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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 9 de enero de 2013

SCI-FI SPECIAL - AUTOMACIÓN - Philip K. Dick




AUTOMACIÓN
Philip K. Dick


1
La tensión aumentaba en los tres hombres que esperaban. Fumaban, se paseaban de un lado a otro, dando puntapiés a voleo sobre los matorrales y las piedras del camino. Un sol tórrido de mediodía se abatía sobre los campos de color castaño, las filas de casas de plástico y la distante línea de montañas hacia el oeste.
—Ya es tiempo —dijo Earl Perine anundándose sus huesudas manos—. Varía de acuerdo con la carga, en medio segundo por cada libra adicional.
Morrison repuso sombríamente:
—Vamos, déjanos al menos imaginar qué ocurre para ser tarde.
El tercer hombre no dijo nada. O'Neill iba a visitar otro establecimiento, no conocía bien a Perine ni a Morrison para discutir con ellos. En su lugar se acurrucó y se entretuvo en arreglar bien los papeles que llevaba en su cartera. A la brillante luz del sol, los brazos de O'Neill aparecían tostados y recubiertas de vello, relucientes de sudor. Con sus cabellos enmarañados de color ya gris y sus gafas, tenía un aspecto de mayor edad que los otros dos. Vestía pantalón corto, una camisa sport y zapatos de suela de crepé. Entre sus dedos, su estilográfica se movía, metálica y eficiente.
—¿Qué está usted escribiendo? —gruñó Perine.
—Estoy anotando el procedimiento que vamos a emplear —repuso O'Neill con suaves formas—. Es mejor sistematizarlo ahora, en lugar de intentarlo al azar. Queremos conocer lo que intentamos hacer y qué es lo que no funciona. De lo contrario, nos moveremos a ciegas en un círculo cerrado. El problema que tenemos es sólo el de la comunicación, así es como yo lo veo.
—comunicación... —repitió Morrison con su voz profunda—. Sí, no podemos conseguir tomar contacto con esta condenada cosa. Llega, carga y continúa. No hay ni el más mínimo contacto entre nosotros y ella.
—Es una máquina —dijo Perine excitadamente—. Es algo muerto..., ciego y sordo.
—Pero sí que está en contacto con el mundo exterior —recalcó O'Neill—. Tiene que haber alguna forma de conseguirlo. Las señales específicamente semánticas tienen significado para ella, todos nosotros tenemos que hacer esas señales. Hemos de redescubrirlo, aunque sólo tengamos una decena entre mil millones de posibilidades.
Un lento y sordo rumor interrumpió a los tres hombres. Los tres miraron hacia el camino, alertados. El momento había llegado.
—Aquí viene —dijo Perine—. De acuerdo, sabio amigo, veamos si es capaz de producir el menor cambio en su rutina.
El camión que llegaba era impresionante, macizo, rodando bajo su cargamento cuidadosamente bien sujeto. En muchos aspectos, daba la impresión de un vehículo de transporte operado por seres humanos; pero con una excepción. No tenía cabina de dirección. La superficie horizontal era una estiba de carga y en aquel lugar debería normalmente haber llevado los faros. El radiador era una masa fibrosa y esponjosa de receptores en que se hallaban los aparatos sensoriales de su utilidad móvil.
Apercibido de la presencia de los tres hombres, el camión acortó la marcha y se detuvo, sacó la marcha y puso en acción los frenos de urgencia. Transcurrió un momento mientras los relés funcionaban, y después una porción de la superficie de carga dejó caer una cascada de paquetes sobre el piso de la carretera. Con las mercancías, había caído una hoja con detallado inventario de la descarga.
—Ya sabe lo que tiene que hacer —dijo O'Neill—. Vamos, de prisa, artes de que se vaya de aquí.
Con mano experta, los tres hombres fueron tomando los paquetes y rompiendo los envoltorios. Varios objetos brillaron a la luz del día: un microscopio binocular, una radio portátil, docenas de platos de plástico, diverso equipo sanitario, hojas de afeitar, ropas y alimentos. La mayor parte de la mercancía, como de costumbre, era alimento. Los tres hombres comenzaron sistemáticamente a aplastar las mercancías. En pocos minutos, sólo quedó a su alrededor un verdadero caos de desperdicios.
—Eso es todo —dijo finalmente O'Neill echándose hacia atrás. Y buscó su hoja de comprobación—. Veremos ahora lo que hace.
El camión había comenzado a rodar de nuevo, pero repentinamente se detuvo y dio marcha hacia atrás a donde se encontraban los tres hombres. Sus receptores habían tomado nota de que aquellos hombres habían destrozado la porción dejada caer de la carga. Dio media vuelta en un círculo y volvió de forma que el tablero de recepción cayese frente a ellos. La antena surgió hacia arriba; había empezado a comunicar con la fábrica. Las instrucciones estaban ya en camino.
Y entonces, un segundo e idéntico movimiento de descarga se produjo como la primera vez.
—Hemos fracasado —dijo Perine al ver que una segunda hoja con el inventario de la parte descargada caía con las mercancías—. Hemos destruido todo eso para nada.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Morrison a O'Neill—. ¿Cuál es la próxima estratagema que se le ocurre?
—Echadme una mano —dijo O'Neill.
Recogió uno de aquellos paquetes y lo depositó en la parte de atrás del camión. Dejándolo en la plataforma, volvió por otro. Los otros dos hicieron lo mismo, hasta volver a depositar la carga en el camión. Cuando el camión comenzó a marchar hacia delante, la última de aquellas cajas se hallaba de nuevo en su lugar.
El camión vaciló. Sus receptores registraron el retorno de la carga. Desde su instalación interior surgió una baja y sostenida nota zumbante.
—Esto puede trastornar su sistema de conducción —comentó O'Neill sudando—. Espero que altere sus operaciones y se vuelva loco.
El camión hizo un movimiento de avance como para continuar. Después dio la vuelta y volvió a dejar la carga sobre la carretera.
—¡Cogedlos, pronto! —gritó O'Neill. Los tres hombres comenzaron frenéticamente a recargar el camión una vez más; pero a medida que las cajas y los paquetes iban cayendo sobre la plataforma, un dispositivo automático iba dejándolos nuevamente caer al suelo.
—Es inútil —dijo Morrison, jadeando—. Es como echar agua en un tamiz.
—Estamos chasqueados —opinó Perine de acuerdo con su compañero—. Como siempre. Nosotros, los humanos, salimos perdiendo siempre. No hay nada que hacer.
El camión pareció mirarles con calma, con sus receptores en blanco e impasibles. Cumplía con su trabajo. La red a escala planetaria de factorías automáticas llevaba a cabo su tarea impuesta hacía cinco años antes, desde los primeros tiempos del Conflicto Total del Globo.
—Bien, ya se va —observó Morrison, desmoralizado. La antena del camión había descendido, se oyó cómo se colocaba la primera para arrancar y soltaba el freno.
—Vamos a intentarlo por última vez —sugirió O'Neill. Tomó uno de los paquetes y desgarró el envoltorio. De él, sacó un envase de diez galones de leche y le destapó la cubierta.
—Esto es absurdo —protestó Perine. De mala gana, encontró una copa entre los desperdicios y la llenó de leche—. ¡Esto es un juego de chicos!
Los tres bebieron rápidamente de aquella leche. Como estaba planeado, O'Neill fue el primero en retorcer el gesto, tiró la copa y escupió con repugnancia en el suelo.
—¡Qué porquería! —exclamó, indignado.
Los otros dos hicieron lo mismo, acabando por dar con el pie despectivamente al envase de la leche y escupiendo indignados en el suelo. Y miraron acusadoramente al impasible camión.
—¡Esto es un asco! —rugió Morrison.
Curioso, el camión se hizo un poco atrás. Los circuitos electrónicos respondieron a la nueva situación y la antena volvió a surgir hacia arriba como un estandarte.
—Vamos a probar otro —dijo O'Neill, temblando. Conforme el camión aguardaba, tomó un segundo envase de leche y repitió la misma acción, destaparlo y probarla—. ¡Es lo mismo! —gritó al camión—. ¡Es tan mala como la otra!
Del camión surgió un cilindro de metal. El cilindro cayó a los pies de Morrison, que rápidamente lo recogió y lo abrió. En él se leía en letras grandes:
ESTABLECER LA NATURALEZA DEL DEFECTO.
El catálogo inscrito en el rollo comprendía una lista abundante de posibles defectos de la mercancía, con casilleros especiales para cada uno, y donde se rogaba que se trazase una marca mediante el bolígrafo adjunto, en la particular deficiencia del producto.
—¿Qué es lo que marco? —preguntó Morrison—. ¿Contaminada? ¿Bacterial? ¿Agria? ¿Rancia? ¿Incorrectamente etiquetada? ¿Cuajada?
Pensando con rapidez, O'Neill intervino.
—No compruebes ninguno de esos defectos. La factoría, sin duda, está dispuesta automáticamente para rehacerlo inmediatamente y corregirlo. Realizará sus propios análisis y nos ignorará por completo —Y su rostro resplandeció ante una súbita inspiración—. Escribe en ese espacio en blanco que hay al fondo apropiado para «otros datos».
—¿Qué escribo?
—Escribe: El producto está totalmente superfluizado.
—¿Qué palabra es ésa? —preguntó Perine, asombrado y confuso.
—¡Escríbelo! Es más bien un acertijo semántico..., la factoría no estará en condiciones de entenderlo. Quizás de esa forma le echemos a perder todo su trabajo.
Con la pluma de O'Neill, Morrison escribió cuidadosamente que la leche estaba superfluizada. Moviendo la cabeza, enrolló nuevamente el cilindro y lo entregó.
—Creo que lo hemos conseguido. Al fin hemos tomado contacto con esos fantasmas.
—Sí, claro que lo hemos conseguido —dijo O'Neill—. Nunca oí hablar de un producto que estuviera superfluizado.
Cortada sobre la roca en la base de las montañas, yacía la vasta extensión recubierta de metal en forma de cubo, de la factoría de Kansas City. Su superficie estaba corroída por las radiaciones, picoteada y desgarrada de los cinco años de guerra que se habían abatido sobre ella. La mayor parte de la factoría estaba enterrada en el subsuelo bajo las rocas y sólo eran visibles los accesos de la entrada: El camión parecía una mota brillante rodando a gran velocidad hacia la entrada. Al aproximarse a pocas yardas, un mecanismo secreto actuó el acceso y el camión desapareció entre las sombras, cerrándose inmediatamente tras él.
—Y la cuestión importante queda en pie —dijo O'Neill—. Ahora tenemos que persuadirles de que dejen de funcionar de una vez y por todas y que paren definitivamente en su automación.
Judith O'Neill servía café negro a la gente que se aglomeraba en el cuarto de estar. Su marido hablaba, mientras que escuchaban los demás. O'Neill era casi una autoridad en el sistema de automación hasta donde podía serlo en aquellos días de la posguerra.
En su propia zona, en la región de Chicago, Había conseguido hacer saltar la valla de acero protectora de la factoría automática; pero mucho antes de que pudiese llegar hasta el cerebro electrónico que regía la factoría, la planta reconstruyó por sí misma otra valla mucho más inaccesible. Con aquello, al menos, había demostrado que las factorías no eran infalibles.
—El Instituto de Cibernética Aplicada —explicaba O'Neill—, había completado el control sobre toda la red de automación. Pero la guerra tuvo la culpa. Se perdió el conocimiento que nos hubiera sido preciso y, en todo caso, el Instituto fracasó al transmitirnos ese conocimiento, y ahora nos encontramos con que tampoco sabemos qué hacer exactamente, ni transmitir nuestras ideas. No vemos la forma de indicar a estas factorías automáticas que la guerra ya terminó y que los hombres estamos dispuestos a hacernos cargo de los recursos de producción normalmente, y resumir el control de las operaciones industriales.
—Y entre tanto —intervino Morrison— esa maldita red se expande y consume todos los recursos disponibles.
—Yo tengo la idea —opinó Judith— de que si se le pegara fuerte y profundo se llegaría hasta los túneles. Deben existir minas potentes por todas partes.
—¿Es que esto no va a tener límite? —preguntó nervioso Perine—. ¿Están acaso dispuestas y equipadas para expandirse indefinidamente?
—Cada factoría está limitada a su propia área de operaciones —dijo O'Neill—; pero la red en sí misma, no conoce fronteras. Puede continuar por siempre buscando recursos naturales. El Instituto decidió concederles la máxima prioridad; a nosotros, los humanos, nos dejó en segundo lugar.
—¿Y dejarán algo para nosotros? —quiso conocer Morrison.
—No, a menos que detengamos las operaciones de la red de automación. Ya han agotado media docena de materias primas minerales. Sus equipos de exploración se hallan en el exterior constantemente, desde cada una de las factorías, buscando hasta la más pequeña cantidad útil para llevar a casa.
—¿Qué ocurriría si los túneles de dos factorías se cruzaran unos con otros?
O'Neill se encogió de hombros.
—Normalmente eso no ocurre nunca. Cada factoría tiene su sección especial en nuestro planeta, «su propio trozo de la tarta», como si dijéramos, para su uso exclusivo.
—Pero eso podría ocurrir.
—Bien, son trópicas hacia las materias primas, en tanto exista algo de lo que busca, irán a cazarlo inexorablemente —O'Neill sopesó la. idea con gran cuidado—. Es algo que debemos considerar. Supongo que las cosas cada vez escasean más y...
O'Neill dejó de hablar. Una alta figura entraba en la habitación, y se quedó silenciosa a la entrada, como vigilándolos a todos.
En la penumbra la figura parecía casi humana. Por un instante, O'Neill pensó que se trataría de algún recién llegado al establecimiento. Después, conforme avanzaba comprobó que sólo era un robot tan perfecto que parecía casi humano, un bípedo funcional con un chasis asombrosamente bien acabado, con todo el conjunto de receptores de datos en la parte correspondiente a la cabeza, y efectores y propiorreceptores montados en un perfecto diseño. Su resemblanza a un ser humano probaba la eficiencia de su naturaleza; de aquella máquina prodigiosa nada podía esperarse como imitación a ninguna clase de sentimiento emocional.
El representante de la factoría había llegado.
Comenzó sin preámbulos:
—Yo soy la máquina colectora de datos —comenzó a decir—, capaz de toda clase de comunicación oral. Contengo toda clase de aparatos de omisión y recepción de radio y puedo integrar hechos relevantes en cualquier línea de investigación.
La voz resultaba agradable y confiada. Sin duda alguna, se trataba de una cinta magnetofónica, impresa por algún Instituto Técnico antes de la guerra. Viniendo de aquella figura casi humana, sonaba un tanto grotesca y O'Neill se imaginó vívidamente a un hombre joven muerto ya, cuya voz resonaba en aquellos momentos en la boca mecánica de aquella construcción de acero y conexiones electrónicas.
—Una palabra de advertencia —continuó el robot—. Es totalmente inútil que consideren a este receptor como algo humano y se enzarcen en discusiones para el que no está equipado. Aunque capaz de cumplir diferentes propósitos, no está capacitado para el pensamiento conceptual, sólo puede reunir material ya dispuesto para ello.
Aquella voz optimista calló y surgió una segunda voz. Se parecía algo a la primera; pero sin entonación especial, algo más bien neutral. La máquina estaba utilizando la pauta discursiva del hombre muerto que prestó su voz para ella.
—El análisis de los productos rehusados —estableció el robot—, no muestra elementos extraños y tampoco deterioro apreciable. El producto ha sufrido el continuo control empleado a través de la totalidad de la red de automación:
—Está bien —repuso O'Neill—. Hemos encontrado la leche por debajo de su calidad normal —continuó pesando sus palabras—. No queremos nada con semejante producto. Insistimos en una preparación más cuidadosa.
La máquina respondió inmediatamente:
—El contenido semántico de la palabra superfluizada es extraña por completo a la red de automación. No existe en el vocabulario que tenemos registrado. ¿Pueden ustedes presentar un análisis real de la leche en términos específicos presentes o ausentes?
—No —repuso O'Neill, dándose cuenta de que el juego que llevaba adelante se hacía muy complicado y peligroso—. Superfluizada es una palabra especial que no puede reducirse a constituyentes químicos.
—¿Qué es lo que significa superfluizada? —preguntó la máquina—. ¿Puede usted definirla en términos de símbolos semánticos alternados?
O'Neill vaciló. El representante tenía que dirigirse desde su investigación inicial a regiones más generales y de ser posible hasta el último problema de cerrar la red. Si pudiera infiltrarse por algún punto débil de aquella defensa y conseguir que comenzase una discusión teórica...
—superfluizada —dijo— significa la condición de un producto que es manufacturado cuando no existe ninguna necesidad de él. E indica que el tirar dichas objetos al suelo, tiene como consecuencia el que no se deseen en absoluto.
La máquina repuso inmediatamente:
—El análisis de la red muestra la necesidad de leche sucedánea pasteurizada en alto grado en toda esta zona. No hay otro recurso que la sustituya; la red de automación controla toda la leche de tipo apropiado para los mamíferos que hay en existencia —Y añadió—. Las instrucciones originales registradas describen a la leche como un elemento esencial para la dieta humana.
O'Neill estaba siendo desbordado, la máquina llevaba la discusión hacia lo específico.
—Hemos decidido —dijo por último, desesperadamente— que no queremos más leche. Preferimos pasarnos sin ella, al menos hasta que hayamos localizado a las vacas.
—Eso es contrario a los registros de la red —objetó la máquina—. No hay vacas. Toda la leche se produce sintéticamente.
—Entonces la produciremos nosotros sintéticamente —interrumpió Morrison impaciente— ¿Por qué no podemos tomar posesión de las máquinas? ¡Dios mío, no somos niños! ¡Estamos en condiciones de poder gobernar nuestras propias vidas!
El representante de la factoría se dirigió hacia la puerta.
—Hasta que llegue el momento en que su comunidad encuentre otros recursos en el aprovisionamiento de leche, la red continuará suministrándola. Los aparatos analíticos y de evaluación permanecerán en esta zona; continuando su trabajo normal y corriente.
Perine exclamó irritado:
—¿Cómo podremos encontrar otros medios de suministro? ¡Ustedes disponen de todo el equipo! ¡Son ustedes los amos de todo! —Y siguiendo tras él, le gritó a quemarropa—: Dicen ustedes que no estamos en condiciones de solucionar las cosas por nuestros propios medios. Y afirman que no somos capaces. ¿Cómo lo sabe usted? ¡No nos dan una sola oportunidad! ¡Nunca la tendremos!
O'Neill estaba petrificado. La máquina salía de la habitación, su mente dirigida en un solo sendero había triunfado.
—Mire —le dijo bloqueándole el paso—, queremos que terminen de fabricar, ¿comprende? Queremos hacernos cargo de las máquinas y resolver nosotros las cuestiones. La guerra ya se terminó. ¡Maldita sea, ustedes ya no nos son útiles para nada más!
El representante de la factoría se detuvo brevemente en la puerta.
—El ciclo imperativo —dijo el robot— no se pondrá en marcha hasta que la producción de la red duplique simplemente la del exterior. Y puesto que eso no ocurre en absoluto, de acuerdo con nuestro continuo análisis, la producción de la red de automación continuará.
Sin previo aviso, Morrison echó mano a un trozo de tubería de acero y la aplastó con un golpe brutal contra el hombro del robot, destrozándole el pecho y su complicada red de sensibles aparatos electrónicos. El bloque de los receptores saltó hecho pedazos, esparciendo trozos de cristal y diminutas partes y piezas mecánicas de ensamblaje de la máquina.
—¡Valiente paradoja! —gritó Morrison—. Un juego de palabras... hace que tengamos que sentirnos derrotados. La Cibernética hecha por hombres triunfando de los hombres... —Y con la misma tubería volvió a golpear salvajemente a la máquina, que recibía los golpes sin la menor protesta—. Nos tienen encerrados en una trampa odiosa. Estamos totalmente desamparados.
La habitación se hallaba en un puro clamor.
—Es la única forma —dijo Perine pasando junto a O'Neill—. Tendremos que destruirles. Se trata de la red o de nosotros, no hay elección posible —Y echando mano a una lámpara, la estrelló contra el «rostro» del robot. La lámpara y el rostro del robot saltaron en pedazos, y Perine continuó golpeándolo y destruyéndolo por todos los medios. En un momento, todo el personal que había en la habitación se había reunido junto a la máquina, haciéndole víctima de su contenido resentimiento. La máquina se desplomó al suelo.
Temblando, O'Neill se apartó de allí. Su esposa le tomó por un brazo y lo llevó a un extremo de la habitación.
—Esos idiotas... No pueden destruirlo, así sólo conseguirán enseñarles la forma de que construyan más defensas. Están poniendo el problema mucho más difícil y peor de resolver.
Momentos después, entró en la estancia un equipo de reparación procedente de la red de automoción. Expertamente, las unidades mecánicas se apartaron de la unidad-madre y se escurrieron entre los humanos allí vociferantes y excitados. Se deslizaron entre ellos y poco después la inerte carcasa era llevada al interior de la unidad-madre. Recogieron todos los elementos dispersos caídos por el suelo y se los llevaron con el máximo cuidado, incluyendo los trozos de vidrio, plástico, piezas y cables rotos. Un momento más tarde, la unidad partió.
A través de la puerta abierta de la factoría, emergió un representante de la factoría, exacto duplicado del primero. En el vestíbulo, había dos más. El establecimiento humano iba a ser literalmente invadido por todo un cuerpo de representantes robots. Como una horda de hormigas las máquinas móviles colectoras de datos, se habían filtrado a través de la ciudad, hasta que una de ellas, por casualidad, se había presentado a O'Neill.
—La destrucción de las unidades móviles colectoras de datos, sólo va en detrimento de los intereses humanos —informó el representante último a la población reunida—. La producción de materias primas está siendo alarmantemente afectada por un sensible descenso y lo que todavía existe debería ser utilizado en la manufactura de comodidades para el consumidor.
O'Neill y la máquina estaban encarados uno con otro.
—¿Ah, sí? Es muy interesante... Quisiera saber qué es lo que tienen dentro de esa cabeza mecánica y por qué están luchando.
2
Los rotores de un helicóptero zumbaron suavemente por sobre la cabeza de O'Neill; ignorándolos se dedicó a otear con cuidado a través de la cabina el suelo que discurría a poca altura bajo el aparato.
Escorias y ruinas por todas partes. La maleza se expandía salvajemente en todas direcciones, formando escondrijos enmarañados donde los insectos hormigueaban. Aquí y allá, colonias enteras de ratas se hacían visibles: toscas formaciones con figura de chozas construidas con huesos y guijarros. La radiación había mutado a las ratas, al igual que a muchos insectos y otros animales. Un poco más allá, O'Neill identificó a una ardilla de tierra perseguida por todo un escuadrón de pájaros. La ardilla esquivó a las aves y en un rápido regate se escondió en un agujero bien disimulado del suelo. Los pájaros se dispersaron, decepcionados.
—¿Y crees que podremos reconstruir esto alguna vez? —le preguntó Morrison—. Sólo de verlo me pone enfermo.
—Todo se hará con el tiempo —afirmó O'Neill—. Asumiendo, por supuesto que dispongamos de utillaje industrial. Tendrá que ser lento, de todos modos. Tendremos que salir alguna vez de los establecimientos en que estamos asentados por ahora.
Hacia la derecha había una colonia humana; personas que como fantasmas se movían entre los escombros y las ruinas de lo que una vez había sido una población de alguna importancia. Se había hecho un claro en unos cuantos acres de terreno plano, donde ya crecían algunos vegetales, y en unos cercados fácilmente observables, se veían gallinas y aves de corral. También comprobó la existencia de algunos caballos errando por el terreno sembrado.
—Habitantes de las ruinas —comentó O'Neill sombríamente—. Demasiado lejos de la red de automación..., sin conexión con ninguna de las factorías.
—Ellos tienen la culpa —repuso Morrison—. Debieron haberse venido a cualquiera de los establecimientos.
—Esa fue su ciudad. Están tratando de hacer lo que consideran que deben hacer..., reconstruirlo todo de nuevo por sí mismos. Ahora sólo están en los comienzos, sin herramientas ni máquinas, simplemente con las manos desnudas y utilizando como clavos trozos de pedernal. Desgraciadamente será un esfuerzo inútil. Necesitamos máquinas. No podemos reparar las ruinas; hemos de conseguir recomenzar con la producción industrial.
Más allá se extendía una serie de tortuosas colinas, corno ruinas de lo que una vez fue una cadena montañosa. Más allá se extendía el titánico y espantoso cráter producido por una bomba H, medio relleno de limo y agua en descomposición, como una isla, foco de infecciones y enfermedades.
Y más lejos aún..., un hormigueo de constante movimiento.
—Allí —señaló O'Neill, haciendo descender rápidamente el helicóptero—. ¿Podrías decir de qué factoría proceden?
—A mí todos me parecen iguales —murmuró Morrison inclinándose para ver mejor—. Tendremos que esperar a que regresen cuando hayan conseguido su carga.
—Si es que la consiguen —corrigió O'Neill.
La tripulación de la autofactoría en exploración ignoró al helicóptero que zumbaba por sobre sus máquinas, concentrándose únicamente en hacer debidamente su trabajo. Por delante del camión principal, runruneaban dos tractores oruga, saltando sobre las escorias, montones de ruinas y pedruscos hasta desaparecer en una extensión recubierta de cenizas que se esparcían sobre las escorias. Los dos exploradores mecánicos hicieron catas minerales a cierta profundidad, siéndoles visible solamente la antena. Finalmente surgieron a la superficie.
—¿Qué será lo que buscan? —preguntó Morrison.
—Dios sabe —repuso O'Neill mientras hojeaba rápidamente una serie de papeles—. Tendremos que analizar todo esto.
Bajo ellos, la tripulación exploradora de la autofábrica desapareció detrás. El helicóptero pasó sobre una franja desierta de arena en donde no se advertía el menor movimiento. Un boscaje de arbustos y malezas altas se les apareció y lejos, hacia la derecha, una serie de puntos en movimiento.
Una procesión de camiones automáticos de mineral discurría sobre aquella zona y correctamente alineados uno tras otro. O'Neill volvió el helicóptero hacia ellos y pocos minutos más tarde el aparato se cernía sobre la propia mina.
Masas de pesado equipo de minería habían llegado hasta allí. Se observaban las galerías y los pozos de extracción, y próximos a ellos los camiones vacíos esperaban en pacientes hileras. Una pesada columna de camiones cargados se daban prisa en dirección al horizonte, dejando una estela de mineral a su paso. La actividad y el ruido de las máquinas se cernía sobre toda la zona; allí existía todo un centro industrial en medio de un desierto de cenizas y escorias.
—Aquí es adonde vendrá aquella patrulla exploradora —comentó Morrison, mirando hacia atrás por el camino que habían traído—. ¿Crees que tal vez se confundirán? —Y frunció el ceño—. No, creo que es esperar demasiado de esas condenadas máquinas.
—Creo que probablemente están buscando diferentes sustancias —dijo O'Neill—. Y lo más seguro es que estén normalmente condicionadas para ignorarse unas a otras.
La primera de las máquinas exploradoras llegó a la línea de los camiones del mineral. Se desvió ligeramente y continuó en su búsqueda, y los camiones continuaron viajando en su línea inexorable como si nada hubiese ocurrido.
Decepcionado, Morrison se apartó de la ventanilla del helicóptero y soltó un juramento.
—Es inútil. Es como si cualquiera de ellos no existiera para el otro.
Gradualmente, el equipo de exploración se apartó alejándose de la línea de camiones de mineral, más allá de la zona de operaciones de la mina y sobre una altura del terreno. No se observaba ninguna prisa especial, habían pasado sin reaccionar hacia la presente maquinaria de minería allí instalada a su paso.
—A lo mejor son todas de la misma factoría —aventuró Morrison.
O'Neill apuntó hacia las visibles antenas del equipo mayor de minería.
—sus veletas están orientadas a vectores diferentes, por tanto creo con seguridad que representan a dos factorías distintas. Esto va a ser todo un problema duro de pelar, tenemos que conseguirlo, o no habrá reacción alguna —Operó en el equipo de radio hasta conectar con el equipo del establecimiento humano de donde procedían—. ¿Hay algún resultado?
El operador le puso con las oficinas del establecimiento.
—Están empezando a entrar —respondió Perine—. Tan pronto como consigamos suficientes muestras, trataremos de determinar qué materias primas faltan en cada factoría. Será algo arriesgado al tratar de extrapolar la cuestión sobre productos complejos. Tiene que existir un común básico de elementos para los varios sistemas de fabricación.
—¿Qué ocurrirá cuando hallemos a dos factorías coincidiendo en un material del que ambas se hallan escasas? —preguntó Morrison a O'Neill.
—Entonces —repuso O'Neill —comenzaremos a recoger el material por nuestra cuenta, aunque tengamos que fundir todo lo que tengamos en el establecimiento.
3
En la oscuridad de la noche, soplaba un viento frío y suave. La densa maleza susurraba casi con un sonido metálico. Aquí y allá, un roedor nocturno patrullaba con sus sentidos extremadamente alertados, husmeando, rebuscando algún alimento para sobrevivir.
Aquella zona era totalmente salvaje. En muchas millas no existía ningún establecimiento humano, la totalidad de la región había quedado reducida a una tabla rasa como consecuencia de la espantosa explosión de las bombas de hidrógeno. En alguna parte y entre la sombría oscuridad, un delgado curso de agua se escurría entre las escorias y las malezas sonando entre lo que una vez había sido un intrincado laberinto de colectores y cañerías maestras de conducción de agua. Las tuberías aparecían por doquier rotas y corroídas, mezcladas confusamente con la salvaje vegetación. El viento arrastraba nubes de ceniza negra que se enroscaban danzando entre los matorrales. En una ocasión, un enorme abadejo mutante se despertó de su sueño, emitió unos chasquidos con el pico y se alejó graznando de aquel lugar.
Durante algún tiempo, no se advirtió movimiento alguno. Miríadas de estrellas aparecían en los claros del cielo con su brillo lejano y frío, remotamente. Earl Perine se estremeció con escalofríos y se aproximó más al elemento pulsátil de calor hincado en el suelo entre los tres hombres.
—¿Y bien? —dijo Morrison, castañeteando los dientes.
O'Neill no repuso. Acabó su cigarrillo, lo aplastó contra un terrón endurecido y sacando el encendedor encendió otro. La masa de tungsteno —el cebo— estaba puesta a unas cien yardas delante de ellos.
En el transcurso de los últimos días anteriores, tanto la factoría de Detroit como la de Pittsburgh habían escaseado en el tungsteno. Y al menos en un sector, sus aparatos estaban sin reservas. Aquel pesado montón puesto como cebo representaba la necesidad para muchísimas aparatos de precisión, equipo de cirugía de alta calidad, secciones de magnetos permanentes, dispositivos de medida..., aquel tungsteno había sido reunido febrilmente de todos los establecimientos próximos.
Una neblina se extendía sobre el montón de tungsteno. Ocasionalmente, una polilla nocturna revoloteaba sobre él atraída por el reflejo de las estrellas al incidir sobre el material. La polilla permanecía unos instantes batiendo sus grandes alas sobre el mineral y desaparecía de nuevo en las sombras de la noche.
—No es éste un lugar muy bonito que digamos —dijo Perine.
—Vamos, no digas tonterías —repuso O'Neill—. Éste es el sitio más bonito de la Tierra. Este lugar será la tumba de la red de autofabricación. La gente vendrá un día aquí para verlo. Creo que tendrán que erigir una placa conmemorativa de una milla de altura.
—Creo que estás tratando de mantener alta tu moral —rezongó Morrison—. Ni tú mismo irás a creer que vayan a destrozarse entre sí por un montón de instrumentos quirúrgicos y filamentos de bulbos electrónicos. Probablemente tendrán alguna máquina que desde el fondo y bajo la superficie extraiga el tungsteno de las rocas.
—Es posible —repuso O'Neill mientras mataba un mosquito que le estaba fastidiando.
Y en aquel momento allí tenían lo que habían venido a ver.
O'Neill se dio cuenta de que había estado mirándolo durante varios minutos sin reconocerlo. El aparato explorador permanecía absolutamente callado, en la cresta de
una pequeña elevación, con la proa ligeramente levantada y los receptores totalmente extendidos al máximo. Podría habérsele confundido con un casco abandonado, en él no se advertía la menor señal de actividad, ni signo de conciencia mecánica. El aparato encajaba perfectamente con el resto del panorama.
La máquina robot examinaba la pila de tungsteno. El cebo tenía ya su primera presa.
—Creo que es el momento de pescarlo —sugirió Perine.
—¿Qué diablos estás diciendo? —gruñó Morrison. Pero en aquel momento se dio cuenta a su vez de la presencia de la máquina robot—. Jesús —murmuró, levantándose y adelantando su pesado corpachón para ver mejor—. Bien, ya tenemos a uno de ellos. Ahora todo lo que necesitamos es que llegue otra unidad procedente de otra factoría. ¿De cuál suponéis que debe ser ésta?
O'Neill localizó la inclinación de su veleta y trazó el ángulo.
—De Pittsburgh...
—Entonces, recemos como locos porque venga otra de Detroit.
Satisfecha la máquina robot, al parecer, se apartó del lugar y rodó hacia delante. Se acercó con precaución al montón de tungsteno y comenzó a realizar una complicada serie de maniobras, rodando en una dirección y después en otra. Los tres hombres observaban fascinados, hasta comprobar que se aproximaban otras máquinas robots.
—se están comunicando —dijo O'Neill en voz baja—. Como las abejas.
En el acto, cinco máquinas más exploradoras de Pittsburgh se aproximaban al cebo.. Los receptores ondulaban excitadamente, incrementando su paso y rodeando el montón de tungsteno. Una de ellas excavó rápidamente un agujero y desapareció por él. El montón se estremeció, la máquina se hallaba bajo tierra explorando la extensión del hallazgo mineral.
Diez minutos más tarde, cl primer camión de mineral de Pittsburg apareció comenzando rápidamente su carga.
—¡Maldita sea! —exclamó O'Neill—. ¡Van a llevárselo todo antes de que aparezca Detroit!
—¿No podremos hacer algo para ir deteniéndolos? —preguntó Perine, desamparado. Se puso en pie, levantó un peñasco y lo lanzó sobre el camión más próximo. El peñasco rebotó sobre la carcasa de la carretilla de mineral y ésta continuó su marcha imperturbable.
O'Neill se puso en pie y patrulló alrededor con el cuerpo rígido de cólera. ¿Dónde se hallaban? Las autofábricas eran iguales en todos los aspectos y el lugar se hallaba o debería hallarse a la misma distancia lineal de cada centro. Teóricamente deberían haber llegado simultáneamente. Con todo, allí no aparecía el menor signo de Detroit..., y las últimas piezas de tungsteno fueron cargadas ante sus propios ojos sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
Pero entonces algo pasó cerca de él.
No pudo reconocerlo porque el objeto se movía demasiado rápidamente. Se desplazó como una bala entre la maleza, se encaramó a la cresta del altozano, se detuvo un instante como para apuntarse a sí mismo y se arrojó como un proyectil por el otro lado, yendo a aplastarse directamente en la carretilla de cabeza. El proyectil y la víctima explotaron en un repentino estallido.
Morrison dio un salto.
—¿Qué diablos es eso?
—¡Ahí está! —gritó Perine, hablando y levantando los brazos como un loco—. ¡Es Detroit!
En seguida apareció una segunda máquina de Detroit, vaciló para ponerse en situación y seguidamente se lanzó furiosamente a las carretillas de Pittsburgh en retirada. Fragmentos de tungsteno se esparcieron por todas partes, cables, planchas rotas,
resortes y engranajes de los dos antagonistas volaban en todas direcciones. El resto de las carretillas parecieron confundirse momentáneamente, y una de ellas tomó su carga de tungsteno y salió a toda velocidad. Le siguió una segunda. Una de las máquinas robots de Detroit se apercibió de lo que sucedía y le salió al paso tumbándola ruedas arriba, enzarzándose en una feroz pelea dando como resultado que la máquina y la carretilla cayeran rodando hasta un enorme charca de agua estancada y maloliente. Sin dejar de luchar, continuaron debatiéndose medio sumergidas.
—Bien —dijo O'Neill—, creo que lo hemos conseguido. Podemos pensar en volver a casa —Sintió que sus piernas le traqueaban—. ¿Dónde está nuestro vehículo?
Conforme ponía en marcha el motor, algo relampagueó desde una larga distancia, algo largo y metálico que se movía sobre el desierto y el panorama cubierto de cenizas. Era una densa caravana de carretillas de mineral que se dirigían corriendo hacia la escena de la lucha. ¿De qué factoría vendrían?
Bien, aquello no importaba mucho, porque de la maleza y los viñedos silvestres y enredaderas, otro grupo de máquinas se dirigía igualmente hacia el lugar de la lucha. Ambas factorías estaban reuniendo sin duda todos sus elementos móviles alrededor de la pila de tungsteno que aún quedaba puesta como cebo por los tres hombres. Ciega, mecánicamente, con la inflexible rigidez de sus directrices mecánicas, los dos oponentes trabajaban para reunir el mayor número posible de fuerzas.
—Vamos —dijo Morrison dando prisa—. Salgamos de aquí. Va a desatarse un verdadero infierno.
O'Neill se dio prisa para volver el camión en dirección del establecimiento humano de donde procedían, comenzando a rodar en la oscuridad de vuelta a casa. De tanto en tanto, una forma metálica pasaba junto a ellos en dirección opuesta.
—¿Visteis la carga de la última carretilla de mineral? —dijo Perine, preocupado—. No estaba vacía.
Aquellas máquinas constituían una caravana dirigida por alguna unidad de muy alto control remoto.
—Son armas —dijo Morrison, con los ojos abiertos por una evidente aprensión—. Están echando mano de las armas. Pero, ¿quién va a usarlas?
—Mira allá —repuso O'Neill, indicando un movimiento hacia su derecha—. Esto es algo que no habíamos sospechado.
Y vieron al primer representante de la factoría en acción.
Al entrar el vehículo en el establecimiento de Kansas City, Judith se precipitó jadeante hacia ellos. En las manos sostenía una tira de papel enrollado.
—¿Qué es eso? —dijo O'Neill, tomándolo.
—Acaba de llegar —repuso Judith respirando fatigosamente—. Una unidad móvil llegó de prisa, lo lanzó y se marchó. Hay una gran excitación. Jesús, toda la factoría... es una fogata de luces. Se pueden ver desde millas a la redonda.
O'Neill echó un vistazo al papel metálico. Era un certificado de la factoría para el último grupo de órdenes de los refugiados en la colonia, una tabulación total de las necesidades solicitadas y analizadas por la factoría. Estampadas a través de la lista y en grandes caracteres negros se leían seis palabras:
SUSPENDIDO TODO DESPACHO HASTA
NUEVAS DISPOSICIONES
O'Neill alargó el papel a Perine, nervioso e inquieto por la emoción.
—se acabaron los artículos de consumo —dijo. con el rostro retorcido por una mueca—. La red de automación está en guerra.
—Entonces, ¿lo conseguimos? —preguntó Morrison.
—Así es. Ahora que el conflicto ha comenzado, me siento un poco horrorizado. Pittsburgh y Detroit van a liquidarse mutuamente. Creo que es demasiado tarde para nosotros hacer que cambien de opinión..., están reuniendo aliados para su destrucción.
4
La fría luz del sol de la mañana se extendía sobre las ruinas de aquella llanura de negras cenizas metálicas.
—Ten cuidado donde pones los pies —dijo O'Neill a su esposa tomándola del brazo mientras subían por entre las escorias y ruinas hacia la parte más alta de unos grandes bloques de cemento, destrozados restos de una instalación de cajas de píldoras. Les seguía Earl Perine, vacilante y cuidadoso.
Tras ellos, se extendía el amplia establecimiento humano como un desordenado tablero de ajedrez de casas, edificios y calles. Desde que la autofábrica había suspendido los suministros y provisiones en toda su red, los establecimientos humanos habían caído en un estado de semibarbarismo. Las comodidades que aún quedaban apenas si eran usables. Hacía ya un año desde que apareció el último camión de la factoría cargado con alimentos, herramientas, ropas y piezas de repuesto diversas. De la amplia y plana rampa del pie de la montaña nada había emergido en tal dirección hacia el exterior.
Sus deseos se habían cumplido..., ya estaban aislados de la red de automación, sin depender de ella para nada.
A merced de sus propios medios y voluntad.
Alrededor del establecimiento crecían ya campos bastante cultivados de trigo y vegetales. Se habían distribuido herramientas hechas a mano, artefactos primitivos, conseguidos a cambio de un duro trabajo por los varios campamentos, que ahora estaban ligados entre sí par carros tirados por caballos y por un telégrafo primitivo también. No obstante, se las habían arreglado para mantener una regular organización. Los artículos y servicios eran intercambiados sobre antiguas bases de libre comercio. Se producían las comodidades básicas y se distribuían entre ellos. Las ropas que O'Neill y su esposa vestían, así como las de Perine, eran toscas y mal cortadas, pero fuertes. Y se las habían arreglado para reconvertir algunos camiones de la red de autofábricas en vehículos impulsados por gasógenos al faltar otro combustible.
—Ya estamos —dijo O'Neill—. Desde aquí podremos ver.
—¿Vale la pena? —preguntó Judith fatigada, casi exhausta, inclinándose para sacarse de un zapato un trozo de guijarro que le destrozaba la planta del pie—. Creo que hemos recorrido demasiada distancia para ver algo que vemos todos los días desde hace trece meses.
—Es verdad —admitió O'Neill, descansando la ruano sobre el hombro de su mujer—. Pero éste debe ser el final. Y esto es lo que deseo ver.
En el cielo gris que se extendía sobre sus cabezas, se movía un punto negra circular. Alto, remoto, aquel punto cambiaba de curso siguiendo una intrincada trayectoria. Gradualmente, sus diversas variaciones se encaminaron hacia las montañas, en cuya base aparecía la negruzca estructura deshecha por las bombas de la entrada de la autofábrica.
—Es de San Francisco —explicó O'Neill—. Debe ser uno de esos enormes proyectiles teledirigidos de largo alcance de la costa occidental.
—¿Y crees que será el último? —preguntó curiosamente Perine.
—Es el único que hemos visto en este mes —repuso O'Neill sentándose y comenzando a liar un cigarrillo con un resto de tabaco—. Antes estábamos acostumbrados a verlos por cientos.
—Tal vez tengan algo mejor —sugirió Judith, encontrando una piedra lisa donde sentarse—. ¿Podría ser?
Su marido se sonrió irónicamente.
—No, no tienen nada mejor.
Los tres permanecieron silenciosos y tensos. Por encima de ellos, el punto circular aparecía ya mucho más próximo. No existía el menor signa de actividad procedente de la lisa superficie de cemento y acero; la factoría de Kansas permanecía inerte, sin respuesta alguna al posible ataque. Unas cuantas nubes ligeras de cenizas danzaban sobre ella. La factoría ya había soportado diversos ataques e impactos directos de los proyectiles teledirigidos y parte de ella estaba sumergida en un informe montón de cascotes y ruinas. A lo ancho de la planicie, las atarjeas de sus túneles subterráneos aparecían expuestas al aire libre, cegadas con cascotes y la enmarañada y espesa vegetación oscura de las enredaderas silvestres.
—Esas malditas enredaderas —gruñó Perine. restregándose sus mejillas sin afeitar—. Se van a hacer dueñas del mundo entero.
Aquí y allá, en el terreno circundante de la autofactoría, las ruinas y demoliciones causadas por las explosiones aparecían blanqueadas por el helado rocío de la mañana. Carretillas de mineral, camiones, tanques orugas de prospección, representantes de las factorías, convectores de armamento, armas, trenes de suministro, proyectiles subterráneos y multitud de piezas indiscriminadas de otra maquinaria se mezclaban confusamente en montones impresionantes de chatarra fuera de servicio, retorcida y deshecha. Algunos vehículos habían sido destrozados al volver a la factoría, otros habían sido alcanzados al emerger de la planta subterránea, completamente cargados con equipo. La totalidad de la autofactoría —lo que de ella quedaba—, parecía estar aún más sumergida en el interior de la tierra. La superficie superior apenas si resultaba visible, casi perdida en la cambiante ceniza que la brisa movía de un lado a otro.
No se conocía actividad en los últimos cuatro días, ni movimiento visible de ninguna especie.
—Eso está muerto —dijo Perine—. Ya podéis verlo, está liquidado.
O'Neill no respondió. Acurrucado en el suelo, se puso lo más confortable que pudo y esperó. En su interior, estaba seguro de que aún debería quedar algo en movimiento allá en el secreto corazón de la autofábrica. El tiempo lo diría. Miró a su reloj de pulsera; eran las ocho y treinta. En los antiguos días, la factoría ya habría comenzado su rutina diaria, con sus caravanas de vehículos diversos cargados con suministros surgiendo a la superficie, para empezar sus constantes expediciones hacia los establecimientos humanos.
A la derecha, se movió algo. Volvió rápidamente la atención hacia aquello.
Un vehículo colector de mineral se dirigía vacilante hacia la factoría. Una última unidad automatizada que aún pretendía cumplir su cometido. La carretilla estaba prácticamente vacía, apenas en su interior podían divisarse unos cuantos trozos de materias primas, seguramente partes metálicas sueltas que debió encontrar en su camino. Como un insecto metálico ciego y vacilante, la carretilla se aproximaba a la autofactoría. Su trayectoria resultaba grotesca, deteniéndose, vacilando, yendo de un lado a otro, sin un rumbo fijo y apartándose con frecuencia del camino recto.
—El control va mal —dijo Judith, con un leve tono de horror en su voz—. Se ve que la factoría apenas si puede ayudarle a volver.
Sí, aquello era un hecho cierto. En los alrededores de New York, la factoría había perdido su transmisor de alta frecuencia completamente. Sus unidades móviles se habían desperdigado en disparatadas direcciones, corriendo al azar, trazando círculos, chocando contra árboles o rocas, y acabando por despeñarse al fondo de los barrancos y terminando por quedarse inmóviles a su pesar.
La carretilla del mineral automatizada alcanzó el borde de la arruinada planicie y se detuvo brevemente. Por encima de ella, el punto negro que se cernía como un pájaro de mal agüero seguía dando vueltas en el cielo de la mañana. Durante algún tiempo, la carretilla permaneció como petrificada.
—La factoría está tratando de decidir —comentó Perine—. Necesita el material; pero tiene miedo de que el proyectil pueda colarse en el interior.
Durante unos momentos la situación continuó igual. Después, la unidad móvil recomenzó su vacilante arrastrarse hacia la entrada. Dejó la maraña de enredaderas de la entrada y se dirigió hacia ella. Con un infinito cuidado se encaminó rectamente hacia la base de la montaña.
El proyectil teledirigido cesó en sus vueltas.
—¡Echarse a tierra! —gritó O'Neill—. ¡Van a bombardearla nuevamente!
Su esposa y Perine se echaron por el suelo a su lado, escrutando ansiosos la llanura frente a ellos y a aquel insecto metálico que trataba de introducirse en los subterráneos de la autofábrica. Desde el cielo, el punto negro circular se dirigió en picado directamente sobre la unidad móvil. Sin ruido y sin aviso, trazó una línea en picado, recto como una flecha.
Con las manos puestas en el rostro Judith se estremeció:
—¡Es algo que no puedo ver! ¡Es horrible!
¡Como animales salvajes!
Al darse cuenta de su proximidad, la unidad móvil intentó desesperadamente entrar en el interior de la factoría, como si buscase seguridad en su refugio: Olvidando la amenaza que le venía de la altura, la factoría se apresuró frenéticamente a abrir sus compuertas de acceso y guió cuidadosamente la unidad móvil hacia su interior directamente. Es todo lo que deseaba el proyectil teledirigido.
Antes de que la barrera pudiera cerrarse, el proyectil se deslizó al interior siguiendo una línea de vuelo paralela a la superficie. Conforme la carretilla desaparecía en las profundidades de la factoría, el proyectil siguió tras ella. Dándose cuenta repentinamente del peligro la factoría soltó rápidamente la barrera que prohibía el acceso. La carretilla luchó grotescamente contra ella, se hallaba cogida a medio camino de la entrada medio abierta.
Pero todo era ya demasiado tarde. El terreno se movió con un trueno espantoso, como sacudido por un terremoto. Una onda expansiva subterránea pasó junto a las tres personas que acechaban desde lejos la tragedia. De la factoría se elevó una impresionante columna de humo negro. La superficie de hormigón se abrió como una vaina vegetal seca, rota y deshecha, vomitando un verdadero volcán de escorias y fragmentos de maquinaria, objetos y toda clase de materiales. El humo se cernió durante un buen rato, siendo arrastrado después por el viento de la mañana.
La factoría era en aquel momento, una catástrofe total. Había sido alcanzada en su interior y destruida.
O'Neill se puso en pie.
—Bien, eso es todo. Todo está terminado. Hemos conseguido lo que tanta queríamos... hemos destruido la red de autofábricas —Y miró a Perine—. ¿No era eso lo que íbamos buscando?
Miraron hacia el establecimiento humano que se extendía tras ellos. Poco quedaba ya de las ordenadas hileras de casas y calles de un año antes. Sin la red de automación, el establecimiento había decaído rápidamente. La limpieza original se había disipado, aquello tenía un aspecto muy sucio y descuidado.
—Por supuesto —repuso Perine—. Una vez tomemos posesión de las factorías y comenzaremos a establecer nuestros propios planes...
—Pero..., ¿habrá quedado algo?
—Tiene que haber quedado. ¡Dios mío!, tiene que haber millas enteras de subniveles bajo tierra que aún no conozcamos...
—Algunas de las bombas que han tirado últimamente eran terriblemente grandes —observó Judith—. Peores que las arrojadas durante la guerra.
—¿Recuerdas aquel campo que vimos? Me refiero a aquellos habitantes de ruinas...
—Yo no estuve —respondió Perine.
—Parecían animales salvajes, comiendo raíces y larvas, afilando pedernales, curtiendo pieles. Un completo estado de salvajismo y de bestialidad.
—Pero eso es la que desea una gente así —repuso Perine a la defensiva.
—¿De veras lo desean? ¿Queremos nosotros realmente esto? —indicó O'Neill señalando hacia el establecimiento—. ¿Es eso lo que hemos estado procurando, desde el día en que reunimos el tungsteno? ¿O desde el día en que tiramos la leche? Sí, aquella leche que estaba... —Y se detuvo por no recordar la palabra.
—superfluicizada —recordó Judith.
—Vamos —indicó O'Neill—. Vámonos cuanto antes. Veamos qué es la que queda aún de la factoría... lo que hayan dejado para nosotros.
Se aproximaron a la deshecha factoría ya tarde.
Cuatro grandes camiones merodeaban cerca del acceso con sus motores humeantes. Tensos y alertas un grupo de trabajadores rebuscaban entre los escombros y las cenizas.
—Tal vez sea demasiado pronto —objetó uno de ellos.
O'Neill no tenía la intención de esperar más.
—Vamos —ordenó, y tomando una linterna eléctrica se adentró en el cráter.
El gran refugio blindado de la factoría de Kansas City aparecía hacía delante. En la entrada todavía permanecían algunas carretillas colectoras de mineral, atrapadas como insectos; pero sin luchar. Más allá, aparecía un impresionante hueco de tinieblas. O'Neill se sirvió lo mejor que pudo de la linterna para abrirse paso hacia el interior.
—Creo que deberemos descender bastante —opinó Morrison que cuidadosamente iba junto a él—. Si queda algo, tiene que ser en el fondo.
Continuaron avanzando entre aquellas imponentes ruinas, hasta que comprendieron que habían llegado al interior de la factoría... una extensión de restos confusos de una verdadera catástrofe, sin pauta y sin significado.
—Entropía —murmuró Morrison, oprimido—. Esto fue construido para vivir y luchar, y ahora está deshecho, sin ningún propósito.
—Más abajo, bajo tierra —insistió O'Neill tozudamente—, tenemos que encontrar otros enclaves de interés. Yo sé que estas autofábricas estaban concebidas para funcionar en secciones independientes y autónomas y preservar a ultranza lo esencial intacto y para recomponer la propia vida de la autofábrica.
Tras ellos los trabajadores avanzaban lentamente. Una sección se desprendió como una cascada en una verdadera lluvia de fragmentos y trozos de la catástrofe sufrido por la estructura.
—Eh, muchachos —dijo dirigiéndose a los hombres—. Volved a los camiones. No tiene sentido que pongamos las cosas más en peligro de lo que ya lo están. Si Morrison y yo no volvemos... olvidadnos. No corráis el riesgo de enviar ninguna patrulla de salvamento —Y mientras los hombres obedecían, puso una mano sobre el hombro de Morrison. —Vamos amigo.
Una rampa descendía hacia las entrañas de la tierra, parcialmente intacta.
Silenciosamente, los dos hombres fueron descendiendo de un nivel a otro, sin el menor movimiento por ningún lado. Todo parecía muerto definitivamente. Millas de oscuras minas, sin el menor sonido ni el más leve indicio de actividad. Apenas si eran visibles las oscuras formas de la imponente maquinaria, los inmóviles trenes de conducción y equipo
de traslado del interior de la factoría automática. De tanto en tanto, incluso las baterías de proyectiles montadas sobre sus soportes aparecían desvencijadas y rotas por la última explosión.
—Podríamos salvar mucho de todo esto —indicó O'Neill, aunque en el fondo no estaba muy convencido. La maquinaria parecía fundida, sin formas, totalmente descuajada. Todo parecía descoyuntado e inútil para ningún otro servicio posible—. Una vez que lo llevemos a la superficie...
—No podremos —le contradijo Morrison con amargura en la voz—, No tenemos grúas ni medios de elevación.
—Sí, pareció antes una buena idea —dijo O'Neill pero ahora que lo veo no estoy demasiado seguro.
Habían penetrado ya en un gran trecho dentro de la autofactoría. El nivel final se extendía ante sus ojos. O'Neill fue iluminándolo todo con la linterna, tratando de localizar secciones que no estuviesen destrozadas o porciones de ensamblajes mecánicos aún aprovechables.
Fue Morrison quien se dio cuenta primero. Se dejó caer repentinamente sobre manos y rodillas y pesó el oído al suelo escuchando atentamente, con los ojos bien abiertos por la emoción.
—Por el amor de Dios...
—¿Qué ocurre?
Y entonces, O'Neill hizo lo propio. Bajo ellos, una leve e insistente vibración, en forma de un zumbido persistente, se distinguía claramente a través del suelo, un claro indicio de actividad mecánica. Se habían equivocado; el proyectil teledirigido no había tenido un completo éxito. Más abajo, en un nivel más profundo, la factoría estaba viva todavía. Aunque pequeñas, aún se realizaban determinadas operaciones en ella.
—Trabaja para sí misma —murmuró Morrison, tratando de localizar el elevador—. Una actividad autónoma, preparada y dispuesta para funcionar cuando todo lo demás hubiese acabado. ¿Cómo podríamos llegar hasta abajo?
El elevador estaba roto, atascado por una gran sección de metal. El último reducto de la autofactoría estaba como precintado; no había entrada alguna para tener acceso a él.
Corriendo hacia atrás y deshaciendo el camino O'Neill alcanzó la superficie y se aproximó al camión que primero encontró a mano.
—¿Dónde diablos está el soplete? ¡Vamos, traedlo aquí!
El precioso instrumento le fue entregado y se dio prisa en volver de nuevo junto a Morrison, allá abajo en las profundidades de la planta. Allí, estaba Morrison esperando. Los dos comenzaron frenéticamente a cortar la sección metálica que obstruía el paso del elevador.
—Ya va cediendo —advirtió Morrison.
Por fin, la plancha cedió y cayó al nivel inferior por el hueco del elevador. Un resplandor de luz blanquísima surgió a su alrededor y los dos hombres dieron un paso atrás.
En la cámara sellada, una furiosa actividad se llevaba a cabo, percibiendo el eco acompasado de las máquinas de su interior. A un extremo un continuo chorro de materias primas entraba en la cinta transportadora, al otro extremo lejano, salían los productos ya manufacturados, inspeccionados y enviados al tubo convector.
Todo aquello les resultó visible en una fracción de segundo; después la intrusión fue descubierta. Los robots hicieron una señal y los relés y conexiones se detuvieron en el acto. El resplandor vivísimo de luz disminuyó hasta casi quedar en la oscuridad. La línea de montaje frenó hasta detenerse; todo pareció quedar detenido en su anterior furiosa actividad.
Las máquinas emitieron un último chasquido y todo quedó en silencio.
A un extremo, una unidad móvil se desligó del conjunto y se dirigió con urgencia hacia el agujero por donde Morrison y O'Neill habían descendido a la planta inferior. Rompió un precinto de emergencia situado convenientemente y la escena anterior cambió nuevamente. Un instante después, toda la planta hervía nuevamente en frenética actividad.
Morrison, pálido y estremecido de pánico se volvió hacia O'Neill.
—¿Qué están haciendo? ¿Qué irán a hacer ahora?
—No son armas —repuso O'Neill.
—Lo que sea está siendo enviado a la superficie —dijo Morrison gesticulando convulsivamente.
O'Neill, excitado se dispuso a salir.
—¿Podríamos localizar el sitio?
—Pues... yo creo que sí.
—será mejor que vayamos a verlo —O'Neill empuño nuevamente la linterna y seguido de Morrison comenzó la ascensión hacia los niveles superiores—. Vamos a ver qué clase de objetos son esos que disparan hacia el exterior.
La válvula de salida del tubo convector estaba oculto entre una maraña de enredaderas silvestres y ruinas a un cuarto de milla más allá de la factoría. En una grieta entre las rocas de la base de la montaña, la válvula arrojaba los objetos como una cerbatana. Era visible desde diez yardas de distancia; los dos hombres casi se encontraron sobre ella cuando la advirtieron.
Cada cinco o seis segundos, era arrojada hacia el cielo una bola. El tubo se retraía para cambiar de ángulo de tiro y nuevamente volvía a disparar otra nueva bola en otra dirección distinta, con variada trayectoria.
—¿Y hasta qué distancia llegarán? —quiso imaginar Morrison.
—Debe variar probablemente. Las está distribuyendo al azar.
O'Neill avanzó con cuidado; pero el mecanismo no pareció advertir su presencia. Pegada junto al muro de la montaña y casi en su cima había una de aquellas bolas, que sin duda la válvula disparó directamente por el costado de la montaña. O'Neill subió hacia la cima, la recogió y la trajo de nuevo junto a su amigo Morrison.
Aquel recipiente era una aplastada caja de maquinaria; pero de maquinaria tan diminuta que seguramente sería preciso un microscopio para observarla adecuadamente.
—No es un arma ofensiva —murmuró O'Neill asombrado.
Aquella bola metálica se había desgarrado. Al principio no pudo decir si había sido por el impacto o por un deliberado mecanismo del interior. Comenzaron a caer en el suelo, deslizándose pequeñas miniaturas que tenían como vida propia. Agachándose, O'Neill las examinó detenidamente.
Aquellas pequeñas partículas entraron en movimiento. Era una maquinaria microscópica, más pequeña que hormigas, trabajando enérgicamente con un propósito... construyendo algo que parecía un diminuto rectángulo de acero.
—Están construyendo algo —dijo O'Neill totalmente perplejo..
Se puso en pie y anduvo alrededor. A mayor distancia, una de aquellas bolas caídas anteriormente, se hallaba ya en una fase más adelantada de construcción. Aparentemente, había sido expelida hacía más tiempo.
Aquélla había hecho ya grandes progresos que. podían ser identificados. Diminuta como era, la estructura resultaba familiar. La maquinaria estaba construyendo una factoría en miniatura, réplica exacta de la que había sido destruida por las bombas.
—Bien... —dijo O'Neill suspirando profundamente—. Así volvemos ahora al principio de nuevo. Para lo mejor o para lo peor... Lo cierto es que lo ignoro.
—Imagino que estas maravillas deben estar expandidas ahora por toda la Tierra —comentó Morrison—. Sí, lanzadas al azar y trabajando con el mismo propósito.
Un súbito pensamiento vino a la mente de Morrison.
—Tal vez alguno de estos proyectiles hayan sido diseñados para sobrepasar la velocidad de escape de la gravedad de la Tierra. Esto significaría... que las autofábricas se expandirán por todo el Universo.
Tras ellos, la boca de la válvula expulsora, continuaba lanzando rítmicamente su torrente de metálicas semillas.
FIN

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