieres darte una ducha, o al menos vestirte convenientemente?
—Supongo que sí. ¡Ah!, y no he estado perdiendo el tiempo —comentó Hake—. Logré conseguir un par de diarios anoche y estuve buscando artículos sobre religión.
—Muy loable por tu parte, Hake —comentó Mario, consultando su reloj.
—No había demasiado, pero tuve un golpe de suerte. Encontré un editorial en un diario llamado algo así como Corriere Islamico di Napoli, que hablaba de un interesante culto juvenil. Hay un tipo en Taormina...
—Eso es maravilloso, Hake, pero haz el favor de darte una ducha. Tenemos que apresurarnos. Naturalmente querrás un café, ¿no? Entonces podrás contarme todo eso, pero ahora el taxi está esperando, y mi cuenta de gastos... ¡Bueno, ya sabes cómo están siempre las cosas con las cuentas de gastos!
En realidad, Hake no lo sabía: nunca había tenido una cuenta de gastos de la Agencia; pero si lo que Mario daba a entender era que luego iban a revisar las partidas de su cuenta de gastos... le pareció extraño que tuviesen que tomar un taxi para hacer todo el camino hasta Anacapri, para sentarse a tomar el café matutino en un restaurante al aire libre exactamente igual a otros veinticinco por los que habían pasado de camino allí; y más que luego tomaran otro taxi para hacer todo el camino hasta un restaurante que estaba a una manzana del hotel en que se hospedaba Hake, para hacer allí la comida que, según había insistido Mario, era preciso que iniciaran exactamente a las doce en punto. A Hake le estaba pareciendo que Mario no era un agente demasiado eficiente. De hecho, le parecía todo lo contrario. El Mario que había conocido en Munich y durante todo el resto del viaje de contagio de la gripe había sido discreto y deferente; éste se parecía a un viajante de comercio charlatán, en pleno viaje de negocios.
Y cuando llegó la comida Mario se limitó a picotearla. Obviamente estaba mucho más interesado en las semidesnudas bailarinas del espectáculo del local que en comer. Repartía el tiempo entre mirarlas, mientras se alzaban sus faldas de campesina para mostrar que debajo no llevaban casi nada, y darle codazos a Hake
y mirarle muy excitado a la cara. Hake se sentía claramente incómodo. Mario se había comportado de modo bastante similar en el patio de Anacapri, donde las camareras del bar, en bikini, les habían servido sus capuccinos. En ninguno de los dos lugares se había mostrado muy interesado por el culto islámico juvenil que Hake había descubierto en el diario en árabe, y sobre el que se había enterado de más detalles haciéndole algunas preguntas discretas al portero de noche del hotel, que era libanés.
A Hake todo aquello le parecía una espantosa pérdida de tiempo, y las cosas no mejoraron. Tras la comida, que Mario casi ni había probado, éste dijo:
—Bueno, quizá convendría que descansaras esta tarde. Iré a buscarte para la cena. Y entonces planearemos nuestras actividades para mañana.
—¿Qué actividades? Mira, Mario, yo he venido aquí con una misión específica, y Cascarrabias me dijo que era de la más alta prioridad.
—¡Ah, Cascarrabias! —dijo Mario al tiempo que se alzaba de hombros displicentemente. Sacó una lima de su bolsillo y empezó a arreglarse las uñas, que ya estaban perfectamente cortadas—. ¿Qué saben en el cuartel general de lo que nos pasa a los agentes que estamos sobre el terreno? Lo estás haciendo muy bien, Hake. No hay ninguna necesidad de que trates de impresionar a la oficina central con tu diligencia. En nuestro oficio es siempre necesario moverse con un conocimiento preciso y de acuerdo con el plan. ¿Con rapidez? Sí, a veces, pero siempre con precaución y precisión.
—Pero...
—¡Silencio! —Mario hizo un gesto al camarero, que llegó con la nota y se la volvió a llevar junto con una tarjeta de crédito—. Ten la bondad de posponer esta conversación hasta un momento mas oportuno.
Tras decir fríamente esto, dejó caer su servilleta... a Hake le pareció que a propósito, inclinándose luego para recogerla. Se oyó un débil pero claro sonido chisporroteante debajo de la mesa, las luces se apagaron y Mario se irguió, masajeándose los dedos.
Hake se le quedó mirando, boquiabierto.
—¿Qué diablos has hecho, Mario...?
—¡Te lo advierto de nuevo, Hake, nada de hablar de esto aquí! ¿Es que no te enseñaron nada en Tejas? —susurró airadamente Mario. Se quedaron en un irritado silencio hasta que regresó el camarero, con la tarjeta en la mano y una expresión de preocupación. Hake no entendía ni palabra de italiano, pero estaba claro lo que decía: debido a aquella inesperada e inoportuna avería eléctrica, el ordenador no podía procesar la tarjeta de crédito.
Mario alzó una mano, con gesto tranquilizador.
—Capisco —dijo—. Fa niente. Ecco... due cento, tre cento, tre centto cinquanta, va bene. Ciao.
—Grazie, tante grazie. Arrivederla —le contestó el camarero, agarrando agradecido el montón de liras.
De camino al hotel. por la atestada calle que recorría la corta distancia que les separaba del mismo, Mario explicó:
—Sí, claro que he sido yo. ¿Por qué crees que elegí esa mesa? Debajo de ella hay un enchufe, para el aspirador de las mujeres de la limpieza. ¿No te han enseñado que poco a poco se llega lejos?
—Y anoche, en el hotel. ¿También fuiste tú quien hizo aquello?
—Claro que lo hice, Hake. Tanto el corte de energía como la inundación. Puse una obstrucción para que no se cerrase aquella puerta y, cuando regresé, dejé abiertos los grifos, justo un chorrito, con un trozo de toalla metido por la cañería de desagüe. ¿Es que no te explicaron este tipo de cosas?
—¡No, por Cristo! —Hake estuvo un momento pensando en silencio y, ya en las escaleras de entrada al hotel, dijo—. ¿Sabes?, todo esto me parece una pura memez. Sólo estás molestando a la gente, no haces ningún daño significativo.
—¡Ya veo! ¡Y estas memeces no son dignas de que les dediques tus esfuerzos, señor Superespía Americano! ¡Vaya una pena! Pues resulta que esto es, exactamente, lo que debemos hacer, en pequeña o gran escala. La cerilla encendida en el buzón de correos, el teléfono que se deja descolgado, la palanca de paro de emergencia que se tira en el metro a la hora punta. ¡Cada una de las acciones es diminuta, pero todas juntas se convierten en algo grandioso!
—Pero yo no acabo de ver...
—Pero, pero, pero —le interrumpió Mario—, siempre hay un pero. No tengo tiempo para explicarte estas cosas tan simples, Hake. Hay muchas cosas por hacer. Entra en el hotel, date un baño en la
piscina... puedes quitarte el brazalete y entonces verás lo que es bueno. Yo vendré a buscarte para la cena... y quizá tenga una sorpresa para ti. Ahora vete, yo prefiero que no me vean en tu hotel.
Cuando se volvieron a encontrar, el humor de Mario había vuelto a cambiar. Conducía el coche de tres ruedas Fiat-Idro por las estrechas calles de Capri como si quisiera vengarse de alguien. Tras unos minutos, Hake le preguntó:
—¿Es que no vas a decirme por qué estás tan irritado?
—¿Irritado? ¡No estoy irritado! —restalló Mario por sobre el ruido que hacía el viento. Y luego, pensándoselo mejor—. Bueno, quizá lo esté; tengo malas noticias: Dieter está en la cárcel.
—Eso es malo —comentó Hake, aunque lo cierto es que aquello no le importaba un pimiento—. ¿Por qué lo han metido?
—¡Por lo habitual, claro está!... ¡por hacer su trabajo!
Siguió conduciendo en silencio durante unos minutos y luego, sorprendentemente, su rostro se animó. Hake siguió su mirada para tratar de ver el porqué. Estaban pasando junto a un campo de olivos en el que cuadrillas de trabajadores etíopes estaban cortando árboles, amontonándolos y prendiéndoles fuego. El humo flotaba, molesto, sobre la carretera. De todos modos era una tarde calurosa, y la humareda que salía del escape del Fiat se disipaba inmediatamente en la atmósfera. Los trabajadores brillaban por el sudor. Y Mario parecía complacido.
—Al menos algunas cosas funcionan bien —dijo, crípticamente—. Ahora presta atención, que casi hemos llegado.
Su destino resultó ser una trattoria al aire libre, construida al borde de un precipicio. Atravesaron una arcada cubierta de parras, sobre la que se veía un brillante anuncio en cristal líquido que mostraba lo que parecía ser un campesino de la Roma Clásica al que le estaban frotando la cara con un gran pez. El nombre del lugar era La morte del pescatore. Mario le lanzó las llaves del Fiat al aparcador y abrió camino, por entre mesas y camareros, hasta una terracita que dominaba el farallón.
Y allí, con una amplia sonrisa, estaba sentado Yosper.
—¡Bien, Hake! —dijo levantándose para estrecharle la mano, dejando la comida que no había dudado en empezar sin esperarles—. Así que nos vemos de nuevo. ¿No te sorprende?
Hake se sentó y se extendió la servilleta sobre las piernas, antes de responder. Cuando vio a Yosper por última vez estaban en Munich, le acompañaban Mario y Dieter y otros dos jóvenes matones. Ninguno de ellos había querido responder, con palabras o hechos, a las múltiples insinuaciones que él les había hecho para saber si trabajaban para la Agencia.
—En realidad no —le respondió al fin.
—Claro que no —aceptó afablemente Yosper—. Sabía que, en Alemania, te diste cuenta de que éramos parte de la banda.
—Entonces, ¿cómo es que no me dijeron nada?
—¡Oh, vamos, Hake! ¿Es que no te han enseñado nada en Tejas? La información debe suministrarse únicamente cuando es necesario suministrarla... ¡es la doctrina! No había ninguna necesidad de que supieras nada, lo estabas haciendo maravillosamente. Y revelar información siempre está desaconsejado cuando puede poner en peligro una misión. Y esto es algo que pudo haber sucedido: ¿quién sabía cómo hubieras reaccionado, si hubieses sabido lo que estabas haciendo? Lo más importante de aquella misión consistía en que eras un simple siervo del Señor, haciendo el trabajo que Él te había encomendado en Europa. ¿Y qué mejor cobertura podías tener que creértelo tú mismo? —Alzó una mano para impedir que Hake le interrumpiese—. Y además, claro está, aquélla era tan sólo tu primera misión, de entrenamiento. Todos hacemos al principio una a ciegas, eso también está en la doctrina. No ibas a esperar un tratamiento especial, ¿eh, Horny?
—¿Puede esperar Dieter un tratamiento especial? —inquirió hoscamente Mario.
—Oh, Mario, por favor. Sabes que nos ocuparemos de Dieter en unos días. Dentro de una semana a lo sumo... lo sacaremos de allí. ¿No es eso lo que siempre hacemos?
—No siempre le meten a uno en una cárcel napolitana —insistió acerbamente Mario.
—¡Ya basta! —Se produjo un incómodo silencio y luego Yosper prosiguió, todo él una sonrisa—. Bueno, yo ya voy muy por delante de los dos. ¿Por qué no pedís? Aquí hacen un pescado excelente. Naturalmente, el pescado no es local.
Tras un momento, Mario comenzó a pedir, metódicamente, los platos más caros del menú. No alzó la vista hacia Yosper, pero el viejo parecía divertido. Hake se conformó con un fritto-misto y una
ensalada, pues no estaba dispuesto a cargarse el estómago con aquel calor. Cuando el camarero se hubo marchado, preguntó:
—¿Se puede hablar aquí?
—Ya lo hemos estado haciendo, ¿no? No te preocupes; si alguien nos apunta con un micrófono, Mario nos lo hará saber.
—Entonces, déjame explicarte lo que he estado haciendo respecto a nuestro proyecto. Ya le he dicho a Mario que la pasada noche hallé algunas pistas interesantes en los diarios. He ido a la Biblioteca Americana y he hecho un poco de investigación. Hay muchas cosas que nos sirven. La más interesante es un nuevo culto islámico que predica una vuelta a la pureza, nada de relaciones sexuales con los infieles, cuatro esposas para cada hombre, el divorcio al momento... para los hombres, claro está, y todo lo demás. Exactamente tal como lo decía Mahoma. No está aquí en Capri; principalmente se encuentra en un lugar llamado Taormina, sea donde sea eso, pero también hay otro foco en una ciudad llamada Benevento y, según el mapa, eso está en las montañas, no muy lejos de Nápoles.
Yosper iba asintiendo con la cabeza, al tiempo que rebañaba la salsa verde con un trozo de pan.
—Sí, eso suena interesante —aceptó.
—¡Suena exactamente a lo que se supone que yo debo buscar! —le corrigió Hake—. O casi. No estoy totalmente seguro de que Cascarrabias quisiera que me liase con el Islam. Tengo la impresión de que él pensaba, más bien, en algún tipo de secta cristiana fundamentalista... ¿Qué es lo que sucede?
Yosper había dejado el pan y le estaba mirando con ojos que lanzaban chispas.
—¡No quiero oír blasfemias! —resopló.
—¿Qué blasfemias? Es la operación a la que me han asignado, Yosper. Mis órdenes dicen...
—¡Que le den por culo a tus órdenes! No vas a tomar el nombre de Dios en vano. Quédate con tus mahometanos, porque, ¿a quién le importan sus falsos ídolos? ¡Pero no líes a nuestro Redentor!
—Hey, espera un minuto, Yosper. ¿Qué infiernos crees que estoy haciendo aquí?
—¡Siguiendo órdenes!
—¿Las órdenes de quién? —preguntó sofocado Hake—. ¿Las tuyas, las de Cascarrabias? ¿O se supone que debo ir haciendo mis propios truquitos de feria, como Mario, haciendo saltar plomos y prendiendo fuego a los buzones?
—Se supone que tienes que hacer lo que te diga el funcionario al mando de la operación, y en este caso ése soy yo.
—Pero esta misión... —Hake se interrumpió cuando apareció el camarero, que traía rodando una mesita en la que había un calentador a alcohol bajo un gran bol cromado. Para cuando el camarero y el maître hubieron terminado de colaborar en la preparación de los fettuccini Alfredo que había pedido Mario. Hake ya había logrado dominarse.
—De acuerdo —dijo—. Vamos a ver qué te parece esto: supongamos que yo encuentre a algún revivalista cristiano dispuesto a predicar la abstinencia sexual, para que así baje la población. Sé que sería una cosa lenta, pero...
—¿Aquí, en Italia? —se carcajeó Mario.
—Sí, en Italia. O en cualquier otro lugar. Quizá no debería ser la abstinencia, sino el control de nacimientos, o la homosexualidad...
Mario ya no se reía.
—Eso no es divertido —espetó.
—¡No pretendo ser divertido!
—Entonces —exclamó Mario—, es divertido. Incluso grotesco. No hablo de la homosexualidad, sino de tu actitud, llena de prejuicios y pasada de moda, respecto al amor entre hombres.
Había dejado de comer y la expresión de su rostro era hostil.
Yosper intervino.
—¡Dejad de pelearos! —ordenó— Comeos lo que habéis pedido.
Y al cabo de un instante, inicio una conversación con Mario en italiano.
Hake comió en silencio, evitando mirar a sus compañeros de mesa. No pareció importarles. Su conversación era, al parecer, sobre la comida, el vino, las modelos que se movían por el restaurante mostrando pieles, joyas y trajes de baño... en realidad hablaban de todo, menos de Hake. Era muy parecido a lo que había sucedido en Alemania y aquello comenzaba a darle mala
espina. ¿Qué estaba sucediendo? De nuevo las cosas no parecían concordar: la misión que había parecido de la máxima prioridad, allá en Tejas, no parecía importar un comino en Capri... ¿Qué le harían hacer esta vez?
De hecho ¿qué estaba haciendo en Italia? No pegaba en aquel elegante restaurante, lleno de ricos holgazanes y ricos corrompidos: los ex-jeques del petróleo con sus albornoces, los negros americanos reyes de la droga, los dueños de las míseras viviendas en que vivían los pobres de Calcuta y las estrellas de cine de la Europa Oriental. Hake nunca había soñado con que hubiese tanto dinero en el mundo. Los fettuccini de Mario costaban tanto como las compras de una semana en el supermercado de Long Branch, y la botella de Château Lafitte con la que los estaba acompañando hubiera representado un considerable pago inicial para el repintado del porche de la casa parroquial. Y no sólo era el dinero: ¡la energía! Ya no era tan sensible al derroche de energía, visto todo el combustible de reactor que llevaba gastado desde que estaba en la Agencia... ¡pero aquello! Sólo el letrero iluminado que había delante del restaurante podría haber mantenido en funcionamiento, durante semanas, su estufa eléctrica. ¡Y ni siquiera era de buen gusto!: la escena móvil del cristal líquido mostraba a un hombre, vestido como un campesino de la Roma Clásica, que o bien estaba tratando de darle un bocado a un enorme pez, o bien estaba tratando de evitar que éste se lo diera en la cara; el pez se movía hacia la cara del hombre, éste la echaba hacia atrás, luego el revés, y así una y otra vez.
Yosper se inclinó hacia él y le preguntó:
—¿Ya se te ha pasado el mal humor? —No esperó una respuesta—. ¿Sabes? Hay toda una historia detrás de ese cartel.
—Estaba seguro de que tenía que haberla —le respondió Hake.
—¡Oh, basta ya! Tenemos que trabajar juntos; hagamos que las cosas nos resulten más fáciles.
Hake se alzó de hombros:
—¿Qué historia es ésa?
—Hum. Bien, resulta que uno de los viejos emperadores romanos acostumbraba a vivir por estos parajes, y daba largos paseos por este acantilado. Un día, un pescador subió desde la playa para regalarle al emperador un pez que acababa de pescar. No resultó ser una buena idea: al emperador le cabreó mucho que le diera un susto al aparecer por el borde del precipicio, así que ordenó a su guardia que le frotasen la cara al pescador con el pez.
—Por lo visto era un maldito hijo de perra —comentó Hake.
—En realidad, eso es lo menos que se podría decir de él: era Tiberio. Fue él quien crucificó a Nuestro Señor, o al menos el que nombró a Poncio Pilatos. Pero no acaba ahí la historia. Parece ser que aquel pescador no era demasiado inteligente, y después de que la guardia le soltase no debía de haber mejorado, pues dijo: «Bueno, al menos me alegro de haber tratado de regalarte el pez, en vez de lo otro que pesqué». Así que Tiberio dijo: «Veamos qué es lo otro que has pescado», y cuando la guardia abrió el saco del pescador encontraron un cangrejo gigante. Y Tiberio hizo que la guardia le diera un masaje facial con aquello y el pescador murió.
—Un sitio agradable —comentó Hake.
—Tiene sus compensaciones —le contestó Yosper, contemplando a dos modelos que mostraban ropa interior—. Espero que las hayas estado disfrutando. ¡Bien! ¿Qué me decís de algo dulce? Aquí hacen unas crêpes suzette sensacionales.
—¿Y por qué no? —contestó Hake. Pero aquélla no era la verdadera pregunta: la pregunta pertinente era ¿por qué? Y ¿cómo? ¿Cuál era el objetivo de toda aquella charada estúpida, y de dónde salía el dinero?
Teniendo en cuenta los comentarios de Mario respecto a la cuenta de gastos, ¿qué era lo que podía justificar la nota que estaban acumulando allí?
Y continuaron acumulándola... y, según parecía, seguirían así hasta que acabase la noche. Ni Yosper ni Mario parecían interesados lo más mínimo en marcharse. Tras acabar las crêpes, Yosper insistió en un sorbete de limón «para limpiar el paladar». Y luego pasaron a beber en serio.
Hacia la medianoche, los camareros acabaron su turno y fueron reemplazados por camareras, una distinta para servir cada ronda y todas ellas hermosas. Y hubo una especie de espectáculo. Los humoristas le habían resultado aburridos a Hake, sobre todo porque se veían obligados a repetir sus viejos chistes en media docena de idiomas, pero las chicas que hacían strip-tease eran todas hermosas, una verdadera representación de las Naciones Unidas en toda una variedad de colores y genotipos, y también lo eran las modelos, azafatas y prostitutas que seguían paseando por la sala. De modo provisional, Hake decidió que su suposición sobre las inclinaciones de Mario había sido errónea, visto el modo en que prestaba atención cada vez que una chica nueva se acercaba.
Y él no sólo estaba ya hasta la coronilla de seguir en aquel restaurante; también lo estaba de encontrarse junto a Mario. El muchacho se creía obligado a apuntar con el dedo a cada celebridad y personalidad que reconocía:
—Ésa es la chica que hizo de Julieta en el festival de Stratford, el año pasado. Ahí está Muqtab al ’Horash; su padre poseía treinta y cinco concesiones petrolíferas; viene aquí a comprar cosas para su harén, cosas de esas que enseñan las modelos... y de vez en cuando compra a una de las modelos. Ahí está el Presidente de la Cámara de Diputados de Francia...
Aparte de sus viajes, crecientemente frecuentes, al lavabo de caballeros, Hake se sentía condenado a pasar el resto de su vida en aquella alegre y ruidosa sala que ya le producía náuseas, con Mario, al que ya no aguantaba, y especialmente con Yosper, al que no podía soportar más. El hombre no dejaba de hablar, y no era el tipo habitual de pesado, que sigue hablando aunque el otro ponga los ojos en blanco, o los mueva desesperadamente de un lado a otro, buscando una escapatoria. No, Yosper deseaba tener la atención total de su interlocutor, y se preocupaba de obtenerla.
—¿Qué es lo que sucede, Hake? ¿Te estás quedando dormido? Te estaba diciendo que esto es Italia y el lema nacional es Niente e Possibile, ma possiamo tutto. Todo es ilegal, pero si uno tiene el dinero necesario, puede hacer lo que le venga en gana. Es un buen trabajo, ¿no, Mario? ¡Y Dios sabe que nos merecemos...!
¿Qué era lo que se merecía él? ¿Aquel martirio interminable de mover el culo en un butacón de terciopelo, mientras bellas mujeres le iban trayendo bebidas que no deseaba? Hake tenía la misma sensación que en Munich, la convicción de que estaban interpretando un guión en cuya redacción él no había intervenido. En Alemania la sensación había sido incierta y sólo la había tenido ocasionalmente, hasta que aquella chica, ¿cuál era su nombre?... ¡Leota!, había aparecido y todo se había tornado muy concreto. Aquí ya le parecía bastante real, pero no comprendía lo que estaba sucediendo.
Yosper había vuelto al tema del emperador Tiberio y cada vez se mostraba más agresivamente discutidor. Y no era lo que hubiera bebido: se había tomado tres botellas de agua Perrier por cada brandy, según había observado Hake, pero la verdad era que se estaba calentando con el tema, o temas, en discusión:
—Pensándolo bien —declamaba—, el viejo Tiberio tenía razón respecto al pescador. El muy imbécil no tenía ningún derecho a meterse en un área restringida, ¿no es así? Uno no puede ejercer
el poder sin que haya algo de disciplina. Y no se puede mantener la disciplina sin un poco de lo que vosotros llamaríais crueldad. ¡Estudiad la historia! Especialmente por aquí, que es donde sucedió todo. Cuando los cristianos y los turcos lucharon por esta parte del mundo no se preocupaban por tonterías como eso de la compasión. Si un turco cazaba a un cristiano, lo más probable era que lo pinchase por el culo en una estaca aguzada puesta junto al timón, para que le hiciera compañía al timonel. Y si los cristianos atrapaban a un turco, lo mismo. Y, ¿sabéis una cosa?, ¡esos pobres desgraciados, empalados, acostumbraban a bromear y reír con el timonel mientras estaban agonizando! Eso es lo que yo llamo moral...
Mario se puso en pie, tambaleante.
—Perdonadme —dijo, dirigiéndose hacia el lavabo de caballeros. Yosper se puso a reír.
—Buen chico —comentó—, pero de vez en cuando tiene alguna dificultad para enfrentarse con la realidad. Es un síntoma de estos tiempos: a todos nos han enseñado que es malo hacerle daño a alguien, y no digamos matarlo. Si quieres saber mi opinión, eso es lo que tiene de malo el mundo actual.
—Lo que tiene de malo el mundo esta noche —dijo desesperadamente Hake—, es que ya estoy realmente aburrido de este lugar. ¿No podemos marcharnos?
Yosper asintió con la cabeza aprobadoramente, y luego hizo una seña para pedir otra ronda.
—Eres impaciente —afirmó—. Y eso es lo mismo que ansioso, que es una buena cualidad. Pero tienes aún mucho que aprender. Has de aprender, Hake, que muchas veces lo mejor que puedes hacer es sentarte y esperar. Siempre hay una razón, ¿sabes? Quizá no la sepamos, pero existe.
— ¿Estás hablando de Dios o de Cascarrabias?
—De ambos, Hake. Y aún más, de lo que estoy hablando es del deber. Mi familia siempre ha cumplido con su deber, y de esto es de lo que estoy más orgulloso. Hemos dado lo que nos correspondía. ¿Sabías que a mi padre lo gasearon en Verdún? Lo quemaron por dentro. Le costó luego doce años cumplir con mi madre, para que yo pudiera nacer; pero al fin lo logró. ¡Vaya si estoy orgulloso de papá! No, escúchame, Hake, lo que estoy diciendo es importante. Estoy hablando del deber. Esto significa que, si a uno se lo piden, ha de entregar lo que le corresponde. Y quizá eso signifique que le metan a uno una espada corta romana
en las tripas, o la flecha de un arco largo inglés en Crecy. Plomo fundido. Trampas con estacas de bambú. Lanzallamas... Te asombraría la mucha grasa que sale de un cuerpo humano. Cuando abrieron las puertas de los refugios después del bombardeo incendiario en Dresde, el suelo estaba cubierto por tres centímetros de sebo.
—O quizá —resopló Hake—, signifique estar sentado en un bar de lujo en la isla de Capri, escuchando a alguien que hace todo lo posible por alterarle el estómago.
Yosper hizo una mueca aprobadora.
—Ya lo has cazado. Es el deber: uno hace lo que le mandan.
Se calló, mientras la camarera les servía su nueva ronda. Tras ella había otra chica, delgada y bronceada, que se ataviaba con un surtido de joyas de moda y bien poco más.
—¿Hablan inglés? —inquirió, y al ver que Yosper asentía con la cabeza les dio a cada uno una tarjeta, tras lo que les mostró anillos, pendientes, broches y brazaletes; luego se retiró con una sonrisa, dejando un reguero de perfume.
—Spalducci’s Botheca —leyó Yosper en la tarjeta—. Esos lugares son antros del diablo, pero tengo que admitir que esa chica parece salida de un sitio mejor, menos infernal. ¡Oh, no soy uno de esos fanáticos religiosos, Hake, yo puedo comprender las tentaciones de la carne! ¿Acaso nuestro mismo Señor no tuvo que estar en lo alto de aquella montaña, mientras el Diablo le ofrecía todos los tesoros de la Tierra? Y Él se sintió tentado, y...
Se interrumpió. Se sentó muy rígido, mirando por entre las mesas. Mario estaba apresurándose hacia ellos, subiéndose la cremallera mientras llegaba, con el rostro agitado. Tan pronto como estuvo a distancia de grito dijo algo en italiano, al tiempo que se golpeaba su brazalete de plata; Yosper le hizo una seca pregunta en el mismo idioma, y ambos corrieron hacia las puertas.
Hake se quedó allí sentado, contemplándolos marcharse. Cuando se hubieron perdido de vista dio la vuelta a la tarjeta. En la parte trasera había un mensaje escrito a lápiz:
Encontrémonos Gruta Azul Mañana a las 8 de la mañana.
Era lo menos que se había esperado cuando vio que la modelo era la chica de Munich, Leota.
No fue sino hasta las tres de la madrugada cuando llegó por fin a su hotel, con Yosper y Mario sentados en silencio y cara hosca junto a él, negándose a contestar sus preguntas, ordenándole secamente que se quedase tranquilo hasta que lo llamasen. Pero no necesitaba esas respuestas, al menos no las necesitaba de ellos.
Y no se quedó tranquilo. Puso el despertador y, a las seis, ya estaba camino del muelle.
Las únicas palabras con que contaba Hake para comentar sus intenciones eran Gruta Azul y quanto costa. Tendrían que bastarle. No tuvo problemas para hallar el muelle adecuado: todos los muelles eran adecuados, pues mirase donde mirase había carteles en todos los idiomas, urgiendo a los turistas a visitar la Gruta Azul. La dificultad estaba en el tiempo, que era húmedo y gris, y la hora del día, que era demasiado matutina para que el propietario normal de botes de Capri estuviera ya dispuesto a recibir a algún turista como cliente. Las grandes lanchas turísticas aún estaban vacías y cubiertas con lonas. Más allá, en la punta del muelle, estaban los botes más pequeños propulsados por la energía cinética almacenada en ruedas inerciales; unos pocos tenían gente trabajando a su alrededor, pero ninguno de ellos parecía estar a punto de ponerse en marcha. Si el signore quería esperar una hora... si el signore se dignara a contener su impaciencia hasta que empezaran a llegar los autocares con turistas... Pero Hake no se atrevía a esperar. Si Leota quería verle en privado, se habría marchado para cuando empezase a haber multitudes.
Le costó tiempo y paciencia, pero Sergio sugirió que quizá Emmanuelle, quien pensó que Francesco podría ayudarle, quien envió a Hake a hablar con Luigi, y al final de la lista estaba Ugo, que acababa de quitar el freno de su rueda. Y salieron a la mar.
El bote, con forma de diamante, resonó a lo largo de la costa, con la espuma que lamía las bases de las rocas sólo a unos centenares de metros a su izquierda. La plana rueda inercial que estaba en el centro no sólo era la fuente de energía para la hélice, sino que también servía a modo de giróscopo, aminorando parte de los movimientos de las olas. Eso no era tan bueno como podía parecer en un principio, como Hake descubrió en cuanto las primeras salpicaduras comenzaron a saltar por encima de la proa. Para cuando giraron en dirección a las altas rocas que rodeaban la gruta, estaba empapado por el agua salada y bastante manchado por la gran cantidad de petróleo que flotaba sobre las olas.
Ugo le explicó, con signos y gestos, que la única entrada estaba en el mar y que ahora tenían que atracar el bote a una boya y pasar a la canoa de goma que llevaban arrastrando detrás.
—No, Ugo, no tan deprisa —dijo Hake, y comenzó a hacer sus propios signos y gestos.
Cuando el botero se dio cuenta de lo que Hake deseaba, estalló en un acceso de furia napolitana: Hake no entendía ni una palabra de italiano, pero comprendía perfectamente ambas premisas y la conclusión de su silogismo. Premisa principal: el ritmo de las olas y la apreciación de las corrientes en la entrada de la caverna requerían hasta el último ápice de la habilidad y entrenamiento de un marinero genial, como era su caso. Premisa secundaria: estaba claro que aquel turista no tenía siquiera la habilidad de hacer navegar un barquito de papel en una bañera. Conclusión: lo mejor que podía salir de aquella loca proposición era que él perdiese el pago de su trabajo, la propina y una muy valiosa canoa de goma. Lo peor era que le condenasen por asesinato a sangre fría. Así que aquello quedaba fuera de toda discusión. Pero el dinero habló. Hake lo arregló con el botero para que le dejase volver una hora después y se metió en la canoa de goma.
La canoa apenas si tenía calado, y por tanto apenas si servía para su propósito. Hake no tenía habilidad en aquello, así que entrar en la caverna se convirtió en una cuestión de fuerza bruta y tozudez. En una cornisa rocosa casi inexistente que había junto a la caverna dos delgados jóvenes estaban tostando sus ya morenos cuerpos, y la pelea de Hake con la mar tuvo lugar ante sus divertidos e interesados ojos. Justo bajo ellos una poderosa pero pequeña lancha fuera borda a hidrógeno estaba golpeando contra sus amarras. Hake hubiera deseado poder tomar prestada aquella lancha, pero no sabía cómo. En cualquier caso ya no había vuelta atrás. Los bordes rocosos de la baja entrada de la caverna parecían amenazadoramente cortantes. Tratando de evitar un pinchazo, Hake casi perdió un remo. Al recuperarlo, calculó mal la llegada de una ola y se golpeó un lado del cráneo contra el bajo techo de la gruta. Pero entonces ya estaba dentro... y se halló flotando en el espacio.
Desde el exterior, la gruta no parecía ni azul ni invitadora, pero desde dentro era increíble. El sol que penetraba por la pequeña entrada pasaba por una ruta submarina. Para cuando iluminaba el interior de la caverna, todas las frecuencias cálidas habían quedado atrapadas bajo el agua y lo que brillaba dentro de la caverna era puro celeste. Más aún, toda la luz estaba bajo la superficie. Unas manchas de petróleo marcaban la línea divisoria entre el aire y el agua, pero donde no había petróleo no parecía
haber nada bajo el nivel de la canoa de Hake: estaba flotando en el espacio azul, boca abajo, desorientado... y encantado.
También estaba solo.
Eso no le resultó una sorpresa en sí mismo; era aún demasiado pronto para las barcas de los excursionistas, pero ya eran más de las ocho. Hallar una embarcación y las discusiones con su dueño le habían llevado más de lo previsto. ¿Dónde estaba Leota?
Una hilera de burbujas que se acercaba desde la entrada de la gruta le respondió. Bajo ellas había una forma pálida y fluctuante que podía haber sido un pez grande, pero que comenzó a parecerse a una sirena y acabó siendo Leota, con bombonas de aire sujetas a la espalda y gafas y respirador en la cara. Subió a través de la brillante agua y salió a la superficie a unos metros de distancia. Se quitó las gafas y el respirador, y se quedó allí colgada por un momento, contemplándolo, antes de nadar para agarrarse al borde de la canoa.
—Hola, Hake —jadeó, con su voz diminuta en el enorme espacio húmedo.
Hake la miró desde arriba, casi azarado. Aparte de las correas de las bombonas de aire, la chica vestía bien poco... la mínima, llamaban a aquello: un retazo diminuto y brillante que cubría lo que había debajo de su ombligo, sostenido por delgados cordones, y nada encima.
—¡Sube, vamos! —dijo él.
—Te mojaré y te mancharé de petróleo.
—¡Entra, entra! —Él se inclinó hacia estribor mientras ella subía por babor, y consiguieron que estuviera a bordo sin volcar el bote. Se miraron en silencio, antes de que él preguntase:
—¿Qué es lo que haces en Italia?
Ella echó su cabello hacia atrás y se limpió petróleo de la cara.
—Al menos estoy haciendo mejores cosas que tú. Nunca pensé que te metieras en asuntos de drogas.
—¿Drogas? —Se extrañó pero, mientras hacía esta pregunta, sabía que no dudaba de lo que ella le decía.
—Así es, Hake. En eso es en lo que anda metida tu gente. Estoy dispuesta a creer —le concedió— que tú no lo sabías, pues me parece que éste no es tu estilo. Pero así son las cosas.
Se volvió por un momento hacia la entrada de la cueva.
—Tengo diez minutos, no más —le explicó—. Luego tú te quedas aquí un rato y yo me iré. No trates de seguirme, Hake. Tengo amigos que...
—¡Oh, por todos los santos! Veamos, primero lo primero: ¿estás segura acerca de las drogas?
—Absolutamente segura —le contestó ella—. Ayer los policías italianos le echaron el guante a uno de vuestros chicos. Lo cazaron en aquella galería de Nápoles, con un saquito lleno de fotocopias de las instrucciones para hacer polvo de ángel.
—¡Nunca he oído hablar de esa cosa!
—También lo llaman PCP. Es una droga vieja, que vuelve a surgir cada veinte años o así... cuando aparece una nueva generación que no sabe los efectos que tiene. Una o dos dosis te pueden hacer un revoltillo con los sesos para siempre. Lo malo es que es la cosa más fácil del mundo de hacer. Si tiene las instrucciones, cualquier chico de bachillerato puede prepararlo en la cocina de mamá. Y vuestro chico les estaba vendiendo la receta a los ragazzi de Nápoles... hasta que uno de ellos lo denunció a la pasma.
Estaban derivando hasta cerca de la pared de la caverna. Torpemente, Hake remó para llevar el bote a unos metros de allí, mientras Leota le miraba divertida.
—No quiero llamarte mentirosa —le dijo testarudo—, pero no creo que el, bueno, grupo en el que estoy quisiera hacer algo así. ¿Cómo sabes que ese chico trabajaba para nosotros?
—Oh, lo sé. ¿Quién crees que les dio el aviso a los de narcóticos italianos para que pusieran a un chico de gancho en esa galería? ¿Quieres todos los detalles? —Se recostó hacia atrás, sobre sus botellas de aire, y recitó:
—Dietrich Nederkoorn nació en un pequeño pueblo de pescadores en Holanda, desertó del Ejército holandés hace tres años, ha trabajado desde entonces para tu gente en un asunto sucio tras otro. Tendrá unos veinticinco años. Marica. Con el pelo cortado a lo Beatle, ojos azules, cabello negro, pecas, estatura media.
—Ajá —admitió lentamente Hake—. Le conocí en Alemania. Pero, ¿para qué íbamos a querer hacer una cosa así?
—Esto es lo que llevo preguntándote desde el principio, Hake. No me refiero a por qué ellos iban a querer hacerlo, sino por qué lo ibas a querer hacer tú. Seguro, para los gorilas con los que
trabajas es una bicoca. Da unos grandes resultados para lo poco que cuesta. Es como un mordisco a la manzana de la sabiduría del árbol del bien y del mal del Paraíso. Una vez uno lo ha empezado, se acelera por sí mismo. En estos momentos deben correr un millar de esas circulares por Italia. Si Nederkoorn no fuera tan tonto, no estaría ahora en la cárcel, pues el proceso ya estaba totalmente en marcha. No hay modo alguno en que los de narcóticos italianos, ni cualquier otra fuerza, puedan parar todos esos folletos y las copias que se están haciendo. Y así se va al diablo toda otra generación de chicos italianos. Millares de ellos, quizá millones, van a ir a trabajar completamente pasados por algo que se tomaron hace un par de semanas... y eso si aparecen en el trabajo. Es todo un éxito, Hake. El gobierno ha lanzado un programa total de lucha contra la droga: asambleas en las escuelas, anuncios en la televisión, los astros del rock haciendo giras por el país para hacer campaña en contra... ¡Para lo que va a servir todo eso! —exclamó amargamente—. ¿Qué clase de ser humano hace una cosa así?
—Me gustaría poder contestarte a eso —dijo disgustado Hake.
Bueno, en parte podría habérselo contestado. La obsesión que llevaba a Mario y a los otros a perpetrar sus pequeños hostigamientos con abrebotellas e inundaciones en miniatura era suficiente para explicar el motivo por el que Dieter no había podido parar en lo de la droga. Pero...— La verdad es que tampoco sé lo que estoy haciendo yo en todo esto. Lo único que he hecho es esperar sentado.
Ella le observó.
—¿Es que no lo sabes? ¡Diablos, Hake, te han traído aquí para que me delates a ellos!
—¡Jamás dije una palabra...!
—No, Hake —aceptó ella, sin ira en la voz—. Estoy segura de que no has dicho nada; no estaría aquí si no lo creyese. Eres tonto, pero no un traidor. Claro que no has tenido que hablar; tu chivato ya ha hablado por ti.
—¿Y qué demonios es un chivato?
—Lo llevas puesto en este mismo momento, Hake. —Señaló el brazalete de plata—. Funciona de modo similar a un detector de mentiras. Lo único que tuvieron que hacer es aguardar hasta que marcaste boing en el chivato y entonces ver quién era la causante. Que era yo, claro. Sabían que andaba cerca, pues tenían idea de que yo estaba trabajando en uno de tres o cuatro lugares de Capri,
y lo único que tuvieron que hacer es plantarte en cada uno de ellos hasta que yo aparecí. ¡Oh, Hake! —exclamó, incluso sonriendo— ¡No pongas esa cara de culpa! Me tenían que descubrir tarde o temprano.
Hake contempló al traidor que llevaba en la muñeca, estaba brillando con frialdad azul a la difusa luz.
—Lo lamento —dijo.
—Vale. Bueno, escucha. No pueden hacerme mucho: estoy en territorio italiano y no he vulnerado las leyes de aquí... o al menos no demasiado. Además, les ayudé a atrapar a Nederkoorn.
—Creo que mi expresión no es tan culpable como estúpida —dijo Hake—. ¿Qué harás ahora?
La cara de ella se tornó opaca.
—Tanto no me fío de ti, Hake. —y luego añadió—. La verdad es que no tengo muchas opciones: aquí me han descubierto y, por el momento, estoy desenmascarada. Me iré a otro lugar, hay otros que se quedarán y proseguirán... —Dudó, miró su reloj y prosiguió, con más rapidez—. Y por eso quería verte: ¿quieres unirte a nosotros?
—¿A quiénes?
—¡A los buenos! Podrías reparar muchos errores, si te decidieses a afrontar tu parte de responsabilidad.
Hake dio una palmada al agua, salpicando a la chica y sobresaltándola.
—¡Maldita sea, Leota! —exclamó furioso—. ¿Y cómo sé que vuestras estúpidas payasadas son mejores que las de ellos? ¡Todo esto es repugnante!
—¡Entonces, no hagas que aún lo sea más! Vamos, Hake, no espero que caigas rendido en mis brazos en este mismo momento; quiero que te lo pienses. Tengo que irme, pero te daré tiempo... hasta mañana. Por la mañana llamaré a tu hotel. Muy temprano. Estoy segura de que tienen pinchado tu teléfono, así que no digas nada. Limítate a decir aló: una vez para decir sí, dos para decir no, tres para quizá... —y añadió irritada:— que es justamente todo lo que espero de ti: un quizá. Luego ya entraré en contacto contigo de algún modo. Y Hake, no intentes tenderme una trampa ni nada por el estilo. No estoy sola y hay gente en mi bando que juega mucho más duro que yo.
Tomó su mascarilla, pero hizo una pausa antes de colocársela.
—A menos que ya estés dispuesto a contestarme ahora... —inquirió.
Él no respondió, porque desde la boca de la caverna llegó un sonido como el de una pequeña pistola detonadora disparando rápidamente. Ambos se volvieron. El pequeño fuera borda movido a hidrógeno entró saltando y luego se lanzó como una flecha hacia ellos, pareciendo suspendido en el espacio azul.
Hake aferró un remo. No conocía a los dos hombres que se les acercaban, pero lo más probable era que trabajasen para Yosper.
—¡Lárgate de aquí, Leota! —gritó—. Trataré de entretenerlos...
Pero ella estaba agitando la cabeza.
—Oh, Hake —dijo con tono de pena—. No son de los tuyos... No, son algo mucho peor.
Hake tenía el remo ante él como una lanza, pero resultaba claro que no le iba a ser de mucha utilidad. Aquellos dos no eran ningunos hombretones y, desde luego, no vestían como para impresionar. Como Leota, ambos usaban mínima; a diferencia de Leota, ambos empuñaban armas. El que estaba al motor, una pistola; el otro, lo que parecía ser una carabina automática, apuntada directamente a Hake. Era obvio que eran los dos que estaban holgazaneando en aquel repecho del exterior lo que es más... tenían un aspecto familiar, como de alguien que uno ha visto antes, y se parecían mucho el uno al otro.
—Baja el remo, Horny —dijo Leota—. Y o no quería que esto sucediese, puedes estar seguro.
Los dos hombres no sólo se parecían: eran casi idénticos. Tenían que ser gemelos: pequeños cuerpos oscuros, de no más de metro sesenta, largo y liso cabello negro, ojos negros. Desde debajo de las lonas, Hake los podía ver sentados en los sillines anamórficos de cada lado de la tartamudeante fuera borda, con Leota tendida a través. Dos ricos caballeros del Oriente Próximo disfrutando del Mediterráneo en compañía de una chica hermosa: no había nada en aquel cuadro que pudiera llamar la atención de nadie. Pudo oír al primero de los barquitos de turistas llegando con el gemido de sus dos ruedas inerciales, pero uno de los dos tenía el pie sobre el cuello de Hake.
—Tranquilo, soplapollas —le dijo, con una sonrisa convencional—. No trates de sentarte, sólo conseguirías que toda esa buena gente muriese.
—Haz lo que te digan, Horny —le advirtió Leota. Él no contestó... ¿Cómo iba a hacerlo con un pie en el cuello? Y, además, ¿había algo que decir?
Rebotaron sobre las suaves olas durante unos veinte minutos o más. Luego la ametralladora que era el motor fue disparando más lenta, uno de los hombres vendó los ojos de Hake, le dieron una patada entre los omoplatos, lo sacaron de debajo de las lonas y le obligaron a subir por una escalera de gato. Oyó cómo una puerta se cerraba tras de él y uno de los hombres le dijo:
—Ya puedes quitarte la venda. Y siéntate.
Hake se quitó el trapo que le cubría los ojos y parpadeó. Estaba en una sala de techo bajo, con literas a cada extremo y un arcón acolchado contra una pared, bajo un ojo de buey cubierto por un portillo metálico cerrado con llave. Apenas si cabían los tres a la vez. Se sentó sobre el arcón, no tanto porque se lo hubieran dicho, sino porque era el mejor modo de establecer una distancia entre ellos y él. Pero uno de ellos tomó sillas plegables de debajo de una litera y las colocó a ambos lados, enfrente de él.
Entonces recordó dónde los había visto antes, o mejor dónde había visto a uno de ellos:
—¡En Munich! Pensé que era usted un doctor...
—Sí, Hake, era yo. Soy Subirama Reddi —dijo el de la izquierda—, y éste es mi hermano Rama. Puedes distinguirnos porque yo soy zurdo y mi hermano diestro. Nos resulta útil. Además, Rama tiene una cicatriz sobre el ojo izquierdo, ¿la ves? Se la hizo un americano en Pekín, y eso le dio muy mal carácter.
—¡Oh, no, no tengo mal carácter! —afirmó Rama—. Nos llevaremos bien, Hake, muy bien... siempre que hagas exactamente lo que te digamos. De lo contrario...
Se alzó de hombros, con una expresión que estaba entre la sonrisa y la mueca. Hablaban en perfecto inglés, coloquial y rápido, aunque a veces sonara algo extraño. Y no era que no tuvieran acento: lo tenían, pero Hake no sabía identificarlo. Le parecían británicos, pero pensó que a un británico le hubieran sonado a estadounidenses... como si provinieran de algún lugar situado en mitad del Atlántico, o quizá se hubieran educado en Yale. Sus voces eran altas y puras como las de los primeros tenores de un
coro infantil, aunque lo que estaban diciendo no tenía nada de infantil.
—Lo que tienes que hacer —proseguía Rama Reddi— es hablarnos enseguida y con todo detalle de lo que sepas de las operaciones de tu Agencia y darnos la lista de todos los agentes con los que hayas trabajado.
Hake se dio cuenta de que no iba a pasar un rato agradable. ¡Y todo esto era estúpido, porque sabía tan pocas cosas! Se volvió hacia Rama y empezó a decirle:
—No hay mucho que pueda contar...
La siguiente palabra le fue arrancada de la boca cuando el puño de Subirama le golpeó la oreja. Hake se volvió, ciego de ira, hacia él, y entonces el puño de Rama le golpeó en el otro costado. Ahora quedaba claro por qué les era útil el emplear cada uno una mano.
Subirama echó su silla hacia atrás unos centímetros, y pasó la pistola que empuñaba de su mano libre a la que usaba normalmente. Habló con urgencia a su hermano, que asintió con la cabeza y tomó una cuerda. Mientras Rama Reddi ataba las manos de Hake, Subirama dijo:
—Vosotros los yanquis siempre confiáis mucho en vuestro tamaño y corpulencia. En realidad, no creo que pudieras ganarnos a ninguno de los dos en una lucha cuerpo a cuerpo, y desde luego no podrías nada contra los dos. Pero creo que eres capaz de intentar algo que nos obligaría a matarte, así que vamos a evitarte esa tentación.
Esperó hasta que su hermano hubo asegurado las manos de Hake y luego le clavó el puño en el estómago.
—Ahora —dijo en tono coloquial—, empezaremos con los nombres de las personas con las que, hasta el momento, has entrado en contacto aquí en Italia.
Antes de que hubieran terminado con él, Hake les había contado todo lo que le preguntaron. No intentó resistirse, tras los primeros minutos. Si se limitaban a golpearle, quizá pudiera sobrevivir e incluso recuperarse. Pero le dejaron bien claro que si seguía callado eso le costaría primero las uñas, luego los ojos y después la vida, en ese orden. Les dio nombres que ni él creía recordar. Los de los cuatro ayudantes de Yosper. Cada uno de los miembros de su clase allá bajo el alambre. Incluso les dio una descripción física
de la mujer que le había acompañado a su primera entrevista, en la Lo-Wate Bottling Co., y del pastor de ovejas que le había llevado en su vehículo hasta el autobús del aeropuerto. No podía discernir qué partes de la información eran las que les interesaban. Cuando algún nombre o acontecimiento les llevaba a solicitarle más información, no lograba entender el motivo de ello. ¿Por qué les interesaría la esposa de un granjero que tenía una plantación de aguacates en Hilo? Pero lo cierto es que le interrogaron incesantemente sobre Beth Hwa. Les dijo todo lo que sabía, algunas de las cosas las llegó a repetir cinco veces. Luego le dejaron descansar. Hake no creía que fuera por consideración hacia él: más bien le parecía que ya debían de dolerles los puños.
Se dijo a sí mismo que hubiera resistido más, si hubiera tenido algo por lo que resistir. Pero la charla con Leota le había vuelto a dejar confundido: en primer lugar, ¿por qué estaba trabajando para la Agencia? ¿Por qué había abandonado una vida personalmente satisfactoria y socialmente útil como ministro religioso en New Jersey, para meterse en aquellos juegos desesperados de adolescentes? Se tendió en una de las literas, hambriento y exhausto, sintiendo dolor y mareos. No creía que le fuera a ser posible dormir, por lo mucho que le martilleaba la cabeza. Pero se despertó con Leota sentada en la litera junto a él, y entonces se dio cuenta de que, después de todo, se había quedado dormido.
—Esto son aspirinas; tómatelas.
La apartó y se alzó, con la cabeza atronándole terriblemente.
—¡Piérdete! —resopló—. Esto es el truco del policía bueno y el policía malo, ¿no? Ya lo he visto en la televisión.
—¡Oh, Hake, eres tan ignorante! Esos chicos son malos, lo bastante malos como para matarte, y lo más probable es que lo hagan. Y yo soy buena... básicamente buena —se corrigió, tendiendo las pastillas. Le aguantó la cabeza por detrás con uno de sus brazos mientras bebía el agua para tragarlas, y luego dijo:— Tienes un aspecto lamentable.
No le contestó; siguió sentado al borde de la cama por un instante, luego fue tambaleándose hasta el pequeño lavabo y cerró la puerta tras él. En el espejo se le veía aún peor de lo que se sentía. Tenía la cara tumefacta desde la barbilla hasta el nacimiento del cabello: sus ojos estaban hinchados, por lo que no podía acabar de abrirlos, y le zumbaban los oídos. Se salpicó con agua fría, pero cuando trató de secarse la cara con la toalla le dolió. Movió los músculos de los labios y las mejillas, en plan experimental. Podía
hablar y quizá también pudiera masticar, pero iba a pasar bastante tiempo antes de que pudiera disfrutar con ello.
Cuando salió, Leota se había ido, pero reapareció al cabo de un momento con una bandeja. Cerró la puerta tras entrar y Hake oyó cómo alguien echaba la llave desde fuera.
—Tus amigos se están cuidando mucho de mí —dijo amargamente.
—¡Oh, Hake! No son amigos míos, ya te dije que yo no quise que sucediera esto. —Dejó la bandeja y se sentó junto a él—. Te he traído un poco de sopa. Después de que hayas comido, te pondré una bolsa de hielo en la cara.
No podía forzarse a darle las gracias. En lugar de hacerlo gruñó, y dejó que le diera unas cucharadas de la espesa sopa. El movimiento del barco le echó la mitad por encima, así que le quitó la cuchara y el bol para tomarla él. La sopa era minestrone; solamente estaba tibia, pero no era mala; además, estaba muerto de hambre. Vació el bol mientras ella hablaba:
—¡Yo no soy responsable de lo que hacen los Reddi! Desde luego, a veces trabajamos juntos, pero ellos son mercenarios. Y matan. Hacen todo aquello por lo que les pagan. Y a mí me dan miedo.
—¿Y qué les has encargado que me hagan a mí?
—¡No he sido yo, Hake! Nosotros no les hemos pagado esta vez; trabajan para... —dudó echando una ojeada hacia la puerta y al cabo dijo—. No importa para quién estén trabajando.
Pero sobre su cadera desnuda, bajo la corta bata playera de toalla, su dedo escribió la palabra Argentina.
—Tu propia gente los ha contratado de vez en cuando. Esta vez han sido otros... ¿Qué importa? Pero cuando mi grupo necesita ayuda, a veces nos la dan. Si no se hubieran ocupado del guardaespaldas de tu amigo Dieter, nunca lo hubieran arrestado. Así que, con su ayuda, he impedido que tu grupo siguiera asesinando a chicos.
—¿Y cómo se ocuparon ellos del guardaespaldas?
Ella se alzó de hombros.
—También era un mercenario. ¿A quién le importa?
—Eso es algo que dices a menudo. A mí me importa.
—Bueno, la verdad es que a mí también me importa —dijo ella tristemente—. Pero, ¿qué es peor, Horny? ¿Qué clase de gente es la que difunde una droga asesina?
Él tomó la bolsa de hielo que ella le ofrecía y se la aplicó con mucho cuidado en la barbilla. Su cabeza seguía martilleando, pero a un ritmo más lento, menos demoledor.
—Bueno —dijo—. Aceptaré que en ambos bandos hay culpa. Sólo por curiosidad, ¿qué era lo que tú creías que iba a pasar allá en la gruta?
—Creía que te íbamos a reclutar para nuestro bando —le contestó ella, muy simplemente—. Y no te rías.
—¡Dios mío! ¿Es que crees que tengo algo de qué reír?
—Bueno, pues así son las cosas. Yo quería hablar contigo y se suponía que los Reddi tenían que limitarse a permanecer fuera y avisarme si llegaba tu gente o ayudarme si, y perdona que lo pensase, Horny, tratabas de capturarme o alguna cosa así...
—Hum —Hake, pensativamente, se pasó la bolsa de hielo de la mejilla derecha a la izquierda. Lo que ella decía tenía sentido, pero no alteraba el hecho de que habían pasado tres horas golpeándole y de que ahora lo mantenían cautivo, con unas posibilidades futuras que no podían ser calificadas de demasiado brillantes. Al fin dijo con resentimiento:
—Ahora ya sé lo que siente el espectador inocente al que atrapan en una de estas situaciones.
—¡Inocente! —Leota cerró la boca con fuerza como para no dejar salir las siguientes palabras y luego, más cuidadosamente, añadió:— Yo no diría que seas exactamente un espectador inocente, Horny.
—¡Bueno, de acuerdo, he cometido algunos errores!
Ella agitó la cabeza, como con pena.
—Realmente no sabes lo que está sucediendo, ¿no? ¿Te crees que todo esto ha sucedido por puro azar?
—¿No ha sido así?
—¡Tan al azar como la trayectoria de un proyectil dirigido! Tu gente va directa a la yugular, cada vez.
—No... eso es ridículo, Leota. He estado bastante tiempo con ellos como para haberlo visto. Son la gente más incompetente, falta de eficiencia que...
—¡Ojalá tuvieras razón!
—¡La tengo! Para empezar, a mí me eligieron por puro azar. Sin motivo alguno.
—Lo que significa que tú no sabes la razón de que te eligieran, pero puedes creerme si te digo que seguro que tenían un motivo. Probablemente te tuvieron vigilado durante meses, antes de dar el primer paso. Alguien te descubrió y consideró que eras potencialmente aceptable...
—¡Imposible! ¿Quién iba a ser?
—No lo sé. Pero alguien debió ser; sé cómo trabajan. Primero comprobaron tu ficha, luego efectuaron toda una investigación en tu propio ambiente. Debiste de parecerles bien, pero tenían que estar seguros, así que te llamaron para una entrevista. Tú podías haberlos mandado al infierno, pero...
—¡No! ¡No pude! Estaba en la reserva del Ejército; simplemente me hubieran llamado a filas.
—¡Oh, sí! ¡Sí que hubieras podido, Horny! Siempre les podrías haber dicho que no... ver lo que hubieran hecho. ¿Qué te crees, que te hubieran llevado a juicio? Pero el caso es que no lo hiciste, de modo que pasaste la primera prueba y ellos te soltaron un poco de pasta y te asignaron una misión (de camelo) para probarte. ¡No me mires de ese modo, Horny, así es como fue! Cualquier niño de dos años la hubiera podido cumplir y posiblemente mejor que tú. El caso es que la llevaste a cabo y también pasaste esa prueba, y luego, cuando descubriste de qué iba todo, pasaste una nueva prueba... pues no dijiste nada sobre lo que están haciendo.
—¡No podía!
La mujer apartó la vista.
—Bueno, no. No podías, Horny, porque aunque lo hubieras intentado, probablemente no habrías logrado llegar con vida a hablar con un periodista; alguien se hubiera asegurado de eso. Pero el caso es que tú no lo sabías, Horny, y ni siquiera lo intentaste, de forma que superaste otra prueba. Siguiente estadio: te envían al campo de entrenamiento y pasas el cursillo con todos los honores. Te mandan aquí a que me descubras... No vuelvas a decirme que no sabías lo que estabas haciendo, porque si
hubieras pensado un poco podrías haberlo descubierto; hay coincidencias que no pueden ser tales coincidencias. Y, en cuanto me viste, tendrías que haber sospechado.
—Pero en ese momento ya era demasiado tarde.
Hubo una larga pausa.
—Ajá —aceptó ella, y se echó a llorar. Al fin, pudo decir:— Es demasiado, demasiado tarde.
Tardó un tiempo en captar el significado de sus palabras.
Cuando Leota lo hubo dejado otra vez solo, Hake se sentó al borde de la litera, con la vista clavada en el cubrecamas de terciopelo rojo de la litera superior del otro lado del camarote. No lo veía: su mente, todo su cuerpo, estaba en posición de pausa. Casi era un estado de parálisis. En todos los años pasados en la silla de ruedas jamás había tenido tan poco control sobre su propio destino como en aquel momento.
Si es que alguna vez había tenido algo de control sobre su destino. Todo lo que Leota le había dicho sonaba a cierto. Había ido a remolque, por un camino que no creía que pudiera ser de su propia elección. Pasivo, obediente, incluso cooperativo: el cómplice voluntario de una gente a la que despreciaba, haciendo cosas que le repugnaban. Hake no estaba muy seguro de quién era en realidad: no podía reconocerse en el matón que había disfrutado en su pelea con Tigrito.
En el pequeño camarote el ambiente era espeso y criminalmente cálido y, con todos los ojos de buey cerrados, no entraba ni gota de aire. Por lo menos le dolía menos su maltratada cabeza. Incluso le resultaba soportable el dolor: las aspirinas que le había dado Leota habían hecho efecto. O lo que sucedía era que sus dolores habían disminuido en su nivel consciente, ante las implicaciones de lo que ella le había dicho. Hake tuvo entonces la idea de que quizá aquel lugar cálido y maloliente fuera el último que fuese a ver en su vida, así que se dedicó a estudiarlo. Aquella idea no le resultaba aterradora, pero sí paralizante. De nuevo no podía ver ningún agarradero por donde poder asir su propia vida, nada que pudiera hacer para cambiar el estado de las cosas.
Cuando Leota se había marchado, en respuesta a tres secos golpes que habían sonado en la puerta, había recogido el bol, la cuchara e incluso la bolsa de hielo y se los había llevado. Si le hubiera dejado aunque fuese un simple cuchillo de mesa... pero no tenía nada así. No había nada utilizable en el cuarto.
Se secó el sudor de la cara, se puso en pie, se quitó la camisa, tiró los zapatos a un rincón y, a pesar de todo, siguió asándose. Ni siquiera podía decir si era de día o de noche. La paliza y el interrogatorio le habían parecido interminables, pero en realidad debían de haber durado una hora o dos; el corto sueño podía haber sido sólo de unos minutos, pero también podría haber durado mucho más. No entraba luz alguna por los cierres herméticos que cubrían los ojos de buey. Por no saber, ni siquiera sabía si el pequeño buque estaba viajando o sólo se movía mecido por las olas anclado en algún puerto.
Lanzó sus pantalones sobre una de las literas del otro lado y se tendió. En la total impotencia de su situación había algo que casi resultaba satisfactorio. Como no había nada que pudiera hacer, tenía permitido no hacer nada. Incluso se fue apagando el tamborileo en su cabeza; lo sensibilizado de su cara y el dolor de su tripa eran ya los únicos fenómenos que observaba. Mientras dormitaba, con un brazo tras la cabeza, casi se sentía en paz, y le divirtió comprobar que la impotencia no se extendía a la totalidad de su persona.
Durante todo el tiempo que había estado hablando con Leota, una parte de él había tenido muy en cuenta el torneado de sus morenas piernas y el suave aroma femenino que le llegaba de ella. Aún podía olerlo y esto, unido quizá al suave balanceo del barco y quizá a algún rasgo no identificado de la personalidad del nuevo Hake, le hacían tener unos grandes deseos de hacer el amor. Y cuando, al cabo de un tiempo, Leota volvió llevando una nueva bolsa con hielo, una aspirina y agua, después de que cerró la puerta tras de sí y se sentó al borde de la litera, él tendió la mano para asirla. Asombrada, ella dijo:
—Heeeeyyyy... —y luego, apartando los labios de los de él—. Al menos espera a que deje el vaso.
Fue como el hacer el amor en sueños: fácil, sin prisas y con seguridad, y ni siquiera le sorprendió comprobar que ella estaba tan deseosa como él.
Cuando se hubieron separado, él resiguió el suave borde del hueso que sobresalía de su cadera izquierda con los dedos y dijo:
—¿Sabes? Realmente no esperaba esto, pero estoy muy contento de que haya sucedido.
Sus ojos estaban a sólo unos centímetros y ella miró cuidadosamente en los de él, luego le besó, agitó la cabeza, se sentó y miró su reloj.
—Tómate la aspirina —dijo—, y luego vamos a hablar. Me quedan veinticinco minutos para tratar de convencerte.
—¿De qué tienes que convencerme? —preguntó, mientras se tomaba obedientemente la pastilla.
—De que te conviertas en un agente doble, Horny —contestó ella.
Él se deslizó hasta el borde de la litera y se sentó a su lado. Pensativo, le rozó el desnudo hombro con los labios.
—¡Oh, sí! —aceptó—. Volvemos a mi problema.
—En realidad es un problema común a los dos, Horny. Pero la oferta es la siguiente: si aceptas trabajar con ellos, te dejarán marchar. Tienen un plan, van a pedir un rescate por ti... cambiarte por alguien que la Agencia tiene oculto en Tejas. No me preguntes de quién se trata; no lo sé.
—No sé si la Agencia dará mucho valor a mi cabeza— dijo dubitativo.
—Bueno, para ser franca, te diré que los gemelos no creen que le den mucho valor, así que aceptarán que les regateen a la baja... Naturalmente, siempre que tú aceptes su plan; de lo contrario, no hay trato para ti. Y quizá tampoco para mí —añadió—. Si... deciden eliminarte, no creo que quieran dejarme ir por ahí, siendo una testigo potencial para un juicio por asesinato.
Aquella era una noción nueva que, además, a Hake le resultaba desagradablemente molesta. Puso su brazo alrededor de la cintura, húmeda y cálida, de ella, pero Leona no cedió.
—Así que tenemos que hablar, Horny. Supongo que no tendrás ningún problema de tipo moral, pues no creo que desees seguir siendo fiel a un grupo de locos destructivos. No sólo está la cuestión del PCP, o lo de sobornar a la mitad de los disc-jockeys de Europa para que pongan música pasota alabando las drogas, o falsificar la libra esterlina, o interferir en las redes de los ordenadores de todos los demás países. O extender enfermedades, o plagas de insectos, o hierbas alergénicas, o...
—No sabía nada de esa música dedicada a las drogas —intervino Hake—. ¿Y qué es lo que hacen con los ordenadores?
—Los interfieren constantemente, Hake. ¿Cómo crees que se financian? O, hablando del tema —añadió honestamente—, ¿cómo crees que me financio yo? No estoy diciéndote con ello que me agrade el modo en que trabaja mi bando. Ellos te espían a ti, y yo también te espío. Ellos te engañan, y yo también te engaño.
—Me gusta más el modo en que lo haces tú —observó él—. ¿Qué quieres decir con que me espías? ¿Fue así como averiguaste que iba a hacer aquella primera visita a la Agencia?
—Desde luego. No tenemos los recursos con los que cuenta la Agencia —dijo amargamente—, pero hacemos todo lo que podemos. Tengo una vieja compañera de escuela que... no, no te importa saber quién es. No tenemos más tiempo: tengo que convencerte para que te pases a nuestro lado.
—¡Oh! —exclamó Hake—. Pensaba que te habías dado cuenta... ya me he pasado.
Ella lo miró.
—¿Estás seguro?
—¿Seguro? —Se echó a reír.— De lo único que estoy seguro es de que estoy harto de que me utilicen. Pero estoy dispuesto a intentarlo a tu manera.
Ella lo estudió detenidamente durante unos instantes y luego agito la cabeza.
—De acuerdo. Ahora confiemos en que los Reddi no cambien de opinión. Y... —miró su reloj—, aún tenemos veinte minutos.
Él trató de atraerla hacia sí, pero no había entendido lo que ella había querido indicar, por lo que otra vez se le resistió.
—Espera, Horny. Ahora ya debo hacerte esa pregunta.
—¿Qué pregunta?
—La que te dije que un día te haría: ¿por qué has hecho todo lo que has hecho?
—Creí que ya lo habíamos hablado —dijo él, un tanto molesto—. No lo sé.
—Pero quizá yo sí lo sepa. Tengo una teoría, y no te rías...
De lo que menos tenía él ganas era de reír.
—Tendré que empezar por el principio: ¿qué es lo que sabes de hipnotismo?
Hake apartó la mano del cuerpo de ella y dijo:
—Leota, no soy un hombre impaciente, pero si tienes algo que decirme, lo mejor será que vayas directamente al grano.
—Bueno, pues el grano es éste: actúas como si estuvieras hipnotizado. ¿Comprendes lo que quiero decir? Sea lo que sea lo que cualquiera te diga, tú lo haces. Eres muy sugestionable, justo como quien se halla en un estado de trance hipnótico.
—¡Oh, mierda! —él estaba exasperado—. ¡No me pueden hipnotizar para hacer cosas que en mi estado normal no hubiera hecho!... ¡y eso está más que comprobado! Todo el mundo lo sabe.
—¿Todo el mundo lo sabe? ¿Y cómo lo sabes tú? ¿Has hecho algún estudio sobre el hipnotismo?
—No, pero...
—No, pero desde luego actúas como si lo supieras todo sobre el tema. No me vengas con lugares comunes, Horny. Piensa un poco en ello.
—Bueno... —pensó por un momento y luego añadió, con cautela:— Admitiré que no acabo de comprender del todo lo que he estado haciendo en el último par de meses. Me he interrogado mucho al respecto. Acepto cualquier cosa que me sugieran, enseguida y sin poner objeciones... como tú muy bien señalas.
—No es una crítica, Horny. Sino todo lo contrario. Si estabas hipnotizado, no hay nada que tú puedas hacer para oponerte.
Él la miró:
—¿Estás segura de todo esto que estás diciéndome?
—Bueno, no mucho —admitió ella—, pero tiene sentido, ¿no? ¿Hay otro modo en que explicarlo? Ni siquiera se puede atribuir a un acto reflejo de patriotismo... Cuando yo te dije que no me denunciaras, también me obedeciste.
Él alzó la vista, mirándola con un espasmo de esperanza.
—¡Pero... eso fue en contra de la Agencia!
Leota agitó la cabeza.
—¡Hombres! Vuestro peor enemigo es el ego masculino. Preferirías creer que eres un hijo de mala madre por tu propio albedrío que una marioneta manipulada. Pero resulta que ése es un signo muy claro del estado de trance. Se le llama «la tolerancia de las incongruencias». Y quiere decir que uno actúa como si cosas mutuamente en conflicto fueran ambas buenas o representasen la verdad.
—¡Eso es imposible! —protestó él—. ¡No han podido hipnotizarme sin que yo me acuerde de nada!
—¿Y cómo lo sabes?
—No lo sé, pero...
—Podrían haberte implantado una sugerencia post-hipnótica para que lo olvidases todo —le dijo ella—. O quizá ni lo supiste desde el principio. Quizá te suministraron una droga, o te colocaron una cinta magnetofónica bajo la almohada. No lo sé; de lo único que estoy segura...
La interrumpió el ruido de la cerradura de la puerta al ser abierta. El Reddi que tenía la cicatriz sobre la ceja los miraba, con una mano apoyada sobre la funda de una pistola. Sonrió.
—Ah, veo que estás haciendo grandes progresos, cariño —observó mientras Leota tomaba apresuradamente su bata de playa y se tapaba con ella.
—Hemos hecho un trato —le contestó ella, fríamente—. Ahora os toca a vosotros preparar un acuerdo para el canje.
—Ya veo —dijo él, estudiándolos con aire divertido—. Sí, quizá se pueda hacer algo. Cuando vuelva mi hermano podremos seguir hablando de esto. Pero, ¿cómo sabemos que el reverendo Hake mantendrá la palabra que nos dé?
Ni Leota ni Hake le respondieron; no había ninguna respuesta obvia que dar.
—Sí, es una dificultad. Bueno, había pensado que quizá te apeteciese subir a cubierta, querida..., aunque posiblemente prefieras quedarte aquí.
Sonrió y la suya fue una sonrisa que casi era amistosa, como le asombró descubrir a Hake. O al menos tolerante. Luego salió y cerró la puerta tras de sí.
Hake y Leota se miraron el uno al otro.
—Esto... —inquirió Hake—, respecto a lo que ha dicho, ¿cómo crees que van a asegurarse de que cumplo con mi parte del trato?
—No tengo ni idea, Horny, pero sí sé que probablemente será de un modo que no te gustará. Lo más fácil sería matándote si no lo haces. Si la Agencia puede ponerte a alguien que llegue hasta ti en el momento en que les interese, y yo también puedo hacerlo,
entonces no veo por qué los Reddi no van a poderlo hacer. O quizá podrían optar por algo realmente peor.
—¿Como qué?
—Lo peor que se te pueda ocurrir. O mucho peor aún, lo peor que se les pueda ocurrir a ellos. ¿Hacerte adicto a una droga? ¿Infectarte con una enfermedad mortal contra la que sólo ellos tengan el remedio y tengas que írselo pidiendo? No lo sé, pero ya se les ocurrirá algo —dijo ella muy irritada.
El futuro empezó a resultar algo dudoso para Hake.
—Pero quizá no sea tan malo —añadió, tratando de animarlo un poco—. De todos modos no hay nada que tú puedas hacer en contra, ¿verdad? Y, sea lo que sea, siempre será mejor que el aparecer flotando junto a los muelles de la Bahía de Nápoles.
—¿Nápoles? Pensaba que estábamos en Capri, ¿para qué hemos venido a Nápoles?
—Tendrás que preguntárselo a ellos. Lo último que vi fue que estábamos atracados en algún muelle industrial, cerca de los astilleros. Si escuchas podrás oír los trenes en las vías del muelle.
Escuchó, volviendo a poner el brazo alrededor de su talle, pero no pudo oír nada que lograse identificar.
—Bueno —dijo al fin—, como parece que todavía nos queda algo de tiempo...
—Espera un instante, Horny —ella seguía escuchando, con expresión de asombro. Se oía un rápido golpear de pies en cubierta, y luego algo que casi fue un chapoteo.
Se incorporó y se puso la bata.
—Está pasando algo —anunció, y entreabrió la puerta— Fuera no se veía a nadie—. Voy a echar una ojeada; será mejor que te quedes aquí.
—No. Yo voy también.
—Entonces quédate detrás.
Cruzó hasta la puerta de acceso a la cubierta, que estaba totalmente abierta, y miró en derredor. Hake se puso tras ella y miró por encima de su hombro. Estaban amarrados a unas viejas pilastras de madera, junto a un muelle. Un agua grasienta lamía la madera y, más allá del muelle, se veían unos inmensos tanques
bulbosos. Era por la noche, pero los tanques estaban brillantemente iluminados, y Hake vio varias figuras que se movían cautelosamente por entre ellos. No había ni rastro de ninguno de los Reddi.
—¡Oh, diablos! —susurró ella—. Parece que los chicos de tu bando vienen a rescatarte. O, lo que es más probable, a cazarnos a los Reddi y a mí. Rama debe de haberlos visto y se ha largado.
—¿Y qué es lo que puede pasarte a ti? —inquirió Hake.
—Nada bueno —afirmó ella—. Voy a largarme de aquí, Hake. Tú te quedas; todo te irá bien. Si puedes, entreténlos un poco.
Corrió hasta un camarote y volvió de nuevo atándose apresuradamente los depósitos de aire.
—¡Espera! —protestó él—. ¡Quiero volver a verte!
Ella hizo una pausa momentánea, mientras le miraba.
—¡Oh, Horny! —exclamó—. ¡Eres tan tontamente ingenuo!
Le dio un beso rápido y fuerte y se metió en el agua por la borda más alejada del muelle. Minutos más tarde, cuando el primero de los hombres que se acercaba hubo llegado a la corta plancha que subía al barco, Hake salió a cubierta con las manos en alto.
—¡Soy yo! —gritó—. ¡Gracias a Dios que habéis llegado! Se han escapado por allí todos, no hace más de cinco minutos... Si os dais prisa aún podréis atraparlos.
Y señaló muelle abajo, al punto que le pareció más oscuro y menos probable.
IV
Yosper se lo estaba pasando de maravilla. Se hizo con el mando del pequeño buque como un corsario de antaño, envió a su tripulación pirata en todas direcciones y él se dedicó a pasear arriba y abajo por el puente. No se olvidó de los requisitos de la conquista: halló tres botellas de Piper-Heidsieck convenientemente frías en un camarote de popa y las compartió con Hake, mientras supervisaban la búsqueda.
La persecución en tierra no dio resultados. Dietrich, recién salido de la cárcel napolitana, informó de que no había nadie a la vista; había pagado a los matones contratados y los había enviado a
casa, pues las presas se habían escapado. Me alegra, pensó Hake; al menos me alegra por uno de los tres. Pero los brillantes y viejos ojos de Yosper estaban clavados en él.
—No pongas esa cara tan feliz —le dijo—. Tienes muchas cosas que explicar. ¿Sabes lo que hemos tenido que hacer para sacarte de esto? Primero debíamos saber dónde estabas... tuvimos que encontrar al barquero y luego a un testigo de uno de los barquitos turísticos que van a la gruta. Más tarde tuvimos que mandar un mensaje a Washington para que un satélite espía hiciera una foto con la que identificar este barco. Y luego tuvimos que contratar a media docena de matones para venir por ti.
—Lamento haberos causado tantos problemas.
—¡Ya lo creo! ¡Dietz! Ve abajo y échale una mano a Mario para registrar el barco; después lo celebraremos todos juntos.
Hake no le estaba escuchando; estaba haciendo cálculos. Lo peor de deberle la vida a alguien era que se hacía difícil mostrarse desagradable con él. Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Una semana? Bueno, por lo menos durante dos o tres días. El caso era que, por muchas ganas que tuviera de enviar a Yosper al infierno, ahora no podía hacerlo. El hombre era un imbécil arrogante y estaba demostrándolo a las claras:
—... ya me lo puedes devolver...
Hake volvió a la realidad.
—¿Perdón?
—Te decía que ya podías devolverme el brazalete —repitió Yosper, señalando la pieza de plata que llevaba Hake en la muñeca—. Ya no necesitamos que sigas llevándolo; sirvió para su función. Sabíamos que irías a verla, después de que se nos escapara en el Pescatore, así que te tuvimos vigilado con eso; no podías hacer unos metros sin que supiésemos dónde estabas. Pero lo de la barca fue una sorpresa, y para cuando pudimos seguirte ya estabas más allá del radio de acción de nuestros detectores.
En silencio, Hake se quitó el brazalete y se lo entregó, al tiempo que Mario y Dieter salían de la bodega. El italiano llevaba una caja metálica plana y ambos parecían preocupados.
Yosper se puso en pie de un salto.
—Está desactivada —le dijo Mario, jadeando. Se la entregó a Yosper, que la aceptó con mucho cuidado.
—Ajá —dijo—. Habría hecho volar este barco sin problemas y luego... —Atisbó hacia los enormes depósitos, que se hallaban sólo a unos metros de allí, y a Hake le asombró ver que el viejo empezaba a sonreír—. ¡Cincuenta mil toneladas de hidrógeno líquido! —Dejó escapar el aire de los pulmones—. ¡Vaya una explosión que hubiera sido! ¿Ves ahora con qué clase de gente se mezcla tu amiguita, Hake?
—Además, son listos —intervino Dieter—. Ésa es de las nuestras.
Yosper frunció el ceño y luego agitó la cabeza.
—Son un par de tipos retorcidos, y tienes razón... si los italianos hubieran hallado trozos de la bomba, encima nos hubieran echado la culpa. ¡En qué lío nos hubiéramos visto metidos! Debieron conseguirla cuando estuvieron trabajando en aquel asunto del mar del Norte.
Hake se incorporó en el asiento.
—¡Hey! ¿Quiere eso decir que han trabajado para nosotros?
—Ya no trabajan para nosotros. Se toman su trabajo demasiado en serio, Hake. Asesinar está fuera de lo que nos permite nuestro reglamento —dijo con aire virtuoso—, excepto en circunstancias excepcionales. Pero a ellos les gusta. Tienes suerte de seguir con vida. Si los contratas y no quieres que haya asesinatos, te cobran un recargo, ¿te lo hubieras podido imaginar?
—No os comprendo —exclamó Hake.
—¿Por qué, porque usamos mercenarios? ¡A ver si despiertas ya, chico! No confundas los medios con los fines. Estamos haciendo lo que es justo. Los Reddi son tan sólo unas herramientas que empleamos cuando resulta necesario. Uno no le pregunta a un arma si cree en la democracia, lo único que quiere de ella es que dispare cuando se aprieta el gatillo. —Le entregó la bomba de nuevo a Mario; luego siguió, severo y magistral.— Eso era algo que entendíamos en los viejos tiempos. No os culpo porque hoy en día estéis hechos un lío... ¿Cómo vais a poder dar todo lo que tenéis dentro, si se os dice que nunca debéis lanzar una bomba o disparar un cohete, pegarle un tiro en la rodilla a un enemigo o volar un puente? Pero ésas son las reglas y nosotros no las hemos hecho. Tan sólo nos limitamos a cumplir lo que nos ordenan... y empleamos lo que tenemos a mano.
Hake se recostó, dejando que las palabras le entraran por un oído y le salieran por el otro. La moral de Yosper no era un asunto que le concerniese, se dijo. Tenía otras preocupaciones y no estaba
muy seguro de cómo iba a enfrentarse a ellas, o qué era lo que iba a resultar de aquella situación. Se encontró estudiando a Mario y a Dieter, que estaban sentados escuchando embelesados al viejo. Justo como si nunca antes hubieran oído aquellas cosas, aunque las hubieran escuchado mil veces. Era muy extraño que todo el mundo al que conocía: Yosper, Dieter, Mario, Leota, incluso Jessie Tunman, hasta los Reddi, todos estaban muy seguros del papel que tenían que jugar en el mundo y de lo justo que era continuar desempeñándolo.
Mientras que él no estaba seguro de nada.
Y Yosper seguía hablando:
—...en los viejos tiempos en las Naciones Unidas, ¡vaya una mierda! ¡Sabíamos quién era cada cual! Y también sabíamos cómo ocuparnos de ellos. ¡Metías a un encargado de negocios rumano en la cama con un chico negro, luego le enseñabas las fotos y hacía lo que querías! O lograbas que el encargado soviético del gabinete de cifra se convirtiera en un adicto a la heroína y luego lo tenías cogido con el suministro. Si queréis saber mi opinión, el mundo era entonces mucho más simple, y mejor. Entonces estábamos haciendo el trabajo del Señor y lo sabíamos. Claro está, aún seguimos en ello, pero a veces... —parpadeó—. Te aburre escucharme, ¿no es así, chico? Esos moretones de la cara no deben de estar haciéndote ningún bien, y además debes de estar hambriento. Dietz, tú deshazte de esa cosa —señaló a la bomba— y tú, Mario, trae el coche. Se ha acabado el champagne y ya es hora de comer.
Todas las preguntas que había en la cabeza de Hake querían ser la más importante y no dejaban de chocar entre ellas mientras trataban de ocupar el lugar central. Por ejemplo, ¿cuán en serio debía de tomarse su trato con los Reddi de cambiar de chaqueta? La verdad era que no lo habían soltado, su gente le había rescatado. Pero quizá aún tuvieran sus métodos para obligarle a cooperar. Y antes de que hubiera acabado con esa pregunta, y desde luego sin haberla podido responder, ya había otra: ¿había logrado realmente escapar Leota? ¿Y dónde estaba ahora? Y ésta a su vez fue apartada por: ¿qué pasaba ahora con su proyecto sobre las religiones? ¿Qué pasaba, cielos, con su propia iglesia? ¿Cómo se las estarían arreglando sin él? ¿Qué había de verdad en aquella loca conjetura de Leota acerca de que le hubieran hipnotizado? Y de nuevo, ¿estaría Leota a salvo?
La ventaja de una cabeza llena de ideas no formuladas del todo y preguntas sin respuesta era que eso le tenía distraído de la cháchara interminable de Yosper. Que prosiguió mientras se movían por entre las grandes esferas de doble pared que contenían el hidrógeno, se hizo más fuerte cuando acortaron por entre los martilleantes compresores que mantenían el hidrógeno líquido, hizo una pequeña pausa cuando se hallaron junto a las inmensas salidas de aire caliente que escupían calor residual al ya cálido cielo napolitano, pues había el riesgo de que alguno de los no demasiado alerta guardianes les oyese, y se reanudó a todo tren dentro del Cadillac que Mario conducía, deportivamente, a lo largo del barrio portuario, subiendo por una maraña de empinadas callejuelas, hasta llegar al aparcamiento de un enorme hotel que había en la cima del Vomero.
Le dieron a Rake veinte minutos para limpiarse un poco, ponerse agua en los moretones y mudarse con ropa limpia de las maletas que Mario, amablemente, le había traído desde Capri, tras lo que hubo una repetición de la noche en el restaurante, La morte del pescatore.
De nuevo tenían la mejor mesa del local. Miraba sobre la bahía, con el cráter del Vesubio iluminado por reflectores rojos, blancos y verdes.
Yosper estaba diciendo:
—¡Ternera, Hake, ternera! Si no quieres pescado, escoge ternera; es la única clase de carne que entienden los italianos, pero ésa la entienden bien.
Hacía ya rato que había pasado el efecto de las pastillas que le había dado Leota, y notaba la mandíbula y la tripa como si una manada de ganado le hubiera pasado en estampida por encima. Estaba exhausto... había sido un verdadero shock el descubrir, cuando llegaron al hotel, que sólo eran las nueve de la noche... Y le parecía que le estaba subiendo la fiebre. Pero de lo que estaba más harto era del sonido de la voz de Yosper. El viejo había iniciado una larga discusión con el camarero acerca de la cantidad de queso parmesano que debía entrar en la composición de sus Scallopine a la Vomero cordon bleu, y con el somellier acerca de si el Lacrima Cristi realmente provenía de las viñas del Monte Vesuvio, o era algo que el bottigliere había combinado esa misma tarde, empleando pieles de uva y ácido clorhídrico.
Hake pidió al azar, deseando sobre todas las cosas acabar con aquello e irse a la cama... Y, tan pronto como le resultara posible,
volver a Long Branch, New Jersey. Y cuando Yosper trató de aconsejarle una especialidad de la casa, resopló:
—¡Cualquier cosa! ¡No me importa! ¡Yo no he venido a Italia a gastar el dinero de los contribuyentes en bacanales!
Yosper le lanzó una mirada de advertencia y ordenó al camarero que se retirara. Cuando lo hubo hecho, el viejo dijo:
—Hay dos cosas que debes recordar, Hake. La primera, que no tienes que hablar de que trabajas para el Gobierno cuando alguien que no conozcas te esté escuchando. La segunda, que esto no les cuesta ni un centavo a los contribuyentes. Al menos, no a los nuestros. Dieter, ¿a quién le vamos a cargar esta cuenta?
—Iba a emplear mi tarjeta Barclay —dijo el holandés— Así que le irá a parar a la KLM.
Yosper asintió, sonriendo.
—Se lo cargamos a esa compañía aérea, que a su vez lo carga a una cuenta especial que resulta ser los fondos no sometidos a auditorías que emplean los agentes secretos holandeses. No hay modo de que puedan seguir la pista hasta nosotros. Veamos, en Capri creo que usamos la tarjeta de crédito del Banco di Milano, que a través del sindicato hidroeléctrico italiano va a parar al servicio secreto de su Fuerza Aérea. Si sabes cómo manejar los ordenadores lo puedes tener todo... ¡y el enemigo lo paga! Así que come a gusto, chico; cada lira que gastes se la quitas al otro bando.
Hizo una pausa y le dijo a Dieter:
—Eso me hace recordar algo... ¿Quieres ver cómo anda el otro asunto?
El muchacho asintió y se marchó, mientras el camarero llegaba con la ensalada y los entremeses.
Masticar el crujiente apio y el palmito resultó toda una tortura para Hake. Parecía tener la mitad de las muelas sueltas y la mandíbula le protestaba a cada esfuerzo. Comió hoscamente, mirando al otro lado de la bahía. Con las iluminaciones festivas de los barcos de crucero atracados en los muelles, los coches que pasaban por el barrio del puerto y las lejanas casas del Portici y la Torre del Greco, todo se veía al mismo tiempo hermoso y terrible... Terrible por tanta energía malgastada. No sabía cómo autorizaban aquello, ni cómo no acababa de hundir la economía italiana. Desde luego, las granjas y los pueblecitos agrícolas estaban sujetos a unas
restricciones mucho más estrictas que nada de lo que se sufriera en New Jersey, eso lo sabía. Pero tal cosa hacía que aquel despilfarro resultase aún más inmoral. Había algo que olía mucho a podrido en aquel mundo en el que vivía. Y si los que tenían que eliminar el mal olor eran todos como Yosper, ¿qué esperanza había siquiera de sobrevivir? El viejo estaba de nuevo pontificando sobre la religión. Estaba diciendo que Dios había planeado para este mundo que los justos prosperasen y dominasen, y las palabras chocaron contra las ideas que había en el interior de Hake, provocando en él aún mayor confusión. Luego le sobresaltó una frase de Yosper y preguntó:
—¿Qué es lo que dices?
—Tendrías que prestarle más atención —le dijo acusadoramente Mario—. Yosper es un gran hombre y además te ha salvado la vida.
El viejo dio unas palmadas tolerantes en el brazo de Mario.
—Decía que no estoy de acuerdo con Darwin.
Hake se atragantó; era exactamente como si hubiera dicho que creía que la Tierra era plana.
—Pero... pero justamente acabas de decir que crees que los más aptos deberían sobrevivir.
—He dicho los justos, Hake, pero estoy de acuerdo en que son la misma cosa. Dios nos da la fuerza para hacer Su voluntad. Pero eso no tiene nada que ver con tu Darwin; él va contra la Biblia, así que está equivocado. Y —añadió, animándose—, si contemplas la totalidad del cuadro con los ojos de la comprensión, verás que también va en contra de la ciencia. De la verdadera ciencia, Hake. De la ciencia del sentido común. Lo de Darwin no tiene ni pies ni cabeza, chico. ¡En nombre del cielo, muchacho, limítate a abrir los ojos a este maravilloso mundo en el que vivimos! Anguilas eléctricas. Colibríes. Semillas en el desierto que son lo suficientemente listas como para no prestarle atención a un simple chaparrón, pero que brotan en cuanto hay una buena lluvia de verdad... ¿Y vas a decirme que todo esto sucedió por azar? ¡No, muchacho!, tu señor Darwin no da pie con bola. Mira a tu propio ojo: tu señor Darwin dice que algún bicho de hace mil millones de años empezó con algunas escamas en su piel que respondían a la luz., ¿tengo razón? Y yo, ¿tengo que creerme que durante todos esos años se limitó a estar intentando convertir esas escamas en algo con lo que leer un libro o contemplar la pantalla de un televisor y acabó logrando los músculos y nervios más maravillosos que
jamás se hayan empleado para ver, llorar y aumentar imágenes y...? ¡Pero vaya, si vuestros científicos ni siquiera pueden fabricar una máquina tan sofisticada como el ojo humano! ¿Y quieres que me crea que todo esto sucedió por casualidad, empezando a partir de las escamas de un pescado? ¡Eso es una locura tan grande como...! Un momento.
Dieter había regresado, seguido por un camarero que llevaba un teléfono. Mientras enchufaban la clavija, el muchacho holandés susurró algo al oído de Yosper.
—Hum-hum —gruñó éste; parecía satisfecho—. Bueno, dejemos correr ese tema, que está poniendo nervioso a nuestro amigo. Creo que el vino ya se ha aireado bastante, digámosle al camarero que nos lo sirva.
Hake agitó la cabeza incrédulamente. Pero, ¿de qué servía aquello? Estaba llegando su pollo al marsala; esperó impaciente que el camarero se lo deshuesase y limpiase junto a la mesa, y luego se lo comió con rapidez.
—No quiero postre —dijo tras haber acabado mientras los otros aún estaban disfrutando de la parte principal de sus comidas—. Creo que me iré a la cama.
—Seguro —le dijo hospitalariamente Yosper—. Has tenido un día duro. No obstante, aclaremos lo de mañana. Tienes un vuelo a las ocho de la mañana al Leonardo da Vinci. Cuando llegues allí, ve al depósito en Roma, el lugar donde recogiste tu ropa en el viaje hacia aquí; allí te entregarán todos los documentos y billetes que necesites. Creo que tomarás el vuelo de las dos de la tarde a Nueva York... Mañana por la noche dormirás de nuevo en tu propia cama... Pero ya te lo aclararán todo. Di que te despierten a las seis; Mario te recogerá a las seis y media para llevarte al aeropuerto.
—Haré que te suban un café antes de que nos marchemos —le dijo amablemente Mario—. Si quieres algo más antes del vuelo podremos tomarlo después del chequeo en Capodichino.
Hake escuchaba y se removía nervioso. Sus instintos deseaban decir algo que su boca se mostraba remisa a pronunciar. Finalmente logró articular:
—En cualquier caso, gracias. A todos. Creo que me habéis sacado de un buen aprieto.
—No fue más que lo que te merecías, muchacho. Nos has sido de una gran ayuda. Tu amiga la loca y ese par eran una gran molestia, y ahora ya nos hemos ocupado de ellos.
—¡Pero si se escaparon!
—Los mellizos lo lograron, sí. Pero eso no es tan malo, Hake. Son una pareja muy desagradable y atraparlos es como cazar serpientes de cascabel con una red. Además, mi querido amigo, no tengo nada personal contra ellos. No quería castigarlos; uno no quiere castigar a una bomba, simplemente se limita a asegurarse de que no estalle.
Todos le sonreían, Yosper aún comiendo y los muchachos recostados en sus sillas y dándose la mano. Hake esperó a que llegase el golpe para el que se estaba preparando, pero no llegó. Así que dijo con voz ronca:
—La chica también se escapó.
—No fue muy lejos —dijo placenteramente Yosper.
—¿De qué estás hablando?
Yosper suspiró.
—Bueno, veamos lo que podemos averiguar —dijo, y tomó el teléfono. Habló unos segundos en un idioma que Hake no entendía y luego colgó, con una sonrisa de oreja a oreja—. Exactamente se encuentra en la Regina Coeli. Estará una buena temporada fuera de la circulación.
—¿En la cárcel? ¿ Por qué? ¡Aquí no ha cometido ningún delito!
Yosper movió la cabeza mientras se reía a carcajadas.
—Cometió el peor de los delitos. Mira, su pequeña banda de aficionados hace lo mismo que nosotros, sólo que no tan bien. Estaba trabajando con identidad y créditos falsos. Pero una vez la descubrimos en el Pescatore y el bueno de Mario puso patas arriba su habitación... bueno, pues supimos lo que estaba utilizando. El resto fue fácil: nos cargamos su crédito. Logró llegar hasta Roma, y allí la atraparon por utilizar tarjetas de crédito falsas. Ahora está en bancarrota, Hake. La subastarán para pagar sus deudas. Pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a molestarnos.
Veinticuatro horas más tarde Hake salió de un taxi en el lado del Trastevere del Ponte Sant’ Angelo. No había perdido el tiempo en
Roma. Había empleado tanto el entrenamiento que le habían dado bajo el alambre como las habilidades prácticas que había descubierto en los últimos días. Del depósito de seguridad de la Agencia en Roma había obtenido un nuevo pasaporte y su billete de regreso a los Estados Unidos, así como algunas piezas del equipo estándar que había requisado al momento; entre ellas, las tintas y papeles para cambiar su billete, así como las tarjetas con las que financiar algunas actividades fuera de programa. El resto del día lo había empleado averiguando lo que necesitaba. Dejó su bastón y su bolsa en la acera, bajo el enorme pastel que era la Tumba de Adriano, y pagó cuidadosamente al conductor, añadiendo monedas según el volumen y el tono: Cuando las palabras se fueron apagando y el tono llegó al barítono, se dio la vuelta, tomó sus cosas y cruzó hasta al parapeto que había junto al puente. En aquel punto el Tíber era un arroyo que hacía suaves meandros, entre orillas llenas de césped, aquí ensanchándose en un estanque, allí volviéndose estrecho y rápido. No parecía artificial; se diría que hubiera estado allí siempre.
—Siete pescatore? —Hake no se había dado cuenta de que se le acercaba un policía romano—. Pesce —repitió el hombre, imitando una caña y su sedal con su porra eléctrica—. ¿Pesca, usted pesca? ¿Tiene permiso?
—Oh —exclamó Hake, comprendiéndole al fin—. No, no voy a pescar. No pescar, sólo mirar. Mirar. Voyeur.
—Ah, paura! —dijo el policía con simpatía, tocando el hombro de Hake antes de alejarse.
Éste se recostó descuidadamente en la balaustra, dándole tiempo de perderse de vista. Tenía razón en lo que le había estado comentando: había pescadores en el Ponte Sant’ Angelo, que hacían colgar sus anzuelos hasta el río que fluía bajo el puente, incluso a aquella hora. Y, en el río propiamente dicho, mujeres mayores con botas de goma hasta las caderas estaban rebuscando algo en los bajos. Hake no podía ver si estaban pescando algo, pero les deseaba suerte, porque servían para apartar la atención de él.
Caminó rápidamente veinte metros por el puente y allí, tal como el mapa decía, había un disco metálico incrustado en la acera. Usando el bastón como palanca, levantó la tapa y atisbó hacia dentro. Estaba totalmente a oscuras y hedía. Esto también era de esperar, aunque no le resultase nada atractivo. Dejó caer la bolsa y la oyó golpear cemento a algunos metros por debajo; lo siguió, bajando por una resbaladiza escalerilla de metal y dejando caer de nuevo tras él la tapa de la cloaca.
Tan pronto como la hubo cerrado el hedor se hizo abominable y la ausencia de luz total.
Estaba en la mayor y más antigua de las cloacas de Roma. ¿Que estaba polucionado el Tíber? Va bene! Se le hacía un techo por encima, que cumpliese con su función. Y ahora el río, de hecho, era una cloaca que fluía bajo un terreno ajardinado, convertido en un parque, que contaba con su propio río artificial que corría a todo lo largo, para justificar los mapas y los puentes. Se mejoraba la eliminación de los desperdicios y se mantenía el atractivo estético. Y la cloaca massima nuova fluía sin problemas hasta el mar.
¿Sin problemas? Quizá, pero resultaba preocupante. El mal olor era, por lo menos, de una magnitud muy superior a cualquier otra cosa que Hake hubiera experimentado en su vida. Apresuradamente tanteó en el cemento para encontrar su bolsa, localizó la cuerda de apertura y tiró de ella. Se oyó un sonido silbante, como cuando se pincha un neumático, y el saco se desplegó. En diez segundos habían surgido la proa y la popa y se había alargado hasta ser como un kayak, la canoa esquimal. Tanteó para orientarse y encontró lo que andaba buscando: dentro del hueco para el remero había una bolsa de plástico que contenía una linterna, un remo doblado y una máscara respiratoria.
Cuando Hake se hubo colocado la máscara hizo la primera inspiración profunda que se permitía desde que entrara por el agujero de la calle. Era soportable, pero apenas. Era como encontrarse dentro de un matadero descuidado, mientras que antes había sido como ser una de las reses degolladas.
Encendió la linterna y miró a su alrededor. El agua del Tíber no tenía tan mal aspecto. Flotaban cosas en ella y el hedor era innegable, pero en realidad sólo parecía fría y húmeda... hasta que mantuvo la luz con el brazo lo más extendido posible desde el borde de la acera de la cloaca y vio la iridiscencia oleaginosa. El techo era metálico, con una simple capa de yeso, que ya se había pelado en la mayor parte de los sitios. Bajo el mismo el río corría más de lo que parecía. Cuando Hake se encontró dentro del kayak descubrió que remar resultaba más trabajoso de lo que había supuesto.
Se dio cuenta de que hubiera sido más inteligente haber bajado río arriba de su destino, en lugar de río abajo. Pero no había sido lo bastante inteligente. Cada palada le llevaba un metro adelante y, mientras alzaba el remo para clavarlo de nuevo, la corriente le echaba un palmo hacia atrás. La necesidad de cambiar de lado de vez en cuando complicaba aún más las cosas, y además tenía que ir con cuidado: no quería que el agua de la cloaca salpicase el
interior del kayak, sobre todo porque el mal olor le hubiera convertido en sospechoso allá donde se dirigía. Aun así no pudo evitar que le cayeran encima algunas gotas. Al cabo de un minuto había empezado a sudar, y no más de dos o tres minutos después jadeaba tratando de respirar. Si la teoría de Leota sobre el hipnotismo era acertada, ahora le vendría bien un poco de aquel estado de trance, pensó amargamente. Cualquier cosa... lo que fuese con tal de apartar su mente de aquel hedor, y el calor, y la fatiga que estaba empezando a hacer arder a sus ya doloridos músculos.
Había esperado emplear unos diez minutos en remar los cuatrocientos metros por el Tíber subterráneo. Le costó media hora, y para cuando encontró el lugar que buscaba estaba agotado. Mal olor o no, se arrancó la mascarilla para darle más aire a sus pulmones.
Pero había llegado. Estaba bajo el gran pabellón que habían edificado encima del río, destinado a la música y al baile. Y, si su información era correcta, Leota debía de hallarse en algún lugar de allá arriba.
Había un cerrojo en la puerta, pero de nuevo quedó demostrado lo válido de su entrenamiento bajo el alambre. Lo abrió en un minuto, emergiendo a un pozo vertical de cemento con una escalerilla metálica. Tras subir seis cortos niveles se halló ante una puerta y, abriéndola con rapidez, la atravesó.
Estaba en una cámara redonda, muy grande, en lo que parecía el anfiteatro de un aula de cirugía. En el centro había una especie de foso, como de una sala de conciertos preparada para un espectáculo de música pop. Estaba rodeado por hileras de bancos, circulares y en pendiente ascendente. Y, por alguna razón, parecía recordarle algo, a pesar de no serle familiar. Distribuidas por el foso se veían tarimas de madera cubiertas de tela, como las que los domadores de leones emplean para hacer sus números, pero no estaban ocupadas. Había ido justo de tiempo, pero la subasta todavía no había comenzado. Unas pocas docenas de personas estaban paseando por el foso; otras estaban sentadas en los bancos de encima. Unos camareros de smoking y camareras con cortas faldas de cóctel pasaban entre ellas llevando bandejas con vasos de vino y naranjada, y nadie se había fijado en él cuando había entrado. Tomó un vaso al azar y descubrió el falso recuerdo que había estado tratando de entrar en su mente: aquel lugar era exactamente tal como se había imaginado que debía haber sido el teatro Globe de Shakespeare. Una mujer de vestido largo y corsé se le acercó.
—Una carta, signore? —Tomó el programa y le dio las gracias; luego, cuando le pareció que esperaba algo más, también le dio una propina de cien liras. Le estaba mirando de un modo raro, así que él se apartó como si necesitase urgentemente un lugar en el que dejar el vaso.
La mitad de la gente que había en el local parecían hombres y mujeres de negocios occidentales. Los otros vestían albornoces, algunos deshikis, y Hake captó frases en viejos y familiares idiomas. No hizo ninguna pausa para escuchar. Se sentía fuera de lugar y estaba ansioso por evitar llamar la atención. Unas gafas de sol cubrían sus ojos aún amoratados, pero las señales en la cara eran visibles y se daba cuenta de que llevaba con él un débil olor a cloaca. Además era más joven que la mayoría de los demás hombres y estaba vestido mucho menos lujosamente. Pero cuando observó con más detenimiento cambió de idea: no sería fácil destacar en aquel grupo, por lo dispares que eran unos de otros. No todos los jeques eran árabes y probablemente no todos eran jeques. Hake reconoció a beduinos y turcos, así como a los familiares pakistaníes y libaneses de su juventud. Algunos de ellos eran negros, de facciones más anchas y chatas... Quizá sudaneses, quizá nada de eso. O cualquier cosa que tuviera dinero. Ésa era la característica que los unificaba a todos. Ya llevasen un albornoz o una camisa deportiva de cuello abierto o, como la mujer que le espetó algo en francés cuando Hake tropezó con ella, un traje de seda. Algunos de ellos iban peor vestidos que Hake, pero había en ellos un aire que decía que, si iban así vestidos, era porque les daba la gana; y todos tenían el aspecto de ser personas que compraban lo que les gustaba.
Hake tendió la mano hacia otro vaso, asegurándose en esta ocasión de que era vino, y no zumo de naranja, lo que contenía, tras lo cual se retiró al borde del foso para estudiar la carta. No era exactamente un programa, sino más bien un catálogo. Una cubierta de suave papel mate cubría una lista de cuatro páginas, perfectamente fotocopiada, que reseñaba los quince endeudados criminales del crédito que iban a ser vendidos en aquella velada. Había tomado un ejemplar en italiano del catálogo, lo cual quizá explicase por qué la que se lo había dado le había mirado de aquel modo. El nombre de Leota no estaba en la lista. Bueno, naturalmente no debía estar. Buscó cuidadosamente y decidió que Joanna Sailtops, signorina di 26 anni, degli Stati-Uniti, L 2.265.000, tenía que ser ella. Y si la cifra de más de dos millones representaba su precio de venta, estaría perfectamente dentro de los límites de las tarjetas de crédito que había falsificado.
No había nada en la lista que le pareciese de ayuda; en el interior de la portada había un escrito repetido en ocho idiomas, como el francés, el alemán y el japonés, pero también el inglés y el árabe. En todos decía lo mismo y era una descripción de las condiciones de la venta. Todas aquellas personas se habían reconocido culpables de fraude en el crédito y habían aceptado prestar un servicio en pago de su deuda, en lugar de cumplir una condena de cárcel. Las cantidades recibidas en la venta serían empleadas para pagar las pérdidas causadas y los gastos judiciales; se deducía un porcentaje para cubrir los gastos de la subasta. Cada persona estaba totalmente garantizada contra cualquier daño permanente. Cada una de ellas había sido sometida a un completo examen médico aquella misma tarde y sus fichas serían guardadas; un examen similar sería efectuado al final del período de servicio. Y si la persona había sufrido algún daño permanente tenía derecho a poner una demanda por perjuicios, así como a iniciar una querella criminal contra el comprador. No era una esclavitud total, aceptó Hake, pero, no obstante, se le parecía mucho... ¡Demasiado!
Alzó la vista; estaba pasando algo. Los posibles clientes que se habían sentado estaban dejando los bancos y descendiendo al foso, y al cabo de un momento vio el motivo. Unos empleados con el mismo smoking que los camareros estaban haciendo entrar una procesión de personas que vestían delgadas capas y los minimi. Los sujetos para subastar. Y la quinta en entrar fue Leota.
La vestimenta que le había parecido un tanto extremada pero altamente atractiva en la gruta, aquí le parecía tremendamente escasa. Aunque estuviese cubierta por la apretada pero casi transparente capa. Y no le gustó el modo en que la miraban los otros clientes... No todos la estaban estudiando a ella, seguro, pero incluso el hecho de que los otros catorce artículos de mercancía estuvieran llamando la atención, algunos mucho más que Leota, le parecía realmente repugnante. Se abrió camino entre una de las camareras con su traje de cóctel y un pequeño y oscuro hombre con kepi y traje con pantalón corto para llegar hasta ella. Sus ojos se desorbitaron.
—¡Hake! ¡Lárgate de aquí inmediatamente!
El negó con la cabeza.
—Voy a liberarte. Pagaré tu factura...
—¡Que te den por culo! —siseó ella, echando una mirada en derredor. En la plataforma más cercana a la de ella, uno de los
empleados estaba mostrando los músculos de un quinceañero campesino con el torso cubierto de tatuajes. Sólo les estaba mirando el árabe de pantalón corto. El hecho de que Leota tuviera allí a un amigo la hacía más interesante, descubrió airado Hake. Ella se le acercó y le susurró:
—Tú no te puedes permitir esto. Y a mí no me va a suceder nada. Si quieres hacer algo para ayudar, recuerda todo lo que hablamos en el barco.
—Lo recuerdo. Pero voy a comprar tu libertad, Leota. Tengo... los medios.
—¡Idiota! ¡Usa una tarjeta de crédito falsificada y te encontrarás también tú aquí arriba! ¿Cómo puedes ser tan estúpido, Horny? Si saliera de aquí contigo, ¿cuánto tiempo crees que tardarían en ir tras de mí tus amigos?
Mientras él trataba de pensar una respuesta, ella añadió:
—Sólo van a ser unos treinta días o así. Pujan por contratos por día y yo debería lograr un precio de seiscientas mil o setecientas mil liras diarias. —Miró al saudí, que se estaba acercando, estudiando la forma de su cuerpo bajo la capa—. ¡Y ahora esfúmate...! Te... agradezco que lo hayas intentado, Horny, pero no necesito tu ayuda. Estaré mucho más segura si algún fabricante de pasta me lleva a su casa por un tiempo, hasta que las cosas se hayan calmado.
—Perdóneme —dijo el saudí educadamente, pasando junto a Hake para estudiar el rostro de Leota.
Hake se sintió temblar. La idea de que vendieran a Leota a... a lo que en realidad era una forma de prostitución... como si fuera una quinceañera campesina a la que un chulo obliga a hacer la calle cuando la encuentra perdida en la gran ciudad... aquello le puso todos los nervios de punta, excitándolo de un modo que jamás hubiera imaginado. Se daba cuenta de un extraño cosquilleo en el bajo vientre. No era algo figurativo, sino muy real, como si sus testículos estuvieran respondiendo a una amenaza a su masculinidad tratando de hundirse hasta desaparecer. Y, al mismo tiempo, era consciente de un fuerte deseo de darle un buen puñetazo al árabe.
Y todo aquello le resultaba a Hake tan asombroso como poco placentero, porque jamás había pensado en sí mismo como un defensor de las damas. Eres un maldito anacronismo, le estaba diciendo una parte de su cerebro, tendrías que estar en la vieja corte de Aquitania. Y otra parte de su mente... o quizá un trozo de
Horny Hake que no vivía ni siquiera cerca de su mente, tensó los músculos que movían los tendones que movieron los miembros que le dieron un manotazo al saudí, agarraron a Leota de la mano y la arrastraron a través de la gente que se apartaba a su paso, hacia la salida... La salida en la que uno de los empleados estaba cogiendo un teléfono, mientras otros tres se le acercaban amenazadores. Dos se cogieron de los brazos de Hake, mientras el tercero enarbolaba un puño siseando furiosamente algo en italiano. Desde detrás, algo golpeó el hombro de Hake: giró la cabeza y vio que era el saudí, con sus delgados labios crispados en una mueca bajo la aguileña nariz y el bastón de empuñadura de marfil alzado para golpearle de nuevo. Uno de los empleados se colocó diplomáticamente entre ellos. El árabe se echó hacia atrás, suspendiendo el ataque ante la posibilidad de verse tocado, al tiempo que declaraba en un inglés con acento de Oxford muy marcado:
—Este... ser vulgar... ha cometido la grave imprudencia... de atacarme.
—¡No he hecho tal cosa! —El empleado le retorció el brazo, pero Hake prosiguió a gritos:— ¡Miente! ¡Lo más que he hecho ha sido darle un empellón!
—¡Sugiero —gritó con tono agudo el árabe— que permitamos que las autoridades se ocupen... de este gángster!
Y sólo entonces se dio cuenta Hake de que un par de carabinieri habían aparecido detrás de los empleados. Uno de ellos, al que Hake creía recordar haber visto antes, estaba hablando en italiano, con tono apenado y grandilocuente, mientras los empleados asentían con sus cabezas.
—Dice —le tradujo el otro policía— que ya le ha confesado usted antes ser un pervertido sexual... ¿O lo va a negar ahora? ¡Qué vergüenza!... ¡un voyeur! ¡Y se ha atrevido a colarse aquí!
El cada vez más disminuido yo racional de Hake aún tenía el bastante dominio sobre él como para obligarle a decir, con aire bastante razonable:
—Parece ser que hay un pequeño error —pero, al mismo tiempo, su yo irracional estaba hinchándose contra el cada vez más débil control. Pensativamente, el árabe alzó de nuevo su bastón. De un modo analítico, Hake debería haberse dado cuenta de que no era muy probable que pensase en golpearle. ¿Por qué iba a hacerlo? El derecho estaba a su favor, así como la majestuosidad de la ley. Pero el Hake analítico no tuvo nada que ver en aquello. El Hake
glandular, el Hake quijotesco y el Hake aquitano sobrepasaban en número y dominaron al analítico. Se liberó de los brazos del policía. Alarmado, el saudí le golpeó con el bastón mientras su otra mano iba instintivamente a la empuñadura de la daga ceremonial que llevaba al cinto.
Y, eso quedaba fuera de toda cuestión, el árabe jamás la hubiera usado para matar. Y cuando Hake, instintivamente, trató a su vez de agarrar la daga y se la encontró en su asombrada mano, tampoco él la hubiera usado para matar. Pero el Hake reflexivo no sabía lo primero. Ni el árabe, policías y empleados lo segundo: y de repente allí estaba: la imagen perfecta del loco pervertido, acosado y con una hoja desnuda en la mano.
—¡Oh, Horny! —gimió la voz de Leota—. ¡Tendrías que haberme escuchado!
Y todos cayeron sobre él a la vez y lo derribaron a golpes.
V
—Cuando yo era un chico con muchos huevos como tú —dijo Yosper, haciendo girar el whisky en su vaso mientras esperaban el avión de Hake—, era tan jodidamente estúpido como tú. No, no tan estúpido, pero sí bastante. Podría haberme metido en un buen lío por cualquier pelandusca que se me abriera de patas, lo mismo que tú. Sólo que no lo hice, no señor, porque ya entonces era un chico listo. Pero podría haberme sucedido, ya lo creo.
Y era como si estuvieran representando de nuevo la misma escena. Los escenarios eran un poco diferentes: ahora estaban en el vestíbulo del aeropuerto de Roma en lugar de un restaurante en Vomero, o un club nocturno de Capri, o una pensión de Munich. Pero los actores eran los mismos y estaban interpretando los mismos papeles. Sólo que el único actor secundario, que era Hake, estaba maquillado de un modo distinto: tenía una venda de compresión sobre la oreja izquierda, para proteger los puntos aún tiernos que la sostenían. El resto... los ojos amoratados, la mandíbula hinchada, el modo rígido e inseguro en que se movía... eran el equivalente a una de esas anotaciones en los libretos «algún tiempo más tarde». Pero la obra era toda ella un reestreno, el monólogo de Yosper apoyado por el coro: el valiente Mario, el dulce Dieter, incluso el risueño Carlos, que acababa de llegar volando de Dios sabe dónde para unirse a Yosper y hacer Dios sabe qué.
—...naturalmente, hay algunos casos en los que yo no metería esa cosa... ni aunque la tuviera prestada. Al menos ahora ya no. Ni siquiera lo hice cuando era tan joven como tú, Hake, y casi igual de estúpido. ¿Te la tirabas?
Hake le lanzó una mirada asesina por entre sus semicerrados párpados. El viejo agitó una mano.
—Supongo que sí, y eso hace que tengas los huevos fuera de su sitio y en el lugar en que deberías tener el cerebro. Es un asunto feo; muy feo, Hake. Pero les ha pasado a hombres mucho mejores que tú, y no te lo voy a tener en cuenta. Así que parece que has salido bien librado, sin contar algunos dolores y moretones, naturalmente. Los polizontes dejaron correr las denuncias, lo cual no está mal. Supongo que pensaron que ya se habían divertido bastante con la paliza que te pegaron camino de la questura. Así que no hay nada en los archivos, y no lo habrá a menos que le hayas arreado al jeque mucho más fuerte de lo que creo que hiciste. Pero lo dudo, porque se ha marchado. Así que no hay denuncia... no hay problema. Los muchachos y yo no diremos nada. ¡Y, chico, eres un tipo de cuidado para una pelea en una taberna! ¡Siete contra uno y te metes de cabeza en ello! Nunca lo hubiera imaginado de ti.
—Para un momento —logró decir inteligiblemente Hake.
Yosper había sido interrumpido, muy desconcertado, en pleno vuelo de su verborrea.
—¿Cómo?
—Digo que pares un momento, por favor —dijo esto último por quedar bien—. Quiero saber lo que le pasó a Leota.
—Bueno, pues ya no está aquí, Hake. El jeque árabe se largó a su tienda del desierto, en el Sahel o donde sea que la tenga, y naturalmente se la llevó con él para que le dé lo que desee. ¿Sabes? —dijo con aire de científico—, por lo que he oído, esos jeques quieren cosas muy extrañas en cuestión de sexo. Es una pena que no puedas preguntárselo algún día a ella... Sería interesante y, ¿sabes?, quizás aprendieses algo.
—¡Yosper, maldito seas...!
Alrededor de la mesa los tres jóvenes alteraron mínimamente sus posturas, sin mostrar ni ira ni amenaza, simplemente colocándose en posición de «preparado». Yosper alzó la mano:
—Hake no va a intentar nada. ¿No es así, Hake? No, y no deberías maldecir; a Dios, del que eres ministro, no le va a gustar. Pero Él tiene tanto sentido común como yo, y sabe que estás muy cabreado.
Hizo una pausa, mirando a Hake con unos agudos ojos azules en los que, para su sorpresa, Hake halló algo que sólo podía identificar como compasión.
—Has de superar eso, muchacho —le dijo—. Nunca volverás a verla. Y ahora —añadió, mirando su reloj—, ya casi es la hora. Acabar los tragos y meteremos al señor Hake en el gran pájaro blanco.
Mientras esperaban que realizasen el displicente control de pasaportes, la ira de Hake se iba enfriando. Le dolía todo el cuerpo; eran dos buenas palizas en dos días, pero el dolor interior que le había llevado a la furia estaba comenzando a desaparecer. O estaba cambiando: de la ira a la determinación, de un ciego deseo de golpear a una decisión calculada de planear.
En la puerta de embarque, los tres jóvenes se adelantaron solemnemente para estrechar la mano de Hake. Yosper tuvo la última palabra:
—Eres un buen hombre, Hake. Un poco testarudo, pero eso también es bueno. Voy a escribir una recomendación para ti. Y si alguna vez tengo un trabajo importante en el que puedas colaborar, voy a solicitarte personalmente.
Mientras se abrochaba el cinturón de seguridad, Hake no podía recordar si le había dicho «gracias» o no. No era importante. Lo importante era que Leota tenía razón: lo estaban preparando para trabajos más complicados, y estaba ganándose la confianza de la Agencia. Mientras el reactor se lanzaba sobre el mar Tirreno y las playas de Ostia quedaban por detrás y abajo, la resolución interior que había en el corazón de Hake se estaba clarificando fríamente. Era bueno que confiasen en él; contar con su confianza significaba tener la posibilidad de traicionar.

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