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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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lunes, 15 de julio de 2013

ZOTHIQUE, EL ULTIMO CONTINENTE - Clark Ashton Smith


ZOTHIQUE, EL ULTIMO CONTINENTE
Clark Ashton Smith

ZOTHIQUE
Aquel que haya hollado las sombras de Zothique y contemplado el oblicuo
sol del color de la brasa, no volverá de aquí a un país anterior, sino que
rondará una última cosa donde las ciudades se deshacen en la negra arena y
muertos dioses beben el salitre.
Aquel que haya conocido los jardines de Zothique, donde sangran los frutos
desgarrados por el pico del simorgh, no saboreará la fruta de hemisferios más
verdes; bajo las postreras enramadas, en la sucesión de ocasos de los años
sombríos, sorberá un vino de aramanta.
Aquel que haya amado a las salvajes muchachas de Zothique no volverá a
buscar un amor más tierno, ni distinguirá el beso de una amante del vampiro;
el espíritu escarlata de Lilith se levanta para él, amoroso y maligno, de la última
necrópolis en el tiempo.
Aquel que haya navegado en las galeras de Zothique y haya visto el
espejismo de extrañas torres y cumbres, tendrá que enfrentarse de nuevo al
tifón enviado por un brujo y ocupar el puesto del timonel sobre océanos
alborotados por la cambiante luna o por la señal remodelada.
Clark ASHTON SMITH
De El castillo oscuro y otros poemas, 1951.
XEETHRA
"Múltiples y sutiles son las redes del Demonio que sigue a sus elegidos
desde el nacimiento hasta la muerte y desde la muerte al nacimiento, a través
de muchas vidas."
Los testamentos de Carnamaros.
Durante largo tiempo el devastador verano había apacentado sus soles,
semejantes a fieros sementales rojos, sobre las sombrías colinas que se
agazapaban entre las montañas Mykrasias, en el salvaje extremo occidental de
5
Cincor. Los torrentes, alimentados por las cumbres, se habían convertido en
tenues hilillos o en hundidas charcas, muy separadas unas de otras; los
bloques de granito estaban apizarrados a causa del calor; el suelo desnudo se
había agrietado y resquebrajado, y las hierbas, bajas y mezquinas, se habían
chamuscado casi hasta las raíces.
Así fue como sucedió que Xeethra, el muchacho que cuidaba las negras y
abigarradas cabras de su tío Pornos, se viese obligado a seguirlas cada día
más lejos por crestas y colinas. Una tarde, al final del verano, llegó a un
profundo y escabroso valle que no había visitado nunca. Allí un frío y
sombreado lago estaba alimentado por manantiales ocultos a la vista, y las
pendientes, en saledizo sobre el lago, se hallaban recubiertas por un manto de
hierba y arbustos que no había perdido por completo el verdor de la primavera.
Sorprendido y encantado, el joven cabrero siguió a su saltarín rebaño al interior
de aquel resguardado paraíso. No había muchas probabilidades de que las
cabras de Porno se alejasen demasiado de unos pastos tan buenos; de forma
que Xeethra no se molestó en vigilarlas. Extasiado por lo que le rodeaba,
comenzó a explorar el valle, después de aplacar su sed con las claras aguas
que centelleaban como un vino dorado.
El lugar le parecía un verdadero jardín del placer. Olvidando la distancia
que ya había recorrido y la ira de Pornos si el rebaño no regresase a tiempo
para ordeñarlo, se adentró profundamente por los tortuosos desfiladeros que
protegían el valle. A cada lado las rocas se hacían más sombrías y salvajes, el
valle se estrechaba y, pronto, encontró el final: una escarpada pared que
impedía continuar adelante.
Sintiendo una vaga desilusión, estaba a punto de dar media vuelta y
desandar sus vagabundeos. Entonces, en la base de la enhiesta pared,
percibió el misterioso bostezo de una caverna. Daba la impresión de que la
roca tenía que haberse abierto poco tiempo antes de su llegada, pues los
bordes de la hendidura se marcaban nítidamente y las grietas formadas en la
superficie a su alrededor estaban libres del musgo, que crecía en abundancia
por todas partes. Sobre el borde de la caverna crecía un árbol enano con las
raíces, que habían sido rotas recientemente, colgando en el aire, y la resistente
raíz principal en una roca a los pies de Xeethra, el lugar donde, era claro, se
había erguido anteriormente el árbol.
Maravilloso y curioso, el muchacho escudriñó la incitante penumbra de la
caverna e, inexplicablemente, un suave y embalsamado aire comenzó a soplar
desde su interior. En el aire había olores extraños que sugerían la acrimonia
del incienso de los templos, la languidez y molicie de los capullos de opio.
Estos olores turbaban los sentidos de Xeethra y, al mismo tiempo, le seducían
con la promesa de cosas maravillosas e intangibles. Vacilante, intentó recordar
algunas leyendas que le había contado Pornos; leyendas que se referían a
cavernas escondidas, como aquella con la que él se había encontrado. Pero
parecía que aquellas historias hubiesen desaparecido ahora de su mente,
dejando únicamente una sensación incierta de cosas peligrosas, prohibidas y
mágicas. Pensó que la caverna era la entrada de algún mundo desconocido...,
y la entrada se había abierto expresamente para permitirle el paso. Como era
por naturaleza atrevido y soñador, no fue detenido por los temores que, en su
lugar, otros hubieran sentido. Dominado por una gran curiosidad, entró
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prontamente en la cueva, utilizando como antorcha una rama seca y resinosa
que se había desprendido del árbol sobre el acantilado.
Detrás de la boca fue engullido por un pasadizo toscamente abovedado
que se deslizaba hacia abajo como la garganta de algún monstruo dragón. La
llama de la antorcha voló hacia atrás, despidiendo humo y llamaradas en el
tibio aire aromático que venía de profundidades desconocidas y se hacía cada
vez más fuerte. La caverna se inclinaba peligrosamente; pero Xeethra continuó
con su exploración, descendiendo por los ángulos y salientes de piedra que
hacían las veces de escalones.
Como un durmiente en un sueño, estaba por completo absorto en el
misterio con el que se había encontrado, y en ningún momento recordó su
abandonado deber. Perdió toda noción del tiempo, que consumía en el
descenso. Entonces, repentinamente, la antorcha fue extinguida por una
bocanada caliente que sopló sobre él como el aliento expelido por un demonio
travieso.
Se tambaleó en la oscuridad, asaltado por un negro temor, y trató de
asegurar su posición sobre la peligrosa pendiente. Pero antes de que pudiera
volver a encender la antorcha extinguida, vio que la noche que le rodeaba no
era completa, sino que estaba mitigada por un resplandor dorado y pálido
proveniente de las profundidades. Olvidándose de su alarma y de nuevo
maravillado, descendió hacia la misteriosa luz.
Al final de la larga pendiente, Xeethra pasó por un orificio bajo y emergió al
resplandor de la luz del sol. Aturdido y confuso, pensó durante un momento
que sus vagabundeos subterráneos le habían llevado otra vez al exterior en
algún país insospechado que se extendía entre las colinas Mykrasias. Sin
embargo, era seguro que la región ante sus ojos no formaba parte de Cincor,
agostado por el verano, porque no se veían ni colinas, ni montañas, ni el cielo
color zafiro oscuro desde donde el envejecido, pero despótico sol, brillaba con
implacable sequía sobre los reinos de Zothique.
Estaba en el umbral de una fértil llanura que se extendía ilimitadamente en
la dorada distancia bajo el inconmensurable arco de una bóveda amarillenta.
Muy a lo lejos, entre el neblinoso resplandor, se percibía una vaga prominencia
de masas indentificables que hubiesen podido ser torres, cúpulas y murallas. A
sus pies se extendía una pradera llana cubierta por un césped espeso y
enroscado que tenía el verdor del cardenillo; este césped estaba salpicado, a
intervalos, por extraños capullos que parecían girar y moverse como ojos
vivientes. Muy cerca, detrás de la pradera, había un bosquecillo
ordenadamente dispuesto de árboles altos y de amplia copa, entre cuyo
abundante follaje pudo discernir el fulgor de innumerables frutos de color rojo
oscuro. Aparentemente, por lo menos, no había señales de vida humana en la
llanura, como tampoco ningún pájaro volaba el ardiente aire ni se posaba
sobre las cargadas ramas. No se oía más sonido que el suspiro de las hojas:
un sonido parecido al silbido de multitud de pequeñas serpientes ocultas.
Para el muchacho, que venía de la requemada región de las colinas, este
paraje era un Edén de delicias desconocidas. Pero, durante un rato, la rareza
de todo aquello lo detuvo, así como la sensación de vitalidad extraña y
sobrenatural que emanaba de todo el paisaje. Copos de fuego parecían
descender y derretirse en el ondulante aire, las hierbas se enroscaban como si
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fuesen gusanos, los ojos de las flores le sostenían fijamente la mirada, los
árboles palpitaban como si por su interior fluyese un licor sanguíneo en lugar
de savia, y las bajas notas de unos silbidos entre el follaje, que hacían pensar
en las víboras, se hicieron más altas y más agudas.
Sin embargo, lo único que detenía a Xeethra era el presentimiento de que
una región tan hermosa y fértil debía pertenecer a algún propietario celoso que
podría oponerse a su intrusión. Escudriñó con gran circunspección la solitaria
llanura. Después, seguro de no ser observado, cedió al anhelo que había
despertado en él el apetitoso fruto rojo.
Cuando corrió hacia los árboles más cercanos, el césped bajo sus pies era
elástico, como una sustancia viviente. Cargadas con aquellos brillantes globos,
las ramas se inclinaban a su alrededor. Arrancó varios frutos de gran tamaño y
los almacenó frugalmente en la pechera de su raída túnica. Después, incapaz
de resistir más su apetito, comenzó a devorar uno de los frutos. La piel se
rompió con facilidad bajo sus dientes y le pareció como si un vino real, dulce y
poderoso, fuese derramado en su boca por una copa rebosante. Sintió un
repentino calor en su garganta y en el pecho que casi le ahogó, y una extraña
fiebre hizo cantar sus oídos y desorientó sus sentidos. Aquello pasó
rápidamente, y el sonido de unas voces que parecían despeñarse desde una
gran altura le sacó de su aturdimiento.
Instantáneamente supo que aquellas voces no eran de hombres. Llenaban
sus oídos con un estruendo semejante al de unos tristes tambores cargados de
ecos siniestros; sin embargo, parecían hablar con palabras articuladas, aunque
en un lenguaje extraño. Levantando la vista por entre las espesas ramas, vio
algo que le llenó de terror. Dos seres de una estatura colosal, tan altos como
las torres de vigilancia del pueblo de la montaña, sobresalían desde la cintura
por encima de las copas de los árboles más cercanos. Era como si hubiesen
aparecido por arte de magia del verde suelo o de los cielos de oro, puesto que
las masas arbóreas, que la comparación con su tamaño hacían parecer como
arbustos, nunca hubiesen podido ocultarles de la vista de Xeethra.
Las figuras iban cubiertas por armaduras negras, opacas y siniestras, tales
como las que llevan los demonios al servicio de Thasaidón, señor de los
mundos subterráneos sin fondo. Xeethra se sintió seguro de que había sido
visto y, quizá, su ininteligible conversación se refería a su presencia. Se echó a
temblar, pensando ahora que había penetrado sin permiso en los jardines de
los genios. Atisbando temerosamente desde su escondite, no pudo discernir
ningún rasgo bajo las viseras de los oscuros cascos que se inclinaban hacia él,
solamente unas placas de fuego rojo amarillento, en lugar de ojos, que,
inquietas como las luces que servían de señales en los pantanos, iban de un
lado para otro en la vacía sombra donde debieran haber estado los rostros.
A Xeethra le pareció que la rica vegetación no podía proporcionarle asilo
contra el escrutinio de aquellos seres, los guardianes del país donde había
entrado tan temerariamente. Se sintió sobrecogido por la conciencia de ser
culpable; las sibilantes hojas, las voces de los gigantes, tan parecidas a unos
tambores, las flores en forma de ojos..., todo parecía acusarle de intruso y
ladrón. Al mismo tiempo, estaba confundido por una extraña y
desacostumbrada ambigüedad en lo que se refería a su propia identidad; en
cierta forma no era Xeethra el cabrero..., sino otro..., el que había encontrado
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el brillante jardín y había comido la fruta del color oscuro de la sangre. Esta
identidad extraña no tenía nombre ni memoria formulable, pero por las
agitadas sombras de su mente corría un parpadeo de luces confusas, un
murmullo de voces indistinguibles. Volvió a sentir el extraño calor, la fiebre que
ascendía rápidamente, que le había sobrevenido después de devorar la fruta.
Fue despertado de todo esto por un lívido resplandor de luz que rastreó
hacia abajo, acercándose a él entre las ramas. Después nunca llegó a estar
completamente seguro de si una descarga de relámpagos había caído desde
la clara bóveda, o de si uno de los seres cubiertos de armadura había llegado
a blandir una enorme espada. La luz le dejó sin visión, retrocedió, presa de un
pánico incontrolable, y se encontró corriendo, medio ciego, sobre el espacio
abierto cubierto por el césped. Entre remolineantes sacudidas de color ante sí,
en un acantilado cortado a pico y sin cima, la boca de la caverna por la que
había entrado. A sus espaldas oyó un largo estruendo, como el de algún
trueno... o la risa de los colosos.
Sin detenerse a recoger la rama, todavía ardiente, que había dejado junto a
la entrada, Xeethra se zambulló sin pensarlo en la oscura cueva. Rodeado de
una oscuridad estigia, se las arregló para encontrar a tientas el camino hacia
arriba por la peligrosa pendiente. Tambaleándose, dando trompicones,
hiriéndose en cada esquina, llegó al final a la abertura exterior, en el oculto
valle detrás de las colinas de Cincor.
Para su consternación, la oscuridad había caído durante su ausencia sobre
el mundo al otro lado de la caverna. Las estrellas se arracimaban sobre los
formidables acantilados que amurallaban el valle, y los cielos, de un púrpura
incendiado, estaban traspasados por el agudo cuerno de una luna marfileña.
Todavía temeroso de la persecución de los guardianes gigantes, y temiendo
también la ira de su tío Pornos, Xeethra regresó a toda prisa junto al pequeño
lago, recogió su rebaño y lo condujo hacia el redil, a lo largo de lúgubres y
largas millas.
Durante el viaje le pareció que una fiebre quemaba y moría en su interior a
intervalos, trayéndole extrañas fantasías. Olvidó su miedo de Pornos, olvidó,
incluso, que él fuese Xeethra, el humilde y despreciado cabrero. Regresaba a
otra morada distinta de la escuálida cabaña de Pornos, construida con arcilla y
rastrojos. En una ciudad de altas cúpulas, las puertas de bruñido metal se le
abrirían y los gallardetes de ardientes colores se balancearían en el perfumado
aire, las trompetas de plata y las voces de odaliscas rubias y negros
chamberlanes le saludarían como rey en un salón de mil columnas. La antigua
pompa de la realeza, tan familiar como el aire y la luz, le rodearía, y él, el rey
Amero, que había ascendido recientemente al trono, gobernaría como sus
padres lo habían hecho sobre el reino de Calyz junto al mar Oriental. Los
feroces nómadas del sur llevarían a su capital sobre velludos camellos su
tributo de vino de dátiles y zafiros del desierto y las galeras de las islas más
allá de la mañana cubrirían los muelles con el tributo semianual de especias y
tejidos de colores raros...
La locura iba y venía, surgiendo y desvaneciéndose como las imágenes de
un delirio, pero tan lúcidas como los recuerdos cotidianos; de nuevo volvía a
ser el sobrino de Pornos que regresaba tarde con el rebaño.
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Como la hoja de un arma lanzándose hacia abajo, la rojiza luna se había
fijado sobre las sombrías colinas cuando Xeethra alcanzó el tosco corral de
madera donde Pornos encerraba a las cabras. Como Xeethra había supuesto,
el anciano le esperaba delante de la puerta, con una linterna de arcilla en una
mano y en la otra un bastón de madera de espino. Comenzó a maldecir al
muchacho con vehemencia semisenil, agitando el bastón y amenazando con
darle una paliza por su tardanza.
Xeethra no tembló al ver el bastón. Otra vez en su imaginación, él era
Amero, el joven rey de Calyz. Molesto y asombrado, veía ante sí, a la luz de la
temblorosa linterna, un anciano loco y oliendo a rancio, a quien no podía
recordar. Apenas podía entender lo que decía Pornos; el enfado de aquel
hombre le dejaba perplejo, pero no le asustaba, y su nariz, como si sólo
estuviese acostumbrada a perfumes delicados, se sintió ofendida por el
hediondo olor de las cabras. Como si fuese la primera vez, escuchó los balidos
del fatigado rebaño y contempló, con gran sorpresa, el entretejido corral y la
cabaña detrás.
—¿Para esto —gritaba Pornos— he criado, con grandes gastos, al
huérfano de mi hermana? ¡Maldito lunático! ¡Mozalbete desagradecido! Si has
perdido una cabra de leche o un solo cabritillo, te azotaré desde los muslos a
los hombros.
Estimando que el silencio del joven era debido a una simple obstinación,
Pornos comenzó a golpearle con el bastón. Con el primer golpe, la brillante
nube se alejó de la mente de Xeethra. Esquivando ágilmente el espino, intentó
hablarle a Pornos de los nuevos pastos que había descubierto entre las
colinas. Ante esto, el anciano suspendió los golpes y Xeethra continuó
hablándole de la extraña caverna que le había conducido a un insospechado
país jardín. Para apoyar su historia, buscó en el interior de su túnica las
manzanas rojas como la sangre que había robado, pero, para su confusión,
las frutas habían desaparecido y no supo si las habría perdido en la oscuridad,
o si, quizá, se habrían desvanecido en virtud de alguna magia negra inherente
a ellas.
Pornos le oía al principio con manifiesta incredulidad, interrumpiendo al
joven con frecuentes reprensiones. Pero permaneció silencioso mientras el
joven continuaba, y cuando la historia terminó, gritó con temblorosa voz:
—Desgraciado ha sido este día, puesto que te has perdido entre hechizos.
En verdad, no existe ningún lago entre las colinas como el que has descrito, ni,
en esta estación, ha encontrado unos pastos semejantes ningún pastor. Estas
cosas eran una ilusión destinada
a conducirte a la perdición, y la caverna, estoy seguro, no era una
verdadera caverna, sino una entrada al infierno. He oído a mis padres contar
que los jardines de Thasaidón, rey de los siete mundos subterráneos, se
encuentran en esta región cerca de la superficie de la tierra, y que cavernas
como ésa se abren como un portal y los hijos de los hombres que
inconscientemente penetran en los jardines han sido tentados por la fruta y han
comido de ella. Pero entonces le sobreviene la locura y una gran pena y larga
condenación, porque el Demonio, dijeron, no olvidará ni una sola manzana
robada y exigirá su precio, tarde o temprano. ¡Ay! ¡Ay!, la cabra de leche estará
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seca durante toda una luna a causa de la hierba de esos pastos mágicos y
después de toda la comida y el cuidado que me has costado, tendré que
encontrar otro desgraciado que guarde mis rebaños.
Mientras le escuchaba, la ardiente nube volvió a posarse sobre Xeethra una
vez más.
—Anciano, no te conozco—dijo, perplejo.
Después continuó, empleando las suaves palabras de un idioma cortesano
que era medio ininteligible para Pornos:
—Me parece que me he extraviado. Te ruego me digas dónde yace el reino
de Calyz. Allí soy el rey, he sido coronado recientemente en la noble ciudad de
Shathair, donde mis padres han reinado durante mil años.
—¡Oh desgracia!—gimió Pornos—. El muchacho está loco. Estas ideas le
han venido después de comer la manzana del Demonio. Termina con tu charla
y ayúdame a ordeñar las cabras. Tú no eres nadie más que el hijo de mi
hermana Askli, que te dio a luz hace diecinueve años, después de que su
esposo Outhoth muriese de una disentería. Askli no vivió durante mucho
tiempo y yo, Porno, te he criado como si fueses mi hijo y las cabras te han
servido de madres.
—Debo encontrar mi reino —insistió Xeethra—. Estoy perdido en la
oscuridad, rodeado de cosas agrestes, y no puedo recordar cómo he llegado
hasta aquí. Anciano, dame alimento y posada por esta noche. Al amanecer
emprenderé viaje hacia Shathair, junto al océano Oriental.
Tembloroso y musitando algo, Pornos levantó su linterna hasta la altura del
rostro del muchacho. Era como si un extraño estuviese delante de él, un
extraño en cuyos ojos dilatados y maravillados se reflejaba de alguna forma la
llama de sus lámparas doradas. En el aspecto de Xeethra no había nada
salvaje, simplemente una especie de orgullo cortés y de lejanía, y llevaba su
raída túnica con una extraña gracia. Sin embargo, estaba claro que se había
vuelto loco porque sus modales y forma de hablar estaban más allá de toda
comprensión. Pornos, farfullando por lo bajo pero sin insistir en que el
muchacho debía ayudarle, se dedicó a ordeñar las cabras...
Xeethra se despertó temprano con el blanco amanecer y contempló con
asombro las paredes recubiertas de barro del cobertizo donde había vivido
desde que nació. Todo le resultaba extraño y asombroso, le preocupaban
especialmente sus toscas vestimentas y el bronceado que el sol había
causado en su piel, puesto que eran cosas difícilmente apropiadas para el
joven rey Amero que él creía ser. Sus circunstancias le resultaban
completamente inexplicables y sintió la urgencia de partir rápidamente y
emprender el viaje de vuelta a su hogar.
Se levantó sin hacer ruido del montón de hierbas secas que le habían
servido de lecho. Pornos, tumbado en una esquina alejada, todavía dormía el
sueño de la edad y la senectud y Xeethra tuvo cuidado de no despertarle. Se
sentía perplejo y repelido a un tiempo por aquel desagradable anciano que, la
noche anterior, le había alimentado con áspera borona y fuertes leche y queso
de cabra, y le había dado la hospitalidad de una fétida cabaña. Había prestado
poca atención a los murmullos e imprecaciones de Pornos, pero era evidente
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que el anciano dudaba de sus pretensiones al rango real y, además, estaba
poseído por unas peculiares alucinaciones con respecto a su identidad.
Abandonando el cobertizo, Xeethra siguió un tortuoso sendero que se
dirigía hacia el este, por entre las rocosas colinas. No sabía adónde le llevaría
el sendero, pero razonó que Calyz, por ser el reino en el extremo oriental del
continente Zothique, estaría situado en algún punto bajo el sol ascendiente.
Ante él, como en una visión, revolotearon los verdeantes valles de su reino
como un hermoso milagro, y las hinchadas
cúpulas de Shathair eran como cúmulos por la mañana amontonados sobre
el oriente. Aquellas cosas, pensó, eran recuerdos del pasado. No pudo
recordar las circunstancias de su partida y su ausencia, pero seguramente la
tierra sobre la que gobernaba no estaba muy lejos.
El sendero giró entre elevaciones más suaves y Xeethra llegó al pequeño
pueblecito de Cith, cuyos habitantes le conocían. El lugar ahora le resultaba
nuevo, no le pareció nada más que un círculo de sucias cabañas que hedían y
se emponzoñaban bajo el sol. La gente se reunió a su alrededor, llamándole
por su nombre, mirándole y riéndose idiotamente cuando les preguntó dónde
estaba el camino hacia Calyz. Parecía ser que nadie había oído hablar nunca
ni de aquel reino ni de la ciudad de Shathair. Advirtiendo algo extraño en la
conducta de Xeethra y pensando que sus preguntas eran propias de un loco, la
gente comenzó a burlarse de él. Los niños le apedrearon con barro seco y
piedrecillas, y de esta forma fue expulsado de Cith, siguiendo una carretera
oriental que iba desde Cincor hasta las vecinas tierras bajas del país de Zhel.
Sostenido únicamente por la visión del reino perdido, el joven vagabundeó
durante muchas lunas a través de Zothique. Cuando hablaba de su realeza y
hacía preguntas sobre Calyz, la gente se burlaba de él, pero muchos, que
consideraban la locura como algo sagrado, le ofrecieron cobijo y sustento.
Entre los extensos viñedos de Zhel, cargados de fruta, por Istanam de las diez
mil ciudades, sobre los altos puertos de Ymorth, donde la nieve se
amontonaba a principios del otoño, a través del pálido desierto salino de Dhir,
Xeethra persiguió aquel brillante sueño imperial que ahora se había convertido
en su único recuerdo. Siguió su camino siempre hacia el este, viajando
algunas veces con caravanas cuyos miembros esperaban que la compañía de
un loco les atrajese la buena suerte, pero más a menudo como un caminante
solitario.
A ratos, y durante un breve espacio de tiempo, su sueño le abandonaba y
era simplemente un sencillo cabrero perdido en tierras extranjeras que añoraba
las estériles colinas de Cincor. Después, recordaba su reino una vez más y los
opulentos jardines de Shathair y los orgullosos palacios, los nombres y los
rostros de aquellos que le habían servido a la muerte de su padre, el rey
Eldamaque, y durante su propia sucesión al trono. Hacia mediados del
invierno, en la lejana ciudad de Sha-Karag, Xeethra encontró unos vendedores
de amuletos de Ustaim que sonrieron en forma extraña cuando les preguntó si
podían indicarle el camino a Calyz. Haciéndose guiños unos a otros cuando les
habló de su rango real, los mercaderes le dijeron que Calyz estaba situado a
varios cientos de leguas detrás de Sha-Karag, bajo el sol oriental.
—Salve, oh rey—dijeron con ceremoniosa burla—. Largo y feliz reinado en
Shathair.
12
Xeethra se sintió muy alegre al oír, por primera vez, mencionar su perdido
reino y sabiendo por fin que era algo más que un sueño o un ataque de locura.
Sin detenerse por más tiempo en Sha-Karag, siguió su viaje con toda la prisa
posible...
Cuando la primera luna de la primavera era una frágil creciente, supo que
había alcanzado su destino. Canopus brillaba alto en el cielo oriental,
sobresaliendo gloriosamente sobre las estrellas más pequeñas en la forma en
que la había visto una vez desde la terraza de su palacio en Shathair.
Su corazón saltó con la alegría de la vuelta al hogar, pero se sentía muy
sorprendido de lo salvaje y estéril de la región que estaba atravesando.
Parecía no haber viajeros entrando y saliendo de Calyz y sólo se encontró con
unos pocos nómadas que huyeron ante su proximidad como las criaturas que
viven de desechos. El camino estaba cubierto por hierbas y cactos y las únicas
rodadas eran las huellas de las lluvias del invierno. Además de todo esto, llegó
a un mojón de piedra esculpido en la forma de un león rampante que había
servido para señalar el límite occidental de Calyz. Los rasgos del león habían
desaparecido, las garras y el cuerpo estaban cubiertos por líquenes y parecía
como si largas eras de desolación hubiesen pasado sobre él. Un frío desmayo
nació en el corazón de Xeethra, porque hacía solamente un año, si su memoria
le era fiel, que él había pasado cabalgando junto a aquel león, cazando hienas
con su padre Eldamaque, y entonces había observado lo reciente de la
escultura.
Después, desde el alto borde de la señal, contempló Calyz, que se había
extendido como una larga voluta verde al lado del mar. Para asombro y
consternación suyas, los amplios campos estaban secos como si fuese ya
otoño, los ríos eran delgados hilillos que se perdían en la arena, las colinas
estaban tan desnudas como las costillas de momias desenterradas, y no había
mas verdor que el escaso que presenta un desierto en primavera. A lo lejos,
junto al océano color púrpura, creyó ver el resplandor de las marmóreas
cúpulas de Shathair y, temiendo que el conjuro de una magia hostil hubiese
caído sobre su reino, apresuró el paso hacia la ciudad.
Mientras vagabundeaba, con el corazón enfermo, por todas partes en aquel
día primaveral vio que el imperio del desierto estaba bien establecido. Los
campos estaban vacíos, los pueblos desiertos. Las cabañas se habían
desmoronado formando montones de escombros que parecían estercoleros y
parecía como si mil estaciones de sequía hubiesen agostado las plantaciones
de frutales, dejando únicamente unos cuantos tocones, negros y putrefactos.
A la caída de la tarde entró en Shathair, que había sido la blanca señora del
mar Oriental. Las calles y el puerto estaban igualmente vacíos y el silencio se
enseñoreaba de los destrozados tejados y las ruinosas murallas. Los grandes
obeliscos de bronce verdeaban a causa de la antigüedad, los masivos templos
de mármol dedicados a los dioses de Calyz se inclinaban y parecían a punto
de caerse.
Sin prisas, como alguien que teme confirmar algo que espera, Xeethra llegó
al palacio de los monarcas. El palacio lo esperaba no como él lo recordaba,
una gloria de altanero mármol medio velado por almendros en flor, árboles de
especias y fuentes de altos chorros, sino como una completa ruina entre unos
13
jardines devastados, mientras el fugaz e ilusorio rosa del atardecer se
desvanecía sobre sus cúpulas, dejándolas muertas como mausoleos.
Durante cuánto tiempo aquel lugar había yacido en desolación no podría
decirlo. La confusión le invadió y fue dominado por la más completa
desorientación y desesperación. Parecía que no quedaba nadie para saludarle
entre las ruinas, pero acercándose a las puertas del ala oeste vio un revoloteo
de sombras que parecían desprenderse de la penumbra bajo el pórtico, y
varios seres ambiguos, vestidos con harapos podridos, se acercaron a él
andando de costado y reptando sobre el hendido pavimento. Al moverse se
desprendieron algunos fragmentos de sus vestiduras y sobre ellos flotaba un
horror innombrable de suciedad, mugre y enfermedad. Cuando estuvieron más
cerca, Xeethra vio que a la mayoría les faltaba algún miembro o rasgo y que
todos estaban marcados por la carcoma de la lepra.
Su garganta se cerró y no podía hablar. Pero los leprosos le saludaron con
gritos ásperos y agudos graznidos como si le considerasen otro apátrida que
había llegado para reunirse con ellos en su morada entre las ruinas.
—¿Quiénes sois vosotros que vivís en mi palacio de Shathair?—preguntó
al fin—. ¡Miradme! Soy el rey Amero, el hijo de Eldamaque, y acabo de volver
de un país lejano para reocupar el trono de Calyz.
Cacareos y risitas horribles surgieron entre los leprosos al oír esto.
—Nosotros somos los únicos reyes de Calyz—dijo uno de ellos al joven—.
El país ha estado desierto durante siglos y hace mucho que la ciudad de
Shathair está despoblada, excepto por aquellos como nosotros que hemos
sido expulsados de otros lugares. Joven, eres bienvenido a compartir el reino
con nosotros, porque otro rey, más o menos, no tiene importancia.
De esta forma, con obscenas risotadas, los leprosos se rieron de Xeethra y
se burlaron de él, que de pie entre los oscuros fragmentos de su sueño no
encontraba palabras para contestarles. Sin embargo, uno de los leprosos más
ancianos, casi sin piernas y sin rostro, no compartía el regocijo de sus amigos,
sino que parecía meditar y reflexionar. Por fin le dijo a Xeethra con voz que
surgía roncamente del negro agujero de su hueca boca:
—Yo he oído algo de la historia de Calyz y los nombres de Amero y
Eldamaque me son familiares. En períodos ya pasados, algunos de los
gobernantes tenían esos nombres, pero no sé cuál de ellos era el padre y cuál
el hijo. Felizmente, ambos están ahora enterrados, junto al resto de su
dinastía, en las profundas cámaras bajo el palacio.
Otros leprosos emergieron de la sombría ruina a la grisácea luz del
atardecer y se reunieron alrededor de Xeethra. Al oír que reclamaba el trono
del desolado reino, algunos se alejaron y volvieron al poco tiempo, portando
vasijas llenas de agua podrida y víveres enmohecidos que ofrecieron a
Xeethra, inclinándose profundamente como si representasen la pantomima de
unos chambelanes sirviendo a un monarca.
Asqueado, Xeethra se apartó de ellos, aunque estaba hambriento y
sediento. Huyó por los jardines cenicientos, entre los secos caños de las
fuentes y los arriates cubiertos de polvo. A sus espaldas oía el odioso alboroto
de los leprosos, pero el sonido se hizo más débil y le pareció que ya no le
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seguían. Rodeando el amplio palacio en su huida no encontró más criaturas
como aquéllas. Los portales del ala sur y del ala este estaban oscuros y
vacíos, pero no se molestó en entrar allí, sabiendo que la desolación y cosas
peores eran los únicos ocupantes.
Totalmente aturdido y desesperado, llegó ante el ala oriental y ese detuvo
en medio de la oscuridad. Confusamente y con un sentido de lejanía como si
estuviese soñando, se dio cuenta de que se encontraba en la terraza sobre el
mar que había recordado tantas veces durante su viaje. Los antiguos
emplazamientos de las flores estaban desnudos, los árboles se habían podrido
dentro de sus consumidos maceteros y las enormes losas del pavimento
estaban hendidas y rotas. Pero los velos del atardecer eran más tiernos sobre
la ruina, el mar suspiraba como antaño bajo un sudario purpúreo y la poderosa
estrella de Canopus trepaba por el este, mientras las estrellas menores todavía
se veían tenues a su alrededor.
El corazón de Xeethra estaba amargo, creyéndose a sí mismo un soñador
perseguido por un sueño fútil. Quiso alejarse del enorme resplandor de
Canopus como de una llama demasiado brillante para poder soportarla, pero
antes de que pudiese dar media vuelta le pareció que una columna de sombra,
más oscura que la noche y más espesa que ninguna nube, surgía de la terraza
delante de él y se elevaba hasta bloquear las refulgente estrella. La sombra
crecía de la piedra sólida, sobresaliendo alta y colosal y adquiriendo la silueta
de un guerrero en su armadura; daba la impresión de que el guerrero
contemplaba a Xeethra desde una gran altura con ojos que brillaban y giraban
como bolas de fuego en la oscuridad de su rostro bajo el casco.
Confusamente, como alguien que recuerda un viejo sueño, Xeethra recordó
un muchacho que había apacentado cabras en unas colinas agostadas por el
verano y que, un día, había encontrado una caverna que se abría como si
fuese un portal sobre una tierra extraña y maravillosa. Vagabundeando por allí,
el muchacho había comido un fruto color sangre oscura y había huido
aterrorizado ante los gigantes de negras armaduras que vigilaban el jardín. De
nuevo fue aquel muchacho, pero al mismo tiempo era el rey Amero, que había
buscado su reino perdido a través de muchos países y, hallándolo al fin, sólo
había encontrado la abominación de la ruina.
Ahora, mientras el temblor del cabrero, culpable de robo y allanamiento,
luchaba en su alma con el orgullo del rey, escuchó una voz que rodaba por los
cielos, como el trueno de una alta nube en una noche primaveral.
—Soy el emisario de Thasaidón, quien me envía, a su debido tiempo, a
todos los que han atravesado las entradas inferiores y han robado la fruta de
su jardín. Ningún hombre que haya comido esta fruta quedará de allí en
adelante igual que antes; pero la fruta trae el olvido a algunos y a otros la
memoria. Sabe pues que, en otra vida, hace siglos, fuiste realmente el joven
Amero. El recuerdo, al ser muy fuerte en ti, ha borrado la imagen de tu vida
actual y te ha impulsado a buscar tu antiguo reino.
—Si esto es cierto, entonces soy dos veces desgraciado—dijo Xeethra,
inclinándose desconsolado ante la sombra—. Ya que, siendo Amero, no tengo
trono ni reino, y, como Xeethra, no puedo olvidar mi anterior realeza y recobrar
la tranquilidad que conocí cuando era un simple cabrero.
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—Escucha con atención, puesto que hay otro medio—dijo la sombra con
voz que cambiaba como el murmullo de un distante océano—. Thasaidón es el
amo de todas las hechicerías y regala dones mágicos a aquellos que le sirven
y le reconocen como su señor. Ríndele homenaje, prométele tu alma y es
seguro que el Demonio te recompensará a cambio. Si ése fuese tu deseo,
puede resucitar de nuevo el pasado con su nigromancia. Podrás reinar otra vez
sobre Calyz como el rey Amero y todas las cosas estarán como estaban en los
años pasados; los rostros muertos y los campos, ahora desiertos, florecerán de
nuevo.
—Acepto el trato—dijo Xeethra—. Juro lealtad a Thasaidón y le prometo mi
alma, si él, a cambio, me devuelve mi reino.
—Queda algo que decir—siguió la sombra—. Tú no has recordado tu vida
anterior completamente, sino únicamente los años correspondientes a tu
juventud actual. Volviendo a vivir como Amero, quizá con el tiempo lamentes tu
realeza; si esto te ocurriese y te llevase a olvidar las obligaciones de un
monarca, entonces toda la nigromancia terminará y se desvanecerá como el
humo.
—Que así sea—dijo Xeethra—. Acepto esto también como parte del trato.
Cuando estas palabras terminaron dejó de ver la sombra que sobresalía
sobre Canopus. La estrella llameaba con un resplandor primigenio, como si
ninguna nube la hubiese oscurecido nunca y, sin percepción alguna de cambio
o transición, el que estaba contemplando la estrella no era otro que el rey
Amero, y el cabrerizo Xeethra, el emisario y la promesa hecha a Thaisaidón
fueron como rosas que nunca habían existido. La ruina que había caído sobre
Shathair no era más que el sueño de algún profeta loco, porque en el olfato de
Amero el perfume de lánguidas flores se mezclaba con los aromas
salidos del mar, y en sus oídos el grave murmullo del océano era taladrado
por el amoroso llanto de las liras y las agudas risas de las esclavas
provenientes de palacio a sus espaldas. Oyó la miríada de ruidos de la ciudad
nocturna, donde su pueblo banqueteaba y se regocijaba y, apartándose de la
estrella con un dolor místico y una oscura alegría en su corazón, Amero
contempló los relucientes pórticos y ventanas de la casa de su padre y la luz
de mil antorchas que llegaban hasta muy lejos y que hacían palidecer a las
estrellas a su paso sobre Shathair.
En las viejas crónicas está escrito que el rey Amero reinó durante muchos
años de prosperidad. La paz y la abundancia habían caído sobre el reino de
Calyz, ni la sequía llegó del desierto, ni llegaron tempestades violentas del
océano, y de las islas tributarias y de países lejanos enviaban tributo a Amero
en las estaciones que él ordenaba. Y Amero estaba contento, habitando
fastuosamente en salones cubiertos de ricos tapices, comiendo y bebiendo
realmente y escuchando las alabanzas de sus flautistas, chambelanes y
amantes.
Cuando su vida había sobrepasado un poco los años centrales, asaltaba a
veces a Amero algo de esa saciedad que está al acecho de los favoritos de la
fortuna. En esos momentos se apartaba de los empalagosos placeres de la
corte y encontraba placer en las flores, las hojas y los versos de los viejos
poetas. De esta forma mantenía a raya al aburrimiento, y puesto que los
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deberes de la realeza descansaban ligeramente sobre sus hombros, Amero
continuaba pensando que reinar era una cosa agradable.
Entonces, a finales de un otoño, pareció como si las estrellas estuviesen
desastrosamente dispuestas para Calyz. Fiebres malignas, plagas y epidemias
se extendieron como si cabalgasen sobre las alas de algún dragón invisible. La
costa del reino fue atacada y completamente saqueada por los piratas. Por el
oeste, las caravanas que entraban y salían de Calyz fueron asaltadas por
indomables bandas de ladrones y ciertas feroces gentes del desierto
declararon la guerra a los pueblos que se encontraban cerca de la frontera
meridional. El país se llenó de muerte y turbulencia, de lamentaciones y
miseria.
Al escuchar las desoladas quejas que le eran presentadas diariamente, la
preocupación de Amero fue profunda. Siendo muy poco versado en aquellos
asuntos y completamente inexperimentado en los problemas del poder, buscó
el consejo de sus favoritos, pero éstos le aconsejaron mal. Las calamidades
del reino se multiplicaban sobre él; al no existir una autoridad que las
sometiese, los pueblos salvajes de la frontera se hicieron más atrevidos y los
piratas se reunían como buitres del mar. El hambre y la sequía se dividían el
reino con la plaga y a Amero le pareció que cosas semejantes estaban más
allá de todo remedio, tal era su dolorida perplejidad, y su corona se convirtió en
una carga demasiado pesada.
Intentando olvidar su propia impotencia y la lastimera situación del reino, se
dio a largas noches de orgía. Pero el vino le negaba su olvido y el amor ahora
le había retirado sus éxtasis. Busco otras diversiones, llamando a su presencia
a extrañas máscaras, comediantes y bufones y reuniendo cantantes de lejanas
tierras y tañedores de instrumentos nunca vistos. Hizo pregonar diariamente
una alta recompensa para aquel que fuese capaz de distraerle de sus
zozobras .
Juglares inmortales le cantaron canciones salvajes y hechiceras baladas de
otros tiempos; las negras muchachas del norte, con las extremidades
salpicadas de ámbar, hicieron danzar ante él sus extrañas y lascivas medidas;
los que soplaban los cuernos de las quimeras tocaron una loca y secreta
melodía; unos salvajes tamborileros tocaron una música tumultuosa sobre
tambores hechos de la piel de los caníbales, mientras hombres vestidos con
las escamas y pellejos de monstruos semimíticos se arrastraban o reptaban
grotescamente por los salones del palacio. Pero todos fallaron en distraer al
rey de sus tristes meditaciones.
Una tarde, cuando estaba sentado pesadamente en el salón de audiencias,
se acercó a él un flautista vestido con una desgarrada túnica tejida en el hogar.
Los ojos del hombre brillaban como brasas recién removidas y su rostro tenía
una negrura cenicienta, como si estuviese quemado por el ardor de unos soles
extraños. Saludando a Amero sin demasiado servilismo, se anunció a sí mismo
como un cabrero que había llegado a Shathair desde una región de valles y
montañas que se escondía más allá del límite del atardecer.
—Oh rey, yo conozco las melodías del olvido —dijo—, y las tocaré para ti,
aunque no deseo la recompensa que has ofrecido. Si, felizmente, consigo
distraerte, tomaré yo mismo mi premio a su debido tiempo.
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—Toca, pues—dijo Amero, sintiendo que un vago interés crecía en su
interior ante las atrevidas palabras del flautista.
Así pues, con sus flautas de caña el negro cabrero comenzó a tocar una
música que recordaba la caída y el ondular del agua en silenciosas cañadas y
el paso del viento sobre las solitarias colinas. Las flautas hablaban sutilmente
de libertad, paz y olvido que
podían encontrarse más allá de los siete pliegues purpúreos de los
horizontes de lejanas tierras. Las flautas contaban dulcemente en lugar donde
los años no llegaban con un estruendo de hierro, sino con pisadas tan suaves
como un céfiro calzado con pétalos de flores. Allí el torbellino y las dificultades
del mundo se perdían entre incontables leguas de silencio y las cargas del
imperio volaban tan lejos como el milano. Allí, el cabrero que cuidaba de su
rebaño en los solitarios páramos era dueño de una tranquilidad más dulce que
el poder de los monarcas.
Mientras escuchaba al flautista, una hechicería se deslizó en la mente de
Amero. El cansancio de la monarquía, sus problemas y perplejidades eran
como burbujas de un sueño que se deslizasen en una marea lenta. Ante sus
ojos aparecieron, rodeadas de verdor, tranquilidad y luz del sol, las encantadas
cañadas evocadas por la música, y él mismo era el cabrero siguiendo los
senderos cubiertos de hierba, o tumbado, ignorante de las rapaces horas, a la
ribera de unas aguas sosegadas.
Apenas si advirtió que el bajo sonido de las flautas había terminado. Pero la
visión se oscureció, y él, que había soñado con la paz de un cabrerizo, volvió a
ser un rey preocupado.
—¡Sigue tocando! —le gritó al flautista negro—. Di lo que quieres como
premio... y toca.
Los ojos del cabrerizo relucían como las brasas de noche en un lugar
oscuro.
—No te pediré mi recompensa hasta que hayan pasado los siglos y los
reinos hayan caído —dijo enigmáticamente—. Sin embargo, tocaré para ti una
vez más.
De esta forma, durante toda la tarde, el rey Amero fue seducido por
aquellas flautas mágicas que le hablaban de un lejano país donde reinaban el
olvido y la tranquilidad. Con cada nueva melodía era como si el hechizo se
hiciese más fuerte para él, y su realeza le parecía cada vez más una cosa
odiosa; la misma grandeza de su palacio le oprimía y le ahogaba. No podía
soportar por más tiempo el yugo de sus obligaciones, aunque estuviese
cubierto de pesadas joyas, y envidió locamente el despreocupado destino de
un pastor de cabras.
Al atardecer despidió a los servidores que le atendían y se quedó solo,
charlando con el flautista.
—Condúceme a tu país —le dijo—, para que yo también pueda vivir como
un sencillo pastor.
Envuelto en un muftí, para que su pueblo no pudiese reconocerle, el rey
salió a escondidas del palacio por un portillo sin vigilancia, acompañado del
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flautista. La noche, como un monstruo informe que bajara a modo de cuerno el
creciente de la luna, se agazapaba por detrás de la ciudad, pero en las calles
las sombras eran derrotadas por el flamear de una miríada de fanales. Amero y
su guía no tuvieron ningún problema al dirigirse a la oscuridad exterior. Y el rey
no añoraba el trono que dejaba, aunque en la ciudad vio el continuo paso de
los féretros cargados con las víctimas de la peste, y desde las sombras se
elevaban rostros desvaídos por el hambre, como acusándole de cobardía. No
les prestó atención; sus ojos sólo contemplaban el sueño de un verde y
silencioso valle en un país perdido más allá del turbio fluir del tiempo con sus
destrozos y su tumulto.
Ahora, mientras Amero seguía al negro flautista, descendió sobre él una
repentina oscuridad y titubeó, presa de la duda y de una confusión extrañas.
Las luces callejeras parpadearon y expiraron rápidamente en la penumbra. El
fuerte murmullo de la ciudad desapareció en un vasto silencio y, como el
trastocamiento de algún sueño desordenado, parecía que las altas casas se
derrumbaban sin hacer ruido y desaparecían haciéndose una con las sombras,
al tiempo que las estrellas brillaron sobre unas murallas derruidas. La
confusión inundó los pensamientos y los sentidos de Amero, un negro
estremecimiento de desolación recorrió su corazón y se vio a sí mismo como
alguien que había conocido el lapso de largos años vacíos y la pérdida del
mayor esplendor, alguien que ahora se encontraba rodeado por la más
extrema antigüedad y decadencia. Su olfato percibía un seco olor a moho,
como el que la noche arranca de las viejas ruinas, y
comprendió, como algo que había sabido antes y que ahora recordaba
oscuramente, que el desierto era el dueño de la orgullosa capital de Shathair.
—¿Adónde me has traído?—gritó Amero al flautista.
Por toda réplica escuchó una risotada que parecía el estruendo de un
trueno burlesco. La embozada forma del pastor de cabras se destacaba como
una torre en la oscuridad, cambiando, creciendo, hasta que su silueta se
transformó en la de un guerrero gigantesco cubierto con una armadura negra.
Extraños recuerdos se amontonaron en la mente de Amero y, oscuramente,
pareció recordar algo de una vida anterior... De alguna forma, en algún lugar,
durante cierto tiempo, él había sido el cabrerizo de sus sueños, contento y
despreocupado...; de alguna forma, en algún lugar, había entrado en un
extraño jardín brillante y comido una fruta de color oscuro de la sangre...
Entonces, como envuelto en la llamarada de un relámpago infernal, lo
recordó todo y conoció a la poderosa sombra que se elevaba ante él, supo que
era un Terminus preparado en el infierno. Bajo sus pies estaba el pavimento
agrietado de la terraza al lado del mar y las estrellas por encima de la cabeza
del mensajero eran las que preceden a Canopus, aunque el propio Canopus
estuviese bloqueado para sus ojos por el hombro del Demonio. En algún punto
de la polvorienta oscuridad, un leproso reía y tosía roncamente,
vagabundeando por el ruinoso palacio donde, en un tiempo, los reyes de Calyz
habían tenido su morada. Todas las cosas estaban igual que habían estado
antes de hacer el trato por el cual un reino desaparecido había sido conjurado
por los poderes del infierno.
La angustia asfixiaba el corazón de Xeethra, como las cenizas de las piras
funerarias ya consumidas y el polvo de los montones de ruinas. De forma sutil
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y múltiple le había tentado el Demonio para llevarle a la perdición. No sabía
con certeza si aquellas cosas habían sido un sueño, magia negra o realidad, ni
si habían sucedido una vez o a menudo. Al final sólo quedaban polvo y
miseria, y él, el doblemente maldito, tendría que recordar y llorar siempre por
todo lo que había perdido.
—He perdido el trato que había hecho con Thasaidón—le gritó al
mensajero—. Coge ahora mi alma y llévala ante él, en el lugar donde, apartado
de todos, se sienta sobre su trono de bronce perpetuamente ardiente, porque
quiero cumplir mi promesa hasta el fin.
—No hay ninguna necesidad de coger tu alma —dijo el mensajero con un
runruneo siniestro como el de una torrnenta alejándose en medio de la
desolación de la noche—. Quédate aquí con los leprosos, o regresa con
Pornos y sus cabras, como quieras. Eso importa poco. En cualquier momento
y en cualquier lugar, tu alma formará parte del oscuro imperio de Thasaidón .
NIGROMANCIA EN NAAT
"..Añorando la muerte, cada vez más alejados del dolor; es dulce y suave el
amor animado por las sombras, la felicidad que los amantes muertos prueban
en Naat, al otro lado del oscuro océano."
Canción de los esclavos de las galeras. Zothique.
Uno a uno sus seguidores habían ido muriendo, bien a causa de extrañas
fiebres o debido a la dureza del viaje. Después de mucho vagabundeo al azar
siguiendo rumores falsos, había llegado, solo, a Oroth, un puerto occidental
situado en el país de Xylac.
Allí oyó algo que quizá se refiriese a Dalili: la gente de Oroth todavía
hablaba sobre la partida de una rica galera que llevaba a una encantadora
muchacha procedente de lejanas tierras y que respondía a su descripción. La
esclava había sido comprada por el rey de Xylac y enviada al emperador de
Yoros, un reino situado lejos, hacia el sur, como un regalo que sellaba un pacto
entre ambos países.
Yadar, con esperanzas ahora de encontrar a su bienamada, tomó pasaje
en un barco que estaba a punto de emprender la navegación hacia Yoros. La
nave era una pequeña galera mercante, cargada de trigo y vino, que navegaría
costeando, siguiendo de cerca el sinuoso litoral occidental de Zothique, sin
aventurarse nunca a perder de vista la tierra firme. En un claro día azul de
verano, partió de Oroth con todos los augurios de un viaje seguro y tranquilo.
Pero a la tercera mañana después de salir del puerto, un viento tremendo se
levantó repentinamente, soplando desde la baja costa que estaban bordeando
por entonces, acompañado de una oscuridad como la de una noche cubierta
de nubes que no permitía ver ni el mar ni el cielo; la nave fue arrastrada muy
lejos, navegando a ciegas con la ciega tempestad.
Después de dos días, la enloquecedora furia del viento cesó y pronto no fue
más que un vago susurro, los cielos se aclararon y una brillante bóveda de
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azur se extendió de horizonte a horizonte. Pero en ningún lugar había tierra a
la vista, sólo un desierto de agua que continuaba rugiendo y arremolinándose
violentamente, aunque no había viento, dirigiéndose hacia el oeste formando
una corriente demasiado rápida y fuerte para que la nave pudiese vencerla. Así
la galera fue arrastrada hacia adelante de forma irresistible por aquella extraña
corriente, como por un huracán.
Yadar, que era el único pasajero, estaba grandemente maravillado ante
este hecho y le sobresaltó ver el lívido terror que había aparecido en los
rostros del capitán y los tripulantes. Y mirando de nuevo hacia el mar, observó
un extraño oscurecimiento de las aguas que, de momento a momento,
adquirían un tono parecido al de sangre vieja, mezclado con más y más
oscuridad, aunque el sol brillaba sin mácula por encima de sus cabezas. Por
tanto, interrogó al capitán, un hombre de barba gris procedente de Yoros y
llamado Agor, que había surcado el océano durante cuarenta veranos, y el
capitán le contesto:
—Cuando la tormenta nos llevó hacia el oeste he comprendido que hemos
sido atrapados por esa terrible corriente marina que los marineros llaman el río
Negro. La corriente nos empuja y acelera su curso cada vez más, hasta
llevarnos al lugar más alejado donde se pone el sol, donde se despeña desde
el borde del mundo. Ahora entre nosotros y ese extremo final no hay tierra
alguna, excepto la maldita isla de Naat, llamada también la isla de los
Nigromantes. Yo no sé qué destino sería peor, si naufragar en esa isla infame
o precipitarse en el espacio arrastrados por las aguas desde el límite de la
tierra. Para hombres vivos como nosotros no hay retorno desde ninguno de
esos dos lugares. Y nadie sale de la isla de Naat, excepto los malvados
hechiceros que la habitan y los muertos que son resucitados y controlados por
sus brujerías. Cuando quieren, los magos navegan hacia otras costas en
naves mágicas que remontan el río Negro, y para cumplir con sus siniestros
deseos, además de su magia emplean a los muertos, que nadan sin pausa
durante días y noches hacia donde los amos les envíen. Yadar, que sabía
poco de brujos y nigromancia, se sentía algo incrédulo en lo que se refería a
aquellas cosas. Pero vio que las aguas, cada vez más negras, se dirigían
salvaje y torrencialmente hacia la línea del horizonte y que, en verdad, había
pocas esperanzas de que la galera pudiese volver a poner su rumbo hacia el
sur. Lo que más le preocupaba era el pensamiento de que nunca alcanzaría el
reino de Yoros, donde había soñado encontrar a Dalili.
Durante todo el día la nave fue arrastrada por los oscuros mares que
corrían en forma extraña bajo un cielo inmaculado y como sin aire. El
anaranjado atardecer fue seguido de una noche repleta de grandes estrellas
inmóviles, que al final fue sucedida por el volátil ámbar de la mañana. Pero las
aguas continuaban sin calmarse y en la inmensidad que rodeaba la galera no
se discernía ni una tierra ni una nube.
Yadar no habló mucho con Agor y los tripulantes, después de preguntarles
la razón de la negrura del océano, que era una cosa no comprendida por
ningún hombre. La desesperación cayó sobre él, pero, de pie sobre el puente,
observaba el cielo y las olas con una agudeza que había adquirido en su vida
nómada. Hacia el atardecer, percibió a lo lejos una extraña nave con velas de
un fúnebre púrpura, que avanzaba continuamente, siguiendo un rumbo hacia el
este contra la poderosa corriente. Llamó la atención de Agor sobre el navío, y
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éste le dijo, musitando entre dientes juramentos de marino, que la nave
pertenecía a los nigromantes de Naat.
Las velas pupúreas se perdieron pronto de vista, pero un poco más tarde
Yadar percibió ciertos objetos semejantes a cabezas humanas que pasaban a
sotavento de la galera entre las encrespadas aguas. Considerando que ningún
hombre mortal podía nadar así, y recordando lo que Agor le había dicho
referente a los nadadores muertos que salían de Naat, Yadar fue consciente
de que temblaba en la forma en que un hombre valiente puede hacerlo en
presencia de cosas sobrenaturales. No mencionó el asunto a nadie y,
aparentemente, los objetos semejantes a cabezas no fueron advertidos por sus
compañeros.
La galera continuaba su carrera, los remeros se sentaban ociosos en sus
bancos y el capitán se erguía, indiferente, al lado del desatendido timón.
Al caer la noche, cuando el sol se ponía sobre aquel tumultuoso océano de
ébano, pareció que un gran banco de nubes tormentosas se elevaba por el
oeste, larga y chata al principio, pero elevándose rápidamente hacia el cielo
con montañosas cumbres. Descollaba cada vez más alta, revelando la
amenaza de una serie de acantilados v sombríos y terribles salientes, pero su
forma no cambiada como lo hacen las nubes, y Yadar' se dio cuenta, al fin, de
que era una isla que se destacaba en solitario a lo lejos a los bajos rayos del
ocaso. Lanzaba a su alrededor una sombra de leguas de extensión que
oscurecía todavía más las oscuras aguas, como si la noche hubiese caído allí
precipitadamente y, en la sombra, las crestas espumosas que brillaban sobre
los ocultos arrecifes eran tan blancas como los desnudos dientes de la muerte.
Y Yadar no necesitó de los agudos y asustados gritos de sus compañeros para
saber que aquélla era la terrible isla de Naat.
La corriente aumentó horriblemente, encrespándose, mientras se
precipitaba a la batalla contra la costa defendida por rocas, y su clamor ahogó
las voces de los marineros que oraban en voz alta a sus dioses. Yadar, de pie
en la proa, dirigió solo una silenciosa plegaria a la lúgubre y fatal deidad de su
tribu; sus ojos, escudriñando la masa de la isla como los de un halcón volando
sobre el mar, vieron los desnudos y bajando hacia el mar entre los acantilados
y la línea blanca de una monstruosa rompiente sobre una costa sombría.
El aspecto de la isla era lúgubre y ominoso y el corazón de Yadar se hundió
como una sonda en un mar sin sol. Cuando la galera llegó más cerca de la
costa, creyó ver gente moviéndose en la oscuridad visible entre golpe y golpe
de mar sobre la baja playa y oculta de nuevo por la espuma y el rocío del mar.
Antes de que pudiera verlos por segunda vez, la galera fue lanzada con
estruendo y chasquido atronadores sobre un arrecife enterrado bajo las
torrenciales aguas. La parte delantera de la proa y del fondo se rompieron, y al
levantarla sobre el arrecife una segunda ola, se llenó instantáneamente de
agua y se hundió. El único de todos los que habían salido de Oroth que saltó
antes de que la nave se fuese al fondo fue Yadar, pero puesto que su habilidad
como nadador no era demasiado grande, fue arrastrado rápidamente hacia
abajo y estuvo a punto de ahogarse en los remolinos de aquel mar maldito.
Perdió el sentido, y en su cerebro, como un sol perdido que vuelve del
pasado, contempló el rostro de Dilili y, junto a ella, en una brillante
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fantasmagoría, volvieron los días felices que habían vivido antes de la
desgracia. Las visiones desaparecieron y se
despertó forcejeando, con el amargo sabor del mar en la boca, su rugido en
los oídos y su rápida oscuridad a su alrededor. Y al aguzarse sus sentidos, se
dio cuenta de que una forma nadaba a su lado y unos brazos le sostenían en
el agua.
Levantó la cabeza y vio vagamente el pálido cuello y el rostro medio vuelto
de su salvador y el largo cabello negro que flotaba de una ola a otra. Tocando
el cuerpo a su lado, supo que era el de una mujer. Aunque estaba aturdido y
mareado por el movimiento del mar, la sensación de algo familiar se movió en
su interior y pensó que, en algún lugar, en algún momento anterior, había
conocido a una mujer con un cabello semejante y un corte de cara parecido.
Intentando recordar, tocó de nuevo a la mujer y sintió en sus dedos una
extraña frialdad que venía de su cuerpo desnudo.
La fuerza y habilidad de la mujer eran milagrosas, pues se dejaba llevar con
facilidad sobre el aterrador subir y bajar del oleaje. Yadar, flotando en sus
brazos como en una cuna, divisó la costa que se aproximaba desde la cumbre
de las olas y le pareció difícil que un nadador, por hábil que fuese, pudiese salir
con vida de la fuerza de aquellas aguas. Al fin, y como en sueños, fueron
lanzados hacia arriba, como si el oleaje fuese a golpearlos contra el acantilado
mayor de todos, pero como controlada por algún hechizo, la ola se derrumbó
lenta y perezosamente, y Yadar y su salvadora, liberados por su reflujo,
yacieron sanos y salvos sobre un saliente arenoso.
Sin pronunciar palabra, ni volverse a mirar a Yadar, la mujer se puso en pie,
y haciéndole seña de que le siguiera se alejó en el mortecino azul del
atardecer que había caído sobre Naat. Yadar, levantándose y siguiendo a la
mujer, escuchó un extraño y etéreo cántico que sobresalía por encima del
tumulto del mar y vio, a cierta distancia ante él en la penumbra, una hoguera
que brillaba de forma extraña. La mujer se encaminó directamente hacia el
fuego y las voces. Y Yadar, cuyos ojos se habían acostumbrado a aquella
dudosa oscuridad, vio que la hoguera se encontraba en la boca de un
desfiladero profundo entre los acantilados que dominaban la playa, y detrás de
ella, como sombras altas y demoniacas estaban las figuras, oscuramente
vestidas, de los que cantaban.
En aquel momento le volvió a la memoria lo que le había dicho el capitán
de la galera respecto a los nigromantes de Naat y sus prácticas. El mismo
sonido de aquel cántico, pronunciado en un lenguaje desconocido, parecía
suspender el flujo de sus venas dejando su corazón sin sangre y helaba sus
entrañas con la frialdad de la tumba. Y aunque él sabía muy poco de aquellos
asuntos, le asaltó el pensamiento de que las palabras que estaba oyendo eran
de importancia y poder mágicos.
Adelantándose, la mujer se inclinó ante los cantores como una esclava. Los
hombres, que eran tres, continuaron sin detenerse con su cántico. Eran de
gran estatura, lívidos como garzas hambrientas, y muy parecidos entre sí; lo
único visible de sus hundidos ojos eran las chispas rojas de la hoguera
reflejadas en ellos. Mientras cantaban, sus ojos parecían mirar a lo lejos sobre
el oscuro mar y sobre cosas ocultas por la oscuridad y la distancia. Y Yadar,
acercándose a ellos, se dio cuenta de que el horror y la repugnancia
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atenazaban su garganta, como si hubiese encontrado, en un lugar entregado a
la muerte, la poderosa y siniestra madurez de la corrupción.
Las llamas dieron un salto, con un torbellino de lenguas que semejaban
serpientes azules y verdes enroscándose entre serpientes amarillas. Y la luz
se reflejó sobre el rostro y los pechos de la mujer que había salvado a Yadar
del río Negro... ¡Contemplándola de cerca, supo por qué había agitado vagos
recuerdos en su interior, porque no era otra que su perdido amor, Dalili!
Olvidando la presencia de los oscuros cantores, se lanzó hacia adelante
para abrazar a su bienamada, gritando su nombre en una agonía de éxtasis.
Pero ella no le contestó y sólo respondió a su abrazo con un leve temblor.
Yadar, profundamente perplejo y desmayado, se dio cuenta de la mortal
frialdad que, procedente de su carne, se insinuaba por sus dedos y atravesaba
incluso sus vestiduras. Los labios que besó estaban mortalmente pálidos y
lánguidos y parecía que de ellos no salía ningún aliento; el lívido pecho
apretado contra el suyo no se elevaba y descendía con la respiración. En los
amplios y hermosos ojos que ella volvió hacia él sólo encontró un soñoliento
vacío y el tipo de reconocimiento de un durmiente que sólo se ha despertado a
medias y cae rápidamente en el sueño otra vez.
—¿Eres realmente Dalili?—dijo.
Ella contestó, como medio dormida, con voz monótona e indecisa:
—Soy Dalili.
Para Yadar, estupefacto por aquel misterio, desesperado y apenado, fue
como si ella le hubiese hablado desde un país mucho más allá que todas las
fatigosas leguas que había recorrido en su búsqueda. Temiendo comprender el
cambio que había tenido lugar en ella, le dijo tiernamente:
—Tienes que acordarte de mí, porque soy tu amante, el príncipe Yadar,
que te ha buscado por la mitad de los reinos de la tierra y, por tu causa, ha
navegado hasta aquí, sobre el océano abierto.
Ella replicó como alguien que está bajo los efectos de alguna pesada
droga, repitiendo sus palabras sin comprenderlas realmente.
—Claro que te conozco.
Esta respuesta no consoló a Yadar, y su preocupación no disminuyó ante
las cortas respuestas con que ella contestó a todas sus cariñosas preguntas y
frases.
No advirtió que los tres cantores habían terminado con su canto y, en
realidad, se había olvidado de su presencia. Pero mientras seguía abrazado
tiernamente a la muchacha, los hombres se le acercaron, y uno de ellos le
sujetó por el brazo. El hombre le saludó por su nombre y se dirigió a él, aunque
algo rudamente, en un lenguaje hablado en muchas regiones de Zothique,
diciendo:
—Te damos la bienvenida a la isla de Naat.
Yadar, sintiendo una aterradora sospecha, interrogó fieramente al hombre.
—¿Qué clase de seres sois vosotros? ¿Por qué está aquí Dalili? ¿Qué le
habéis hecho?
24
—Soy Vacharn, un nigromante—contestó el hombre—, y aquellos otros que
están conmigo son mis hijos, Vokal y Uldulla, que también son nigromantes.
Vivimos en una casa detrás del acantilado y nuestros sirvientes están
formados por los ahogados que nuestra magia ha rescatado del mar. Entre
ellos se encuentra esta muchacha, Dalili, junto con la tripulación del barco en el
que había partido de Oroth. Al igual que la nave en la que tú llegaste después,
la suya fue arrastrada mar adentro y cayó más tarde en el río Negro,
destrozándose finalmente contra los acantilados de Naat. Mis hijos y yo,
cantando esa poderosa fórmula que no requiere el uso del círculo o del
pentágono, trajimos a tierra a todos los ahogados, de la misma forma que
ahora acabamos de llamar a la tripulación de esta otra nave, de la que sólo tú
has salido con vida, rescatado por la nadadora muerta cumpliendo nuestras
órdenes.
Vacharn terminó y se quedó mirando fijamente la oscuridad. Detrás suyo,
Yadar oyó el sonido de unas lentas pisadas subiendo sobre los guijarros desde
la playa. Dando media vuelta, vio emerger de la lívida oscuridad al viejo
capitán de aquella galera en la que había viajado hasta Naat; detrás del
capitán venían los marineros y remeros. Se acercaron a la luz de la hoguera
andando como sonámbulos, el agua del mar caía abundantemente de su
cabello y vestiduras y babeaba de sus bocas. Algunos mostraban fuertes
magulladuras, otros se tambaleaban o arrastraban a causa de alguna
extremidad rota por las rocas sobre las que el mar los había arrojado, pero sus
rostros tenían el aspecto que tienen los hombres que han muerto ahogados.
Rígidamente, como autómatas, rindieron homenaje a Vacharn y sus hijos,
reconociendo así su servidumbre a aquellos que les habían llamado de la
profunda muerte. Sus ojos vidriosos no dieron muestra de reconocer a Yadar ni
de tener conciencia de las cosas exteriores, y sólo hablaron para reconocer,
monótona y maquinalmente, ciertas palabras que les dirigieron en voz baja los
nigromantes.
Yadar actuaba como si él también fuese un muerto en vida en un sueño
oscuro, hueco y semiconsciente. Caminando al lado de Dalili y seguido de
aquellos otros, los encantadores le condujeron a través de un oscuro cañón
que serpenteaba secretamente hacia las alturas de Naat. En su corazón no
había demasiada alegría por haber encontrado a Dalili y su amor estaba
acompañado de una sombría desesperación.
Vacharn guiaba el camino con una rama cogida de la hoguera. En seguida
surgió una voluminosa luna, roja como con sangre mezclada de sanies, que
iluminó el mar, furioso y rugiente. Antes de que su globo hubiese adquirido la
palidez de la muerte, salieron de la garganta y llegaron a una planicie rocosa
donde se encontraba la casa de los tres nigromantes.
La casa era de granito oscuro, con largas alas bajas que se escondían
entre el follaje de los cercanos cipreses. A sus espaldas se alzaba otro
acantilado, y sobre éste, colinas y cordilleras sombrías se amontonaban a la
luz de la luna, alejándose hacia el montañoso centro de Naat.
Parecía que la mansión era un lugar vaciado por la muerte, no había luces
ni en las puertas ni en las ventanas y el silencio de su interior igualaba la
tranquilidad de los lívidos cielos. Pero al acercarse los hechiceros al umbral,
Vacharn pronunció una sola palabra que retumbó a lo lejos en los salones
25
interiores, y como en respuesta, repentinamente brillaron lámparas por todas
partes, llenando la casa con sus monstruosos ojos amarillos, e
instantáneamente apareció gente en las puertas, sombras que se inclinaban.
Pero los rostros de aquellos seres estaban blancos por la palidez de la tumba,
algunos mostraban manchas verdes de putrefacción o estaban marcados por
el sinuoso roer de los gusanos...
Yadar fue invitado a sentarse a la mesa, donde Vacharn, Vokal y Uldulla
comían normalmente solos, en un gran salón de la casa. La mesa estaba
dispuesta sobre una plataforma de enormes losas de piedra, y a un nivel más
bajo los muertos se apiñaban alrededor de las otras mesas en número que
casi llegaba a la cuarentena; entre ellos se sentaba Dalili, que nunca miraba
hacia Yadar. El se hubiese reunido con ella, no queriendo separarse de su
lado, pero estaba dominado por un profundo sopor, como si un hechizo
innombrable le atase las piernas y no pudiese moverse ya por su propia
voluntad.
Embotado, se sentó con sus taciturnos y lúgubres anfitriones, que al vivir
siempre rodeados por los silenciosos muertos habían adquirido un aire y
costumbres muy parecidos a ellos. Y vio, con más claridad que antes, la
semejanza común entre los tres, porque daba la impresión de que todos
fuesen hermanos con un mismo nacimiento, antes que padre e hijos. Parecían
que no tuviesen edad, y no eran ni viejos ni jóvenes, como los hombres
ordinarios. Cada vez era más consciente de aquella extraña maldad que
emanaba de los tres, poderosa y aborrecible como una exhalación de muerte
oculta.
Dominado por aquel embotamiento, apenas se maravilló ante el servicio de
aquella extraña comida, aunque ésta no era traída por ningún agente palpable,
y los vinos se servían desde el propio aire; el paso de los sirvientes de un lado
para otro solamente era
traicionado por un rumor de vacilantes pisadas y una ligera frialdad que iba
y venía.
En silencio, con gestos y movimientos rígidos, los muertos comenzaron a
comer en sus mesas. Pero los nigromantes se abstuvieron de las vituallas ante
ellos, en actitud de espera, y Vacharn dijo al nómada:
—Hay otros que cenarán esta noche con nosotros.
Yadar percibió entonces una silla vacía, colocada al lado de la silla de
Vacharn.
Pronto entró, por una puerta que daba al interior de la casa, un hombre de
gran corpulencia y estatura, desnudo y de un color tostado que casi llegaba a
la negrura. Tenía un aspecto salvaje y sus ojos se dilataron a causa de la rabia
o del terror, mientras que sus gruesos labios purpúreos estaban orlados de
espuma. Detrás de él, levantando amenazadoramente sus pesadas y
herrumbrosas cimitarras, entraron dos de los marineros muertos a manera de
guardianes de un prisionero.
—Este hombre es un caníbal —dijo Vacharn—. Nuestros sirvientes le han
capturado en el bosque al otro lado de las montañas, que es donde habita su
salvaje pueblo. Sólo los más fuertes y bravos son llamados vivos a esta
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mansión... No en vano, oh príncipe Yadar, fuiste escogido para tal honor.
Observa atentamente todo lo que pase.
El salvaje se había detenido en el umbral, como si temiese más a los
ocupantes del salón que a las armas de sus guardianes. Uno de los espectros
golpeó su hombro izquierdo con la herrumbrosa hoja y la sangre saltó de la
profunda herida, mientras el caníbal se adelantaba después de aquel aviso.
Temblaba tan convulsivamente como un animal asustado, mirando
aterrorizado a ambos lados en busca de un medio de escape, y sólo después
de un segundo golpe subió a la plataforma y se acercó a la mesa de los
nigromantes. Pero tras ciertas palabras de hueco sonido pronunciadas por
Vacharn, el hombre se sentó, todavía temblando, en la silla al lado de la del
amo y enfrente de Yadar. Detrás de él se estacionaron sus espectrales
guardianes con las armas en alto; sus
rasgos eran los de hombres que llevan muertos dos semanas.
—Todavía falta otro invitado —dijo Vacharn—. Vendrá más tarde y no hay
necesidad de esperar por él.
Sin más ceremonia comenzó a comer, y Yadar le siguió, aunque con poco
apetito. El príncipe apenas percibía el sabor de las viandas que llenaban su
plato, ni podría haber jurado si los vinos que bebía eran dulces o amargos. Sus
pensamientos estaban divididos entre Dalili y la extrañeza y el terror de todo lo
que le rodeaba.
Mientras comía y bebía sus sentidos se aguzaron de forma extraña y se dio
cuenta de las sombras horribles que se movían entre las lámparas y escuchó
el frío silbido de unos susurros, que detuvieron hasta su sangre. Y desde el
concurrido salón, todos los olores que la mortalidad puede exhalar entre la
muerte reciente y el fin de la corrupción llegaron hasta él.
Vacharn y sus hijos se dedicaron a la comida con la despreocupación de
los que hace mucho que están acostumbrados a semejantes ambientes. Pero
el caníbal, cuyo terror era todavía palpable, se negó a tocar la comida que
estaba ante él. La sangre corría incesantemente en dos pesados surcos por su
pecho, desde sus hombros heridos, y goteaba de forma audible sobre las losas
de piedra.
Finalmente, ante la insistencia de Vacharn, que hablaba en la propia lengua
del caníbal, se persuadió a beber una copa de vino. Este vino no tenía el
mismo color del que había sido servido al resto de la compañía, y era de un
color violeta oscuro, como el capullo de la belladona, mientras el restante era
de un rojo amapola. Apenas lo había probado cuando cayó hacia atrás en su
silla con el aspecto de alguien indefenso por un ataque de parálisis. La copa
todavía continuaba sujeta entre sus rígidos dedos y derramó el resto de su
contenido; no se advertía ningún movimiento ni temblor en sus extremidades y
sus ojos estaban completamente abiertos, mirando fijamente, como si quedase
todavía conciencia en su interior.
Una horrible sospecha surgió en Yadar y ya no pudo continuar comiendo la
comida y bebiendo el vino de los nigromantes. Se quedó sorprendido por las
acciones de sus anfitriones, que, absteniéndose de igual forma, se dieron la
vuelta en sus asientos y contemplaron fijamente una porción del suelo a
espaldas de Vacharn, entre la mesa y el extremo interno del salón.
27
Yadar, elevándose un poco en el asiento, miró por encima de la mesa y
percibió un pequeño agujero en una de las losas. El agujero era del tipo que
podría servir de madriguera a un pequeño animal, pero no podía imaginarse
Yadar la naturaleza de una bestia que habitase en el sólido granito.
Con voz alta y clara, Vacharn pronunció una sola palabra "Esrit", como
pronunciando el nombre de alguien a quien desease llamar. No mucho tiempo
después aparecieron dos pequeñas chispas en la oscuridad del agujero, y de
allí saltó una criatura que tenía algo del tamaño y forma de una comadreja,
pero todavía más largo y delgado. La piel de la criatura era de un negro
herrumbroso, sus garras eran como diminutas manos desprovistas de pelo, y
las cuentas de sus ojos, de un amarillo flameante, parecían contener la
maligna sabiduría y malevolencia de un demonio. Velozmente, con
movimientos sinuosos que le hacían parecer una serpiente cubierta de piel,
corrió hasta estar debajo de la silla ocupada por el caníbal y comenzó a beber
ávidamente en el charco de sangre que había goteado de sus heridas hasta el
suelo.
Después, mientras el horror hacía presa en el corazón de Yadar, saltó a las
rodillas del caníbal y de allí a su hombro izquierdo, donde había sido infligidala
herida más profunda. Allí la cosa se pegó al corte que todavía sangraba, del
que chupó al estilo de una comadreja, y la sangre cesó de manar sobre el
cuerpo del hombre. Este no se movió de su silla, pero sus ojos se dilataron
todavía más con fijeza horrible, hasta que el iris estuvo aislado en el lívido
blanco y sus labios colgaron separados, mostrando unos dientes fuertes y
puntiagudos como los de un tiburón.
Los nigromantes habían reanudado su comida con los ojos atentos sobre
aquel pequeño monstruo sediento de sangre, y Yadar comprendió que éste era
el otro huésped esperado por Vacharn. No sabía si la cosa era realmente una
comadreja o algún sirviente
del hechicero, pero el horror fue seguido por la ira ante el suplicio del
caníbal, y sacando una espada que había llevado consigo durante todos sus
viajes, se puso en pie con ánimo de matar al monstruo. Pero Vacharn describió
un signo peculiar en el aire con su dedo índice y el brazo del príncipe fue
suspendido a mitad del golpe, mientras sus dedos quedaban tan débiles como
los de un bebé y la espada le caía de la mano, resonando con estrépido sobre
la plataforma. Después, como siguiendo la muda voluntad de Vacharn, se vio
obligado a sentarse de nuevo a la mesa.
La sed de aquella criatura parecida a una comadreja parecía ser insaciable,
porque después de que pasasen muchos minutos, continuaba sorbiendo la
sangre del salvaje. Los poderosos músculos del hombre se hundían de minuto
en minuto y los huesos y las rígidas articulaciones se veían tensos bajo
arrugados pliegues de piel. Su rostro era el informe de la muerte, sus
miembros estaban escuálidos como los de una antigua momia, aunque la cosa
que se había abatido sobre él había aumentado de tamaño solamente lo
mismo que un armiño que hubiese chupado la sangre de algún ave de corral.
Por esta señal Yadar supo que sin duda la cosa era un demonio, y que
estaba al servicio de Vacharn. Paralizado por el terror, estuvo mirando, desde
su asiento, hasta que la criatura se soltó de los secos huesos y piel del caníbal
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y corrió, retorciéndose y arrastrándose siniestramente, hasta su agujero en la
losa de piedra.
Extraña era la vida que ahora comenzó Yadar en la casa de los
nigromantes. Sobre él pesaba siempre la maligna esclavitud que se había
apoderado de su persona durante aquella primera comida y se movía como
alguien que no puede despertar por completo de un sueño. Parecía como si su
voluntad estuviese controlada de alguna forma por aquellos amos de los
muertos vivientes. Pero aún más que por eso le retenía el viejo encanto de su
amor por Dalili, aunque ahora este amor se hubiese convertido en un
desesperado arrobamiento.
Algo aprendió sobre los nigromantes y su forma de existencia, aunque
Vacharn hablaba raras veces, excepto con lúgubres ironías, y sus hijos eran
tan taciturnos como los mismos muertos. Supo que el sirviente, parecido a una
comadreja, cuyo nombre era Esrit, se había comprometido a servir a Vacharn
durante un tiempo fijado, recibiendo en pago, cada luna llena, la sangre de un
hombre vivo escogido por su fuerza y valor indomables. Y para Yadar era
evidente que, a menos que surgiera algún milagro o magia más poderosa que
la de los nigromantes, los días de su vida estaban limitados por el período de
la luna. Porque, además de sí mismo y los amos, no había ninguna otra
persona en toda aquella mansión que no hubiese traspasado ya las amargas
puertas de la muerte...
La casa era solitaria, estando situada a bastante distancia de sus vecinos.
En las costas de Naat vivían otros nigromantes, pero entre ellos y los
anfitriones de Yadar había poca relación. Y detrás de las salvajes montañas
que dividían la isla vivían solamente algunas tribus de antropófagos que
guerreaban unas con otras en los oscuros bosques de pinos y cipreses.
Los muertos se alojaban en profundas cuevas, parecidas a catacumbas,
detrás de la casa, yaciendo toda la noche en sepulcros de piedra y saliendo en
una resurrección diaria para cumplir las tareas que sus dueños les ordenaban.
Algunos araban los jardines rocosos que se encontraban en una pendiente
abrigada de los vientos marinos, otros cuidaban de las negras cabras u otro
ganado, y otros eran enviados buceando a las profundidades del mar en busca
de perlas que crecían prodigiosamente, en lugares inaccesibles para un
nadador vivo, sobre los trágicos atolones y arrecifes orlados de cuernos de
granito. A través de los años, Vacharn amasó gran cantidad de tales perlas,
puesto que había vivido más tiempo de lo que dura una vida normal. A veces,
en una nave que remontaba la corriente del río Negro, él o alguno de sus hijos
viajaba hasta Zothique con algunos de los muertos como tripulantes, y
cambiaban las perlas por las cosas que su magia era incapaz de conseguir en
Naat.
Era extraño para Yadar ver a sus compañeros de viaje yendo de un sitio a
otro junto a los otros espectros, saludándole únicamente los vacíos ecos de
sus propios saludos. Y era amargo, aunque nunca sin una vaga dulzura llena
de pena, ver a Dalili y hablar con ella, intentando vanamente reavivar el
perdido ardor del amor en un corazón que se había sumergido profundamente
en el olvido y no había vuelto de allí. Era siempre como intentar alcanzarla a
través de un golfo más terrible que la irresistible corriente que continuamente
chocaba contra la isla de los Nigromantes.
29
Dalili, que desde su infancia había nadado en los hundidos lagos de Zyra,
se encontraba entre los que se veían forzados a sumergirse en busca de
perlas. Muchas veces, Yadar la acompañaba hasta la costa y esperaba su
vuelta de las alocadas rompientes; a ratos, se sintió tentado de lanzarse tras
ella y encontrar, si es que era posible, la paz de una muerte verdadera.
Seguramente hubiese hecho esto, a no ser que entre el fantasmagórico
arrobamiento de su situación y las grises redes de la brujería que le rodeaba,
parecía que su fuerza y resolución antiguas le hubieran abandonado por
completo.
Un día, hacia el atardecer, cuando el mes estaba terminando, Vokal y
Uldulla se acercaron al príncipe, que estaba esperando en una playa rodeada
de rocas mientras Dalili buceaba lejos entre las torrenciales aguas. Sin decir
palabra, le hicieron gestos furtivos de que les siguiera, y Yadar, sintiéndose
vagamente curioso de su intención, les permitió que lo alejasen de la playa y le
guiasen por peligrosos senderos que serpenteaban de un acantilado a otro
sobre la sinuosa costa. Antes de la caída de la oscuridad, llegaron a un
pequeño puertecillo, que se adentraba en la tierra, cuya existencia había sido
hasta aquel momento insospechada por el nómada. En aquella plácida bahía,
bajo la oscura sombra de la isla, se balanceaba una galera con sombrías velas
color púrpura que recordaba la nave que Yadar había descubierto moviéndose
rápidamente hacia Zothique contra la enorme corriente del río Negro.
Yadar se sintió muy asombrado y no pudo adivinar por qué le habían
llevado a aquel puerto escondido, ni el significado de sus gestos cuando
señalaron el extraño navío. Después, en un susurro apresurado y oculto, como
si temiesen ser oídos en aquel remoto
lugar, Vokal le dijo:
—Si nos ayudas a mi hermano y a mí en la ejecución de cierto plan, podrás
utilizar esa galera para abandonar Naat. Y contigo, si tal es tu deseo, podrás
llevarte a Dalili, junto con algunos marineros como tripulantes. Favorecido por
las poderosas galernas que nuestros conjuros llamarán para ti, podrás navegar
contra el río Negro y volver a Zothique... Pero si no nos ayudas, entonces la
comadreja Esrit te chupará la sangre hasta que la última extremidad de tu
cuerpo haya sido vaciada y Dalili continuará siendo la esclava de Vacharn,
trabajando durante el día, para servir su avaricia, en las oscuras aguas... y
quizá sirviendo su lujuria por la noche.
Ante la promesa de Vokal, Yadar sintió que algo de esperanza y hombría
revivían en su interior, y le pareció que la siniestra magia de Vacharn
abandonaba su mente; además las insinuaciones de Vokal despertaron su
indignación contra Vacharn. Y dijo rápidamente:
—Te ayudaré en tus planes, sean los que sean, si está en mi poder
hacerlo.
Entonces, lanzando muchas y temerosas miradas a su alrededor y a sus
espaldas, Uldulla habló con un furtivo susurro.
—Nosotros pensamos que Vacharn ya ha vivido más del tiempo que le
corresponde y que nos ha impuesto su autoridad durante mucho tiempo.
Nosotros, sus hijos, nos hacemos viejos y creemos que es simplemente justo
que heredemos las riquezas atesoradas por nuestro padre y su supremacía
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mágica antes de que la edad nos impida disfrutar de ellas. Por tanto,
buscamos tu ayuda para matar a Vacharn.
Después de una breve reflexión, Yadar decidió que el asesinato del
nigromante era un hecho justo desde cualquier punto de vista y algo a lo que
podía prestarse sin deterioro de su valor o de su virilidad. Por tanto, dijo sin
demora:
—Os ayudaré a hacerlo.
Muy envalentonados, en apariencia, por el consentimiento de Yadar, Vokal
le habló a su vez, diciendo:
—Esto tiene que hacerse antes de mañana por la noche, pues ésta traerá
una luna llena del río Negro sobre Naat y llamará al demonio-comadreja Esrit
de su agujero. Y mañana por la mañana es el único momento en que podemos
encontrar a Vacharn desprevenido en su cámara. Durante esas horas, pues tal
es su voluntad, contemplará en trance un espejo mágico que contiene visiones
del mar exterior y de las naves navegando sobre el mar y de los países que
están al otro lado. Y debemos matarle ante el espejo, golpeándole veloz y
fuertemente antes de que despierte de su trance.
A la hora fijada para la hazaña, Vokal y Uldulla se acercaron a Yadar, que
les estaba esperando en el salón de fuera. Cada uno de los hermanos portaba
una larga y reluciente cimitarra y Vokal también llevaba en la mano izquierda
un arma semejante que ofreció al príncipe, explicando que aquellas cimitarras
habían sido templadas con un conjuro de canciones fatales y grabadas
después con innombrables invocaciones de muerte. Yadar declinó el arma del
mago, prefiriendo su propia espada, y sin retrasarse más los tres se dirigieron
apresuradamente, con todo el sigilo posible, hacia la cámara de Vacharn.
La casa estaba vacía, porque todos los muertos habían ido a cumplir con
sus asignaciones, y no se oía ningún susurro ni se veía ninguna sombra de
aquellos seres invisibles, ya fuesen espíritus del aire o simples fantasmas, que
servían a Vacharn de diversas maneras. Los tres se acercaron en silencio a la
entrada de la cámara, que sólo estaba cubierta por un tapiz negro tejido en
plata con los signos de la noche y bordado en hilo escarlata con la repetición
de los cinco nombres del archidemonio Thasaidón. Los hermanos se
detuvieron, como si temiesen levantar el tapiz, pero Yadar, sin dudarlo un
momento, lo echó a un lado y entró en la cámara, siguiéndole los gemelos
rápidamente, como avergonzados de su pusilanimidad.
La habitación era grande, con una alta cúpula, e iluminada por una
pequeña ventana que, por encima de los salvajes cipreses, daba hacia el
negro mar.Ninguna llama se elevaba de la miríada de lámparas para ayudar a
la camuflada luz diurna y las sombras se apretaban en el lugar como un fluido
espectral en el que los recipientes mágicos, los grandes incensarios y
alambiques, los braseros, parecían temblar como cosas animadas. Un poco
más allá del centro de la habitación, de espaldas a la puerta, Vacharn se
sentaba sobre un taburete de ébano ante el espejo de la clarividencia, que
había sido forjado de electrum en la forma de una gigantesca letra delta y era
sostenido oblicuamente en alto por un serpenteante brazo de cobre. El espejo
relucía brillantemente en la sombra, como si estuviese iluminado por algún
31
resplandor de fuente desconocida, y los intrusos fueron ofuscados por reflejos
de su brillo al avanzar hacia delante.
Realmente, parecía que Vacharn estaba inmerso en el trance inducido,
porque miraba hacia el espejo rígidamente, inmóvil como una momia sentada.
Los hermanos retrocedieron mientras Yadar, pensando que estaban cerca a
sus espaldas, avanzó hacia el mago con el arma levantada. Al acercarse, vio
que Vacharn tenía sobre sus rodillas una gran cimitarra, y temiendo que el
hechicero quizá estuviese sobre aviso, Yadar corrió con rapidez hacia él y
dirigió un poderoso golpe contra su cuello. Pero al calcular la dirección, sus
ojos fueron cegados por el extraño brillo del espejo, como si un sol se hubiese
levantado ante ellos por encima del hombro de Vacharn, y la hoja se torció y
cayó oblicuamente sobre el hueso de la clavícula, de forma que el nigromante,
aunque severamente herido, se salvó de la decapitación.
Parecía probable ahora que Vacharn hubiese conocido de antemano el
intento de asesinarle y había decidido presentar batalla a sus enemigos
cuando éstos se presentasen. Pero al sentarse para fingir el trance, sin duda
había sido dominado, contra su voluntad, por el extraño resplandor y había
caído en el sueño adivinatorio.
Veloz y fiero como un tigre herido, saltó del taburete, blandiendo su
cimitarra en alto al volverse hacia Yadar. El príncipe, todavía ciego, no pudo ni
repetir el golpe ni evitar el de Vacharn, y la cimitarra se hundió profundamente
en su hombro derecho. Cayó mortalmente herido y quedó con la cabeza un
poco en alto, apoyada contra la base del brazo de cobre en forma de serpiente
que soportaba el espejo.
Yaciendo allí, mientras la vida se le escapaba lentamente, vio cómo Vokal,
con la desesperación del que ve la muerte inminente, saltaba hacia delante y
cortaba de un golpe el cuello de Vacharn. La cabeza, casi separada del
cuerpo, cayó y colgó a un lado por un trozo de carne y piel, pero Vacharn,
trastabillando, no cayó o murió de golpe, como hubiese hecho cualquier
hombre mortal, sino que, animado todavía por el poder mágico que llevaba
dentro, corrió por la cámara, dirigiendo poderosos golpes a los parricidas.
Mientras corría, la sangre saltaba de su cuello como de una fuente y su cabeza
se balanceaba de un lado para otro sobre su pecho como un monstruoso
péndulo. Todos sus golpes iban a ciegas porque ya no podía ver para dirigirlos
y sus hijos le evitaban con agilidad, hiriéndole algunas veces de paso. A veces
tropezaba con el caído Yadar, o golpeaba el espejo de electrum con su
espada, produciendo un sonido como el de una profunda campana. Y a veces
la batalla salía fuera del campo visual del moribundo príncipe, hacia la ventana
que daba al mar, y escuchaba extraños crujidos, como si parte de los mágicos
muebles hubiesen sido destrozados por los golpes del mago; también se oían
las agitadas respiraciones de los hijos de Vacharn y el amortiguado sonido de
los golpes que daban en el blanco, pues continuaban hiriendo a su padre.
Pronto la lucha regresó delante de Yadar, que la observaba con ojos que se
iban apagando.
El combate era horrible, más allá de toda descripción, y Vokal y Uldulla
jadeaban como los corredores agotados cerca del final. Pero después de un
cierto tiempo, el poder pareció faltarle a Vacharn junto con la sangre del
cuerpo. Se tambaleaba de un lado a otro, sus pasos se detuvieron y sus
32
golpes se hicieron más débiles. Su vestimenta colgaba en harapos empapados
de sangre a causa de las cuchilladas de sus hijos, y algunos de sus miembros
estaban medio cortados y todo su cuerpo cortado y arañado como el tajo del
verdugo. Al fin, con un golpe certero, Vokal cortó la delgada cinta de la que
todavía pendía la cabeza, y ésta cayo y rodó por el suelo, rebotando muchas
veces.
Entonces, con una salvaje agitación, como si todavía quisiese mantenerse
en pie, se derrumbó el cuerpo de Vacharn y yació agitándose, recordando un
ave enorme y descabezada. intentando incesantemente levantarse y
dejándose caer de nuevo. Nunca volvió a ponerse el cuerpo de pie por
completo, a pesar de todos sus esfuerzos, pero la cimitarra continuaba
firmemente sujeta en la mano derecha y el cadáver golpeaba ciegamente,
atacando desde el suelo con golpes laterales, o hacia abajo cuando se elevaba
a una postura semisentada. La cabeza, incansable, continuaba rodando por la
cámara y las maldiciones salían de su boca en una voz aflautada, no más alta
que la de un niño.
Ante esto, Yadar vio que Vokal y Uldulla se echaban hacia atrás como si
estuviesen algo preocupados, y después se volvieron hacia la puerta, con la
clara intención de abandonar la habitación. Pero antes de que Vokal, que era
el primero, hubiese levantado el tapiz de la entrada, de entre sus pliegues se
desprendió el largo, negro, serpentino cuerpo de la comadreja-sirviente Esrit.
La criatura se lanzó al aire, alcanzando de un solo salto la garganta de Vokal, y
se colgó allí con los dientes pegados a su carne y chupándole la sangre sin
detenerse un minuto, mientras éste se tambaleaba por la habitación e
intentaba en vano arrancársela de allí con dedos enloquecidos.
Posiblemente Uldulla hubiese hecho algún intento para matar la criatura,
porque gritó conjurando a Vokal a que se estuviese quieto, y elevó su espada
como esperando una oportunidad para golpear a Esrit. Pero Vokal parecía no
oírle, o estar demasiado aterrorizado para obedecerle. En aquel instante, la
cabeza de Vacharn, que seguía rodando, chocó contra los pies de Uldulla, y
con un furioso rugido alcanzó con los dientes el borde de su túnica y se colgó
de allí, mientras él retrocedía, completamente aterrorizado. Aunque golpeó la
cabeza salvajemente con su cimitarra, los dientes se negaron a soltar su
presa. Así que dejando caer sus vestimentas y abandonándolas allí con la
cabeza de su padre todavía colgando, huyó desnudo de la habitación. Mientras
Uldulla huía, la vida partió de Yadar y ya no vio ni oyó nada más...
Confusamente, desde las profundidades del olvido, Yadar distinguió el
flamear de luces remotas y escuchó el canto de una voz lejana. Se sintió nadar
hacia arriba desde los negros mares, hacia la voz y las luces, y vio cómo a
través de una película fina y acuosa la cara de Uldulla inclinada sobre él y el
humear de unos extraños recipientes en la cámara de Vacharn. Y le pareció
que Uldulla le decía:
—Levántate de entre los muertos y obedéceme en todas las cosas a mí, tu
amo.
Así, en respuesta a los nefandos ritos y encantos de la nigromancia, Yadar
se despertó a la vida, tal como era ésta posible para un espectro resucitado. Y
volvió a andar, con el negro cuajarón de su herida en un gran coágulo sobre su
hombro y su pecho, y contestó a Uldulla al estilo de los muertos vivientes.
33
Recordó vagamente, y como asuntos de poca importancia, algo sobre su
muerte y las circunstancias que la habían precedido, y buscó en vano con ojos
borrosos por la destrozada cámara el cuerpo y la cortada cabeza de Vacharn,
y a Vokal y al demonio-comadreja.
Entonces pareció que Uldulla le decía: "Sígueme", y salió con el nigromante
a la luz de la roja y plena luna que había llegado desde el río Negro hasta
Naat. Allí, en la planicie delante de la casa, había un gran montón de cenizas
donde las brasas brillaban y relucían como si fuesen ojos con vida. Uldulla
permaneció en contemplación delante de la pira y Yadar se mantuvo a su lado,
sin saber que lo que contemplaba era la consumida pira de Vacharn y Vokal,
construida y encendida por los esclavos muertos, bajo las órdenes de Uldulla.
Entonces un viento se levantó repentinamente desde el mar, con agudos y
fantasmagóricos gemidos, y levantando todas las cenizas y tizones formando
una nube grande y en remolino la lanzó sobre Yadar y el nigromante. Ambos
pudieron apenas resistir el viento, y su cabello, sus barbas y vestiduras se
llenaron de los restos de la pira, quedando los dos como cegados. Después el
viento se elevó, lanzando la nube de cenizas sobre la casa, y por sus puertas y
ventanas, entrando en todas las habitaciones. Y durante muchos días
después, pequeñas volutas de ceniza se levantaban bajo los pies de los que
recorrían los salones, y aunque por orden de Uldulla, las escobas se utilizaban
diariamente, parecía que el lugar nunca quedaba completamente libre de
aquellas cenizas...
Queda poco que decir con respecto a Uldulla, porque su señorío sobre los
muertos fue breve. Viviendo siempre solo, excepto por la compañía de los
espectros que le atendían, cayó en poder de una extrañísima melancolía que
se convirtió rápidamente en locura. Ya no podía concebir cuál era el fin y el
objeto de la vida, y el sopor de la muerte se le presentaba como un mar negro
y tranquilo lleno de suaves murmullos y de brazos como sombras que le
empujaban hacia abajo. Pronto llegó a envidiar a los muertos y a considerar su
suerte más deseable que ninguna otra. Así pues, llevando la cimitarra que
había empleado para matar a Vacharn, se dirigió a la cámara de su padre,
donde no había entrado desde la resurrección del príncipe Yadar. Allí, junto al
espejo de las adivinanzas, que brillaba como el sol, se abrió a sí mismo el
vientre y cayó entre el polvo y las telarañas que recubrían todo en abundancia.
Y puesto que no había ningún otro mago que le devolviera incluso a una
semblanza de vida, permaneció pudriéndose y sin ser molestado por siempre
jamás.
Pero en los jardines de Vacharn los muertos continuaban trabajando, sin
prestar atención a la muerte de Uldulla, y seguían cuidando de las cabras y del
ganado y buceando en busca de perlas en aquel oscuro y tormentoso océano.
Y Yadar, que junto con Dalili compartía ahora su mismo estado, se sentía
atraído por ella con un fantasmal anhelo y sentía un vago consuelo en su
presencia. La profunda desesperación que le había traspasado en un tiempo y
los largos tormentos del deseo y la separación eran cosas olvidadas y
desaparecidas y compartió con Dalili un sombrío amor y una vaga felicidad.
EL IMPERIO DE LOS NIGROMANTES
34
La leyenda de Mmatmuor y Sodosma surgirá únicamente en los últimos
ciclos de la Tierra, cuando las felices leyendas de los orígenes hayan caído en
el olvido. Antes de la era en que sea contada tendrán que pasar muchas
épocas y los mares habrán decrecido en sus cuencas y nuevos continentes
habrán hecho su aparición. Quizá, en ese día, servirá para aliviar un poco el
negro cansancio de una raza moribunda, desesperada de todo, excepto del
olvido. Yo relato la historia como los hombres la contarán en Zothique, el último
continente, bajo un cielo moribundo y unos cielos tristes, donde las estrellas
salen con terrible brillantez antes de la caída de la noche.
Mmatmuor y Sodosma eran nigromantes que llegaron desde la oscura isla
de Naat para practicar sus siniestras artes en Tinarath, al otro lado de los
menguantes océanos. Pero en Tinarath no prosperaron, porque la muerte era
considerada sagrada por la gente de aquel grisáceo país y la nada de la tumba
no debía ser profanada ligeramente; la resurrección de los muertos por medio
de la magia negra era, entre ellos, mirada con abominación.
Por tanto, después de un corto intervalo de tiempo, Mmatmour y Sodosma
fueron expulsados por la ira de los habitantes y obligados a huir hacia Cincor,
un desierto del sur, habitado sólo por los huesos y las momias de una raza que
la pestilencia había exterminado hacía tiempo.
El país al que se dirigieron se extendía tétrico leproso y ceniciento bajo el
gigantesco sol, color de brasa. Sus rocas desmoronadas y mortecinas
soledades de arena hubiesen causado terror en los corazones de los hombres
normales, y puesto que habían sido arrojados a aquel lugar estéril sin comida
ni sustento, la situación de los hechiceros bien podría haber parecido
desesperada. Pero sonriendo para sí, Sodosma y Mmatmuor se adentraron
resueltamente en Cincor, con el aire de unos conquistadores que se acercasen
a un reino esperado por largo tiempo.
Ante ellos, intacta, a través de campos desprovistos de árboles y hierba y
sobre los cauces de los ríos secos, corría la gran carretera por la que
antiguamente habían viajado los que iban de Cincor a Tinarath. Aquí no se
encontraron con nada viviente, pero pronto llegaron ante el esqueleto de un
caballo y su jinete yaciendo en el centro de la carretera y con el suntuoso
arnés y arreos que habían llevado sobre la carne. Y Mmatmour y Sodosma se
detuvieron ante los lastimeros huesos, sobre los que no quedaba ni una brizna
de corrupción, y se sonrieron siniestramente el uno al otro.
—El caballo será tuyo—dijo Mmatmuor—, puesto que eres algo mayor que
yo, y tienes, por tanto derecho de precedencia; el jinete nos servirá y será el
primero en prestarnos homenaje aquí en Cincor.
Entonces, en la cenicienta arena, a un lado del camino, dibujaron tres
círculos concéntricos, y colocándose juntos en el centro, realizaron los ritos
abominables que obligaban a los muertos a levantarse de su tranquila nada y a
obedecer, de allí en adelante, la oscura voluntad del nigromante en todas las
cosas. Después esparcieron una pizca de polvo mágico sobre las fosas
nasales del hombre y del caballo, y los blancos huesos, rechinando
lastimeramente, se levantaron del lugar donde estaban, dispuestos a servir a
sus amos.
35
Así, según habían decidido de común acuerdo, Sodosma se montó sobre el
esqueleto del caballo, tomó las enjoyadas riendas y cabalgó en una lúgubre
imitación de la Muerte sobre su pálido caballo, mientras Mmatmuor le seguía
apoyándose ligeramente sobre un bastón de ébano, y el esqueleto del hombre,
con sus ricas vestiduras pendiendo flojamente, caminaba detrás de los dos
como un servidor.
Después de un rato encontraron en la gris soledad los restos de otro
caballo y su jinete, que habían sido perdonados por los chacales y que el sol
había secado de forma que parecían viejas momias. A éstos también los
levantaron de la muerte; Mmatmuor cabalgó sobre el consumido percherón, y
los dos magos avanzaron majestuosamente, como emperadores errantes, con
un espectro y un esqueleto como servidores. En forma parecida, resucitaron
otros huesos y restos de hombres y bestias que encontraron, de forma que
fueron reuniendo una escolta cada vez más numerosa en su avance hacia
Cincor.
A lo largo del camino, cuando se aproximaban a Yethlyreom, que había
sido la capital, encontraron numerosas tumbas y necrópolis, intactas todavía
después de tantos siglos y conteniendo enfajadas momias que apenas se
habían consumido. Resucitaron a todos y los llamaron de la noche del sepulcro
para que hiciesen su voluntad. A algunos les mandaron sembrar y arar los
campos desiertos y subir agua de los hundidos pozos, a otros los emplearon
en diferentes tareas, semejantes a las que habían desempeñado durante su
vida. El silencio de siglos se vio roto por el ruido y el tumulto de una miríada de
actividades, y los flacos cadáveres de los tejedores utilizaron las lanzaderas, y
los de los labradores seguían los surcos detrás de las carroñas de los bueyes.
Cansados por aquel extraño viaje y de tanto repetir los conjuros, Mmatmuor
y Sodosma vieron por fin ante ellos, desde una colina en el desierto, las
orgullosas torres y las hermosas y bien conservadas cúpulas de Tethlyreom,
sobre el fondo del ominoso atardecer del color de la sangre estancada.
—Es un buen país—dijo Mmatmuor—, y nos lo repartiremos entre tú y yo;
nos convertiremos en amos de todos sus muertos y mañana seremos
coronados emperadores en Yethlyreom.
—Sea—replicó Sodosma—, porque no hay nadie aquí vivo para pelearse
con nosotros, y aquellos que hemos llamado de la tumba únicamente se
moverán y respirarán según nuestra voluntad, sin poder rebelarse contra
nosotros.
Así, en el atardecer de un rojo sangriento que se espesaba derivando al
púrpura, entraron en Yethlyreom y cabalgaron entre las orgullosas mansiones
sin luz, instalándose con su tétrica comitiva en el majestuoso y abandonado
palacio donde la dinastía de los emperadores de Nimboth había reinado
durante dos mil años y dominado sobre Cincor.
En los dorados salones cubiertos por el polvo encendieron las vacías
lámparas de ónice por medio de su artera magia y cenaron viandas reales,
provenientes de años pasados, que evocaron de igual forma. Vinos antiguos e
imperiales les eran servidos por las descarnadas manos de sus servidores en
copas de adularia, y comieron, bebieron y descansaron en medio de una
36
fantasmagórica pompa, dejando hasta el día siguiente la resurrección de
aquellos que estaban muertos en Yethlyreom.
Se levantaron pronto, en la oscura aurora carmesí, de los opulentos lechos
palaciegos donde habían dormido; mucho quedaba por hacer. Por todas
partes, en la olvidada ciudad, iban atareadamente de un lado para otro,
lanzando sus conjuros sobre la gente que había muerto durante el último año
de la peste y que quedara sin enterrar. Habiendo hecho esto, salieron de
Yethlyreom hacia otra ciudad de altas tumbas y poderosos mausoleos, donde
yacían los emperadores y emperatrices de Nimboth y los más consecuentes
ciudadanos y nobles de Cincor.
Aquí pidieron a sus esclavos-esqueletos que rompiesen con martillos las
selladas puertas, y después, con sus malvados y tiránicos encantamientos,
llamaron a las momias imperiales, incluso a las más viejas de la dinastía, todas
las cuales llegaron caminando con rigidez, con ojos sin luz, envueltas en ricos
vendajes cosidos con flameantes joyas. Y también, más tarde, devolvieron
aquella semejanza de vida a muchas generaciones de cortesanos y
dignatarios.
Formando una solemne comitiva, con rostros oscuros, orgullosos y vacíos,
los emperadores y emperatrices muertos de Cincor juraron obediencia a
Mmatmuor y Sodosma y les siguieron como una recua de cautivos por las
calles de Yethlyreom. Después, en el inmenso salón del trono del palacio, los
nigromantes se sentaron en el alto trono doble, donde se habían sentado con
sus consortes, los verdaderos gobernantes. Entre los emperadores reunidos,
con atuendos funerales y magníficos, fueron investidos con la soberanía por
las resecas manos de la momia de Hestaiyón, el primero en la línea de
Mimboth, que había gobernado en épocas semimíticas. Después, todos los
descendientes de Hestaiyón, que se apiñaban en la habitación en una gran
multitud, aclamaron con voces monótonas, semejantes a ecos, el dominio de
Mmatmuor y Sodosma.
De esta forma, los odiados nigromantes encontraron su imperio y un pueblo
que les estaba sujeto en el país desolado y estéril donde la gente de Tinarath
los había arrojado para que perecieran. Reinando supremos sobre todos los
muertos de Cincor, en virtud de su maligna magia, ejercían un desvergonzado
despotismo. De las partes más alejadas del reino les era traído tributo por
descarnados correos, y cadáveres comidos por la peste y altas momias que
olían a bálsamos mortuorios iban de un lado para otro cumpliendo sus
mandatos en Yethlyreom, o amontonaban ante sus ojos avariciosos las gemas
de los tiempos antiguos, procedentes de camaras inagotables y ennegrecidas
por las telarañas.
Los jardineros muertos hicieron que los jardines del palacio estallasen de
nuevo en floraciones hacía tiempo olvidadas; cadáveres y esqueletos
trabajaban para ellos en las minas, o elevaban torres fantásticas y soberbias
hacia el sol moribundo. Mayordomos y príncipes de otro tiempo les servían de
coperos y los instrumentos de cuerda eran tañidos para su deleite por las
macilentas manos de emperatrices de dorado cabello que habían salido sin
mácula de la noche de las tumbas. A las más hermosas, a las que la peste y
los gusanos no habían estropeado demasiado, las tomaron como amantes y
las obligaron a complacerles en su necrofílica lujuria.
37
El pueblo de Cincor representaba las acciones de la vida según la voluntad
de Sodosma y Mmatmuor en todas las cosas. Hablaban, se movían, comían y
bebían como si estuvieran vivos. Oían, veían y sentían con similitud a los
sentidos que habían sido suyos antes de la muerte, pero sus cerebros estaban
reducidos a la esclavitud por una magia poderosa. Sólo recordaban vagamente
su primera existencia, y el estado al que habían sido llamados era vacío,
problemático y etéreo. Su sangre discurría helada y perezosa, mezclada con
agua de Letea, y los vapores de Letea nublaban sus ojos.
Obedecían embotados los mandatos de sus tiránicos señores, sin rebelarse
ni protestar, pero sintiendo un vago e infinito cansancio tal como el que
conocen los muertos que, habiendo bebido el sueño eterno, son una vez más
llamados a la amargura del ser mortal. No conocían pasiones, deseos ni
placeres, únicamente el negro sopor de su despertar de Letea y un gris e
incesante anhelo por volver a aquel sueño interrumpido.
El último y más joven de los emperadores de Nimboth era Illeiro, que murió
durante el primer mes de la plaga y había descansado en su gigantesco
mausoleo durante doscientos años antes de la llegada de los nigromantes.
Obligado con su gente y con sus padres a servir a los tiranos, Illeiro
reanudó el vacío de la existencia sin hacerse preguntas y no había sentido
sorpresa. Aceptó su propia resurrección y la de sus antepasados como se
aceptan las indignidades y maravillas de un sueño. Sabía que había vuelto a
un sol descolorido, a un mundo hueco y espectral, a un orden de cosas en los
que su lugar era simplemente el de una sombra obediente. Pero al principio
sólo le preocupaba, como a los demás, un vago cansancio y una indefinida
necesidad del olvido perdido.
Drogado por la magia de sus dueños y débil por la larga nulidad de la
muerte, vio, como un sonámbulo, las enormidades a las que sus padres se
veían sujetos.
Sin embargo, en cierta forma, después de muchos días, una débil chispa
saltó en su mente, empapada por las sombras.
Como algo perdido e irrecuperable, detrás de golfos prodigiosos, recordó la
pompa de su reino en Yethlyreom, y el dorado orgullo y alegría que le habían
caracterizado en su juventud. Al recordar esto, sintió un vago estremecimiento
de protesta, un fantasmal resentimiento contra los magos que le habían traído
a esta calamitosa parodia de vida. Confusamente, comenzó a llorar su posición
perdida y la lastimera situación de sus antepasados y su pueblo.
Día tras día, como copero en los salones donde anteriormente había
gobernado, Illeiro veía las hazañas de Mmatmuor y Sodosma. Vio sus
caprichos crueles y lujuriosos, su creciente ebriedad y glotonería. Los vio
revolcarse en su lujuria necrofílica y volverse toscos y rudos con la indolencia y
la indulgencia. Descuidaron el estudio de su arte y se olvidaron de muchos de
los conjuros; pero todavía gobernaban, poderosos y formidables, y recostados
sobre cojines púrpura y rosas planeaban llevar un ejército de los muertos
contra Tinarath.
Soñando con la conquista y con mayores hechicerías, se volvieron gordos y
repugnantes como gusanos que se han instalado sobre unos restos ricos en
corrupción. Y paso a paso, con su relajación y tiranía, el fuego de la rebelión
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aumentaba en el sombrío corazón de Illeiro, como una llama que combate con
los pantanos leteos. Y lentamente, al irse acumulando su rabia, le volvió algo
de la fuerza y la firmeza que había tenido mientras vivía. Yiendo los vicios de
los opresores y sabiendo el mal que habían hecho a los indefensos muertos,
escuchó en su cerebro el clamor de voces ahogadas que pedían venganza.
Illeiro se movía silencioso por los salones palaciegos de Yethlyreom, entre
sus antepasados, o permanecía esperando órdenes. Llenaba sus copas de
ónice con los vinos ambarinos que la magia traía de las colinas expuestas a un
sol más joven; se sometía a sus calumnias e insultos. Y noche tras noche los
veía cabecear ebrios, hasta que caían dormidos, sonrojados y repletos, entre
los restos de su esplendor.
Los muertos vivientes no se hablaban mucho entre sí; padre e hijo, madre e
hija, amante y amado, iban de un sitio a otro sin dar señales de reconocerse y
sin hacer ningún comentario sobre su fatal destino. Pero, por último, una
medianoche, cuando los tiranos yacían amodorrados y las llamas temblaban
en las lámparas mágicas, Illeiro pidió consejo a Hestaiyón, su antepasado más
antiguo, que en fábulas había tenido fama como un gran mago y se decía que
había conocido la sabiduría perdida de la antiguedad.
Hestaiyón permanecía separado de los demás, en una esquina del sombrío
salón. Estaba pardo y reseco en sus crujientes vestiduras de momia y sus
muertos ojos de obsidiana parecían contemplar la nada. Parecía que no había
oído la pregunta de Illeiro, pero al fin respondió con un susurro seco y
quejumbroso.
—Soy viejo y la noche del sepulcro fue larga y me he olvidado de mucho.
Sin embargo, retrocediendo sobre el vacío de la muerte quizá recupere algo de
mi anterior sabiduría y, entre nosotros, encontremos alguna forma de
liberación.
Y Hestaiyón buscó entre los fragmentos de memoria, como uno que busca
en un lugar donde han estado los gusanos y los ocultos archivos de los viejos
tiempos se han podrido dentro de sus fundas, hasta que, por fin, recordó y dijo:
—Recuerdo que una vez he sido un mago poderoso y, entre otras cosas,
conozco los conjuros de la magia negra, pero no los empleé, considerando su
uso y la resurrección de los muertos como un acto aborrecible. Poseía además
otros conocimientos, y quizá entre los restos de aquella antigua sabiduría haya
algo que pueda servir ahora para guiarnos. Porque recuerdo una oscura y
dudosa profecía, hecha en los años primeros, en la fundación de Yethlyreom y
del imperio de Cincor. La profecía era que un destino peor que la muerte
caería sobre los emperadores y la gente de Cincor en el tiempo futuro, y que el
primero y el último de la dinastía de Nimboth, conferenciando entre ellos,
encontrarían una forma de liberarse y de suprimir la desgracia. El mal no era
nombrado en la profecía, pero se decía que los dos emperadores conocerían
la solución a su problema rompiendo una antigua imagen de arcilla que guarda
la cámara más profunda bajo el palacio imperial de Yethlyreom.
Habiendo oído esta profecía de los descoloridos labios de su antepasado,
llleiro se lo pensó un rato, y luego dijo:
—Recuerdo ahora una tarde en mi juventud cuando buscando ociosamente
por las cámaras no utilizadas de nuestro palacio, como hacen los muchachos,
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llegué a la última y encontré allí una polvorienta y extraña imagen de barro,
cuya forma y posición me parecieron extrañas. Y sin conocer la profecía, me
marché desilusionado y me volví tan perezosamente como había entrado,
buscando la luz del sol.
Entonces, apartándose sin ser advertidos de sus compañeros y llevando
ricas lámparas que habían cogido del salón, Hestaiyón e llleiro bajaron por
unas escaleras subterráneas hasta encontrarse debajo del palacio y,
recorriendo como implacables y furtivas sombras el laberinto de oscuros
corredores, llegaron al fin a la cripta inferior.
Aquí, entre el negro polvo y los montones de telarañas de un pasado
inmemorial, encontraron, como había sido decretado, la imagen de arcilla,
cuyos rudos rasgos eran los de un dios de la tierra olvidado. Illeiro rompió la
imagen con un trozo de piedra y él y Hestaiyón sacaron de su hueco interior
una gran espada de acero que no se había oxidado y una pesada llave de
bronce brillante y tabletas de cobre reluciente sobre las que estaban inscritas
las diversas cosas que había que hacer para que Cincor se librase del oscuro
reinado de los nigromantes y la gente pudiese volver de nuevo al olvido de la
muerte.
Así, con la llave de bronce, llleiro abrió, según las tabletas enseñaban a
hacer, una puerta baja y estrecha al final de la cámara, detrás de la rota
imagen, y él y Hestaiyón vieron, según estaba profetizado, los enroscados
escalones de sombría piedra que conducían a un abismo no descubierto,
donde continuaban ardiendo los escondidos fuegos de la tierra. Y dejando a
Illeiro de guardia ante la puerta abierta, Hestaiyón cogió la espada de acero
inoxidado y volvió al salón donde dormían los magos, yaciendo extendidos
sobre los lechos rosa y púrpura, con los pálidos muertos sin sangre a su
alrededor en pacientes hileras.
Sostenido por la antigua profecía y por la autoridad de las relucientes
tablas, Hestaiyón levantó la espada y cortó la cabeza de Mmatmuor y la de
Sodosma de un solo golpe. Después, según le había sido ordenado, cuarteó
los restos con poderosos golpes. Y los nigromantes rindieron sus sucias vidas
y yacieron sin un solo movimiento, añadiendo un rojo más brillante al rosa y un
tono más brillante al triste púrpura de sus lechos.
Después, la venerable momia de Hestaiyón habló a los suyos que
permanecían silenciosos e indiferentes, sin ser conscientes de su liberación,
en un suave murmullo, pero con autoridad, como un rey que da órdenes a sus
hijos. Los emperadores y emperatrices muertos se estremecieron, como hojas
de otoño ante una repentina ráfaga de viento, y un susurro pasó entre ellos y
salió del palacio, para ser comunicado al fin, de muchas formas, a todos los
muertos de Cincor.
Toda aquella noche, y durante el día, oscuro como la sangre, que siguió a
la luz de las temblorosas antorchas o del pálido sol, un interminable ejército de
esqueletos comidos por la peste, de cadáveres destrozados, pasó en un
torrente fantasmal por las calles de Yethlyreom a lo largo del salón del palacio
donde montaba guardia junto a los cuerpos de los magos. Sin detenerse, con
ojos fijos y vagos, siguieron adelante como sombras, buscando las cámaras
subterráneas debajo del palacio, atravesando la puerta abierta en la última
cámara donde Illeiro montaba guardia y descendiendo después un millón de
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peldaños hasta llegar al borde de aquel precipicio donde hervían los
interminables fuegos de la tierra. Allí, desde el borde, se lanzaron a una
segunda muerte y a la limpia destrucción de las llamas sin fondo.
Pero después de que todos hubiesen encontrado su liberación, Hestaiyón
permaneció todavía, solo en el descolorido atardecer, al lado de los
destrozados cadáveres de Mmatmuor y Sodosma. Allí, según las tablillas le
habían enseñado, probó aquellos conjuros mágicos que había conocido en su
antigua sabiduría y maldijo a los desmembrados cuerpos con aquella perpetua
vida-en-muerte que Mmatmuor y Sodosma habían intentado infligir en la gente
de Cincor. Y las maldiciones salieron de los pálidos labios, las cabezas rodaron
horriblemente con ojos vidriosos y los torsos y las extremidades se retorcieron
en los imperiales lechos entre la sangre coagulada. Después, sin mirar hacia
atrás, sabiendo que todo se había hecho como estaba dispuesto y ordenado
desde el principio, la momia de Hestaiyón abandonó a los magos a su destino
y recorrió fatigadamente el oscuro laberinto de cámaras para reunirse con
Illeiro.
Así, en un tranquilo silencio y sin decirse ni una palabra más, Illeiro y
Hestaiyón entraron por la puerta abierta en la cámara, e Illeiro la cerró con la
llave de bronce. Y de allí, por las sinuosas escaleras recorrieron el camino
hasta el borde de las profunda llamas y se unieron con su pueblo y sus
antepasado en la última y profunda nada.
Pero de Mmatmuor y Sodosma se dice que su cuerpos destrozados reptan
de un lado a otro hasta ahora en Yethlyreom, sin encontrar paz o respiro de su
destino de vida-en-la-muerte, y buscan en vano entre el negro laberinto de
cámaras interiores la puerta que fue cerrada por Illeiro.
EL AMO DE LOS CANGREJOS
Recuerdo que gruñí un poco cuando Mior Lumivix me despertó. La tarde
anterior había sido tediosa, con la desagradable vigilia habitual, durante la cual
había cabeceado más de una vez. Desde la caída del sol hasta que Escorpio
se hubo fijado, lo que en esta estación ocurría bastante después de la
medianoche, mi obligación había consistido en cuidar la gradual condensación
de un cocimiento de escarabajos, muy apreciada por Mior Lumivix para
componer sus pociones amorosas, que gozaban de gran fama. Muchas veces
me había avisado de que este licor no debía espesarse ni demasiado despacio
ni demasiado deprisa, manteniendo en el hornillo un fuego igual, y me había
maldecido más de una vez por estropearla. Por tanto, no cedí a mi
somnolencia hasta que la cocción estuvo a salvo, escurrida y pasada tres
veces por el tamiz de piel de tiburón agujereada.
Taciturno en grado sumo, el Maestro se había retirado temprano a su
cámara. Sabía que algo le preocupaba, pero estaba muy cansado para hacer
demasiadas conjeturas y no me atreví a preguntarle.
Parecía que no había hecho más que dormir durante el período de unas
cuantas pulsaciones..., y aquí estaba el Maestro, lanzándome al rostro el
amarillento ojo de su fanal y arrastrándome lejos del catre. Supe que no iba a
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dormir más aquella noche, porque el Maestro llevaba puesto su puntiagudo
gorro y su túnica estaba ceñida estrechamente a la cintura; la antigua arthame
pendía del cinturón enfundada en su vaina chagrén, ennegrecida por el tiempo
y las manos de muchos magos.
—¡Aborto engendrado por un gandul! —gritó—. ¡Cachorro de una cerda
que ha comido mandrágora! ¿Dormirás hasta el día final? Tenemos que
darnos prisa; me he enterado que Sarcand se ha procurado el mapa de Omvor
y ha salido solo hacia los muelles. Sin duda piensa embarcarse en busca del
tesoro del templo. Debemos seguirle rápidamente, porque ya hemos perdido
mucho tiempo.
Me levanté sin demorarme más y me vestí rápidamente, conociendo bien la
urgencia del asunto. Sarcand, que había llegado no hacía mucho tiempo a la
ciudad de Mirouane, ya se había convertido en el más formidable de los
competidores de mi amo. Se decía que había nacido en Naat, en medio del
sombrío océano occidental, habiendo sido engendrado
por un hechicero de aquella isla en una mujer del pueblo de caníbales
negros que habitaban las montañas centrales. Combinaba la salvaje
naturaleza de su madre con la oscura ciencia mágica de su padre, y además
había adquirido gran cantidad de conocimientos y dudosa reputación durante
sus viajes por los reinos orientales antes de establecerse en Mirouane.
El fabuloso mapa de Omvor, que databa de eras remotas, era algo que
muchas generaciones de hechiceros habían soñado con encontrar. Omvor, un
antiguo pirata todavía famoso, había realizado con éxito un acto de impío
atrevimiento. Navegando de noche por un estuario fuertemente guardado, con
su pequeña tripulación disfrazada de sacerdotes en unas barcazas robadas
pertenecientes al templo, había saqueado el santuario de la diosa Luna, en
Faraad, y se había llevado a muchas de sus vírgenes, junto con piedras
preciosas, oro, vasos sagrados, talismanes, filacterias y libros de una horrible
magia antigua. Estos libros constituían la peor pérdida de todo, puesto que ni
siquiera los sacerdotes se habían atrevido a copiarlos. Eran únicos e
irremplazables y contenían la sabiduría de los eones enterrados.
La hazaña de Omvor había dado lugar a muchas leyendas. El, su
tripulación y las vírgenes secuestradas, en dos pequeños bergantines, se
habían desvanecido para siempre en los mares occidentales. Se creía que
habían sido arrastrados por el río Negro, esa terrible corriente oceánica que
lleva con irresistible fuerza al fin del mundo, detrás de Naat. Pero antes de ese
viaje final, Omvor descargó de sus naves el tesoro robado y había hecho un
mapa donde estaba indicada la localización de su escondite. Le dio el mapa a
un viejo camarada que se había vuelto demasiado viejo para viajar.
Nadie pudo encontrar nunca el tesoro. Pero se decía que el mapa todavía
existía después de los siglos, oculto en algún lugar no menos seguro que el
botín del templo de la diosa Luna. Ultimamente se rumoreaba que algún
marinero, heredándolo de su padre, había llevado el mapa a Mirouane. Mior
Lumivix, por medio de agentes tanto humanos como sobrenaturales, había
intentado en vano descubrir al marinero, sabiendo que Sarcand y los otros
magos de la ciudad le estaban buscando también.
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Todo esto era conocido por mí, y el Maestro me contó más, mientras,
siguiendo sus órdenes, yo recogía apresuradamente las provisiones que
necesitaríamos para un viaje de varios días.
—He vigilado a Sarcand como un águila blanca su nido —dijo—. Mis
servidores me dijeron que había averiguado quién era el poseedor del mapa y
que alquiló a un ladrón para que se lo robara, pero poco más pudieron
decirme. Hasta los ojos de mi gato-demonio, mirando por sus ventanas, fueron
engañados por la oscuridad, como tinta de calamar, con la que sus poderes le
rodean cuando él quiere.
"Esta noche he hecho una cosa peligrosa, puesto que no había otra forma.
Bebiendo el jugo del dedaim púrpura, que induce un trance profundo, proyecté
mi ka en su cámara guardada por los elementos. Estos advirtieron mi
presencia, se reunieron a mi alrededor en formas de fuego y sombra y me
amenazaron de manera que no se puede explicar. Se opusieron a mí, me
expulsaron de allí..., pero yo había visto bastante.
El Maestro se detuvo, pidiéndome que me ciñera una espada mágica
consagrada, similar a la suya pero menos antigua, que nunca me había
permitido llevar anteriormente. Para entonces, yo había reunido la provisión
requerida de comida y bebida, poniéndola en una resistente red que podía
llevar con facilidad sobre las espaldas. La red se empleaba fundamentalmente
para capturar ciertos reptiles marinos, de los que Mior Lumivix extraía un
veneno poseedor de virtudes únicas.
El Maestro no reanudó su relato hasta que no hubimos cerrado todas las
puertas y nos habíamos lanzado a las oscuras calles que serpenteaban hacia
el mar.
—En el momento de mi entrada, un hombre abandonaba la cámara de
Sarcand. Le vi brevemente, antes de que el tapiz negro se separase y se
cerrase, pero lo reconoceré. Era.joven y regordete, con anchos pómulos bajo
la gordura, ojos oblicuos en un rostro femenino y la tostada piel amarillenta de
un hombre de las islas del sur. Llevaba los cortos calzones y botas por encima
del tobillo que usan los marineros; por lo demás iba desnudo.
"Sarcand estaba sentado dándome a medias la espalda, sujetando una
hoja de papiro desenrollada, tan amarillenta como el rostro del marinero, a la
luz de esa siniestra lámpara de cuatro brazos que alimenta con aceite de
cobras. La lámpara brillaba como el ojo de un vampiro. Pero yo miré por
encima de su hombro... durante el tiempo suficiente... antes de que sus
demonios consiguiesen echarme de la habitación. El papiro era,
indudablemente, el mapa de Omvor. Estaba rígido por la antiguedad y
manchado de sangre y agua del mar. Pero su título, propósito y explicaciones
eran todavía legibles, aunque grabadas con una escritura arcaica que pocos
pueden leer en nuestros días.
"Mostraba la costa occidental del continente Zothique y los mares detrás.
Una isla que yacía al oeste de Mirouane estaba indicada como el lugar del
enterramiento del tesoro. En el mapa se le denominaba la isla de los
Cangrejos, pero está claro que no es otra que la que ahora es llamada Iribos,
que aunque pocas veces es visitada, se encuentra sólo a la distancia de dos
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días de viaje. En un centenar de leguas no hay otra isla, ni al norte ni al sur. si
exceptuamos unas cuantas rocas desoladas y atolones desiertos.
Urgiéndome para que me apresurara más, Mior Lumivix continuó:
—Me desperté demasiado tarde del sueño producido por el dedaim. Un
adepto menos versado nunca hubiese despertado.
"Mis sirvientes me avisaron de que Sarcand había abandonado la casa
hacía una hora. Iba preparado para un viaje y se dirigía hacia el puerto. Pero le
venceremos. Creo que irá a Iribos sin compañía, deseoso de ocultar el tesoro
por completo. Indudablemente es fuerte y terrible. pero sus demonios
pertenecen a una especie que no puede cruzar el agua, estando
completamente ligados a la tierra. Los ha dejado detrás con la mitad de su
magia. No temas el resultado de este viaje. Los muelles estaban tranquilos y
casi desiertos, excepto unos cuantos marineros dormidos que habían
sucumbido al rancio vino y aguardiente de las tabernas. Bajo la luna
menguante, que se cunaba y afilaba en una fina cimitarra, desamarramos el
bote y nos alejamos, manejando el Maestro el timón, mientras yo me inclinaba
sobre los remos de pala ancha. De esta forma. pasamos por el enmarañado
laberinto de naves de lejanos países, de jabeques y galeras, de barcazas de
río, lanchones y faluchos que se apiñaban en aquel puerto inmemorial. El
perezoso aire, que apenas agitaba nuestra alta vela latina, estaba cargado de
aromas marinos, con el olor de los botes de pesca cargados y las especias de
los mercantes exóticos. Nadie nos saludó; sólo oíamos la llamada de los
vigilantes sobre las sombrías cubiertas, anunciando las horas en lenguas
extrañas.
Nuestro bote, aunque pequeño y abierto, estaba construido sólidamente de
maderas orientales. Con una aguda proa y una profunda quilla, dotado de altos
antepechos, había demostrado ser marinero incluso en tempestades que no
eran de esperar en aquella estación.
Al salir del puerto, un viento refrescó a nuestra espalda soplando sobre
Mirouane, desde campos, huertos y reinos desiertos. Arreció, hasta que la vela
se hinchó como el ala de un dragón. Los surcos de espuma se curvaban altos
a los lados de nuestra aguda proa, mientras seguíamos a Capricornio hacia el
oeste.
A lo lejos, sobre las aguas delante nuestro, algo parecía moverse en la
vaga claridad lunar, danzando y agitándose como un fantasma. Quizá fuese el
bote de Sarcand... o de algún otro. Sin duda el Maestro también lo vio, pero
únicamente dijo:
—Ahora puedes dormir.
Así yo, Manthar, el aprendiz, me preparé a dormir, mientras Mior Lumivix
atendía el timón, y los estrellados cuernos y cascos de la Cabra se hundían en
el mar.
Cuando desperté, el sol brillaba alto sobre la popa. El viento continuaba
soplando, fuerte y favorable, empujándonos hacia el oeste con una velocidad
que no disminuía. Habíamos perdido de vista la línea de la costa de Zothique.
En el cielo no se veía una nube, ni en el mar una vela, y se extendía ante
nosotros como un vasto pergamino de azul oscuro, adornado únicamente por
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las crestas de espuma que se formaban y desaparecían para reaparecer en
otro lugar.
El día pasó, extendiéndose más allá del horizonte que continuaba vacío, y
la noche cayó sobre nosotros como la vela color púrpura de algún dios que nos
ocultase el cielo, sembrado con los signos y los planetas. La noche también
pasó y llegó una segunda aurora.
Durante todo este tiempo, el Maestro había dirigido el bote sin dormir, con
ojos que escudriñaban implacablemente el oeste como los de un halcón
marinero; yo estaba muy maravillado ante esta resistencia. Ahora durmió un
rato, sentado muy erguido al timón. Pero sus ojos continuaban vigilando por
debajo de sus párpados y su mano todavía mantenía derecha la barra sin
aflojarse.
Después de unas cuantas horas, el Maestro abrió los ojos, pero apenas se
movió de la postura que había mantenido durante todo el tiempo.
Había hablado poco durante nuestro viaje. Yo no le pregunté, sabiendo
que, a su debido tiempo, me diría lo que fuese necesario. Pero estaba lleno de
curiosidad y no sin miedo y dudas en lo referente a Sarcand, cuyas
rumoreadas hechicerías podían aterrorizar no sólo a un simple aprendiz. No
podía adivinar ninguno de los pensamientos del Maestro, excepto que se
referían a asuntos oscuros y secretos.
Habiendo dormido por tercera vez desde nuestro embarque, me despertó la
voz del Maestro. En la penumbra de la tercera aurora, una isla se elevaba ante
nosotros, cerrando el mar durante varias leguas al norte y al sur, y
amenazadora con desgarrados y salientes acantilados. Tenía una forma
vagamente parecida a la de un monstruo que mirase al norte. Su cabeza era
un promontorio de altas cimas que sumergía en el océano un gran pico
parecido al de un buitre.
—Esto es Iribos—me dijo el Maestro—. El mar a su alrededor es fuerte, con
extrañas corrientes y peligrosas mareas. En este lado no hay ningún lugar
donde podamos desembarcar y no debemos acercarnos demasiado. Tenemos
que rodear la punta norte. Entre los acantilados occidentales hay una pequeña
cala, a la que únicamente se entra por una caverna abierta al mar. Allí está el
tesoro.
Nos dirigimos hacia el norte, lentamente y con dificultad a causa del viento
contrario, a una distancia de tres o cuatro tiros de arco de la isla. Se necesitó
de todos nuestros conocimientos de navegación para avanzar, porque el viento
arreciaba salvajemente, como si estuviera formado por el aliento de un
demonio. Sobre su ulular oíamos el clamor del oleaje sobre aquellas rocas
monstruosas que se elevaban desnudas y tétricas de la espuma.
—La isla está deshabitada—dijo Mior Lumivix—. Los marineros la evitan y
también las aves marinas. Los hombres dicen que los dioses del mar lanzaron
hace tiempo una maldición sobre ella, prohibiéndola para todos excepto para
las criaturas de las profundidades submarinas. Sus calas y cavernas son
frecuentadas por los cangrejos y los pulpos... y quizá por cosas más extrañas.
Navegábamos en un tedioso curso serpenteante, empujados hacia atrás
algunas veces y otras arrastrados peligrosamente cerca de la costa por los
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cambiantes remolinos que se nos cruzaban como demonios. El sol trepaba por
el oriente, brillando con fuerza sobre la desolación de acantilados y
escarpaduras que era Iribos. Virábamos y virábamos y me pareció sentir el
principio de una extraña intranquilidad en el Maestro. Pero si esto era así, no
daba ninguna muestra.
Cuando, al fin, rodeamos el largo pico del promontorio septentrional, era
casi mediodía. Allí, cuando viramos al sur, el viento se convirtió en una
extrañísima calma y el mar se calmó milagrosamente como si un brujo hubiese
echado aceite sobre él. Nuestra vela colgaba, lacia e inútil, sobre aguas como
espejos en las que parecía que la imagen del bote y nuestra, reflejadas,
podrían flotar por siempre entre el constante reflejo de la isla en forma de
monstruo. Comenzamos a manejar los remos, pero incluso así el bote se
arrastraba con una singular lentitud.
Miré fijamente la isla mientras la bordeábamos, observando varias
ensenadas, donde, por todas las apariencias, una nave podría haber
desembarcado fácilmente.
—Hay mucho peligro por aquí—dijo Mior Lumivix, sin explicar esta
afirmación.
Al continuar, los acantilados volvieron a ser una muralla, rota únicamente
por arrecifes y grietas. En algunos lugares estaban coronados por una
vegetación escasa y de un color fúnebre que apenas servía para suavizar su
formidable aspecto. En alto sobre las hendidas rocas, donde parecía que
ninguna corriente o tempestad naturales pudiera haberlos lanzado, observé los
esparcidos maderos y mástiles de antiguas naves.
—Rememos más cerca —apremió el Maestro—. Nos estamos acercando a
la cueva que conduce a la ensenada escondida.
Al virar hacia tierra entre la cristalina calma, hubo un repentino hervor y
agitación a nuestro alrededor, como si algún monstruo se hubiese levantado
debajo nuestro. El bote salió disparado a gran velocidad hacia los acantilados,
el mar a nuestro alrededor espumaba y formaba una corriente como si algún
kraken nos estuviese arrastrando a su cavernosa guarida. Arrastrados como
una hoja en una catarata, nos opusimos en vano con nuestros remos a la
ineluctable corriente.
Viéndose más altos por momentos, los acantilados parecieron esconder el
cielo sobre nosotros, inexpugnables, sin salientes ni lugares donde apoyar el
pie. Entonces, en la enhiesta muralla, apareció el ancho y bajo arco de la boca
de una cueva que no habíamos distinguido hasta aquel momento, y hacia allí
era arrastrado el bote con una rapidez terrorífica.
—¡Es la entrada!—gritó el Maestro—. Pero algún mago la ha inundado.
Retiramos nuestros inútiles remos y nos acurrucamos bajo los bancos al
acercarnos a la hendidura; parecía que lo bajo del arco no permitiría el paso de
mástil, que se rompió instantáneamente como una caña cuando, sin
detenernos, fuimos lanzados en una ciega y torrencial oscuridad.
Medio atontado y luchando para librarme de la vela y el mástil caídos,
percibí la frialdad del agua cayendo sobre mí y supe que el bote se llenaba de
agua y se hundía. Un momento más y el agua me entró por los oídos, los ojos
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y la nariz, pero mientras me hundía y me ahogaba percibía todavía un
movimiento hacia delante. Después advertí vagamente unos brazos que me
rodeaban en la asfixiante oscuridad, y de golpe salí, tosiendo y jadeando, a la
luz del sol .
Cuando hube librado mis pulmones del salitre y regalado mis sentidos más
completamente, vi que Mior Lumivix y yo flotábamos en una pequeña cala, en
forma de media luna, y rodeada por acantilados y pináculos de roca de color
sombrío. Cerca, en una pared cortada a pico, estaba la boca interior de la
caverna por la que nos había llevado la misteriosa corriente, unas ligeras
arrugas se extendían a su alrededor y se deshacían sobre el agua que estaba
en calma y verde como un mosaico de jade. En el lado opuesto del puerto,
justo enfrente, se veía la larga curva de una plataforma arenosa bordeada de
rocas y maderos. Un bote parecido al nuestro, con un mástil desarbolado y una
vela enrollada del color de la sangre fresca, estaba varado sobre la playa.
Cerca y sobre un banco arenoso sobresalía del agua el roto mástil de otro
bote, cuya hundida silueta distinguimos confusamente. Dos objetos que
tomamos por figuras humanas yacían mitad dentro y mitad fuera del agua, un
poco más lejos en la orilla. A aquella distancia difícilmente podíamos ver si
eran hombres vivos o cadáveres. Sus contornos estaban medio escondidos,
por lo que parecía ser una curiosa especie de tejido amarillo pardo, que se
extendía también sobre las rocas y parecía moverse y cambiar y agitarse
incesantemente .
—Aquí hay algún misterio—dijo Mior Lumivix en voz baja—. Debemos
proceder con cuidado y circunspección .
Nadamos hasta la costa en el extremo más próximo de la playa, donde se
estrechaba como la punta de un creciente lunar y se unía a la muralla.
Sacando su arthame de la vaina, el Maestro la secó con el borde de su túnica,
diciéndome a mí que hiciese lo mismo con mi propia arma para que el salitre
no la atacara. Después, escondiendo las armas mágicas bajo nuestras
vestiduras, seguimos la playa hacia el bote varado y las dos figuras tumbadas.
—Este es sin duda el sitio señalado en el mapa de Zothique, Omvor—
observó el Maestro—. El bote con la vela color de sangre pertenece a Sarcand.
Sin duda ha encontrado la caverna que está oculta en algún lugar entre las
rocas. Pero ¿quiénes son estos otros? No
creo que hayan venido con Sarcand.
Cuando nos acercamos a las figuras, la apariencia de un paño pardo
amarillento que les había cubierto se reveló en su verdadera naturaleza. Se
trataba de un gran número de cangrejos que trepaban sobre sus cuerpos
medio sumergidos e iban y volvían a un montón de rocas inmensas.
Nos acercamos y nos detuvimos cerca de los cuerpos, de los cuales los
cangrejos desgarraban velozmente trozos de carne ensangrentada. Uno de los
cuerpos yacía sobre el rostro, el otro miraba al sol con rasgos medio comidos.
Su piel, o lo que quedaba de ella, era de un amarillo oscuro. Ambos vestían
calzones cortos púrpura y botas de marinero y no llevaban encima ninguna
otra cosa.
—¿Qué cosa infernal es ésta?—preguntó el Maestro—. Estos hombres
acaban de morir... y ya se los comen los cangrejos. Estas criaturas siempre
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esperan a que la descomposición los ablande. Y mira..., ni siquiera devoran los
trozos que han cogido, sino que los llevan a otro lugar.
Esto era ciertamente verdad, porque ahora veía que una constante
procesión de cangrejos se alejaba de los cuerpos, llevando cada uno un trozo
de carne y desapareciendo detrás de las rocas, mientras otra procesión venía,
o quizá volvía, con las pinzas vacías .
—Creo—dijo Mior Lumivix—que el hombre con el rostro vuelto hacia arriba
es el marinero que vi saliendo de la habitación de Sarcand, el ladrón que robó
el mapa a su dueño para Sarcand.
Presa del horror y del asco, yo había cogido un fragmento de roca y lo iba a
lanzar para aplastar a alguno de los cangrejos con su odiosa carga al alejarse
de los cadáveres.
—No—me detuvo el Maestro—, sigámosles.
Rodeando el gran montón de rocas, vimos que la procesión entraba y salía
de la boca de una caverna que hasta entonces había permanecido oculta a la
vista.
Con las manos alrededor de las empuñaduras de nuestras arthames nos
dirigimos con cautela y prudentemente hacia la caverna y nos detuvimos a una
corta distancia de la entrada. Sin embargo, desde aquí nada era visible en su
interior, excepto las hileras de cangrejos arrastrándose.
—¡Entrad! —gritó una voz sonora que parecía prolongar y repetir la palabra
en ecos que se alejaban lentamente, como la voz de un vampiro resonando en
alguna profunda cámara sepulcral.
La voz era la del hechicero Sarcand. El Maestro me miró, con volúmenes
de aviso en sus ojos entornados, y entramos en la caverna.
El lugar tenía una alta cúpula y una extensión indeterminada. La luz
provenía de una gran hendidura en la bóveda, a través de la cual, en aquella
hora, los rayos directos del sol se filtraban cayendo con un resplandor dorado
sobre el fondo de la caverna y tiñendo de luz los grandes colmillos de las
estalactitas y estalagmitas en la oscuridad. A un lado había un estanque de
agua, alimentado por un fino hilillo que provenía de una fuente que venía de
algún lugar en la oscuridad.
Sarcand reposaba, medio sentado, medio tumbado con la espalda contra
un cofre abierto de bronce oscurecido por el tiempo y el resplandor de la
hendidura luminosa caía de lleno sobre él. Su gigantesco cuerpo, negro como
el ébano, de músculos poderosos, aunque inclinado a la corpulencia, estaba
desnudo, excepto por un collar de rubíes del tamaño del huevo de un chorlito
cada uno, que pendía de su garganta. Su sarong carmesí, curiosamente
desgarrado, dejaba al descubierto sus piernas que yacían extendidas entre el
polvo de la caverna. La pierna derecha estaba claramente rota en algún punto
por debajo de la rodilla, porque estaba toscamente vendada con trozos de
madera y bandas arrancadas del sarong.
El manto de Sarcand, de seda color lázuli, estaba extendido a su lado. Se
hallaba repleto de gemas y amuletos grabados, monedas de oro y vasos
sagrados incrustados con joyas, que brillaban y relucían entre libros de
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pergamino y papiro. Un libro, con cubiertas de metal negro, estaba abierto,
como si lo hubiesen usado recientemente, mostrando ilustraciones dibujadas
con brillantes tintas antiguas.
Al lado del libro, al alcance de los dedos de Sarcand, había un montón de
pingajos crudos y ensangrentados. Por el manto, sobre las monedas,
pergaminos y joyas, trepaban la hilera de cangrejos, que venía cada uno con
su trozo que añadía en el montón para volver después y reunirse con la hilera
de los que se iban.
Me sentí inclinado a creer las historias referentes a los progenitores de
Sarcand. Indudablemente, parecía que se parecía por completo a su madre,
porque su cabello y sus rasgos, así como su piel, eran los de los caníbales
negros de Naat, tal como yo los había visto dibujados en los relatos de
viajeros. Nos afrontaba inexcrutablemente, con los brazos cruzados sobre el
pecho. Advertí una gran esmeralda que brillaba oscuramente sobre el dedo
índice de su mano derecha.
—Sabía que me seguirías —dijo—, de la misma forma que sabía que el
ladrón y su amigo también lo harían. Todos vosotros habéis pensado en
matarme y robar el tesoro. Es cierto que he sufrido una herida: un fragmento
de roca se desprendió y cayó del techo de la caverna, rompiéndome la pierna
cuando me incliné a inspeccionar los tesoros del cofre abierto. Debo
permanecer aquí hasta que el hueso haya curado. Mientras tanto, estoy bien
armado..., y bien servido y guardado.
—Vinimos a coger el tesoro—replicó Mior Lumivix—. Había pensado
matarte, pero sólo en un combate leal, de hombre a hombre y de mago a
mago, sin nadie más que el neófito Manthar y las rocas de Iribos como
testigos.
—Ya, y tu neófito también va armado con una arthame. Sin embargo, no
importa. Me comeré tu hígado, Mior Lumivix, y me haré más fuerte con el
poder y la magia que había en ti.
Aparentemente el Maestro no prestó atención a esto.
—¿Qué locura has conjurado ahora? —preguntó rápidamente, señalando
los cangrejos que continuaban depositando sus trozos de carne sobre el
repugnante montón.
Sarcand levantó la mano en cuyo dedo índice relucía la inmensa
esmeralda, engarzada, según vimos en aquel momento, en un anillo que
estaba forjado en la forma de los tentáculos de un kraken rodeando la gema de
forma de globo.
—Entre el tesoro encontré este anillo—se enorgulleció—. Estaba guardado
en un cilindro de un metal desconocido, junto con un pergamino que me
informó de los usos del anillo y de su poderosa magia. Es el anillo-señal de
Basatan, el dios del mar. El que mire durante largo tiempo con fijeza a la
esmeralda puede contemplar escenas y sucesos distantes a voluntad. El que
lleva el anillo puede ejercer control sobre los vientos y las corrientes del mar y
sobre las criaturas del mar, describiendo en el aire ciertas señales con su
dedo.
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Mientras Sarcand hablaba, daba la impresión de que la verde piedra se
abrillantaba, se oscurecía y se hacía más profunda de una forma extraña,
como si fuese una ventana diminuta que contuviese todos los misterios
marinos y toda la inmensidad que yace detrás. Extasiado y en trance, olvidé
las circunstancias de nuestra situación, porque la joya bloqueó mi vista
ocultando los negros dedos de Sarcand con un remolino como de mareas y de
agallas y tentáculos sombríos allá abajo en la reluciente verdosidad.
—Cuidado, Manthar—me murmuró el Maestro en el oído—. Nos
enfrentamos a una magia terrible y debemos conservar el mando sobre todas
nuestras facultades. Aparta los ojos de la esmeralda.
Obedecí el susurro que había oído confusamente. La visión se agitó,
desvaneciéndose rápidamente, y la forma y los rasgos de Sarcand fueron
visibles otra vez. Sus labios se curvaban en una amplia y sardónica mueca,
enseñando sus fuertes dientes blancos, que eran puntiagudos como los de un
tiburón. Dejó caer la gigantesca mano que portaba la señal de Basatan y la
metió en el cofre a sus espaldas, sacándola llena de gemas de muchos
colores, perlas, ópalos, zafiros, diamantes, heliotropos tornasolados. La dejó
caer en sus dedos formando un río relampagueante y reanudó su perorata:
—Llegué a Iribos muchas horas antes que vosotros. Yo sabía que sólo
podía entrarse sin riesgos en la caverna con la marea baja y el mástil tumbado.
"Quizá hayáis ya deducido todo lo que os podría decir. En cualquier caso,
el conocimiento de ello morirá con vosotros muy pronto.
"Después de aprender los usos del anillo, pude contemplar los mares
alrededor de Iribos en la joya. Aquí tumbado, con mi pierna rota, vi la llegada
del ladrón y su amigo. Llamé a la corriente marina que hizo que su bote fuese
arrastrado a la inundada caverna, hundiéndose rápidamente. Hubiesen podido
nadar hasta la playa, pero, bajos mis órdenes, los cangrejos de la ensenada
los arrastraron al fondo y los ahogaron, dejando que la marea llevase después
sus cuerpos a la playa... ¡Ese maldito ladrón! Le había pagado bien el mapa
robado, que era demasiado ignorante para leer, sospechando solamente que
se refería a una cueva del tesoro...
"Más tarde os atrapé a vosotros en la misma forma, después de retrasaros
por un rato con vientos contrarios y una calma adversa. Sin embargo, os he
reservado otro destino en lugar de ahogaros.
La voz del hechicero se hundió entre profundos ecos, dejando un silencio
fraguado con un suspense insufrible. Me parecía estar en el vértice de unos
torbellinos desconocidos, en un lugar de horrible oscuridad, iluminado
únicamente por los ojos de Sarcand y el talismán de la joya del anillo.
El encanto que había caído sobre mí fue roto por los poderosos e irónicos
tonos del Maestro.
—Sarcand, hay otra brujería que no has mencionado.
La risa de Sarcand fue como el sonido de una ola al romper .
—Yo sigo la costumbre del pueblo de mi madre y los cangrejos me sirven
con lo que pido, llamados y obligados por el anillo del dios del mar.
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Diciendo esto, levantó la mano y describió un signo peculiar con el dedo
índice, sobre el que el anillo brillaba como un planeta en órbita. Por un
momento, la doble columna de cangrejos suspendió su movimiento. Después,
moviéndose como por un solo impulso, comenzaron a arrastrarse hacia
nosotros, mientras otros aparecían por la boca de la cueva y de sus recodos
internos, aumentando su número rápidamente. Se lanzaron sobre nosotros a
una velocidad increíble, asaltando nuestros tobillos y canillas con sus pinzas,
tan agudas como cuchillos, como si estuviesen animados por demonios. Me
incliné, golpeándoles con mi arthame, pero los pocos que aplasté de esta
forma fueron reemplazados por decenas, mientras otros, alcanzando el borde
de mi manto, comenzaron a trepar por detrás y a abrumarme con su peso.
Ante este asedio, perdí pie sobre el resbaladizo suelo y caí de espaldas entre
la bulliciosa multitud.
Allí tumbado, mientras los cangrejos se lanzaban sobre mí como una ola
crujiente, vi al Maestro desgarrar su pesado manto y tirarlo a un lado. Después,
mientras el ejército convocado por el hechizo le asediaba, trepando unos sobre
las espaldas de los otros y cubriendo sus rodillas y muslos, lanzó su arthame
con un extraño movimiento circular contra el brazo, que Sarcand tenía en alto.
La hoja voló directamente, dando vueltas como un disco de luz, y la mano del
hechicero negro fue limpiamente cortada por la muñeca y el anillo
relampagueó sobre su dedo índice como una estrella al caer al suelo.
La sangre saltó de la muñeca sin mano como de una fuente, mientras
Sarcand, lleno de estupor y sentado, mantenía por un breve instante el gesto
de su conjuro. Después el brazo cayó a un lado y la sangre corrió sobre el
manto, extendiéndose velozmente sobre las piedras preciosas, las monedas y
los libros, manchando el montón de trozos de carne
depositados por los cangrejos. Como si el movimiento del brazo hubiese
sido otra señal, los cangrejos se apartaron de mí y del Maestro y se lanzaron
como una marea larga e innumerable contra Sarcand. Cubrieron sus piernas,
treparon por su enorme torso, se peleaban por un lugar sobre sus hombros. El
los apartaba con la otra mano, rugiendo terribles maldiciones e imprecaciones
que rodaban por la caverna en infinitos ecos. Pero los cangrejos le asaltaban
como si estuviesen empujados por un frenesí demoniaco y la sangre salía más
y más copiosamente de las pequeñas heridas que habían hecho, coloreando
sus pinzas y marcando sus caparazones con crecientes riachuelos carmesí.
Pareció que pasaron largas horas mientras el Maestro y yo permanecimos
mirando. Al fin, la cosa yacente que había sido Sarcand cesó de moverse y
agitarse bajo el sudario viviente que lo había engullido. Unicamente la pierna
vendada y la mano cortada con el anillo de Basaran permaneció intocado por
los horribles y ocupados cangrejos.
—¡Vaya! —exclamó el Maestro—. Cuando vino aquí dejó sus demonios
detrás, pero encontró otros... Ya es hora de que salgamos a dar un paseo por
el sol. Manthar, mi buen y bobalicón aprendiz, me gustaría que hicieses un
fuego de leña en la playa. No seas tacaño al recoger el combustible, para
hacer un lecho de brasas profundo, caliente y tan rojo como el corazón del
infierno donde asarnos una docena de cangrejos. Pero ten cuidado en escoger
los que hayan venido recientemente del mar.
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LA MUERTE DE ILALOTHA
"¡Negro señor del miedo y del terror, dueño de toda. confusión!
Por ti, dijo tu profeta, el nuevo poder es dado a los magos después de la
muerte,
y las brujas, pudriéndose, exhalan un aliento prohibido,
y tejen encantos salvajes e ilusiones tales,
como nadie, excepto las lamias, pueden utilizar.
Y por tu gracia los cuerpos corrompidos pierden
su horror y se encienden amores nefandos
en cámaras fétidas, largo tiempo oscurecidas.
Y los vampiros te dedican sus sacrificios
vomitando sangre, como si enormes urnas hubieran
su brillante tesoro bermellón derramado
sobre nuevos y antiguos sepulcros."
Letanía a Thasaidón de Ludar.
Según la costumbre en el antiguo Tasuun, las exequias de Ilalotha, dama
de honor de la reina viuda Xantlicha, habían sido ocasión de abundante
jolgorio y prolongada fiesta. Durante tres días había yacido vestida con atavíos
de gala en medio del gran salón de banquetes del palacio real de Miraab, en
un ataúd formado por sedas orientales de diversos colores y bajo un dosel de
tonos rosados que bien podría haber coronado algún lecho nupcial. A su
alrededor, desde la penumbra del amanecer hasta el ocaso, desde el
frío atardecer hasta la tórrida y resplandeciente aurora, la febril marea de
las orgías fúnebres había crecido y aumentado sin descanso. Nobles, oficiales
de la corte, guardianes, escuderos, astrólogos, eunucos y todas las damas
nobles, camareras y esclavas de Xantlicha habían tomado parte de aquel
pródigo libertinaje que se pensaba era lo que honraba más apropiadamente a
la difunta. Se cantaron locas canciones y dísticos obscenos y las bailarinas
giraron con un frenesí vertiginoso al lascivo sollozo de flautas incansables.
Vinos y licores eran derramados torrencialmente de monstruosas ánforas, las
mesas humeaban con las gigantescas bolas de carnes picantes,
constantemente repuestas. Los bebedores ofrecieron libaciones a Ilalotha
hasta que las telas de su ataúd estuvieron manchadas de tonos oscuros por
los líquidos derramados. Por todas partes a su alrededor, yacían aquellos que
se habían rendido a la licencia del amor o a la fuerza de sus intoxicaciones, en
actitudes desordenadas o del mayor abandono. Con los ojos medio cerrados y
los labios ligeramente separados, en la rosada sombra que arrojaba el
catafalco la muchacha no tenía aspecto de estar muerta, sino que parecía una
emperatriz dormida que gobernaba imparcialmente sobre los vivos y los
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muertos. Esta apariencia, junto con un extraño aumento de su natural
belleza, fue algo que muchos observaron y algunos dijeron que parecía
esperar el beso de un amante, más que los besos del gusano.
La tercera noche, cuando las lámparas broncíneas de muchos brazos
estaban encendidas y los rituales se acercaban a su fin, volvió a la corte el
señor de Thulos, amante oficial de la reina Xantlicha, que había partido una
semana antes a visitar su dominio en la frontera occidental y no conocía la
muerte de Ilalotha. Sin saber nada, entró en el salón en el momento en que la
orgía comenzaba a flaquear y los asistentes, por el suelo, comenzaban a
sobrepasar en número a aquellos que todavía se movían, bebían y hacían
fiesta.
Observó con poca sorpresa el desordenado salón, puesto que escenas
semejantes le eran familiares desde los tiempos de su infancia. Después,
acercándose al ataúd, reconoció a su ocupante con no poco asombro. Entre
las numerosas damas de Miraab que habían atraído sus libertinos afectos,
Ilalotha le había retenido durante más tiempo que la mayoría y se decía que
había llorado más apasionadamente su abandono que ninguna otra. Hacía un
mes que había sido sucedida por Xantlicha, que había mostrado favor a Thulos
en forma nada ambigua, y éste, quizá, la había abandonado con cierto pesar,
porque el puesto de amante de la reina, aunque lleno de ventajas y no del todo
desagradable, era algo precario. Se creía generalmente que Xantlicha se había
desembarazado del fallecido rey Archain por medio de una dosis de veneno
descubierta en una tumba que debía su peculiar sutileza y violencia a la
ciencia de antiguos hechiceros. Después de esto había tomado muchos
amantes, y aquellos que no llegaban a complacerla habían tenido
invariablemente un final no menos violento que el de Archain. Era exigente y
exorbitante, exigiendo una fidelidad estricta que a Thulos le resultaba algo
irritante; éste, alegando asuntos urgentes en sus remotos dominios, se había
alegrado bastante de estar una semana alejado de la corte.
Ahora, de pie al lado de la mujer muerta, Thulos olvidó a la reina y
rememoró ciertas noches veraniegas, engalanadas por la fragancia del jazmín
y la belleza de Ilalotha, tan blanca como aquella flor. Todavía le resultaba más
difícil que a los demás
'j tomarla por muerta. porque su aspecto actual no se diferenciaba en nada
del que había asumido a menudo durante su antigua relación. Para complacer
sus caprichos, ella había fingido algunas veces la inercia y tranquilidad de la
muerte, y en tales momentos la había amado con un ardor no atenuado por la
vehemencia felina con la que, otras veces, ella estaba dispuesta a devolver o
invitar sus caricias.
Momento a momento, como si fuese la obra de alguna poderosa magia,
cayó sobre él una curiosa alucinación y le pareció que de nuevo era el amante
de aquellas noches perdidas y que había entrado en aquel pabellón de los
jardines del palacio donde Ilalotha le esperaba sobre un lecho sembrado de
pétalos, yaciendo con el pecho inmóvil, como sus manos y su rostro. Ya no vio
más el abarrotado salón; las luces llameantes, los rostros, enrojecidos por el
vino, se habían convertido en parterre de flores perezosamente inclinadas,
iluminados por la luna, y las voces de los cortesanos no eran más que el débil
suspiro del viento entre los cipreses y el jazmín. Los tibios y afrodisiacos
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perfumes de la noche de junio le rodearon, y otra vez, como antes, le pareció
que salían de la persona de Ilalothano menos que de las mismas flores. Presa
de un intenso deseo, se inclinó y sintió cómo su frío brazo se estremecía
involuntariamente bajo su beso.
Entonces, con la estupefacción de un sonámbulo despertado rudamente,
oyó una voz que silbaba en su oído con un dulce veneno.
—¿Te has olvidado de ti mismo, mi señor Thulos? En realidad, poco me
maravilla, porque muchos de mis cortesanos la consideran más hermosa
muerta que viva.
Y apartándose de Ilalotha, mientras el extraño encanto desaparecía de sus
sentidos, encontró a Xantlicha a su lado. Sus trajes estaban en desorden, su
cabello caído y desgreñado y se tambaleaba ligeramente, agarrándose a su
hombro con dedos de puntiagudas uñas. Sus labios llenos, rojos como las
amapolas, se curvaban con la furia de una arpía, y en sus ojos amarillos de
largas pestañas brillaban los celos de un gato enamorado.
Thulos, sobrecogido por una extraña confusión, sólo recordaba
parcialmente el encanto al que había sucumbido y no estaba seguro de haber
besado realmente a Ilalotha y de haber sentido su carne temblar bajo su boca.
En verdad, pensó, esto no puede haber sucedido, había sido presa de un
sueño estando despierto. Pero le preocupaban las palabras de Xantlicha y su
ira y las furtivas risas de los borrachos y los murmullos obscenos que oyó entre
la gente que estaba en el salón.
—Ten cuidado, Thulos—murmuró la reina, mientras su extraña ira parecía
desaparecer—. Se dice que era una bruja.
—¿Cómo murió?—preguntó Thulos.
—Se rumorea que fue la fiebre del amor quien la mató.
—Entonces seguramente no era una bruja —dijo Thulos con una ligereza
que estaba lejos de sus pensamientos y de sus sentimientos—, porque una
verdadera magia hubiese encontrado la solución.
—Fue de amor por ti—dijo Xantlicha oscuramente—; y, como todas las
mujeres sabemos, tu corazón es más negro y más duro que el diamante negro.
Ninguna magia, por poderosa que sea, puede prevalecer ahí.
Mientras hablaba, su humor pareció ablandarse repentinamente, y
continuó:
—Tu ausencia ha sido muy larga, mi señor. Ven a verme a medianoche, te
esperaré en el pabellón del sur.
Después, mirándole de forma bochornosa por un instante bajo los
entornados párpados, y pellizcando su brazo de forma que sus uñas
atravesaron tela y piel como las uñas de un gato, dejó a Thulos para dirigirse a
saludar a ciertos eunucos del harén.
Thulos, cuando la atención de la reina le dejó, se aventuró a mirar de nuevo
a llalotha, sopesando, mientras tanto, las curiosas observaciones de Xantlicha.
Sabía que Ilalotha, como muchas de las damas de la corte, había sido
aficionada a hechizos y filtros, pero su brujería nunca le interesó, puesto que
no sentía interés en otros encantos o hechizos que aquellos con los que la
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naturaleza ha dotado el cuerpo de la mujer. Y le era completamente imposible
creer que Ilalotha había muerto de una fatal pasión, puesto que, en su
experiencia, las pasiones no eran nunca fatales.
Mientras la contemplaba con emociones confusas, fue asaltado de nuevo
por la sensación de que no estaba muerta en absoluto. No se repitió aquella
extraña y medio recordada alucinación sobre otro tiempo y otro lugar, pero le
pareció que ella se había movido de su primitiva posición sobre el catafalco
manchado por el vino, volviendo su rostro ligeramente hacia él, como una
mujer se vuelve hacia un amante esperado, y que el brazo que había besado
—fuese en sueños o en realidad—se había separado un poco de su costado.
Thulos se inclinó más cerca, fascinado por el misterio y empujado por una
atracción más extraña que no podría haber.nombrado. Seguramente, otra vez
se había equivocado. Pero mientras sus dudas aumentaban, le pareció que el
pecho de Ilalotha se estremecía con una débil respiración, y oyó un susurro
casi inaudible, pero sobrecogedor: "Ven a verme a medianoche. Te esperaré...
en la tumba".
En aquel instante aparecieron al lado del catafalco varias personas vestidas
con el sobrio y raído atavío de los sepultureros, que habían entrado
silenciosamente en el salón, sin ser advertidos por Thulos o por los demás de
la compañía. Entre ellos transportaban un sarcófago de finas paredes y de
bronce, soldado y bruñido recientemente. Su oficio era retirar a la mujer muerta
y llevarla a las cámaras sepulcrales de su familia, que estaban situadas en la
antigua necrópolis, al norte de los jardines del palacio.
Thulos hubiese querido gritar para impedirles su propósito, pero su lengua
no salió de su boca ni pudo mover ninguno de sus miembros. Sin saber si
estaba dormido o despierto, vio cómo la gente del cementerio colocaba a
Ilalotha en el sarcófago y se la llevaba del salón con rapidez, sin que nadie les
siguiera, pues los soñolientos juerguistas ni siquiera les habían advertido. Sólo
cuando el sombrío cortejo hubo partido fue él capaz de moverse de su
posición, junto al catafalco vacío. Sus pensamientos eran perezosos y llenos
de oscuridad e indecisión. Presa de una inmensa fatiga, que no era extraña
después de viajar durante todo el día, se retiró a sus aposentos y cayó
instantáneamente en un sopor tan profundo como la muerte.
Liberándose gradualmente de las ramas de los cipreses, que parecían los
largos y extendidos dedos de una bruja, una luna descolorida y malformada
brillaba horizontalmente sobre la ventana del este cuando Thulos se despertó.
Por esta señal, supo que era cerca de la medianoche y recordó la cita que
tenía con la reina Xantlicha; una cita que sería difícil de romper sin incurrir en
el mortal enojo de la reina. También, y con singular claridad, recordó la otra
cita... a la misma hora, pero en un lugar diferente. Aquellos incidentes y las
impresiones del funeral de Ilalotha que, en su momento, le habían parecido tan
dudosos y propios de un sueño, volvieron a él con una profunda sensación de
realidad, como si estuviesen grabados en su mente por alguna poderosa
química del sueño... o por la fuerza de algún encanto hechicero. Le pareció
que, indudablemente, Ilalotha se había agitado en su ataúd y le había hablado,
que los sepultureros se la habían llevado a la tumba con vida. Quizá su
supuesto óbito había sido solamente una especie de catalepsia, o quizá ella
habría fingido deliberadamente su muerte en un último esfuerzo para reavivar
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su pasión. Estos pensamientos despertaron en su interior una avasalladora
fiebre de curiosidad y deseo, y vio ante él su belleza pálida, inerte y lujuriosa,
al igual que si se la presentase un encantamiento.
Terriblemente preocupado, bajó las oscuras escaleras y atravesó los
corredores hasta llegar al laberinto de los jardines, iluminado por la luz de la
luna. Maldijo la inoportuna exigencia de Xantlicha. Se dijo a sí mimo que, sin
embargo, era más que probable que la reina, bebiendo continuamente los
licores de Tasuun, hubiese alcanzado hacía largo tiempo una condición en la
que ni acudiría ni recordaría la cita.
Este pensamiento le dio seguridad; pronto llegó a ser una realidad en su
mente, que estaba arrobada de una forma extraña, y en lugar de apresurarse
hacia el pabellón sur deambuló vagamente entre el pálido y sombrío follaje.
Cada vez le parecía más improbable que nadie, excepto él mismo,
estuviese fuera, porque las largas y poco iluminadas alas del palacio se
extendían en un vacío sopor y en los jardines sólo había sombras muertas y
estanques de tranquila fragancia donde los vientos iban a ahogarse. Y por
encima de todo, como una pálida y monstruosa amapola, la luna destilaba una
somnolencia blanca como la muerte.
Thulos, sin acordarse ya de su cita con Xantlicha, cedió sin más a la
urgencia que le impulsaba hacia otra meta. En verdad, era sólo obligado que
visitase las tumbas y se enterase de si se había equivocado o no en su
creencia con respecto a Ilalotha. Quizá, si él no acudía, ella se ahogaría en el
sarcófago cerrado y su fingida muerte se convertiría rápidamente en realidad.
De nuevo, como si pronunciadas delante de él y la luz de la luna, oyó las
palabras que ella había susurrado, o parecido pronunciar, desde el ataúd: "Ven
a verme a medianoche. Te esperaré en la tumba".
Con los rápidos pasos y pulsaciones de alguien que se dirige hacia el tibio
lecho, dulce como los pétalos, de una amante dorada, salió del recinto del
palacio por un portillo septentrional que no tenía vigilancia y cruzó el prado,
lleno de arbustos, entre los jardines reales y el antiguo cementerio. Sin sentir ni
el frío ni el desmayo, entró en aquellos portales de la muerte, siempre abiertos,
donde monstruos de cabeza de vampiro en mármol negro, que miraban con
ojos horriblemente hundidos, mantenían sus posturas sepulcrales delante de
los ruinosos pilones.
La misma tranquilidad de las tumbas, de baja altura, el rigor y palidez de los
fustes, las espesas sombras de la plantación de cipreses, la inviolabilidad de la
muerte que reviste todas las cosas, sirvió para acrecentar la singular excitación
que había incendiado la sangre de Thulos. Era como si hubiera bebido un filtro,
condimentado con polvo de momia. Todo a su alrededor, el mortuario silencio
le parecía arder y temblar con mil recuerdos de Ilalotha, junto con aquellas
expectaciones a las que todavía no había dado imagen formal...
Una vez, con Ilalotha, había visitado la tumba subterránea de sus
antepasados, y recordando claramente su situación llegó sin perderse a la
entrada, formada por un bajo arco que el cedro ennegrecía. Espesas ortigas y
fétidas fumitorias que crecían abundantemente alrededor de la poco
frecuentada entrada estaban aplastadas por las pisadas de los que habían
entrado allí antes de Thulos, y la herrumbrosa puerta de hierro se abrió
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pesadamente hacia dentro sobre sus sueltos goznes. A sus pies yacía una
antorcha extinguida, abandonada, sin duda, por los sepultureros al partir.
Viéndola comprendió que no había llevado con él ni una vela ni un fanal para la
exploración de las tumbas, y consideró aquella providencial antorcha como un
buen augurio.
Llevando la antorcha encendida, comenzó su investigación. No prestó
atención a los amontonados y polvorientos sarcófagos de las primeras filas del
subterráneo, porque durante su última visita Ilalotha le había enseñado un
nicho en el extremo más interno donde ella también, a su debido tiempo,
hallaría sepultura entre los miembros de aquel decadente linaje. Extraña,
insidiosamente, como el aliento de algún jardín venenoso, el lánguido y
exuberante olor del jazmín vino a su encuentro por el enmohecido aire, entre la
entronada presencia de los muertos, y le condujo hasta el sarcófago, que
estaba abierto y rodeado por otros herméticamente cerrados. Allí contempló a
Ilalotha, yaciendo con el alegre atavío de su funeral, los ojos medio cerrados y
los labios semiabiertos y mostrando la misma extraña y radiante belleza, la
misma voluptuosa palidez y tranquilidad que había seducido a Thulos con su
encanto mortal.
—Sabía que vendrías, oh Thulos —murmuró, estremeciéndose un poco,
como involuntariamente bajo el creciente ardor de sus besos, que
descendieron rápidamente del cuello al pecho...
La antorcha, que había caído de la mano de Thulos, se apagó entre el
espeso polvo...
Xantlicha, retirándose pronto a su aposento, había dormido mal. Quizá
había bebido demasiado, o demasiado poco, del oscuro y ardiente vino, o
quizá su sangre estuviese enfebrecida por el regreso de Thulos, y su celos, a
causa del ardiente beso que él había depositado sobre el brazo de Ilalotha
durante las exequias, todavía le turbaban. Se sentía presa de una gran
inquietud y se levantó mucho antes de la hora de su encuentro con Thulos,
apoyándose en la ventana de la cámara, buscando la frescura que sólo el aire
de la noche podía proporcionarle.
Sin embargo, el aire parecía caliente por el incendio de unos hornos
ocultos; su corazón parecía aumentar de tamaño dentro de su pecho y
ahogarle y su intranquilidad y agitación eran aumentadas, más que
disminuidas, por el espectáculo de los jardines arrullados por la luna. Habría
corrido al encuentro del pabellón, pero a pesar de su agitación le pareció mejor
hacer que Thulos esperase un poco. De esta forma, apoyada en el antepecho
de la ventana, pudo verle cuando éste atravesaba los parterres y arbustos. El
apresuramiento y urgencia de sus pasos la sobresaltaron como algo poco
normal y se maravilló ante su dirección, que únicamente podía llevarla a
lugares muy apartados de la cita que ella había fijado. Desapareció de su vista
por la avenida bordeada de cipreses, que llevaba a la puerta norte del jardín, y
su asombro se mezcló pronto con alarma y rabia al ver que no regresaba.
Para Xantlicha era incomprensible que Thulos, o cualquier hombre en su
sano juicio, se hubiese atrevido a olvidar la cita, y buscando una explicación,
supuso que se trataba probablemente de la obra de alguna poderosa y
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siniestra hechicería. Tampoco fue difícil para ella identificar a la hechicera, a la
luz de ciertos incidentes que había presenciado y de mucho más que había
sido rumoreado. La reina sabía que Ilalotha había amado a Thulos hasta el
frenesí y que lamentó inconsolablemente su deserción. La gente decía que
había realizado, sin éxito, varios conjuros para hacerle volver a ella y que, en
vano, había invocado y sacrificado a los demonios y fabricado inútiles hechizos
y conjuros de muerte contra Xantlicha. Había muerto, finalmente, de pura
melancolía y desesperación, o quizá se hubiese matado a sí misma con algún
desconocido veneno. Pero según la creencia más extendida en Tasuun,
cuando una bruja moría de esta forma, con deseos insatisfechos y ambiciones
frustradas, podía convertirse en una lamia o en un vampiro y conseguir de esta
manera la consumación de todas sus hechicerías...
La reina tembló al recordar tales cosas y al recordar también la horrible y
maligna transformación que se ecía acompañaba la consecución de fines
semejantes, ya que los que utilizaban de esta manera el poder del infierno
debían tomar el verdadero carácter y el aspecto real de los seres infernales.
Comprendió demasiado bien el destino de Thulos y el peligro al que iba a
exponerse si sus sospechas resultasen ciertas. Y sabiendo que podía
enfrentarse a un peligro igual, Xantlicha decidió seguirle.
No hizo muchos preparativos, porque no había tiempo que perder, pero
sacó bajo los sedosos cojines de su lecho una daga pequeña y de recta hoja
que guardaba siempre al alcance de la mano. La daga había sido untada con
un veneno que se suponía eficaz contra los vivos y contra los muertos desde la
punta hasta la empuñadura. Apretándola en su mano derecha y llevando, en la
otra, un fanal que podría necesitar más tarde, Xantlicha salió velozmente del
palacio.
Los últimos vapores del vino de la tarde se borraron por completo de su
cerebro y surgieron terrores vagos y fantasmales, avisándole como si fuesen
las voces de los espíritus ancestrales. Pero firme en su determinación, siguió el
sendero tomado por Thulos, el sendero que tomaron antes aquellos
enterradores que habían conducido a Ilalotha a su lugar de sepultura.
Revoloteando de árbol en árbol, la luna le acompañaba como un rostro
agujereado por los gusanos. El suave y rápido sonido de sus coturnos
rompiendo el blanco silencio parecía desgarrar la delgada telaraña que la
separaba de un mundo de abominaciones espectrales. Y recordó más y más
cosas sobre las leyendas que se referían a seres semejantes a Ilalotha y su
corazón se encogió porque sabía que no encontraría una mujer mortal, sino
una cosa resucitada y animada por el séptimo infierno. Pero entre el pavor de
estos horrores, el pensamiento de Thulos en brazos de la lamia era como una
marca al rojo que quemase su pecho.
La necrópolis se abría ahora ante Xantlicha y el sendero se adentraba por
la cavernosa penumbra de los árboles funerales de altas copas, como pasando
entre bocas sombrías y monstruosas que tuviesen por colmillos los blancos
monumentos. El aire se volvió pesado y horrible, como si estuviese
contaminado por el aliento de las criptas abiertas. Aquí la reina fue más
despacio, porque parecía que unos demonios negros e invisibles la rodeaban
surgiendo del suelo de la tumba, sobresaliendo más altos que fustes y troncos,
listos a atacarla si iba más lejos. Sin embargo, pronto llegó a la oscura entrada
que buscaba. Trémulamente, encendió el cabo de la linterna y, desgarrando la
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espesa oscuridad subterránea que se extendía ante ella con su rayo de luz,
entró con terror y repugnancia mal dominados en aquella horrible morada de la
muerte... y quizá de algo que había vuelto de ella.
Sin embargo, mientras recorría las primeras revueltas de la catacumba
pareció que no iba a encontrar nada más aborrecible que recipientes de
carroña y polvo amontonado por los siglos, nada más formidable que la
profusión de sarcófagos que bordeaban las repisas de piedra profundamente
excavadas, sarcófagos que habían permanecido en su lugar y sin ser
molestados desde el tiempo de su colocación. Seguramente el sueño de todos
los muertos y la nulidad de la muerte eran inviolables aquí.
La reina casi dudaba de que Thulos la hubiese precedido por allí hasta que,
volviendo la luz hacia el suelo, distinguió las huellas de sus escarpines,
esbeltos y de largas puntas, sobre el espeso polvo entre las huellas dejadas
por los sepultureros toscamente calzados. Y vio que las huellas de Thulos
señalaban únicamente en una dirección, mientras las de los otros iban y
volvían claramente.
Entonces, a una distancia indefinida entre las sombras, Xantlicha oyó un
sonido en el que se mezclaba el débil gemido de una mujer presa del amor con
un rechinar como el de los chacales sobre la carne. La sangre se heló en su
corazón mientras avanzaba paso a paso lentamente, asiendo la daga con una
mano, que escondía a sus espaldas, y sosteniendo con la otra la luz por
delante. El sonido se hizo más alto y más claro y le llegó un perfume
semejante al de las flores en una tibia noche de junio: pero mientras
continuaba avanzando, el perfume se mezclaba cada vez más con una
pestilencia sofocante, como no había conocido nunca, con un toque de olor a
sangre fresca.
Unos cuantos pasos más y Xantlicha se detuvo como si la hubiese detenido
el brazo de un demonio, porque la luz de su farol había encontrado el rostro y
la parte superior del cuerpo de Thulos saliendo por el extremo de un sarcófago,
nuevo y recién bruñido, que ocupaba un pequeño espacio entre otros, verdes
por el orín. Una de las manos de Thulos se agarraba rígidamente al borde del
sarcófago, mientras la otra mano, moviéndose débilmente, parecía acariciar
una vaga forma que se inclinaba sobre él con brazos de la blancura del jazmín,
a la estrecha luz del fanal, y negros dedos que se hundían en su pecho. Su
cabeza y su cuerpo parecían un caparazón vacío y su mano colgaba sobre el
borde de bronce, tan delgada como la de un esqueleto. Todo su aspecto era
exangüe, como si hubiese perdido más sangre de la que era evidente en su
garganta y rostro destrozados y en su empapado atuendo y chorreante cabello.
La cosa que se inclinaba sobre Thulos emitía incesantemente aquel sonido
que era medio gemido y medio gruñido. Y mientras Xantlicha quedaba
petrificada por el miedo y el horror, pareció escuchar un indistinto murmullo,
proveniente de los labios de Thulos, que era más de éxtasis que de dolor. El
murmullo cesó y la cabeza colgó más flojamente que antes, de forma que la
reina le tomó por, finalmente, muerto. Ante esto, reunió tal airado coraje que se
sintió capaz de dar un paso más y elevar la luz, porque, incluso en su extremo
pánico, se le ocurrió que, por medio de la daga envenenada mágicamente,
quizá pudiera todavía acabar con la cosa que había asesinado a Thulos.
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Zigzagueando, la luz subió y subió, descubriendo, pulgada a pulgada, la
infamia que Thulos había acariciado en la oscuridad... Subió hasta las barbillas
cubiertas de sangre y el colmilludo y entrecruzado orificio que era mitad boca y
mitad pico..., hasta que Xantlicha supo por qué el cuerpo de Thulos era un
simple caparazón encogido... en lo que la reina vio no quedaba de Ilalotha
nada más que los blancos y voluptuosos brazos y la vaga silueta de unos
pechos humanos que por momentos se disolvían y se convertían en pechos
que no lo eran, como arcilla moldeada por un escultor demoniaco. Los brazos
también comenzaron a cambiar y a oscurecerse, y mientras lo hacían, la
moribunda mano de Thulos se agitó de nuevo y se dirigió torpemente, en un
movimiento acariciante, hacia el horror. Y la cosa no pareció prestarle
atención, sino que retiró los dedos de su pecho y tendió por encima suya unas
extremidades que se extendían enormemente, como para clavárselos a la
reina o acariciarla con sus engarfiadas garras.
Fue entonces cuando Xantlicha dejó caer el fanal y la daga y salió
corriendo de la tumba, poseída por las sacudidas y las agudas e interminables
risas de una locura incurable.
EL TEJEDOR DE LA TUMBA
Las instrucciones de Famorgh, cincuenta y nueve rey de Tasuun, estaban
detalladas detenidamente y, además, no podían ser desobedecidas sin incurrir
en penas que convertirían la muerte en una cosa agradable. Yanur, Grotara y
Thirlain Ludoch, tres de los más valientes servidores del rey, saliendo por la
mañana del palacio de Miraab, discutían con ligero parecido a la jocosidad si,
en su caso, la obediencia o la desobediencia serían el mal más terrible.
El encargo que acababan de recibir de Famorgh era tan extraño como
desagradable. Tenían que visitar Chaon Gacca, sede de los reyes de Tasuun
en tiempos inmemoriales, que se encontraba a más de noventa millas al norte
de Miraab y, descendiendo a las cámaras sepulcrales bajo el ruinoso palacio,
tenían que encontrar y llevar a Miraab lo que quedase de la momia del rey
Tnepreez, fundador de la dinastía a la que pertenecía Famorgh. Nadie había
entrado en Chaon Gacca durante siglos y la conservación de los muertos en
sus catacumbas no era segura, pero aunque solamente quedase el cráneo de
Tnepreez, el hueso de su dedo meñique, o el polvo de la momia si ésta se
había desintegrado, los guerreros tenían que recogerlo cuidadosamente,
guardándolo como una reliquia sagrada.
—Esta es una misión para hienas más que de guerreros —gruñó Yanur
entre su barba negra en forma de azada—. Por el dios Yululún, guardián de las
tumbas, que me parece mala cosa molestar a los pacíficos muertos. Y,
verdaderamente, no es bueno que los hombres entren en Chaon Gacca, donde
la muerte ha erigido su capital y ha reunido a todos los espíritus para que le
rindan homenaje.
—El rey debiera haber enviado a sus embalsamadores—opinó Grotara.
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Era el más joven y más grande de los tres, llevándoles una cabeza
completa a Yanur o a Thirlain Ludoch y, como ellos, era un veterano de
guerras salvajes y peligros desesperados.
—Sí, dije que era una misión para hienas—insistió Yanur—. Pero el rey
sabía muy bien que ningún mortal en todo Miraab, excepto nosotros, se
atrevería a entrar en las malditas tumbas de Chaon Gacca. Hace dos siglos el
rey Mandis, que deseaba recuperar el espejo de oro de la reina Avaina para su
concubina favorita, envió a dos valientes para que descendiesen a las tumbas,
donde la momia de Avaina se sienta majestuosa, en una tumba aparte,
sosteniendo el espejo en su mano reseca... Y los guerreros fueron a Chaon
Gacca..., pero no volvieron. Y el rey Mandis, puesto sobre aviso por un adivino,
no intentó por segunda vez conseguir el espejo, sino que satisfizo a su amante
con otro regalo.
—Yanur, tus cuentos deleitarían a los que están esperando el hacha del
verdugo—dijo Thirlain Ludoch, el mayor del trío, cuya castaña barba había
adquirido el color del cáñamo debido a los soles del desierto—. Pero a mí no
me gustan. Es conocimiento vulgar que las catacumbas están habitadas por
cosas peores que los cadáveres o los fantasmas. Hace largo tiempo, unos
extraños demonios vinieron del loco y nefando desierto de Dloth, y he oído
contar que los reyes abandonaron Chaon Gacca a causa de ciertas sombras
que aparecían a mediodía en los salones del palacio, sin ninguna forma visible
que las proyectase, y no se marchaban de allí, sin cambiar a pesar de los
cambios de iluminación y totalmente inmunes a los exorcismos de los
sacerdotes y de los hechiceros. Los hombres dicen que la carne de todo el que
se atreviera a tocar esas sombras, o pisar sobre ellas, se volvía negra y pútrida
como la carne de los cadáveres de meses, todo en un solo segundo. A causa
de tales cosas, cuando una de las sombras llegó y se colocó sobre su trono, la
mano derecha del rey Agmeni se pudrió hasta la muñeca y cayó al suelo como
el desecho de un leproso... Después de eso nadie quiso vivir en Chaon Gacca.
—En verdad, yo he oído otras historias —dijo Yanur—. El abandono de la
ciudad fue debido principalmente al fallo de los pozos y las cisternas, de las
que el agua había desaparecido después de un terremoto que dejó el país
sembrado de grietas tan profundas como el infierno. El palacio de los reyes fue
hendido por una de estas grietas y el rey Agmeni fue presa de una violenta
locura cuando inhaló los vapores infernales que salían de la hendidura. Nunca
volvió a estar completamente sano, en su vida posterior, después del
abandono de Chaon Gacca y la construcción de Miraab.
—Esa es una historia que puede ser creída—dijo Grotara—. Y
seguramente hay que pensar que Famorgh ha heredado la locura de su
antepasado Agmeni. Mi pensamiento es que la casa real de Tasuum se pudre
y se desliza a la ruina. Las prostitutas y los hechiceros hormiguean en el
palacio de Famorg como los gusanos en la carroña, y ahora, en esta princesa
Lunalia de Xylac, a quien ha tomado por esposa, ha encontrado una prostituta
y una bruja juntas. Nos ha enviado en esta misión por deseo de Lunalia, que
necesita la momia de Tnepreez para sus propios e impíos propósitos.
Tnepreez, he oído, fue un gran mago en sus tiempos y Lunalia se serviría de la
poderosa virtud de sus huesos y cenizas para la confección de sus filtros.
¡Bah! No me gusta la misión de traer esto. Hay bastantes momias para que la
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reina confeccione las pociones que enloquecen a sus amantes. Famorgh está
completamente embrutecido y es engañado.
—Ten cuidado —le advirtió Thirlain Ludoch—, porque Lunalia es un
vampiro que desea siempre a los jóvenes y a los fuertes..., y tu turno puede
llegar pronto, oh Grotara, si la fortuna nos hace volver con vida de esta
expedición. La he visto mirándote.
—Antes copularía con una lamia salvaje—protestó Grotara, lleno de
virtuosa indignación.
—Tu aversión no te ayudaría—dijo Thirlain Ludoch—... porque conozco a
otros que han bebido las pociones... Pero nos estamos acercando al último
puesto donde venden vinos de Miraab y mi garganta ya está seca de
antemano con el pensamiento de este viaje. Necesitaré una frasca entera de
vino de Yoros para quitarme el polvo.
—Tú lo has dicho—asintió Yanur—. Yo ya estoy tan seco como la momia
de Tnepreez. ¿Y tú, Grotara?
—Beberé cualquier cosa, con tal que no sean los filtros de la reina Lunalia.
Montados sobre rápidos e incansables dromedarios, y seguidos por un
cuarto camello que llevaba a la espalda un ligero sarcófago de madera para la
acomodación del rey Tnepreez, los tres guerreros dejaron pronto atrás las
brillantes y ruidosas calles de Miraab y los campos de sésamo, los huertos de
albaricoques y granados que se extendían durante millas alrededor de la
ciudad. Antes del mediodía dejaron la ruta de las caravanas y tomaron un
camino usado pocas veces por alguien, excepto los leones y chacales. Sin
embargo, el camino a Chaon Gacca era claro, porque las rodadas de las viejas
carretas estaban todavía profundamente marcadas sobre el suelo del desierto,
donde la lluvia no caía durante ninguna estación.
La primera noche durmieron bajo las frías y arracimadas estrellas, haciendo
guardia por turnos, por miedo a que un león los cogiese por sorpresa, o a que
alguna víbora reptase junto a ellos en busca de calor. Durante el segundo día
pasaron entre colinas y barrancos que dificultaron su avance. Aquí no se oían
los crujidos producidos por las serpientes o los lagartos, nada, excepto el
sonido de sus propias voces y el arrastrar de los cascos de los camellos,
rompía el silencio que lo envolvía todo como una muda maldición. De cuando
en cuando veían unas ramas de cactos resecas por los siglos, o los agujeros
de árboles quemados por relámpagos inmemoriales sobre los calcinados
repechos, reflejados contra el oscurecido cielo.
El segundo atardecer les encontró a la vista de Chaon Gacca, que alzaba
sus desmoronadas murallas a una distancia de menos de cinco leguas en un
ancho valle abierto. Acercándose entonces a un santuario de Yuckla, el
pequeño y grotesco dios de la risa, que se encontraba a un lado del camino, se
alegraron de no tener que continuar aquel día, refugiándose en el ruinoso
santuario por miedo a los vampiros y demonios que quizá habitasen en la
vecindad de aquellas ruinas malditas. Habían traído con ellos desde Miraab un
pellejo lleno del fuerte vino de Yoros del color del rubí, y aunque la piel estaba
ahora vacía en sus tres cuartos, al atardecer derramaron una libación sobre el
altar roto y rogaron a Yuckla que les diese cuanta protección pudiese contra
los demonios de la noche.
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Durmieron sobre las desgastadas y frías losas cerca del altar, turnándose
para la vigilancia, como la noche anterior. Grotara, que hizo la tercera guardia,
contempló por fin cómo palidecían las estrellas y despertó a sus compañeros,
en una aurora que parecía un remolino de cenizas entre la oscuridad negra
como el carbón.
Después de una escasa comida de higos y carne de cabra seca,
reanudaron su viaje, conduciendo sus camellos por el valle y avanzando en
zigzag sobre las pendientes llenas de piedras cada vez que se acercaban a las
fracturas abismales sobre la tierra y la roca. Estos rodeos hicieron que su
aproximación a las ruinas fuese lenta y tortuosa. El camino estaba festoneado
por los troncos de árboles frutales que habían perecido hacía tiempo y por
corrales y granjas donde ni la hiena tenía ya su guarida.
A causa de sus muchas vueltas y desviaciones, cuando cabalgaron por las
resonantes calles de la ciudad era bien entrado el mediodía. Las sombras de
las ruinosas mansiones se pegaban a sus paredes y puertas como
desgarrados mantos purpúreos. Por todas partes eran visibles los rastros de
un terremoto y las grietas en las avenidas y las mansiones desmoronadas
servían para testificar la verdad de las historias que Yanur había oído
refiriéndose a la razón del abandono de la ciudad.
Sin embargo, el palacio de los reyes era todavía preeminente entre los
otros edificios. Un montón venido abajo lucía su ceño de oscuro pórfido sobre
una baja acrópolis en el barrio septentrional. Para hacer esta acrópolis, una
colina de sienita roja fue despojada del suelo que la recubría en tiempos
antiguos y había sido labrada en altas murallas circulares, rodeadas por un
camino que subía lentamente hasta la cima. Siguiendo este camino, y cuando
se acercaban a las puertas del patio, los servidores de Famorgh llegaron ante
una fisura que interceptaba el paso desde la muralla al precipicio, abriéndose
en el acantilado. La sima tenía menos de una yarda de ancho, pero los
dromedarios retrocedieron ante ella. Los tres desmontaron, y dejando que los
camellos esperasen su vuelta, saltaron con agilidad sobre la grieta. Grotara y
Thirlain Ludoch, que llevaban el sarcófago, y Yanur, que llevaba el pellejo,
pasaron bajo la destrozada barbacana.
El amplio patio estaba pesadamente sembrado con los restos de torres y
galerías, antaño orgullosas, sobre las que los guerreros treparon con gran
cuidado, ojeando las sombras de cerca y aflojando sus armas en la vaina,
como si estuviesen coronando las barricadas de un enemigo escondido. Los
tres se sobresaltaron ante la pálida y desnuda forma de un coloso femenino
reclinado entre los bloques y piedras de un pórtico detrás del patio. Pero al
acercarse vieron que la forma no era la de un demonio hembra, como habían
temido, sino que era sólo una estatua de mármol que en tiempos había sido
una cariátide entre los poderosos pilares.
Entraron en el salón principal, siguiendo las instrucciones que les había
proporcionado Famorgh. Aquí, bajo el hendido y tambaleante techo, se
movieron con la mayor precaución, temiendo que una ligera sacudida, un
susurro, haría caer la ruina suspendida sobre sus cabezas como una
avalancha. Trípodes volcados de verdoso cobre, mesas y taburetes de ébano
astillado, y fragmentos de porcelana decorada en colores alegres, se
mezclaban con enormes trozos de pedestales, fustes y entablamentos, y sobre
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un estrado de heliotropo verde con manchas rojas se descomponía el trono de
plata de los reyes entre las mutiladas esfinges, esculpidas en jade, que
montaban guardia eternamente a su lado.
En el extremo más alejado del salón encontraron una alcoba que todavía
no se hallaba bloqueada por los destrozos caídos y donde estaban las
escaleras que conducían abajo, a las catacumbas. Antes de emprender el
descenso se detuvieron brevemente. Yanur se pegó sin ceremonia al pellejo
que llevaba y lo aligeró considerablemente antes de asarlo a manos de Thirlain
Ludoch, que había observado sus libaciones atentamente. Thirlain Ludoch y
Grotara se bebieron el resto del vino entre los dos, y este último no gruñó ante
los espesos posos que le correspondieron. Así repletos, encendieron tres
antorchas de terebinto embreado que habían traído junto con el sarcófago.
Yanur fue el primero en desafiar las tenebrosas profundidades con la espada
desenvainada y una antorcha humeante en su mano izquierda. Sus
compañeros le seguían, llevando el sarcófago en el que, levantando un poco la
tapa, habían colocado las otras antorchas. El poderoso vino de Yoros rugía en
su interior, alejando sus sombríos miedos y aprensiones. Los tres eran
bebedores experimentados y se movían con mucho cuidado y prudencia, sin
tropezar en los penumbrosos e inseguros escalones.
Pasando junto a una serie de bodegas, llenas de jarras destrozadas y
hechas pedazos, llegaron al fin, después de muchas vueltas y revueltas de los
escalones, a un amplio corredor, excavado en el corazón de la sienita, bajo el
nivel de las calles de la ciudad. Se extendía ante ellos en una ilimitada
penumbra mostrando sus paredes intactas, y su techo no dejaba pasar ni un
rayo de luz por alguna grieta. Parecía que hubiesen entrado en alguna
inexpugnable ciudadela de los muertos. En el lado derecho estaban las tumbas
de los reyes más antiguos, a la izquierda los sepulcros de las reinas, y los
pasajes laterales conducían a un mundo de cámaras subsidiarias reservadas
para otros miembros de la familia real. En el extremo opuesto del salón
principal encontrarían la cámara sepulcral de Tnepreez.
Yanur, siguiendo la pared de la derecha, llegó pronto a la primera tumba.
Según era costumbre, las puertas estaban abiertas y eran más bajas que la
altura de un hombre, de forma que todos los que entrasen debieran humillarse
en presencia de la muerte. Yanur acercó su antorcha al dintel y leyó
dificultosamente la inscripción grabada sobre la piedra, que decía que la tumba
pertenecía al rey Acharnil, padre de Agmeni.
—En verdad —dijo—, no encontraremos aquí otra cosa que los inofensivos
muertos.
Después, y como el vino que había bebido le impulsara a algún tipo de
bravuconería, se inclinó por debajo de la puerta e introdujo la parpadeante
antorcha en la tumba de Acharnil.
Sorprendido, lanzó un juramento alto y propio de soldados, que hizo que los
otros dejasen su carga y se apretasen detrás suyo. Escudriñando la cuadrada
cámara, que tenía una amplitud regia, vieron que no estaba ocupada por
ningún inquilino visible. La alta silla de oro y ébano, místicamente grabada, en
la que la momia debía sentarse coronada y vestida como en vida, estaba
adosada a la pared opuesta sobre una baja plataforma. ¡Sobre ella se veía una
túnica vacía negra y carmesí y una corona de plata adornada con zafiros
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negros y en forma de mitra, como si el rey muerto las hubiese dejado allí y se
hubiese marchado!
Sobresaltados y con el vino desapareciendo rápidamente de sus cerebros,
los guerreros sintieron reptar el escalofrío de un misterio desconocido. Yanur,
sin embargo, se animó a entrar en la cámara. Examinó las oscuras esquinas,
levantó y sacudió las vestiduras de Acharnil, pero no halló ninguna respuesta
al acertijo de la desaparición de la momia. En la tumba no había polvo, ni el
más ligero olor, ni señales de la podredumbre de un ser mortal.
Yanur se reunió con sus camaradas y los tres se miraron los unos a los
otros con una atemorizada consternación. Reanudaron su exploración del
salón, y Yanur, según se acercaba a la entrada de cada tumba, se detenía
delante de ella y con su antorcha agitaba las sombras, sólo para descubrir un
trono vacío y los abandonados atributos de la realeza. No parecía existir una
explicación razonable para la desaparición de las momias, en cuya
conservación se habían empleado las poderosas especies de Oriente, junto
con sosa, haciéndolas prácticamente incorruptibles. Dadas las circunstancias,
no parecía que hubiesen sido retiradas por manos de ladrones humanos,
quienes difícilmente hubiesen dejado detrás las preciosas joyas, telas y
metales, y todavía era menos probable que hubiesen sido devoradas por los
animales, porque en tal caso hubiesen quedado los huesos y las vestiduras
estarían desgarradas y en desorden. Los míticos terrores de Chaon Gacca
comenzaron a adquirir una inminencia más oscura y los investigado- res
miraban y escuchaban temerosamente mientras avanzaban por el silencioso
salón sepulcral.
Al poco, después de haber verificado que más de una docena de tumbas
estaban también vacías, vieron el centelleo de varios objetos de acero sobre el
suelo del corredor ante ellos. Examinándolos, resultaron ser dos espadas, dos
yelmos y dos corazas de un tipo ligeramente anticuado, como las que los
guerreros de Tasuun habían llevado antiguamente. Muy bien podrían haber
pertenecido a los valientes desaparecidos
que el rey Mandis había enviado para recuperar el espejo de Avaina.
Yanur, Grotara y Thirlain Ludoch, contemplando aquellas siniestras
reliquias, fueron presa de un deseo casi frenético de cumplir con su misión y
volver a ganar la luz del sol. Sin detenerse para inspeccionar las tumbas
separadas, se apresuraron, debatiendo el curioso problema que se presentaría
si la momia buscada por Famorgh y Lunalia se hubiese desvanecido como las
otras. El rey les había mandado que trajesen los restos de Tnepreez y sabían
que ninguna excusa o explicación de su fallo sería aceptada. En tales
circunstancias, su vuelta a Miraab sería poco aconsejable, y lo único seguro
sería ir detrás del desierto septentrional, a lo largo de la ruta de las caravanas,
hacia Zul-Bha-Sair o Xylac.
Parecía que habían atravesado una distancia enorme entre las tumbas más
antiguas. La formación de la piedra en el lugar donde llegaron era más blanda
y quebradiza y el terremoto había producido daños considerables. El suelo
estaba cubierto por los detritos, las paredes y el techo llenos de fracturas y
algunas de las cámaras se habían derrumbado en parte, de forma que su
soledad se ofrecía a las indiferentes miradas de Yanur y sus compañeros.
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Cerca del fin del salón se encontraron ante una grieta que dividía el suelo y
el techo, resquebrajando el dintel de la última cámara. La grieta tenía unos
cuatro pies de anchura y la antorcha de Yanur no permitió discernir su fondo.
Vio el nombre de Tnepreez sobre el dintel cuya antigua inscripción que narraba
los títulos y las hazañas del rey había sido partida en dos por el cataclismo.
Después caminando sobre una estrecha repisa, entró en la cámara. Grotara y
Thirlain Ludoch se apelotonaron a sus espaldas, dejando el sarcófago en el
salón.
El trono sepulcral de Tnepreez, roto y volcado yacía sobre la hendidura que
había desgarrado la tumba de lado a lado. No había trazas de la momia que,
como se deducía de la posición invertida del asiento, había, sin duda, caído en
aquellas profundidades abiertas en el momento de producirse.
Antes de que los buscadores pudiesen dar voz a su desilusión y desmayo,
el silencio a su alrededor fue roto por un sordo retumbar, como el de un trueno
lejano. La piedra bajo sus pies tembló, las paredes se sacudieron y agitaron, el
ruido, en largas y escalofriantes ondulaciones, se hizo más alto y amenazador.
El sólido suelo pareció levantarse y fluir con un movimiento continuo y
aterrador, y entonces, cuando se volvían para emprender la huida, pareció que
el universo caía sobre ellos en un atronador diluvio de noche y ruina.
Grotara, al despertar en la oscuridad, percibió una carga terrible, como si
algún fuste monumental estuviese sobre sus pies y la parte inferior de sus
piernas, que estaban aplastados. La cabeza le latía y le dolía como del golpe
de una embotadora maza. Brazos y cuerpo estaban libres, pero el dolor de sus
extremidades se hizo insufrible, haciéndole desmayarse otra vez cuando
intentó retirarlas del peso que tenían encima.
El terror se cernió sobre él como la garra de un vampiro cuando
comprendió su situación. Había sobrevenido un terremoto, semejante al que
causara el abandono de Chaon Gacca, y él y sus camaradas estaban
sepultados en las catacumbas. Gritó en alto, repitiendo los nombres de Yanur y
Thirlain Ludoch muchas veces, pero ni un gemido ni un crujido le demostraron
que todavía estaban con vida.
Palpando con la mano derecha. halló numerosos trozos de piedra.
Estirándose hacia ellos, encontró varios fragmentos de piedra del tamaño de
rocas pequeñas, y entre ellos una cosa suave y redondeada, con una
protuberancia en el centro que reconoció como el casco que llevaba alguno de
sus compañeros. A pesar de todos sus penosos esfuerzos no pudo llegar más
lejos y fue incapaz de identificar a su poseedor. El metal estaba fuertemente
abollado y la cresta del casco se hallaba doblada como por el impacto de
alguna masa muy pesada. A pesar de su situación, la fiera naturaleza de
Grotara rehusaba hundirse en la desesperación. Consiguió colocarse en una
posición sentada y, doblándose hacia adelante, se las arregló para alcanzar el
enorme bloque que había caído sobre el extremo de sus piernas. Lo empujó
con un esfuerzo hercúleo, rugiendo como un león atrapado, pero la masa no se
movía. Durante horas, o eso parecía, luchó como contra algún demonio
monstruoso. Su frensí sólo fue calmado por el agotamiento. Al fin, se recostó
hacia atrás y la oscuridad le rodeó como algo viviente, pareciendo devorarlo
con sus colmillos de dolor y horror.
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El delirio revoloteó próximo y creyó haber oído un zumbido bajo y débil
debajo, en el interior de las pedestres entrañas de la tierra. El ruido se hizo
más alto, como ascendiendo de un infierno desbordado. Percibió una luz
descolorida e irreal que se agitaba ante él, permitiendo ver borrosas ojeadas
del destrozado techo. La luz se hizo más fuerte, y levantándose un poco vio
que venía de la grieta causada por el terremoto en el suelo.
Era una luz de un tipo que él nunca había visto; un lustre lívido que no se
parecía al reflejo de una lámpara, una antorcha o una hoguera. En cierta
forma, como si los sentidos del oído y la vista estuviesen confundidos, la
identificó con el odioso zumbido.
Como una aurora sin causa, la luminosidad se deslizó por el destrozo
causado por el temblor. Grotara vio que la entrada de la tumba y parte de sus
paredes habían cedido. Un fragmento que le alcanzara en la cabeza le dejó sin
sentido y una gigantesca porción del techo le había caído sobre las
extremidades.
Los cuerpos de Thirlain Ludoch y de Yanur yacían cerca de la grieta, que
se había ensanchado. Tuvo la seguridad de que los dos estaban muertos. La
grisácea barba de Thirlain Ludoch estaba oscura y rígida por la sangre que
había manado de su aplastado cráneo y Yanur se hallaba medio enterrado en
un montón de bloques y escombros, del cual sobresalían su torso y su brazo
izquierdo. Su antorcha se le había consumido entre los dedos fuertemente
apretados, como en una cavidad ennegrecida.
Grotara advirtió todo esto como si estuviese soñando. Entonces percibió la
verdadera fuente de la iluminación. Un globo incoloro que brillaba fríamente,
redondo como una pelota y grande como una cabeza humana, había
aparecido por la fisura y estaba posado sobre ésta como una réplica de la luna.
La cosa oscilaba con un movimiento vibratorio ligero pero incesante. De ella
salía aquel pesado zumbido, como si estuviese causado por la vibración, y la
luz caía en ondas temblorosas.
Un vago horror cayó sobre Grotara, pero no sintió miedo. Era como si la luz
y el sonido tejiesen sobre sus sentidos algún conjuro léteo. Se sentó
rígidamente, olvidando su dolor y su desesperación, mientras el globo se
posaba unos pocos minutos sobre la grieta y flotaba después lenta y
horizontalmente hasta colgar directamente sobre los descubiertos rasgos de
Yanur.
Con la misma deliberada lentitud e incesante oscilación, descendió sobre el
rostro y el cuello del muerto, que parecieron derretirse como el sebo mientras
el globo descendía más y más. El zumbido se hizo aún más fuerte, el globo
resplandeció con un brillo horrible y su palidez mortecina se salpicó de un
impuro amarillo. Se hinchó y oscureció obscenamente, mientras que la cabeza
del guerrero se encogía dentro del casco y las placas de su coraza caían hacia
dentro, como si el mismo torso desapareciese bajo ellas...
Los ojos de Grotara contemplaron claramente la escena, pero su cerebro
estaba embotado como por alguna misericordiosa cicuta. Era difícil recordar,
difícil pensar..., pero vagamente recordó las tumbas vacías, las coronas y
vestimentas sin dueño. El enigma de las momias desaparecidas, sobre el que
habían cavilado en vano él y sus compañeros, se había resuelto ahora. Pero la
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cosa que se abatía sobre Yanur estaba más allá de todo conocimiento o
suposición mortal. Era algún demonio vampírico de un mundo interior, liberado
por los demonios del terremoto.
Dominado por la catalepsia, contempló el desmoronamiento del montón de
escombros donde estaban enterrados las caderas y piernas de Tanur. El casco
y la cota de mallas eran como estuches vacíos, el brazo extendido se había
encogido, empequeñecido, y los mismos huesos desaparecían, en apariencia
derritiéndose y licuándose. El globo se había vuelto enorme. Estaba enrojecido
por un impuro color rubí, como la luna de un vampiro. De él surgían
palpablemente cuerdas y filamentos perlados, que tomaban extraños colores y
parecían fijarse a los destrozados suelos, paredes y techo, a la manera de la
red de una araña. Se multiplicaban cada vez con más espesor, formando una
cortina entre Grotara y la grieta y cayendo sobre Thirlain Ludoch y él mismo,
hasta que vio el resplandor sanguíneo del globo como entre arabescos de
terrible ópalo.
Ahora la red había llenado toda la tumba. Corría y brillaba con mil tonos
cambiantes, goteaba con glorias extraídas del espectro de la disolución.
Florecía con flores y follajes fantasmales que se desvanecían como por arte de
magia. Los ojos de Grotara estaban ciegos, cada vez más envuelto en aquella
extraña red. Impalpables, fríos como los dedos de la muerte, su encajes
temblaban y colgaban sobre su rostro y sus manos.
No podría decir la duración de aquel tejer, el final de su extravío. Por fin, vio
vagamente cómo los hilos luminosos se hacían más finos y los temblorosos
arabescos se retraían. El globo, una cosa de malvada belleza, vivo y
consciente en alguna forma secreta, se había separado ahora de la vacía
armadura de Yanur. Volviendo a su tamaño primitivo y perdiendo su colorido
ópalo y sangre, pendió durante un rato sobre la grieta. Grotara sintió que le
observaba..., estaba observando a Thirlain Ludoch. Después, como un satélite
de las cavernas interiores, se deslizó lentamente por la fisura y la luz se
desvaneció de la tumba, dejando a Grotara en una oscuridad cada vez más
profunda.
Después de aquello vinieron siglos de fiebre, sed y locura, de tormento y
sopor, de repetidos forcejeos con la roca caída que le mantenía prisionero.
Balbució enloquecidamente, aulló como un lobo, y yaciendo de espaldas y en
silencio, escuchó las multitudinarias y susurrantes voces de los vampiros
conspirando contra él. La gangrena había aparecido rápidamente y sus
aplastadas extremidades parecían latir como las de un titán. Con la fuerza del
delirio sacó su espada y consiguió liberarse, cortándose los pies por las
canillas sólo para desmayarse por la pérdida de sangre.
Cuando se despertó muy debilitado, apenas capaz de levantar la cabeza,
vio que la luz había vuelto y escuchó una vez más el incesante zumbido
vibrante que llenaba toda la cámara. Su mente estaba clara y un débil terror se
agitó en su interior, porque sabía que el Tejedor había salido de nuevo de la
sima... y conocía la razón de su llegada.
Laboriosamente giró la cabeza y observó la reluciente esfera mientras
pendía, oscilaba y después descendía, en un reposado movimiento, sobre el
rostro de Thirlain Ludoch. Otra vez le vio mancharse obscenamente como una
luna enrojecida por la sangre, al alimentarse con los desechos del cuerpo del
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viejo guerrero. Otra vez, con ojos borrosos, contempló cómo se tejía la red de
amarillo impuro, dibujada con un mortal esplendor, velando la ruinosa
catacumba con sus extrañas ilusiones. Otra vez, como si fuese un escarabajo
moribundo, fue envuelto en sus frías e impalpables redes, y las mágicas flores,
floreciendo y pereciendo, formaron un entramado en el vacío aire que le
rodeaba. Pero antes de la retracción de la red, el delirio le atacó, trayéndole
una oscuridad poblada de demonios, y el Tejedor terminó su trabajo sin ser
visto y volvió inadvertido a su sima.
Se agitó en el infierno de la fiebre y yació en la negra y desconocida nada
del olvido. Pero la muerte se retrasaba, todavía lejos, y siguió viviendo por obra
de su juventud y su fuerza de gigante. Una vez más, hacia el final, sus sentidos
se aclararon y vio por tercera vez la luz nefanda y oyó de nuevo el odioso
zumbido. El Tejedor se había detenido sobre él, pálido, brillante y vibrante..., y
supo que estaba esperando a que muriera.
Levantando la espada con dedos débiles, intentó apartarla. Pero la cosa
temblaba, alerta y vigilante, más allá de su alcance, y pensó que le observaba
como un buitre. La espada cayó de su mano. El horror luminoso no partió. Se
acercó más, como un pertinaz rostro al que le faltaran los ojos, y pareció
seguirle, abatiéndose sobre la última noche, cuando cayó hacia la muerte.
Sin nadie que contemplase la gloria de su tejido, con la oscuridad antes y
después, el Tejedor hiló la red final en la tumba de Tnepreez.
LA MAGIA DE ULUA
Sabmón, el anacoreta, era famoso no menos por su piedad que por su
sabiduría profética y su conocimiento del oscuro arte de la magia. Durante dos
generaciones había vivido solo en una curiosa casa al borde del desierto
septentrional de Tasuun: una casa cuyo suelo y paredes estaban construidos
con grandes huesos más pequeños de perros salvajes, hombres y hienas.
Estas reliquias óseas, escogidas por su blancura y simetría, estaban unidas
estrechamente por correas bien curtidas y encajaban unas en otras
maravillosamente, sin dejar ni un espacio por donde pudiese penetrar la arena
transportada por el viento. Esta casa era el orgullo de Sabmón, que la barría
diariamente con una escoba de cabello de momia, hasta que brillaba tan
inmaculada como el marfil bruñido, tanto por dentro como por fuera.
A pesar de la lejanía y encierro y de las dificultades inherentes a un viaje
hasta su residencia, Sabmón era muy consultado por la gente de Tasuun y
hasta peregrinos de las costas más alejadas de Zothique le buscaban. Sin
embargo, aunque no era arisco ni poco hospitalario, ignoraba muchas veces
las preguntas de sus visitantes, quienes, por lo general, deseaban
simplemente adivinar el futuro, o pedir consejo referente a la forma más
ventajosa de conducir sus asuntos. Con la edad se volvió más y más taciturno,
y durante sus últimos años habló poco con los hombres. Se decía, y quizá
fuese cierto, que prefería hablar con las palmeras que murmuraban sobre su
pozo o con las viajeras estrellas que pasaban sobre su cabaña.
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Durante el noventa y tres verano de Sabmón, le visitó el joven Amalzaín, su
sobrino nieto, el hijo de una sobrina a la que Sabmón había amado
profundamente en los tiempos anteriores a su retiro a una soledad
gimnosófica. Amalzaín, que había pasado sus veintiún años en el hogar de sus
padres, se dirigía a Miraab, la capital de Tasuun, donde serviría como copero
al rey Famorgh. Este puesto, obtenido para él por influyentes amigos de su
padre, era muy codiciado por la juventud del país, y le conduciría a altas
jerarquías, si era lo bastante afortunado como para ganarse el favor del rey.
Cumpliendo los deseos de su madre, había venido a visitar a Sabmón y a pedir
el
consejo del sabio respecto a varios problemas de conducta mundana.
A Sabmón, cuyos ojos no habían sido enturbiados por la edad, la
astronomía y su mucho inclinarse sobre volúmenes de signos arcaicos, le
agradó Amalzaín, y encontró que el muchacho poseía algo de la belleza de su
madre. Debido a esto, le regaló generosamente su acumulada sabiduría, y
después de pronunciar muchas máximas profundas y oportunas, dijo a
Amalzaín:
—Verdaderamente, está bien que hayas venido a verme, porque, inocente
de los vicios del mundo, te encaminas a una ciudad de extraños pecados y
extrañas brujerías y hechicerías. El mal abunda en Miraab. Sus mujeres son
magas y prostitutas y su belleza es una pestilencia donde los jóvenes, los
fuertes, los valientes se enredan y son devorados.
Después, antes de que Amalzaín partiese, Sabmón le dio un pequeño
amuleto de plata, grabado curiosamente con el delicado esqueleto de una
muchacha. Y Sabmón dijo:
—Te aconsejo que lleves este amuleto en todo momento, de aquí en
adelante. Contiene una pizca de cenizas de la pira de Yos Ebni, sabio y
archimago, que en tiempos antiguos conquistó supremacía sobre los hombres
y los demonios desafiando toda tentación mortal y dominando la
insubordinación de la carne. Estas cenizas contienen un poder que te
protegerá de males semejantes a los que fueron vencidos por Yos Ebni. Y sin
embargo, hay en Miraab males y encantos de los que el amuleto no puede
defenderte. En tal caso, debes regresar aquí. Yo te vigilaré cuidadosamente y
sabré todo lo que te sucede en Miraab, porque hace largo tiempo que me he
convertido en poseedor de ciertas extrañas facultades de la vista y el oído cuyo
ejercicio no es molestado o limitado por la distancia.
Amalzaín, siendo ignorante de los asuntos que Sabmón le insinuaba, se
quedó algo sorprendido ante la perorata. Pero recibió agradecidamente el
amuleto. Después, despidiéndose reverencialmente de Sabmón, reanudó su
viaje a Miraab, preguntándose cuál sería su fortuna en aquella ciudad
pecadora y objeto de muchas leyendas.
Famorgh, que estaba viejo y atontado a causa de sus orgías, era el
gobernante de un país envejecido y semidesértico y su corte era un lugar de
lujos exóticos, de refinamiento y corrupciones sofisticadas. El joven Amalzaín,
acostumbrado únicamente a las costumbres sencillas, a las rudas virtudes y
vicios de la gente que habita en el campo, quedó asombrado al principio por la
sibarítica vida que le rodeaba. Pero una cierta fuerza de carácter innata en él,
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fortalecida por los preceptos morales de sus padres y las enseñanzas de su tío
abuelo Sabmón, le preservaron de todos los errores o lapsos graves. Así vino
a suceder que, sirviendo como copero en fiestas y bacanales, permanecía
abstemio, derramando noche tras noche los enloquecedores vinos mezclados
con cannabis y el embotador aguardiente con la infusión de opio en la copa de
Famorgh incrustada de rubíes. Con corazón y cuerpo limpios, contempló las
infames pantomimas con las que los cortesanos, rivalizando unos con otros en
desvergüenza, intentaban aliviar el aburrimiento del rey. Sintiendo únicamente
maravilla o disgusto, observó la ágiles y lascivas contorsiones de los
danzarines negros de Dooza Thom al norte, o las muchachas de cuerpos de
azafrán de las islas del sur. Sus padres, que creían
implícitamente en la sobrehumana bondad de los monarcas, no le habían
preparado para este espectáculo de vicio regio, pero la reverencia que habían
inculcado tan concienzudamente en Amalzaín le llevó a considerar todo
aquello como la peculiar, aunque misteriosa, prerrogativa de los reyes de
Tasuun.
Durante el primer mes en Miraab, Amalzaín oyó muchas cosas sobre la
princesa Ulúa, la única hija de Famorgh, y la reina Lunalia, pero puesto que las
mujeres de la familia real pocas veces asistían a los banquetes o aparecían en
público, no la vio. Sin embargo, el gigantesco y sombrío palacio estaba repleto
de rumores que hablaban de sus amoríos. Se decía que Ulúa había heredado
las hechicerías de su madre, Lunalia, cuya oscura y lujuriosa belleza, cantada
tan a menudo por embrujados poetas, se había convertido ahora en una
horrorosa decrepitud. Los amantes de Ulúa eran innumerables, y a menudo
conseguía su pasión o se aseguraba su fidelidad por encantos distintos a
los de su persona. Aunque era poco más alta que un niño, estaba
exquisitamente formada y dotada con el encanto de un demonio hembra, tal
como los que acosan los sueños de los
jóvenes. Era temida por muchos y su odio considerado peligroso. Famorgh,
no menos ciego ante sus pecados y hechicerías de lo que lo había sido ante
los de Lunalia, la mimaba constantemente y no le negaba nada.
Las obligaciones de Amalzaín le dejaban mucho tiempo libre, porque
Famorgh dormía generalmente el doble sueño de la edad y la intoxicación
después de sus orgía nocturnas. Parte de este tiempo lo dedicaba al estudio
del álgebra y a la lectura de viejos poemas y romances. Una mañana, mientras
se ocupaba de ciertos cálculos algebraicos, se le acercó una gigantesca negra
que le había sido señalada como una de las camareras de Ulúa.
Perentoriamente, le dijo que le siguiese a los aposentos de Ulúa. Confuso y
asombrado por esta singular interrupción de sus estudios, fue incapaz de
replicar durante un momento. En seguida, viendo su vacilación, la enorme
negra lo levantó en sus desnudos brazos y lo sacó con gran facilidad de su
habitación, llevándolo así por los salones del palacio. Enfadado y lleno de
desconfianza, fue depositado en una cámara adornada con desvergonzados
dibujos, donde, entre el humear de vapores afrodisiacos, la princesa le
contemplaba con lujuriosa seriedad, desde un lecho de color escarlata brillante
como el fuego. Era tan pequeña como una mujer del pueblo de los gnomos y
tan voluptuosa como una lamia enroscada. El incienso flotaba a su alrededor
formando sinuosas veladuras.
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—Hay otras cosas además de servir vino a un monarca tonto o estudiar
libros comidos por los gusanos—dijo Ulúa, con una voz que recordaba el fluir
de la miel caliente—. Señor copero, tu juventud debiera tener mejor empleo.
—No pido otro empleo que mis obligaciones y mis estudios —contestó
Amalzaín airadamente—. Pero dime, oh princesa, ¿qué es lo que quieres?
¿Por qué tu sirvienta me ha traído aquí de una manera tan poco apropiada?
—Para un joven tan erudito e inteligente, la pregunta debiera ser
innecesaria —contestó Ulúa sonriendo oblicuamente—. ¿No ves que soy bella
y deseable? ¿O es posible que tus percepciones sean más vagas de lo que me
imaginé?
—No dudo de tu belleza —dijo el muchacho—, pero asuntos semejantes
apenas importan a un humilde copero.
Los vapores que subían espesos de unos incensarios de oro delante del
lecho se separaron con un movimiento semejante al de unas cortinas que se
abren, y Amalzaín bajó la vista ante la encantadora, que se estremecía con
una risa suave que hizo que las joyas que cubrían su pecho parpadearan como
ojos dotados de vida.
—Se diría que esos polvorientos volúmenes te han cegado en verdad —le
dijo ella—. Necesitas esa eufrasia que purga la vista. Ahora vete, pero vuelve
pronto... por tu propia voluntad.
Durante muchos días después, Amalzaín, cumpliendo sus obligaciones
como de costumbre, fue consciente de una extraña persecución. Parecía ahora
como si Ulúa estuviese en todas partes. Apareciendo en los banquetes, como
por algún nuevo capricho, exhibía su malvada belleza ante los ojos del joven
copero, y a menudo, durante el día, la encontraba en los jardines y corredores
de palacio. Como si conspirasen tácitamente para mantenerla en sus
pensamientos, todos los hombres hablaban de ella, y parecía que hasta los
pesados tapices musitaban su nombre al agitarse con las corrientes perdidas
que deambulaban por los lúgubres e interminables salones.
Sin embargo, esto no era todo; su imagen, no deseada, comenzó a turbar
sus sueños por las noches, y al despertar escuchaba la tibia y dulce
voluptuosidad de su voz y sentía la caricia de unos dedos ligeros y sutiles en la
oscuridad. Contemplando la pálida luna que se ponía tras las ventanas, sobre
los negros cipreses, veía cómo su rostro muerto y corroído adquiría los rasgos
vivientes de Ulúa. La esbelta y delicada forma de la joven bruja parecía
moverse entre las reinas y diosas fabulosas que adornaban las opulentas
colgaduras con sus amores. Como traída por una hechicería, su rostro se
inclinaba sobre el suyo en los espejos y venía y se desvanecía, semejante a un
fantasma, con murmullos seductores y gestos provocativos, cuando se
inclinaba sobre sus libros. Pero aunque molesto por aquellas apariciones en
las que apenas podía distinguir lo real de lo ilusorio, Amalzaín continuaba
indiferente hacia Ulúa, protegido seguramente de sus encantos por el amuleto
que contenía las cenizas de Yos Ebni, santo, sabio y archimago. Sospechaba
que las pociones amorosas a las que ella debía su mala fama le estaban
siendo administradas, a causa de ciertos sabores extraños que detectó más de
una vez en su comida y bebida, pero aparte de una ligera y pasajera náusea,
no experimentó ningún otro efecto dañino e ignoraba por completo los conjuros
72
pronunciados en secreto contra él y los encantamientos tres veces mortales
destinados a dañar su corazón y sus sentidos.
Pero —aunque él no lo sabía— su indiferencia era un asunto muy
comentado en la corte. Los hombres se maravillaban sobremanera de tal
resistencia, pues todos aquellos a los que la princesa había escogido hasta
aquel momento, fuesen capitanes, coperos o altos dignatarios, o fuesen
soldados y escuderos vulgares, habían cedido fácilmente a sus brujerías. Así
sucedió que Ulúa se sintió rabiosa porque todo el mundo sabía que su belleza
estaba siendo despreciada por Amalzaín y que su magia era impotente para
hechizarlo. A partir de entonces, dejó de aparecer en los banquetes de
Famorgh y Amalzaín no la vio más por los jardines y los salones, ni sus sueños
y sus horas de vigilia fueron frecuentados ya por la imagen de Ulúa llevada por
los conjuros. Así, en su inocencia, se regocijó como alguien que se ha
encontrado ante un grave peligro y ha salido indemne de la prueba.
Entonces, más adelante, en una noche sin luna y mientras dormía
tranquilamente en las horas anteriores a la aurora, se le acercó en sueños una
figura cubierta de la cabeza a los pies con las vestimentas de la tumba. Alta
como una cariátide, terrible y amenazadora, se inclinó sobre él en un silencio
más maligno que ninguna maldición; las vendas se abrieron por el pecho y
gusanos de la carroña, escarabajos de los muertos y escorpiones junto con
restos de carne podrida cayeron sobre Amalzaín. Entonces, al despertar de la
pesadilla, mareado y ahogándose, respiró un hedor a carroña y sintió contra él
la presión de un cuerpo pesado y rígido. Asustado, se levantó y encendió la
lámpara, pero el lecho estaba vacío. Sin embargo, todavía podía percibirse el
olor de la podredumbre, y Amalzaín podría jurar que el cadáver de una mujer
que llevaba dos semanas muerta y hervía de gusanos había yacido próximo a
su costado en la oscuridad.
A partir de entonces, y durante muchas noches, sus sueños fueron
interrumpidos por pesadillas semejantes a éstas. Apenas podía dormir por el
horror de lo que iba y venía, invisible pero palpable, en su cámara. Siempre se
despertaba de aquellas pesadillas encontrándose rodeado por los rígidos
brazos de súcubos muertos hacía tiempo, o sintiendo a su lado los temblores
amorosos de esqueletos descarnados. La sosa y el betún de los pechos de las
momias le ahogaban, el peso inmóvil de cadáveres gigantescos le aplastaba y
recibía besos nauseabundos de labios que rezumaban pingajos corrompidos.
Y esto no era todo, porque durante el día se le acercaban otras
abominaciones, visibles y percibidas por todos sus sentidos y más terribles
todavía que los muertos. Cosas que tenían el aspecto de restos de la lepra
reptaban ante él, a pleno mediodía, por los salones de Famorgh, y surgían de
las sombras, mirando de soslayo con rostros que ya no lo eran, intentando
acariciarlo con sus dedos medio comidos. Mientras iba de un lado a otro, se le
colgaban de los tobillos lascivas figuras con pechos cubiertos de pelo como los
de los murciélagos y lamias de cuerpo de serpiente se movían y pirueteaban
ante sus ojos como las danzarinas delante del rey.
Ya no podía leer sus libros ni resolver sus problemas de álgebra en paz,
porque las letras cambiaban vertiginosamente ante su escrutinio y se retorcían
formando versos de un significado siniestro, y los signos y cifras que escribía
se convertían en demonios no mayores que hormigas grandes que se agitaban
73
locamente sobre el papel como si estuviesen en el campo, realizando aquellos
ritos que solamente son aceptables para Alila, reina de la perdición y diosa de
todas las iniquidades.
Azarado y perseguido de esta forma, el joven Amalzaín estaba cerca de la
locura; sin embargo, no se atrevía a quejarse o a hablar a alguien de lo que le
sucedía, porque sabía que aquellos horrores, fuesen inmateriales o
sustanciales, era él únicamente quien
los percibía. Durante todo un mes yació de noche en su cámara con cosas
muertas y durante el día en todas sus idas y venidas fue perseguido por
aborrecibles espectros. No dudaba de que todos le eran enviados por Ulúa,
airada por haber él rechazado su amor, y recordó que Sabmón había insinuado
oscuramente que había ciertos conjuros de los cuales las cenizas de Yos Ebni,
preservadas en el amuleto de plata, quizá no pudiesen defenderle. Sabiendo
que tales conjuros habían caído sobre él, se acordó del consejo final del viejo
archimago. Por tanto, sabiendo que no había otra ayuda para él que la magia
de Sabmón, se presentó ante el rey Famorgh y le pidió permiso para
ausentarse de la corte durante corto tiempo. Y Famorgh, a quien agradaba
mucho su copero, y que además había comenzado a advertir su delgadez y
palidez, le concedió lo que pedía de buena gana.
Montado sobre un palafrén escogido por su velocidad y resistencia,
Amalzaín salió de Miraab una bochornosa mañana de otoño, cabalgando hacia
el norte. Una extraña pesadez había calmado el aire y grandes nubes color de
cobre se amontonaban. Sobre las desiertas colinas, como si fuesen los
palacios, gigantescos y provistos de muchas cúpulas, de los genios. El sol
parecía nadar en bronce fundido. Ningún buitre volaba sobre los silenciosos
cielos y los mismos chacales se habían retirado a sus guaridas, como
temiendo algún desconocido cataclismo. Pero Amalzaín, que cabalgaba
velozmente hacia la morada de Sabmón, era perseguido todavía por larvas
leprosas que surgían ante él, ensayando posturas lascivas sobre las dunas
arenosas. y escuchaba los gemidos de deseos de los súcubos bajo los cascos
de su caballo.
La noche, sin aire y sin estrellas, cayó sobre él cuando llegaba a un pozo
entre palmeras moribundas. Yació allí sin dormir, rodeado aún por la maldición
de Ulúa. porque le parecía que los secos y polvorientos cadáveres de las
tumbas del desierto se reclinaban rígidos a su costado y que unos dedos
huesudos le arrastraban hacia las insondables simas de arena de donde
habían surgido.
Cansado y poseído de los demonios, llegó a la cabaña de Sabmón al
mediodía del día siguiente. El sabio le saludó cariñosamente, sin mostrar
sorpresa alguna, y escuchó su historia con el aire de alguien que escucha esa
historia por segunda vez.
—Todas estas cosas, y más, las sabía desde el principio—dijo a
Amalzaín—. Podía haberte salvado antes de los enviados de Ulúa, pero era mi
deseo que vinieses a mí en este momento, abandonando la corte del borracho
Famorgh y la malvada ciudad de Miraab, cuyas iniquidades han alcanzado su
fin. Aunque los astrólogos no lo hayan leído, ha sido decretado en los cielos el
inminente final de Miraab y no quería que tú compartieses su destino.
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"Es necesario —continuó— que los conjuros de Ulúa sean rotos este
mismo día y le sean devueltos, puesto que de otra forma te perseguirían
siempre, permaneciendo contigo como una plaga visible y tangible cuando la
misma bruja haya vuelto a su negro señor del séptimo infierno, Thasaidón.
Entonces, y ante la maravilla de Amalzaín, el anciano mago sacó de su
armario de marfil un espejo elíptico de un metal oscuro y pulido y lo colocó
ante él. El espejo estaba sostenido por las cubiertas manos de una imagen
velada; mirando en su interior, Amalzaín no vio reflejados ni su propio rostro ni
el de Sabmón, ni ninguna parte de la habitación. Sabmón le ordenó observar
atentamente el espejo y después se retiró a un pequeño oratorio que estaba
separado de la cámara por largos rollos de pergamino de cuero de camello
pintados de forma muy extraña, que hacían las veces de cortina.
Mirando en el espejo, Amalzaín se dio cuenta de que varios de los enviados
de Ulúa iban y venían por detrás suya intentando ganar su atención con gestos
obscenos como los que emplean las prostitutas. Pero, resueltamente, fijó sus
ojos sobre el vacío y opaco metal y pronto oyó la voz de Sabmón cantando sin
pausa las poderosas palabras de una antigua fórmula exorcista; de las cortinas
del oratorio se escapó la intolerable acrimonia de las especias quemadas, del
tipo de las que se emplean para alejar a los demonios.
Entonces Amalzaín percibió, sin levantar los ojos del espejo, que los
enviados de Ulúa se habían desvanecido como vapores empujados por el
viento del desierto. Pero en el espejo se delimitó vagamente una escena y le
pareció contemplar las torres de mármol de la ciudad de Miraab bajo
imponentes moles de amenazadoras nubes. Después la escena cambió y vio
el salón del palacio donde Famorgh cabeceaba, senil y borracho, entre sus
ministros y sicofantes, vestido de púrpura manchada de vino. Otra vez el
espejo cambió y contempló una habitación con tapices de desvergonzadas
escenas, donde, sobre un lecho de carmesí brillante como el fuego, la princesa
Ulúa estaba sentada con sus últimos amantes entre el humear de los
incensarios de oro.
Maravillándose al contemplar el espejo, Almazaín presenció algo extraño:
los vapores de los incensarios, que se elevaban espesa y voluminosamente,
iban tomando de minuto en minuto la forma de aquellas mismas apariciones
que le habían atormentado durante tanto tiempo. Surgieron y se multiplicaron
hasta que la cámara estuvo llena con la descendencia del infierno y el vómito
de la carroña hendida. Entre Ulúa y el amante que se sentaba a su derecha,
que era un capitán de la guardia real, se enroscó una lamia monstruosa,
rodeándolos a los dos con sus serpenteantes volúmenes y aplastándolos con
su pecho humano; cerca de su izquierda apareció un cadáver medio comido
por los gusanos, riendo con dientes sin labios de los que se desprendían larvas
que cayeron sobre Ulúa y el otro amante, que era un caballerizo real. Y
expendiéndose como los vapores del caldero de alguna bruja, aquellos otros
horrores se lanzaron sobre el lecho de Ulúa con baboseos y manoseos
obscenos.
Como la señal de una marca infernal, el horror apareció en las facciones
del capitán, y el caballerizo ante esto y un terror que recordaba una pálida
llama encendida en simas sin sol, apareció en los ojos de Ulúa, y sus pechos
temblaron bajo sus atavíos. Entonces, en un segundo, la habitación en el
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espejo comenzó a balancearse violentamente y los incensarios se volcaron
sobre las palpitantes losas; las lascivas colgaduras se sacudieron y se
hincharon como las velas de una nave en la tormenta. En el suelo aparecieron
grandes grietas, y bajo el lecho de Ulúa se formó rápidamente una sima que
después se ensanchó de pared a pared. La habitación se hundió y la princesa
y sus dos amantes, con todos sus horrorosos enviados a su alrededor, fueron
tumultuosamente arrojados al abismo.
Después el espejo se oscureció y Amalzaín contempló por un instante las
pálidas torres de Miraab tambaleándose y cayendo, recortadas contra unos
cielos negros como el adamanto. El propio espejo temblaba y la velada imagen
de metal que lo sostenía comenzó a inclinarse; estuvo a punto de caer, y la
casa de Sabmón tembló con el paso del terremoto, pero al estar sólidamente
construida, se mantuvo firme, mientras las mansiones y palacios de Miraab
quedaban en ruinas.
Cuando la tierra hubo dejado de temblar, Sabmón salió de su oratorio.
—No es necesario moralizar sobre lo que ha sucedido —dijo—. Has
aprendido la verdadera naturaleza del deseo carnal y has visto asimismo la
historia de la corrupción mundana. Ahora, puesto que eres sabio, pronto te
volverás hacia aquellas cosas que son incorruptibles y están más allá del
mundo.
A partir de entonces, y hasta la muerte de Sabmón, Amalzaín vivió con él y
se convirtió en su único discípulo de la ciencia de las estrellas y de las ocultas
artes del encantamiento y la magia.
EL DIOS DE LOS MUERTOS
—Mordiggian es el dios de Zul-Bha-Sair—dijo el posadero con suntuosa
solemnidad—. El ha sido el dios desde tiempos perdidos en sombras más
profundas que los subterráneos de su negro templo para la memoria del
hombre. No hay otro dios en Zul-BhaSair. Y todos los que mueren dentro de
las murallas de la ciudad son consagrados a Mordiggian. Hasta los reyes y los
magnates, cuando mueren, son dejados en manos de sus embozados
sacerdotes. Esta es la ley y la costumbre. Dentro de un rato los sacerdotes
vendrán a recoger a tu prometida.
—Pero Elaith no está muerta—protestó por tercera o cuarta vez el joven
Phariom, con penosa desesperación—. Su enfermedad es tal que asume la
inerte semejanza de la muerte. Dos veces antes de ahora ha yacido insensible,
con sus mejillas pálidas y una inmovilidad en su propia sangre que apenas
podía distinguirse de la tumba, y dos veces se ha despertado después de un
intervalo de varios días.
El posadero, con aire de apreciativa incredulidad, observó a la muchacha
que yacía blanca e inmóvil, como un lirio segado, sobre el lecho de la cámara
abuhardillada pobremente amueblada.
—En tal caso no debieras haberla traído a Zul-Bha-Sair —advirtió en tono
de búho irónico—. El médico la ha dado por muerta y su muerte ha sido
notificada a los sacerdotes. Debe ir al templo de Mordiggian.
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—Pero somos extranjeros, huéspedes por una noche. Venimos del país de
Xylac, allá al norte, y esta mañana debiéramos haber seguido por Tasuun
hacia Pharaad, la capital de Yoros, que se encuentra cerca del mar meridional.
Ciertamente, tu dios no tiene ningún derecho sobre Elaith, aunque estuviese
verdaderamente muerta.
—Todo aquel que muere en Zul-Bha-Sair es propiedad de Mordiggian—
insistió el tabernero sentenciosamente—. Los forasteros no están exentos. El
oscuro buche de su templo está eternamente abierto y ningún hombre, mujer ni
niño, a través de los años, se ha evadido de su espera. Toda carne mortal
debe convertirse, a su debido tiempo, en alimento del dios.
Phariom se estremeció ante la untuosa y portentosa declaración.
—He oído cosas vagas sobre Mordiggian, una leyenda relatada por los
viajeros en Xylac —admitió—. Pero había olvidado el nombre de su ciudad, y
Elaith y yo entramos ignorantemente en Zul-Bha-Sair... Incluso si la hubiera
conocido habría dudado de esta terrible costumbre que me cuentas... ¿Qué
clase de deidad es ésta que imita a las hienas y a los buitres? Ciertamente,
eso no es un dios, sino un vampiro.
—Ten cuidado no caigas en una blasfemia —advirtió el posadero—.
Mordiggian es viejo y omnipotente como la misma muerte. Fue adorado en
antiguos continentes, antes de que Zothique surgiera del mar. Por él nos
salvamos de la corrupción y del gusano. De la misma forma que los pueblos de
todos países entregan sus muertos a la llama que todo lo consume, nosotros,
los de Zul-Bha-Sair, entregamos los nuestros al dios. Su santuario es terrible,
un lugar de terror y sombras oscuras donde el sol no penetra, allí los
sacerdotes llevan a los muertos y los depositan sobre una vasta mesa de
piedra para que esperen su salida de la cámara interior donde habita. Ningún
hombre vivo, aparte de los sacerdotes, lo ha visto alguna vez, y los rostros de
los sacerdotes se ocultan bajo máscaras de plata; hasta sus manos están
cubiertas, para que los hombres no puedan ver a aquellos que han visto a
Mordiggian.
—Pero hay un rey en Zul-Bha-Sair, ¿no es cierto? Apelaré ante él contra
esta odiosa y horrible injusticia. Ciertamente me escuchará.
—Phenquor es el rey, pero no podría ayudarte aunque lo desease. Tu
apelación no será ni tan siquiera escuchada. Mordiggian está por encima de
todos los reyes y su ley es sagrada. ¡Calla... ! Ya llegan los sacerdotes.
Phariom, con el corazón enfermo por el terror y la crueldad del destino que
amenazaba a su joven esposa en esta desconocida ciudad de pesadilla, oyó
un siniestro y constante crujir de las escaleras que conducían a la buhardilla de
la posada. El sonido se acercaba con una rapidez sobrehumana y cuatro
extrañas figuras entraron en la habitación, pesadamente vestidas de un
fúnebre color púrpura y llevando enormes máscaras de plata esculpidas a
semejanza de cráneos. Era imposible adivinar su apariencia real, porque,
como había insinuado el tabernero, incluso sus manos estaban ocultas por una
especie de mitones y las túnicas purpúreas descendían formando sueltos
pliegues que se arrastraban por debajo como las vendas de una momia
desenroscándose. Había horror en ellos, del que las macabras máscaras sólo
era una parte poco importante; un horror que residía principalmente en sus
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innaturales actitudes agazapadas; en la agilidad bestial con que se movían, sin
ser molestados por sus farragosas vestiduras.
Entre ellos portaban un curioso ataúd, hecho de cintas de cuero
entrelazadas con huesos monstruosos que servían de armazón y sujeción. La
piel estaba grasienta y ennegrecida, como por largos años de uso mortuorio.
Sin dirigir la palabra ni a Phariom ni al posadero, y sin ningún tipo de espera o
formalidad, avanzaron hacia el lecho donde yacía Elaith.
Indiferente a su más que formidable aspecto y totalmente fuera de sí de
pena e ira, Phariom sacó de su cinto un pequeño cuchillo, la única arma que
poseía. Sin hacer caso del amenazador grito del tabernero, se lanzó
salvajemente contra las embozadas figuras. Era rápido y musculoso, y además
estaba vestido con un atuendo ligero y ceñido al cuerpo, lo que aparentemente
le daría cierta ventaja.
Los sacerdotes estaban de espaldas, pero como si hubiesen adivinado
todas sus acciones, dos de ellos se volvieron con la rapidez del tigre, dejando
caer los mangos de hueso que llevaban. Uno hizo caer el cuchillo de la mano
de Phariom con un movimiento que el ojo apenas podía seguir en su
serpenteante descenso. Después los dos le atacaron, haciéndole retroceder
con terroríficos golpes de sus brazos escondidos bajo los mantos y acosándole
por la habitación hacia una esquina vacía. Atontado por la caída, yació sin
sentido durante unos minutos.
Recobrándose confusamente, contempló con ojos borrosos la masa del
pesado tabernero inclinándose sobre él como una luna del color del sebo. El
pensamiento de Elaith, más agudo que el golpe de una daga, le devolvió a una
agonizante conciencia. Escudriñó temerosamente la penumbrosa habitación y
vio que los enfajados sacerdotes habían desaparecido y que la cama estaba
vacía. Oyó el rotundo y sepulcral graznido del posadero:
—Los sacerdotes de Mordiggian son misericordiosos, disculpan el frenesí y
la pena de los recientemente afligidos por una pérdida. Has tenido suerte de
que sean compasivos y considerados con las debilidades de los mortales.
Phariom se puso en pie de un salto, como si su amoratado y dolorido
cuerpo hubiese sido alcanzado por un fuego repentino. Deteniéndose
únicamente para recoger su cuchillo, que continuaba en medio de la
habitación, se encaminó hacia la puerta. Le detuvo la mano del posadero,
agarrándole, grasienta, por el hombro.
—Ten cuidado, no sea que sobrepases los límites de la bondad de
Mordiggian. No es bueno seguir a sus sacerdotes..., y es peor penetrar en la
mortal y sagrada penumbra de su templo.
Phariom apenas oía el consejo. Se liberó apresuradamente de los odiosos
dedos y se volvió para marcharse, pero la mano le sujetó de nuevo:
—Por lo menos, págame el dinero que me debes por la comida y el
alojamiento antes de partir—pidió el posadero—. También está el asunto del
salario del médico, que yo puedo arreglar por ti si me confías la suma
adecuada. Paga ahora..., porque no es seguro que regreses.
Phariom sacó la bolsa que contenía toda su riqueza en el mundo y llenó la
palma que se engarfiaba avariciosamente ante él con monedas que no se
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detuvo a contar. Sin una palabra de despedida ni una mirada hacia atrás,
descendió por las desgastadas y mohosas escaleras de aquella hostelería
comida por los gusanos, como si le persiguiese un íncubu, y salió a las
penumbrosas y serpenteantes calles de Zul-Bha-Sair.
Quizá la ciudad se diferenciaba poco de las demás, excepto en que era
más vieja y más oscura, pero para Phariom, en el extremo de la angustia, el
camino que seguía era como un conjunto de corredores subterráneos que sólo
conducían a un profundo y monstruoso osario. El sol había salido por encima
de las apiñadas casas, pero a él le parecía que no había más luz que un
resplandor perdido y engañoso, tal como el que desciende a las profundidades
mortuorias. La gente seguramente era muy parecida a la de otros lugares, pero
él los veía bajo un aspecto maléfico, como si fuesen vampiros y demonios que
fuesen de un lado a otro con las actividades fantasmales de una necrópolis.
En medio de su pena, recordó amargamente la tarde anterior, cuando al
atardecer había entrado en Zul-Bha-Sair con Elaith, la muchacha montando el
único dromedario que había sobrevivido su paso por el desierto septentrional y
él caminando a su lado, cansado pero contento. La ciudad les había parecido
una bella y desconocida metrópoli de ensueño, con el púrpura rosado del
ocaso sobre sus murallas y cúpulas y los dorados ojos de las ventanas
iluminadas; habían planeado descansar allí durante un día o dos, antes de
reanudar el largo y arduo viaje a Pharaad, en Yoros.
Este viaje fue emprendido únicamente por razones de necesidad. Phariom,
un joven pobre de sangre noble, había sido exiliado a causa de las creencias
políticas y religiosas de su familia, que no estaban de acuerdo con las del
emperador reinante, Caleppos. Acompañado por su recién tomada esposa,
Phariom salió en dirección a Yoros, donde algunas ramas amigas de la casa a
la que pertenecía ya se habían establecido y le darían una acogida fraternal.
Viajaron con una gran caravana de mercaderes, dirigiéndose directamente
al sur de Tasuun. Detrás de las fronteras de Xylac, entre las rojas arenas del
desierto Celotio, la caravana había sido atacada por bandidos que mataron a
muchos de sus componentes y dispersaron a los demás. Phariom y su esposa,
escapando con sus dromedarios, se habían encontrado perdidos y solos en el
desierto y, sin volver a encontrar el camino de Tasuun, tomaron por error otra
ruta que conducía a Zul-Bha-Sair, una metrópoli rodeada de murallas en el
extremo sudoriental del desierto, que no había estado incluida en su itinerario.
Al entrar en Zul-Bha-Sair, la pareja se había detenido por razones de
economía en una taberna del barrio más humilde. Allí, durante la noche, a
Elaith le sobrevino el tercer ataque de la enfermedad cataléptica a la que era
propensa. Los primeros ataques, que habían ocurrido antes de su matrimonio
con Phariom, fueron reconocidos en su verdadera naturaleza por los médicos
de Xylac y aliviados por un hábil tratamiento. Se esperaba que la enfermedad
no volvería. Sin duda, este tercer ataque había sido provocado por las fatigas y
penalidades del viaje. Phariom estaba seguro de que Elaith se recobraría, pero
un doctor de Zul-Bha-Sair, llamado urgentemente por el posadero, insistió en
que estaba realmente muerta, y en obediencia a la extraña ley de la ciudad,
había informado sin tardanza de su muerte a los sacerdotes de Mordiggian.
Las frenéticas protestas del esposo fueron por completo ignoradas.
79
Aparentemente había una diabólica fatalidad en toda la secuencia de
circunstancias por la cual Elaith, todavía viva pero con el aspecto exterior de
muerte que le daba su enfermedad, había caído en las garras de los devotos
del dios de los muertos. Phariom ponderó esta fatalidad casi hasta la locura,
mientras caminaba con una prisa furiosa y sin sentido a lo largo de las calles
eternamente tortuosas y abarrotadas.
A la escalofriante información recibida del tabernero fue añadiendo las
leyendas, tardíamente recordadas, que había oído en Xylac. Ciertamente, mala
y dudosa era la reputación de Zul-Bha-Sair; le maravilló haberle olvidado y se
maldijo a sí mismo con negras maldiciones por su temporal, pero fatal, olvido.
Mejor habría sido que él y Elaith hubiesen perecido en el desierto, antes que
traspasar las amplias puertas que siempre permanecían abiertas, esperando a
su presa, como era la costumbre en Zul-Bha-Sair.
La ciudad era un importante centro comercial, donde viajeros de otras
tierras llegaban, pero no se atrevían a quedarse a causa del repulsivo culto de
Mordiggian, el invisible devorador de los muertos que se creía compartía sus
provisiones con los enmascarados sacerdotes. Se decía que los cadáveres
yacían durante días en el oscuro templo, sin ser devorados hasta que la
corrupción hubiese comenzado. Y la gente hablaba de cosas peores que la
necrofagia. Rituales blasfemos solemnemente representados en las cámaras
infestadas de vampiros y cosas inombrables que hacían con los muertos antes
de que Mordiggian los reclamase para sí. En todos los países alejados, el
destino de aquellos que morían en Zul-Bha-Sair era una palabra horrorosa y
una maldición. Pero para la gente de la ciudad, educada en la fe de aquel dios
vampírico, era simplemente la forma usual y esperada de deshacerse de los
muertos. Tumbas, cuevas, catacumbas, piras funerarias y otras cosas por el
estilo se hacían innecesarias con una deidad tan utilitaria.
Phariom se sintió sorprendido al ver a los habitantes de la ciudad ocupados
con las cotidianas tareas de la vida. Pasaban mozos de cuerda con balas de
mercancía sobre los hombros. Los mercaderes se agitaban en sus puestos
como todos los mercaderes. Compradores y vendedores regateaban a gritos
en los mercados públicos. Las mujeres reían y charlaban a la puerta de las
casas. Unicamente podía distinguir a los hombres de Zul-Bha-Sair de los que
eran, como él, extranjeros por sus voluminosas túnicas rojas, negras y violetas,
y por sus extraños y groseros acentos. La lobreguez de la pesadilla comenzó a
desaparecer de sus sensaciones y, gradualmente, el espectáculo de
humanidad cotidiana a su alrededor sirvió para calmar un poco su salvaje dolor
y su desesperación. Nada podía disipar el horror de su pérdida y el abominable
destino que amenazaba a Elaith. Pero ahora, con una fría lógica nacida de la
cruel exigencia, comenzó a considerar el, en apariencia, imposible problema
de rescatarla del templo del dios-vampiro.
Compuso un poco su expresión y refrenó su paso febril hasta convertirlo en
ocioso vagabundeo, de forma que nadie pudiera adivinar las preocupaciones
que le devoraban. Fingiendo estar interesado en las mercancías de un
vendedor de adornos masculinos, inició una conversación el comerciante
relativa a Zul-Bha-Sair y sus costumbres, haciendo el tipo de preguntas que
serían lógicas en un viajero de tierras lejanas. El tratante era charlatán y
Phariom pronto se enteró de la situación del templo de Mordiggian, que se
alzaba en el centro de la ciudad. También se enteró de que el templo estaba
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abierto a todas horas y que la gente era libre de entrar y salir en su recinto. Sin
embargo, no había más rituales de adoración que ciertas ceremonias privadas
que eran celebradas por los sacerdotes. Pocos se atrevían a entrar en el
templo, debido a una superstición de que cualquier persona viva que hollase
su penumbra volvería pronto como alimento para el dios.
Mordiggian, aparentemente, era una deidad benigna a los ojos de los
habitantes de Zul-Bha-Sair. Resultaba bastante curioso que no se le atribuyese
ningún atributo personal determinado. Era, por así decirlo, una fuerza
impersonal parecida a los elementos...; una energía que consumía y purificaba,
como el fuego. Sus acólitos eran igualmente misteriosos, vivían en el templo y
sólo emergían de él para ejecutar sus deberes fúnebres. Nadie conocía en qué
forma eran reclutados, pero muchos creían que había tanto hombres como
mujeres, renovando así su número de generación en generación, sin ningún
contacto con el exterior. Otros creían que no eran seres humanos en absoluto,
sino una especie de entidades terrestres subterráneas que vivían eternamente,
y que, como el propio dios, se alimentaban de los cadáveres. En los últimos
años, y a partir de esta creencia, había surgido una herejía de poca
importancia, pues algunos sostenían que Mordiggian era una mera invención
hierática y que los sacerdotes eran los únicos que se comían a los muertos. El
comerciante, al mencionar esta herejía, se apresuró a condenarla con piadosa
reprobación.
Phariom charló un rato sobre otros temas y después continuó su progreso
por la ciudad, dirigiéndose tan directamente hacia el templo como se lo
permitían las oblicuas callejuelas. No había formado un plan conscientemente,
pero deseaba reconocer las proximidades. El único detalle esperanzador de
todo cuanto le había dicho el tratante era que el santuario se encontraba
abierto y resultaba accesible a todos los que se atrevían a entrar. Sin embargo,
lo extraordinario de visitantes llamaría la atención sobre Phariom, y éste
deseaba, sobre todo, no llamar la atención. Por otra parte, cualquier intento de
retirar un cuerpo del templo era aparentemente algo nunca oído..., algo
demasiado audaz hasta para los sueños de Zul-Bha-Sair. Debido a la misma
temeridad de su designio, quizá evitase sospechas y consiguiese rescatar a
Elaith.
Las calles que recorría comenzaron a inclinarse y estrecharse, eran más
oscuras y tortuosas que las que atravesara antes. Durante un rato pensó que
se había equivocado de camino, e iba a pedir a los transeúntes que le
indicasen la dirección cuando cuatro sacerdotes de Mordiggian, llevando uno
de aquellos curiosos ataúdes de hueso y cuero que parecían literas, salieron
justo delante de él por una antigua calleja.
El ataúd estaba ocupado por el cuerpo de una muchacha; durante un
momento de agitación y temblor convulsivo que le dejó temblando, Phariom
pensó que la muchacha era Elaith. Al volver a mirar comprendió su error. La
túnica de la muchacha, aunque sencilla, estaba hecha con algún extraño tejido
exótico. Sus facciones, aunque tan pálida como las de Elaith, estaban
coronadas por rizos como pétalos de pesadas amapolas negras. Su belleza,
caliente y voluptuosa incluso en la muerte, se diferenciaba de la rubia pureza
de Elaith como las azucenas tropicales se diferencian de los narcisos.
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Silencioso y manteniendo una distancia prudente, Phariom siguió a las
tétricas figuras cubiertas con su preciosa carga. Vio que la gente abría paso al
ataúd con aterrorizada e incuestionable presteza y las altas voces de los
mercachifles y chalanes se acallaban cuando pasaban los sacerdotes. Oyendo
al pasar una conversación entre dos de los ciudadanos, se enteró de que la
muchacha muerta era Arctela, hija de Quaos, un noble y alto magistrado de
Zul-Bha-Sair. Había muerto muy rápida y misteriosamente por alguna causa
desconocida para el médico, que no había afectado ni estropeado su belleza
en lo más mínimo. Algunos sostenían que un veneno indetectable y no una
enfermedad fue la causa de su muerte, mientras que otros la daban por víctima
de alguna maléfica hechicería.
Los sacerdotes continuaban su camino y Phariom les siguió lo mejor que
pudo sin perderles de vista por el ciego laberinto de calles. La pendiente se
hizo más pronunciada, sin permitir una perspectiva clara de los niveles bajos, y
las casas parecían apiñarse más, como si se resguardasen de un precipicio.
Finalmente, el joven emergió tras sus macabros guías en una especie de
agujero circular en el centro de la ciudad, donde el templo de Mordiggian
sobresalía- solo y separado sobre un pavimento de triste ónice y entre
funerarios cedros cuyo verdor estaba ennegrecido como por las eternas
sombras de los cadáveres legados por las edades muertas.
El edificio estaba construido en una piedra extraña, del tono púrpura
negruzco de la podredumbre carnal, una piedra que rehuía el ardiente brillo del
mediodía y la prodigalidad de la aurora o la gloria del ocaso. Era bajo y no
tenía ventanas, en la forma de un mausoleo monstruoso. Sus puertas
bostezaban sepulcralmente en la penumbra de los cedros.
Phariom observó a los sacerdotes cuando éstos se desvanecieron por las
puertas, cargados con la muchacha Arctela como fantasmas llevando una
carga fantasmal. La amplia zona pavimentada entre las casas que reculaban y
el templo estaba vacía en aquel momento, pero no se atrevió a cruzarla en el
resplandor de la traicionera luz del día. Bordeando la zona, vio que había
varias entradas más al gran santuario, todas abiertas y sin guardias. No se
apreciaba ninguna señal de actividad en los alrededores, pero se estremeció
ante la idea de lo que se ocultaba en el interior de aquellas murallas, de la
misma forma que el festín de los gusanos es ocultado por la tumba de mármol.
Como los vómitos de un cadáver, las abominaciones de lo que había oído
surgieron ante él a la luz del sol y de nuevo estuvo al borde de la locura
sabiendo que Elaith tenía que yacer entre los muertos, en el templo, con la
pestilente sombra de cosas semejantes sobre ella, y que él, consumido por un
frenesí inagotable, tenía que esperar el manto favorable de la oscuridad antes
de poder ejecutar su nebuloso y dudoso plan de rescate. Mientras tanto, ella
podría despertarse y morir ante el horror mortal de lo que la rodeaba..., o
podría pasar algo todavía peor, si las historias que se susurraban eran
ciertas...
Abnon-Tha, hechicero y nigromante, se felicitaba a sí mismo por el trato
que había hecho con los sacerdotes de Mordiggian. Le parecía, y quizá con
justicia, que nadie menos inteligente que él podría haber concebido y
ejecutado los diversos procedimientos que habían hecho este trato posible, por
el que Arctela, hija del orgulloso Quaos, se convertiría en su indudable esclava.
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Ningún otro amante, se dijo a sí mismo, podría haber sido lo bastante resuelto
como para obtener a la mujer deseada de esta forma. Arctela, prometida a
Alos, un joven noble de la ciudad, estaba aparentemente más allá de las
aspiraciones de un hechicero. Sin embargo, Abnón-Tha no era un mago
vulgar, sino un adepto grandemente versado en los más terribles y profundos
secretos de las negras artes. Conocía los conjuros que matan a distancia con
más rapidez y seguridad que el cuchillo o el veneno, y conocía también los
conjuros más
poderosos por los que los muertos pueden ser reanimados, incluso
después de siglos de podredumbre. Había asesinado a Arctela de forma que
nadie podría detectar, con una invocación extraña y sutil que no había dejado
marca, y su cuerpo se encontraba ahora entre los muertos, en el templo de
Mordiggian. Esta noche, con el permiso tácito de los sacerdotes, la volvería de
nuevo a la vida.
Abnón-Tha no había nacido en Zul-Bha-Sair, sino que vino muchos años
antes de la infame y semimítica isla de Sotar, que se encontraba en algún
punto al este del gigantesco continente de Zothique. Como un astuto y joven
buitre, se estableció a la propia sombra del santuario de los muertos y había
prosperado mucho, tomando alumnos y asistentes. Sus tratos con los
sacerdotes eran largos y extensos y el trato que acababa de hacer estaba lejos
de ser el primero de su clase. Le habían permitido el uso temporal de los
cuerpos reclamados por Mordiggian, estipulando únicamente que aquellos
cuerpos no serían sacados del templo durante el curso de ninguno de sus
experimentos en nigromancia. Puesto que el privilegio era ligeramente irregular
desde su punto de vista, había hallado necesario sobornarlos, no con oro, sin
embargo, sino con la promesa de un generoso suministro de algo más siniestro
y corruptible que el oro. El pacto había sido bastante satisfactorio para todos
los implicados: desde la llegada del hechicero, los cadáveres entraban en el
templo en más abundancia de lo normal, al dios no le habían faltado
provisiones, y a Abnón-Tha nunca le faltaron sujetos sobre los que emplear
sus siniestros conjuros.
En general, Abnón-Tha no estaba descontento de sí mismo. Reflexionó
además que, aparte de su maestría en la magia y su ingenuidad llena de
artificios, estaba a punto de manifestar un coraje inigualado. Había planeado
un robo que equivaldría a un horrible sacrilegio; sacar el cuerpo reanimado de
Arctela del templo. Robos semejantes—de cadáveres animados o
inanimados— y el castigo que merecían era únicamente un asunto de leyenda,
porque en los últimos siglos no había ocurrido ninguno. Según la creencia
general, el destino de aquellos que lo habían intentado y habían fallado era
tres veces terrible. El nigromante no era ciego a los riesgos de su empresa, ni,
por otra parte, se sentía disuadido o intimidado por ellos.
Sus dos ayudantes, Narghai y Vemba-Tsith, advertidos de su intención,
habían realizado, con todo el secreto debido, los preparativos para la fuga de
Zul-Bha-Sair. Seguramente, la fuerte pasión que el mago había concebido por
Arctela no era el único motivo para abandonar la ciudad. Estaba deseoso del
cambio, porque se había cansado un poco de las extrañas leyes que, en
realidad, servían para restringir sus prácticas nigrománticas, aunque en otro
sentido las facilitasen. Planeaba viajar hacia el sur y establecerse en una de
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las ciudades de Tasuun, un imperio famoso por el número y antigüedad de sus
momias.
El momento del ocaso se acercaba. Cinco dromedarios, entrenados para
correr, esperaban en el patio interno de la casa de Abnón-Tha, una mansión
alta y desmoronada que parecía inclinarse hacia delante sobre la abierta zona
circular que pertenecía al templo. Uno de los dromedarios llevaría un fardo
conteniendo los libros más valiosos, manuscritos y otros utensilios mágicos del
hechicero. Sus compañeros llevarían a Abnon-Tha, los dos ayudantes... y a
Arctela.
Narghai y Vemba-Tsith se presentaron ante su amo para decirle que todo
estaba dispuesto. Ambos eran mucho más jóvenes que Abnón-Tha, pero,
como él, eran extranjeros en Zul-Bha-Sair. Pertenecían alatezado pueblo de
Naat, una isla cuya mala fama casi igualaba a la de Sotar, poblada por gente
de ojos estrechos.
—Está bien—dijo el nigromante, mientras permanecían con los ojos bajos
ante él, después de anunciar esto—. Sólo tenemos que esperar la hora
favorable. A medio camino entre el ocaso y la salida de la luna, cuando los
sacerdotes estén cenando en la sala interior, entraremos en el templo y
haremos lo que haya que hacer para la resurrección de Arctela. Ellos comerán
bien esta noche, porque sé que muchos de los muertos están maduros sobre
la gran mesa del santuario superior, y quizá Mordiggian también coma. Nadie
vendrá a vigilar lo que hagamos.
—Pero amo —dijo Narghai, estremeciéndose un poco por debajo de su
túnica, de rojo nacarado—, después de todo, ¿es sabio hacer una cosa así?
¿Debes arrancar la muchacha del templo? Antes de esto, siempre te has
contentado con el breve préstamo permitido por los sacerdotes y les ha
devuelto los muertos en el estado requerido de inanimación. En verdad, ¿es
bueno violar la ley del dios? Se dice que la ira de Mordiggian, aunque pocas
veces provocada, es más terrible que la ira de todas las demás deidades. Por
esta razón, nadie ha intentado engañarle durante los últimos años, ni ha osado
retirar ningún cadáver de su santuario. Se dice que, hace mucho tiempo, un
alto personaje de la ciudad se llevó de allí el cuerpo de una mujer a la que
había amado y huyó con él al desierto, pero los sacerdotes le persiguieron,
corriendo a más velocidad que los chacales...; el destino que le correspondió
es algo sobre lo que aún las leyendas susurran débilmente.
—Yo no temo ni a Mordiggian ni a sus criaturas —dijo Abnón-Tha con una
solemne vanagloria en su voz—. Mis dromedarios pueden correr más que los
sacerdotes..., incluso concediendo que los sacerdotes no sean hombres, sino
vampiros, como dicen algunos. Y no hay muchas probabilidades de que nos
sigan; después de su festín de hoy, dormirán como buitres ahítos. La mañana
nos encontrará lejos en el camino de Tasuun, antes de que despierten.
—El amo tiene razón —interpoló Vemba-Tsith—. No tenemos nada que
temer.
—Pero se dice que Mordiggian no duerme —insistió Narghai—, y que lo
vigila todo eternamente desde la negra cámara bajo el templo.
—Eso he oído—dijo Abnón-Tha, con aire seco y suficiente—. Pero
considero que tales creencias son simples supersticiones. En la verdadera
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naturaleza de las entidades que se alimentan de cadáveres, no hay nada que
las confirme. Hasta ahora yo nunca he visto a Mordiggian, ni dormido ni
despierto, pero por todas las probabilidades, se trata simplemente de un
vampiro vulgar. Conozco esos demonios y sus costumbres. Sólo difieren de las
hienas por su forma monstruosa, su tamaño y su inmortalidad.
—Aun así, considero que engañar a Mordiggian no es cosa buena —musitó
Narghai por lo bajo.
Las palabras fueron captadas por el fino oído de Abnón-Tha .
—No, no se trata de un engaño. He servido bien a Mordiggian y sus
sacerdotes y he aprovisionado generosamente su negra mesa. Además, en
cierto modo guardaré lo pactado en lo que se refiere a Arctela: enviaré un
nuevo cadáver a cambio de mi privilegio nigromántico. Mañana, el joven Alos,
el prometido de Arctela, ocupará su lugar entre los muertos. Ahora marchaos y
dejadme, porque debo pensar un conjuro interior que pudra el corazón de Alos,
como un gusano que se despierte en el corazón de un fruto.
A Phariom, enfebrecido y desesperado, le parecía que aquel día sin nubes
transcurría con la lentitud de un río atestado de cadáveres. Incapaz de calmar
su agitación, deambuló sin rumbo por los concurridos bazares hasta que las
torres occidentales se oscurecieron sobre un cielo azafranado, y el atardecer
surgió como un mar gris y encrespado sobre las casas. Después volvió a la
posada donde Elaith había sido atacada por la enfermedad y reclamó el
dromedario que había dejado en el establo. Cabalgando a través de
penumbrosas callejuelas, iluminadas únicamente por el débil resplandor de
lámparas o velas que venían de las ventanas medio cerradas, encontró, una
vez más, el camino hacia el centro de la ciudad.
La penumbra se había espesado hasta convertirse en oscuridad cuando
llegó al área despejada que rodeaba el templo de Mordiggian. Las ventanas de
las mansiones que daban a la zona estaban cerradas y sin luz, como si fuesen
ojos muertos, y el mismo santuario, una colosal masa de negrura, estaba tan
oscuro como cualquier mausoleo bajo las apiñadas estrellas. No parecía que
nadie se moviese en el exterior, y aunque la quietud era favorable a sus
proyectos, Phariom tembló con un estremecimiento de mortal amenaza y
desolación. Los cascos de su camello sonaban sobre el pavimento con un
sonido inquietante y sobrenatural y pensó que los oídos de los ocultos
vampiros, escuchando alertas detrás del silencio, tendrían que oírlos.
Sin embargo, en aquella oscuridad sepulcral no había atisbos de vida.
Alcanzando el asilo de uno de los espesos grupos de viejos cedros, desmontó
y ató el dromedario a una rama que crecía baja. Escondiéndose entre los
árboles, como una sombra entre sombras, se aproximó al templo con infinita
cautela y lo rodeó lentamente, viendo que sus cuatro partes, que
correspondían a los cuatro cuadrantes de la Tierra, estaban todas igualmente
abiertas, oscuras y desiertas. Volviendo por fin a la puerta oriental, donde
había dejado su camello, se envalentonó para entrar en los negros y
amenazadores portales.
Al cruzar el umbral se vio inmediatamente envuelto por una oscuridad
muerta y pegajosa, aromatizada por un vago hedor de podredumbre y el olor a
carne y huesos quemados. Advirtió que se encontraba en un pasillo
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gigantesco, y palpando el camino hacia delante por la pared de la derecha,
pronto llegó a un repentino recodo y vio un resplandor azulado mucho más
adelante, como si fuese algún salón central donde terminaba el corredor.
Contra el resplandor se silueteaban unas columnas impresionantes, y al
acercarse más vio cruzar a varias figuras oscuras y embozadas, que
presentaban el perfil de unos cráneos enormes. Dos de ellos compartían la
carga de un cuerpo humano que llevaban en sus brazos. A Phariom, que se
había detenido en el sombrío salón, le pareció que el vago olor de putrescencia
que flotaba en el aire se hacía más fuerte durante unos cuantos minutos
después de que las figuras desaparecieron .
Ninguna otra figura les seguía y el santuario recuperó su tranquilidad de
mausoleo. Pero el joven esperó durante varios minutos, dudoso y temblando,
antes de atreverse a seguir adelante. Una opresión de misterio sepulcral
espesaba el aire y le ahogaba como los terribles efluvios de las catacumbas.
Sus oídos se volvieron intolerablemente agudos y oyó un confuso zumbido, un
sonido de voces profundas y viscosas indistinguiblemente mezcladas que
parecían salir de la cripta bajo el templo.
Escurriéndose al fin hasta el extremo del salón, escudriñó lo que
obviamente era el santuario mayor: una sala baja y con muchos pilares, cuya
amplitud era revelada a medias por los fuegos azulados que brillaban y
parpadeaban en numerosos vasos en forma de urnas sostenidos en solitario
sobre esbeltas estelas.
Phariom vaciló ante aquel lúgubre umbral porque los olores mezclados de
la carne quemada y podrida eran más pesados en el aire, como si estuviera
más cerca de sus fuentes, y el espeso zumbido parecía ascender de una
oscura escalera en el suelo, al lado de la pared izquierda. Pero la habitación,
según todas las apariencias, estaba desprovista de vida y no se movía nada,
excepto las ondulantes luces y sombras. En el centro percibió la silueta de una
amplia mesa, esculpida en la misma piedra negra que el edificio. Sobre la
mesa, medio iluminadas por la luz de las urnas o escudadas en la sombra de
las pesadas columnas, yacían lado a lado unas cuantas personas, y Phariom
supo que había encontrado el altar negro de Mordiggian donde estaban
dispuestos los cadáveres reclamados por el dios.
En su pecho, un salvaje y asfixiante temor luchaba con la esperanza más
fuerte. Se acercó a la mesa temblando y le invadió una frialdad pegajosa,
producida por la presencia de los muertos. La mesa tenía casi treinta pies de
largo y se alzaba a la altura de la cintura, sostenida por una docena de sólidas
patas. Comenzando por el extremo más cercano, recorrió la fila de cadáveres,
escudriñando temerosamente los rostros vueltos hacia arriba. Estaban
representados ambos sexos y muchas edades y rangos diferentes. Nobles y
ricos mercaderes se apiñaban junto a los mendigos de sucios harapos.
Algunos estaban recién muertos y otros, parecía, llevaban días allí,
comenzando a mostrar señales de descomposición. En la ordenada fila se
veían muchos huecos, lo que sugería que algunos cadáveres habían sido
retirados de allí. Phariom continuó en la débil luz, buscando los amados rasgos
de Elaith. Al fin, cuando se acercaba al extremo más lejano y había
comenzado a temer que ella no estuviera entre ellos, la encontró.
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Yacía como antes sobre la fría piedra, con la palidez y tranquilidad de su
extraña enfermedad. Un gran alivio invadió el corazón de Phariom, porque se
sintió seguro de que ella no estaba muerta y de que en ningún momento había
despertado a los horrores del templo. Si pudiese llevarla lejos de los odiosos
alrededores de Zul-Bha-Sair sin que nadie le detuviera se recobraría de esa
enfermedad tan parecida a la muerte.
Despreocupadamentc, advirtió que otra mujer yacía al lado de Elaith y la
reconoció como la hermosa Arctela, a cuyos portadores había seguido casi
hasta la entrada del templo. No le dirigió una segunda mirada, sino que se
inclinó para elevar a Elaith en sus
brazos.
En aquel momento oyó un murmullo de voces bajas en la dirección de la
puerta por la que había entrado al santuario. Pensando que quizá alguno de
los sacerdotes habría vuelto, se puso a gatas rápidamente y reptó bajo la
enorme mesa que resultaba ser el único escondite accesible. Retirándose a las
sombras, fuera del resplandor de las majestuosas urnas, esperó y miró entre
las patas de la mesa, tan gruesas como los pilares.
La voces se hicieron más altas y vio las curiosas sandalias y las cortas
túnicas de tres personas que se acercaron a la mesa de los muertos y se
detuvieron en el mismo lugar donde él había estado unos cuantos minutos
antes. No podía adivinar quiénes serían, pero sus vestiduras de rojo claro y
oscuro no eran los atavíos de los sacerdotes de Mordiggian. No estaba seguro
si le habían visto o no, y acurrucándose en el espejo bajo la mesa sacó su
daga de la vaina.
Entonces pudo distinguir tres voces, una solemne y untuosamente
imperativa, otra algo gutural y gruñona, y la tercera estridente y nasal. El
acento era extranjero, distinto del de la gente de Zul-Bha-Sair, y las palabras a
menudo extrañas para Phariom. Además, parte de la conversación le era
inaudible.
—...Aquí... en el extremo —decía la voz solemne—. Rápido...; no tenemos
tiempo que perder.
—Sí, amo—oyó la voz gruñona—. Pero ¿quién es esa otra...? Ciertamente
es muy hermosa.
Se desarrolló lo que parecía una discusión, en tonos discretamente bajos.
Aparentemente, el poseedor de la voz gutural quería algo a lo que los otros
dos se oponían. El escucha sólo podía distinguir una palabra o dos de vez en
cuando, pero se enteró de que el nombre de la primera persona era Bemba-
Tsith y que el otro, que hablaba con una estridencia nasal, era Narghai. Al final
se hicieron claramente audibles por encima de los otros los graves acentos del
hombre al que llamaban únicamente amo.
—No lo apruebo de buena gana... Retrasará nuestra partida... y las dos
tendrán que montar en el mismo dromedario. Pero cógela, Vemba-Tsith, si
puedes pronunciar tú solo los conjuros necesarios. Yo no tengo tiempo para
una doble invocación... Será una buena prueba de tu eficiencia.
Un murmullo de gracias o reconocimientos salió de Vemba-Tsith. Después
la voz del amo:
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—Ahora callaos y daos prisa.
A Phariom, que se preguntaba vagamente inquieto la importancia de este
coloquio, le pareció que dos de los tres hombres se acercaban más a la mesa,
como si se inclinasen hacia los muertos. Oyó un crujido de tela sobre la piedra,
y un instantes después vio que los tres se marchaban entre las columnas y las
estelas, en una dirección opuesta a aquella por la que habían entrado en el
santuario. Dos de ellos llevaban unos bultos que brillaban pálida e
indistintamente en las sombras.
Un negro horror atenazó el corazón de Phariom, porque adivinó con toda
claridad la naturaleza de aquellos bultos... y la posible identidad de uno de
ellos. Rápidamente, salió trepando de su escondite y vio que Elaith había
desaparecido de la mesa negra, junto con la muchacha Arctela. Vio que las
sombrías figuras se desvanecían en la penurr,bra que envolvía la pared
occidental de la cámara. No podía saber si los raptores eran vampiros, o algo
peor, pero los siguió rápidamente, olvidado de toda precaución en su
preocupación por Elaith.
Alcanzando la pared, encontró la boca de un corredor y se zambulló en su
interior sin dudarlo. Delante, en algún punto, vio el vago resplandor de una luz.
Después oyó un siniestro rechinar metálico y el resplandor se estrechó hasta
quedar reducido a una ranura luminosa, como si la puerta de la cámara de
donde provenía hubiese sido cerrada.
Siguiendo la pared a ciegas, llegó a aquella ranura de luz escarlata. Una
puerta de bronce cubierta de manchas oscuras había sido dejada entornada y
Phariom contempló un escenario extraño y nefando, iluminado por las llamas
sangrientas que cambiaban constantemente de altura y nacían de unas altas
urnas sostenidas por pedestales oscuros.
La habitación estaba llena de una lujuria sensual que armonizaba
extrañamente con la oscura y fúnebre piedra de aquel templo de muerte. Había
lechos y alfombras de materiales soberbios: bermellones, dorados, azules
plateados y ricos incensarios de metales desconocidos en las esquinas. En un
lado, una mesa baja estaba cubierta de curiosas botellas y extraños utensilios,
tales como los que son utilizados en medicina o magia.
Sobre uno de los lechos yacía Elaith, y cerca, en otro, había sido
depositado el cuerpo de la muchacha Arctela. Los raptores, cuyos rostros
contempló Phariom en aquel momento por primera vez, estaban muy
ocupados con extraños preparativos que le dejaron sumamente perplejo. Su
impulso de invadir la habitación fue reprimido por una especie de maravilla que
le mantuvo extasiado e inmóvil.
Uno de los tres, un hombre alto y de edad madura a quien identificó como
el amo, había reunido varios extraños recipientes, incluyendo un pequeño
brasero y un incensario, y disponiéndolos en el suelo ante Arctela. El segundo,
un hombre más joven, de ojos lujuriosos, había dispuesto unos instrumentos
similares delante de Elaith. El tercero, que era también joven y de aspecto
siniestro, sólo los contemplaba con aire inquieto y aprensivo. Phariom adivinó
que los hombres eran hechiceros cuando, con una destreza nacida de la larga
práctica, encendieron los incensarios y los braseros y comenzaron
simultáneamente a entonar unas palabras rítmicamente medidas en un extraño
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lenguaje, acompañadas por la aspersión, a intervalos regulares, de unos
aceites negros que caían sobre las brasas de los traseros con un gran silbido
elevando enormes nubes de un humo perlado. Oscuros hilos gaseosos
serpenteaban de los incensarios, entrelazándose como venas a través de las
vagas y malformadas figuras, semejantes a gigantes fantasmales, formadas
por los humos más ligeros. El hedor de los bálsamos, intolerablemente
punzante, llenó la cámara, asaltando y perturbando los sentidos de Phariom
hasta que la escena tembló ante sus ojos y adquirió una amplitud imaginaria,
una distorsión producida por los narcóticos.
Las voces de los nigromantes subían y bajaban como si estuviesen
recitando algún salmo sacrílego. Imperiosos y exigentes, parecían implorar la
consumación de una blasfemia prohibida. Como fantasmas en procesión,
retorciéndose y arremolinándose con una vida maligna, los vapores se
elevaron sobre los lechos donde yacían la muchacha muerta y la que mostraba
la apariencia exterior de la muerte.
Entonces, mientras los vapores, bullendo siniestramente, se apartaban.
Phariom vio que la pálida figura de Elaith se había agitado como un durmiente
que despertase, que había abierto los ojos y estaba elevando una débil mano
del suntuoso lecho. El nigromante más joven dejó de cantar interrumpiendo
abruptamente una cadencia, pero los solemnes tonos del otro continuaron y un
hechizo en las piernas y sentidos de Phariom le impidieron moverse.
Lentamente, los gases se adelgazaron como en una desbandada de
fantasmas. El que lo estaba viendo todo, vio que la muchacha muerta, Arctela,
se ponía en pie como una sonámbula. El cántico de Abnón-Tha, de pie ante
ella, llegó sonoramente a su final. En el tremendo silencio que siguió, Phariom
oyó un débil grito de Elaith y después la jubilosa y profunda voz de Vemba-
Tsith, que se inclinaba sobre ella.
—¡Observa, Abnón-Tha! ¡Mis conjuros son más veloces que los tuyos,
porque la que yo he elegido se despierta antes que Arctela!
Phariom salió de su parálisis, como si hubiese desaparecido un fatal
encantamiento. Empujó la poderosa puerta de oscurecido bronce, que rechinó
sobre sus goznes con sonidos de protesta. Con la daga en la mano, se
precipitó en la habitación.
Elaith, con los ojos dilatados por una penosa confusión, se volvió hacia él e
hizo un inútil esfuerzo por levantarse del lecho. Arctela, muda y sumisa ante
Abnón-Tha, parecía no advertir nada, excepto la voluntad del mago. Era una
bella autómata sin alma. Los hechiceros se volvieron cuando Phariom entró y
saltaron con una agilidad instántanea a su encuentro, desenvainando las
cortas espadas, cruelmente curvadas, que todos ellos llevaban. Narghai
arrancó la daga de los dedos de Phariom con un rápido golpe, que desgajó la
fina hoja de la empuñadura, y Vemba-Tsith, con el arma preparada para
descargarla, hubiese matado prontamente al joven si Abnón-Tha no hubiese
intervenido ordenándole detenerse.
—Quiero saber el significado de esta intrusión —dijo el mago—. En verdad
eres atrevido al entrar en el templo de Mordiggian.
—He venido a buscar a esa muchacha que yace ahí—declaró Phariom—.
Ella es Elaith, mi esposa, que fue reclamada injustamente por el dios. Pero
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dime, ¿por qué la has traído a esta habitación desde la mesa de Mordiggian, y
qué tipo de hombres sois vosotros que resucitáis a los muertos, como habéis
resucitado a esta otra mujer?
—Yo soy Abnón-Tha, el nigromante, y estos otros son mis discípulos,
Narghai y Vemba-Tsith. Dale las gracias a Vemba-Tsith, que realmente ha
hecho regresar a tu esposa de las moradas de la muerte con una habilidad que
sobrepasa a la de su maestro. ¡Se despertó antes de que la invocación
hubiese terminado!
Phariom contempló a Abnón-Tha con implacable sospecha.
—Elaith no estaba muerta, sino únicamente en trance—advirtió—. No es la
magia de tu seguidor lo que la ha despertado. Y, la verdad, el que Elaith esté
viva o muerta no es asunto que concierna a nadie excepto a mí mismo.
Permítenos partir, porque deseo marcharme con ella de Zul-Bha-Sair, donde
sólo estamos de paso.
Al decir esto volvió la espalda a los nigromantes y se inclinó sobre Elaith,
que le contemplaba con ojos borrosos, pero que musitó su nombre débilmente
mientras él la oprimía en sus brazos.
—Bueno, esto es una coincidencia asombrosa—dijo Abnón-Tha,
zalameramente—. Mis seguidores y yo también planeamos abandonar Zul-
Bha-Sair y partimos esta misma noche. Quizá nos honraréis con vuestra
compañía.
—Te lo agradezco —dijo Phariom rudamente—. Pero nuestros caminos
quizá no vayan juntos. Elaith y yo queríamos ir hacia Tasuun.
—Por el negro altar de Mordiggian que esto es otra coincidencia aún más
extraña, ya que Tasuun también es nuestro destino. Nos llevamos con
nosotros a la muchacha resucitada, Arctela, a la que he considerado como
demasiado bella para el dios de los muertos y sus vampiros.
Phariom adivinó la oscura maldad que se escondía detrás de las untuosas
y burlonas frases del nigromante. Además, vio el signo furtivo y siniestro que
Abnón-Tha había hecho a sus seguidores. Sabía bien que no le permitirían
salir del templo con vida, porque los estrechos ojos de Narghai y Vemba-Tsith,
que le observaban de cerca, resplandecían con el rojo deseo de matar.
—Vamos—ordenó Abnón-Tha imperioso—. Ya es hora de partir.
Se volvió hacia la inmóvil figura de Arctela y pronunció una palabra
desconocida. Con ojos vacíos y pasos noctámbulos, ella le siguió pegada a
sus talones mientras él se dirigía hacia la puerta abierta. Phariom había
ayudado a Elaith a ponerse en pie y le susurraba palabras de confianza en un
esfuerzo para dulcificar el creciente horror y la confusa alarma que veía en sus
ojos. Podía caminar, aunque lenta y en forma insegura. Vemba-Tsith y Narghai
retrocedieron haciendo señas de que ella y Phariom les precedieran, pero
Phariom, percibiendo su intento de matarle tan pronto como les diese la
espalda, obedeció involuntariamente y miró desesperado a su alrededor en
busca de algo que pudiese utilizar como arma.
Uno de los braseros de metal, lleno de brasas humeantes, estaba a sus
pies. Se inclinó rápidamente, lo cogió en la mano y se volvió hacia los
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nigromantes. Tal y como había sospechado, Vemba-Tsith se acercaba
sigilosamente con la espada levantada, ya a punto de golpearle. Phariom
arrojó de lleno el brasero y su reluciente contenido a la cara del hechicero y
Vemba-Tsith cayó con un grito terrible y ahogado. Narghai, gruñendo
ferozmente, saltó atacando al indefenso joven. Su cimitarra resplandeció
siniestramente a la lívida luz de las urnas, mientras la echaba hacia atrás para
descargar el golpe. Pero el arma no cayó, y Phariom, fortaleciéndose contra la
muerte que le amenazaba, se dio cuenta de que Narghai miraba a sus
espaldas, como si estuviera petrificado por la visión del espectro de alguna
Gorgona.
Como impulsado por una voluntad que no era suya, el joven se volvió y vio
la cosa que había detenido el golpe de Narghai. Arctela y Abnón-Tha,
detenidos ante la puerta abierta, se silueteaban contra una sombra colosal que
no provenía de nada de la habitación. Aquello llenaba la puerta de lado a lado
sobresaliendo por encima del dintel... Después, rápidamente, se convirtió en
algo más que una sombra: era una masa de oscuridad negra y opaca que, de
alguna forma, cegaba los ojos con un extraño arrobamiento. Parecía absorber
la llama de las rojas urnas y llenar la cámara con un escalofrío de muerte y de
vacío. Su forma era la de una columna moldeada por los gusanos, enorme
como un dragón, con las anillas más lejanas continuando por la penumbra del
corredor, pero cambiaba de momento en momento, agitándose y
prolongándose como si estuviera vivo con las energías vertiginosas de los
oscuros eones. Por un breve momento adquirió la apariencia de algún gigante
demoniaco, de cabeza sin ojos y cuerpo sin extremidades, y después, saltando
y esparciéndose como el humeante fuego, se deslizó dentro de la cámara.
Abanón-Tha retrocedió ante él musitando frenéticamente maldiciones y
exorcismos, pero Arctela, pálida, ligera e inmóvil, quedó de lleno en su paso y
la cosa la rodeó, envolviéndola en una hambrienta llamarada hasta que quedó
completamente oculta a la vista.
Phariom, soportando a Elaith, que se inclinaba débilmente sobre su hombro
como si estuviera a punto de desmayarse, no tenía fuerzas para moverse. Se
olvidó del asesino Narghai y le pareció que él y Elaith eran débiles sombras en
presencia de la muerte y la descomposición encarnadas. Vio cómo la negrura
crecía y engrosaba, como una hoguera a la que se echa un leño, al cerrarse
sobre Arctela, y la vio resplandecer con remansados tonos de un amarillo
lúgubre, como el espectro de un sol melancólico. Durante un instante oyó un
suave murmullo como de llamas. Después, rápida y terriblemente, la cosa salió
de la habitación. Arctela se había ido, disolviéndose como un fantasma en el
aire. Llevada por una repentina ráfaga de calor y frío extrañamente mezclados,
llegó un olor acre como el que saldría de una consumida pira funeraria.
—¡Mordiggian!—gritó Narghai presa de un terror histérico—. ¡Era el dios
Mordiggian! ¡Se ha llevado a Arctela!
Su grito, aparentemente, fue contestado por una veintena de ecos
sardónicos, inhumanos como el aullido de las hienas, y sin embargo
articulados, que repitieron el nombre de Mordiggian. Una horda de criaturas
procedentes del oscuro salón, y que sólo por sus ropajes violetas Phariom
pudo identificar como los sacerdotes del dios-vampiro, se desparramó por la
habitación. Se habían quitado las máscaras de forma de cráneos, revelando
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cabezas y rostro que eran mitad antropomorfos mitad caninos y totalmente
diabólicos. Además se habían quitado los guantes sin dedos... Por lo menos
había una docena. Sus garras curvadas resplandecieron a la sangrienta luz
como ganchos de algún metal oscuro; sus dientes afilados, más largos que los
clavos de los sepulcros, sobresalían de labios que gruñían. Rodearon a Abnón-
Tha y a Narghai como un círculo de chacales, haciéndoles retroceder hacia la
esquina más lejana. Varios más, que entraron retrasados, cayeron con
ferocidad bestial sobre Vemba-Tsith, que había comenzado a revivir y gemía y
se retorcía en el suelo entre las desparramadas brasas del brasero.
Parecían ignorar a Phariom y Elaith, que como presos de un funesto trance
lo contemplaban todo. Pero el último en entrar, antes de reunirse con los
asaltantes de Vemba-Tsith, se volvió hacia la joven pareja y se dirigió a ellos
con voz ronca y profunda, como un ladrido resonando desde la tumba.
—Idos, ya que Mordiggian es un dios justo que reclama únicamente a los
muertos y no se ocupa de los vivos. Y nosotros, los sacerdotes de Mordiggian,
tratamos a nuestro estilo con los que violan su ley retirando a los muertos del
templo.
Phariom, con Elaith todavía apoyándose en su hombro, salió del oscuro
salón, escuchando un terrible clamor en el que los alaridos humanos se
mezclaban con los gruñidos de chacales y la risa de las hienas. El clamor cesó
cuando entraron en la azulada luz del santuario y pasaron al corredor exterior,
y el silencio que inundó el santuario de Mordiggian a sus espaldas era tan
profundo como el silencio de los muertos sobre la negra mesa del altar.

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