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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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jueves, 15 de agosto de 2013

El Planeta Perdido

Paul V. Dallas
 Prólogo - La carga mas valiosa

En lo tocante a conocimientos científicos, es tal la ventaja que llevamos a nuestros antecesores que podríamos dejarlos boquiabiertos con las maravillas que son cosas comunes para nosotros. Arquímedes se quedaría asombrado ante nuestras máquinas de calcular; Galileo miraría con incredulidad nuestros telescopios fotográficos, y Pasteur enmudecería ante la penicilina. El que mostrara un tanque de guerra a Julio César o un acorazado moderno a sir Francis Drake, los convencería de que es un dios de otro mundo. Empero, si no hubieran existido aquellos hombres, no tendríamos ahora las maravillas de las que tanto nos enorgullecemos. Sin duda alguna, los que habiten la Tierra después que nosotros nos considerarán con cierto humorismo y dirán: "Me gustaría saber qué hacía la gente los fines de semana cuando no era posible salir del planeta. La vida debe haber sido muy aburrida."
Naturalmente que no lo es, pues ya estamos proyectando el salto al espacio. Si no lo hubiéramos pensado y preparado, nuestros sucesores no pasarían sus fines de semana en planetas distantes.
Al proyectar el viaje al espacio, nos guiamos por los conocimientos cuidadosamente adquiridos y conservados por el hombre desde el comienzo del mundo; pero, claro está, tenemos que agregar algo nuevo a estos conocimientos, pues si no nos atreveríamos a adelantarnos con nuestras mentes, permaneceríamos atados a la Tierra por toda la eternidad.
Si pudiéramos reunir a todos los hombres de ciencia que vivieron hace doscientos años en un gran salón, y colocar en otro a todos los científicos actuales, nos sería posible realizar un experimento interesante. Entraríamos primero en el salón de los sabios de hace dos siglos y les formularíamos esta pregunta: "Señores, ¿alguna vez se dominará la energía del átomo?" Después iríamos al salón ocupado por los sabios modernos para preguntar: "Señores, ¿alguna vez viajará el hombre a la velocidad de la luz?"
Lo más posible es que recibiéramos una respuesta similar en ambos casos. La mayoría contestaría con un "no" rotundo. Algunos se dispondrían a probar que no es posible. Unos pocos dirían: "No hay duda que no se puede hacer actualmente, y todo lo que sabemos ahora parece indicar que jamás podrá hacerse. Pero; a la vista de lo que hemos logrado descubrir hasta el presente, sería tonto creer que existe algo imposible."
Así, pues, podría decirse que vivimos en un salón cuyos límites lo constituyen nuestra imaginación. Si ésta es muy limitada, nuestro salón será pequeño; si le damos rienda suelta, nuestro salón adquirirá proporciones gigantescas.
Se ha dicho que el hombre es capaz de hacer lo que la mente puede imaginar. Lo prueba el hecho de que la realidad nunca se queda muy atrás de lo que concibe el cerebro. Cuando el hombre imaginó que podría volar como un pájaro, construyó de inmediato el aeroplano; cuando concibió la idea de nadar como un pez en lugar de flotar como un tronco, inventó el submarino. Ahora mira el hombre hacia el cielo e imagina que podrá cruzar el espacio como un cometa. ¿Podemos creer que esta realidad está muy lejos?
La mayoría de los que se dedican al estudio de la astronáutica opinan que ya ha nacido el hombre que pondrá por primera vez los pies en la Luna. ¿Quién es? Naturalmente, no podemos decir quién es o llamarlo por su nombre; pero hay dos cosas respecto a las cuales estamos bastante seguros: Es joven y posee gran imaginación.
Por tanto, al imaginar el vuelo al espacio, deberíamos dejarnos guiar por ciertos principios que, al mismo tiempo, no han de limitar nuestros sueños. Adoptando tal razonamiento, tratemos de responder a esta pregunta: "¿Viajará alguna vez él hombre a 300.000 kilómetros por segundo, que es la velocidad de la luz?"
Por supuesto a esta pregunta no se puede contestar con un "sí" o un "no" definitivos. Pero como el hombre progresa constantemente, ¿no resulta difícil suponer que, exceptuando la transferencia instantánea; se llegará a una velocidad en que el hombre se detendrá para decir: "Bueno, ya está; no trataré de ir más rápido?".
Partamos, pues, desde ese punto, guiados por principios establecidos por alguien tan autorizado como el desaparecido doctor Alberto Einstein en su teoría de la relatividad.
Al acercarnos a la mitad de la velocidad de la luz, según nos dice el doctor Einstein, la dimensión tiempo empieza a burlarse de nosotros y parece extenderse. Se extiende sólo para las personas u objetos que viajan a esta velocidad, de modo que si pasa uno un minuto —según él propio reloj— viajando a la mitad de la velocidad de la luz, la gente a la que deja atrás vería pasar más de un minuto en sus relojes.
Esta extensión o estiramiento del tiempo se acrecienta a medida que aumenta la velocidad, de modo que si pasa uno una hora —según su reloj— viajando a 29.000 kilómetros por segundo, ¡en la Tierra habrían pasado casi cinco horas y media! El reloj del viajero marcharía bien, porque al regresar, suponiendo que hubiera pasado uno una hora viajando a esta velocidad, el viajero sería una hora más viejo, mientras que todos los que dejó en el planeta tendrían casi cinco horas y media más de edad. Ya se puede imaginar qué efecto produciría esto si mantuviera uno esa velocidad durante un año y medio. Si se acelerara un poco, llegando a la velocidad exacta de la luz, el tiempo permanecería estacionario para el viajero, de modo que al regresar no sería más viejo que cuando partió.
Como esta broma que nos juega el tiempo a esas velocidades no está en el reino de la simple imaginación, sino más bien en el campo de la ciencia pura, ya ve el lector cómo debe dar rienda suelta a su imaginación para estar a la altura de lo que ya se sabe... Sin embargo, todavía queda mucho por aprender y explorar. Como se mide el tiempo en relación con las dimensiones infinitas del espacio, ha llegado ya el momento de la partida; el viajero está listo, con el dedo sobre el botón que ha de lanzar la nave hacia el vacío. Antes de que apriete el botón, hagamos una breve pausa para meditar un poco.
Cuando llegue el viajero a otro planeta, ¿qué llevará consigo? Alimentos y ropas y equipo científico de lo más adelantado, así como las maravillas de todos los días: una linterna, la cámara filmadora y otras cosas por el estilo..., ¿pero llevará también la codicia y el recelo? ¿O llevará la sabiduría y la amistad? Medite el lector sobre esto por un minuto, pues de una cosa puede estar seguro: el juego limpio y la amistad no progresan porque se adelante en el estudio de la ciencia; eso sólo depende de cada persona, y el estado de ánimo que lleve el viajero podría ser la carga más valiosa que introduzca consigo en el espacio.
Miremos ahora hacia el futuro, entusiasmados ante la idea de que quizá esté leyendo este libro el hombre que ha de llegar por primera vez a la Luna.
P. V. D.
 Capítulo 1 - Navidad memorable
 Al finalizar la suculenta cena de Navidad sobrevino un momento de silencio. Satisfecho en demasía, Bill Hudson miró a su amigo Eddie Watkins al tiempo que le hacía un guiño y ponía una mano a cierta distancia de su estómago, dando así a entender el tamaño que debía tener éste luego de una comida tan abundante. El general Watkins, padre de Eddie, hallábase sentado a la cabecera de la mesa, observando a los dos muchachos con expresión divertida.
—Bueno, parece que no hay peligro de que ninguno de ustedes se muera de hambre —expresó sonriendo.
—No, señor —repuso Bill—. Estoy tan satisfecho, que tengo la impresión de no necesitar un bocado más hasta que pase un año por lo menos.
—Lo mismo digo —terció Eddie—. Desde ahora en adelante no quiero saber nada con la comida.
—¡Ja! —resopló el padre—. Si no me equivoco, no pasarán muchas horas antes que practiquen ambos un avance hacia la cocina con la intención de efectuar un ataque de flanco sobre los restos de este magnífico pavo.
—La verdad es que quizá tenga razón —asintió Bill—. Hablaba con el estómago lleno; pero si ha de juzgarse mi ingestión de calorías en relación con mi metabolismo basal y el probable desgaste de energías...
Eddie lanzó un suspiro al tiempo que elevaba las manos al cielo.
—Los médicos son todos iguales —dijo en tono quejoso—, pero como no vas a recibirte basta dentro de seis meses, no tenemos por qué aceptar tu afirmación, y por mi parte afirmo que jamás volveré a comer.
Rieron los tres, luego de lo cual el general se puso serio y dijo:
—Bill, tenía la intención de hablar contigo sobre tus estudios. El caso es que Eddie y yo te teníamos preparada una sorpresa. Recibirás tu título dentro de unos meses, y tengo entendido que continuarás estudiando para especializarte en medicina espacial. ¿Estoy acertado?
—Así es —respondió Bill—. Opino que la medicina espacial se hace cada vez más importante.
—Estoy de acuerdo —asintió el general—. No sólo porque es necesaria para la gente que viaja por el cosmos en número cada vez mayor, sino también —aquí el militar se tornó más serio y su voz adquirió un tono más enfático— en caso de que nos veamos obligados a defender nuestro planeta contra una agresión espacial... De ser así, tu profesión adquiriría una importancia vital.
Así hablando, pareció abstraerse con la situación militar, y se puso a distribuir saleros, cuchillos y tenedores por toda la mesa, formando frente a sí una línea imaginaria de batalla.
—Es ya un axioma que donde sea posible la mejor defensa es una ofensiva a fondo —continuó. Acto seguido acercó una vinagrera al plato que evidentemente representaba el planeta Tierra—. Ahora bien, si nos atacan, no sólo defenderemos el punto atacado, sino. —y aquí movió varios objetos desde el plato Tierra hasta la mantequera, de donde originara el ataque—... que también contraatacamos en el punto desde donde se origina la agresión. Al fin y al cabo, si se corta la cabeza no hay que tenerle miedo a los brazos.
Los dos muchachos escuchaban sus palabras con profunda atención, aunque sabían que el general no les hablaba realmente a ellos. Más parecía estar pensando en alta voz. De pronto salió de su ensimismamiento y volvióse hacia Bill.
—Para volver a lo que decíamos, Eddie y yo habíamos pensado hacerte un regalo de Navidad. Pero ahora... —el general abrió los brazos al tiempo que se encogía de hombros—..., la tensión que se ha creado entre Poseída y la Tierra llega a un punto en que resulta peligroso...
—¡Vamos, general! —manifestó Bill con una sonrisa—. Esta cena es el mejor regalo que podrían hacerme, y al recibirme aquí las dos semanas de vacaciones me ha becho sentirme como si fuera de la familia, así que no hable de ningún regalo.
—Me alegra que te sientas como de la familia —replicó el general Watkins—, pues en los años en que les he observado crecer juntos, siempre me he alegrado de ver que seguían siendo tan buenos amigos. Han sido como hermanos, y a medida que pase el tiempo verán que una amistad así es lo más importante de la vida. El regalo del que hablaba no era cosa común. Tenía proyectado algo para después que te recibieras este verano. Tendrás una licencia de noventa días antes de reanudar tu trabajo, y había pensado que si la pasaras en Poseída, podrías ganar una experiencia que pocos obtienen de la vida en ese planeta y te habría sido muy ventajosa para tus estudios.
—¡Poseída! —exclamó Bill con gran entusiasmo—. ¡Qué magnífico! En esta temporada no he hecho más que estudiar todo lo referente a ese planeta. Como es el único en el que se ha hallado vida inteligente, resulta muy importante para el estudio de la medicina espacial. Pero estudiar en los libros no es lo mismo que ver las cosas personalmente. Cuando se lo diga al profesor Mercer...
—Espera, espera, Bill —le interrumpió el militar—. Dije que había pensado hacerlo. Como sabes muy bien, estuve de servicio en Poseída durante varios años, por lo que conozco el planeta y tengo buenas relaciones entre los poseidanos. Sé muy bien el beneficio que representaría para ti el viaje, razón por la cual pensé arreglar las cosas para que pasaras allí tus vacaciones. Por desgracia, la situación empeora día a día, están desmejorando nuestras relaciones con los poseidanos y no querría mandarte a un área de peligro tan lejos de la Tierra.
—No creo que haya ningún peligro —expresó Bill—. En primer lugar, lo único que ha habido entre nosotros y los poseidanos son rumores. Estoy al día con las noticias, y aunque todos dicen que empeora la situación, no veo por qué. Ellos no nos han hecho nada y nosotros no le hemos hecho nada a ellos. Ni siquiera ha habido amenazas de ninguna especie, de modo que lo único que sucede es que algunas personas dicen que marchan mal las cosas.
—Admiro tu valor, hijo —dijo el militar—. Pero hay mucho que tú no puedes saber. Admito que no se ha probado ningún incidente concreto; pero, por otra parte, nuestras relaciones se están tornando cada vez más tensas, y en tales condiciones existe realmente un peligro muy real.
"Si estuvieras en Poseída por haberte enviado yo y llegara a estallar la guerra, no podrías salvarte, y no me lo perdonaría jamás. No, Bill, temo que el viaje tenga que ser postergado. Quizá se arreglen las cosas dentro de un año o dos y entonces ya veremos.
Era evidente que Bill no se iba a dejar convencer con tales argumentos. Presentábasele una oportunidad en la que ni siquiera se había atrevido a soñar y ahora que se le ofrecía un viaje por el espacio no lo iba a pasar por alto sólo porque existía la posibilidad de una guerra entre ambos planetas. Naturalmente, si el padre de Eddie se negaba a seguir adelante con su plan original, no se podría hacer nada; pero Bill no pensaba rendirse sin lucha. Un simple torrente de palabras no convencería en absoluto al militar, de modo que el joven decidió apelar a la lógica. Lanzando a Eddie una mirada con la que solicitaba su apoyo, volvióse hacia el padre de su amigo.
—General, no tendría medios para agradecerle por todo lo que ha hecho por mí, y sé que piensa en mi seguridad cuando dice que va a cancelar sus planes para enviarme a Poseída, pero... —interrumpióse al tiempo que se ponía de pie— permítame que le diga cómo veo yo las cosas. Primeramente, si llegara a estallar la guerra entre esta fecha y el mes de junio, la cuestión quedaría definida, ¿no? Entraría a formar parte del Cuerpo Médico y quedaría sujeto a las órdenes del Ministerio de Guerra, ¿verdad?
El general le prestó toda su atención; le agradaba que el muchacho defendiera su posición y también su manera de presentar el caso. Los militares se adhieren siempre a la lógica; tal era su costumbre, y así habíale enseñado a Eddie. Ahora Bill parecía apelar a la lógica para basar sus argumentos. Los ojos castaños del general se fijaron en los azules del muchacho, que lo miraba desde el otro lado de la mesa.
—Así es —contestó.
—Luego—continuó Bill—, si estallara la guerra tres meses después de junio, ya no habría peligro para mí, ¿verdad? Aunque fuera a Poseída, estaría de regreso antes que se declarara la guerra.
—En efecto —asintió el general. No imaginaba dónde quería llegar Bill y sentía curiosidad por saber cómo iba a defender su posición con aquellas argumentaciones.
—Pues bien —expresó Bill en tono triunfal—. De ello se desprende que lo único que le preocupa es que estalle la guerra entre Poseída y la Tierra dentro de los noventa días siguientes al primero de junio.
El general sintióse decepcionado, pues esperaba un argumento más convincente. Aunque no deseaba colocar a Bill en una situación peligrosa, había abrigado la esperanza de que el joven estudiante lograra convencerlo de lo exagerado de sus temores. En cambio, lo único que había hecho Bill era expresar tres hechos evidentes que no cambiaban en absoluto la situación, sino que constituían precisamente el motivo que le hizo variar de idea.
—Naturalmente, ésa es la situación que me preocupa. Como es muy posible que comience una guerra dentro de ese período, sería temerario de mi parte colocarte donde no tendrías posibilidad alguna de salvación.
—¡Ah, general! Pero estúdielo desde otro punto de vista —Bill sonrió levemente—. Es seguro que me veré envuelto en el conflicto en cualquiera de los casos. Como me he especializado en medicina espacial, es probable que se me destine a cualquiera de nuestras tropas que vayan al ataque. Así, pues, me encontraría en la misma posición con una gran diferencia: mi primera salida al espacio se efectuaría entonces en condiciones de combate, sin tener la menor experiencia previa. Por lo menos, si la tuviera, mis posibilidades de sobrevivir serían mucho mayores. Recuerde que mi especialidad es la medicina. Aunque me capturaran al principio, podría ser muy útil a los nuestros que cayeran prisioneros.
El general sonrió.
—Muchacho, te has equivocado de profesión; deberías haber estudiado abogacía. Sí, señor, serías un gran abogado. En realidad, hay mucho de cierto en lo que dices. —Restregóse la barbilla mientras contemplaba el mantel con fijeza—. No hay duda que si te vieras envuelto en la guerra espacial, la experiencia ganada en el viaje y el estudio en otro planeta serían valiosísimos, pero...
Eddie respondió al silencioso ruego de su amigo, diciendo:
—Tienes razón, papá. Si se contempla el caso desde ese punto de vista, el único peligro lo correría sólo durante esos tres meses en que estuviera en Poseída. Después de ese período, si sucediera algo, estaría en situación mucho más ventajosa debido a su experiencia. Probablemente conseguiría un ascenso más rápido debido a ella. Y si no hubiera guerra, habría adelantado mucho en su especialidad.
El padre de Eddie vióse abocado a una decisión. Aquellos dos muchachos continuarían insistiendo, ayudándose el uno al otro, hasta que terminara él por dar su fallo. Su grado obligábale a tomar decisiones definitivas, y en época de combate significaban éstas la muerte cierta de muchos hombres. Una resolución bien meditada solía reducir las bajas al mínimo, pero los riesgos calculados eran parte de su trabajo. La que debía tomar ahora ponía en riesgo una sola vida..., pero era la de una persona a la que él quería tanto como a su hijo. Aclaróse la garganta y al levantar la vista vio que ambos muchachos lo contemplaban con fijeza.
—Bill, ya sabes cuáles son mis sentimientos hacia ti. Como están tan ansiosos por hacer el viaje y Eddie concuerda contigo, no me opondré a que lo realicen.
¡Hurra! —gritó el muchacho, dominándose casi en seguida—. Gracias, general. Sé que saldrá todo bien. No podría expresarlo, pero cuando pienso que estudiaré en Poseida, la veré con mis propios ojos y hablaré con sus médicos y estudiantes...
—No digas más —murmuró el general.
Acto seguido apartó su silla para ponerse de pie, mientras que Eddie hacía lo mismo y marchaban los tres hacia el living-room. Una vez allí se paró frente a ellos y posó una mano sobre el hombro de cada uno.
—Me ocuparé de hacer todos los arreglos —prometió. Te alojarás con el mayor Keller, el médico principal de la colonia terráquea. Tu viaje será extraoficial; pero viajarás como dependiente del ejército, de modo que tus papeles estarán en perfecto orden.
—Gracias, papá —dijo Eddie. Me siento tan feliz como Bill..., aunque me gustaría tener también un buen motivo para ir.
—Ya tendrás tu oportunidad, hijo mío —repuso el padre—. Como oficial de las fuerzas Terráqueas, cumplirás tu período de servicio en Poseída.
—Ya lo sé; pero cuando termine mis estudios seré cadete durante un año, y quizás pasen varios años antes de que tenga una oportunidad de viajar. Bueno, al menos recibiré informes directos de Bill.
El joven volvióse hacia su amigo.
—Bill, si no me escribes todas las semanas para contarme cómo es Poseída, mandaré un proyectil guiado para que estalle sobre tu cabeza.
—No te aflijas, estaré constantemente en contacto contigo. Espero que ambos comprendan lo que siento manifestó Bill.
—No digas más —repuso el general—. Ya está todo arreglado. Terminas tus estudios el primero de junio, y esa misma tarde partes para Poseída. Cuando estén en orden todos los detalles te haré avisar. Ahora tendrán que excusarme; debo poner en orden varios documentos importantes que no respetan ni la Navidad.
Dicho esto encaminóse hacia su estudio.

Bill hallábase tendido en el lecho de la habitación que compartía con Eddie. Ya se había puesto el piyama y observaba a su amigo colgar el elegante uniforme azul en cuyo hombro veíase la insignia P-T, que significaba Planeta Tierra. Era aquélla la última noche de sus vacaciones de Navidad. Al día siguiente regresaría a la Facultad de Medicina para estudiar intensamente durante cinco meses más. Por primera vez en su vida no lamentaba la finalización de sus vacaciones. Cada día que pasara acercábale a su viaje a Poseída, y se dijo ahora que al regresar a la facultad no pensaría en ello, pues la sola idea de que pronto viajaría por el espacio terminaría por aturdirle. Dedicaríase sólo al estudio y al trabajo para que el tiempo se deslizara con más rapidez.
Eddie habíase aseado ya y puesto el piyama. Ahora estaba sentado en el otro lecho, mirando a su amigo.
—Bill —comenzó con cierta vacilación—, ya sé lo mucho que ansias ir a Poseída, y te aseguro que a mí también me gustaría ir..., ¿pero te parece prudente hacerlo? Lamentaría que te sucediera algo.
Bill comprendió que su amigo decía esto, no para hacerle cambiar de idea, sino porque le preocupaba realmente la posibilidad de que le pasara algo. Esto le emocionó notablemente.
—No va a pasar nada —repuso. Te diré, nunca he creído que los poseidanos tengan malas intenciones para con nosotros. No sé qué pueden ganar iniciando las hostilidades.
—Yo tampoco sé qué motivos puedan tener —concordó Eddie—; pero, así y todo, han pasado muchas cosas raras. Francamente, casi querría que hicieran algo —Levantóse de pronto y fué a pararse a los pies de la otra cama, mostrándose casi enfadado—. Me hastía esto de no saber si tratarlos como amigos, balearlos a primera vista o mantenernos indecisos. Preferiría que hicieran algo para que pudiéramos aplastarlos y terminar de una vez. Nunca les tuve confianza a esos poseidanos. ¿Cómo se puede sentir amistad hacia un pulpo de seis patas que habla como una persona?
—Los poseidanos no son pulpos, como les llamas. Es verdad que se les parecen, pero son tan inteligentes como nosotros. En lo que a mí respecta, no me importa en qué clase de cuerpo está alojada la mente, siempre que haya en ella inteligencia.
—Sí, pero si esa mente proyecta tu destrucción...
—Eso no se ha probado todavía —interrumpió Bill.
—Podría decirse que casi se ha probado. Al fin y al cabo, las autoridades de nuestro planeta deben saber cosas que ignoramos, y están muy preocupados por algo, de modo que ya deben haber llegado a una decisión definitiva al respecto.
—A eso me refería —arguyó Bill—. Si se hubieran decidido ya estaríamos en guerra. Como no es así, a pesar de todo lo que saben, ¿cómo puedes decir tú que estás enterado de que los poseidanos quieren destruirnos? Sea como fuera, tengo la firme intención de averiguar todo lo posible mientras me encuentre allí.
—Ya veo que no te detendrás ante nada, y ya te imaginarás lo mucho que te envidio. ¡Pensar que estarás a cuatro mil millones de kilómetros! En un planeta diferente, donde verás cómo viven sus habitantes. En fin, es probable que tenga que ir a rescatarte.
—Si llega a presentarse el caso, no olvides de llevar contigo a tu padre —rió Bill—. Me sentiría mejor si el general dirigiera la operación de rescate.
—¡Bah! —gruñó Eddie—. ¿Crees que no podría capitanear yo una escuadra de rescate? En las últimas pruebas de campaña ideé y ejecuté una maniobra que tomó completamente desprevenido al coronel "enemigo". ¿Sabes lo que dijo? Que papá se sentiría orgulloso de mí.
—Eso no lo dudo, Eddie, y estoy seguro de que algún día legarás a reemplazarlo —Bill tendió la vista hacia la ventana, observando la lejanía—. No parece posible. No bien termine mis estudios, estaré en el espacio, volando por el cielo a ciento sesenta mil kilómetros por segundo. Casi me gustaría poder viajar en una nave militar; sería más interesante y más rápido. Pero te aseguro que hasta volaría en una bañera si fuera necesario.
—Deberías alegrarte de no viajar en el XL-33 —dijo Eddie—. Los poseidanos los han estado destruyendo todos.
—No estamos seguros de que sean los poseidanos los que destruyen esos modelos —protestó Bill.
—Ya lo sé, ya lo sé, doctor; pero cuando desaparecen sin dejar rastros los treinta y dos primeros navíos y no advierten nada los pilotos de prueba, no creo que se pueda atribuir eso a fallas mecánicas o a errores del piloto.
De todos modos, viajaré en una nave de pasajeros.
Bill acercóse a su amigo. Sabía que debía tratar de no pensar demasiado en el viaje si quería dormir tranquilo o completar sus estudios.
—Tengo que dejar de pensar en ello, viejo. De nuevo te agradezco lo que has hecho por mí y me voy a acostar. Ambos tenemos mucho que hacer mañana por la mañana.
Fué a tomar un poco de agua y Eddie sentóse en su cama. para quitarse las zapatillas con gran lentitud, como si estuviera preocupado por algo. Al fin levantó la vista.
Bill —dijo—, quiero preguntarte algo.
—Seguro. ¿De qué se trata?
Se trata de la promesa que nos hicimos hace dos años. ¿Crees que todavía sigue en pie? Ahora que terminamos los estudios y tú te vas de viaje, ¿te parece que sigue teniendo valor?
Como dijimos entonces: "Para toda la vida" —respondió Bill, mirándolo a los ojos con gran seriedad—. Por lo menos es lo que sientoSé que voy a conocer a muchos muchachos buenos, como te ocurrirá a ti, pero ninguno de ellos habrá compartido con nosotros estos primeros años, y nuestro vínculo seguirá en pie.
Sonrió Eddie al tiempo que palmeaba el hombro de su amigo.
—Estaba seguro de que así sería, pero deseaba que me lo dijeras —expresó.
—Pues ya lo he dicho. Ahora acostémonos así dormimos nuestras ocho horas.
Bill tendióse en la cama y apagó la luz.
—Buenas noches, general —agregó.
—Buenas noches, doctor —fué la respuesta.
Luego reinó el silencio en la habitación, mientras que en la mente de cada uno de sus ocupantes, las camas se convirtieron en un poderoso tanque de guerra y en un velocísimo navío espacial.
 Capítulo 2 - La partida hacia Poseída
 Bill Hudson llegó al espaciopuerto con cuarenta y cinco minutos de adelanto. Encaminóse a la Oficina de Partidas donde presentó sus documentos y dejó el equipaje, tras de lo cual, como le quedaba aún media hora de tiempo, marchó hacia la galería de observación situada al borde del campo.
El espaciopuerto era inmenso y se extendía en todas direcciones como una rueda gigantesca dentro de cuya circunferencia se efectuaba el contacto con el espacio exterior. Junto a los bordes interiores se hallaba dividido el campo en solares perfectamente delineados que se sucedían unos a otros. Desde su lugar en la galería de observación le pareció a Bill como si los rayos de la rueda comenzaran en sus bordes para interrumpirse a un tercio del camino hacia el centro. Cada uno de los solares contenía una torre de partida, hangares y guinches tractores para colocar a las naves en sus sitios, y cada uno contaba con su propio personal de tierra. En cualquiera de los talleres situados en cada solar podría haberse reconstruido una de las naves. El viaje al espacio era trabajo de precisión, y no se escatimaba dinero ni esfuerzo alguno para asegurar la seguridad de cada vuelo. En realidad, tan a fondo se reajustaba a cada nave entre viaje y viaje que cada una era prácticamente flamante cuando volvía a partir.
El vasto espacio desierto en el centro de la rueda reservábase para los aterrizajes. Al llegar el navío, lanzando gases por sus cohetes de cola, le salían al encuentro los guinches tractores desde el solar correspondiente. Luego de quedar instalada la nave en su sitio, desembarcaban los pasajeros para ser trasladados a la Oficina de Llegadas.
Aquél era el portal por el que escapaba el hombre hacia el infinito, se dijo Bill al contemplar los grupos de obreros diseminados por todo el lugar. Desde aquellos terrenos daba el hombre su salto hacia los bordes más lejanos del universo. ¿Y desde allí? Se estremeció el muchacho y consultó su reloj, comprobando que le faltaban pocos minutos.
Al examinar su pase vio que su nave partía del Solar Número 5. Como la galería de observación se hallaba cerca del número uno en el círculo, Bill paseó la vista sobre los primeros tres solares para fijarse en el cuarto que se hallaba a unos seiscientos metros de distancia, notando por la actividad febril allí reinante que aquél era el lugar. Mientras estaba mirando se abrieron lentamente las puertas del hangar y salieron dos tractores guinches que arrastraban tras de sí al enorme navío espacial recostado sobre su plataforma. La carga y el aprovisionamiento que descansaran en el área destinada a tal fin comenzaron a ser llevados a bordo. Los mecánicos e ingenieros se introdujeron en la nave a fin de hacer los últimos ajustes e inspecciones. Finalmente se terminó la operación de carga y Bill comprendió que el jefe del personal habría recibido ya el informe de su cuadrilla, anotado todo en el formulario correspondiente y entregado éste al capitán. Ya estaba todo preparado. Los guinches arrastraron el navío hacia la torre de partida donde se recibiría a los pasajeros.
El joven apartóse de la baranda contra la que estuviera apoyado y descendió por la escalera. Echó a andar por la acera que rodeaba el espaciopuerto y acababa de pasar junto al Solar Número 2 cuando anunciaron los altavoces que el vuelo número 326 para Poseída estaba por iniciarse desde el Solar Número 5. El anunciador solicitaba a todos los pasajeros que se presentaran al instante. Bill sonrió para sus adentros. Gracias a la ventaja que llevaba, podría marchar tranquilamente, como si fuera aquello algo que hacía diariamente..., y aún así llegar primero que todos.
A la entrada del Solar Número 5 lo recibió un cabo del pelotón de seguridad que le solicitó sus documentos. Devolviendo su saludo de manera casual, Bill le entregó su carpeta, la que le devolvió el otro luego de haber examinado los papeles y tomado nota en un libro.
—Gracias, señor —dijo—. Que tenga buen viaje.
—Gracias, cabo —repuso Bill, esforzándose por disimular su entusiasmo.
Continuó andando por el corredor que pasaba frente al edificio de la administración, llegó al Solar Número 5 y salió al exterior. Allí, a unos cien metros de distancia, se hallaba el navío, todavía en posición horizontal. Encaminóse hacia el mismo y ascendió la escala portátil que daba acceso al compartimiento de los pasajeros, a cuya entrada lo recibieron el copiloto y tres de los tripulantes. El copiloto le dio la bienvenida, destinándole el asiento número uno. Este asiento resultó estar en la parte delantera; frente al mismo estaba el mamparo que separaba el compartimiento de pasajeros de la cabina de mandos.
Todos los asientos miraban hacia atrás, de modo que Bill instalóse lo más cómodamente posible y se puso a observar a los pasajeros que llegaban, viendo que casi todos eran comerciantes y funcionarios que regresaban a Poseída después de sus vacaciones. Los diplomáticos importantes o militares no viajarían en un aparato de pasajeros, sino en los transportes más veloces de las Fuerzas Terráqueas.
Poco después vio entrar a un joven que contaría uno o dos años más que él. Era delgado, gastaba anteojos y vestía el sencillo uniforme azul oscuro con la banda blanca en el hombro que correspondía a los mensajeros del Cuerpo de Comunicaciones. Uno de los tripulantes lo hizo pasar y lo condujo al asiento número dos, al lado de Bill.
—Hola —saludó el recién llegado al muchacho—. Parece que vamos a ser compañeros de viaje.
—Así parece —repuso Bill, esforzándose por parecer viajero avezado—. Me llamo Bill Hudson.
—Mucho gusto —contestó el mensajero—. Yo soy Griff Hughes.
Bill observó al recién llegado mientras éste preparábase para estar lo más cómodo posible. Hughes puso su maletín de mano en el espacio destinado a ello en lo alto del tabique, desprendióse la chaqueta y se sentó con leve actitud displicente. Bill se hizo cargo de que aquél no era el primer viaje del joven, y alegróse de que le hubiera tocado como acompañante un viajero experimentado que no era mucho mayor que él.
Cuando el otro se hubo acomodado, Bill le preguntó:
—¿Cuántos viajes ha hecho ya?
—He perdido la cuenta —respondió Griff con cierta condescendencia en su tono—. Viajé por lo menos dos veces por semana, y estoy en el Cuerpo de Comunicaciones desde hace más de un año y medio, de modo que hace rato dejé de contar mis viajes. ¿Usted vuela por primera vez?
Asintió Bill.
—Hacía mucho que deseaba hacerlo, pero es la primera vez que se me presenta la oportunidad. Dígame, ¿es...? ¿Cómo es la partida?
—No tiene nada de extraordinario. Dentro de un momento pronunciará el capitán un breve discurso de bienvenida y dará instrucciones a los pasajeros; después partimos. No se corre por el suelo ni se ve nada, de modo que se sospecha un poco la velocidad, pero no se siente en realidad. Es algo así como viajar en esos acensores muy rápidos. Si dejaran abierta la puerta vería uno los pisos que deja atrás y se daría cuenta de la velocidad.; pero cuando la puerta está cerrada, el único modo de saber que está uno viajando es observar las lucecillas que indican el piso por el que se pasa.
Asintió Bill, aunque no del todo convencido.
—Ya me doy cuenta —dijo—, pero como esto es mucho más rápido, pensé... Bueno, de todos modos ya lo veré dentro de unos minutos.
Recostóse contra el respaldo y se irguió de nuevo al ocurrírsele otra idea.
—Oiga, usted debe conocer muy bien el planeta Poseída—dijo—. ¿Cómo son los poseidanos? ¿Se puede trabar amistad con ellos? ¿Hablan con uno? ¿Es peligroso? Quiero decir si es posible hacerse amigos de ellos.
Griff rompió a reír.
—¡Dios mío! ¿Ha estado leyendo revistas de historietas? ¡Vamos, si son personas, lo mismo que usted y yo!
Algo turbado, Bill se hizo cargo de que sus preguntas habíanle hecho parecer algo tonto, especialmente debido a que los poseidanos y terráqueos mantenían buenas relaciones en la colonia instalada en Poseída. Pero, como esperaba conocer pronto a aquellos otros seres, deseaba que le explicaran lo que se esperaba de él con respecto a la actitud que debía adoptar en el planeta.
Estaba por explicar esto cuando Griff lo interrumpió.
—Espere un momento. Estamos por emprender viaje. Una vez que hable el capitán se iniciará la partida. Ya en el espacio tendremos tiempo de sobra para hablar, de modo que calle ahora y siga sus instrucciones.
Bill dejó de pensar en Poseída para dedicar su atención al presente. Al mirar a su alrededor vio que ya había entrado el último pasajero. La gran puerta exterior giró sobre sus goznes hidráulicos y se oyó un leve zumbido por sobre el ruido que hacían los pasajeros al acomodarse y charlar entre ellos. Comenzaba a funcionar la maquinaria renovadora de la atmósfera de la nave; los viajeros acababan de respirar por última vez el aire de la Tierra.
De pronto oyóse un silbido procedente de un altavoz y a poco les llegó la voz del capitán.
—Les habla el capitán Martin. Bienvenidos a bordo. El viaje se iniciará dentro de pocos minutos, y para los que lo hacen por primera vez quisiera explicar ciertas reglas. Hacia la parte posterior de la cabina, es decir el extremo hacia el que miran, se encuentra la pantalla proyectográfica. En la cabina de mandos se escribirán instrucciones para los pasajeros y se proyectarán en la pantalla. En todo momento, cuando oigan esta campanilla —se oyó un sonoro campanillazo— miren hacia la pantalla y sigan al instante las instrucciones. No bien hayamos partido e iniciemos el vuelo, se pondrán en funcionamiento las cámaras televisoras y conectadas con la pantalla a fin de que puedan observar todos los puntos de interés.
"Se hallan ustedes instalados en asientos convertibles que antes del despegue se extenderán para convertirse en camas. Los tripulantes les colocarán las correas de seguridad y volverán a desprenderlas luego del despegue. También colocarán suelas de metal a sus zapatos, de modo que queden atraídos hacia el piso, el que estará magnetizado constantemente durante el vuelo. Mientras estén sentados, tengan por lo menos un pie en el suelo en todo momento, a menos que se encuentren asegurados con las correas.
"No se permite fumar durante el despegue. Recuerden que estaremos en posición vertical, de modo que se efectuará el despegue mientras están todos de pie. Quizá sientan unos breves segundos de incomodidad, pero casi en seguida volverá todo a la normalidad.
"Se ruega no conversar durante el despegue. De nuevo les pido que presten atención a la pantalla todas las veces que suene la campanilla. Muchas gracias a todos y confío en que tengan un buen viaje."
Al quedar en silencio el altavoz Bill se dio cuenta de que tenía las manos húmedas, por lo que las secó con su pañuelo, el que guardó al sonar la campanilla. Sus ojos se dirigieron al instante hacia la pantalla, en la que vio el siguiente aviso:
"Ponga los brazos a los costados. Su asiento está por colocarse en posición horizontal."
Así lo hizo, viendo que todos los asientos se movían al mismo tiempo, inclinándose hacia atrás los respaldos al tiempo que se elevaba la parte inferior, hasta que Bill se encontró tendido de espaldas, con la vista fija en el techo. Los tres encargados de la cabina recorrieron rápidamente el compartimiento, colocando las correas de seguridad las suelas metálicas a los zapatos. Después regresaron a toda prisa hacia la parte posterior, se tendieron en sus asientos y se colocaron las correas. Unos segundos más tarde notó el joven que se inclinaba la nave, colocándose en posición vertical. Sus pies quedaron entonces apoyados sobre una saliente que se proyectaba al extremo inferior del asiento, y las correas le mantenían sujeto, aunque tenía los brazos libres,
De nuevo sonó la campanilla y el joven miró hacia abajo, pues la pantalla estaba ahora al pie del compartimiento.
"Afirme bien los pies y tenga rígidas las piernas; estamos por partir"decía el aviso.
Obedeció la indicación al tiempo que desaparecía lo escrito.
Al cerrar los ojos adivinó el movimiento casi imperceptible al principio. Después notó que sus pies se posaban con fuerza sobre la saliente y las correas le mantenían sujeto con dificultad. Durante varios segundos acrecentóse la presión, y luego fué amenguando tan gradualmente como se presentara. Unos segundos más tarde había desaparecido por completo.
Al sonar de nuevo la campanilla abrió los ojos para mirar hacia la pantalla, viendo aparecer en ella las palabras: "Estamos en el espacio".
 Capítulo 3 - 160.000 kilómetros por segundo
Ahora que acababa de apartarse de la Madre Tierra y formaba parte del espacio infinito que tantas veces contemplara con profundo anhelo, Bill dejó de experimentar aquella sensación de irrealidad con la que observara todo hasta entonces. En efecto, habíale parecido hasta ese momento que todo aquello le sucedía a otra persona y que él no era más que un observador, capaz de ver y oirmas no de participar en la gran aventura. Ahora cambiaban las cosas; le estaban pasando a él, y ya se hallaba en camino hacia lo que a menudo se llamaba "El Planeta Perdido" debido a lo mucho que tardó el hombre en descubrir su existencia.
Había dedicado las últimas semanas a leer todo lo que pudo encontrar respecto a Poseída, cambiando también algunas cartas con el mayor John J. Keller, de modo que Los detalles básicos acerca de su futura residencia estaban muy frescos en su mente. Tratábase de un planeta algo más pequeño que la Tierra, pero su mayor densidad le otorgaba una gravedad similar a éste. Su atmósfera a la altura del mar era casi idéntica a la de la Tierra y se adaptaba perfectamente a los requerimientos de los seres humanos. Habíanlo bautizado en honor de Poseidón, dios griego de las aguas, pues se descubrió que sus habitantes principales vivían en los océanos y se asemejaban mucho a pulpos, diferenciándose principalmente de éstos sólo en que tenían seis brazos, o piernas, o lo que quisiera llamárseles, en lugar de ocho tentáculos como tienen los cefalópodos a los que se les comparaba.
Decíase que la inteligencia de los poseidanos era del mismo nivel que la de los terráqueos, y hasta algunos afirmaban que era superior, aunque esto daba pábulo a innumerables discusiones. Una vez había visto Bill a dos de aquellos seres desde bastante lejos, cuando salían del mar para entrar en los grandes tanques movibles en los que viajaban de uno a otro lado para asistir a conferencias con las autoridades, mas tenía una idea muy vaga respecto a lo que eran en realidad. Ahora se preguntaba si sería posible tratar a aquellos seres como si fueran semejantes a los humanos.
Se dio cuenta entonces de que el asiento volvía a tomar su posición original y abrió los ojos en el momento en que quedaba nuevamente sentado. Los encargados de la cabina habíanse levantado ya y se ocupaban de desprender las correas, pero Bill no esperó que llegaran a su lado. Ya había desprendido dos de ellas y estaba haciendo lo mismo con la tercera cuando se acordó de posar los pies sobre el suelo. La saliente de abajo habíase retirado al convertirse el asiento, de modo que colocó ambos pies en el piso. Después quitóse la última correa de seguridad y miró hacia la pantalla en el momento mismo en que conectaban a ella los televisores, y se sorprendió al ver la gran esfera de la Tierra en medio del espacio. Habían recorrido ya una gran distancia y se hallaban muy lejos del radio de atracción del planeta.
Durante los breves minutos que siguieron al impulso inicial que los lanzó en su camino, Bill había olvidado al mensajero que tenía a su lado. Ahora volvió la cabeza para ver a Griff Hughes que examinaba los folletos entregados por la empresa a los pasajeros.
—No estuvo del todo mal —comentó Bill con la idea de reanudar la conversación.
El otro guardó los folletos en un hueco del asiento.
—Así es —repuso—. Ahora es ya una ciencia. Antes solían presentarse dificultades al partir, pues había gente que se descomponía y hasta se desmayaba.
—Sí, ya me lo habían comentado. Francamente, fué por eso que estaba un poco preocupado. Uno no cree que estos despegues se puedan realizar tan bien hasta que no los experimenta por sí mismo. Siempre existe la posibilidad de que sea uno el único que sufre efectos que no sienten los demás. El sistema respiratorio suele afectarse por muchas causas, tanto psicosomáticas como físicas.
—Es verdad —concordó Griff—. Una vez conocí a un hombre que sahogaba cada vez que veía una rosa, y afirmaba que moriría si alguna vez tenía que aspirar de cerca su aroma durante varios minutos. Pero esos casos son muy raros y no hay que afligirse por adelantado.
—Tiene razón. Lo que pasa es que he leído algo sobre los electos que solían producir estos despegues y he visto tanta gente aquejada de enfermedades extrañas que... En fin, me hubiera desagradado mucho perder el sentido.
Griff lo miró con interés.
—¿A qué se dedica? —inquirió—. ¿A la medicina?
Asintió Bill.
—Y voy a especializarme en medicina espacial.
—¡Ah! —rió el otro—. Me figuré que sería médico. Todos ustedes se preocupan por estas cosas.
—No somos tan malos —repuso Bill, comenzando a simpatizar con aquel delgado mensajero de anteojos. El joven parecía deseoso de pasar por hombre de mundo, mas esto no le restaba simpatía.
—Quizá no —dijo Griff—, pero es por ustedes que soy un simple mensajero que viaja en estas naves tan lentas.
—¿Por eso es mensajero?
—Es largo de contar —manifestó Griff, como si le aburriera el tema—, pero el caso es que deseaba alistarme en la Fuerza Espacial y graduarme como piloto de prueba, ya que es el trabajo para el que más me adapto. Pero —y se tocó los anteojos— los médicos miraron esto y me preguntaron si no deseaba dedicarme a vender calcetines u otra cosa. Por eso, mis reflejos tan veloces y mi mente apropiada para pruebas en el espacio se ven limitados a este lento viaje entre Poseída y la Tierra dos veces por semana.
—Es una pena —expresó Bill—, pero no olvide las responsabilidades que tiene a su cargo. Además, no me parece que es lento un viaje en el que se avanza a ciento sesenta mil kilómetros por segundo.
—¿Responsabilidades? ¡Bah! —gruñó Griff—. No soy soldado ni oficial; me encuentro en un plano indeciso que se conoce como el de las jinetas blancas. Y no me importa lo que opine usted de la velocidad que llevamos; para mí no es nada. Los que me interesan son esos navíos proyectados para correr al doble de esta velocidad.
—Si habla de los modelos XL, debería alegrarse de no tener que viajar en ellos.
—¿Por qué? —Griff frunció el ceño al tiempo que relucían sus ojos tras los cristales—. ¿Por esos pocos accidentes?
—No por eso —explicó Bill—, sino porque desapareció cada uno de los que ascendió con su piloto de prueba. No se ha vuelto a ver ninguno.
—¡Aja! —exclamó el mensajero, agregando en tono enfático—: ¿Y sabe por qué? ¿Sabe por qué no regresó ninguno de esos modelos XL?
—¿Por los poseidanos? —aventuró Bill.
—¡Tonterías! No son capaces ni de matar una mosca. Ha sido por éstos. —Se indicó los ojos—. De haber estado yo gobernando esos navíos, le aseguro que los hubiera traído de regreso.
Bill no pudo menos que sentirse divertido ante la seguridad con que hablaba aquel joven algo fanfarrón; pero al mismo tiempo le tuvo un poco de compasión por el hecho de que se viera alejado de una carrera que tanto le interesaba.
—Griff —expresó con seriedad—, estoy seguro de que usted sería un excelente piloto de prueba. ¿Pero y si resulta cierto que los poseidanos son responsables de la desaparición de las naves? Bien podrían haber inventado un método para capturarlas o destruirlas. ¿Qué podría hacer un navío desarmado a cargo de un solo hombre?
Huges agitó las manos como para rechazar tal posibilidad.
—Esos son cuentos de viejas —contestó—. Los poseidanos no tienen nada que ver con los accidentes.
—Hay hombres muy importantes que opinan de otro modo.
—Lo cual indica claramente que los hombres importantes pueden tener el cerebro muy estrecho —declaró el mensajero— escúcheme; conozco a muchos poseidanos, tanto por mis obligaciones oficiales como por haberlos tratado personalmente, y le aseguro que no hay gente más decente y amable que ellos.
—De eso estoy seguro —asintió Bill con rapidez, alegrándose de cambiar un poco el tema—. A decir verdad, me resulta raro oírle llamarlos "gente".
—¿De qué otro modo podría llamarlos? —exclamó Griff.
—Francamente, no sé cómo pensar en ello, y eso es lo que más me preocupa. Temo hacer el papel de tonto cuando los conozca. ¿Se les da la mano? Y, de ser así, ¿con qué se la toman a uno?
—Bill, ha encontrado usted a la persona más apropiada para consultar al respecto. El profesor Griff Hughes le aclarará las cosas. Naturalmente, yo tuve el mismo problema y lo resolví, de modo que ahora recogerá usted los beneficios de mi experiencia. Por supuesto, no le cobraré nada.
Bill no pudo menos que sonreír al oír estas palabras.
—Pues bien, mírelo así —continuó el otro con aparente pedantería—, si llamara el teléfono en su casa de la Tierra y contestara usted sin conectar el visor, oyendo en seguida una voz que le dijera "Hola", ¿qué diría usted?
—Pues le atendería como es costumbre —repuso Bill, algo intrigado.
—¿Quiere decir que le atendería con toda naturalidad?
—Seguro.
—Bueno, eso es todo, amigo —dijo Griff, abriendo los brazos—. Usted no sabe qué aspecto tiene la persona que le llama e ignora su nombre, sin embargo lo atiende con toda naturalidad. ¿Quiere decirme que si sostuviera una conversación prolongada sobre medicina, por ejemplo, y después conectara el visor y viera que ha estado hablando con un poseidano, no sabría qué hacer?
¡Naturalmente! Eso era. Uno debe dirigirse a la mente de quien le escucha, sin prestar atención a la forma exterior del individuo. Bill sintióse notablemente aliviado; ahora sabía que podría intercambiar ideas con los poseidanos sin perder el aplomo. Habíase preocupado más de lo necesario con un problema que no era tan tremendo como imaginara, ahora comprendía que, aunque le sería necesario reajustar un poco sus puntos de mira, el problema estaba resuelto. Podría hablar con ellos de manera natural, teniendo en cuenta lo que le dijera Griff respecto al teléfono.
El mensajero mostrábase muy ufano ante la impresión que hiciera sobre su compañero Bill le miró con una sonrisa.
—¡Pensar que me tenía alterado una cosa tan sencilla! Amigo Griff, tengo que darle las gracias por resolverme el dilema.
—No es nada —respondió Griff con gran modestia.
Ahora permítame que le pregunte algo más. Usted parece estar seguro de que los poseidanos nos miran con buenos ojos. ¿Tiene algo en qué basar esa opinión o es una simple idea, suya?
—Ahora verá —fue la respuesta—. Si hay algo bueno en el Cuerpo de Comunicaciones es el hecho de que coloca sus humildes mensajeros en situación de alternar con mucha gente. Cuando uno llega a conocer a muchas personas, desde las filas del pueblo a las esferas gubernamentales, uno adquiere un conocimiento especial sobre todas ellas. Es decir —agregó—, si uno posee una mente capaz de absorber ciertas cosas.
"Una vez me encargaron entregar un mensaje a Delu, el líder de los poseidanos. Verdad que no fué cosa de gran importancia: se trataba de un simple saludo de las Fuerzas Terrestres con motivo de su cumpleaños. Pero el caso es que tuve ocasión de conocerlo y me invitó a pasar con el resto de la tarde. Una invitación así del jefe de los poseidanos es, lógicamente, una orden, de modo que acepté. Puedo asegurarle que Delu es una gran persona. Ambos lo pasamos muy bien juntos, cambiamos opiniones sobre temas filosóficos y hablamos de muchas cosas..., y sé que no tiene un solo pensamiento maligno en su cabeza.
Sonrió Bill para su interior ante la idea de que aquel atrevido mensajero hubiera cambiado ideas filosóficas con Delu, de quien se sabía que era un sabio. Fuera lo que fuese, Grriff Hughes no era una modesta violeta; pero, claro está, un mensajero que ambicionara ser piloto de prueba debía poseer un egotismo extraordinario para poder subsistir en su humilde posición, así lo consideró Bill en ese momento.
—Espero que tenga razón, Griff —asintió.
Las horas siguientes pasaron con rapidez para los dos jóvenes que se entretuvieron charlando riendo. Bill se enteró de muchas cosas referentes a Poseída, lo cual le resultó muy interesante. Después les sirvieron la comida, y todavía estaban conversando cuando sonó la campanilla y en la pantalla apareció un aviso indicando que se aseguraran todos las correas. Pasaron luego los encargados, retirando las suelas de metal y prestando la ayuda necesaria a los pasajeros.
Acto seguido se inclinaron de nuevo los asientos y a poco volvieron a sentir la sensación de peso que desapareciera durante el viaje; Bill notó que sus pies presionaban sobre la saliente de abajo al descender la nave hacia atrás los últimos centenares de metros. Oyóse el rugir de los cohetes y el navío se asentó con suavidad en la plataforma, quedando con la proa hacia el cielo.
Todos los pasajeros quedaron sujetos con las correas hasta que los guinches colocaron la nave en posición horizontal, tras de lo cual se reconvirtieron de nuevo los asientos y todos se desprendieron las correas y se aprestaron a descender.
Se saludaron los dos jóvenes, prometiendo Griff visitar a Bill la próxima vez que sus deberes le concedieran unas horas libres.
Llegó el momento en que se abrió la puerta exterior para dejar penetrar en la cabina la luz del sol de Poseída, los pasajeros avanzaron lentamente hacia la salida.
Bill fué adelantándose con lentitud. A poco se halló en el umbral y posó los pies sobre la escalera portátil. Al mirar hacia abajo vio a un mayor del Cuerpo Médico de las Fuerzas Terráqueas que esperaba con otras personas... ¡Claro, era el mayor Keller que iba a recibirlo! Despidióse de Griff, apresuró el paso y descendió al fin para posar los pies sobre el planeta desconocido.
 Capítulo 4 - El encuentro con Kutt
 Luego de retirar su ropa de las maletas y acomodarla debidamente, Bill encaminóse hacia la ventana, diciéndose que le resultaba difícil creer que se hallaba a cuatro mil millones de kilómetros de su hogar. El oficial que le recibiera era el mayor Keller, un bombre alto y muy serio que le atendió con gran cordialidad y simpatía. El viaje desde el espaciopuerto no duró más de unos minutos, por lo que no tuvo oportunidad de comentar su travesía o prestar gran atención a lo que se presentaba a su vista. El mayor habíale presentado a varios de sus ayudantes, uno de los cuales, el teniente Burns, le condujo a su alojamiento, diciéndole que arreglara sus cosas y se cambiara si así lo deseaba. No había apuro, pero cuando le pareciera conveniente debía presentarse en el despacho del mayor. Dicho esto, el teniente se retiró y ahora, luego de haberse cambiado de ropa y ordenado sus efectos, Bill asomábase a la ventana.
Allá abajo, al pie de la colina, vio el intenso azul de la bahía. Éste era uno de los detalles a los que resultaba algo difícil de acostumbrarse; todo se parecía notablemente a la Tierra, pero los colores eran mucho más vívidos, y le recordaban algunas antiguas películas en colores que viera en las clases de Historia. El color era exacto, pero de un tono tan brillante que parecía irreal. su alojamiento, en un chalet enclavado sobre la ladera de la colina, y a unos ochocientos metros del agua, hallábase en el centro de una bahía curvada, y la visibilidad resultaba excelente.
En la ancha cinta de cemento que se extendía al borde de la bahía alcanzó a ver señales de actividad. En varios puntos había rampas que llevaban desde la acera hasta las aguas; pero, según pudo comprobar desde tan lejos, todas las figuras que andaban por allí eran humanas. Con la esperanza de avistar algún poseidano en su planeta nativo, encaminóse hacia la cómoda para sacar de un cajón un par de electroculares, poderosos anteojos largavistas activados por una batería portátil. Llevólos hacia la ventana y, acercándolos a los ojos, enfocó un grupo de hombres que se hallaban al extremo de una de las rampas con la vista fija en la parte que se internaba en el agua, casi como si esperaran que saliera algo de las profundidades.
Bill los observó unos minutos, y estaba por disponerse a mirar hacia otro lado cuando notó un leve movimiento en la superficie líquida, como si se moviera algún objeto debajo de ella. Inmediatamente enfocó los electroculares al tiempo que accionaba la palanca para acrecentar el aumento hasta su punto máximo. El movimiento del agua tornábase cada vez más visible Bill comprendió que la causa del mismo se acercaba ya a la superficie. Sintióse muy entusiasmado al notar que las ondas aproximábanse a la rampa y sus ojos se esforzaron por estudiar todos los detalles del lugar, el que aparecía a su vista mucho más claro que para los que se hallaban sobre la rampa. Al fin llegó el movimiento hasta unos metros del sitio en que se introducía la rampa en el líquido. Hubo un momento de inmovilidad y luego se removió el agua con cierta velocidad, apareciendo de pronto tres figuras sobre la superficie inclinada de cemento.
Se aceleraron los latidos de su corazón mientras sus ojos estudiaban atentamente a los poseidanos. Sin duda alguna, parecían pulpos; sus cuerpos redondos descansaban sobre el concreto con los tentáculos o piernas extendidos hacia todos lados. Luego hubo un movimiento lleno de gracia y se encogieron las piernas debajo de los cuerpos, elevándose hacia lo alto. Una vez que estuvieron en esta posición, Bill pudo contar fácilmente sus piernas y descubrió que era verdad lo que había leído, pues tenían seis. Así parados, de frente al grupo de hombres que los esperaban, veíase claramente que tenían tres piernas a cada lado del cuerpo.
Por un momento se quedaron como estaban; luego avanzaron con un movimiento casi continuo de sus piernas para acercarse a los hombres. Naturalmente, Bill no podía oír lo que hablaban; pero, a juzgar por la expresión en los rostros de los seres humanos y por la actitud general, dedujo que se estaban cambiando saludos. Finalmente avanzaron poseidanos y hombres hacia la parte posterior de un gran camión estacionado en el camino de cemento, en cuyo interior desaparecieron.
Cuando se hubieron ido, Bill dejó sus electroculares. Tanto le interesaron aquellos seres que había dejado transcurrir muchos minutos mientras los observaba, de modo que ahora tendría que darse prisa. Aunque le indicaron que se presentara en el despacho del mayor Keller cuando le resultara cómodo, hubiera sido poco cortés de su parte demorarse. Así, pues, se peinó un poco, marchó hacia la puerta y salió para encaminarse hacia el despacho.
Un rato más tarde entraba en el edificio largo y bajo en que se alojaba el Centro Médico, en cuyo hall principal le detuvo un sargento sentado a un escritorio.
—William Hudson, a ver al mayor John Keller —respondió el joven, empleando la fórmula de práctica en tales casos.
El sargento apretó un botón en el aparato intercomunicador y repitió la información hablando por el micrófono. Al cabo de unos segundos sonó un timbre y el individuo levantó un auricular para escuchar. Bill no oyó lo que le decían, pero el sargento replicó:
—Sí, señor.
Colgó luego el auricular y dijo a Bill:
—En seguida vendrá el teniente Burns para acompañarlo.
—Gracias.
El joven sargento pareció luego ablandarse un poco y perder parte de su rigidez militar.
—¿Recién acaba de llegar? —inquirió.
—Hace unas horas.
—¿Su primera visita?
—En efecto. Y es la primera vez que me alejo de la Tierra.
—Bueno, espero que le guste —expresó el sargento—. En cuanto a mí, estuve prestando servicio en nuestra estación de la Luna, y aquí estoy por terminar mis dos años de enganche. Es un lugar agradable para venir de visita —concluyó—, pero le aseguro que me alegraré mucho de volver a la Tierra y ver mi casa.
Al decir esto se irguió de nuevo. Acababa de aparecer el teniente Burns, quien se encaminó hacia Bill.
—Hola —dijo—. El mayor Keller me ha ordenado lo acompañe a su despacho. Por aquí.
Volvióse y se encaminó por uno de los corredores que daban al hallseguido por Bill. Al extremo del corredor traspusieron una puerta a la que estaba un soldado de guardia. El teniente respondió al saludo del centinela y siguió por una antesala hasta una puerta cerrada a la que llamó con los nudillos.
—Adelante, adelante —dijo desde adentro la voz del mayor Keller.
Abrió Burns y retuvo la puerta para que pasara Bill, mientras que Keller se ponía de pie, daba la vuelta en torno del escritorio y adelantábase para tender la mano a su visitante.
—Ajá —dijo, mientras le estrechaba la diestra con gran cordialidad—. Veo que se ha cambiado de ropa y sospecho que tiene ganas de pasear un poco por estos lugares. Bueno, no lo demoraré mucho. —Indicó una silla que ocupó Bill y luego fué a instalarse de nuevo en su sillón—. Ahora que tenemos tiempo para hablar, dígame cómo le resultó el viaje.
—Magnífico —exclamó el joven. En tono más calmado agregó—: No salió de lo común, señor, pero me pareció muy bueno.
—Muy bien. El primer viaje suele ser algo decepcionante. Las únicas veces que la travesía se convierte en una aventura es cuando pasa algo..., y entonces no tiene uno tiempo para reaccionar siquiera. Por suerte no ocurre eso a menudo, por lo menos en estos vuelos. —Tornóse más serio al agregar—: Estamos pasando una época anormal. Quizás haya oído comentar algo en la Tierra.
—Sí, señor; se habla de que se están preparando dificultades, pero nadie parece saber exactamente qué pasará...
—Bueno, no hace al caso —interrumpió el militar, desechando el tema—. A usted no le concierne el detalle. Empero, debe tener en cuenta que en su calidad de terráqueo, no puede menos que representar a la Tierra en mayor o menor grado. En sus tratos con los poseidanos, cualquier resentimiento que pueda causar afectará en parte a todos sus semejantes. Sé muy bien que el general Watkins jamás me lo habría mandado si no supiera que su presencia sería ventajosa para la colonia; pero me pareció necesario mencionarlo porque es necesario tener presente que cuando se halla usted lejos de su patria, su conducta afecta, no sólo a su persona, sino también a todos sus compatriotas.
—Lo sé muy bien, señor —repuso Bill—, y estoy seguro de que sabré entenderme con los poseidanos.
—Por supuesto, por supuesto —concordó el militar—. Lo que ocurre es que en casos como éstos hay que ser muy cuidadoso. Pero no hablemos más de ello; está usted de vacaciones. Vaya a pasear y no vacile en pedir lo que necesite.
—Gracias, señor; me cuidaré mucho de no pisar los callos a nadie.
No bien hubo pronunciado Bill estas palabras comprendió que había cometido un error, ya que los poseidanos no podían tener callos. Eran los deslices así los que podrían causar dificultades al conversar con esos seres.
El mayor no pareció notar el detalle, de modo que continuó el joven:
—Mayor, desearía darle las gracias por haberme aceptado como huésped.
—En absoluto, muchacho —fué la respuesta—. Encantado de tenerlo con nosotros. Tengo entendido que piensa especializarse en medicina espacial. Como sabe, aquí en la base hay un magnífico laboratorio en el que hacemos investigaciones importantes. Si ve algo que le interesa, vaya todo el tiempo que quiera y pregunte cuanto desee saber. El personal es muy poco numeroso y siempre hace falta un hombre como usted, si es que desea ayudar. Pero por el momento le aconsejo que dedique los primeros días a pasear y conocer a los poseidanos y su planeta.
Esto era exactamente lo que deseaba oír el joven, quien estaba ansioso por pasar el mayor tiempo posible en el laboratorio.
—Entonces, con su permiso, me gustaría ir a dar un paseo.
—Muy bien. A propósito, convendría que se llevara un ejemplar de este folleto. El mayor sacó un delgado librito de un cajón y se lo tendió—. Es la guía para turistas e indica los horarios de comida, restricciones y cosas por el estilo. También se incluyen informes muy interesantes. Ese mapa de las páginas centrales le resultará muy útil. —Se puso de pie—. Permítame que vuelva a repetirle: no vacile en pedir lo que desee.
Se estrecharon las manos y partió Bill luego de haberle agradecido nuevamente sus atenciones.
Una vez afuera se sintió el joven más tranquilo. Ahora estaba en plena libertad, con todo un planeta para explorar y gente nueva que conocer. Lo primero que quería era alejarse del movimiento de la base, por lo que marchó por el camino hasta la puerta principal y salió en dirección a la bahía que viera desde la ventana. Una vez en el exterior, se detuvo para sacar el folleto que le entregara Keller y examinó el mapa.
Por la misma razón que le impulsaba a alejarse de la base, Bill prefirió no descender hacia la bahía donde viera tanto movimiento y en la que abundaban los terráqueos. Al estudiar el mapa vio que al otro lado de la colina que se elevaba a su izquierda había otra bahía más pequeña situada a unos cuatro kilómetros de distancia. El único camino extendíase directamente hacia el agua, de modo que se apartó del mismo para avanzar a campo traviesa, ascendiendo por una cuesta muy suave. Al llegar a lo alto de la colina y descender por el otro lado se detuvo para mirar a su alrededor. Ahora no veía rastro alguno de seres humanos, edificios ni mástiles de radio, Estaba solo en Poseída, según le pareció, y el detalle le agradó en extremo.
La campiña no se diferenciaba mucho de las de su planeta. La tierra pardusca, salpicada aquí y allá con hierbas de diversos matices de verde, extendíase ondulante hacia el agua de un profundo color azul. Aparte de la viveza de los colores, el paisaje parecíase muchísimo a los de la Tierra.
Al caminar quedóse extasiado ante la hermosura de los alrededores, tratándose de imaginar mientras tanto cómo sería su primer encuentro con los habitantes, ¿Debía ser especialmente ceremonioso a fin de no correr el riesgo de ofender, o tendría que mostrarse despreocupado, como si aquellos encuentros fueran cosa de todos los días? Estaba un poco nervioso, pero se dijo que ya se arreglarían solas las cosas cuando llegara el momento. Así abstraído en sus pensamientos, la primera vez que captó el sonido no llegó a interpretarlo. Lo oyó luego nuevamente y esta vez se quedó inmóvil.
Era algo así como una voz lejana. ¿La habría imaginado? Volvió a oírla, entendiendo ahora la palabra "¡Socorro!". Por un momento quedóse donde estaba; luego echó a correr y se detuvo de nuevo para prestar atención…, y esta vez la oyó con más claridad.
—¡Socorro!
Nuevamente corrió hacia adelante, deteniéndose varios metros más allá.
—¡Socorro! ¡Socorro!
Bill llevóse ambas manos a la boca para formar una bocina y gritó a su vez:
—¡Hola! ¿Dónde está?
Aun no estaba seguro de que no le gastaban una broma. La voz era tan aguda y débil que parecía fingida.
—¡Aquí, cerca del árbol —fué la respuesta—. Vuélvase un poco hacia su derecha y venga en seguida.
Aunque aún no veía a nadie, Bill corrió hacia el árbol más próximo, que se hallaba a unos cincuenta metros de distancia. Cuando hubo llegado al mismo vio a un poseidano tendido en tierra, con una de sus piernas firmemente sujeta por los crueles dientes de una trampa de acero asegurada al árbol por medio de una cadena.
Rápidamente estudió la situación.
—Cálmese, amigo —dijo en tono conciliatorio, mientras se ponía de rodillas junto a la trampa—. Lo sacaré en seguida.
Trató de separar los dientes del aparato, pero el resorte era demasiado fuerte y sus manos deslizáronse por el metal. El poseidano dejó escapar un leve gemido al cerrarse de nuevo los dientes de acero.
Desesperado, Bill volvió a tirar de ambas piezas, y al ver que cedían éstas un poco, aplicó más presión sobre las mismas. Sin prestar atención al dolor que le producían los serrados bordes, apeló a todas sus energías y dando un brusco tirón, logró abrir la trampa.
—Gracias —jadeó el poseidano—. Por favor, lléveme al agua. No puedo quedarme en tierra mucho tiempo más.
El ser se estremecía completamente desvalido y Bill lo alzó en vilo, cargando el cuerpo sobre sus hombros y tomándolo por las piernas. Así echó a andar hacia el agua, que se hallaba a unos mil metros de distancia, acelerando el paso cada vez más al oír los ruegos de la criatura.
—¡Agua! —gemía ésta de tanto en tanto.
—En seguida llegaremos —le aseguró Bill entre jadeo y jadeo, mientras avanzaba trabajosamente por el terreno que tan liso pareciera desde lejos, pero que era en realidad muy desigual. Le resultó difícil no perder el equilibrio al correr cuesta abajo, ya que tropezaba a cada momento y debía apelar a todas sus fuerzas para no caer con su carga. Aquellos mil metros fueron los más largos y trabajosos de su vida. Lo urgente de la situación le hizo olvidar el dolor de sus tobillos lastimados por las piedras sueltas y los matorrales espinosos. Sus dedos, lacerados y sangrantes debido a su contacto con los dientes de la trampa no le molestaban en absoluto ahora que tenía la preocupación de llegar hasta el agua con el indefenso poseidano.
—Cálmese... Ya estamos llegando... Pronto pasará todo.
Y al fin dio los últimos pasos que le llevaron hasta el borde del mar. Arrodillándose, bajó a la víctima de sobre el hombro y, sosteniéndola con los brazos, la fué descendiendo hasta colocarla en el agua. Cuando estuvo el otro bajo la superficie, lo soltó y lo vio hundirse un metro y medio hasta tocar el lecho arenoso.
Allí se quedó arrodillado, mirando hacia el agua y esforzándose por ver alguna señal de vida. Aunque el agua era muy límpida, sus ondas superficiales le impedían ver detalles, y sólo pudo captar la silueta del poseidano tendido en el fondo. Muchas veces dio un respingo al creer ver un movimiento que resultó luego un reflejo de luz.
Pero, finalmente, se movieron los seis brazos o piernas y Bill se hizo cargo de que el poseidano estaba con vida. Poco a poco lo vio mejorar, y al cabo de unos minutos notó que se levantaba del fondo y quedaba suspendido en el agua, tras de lo cual terminó por subir a la superficie. Al verle asomar la cabeza y el cuerpo Bill le sonrió.
—Me alegro de ver que ya está bien —dijo.
El poseidano le miró con fijeza durante un momento, respondiendo luego:
—Supongo que, sea como fuere, tendría que agradecerte por haberme salvado la vida.
Bill encogióse de hombros.
—No tiene importancia y me alegro de haberte sido útil. Tú habrías hecho lo mismo por mí si hubieras estado en mi lugar.
—Sí —contestó el otro, con un leve dejo de reproche en la voz—, lo habría hecho, pero antes no habría colocado la trampa.
Bill se quedó atónito. Al parecer, el poseidano le culpaba de lo ocurrido.
—Yo no puse esa trampa.
—¿No? ¿Entonces ibas a inspeccionarlas para ver qué había capturado uno de tus compatriotas?
—¡Oye! —protestó Bill con cierta vehemencia—. Yo no coloqué la trampa ni iba a inspeccionarla. Hace unas horas que posé mis pies por primera vez en este planeta, donde he venido principalmente para estudiar medicina espacial. No tengo la costumbre de colocar trampas ni en la tierra; pero si lo hiciera no esperaría que quedara atrapado uno de ustedes tan lejos del agua.
Una vez que hubo dado rienda suelta a su indignación, Bill sintió desvanecerse su ira y abrigó la esperanza de no haberse excedido demasiado. Al fin y al cabo, aquel planeta era de los poseidanos, quienes tenían pleno derecho a andar por todas partes sin temor de quedar aprisionados por aquellos aparatos tan desagradables.
—Parece que te debo una excusa —expresó el poseidano—. Te agradezco que me salvaras la vida y espero que perdones mi rudeza; pero no siento otra cosa que desprecio por los terráqueos que colocan estas trampas para chullas. Se gana mucho vendiendo la piel de estos animales, pero hay una ley que los protege. Naturalmente, me figuré... —Interrumpióse para agregar a poco—: Pero todo esto no tiene nada que ver contigo y no me queda otra cosa que hacer que volver a pedirte disculpas.
—No es nada. Comprendo perfectamente tu reacción. Lo importante es que haya salido todo bien.
Levantóse y estaba por alejarse cuando le llamó el poseidano.
—¡Espera! Antes que te vayas quiero saber tu nombre.
—Soy Bill Hudson y espero que volvamos a encontrarnos mientras estoy aquí —repuso el joven, agregando acto seguido con una sonrisa—: En circunstancias más agradables.
—Volveremos a encontrarnos, Bill Hudson —expresó el poseidano—. Yo me llamo Kutt y me ocuparé de que te recompensen por haberme salvado la vida.
—No digas eso. Ya te dije que estudio medicina espacial. Salvar vidas es mi obligación.
—Ya nos veremos, Bill Hudson —repitió Kutt—. Mientras tanto, deberías aplicar tus conocimientos con-tigo misino y curarte las manos. Las tienes lastimadas.
Bajó la la vista, notando por primera vez que tenía los dedos manchados de sangre y bastante lacerados.
—Así parece —dijo. Hubiera deseado lavárselas pero no se atrevió a hacerlo en el agua que era el hogar de Kutt—. En la base me curarán en seguida. Hasta pronto y buena suerte, amigo Kutt.
Acto seguido se alejó de allí.
—Gracias —le gritó Kutt—. Volveremos a vernos.
Cuando hubo subido parte de la cuesta se volvió Bill para saludar con la mano. Del agua se levantó un brazo delgado que respondió a su saludo, tras de lo cual desapareció Kutt en el líquido elemento.
 Capítulo 5 - Bill Hudson, diplomático
 —¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
El mayor Keller estaba pasando cerca de la puerta cuando entró Bill, y al tratar éste de responder a su pregunta, le interrumpió el mayor para conducirlo a la enfermería a toda prisa. Mientras le curaban las manos, el joven logró relatar el incidente. Por suerte se vio que las heridas no eran serias, a pesar de ser dolorosas, y el médico de guardia le dio dos o tres puntos en las más profundas, aplicando luego un polvo que eliminaba el peligro de la infección y aceleraba el cicatrizamiento.
Una vez practicada la cura y relatado el suceso, se retiró el mayor, indicando a Bill que se presentara en su despacho no bien se hubiera cambiado de ropa. Por la manera como escuchó el jefe los detalles del caso, Bill no pudo juzgar qué impresión habíale causado el asunto. Al volver a su alojamiento a cambiarse las ropas manchadas, sintióse algo preocupado. Aunque sabía perfectamente bien que no había hecho nada malo, veíase complicado en un incidente con un poseidano a las pocas horas de su llegada, pese a habérsele advertido que se cuidara de causar resentimientos.
En fin, nada podía hacer ahora, se dijo mientras se aseaba. Abrigó la esperanza de que el mayor se diera cuenta de que no era responsable de lo sucedido y, encogiéndose de hombros, se encaminó hacia el Centro Médico, presentándose al sargento de guardia. Este le era desconocido, pero el suboficial se irguió al oír su nombre, mirándole con atención.
—Sí, señor —le dijo—. El mayor Keller ha ordenado que lo envíen directamente a su despacho. ¿Ya conoce el camino?
—Sí, gracias.
Bill echó a andar por el corredor y al llegar a la antesala aspiró profundamente antes de entrar. Había allí varios oficiales conversando, pero callaron todos al verle aparecer y del grupo se apartó el teniente Burns para salirle al encuentro.
—¡Ah!, el cadete Hudson. El mayor Keller lo verá en seguida.
Cadete Hudson, pensó Bill. Parece que se han vuelto muy ceremoniosos. Una simple fórmula de cortesía marcaba el cariz que tomaría la entrevista. "Bill" la hubiera, hecho amistosa. "Señor Hudson" quizá un poco protocolar, pero muy lógica en labios de un teniente que está de servicio. Mas aquello de "Cadete Hudson" lo situaba francamente bajo la jurisdicción militar.
El teniente Burns llamó a la puerta del despacho.
—Adelante, adelante —se oyó en seguida.
Pasó Bill y el teniente avanzó dos pasos para saludar anunciar:
—El cadete Hudson, señor.
Devolvió Keller el saludo, diciendo:
—Gracias. Eso es todo, teniente.
Al cerrarse la puerta a espaldas del joven oficial, el mayor volvióse hacia Bill que se había puesto en posición de firme.
—Siéntese, joven.
Así lo hizo Bill, esperando que hablara el militar. Si iban a mandarle de regreso a la Tierra, sufriría una decepción tremenda. La expresión de Keller no le decía nada, y el mayor estuvo meditando unos segundos, como si quisiera seleccionar sus palabras con gran cuidado antes de pronunciarlas. Al fin levantó la vita.
—Bien —dijo, aclarándose la garganta—. Ese poseidano que conoció... ¿Se llamaba Kutt?
—Sí, señor.
—No me lo dijo antes.
—Lo babré olvidado, señor. No creí que tuviera importancia el nombre.
—En este caso la tiene —expresó Keller, arrellanándose en su sillón—. ¿El nombre de Delu significa algo para usted?
—Sí, señor—. Bill mostróse algo intrigado—. Es el Patriarca Poseidano, líder de todo el planeta.
—Exactamente —El mayor se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio—. Delu tiene un hijo de más o menos su edad. Ese hijo se llama Kutt y lo conoció usted hoy.
Bill se sintió profundamente anonadado. Aquel era el golpe de muerte. No bastaba con que se hubiera visto complicado en un incidente desagradable; también tenía que haber sido con el único hijo del principal personaje del planeta.
—He pasado casi una hora en contacto constante con el cuartel general poseidano —continuó el mayor—. Están tratando este asunto como algo de mucha importancia y tendremos que mandar un informe completo a los Jefes Aliados de la Tierra. —Exhaló un profundo suspiro—. No sabe usted cuántos papeles hay que llenar en estos casos y tendremos que hacer trabajar horas extras a todo el personal. Pero... —se puso de pie al tiempo que sonreía y tendía su diestra al joven—..., estoy orgulloso de usted.
—¿Orgulloso de mí? —balbuceó.
—Claro que sí. Van a concederle la Medalla Poseidana de la Devoción, uno de los honores más altos de la lista.
El joven quedóse como atontado. En su ansiedad al esperar la censura, jamás se le ocurrió que podría escapar sin una reprimenda severa y no imaginó siquiera que iban a condecorarlo.
—No... no comprendo —tartamudeó—. No hice nada. Quiero decir, que estaba allí por casualidad, cuando...
—¡Vamos, vamos, muchacho! —le interrumpió el mayor—. Los poseidanos no dan sus medallas por nada, Pero volvamos al asunto. Necesito un informe completo firmado por usted. ¿Puede tenerlo listo para la mañana?
—Sí, señor.
—Muy bien. La ceremonia se realizará pasado mañana en el Palacio Poseidano. El general De Vere mandará, al jefe del protocolo para que le dé instrucciones a fin de que sepa le qué debo hacer cómo responder. Tengo entendido que la ceremonia es muy complicada. Ahora bien, ¿trajo consigo su uniforme de cadete?
—No, señor. Como vine en mi calidad de civil...
—Claro, claro. Bueno, no importa. Haré que mi ayudante le lleve a Suministros para que le provean de un uniforme adecuado. Bien, Bill —finalizó, marchando hacia la puerta—, ¿tendrá listo ese informe para mañana temprano?
—¡Sí, señor!
Luego de abrir la puerta, el mayor dio instrucciones al teniente Burns, tras de lo cual volvió a estrechar la mano de Bill y regresó a su despacho. El joven siguió al teniente.
Hasta que terminó la ceremonia y se hubo hecho la presentación, Bill no dispuso de un solo minuto libre. Cuando no estaba llenando informes y firmando declaraciones, lo reclamaban para medirle el uniforme. Durante el día lo llamó varias veces el mayor a su despacho, donde el coronel Vandersteir, jefe del protocolo, lo instruyó sobre los detalles de la ceremonia, haciéndole ensayar la parte que le correspondería en ella. Aunque se esforzó por aprender bien lo que debía hacer, Bill hubiera preferido pasar por alto todo aquello. Empero, la insistencia con que el mayor le aseguraba que aquello 3ra importantísimo para las relaciones entre los dos planetas le hizo comprender que valía la pena avenirse a tantas exigencias. El uniforme no le sentó del todo mal, considerando la rapidez con que se lo hicieron, y como miembro del Cuerpo Médico, Bill no llevaba armas. Sólo lucía el cinturón de plata y la réplica en oro de una pistola Colt 45, antigua arma completamente fuera de aso, empleada ahora sólo como adorno en los uniformes de gala.
El día en sí marchó muy bien. Se efectuó la ceremonia en un amplísimo salón llamado Hall del Universo, y, en contraste con lo que temía, Bill no cometió ningún error.
El salón habíase construido especialmente para las ocasiones en que estuvieran presentes los terráqueos, y tenía varios canales que corrían por debajo del piso y desaguaban en un gran estanque del centro. Los bordes del estanque eran inclinados, de modo que resultaba fácil para los poseidanos salir del agua y atender a los terráqueos reunidos en el recinto. El ritual fué muy ceremonioso, formando los terráqueos y los poseidanos dos filas entre las que se pararon Bill Hudson y el funcionario poseidano encargado de condecorarlo.
Después de la ceremonia, cuando se estaban sirviendo las bebidas, Kutt acercóse a Bill y le tocó la espalda.
—Hola, Bill Hudson.
Volvióse el joven al reconocer la voz.
—¡Kutt! —exclamó con entusiasmo—. Me alegro de verte.
—No te alegrarás más que yo —fué la respuesta—. Al fin y al cabo, gracias a ti puedo estar presente.
—¡Por favor! —rogó Bill—. Se ha dado a este asunto más importancia de la que tiene. Agradezco tu bondad y la generosidad de tu padre; pero más les agradecería que lo olvidáramos de una vez.
Kutt dejó escapar una risita.
—Ya me doy cuenta de lo que te pasa, Bill Hudson. Eres una buena persona. Empero, antes de olvidarlo por completo, mi padre me ha ordenado que te invite a pasar unos días con nosotros. Quiere conocerte personalmente y opina que tú deberías conocernos mejor.
—Encantado —respondió Bill con toda sinceridad—. Pero primeramente tendré que hablar con el mayor Keller.
—No creo que se niegue a algo que pide papá —dijo Kutt, riendo nuevamente.
—No, no, no quise decir eso. He venido a Poseída como huésped del mayor, y no estaría bien que renunciara a su hospitalidad sin darle una explicación.
—Es verdad —dijo Kutt en tono chancero—. Me extraña que el servicio diplomático te haya permitido dedicarte a la medicina, Bill Hudson.
Rió Bill, sintiéndose cada vez más a gusto en compañía de aquel poseidauo tan simpático.
—Está bien, está bien, deja de tomarme el pelo. Sabes muy bien que me sentiré honrado y feliz de aceptar..., con una condición.
—¿Una condición? —Kutt se mostró algo sorprendido—. ¿Cuál podría ser?
—Que me llames Bill y no Bill Hudson. Todos mis amigos lo hacen.
—De acuerdo, Bill. De acuerdo.
 Capítulo 6 - Hospitalidad poseidana
 —Este será tu aposento —expresó Kutt al hacer pasar a Bill.
Tratábase de una habitación amplia, rectangular, muy bien amoblada e ingeniosamente proyectada. Bill notó especialmente el canal que corría a lo largo de una pared, detalle gracias al cual el aposento era útil tanto para terráqueos como poseidanos. La puerta, que se deslizaba de la pared al tocarse un botón, extendíase hasta el canal, de modo que al cerrarla quedaba el ocupante completamente aislado.
Kutt indicó un tablero lleno de botones y palanquitas que se hallaba instalado en la pared, junto al lecho.
—Cualquier cosa que desees, no tienes más que oprimir este botón. Este de aquí cierra la puerta. Si alguien desea entrar, oprime el botón que hay afuera. Si tienes la puerta asegurada, no podrá abrirla, pero se enciende esta lucecilla roja para anunciarte que alguien quiere entrar. Puedes hablar sin abrir empleando este micrófono, y abrir, si quieres, por medio de este botón.
—Parece que han pensado ustedes en todo —dijo Bill en tono de aprobación—. Está muy bien todo esto.
Encaminóse hacia la ventana para mirar al exterior. Abajo se extendía el océano, y los amplios edificios, de los cuales formaba parte su habitación, se curvaban suavemente en dirección al agua para desaparecer debajo de la superficie.
—¿Continúa el palacio debajo del agua?
—Por supuesto. Te diré más, antes que se estableciera contacto entre tu gente y la mía, la parte acuática era la única que existía. Este agregado se construyó después. —En tono chancero agregó—: La verdad es que, mientras los poseidanos podemos existir fuera de nuestro elemento natural durante varias horas continuadas, ustedes no podrían visitarnos allá abajo.
—Sí, supongo que así es —concordó Bill con una sonrisa.
—Oye —inquirió el poseidano—, ¿sabes nadar?
—Claro que sí, y me gusta mucho.
—Pues ponte el traje de baño y te espero en la playa. Más tarde te mostraré el resto del palacio.
—¡Magnífico! En seguida estoy listo.

Bill caminó con el agua hasta las rodillas. A su derecha jugueteaba Kutt en la parte más profunda. De pronto se lanzó Bill hacia adelante, nadando bajo la superficie en dirección a su amigo, quien desvióse de inmediato y se deslizó rápidamente hacia el largo espigón que sobresalía de la costa. Al llegar allí se quedó esperando al terráqueo, el que se tomó del borde con los dedos, pues el agua era profunda en ese punto.
Kutt rompió a reír.
—¿De qué te ríes?
—Perdona, Bill —repuso el poseidano, riendo siempre—, pero no puedo menos que reír cada vez que veo nadar a uno de ustedes. ¡Gastan tanta energía! Sobre la tierra son muy ágiles, pero en el agua...
Hundió la cabeza en el agua y su risa produjo burbujas a su alrededor. Bill sintióse divertido al verlo tan alegre. Después se le ocurrió una idea.
—Así que ustedes son muy ágiles en el agua, ¿eh? Bueno, veamos si eres capaz de nacer esto.
Izóse fuera del agua para subir al espigón, sobre el que se paró unos segundos para dar luego un gracioso salto en el aire y hundirse en el líquido en una zambullida impecable.
Al salir de nuevo a la superficie dijo sonriendo:
—Ahora te toca a ti, Kutt.
—¿Qué quieres que haga? —inquirió su amigo, algo perplejo.
—Ya viste lo que hice yo. Imítame. Resignado, Kutt salió del agua para pararse sobre el espigón.
—¿Qué hago ahora?
—Zambúllete con gracia —rió Bill, y al ver que vacilaba el otro, agregó—: ¡No vas a.decirme que le tienes miedo al agua!
Así incitado, Kutt dio un salto para ejecutar lo que podría llamarse una caída muy poco graciosa. Rieron los dos cuando nadaron de regreso hacia la playa.
Algo más tarde, Bill se hallaba tendido en la arena, con los pies en el líquido, mientras que Kutt permanecía con los tentáculos extendidos a su alrededor, acariciado por las aguas que le cubrían casi por completo. Al extremo de la playa levantábase el palacio acuático con una de sus alas enclavadas en tierra. Más allá veíase el gran monte Tiflah, el punto más elevado de Poseída, y sobre su cima se destacaba la enorme Torre de la Vida, apuntando hacia el cielo y dominando los alrededores con sus líneas majestuosas.
Los dos habíanse hecho grandes amigos, no obstante haber pasado sólo una mañana y parte de la tarde en mutua compañía. Ambos se comprendían sin necesidad de intercambiar muchas palabras. Bill había hablado a Kutt de su amigo Eddie Watkins, diciéndole: Eddie te resultaría muy simpático. A lque contestó Kutt que no lo dudaba en lo más mínimo.
Luego de un momento de silencio miró Bill hacia el Cielo al tiempo que expresaba:
Me gustaría que pudieran estar aquí ciertas personas de la Tierra. Si les conocieran a ustedes y supieran cómo son en realidad, cambiarían de manera de pensar.
—Así es siempre —fué la respuesta—. La gente teme lo que no conoce, y eso se aplica tanto a mi pueblo como ni tuyo.
—¿Se puede saber qué es lo que ocurre? —inquirió Bill—. He oído muchos rumores y algunas acusaciones muy vagas; pero nadie me ha explicado el problema con exactitud.
—Naturalmente, no puedo hablar como represéntente oficial de mi pueblo —dijo Kutt—. Sólo podría darte mi opinión personal.
En cuanto a eso, no debería yo comentar siquiera estas cosas. Se me advirtió que no me complicara en controversias...
—¿Te advirtieron a ti? ¡Ah! ¡Deberías haber oído a mi padre! Dos veces me repitió los Principios de Conducta, pero sé que puedo hablar contigo sin ningún temor. ¿Me das tu palabra de honor que no repetirás lo que le diga?
La tienes —contestó Bill en tono solemne—. ¿Me das la luya?
—Por supuesto. Ahora puedo darte mi opinión respecto a lo que pasa.
El poseidano instalóse más cómodamente y continuó:
—Voy a remontarme al pasado porque opino que las dificultades comenzaron en el mismo momento en que se conocieron nuestros pueblos. Como sabes, nuestra ionosfera se diferencia de la de ustedes. La luz y los rayos calóricos penetran en nuestra atmósfera, pero no pueden salir de ella, tal como ocurre con ciertas superficies que absorben la luz y no la reflejan. Debido a esta carencia total de reflejos de luz y calor, tu gente ignoraba la existencia de nuestro planeta. Por nuestra parte, nosotros conocíamos el vuestro desde bacía mucho, y al fin perfeccionamos nuestro motor activado por la luz que nos permitió efectuar el viaje a la Tierra. Aunque fuimos los primeros en viajar a través del espacio, aunque nuestras dos razas parecían haber progresado por los mismos caminos científicos de una manera más o menos similar, siempre hemos notado que los terráqueos nos consideraban como inferiores. Supongo que se debe esto a la diferencia que hay entre nosotros. Pero, claro está, supongo que tu gente le habrá parecido muy rara a mis antecesores.
"Sea como fuere, cuando establecimos la Colonia Poseidana en lo que llaman ustedes el Océano Pacífico, les concedimos también a ustedes el derecho de establecer aquí una colonia. Los terráqueos construyeron entonces sus naves espaciales, empleando los aparatos básicos que donamos nosotros a vuestros sabios. Los hombres de ciencia de la Tierra nos fueron muy útiles en otras actividades, y pareció que se estaba desarrollando una magnífica era de amistad interplanetaria.
"Por desgracia, ha habido siempre un grupo de terráqueos que no confió del todo en nosotros y temió que fuéramos peligrosos para ellos. Por irónico que parezca, fueron los mismos que nos consideraron inferiores. Por nuestra parte, teníamos personas que se resentían en extremo ante esta actitud desdeñosa, y en lugar de comprender que el pequeño grupo de agitadores de la Tierra no representaba la opinión general, se volvieron contra nosotros todos los terráqueos. Ahora bien, cuando algún terráqueo residente en Poseída comete aunque gen una violación insignificante de los tratados, como por ejemplo la de colocar trampas para capturar chullas, estos extremistas no consideran el hecho como el acto irresponsable de un solo hombre, sino como una prueba de la falsedad de todos sus semejantes. Por eso proponen que se corten todas las relaciones con la Tierra. Naturalmente, no han conseguido nada, pues papá no es de Los que se dejan influenciar por un grupo de arrebatados, pero ese estado de cosas impide que mejoren las relaciones entre las dos razas.
"Según tengo entendido, los científicos de la Tierra han mejorado el aprovechamiento de la luz como fuerza motriz hasta tal punto que pueden sobrepasar la velocidad de la luz misma. He oído decir que ocurre esto más o menos del mismo modo como con esos botes de vela que veces exceden la velocidad del mismo viento que los empuja. No soy hombre de ciencia, de modo que los de-talles del caso no tienen mucho interés para mí. Lo que sí me interesa es el hecho de que ha desaparecido cada uno de los nuevos navios y de que se nos culpa de ello a nos-otros.
"Esto ha dado gran ímpetu a la agitación que provocan los terráqueos que no nos quieren y, en consecuencia ambos bandos han dejado de pensar con serenidad y se dejan dominar por sus emociones, olvidándose por complejo de la lógica. Si continúan así las cosas, vamos camino al desastre.
Calló Kutt y sobrevino un momento de silencio que Interrumpió Bill.
—Me has explicado la situación de manera muy clara —expresó—. ¿Pero es tan sencillo como dices? Según afirmas, parece que un grupo de terráqueos tiene antipatía a los poseidanos y que un grupo de poseidanos no quiere a los terráqueos. Das a entender como si el problema fuera sólo ése.
—Básicamente lo es. Lo malo es que ambos grupos son ruidosos y apasionados.
—Concedido —dijo Bill—. Dime ahora qué pasa con nuestros navíos siderales.
—No podría contestarte a eso; pero sé muy bien que ni mi padre ni su gobierno tienen nada que ver con ello.
—Los navíos espaciales no pueden desaparecer así como así —insistió Bill—. Nuestros hombres de ciencia pueden no ser infalibles; pero no permitirían que desaparecieran las naves unas tras otras sin hacer nada. Deben haber instalado en ellas aparatos que transmitirían a la Tierra cualquier desperfecto o inconveniente. Nuestros pilotos de prueba son hombres perfectamente entrenados y tienen orden estricta de dar aviso inmediato no bien vean algún desperfecto. Sin embargo, no se ha vuelto a saber nada de ellos. ¿No indica eso que son víctimas de un ataque exterior que los sorprende sin la menor advertencia y no les da tiempo para nada?
—Podría ser —musitó Kutt—, pero sé que nosotros no somos los responsables.
De pronto concibió Bill una idea.
—Dime, Kutt, ¿no se te ocurrió nunca que alguno de esos grupos que mencionas podría haber decidido entrar en acción, y con la ayuda de algunos científicos renegados hubieran ideado el modo de destruir esas naves?
—No; a decir verdad, no había pensado en ello. —Kutt meditó un momento, agregando a poco—: No, Bill, una empresa así tendría que ser de tal magnitud que no podría escapar a la vigilancia de tu gobierno y el mío. No creo que sea como dices.
—Supongo que tendrás razón —concedió Bill—. ¡Cuánto daría por saber lo que pasa realmente!
Lo mismo decimos varios millones de poseidanos respondió Kutt.
 Capítulo 7 - La torre de la vida
 Durante los días siguientes Bill tuvo oportunidad de conocer a los poseidanos mucho mejor que cualquier otro terráqueo que hubiera pasado su vida en el planeta. Fué presentado a Delu y comprobó lo que ya le dijeran otros. El gobernador era sabio y bondadoso, pero lo que más impresionó al joven fué el gran pesar que se dejaba entrever en sus palabras. Más de una vez deseó Bill mencionar el tema que seguramente preocupaba al Patriarca; pero se dijo que el mayor Keller no aprobaría tal cosa, y Delu no dio señales de querer introducir en la conversación el estado de las relaciones entre las dos razas. Al pensarlo mejor, el joven se dijo que sería más conveniente no tocar el asunto, ya que podría dejar deslizar involuntariamente alguna de las revelaciones confidenciales de Kutt, poniendo así en apuros a su amigo.
Una costumbre muy curiosa de los poseidanos le tuvo intrigado durante toda su visita. Antes de cada momento importante del día, como por ejemplo al despertar o antes de cada comida, todos los poseidanos miraban hacia la Torre de la Vida y elevaban un brazo a manera de saludo. Seguía luego un minuto de silencio durante el cual también Bill miraba hacia la Torre, manteniéndose inmóvil y callado, sin saber si saludar o quedarse como estaba. Después sentíase muy aliviado al finalizar el ritual y ser reanudada la conversación, aunque nunca se hizo referencia alguna al detalle. La verdad era que no se atrevía a interrogar a Kutt al respecto.
El último día de su estada en el palacio, Bill pasó la tarde paseando con su amigo por la playa. Charlaban al andar sin rumbo, recordando incidentes de su vida pasada y rompiendo a reír al comprobar que había mucho de similar en sus existencias, no obstante haberse criado en mudos tan lejanos el uno del otro.
Habían caminado casi una hora y se hallaban sentados al extremo de la playa cuando se volvió Bill hacia su amigo, mirándole con gran seriedad.
—Avísame si abuso de tu hospitalidad, pero hay un misterio que me tiene intrigado.
—Si conozco la respuesta no vacilaré en dártela —contestó Kutt—. ¿Cuál es ese gran misterio?
—Se trata de la Torre de la Vida. Es evidente que todos ustedes le tienen un gran respeto; sin embargo no sé si es un símbolo de vuestra unidad nacional, tal como lo es nuestra bandera, o si es un memorial u otra cosa. Ya había oído hablar de la Torre antes de venir aquí, y parece que en la Tierra hay gran diversidad de opiniones acerca de ella.
—¡Qué interesante! —murmuró Kutt—. ¿Cuáles son esas opiniones?
—Algunos creen que es algo así como una bandera, algunos la consideran un memorial y otros afirman que es una especie de fuerte. Hasta he oído decir que no tiene ninguna significación, que es una simple torre, como una que existía hace mucho en una ciudad de la Tierra que se llamaba París. Estos últimos aseguran que los poseidanos empezaron a saludarla hace siglos y que ahora lo hacen todos sin saber por qué.
—¿Y qué opinas tú?
—A decir verdad, no lo sé. Si fuera una especie de bandera o memorial, tu gente hablaría de ella con orgullo; pero ninguno la menciona a los terráqueos, y si sale a relucir el tema, tengo entendido que vuestras respuestas son siempre vagas. Tampoco creo que sea un fuerte. En primer lugar, tu gente no lo necesita, y además, no vacilarían en decirlo si así fuera. Finalmente, tú y tu padre, así como los otros que be conocido en tu casa, son demasiado inteligentes para saludar a algo sin saber por qué lo hacen.
—Gracias por esa muestra de respeto —dijo Kutt, riendo por lo bajo.
—Ta sabes lo que quería decir. De todos modos, si no quieres hablar de ello no me enfadaré.
—Te diré, Bill, la Torre de la Vida es nuestro gran secreto. Ni siquiera entre nosotros hablamos de ella…
—Está bien, Kutt Como te dije, no me ofenderé si no deseas discutir el asunto...
—No, no, no se trata de eso. Te aseguro que confío en ti implícitamente, tal como sé que confías tú en mí. Creo que si nuestras dos razas se tuvieran tanta confianza como tú y yo, desaparecería por completo la amenaza de una guerra. En algún punto hay que comenzar, y creo que tú y yo bien podríamos ser los iniciadores. Por eso, aunque sé que papá no lo aprobaría, me parece correcto que sepas lo que es la Torre. Este debe quedar entre nosotros y jamás has de mencionarlo a nadie más. ¿Estamos?
—Te doy mi palabra.
—Magnífico. Por lo menos en un sentido conjeturaron acertadamente los terráqueos. La Torre es un símbolo, pero también es algo útil. Es un símbolo de nuestra seguridad, y como tal se la saluda; pero también nos sirve de protección. La verdad es que se trata de un potente transmisor de masa y energía.
Hubo un momento de silencio que al fin interrumpió Bill,
—Puedes estar seguro de que tu secreto no corre peligro expresó con una leve sonrisa—, pues no tengo la menor idea respecto a lo que pueda ser un transmisor de masa y energía.
—Ajá. Estudiaste Física a fondo.
—No. Algo estudié; pero como iba a dedicarme a la medicina, nunca pasé de las nociones elementales que nos enseñan a todos en los primeros años.
—En cierto modo es mejor así —rió Kutt—, pues si conocieras a fondo la materia podrías hacerme preguntas que no sabría cómo responder. Sólo conozco su funcionamiento en términos generales. ¿Sabes que la masa la energía son intercambiables?
—Sí, eso lo sé. La masa es simplemente una forma de energía y viceversa.
—Muy bien. Partiendo de esa base, la masa se traduce en densidad, la que se mide por el peso. ¿Estoy acertado?
—Prosigue, profesor. Hasta ahora te entiendo.
—Ahora bien, tomemos un cuerpo que gira siguiendo una órbita fija en el espacio —expresó el poseidano—. ¿Qué sucedería si le agregaras densidad?
—Pues, podrían suceder varias cosas —murmuró Bill, eludiendo la pregunta.
—Eso es verdad, pero lo que sucedería inmediatamente sería un aumento proporcional en la gravedad del cuerpo.
Bill meditó, tratando de asimilar lo que acababa de oír.
—Es verdad —asintió al fin—. Cuanto mayor sea la densidad tanto mayor será la gravedad del cuerpo. Eso es lógico. ¿Y qué tiene que ver la Torre con eso?
—Ahora verás —fué la respuesta—. El transmisor de la Torre gira de manera que apunta a cualquier blanco elegido, y su alcance llega hasta todos los rincones de nuestro universo. Una vez centrado el blanco y cerrado el circuito, se transmite la masa en forma de energía. Sin que haya el menor cambio de forma o tamaño, el cuerpo afectado se torna cada vez más denso, se acrecienta su gravedad y todo lo que esté sobre su superficie queda aprisionado por su propio peso.
—¡Dios del cielo! —exclamó Bill—. Si estuviera uno en el planeta elegido al funcionar el transmisor, quedaría completamente inmovilizado, ¿no?
—Exactamente.
—Y si el blanco fuera la Tierra...
La perspectiva dejó atontado a Bill. Ningún terráqueo sospechaba la existencia de aquel aparato. En caso de declararse una guerra, los poseidanos podrían ponerle punto final inmediatamente.
Acto seguido pensó en los agitadores de la Tierra que tanto interés tenían en romper las relaciones. Si supieran lo que acababa de saber él, cambiarían de idea sin pérdida de tiempo. Ocurriósele luego que, en aquellas circunstancias, era imprescindible que se restablecieran las relaciones pacíficas entre Poseída y la Tierra.
—¿Estás seguro de que funciona? —preguntó al fin.
—Claro que sí. Lo han probado con varios planetoides y se lo ha perfeccionado hace ya muchos años.
—Nuestros libros de Historia dicen que la Torre estaba ya en pie cuando hubo el primer contacto entre nuestras razas —expresó Bill—. ¿Ya era entonces un transmisor de masa y energía, como le llamas?
—Seguro. Lo ha sido desde que la erigieron.
—Bueno, ¿y entonces por qué no pronuncia tu padre un discurso que dé a conocer su existencia a los terráqueos? Bien podría decir: "Gente de la Tierra, casi todos ustedes quieren la paz. Nosotros también la queremos. Tenemos un transmisor de masa y energía que los paralizará por completo si inician las hostilidades, de modo que declaremos la paz permanente".
—Lo dices como si fuera muy sencillo —rió el poseidano.
—No quise decir que empleara esas palabras. Podría usar el estilo diplomático acostumbrado.
—No es ése el punto. Papá opina que durante muchos años se nos ha humillado con una actitud de superioridad por parte de algunos de los vuestros. Naturalmente, los poseidanos nos sentimos resentidos. Papá cree que si hacemos público nuestro secreto, esto podría tomarse como una acción agresiva que acreciente el resentimiento entre los terráqueos. Además, una vez que vuestros hombres de ciencia husmeen la pista, piensa que podrían imitar nuestra Torre en muy poco tiempo..., y eso terminaría con nuestra defensa.
—Tienes razón —asintió Bill. Luego tuvo una idea y agregó—: Oye, ¿tparece que el transmisor de masa y energía tendrá algo que ver con la desaparición de nuestras naves?
—No lo creo. Papá es el único que puede activarlo, y las pruebas se hacen sólo una o dos veces por año, en un área donde jamás viajan las naves espaciales. Además la reacción no es instantánea. Aun funcionando en toda su potencia, el transmisor daría a un terráqueo normal varios minutos de plazo durante los cuales podría avisar que le sucede algo. No sabría qué es, pero podría dar la alarma... Y todos los navíos han desaparecido sin dar el menor aviso.
Bill debió admitir que su amigo estaba en lo cierto. No se necesitaría mucho tiempo para oprimir el botón que diera la alarma, Todos los pilotos desaparecidos estarían sobre aviso y habrían hecho la señal al notar que ocurría algo fuera de lo normal. No, lo que les había sucedido pasó instantáneamente; el piloto y su nave habrían quedado de un momento a otro completamente desvalidos.
Bill estaba seguro de que Kutt no sabía más que él respecto al misterio de los XL, por lo que conjeturó que tampoco estaban mejor enterados los otros poseidanos. Esto los liberaba de toda responsabilidad..., ¿más cómo explicarlo así a sus compatriotas?
Ya imaginaba las palabras del general Watkins:
—¡Ah, sí, muchacho! —diría—. Kutt es muy simpático, ¿pero cómo sabes que dice la verdad al afirmar que no sabe nada al respecto?
Como no podía revelar el secreto sin faltar a su palabra de honor, no le sería posible presentar ningún argumento sólido y el general le consideraría un tonto sentimental.
—Me parece que adivino lo que piensas —dijo Kutt de pronto.
—¿Eh? ¿Sí? Veamos.
—Piensas que las dificultades entre tu planeta y el mío son simplemente mentales: insultos imaginarios que nos exacerban a nosotros y amenazas fantásticas que imperan en la mente de los tuyos. Piensas que sólo hay que hallar la fórmula acertada para calmar esos temores y resentimientos.
—¡Eso es! —exclamó Bill—. Si pudiéramos hallar un medio para demostrar a la gente la falsedad de sus ideas, desaparecería la tensión en ambos bandos y podríamos volver a la época en que los terráqueos y poseidanos se miraban con mutua simpatía y comprensión. ¿Cómo adivinaste lo que estaba pensando?
—Porque la otra noche, después que estuvimos hablando, me di cuenta de que copiaba la manera de pensar de mis compatriotas y de lo equivocados que estaba. Cuando descubrí lo bueno que eras, casi un hermano, pensé lo mismo que tú ahora. Si todos llegaran a conocerse como nosotros, no habría dificultades.
Bill sintióse profundamente emocionado por estas palabras. Las cosas tenían que salir bien, se dijo. Su mente adelantóse hacia un futuro en el que vio a Eddie de servicio en Poseída, a Kutt en el gobierno, y a sí mismo en el Centro Médico. ¡Qué equipo!
Pero Kutt habló entonces, interrumpiendo sus ilusiones.
—Nada podemos hacer tú o yo. Son demasiados, y, además, piensan que porque son mayores tienen que tener la razón.
—Sí. ¿Verdad que es raro? Dos personas mayores pueden tener una violenta diferencia de opinión..., pero ambos están seguros de que saben más que todos nosotros sólo porque han vivido unos años más.
Nada se puede hacer —suspiró el poseidano. Sonrió luego y, cambiando de tema, agregó—: Escucha ahora, no vas a dejar de verme sólo porque ha terminado tu visita, ¿eh?
Por supuesto que no —repuso Bill—. Tendré mucho tiempo libre y, si me lo permites, trataré de pasarlo aquí.
—¡Magnífico! Ven todo lo que quieras. A propósito, ¿qué trabajos vas a hacer en el planeta? ¿O no piensas trabajar?
—¡Claro que sí! Precisamente para eso vine a Poseída. Como pienso dedicarme a la medicina espacial, sería tonto sno aprovechara esta oportunidad de estudiar, Espero continuar algunas investigaciones que estaba haciendo.
¿Qué tipo de investigaciones?
—Pruebas con radiaciones cósmicas. Claro que he completado mi curso en la materia, pero quiero especializarme. Mi proyecto principal es hallar la droga antisuss.
—¿Se puede saber qué droga es ésa?
Bill rompió a reír al notar la extrañeza de su amigo.
—Es una droga que produce el efecto contrario al de la animación suspendida.
—¡Ah! —dijo Kutt con gravedad—. Ya lo has aclarado. Ahora dime cuál es el efecto contrario al de la animación suspendida.
Sonrió Bill.
—Ya te explicaré de qué se trata. No bien se resuelva el problema de los navíos siderales, el gobierno piensa iniciar los viajes al espacio exterior, fuera de nuestro universo conocido. Sea cual fuere la velocidad que se llegue a conseguir finalmente, llevará mucho tiempo llegar a cualquier parte. Al fin y al cabo, consideramos que no está lejos una estrella que se encuentre a sólo un año-luz de distancia. Por eso, aunque nuestras naves viajaran a la velocidad de la luz, se tardaría un año entero en llegar a una de esas estrellas cercanas o sus planetas si es que los tienen.
Asintió Kutt en silencio.
—En eso entra la animación suspendida —continuó Bill—. La podemos obtener con una droga que ya se ha perfeccionado y que obra de la siguiente manera: Una vez en el espacio y con el rumbo fijado, la tripulación de la nave ingiere una píldora preparada especialmente y se va a dormir. Naturalmente, no es un sueño común como el que conocemos, ya que todo el metabolismo del paciente queda retardado hasta el grado máximo.
"De ese modo, los tripulantes no necesitan alimentos, consumen un mínimo de aire, pues su respiración y su pulso casi no funcionan, y no se aburren en esos viajes tan largos y tediosos... Además, la ventaja principal está en que no envejecen.
—¿Quieres decir que conservan la misma edad todo el tiempo? —inquirió Kutt con incredulidad.
—No; algo envejecen, pero de manera muy lenta. Por ejemplo podríamos suponer que una tripulación tuviera que hacer un viaje a un punto situado a cinco años-luz de distancia. El viaje de ida y vuelta insumiría diez años. Sin la droga, ¿cuántos viajes así podría hacer un hombre en toda su vida..., aun suponiendo que no se volviera loco de tanto estar sentado en un sillón durante tantos años?
—No muchos.
—Con la droga suss, como la llamamos, no advertiría el paso del tiempo, y al regresar no habría envejecido más de seis meses.
—¡Extraordinario! ¿Y dices que ya tienen esa droga?
—Sí. La hemos probado en toda clase de animales, y aún en hombres en dosis mínimas, pero el inconveniente es éste: Supón que te preparas para el viaje de cinco años y estás en el espacio, ya en tu rumbo. Tomas una píldora de cinco años y viajas guiado por la onda que gobierna la nave desde la base en el planeta. Mientras estás así durmiendo cambian las cosas y por una razón u otra los jefes de la base deciden que deben hacer regresar la nave. Ésta aterriza en el espaciopuerto y tú y toda tu tripulación están profundamente dormidos y siguen así durante cinco años, Kutt rompió a reír a carcajadas.
Sería muy gracioso —expresó—. Conozco a varios a quienes me gustaría que les sucediera eso.
—En efecto, sería muy gracioso —concordó Bill—, pero no muy conveniente. Por eso estoy tratando de hallar un antídoto que produzca el efecto contrario en caso de necesidad. Hasta ahora no se ha hallado, pero tengo la esperanza de continuar mis investigaciones y tener suerte en ellas.
—¡Qué interesante! Pensar que trabajarás en algo que podría cambiar la historia.
—En cierto modo resulta muy agradable, aunque el trabajo en sí es bastante tedioso. Se prueba una fórmula y luego otra, y después una combinación interminable de las que se han probado. Hay que mantener notas detalladas de todo lo que se hace, efectuar las pruebas, descubrir que ha fracasado uno y empezar de nuevo con otras sustancias. A veces cunde el desánimo; pero si se llega a dar con la combinación acertada, se olvida en seguida todo lo que se ha sufrido. Si no, por lo menos ha hecho uno todo lo posible, y las notas que deja resultan útiles para otro investigador, pues no se vuelven a repetir las miles de pruebas fallidas.
—Ojalá tuviera yo talento para esas cosas —murmuró Kutt—. Siempre me ha fascinado la ciencia, pero no sirvo para eso.
—No hay trabajo más importante que el de gobernar —declaró Bill con toda sinceridad—. Al fin y al cabo la medicina sólo ayuda al hombre a vivir más; pero sin gobierno seríamos todos tribus salvajes de anarquistas... —De pronto dio un respingo—. Hablando de gobiernos..., ¿sabes lo tarde que es?
—Hemos estado aquí un rato largo —respondió Kutt—, pero tenemos tanto de qué hablar que uno no se da cuenta del paso del tiempo.
—Así es. —Bill se puso de pie—. Tengo que volver a dar las gracias a tu padre y despedirme para presentarme de nuevo en la base. El mayor Keller ya debe estar esperándome.
—Dile que llegas medianamente retrasado —rió Kutt mientras se encaminaban hacia el palacio—. Es una vieja costumbre poseidana.
 Capítulo 8 - La fórmula 5083
Presentóse Bill en la base, donde le recibió el mayor Keller, quien deseaba asegurarse de que había marchado todo bien. Un largo interrogatorio lo convenció de que no había ocurrido nada fuera de lugar y de que Bill tenía una invitación permanente para volver al palacio, señal segura de que Delu habíase complacido con su visita. El mayor y sus ayudantes se mostraron enormemente aliviados ante la novedad.
Aquella noche, algo más tarde, el joven entró en la biblioteca del club de oficiales, donde varios de los militares más jóvenes se presentaron y se pusieron a hacerle preguntas acerca de su estada en el palacio. Bill contestó tan amablemente como le fué posible, sin decir más de lo necesario, y se dijo luego que debían haberle considerado bastante aburrido. Comprendió que no le convenía dar a conocer sus opiniones personales, pues las atribuirían todos a errores de interpretación de una mente demasiado juvenil.
Se alegró al ver que lo llamaba el mayor Keller y ambos se fueron a un rincón de la sala, donde el militar trajo a colación sus estudios. Al enterarse del interés que tenía Bill por continuar sus investigaciones durante su permanencia en Poseída, mostróse entusiasmado y de inmediato le prometió destinarle una mesa bien equipada en el Laboratorio Número Dos.
—Le deseo el mayor de los éxitos —expresó—. Bien sabe Dios que necesitamos trabajar mucho tanto en radiaciones cósmicas como en la antisuss. Esta misma noche firmaré una orden autorizándole a retirar del dispensario todo lo que necesite.

Aquella noche, al prepararse para ir a la cama, Bill se sintió muy animado. La amistad de Kutt y el hecho de que iba a tener una mesa en el laboratorio le hicieron olvidar todos los problemas y esperar el mañana con gran alegría.
Al día siguiente se levantó muy temprano, tomó una ducha a toda prisa, se vistió y encaminóse con paso rápido hacia el comedor.
Mientras se desayunaba tuvo que poner freno a su impaciencia, pues vio que faltaba aún una hora para poder ir al laboratorio. Al fin y al cabo, si llegaba antes de las ocho, era posible que no hubiera llegado la orden del mayor y tendría que esperar a la entrada, vigilado por el soldado de guardia.
Finalmente, cuando vio que faltaba poco para las ocho, terminó de tomar su café y encaminóse hacia el laboratorio.
Al llegar descubrió que el mayor había dejado todos los papeles en orden al hacer su inspección final de medianoche, de modo que no encontró la menor dificultad. Uno de los encargados le mostró su mesa de trabajo en la que había ya todos los instrumentos que pudiera necesitar, así como numerosas jaulas destinadas a los coballos que emplearía en sus experimentos.
En el amplio recinto había otras mesas igualmente instaladas y provistas, y en uno de los extremos vio el mostrador frente a la ventanilla que daba al dispensario. Allí podía obtener todo lo que necesitaría presentando simplemente una boleta firmada. Allí también le proveerían de los coballos y otros animalitos para los experimentos.
El joven puso sobre el escritorio los papeles que llevara consigo y, acercando hacia sí un block de formularios, sentóse en el banco y se puso a meditar antes de llenarlos.
Los días siguientes los dedicó a tomar notas, revistanto sus trabajos hasta el presente, a fin de proyectar debidamente sus experimentos. Cuando lo tuvo todo listo y hubo pedido lo necesario, ya se sintió en condiciones de iniciar su labor. Tomó entonces un formulario destinado a los experimentos y en el espacio que decía "Nombre del investigador" estampó su firma. Describió luego el problema que iba a investigar, el método que se proponía seguir y el número que correspondía a su proyecto. En el renglón que decía: "Número del Experimento" escribió lentamente "Uno".
Después puso manos a la obra, mezclando ciertos polvos en un mortero y agregando algunos líquidos. Midió y calculó y volvió a mezclar de nuevo. Luego de extraer la destilación final, la inyectó en los animalitos y dispuso el programa de observación.
Una vez aplicadas las inyecciones sintióse más tranquilo y se dijo que merecía un poco de descanso, por lo que dejó instrucciones al técnico del laboratorio para que continuara la observación y le llamara si ocurría algo fuera de lo común. Hecho esto se encaminó hacia la playa.
Al llegar vio a un grupo de poseidanos que nadaban de un lado a otro, y luego de comprobar que no estaba Kutt entre ellos, se sentó a observarlos. A poco se separó uno de los del grupo y acercóse por el agua hacia él.
Bill le vio salir del mar y acercársele.
—¿Eres Bill Hudson? —preguntó el poseidano.
—Sí.
—Kutt me encargó que estuviera atento por si te veía. Si esperas aquí iré a buscarlo.
—Gracias —respondió Bill, mientras que el otro volvía al mar y se hundía en el agua.
Aguardó unos minutos, observando la superficie, y de pronto vio asomar a Kutt, quien se acercó en seguida a la playa, donde se tendió a su lado.
—¡Hola, hola, hola!
—Hola —respondió Bill, algo sorprendido ante saludo tan entusiasta.
—Bueno, hombre, dime —exclamó Kutt, quien parecía muy animado—, ¿ya has descubierto todo lo que buscabas sobre radiaciones cósmicas y la droga antisass?
—Antisuss —rectificó Bill—. Y no he descubierto nada de nada. ¿Cómo estás tú?
Se pusieron a conversar cordialmente, contándose lo que habían hecho los últimos días. Como era inevitable, la conversación versó al fin sobre la crisis del momento y Bill comentó:
—He estado pensando y me parece que tu padre podría poner punto final a los rumores que circulan en la Tierra. Si hiciera un viaje allá y se presentara personalmente en la próxima reunión de la Junta, podría pronunciar un discurso que terminara de una vez por todas con las acusaciones de los agitadores. Me parece que el Censor Glussan ha tenido tanto éxito con su campaña de agitación debido al silencio con que recibe Delu sus ataques.
—Papá jamás haría eso —manifestó Kutt—. En primer lugar, si alguna vez respondiera a esas acusaciones tan temerarias, tendría que pasarse todo el tiempo contestando a todos los argumentos que inventara Glussan. Al fin y al cabo, si demostrara lo infundado de uno de los cargos y luego no quisiera responder al siguiente, la gente pensaría que tiene algo que ocultar.
—Supongo que así será —concordó Bill de mala gana—. Sin embargo, Delu cuenta con el respeto de gran parte de los terráqueos. Tiene reputación de ser un sabio y estoy seguro de que le escucharían.
—¿Y crees que el Censor Glussan iba a quedarse quieto y permitir que se aceptara la verdad? —inquirió Kutt con leve acento desdeñoso—. Además, papá no desea implorar la paz. Dice que lo peor sería mostrarse débil y tener que aceptar las migajas que se digne ofrecer la oposición. No, como líder de Poseída opina que no ha hecho nada para poner en peligro a la Tierra, y en lo que concierne a nuestra seguridad, confía enteramente en la Torre. Si llegaran a declararse las hostilidades, bajaría una palanca y...
Bill se estremeció al oír esto.
—Es horrible, pero eso no terminaría la guerra —dijo—. Al fin y al cabo, tenemos bases en la Luna y otros satélites, así como en este planeta. No se podrían inmovilizar todas instantáneamente..., y el contraataque no se haría esperar.
—Me lo figuro. Pero ya sabes que hay que cortar la cabeza para que mueran los brazos.
—Es raro que lo expreses así. El padre de Eddie dijo casi lo mismo. —Bill meneó la cabeza con pena—. Sea como fuere, si estalla la guerra habrá muchísimas bajas en ambos bandos. Sería espantoso.
Se quedaron en silencio durante varios minutos, meditando sobre los posibles horrores de una guerra. Dos mundos muy adelantados, cada uno de ellos provisto de armas extremo efectivas y capaces de causar tremendos daños. Durante tanto tiempo había imperado la paz que la mayor parte de los instrumentos de guerra no estaban aún probados en gran escala. Cuando se los empleara, se vería afectado todo el sistema solar.
Finalmente se golpeó Bill la rodilla y rompió el silencio.
—Pero basta de malos pensamientos. Nos portamos como si el destino del universo estuviera en nuestras manos. Si las cosas se ponen feas, tomaremos una píldora de suss para cien años, nos meteremos en un agujero y no despertaremos basta que haya terminado todo.
—¿Píldoras para cien años? Es mucho tiempo. ¿Ya la tienes? —preguntó Kutt.
—No. Era una exageración. Sólo quería decir que ya que no podemos hacer nada, deberíamos olvidar el asunto y pensar en cosas más agradables.
Así, pues, dejaron de hablar de la crisis y la guerra posible para comentar temas más afines a sus respectivas personalidades.
 Las semanas siguientes estuvo Bill en extremo ocupado, efectuando un experimento tras otro en su afán por llevar adelante sus investigaciones científicas. Al tomar nota de cada fracaso, iniciaba un nuevo experimento, y así sucesivamente. Su tiempo libre, que cada vez se hizo más escaso, lo pasaba con Kutt. Por la noche, luego que se cerraba el laboratorio, acercábase a los médicos en el club de oficiales y requería sus opiniones respecto a las radiaciones cósmicas, tomando notas con las que esperaba formar un volumen de consulta.
Su mesa en el laboratorio no tenía ya el aspecto ordenado que tuviera cuando se la destinaron. Para alguien que la viera por primera vez, su aspecto resultaba caótico, pero para Bill había cierto método en el desorden reinante.
Los oficiales de las otras mesas, ocupados en sus trabajos respectivos, respetaban mucho a aquel joven médico que trabajaba con tanto afán. Los ayudantes y los técnicos lo admiraban por su decisión y le ayudaban en todo lo posible.
En un momento dado, acercóse Bill al mostrador del dispensario para solicitar seis coballos más.
—Lo siento, señor —le respondió el encargado—, pero estamos esperando el próximo envío. Por ahora no tenemos más.
—¡No! —exclamó el joven—. No puede ser. Esto me atrasará varios días.
Y los días eran cada vez más preciosos, ya que al fin del verano tendría que irse de Poseída.
—Lo siento mucho, pero la demanda ha sido mayor que nunca y se nos han agotado —manifestó el ordenanza—. Estamos esperando que llegue el próximo envío.
Bill sintióse profundamente decepcionado. Sabía que la exigencia de mayor número de animalitos debíase en parte a sus experimentos, pero no había previsto que pudieran faltar. Muy fastidiado, se quedó allí pensando. Mas no había escapatoria; sin los coballos tendría que suspender los experimentos. Desesperado, volvióse de nuevo hacia el ordenanza, quien lo miraba con simpatía.
—¿No tiene ni uno siquiera?
—No, señor. Usted emplea los de dos años, ¿no?
—Sí —repuso Bill. Vio luego un rayo de esperanza e inquirió—: ¿Quiere decir que tiene otros?
—Solamente los de cuatro y seis semanas.
Bill se puso a meditar a toda prisa. Normalmente, en trabajos tan delicados como los que llevaba a cabo, solían usarse animales de prueba de la misma edad a fin de eliminar las posibles variaciones que afectaran los experimentos. Sin embargo, si fuera factible establecer una fórmula que estabilizara la diferencia... ¡Quizá pudiera hacerlo! Por lo menos valía la pena probar.
—Deme seis —pidió.
El ordenanza lo miró con asombro. Sabía que no era práctico un cambio así, y recordaba muy bien los coballos que usaba el joven.
—Pero...
—Deme seis —repitió Bill con firmeza.
—Bien, señor. Haga el favor de llenar el formulario mientras voy a buscarlos.
Así diciendo, el ordenanza se retiró hacia el interior del dispensario, volviendo a poco con los animalitos.
Bill se los llevó inmediatamente a su mesa. Se alegraba de que sus experimentos no hicieran daño a los coballos. El método de inyectar los líquidos a alta presión eliminaba el empleo de la anticuada aguja hipodérmica, de modo que los roedores no sufrían en lo más mínimo.
Sabía que el empleo de animales tan tiernos podría impedirle obtener resultados correctos, pero preparó un factor de control y se puso a trabajar. Lo peor que podía ocurrirle era que no le sirvieran de nada los experimentos, pero aun eso era mejor que estarse ocioso mientras esperaba la llegada de nuevos coballos.
Al atardecer se presentó el mayor Keller en su acostumbrada ronda de inspección, paseándose por el laboratorio y deteniéndose para hablar con uno u otro de los investigadores. Se detuvo también junto a la mesa de Bill e inquirió si había descubierto algo nuevo y si marchaba todo satisfactoriamente. Bill respondió que no había novedad y que todo marchaba bien.
Al pasar el militar por detrás del joven, le llamaron la atención los animalitos encerrados en sus jaulas y se agachó para observarlos, tras de lo cual irguióse con una leve sonrisa en los labios.
—¿No pudo conseguir otros que no fueran tan decrépitos? —preguntó— ¿O está estudiando los problemas de la edad avanzada?
—Son los únicos animalitos disponibles, señor —repuso Bill—. Se quedaron sin adultos y decidí continuar el trabajo con estos pequeñitos hasta que llegue el próximo envío.
—¿Se quedaron sin adultos? ¿Pequeñitos? —exclamó el mayor, mostrándose muy intrigado—. ¡Vamos, si estos patriarcas son tan vetustos que deberían haberlos jubilado!
—¡No, señor! No tienen más que cuatro o cinco semanas.
—Oiga, jovencito —expresó el mayor, mirándolo con fijeza—. Cada uno de ustedes se ocupa de sus cosas y la mitad de las veces no sé qué experimentos se están efectuando o cuáles son los resultados obtenidos. Nunca interrogo a nadie demasiado a fondo, pues opino que el hombre de ciencia debe seguir su camino sin que se le moleste. Pero eso no quiere decir que soy nuevo en esto..., y le aseguro que sé muy bien cuáles son los coballos viejos y cuáles los jóvenes.
Bill se mostró muy cortés, mas no cedió terreno.
—Perdone que lo contradiga, mayor; pero estos coballos los pedí esta mañana.
Dejó la retorta que tenía en las manos y dio la vuelta hacia donde se hallaba el mayor. Al llegar a las jaulas se dispuso a indicar las señales evidentes de la extrema juventud de los animalitos.
Fíjese...
Pero se interrumpió de pronto. ¡Los seis coballos daban muestra de avanzada edad! Era imposible; sin embargo no se podía negar la evidencia.
—Pero... pero… —balbució.
Keller sonrió con expresión tolerante.
—Bueno, los deben haber envejecido las preocupaciones —murmuró, y al notar el aturdimiento reflejado en el rostro del joven, agregó—: Me parece que ha trabajado demasiado, muchacho. Váyase de aquí y descanse. No hay que excederse.
Dándole una palmada en el hombro, giró sobre sus talones y encaminóse hacia la puerta.
Casi sin darse cuenta de la partida de su superior, Bill se quedó mirando las jaulas. Después salió de su ensimismamiento y arrodillóse para abrir cada una y examinar a los animalitos. Las etiquetas aseguradas a sus cuellos eran las que había colocado él mismo aquella mañana. Lentamente los volvió a sus jaulas y fué a sentarse en su banco. Tenía que pensar.
El mayor estaba equivocado; no se había excedido en su trabajo y sabía muy bien lo que estaba haciendo. Ordenó sus ideas y al pensar en lo que había hecho ese día, llegó a la conclusión de que se encontraba ante un hecho de tremenda importancia. Tomó entonces un block para hacer ciertos cálculos rápidos y luego se dispuso a llevar a cabo otro experimento. Si eran acertadas sus conclusiones, tenía algo muy grande entre manos.
Luego de solicitar doce coballos más, los trató con las mismas soluciones que empleara en la mañana, tomando nota del estado físico de cada uno. El pulso y los latidos del corazón eran los típicos de los coballos jóvenes. Estableció la hora y anotó cada paso con exactitud. Después pidió sandwiches y se acomodó en su asiento, dispuesto a esperar frente a las jaulas que había puesto frente a sí.
Cada hora examinó a fondo a los animalitos, y a medida que las anotaciones se iban sucediendo, se hizo cargo de que su teoría era correcta. Aquellos coballos tenían ahora un metabolismo notablemente acelerado y estaban pasando todo un ciclo vital en pocas horas.
Por la mañana, al efectuar su ronda de inspección, el mayor Keller se encontró en el laboratorio con un joven pálido y despeinado.
—Buenos días, señor —saludó el joven en tono alegre.
El mayor notó su aspecto de cansancio, el envoltorio de los sandwiches arrojado sobre una esquina de la mesa y toda ésta cubierta de jaulas. Sus ojos estudiaron los avejentados coballos.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Se ha pasado aquí la noche?
Asintió Bill.
—¿Cuidando estas..., antigüedades? —insistió Keller.
—Hace doce horas estos coballos seniles no tenían más que unas semanas de existencia —declaró Bill con orgullo.
—¿Qué?
El mayor se dijo que lo intenso del trabajo había trastornado al joven, lo cual era penoso en extremo. Estaba por llamar a su ayudante cuando empezó Bill a hablar, explicándole detalladamente lo que había hecho. Con toda calma relató el experimento de la noche, y cuando llegó al fin de su explicación, el mayor Keller estaba examinando con profunda atención las notas que le había entregado.
—Así que —concluyó el joven—, como los síntomas de vejez aparecieron en la secuencia correcta y en el momento indicado, mientras que los únicos defectos físicos observados no fueron otros que los de la edad avanzada, parece que la fórmula 5083 es capaz de acelerar el metabolismo sin causar efectos que perturben el organismo. ¡En una palabra, opino que la fórmula 5083 es la droga antissus!
 Capítulo 9 - Viaje inesperado
 El mayor Keller apartó la vista de los papeles. Con voz alterada por la emoción expresó:
—Bill, parece que ha acertado. Ahora le diré lo que deseo que haga. Vaya al comedor, tome un desayuno caliente y acuéstese a dormir. Cuando se haya repuesto del cansancio, quiero que vuelva aquí y repita el experimento para pasarme un informe completo de todos sus detalles. Mientras esté alejado de aquí me ocuparé de que nadie toque nada y le haré destinar tres mesas más, —Miró a su alrededor, señalando luego con la mano—. Le ayudarán Spiero, Lowrie y Rees. Voy a pedirles que suspendan su trabajo por un día o dos para que le presten su colaboración. Necesito ese informe lo antes posible, pues... Bueno cuando lo lleve a mi despacho le explicaré el motivo y ya verá usted la causa del apuro.
—Podría empezar ahora mismo, señor. Dormiré cuando haya terminado.
—No, no. El informe no tendrá importancia si no contiene los resultados de su trabajo de anoche y una repetición completa de los mismos. Quizá nos lleve meses comprobar que la droga es digna de confianza. Por ahora lo más importante es tener una base sólida para los trabajos futuros, y me sentiré más tranquilo si las pruebas finales las hace estando completamente descansado. Además, interviniendo en ello Spiero y los otros dos, el informe podrá ser considerado oficial.
Comprendiendo que el mayor tenía razón, Bill asintió de buena gana. Luego de ordenar un poco su mesa, se fué del laboratorio y encaminóse hacia el comedor para tomar un suculento desayuno. No bien hubo terminado de comer se trasladó a su alojamiento, sintiendo que lo dominaba ya el cansancio, y no acababa de desvestirse y tenderse en el lecho cuando se quedó profundamente dormido.
Al despertar vio que estaba oscureciendo. Luego del primer momento de confusión, volvió a su mente el recuerdo de todo y le hizo levantarse a toda prisa,
Cuando se presentó en el laboratorio, el guardia lo reconoció al instante y llamó a Rees, Spiero y Lowrie, quienes le esperaban para ayudarle. Los tres acudieron en seguida, felicitándolo por su triunfo. Después sostuvieron una conferencia para establecer el programa de trabajo. A fin de hacer bien las cosas se decidió que los tres hombres llevaran a cabo el trabajo manual, mientras que Bill se dedicaría a poner en orden las cifras que le dictaran.
Luego pusieron manos a la obra y a medida que transcurrían las horas y se iban acumulando las cifras, Bill vio confirmarse sus conclusiones originales. Finalizado el último experimento y hecho el cálculo final, los cuatro se agruparon alrededor de la mesa de Bill. Se compararon todas las anotaciones y al fin se extendió el Informe definitivo que firmaron los cuatro.
Bill les dio las gracias de todo corazón y, con el informe en la mano, encaminóse hacia el despacho del mayor Keller. Eran casi las ocho de la mañana, y pensaba dejar los papeles sobre el escritorio del mayor a fin de que los encontrara éste cuando fuera a trabajar. Al llegar a la antesala y ver allí al teniente Burns, pidió a éste que pusiera el informe sobre el escritorio del jefe.
—¿Por qué no entra y se lo entrega personalmente—dijo Burns.
—¿Ya está aquí?
—Yo vine hace una hora con la intención de ganarle. Le he visto tan preocupado últimamente que se me ocurrió adelantar un poco el trabajo antes que llegara. —El joven oficial se encogió de hombros—. Pero hacía ya una hora que estaba aquí cuando me presenté. Sí, sería mejor que entre y se lo entregue personalmente. Estoy seguro que se alegrará de verlo.
Bill le dio las gracias y fué a llamar a la puerta.
—Adelante, adelante —dijo el jefe desde adentro.
Al entrar el joven, Keller levantó la vista. Había estado hablando por el micrófono del impresor vocal, el que automáticamente imprimía la palabra hablada.
Oprimió ahora un botón para detener el aparato y dijo:
—Todo listo, ¿eh? ¿Cómo resultó?
Bill le entregó el sobre del que extrajo Keller el informe para estudiarlo someramente y fijarse en la parte final. Sonrió luego al mirar a su visitante.
—Muy bien, Bill. Está perfecto. Todavía hay mucho que hacer antes de adoptarlo para la aplicación a seres humanos y habrá que estudiar las dosis y presentarlas en comprimidos para que se ingieran oralmente, pero lo más importante ya está hecho. El profesor Mercer se va a enorgullecer mucho de su discípulo... Por mi parte, yo también me siento orgulloso de usted.
—Gracias, señor —repuso Bill, quien se sintió algo incómodo ante aquella alabanza.
—¿Cómo se siente? —inquirió luego el mayor.
—Muy bien, señor.
—Como ha estado levantado toda la noche...
—No tengo nada de sueño. La verdad es que dormí todo el día de ayer ahora no podría pegar los ojos.
—Me alegro. Siéntese; quiero hablar con usted.
Sentóse Bill se dispuso a esperar, mientras que Keller aclarábase la garganta y parecía meditar sobre lo que iba a decir.
—¿Ha estudiado mucho las radiaciones cósmicas? preguntó al fin.
—Completé el curso, señor, e hice experimentos después de graduarme.
—Sí, ya lo sé; he visto los informes de la academia respecto a su carrera. Ahora dígame una cosa: Suponiendo que se encuentra con un paciente que ha sufrido una exposición excesiva a las radiaciones cósmicas, ¿cómo lo trataría?
—En primer lugar, determinaría hasta qué punto se extiende el daño.
—Sí, claro, claro. Supongamos que fuera grave, hasta un quinto grado por ejemplo.
—¿Hasta un quinto grado? —Bill levantó las cejas mientras meditaba unos segundos—. Para comenzar le inyectaría las dosis acostumbradas del antídoto, haría guardar cama al paciente durante el primer día y recomendaría una dieta liviana. Después, si lo permitiera el trabajo del paciente, seguiría con una observación continua y mantendría la aplicación del antídoto. Le permitiría cierta libertad de movimientos. Nada de trabajos pesados, pero...
—Muchos médicos estarían en desacuerdo con usted. Insistirían en que el paciente guardara cama durante todo el tratamiento..., quizás hasta un mes.
—Sí, ya lo sé, señor; pero no he visto que haya una mejoría importante cuando el paciente guarda cama. Por el contrario, un período largo de inactividad parece demorar la mejoría debido al debilitamiento general del cuerpo motivado por la falta de ejercicio. Además, el estado anímico del paciente suele desmejorar a causa de la ociosidad.
Bill sentíase algo intrigado por las preguntas que le formulaba el jefe, pero respondió a ellas de buen grado, pues le interesaba el tema.
—Muy bien. Tenía la esperanza de que opinara así —expresó el mayor. Inclinándose hacia adelante, continuó en tono confidencial—: La situación es ésta: Hemos perdido otro navío XL que desapareció como todos los otros. Glussan y sus partidarios piden sangre, y esta vez parece que van a tener éxito. Sea como fuere, la semana próxima se realizará una reunión de la Junta Mundial, y por lo que he podido saber, parece que será muy importante. El general De Vere me ordenó que fuera yo. No sé por qué motivo, quieren que esté presente un representante del Cuerpo Médico, y el general se quedará aquí para cumplir cualquier orden que llegue de la Junta.
"Ahora bien, el problema es el siguiente: Hace dos días, al hacer un vuelo rutinario en busca de material cósmico, me expuse en demasía a la radiación, y al hacerme un examen he visto que tengo quemaduras de quinto grado.
—¿Usted, señor? —exclamó Bill—. ¿Entonces es usted el paciente de que hablábamos?
—Así es —respondió Keller, algo avergonzado—. Debí haber sido más precavido, pero... Bueno, eso no hace al caso. Lo importante es que debo asistir a la reunión. Ya conoce usted el viejo dicho de que el médico que se atiende a sí mismo tiene a un tonto por paciente. Quiero tener a alguien que me haga las curas y que no opine que anulo sus esfuerzos si continúo trabajando y asisto a las sesiones. Me haré destinar un alojamiento apropiado para poder continuar el tratamiento. Naturalmente, tendré que trabajar en los períodos entre sesiones, de modo que necesito a alguien en quien pueda confiar plenamente. El caso es que he pedido que sea usted mi médico. ¿Quiere el puesto?
¡Sí, señor! —exclamó el joven—. ¡Por supuesto!
El impacto de esta noticia tuvo un efecto doble sobre él. Por una parte, le preocupaba la salud del paciente que tendría a su cargo; por la otra, no se le escapaba la importancia de la reunión. Sabía muy bien que no era posible cambiar las decisiones de la Junta; pero se alegraba de estar cerca y poder enterarse de todo directamente.
—Muy bien. Entonces quiero que se presente aquí mañana a las nueve de la noche. Partiremos a las nueve y media.
—¿Quiere decir que volvemos a la Tierra mañana por la noche?
Eefecto, necesito todo el tiempo posible para prepararme para las reuniones. Viajaremos en una nave común de pasajeros a fin de no llamar la atención. Naturalmente, desde este momento debe considerarse sujeto a la reglamentación militar y guardar la más estricta reserva.
—Sí, señor.
—Hablemos ahora de mi tratamiento. Ya me he aplicado las primeras inyecciones, de modo que véame esta noche. En la mañana podrá examinarme nuevamente, lo mismo que antes de la partida. El resto de las horas que le quedan puede ocuparlas en lo que guste; pero esté listo a tiempo..., y recuerde que debe guardar reserva.
Lo tendré presente, señor. ¿Puedo venir a verlo a las siete?
—Sí. Lesperaré en el dispensario a esa hora.
Bill encaminóse hacia su alojamiento, diciéndose que las cosas se sucedían con tal rapidez que casi no le daban tiempo para pensar. De pronto lo dominó el cansancio de las largas horas de trabajo y decidió no abocarse a ningún problema. Un rato más tarde estaba acostado y dormía profundamente.
Despertó cinco horas después, completamente repuesto de su fatiga. Luego de vestirse, preparó sus maletas, dejando fuera sólo lo que iba a usar durante el día. A las seis marchó al comedor y pidió la cena.
Se le ocurrió pedir permiso para ver a Kutt el día siguiente; pero decidió no hacerlo por temor de que se le negara. Si desobedecía una orden se vería en dificultades, mientras que si efectuaba una visita a su amigo, nadie podría acusarle de haber faltado a la reserva recomendada.
A las siete en punto entró en el dispensario, donde ya le esperaba el mayor. Lo examinó detenidamente, viendo que las reacciones de Keller eran bastante normales a pesar de su estado. Acto seguido procedió a administrar las inyecciones del antídoto. Comprobó que su paciente seguía la dieta indicada y se citó con él para las nueve de la mañana siguiente.
Las horas de la noche las pasó en el club de oficiales, varios de cuyos miembros se le acercaron para comentarle que habían oído hablar de sus importantes investigaciones con la droga antisuss. El joven aceptó agradecido sus felicitaciones; pero, ignorando si conocían los resultados, no ofreció información alguna.
En los ratos que estuvo solo, pensó en el viaje de regreso, alegrándose ante la perspectiva de ver de nuevo a Eddie Watkins, con quien tendría mucho que hablar. Quizá su amigo estaba enterado de lo que sucedía, ya que su padre debía haber intervenido en las reuniones previas.
Después pensó en Kutt y lamentó tener que despedirse de él sin poder explicarle nada.
A las diez se fué a acostar y quedóse dormido pensando que la noche siguiente a aquella hora estaría viajando por el espacio en dirección a la Tierra.
La mañana siguiente, después del desayuno, visitó de nuevo al mayor, y luego del examen, le administró el tratamiento Se alegró cuando pudo retirarse sin que el jefe le preguntara qué planes tenía, y de inmediato encaminóse hacia la playa, donde tuvo el gusto de encontrar a Kutt.
—Hola, forastero —dijo Kutt en tono alegre—. Me alegro que hayas podido venir. Bill lo miró con extrañeza.
—¿Sabías que iba a venir? —inquirió.
—Cuando me enteré de que partías esta noche, comprendí que vendrías a despedirte.
—¿Sabías que me iba? ¿Cómo te enteraste?
—Me lo mencionó papá. No le pregunté cómo lo supo, pero veo que estaba acertado.
—¿Entonces ya sabes por qué me voy de manera tan repentina?
—No lo sé todo, aunque estoy enterado de que habrá una reunión y que vas con el mayor Keller. De los posibles resultados sé tanto como tú.
—¡Oh, Kutt! ¿Verdad que es horrible? ¿Quién sabe qué harán esos tontos?
Tenemos que tener esperanzas —dijo Kutt—. Todavía no ha pasado nada, y es posible que nada suceda. Tú y yo estamos imposibilitados de intervenir, y eso nos hace ver las cosas peor de lo que son.
Pasaron casi todo el día juntos, tratando de alegrarse mutuamente; pero apesarados ambos ante la idea de separarse. Al fin llegó el momento en que tuvo que irse Bill y se dijeron adiós luego de haberse renovado sus promesas de amistad imperecedera.
Al llegar a lo alto de la colina, Bill se volvió para saludar con la mano a su amigo, quien se hallaba todavía junto a la playa. Vio el tentáculo de Kutt que respondía a su saludo y se alejó luego cuesta abajo.
Durante las horas siguientes estuvo muy ocupado. Fué a visitar el laboratorio y puso en orden su mesa, tras de lo cual vertió en un frasco el resto de la fórmula 5083 y se la llevó junto con sus notas y su copia del informe. Cuando hubo terminado de arreglar las maletas ya era la hora de cenar.
Inmediatamente después de comer se encaminó al dispensario, donde aguardó al mayor Keller. Al llegar éste, lo examinó de nuevo y le aplicó las inyecciones, tras de lo cual salió junto con su superior.
—Ya he hecho retirar sus cosas de su alojamiento —expresó Keller—. Ya las están cargando, de modo que podemos ir directamente al espaciopuerto y subir a la nave.
Mientras marchaban hacia el navío que habría de llevarles de regreso a la Tierra, conversaron de temas generales, y en ese momento dado preguntó el mayor cómo había pasado el día.
—Preparé mis cosas, vi a Kutt..., y nada más —repuso Bill, con la esperanza de no tener que explicar más.
—Vio a Kutt, ¿eh? —dijo el mayor—. ¿Le dijo que se iba de Poseída?
—No toqué el tema —contestó el joven, deseoso de no mentir.
La verdad era que el tema lo había tocado Kutt y no él. Le sería difícil explicar al mayor la razón por la cual no creía haber faltado a su deber al conversar con su amigo. Por suerte no insistió Keller y poco después se encontraron a la entrada del espaciopuerto.
Cuando entraban les salió al encuentro el teniente Burn, quien había dirigido la carga del equipaje y la inspección de los documentos. Saludó a ambos y encaminose con ellos hacia la nave, junto a la cual se hallaba ya apoyada la escala portátil.
AI llegar a la escala, el teniente les dio la mano a ambos mientras les deseaba buen viaje. Keller le agradeció su colaboración y ambos cambiaron el saludo militar.
En seguida subieron Bill y el mayor, siendo recibidos por el copiloto, quien les acompañó hasta los asientos que les correspondían en la cabina ya casi enteramente ocupada.
Unos minutos después se cerró la puerta exterior y comenzó a oírse el zumbido del aparato renovador del aire. A poco sonó la voz del capitán por el altavoz:
Habla el capitán Gray. Bienvenidos a bordo. Como viajamos hacia la Tierra, sé que ninguno de ustedes hace el trayecto por primera vez; no obstante, quisiera recordarles ciertas indicaciones...
Siguió oyéndose la voz mientras los asientos se convertían en lechos horizontales y los encargados de la cabina andaban por ella asegurando las correas y colocando las suelas metálicas a los zapatos de todos.
Cesó de pronto la voz del capitán y hubo un momento de silencio al inclinarse lentamente hacia arriba el navío sideral hasta quedar en posición vertical. Así estuvieron un momento y al fin partieron, sintiendo la fuerza de la aceleración durante varios segundos.
AI cesar aquella sensación miró Bill hacia la pantalla vio las palabras "Estamos en el espacio".
¡Ya iba camino al hogar!
 Capítulo 10 - El centinela automático
 El mayor Keller se mostró preocupado durante todo el viaje. Llevaba un portafolios abierto sobre las rodillas y estudiaba sus documentos, anotando ciertos detalles en una libreta. De tanto en tanto dejaba de lado los papeles para hacer algún comentario breve a Bill. Era evidente que la reunión en perspectiva le preocupaba en extremo.
Sabía Bill que el mayor simpatizaba con los poseidanos, a los que no consideraba enemigos; pero, debido a su educación militar, tendría que obedecer las órdenes al pie de la letra. En vista de las circunstancias, el joven no podía revelar los conocimientos que ganara en sus conversaciones con Kutt. En cambio, dejó que fuera Keller quien más hablara, concordando cortésmente con lo que le pareció necesario hacerlo. Mejor era mantener la boca cerrada y los ojos abiertos; luego, si llegaba a presentarse la oportunidad, entraría en acción. Naturalmente, no pudo imaginar qué oportunidad podría presentársele o cómo habría de obrar. No se le ocurrió ningún método para cambiar la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, había descubierto la droga antisuss cuando no parecía ya posible. Así, pues, ¿quién podría predecir lo que iba a depararle el futuro?
Bill dio un respingo al oír la campanilla que anunciaba el descenso de la nave. Aunque no había estado ausente más de dos meses y medio, le pareció que era mucho más largo el plazo transcurrido, y al aterrizar el navío se sintió cada vez más entusiasmado, acrecentándose su impaciencia con cada detalle que los demoraba. Le irritó el trámite final, y se sintió muy aliviado cuando se encaminaron por fin hacia la puerta principal del espaciopuerto.
Había allí el movimiento que solía verse con cada llegada. Ambos iban a tomar el monorriel que se arqueaba en las alturas, extendiéndose directamente hacia el cuartel general. Cuando se abrieron paso por entre la multitud hacia la góndola pendiente de los cables, Bill odió que se aceleraban los latidos de su corazón al oír una voz que le llamaba por su nombre.
—¡Bill! ¡Oye, Bill! ¡Despierta!
Al volverse vio a Eddie que avanzaba entre la gente, pidiendo disculpas a diestra y siniestra y llamándole a voz en cuello. Vestía uniforme, pero tenía la gorra torcida hacia un costado y su aspecto era realmente cómico.
El mayor Keller también habíase vuelto, atraído por la conmoción. Al llegar Eddie, Bill preguntó a su jefe si podía demorarse unos minutos para saludar a su amigo, Keller concedió el permiso sin vacilar, y justo a tiempo, pues Eddie había llegado ya junto a ellos.
—¿Qué dices, viajero del espacio? —gritó—. ¿Cómo estás? Deja que te mire.
Levantó ambos brazos de Bill, fingiendo mirar debajo de ellos con gran interés.
Sí, no hay más que dos —continuó—. Me alegro, pues pensé que quizá te hubieran crecido varios más como a los poseidanos.
Rió alegremente, festejando su propia broma, y Bill no pudo menos que sonreír al ver el entusiasmo de su amigo. Después recordó al mayor que los contemplaba y parecía tener que esforzarse para mantenerse serio.
—Mayor Keller, permítame que le presente a mi amigo Eddie... Quiero decir al cadete...
Así hablando, vio las charreteras que relucían sobre los hombros de Eddie, indicando que su dueño era ya un oficial de rango mínimo.
—El subteniente Watkins —finalizó.
—Así es, viejo —terció Eddie—. Me dieron el grado hace dos días. Han sucedido tantas cosas que... ¡Oh!
Eddie se dio cuenta repentinamente que le habían presentado a un mayor y no había saludado como correspondía. Interrumpióse y se puso firme, haciendo un magnífico saludo que habría sido más efectivo si no hubiera tenido la gorra sobre una oreja.
El mayor contestó al saludo con aire casual mientras esbozaba una sonrisa al sugerir que el subteniente Watkins podría acompañarlos hasta la comandancia.
Se instalaron los tres en la góndola. Los cables elevaron el vehículo, asentándolo sobre el riel, y un momento después partían velozmente.
Ya en la comandancia, Eddie quedóse en la sala de visitantes mientras que Bill y el mayor cumplían el trámite de entrada e iban a sus alojamientos.
La puerta principal del departamento daba a un corredor breve en el que había una puerta a cada lado. La de la izquierda daba acceso a una amplia estancia amoblada para que sirviera de sala y cuarto de reuniones. Más allá había un aposento con su cuarto de baño destinados a Bill. La otra puerta daba a un laboratorio-consultorio de reducidas dimensiones.
No bien hubieron sacado lo más necesario de las maletas, Bill entró en el laboratorio para examinar a su jefe. Administró luego las inyecciones necesarias, tras de lo cual le dijo el mayor que, ya que debía presentarse a sus superiores, el joven estaba libre hasta la noche.
—No pierda su pase ni olvide llevarlo consigo le recomendó—. No podrá entrar ni salir de aquí sin él.
Le aseguró Bill que lo llevaría siempre encima y corrió acto seguido a buscar a su amigo.
AI ver aparecer a Bill, Eddie levantóse del cómodo sillón en que estaba instalado y comentó:
—Al fin llegas.
Le explicó Bill lo que le pasaba a Keller, agregando que había tenido que atenderlo.
—Sí, ya me lo dijo papá cuando me avisó que volvías. Pero como tardaste tanto, creí que ya habían iniciado la reunión de la Junta.
Bueno, ya terminé —rió Bill—, y ahora tengo todo el día libre, ¿Y tú?
—Tengo mi permiso especial. Vamos a mi alojamiento y podremos charlar.
—¿Tu alojamiento? ¿Ahora vives por aquí?
SeguroYsé que no conocías la Comandancia Mundial. Mira esto.
Así diciendo, Eddie sacó un mapa, del bolsillo y lo desplegó. El grabado representaba un área limitada por cinco lados y diseñada en forma de pentágono.
Toda esta región se llama Comandancia Mundial. Los edificios en que estamos ahora son los residenciales, aunque la mayoría los llama "el nido". Esto que vez aquí —indicó un sector del mapa— es el Edificio de la Junta. Estos más largos son los cuarteles de la guardia. Aquí están los depósitos y este cuadrado corresponde a Comunicaciones... ¿Y vez este rincón marcado con lápiz? Aquí estoy yo.
—¿Quieres decir que toda esa sección está bajo tu mando?
—Eso, precisamente, no. Es la pista espacial experimental, y allí estoy de servicio. ¿Te enteraste del último desastre?
—Sí, hace un par de días.
—Eso es. Fué entonces cuando me dieron grado. Se decidió que desde ahora en adelante no podría entrar allí nadie que no perteneciera a la oficialidad. Por eso, como papá se instaló en el nido y faltaban oficiales, adelantaron la fecha de mi graduación y me destinaron allí. ¿Qué te parece?
—Extraordinario. ¿Y vives en ese sector?
—Eso es, y te aseguro que tengo un bonito departamento en la planta baja.
—En tal caso, vamos a otra parte. No tengo pase para entrar allí.
—No importa. Me permitieron recibir invitados que tengan permiso para entrar en la Comandancia. Naturalmente, soy responsable de su conducta, pero estoy seguro de que tú no eres un espía, de modo que vamos allá y charlaremos tranquilos.
Salieron del "nido" y encamináronse hacia la pista espacial. El sector estaba completamente rodeado por un muro en un punto del cual había un recinto pequeño cuyas paredes interiores aparecían recubiertas por una capa metálica. No se veía señar alguna de centinelas y Eddie no sacó ningún pase del bolsillo.
Bill sintió despertarse su curiosidad y preguntó:
—¿Qué haces? ¿Tienes que apretar un botón para llamar al centinela?
—No —rió Eddie, indicando el recinto metálico—. Ese es el centinela,
—Está vacío.
—Claro. Es el Sentrac, el centinela automático. Dame tu pase y fíjate.
Así diciendo entró el joven en el reducido recinto y con voz normal habló mirando hacia la pared.
—El subteniente Edward Watkins y un invitado —anunció, tras de lo cual leyó las dos primeras líneas del pasee de Bill—. Cadete Médico William Hudson, ayudante del mayor John J. Keller. Mi invitado me precederá.
Finalizada la presentación, retiróse del lugar y dijo Bill que entrara.
—Pasa. Yo te sigo.
Entró Bill en el cuartito, quedándose allí sin saber qué hacer.
—Lee las dos líneas superiores de tu pase —le indicó Eddie.
Así lo hizo el joven e inmediatamente descendió un panel de acero que le separó de su amigo y del exterior. Al mismo tiempo se elevó la pared que tenía delante y Bill traspuso la abertura, encontrándose en el sector reservado. Al volverse con cierto asombro, vio que la pared había vuelto a bajar, pero un instante más tarde se levantó de nuevo para dar paso a Eddie.
—Resulta impresionante —comentó—, pero no parece muy efectivo. Podría presentarse cualquiera y decir: "Soy el subteniente Watkins. ¡Ábrete, Sésamo!"
Nada de eso.
—¿Y entonces cómo...?
Ya te lo explicaré en mi departamento. Fíjate, todos estos edificios rodean por completo la pista, y todos los guardias destinados al sector viven en ellos. Si llega a sonar la alarma, cada uno de los ocupantes, esté de servicio o no, va inmediatamente a un lugar ya indicado.
No podría entrar ni una mosca.
Entraron en uno de los edificios y Eddie abrió una puerta a la derecha del corredor principal, indicando a su amigo que pasara.
—Bienvenido a la choza de Watkins —dijo.
Bill notó que se trataba de una habitación bastante amplia, con una cómoda cama, con un ropero en un extremo, y una mesa y varias sillas al otro. Ambos fueron a sentarse junto a la ventana.
—Magnífico —comentó Bill.
—¿Te gusta?
—¡Claro que sí! Ahora explícame eso del Sent..., del centinela automático.
—El Sentrac. En realidad es muy sencillo. Primeramente tiene que hacerse identificar por el cerebro electrónico, el que impresiona tu aspecto tal como una telecámara recoge tu imagen y la transmite. Ya sabes que no hay dos personas cuya fotografía sea exactamente igual. Para el ojo electrónico, hasta los hermanos mellizos son diferentes.
"Después registra tu voz de manera perfectamente selectiva, y finalmente registra tu olor. Te aseguro que no puedes engañarla comiendo cebollas, pues la máquina capta tu olor individual. Es como tu perro que te reconocería bajo cualquier disfraz, y la diferencia reside en que ningún perro posee la sensibilidad del cerebro electrónico.
"Todo esto se registra bajo la vigilancia de un oficial de seguridad. Todos los días se ocupa el oficial de constatar la lista de los que están autorizados para entrar o salir de la base, y las cintas magnéticas en que están grabados esos informes se colocan en el cerebro electrónico.
"Ahora bien, cuando se para alguien en el cuartito y dice: "Soy Fulano de Tal", el cerebro examina sus archivos y mira si está registrado el nombre. Si lo está, transmite el sonido, la impresión visual y el olor correctos a sus diversas secciones, comparándolos con los de la persona que se halla a la entrada. Si el nombre no está registrado o si se trata de un impostor, de inmediato suena la alarma. No la oye el que está en el recinto, pero la oímos nosotros. Cuando anuncié que tenía un invitado, el detalle quedó registrado, pero a ti no se te dejó pasar hasta que repetiste la información. Ahora bien, si no fueras una persona autorizada, el hecho se descubriría en la mañana, ya que el Sentrac registró automáticamente tu aspecto, tu voz y tu olor. Ya ves, pues, que no te habría dejado pasar si no te hubiera traído yo, que soy persona autorizada..., y si yo trajera a una persona extraña a la Comandancia, me vería en aprietos. Eso es todo.
—Bueno, me has hecho cambiar de idea —reconoció Bill—. Parece muy efectivo el sistema... Espera un momento, ¿y si te apresara un enemigo y te obligara a hacerlo pasar? Ya sé que lo descubrirían cuando se efectuara la inspección, pero antes que ocurriera eso podría haber hecho mucho daño.
—Dices bien. Pero en tal caso no hablaría yo en tono normal y de inmediato sonaría la alarma. La verdad es que cuando algunos tienen un resfrío o están roncos, no los dejan salir del sector hasta que recobran su tono normal de voz. De vez en cuando hay algún tonto que regresa tarde y llega corriendo hasta el Sentrac, frente al cual habla algo agitado. En seguida suena la alarma y el que llega, se ve rodeado por todos los guardias. Naturalmente, se lo castiga dándole obligaciones por una semana.
—El sistema parece a prueba de errores.
—Lo es y créeme que se necesita. Ahora que los poseidanos están burlando todas nuestras precauciones, tenemos que protegernos lo más posible. Ya sabes que hace dos días hicieron desaparecer otra nave, y ahora hay otra ya casi lista para las pruebas finales. Es el XL-35, y lo construyeron, lo volvieron a desarmar y lo armaron de nuevo, de modo que estamos seguros de que no hay fallas mecánicas. El piloto de prueba será elegido de entre el grupo que están entrenando ahora. En el hangar tienen una cabina de mandos exactamente igual a la del navío, y esos pilotos no hacen más que practicar en ella, preparándose para cualquier emergencia. El XL-35 tiene un sistema de alarma nuevo, y los poseidanos tendrán que trabajar mucho si quieren destruirlo.
—Veo que todavía piensas que los saboteadores poseidanos son los responsables de los desastres —comentó Bill.
—¿No opinas tú lo mismo? —exclamó su amigo en tono de incredulidad.
—No. Sé muy bien que no son ellos los responsables.
—Bill, tú estás enfermo —declaró Eddie con fingida pena—. Debe haberte hecho mal el sol de Poseída. ¿No quieres acostarte un rato?
—Te diré, conocí a Kutt y trabé amistad con él. Me...
—Ya sé; es ése al que salvaste la vida.
—No sé si le salvé la vida, pero le hice un favor y nos hicimos muy buenos amigos. También conocí a Delu, y puedo asegurarte que a los poseidanos no les interesan nuestros modelos XL. Lo que ocurre es tan misterioso para ellos como para nosotros.
—¿De verdad crees eso? —preguntó Ed con seriedad.
Bill se vio en un apuro. Estaba ansioso por repetir a Eddie las conversaciones que sostuviera con Kutt; pero había dado su palabra de honor de no revelarlas, y tuvo que contentarse con contar a su amigo lo más que pudo sin violar la palabra empeñada.
Por su parte, Eddie tenía gran respeto por las opiniones de su amigo, y adivinó que Bill le ocultaba algo. Se dijo que el joven sabía ciertas cosas que por alguna razón no deseaba mencionar, de modo que no le interrogó al respecto, diciendo en cambio:
—Pareces muy seguro. Hasta que se demuestre que estás equivocado, estaré de tu parte. —Interrumpióse luego para agregar—: Claro que tengo que cumplir con mi deber.
—No tienes que preocuparte de nada —le aseguró Bill con seriedad—. Cumple con tu deber de proteger esa nave lo mejor que puedas. Si adviertes algo sospechoso, haz lo que debas hacer..., pero ya verás que no será nada relacionado con los poseidanos.
—Te creo —expresó Eddie, sonriendo maliciosamente—, pero sospecho que Glussan no compartirá tus opiniones.
—¡Glussan! —gruñó Bill con disgusto. Te diré, he llegado a la conclusión de que tiene algún motivo personal para provocar tanto revuelo. Si no tuviera algo que ganar en ello, no se molestaría tanto en hablar contra los poseidanos de la manera como lo hace. Y ahora está por celebrarse esta reunión de la Junta. ¡Cuánto me agradaría saber lo que se propone el Censor!
Los muchachos continuaron charlando sobre sus aventuras de los últimos dos meses, y al fin se levantó Bill de un salto.
—Tengo que regresar. El mayor debe estar esperándome para que le aplique las inyecciones.
—¡Cálmate! —le recomendó Eddie—. Si corremos notará el Sentrac nuestra agitación..., y no querrás que nos arresten los guardias, ¿eh?
—¡Por cierto que no!
Mientras marchaban hacia la salida preguntó Bill:
—¿Cómo puedo comunicarme contigo? Tú podrías visitarme en el "nido", ¿pero cómo burlo yo a ese robot?
—Muy fácilmente. Entra en la cabina y anuncia que vienes a visitar al subteniente Watkins. El Sentrac pasará la información directamente a mi cuarto y a la sala de guardia. En cualquiera de los casos recibiré yo el mensaje..., y si estoy de servicio ya saldrá alguien a avisarte.
Al llegar al Sentrac Eddie entró en la cabina para anunciar la partida de su invitado. Una vez que lo hubo identificado Eddie volvió a salir para estrechar la mano de su amigo, tras de lo cual entró Bill en el recinto. Se cerró entonces el panel a su espalda para abrirse el otro. Cuando hubo salido, el joven se encaminó a toda prisa hacia el edificio residencial.
 Capítulo 11 - Crisis en la junta
Al llegar Bill, vio al mayor Keller que trabajaba en la sala, sobre cuya mesa veíanse innumerables papeles. Keller parecía fatigado y casi no levantó la vista al entrar el joven y dirigirse al laboratorio.
Bill lavóse las manos, preparó la jeringa y estaba por preguntar al mayor si quería pasar cuando entró el oficial levantándose ya la manga de la camisa.
Luego que le hubo aplicado las inyecciones expresó el joven:
—Le veo fatigado, señor. Me parece que tendrá que tomar las cosas con más calma.
Keller se pasó la mano por la frente.
—Temo que no haya tiempo para eso.
—No puede decir tal cosa a su cuerpo —manifestó Bill con firmeza—. Tendrá que descansar.
—Escuche, Bill, necesito que me dé algo para continuar. Como médico concuerdo con usted; sé que su diagnóstico es correcto y en circunstancias normales seguiría sus indicaciones; pero estamos pasando una crisis grave y tengo que estar en condiciones de llevar adelante las cosas.
—Sí, señor; haremos todo lo que se pueda. ¿Marchan mal las cosas?
—¿Mal? —murmuró el mayor—. Si marcharan peor, estaríamos...
Apagóse su voz al alejarse del laboratorio. Al sentarse a su mesa llamó a Bill.
—¿Va a seguir trabajando con la droga antisuss? —inquirió.
—Sí, señor, si es que puedo.
—Por supuesto. Ya tiene el laboratorio; puede pedir lo que necesite y habrá aquí un soldado que le ayude, Ocúpese de ello todo el tiempo que quiera.
Esta era una buena noticia para Bill. No le agradaba la perspectiva de estar ocioso, de modo que aceptó la sugestión del mayor y se ocupó de instalar una mesa de trabajo en el laboratorio.
Su intención era refinar la droga para convertirla en un polvo estable y uniforme. Debía calcular una dosis exacta a fin de que los médicos pudieran recetar la cantidad correcta necesaria para contrarrestar cierta medida de animación suspendida. Pero, primeramente, tendría que determinar si la droga era apta para ser administrada a los seres humanos.
Había trabajo de sobra, de modo que, luego de tratar al mayor por la mañana, Bill se alegró de recibir a Brad Short, soldado adscripto al Cuerpo Médico. Aun antes que se presentara el recién llegado le resultó fácil comprender por qué le llamaban todos "Rojo". El soldado anunció esto con una sonrisa y sugirió que Bill podía ahorrarse trabajo y hacer lo mismo.
—Muy bien, Rojo —repuso el joven—. ¿Tiene experiencia como técnico de laboratorio?
—Sí. Es el único trabajo que he hecho en los últimos dos años, señor.
Agregó la palabra "señor" como preguntando si Bill era afecto a la ceremonia y si prefería que se observara la etiqueta militar. El joven no le hizo esperar su respuesta.
—Puede dejar de lado el tratamiento, Rojo. Hay mucho trabajo y tendremos que hacerlo en armonía si queremos terminarlo en el poco tiempo de que disponemos.
—Me parece bien. Dígame lo que quiere hacer y cómo puedo ayudarle —repuso Rojo, sonriendo cordialmente.
El resto del día lo pasó Bill explicando a su ayudante lo que había hecho hasta entonces, tras de lo cual dispusieron el programa de trabajo. Luego le dio Bill una lista de los materiales necesarios, indicándole que los llevara al presentarse a trabajar en la mañana.
Después que se hubo retirado Brad, el joven se puso a preparar el laboratorio y estaba ocupado en esto cuando regresó el mayor. Al oírle entrar en la sala, asomóse a la puerta para verlo, notando que Keller daba señales de gran nerviosidad y preocupación. Vio la fatiga pintada en su rostro cuando se dejó caer pesadamente en un sillón y clavó la vista en el suelo.
Así permanecieron largo rato, Bill poco deseoso de Interrumpir los pensamientos de su superior, y éste ignorante de la presencia del joven. Después se movió el mayor y dijo en voz alta y tono enfático:
—¡Idiotas!
—Sí, señor.
—¡Estúpidos!
—Sí, señor.
—¿Qué? —El mayor levantó la vista, pareciendo notar por primera vez la presencia de su ayudante—. ¡Ah, es usted!
—Sí, señor.
—Pues bien, son unos idiotas. ¿Sabe lo que se proponen esos estúpidos de mente estrecha?
—No, señor —repuso Bill. El mayor no solía hablar de sus superiores en aquellos términos, y quizá lo hacía ahora porque estaba peor de lo que supusieran ambos.
—No, claro que no lo sabe; no concurrió a la reunión de la Junta. —Suavizóse la voz de Keller y su tono se hizo más razonable—. Bill, ya sé que no debería hablar así con nadie, y mucho menos con un joven como usted que podría interpretarme mal; pero creo que puedo confiar en usted, y me volveré loco si no hablo con alguien. Esa gente sin seso está deliberando para ver si declara la guerra de inmediato.
—¡No! —exclamó Bill con horror.
—No hay un solo hombre moderno que haya pasado una guerra —continuó el mayor—. La han practicado en maniobras, pero no tienen la menor idea sobre lo que es la guerra verdadera. Cuando descubran que no hay un árbitro que toque el pito y suspenda el juego al fin del día para que puedan pasarse la noche felicitándose por lo geniales que son, lamentarán haber obrado con tan poca sensatez.
—¿La parece que se decidirán por la guerra, señor?
—¿Quién lo sabe?—. El mayor abrió los brazos, prosiguiendo con más lentitud—: De no haber sido por el general Watkins ya lo habrían hecho hoy. El los contuvo diciendo que antes de tomar ninguna decisión, la Junta necesitaría un informe completo sobre el estado actual de las Fuerzas Terráqueas. Hoy no podía presentar el informe, pero lo tendría listo para la sesión de mañana, con lo que ha logrado ganar un día. En cuanto a lo que hagan mañana...
Se encogió de hombros sin terminar la frase.
—¿Todos los Censores están en favor de la guerra? —inquirió Bill en tono incrédulo.
—La mayor parte están indecisos. Un grupo de hombres sinceros e inteligentes, entre los que se cuenta el general Watkins, trata de dominar la tormenta y desviarla hacia fines más constructivos; pero unos pocos estúpidos arrebatados, a los que encabeza el Censor Glussan, no hacen más que pedir la declaración inmediata de las hostilidades. Ya sabe usted que los indecisos siempre se dejan convencer por los que más gritan.
—¿Y usted no puede hacer nada? —inquirió Bill, dejando deslizar en su tono la ansiedad que sentía.
—No, hijo, nada puedo hacer. Ni siquiera soy miembro de la Junta, y estoy presente sólo porque me necesitan como testigo. Parece que me harán declarar sobre algo que todavía no me han aclarado, y eso es lo peor. Decidan lo que decidan, me darán las órdenes y no me quedará otra alternativa que obedecerlas.
Bill debió hacer un esfuerzo para contener la emoción que amenazaba con hacerle perder la serenidad. La declaración de guerra sería catastrófica; aquella gente Ignoraba la existencia de la Torre de la Vida; no sabían que el secreto de la partida de Bill era conocido por Délu. Pero, aun aparte de que Kutt le había hecho prometer reserva, ¿qué podía hacer? Si decidiera faltar a su promesa, ¿le tomarían en serio los miembros de la Junta? No lo creía. Seguramente le interrogarían acerca de cómo había obtenido los informes que presentara, los considerarían falsos y era posible que lo arrestaran por haber mantenido relaciones con el enemigo. No había entre ellos ningún hombre razonable.
El mayor Keller se puso de pie, rompiendo el silencio.
—Bueno, hijo, estos problemas no son tuyos ni míos y nnos queda más remedio que rendirnos ante la fuerza de la mayoría. Ahora, si está dispuesto a tratarme, hágalo.
—Sí, señor: en seguida.
Toda la noche estuvo Bill revolviéndose en el lecho al meditar sobre la noticia que le diera el mayor. En la mañana se levantó temprano y alegróse de tener su trabajo para distraerse. Por lo menos podría concentrarse en sus experimentos y tratar de olvidar el peligro. El mayor Keller se presentó para que le aplicara las inyecciones y Bill le advirtió de nuevo que no se fatigara, aunque sabía que sus consejos serían desoídos.
Poco después de retirarse Keller llegó Rojo con dos grandes recipientes cuyo contenido constató con la lista que le diera Bill. Al comprobar que estaba todo en orden, iniciaron el trabajo del día. A medida que avanzaba la mañana se notó que Rojo tenía experiencia en aquellas lides, y Bill se alegró de contar con un ayudante tan práctico como él.
A media tarde echó Bill una cantidad de polvo blanco en el cuenco de una hidroprensa diminuta y observó cómo presionaba ésta el molde para abrirse luego y dejar al descubierto seis comprimidos blancos de forma circular. Retiró las píldoras y las sostuvo en la palma de la mano.
—¡Imagínese! —exclamó Rojo en tono solemne—. Son las primeras píldoras antisuss que se fabrican. Dentro de unos años las harán quizá por millares y a nadie le parecerá extraño adquirirlas.
—Es verdad que son las primeras píldoras de este tipo —repuso Bill—; pero no diría yo que son píldoras antisuss.
—¿Qué son entonces? ¿No contrarrestan los efectos de la animación suspendida?
—Se supone que así sea; así obraron sus ingredientes con los cobayos.
—Entonces son píldoras antisuss —declaró Rojo con gran alivio—. Ya había comenzado a temer no haber interpretado lo que estaba haciendo.
—No hay que apresurarse tanto, Rojo. Sabemos el efecto que causan los ingredientes, y hemos preparado estos comprimidos según cálculos exactos, de modo que cada una debería contrarrestar los efectos de un año de animación suspendida en un ser humano. ¿Pero son realmente efectivas?
—Claro que sí... si son correctos sus cálculos.
—No se puede andar con adivinanzas; tenemos que estar seguros.
Así diciendo, Bill tomó un frasco de un estante, le quitó el tapón y retiró una píldora roja que retuvo en la palma de la mano. Hecho esto tapó de nuevo el frasco y lo puso en su lugar. Sosteniendo la píldora roja entre el pulgar y el índice de la mano izquierda, y una blanca en la diestra, agregó:
—Esta tableta roja me pondrá en estado de animación suspendida durante un año. Si nuestros cálculos son correctos, la blanca contrarrestará los efectos de la roja. Ahora bien, no hay más que un método para determinar si resulta o no la fórmula, ¿verdad?
—No va a decirme que piensa...
—Sí. Voy a tomar primero una y luego la otra. Si no Ocurre nada y continúo tan normal como siempre, tendremos la prueba definitiva de que son realmente píldoras antisuss.
—¡No puede tomarlas así! —exclamó Rojo en tono de alarma—. ¿Y si...?
Rió Bill al notar la expresión de su ayudante.
—¿Qué? ¿No acaba de decir que son píldoras antisuss? Hace un momento me dijo que son efectivas.
—Pero dije "si los cálculos son correctos".
—¿No cree que lo sean?
—No es eso. Deben serlo, pero.. ¡Oh, no sé!
Bill se tornó más serio.
—¿No comprende que alguien tiene que ingerirla a fin de probar sus efectos? Si yo he hecho todos los cálculos preparado la píldora, ¿cómo puedo pedir a otro que la tome basándome en que temo probar mi propia fórmula?
Rojo se animó un poco.
—Eso es fácil; la tomaré yo con mucho gusto. Si no resulta, no me molestará dormir profundamente durante un año. —Abrió la boca para bostezar—. No tendré que trabajar y recibiré mi paga. ¡Con gusto la tomaré yo!
Bill comprendió que el pelirrojo se hacía el cómico sólo para disimular su heroico ofrecimiento.
—Gracias, Rojo —dijo sonriendo—. Pero esto tengo que hacerlo yo. Ahora me tomaré un metabolismo completo. Haga usted las anotaciones y después las constataremos.
Luego de un examen completo en el que se tomó el metabolismo basal del joven, midieron la energía que empleaba en subsistir. Si después de tomar ambas drogas se hallaba que el empleo de energías aparecía rebajado, quedaría probado que la droga antisuss no contrarrestaba la animación suspendida. Cualquier aumento en el desgaste de energía significaría que la píldora antisuss era demasiado potente. Ya todo preparado tomó un vaso con agua y, luego de encogerse de hombros, tragó una píldora roja y luego una blanca.
—Bueno, pronto lo sabremos —expresó.
Rojo lo miraba con expresión fascinada, como si esperara que empezara a cambiar en seguida.
Luego de soportar su mirada durante cinco minutos rompió Bill el silencio y se pusieron a hablar de temas intrascendentes a fin de no pensar demasiado en el experimento que realizaban. Pasó más de una hora mientras ambos se esforzaban por no mencionar el tema que predominaba en sus mentes.
Al fin se golpeó Bill las rodillas y dijo:
—Bueno, ahora veremos. Cualquier cambio tendría que haberse operado ya. Vamos a comprobarlo.
De nuevo se hizo el metabolismo basal, comparando los resultados con las cifras originales.
—¡Ha resultado! —exclamó Bill con enorme alegría, al comprobar que no se había operado el menor cambio en su desgaste de energía.
Rojo dejó escapar un grito de entusiasmo y le palmeó la espalda antes de recobrar su dignidad habitual, mientras que Bill le recordaba que aún no estaba resuelto todo el problema. Sería necesario efectuar gran cantidad de pruebas más, aunque ahora podrían encargarlas a los laboratorios del gobierno. Cuidadosamente puso las cinco píldoras restantes en un frasco pequeño que colocó en el estante en que había otras drogas.
Juntos pusieron en orden el laboratorio y Bill dijo a su ayudante que ya podía retirarse, cosa que hizo Rojo, asegurándole que se presentaría a primera hora de la mañana siguiente.

El mayor llegó ya muy entrada la noche, y al ver su expresión de profunda fatiga, Bill se abstuvo de darle la buena noticia. Keller pidióle que dejara de lado el examen y se limitara a aplicarle las inyecciones, explicando que, fuera cual fuese el resultado del examen, tendría que regresar a la Junta a primeras horas de la mañana, de modo que podían pasarlo por alto.
El joven no quiso molestarlo con sus protestas y le aplicó las inyecciones en silencio.
Cuando volvieron a la sala el mayor exclamó:
—¡Lo van a hacer, esos locos!
—¿Todavía marchan mal las cosas, señor? —inquirió Bill.
—Sí, hijo, temo que marchen muy mal. El general Watkins comenzó hoy a dar su informe. Creo que trata de hacer ver que tenemos menos potencia militar de la que existe en realidad, pues desea no agregar leña al fuego; pero, naturalmente, tendrá que decir la verdad, y hasta ahora no ha logrado amenguar los ardores del grupo de Glussan. Los Censores dicen a todos que tenemos suficiente armamento para ganar cualquier conflicto, de modo que no hay motivo para soportar abusos de nadie. Quieren atacar de inmediato.
"Al fin se levantó la sesión a pedido del general, pero volvemos a reunimos en la mañana. Para entonces tendrá Watkins que completar su informe; después me pedirán que declare y luego... y luego se procederá a votar para decidir el comienzo de las hostilidades.
Bill sintió que le daba un vuelco el corazón.
—¿Le dijeron qué le deseaban preguntar? —inquirió—. Quizá después que declare...
—No, no me lo han dicho; pero no creo que lo que yo pueda declarar haya de curarles de su locura. Temo que no haya esperanzas. Mañana a esta hora podríamos estar ya en guerra.
 Capítulo 12 - Decisión difícil
No hablaron mucho y ambos se acostaron temprano. El mayor quedóse profundamente dormido a causa del agotamiento físico, mientras que Bill permanecía despierto en su lecho. En circunstancias normales, lo acontecido aquel día en el laboratorio habríale alegrado muchísimo; pero el orgullo y la satisfacción quedaron anulados por las malas noticias recibidas. Quedaba muy poco tiempo; si habría de hacerse algo tendría que ser inmediatamente. ¿Pero qué podía hacerse?
Ningún resultado positivo pudo sacar de los planes desesperados que se presentaban a su mente; pero el joven se dijo que algo tendría que hacer para impedir la guerra. No podría permanecer ocioso mientras el desastre se abatía sobre todos.
Amanecía ya cuando se quedó al fin dormido, y recibió una sorpresa desagradable cuando le despertó Brad Short que se presentaba a trabajar. De inmediato pensó en el mayor, y al ir corriendo al otro dormitorio descubrió que Keller ya se había retirado. Esto era malo. La noche anterior no lo había examinado y ahora habíase Ido sin sus inyecciones. Los efectos de las radiaciones cósmicas no solían causar trastornos serios cuando se trataba al enfermo debidamente, pero la falta de atención médica podía costar la vida del paciente.
Rápidamente se vistió Bill y fué al laboratorio, donde preparó las dosis, cargó las jeringas y las puso en su estuche. Luego de dar a Rojo ciertas instrucciones a fin de que ordenara todo, el joven se encaminó hacia el edificio de la Junta con la idea de buscar al mayor y aplicarle las inyecciones donde lo encontrara. Ignoraba si le permitirían entrar en el recinto, pero esto no resultó ningún problema. Su pase, que lo identificaba como ayudante del mayor Keller, bastó para franquearle la entrada en el edificio, y a la puerta del salón se encontró con que el guardia era Eddie Watkins.
Sostuvo con su amigo una breve conversación en voz baja, explicándole que podría ocurrirle algo serio a su paciente si no le aplicaba las inyecciones. Eddie le dijo que podía entrar, pero que permaneciera en la galería de observación mientras él enviaba un mensaje a Keller.
—Termino mi turno dentro de quince minutos —le confió luego el subteniente.
—¿No puedes venir a mi alojamiento cuando hayas terminado aquí?
—Iré no bien salga —repuso Bill con seriedad—. Tengo que hablar contigo de algo muy importante.
Eddie asintió mientras le abría la puerta que daba acceso a la galería. Bill pasó por ella para ascender por la escalera. Al llegar arriba pudo comprobar que el salón de reuniones estaba atestado y no había un solo asiento desocupado. Sobre la plataforma en que estaba situada la mesa de los testigos hallábase el general Watkins, hablando por el micrófono. Bill paseó la vista por el recinto sin poder localizar a Keller, por lo que se sentó junto a la baranda a esperar que le avisaran cuándo podría bajar. Mientras tanto, prestó atención a las palabras que pronunciaba el general.
—...Por lo tanto, y aunque parezca irónico, es verdad que en nuestra fortaleza reside nuestra debilidad —resonaba su voz por los altoparlantes instalados en la sala—. Desde que se reconvirtieron nuestras máquinas de guerra para emplear en ellas el rhyllium, hemos logrado una potencia mayor y mayor celeridad de movimientos. Empero, la escasez de rhyllium en este planeta ha creado grandes dificultades para el almacenamiento del material. Ya sabemos que éste abunda en Poseída; pero bajo las condiciones del Pacto de Trueque, que limita estrictamente la cantidad de cualquier elemento a ser exportado, no hemos podido almacenar la cantidad de rhyllium que se necesitaría para un período prolongado de hostilidades.
"Nos informan los poseidanos, y nuestros agentes secretos corroboran esto, que no emplean mucho este elemento crítico, de modo que podemos suponer que nuestras naves, aun sin contar los modelos XL, son más veloces y potentes que las que puedan poseer los poseidanos. No obstante, esto sería así sólo durante el período en que durara nuestra reserva de rhyllium.
"Tenemos lo suficiente para maniobrar todas nuestras armadas en condiciones de paz, y las reservas se han acumulado debido exclusivamente a la importación procedente de Poseída; Naturalmente, debemos suponer que estas importaciones cesarían inmediatamente que se declaren las hostilidades y cuando nuestra necesidad del producto sería mucho mayor debido a la guerra. Puedo asegurarles que nuestras reservas actuales de rhyllium no alcanzarían para mantener una campaña por más de seis meses. Al cabo de ese lapso se verían coartadas severamente nuestras actividades militares.
Bill buscó al Censor Proctor con la vista, y se redobló su antipatía contra el individuo al ver la leve sonrisa que curvaba sus gruesos labios.
El corpulento Censor oprimió el botón para encender la lámpara roja sobre su pupitre, dando así a entender que deseaba tomar la palabra. Luego, como era su costumbre, no esperó permiso para hablar y lo hizo de inmediato.
—Gracias por el informe presentado, general. Estoy seguro de expresar la opinión de todos mis colegas al agradecer la manera tan eficaz como ha encarado esta situación tan difícil.
Su táctica era sagaz en extremo. Fingiendo hacer una alabanza al general, a quien respetaban todos, lo dejaba realmente de lado. El militar miró a su alrededor algo aturdido. Aunque había tenido la intención de agregar algo a lo ya dicho, vio que el Censor Glussan tenía la palabra y no parecía dispuesto a callar. Quedándose en la plataforma de los testigos podría dar la impresión de que concordaba con las manifestaciones del individuo, y como no era tal su deseo, recogió sus papeles de la mesa, los puso en su portafolios y se retiró, yendo a ocupar su sitio entre la delegación de jefes militares.
Mientras Glussan seguía haciendo oír su voz en la cámara, un mensajero se presentó a Bill para entregarle una nota que decía:
 "Gracias por su atención. Ya me apliqué las inyecciones antes de salir, de modo que no necesita preocuparse. Si desea quedarse a presenciar la sesión, esta nota lo autorizará a permanecer en el recinto.
Mayor J. J. Keller
 Bill guardóse la nota en el bolsillo. Tenía muchos deseos de quedarse, no sólo porque estaba ansioso de conocer el resultado de la reunión, sino también porque allí en la galería le era más fácil pensar y aclarar sus ideas. Mientras el mundo se acercaba al desastre, trataría de hacer una última tentativa por evitar la catástrofe. Ya estaba concibiendo un plan, pero necesitaba tiempo para estudiarlo bien.
Mientras decía Glussan:
—...y en vista de la brevedad de la guerra que llevaremos a cabo, las reservas de rhyllium son más que suficientes. Faltaría a mi deber para con este gran planeta nuestro, mi hogar y el de ustedes, si no declarara nuevamente mi sincera oposición al estado de guerra. Si creyera que hay un medio de evitar este paso terrible y proteger sin embargo las vidas de nuestros seres queridos, les aseguro que lo votaría de todo corazón. Pero si hoy decidimos quedarnos ociosos, esperar que se descargue el golpe y no dar los pasos necesarios en defensa de nuestras familias y hogares, jamás podríamos hacer frente a las miradas acusadoras de nuestros hijos cuando Se los llevaran como esclavos a Poseída..., como seguramente ocurrirá si no tenemos el valor necesario para dejar de lado nuestro odio hacia la violencia y votamos la guerra inmediata a fin de proteger nuestro planeta.
Bill sintióse descompuesto mientras escuchaba. En su opinión, las rebuscadas palabras del Censor eran hipócritas en extremo. Estaba seguro de que Glussan tenía un interés personal que lo inspiraba. Por alguna razón insistía tanto en declarar una guerra inmediata. Empero, era ya demasiado tarde para descubrir aquella razón, Bill se dijo que lo único importante era evitar el conflicto.
De nuevo prestó atención a las palabras del orador.
—...y para confirmar nuestras perspectivas sobre la brevedad de las hostilidades, solicito al señor presidente que haga declarar al mayor John J. Keller, nuestro representante médico-militar en el planeta Poseída. El mayor conoce perfectamente las idiosincrasias físicas de los poseidanos, desearía formularle algunas preguntas aclaratorias antes de que se haga la votación final.
El presidente activó la campanilla electrónica para llamar a Keller al estrado de los testigos. Bill adelantó la cabeza, viendo al mayor que se levantaba de su asiento situado debajo de la galería. Su jefe daba la impresión de sentirse profundamente fatigado al subir a la plataforma y prestar el juramento de práctica. Después sentose a la mesa y, cruzando las manos frente a sí, miró a los componentes de la Junta.
—Mayor Keller —dijo Glussan—, ¿conoce el significado de la palabra psilica?
—Sí, señor —contestó el mayor con cierta cautela.
—Haga el favor de explicar a la Junta lo que sepa de ella.
—Es un veneno soluble en el agua.
—Sí, mayor, por supuesto, pero denos más detalles. ¿Es nocivo para el hombre?
—Levemente nocivo, sí, señor. Es decir, si se ingiere en cantidades suficientes, causa efectos graves y hasta puede motivar la muerte.
—¿Entonces concuerda en que la psilica no es más peligrosa para el hombre que los muchos otros elementos que emplea diariamente?
—Así es.
El mayor no estaba dispuesto a ampliar sus informes; sólo iba a contestar a las preguntas que se le formularan, pero no ofrecería nada por su propia voluntad.
No bien oyó mencionar la psilica, se hizo cargo del cariz que tomaría el interrogatorio y los motivos de Glussan le resultaron perfectamente claros. Empero, no había escapatoria. Glussan había formulado bien sus planes y conocía las respuestas tan bien como el mayor. Las hacía ahora sólo para influenciar a los otros Censores.
Ahora bien, mayor, ¿qué efecto produce la psilica sobre los poseidanos?
Para los poseidanos es el más mortal de los venenos.
—Ajá. Haga el favor de explicar a la Junta qué sucedería si se arrojara de pronto una gran cantidad de psilica en las aguas ocupadas por un grupo de poseidanos, como podría ser, por ejemplo, en la colonia poseidana que hay aquí en la Tierra.
—Pues..., dependería de varios factores: la cantidad empleada, el número de poseidanos en el lugar, las corrientes de agua, la temperatura...
—¡Vamos, vamos, mayor, déjenos de sofismas! Díganos en lenguaje sencillo lo que ocurriría.
El mayor se puso rojo de ira.
—No empleaba sofismas, Censor —replicó con vehemencia—. Simplemente quería aclarar...
—Por supuesto, mayor —le interrumpió Glussan en tono conciliatorio—. Pero el caso es que no somos médicos, por lo que no nos resulta fácil comprender una serie de detalles científicos. ¿Quiere decirnos con el lenguaje corriente lo que le pasaría a un poseidano que entrara en contacto con la psilica en el agua?
—El poseidano moriría —fué la respuesta.
Keller se daba cuenta de que Glussan esforzábase por convencer a la Junta de que sólo era necesario echar psilica en el océano para eliminar a los poseidanos de la colonia. Podría ser así si se sorprendía a los poseidanos; mas no se podía estar seguro de aniquilarlos por completo. Keller había deseado explicar lo poco seguro del método, pero Glussan logró evitar esto de manera muy efectiva, lo mismo que hiciera con el general Watkins.
—¿Existalgún antídoto conocido que pudiera servir a los poseidanos en tal caso? —continuó el Censor.
—Si se refiere a la existencia de alguna defensa... comenzó el mayor.
—Como médico debe estar familiarizado con la palabra antídoto. Le pregunté si conocía algún antídoto que pudieran usar los poseidanos para contrarrestar los efectos de la psilica.
—No hay ningún antídoto —contestó Keller.
El Censor había logrado lo que se propusiera. Sonrió ahora al agradecer al mayor su declaración y le dio permiso para retirarse.
Bill había escuchado el interrogatorio con profunda atención, comprendiendo lo que se proponía Glussan. Mientras hablaba, ora en voz tan baja que costaba oírle, ora en tono resonante, el Censor presentó un plan según el cual sería la guerra tan fácil de ganar que la votación no sería otra cosa que la garantía de la victoria.
Según el plan, no había más que enviar a Poseída una flota de navíos siderales cargados con grandes cantidades de psilica. En un momento dado se saturarían con el veneno las aguas del planeta y las ocupadas por la colonia poseidana en la Tierra, ganándose así la guerra con una sola maniobra. En caso que lograran escapar unos pocos sobrevivientes, sería muy sencillo atraparlos. Todo esto podría llevarse a cabo cuarenta y ocho horas después de haberse votado la declaración de guerra, y así se terminaría de una vez por todas con la amenaza que pendía sobre la Tierra.
Según le pareció a Bill, el plan era horriblemente efectivo por lo despiadado, y, contando con la ventaja de la sorpresa, produciría tremendas bajas entre los poseidanos. Había muchas fallas en el proyecto, y Bill conocía por lo menos dos de ellas; pero los Censores allí reunidos estaban dispuestos a ganar la victoria, y cuanto más fácil y barata se les presentara, tanto más rápidamente aceptarían la sugestión de su jefe.
Antes de pedir la votación oficial, que llevaba cierto tiempo cuando se decidía algo importante, el Censor Glussan pidió un voto a viva voz en que se aprobara su plan. Simplemente deseaba asegurarse de que se aceptaría su propuesta no bien se llevara a cabo el registro de votos escritos. Para ello finalizó ordenando a los Censores que se pusieran de pie y elevaran sus voces en defensa de sus hogares y de los pobladores de la Tierra a la que representaban. Eligió el momento adecuado, y su oratoria produjo el efecto hipnótico que ya le había hecho famoso en otras oportunidades. Casi las tres cuartas partes de los Censores se pusieron de pie para dar su asentimiento a voz en cuello.
Enfermo y disgustado ante la escena, Bill se puso de pie y salió del edificio. Sabía ya lo que debía hacer, y el único obstáculo era el poco tiempo de que disponía. Hasta los minutos eran vitales, de modo que se encaminó directamente hacia el Sentrac. Había llegado el momento de dar participación a Eddie en sus planes. Éstos eran sumamente drásticos y le obligarían a arriesgar hasta su honor y su vida, mas no le arredró tal perspectiva. Si fracasaba no empeoraría la situación, y si triunfaba era posible que se arreglara lodo. Era su única esperanza.
El día estaba nublado comenzó a lloviznar cuando llegó el joven trente a la cabina en la que entró, anunciando su deseo de ver al subteniente Watkins. Acto seguido se dispuso a esperar con serenidad. Ahora que había llegado el momento de entrar en acción, no quiso pensar en nada que le distrajera de su propósito, y empleó aquellos minutos de espera en revistar mentalmente su plan para ver si encontraba en él algún error.
Al fin abríóse la puerta y apareció Eddie.
—¡Hola! Pasa.
Así lo hizo Bill, al cerrarse la puerta a sus espaldas, saludo a su amigo al tiempo que le decía:
—Vamos a tu cuarto. Tengo que hablar contigo en seguida.
Eddie notó que Bill no parecía el mismo individuo tranquilo de costumbre, sino un joven de movimientos rápidos que indicaban cierta tensión interna. Al darse cuenta de esto, echó a andar hacia su cuarto a toda prisa, pues comprendió que sucedía algo importante.
Cuando hubieron entrado, Eddie lanzó una rápida mirada en su derredor y, una vez convencido de que estaban solos, fué a sentarse junto a la mesa próxima a la ventana. Le siguió Eddie, sentándose frente a él.
—No andaré con rodeos, Eddie —expresó Bill—. Ya sabes lo que pasa, ¿no?
—Sí. ¿Ya han votado?
—Lo están haciendo ahora. Votaron a viva voz antes de que me fuera, de modo que sólo es cuestión de tiempo. Cuando hayan terminado, nos quedarán cuarenta y ocho horas exactas.
—¿Cuarenta y ocho horas? No comprendo.
—Es el tiempo que tardarán en poner en práctica el plan. Nuestras tropas atacarán cuarenta y ocho horas después de haberse decidido oficialmente el estado de guerra. El ataque será doble y tendrá por objetivo la destrucción de los poseidanos que viven aquí y los que viven en su planeta natal.
—¿Quieres decir que los masacrarán a todos de un solo golpe? —inquirió Eddie en tono incrédulo.
—Ésa es la idea, aunque sé que no les dará resultado. Estoy enterado de un par de cosas que ignoran Glussan y sus secuaces. Di mi palabra de que jamás revelaría lo que me dijeron, pero ahora debo faltar a ella. Escucha...
Acto seguido relató en detalle las conversaciones que sostuviera con Kutt, hablando de la existencia del transmisor de masa y energía que era capaz de inmovilizar a todo un planeta, así como del hecho que los agentes poseidanos hubieran sabido por anticipado su intención de regresar a la Tierra. Esto último hacíale pensar que tal vez conocieran también los planes que se estaban formulando para declararles la guerra.
—Ya ves, pues, que no se trata sólo de que sea un pecado mortal el asesinar a millares de seres como Kutt. Aunque podamos causarles muchas bajas, la verdad es que la larga no podremos ganar. Los poseidanos podrían inmovilizarnos y acabar con nosotros a su gusto y placer. Después que envenenáramos a un grupo de ellos, ya podrás imaginar lo que harán con todos los terráqueos.
La noticia dejó atontado a Eddie, quien absorbió de inmediato lo que le contara su amigo y en seguida se hizo cargo de la situación. Luego de meditar un momento expresó:
—Esto quizá te parezca fuera de lugar, ¿pero qué razón te parece que tendrá Glussan para desear tanto la guerra?
—No es fuera de lugar —repuso Bill—. Por el momento no tenemos tiempo para pensar en sus motivos; pero apostaría todo lo que tengo a que eventualmente descubriremos que le mueve alguna razón muy personal. Ni él mismo cree en lo que afirma, y no me sorprendería enterarme de que no cree que la guerra pueda terminarse en poco tiempo.
¿Podemos hacer algo? —quiso saber Eddie. Lo mismo que Bill, sabía muy bien que, aunque poseyeran secretos de tremenda importancia, éstos les serían prácticamente inútiles, ya que jamás los tomarían en serio si se presentaran ante la Junta para divulgar lo que sabían.
Sí, Eddie —repuso Bill—. Hay una cosa que debemos hacer. Tenemos que ver a Delu, explicarle la situación y hacerle venir aquí. Si apareciera en persona ante la Junta, sé que le escucharían. Glussan es muy capaz de exacerbar a lodos y llevarles por el camino que desea; pero no hay uno solo que no respete a Delu. Si él discutiera con Glussan las diferencias que existen entre las dos razas, y en presencia de todos los Censores, estoy seguro de que terminaría la crisis y Glussan quedaría sindicado como un agitador sin corazón.
—Bill, creo que tienes razón. Los Censores se han dejado convencer tanto que ya no sabrían cómo contenerse. La presencia de Delu les haría recobrar la cordura, y una vez vueltos a la normalidad, él podría hacerles ver las cosas como son. ¿Pero cómo podríamos hablar con él o con Kutt? Todas las comunicaciones...
—No, no podremos emplear los medios normales de comunicación. Tendremos que ir a Poseída y salir esta misma noche.
Eddie quedóse atónito. Su amigo hablaba en serio, pero su propuesta no era en absoluto factible.
—No podríamos. En estas circunstancias no permitirían viajar a nadie; además, ambos tenemos nuestros puestos. No nos dejarían partir.
—Nuestros puestos no tienen la menor importancia en comparación con el deber que tenemos que cumplir. Debemos traer a Delu lo antes posible. Cuarenta y ocho horas podrían ser demasiado escasas. Tiene que estar aquí tiempo para evitar que se cumpla el ataque que proponen. En cuanto a que nos permitan viajar, no podrán impedírnoslo.
—No necesitan hacer nada para impedírnoslo. ¿Cómo vamos a llegar a Poseída? Estamos aquí atascados y no nos darán una nave...
—A eso me refería, Eddie; no nos queda otro remedio que arriesgarnos y confiar en nuestra suerte. Vamos apoderarnos de una nave y a partir sin autorización de nadie.
—¡Seríamos piratas! —exclamó el joven subteniente?—Si hubiera alguna posibilidad de realizarlo, te acompañaría en ello; pero ni siquiera nos dejarían entrar en el espaciopuerto, y mucho menos acercarnos a un navío.
Bill lo miró a los ojos.
Cuando no prestas servicios especiales en la Junta, ¿cuáles son tus deberes aquí?
—Pues, estoy de guardia en la pista experimental... ¡No, no! —terminó Eddie al comprender lo que quería decir su amigo.
Es nuestra única esperanza, viejo. ¡Tendremos que irnos esta noche misma en uno de los XL!
 Capítulo 13 - Hacia el infinito
 ¿Robar una nave XL? La idea le pareció fantástica a Eddie. Los peligros eran evidentes, y no se trataba sólo de apoderarse del navío, sino del hecho que ninguno de aquellos aparatos había regresado luego de partir. Por otra parte, conocía bien el estado de cosas y sabía que les era posible apoderarse del XL. Estaría de servicio entre las ocho de la noche y las cuatro de la mañana siguiente, y nadie se interpondría a su paso si decidía acercarse al navío o subir a él para inspeccionarlo.
—Podría hacerse —murmuró.
Bill sintióse aliviado al comprobar que Eddie se recobraba ya de la sorpresa y estaba decididamente de su parte. En seguida comenzaron a discutir los detalles y elegir la táctica a emplear. Pasaron horas mientras revistaban su proyecto a fin de tenerlo todo debidamente preparado. A las cinco de la tarde comenzó ya a oscurecer debido a lo nublado del cielo.
Decidieron que la mejor hora para iniciar la aventura sería la medianoche, y Bill acababa de anunciar que estaría a esa hora frente al Sentrac, cuando sus ojos captaron un movimiento vago en el exterior. Bruscamente se puso rígido; pero siguió hablando en tono normal mientras sacaba del bolsillo una libreta y un lápiz. Escribió una nota a toda prisa y la pasó a Eddie, sin dejar de hablar. Su amigo se quedó inmóvil al leer que Bill había escrito: "Hay alguien que escucha junto a la ventana".
En silencio y con gran sigilo, Eddie se puso de pie y retrocedió para alejarse de la mesa, indicando a Bill que siguiera, hablando. Mientras continuaba su amigo, Eddie se encaminó hacia la puerta con paso silencioso y, abriéndola sin hacer el menor ruido, salió de allí para encaminarse hacia la puerta posterior del edificio. Una vez afuera, se deslizó a lo largo de la pared hasta la esquina y, al aproximarse a la ventana abierta, pudo oír la voz de Bill. No captó las palabras al detenerse junto a un árbol, cuando se acostumbraron sus ojos a la oscuridad exterior, se puso a estudiar el área próxima a la ventana. Vio entonces un movimiento que le indicó la ubicación del espía el que se hallaba allí acurrucado, a unos siete metros de donde se hallaba él. Lanzando un grito para advertir a Bill, Eddie se lanzó al ataque, arrojándose sobre el intruso. La inesperada arremetida los hizo caer a ambos en tierra, y mientras se hallaban allí luchando saltó Bill por la ventana para intervenir en el combate. Entre ambos pudieron dominar al desconocido y, tapándole la boca lo llevaron en vilo al interior de la habitación.
Al entrar lo arrojaron sobre el lecho, sosteniéndole Bill los pies para impedir que se resistiera, aunque parecía que el espía no deseaba continuar la lucha. Eddie apartó la mano de la boca del otro, aunque estaba listo para tapársela no bien intentara gritar el prisionero.
—Bien —dijo con aspereza—, hable en voz baja si no quiere que le pulvericemos. ¿Qué hacía junto a mi ventana?
—Pues... estaba allí —respondió el otro en tono plañidero.
Bill se volvió entonces, soltándole los pies al tiempo que exclamaba:
—¡Griff Hughes!
—¿Conoces a este tipo? —inquirió Eddie en tono de sorpresa.
—Viajó conmigo a Poseída. Es un mensajero.
El delgado muchacho tendido en la cama se acomodó los anteojos que le cayeran sobre la nariz.
—Es pequeño el mundo —dijo.
—Déjese de tonterías —exclamó Eddie—. ¿Qué hacía junto a mi ventana?
—Me nombraron mensajero de este sector y había salido a caminar y tomar un poco de aire. Cuando paró la lluvia...
—¿Y tiene la costumbre de tomar aire junto a las ventanas abiertas? —preguntó Eddie en tono airado.
—No, pero el caso es que los oí hablar y, naturalmente...
Eddie lo interrumpió con impaciencia.
—¿Naturalmente qué? ¿Qué fué lo que oyó?
Griff bajó los ojos.
—Lo bastante para saber lo que se proponen —expresó de pronto, irguiéndose—, ¡y quiero decirles que estoy de su parte y quiero acompañarles!
Eddie miró a Bill.
—Seguro —dijo—, está de nuestra parte hasta que salga de aquí y pueda correr a la comandancia y hacer el papel de héroe.
—¡No, no! —protestó Griff—. Jamás creí que nos amenazaran los poseidanos. Les aseguro que estoy con ustedes. Pregúnteselo a él —agregó, indicándole a Bill.
—Dice la verdad —confirmó el joven médico—. Por lo menos habló en favor de los poseidanos antes que llegara yo a conocerlos.
Asintió el mensajero.
—Oigan, muchachos —dijo—, tienen que creerme. Creo que Glussan es un canalla, y yo haría cualquier cosa por evitar esta guerra. Cuando les oí hablar no pude menos que escucharles, y estaba tratando de juntar valor para entrar y decirles que contaran conmigo cuando... —Se acarició la nuca—..., cuando me invitaron a pasar.
Eddie volvió a mirar a su amigo.
—¿Qué opinas tú?
—Francamente, le creo. El caso es que no nos queda otra alternativa. —Bill miró a Griff, diciéndole con severidad—: ¿Se da cuenta de que la misión que pensamos realizar es lo único que podría evitar la guerra? ¿No piensa que proyectamos traicionar a los nuestros?
¡Claro que no! —fué la sincera respuesta—. Por eso quiero unirme a ustedes. ¿No se dan cuenta? Es la primera vez que se me presenta la oportunidad de hacer algo realmente importante, algo en lo que creo sinceramente.
Bill le tendió la mano.
Eso me basta —declaró.
Se estrecharon las manos y Griff se volvió luego hacia Eddie, quien también le tendió su diestra, diciéndole:
—Le aceptamos.
Después se sentaron los tres para revistar el plan, informando al recién llegado respecto a lo que no había oído este. Súbitamente, Bill se tomó la cabeza.
—¿Cómo pude ser tan estúpido? Nos hemos olvidado del piloto. Tenemos que buscar uno.
—Bueno, tendremos que secuestrar a uno de los pilotos de prueba y obligarle a llevarnos —dijo Eddie.
—Seguro, pero no podemos dejar eso para el último minuto —dijo Bill—. ¿Qué sabes de sus movimientos?
—Conozco bien la rutina que siguen.
—Si me permiten les diré que el manejo del XL no necesita preocuparles —intervino Griff, quien había vuelto a la normalidad y mostrábase ahora tan fanfarrón como siempre.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Bill.
—No te entiendo —dijo Eddie.
—Lo que quiero decir —expresó Griff, inspeccionándose las uñas con expresión indiferente— es que conozco a los XL como la palma de mi mano. En el cumplimiento de mis deberes he tenido contacto con muchos pilotos de prueba y, luego de entregar mis mensajes, he podido quedarme cerca de ellos y observarlos. No saben ustedes la poca atención que se presta a los humildes mensajeros. He visto cómo instruyen a los pilotos y he presenciado sus pruebas. También he podido tomar prestado un plano del último modelo XL y una copia del manual de instrucciones.
—¿Te dieron un plano y un manual? —inquirió Bill en tono incrédulo.
—Extraoficialmente, por supuesto —fué la respuesta—. No creí necesario informar a nadie que me los llevaba.
—¡Ah, qué pillastre! —estalló Eddie, contemplándolo admirado—. ¡Los robaste! ¡Y bajo sus mismas narices!
—Bueno, es una manera poco amable de expresarlo, pero temo que así sea. Lo que pasa es que siempre me interesó ser piloto y sentía mucha curiosidad. Quería ver si me era posible descubrir lo que anda mal en esos aparatos.
—¿Y descubriste algo? —preguntó Bill.
—A decir verdad, no he podido ver que haya error en el manejo de los navíos. Además, no sabemos que les haya ocurrido lo mismo a todos. Pero estoy seguro de que puedo maniobrar un XL y llegar sano y salvo adonde quiera ir.
Esto solucionaba el problema que podría haber hecho peligrar el plan y Bill y Eddie se pusieron a estudiar la posibilidad de llevarlo a cabo. Si Griff podía pilotear la nave, las cosas resultarían menos complicadas.
—Oye, Griff —dijo Bill—, no pienses con el corazón, sino con la cabeza. Ya sabes todo lo que está en juego y muchos millones de vidas podrían depender de tu decisión. ¿Crees realmente que podrías llevarnos a Poseída? Recuerda que sólo tú podrás manejar los mandos. Una vez que partamos no habrá nadie que te ayude.
—Estoy completamente seguro —fué la respuesta—. Sé que puedo llevar la nave hasta Poseída.
Se miraron los tres y se llegó a un acuerdo. Griff sería el piloto y eligieron el XL-35 para efectuar el viaje. La nave se hallaba junto a la base de la torre de despegue y no Les llevaría más que un minuto ponerla en marcha. Griff les explicó la maniobra que les permitiría soltar la nave por medio del tablero de mandos internos, Eddie se apostaría junio al aparato poco antes de medianoche. Griff estaría cerca de la entrada del Sentrac y Bill entraría en la cabina a las doce en punto, Una vez de acuerdo en cuanto a los detalles, se pusieron de pie llenos de entusiasmo.
—Por el éxito y la paz —dijo Bill.
—Por el éxito y la paz —repitieron los otros con fervor.
Bill llegó a su cuarto poco después de las siete y, para su gran sorpresa, se encontró allí con Brad Short.
Hola —le saludó el soldado—. Creí que no vendría nunca.
—¡Rojo! Me figuré que a esta hora ya habría regresado al hotel. Sonrió el otro.
—Hay rumores de que está sucediendo algo grande expresó—. Por eso pensé que me necesitaría.
—Muchas gracias. —Lo último que deseaba Bill era tener consigo alguien que pudiera arruinar sus planes a último momento—. ¿No ha pasado por alto la cena?
—No tiene importancia.
—Bueno, comeremos juntos. ¿Ya ha venido el mayor Keller.
Brad estaba por contestar negativamente cuando se abrió la puerta y entró el mayor. Bill apresuróse a adelantarse hacia él, pero el militar le contuvo con un ademán.
—Estoy bien, muchacho. Ya me han atendido —expresó en voz ronca.
Se le notaba muy fatigado cuando se encaminó hacia su aposento y sentóse al borde de la cama. Bill le siguió hasta allí.
—Las inyecciones, señor.
Keller habíase quitado los zapatos y se tendía ya en el lecho.
—Gracias, muchacho, pero he estado toda la tarde con el coronel Benow y él me hizo el examen y me aplicó las dosis. Como me vio algo agitado, me dio algo para que durmiera, de modo que pienso descansar un...
Apagóse su voz y se quedó profundamente dormido. Bill le aflojó el cinturón y le puso encima una manta, tras de lo cual salió de allí de puntillas, cerrando la puerta a sus espaldas. Fingiendo una animación que no sentía, dijo a Brad en tono bajo:
—Vamos a comer, compañero.
Bajaron al comedor de los oficiales, donde Rojo aprovechó la oportunidad para pedir una abundosa comida. Esforzándose por mantener la conversación en el terreno de lo casual, Bill comió mecánicamente, pensando en lo que debía hacer aquella noche. La presencia del amable soldado resultaba un problema, mas no habría modo de alejarlo a aquella hora sin correr el riesgo de llamar su atención.
Cuando hubieron cenado, subieron al departamento del mayor y Bill se asomó al dormitorio principal, viendo que Keller dormía tranquilamente. Mejor así, se dijo al volver al lado de Brad. Extendió luego una autorización para que el soldado pasara allí la noche y se la entregó.
Puede dormir en mi cama —dijo.
—No, no —protestó Rojo—. ¿Y usted?
No se aflija por mí; dormiré en el sofá de la sala. Bill pasó con rapidez, inventando una excusa plausible. medianoche tengo que ver a un paciente, y así no molestaré a nadie.
—Bueno, si no molesto...
—Claro que no. No piense más ello.
Aunque ya estaba decidido el detalle, Brad no mostró deseos de irse a la cama. Había estado solo todo el día y no era normal en él que estuviera silencioso tanto tiempo, pues, mantuvo una conversación constante, hablando de cosas triviales de su vida en el cuartel, hasta que llegó el momento en que Bill le habría matado con gran placer. El joven respondía con monosílabos; pero el esfuerzo de observar el reloj y no mostrarse demasiado ansioso le causó un tremendo dolor de cabeza. Finalmente, cuando vio que eran las doce menos veinte, se puso de pie y dijo:
—Lamento interrumpir la conversación, pero tendré que visitar a mi paciente. Acuéstese usted; no sé cuánto tiempo tardaré en volver.
El esfuerzo que hizo al levantarse le avivó el dolor de cabeza.
—¡Oh! —exclamó—. Me duele horriblemente la cabeza. Rojo se levantó de un salto.
Quédese donde está —dijo con aire solícito—. Le traeré una aspirina.
Desapareció en el laboratorio y volvió a salir en seguida con una tableta blanca y un vaso de agua, Bill tragó la tableta, muy agradecido.
—Ya está —dijo Brad, poniendo el frasco de las aspirinas en el bolsillo del joven. Llévese unas cuantas por si le vuelve el dolor.
—Gracias —repuso Bill con una sonrisa—. Ya me siento mejor. Ahora váyase a dormir que yo iré a visitar a mi paciente. Hasta mañana,
—Hasta mañana.
Luego que se hubo retirado Brad al dormitorio, Bill abrió la puerta para salir a toda prisa. Un momento más tarde se hallaba en el exterior, marchando con paso mesurado por un camino que llevaba en dirección opuesta a la pista experimental. Siguió andando por allí unas pocas cuadras y tomó luego hacia la derecha para dirigirse al Sentrac. En el momento mismo en que entraba en la cabina descendió el panel a su espalda y se abrió el otro, apareciendo Hughes en la abertura.
—Te estaba esperando —expresó Griff en tono bajo—. Puse el mecanismo para que funcionara manualmente, y abrí no bien te vi aparecer en la pantalla del visor. Así no corremos peligro.
—¿Quieres decir que no queda registrada mi entrada? —requirió Bill cuando marchaban los dos hacia la pista.
—No. El Sentrac registró tu identificación. Como ya figura tu ficha, ha quedado registrado tu nombre; pero antes de que lo vea nadie ya estaremos en Poseída,
—De todos modos, no importa; no bien partamos se enterarán todos. ¿Qué opinas, Griff? ¿Te parece que podrán derribarnos una vez que estemos en el aire?
—Imposible —fué la respuesta—. En primer lugar, se sorprenderán tanto al ver que despega la nave que no sabrán lo que pasa. En los pocos segundos que tarden en entrar en acción, estaremos fuera de su alcance. Lo único que pueden hacer es mandar otras naves a perseguirnos.
Bueno, eso no me preocupa —declaró Bill.
—A mí tampoco. No existe el navío que pueda alcanzar un XL, y sé que el 35 es el único de éstos que está listo para volar. Mira —agregó, indicando con la mano—, allí lo tienes.
Cuando salieron a campo abierto, luego de dar la vuelta por la esquina de un hangar, pudieron ver la pista que se tendía en la semioscuridad. No había actividad a aquella hora y el enorme espacio se hallaba a oscuras, salvo los ocasionales círculos de luz proyectados por algunas lámparas diseminadas. Uno de estos círculos se esparcía alrededor dla gran nave. La parte superior de la torre de despegue extendíase por sobre la luz, perdiéndose en la negrura del cielo. En tierra veíase a un guardia que se paseaba de un lado otro.
—Es Eddie —susurró Griff—. Ya está hecho el enganche y no tenemos más que subir a bordo y partir.
Los dos muchachos quedáronse entre las sombras, mirando hacia la meta. Los ojos de Bill estudiaron el terreno, comprobando que no había nadie más en los alrededores. Una corrida rápida y luego, si salía todo bien, habrían dado el primer paso en su plan. Griff consultó la esfera luminosa de su reloj.
—Faltan treinta segundo —susurró roncamente—. Dentro de treinta segundos correremos hacia la rampa. ¿Listo?
—Listo —repuso Bill.
Es raro, pensó al mismo tiempo, lo único que nos separa del objetivo es esa lonja de oscuridad. Es también lo único que se interpone entre la guerra la paz.
Ya no faltaban más que quince segundos, dejó de pensar en otra cosa al prepararse para correr. Sus labios repitieron los sonidos a medida que Griff iba diciendo quedamente:
—Cinco..., cuatro..., tres..., dos... ¡Ahora!
 Capítulo 14 - La droga fatal
 Luego de inspirar profundamente, echaron a correr hacia la oscuridad. Moviendo las piernas a toda prisa agitando los brazos, Griff siguió a Bill que corría con la gracia y elasticidad de un atleta. Mientras avanzaban ambos hacia el XL-35, Eddie, que se había estado paseando debajo del mismo, giró sobre sus talones para ascender la rampa la carrera. Bill llegó a ella saltó hacia arriba sin cambiar de paso, mientras que Griff se le unía unos segundos más tarde, respirando jadeante. El mensajero se introdujo en la cabina, miró rápidamente a su alrededor comenzó a impartir órdenes mientras que sinstalaba frente a los mandos principales. Lo primero que hizo fué conectar el televisor estudiar el área circundante para ver si había notado alguien lo que acababan de hacer. Las cuatro pantallas situadas frente él cubrían un campo de 360 grados, mostrando toda la pista rodeada por sus hangares los cuarteles de más atrás ansiosamente las estudiaron los tres, buscando señales de actividad, sin ver nada desusado.
—Parece que hasta ahora marcha todo bien —susurró Bill—, aunque resulta raro ver todo el campo como si fuera de día cuando sabemos que está todo oscuras.
Es que puse en funcionamiento el visor nocturno —laclaró Griff, sin apartar los ojos de las pantallas.
—Estamos viendo a través de rayos infrarrojos.
—Bueno, ¡pongámonos en marcha —dijo Bill—. Griff, tú eres el capitán. ¿Qué hacemos?
—Veamos. ¿Está asegurada la puerta?
—Ya está cerrada —repuso Eddie.
—Bien. Bill, fíjate en el tablero secundario. Todas las luces tienen que ser verdes. Avísame si se enciende alguna roja. Eddie, pásame la cinta con la ruta y fíjate mientras la paso al piloto automático de despegue.
Rápidamente se dedicaron todos a las tareas de la partida, mientras se cambiaban órdenes e informes. De vez en cuando examinaban con atención las pantallas televisoras, comprobando que aún no se había dado la alarma. Se aceleraron los movimientos de los jóvenes cuando quedaban ya pocos minutos para conectar los poderosos motores principales que iniciaran la partida. Se inspeccionaron los indicadores y ajustaron las diversas palancas. Griff estaba observando las pantallas televisoras cuando se quitó de pronto los lentes y pasóse una mano por los ojos.
—¿Qué pasa, Griff? —inquirió Bill—. ¿Hay, dificultades?
—No, no pasa nada. Tengo un dolor de cabeza terrible; pero no me impedirá hacer lo que debo hacer, de modo que no te aflijas. ¿Cómo está el tablero secundario?
—Todas las luces que veo son verdes —repuso Bill.
—Oye. Si me dices dónde hay agua, te daré algo para tu dolor de cabeza. Estarás mejor sin él.
—El agua está conectada a todos los asientos. ¿Ves?
Griff oprimió un botón en el posabrazos de su asiento y del mismo brotó un chorro de agua al tiempo que sobresalía debajo un sostén con un vaso.
—No te aflijas por mí. Siempre me vienen estos dolores de cabeza, pero se me calman en seguida.
Bill acercóse al tablero de navegación al tiempo que sacaba del bolsillo el frasco que le diera Rojo. Quitándole el tapón, echó una tableta en la mano y la examinó a la luz. Bajo los rayos provenientes de la lámpara pudo ver mejor el comprimido y lo que vio le hizo dar un respingo. Acercándolo más los ojos, lo examinó con más detenimiento, confirmando así sus temores. Las diminutas iniciales A.S.W.H. impresas en la superficie blanca identificaban a la tableta como el vehículo de la droga antisuss preparado por Willian Hudson. ¡Eran las que había hecho él mismo! Brad Short debía haber cometido un error gravísimo y tomando un frasco equivocado. ¿Quería decir esto que la tableta que ingiriera Bill en su habitación era también del mismo tipo? Rápidamente echó el resto de los comprimidos sobre la palma de la mano y los contó. No había más que cuatro. Faltaba una, la que había ingerido por error, pues había preparado seis y tomado la primera para hacer la prueba, de modo que debían haber quedado cinco.
Le dio vueltas la cabeza ante el impacto de la horrible verdad. Si permanecía a bordo, la droga comenzaría a surtir efecto. Su única esperanza residía en ingerir una píldora de animación suspendida inmediatamente y esperar que contrarrestara el efecto de la droga que tomara por error. Se puso a pensar a toda prisa mientras contemplaba los cuatro comprimidos que tenía en la mano. Su permanencia a bordo significaría una muerte cierta. A hacer efecto la droga, comenzaría a envejecer, lentamente al principio, luego con mayor celeridad, hasta que, pocas horas más tarde, fallecería consumido por la edad. Era horrendo. Por otra parte, si bajaba ahora de la nave tendría que renunciar a sus planes. Le sería imposible volver a su alojamiento y regresar sin despertar sospechas, y si Eddie y Griff partían sin él..., ¿cómo los recibirían en Poseída?. Fácilmente podría sospechar Delu que se trataba de una trampa y que aquellos dos terráqueos desconocidos habían sido enviados para engañarlo. La respuesta era muy clara: Si no iba él a bordo, la nave no podría partir. Durante el viaje escribiría un informe para Kutt y Delu, explicándoles todo. Su cuerpo sería la prueba de su sinceridad y las píldoras restantes servirían para confirmar aún más sus afirmaciones.
—¡Bill! ¡Bill! ¿Qué te pasa, viejo?
Estas palabras de Eddie le sacaron de su ensimismamiento y de inmediato llegó a una decisión, tras de lo cual guardó los comprimidos en el frasco y miró sonriendo su amigo.
—Ya estoy contigo, Eddie. ¿Todo listo?
—Seguro. Ya podemos partir. ¿Qué te pasó? Nos tuviste preocupados.
—No me pasó nada; estaba pensando. Perdonen si los he demorado —contestó Bill.
No deseaba que sus dos amigos compartieran la pesada carga de su decisión. Una vez que estuvieran en camino, cuando no fuera posible regresar, les explicaría lo sucedido.
—¡Estabas pensando! —exclamó Griff en tono de asombro—. La temperatura de la cabina se ha elevado lo menos diez grados con la energía mental que has empleado. Viejo, no me gustaría estar cerca de ti cuando te reconcentraras seriamente.
—¡Está bien, está bien, basta de bromas! —gruñó Bill con una sonrisa—. Manos a la obra. ¿Qué falta hacer?
—Pónganse las suelas magnéticas, átense a los asientos y partiremos —dijo Griff.
Así lo hicieron en seguida. En los modelos XL, la nave se cargaba en posición vertical; pero la cabina que daba alojamiento al personal de a bordo giraba en todas direcciones. Cuando se hubieron asegurado los asientos, con las suelas magnéticas en el calzado, los asientos se convirtieron en camas y luego giró toda la cabina para situarlos en posición de pie. Se aprestaron para resistir el impacto de la aceleración y la mano de Griff tendióse hacia la palanca principal que activaba los motores.
—Quiero una cuenta de cinco segundos —dijo el piloto. Bill, hazlo tú cuando te avise.
Los muchachos se fijaron entonces en las pantallas televisoras que ahora tenían abajo y vieron a dos figuras que se acercaban por el borde del hangar. Ambos individuos miraban hacia la nave y uno de ellos señalaba al XL-35 con la mano. Era evidente que se había despertado su curiosidad, pues se encaminaron los dos hacia la torre de despegue.
—Ahora —exclamó Griff al colocar la palanca en el punto marcado "Energía". Inmediatamente adquirió vida el gigantesco aparato,
Oyóse un leve zumbido en la cabina y los tres muchachos sintieron una vibración casi imperceptible mientras contaba Bill los segundos.
—Cinco..., cuatro..., tres..., dos..., uno...
Griff colocó La palanca en el punto marcado "Partida", y los tres lanzaron a coro el grito de:
—¡Hurra!
Tres pares de ojos permanecieron fijos en los televisores mientras se alejaba de ellos el suelo. La fuerza de la aceleración los presionó sobre los soportes en que posaban los pies y las correas se pusieron tensas alrededor de sus cuerpos. Vieron que abajo se encendían las luces, iluminando toda la pista. El XL-35 estaba ya en la estratosfera, el cuadrado de luz quedó rápidamente reducido al tamaño de un timbre postal, luego al de un puntito blanco y, finalmente, al salir la nave al espacio exterior, desaparecieron todos los detalles y se hizo evidente la curva de la Tierra que relucía como la Luna por los rayos reflejados del sol en su atmósfera. No podía distinguirse nada menor que un continente, y muy pronto quedó reducido el planeta a un punto de luz en medio de un mar de estrellas.
—Ya está —anunció Griff, lanzando un suspiro.
Eddie soltó una risita nerviosa,
—No hay duda que hemos partido. Eso ya está hecho.
Era la primera vez que viajaba en el espacio y todo aquello le resultaba muy novedoso.
—¿Qué medidas han tomado abajo? —inquirió Bill.
—Ahora lo veremos —repuso Griff.
Acto seguido conectó el televisor de largo alcance al tiempo que enfocaba la antena electrónica en el trayecto dejado atrás. De inmediato aparecieron tres naves en la pantalla, lo cual causó gran ansiedad a Bill y Eddie.
—Creí que con este modelo podíamos dejar atrás a cualquier nave —comentó este último.
Rió Griff al oírle. El peligro de viajar por el espacio en una nave no probada mientras los perseguían otras con la intención de eliminarlos no amenguó su entusiasmo ante la realidad de tener al fin a su cargo el manejo de un navío sideral.
—No te aflijas. Recuerda que los ves por el receptor telescópico. No están tan cerca como crees. Fíjate en el indicador de la velocidad.
Bill fijóse en el indicador, viendo que estaba dividido en secciones numeradas de izquierda a derecha. La aguja que se deslizaba a lo largo del indicador marcaba el número 200.
—¿Ven eso? —dijo Griff—. El indicador marca la etapa más alta. Hay tres escalas diferentes que aparecen a medida que se eleva la velocidad, y ahora señala miles de kilómetros por segundo.
—¿Quiere decir que estamos viajando a doscientos mil kilómetros por segundo? —inquirió Eddie, muy impresionado.
—Exactamente. No está mal, ¿eh?
—La escala llega a trescientos sesenta mil. ¿Podemos avanzar a tanta velocidad?
—Que sepamos, nadie lo ha hecho hasta ahora —manifestó Griff—; pero estas naves han sido construidas para alcanzar esa cifra.
Bill intervino entonces:
—¿Sabes cuál es la velocidad máxima de los que nos siguen?
—Diría que pueden avanzar a unos doscientos cincuenta mil kilómetros por segundo sin armamento.
—¿Y totalmente armados?
—Sería difícil calcularlo. Supongo que algo menos de la velocidad máxima.
Eddie no estaba satisfecho.
—Entonces pueden viajar a más velocidad de la que llevamos ahora —anunció, meneando la cabeza—, lo cual significa...
—No te preocupes —rió Griff—. Recuerda que les llevarnos ventaja y que aún no hemos alcanzado la máxima. Ya nos iremos alejando a medida que acrecentemos la marcha. El televisor está en foco fijo, lo cual significa que, sea cual fuere la variación en la distancia que nos separa, seguirán apareciendo en la pantalla igual que al principio. Así, pues, podrían estar quedándose atrás o ir adelantándose y la pantalla no lo indicaría, Quitaré el foco fijo por un momento para que puedas darte cuenta.
Así diciendo, apretó un botón y las naves que los perseguían se fueron empequeñeciendo en la pantalla.
—Ya ven que los estamos dejando atrás —continuó con una sonrisa.
Acto seguido sintonizó el televisor para el viaje por el espacio se borraron las imágenes de la pantalla. Si aparecía algún objeto en su derrotero o se acercaba algo por detrás, se iluminaría de inmediato el visor al tiempo que sonaría la alarma.
Convirtieron los lechos en asientos, mas no se soltaron las correas. Bill tomó el block sostenido por un broche al tabique a su lado y dijo:
—Si no me necesitan por un rato, querría escribir algo. Cuando haya terminado les leeré mis notas.
—Hazlo, viejo —contestó Griff—. Todavía seguiremos acelerando durante un tiempo y no tendremos otra cosa que hacer que observar los instrumentos, cosa en la que me ayudará Eddie. Puedes escribir un libro si quieres.
Bill se concentró en su trabajo, dedicándose a lo que sería su último experimento. Aun no sentía ningún síntoma; pero sabía que muy pronto comenzaría a surtir efecto la droga, por lo que estaba deseoso de escribir lo más posible mientras continuara en pleno dominio de sus facultades mentales. Inició sus notas declarando saber que iba a morir al cabo de pocas horas, razón por la cual apelaba al único medio a su alcance para hacer llegar su mensaje a Delu. Describió luego la lealtad de Eddie y Griff, pidiendo al mandatario poseidano que les brindara la misma confianza que le merecerían en caso de acompañarlos él.
Mientras se esforzaba por asentar sus ideas en el papel, no prestó atención a lo que conversaban sus dos compañeros al observar los instrumentos y cambiar opiniones respecto a la lectura de los indicadores. De tanto en tanto deteníase en su labor para examinarse las manos, buscando las señales de que envejecía ya. Al no verlas, volvía a su trabajo con renovado vigor. Cuando le faltaba poco para llegar al fin de su manuscrito, comenzó a notar las voces de sus amigos y le irritó oír las risas cada vez más frecuentes que acompañaban a la conversación. Parecióle poco natural que un trabajo tan serio como la vigilancia del funcionamiento de una nave como el XL-35 pudiera causar tanta hilaridad, mas no dio importancia al detalle.
Así, pues, continuó escribiendo; pero las carcajadas y la charla incesante de los otros dos interrumpieron el hilo de sus pensamientos, y estaba por hacer oír sus protestas cuando se hizo cargo de la verdad. La droga antisuss comenzaba a afectarle y el primer efecto sentíase en la mente, por lo que envejecía su cerebro y, en consecuencia, tornábase más serio. Siempre tuvo un buen sentido del humor; pero ahora le parecían pueriles y estúpidas las acciones de aquellos dos jóvenes que antes le hubieran resultado naturales.
Alejando de su mente aquellas ideas perturbadoras, completó el manuscrito, pero siguió observando disimuladamente a sus dos amigos. Ambos le proveerían de una buena vara para medir el progreso de la droga.
"¡Qué tontos son!", pensó. Al mismo tiempo se hizo cargo de que los observaba desde un punto de vista enteramente novedoso para él; mas no pudo menos que preguntarse, algo embarazado, si también él habría parecido tan infantil a los ojos del mayor Keller u otras personas mayores. Los dos jóvenes no prestaban la menor atención a su trabajo, y cuando cualquiera de los dos decía la más tonta de las bromas, ambos rompían a reír a mandíbula batiente.
Bill sintióse muy deprimido, y no sólo por sí mismo, ya que sabía que daría un disgusto a los dos muchachos al comunicarles su estado. Al mismo tiempo, no pudo alejar de sí la idea de que muy bien podrían ser un poco más serios. Al fin y al cabo, viajaban en un modelo XL, ninguno de ellos sabía en qué momento podría ocurrir una emergencia de proporciones graves. Decidió darles la noticia y, al mismo tiempo, reñirlos por no estar atentos a los posibles peligros.
Se dio cuenta de que les hablaría como persona mayor, mas esto no era posible evitarlo. En realidad, era mayor y los dos muchachos se estaban portando de manera muy tonta. Si deseaba que su informe llegara a Poseída, sus dos compañeros tendrían que dejarse de bromas.
—Muchachos —dijo, luego de aclararse la garganta.
Los otros dos interrumpieron su conversación para mirarle. "¡Diablos!" pensó Bill, "Parecen dos chiquillos. ¿Así nos habrán visto a todos nuestros superiores?"
—¡Ea, mira quién se nos ha unido! —dijo Eddie—. ¡Es Billy el pequeño! Billy, Billy, Billy. Tonto Billy —cantó a voz en cuello.
Griff le hizo coro y así cantaron los dos un momento, estallando luego en carcajadas.
—Bueno muchachos, ya se han divertido bastante —expresó Bill—, ahora recuerden que tenemos entre manos una misión importante y...
Eddie inclinó la cabeza hacia un lado, mirándole con gran curiosidad.
—¡Qué viejo pareces! —dijo.
—De eso quería hablarles. El caso es que...
—¿Vas a decirnos dónde has estado? —inquirió su amigo con una sonrisa traviesa.
—¿Qué quieres decir? —dijo Bill, muy perplejo.
—Pues... —Eddie hizo un guiño a Griff y empezó a cantar: ¿Dónde has estado, amigo amado? Billy el Tonto, Billy el Tonto. ¿Dónde has estado, tonto amado? repitieron nuevamente la canción, interrumpiéndose de nuevo para reír a carcajadas.
Bill apartó la vista, muy fastidiado. ¿Qué le estaba pasando para que viera las cosas de aquella manera? Eddie y Griff no solían portarse así. Por más viejo que se hubiera vuelto, jamás cambiaría tanto su carácter como para ver así las cosas. Era indudable que estaba ocurriendo un cambio muy serio, pero Bill comprendió que no habría posibilidad alguna de entenderse con sus compañeros. Luego se preguntó cómo le verían ellos. Eddie acababa de decir que parecía un viejo. Levantando las manos se las examinó detenidamente sin ver en ellas cambio alguno. Recordó entonces los cobayos que mostraran los efectos de la droga antisuss. Todos ellos habían envejecido en seguida, se les arrugó la piel se les cayó el pelo. Pasóse los dedos por el cabello, comprobando que lo tenía tan abundante como siempre.
No podía comprenderlo y, sintiéndose derrotado, fué a sentarse en su asiento. Le estaba ocurriendo algo que no podía comprender ni remediar. Después recordó el espejillo de señales que llevaba en el bolsillo y lo sacó para mirarse la cara. En seguida vio su rostro de costumbre, sin una sola arruga, tal como lo viera aquella mañana en el espejo del baño.
Una cosa era segura: la droga que había ingerido no podía causar el menor efecto en sus compañeros. Así, pues, al verlos cada vez más jóvenes, casi niños, debía ser causa de algo que le sucedía a él. Lo lógico era suponer que estaba envejeciendo. Mas esto no concordaba con los hechos.
Se miró de nuevo al espejo; sus facciones eran las mismas de siempre, el vello rubio de sus mejillas no había cambiando, sus ojos tenían el brillo de la juventud y su piel presentábase tan tersa como de costumbre. Al levantar la vista, vio Eddie y Griff que seguían cantando a coro:
—¿Dónde está nuestro compañero el tonto Billy?
Al mismo tiempo se habían vuelto el uno hacia el otro y jugaban golpearse las rodillas y las manos mutuamente, sin cesar de reír. No prestaban la menor atención a los instrumentos ni a su compañero. Al verlos jugar así y pronunciar palabras sin sentido, Bill se hizo cargo de que, fuera cual fuere la causa, él no había cambiado y sus dos amigos se tornaban más infantiles con cada minuto que pasaba.
Sus ojos se fijaron en el tablero y estudiaron los indicadores. La aguja del velocímetro estaba casi al extremo de la escala, tocando ya la marca de los trescientos treinta mil kilómetros por segundo, y ya se veían varias lucecillas rojas que advertían diversos peligros. No sabía cómo interpretar aquellas señales, y Griff y Eddie parecían no tener interés en otra cosa que no fuera su tonto juego de niños, pero la palanca de aceleración estaba claramente marcada y se dijo que lo que más convenía por el momento era aminorar la velocidad de la nave. Por lo menos así tendría un poco de tiempo para descubrir lo que sucedía.
Desprendiéndose las correas, apoyó los pies en el piso de acero de la cabina y avanzó hacia el tablero. Griff no le prestó la menor atención cuando el joven inclinóse junto a él y corrió la palanca hacia la izquierda, situándola en el centro de su recorrido.
Volvió entonces a su asiento y, luego de instalarse en él, ajustó las correas y comenzó a pensar, tratando de hallar algún indicio que le permitiera resolver el misterio. Notó con satisfacción que el indicador de velocidad volvía lentamente a la marca trescientos mil kilómetros por segundo, aunque se preguntó de qué podría servirle aquello. Por alguna razón extraña no se habían hecho sentir aún los efectos de la droga antisuss, por lo menos en su cuerpo; pero, mientras se hallaba allí sentado, esperando no sabía qué, gruñó por lo bajo ante la ironía de todo ello. Allí se encontraban las tres personas que idearan un plan efectivo para mantener la paz en el sistema solar, ahora viajaban en un navío que avanzaba sin gobierno por el espacio. Uno de los viajeros empezaría a envejecer en cualquier momento, y los otros dos volvían a la niñez. Era necesario hacer algo y su única esperanza residía en conseguir de algún modo la colaboración de sus dos amigos, Eddie y Griff.
—¡Ed! ¡Griff! —exclamó con brusquedad—. Escúchenme. Domínense y préstenme atención. —Hablaba en tono severo y con más confianza de la que sentía—. ¡Tenemos algo que hacer y deben ayudarme!
 Capítulo 15 - La barrera de la luz
 Los dos muchachos suspendieron el juego para mirarle sin comprender. Bill habló con rapidez al ver que le prestaban atención.
—Ya sé que quizá no comprendan todo lo que voy a decirles, pero estamos en peligro y necesito la ayuda de ambos. ¿Puedo contar con ustedes?
Los dos muchachos asintieron de inmediato, sin dar señales de entender. No sabían si se trataba de un nuevo juego o si Bill quería que hicieran algo, pero por el momento parecían dispuestos a obedecerle.
El joven les explicó cuidadosamente lo que había notado y que ambos parecían haber vuelto a la niñez. Les aseguró que no había nada malo en esto, pero que Griff era el único capaz de gobernar la nave, pidiéndoles acto seguido que trataran de pensar un poco y de recordar lo que debían hacer. Empleó para esto un lenguaje sencillo y directo, y al finalizar se alegró de ver que seguían interesados en sus palabras; pero notó con no poca decepción que ninguno de los dos parecía dispuesto a volver al trabajo. Con gran paciencia empezó de nuevo, y mientras hablaba se le ocurrió una idea.
—Muchachos, vamos a probar un juego nuevo —anunció.
El tablero de mandos con todas sus lucecillas de colores sería la base del juego. Eddie indicaría cada una de las luces y Griff tendría que decir qué significaban. Abrigó la esperanza de que Griff recordara lo suficiente como para guiarle y poder él hacer el resto.
—¿Listos? —preguntó.
Ambos asintieron con lentitud, sin dejar de mirarle.
—Bien, Eddie, señala tú una de las luces del tablero. Griff nos dirá qué significa.
Los dos muchachos se miraron un momento. Después encogió Eddie los hombros e indicó una de las luces.
—Es la indicadora del elemento principal sincronizador del freno —dijo Griff.
—¿Para qué sirve? —inquirió Bill, muy complacido al ver que resultaba su idea.
—Como viajamos por el espacio, el hecho de cortar la energía de los motores no afectaría la velocidad que llevamos. Cuando se activan las unidades productoras de energía a fin de amenguar la velocidad por medio de la palanca de aceleración, el sincronizador del freno aplica una cantidad proporcional de energía contraria a la dirección que llevamos, con lo cual se logra aminorar el avance.
—¡Muy bien! —exclamó Bill con entusiasmo—. Ahora, Eddie, señala otra luz.
Así lo hizo Eddie y Griff explicó:
—Es el indicador de la transmisión selectiva.
—Muy bien —dijo Bill—. ¿Para qué sirve? Griff lo miró con cierta sorpresa.
¿Qué pasa viejo? ¿Es que voy a tener que explicarte el funcionamiento de toda la nave?
Bill se quedó sorprendido, sin saber qué decir, y Eddie Intervino entonces:
—Griff tiene razón. Te has estado portando de manera muy rara.
—¿Yo me hportado de manera muy rara? —gritó Bill, lleno de indignación.
—No te ofendas, viejo —terció Griff—, pero nos has estado tratando como a dos tontos.
—Me parece infantil esto de señalar las luces y pedir a Griff que nos explique lo que son —concordó Eddie.
—¿Y saben ustedes, señores adultos, lo que han estado haciendo? —exclamó Bill al cabo de un instante—. ¡Pues han estado jugando a golpearse las manos y cantando estupideces!
—¿Nosotros? —Bill le miró con cierto recelo.
—Eso prueba que a ti te pasa algo raro —declaró Griff.
—Sí, ¿eh? —rugió Bill. Aunque sabía que sus dos amigos no tenían la culpa de lo sucedido, le exasperaba que le echaran la culpa—. Bueno, fíjense en el tablero de mandos.
Griff dio un respingo al hacerlo así.
—¡Ea! —exclamó—. Viajamos de nuevo a doscientos cincuenta.
—¿No me digas? —expresó Bill en tono inocente—. ¿Y cómo crees que ha ocurrido eso?
—¡Han corrido hacia la izquierda la palanca de aceleración! —dijo Griff con gran sorpresa.
Bill se dijo que había llegado el momento de aclarar las cosas. Eddie y Griff parecían haber vuelto a la normalidad, por lo que les contó lo que le había pasado con la droga antisuss y lo sucedido recientemente en la nave. Les dio luego el manuscrito, y cuando lo hubieron leído ambos, le miraron con gran atención.
—Para mí estás igual que siempre, viejo —expresó Bill.
—No pareces haber envejecido nada —terció Griff.
Eddie meditó un momento, preguntando luego:
—¿Sabes a qué se debe todo esto?
—Creo que tengo un indicio —repuso Bill con seriedad—. Tiene que ser algo relativo a la cuarta dimensión,
—¿Cómo es eso? —quiso saber Griff, Al fin y al cabo, él era el piloto de la nave y tendría que ser él quien comprendiera mejor que nadie sus rarezas,
—Antes de asegurarme, quiero hacer un experimento exclamó Bill—, y necesito tu ayuda. Quiero que aceleres y luego, no bien te lo indique yo, deseo que vuelvas la palanca a su posición de ahora, ¿Estamos?
—Seguro. ¿Lo hago ya?
—Un momento. Al acrecentar la velocidad podrías perder tu sentido de la responsabilidad. Es importante que te concentres en lo que haces y que, por más atontado que te sientas, vuelvas la palanca a su lugar cuando te lo ordene.
—No me parece muy difícil —declaró Griff, algo sorprendido de que Bill diera tanta importancia a una cosa tan sencilla,
—Quizá no sea tan fácil cuando te pida que aminores la velocidad; pero, si te concentras en ello, creo que podrás hacerlo.
—Comprendo. ¿Ya estamos?
—Adelante.
Bill se puso a observar lo que hacía Griff. Poco a poco fué moviéndose hacia la derecha la aguja del indicador: 270, 290, 300... Griff tenía una mano sobre la palanca mientras miraba correrse la aguja, y en sus facciones apareció una expresión divertida.
—¿Por qué tan serio, Bill? —preguntó Eddie—. ¿Por qué no te diviertes como nosotros?
—¡Ahora! —gritó Bill—. Griff, vuelve la palanca a su lugar.
Los ojos del piloto estaban fijos en la aguja.
—Vamos, Bill, sigamos adelante. Quiero ver qué pasa cuando llegue la aguja al máximo y se salga del dial.
—¡Griff! —aulló Bill, lleno de pánico al sentir que se debilitaba su voluntad—. ¡Vuelve la palanca a su lugar o te daré la paliza más grande que bayas recibido en tu vida!
Así diciendo, hizo ademán de levantarse.
—¡Bueno, está bien! —gruñó Griff, mientras volvía la palanca hacia el centro—. ¡Aguafiestas!
Al reducirse la velocidad de la nave dejó Bill relajar sus nervios. Por su parte, Griff soltó la palanca, volviéndose hacia él.
—¿Cómo fué? —preguntó.
—Ocurrió lo que me imaginaba, pero te aseguro que por un momento me tuviste muy preocupado.
—No fué nada —repuso Griff con gran modestia—. Ahora cuéntanos lo que pasó. ¿Cuál es la solución?
—Sí, Bill, ¿qué ha pasado? —terció Eddie.
—Hemos pasado la barrera de la luz —anunció Bill—. Al acercarnos a la velocidad de la luz el elemento tiempo parece alargarse. ¿Conoces ese efecto? —preguntó a Griff.
—Algo sé al respecto. ¿No es el cambio tan leve que no llega uno a notarlo?
—Lo es a velocidades relativamente bajas, como a doscientos cincuenta mil kilómetros por segundo —concordó Bill—. Pero cuanto más nos acercamos a la velocidad real de la luz tanto más lentamente transcurre el tiempo, hasta que, a la velocidad exacta de trescientos mil kilómetros por segundo, el tiempo se detiene por completo. Ahora bien, nosotros somos los únicos que hemos logrado sobrepasar esa velocidad y seguir con vida. Ahora tenemos la solución del misterio y sabemos por qué desaparecieron los otros modelos XL.
—¿Sí? —dijo Eddie, quien no había llegado a comprender del todo.
—Evidentemente, cuando sobrepasamos la velocidad de la luz el tiempo comenzó a deslizarse hacia atrás para nosotros. Ustedes dos volvieron a la niñez.
—¡Dios mío! —exclamó el joven subteniente—. ¿Pero qué te pasó a ti? ¿No te rejuveneciste como nosotros?
—La primera vez no. La verdad es que si no hubiéramos pasado la barrera de la luz, me vería ahora en un estado lastimoso, pues en la misma medida que me envejecía la droga antisuss que tomé accidentalmente, el elemento tiempo me fué rejuveneciendo..., y así salvé la vida.
—¡Ya veremos cuando lo sepan en la Tierra! —dijo Griff—. Seremos héroes.
—¿No te olvidas de ciertos detalles? —inquirió Eddie en tono melancólico—. Estamos ausentes sin permiso, robamos una nave espacial del ejército y hemos comulgado con el enemigo.
—Eso no lo admito —contestó Griff con fingida indignación—. El navío no lo robamos, sino que lo tomamos prestado, En cuanto a que hemos comulgado con el enemigo, si ellos no robaron estas naves y podemos probar que así es, no existe tal enemigo.
—Está bien, basta ya, muchachos —intervino Bill—. Héroes o villanos, ¿qué más da? No habremos cumplido nuestra misión hasta haber llevado a Delu a la Tierra. Griff, ¿conoces la longitud de onda de los poseidanos?
—Estás hablando con un miembro del Cuerpo de Comunicaciones —fué la respuesta—. Puedo comunicarte directamente con el cuartel general.
Luego de hacer girar las perillas y situar los selectores de frecuencia en la onda correspondiente, Griff comunicó a Bill con el cuartel general poseidano. El mensaje del joven fué recibido con gran recelo, por lo que pidió que le comunicaran directamente con Kutt. El pedido era muy poco común, y el radiooperador poseidano pareció muy intrigado ante aquel mensaje proveniente de una nave terráquea. Empero, no podía negarse a llamar a Kutt, y estableció la comunicación al cabo de un momento. Bill pidió a Griff que conectara la pantalla televisora, tras de lo cual apareció Kutt en ella.
—Hola, Kutt —saludó el joven—. Me alegro de haber podido dar contigo. Estoy viajando en un modelo XL con dos de mis amigos, uno de los cuales es Eddie y me acerco a Poseída en un rumbo que me llevará al planeta dentro de dos horas. Necesito tu ayuda con urgencia.
—Por supuesto, Bill; puedes contar conmigo —respondió Kutt—. ¿Pero cómo es que vienes aquí? No lo entiendo.
Bill le explicó rápidamente los acontecimientos que le llevaban de regreso, aunque se abstuvo de mencionar la declaración de guerra y no dio muchos detalles. Empero, manifestó tener pruebas de que los poseidanos no eran responsables de la trágica desaparición de los XL, tras de lo cual preguntó a su amigo dónde podría descender con la nave sin acercarse a la pista militar de la colonia terráquea. Kutt sugirió que lo hiciera en la playa donde solían encontrarse, agregando que haría enviar allí un transmisor para despachar una onda que los guiara, de modo que sólo tendrían que ajustar el mecanismo robot de descenso a la frecuencia correcta y el navío aterrizaría solo. Bill consultó esto con Griff, quien asintió de inmediato.
—Muy bien, Kutt —dijo luego—. Pero hay algo más. Tenemos que partir nuevamente no bien hayamos hablado contigo y tu padre. ¿Se puede arreglar eso en la playa?
—Sí —contestó el poseidano—. Hemos resuelto problemas difíciles. Ocúpense de descender y yo me encargaré de que nuestros ingenieros tengan lista una torre de despegue.
—Gracias. Es imprescindible que vea a tu padre inmediatamente. Trata de concertar la entrevista.
—Haré lo que pueda, Bill. Hasta luego.
Cortóse la transmisión y Bill se volvió hacia sus amigos,
—¿Puedes manejar el robot de descenso? —preguntó al piloto.
—Es automático —repuso Griff—. Si nos envían una onda que nos guíe, no tenemos más que aguardar el descenso.
Al llegar el viaje a su término, Bill sintióse cada vez más preocupado. Ahora que se acercaba el momento de conferenciar con Delu, se preguntó cómo recibiría el líder la propuesta de viajar a la Tierra.
De pronto se activó la pantalla del televisor y Griff cerró el circuito que ponía en funcionamiento el robot de descenso. Después arrellanóse en su asiento y dijo:
—Ajústense las correas y esperen; en seguida estaremos en Poseída.
Eddie y Bill se ajustaron los cinturones de seguridad, disponiéndose a esperar. Al sonar la campanilla de aviso, los asientos se convirtieron en camas y la enorme nave cambió de posición, apuntando hacia Poseída con su popa. La potencia de sus motores comenzó a combatir la atracción de la gravedad, y el XL-35 se posó suavemente sobre el terreno poseidano. La cabina giró entonces para colocarse en posición horizontal y, al reconvertirse los asientos, oyóse de nuevo la campanilla que anunciaba que había cesado el funcionamiento de los motores.
Los tres muchachos soltaron sus cinturones y se pusieron de pie. Después acercóse Griff a la puerta, mientras que Eddie quedábase atrás para dejar que fuera Bill quien saliera primero. Este hizo una señal al piloto, quien tocó la palanca, abriendo la puerta. Salió Bill y vio que ya habían acercado una rampa a la nave. Al pararse sobre ella se detuvo un momento, observando la escena. Jamás había visto tantos poseidanos. Dispuestos en apretadas filas, ocupaban toda la playa alrededor de la nave. Veíanse numerosas armas de extraño diseño, y una rápida mirada al transmisor de masa y energía indicó al joven que la parte superior del mismo estaba en movimiento. Era evidente que los poseidanos habíanse movilizado y estaban listos para entrar en acción.
Al ver a Kutt que le esperaba al pie de la rampa, el joven apresuróse a descender, seguido por sus dos compañeros.
—Me alegro de verte aquí —expresó—. No me hubiera gustado enfrentarme solo a este comité de recepción.
—Papá no quiso correr riesgos. ¿No vienen más que ustedes tres?
—Así es, Kutt, quiero presentarte a Eddie Watkins y a Griff Hughes que fué el piloto en este viaje.
—Mucho gusto de conocerte, Eddie —dijo Kutt—. Bill me habló mucho de ti. También me alegra conocerte a ti —agregó, dirigiéndose a Griff.
Los dos terráqueos le saludaron cortésmente, mientras que el poseidano volvíase de nuevo hacia Bill.
—Papá les espera. Me ordenó que les llevara en seguida a su presencia.
A Bill le complació esta noticia.
—Magnífico —dijo—. Urge el tiempo y tenemos que hablar con él de inmediato. Eddie y Griff están conmigo en esto. Nos verá a los tres, ¿no?
—Sí. Vamos.
Viajaron en vehículos anfibios, y Kutt pudo comunicar a Bill en tono quedo que ya había relatado a su padre las charlas que sostuvieran, de modo que no era necesario ocultarle nada. Esta información alivió enormemente al terráqueo, pues el detalle le ahorraría tiempo.
Delu los recibió en el salón principal, saludando a Bill con cordialidad aunque no muy efusivamente. A sus dos compañeros no hizo más que brindarles una inclinación de cabeza. Después hizo retirar a todos y cuando estuvo a solas con su hijo y los tres visitantes, expresó:
—Es extraordinario que vengan así.
—Pasan cosas extraordinarias, señor —repuso Bill—. Era lo único que podíamos hacer.
—¿Viajaste por orden superior?
—No señor. La verdad es que... —Bill bajó los ojos, sintiéndose muy incómodo—. Nosotros..., nosotros tomamos prestada la nave. Sin duda alguna nos arrestará el general De Vere, pero antes de entregarnos usted a él...
—El general De Vere y su personal están confinados en una parte del palacio en calidad de..., huéspedes, de modo que por el momento no arrestará a nadie. Ahora bien, jovencito, si no has viajado por orden superior, ¿cuál es el propósito de tu visita?
Estas palabras hicieron titubear a Bill. Delu debía saber lo que ocurría en la Tierra, y si había arrestado al general De Vere, parecería que tenía formulados ya sus planes de acción.
—Como sabe —expresó—, las cosas se han puesto difíciles y...
Interrumpióse sin saber cómo seguir y en ese momento se adelantó Eddie.
—General Delu —dijo—, creo que comprenderá la situación si lee esto. Acto seguido entregó al Líder el manuscrito que había preparado Bill al creer que iba a morir. El joven quiso protestar, pero ya era tarde, pues Delu había comenzado a leerlo. Reinó el silencio durante un rato mientras el mandatario poseidano iba pasando las páginas.
Al fin llegó a la última y levantó la vista.
—¿Puedo preguntar cómo es que estás aquí si pensabas que ibas a morir?
Bill explicó cómo era que el detalle que amenazara su vida había sido lo que salvó a los tres y sirvió para descubrir lo que pasaba al rebasarse la barrera de la luz.
—Es fantástico —murmuró Delu—. ¡Increíble!
—Era realmente increíble —intervino Grriff—, pero puedo asegurarle que es la verdad. Allí en la playa hay un modelo XL, el primero que ha hecho un vuelo sin desaparecer. Quiero aprovechar la oportunidad para decir que me enorgullezco de haber tenido el privilegio de ser el piloto.
Bill hizo una mueca. ¿Es que no había nada que amenguara la vanidad del mensajero?
—No quería decir que faltaran a la verdad —manifestó Delu—. Estoy seguro de que el propósito que les trajo aquí es honrado. Bill, una vez que supe que venías sólo por tu propia voluntad, ya no me cupo la menor duda. Pero lo que pides es imposible.
 Capítulo 16 - Acusados de traición
 —Señor —dijo Bill—, las cosas que suelen parecer imposibles se tornan no sólo posibles, sino obligatorias cuando están en juego millares de vidas.
Delu meditó un momento. Le agradaba mucho aquel joven terráqueo y reconocía los riesgos que habían corrido los tres muchachos para presentarse a él; mas no podía dejarse influenciar por sus sentimientos personales.
—Haría cualquier cosa por preservar la vida y seguridad de un semejante si me fuera posible. Pero debo proteger la vida y la libertad de mis subditos, y si fallara en el cumplimiento de mi deber, los pondría en gran peligro. Aunque mi decisión pesa mucho sobre mi conciencia, no me queda otra alternativa que dar los pasos necesarios para proteger a los míos.
Bill tragó saliva con dificultad. Urgía el tiempo y no era posible malgastarlo en largos debates. Debía convencer a Delu de que su viaje a la tierra no pondría en peligro a los poseidanos, sino que, por el contrario, serviría para salvar millares de vidas, pues, fuera cual fuese el resultado de la guerra inminente, las bajas por ambos bandos serían tremendas. Ordenó sus ideas, aclaróse la garganta dijo:
—Señor, la protección más segura que podría ofrecer a su gente sería el empleo de la verdad. Si los conduce a la guerra, aunque sea sólo para defenderse, pudiendo evitarlo, sería tan culpable como el Censor Glussan.
Explicó luego que como era la guerra lo que buscaba Glussan, la iniciación de las hostilidades sería para él una victoria. Los terráqueos estaban ansiosos como los poseidanos por mantener la paz; sólo un puñado de hombres fomentaba la agitación ocultando la verdad tras una barrera de palabras engañosas. Nada se arreglaría tratando de terminar la diferencia por la fuerza de las armas. Bill no pidió a Delu que desbandara su ejército, sino que lo mantuviera listo mientras él iba a la Junta Mundial a hablar de paz. En caso de que no salieran bien las cosas, no se habría perdido nada y ya que habría declarado la verdad no sería responsable de lo que sucediera. Por lo menos, agregó Bill, su presencia ante la Junta pondría en evidencia a Glussan.
Terminado su discurso, el joven guardó silencio. Delu había escuchado con atención, pero era imposible saber si estaba convencido o no. El poseidano aguardó un momento, hablando luego con lentitud, como si pensara en alta voz.
—Como dices, podría poner en evidencia al Censor Glussan. La verdad es que estoy en condiciones de demostrar lo que es.
—No lo dudo, señor —contestó Bill.
—Quizá te interese saber que hace unas horas que se descubrió una conspiración en la que están complicados el Censor Glussan y, lamentablemente, varios de mis subditos. Parece que el astuto Censor ha estado sacando rhyllium de este planeta para llevarlo de contrabando a la Tierra en grandes cantidades.
—No comprendo, señor —expresó el joven con gran sorpresa—. En la Tierra hay un contralor estricto sobre la existencia de rhyllium. Todos deben declarar la cantidad que haya y el gobierno la adquiere en seguida, pues ningún individuo puede poseerlo. Sin embargo sé que en los depósitos del gobierno no se han recibido otras cantidades que las normales.
—¡Exactamente! —fué la respuesta—. El Censor Glussan ha ido acrecentando sus depósitos particulares en previsión del momento en que los terráqueos se vean tan desesperados que tengan que apelar a él. De ese modo podrá apoderarse de todo lo que quiera y temo que lo que desea es llegar a ser dueño del mundo.
—¡Diablos! —exclamó Griff en tono de indignación—. Con eso se puede terminar con él.
—No hay la menor duda, general —terció Eddie—. Una vez que le haya revelado eso, Glussan irá a parar a una prisión.
—¡Hum! —murmuró Delu—. No estoy seguro. Es un hombre muy astuto.
—Ahora no puede volverse atrás, señor —dijo Bill—. Cuando les demuestre cómo los ha traicionado Glussan y diga luego cómo desaparecieron las naves al sobrepasar la barrera de la luz, todo se habrá arreglado.
—Cuando se trata con una persona como Glussan y dos razas tan complejas como la vuestra y la mía, el fracaso acecha en todas partes —dijo Delu. Luego volvióse hacia Griff—. ¿Crees que esa nave puede hacer el viaje de regreso a la Tierra sin inconvenientes?
—Si no es así, yo mismo le llevaré sobre mis hombros —replicó el mensajero con absoluta convicción, motivando la risa de todos.
—Teniente Watkins —dijo Delu entonces—, como experto en asuntos militares, dígame qué posibilidades existen de llegar sin peligro. ¿Nos harán volar cuando nos acerquemos al planeta?
Eddie se mostró algo molesto, pero comprendió que debía contestar.
—Verá, general —repuso—, me parece que si volviera a su base el único XL que no se ha perdido, yo no lo destruiría. Más aún, tendría muchísimo interés en asegurar que descendiera sin el menor inconveniente.
—De todos modos —terció Bill—, podríamos establecer comunicación con la base e informarles de nuestra llegada.
—Si decidiera ir —dijo Delu—, ¿cuánto tardarían en estar listos?
—Ya lo estamos, señor —contestó Bill con gran entusiasmo—. Podríamos partir de inmediato..., y creo que deberíamos hacerlo.
—Bien entonces, acepto. Primeramente necesito que coloquen a bordo una cabina especial, y me llevaré a Kutt y tres ayudantes. Naturalmente, usaremos trajes llenos de agua para andar por la tierra, pero también quisiera llevarme la cabina. ¿Se puede arreglar?
—La bodega del XL podría dar cabida a este palacio —exageró Griff—. Puede hacer llevar la cabina en un guinche y nosotros la instalaremos.
—Estaré listo dentro de una hora —anunció el mandatario, finalizando así la conferencia—. Mientras tanto pueden prepararlo todo.
Cuando Bill le dio las gracias y se volvió para retirarse, Kutt acercóse a él, diciéndole:
—No creí que pudieras convencerlo. Estoy un poco asustado, pero me alegro de que hayan salido así las cosas.
—Yo también —repuso Bill con una sonrisa—. Gracias por tu ayuda. Te veremos en la nave.
Los tres amigos volvieron al XL-35 y pusieron manos a la obra. Ya estaba allí el guinche con la cabina de viaje de los poseidanos y poco después llegó la torre portátil para el despegue. Griff examinó los tableros de mando con gran cuidado, mientras Bill y Eddie dirigían la instalación de la cabina en la bodega y las conexiones con la sala de gobierno de la nave. Acababan de completar estos trabajos cuando se presentó Delu con Kutt y sus tres ayudantes. Los poseidanos estaban recubiertos de un material flexible que les permitía andar de un lado a otro con entera libertad de acción, pero que les mantenía sumergidos en una solución acuosa especial. Sus voces se oyeron perfectamente cuando los tres muchachos los saludaron desde la escotilla.
—¿Están listos para partir? —preguntó Delu al ascender por la rampa.
—Sí, señor —repuso Bill, mientras se apartaba para darle paso.
La cabina de viaje estaba asegurada en la bodega, y se había conectado a ella un pasaje cerrado que la comunicaba con la puerta del compartimiento principal. Delu miró un momento a su alrededor, diciendo luego:
—Parece que está todo bien. Entraremos en nuestra cabina hasta que hayamos partido; después vendremos a hacerles compañía.
—Muy bien, señor. Hemos instalado una línea de comunicación para que esté en contacto con nosotros en todo momento.
Acto seguido se dirigieron los cinco poseidanos a la cabina especial. Eddie cerró la puerta de comunicación y la escotilla de la nave, tras de lo cual se instalaron los tres en sus asientos y aseguraron los cinturones.
—¿Listos? —preguntó Griff luego de observar los instrumentos.
—Espera un momento —dijo Bill—. ¿Puedes comunicarme con Delu?
Griff accionó la palanca del intercomunicador, y Bill llamó al poseidano.
—Sí, Bill —contestó la voz de Delu—. ¿Qué deseas?
—Estaba pensando que podríamos llamar a la Tierra y avisarles que vamos.
—No. Prefiero dejarlo hasta después que estemos en el espacio; no les demos tiempo para pensar. No bien partamos iré a vuestro compartimiento.
—Bien, señor —contestó Bill, haciendo señal a Griff de que podían partir.
Las pantallas televisoras les indicaron que ya no había poseidanos en los alrededores. Griff volvió a examinar sus instrumentos y, tomando la palanca principal, pidió la cuenta de los segundos. Mientras lo hacía Bill, los tres se prepararon para el salto, afianzándose en sus asientos. Después vibró la nave y en seguida partieron en su viaje de regreso a la Tierra.
Bill observó a Poseída que se empequeñecía rápidamente en el televisor, asombrándose al ver que el planeta desaparecía de pronto. Al principio creyó que se había descompuesto el aparato; pero recordó luego que la ionosfera de Poseída no reflejaba la luz, de modo que no bien hubo salido la nave al espacio, desapareció el planeta de la vista.
Poco después anunció Griff que estaban fuera del radio de atracción y Eddie levantóse de su asiento para ir a abrir la puerta que daba a la bodega. Poco después aparecieron Delu y Kutt, mientras que los ayudantes se quedaban en la cabina. Bill notó que los trajes espaciales que vestían los poseidanos tenían puños muy ajustados que dejaban al descubierto los extremos de sus tentáculos. Esto les permitía emplear sus miembros con entera libertad y adherirse a cualquier superficie por medio de sus ventosas.
Griff se aseguró de que mantenían una velocidad que no les pusiera en peligro y Delu mostróse muy interesado en los numerosos diales e instrumentos.
Cuando hubieron recorrido más o menos la mitad del trayecto Delu pidió a Griff que estableciera contacto con la Comandancia Mundial. Los muchachos se estremecieron; aquélla era la parte de la aventura que menos les agradaba. Comprendió Bill que, aunque Delu fuera bien recibido, a ellos les esperaban momentos muy malos.
A pedido del mandatario poseidano no se activó la pantalla televisora, y todos oyeron que la llamada era pasada a la comandancia militar. Hubo una pausa y al fin se oyó la voz del general Watkins.
—Identifíquense de inmediato —ordenó con furia contenida.
Griff tragó saliva y dijo:
—Habla Griff Hughes, mensajero del Cuerpo de Comunicaciones.
—¿Viaja en el XL-35?
—Sí, señor.
—¿Quién es el piloto?
—Yo, señor —contestó Griff, muy preocupado.
—¿Qué?
—Sí, señor.
—¿Está Edward con usted?
—Aquí estoy, papá —intervino Eddie.
—¿Estás prisionero, hijo? ¿Te han secuestrado?
—No, papá; yo fui el que se apoderó de la nave.
—¿Tú? —estalló el general.
Siguió una serie de sonidos mientras el general Watkins se esforzaba por contener su ira, y a Eddie le pareció que había llegado el momento de cambiar de tema.
—Papá, tememos un pasajero. Es Delu, y quiere hablar contigo.
—¿Delu? —exclamó el general con profundo asombro.
—Buenos días, general, le habla Delu de Poseída. Estoy en el XL-35 que viaja al servicio de las Fuerzas Terráqueas. Solicito permiso para descender en la pista experimental de la comandancia.
Se suavizó la voz del general y notóse en ella una nota respetuosa.
—Delu. Es un placer. Pero temo no comprender, señor. El XL-35 no está al servicio de las Fuerzas Terráqueas en este momento. La situación aquí es algo confusa. He estado tratando de comunicarme con el general De Vere, pero hasta ahora no he podido hacerlo. —Hubo una pausa agregó luego el militar en tono vacilante—: ¿Viene usted en paz?
—Por supuesto, general. Espero que mi llegada sea pacífica, ¿Por qué lo pregunta?
—Pues... —La pregunta pareció turbar a Watkins—. Como he dicho, la situación es muy confusa y...
—Entiendo perfectamente la situación, general —expresó Delu—. Supongo que están con usted los jefes del comando y escuchan esta conversación.
—Así es.
—Bien, entonces quiero que escuchen todos. Vengo en son de paz para dirigir la palabra a la Junta Mundial. Como prueba de mis buenas intenciones traigo conmigo a mi hijo Kutt, y espero ser recibido con el protocolo acostumbrado y ser conducido a la Junta para hablar en ella. ¿Aceptan?
Estuvo silencioso el receptor mientras conferenciaban los miembros de la comandancia; después se oyó de nuevo la voz del general.
—De acuerdo, Delu. Le recibiremos con mucho gusto, y queda invitado a dirigir la palabra a la Junta Mundial en pleno no bien llegue a la Tierra.
—Gracias —dijo Delu—. Algo más, general. Ya que me ha invitado tan cordialmente, estoy seguro de que no interpretará como una amenaza lo que voy a decirle.
Quiero advertirle que mi salvoconducto está garantizado por las Fuerzas Militares Poseidanas. Lo menciono simplemente para aclarar que, aunque se sacrifique mi vida, el resultado sería la destrucción total e inmediata de vuestro planeta.
—Por supuesto, Delu, aunque le aseguro que no comprendo...
—Creo que nos entenderemos, general —interrumpió Delu—. Ahora no habrá más comunicaciones desde esta nave hasta que descendamos. ¿Hará preparar la onda robot para el aterrizaje?
—Sí, Delu —contestó el general.
—Muy bien. Ya nos veremos.
Delu indicó a Griff que cortara la comunicación. Después dijo a los muchachos:
—Creo que hasta ahora las cosas marchan bien. Edward, tu padre es un buen hombre. Espero que la Junta me preste atención. Ahora volveré a mi cabina a preparar mi discurso. Avísenme cuando entremos en la estratosfera.
Dicho esto se retiró por el corredor, seguido por Kutt, quien volvióse al llegar a la puerta y saludó a su amigo con un movimiento de sus tentáculos.
Cuando hubieron llegado a la estratosfera, Griff activó el mecanismo robot del descenso y avisó a Delu. Eddie cerró la puerta de comunicación, tras de lo cual se efectuó el descenso sin el menor inconveniente. Se desconectaron los motores y los tres muchachos saltaron de sus asientos para abrir la puerta de la bodega, saliendo de allí Delu con Kutt y sus ayudantes. Estos últimos se instalaron a ambos lados de la escotilla, quedando Kutt detrás de ellos y Delu a retaguardia. Cuando estuvieron todos listos, Bill hizo una señal a Griff, quien accionó el mecanismo que abría la puerta de salida.
Descendieron entonces los ayudantes, les siguió Kutt poco después y Delu se detuvo al posar los pies en la rampa. No bien hubo aparecido el mandatario poseidano, se oyó una banda militar que ejecutaba una marcha de saludo, mientras que los soldados de guardia frente a la nave presentaban armas.
Espiando subrepticiamente por el costado de la puerta, Eddie pudo ver a su padre que aguardaba para recibir a Delu. Había presentes varios altos oficiales, quienes saludaron al visitante y le condujeron frente a las tropas para que las revistara, tras de lo cual subieron todos a los vehículos que les llevarían al edificio de la Junta.
No bien hubieron desaparecido los viajeros subió por la rampa un grupo de soldados de la policía espacial. El oficial al mando de los mismos se introdujo en la nave y pidió a cada uno de los muchachos que se identificara.
—Quedan arrestados —dijo luego—. Se les acusa de traición en beneficio del enemigo, de apoderarse de una nave militar en tiempo de peligro, de estar ausentes sin permiso y de varias cosas más que ya se les comunicarán.
Los tres amigos se entregaron sin la menor resistencia y los soldados los sacaron de la nave para hacerles subir a un vehículo policial que les trasladó a la comandancia, donde se los alojó en el ala destinada a los prisioneros peligrosos. Era evidente que el oficial a cuyo cargo se hallaban los consideraba con el mayor de los desprecios, pues cuando estuvieron encerrados les dio una reprimenda en tono cargado de desdén.
—Si por mí fuera —concluyó—, los ejecutaría aquí mismo. —Indicó a Bill—. A usted por haberse ganado la confianza del general Watkins para perjudicarlo, y a usted —señaló a Griff—, por haber violado su honorable posición de mensajero para traicionar a sus semejantes.
En cuanto a usted —miró a Eddie con expresión de asco, no sé cómo expresar mi odio hacia un hermano de armas que falta a su juramento.
—Usted no sabe nada —declaró Griff sin dejarse amilanar—. No hemos traicionado a nadie.
—¡Bah! —fué la respuesta—. Bueno, por lo menos ya sabemos lo que ha pasado con los XL. ¿Por qué lo trajeron de vuelta? ¿Les ordenó Delu que lo hicieran?
—¿Quiere decir que piensa que hemos sido nosotros los que se llevaban los XL? —exclamó Eddie con profundo asombro.
—Ustedes o vuestros amos poseidanos —gruñó el oficial—. Lo mismo da.
—Oiga usted, ¿no le parece que se adelanta a los hechos? —intervino Bill, que había perdido ya la paciencia—. Cumple con su deber al tenernos bajo su custodia, ¿pero qué derecho tiene a suponer que somos culpables antes del proceso? Cuando salgan a relucir todos los hechos durante la vista de la causa, las únicas acusaciones que quedarán en pie serán las de menor importancia.
—Ya se los ha procesado —dijo el oficial—. Ya se los ha sentenciado y condenado a morir por traidores.
—No nos han procesado —protestó Bill—. ¿Cómo dice que nos han sentenciado a morir?
—Se los procesó in absentia y se los declaró culpables. —El oficial volvióse hacia Eddie—. Su padre trató de demorar el juicio, arguyendo que le habían secuestrado. Pero cuando los registros del Sentrac indicaron que había introducido a su cómplice en el sector reservado, se rechazaron sus argumentos y se llevó a cabo la corte marcial. Es perfectamente legal juzgar a los traidores que huyen más allá de la jurisdicción de la Tierra. No creíamos que nos sería posible ejecutar la sentencia; pero vinieron ustedes a ponerse en nuestras manos, y yo mismo tendré el placer de llevarlos a la cámara letal dentro de cuatro horas. El único consejo que puedo darles es que empleen ese tiempo en escribir sus confesiones para que sirvan de advertencia a otros.
Los muchachos se quedaron mudos de horror, mientras que el oficial los miraba con gran satisfacción antes de girar sus talones y salir del recinto.
 Capítulo 17 - Un puesto en Poseída
Los tres amigos se miraron llenos de consternación.
—¿Pueden hacer eso? —preguntó Griff.
—No sé mucho de leyes —dijo Bill—, pero me parece una injusticia.
—La justicia militar suele ser severa —manifestó Eddie—. He tenido que estudiar los procedimientos que se siguen en las cortes marciales y, aunque no recuerdo mucho al respecto, sé que me sorprendió la diferencia que hay entre ellas y los tribunales civiles. Pero esto de in absentia me ha dejado estupefacto.
—¿Cómo pueden saber si somos culpables o no si no han hablado personalmente con nosotros? —dijo Griff con voz plañidera.
—Algo he oído decir al respecto —explicó Bill—. Se supone que se enjuicie a las personas que no se pueden localizar. Se hace para que, en caso de que se le descubra, se pueda pedir la extradición basándose en el hecho de qué se trata de un criminal. Siempre supuse que juzgarían de nuevo al fugitivo cuando lo encontraran.
—¿Crees de veras que van a ejecutarnos? —preguntó Griff a Eddie.
—¿Quién sabe? Sea como fuere, nada ganaremos con afligirnos. Me gustaría saber cómo le ha ido a Delu.
—¡Bah! —exclamó Griff—. Lo más probable es que le hayan arrestado y eliminado.
—No se atreverían —protestó Eddie—. ¿Qué opina tú, Bill?
—No, no creo que le hagan daño. Al fin y al cabo, se lo invitó a hablar, y tendrán que escucharlo.
—Sí, le escucharán —dijo Griff en tono de disgusto—. ¿Y sabes por qué? Porque les dijo eso de las Fuerzas Militares Poseidanas. Si les dijéramos nosotros "Escúchennos o los destruiremos a todos", tendrían que escucharnos.
Sonrió Bill de mala gana.
—¿Por qué no lo dijiste al oficial de guardia? —inquirió.
—Quiero decir que lo harían si nos creyeran capaces de destruirlos. Con Delu no saben si puede hacerlo o no.
—Ya comprendo, pero nada ganaremos con amargarnos. Corrimos el riesgo y tenemos que aceptar las consecuencias. Si resulta nuestro plan y Delu consigue evitar el derramamiento de sangre, lo que nos suceda a nosotros no importará mucho.
—Supongo que no —admitió el mensajero.
Durante las horas siguientes trataron los tres de no mencionar el destino que les aguardaba. Así, pues, hablaron de diversos temas, comentando la posibilidad de que se pudiera convertir a la droga antisuss en un específico que sirviera para viajar a velocidades extremas, así como también la perspectiva de que los seres humanos pudieran salir del universo conocido y visitar galaxias lejanas.
Estaban tendidos en sus camastros, mirando al techo con los ojos cerrados, hablando de esta guisa. De pronto sonaron pasos en el largo corredor que conducía a la celda. Al hacerse más audibles estos sonidos, los tres amigos saltaron de sus lechos para correr hacia la puerta enrejada a fin de ver quién se aproximaba.
El que llegaba era un sargento de la guardia que se detuvo frente a la entrada de la celda.
—Watkins, Hughes y Hudson, vengan conmigo —dijo secamente, luego de haber abierto la puerta.
Los tres amigos se miraron con expresión aprensiva antes de que se decidiera Bill a salir para encabezar la marcha. Siguieron al sargento por el corredor hasta el despacho del jefe de la guardia. La oficina era amplia y había en ella dos largos bancos a los costados y un alto pupitre al extremo del recinto. Detrás del pupitre se hallaba reunido un grupo de oficiales y el sitial principal lo ocupaba el general Watkins.
Los tres muchachos se pusieron en posición de firmes, de frente al general.
—La Junta Mundial me ha ordenado informales que acaba de tomarse una resolución expresando el reconocimiento a vuestros servicios —manifestó el oficial.
Reinó un momento de silencio que interrumpió Griff para decir:
—Es agradable saberlo, general. Supongo que mandarán flores a nuestro entierro.
Bill movió los dedos subrepticiamente para tirar de los pantalones del mensajero a fin de que callara éste. Los ojos del general se iluminaron con una expresión algo humorística, pero sus facciones mantuviéronse muy severas.
—¡Hum! —dijo—. Comprendo lo que quiere decir, pero me gustaría saber si alguno de ustedes se da cuenta de lo que ha hecho. Aun pasando por alto los delitos mayores, cualquiera de los cuales sería suficiente para justificar la ejecución inmediata de los tres, faltaron ustedes a la ley militar, a la ley civil y al código general de Comunicaciones. Creo que la suma total de las penas que corresponden a esos delitos llega a unos mil años de trabajos forzados. Supongo que no niegan la responsabilidad que les corresponde, ¿eh?
—No, señor —respondió Eddie—. No la negamos.
—Muy bien. Hay ciertos cánones cuidadosamente establecidos para bien de todos, y les recomiendo seriamente que en lo futuro limiten ustedes sus actividades y las encaucen dentro de esos cánones. Empero, en este caso particular, acabamos de oír un relato extraordinario en el que Delu nos ha señalado ciertas circunstancias atenuantes. Como resultado de ello se votó una ley especial por la que se declara nula vuestra sentencia y se dejan sin efecto las acusaciones que pesaban contra los tres.
El general se puso de pie para dar la vuelta en torno del pupitre.
—Bill —agregó, estrechando la mano del joven—, debo decir que me gustaría haber participado de la aventura. Ya hablaré contigo más tarde; cenarás con nosotros.
Acercóse a Griff para darle también la mano.
—Joven, le felicito. Su extraordinario valor, algo temerario por cierto, fué imprescindible para el éxito de la empresa. ¿Cenará con nosotros? —Al ver que Griff asentía con entusiasmo, continuó—: Muy bien. Tengo el presentimiento de que pronto recibirá noticias de la Comandancia de Entrenamiento de Pilotos de Prueba y Navegación. Van a ofrecerle un puesto especial.
Griff bajó los ojos con gran modestia.
—Con mucho gusto les ofreceré toda la ayuda que pueda —murmuró.
El general se detuvo entonces frente a su hijo y ambos se dieron la mano.
—Hijo, estoy orgulloso de ti —expresó con voz ronca.
Regresó luego al pupitre y se puso a recoger sus papeles, mientras que los otros jefes se adelantaban hacia los muchachos y, luego de presentarse uno por uno, les felicitaban efusivamente.
El general y sus ayudantes se encaminaron hacia la salida. Al llegar a la puerta se volvió el jefe,
—No olviden; cenaremos en casa a las seis. Ahora tengo que volver a la Comandancia, pero hay alguien que quiere verlos. Lo haré pasar.
Retiróse entonces y un momento más tarde apareció Kutt. Los tres amigos se agruparon a su alrededor, acribillándole a preguntas.
—Un momento, un momento —rió el joven poseidano—. Hay tanto que contar que no podría explicarles todo lo que ha pasado.
—¿No podrías darnos los detalles principales? —inquirió Griff.
—Ed, tu padre me invitó a pasar unos días en tu casa. Papá vuelve a Poseída enseguida; pero me ha dado permiso, de modo que ya podré contarles todo a su debido tiempo.
—¿Qué pasó con el Censor Glussan? —quiso saber Bill.
—Lo arrestaron y degradaron; ya no volverá a causar molestias a nadie. Cuando quedó en evidencia su doblez, todos sus seguidores se apresuraron a cambiar de bando y a jurar que jamás habían confiado en él.
—Ésa es la mejor noticia que podías darnos —declaró Bill, sonriendo alegremente—. ¿Entonces salió todo a pedir de boca?
—Todo —fué la respuesta—. Papá estuvo formidable. Hasta habló del transmisor de masa y energía y prometió compartir el secreto ahora que vamos a vivir en paz y armonía. Además propuso que nos unamos para explorar el universo e investigar las galaxias vecinas. Te juro que todos se volvieron locos de alegría; me hubiera gustado que lo vieras. Ya te lo contaré todo esta noche; ahora tengo que ir a despedirme de papá en el espaciopuerto.
—¡Ea! Espera un momento —rogó Eddie—. ¿Habló también papá? ¿Dijo algo?
—Sí —intervino Griff—. ¿Qué pasó cuando tu vie...? ¿Qué pasó cuando Delu aclaró los manejos de Glussan con el rhyllium? ¿Le saltaron encima y...?
—¡Muchachos, muchachos! —rió Kutt—. Si no me voy, no podré estar presente en las ceremonias del espaciopuerto, y papá es muy aficionado al protocolo. Sólo les diré un par de cosas que oí, y el resto se lo contaré más tarde.
—Me parece muy bien —dijo Bill—. Desembucha esas noticias.
—Bueno, en primer lugar, el mayor Keller solicitó tus servicios. Dice que tu puesto está en Poseída; que deberías continuar tus estudios en los laboratorios de allí, de modo que te van a ofrecer el puesto si lo quieres.
—¿Si lo quiero? ¡Lo aceptaría sin paga!
—Tú también entras en esto, Eddie. Papá dijo que se necesitan oficiales de enlace con inteligencia y expresó su deseo de que te destinaran a Poseída para hacerte cargo de esas actividades... siempre que te parezca bien, naturalmente.
—Me parece muy bien —manifestó el joven subteniente—. ¡Ya lo creo que me parece bien!
Ahora que se amenguaba la tensión y los muchachos veíanse frente a un futuro libre de preocupaciones, la solemnidad y aprensión de los últimos días cedió su lugar al buen humor y a una alegría sin límites.
—En cuanto a Griff —continuó Kutt—, el general Watkins estuvo hablando con el coronel Cummins de la Comandancia de Entrenamiento de...
—Sí, ya lo sé —le interrumpió el mensajero—. Voy a hacerme cargo del mando de todo.
—¿Hacerte cargo del mando? —exclamaron Bill y Eddie con fingida indignación—. ¡No es eso lo que oímos!
Se arrojaron sobre el vanidoso para zamarrearlo basta hacerle pedir perdón,
—Está bien, muchachos, está bien —jadeó Griff—; tendré que barrer el cuartel. ¿Qué más da? Por lo menos tendré un puesto donde me gusta.
Kutt puso punto final a las bromas insistiendo en que debía retirarse. Griff preguntó si podía acompañarle. Estaba por insinuar que podría ser útil en caso de que hubiera algún inconveniente con la partida de la nave; pero vio que Bill y Eddie le miraban con burlona ferocidad y cambió de idea.
—Me encanta ver cómo despegan las naves —finalizó en tono humilde.
—Vamos entonces —le dijo Kutt—. Pero démonos prisa. Hasta luego, muchachos, ya nos veremos más tarde.
Bill y Eddie les saludaron con la mano. Una vez que estuvieron solos, Bill volvióse hacia su amigo.
—¡Ésa sí que fué una cena! —dijo—. Jamás me ha afectado tanto una comida.
—¿Qué comida? —inquirió Eddie con sorpresa.
—¿No recuerdas la cena de Navidad en tu casa? Así empezó todo esto..., y he estado indigestado desde entonces.
Rompieron a reír ambos hasta que les saltaron las lágrimas de los ojos. Cuando se hubieron dominado un poco, encamináronse a paso vivo hacia el alojamiento del general Watkins. Iban a cenar juntos nuevamente.
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