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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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lunes, 14 de enero de 2013

Isaac Asimov - El fin de la eternidad



Isaac Asimov

El fin de la eternidad





1
El Ejecutor

Andrew Harlan entró en la cabina. Sus lados perfectamente esféricos se ajustaban dentro de un tubo vertical formado por barras metálicas muy espaciadas, cuyos extremos parecían fundirse en el vacío, a unos dos metros sobre la cabeza de Harlan. Éste situó los mandos y tiró poco a poco de la palanca de arranque.
La cabina no se movió.
Harlan tampoco se lo había propuesto. Sabía que no iba a haber movimiento, ni arriba ni abajo, a derecha o izquierda, ni adelante o atrás. En cambio, los huecos entre las barras se llenaban de una opacidad grisácea, sólida al tacto pero inmaterial, sin embargo. Al mismo tiempo sintió aquella ligera opresión en el estómago, la leve sensación de náusea (tal vez psicosomática), que le decía que todo cuanto contenía la cabina, incluyéndole a él, estaba siendo lanzado al hipertiempo a través de la Eternidad.
Había entrado en la cabina en el Siglo 575, la Base Temporal donde fue destinado dos años antes. En aquel entonces, el 575 era el hipertiempo más distante que había visitado nunca. Ahora se desplazaba hacia el hipertiempo del Siglo 2456.
En circunstancias normales le habría intimidado un poco la perspectiva de aquel viaje. Su Siglo natal estaba en el lejano hipotiempo, en el Siglo 95, para ser exactos. El 95 era un Siglo muy restrictivo en el empleo de la energía atómica, aficionado a lo rústico, gran consumidor de madera natural para sus construcciones, gran exportador de licores a los cercanos isotiempos e importador de semillas forrajeras. Aunque Harlan no había regresado al 95.° desde que empezó su formación especial como Aprendiz a los quince años, experimentaba siempre aquella sensación de nostalgia cuando se alejaba de «su» Siglo. En el 2456.° estaría a casi doscientos cuarenta milenios del día de su nacimiento, y eso era mucho, incluso para un empedernido Eterno.
Tal habría sido su estado de ánimo en circunstancias normales.
Pero en aquel momento. Harlan no podía pensar otra cosa sino que los documentos le pesaban en el bolsillo, y que su plan le pesaba en la conciencia. Estaba algo asustado, algo tenso, algo confuso.
Fueron sus manos, como si estuviesen dotadas de voluntad propia, las que detuvieron la cabina en el Siglo previsto y en la forma prevista.
Era extraño que un Ejecutor estuviera tenso o nervioso. Como dijo en cierta ocasión el Instructor Yarrow:
«Ante todo, el Ejecutor debe ser impasible. El Cambio de Realidad a programar puede afectar la vida de cincuenta mil millones de seres, o más. Un millón o más pueden quedar afectados de tal modo que deberá considerárseles como individuos nuevos. Dadas estas condiciones, un temperamento emotivo sería un serio inconveniente para el Ejecutor».
Harlan meneó la cabeza casi salvajemente, para aventar el recuerdo de las secas palabras de su maestro. En aquellos días no podía suponer que él mismo reunía las peculiares condiciones exigidas. Sin embargo, ahora le embargaba la emoción. No por cincuenta mil millones de seres, ¡qué le importaban a él cincuenta mil millones!
Era sólo por una persona. Sólo una.
Al notar que la cabina se había detenido interrumpió sus divagaciones para recobrar la mentalidad fría e impersonal que cuadraba a un Ejecutor, y salió del aparato.
La cabina que dejaba, desde luego, no era la misma donde había entrado, en el sentido de que no estaba compuesta de los mismos átomos. Aquello no le preocupaba más que a cualquier otro Eterno. El centrarse en la «mística» de la Traslación Temporal, dejando de lado el mero hecho de su existencia, constituía la meta de todo Aprendiz tan pronto como era admitido a la Eternidad.
Se detuvo un instante frente a la cortina infinitamente delgada de No—Espacio y No—Tiempo que le separaba en un sentido de la Eternidad y en otro del Tiempo normal.
Aquella Sección de Eternidad sería del todo nueva para él. Conocía sus peculiaridades a grandes rasgos por haberlas estudiado en el «Manual de todas las Épocas». Sin embargo, la experiencia directa nunca dejaba de ser un choque para el que convenía estar preparado.
Ajustó los mandos, operación sencilla cuando se trataba de pasar a la Eternidad, pero muy complicada para ingresar en el Tiempo normal, una traslación mucho menos frecuente. Atravesó la cortina y al instante quedó cegado por un aluvión de reflejos. Levantó instintivamente una mano para cubrirse los ojos.
Un individuo le esperaba. Harlan, deslumbrado, apenas conseguía distinguirlo.
—Soy el Sociólogo Kantor Voy —dijo el hombre a Harlan—. Supongo que usted es el Ejecutor Harlan. Harlan asintió.
—¡ Santo Cronos! ¿No podría moderar esa decoración?
Voy miró a su alrededor y dijo con indulgencia:
—¿Se refiere a las películas moleculares?
—En efecto —dijo Harlan—. El «Manual» ya las menciona, pero no dice nada de esta orgía de reflejos.
Tenía bastante motivo para enojarse, pensó Harlan. En el Siglo 2456 predominaba la materia, lo mismo que en casi todos los Siglos; cabía esperar una compatibilidad fundamental entre ellos. No presentaba la absoluta confusión (para alguien nacido en una época de predominio material) de los remolinos energéticos del 300.° o de los campos dinámicos del 600.° En el Siglo 2456, para descanso de los Eternos que lo visitaran, la materia era empleada para todo, desde un clavo hasta un edificio.
Desde luego, existían distintas clases de material. A un miembro de un Siglo con predominio de la energía tal vez le pasaran desapercibidas. Para él, todas las materias serían variaciones sobre un mismo tema basto, pesado y bárbaro. Pero Harlan, educado en un medio de formas materiales, reconocía diferencias entre la madera, los metales (con distinción entre ligeros y pesados), los plásticos, la sílice, el hormigón, el cuero, y así sucesivamente.
Pero ¡una materia compuesta enteramente de espejos!
Tal fue su primera impresión del 2456.° Todas las superficies reflejaban y emitían luz. En todo aparecía la ilusión del pulimento perfecto, debido a la presencia de una película reflectante. Y en la infinita repetición de su propia imagen, de la del Sociólogo Voy y de cuanto les rodeaba, Harlan no veía más que confusión. ¡Una confusión absurda y vertiginosa!
—Lo siento —dijo Voy—. Es una costumbre de este Siglo y la Sección competente estima que conviene adoptar en lo posible las costumbres locales. Pronto se acostumbrará a ello.
Voy anduvo rápidamente sobre las huellas de otro Voy, su reflejo invertido en el suelo. Alargó una mano y puso a cero un indicador capilar que se desplazaba sobre una escala en espiral.
Los reflejos desaparecieron y la iluminación adoptó una intensidad soportable. A Harlan le pareció que su mundo regresaba a la normalidad.
—Acompáñeme, por favor —dijo Voy. Harlan le siguió por varios corredores que momentos antes, supuso, estallaban de luces y resplandores enloquecidos. Subieron por una rampa, y después de cruzar una antecámara, penetraron en un amplio despacho.
Durante el breve recorrido no vieron alma viviente. Harlan estaba tan acostumbrado a eso, le parecía tan normal, que le habría sorprendido y casi escandalizado distinguir alguna figura humana tratando de apartarse de su camino. Sin duda, la noticia de la llegada de un Ejecutor había corrido pronto. Hasta Voy se mantenía apartado de él, y cuando la mano de Harlan rozó casualmente el brazo del Sociólogo, éste se hizo a un lado con evidente sobresalto.
Harlan se sorprendió un poco al notar cierta amargura ante tal reacción. Se creía revestido de una coraza mucho más fuerte, más eficazmente insensible. Si estaba equivocado, si su armadura tenía puntos débiles, sólo podía haber una causa:
¡Noys!

El sociólogo Kantor Voy se inclinó hacia el Ejecutor en un gesto que parecía bastante cordial, pero Harlan no podía dejar de notar que estaban sentados en los extremos opuestos de una mesa bastante larga.
Voy dijo:
—Me complace que nuestro pequeño problema haya interesado a un Ejecutor de su fama.
—Sí —dijo Harlan en el tono frío e impersonal que todos esperaban de él—. Presenta algunos aspectos interesantes.
Pensó si parecería lo bastante imparcial. A lo peor estaba dejando entrever sus verdaderos motivos, y su delito era delatado por las gotitas de sudor que acompañaban su frente.
Sacó de un bolsillo interior la transparencia con el resumen del Cambio de Realidad proyectado. Era el mismo texto enviado al Gran Consejo Pantemporal un mes antes. Gracias a sus relaciones con el Jefe Programador Twissell (el ilustre Twissell), no le fue difícil a Harlan hacerse con el proyecto.
Antes de desenrollar la lámina dejando que se extendiera sobre la superficie de la mesa donde quedaría retenida por un débil campo paramagnético, Harlan hizo una breve pausa.
La película molecular que cubría la mesa había sido opacada, pero no del todo. El movimiento de su brazo atrajo su mirada, y por un momento el reflejo de su propio rostro pareció contemplarle hoscamente desde la mesa. Tenía treinta y dos años, pero parecía más viejo. No necesitaba que nadie se lo dijera. Quizá su rostro alargado y las cejas negras sobre unos ojos aún más oscuros contribuyesen a darle la expresión severa y la fría mirada que todos los Eternos asimilaban a la caricatura de un Ejecutor. O quizás era sólo su propia convicción de ser un Ejecutor.
En seguida extendió la transparencia sobre la mesa y volvió al asunto que le traía allí.
—Yo no soy Sociólogo, señor mío... Voy sonrió.
—Eso suena formidable. Cuando alguien empieza por manifestar su incompetencia en cualquier especialidad, generalmente anuncia que se dispone a formular una opinión categórica.
—No se trata de una opinión —dijo Harlan—. Sólo de una petición. Deseo que examine este resumen y me diga si no ha cometido usted un pequeño error en alguna parte.
Voy se puso serio inmediatamente.
—Espero que no.
Harlan dejó colgar un brazo sobre el respaldo, y la otra mano sobre las piernas. No era cuestión de tamborilear con los dedos sobre la mesa, ni de —morderse los labios. No debía permitir que le traicionasen sus emociones.
Desde aquel instante que cambió toda la orientación de su vida, había estudiado con atención todos los proyectos de Cambios de Realidad que pasaban por la maquinaria administrativa del Gran Consejo Pantemporal.
Como Ejecutor adjunto al Jefe Programador Twissell podía hacerlo, saltándose un poco la ética profesional. Menos mal que Twissell estaba cada vez más entretenido con su propio y más importante proyecto. (Las aletas de la nariz de Harlan se dilataron. Ahora sabía algo acerca de la naturaleza de tal proyecto.)
Harlan no podía estar seguro de encontrar lo que buscaba dentro de un plazo razonable. Cuando estudió por primera vez el proyecto de Cambio de Realidad 2456—2781, número de orden V—5, creyó que sus deseos hacían una jugarreta a su capacidad de raciocinio. Pasó un día entero verificando una y otra vez las ecuaciones y desarrollos, atenazado por una dolorosa incertidumbre mezclada con una creciente excitación y amarga gratitud, puesto que al menos le habían enseñado psicomatemáticas elementales.
Ahora Voy estudiaba la misma lámina y sus símbolos con expresión entre confusa y preocupada.
—Me parece... digo que me parece que todo está en orden —aseguró al fin.
—Compruebe en particular los ritos sociales del noviazgo en la Realidad actual de este Siglo —dijo Harlan—. Eso es sociología y supongo que cae dentro de su responsabilidad. Por eso dispuse verle a usted a mi llegada, antes que a ningún otro.
Voy frunció el ceño. Aún se mostraba cortés, pero su tono al responder fue glacial:
—Los Observadores destinados a nuestra Sección son muy competentes. Estoy seguro que los asignados a este proyecto han proporcionado datos exactos. ¿Tiene pruebas de lo contrario?
—Nada de eso, sociólogo Voy —dijo Harlan—. Acepto los datos, pero no estoy de acuerdo con el planteamiento del problema. ¿No observa un tensor complejo indeterminado en este punto, si ponderamos correctamente el comportamiento prenupcial?
Voy miró con atención, y una expresión de alivio se extendió por su rostro.
En efecto, Ejecutor, en efecto. Pero se resuelve por mismo en una identidad. Se tiene un bucle de pequeñas dimensiones, que no presenta caminos secundarios. Espero que me perdone si uso imágenes gráficas en vez de expresiones matemáticas exactas.
—Se lo agradezco. Así como no soy Sociólogo, tampoco soy Programador —replicó Harlan.
—Muy bien, pues —dijo Voy—. Ese tensor complejo indeterminado a que alude, o bifurcación del camino, como si dijéramos, no es significativo. La dicotomía se resuelve más adelante y tenemos un. camino único. Nos pareció innecesario mencionarlo en nuestro informe.
—Si es su criterio, me someto al mismo. Sin embargo, queda la cuestión del C.M.N.
El Sociólogo torció el gesto al oír aquellas siglas, como había previsto Harlan. C.M.N. El Cambio Mínimo Necesario. Aquí el Ejecutor era el amo. Un Sociólogo podía creerse inmune a la crítica en lo relativo al análisis matemático de las infinitas Realidades posibles en el Tiempo, pero al definir el C.M.N., el Ejecutor tenía la última palabra.
El cálculo mecánico no era suficiente. La mayor Computaplex existente, manejada por los más expertos y hábiles Jefes Programadores, no servía sino para señalar los límites dentro de los cuales se situaba el C.M.N. Era entonces cuando el Ejecutor, examinando los datos del problema, decidía el punto exacto del Cambio dentro de aquellas condiciones límite. Un buen Ejecutor rara vez se equivocaba. Los mejores Ejecutores no se equivocaban nunca.
Harlan no se equivocaba nunca.
—El C.M.N. recomendado por su Sección —dijo Harlan, hablando en tono pausado, frío, silabeando el Idioma Pantemporal Normalizado con meticulosidad— implica la inducción de un accidente espacial, y una muerte inmediata y bastante horrible para una docena o más de personas.
—Es   inevitable  —dijo   Voy,  encogiéndose   de  hombros, indiferente.
—Sugiero que el C.M.N. puede reducirse al mero traslado de un envase de un estante a otro. ¡Aquí! —señaló Harlan. La blanca y bien cuidada uña de su índice dejó una leve huella debajo de un grupo de perforaciones.
Voy examinó aquel punto con dolorosa pero muda atención.
—¿No altera eso la situación con respecto a la dicotomía que ha dejado de tener en cuenta? —continuó Harlan—. ¿No cree que entonces se utiliza el camino de mínima probabilidad, convirtiéndolo prácticamente en una certeza, y que eso nos conduce a...?
—Virtualmente, al R.M.D. —dijo Voy en un susurro.
—Exactamente al Resultado Máximo Deseado —afirmó Harlan.
Voy alzó los ojos, con una expresión entre compungida e irritada en su moreno rostro. Harlan, indiferente, observó que aquel hombre tenía entre los incisivos superiores un hueco que le daba un aspecto conejil, lo cual chocaba con la contenida energía de sus palabras.
Voy preguntó:
—Supongo que esto llegará a conocimiento del Gran Consejo Pantemporal.
—No lo creo —dijo Harlan—. Que yo sepa el Gran Consejo no se ha ocupado de ello. Por lo menos, el Cambio de Realidad programado se me pasó sin ningún comentario.
Harlan no creyó oportuno explicar con más detalle cómo le fue «pasado», y Voy se abstuvo de preguntar.
—Entonces, ese error, ¿lo ha descubierto usted?
—Sí.
—¿Y no dio parte al Gran Consejo Pantemporal?
—No.
Hubo una reacción de alivio, y luego Voy se puso en guardia.
—¿Por qué?
—Pocas personas habrían dejado de caer en ese error. Pensé que podía corregirlo antes de que se cometiera un daño irreparable. Así lo hice. ¿Por qué ir más allá?
—Bien... gracias, ejecutor Harlan. Se ha portado como un amigo. El error de esa Sección que, como usted dice, era prácticamente inevitable, habría manchado nuestra hoja de servicios.
Voy continuó después de una breve pausa:
—Aunque, en realidad, y teniendo en cuenta las alteraciones de personalidad que va a inducir este Cambio de Realidad, la muerte de algunos hombres resultaba de escasa importancia.
Harlan pensó fríamente: «No parece muy agradecido. Igual me guarda rencor. Cuando tenga tiempo para pensarlo, es posible que su rencor aumente aún más, por haber sido salvado de una descalificación gracias a un Ejecutor. Si yo fuese Sociólogo como él, me estrecharía la mano con gratitud, pero no quiere dar la mano a un Ejecutor. No le repugna condenar una docena de hombres a la asfixia, pero sí el contacto de un Ejecutor».
Comprendiendo que no le convenía dar tiempo al resentimiento de su interlocutor, Harlan atacó casi en seguida:
—Espero que su agradecimiento me autorice a pedirle que su Sección haga un pequeño trabajo para mí.
—¿Un trabajo? —preguntó Voy.
—Un problema de Análisis Individualizado. He traído todos los datos, así como los de un Cambio de Realidad propuesto para el Siglo 482. Deseo saber el efecto de este Cambio sobre la probabilidad de supervivencia de cierta persona.
—No estoy seguro de haberle entendido bien —dijo el Sociólogo con vacilación—. ¿No dispone de medios para hacer este análisis en su propia Sección?
—En efecto. Sin embargo, estoy realizando una investigación personal y por ahora no quiero que figure en los archivos. Sería muy difícil encargar este trabajo a mi Sección sin que...
Harlan hizo un gesto vago, sin concluir la frase.
—¿Entonces, no quiere que esto vaya por vía oficial?
—preguntó Voy.
—Debe hacerse confidencialmente, y quiero una contestación confidencial.
—Es muy irregular. No puedo aceptarlo. Harlan frunció el ceño.
—No es más irregular que mi olvido en denunciar su error al Gran Consejo Pantemporal. En ese caso no tuvo usted ninguna objeción. Si hemos de atenernos a las normas en un caso, tendremos que ser igualmente formales en otro. Creo que me comprende, ¿verdad?
La expresión de Voy revelaba que le había comprendido perfectamente, sin lugar a dudas. Alargó la mano hacia Harlan.
—¿Puedo ver los documentos?
Harlan se tranquilizó. Había superado el obstáculo principal. Miró con atención mientras el Sociólogo se inclinaba sobre las láminas que había traído.
—¡En nombre del Tiempo! Es un Cambio de Realidad sin importancia —fue el único comentario de Voy.
Harlan aprovechó la ocasión, mintiendo a medida que hablaba:
—Así es. Demasiado pequeño, creo. De ahí surge la discusión. Está por debajo de la diferencia crítica y he escogido un solo individuo como caso piloto. Naturalmente, no sería hábil que yo usara el equipo de nuestra Sección sin estar del todo seguro de mi acierto.
Voy no dijo nada a esto, y Harlan no continuó. No convenía exagerar la comedia.
Voy se puso en pie.
—Pasaré estos datos a uno de mis Analistas. Esto quedará entre nosotros, aunque comprenderá que no podemos sentar un precedente.
—En modo alguno.
—Y si no le importa, me gustaría observar el Cambio de Realidad que vamos a efectuar aquí. Espero que nos haga ,el honor de dirigir el C.M.N. personalmente.
Harlan asintió.
—Asumo toda la responsabilidad.
Cuando entraron en la sala de control dos de las pantallas estaban conectadas. Los técnicos las habían ajustado según las coordenadas exactas de Espacio y Tiempo, y luego salieron. Harlan y Voy se vieron a solas en la centelleante sala. (La decoración a base de películas moleculares reflectantes se hacía notar, y no poco por cierto, pero esta vez Harlan, atento a las pantallas, no hizo caso.)
Ambas imágenes aparecían inmóviles. Semejaban naturalezas muertas, pues representaban instantes matemáticos del Tiempo.
Una de las vistas era en colores naturales muy contrastados: la sala de máquinas de un vehículo espacial experimenta], como bien sabía Harlan. Una puerta se estaba cerrando y aún asomaba por el resquicio un brillante zapato de material rojo semitransparente. No se movía. Nada se movía. Si se hubiese aumentado el contraste de la imagen hasta el punto de hacer visibles las motas de polvo en el aire, ni siquiera éstas se habrían movido.
Voy dijo:
—Esta sala de máquinas permanecerá vacía durante dos horas y treinta y seis minutos a partir del instante que contemplamos. En la Realidad actual, desde luego.
—Lo sé —murmuró Harlan.
Empezó a ponerse los guantes y mientras tanto sus ojos recorrían con rapidez los estantes, memorizando la situación del envase crítico, midió los pasos necesarios para llegar a él y el mejor emplazamiento adonde trasladarlo. Lanzó una breve ojeada a la otra pantalla.
Mientras la sala de máquinas, situada en el «presente» definido con respecto a la Sección Eternidad en la que ahora se encontraba, aparecía iluminada en colores naturales, la otra escena, situada a unos veinticinco Siglos de distancia en el «futuro», presentaba el filtro azulado que servía para diferenciar las imágenes «futuras».
Era la vista de un espaciopuerto. Un cielo color azul oscuro, con edificios azulados de desnudo metal sobre un terreno verdeazulado. Un cilindro azul de raro diseño, con una protuberancia en la base, destacaba en primer plano. Al fondo se veían dos cilindros más, parecidos al primero. Los tres apuntaban al cielo, sus extrañas ojivas partidas, en cuyo interior se alojaba seguramente la maquinaria principal.
Harlan frunció el ceño.
—Raros aparatos —dijo.
—Electro—gravitacionales —dijo Voy—. El Siglo Dos mil cuatrocientos ochenta y uno es el primero en desarrollar la navegación espacial por electro—gravitación. No necesita combustible ni energía nuclear. Una solución elegante; lástima que nuestro Cambio la haga desaparecer. ¡Una verdadera lástima!
Clavó la mirada en Harlan con visible disgusto.
Harlan apretó los labios. Conque disgustado, ¿eh? ¿Por qué no? El Ejecutor era él.
Sin duda, algún Observador habría presentado un informe sobre la cuestión del abuso de drogas. Algún Estadístico demostró que los últimos Cambios habían aumentado el número de adictos hasta que llegó a ser el mayor en todas las presentes Realidades de la humanidad. Un Sociólogo, probablemente el propio Voy, estableció el perfil psiquiátrico de aquella sociedad, y un Programador calculó el Cambio de Realidad necesario para disminuir la tendencia al uso de drogas, hallando que, como efecto secundario, la navegación espacial por electro—gravitación iba a desaparecer. En la decisión final habían intervenido una docena, cien hombres quizá, de todas las categorías en la Eternidad.
Pero, a fin de cuentas, tendría que ser un Ejecutor quien la llevase a la práctica. Siguiendo las instrucciones convenidas por los demás, a él le tocaba iniciar el Cambio de Realidad. Y entonces los demás le mirarían con ojos acusadores, y sus miradas parecerían decir: «A ti, y no a nosotros, se debe la destrucción de toda esa belleza».
Y por esa razón, los demás le condenarían y evitarían su presencia. Descargaban su propia culpa sobre los hombros del Ejecutor, y por ello le odiaban. Harlan dijo con sequedad:
—Las naves no importan. Debemos preocuparnos por ellos.
«Ellos» eran un grupo de personas, en apariencia insignificantes al lado de la nave espacial, del mismo modo que las dimensiones físicas de las trayectorias interplanetarias hacen parecer insignificante la Tierra así como la sociedad humana que la puebla.
Parecían pequeños muñecos. Sus diminutos brazos y piernas permanecían en posturas extrañas y ridículas, inmovilizados en aquel instante del Tiempo.
Voy se encogió de hombros.
Harlan ajustó el pequeño generador de campo que llevaba en su muñeca izquierda.
—Acabemos cuanto antes —dijo.
—Un momento —dijo Voy—. Quiero preguntarle al Analizador de Destinos cuánto tardará en completar este trabajo suyo. Yo también quiero terminar cuanto antes.
Sus manos desplazaron hábilmente un pequeño cursor; luego escuchó con atención el repiqueteo que recibió en respuesta.
«Otra característica de esta Sección de Eternidad —pensó Harlan—. Un código de ruidos intermitentes. Espectacular, pero innecesario, al igual que las películas moleculares reflectantes».
—Dice que tardará unas tres horas —dijo Voy por fin—. Además, dice que le gusta el nombre de esa persona, Noys Lambent. Es una mujer, ¿no?
Harlan sintió la garganta seca.
—Sí.
Los labios de Voy se curvaron en una lenta sonrisa.
—Parece interesante. Me gustaría verla sin que ella se diese cuenta. No hemos tenido ninguna mujer en esta Sección desde hace meses.
Harlan contuvo un arrebato de ira y no contestó. Miró fríamente al Sociólogo y bruscamente le dio la espalda.
Si había un defecto en la Eternidad, era esta cuestión de las mujeres. Desde que ingresó en la Eternidad había comprendido claramente el problema, pero no se sintió personalmente afectado hasta que conoció a Noys. De aquel momento había llegado a este otro, en que se hallaba traidor a su juramento de fidelidad y a todo lo que había creído hasta entonces.
¿Por qué?
Por Noys.
No sentía remordimiento. Esto era lo que más le sorprendía. No sentía ningún remordimiento. No tenía sensación de culpabilidad por las faltas que ya había cometido, entre las cuales el uso prohibido de un Análisis de Destino para fines particulares casi carecía de importancia.
Iría hasta donde fuese necesario.
Aquella idea, que por primera vez se planteaba con claridad, le pareció blasfema y escarnecedora. Y aunque la apartó de sí con horror, sabía que estaba dispuesto a hacerlo. La idea era sencillamente esta: que destruiría la Eternidad, si se veía obligado a hacerlo.
Y lo peor era saber que tenía poder para hacerlo, si se lo proponía. Harlan estaba frente a la entrada del Tiempo y pensó en sí mismo de una manera diferente: antes todo era muy sencillo; existían ideales, aunque sólo fueran palabras, por y para las cuales vivía uno. Cada fase de la vida de un Eterno tenía su propósito. ¿No rezaban así los «Principios Básicos»?
«La vida de un Eterno puede dividirse en cuatro etapas...»
Todo era claro y sencillo; sin embargo, para él todo había cambiado, y lo que se había roto nunca podría recomponerse.
Él había pasado confiadamente por las cuatro etapas de su vida como Eterno. Primero, el período de quince años durante los cuales no fue un Eterno, sino un simple habitante del Tiempo. Sólo un ser humano extraído del Tiempo, un Temporal, podía llegar a ser un Eterno; nadie nacía en tal posición.
A la edad de quince años fue seleccionado, tras un proceso riguroso de eliminación cuya naturaleza no pudo comprender entonces. Le habían llevado detrás del velo de la Eternidad después de una desgarradora despedida de sus familiares. (Antes le habían dicho que, pasara lo que pasara, nunca regresaría. Hasta mucho más tarde no supo la verdadera razón de ello.)

2
El Observador

Ingresado en la Eternidad, pasó diez años en la escuela como Aprendiz y una vez hubo aprobado los exámenes entró en la tercera etapa, para graduarse como Observador. Sólo después de ello se convirtió en Especialista y en un verdadero Eterno. Era la cuarta y última parte de la vida de un Eterno: Temporal, Aprendiz, Observador y Especialista.
Harlan había pasado por todas ellas fácilmente. Podía decir que con éxito.
Recordaba perfectamente el día en que terminó su período de Aprendiz, día que se convirtió en un miembro independiente de la Eternidad; pues, aunque aún no fuese Especialista, ya tenía derecho al honroso título de «Eterno».
Lo recordaba bien. Estaba formado con los otros cinco que habían terminado el último curso con él, las manos a la espalda, las piernas ligeramente separadas, la vista al frente, escuchando.
Les hablaba el Instructor Yarrow, de pie al lado de su mesa. Harlan recordaba muy bien a Yarrow. Era un hombre bajito y enérgico, de rojos y rebeldes cabellos, antebrazos pecosos y una expresión de desamparo en su mirada. (Era muy frecuente encontrar aquella mirada entre los Eternos. Asomaba a sus ojos la nostalgia del hogar y de su ambiente natal, el deseo de volver al Siglo que nunca más verían: un deseo prohibido y que ninguno de ellos habría confesado jamás.)
Desde luego. Harlan no recordaba las palabras exactas de Yarrow, pero el significado de las mismas acudía con claridad a su mente.
Yarrow había dicho, en sustancia: «Vais a convertiros en Observadores. No es un cargo de gran categoría. Los Especialistas lo consideran trabajo de aprendiz. Quizá vosotros, Eternos... (hizo una pausa intencionada después de aquella palabra, para darles tiempo de sentirse embargados por el honor implícito en tal calificativo), también penséis lo mismo. En tal caso, sois unos necios e indignos de esa responsabilidad.
»Si no fuese por los Observadores, los Coordinadores no tendrían nada que coordinar, los Analizadores de Destino nada que analizar, ni los Sociólogos podrían trazar cuadros de los grupos sociales; ninguno de los Especialistas podría hacer nada. Ya sé que habréis oído antes este argumento, pero quiero que tengáis nociones claras y concretas acerca de este asunto.
«Seréis vosotros, los jóvenes, quienes entraréis en el tiempo normal, bajo las condiciones más difíciles, para recoger los hechos. Hechos fríos y objetivos, no influidos por vuestras propias opiniones ni deseos, ya lo sabéis. Hechos exactos que puedan ser pasados por los ordenadores. Hechos definidos que sirvan de fundamento a las ecuaciones sociales. Hechos fiables para decidir los Cambios de Realidad necesarios.
»Y recordad esto. Vuestra etapa de Observadores no es para pasar por ella con la mayor rapidez y de la forma más cómoda que os sea posible. Se os calificará según vuestro trabajo de Observadores. No será lo que hicisteis en la escuela, sino lo que hagáis como Observadores, el criterio determinante de vuestra Especialidad y de la categoría que tendréis dentro de ella. Ésta será vuestra tesis de Doctorado, Eternos, y un error en ella, aunque sea pequeño, servirá para ser destinados al Servicio de Mantenimiento, sin tener en cuenta lo brillante de vuestra capacidad. He dicho».
Estrechó la mano a cada uno de ellos y Harlan, grave y lleno de entusiasmo, orgulloso en su creencia de que el privilegio de ser un Eterno acarreaba el supremo privilegio de velar por la felicidad de todos los seres humanos existentes en los confines de la Eternidad, se sintió lleno de respeto por su misión.
Las primeras misiones encomendadas a Harlan fueron poco importantes y se desarrollaron bajo estrecha supervisión. Pero sirvieron para aguzar su habilidad con la experiencia adquirida en una docena de Siglos y a través de una docena de Cambios de Realidad.
En su quinto año como Observador le nombraron Jefe Observador de Zona y fue asignado al Siglo 482. Por primera vez trabajaría sin las orientaciones de otro, y eso fue lo primero que le hizo sentirse algo inseguro cuando abordó al Programador que dirigía aquella Sección.
Se trataba del Ayudante Programador Hobbe Finge, cuya boca apretada y ceñudo gesto parecían incongruentes en un rostro como el suyo. Tenía la nariz redonda y gruesa y las mejillas sonrosadas. Sólo le faltaba la barba y la cabellera blanca para convertirse en la imagen del mito Primitivo de Papá Noel, también llamado Santa Claus o San Nicolás. Harlan conocía esos tres nombres. No creía que existiera un Eterno entre cien mil que los conociese ni de oídas. Harlan sentía una vanidad oculta y casi vergonzante por su afición a los conocimientos arcanos. Desde sus primeros días en la escuela le interesó el estudio de la Historia Primitiva, y el Instructor Yarrow le había animado a ello. Harlan llegó a simpatizar con aquellos extraños y oscuros Siglos anteriores, no sólo al establecimiento de la Eternidad en el 27.°, sino incluso al descubrimiento del Campo Temporal, en el Siglo 24. Durante sus estudios había leído libros y periódicos. Había viajado muy lejos en el pretiempo hasta los primeros Siglos de la Eternidad, para consultar viejas bibliotecas, siempre que pudo obtener permiso para ello. Desde hacía más de quince años estaba reuniendo una notable biblioteca privada, casi toda en papel impreso. Tenía un libro de un tal H. G. Wells, y otro de un llamado W. Shakespeare, y algunos libros de historia medio destrozados. Pero la joya de su colección era un juego completo de volúmenes encuadernados de una revista semanal primitiva. Ocupaban un espacio extraordinario, pero nunca pudo decidirse a microfilmarlos.
En ocasiones se trasladaba con la imaginación a un mundo donde la vida era vida y la muerte, muerte; donde el hombre tomaba decisiones irrevocables; donde el mal no podía ser atajado ni el bien alentado, y donde la Batalla de Waterloo, una vez perdida, quedaba perdida para siempre. Tenía unas páginas de poesía, que guardaba con indecible cariño, donde se podía leer que lo que una mano había hecho nunca podía deshacerlo.
Luego se le hacía difícil, casi violento, el traer de nuevo sus pensamientos a la Eternidad y a un Universo donde la Realidad era algo flexible y cambiante, algo que hombres como él podían tomar en sus manos para convertirla en algo mejor.
El falso aspecto de Papá Noel se desvaneció cuando el Programador Hobbe Finge le habló en un tono rápido y objetivo.
—Empezará a trabajar mañana con una inspección de rutina de la Realidad actual. Necesito que sea exacta, completa y definida. No toleraré la menor imprecisión. Su programa espacio—temporal estará preparado mañana por la mañana. ¿Comprendido?
—Sí, Programador —dijo Harlan.
En aquel momento se dio cuenta que él y el Ayudante Programador Hobbe Finge no se iban a llevar bien, y lo lamentó.
A la mañana siguiente Harlan recibió su programa de trabajo en láminas llenas de intrincadas perforaciones, tal como salían de la Computaplex electrónica. Usó un decodificador de bolsillo para traducirlas al Idioma Pan—temporal Normalizado, a fin de asegurarse de no cometer ningún error en aquella su primera misión. Desde luego, habría podido leer las perforaciones directamente, pero prefería la seguridad que le daba el decodificador.
El programa le indicó dónde y cuándo podía penetrar en el Siglo 482 y dónde y cuándo no; lo que podía hacer y lo que debía evitar a toda costa. Su presencia debía sólo afectar a aquellos lugares y tiempos donde no entrase en contradicción con la Realidad actual.
El 482.° no le pareció un Siglo agradable. No se parecía nada a su Siglo natal, austero y laborioso. Aquélla era, a su entender, una época sin ética ni principios morales, sensual, materialista y con un extendido sistema matriarcal. Era la única época, según pudo comprobar en los archivos, en la cual los nacimientos por ectogénesis habían llegado a ser tan comunes, que el cuarenta por ciento de las mujeres cumplían con sus deberes maternales simplemente donando un óvulo fertilizado al incubador comunal. Los matrimonios se formaban y se deshacían por mutuo acuerdo y no tenían otra vigencia sino la de un contrato privado sin responsabilidades ante la Ley. Los vínculos con el fin de tener descendencia se consideraban algo completamente aparte de las funciones sociales del matrimonio; los primeros se contraían únicamente a fines eugenésicos.
Aquella sociedad le pareció a Harlan pervertida en muchos aspectos; por ello creía necesario un Cambio de Realidad. Más de una vez se le ocurrió que su propia presencia en aquel Siglo, como ser que no pertenecía a aquel Tiempo, podía desviar la Historia. Si los efectos de su presencia llegaban a ser cruciales en algún punto clave, una opción de probabilidad diferente se convertiría en dominante. En esa nueva senda, millones de mujeres que sólo vivían para el placer de los sentidos se transformarían en madres verdaderas, de corazón puro. Serían transportadas a otra Realidad, y todos sus recuerdos pertenecerían a la nueva Realidad, sin llegar siquiera a sospechar que alguna vez habían sido muy diferentes.
Desgraciadamente, para realizar tal propósito Harlan habría tenido que transgredir los límites señalados por su programa espacio—temporal, y ello era impensable. Aunque se atreviese a hacerlo, el traspasar al azar los límites fijados podía cambiar la Realidad actual de muchos modos imprevisibles. El resultado podía ser mucho peor que la Realidad presente. Sólo un análisis exacto y una Programación ajustada definían el óptimo entre posibles Cambios de Realidad.
Por tanto, y cualesquiera que fuesen sus opiniones particulares, Harlan siguió siendo exteriormente un Observador. Y el Observador ideal no era más que un conjunto sensorial receptor, unido a un mecanismo de escribir informes. Entre la percepción y el informe no debía interponerse ningún sentimiento.
En ese sentido, los informes de Harlan eran perfectos.
El Ayudante Programador Finge lo llamó a su despacho después de su segundo informe semanal.
—Le felicito, Observador —le dijo en tono desprovisto de cordialidad—. Pero, ¿qué piensa realmente de la situación?
Harlan se refugió en una expresión impasible; su rostro parecía tallado en un trozo de madera de los que tanto amaba su Siglo natal.
—No tengo opinión sobre este asunto —dijo.
—¡Vamos, Observador! Usted procede del Noventa y cinco y ambos sabemos lo que eso significa. Sin duda este Siglo le desagrada.
Harlan se encogió levemente de hombros.
—¿Ha encontrado en mis informes algo que le haga pensar tal cosa?
Era casi una impertinencia, y los dedos de Finge, tamborileando sobre la mesa, traicionaron su contrariedad. Al fin dijo:
—Conteste a mi pregunta.
—En un aspecto sociológico —dijo Harlan—, muchas facetas de este Siglo representan puntos extremos. Los tres últimos Cambios de Realidad han acentuado esa situación. Supongo que eso debe ser corregido eventual—mente. Nunca conviene tal alejamiento del término medio.
—¿Quiere decir que se ha tomado la molestia de comprobar los resultados de los últimos Cambios que afectan a este Siglo?
—Como Observador, debo estudiar todos los hechos pertinentes.
Harlan, en efecto, tenía el derecho y la obligación de conocer aquellos hechos. Finge lo sabía. Todos los Siglos eran sacudidos continuamente por los Cambios de Realidad. Ninguna Observación, por cuidadosa que fuese, podía considerarse definitiva por mucho tiempo, sin ser verificada periódicamente. Una de las normas de la Eternidad era el someter a todos y cada uno de los Siglos a una Observación continua. Y para observar correctamente, uno debía ser capaz de presentar, no sólo los hechos de la Realidad presente, sino también su relación con los hechos de las Realidades anteriores.
Sin embargo, a Harlan le pareció que había algo más que curiosidad en aquellas preguntas de Finge, en aquel interrogatorio sobre las opiniones de Harlan. Finge demostraba una evidente hostilidad.
En otra ocasión Finge le dijo a Harlan, después de presentarse sin previo anuncio en el pequeño despacho de este último:
—Sus informes han creado una impresión muy favorable en el Gran Consejo Pantemporal.
Harlan no supo qué replicar a esto, por lo que se limitó a decir:
—Muchas gracias.
—Todos parecen estar de acuerdo en que denotan un grado extraordinario de penetración.
—Lo hago lo mejor que puedo.
Finge cambió de tema inopinadamente:
—¿Conoce al Jefe Programador Twissell?
—¿Al Programador Twissell? —los ojos de Harlan se agrandaron—. No, señor. ¿Por qué me lo pregunta?
—Parece muy interesado en sus informes. Finge apretó los labios y luego cambió nuevamente de conversación:
—Tengo la impresión de que usted ha desarrollado su propia filosofía de la Historia, un punto de vista original.
La tentación fue demasiado fuerte para Harlan. La vanidad y la prudencia lucharon por un momento en su mente, y la primera ganó la batalla.
—He estudiado Historia Primitiva, señor.
—¿Historia Primitiva? ¿En la academia?
—No exactamente, Programador. Por mi cuenta. Es... una afición. ¡Es como contemplar la Historia inmóvil, sin Cambios, congelada! La Historia Primitiva puede ser estudiada con todo detalle, mientras que los Siglos de la Eternidad son siempre cambiantes —fue entusiasmándose a medida que hablaba de su tema favorito—. Es como si pudiéramos tomar una serie de vistas fijas de un libro filmado y las estudiáramos con minuciosidad. Se observan muchos detalles que pasan inadvertidos cuando contemplamos la película en movimiento. Creo que esto me ayuda mucho en mi trabajo.
Finge le miró con sorpresa, abrió los ojos un poco y salió del despacho sin replicar palabra.
Después de aquello volvió a hablarle, en ocasiones, del tema de la Historia Primitiva, y aceptó las respuestas que Harlan le daba de no muy buena gana, sin que su redondo rostro mostrase ninguna expresión.
Harlan no estaba seguro de si arrepentirse de su franqueza o considerar el asunto como un posible mérito para adelantar en su carrera.
Decidió que la primera alternativa era la más acertada, un día que se cruzaron en el Pasillo A, cuando Finge le dijo súbitamente y de modo que pudieran oírle los demás:
—¡Por Cronos, Harlan! ¿Es que no saluda usted nunca?
Después de aquello, Harlan se convenció que Finge le detestaba. Sus propios sentimientos hacia él se aproximaban al odio.
A los tres meses de estudiar la Realidad actual del 482.°, Harlan había ya agotado todos los hechos y detalles dignos de mención. Por ello no le sorprendió recibir orden de presentarse inmediatamente en el despacho de Finge. Hacía días que esperaba que le asignaran otra misión, una vez presentado su resumen final. El Siglo 482 deseaba exportar más tejidos de celulosa a los Siglos que no contaban con grandes bosques, como por ejemplo el 1174.°, pero no quería recibir pescado ahumado a cambio. El informe detallaba una larga lista de artículos por orden de prioridad y con sus recomendaciones.
Tomó el borrador de su informe para llevarlo consigo al despacho de Finge.
Pero durante la entrevista no se habló del Siglo 482. A su llegada Finge le presentó a un hombre bajito y delgado, con la cara llena de finas arrugas, escaso cabello blanco y expresión astuta, que durante toda la conversación mantuvo en perpetua sonrisa. Aquella sonrisa traslucía extremos de nerviosismo y de jovialidad, sin llegar a desaparecer en ningún momento. El hombre sostenía entre dos dedos manchados de amarillo un cigarrillo encendido.
Era el primer cigarrillo que veía Harlan; a no ser por este motivo, se habría fijado más en el hombre y menos en el humeante cilindro, y la presentación de Finge no le habría cogido desprevenido.
Finge dijo:
—Jefe Programador Twissell, éste es el Observador Andrew Harlan.
Los ojos de Harlan, espantados, pasaron del cigarrillo al rostro del Jefe de la Eternidad.
El Jefe Programador Twissell dijo con voz aguda:
—¿Cómo está usted? ¿De manera que éste es el joven que escribe esos magníficos informes?
Harlan no pudo articular palabra. Laban Twissell era una leyenda viviente, un hombre a quien se reconocía en el acto. Era el principal Programador de la Eternidad, lo que en otras palabras significaba que era el más eminente de los Eternos. Era el Presidente del Gran Consejo Pantemporal. Había dirigido más Cambios de Realidad que ningún otro hombre en la historia de la Eternidad. Sus títulos y sus éxitos no tenían fin.
La serenidad había desertado de la mente de Harlan. Asintió con la cabeza, sonrió con expresión confusa y no dijo nada.
Twissell se llevó el cigarrillo a los labios, le dio una rápida chupada y exhaló el humo.
—Déjenos solos, Finge. Quiero hablar con el muchacho. Finge se levantó, murmuró algo entre dientes y salió del despacho.
—Parece nervioso, muchacho —dijo Twissell—. No tiene por qué preocuparse.
Pero el encontrarse cara a cara con Twissell había sido demasiado para Harlan. Siempre desconcierta el descubrir que alguien a quien uno miraba como a un gigante, no mide en realidad sino un metro sesenta de estatura. ¿Era posible que aquella cabeza medio calva albergase el cerebro de un genio? Aquellos ojos astutos, rodeados de arrugas, ¿relucían por efecto de una aguda inteligencia, o era sólo que su propietario estaba de buen humor?
Harlan no sabía qué pensar. El cigarrillo parecía dispersar los restos de su lucidez. Se echó un poco atrás cuando le alcanzó una volunta de humo.
Los ojos de Twissell se estrecharon como si tratase de ver a través de la humareda de su cigarrillo, y continuó en el dialecto del Siglo 100, con un acento horrible:
—¿Es que mejor entenderá si hablar en su suyo dialecto, muchacho?
A punto de estallar en una risa histérica, Harlan contestó con prudencia:
—Puedo hablar el Idioma Pantemporal perfectamente, señor.
Pronunció correctamente la frase en el Pantemporal que él y los demás Eternos usaban desde su aprendizaje en la Eternidad.
—Tonterías —dijo Twissell, imperioso—. Mí no preocupar de Intertemporal. Mi habla de Milenio Diez es mucho perfecta.
Harlan se dio cuenta de que por lo menos hacía cuarenta años desde que Twissell usaba de los dialectos hipotemporales.
Satisfecho por haber demostrado sus conocimientos de idiomas, Twissell siguió hablando en Pantemporal.
—Le ofrecería un cigarrillo, pero estoy seguro de que no fuma. El fumar ha sido mirado como una costumbre reprobable en casi todos los Tiempos de la Historia. En realidad, sólo se consiguen buenos cigarrillos en el Siglo Setenta y dos; los importan especialmente para mí. Le aconsejo que vaya a buscarlos allí, si se decide a convertirse en fumador. Es muy triste. Ahora nadie fuma, ni siquiera en la Sección de la Eternidad destinada al Siglo Ciento veintitrés. Los Eternos de aquella Sección han adoptado las costumbres locales. Si encendiera un cigarrillo se pondrían furiosos. A veces pienso que me gustaría calcular un gran Cambio de Realidad y hacer desaparecer los prejuicios contra el tabaco de todos los Siglos. Pero me lo impide la seguridad que un Cambio semejante produciría una gran guerra en el Cincuenta y ocho o una sociedad esclavista en el Mil. Todo tiene sus inconvenientes.
Al principio, Harlan estaba confuso, pero luego despertó su aprensión. Seguro que aquellas divagaciones ocultaban algo.
Tenía la garganta seca. Al fin pudo decir:
—¿Puedo preguntar por qué ha solicitado mi presencia, señor?
—Me gustan sus informes, muchacho. Hubo un destello de placer en los ojos de Harlan, pero no sonrió.
—Tienen el toque del artista. Usted tiene intuición, sabe captar las cosas. Creo que sé cual es el puesto adecuado para usted en la Eternidad, y he venido a ofrecérselo.
Harlan pensó: «No puedo creerlo».
Reprimió la nota de triunfo en su voz y dijo:
—Es un gran honor para mí, señor.
En aquel momento el Jefe Programador Twissell, habiendo acabado su cigarrillo, hizo aparecer otro en su mano izquierda como por arte de prestidigitación y lo encendió. Exhaló un par de nubes de humo y dijo:
—¡Por vida de Cronos, muchacho! Habla como si recitase en el teatro. ¡Gran honor! ¡Bah, tonterías! Dígame en palabras sencillas lo que le parece. Está contento, ¿no es así?
—Sí, señor —dijo Harlan con precaución.
—Bien; es lo normal. ¿Qué le parecería llegar a ser Ejecutor?
—¡Ejecutor! —exclamó Harlan, saltando de su asiento.
—Siéntese, siéntese. Parece sorprendido.
—Nunca he pensado en especializarme como Ejecutor, Programador Twissell.
—Nadie lo piensa —dijo Twissell secamente—. Todos esperan llegar a ser algo, menos eso. Por eso los Ejecutores son difíciles de encontrar y siempre hay puestos vacantes. Ni una sola Sección de la Eternidad tiene los que necesita.
—No creo reunir las condiciones necesarias.
—Quiere decir que no quiere aceptar un puesto difícil. ¡Por Cronos! Si desea servir a la Eternidad, como creo que desea, las dificultades del puesto no deben importarle. Y tendrá la satisfacción de saber que le necesitamos, y mucho. Especialmente yo.
—¿Usted, señor? ¿Usted especialmente?
Hubo un reflejo de astucia en la sonrisa del anciano.
—No será un simple Ejecutor. Será mi Ejecutor personal. Tendrá una categoría especial. ¿Qué le parece ahora?
—No lo sé, señor —dijo Harlan—. Es posible que no reúna condiciones para desempeñar ese puesto. Twissell meneó la cabeza con decisión.
—Yo le necesito. Le necesito a usted. Sus informes y su trabajo me aseguran de que tiene en su cabeza lo que yo necesito. —Se golpeó la frente con el índice—. Su hoja de servicios como Aprendiz es buena; las Secciones en donde ha trabajado como Observador informan favorablemente. Pero lo que me ha convencido ha sido el informe de Finge.
Harlan se sorprendió.
—¿Me es favorable el informe del Programador Finge?
—¿Acaso esperaba lo contrario?
—Pues... no lo sé.
—Bien, muchacho, no he dicho que le fuese favorable. He dicho que me había convencido. En realidad, el
37informe de Finge no habla a su favor. Recomienda que se le releve de todas las misiones relativas a Cambios de Realidad, y sugiere que se le traslade al Servicio de Mantenimiento.
Harlan enrojeció.
—¿Qué motivos tiene para decir eso?
—Por lo visto tiene usted una afición, muchacho. ¿Le interesa la Historia Primitiva, verdad?
Hizo un ademán con su cigarrillo. En su irritación, Harlan se olvidó de contener el aliento, respiró humo y se vio sacudido por un incontenible acceso de tos.
Twissell esperó con calma a que cesara la tos de Harlan y luego continuó:
—¿No es cierto?
—El Coordinador Finge no tiene derecho... —empezó Harlan.
—Tranquilo, hombre. Le he hablado de ese informe porque guarda relación con el trabajo que va a desempeñar para mí. De hecho, el informe era confidencial y secreto, y debe olvidar lo que le he dicho sobre él. Olvidarlo completamente, muchacho.
—Pero ¿qué hay de malo en mi interés hacia la Historia Primitiva?
—Finge opina que su afición demuestra un fuerte Complejo de Retorno. ¿Me comprende ahora, muchacho?
Harlan le comprendía, en efecto. Todo el mundo llegaba a conocer algo de la jerga psiquiátrica. Sobre todo, aquella frase. Se suponía que todos los miembros de la Eternidad sentían una fuerte tendencia, tanto más poderosa por cuanto estaban oficialmente prohibidas todas sus manifestaciones, a regresar, no necesariamente a su propio Siglo, pero cuando menos a un Tiempo definido; a formar parte de un Siglo, en vez de pasar incesantemente a través de todos ellos. Desde luego, en la mayor parte de los Eternos, aquella tendencia permanecía siempre oculta en el subconsciente.
—No creo que sea éste mi caso —dijo Harlan.
—Tampoco yo lo creo. Opino que su afición es interesante y de mucho valor para nosotros. Como le he dicho, por ella me interesa usted. Quiero que enseñe a un Aprendiz que le traeré, todo cuanto sepa y cuanto pueda averiguar sobre Historia Primitiva. Durante el tiempo que le quede libre será mi Ejecutor personal. Ocupará su nuevo cargo dentro de unos días. ¿Está conforme?
¿Conforme? ¿Tener permiso oficial para estudiar cuanto pudiera sobre los años anteriores a la Eternidad? Estar personalmente asociado con el más distinguido de los Eternos? Hasta los aspectos desagradables del cargo de Ejecutor eran soportables bajo aquellas condiciones.
Su cautela, sin embargo, no le abandonó por completo, y dijo:
—Si es necesario para el bien de la Eternidad, señor...
—¿Para el bien de la Eternidad? —exclamó con súbita agitación el pequeño Programador, arrojando su colilla tan bruscamente, que chocó contra la pared y rebotó en medio de una lluvia de chipas—. Le necesito para la misma existencia de la Eternidad.

3
El Aprendiz

Harlan pasó varias semanas en el Siglo 575 antes de' conocer a Brinsley Sheridan Cooper. Tuvo tiempo de acostumbrarse a su nuevo alojamiento, a la higiene y claridad del cristal, a la porcelana. Aprendió a llevar el emblema de Ejecutor sin avergonzarse, y a no empeorar la situación como hacían otros, cuando se colocaban la insignia de manera que la volvían hacia una pared o la tapaban con cualquier otro objeto que llevasen.
Los demás sonreían con desprecio cuando se daban cuenta de tales añagazas y su actitud se hacía aún más desdeñosa, como si sospechasen que ello fuese un intento de ganarse amigos por medio del fingimiento.
El Jefe Programador Twissell le presentaba diversos problemas diariamente. Harlan. los estudiaba y preparaba sus análisis en borradores que rehacía cuatro o cinco veces, entregando la versión final sin estar muy convencido.
Twissell los examinaba meneando la cabeza y al final decía:
—Bien, vamos a ver.
Luego, sus cansados ojos azules miraban rápidamente a Harlan y su sonrisa se hacía fría mientras decía:
—Voy a comprobar sus conjeturas en la Computaplex.
Siempre llamaba «conjeturas» a los análisis de Harlan. Nunca le comunicó el resultado de sus comprobaciones en la Computaplex, y Harlan no se atrevía a preguntar. Le decepcionaba el que nunca fuesen puestas en práctica las recomendaciones de sus análisis. ¿Sería que la Computaplex daba unos resultados diferentes, o que él había seleccionado un punto equivocado para la inducción del Cambio de Realidad? Quizá le faltaba habilidad para encontrar el Cambio Mínimo Necesario dentro de los límites señalados. (Le costó mucho tiempo acostumbrarse a pronunciar aquella frase por sus iniciales, diciendo simplemente C.M.N.)
Un día Twissell vino a verle junto con un joven de aspecto tímido, que a duras penas se atrevía a levantar los ojos para mirar a Harlan.
—Ejecutor Harlan —dijo Twissell—, éste es el Aprendiz B. S. Cooper.
Automáticamente Harlan dijo:
—Encantado.
Examinó el aspecto de aquel hombre y lo que vio le dejó indiferente. El joven era más bien de corta estatura, con negros cabellos peinados con raya en el medio. Tenía la barbilla estrecha y sus ojos eran de color castaño indefinible, mientras que sus orejas eran algo grandes y sus uñas mostraban señales de ser mordidas con frecuencia.
—Éste es el muchacho a quien debe enseñar Historia Primitiva —dijo Twissell.
—¡Por Cronos! —dijo Harlan, animándose de pronto—. ¡Caramba! Encantado de conocerle. Casi había olvidado el asunto.
—Prepare un horario de estudios que le sea satisfactorio, Harlan —dijo Twissell—. Si puede dedicarle dos tardes a la semana, creo que será lo más conveniente. Use sus propios métodos de enseñanza. Dejo esta cuestión a su dirección. Si necesita libros microfilmados o documentos antiguos impresos sobre papel, dígamelo, y si existen en la Eternidad o en cualquier parte del Tiempo adonde podamos llegar, se los buscaremos. ¿Conforme, muchachos?
Como hacía siempre, un cigarrillo apareció en su mano como si lo extrajera del vacío y el aire se llenó de humo. Harlan tosió y, por los gestos que hacía el Aprendiz, era evidente que habría hecho lo mismo si se hubiera atrevido.
Cuando Twissell hubo salido, Harlan dijo:
—Bien, siéntate... —dudó un momento y luego concluyó con decisión—, muchacho. Siéntese, muchacho. Mi despacho no es gran cosa, pero considérese en su casa siempre que estemos juntos.
Harlan estaba lleno de entusiasmo. Se movía en su elemento. La Historia Primitiva era algo a lo que podía dedicar todas sus energías.
El Alumno levantó los ojos por primera vez, y dijo con voz confusa:
—Usted es un Ejecutor.
Gran parte del entusiasmo y alegría de Harlan se desvanecieron.
—¿Y qué hay con eso?
—Nada —dijo el Aprendiz—. Sólo que...
—Ha oído al Programador Twissell dirigirse a mí como Ejecutor, ¿no es así?
—Sí, señor.
—¿Cree que fue un error? ¿Algo tan malo que no puede ser cierto?
—No, señor.
—¿Se le ha comido la lengua el gato? —preguntó Harlan brutalmente, y al hacerlo, sintió vergüenza de tratar al muchacho de aquella forma.
Cooper se ruborizó.
—Aún no domino muy bien el Pantemporal Normalizado.
—¿Por qué no? ¿Cuánto tiempo hace que es Aprendiz?
—Algo menos de un año, señor.
—¿Qué edad tiene?
—Veinticuatro fisio-años, señor. Harlan \e miró fijamente.
—¡No me diga que ha ingresado en la Eternidad a los veintitrés!
—Sí, señor.
Harlan se sentó en una silla y se frotó las manos, pensativo. Aquello no era posible. De quince a dieciséis era la edad de ingreso en la Eternidad. ¿Qué podía significar aquello? ¿Una nueva prueba a la que le sometía Twissell?
—Siéntese y empecemos a trabajar —dijo—. Dígame su nombre completo y su Siglo natal. El Aprendiz tartamudeó:
—Brinsley Sheridan Cooper, del setenta y ocho, señor.
Harlan casi experimentó cierta simpatía por el muchacho. Sólo diecisiete Siglos de distancia del suyo propio. Eran casi unos vecinos en el Tiempo.
—¿Le interesa la Historia Primitiva? —preguntó Harlan.
—El Programador Twissell me ha pedido que la aprenda. No conozco gran cosa sobre este tema.
—¿Qué otras cosas está estudiando?
—Matemáticas: Ingeniería Temporal. Hasta ahora sólo he aprendido los fundamentos básicos. En el Siglo 78, yo era mecánico de Rapidvac.
Harlan no consideró necesario preguntarle qué era Rapidvac. Podía tratarse de una aspiradora eléctrica, una máquina calculadora o cierta marca de pintura por aire comprimido. A Harlan no le importaba en absoluto.
—¿Sabe algo de Historia? —preguntó—. ¿Cualquier clase de Historia?
—He estudiado Historia Europea.
—Supongo que se trata de su grupo político.
—Nací en Europa, en efecto. Desde luego nos enseñaron principalmente Historia Moderna. Quiero decir la posterior a las revoluciones del Siete mil quinientos cincuenta y cuatro.
—Bien. Lo primero que debe hacer es olvidar lo que le han enseñado. No significa nada. La Historia que enseñan a los Temporales se modifica con cada Cambio de Realidad. Desde luego ellos no se dan cuenta. Dentro de cada Realidad, su Historia es la única verdadera. En esto estriba la diferencia con la Historia Primitiva y su belleza. No importa lo que nosotros hagamos, la Historia Primitiva existe precisamente en la forma que siempre ha existido. Colón y Washington, Mussolini y Hereford existen siempre.
Cooper sonrió débilmente. Se pasó el dedo meñique a través del labio superior y por primera vez Harlan se dio cuenta de que tenía allí algunos pelos, como si el Aprendiz empezara a dejarse el bigote.
Cooper dijo:
—En realidad, no acabo de acostumbrarme, a pesar del tiempo que llevo aquí.
—¿Acostumbrarse a qué?
—A encontrarme a quinientos Siglos de distancia del mío.
—Yo también soy de muy cerca. Del Noventa y cinco.
—Eso es otra cosa que me cuesta comprender. Usted es más viejo que yo, pero en otro sentido yo soy diecisiete Siglos más viejo que usted. Podría ser el tatarabuelo de su más remoto antepasado.
—¿Qué importa eso? Supongamos que lo sea.
—Bien, pues cuesta acostumbrarse.
Había un tono de obstinación en la voz del Aprendiz.
—Todos tenemos que pasar por ello —dijo Harlan severamente y empezó a hablar de los Primitivos. Al cabo de tres horas, estaba enfrascado explicando las razones de que existieran Siglos anteriores al Primero de la Eternidad.
(Cooper había preguntado en tono lastimero:
—¿Cómo es posible que el Siglo Uno no sea el Primero?)
Por último Harlan le entregó al Discípulo un libro, no muy bueno, pero que serviría para un principiante.
—Ya le daré libros más avanzados a medida que vayamos progresando en nuestros estudios —le dijo.
Al cabo de una semana, el bigote de Cooper era ya tan visible que le hacía parecer diez años más viejo y además acentuaba la estrechez de su barbilla. Bien mirado, decidió Harlan, aquel bigote no favorecía nada al Aprendiz.
—Ya he terminado el libro —le dijo Cooper.
¿Qué le ha parecido?
—En cierto modo... —hizo una larga pausa y luego continuó la frase—. Algunas partes de los últimos Siglos Primitivos eran muy parecidas al Setenta y ocho. Me han hecho recordar mi hogar. Por dos veces he soñado con mi esposa.
—¿Su esposa? —estalló Harlan.
—Estaba casado antes de venir aquí.
—¡Por el Gran Cronos! ¿Han traído también a su esposa?
Harlan recobró la serenidad. Desde luego, si el Aprendiz tenía veintitrés años cuando ingresó en la Eternidad, era muy posible que estuviese casado. Una cosa sin precedentes conducía inevitablemente a otra.
¿Qué estaba pasando? Si se empezaban a modificar las reglas, pronto se llegaría al punto en que todo se convertiría en un caos. La Eternidad era una organización demasiado delicadamente equilibrada para poder soportar muchas modificaciones.
Quizá fue su irritación en favor de la Eternidad lo que puso una nota de dureza en su voz cuando preguntó:
—¿Supongo que no piensa en regresar al 78.° para ver como sigue su esposa?
El Aprendiz levantó la cabeza y sus ojos eran firmes y serenos.
—No.
Harlan cambió de postura, confuso.
—Bien. Ahora no tiene familia. Ahora es un Eterno y no debe pensar en nadie de los que conoció en el Tiempo normal.
Los labios de Cooper se apretaron y sus rápidas palabras fueron cortantes.
—Está hablando como un Ejecutor.
Harlan apretó los puños sobre la mesa. Dijo con voz ronca:
—¿Qué quiere decir? ¿Que soy un Ejecutor y que tengo la culpa de los Cambios? ¿Que estoy aquí para defenderlos y exigir que los acepte? Mire, muchacho, aún no lleva aquí un año; no puede hablar correctamente el Pan—temporal; está lleno de nociones erróneas sobre el Tiempo y las Realidades, pero ya cree que sabe cuanto hay que saber sobre los Ejecutores y cómo se les puede hablar.
—Lo siento —dijo Cooper rápidamente—. No he querido ofenderle.
—No, no. ¿Quién puede ofender a un Ejecutor? Ya ha escuchado lo que dicen los demás, ¿no es eso? Todos dicen: «Helado como el corazón de un Ejecutor», ¿no es así? También dicen: «Un trillón de personalidades cambiadas cada vez que un Ejecutor bosteza». O quizás algunas cosas peores. ¿Y cuál es la respuesta, señor Cooper? ¿Es que se siente más importante al ponerse al lado de ellos? ¿Ello le convierte en un personaje? ¿Tendrá así más categoría en la Eternidad?
—Ya le he dicho que lo siento.
—Bien. Sólo quiero que sepa que me nombraron Ejecutor hace menos de un mes, y que nunca he inducido un Cambio de Realidad personalmente. Y ahora, volvamos al trabajo.
El jefe Programador Twissell llamó a Andrew Harlan
a su despacho al día siguiente.
—¿Le gustaría dirigir un C.M.N., muchacho? —dijo.
Parecía una coincidencia. Durante toda la mañana Harlan había estado reprochándose su cobardía al negar toda relación personal con el trabajo propio de un Ejecutor; su grito infantil de: «Yo no he sido, yo no tengo la culpa de nada».
Era como admitir tácitamente que había algo reprobable en la misión del Ejecutor, y querer disculparse sólo porque era demasiado nuevo en el oficio para haber tenido tiempo de convertirse en un criminal.
Recibió con alegría la oportunidad de poder eliminar aquella excusa. Era casi una penitencia que se imponía a sí mismo. Ahora podría decirle a Cooper: «Mire, ahora ya lo hice, y millones de personas tendrán nuevas personalidades; pero fue un acto necesario y estoy orgulloso de haber sido la causa de ello».
De manera que Harlan contestó alegremente:
—A su disposición, señor.
—Bien, bien. Le agradará saber —Twissell aspiró y la punta del cigarrillo brilló con un color rojizo— que todos los análisis han demostrado ser de gran precisión.
—Gracias, señor.
Ahora los llamaba análisis, pensó Harlan, y no conjeturas.
—Usted tiene talento. Una mano maestra. Espero grandes cosas de usted, muchacho. Podemos empezar con este Cambio en el Doscientos veintitrés. Su indicación de que simplemente un embrague atascado en cierto vehículo, puede facilitarnos la bifurcación necesaria, sin efectos secundarios perniciosos, es perfectamente exacta. ¿Quiere usted encargarse de atascar ese mecanismo?
—Sí, señor.
Aquella fue la verdadera iniciación de Harlan en su carrera de Ejecutor. Después de aquello se convirtió en algo más que un hombre con un emblema rojo. Había manipulado en la Realidad. Había descompuesto aquel mecanismo de un coche durante unos rápidos minutos sustraídos al Siglo 223, y como resultado, un joven no llegó a tiempo para asistir a una conferencia sobre la Ingeniería Solar, y un sencillo invento retrasó su aparición en diez años críticos. Aunque parecía extraño, debido a todo ello desapareció de la Realidad una guerra en el 224.°.
¿No era aquello un bien? ¿Qué importaba que se modificasen las personalidades? Las nuevas personalidades eran tan humanas como las anteriores y tan merecedoras de vivir. Si algunas personas resultaban con la vida acortada, otras, en cambio, vivían mucho más y más felices. Una gran obra de literatura, un monumento de la inteligencia y sensibilidad del Hombre, nunca se escribió en la nueva Realidad, pero varias copias de la misma se conservaban en las bibliotecas de la Eternidad, ¿no era cierto? En cambio, fueron creadas otras nuevas obras.
A pesar de todo ello, aquella noche Harlan pasó muchas horas atormentado por el insomnio, y cuando finalmente consiguió dormirse, ocurrió algo que no había sucedido en muchos años.
Soñó con su madre.
A pesar de haber tenido unos principios tan sencillos en su carrera, bastó un fisio-año para que a Harlan se le conociera en toda la Eternidad como el «Ejecutor de Twissell» y, con un deje de maligna ironía, como «El Niño Prodigio» y «El Infalible».
Sus relaciones con Cooper llegaron a ser casi agradables. A pesar de ello, no se hicieron íntimos amigos. (Si Cooper hubiese tratado de demostrar su amistad, Harlan no habría sabido corresponderle.) Sin embargo, trabajaban en buena armonía y el interés de Cooper por la Historia Primitiva creció a tal punto que llegó a rivalizar con el propio Harlan.
Un día Harlan le dijo al Aprendiz:
—Mire, Cooper, ¿le molestaría dejar la clase para mañana? Tengo que desplazarme hasta el Tres mil para comprobar una Observación y la persona que necesito ver está libre esta tarde.
Los ojos de Cooper se encendieron de deseo.
—¿No podría acompañarle?
—¿Le gustaría?
—Desde luego. Nunca he estado en una cabina cronomóvil excepto la vez que me trajeron aquí desde el Siglo Setenta y ocho, y entonces no me pude dar cuenta de nada.
Harlan  estaba  acostumbrado  a  usar  la cabina del Tubo C, que, de acuerdo con una costumbre inmemorial, se reservaba a los Ejecutores en toda su inconmensurable longitud a lo largo de los Siglos. Cooper no demostró ningún embarazo porque los demás le viesen en compañía de un Ejecutor. Entró en la cabina sin vacilar y se sentó en el asiento circular que corría a todo lo largo de la pared.
A pesar de ello, cuando Harlan estableció el Campo y lanzó la cabina a gran velocidad hacia el hipertiempo, el rostro de Cooper mostró una expresión casi cómica de sorpresa.
—No siento nada —dijo—. ¿Algo va mal?
—Todo marcha normalmente. No siente nada porque en realidad no se mueve. Estamos lanzados a lo largo de la extensión temporal del Tubo. En realidad —continuó Harlan en tono didáctico—, en este momento ni usted ni yo tenemos materia, a pesar de las apariencias. Cien personas distintas podrían estar usando este aparato al mismo tiempo, moviéndose (si podemos llamarlo movimiento) a diversas velocidades en cada dirección del Tiempo y pasaríamos unos a través de los otros, sin darnos cuenta de nuestra mutua presencia. Las leyes del Universo normal no se aplican a los Tubos del Cronomóvil.
Cooper apretó fuertemente las mandíbulas y Harlan pensó, intranquilo: «El muchacho está estudiando Ingeniería Temporal y probablemente sabe de esto más que yo. ¿Por qué no me callo y dejo de hacer el estúpido?».
Se quedó silencioso y contempló sombríamente a Cooper. Desde hacía meses, el bigote del joven había llegado a su plena expansión. Caía ligeramente sobre las comisuras de la boca, enmarcando sus labios en lo que los Eternos llamaban la línea de Mallansohn, porque la única fotografía reconocida como auténtica del inventor del Campo Temporal (una fotografía oscura y desenfocada) le mostraba con un bigote como aquél. Por tal motivo, aquel tipo de bigote gozaba de cierta popularidad entre los Eternos, aunque sólo favorecía a unos pocos entre ellos.
Los ojos de Cooper estaban fijos en los números del indicador que señalaba el paso de los Siglos con respecto a ellos. Al fin dijo:
—¿Hasta qué distancia en el hipertiempo llegan los Tubos?
—¿Es que aún no le han enseñado eso?
—En realidad, apenas han mencionado ese tema en la escuela.
Harlan se encogió de hombros.
—La Eternidad no tiene fin. El Tubo es infinito.
—¿A qué distancia en el hipertiempo ha llegado usted?
—Este será el Siglo más lejano a que he llegado. El doctor Twissell ha llegado hasta el Cincuenta mil.
—¡Gran Cronos! —suspiró Cooper.
—Ése no es el fin. Algunos Eternos han llegado más allá del Siglo Ciento cincuenta mil.
—¿Qué aspecto tiene?
—Completamente distinto del actual. Hay muchas especies vivientes, pero ninguna humana. El Hombre ha desaparecido.
—¿La especie se ha extinguido? ¿O ha sido destruida?
—No creo que nadie sepa con exactitud lo que sucedió.
—¿Y no podemos hacer algo para cambiar esa situación?
—Verá, a partir de los Setenta mil... —empezó Harlan y luego se interrumpió bruscamente—. Déjelo. Cambiemos de conversación.
Si existía un tema sobre el que los Eternos se sentían casi supersticiosos, era el de los Siglos Ocultos, el Tiempo que transcurría entre los Siglos 70.000 y 150.000. Era un asunto que rara vez se mencionaba en las conversaciones entre Eternos. Sólo gracias a la estrecha relación que unía a Harlan con Twissell, aquél pudo averiguar algunos datos sobre aquella lejana Era. En realidad, toda la información disponible podía resumirse en que los Eternos no podían penetrar en el Tiempo normal durante todos aquellos Siglos. Las puertas que separaban la Eternidad del Tiempo normal eran infranqueables. ¿Por qué? Nadie lo sabía.
Harlan suponía, por algunos comentarios oídos a Twissell, que se había intentado hacer un Cambio de Realidad en los Siglos inmediatamente anteriores al 70.000.°, pero sin Observación adecuada más allá del 70.000.° no se podía hacer nada.
Recordaba que una vez Twissell había dicho riendo: «Algún día entraremos allí. Mientras tanto, los 70.000 Siglos que tenemos son más que suficientes para darnos trabajo».
Sin embargo, su voz no había sonado muy convincente.
—¿Qué le pasa a la Eternidad después del Ciento cincuenta mil? —preguntó Cooper.
Harlan suspiró. Por lo visto, no había manera de cambiar de tema.
—Nada. Las Secciones continúan, pero no hay Eternos en ninguna de ellas después del Setenta mil. Las Secciones continúan durante millones de Siglos hasta que el Sol se convierte en nova y aún siguen, más y más. La Eternidad no tiene fin. Por eso la llamamos Eternidad.
—Entonces ¿el Sol llega a convertirse en nova?
—Ciertamente. La Eternidad no podría existir sino fuese por este hecho. La nova Sol es nuestra fuente de energía. Dígame, ¿sabe qué potencia se necesita para activar un Campo Temporal? El primer Campo de Mallansohn sólo tenía dos segundos desde el extremo hipotiempo hasta el extremo hipertiempo, y consumió toda la energía de una central nuclear durante un día entero. Se necesitaron casi cien años antes de poder enviar un Campo Temporal del grueso de un cabello lo bastante lejos, para poder utilizar la energía radiante de la nova y a fin de construir un Campo que pudiera acomodar a un hombre.
Cooper suspiró.
—Quisiera haber llegado a un punto en mis estudios en que dejaran de hacerme aprender ecuaciones y mecánica de Campo y empezaran a enseñarme algo interesante. Si yo hubiese vivido en el Tiempo de Mallansohn...
—No habría podido aprender nada. Él vivió en el Siglo Veinticuatro, pero la Eternidad no empezó hasta finales del Veintisiete. Ya comprenderá que inventar el Campo no es lo mismo que construir la Eternidad, y los hombres del Veinticuatro no tenían la menor idea de la tremenda importancia del invento de Mallansohn.
—¿Quiere decir que estaba muy por delante de su generación?
—Exactamente. No solamente inventó el Campo Temporal, sino que describió los fundamentos básicos que hicieron posible la Eternidad, y predijo casi todos los aspectos de su funcionamiento excepto los Cambios de Realidad. En realidad, estuvo muy cerca de la verdad... pero creo que nos hemos detenido, Cooper. Vámonos.
Salieron de la cabina.
Harlan nunca había visto al Jefe Programador Twissell tan irritado como en aquella ocasión. La gente decía que era incapaz de albergar ningún sentimiento, que era un instrumento sin alma de la Eternidad, hasta el punto de haber olvidado la cifra exacta de su Siglo natal. Decían que a muy temprana edad su corazón se había atrofiado y que en su lugar le habían colocado una calculadora de bolsillo, parecida a la que llevaba siempre en el bolsillo de sus pantalones.
Twissell nunca se había molestado en desmentir esos rumores. En realidad mucha gente se figuraba que él mismo había llegado a creérselos.
Por esto Harlan, incluso mientras se doblegaba ante el iracundo huracán de palabras, todavía se maravillaba del hecho de que Twissell fuese capaz de dejarse llevar Por la ira. Se preguntó si más tarde Twissell se sentiría mortificado, al darse cuenta que su corazón le había traicionado revelándose únicamente como un pobre amasijo de músculos y venas, sujeto a los vaivenes de la emoción.
Entre otras cosas, Twissell le dijo, con voz aguda de rabia:
—¡Por el Padre Cronos, muchacho! ¿Es que se cree ya miembro del Gran Consejo Pantemporal? ¿Es usted quien da las órdenes por aquí? ¿Es usted quien me dice lo que tengo que hacer, o soy yo quien le ordena el trabajo que debe realizarse? ¿Es usted quien dispone todos los viajes de las cabinas en esta Sección? ¿Es que ahora tendremos que acudir a usted para pedirle permiso?
Se interrumpía a menudo con bruscas interjecciones como:
—Contésteme, vamos, contésteme —y luego continuaba lanzando más preguntas desde el hirviente fondo de su ira.
Al final dijo:
—Si alguna otra vez vuelve a salirse de sus atribuciones, le mandaré al Servicio de Mantenimiento como simple operario para siempre. ¿Me ha entendido? .
Harlan, pálido de confusión y vergüenza, contestó:
—Nunca se me dijo que el Discípulo Cooper no debía ser llevado en cabina.
Aquella explicación no sirvió para calmar la irritación de Twissell.
—¿Qué excusa es una doble negativa, muchacho? Nunca se le ha dicho que no lo emborrache. Nunca se le ha dicho que no le afeite la cabeza a rape. Nunca se le ha dicho que no le quite la piel a tiras con una navaja de afeitar. ¡Por el gran Padre Cronos, muchacho! ¿Qué se le dijo que hiciera con él?
—Tengo instrucciones de enseñarle Historia Primitiva.
—Entonces, haga eso, ni más ni menos.
Twissell dejó caer su cigarrillo al suelo y lo aplastó salvajemente con el tacón, como si se tratase de un enemigo mortal.
—Quisiera indicarle, Programador —dijo Harlan—, que muchos Siglos de la presente Realidad se parecen a ciertas eras específicas de la Historia Primitiva en varios aspectos. Tenía la intención de llevarlo a esos Tiempos,
previa una programación espacio—temporal cuidadosa, a modo de viaje de estudios.
—¿Qué? Dígame, cabezota, ¿es que no piensa pedir permiso para nada? No y no. Limítese a enseñarle Historia Primitiva. Nada de viajes de estudios. No haga ningún experimento en el Laboratorio. Cualquier día se le podría ocurrir hacer un Cambio de Realidad, para que aprendiera el procedimiento.

4
El Programador

Harlan había pasado dos años como Ejecutor cuando regresó al Siglo 482, por primera vez desde que lo había abandonado para ir a trabajar con Twissell. Casi no lo reconoció.
El Siglo no había cambiado, pero él sí.
Dos años como Ejecutor habían significado mucho para él. En cierto modo habían aumentado su aplomo. Ya no tenía que aprender nuevos idiomas, nuevas formas de vestido y nuevas maneras de vivir con cada proyecto de Observación al que fuese destinado. Por otro lado, Harlan se había encerrado en sí mismo. Casi había llegado a olvidar la camaradería que unía al resto de los Especialistas en toda la Eternidad.
Pero, principalmente, había saboreado el poder de ser un Ejecutor. Había tenido el Destino de millones de personas en sus manos, y si por ello debía seguir un camino solitario, podía recorrerlo con orgullo.
De modo que pudo mirar fríamente al técnico de Comunicaciones que ocupaba la mesa de recepción en el 482.° y anunciarse a sí mismo con acento preciso.
—Andrew Harlan, Ejecutor, presentándose al Programador Finge con destino eventual en el Siglo Cuatrocientos ochenta y dos.
No hizo el menor caso de la rápida mirada que le lanzó el hombre de mediana edad a quien se dirigía.
Era lo que muchos llamaban el «vistazo al Ejecutor», una rápida e involuntaria mirada disimulada al emblema rojo que los Ejecutores ostentaban en el hombro, seguida de unos mal disimulados esfuerzos para no volver a mirarlo.
Harlan se fijó en el emblema del otro. No era ni el amarillo del Programador, ni el verde del Analista, ni el azul del Sociólogo, ni el blanco del Observador. Simplemente una barra azul sobre fondo blanco. Aquel hombre pertenecía a Comunicaciones, una rama del Servicio de Mantenimiento y no llegaba ni con mucho a la categoría de Especialista.
Pero también se permitía «el vistazo al Ejecutor».
Harlan dijo con cierta acritud:
—¿Bien?
Comunicaciones contestó rápidamente:
—Estoy llamando al Programador Finge, señor.
Harlan recordaba al 482.° como sólido y vigoroso, pero ahora le parecía algo triste y escuálido.
Se había acostumbrado al cristal y a la porcelana del 575.°, a su obsesión por la higiene. Se había acostumbrado a un mundo de blancura y claridad, sólo interrumpido por ligeros toques de color pastel.
Las pesadas paredes estucadas del 482.°, con sus fuertes colores vivos y sus superficies de metal pintado, le parecieron casi repulsivas.
Hasta Finge le pareció distinto, como empequeñecido. Dos años antes, cada gesto de Finge había parecido siniestro y poderoso al Observador Harlan.
Ahora, desde la solitaria altura de su cargo de Ejecutor, Finge le parecía un hombre patético y confuso. Harlan le contempló mientras hojeaba una pila de láminas preparándose para atender al recién llegado, con el aire del que ya ha hecho esperar lo suficiente a la visita.
Finge pertenecía a un Siglo, el 600°, basado en la energía pura. Twissell se lo había contado y aquello explicaba muchas cosas. Los arrebatos de malhumor de Finge podían ser el resultado de la inseguridad natural en un hombre acostumbrado a la solidez de los Campos de energía, que se sentía desgraciado al tener que vivir entre estructuras de débil materia. Harlan recordaba bien el felino paso de Finge, pues a menudo había levantado la vista de su trabajo para encontrarse a Finge de pie a su lado, observándole, sin que Harlan hubiera advertido su llegada. Ahora comprendía que ello no era un carácter traicionero, sino más bien el temeroso caminar del que teme constantemente que el suelo pueda hundirse bajo su peso.
Harlan pensó, condescendiente: «Finge está mal adaptado a esta Sección. Posiblemente lo único que puede ayudarle es que lo trasladen».
—Saludos, Ejecutor Harlan —dijo Finge.
—Saludos, Programador —contestó Harlan.
—Por lo visto, en los dos años desde que... —empezó Finge.
—Dos fisio-años —corrigió Harlan. Finge lo miró sorprendido.
—Desde luego, dos fisio-años.
En la Eternidad no existía el Tiempo tal como se le consideraba normalmente en el universo exterior, pero los organismos de los 'hombres envejecían y ésta era la inevitable medida del Tiempo, aun en ausencia de fenómenos físicos significativos. Fisiológicamente el Tiempo pasaba, y en un fisio-año en la Eternidad un hombre se hacía tan viejo como hubiera ocurrido durante un año ordinario en el Tiempo normal.
Sin embargo, sólo los más pedantes entre los Eternos cuidaban de subrayar aquella distinción, y aun eso raramente. Era mucho más conveniente decir: «Hasta mañana» o «No pude localizarte ayer» o «Nos veremos la semana que viene», como si el mañana o el ayer existieran en algo más que en el sentido puramente fisiológico. Y se tuvieron en cuenta los instintos de la Humanidad, dividiendo las actividades de la Eternidad en un día arbitrario de veinticuatro fisio-horas, fingiendo creer en la presencia del día y de la noche, del hoy y del mañana. Finge continuó:
—Por lo visto, en los dos fisio-años desde que usted se marchó, se ha ido formando una crisis en el Cuatrocientos ochenta y dos. Una crisis bastante extraña, delicada, casi sin precedentes. Necesitamos ahora de una Observación más exacta que nunca.
—¿Y usted me necesita como Observador?
—Sí. No es rentable pedir a un Ejecutor que realice tareas de Observador, pero las anteriores Observaciones de usted fueron perfectas en cuanto a claridad y penetración. Necesitamos sus cualidades de nuevo. Ahora voy a darle unos cuantos detalles...
De aquellos detalles Harlan no iba a enterarse inmediatamente. Finge habló, pero la puerta se abrió en el mismo instante y Harlan no oyó lo que le decía.
Se quedó contemplando a la persona que acababa de entrar.
No era que Harlan no hubiese visto a una muchacha en la Eternidad otras veces.
¡Pero una muchacha como aquélla! ¡Y en la Eternidad!
Harlan había visto a muchas mujeres en sus viajes por el Tiempo, pero allí sólo eran objetos para él, como las paredes y las calles, los animales y los insectos. Estaban hechos simplemente para ser observados.
En la Eternidad una muchacha era algo distinto. Sobre todo si era como aquélla.
Iba vestida según la moda de las clases elevadas del 482.a, es decir, con una blusa de un material parecido a la seda y unos pantalones del mismo material que le llegaban a la rodilla. Éstos, sin ser transparentes, sugerían unas formas muy femeninas.
Su cabello era negro azabache, en melena hasta los hombros, mientras que sus labios rojos estaban cuidadosamente perfilados. Los párpados y el lóbulo de las orejas eran de un color rosa pálido mientras el resto de su juvenil (casi infantil) rostro era sorprendentemente blanco.
La muchacha se apoyó en el escritorio que estaba en un rincón del despacho de Finge, y sólo levantó sus largas pestañas una vez para lanzar una rápida mirada al rostro de Harlan.
Cuando Harlan reparó de nuevo en la voz de Finge, éste estaba diciendo:
—Recibirá toda esta información en el resumen oficial. Mientras tanto puede disponer de su antiguo despacho y de las mismas habitaciones.
Harlan se halló fuera de la oficina de Finge sin recordar exactamente cómo había salido de allí. Probablemente se había marchado sin despedirse.
Entre las emociones que lo dominaban, la más saliente era la ira. ¡Por Cronos! ¡No se podía permitir que Finge hiciera esas cosas! Sería de pésimos efectos sobre la moral del personal. Era una burla...
Se detuvo, aflojó los puños y dejó de apretar las mandíbulas. ¡Ahora verían! Sus pasos resonaron fuertemente en sus propios oídos mientras se dirigía con decisión al técnico de Comunicaciones que estaba en recepción.
Comunicaciones levantó la vista, sin mirarle de frente, y dijo con precaución:
—¿Diga, señor?
—Hay una mujer en el despacho del Programador Finge —dijo Harlan—. ¿Es nueva aquí?
Quiso que pareciese una pregunta indiferente. Se trataba de aparentar que hacía una pregunta ociosa, casual. Pero le pareció que sonaba como un toque de clarín.
Aquello despertó la atención del técnico. La mirada de sus ojos expresó algo de lo que hace a todos los hombres compañeros, Ejecutores inclusive. El técnico dijo:
—¿Se refiere a aquella morena? ¡Estupenda! ¿No le parece que tiene un cuerpo como una estatua de energía pura?
Harlan tartamudeó ligeramente.
—Limítese a contestar a mi pregunta. El técnico le lanzó una ojeada, y su simpatía se desvaneció.
—Es nueva aquí —dijo—. Es una Temporal.
—¿Cuál es su empleo?
El de Comunicaciones esbozó una lenta sonrisa que se convirtió en una mueca.
—Se supone que es la secretaria del Jefe. Su nombre es Noys Lambent.
—Perfecto.
Harlan dio media vuelta y se marchó.
El primer viaje de Observación de Harlan al 482.° tuvo lugar al día siguiente, pero sólo duró treinta minutos. Se trataba de un viaje de orientación, preparado para que pudiera hacerse una idea de la situación. Reingresó una hora y media al otro día; el tercer día no fue al Tiempo normal.
Ocupó las horas estudiando sus informes anteriores, refrescando la memoria en sus propias anotaciones, revisando el sistema idiomático de aquel Siglo, familiarizándose de nuevo con las costumbres locales.
El 482.° había soportado un Cambio de Realidad, aunque de poca importancia. Un partido político que fue predominante había desaparecido, pero por lo demás la organización social no parecía haber cambiado.
Sin darse plena cuenta de ello se dedicó a buscar en sus viejos informes la información disponible sobre la aristocracia. Sin duda había realizado Observaciones.
Los datos estaban allí, pero eran impersonales, distantes. Sus comentarios se referían a un grupo social, no a los individuos.
Desde luego sus programas de trabajo espaciotemporales nunca le habían exigido o permitido observar a la aristocracia en su propio ambiente. Las razones no estaban al alcance de un Observador. Se sentía irritado consigo mismo por sentir curiosidad respecto a aquellos detalles.
Durante aquellos tres días tuvo ocasión de ver a la muchacha Noys Lambent cuatro veces. Al principio sólo se había fijado en sus ropas y en su aspecto general. Ahora se dio cuenta de que medía un metro setenta de altura, un poco más baja que él. Sin embargo, era delgada y andaba de un modo erguido y gracioso que la hacía parecer más alta. Tenía más edad de la que aparentaba a primera vista, quizá frisaba en los treinta, y desde luego pasaba de los veinticinco...
Era tranquila y reservada. Una vez, cuando se cruzaron en el pasillo, le sonrió para luego bajar los ojos. Harlan se hizo a un lado para evitar el rozarla, y luego continuó su camino, sintiéndose irritado consigo mismo.
Al final del tercer día. Harlan empezaba a creer que su condición de Eterno le exigía una resolución. No había duda de que a ella le agradaba estar allí. No había duda de que Finge no infringía la letra de la Ley. Sin embargo, la poca discreción de Finge en aquel asunto y su descuido iban contra el espíritu de las ordenanzas, y ya era hora que se pusiera remedio a aquella afrenta.
Harlan decidió que no había un hombre en toda la Eternidad que le desagradase tanto como Finge. Las excusas que había tenido para él, hacía sólo unos cuantos días, le parecieron ya carentes de valor.
En la mañana del cuarto día, Harlan solicitó y recibió permiso para hablar con Finge en privado. Entró en el despacho con paso decidido y fue directo al grano, no sin sorpresa para él mismo.
—Programador Finge, sugiero que la señorita Lambent sea devuelta al Tiempo normal.
Finge apretó los labios, le indicó una silla con un gesto, juntó las manos cerradas bajo la barbilla y enseñó parte de sus dientes.
—Por favor, siéntese, siéntese. ¿Le parece que la señorita Lambent es incompetente? ¿Ineficiente?
—En cuanto a su eficiencia o ineficiencia, Programador, no tengo nada que decir. Depende del trabajo que deba realizar, y yo no le he encargado ninguno. Pero comprenderá usted que su presencia es perniciosa para
la moral de la Sección.
Finge le miró sin verle, como si su cerebro de Progra—mador estuviera sopesando abstracciones incomprensibles para un Eterno corriente.
—¿En qué manera cree que daña nuestra moral, Ejecutor?
—No creo que sea necesario explicarlo más —dijo Harlan, cada vez más irritado—. Sus ropas son exhibicionistas. Su...
—Espere, espere. Un momento, Harlan. Usted ha sido Observador en este Siglo. Ya sabe que sus vestidos corresponden a la moda corriente en el Cuatrocientos ochenta y dos.
—En su propio ambiente, en su medio cultural normal, no tendría nada que decir, si bien me parece que sus trajes son extremados inclusive para el Cuatrocientos ochenta y dos. Creo que me permitirá opinar sobre este punto. Pero aquí, en la Eternidad, esa persona está ciertamente fuera de lugar.
Finge asintió con la cabeza. En realidad, parecía disfrutar con aquella discusión. Harlan se puso rígido.
—Está aquí con una finalidad determinada —dijo Finge—. Realiza una función importante, aunque eventual. Trate de soportarla mientras tanto.
Los labios de Harlan temblaron. Había presentado su protesta y la habían dejado de lado. Diría lo que pensaba.
—Ya puedo imaginar cuál es la función esencial de esa mujer. Pero el tenerla de un modo tan descarado no debería permitirse.
Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. La voz de Finge le detuvo.
—Ejecutor, sus relaciones con Twissell pueden haberle dado una idea exagerada de su propia importancia. Debe corregirla. Y mientras tanto, dígame, Ejecutor, si ha tenido nunca —vaciló un segundo, buscando la palabra adecuada— una novia.
Con deliberada e insultante precisión, y dando todavía la espalda a Finge, Harlan recitó:
—A fin de evitar relaciones emocionales con el Tiempo normal, un Eterno no debe casarse. A fin de evitar relaciones emocionales con su familia, un Eterno no debe tener hijos.
El Coordinador dijo gravemente:
—No le hablo de casamiento ni de hijos. Harlan siguió recitando:
—Se podrán tener relaciones eventuales con los Temporales previa la debida solicitud al Departamento Central del Gran Consejo Pantemporal, que dispondrá el Análisis individualizado del Temporal en cuestión. Las relaciones deberán atenerse a las limitaciones del programa específico espacio—temporal que haya sido concedido.
—En efecto. ¿Nunca ha presentado una solicitud para relaciones eventuales, Ejecutor?
—No, Programador.
—¿Ni piensa hacerlo?
—No, Programador.
—Quizá le convendría. Le daría mayor amplitud de miras. Es posible que entonces se fijase menos en detalles como los vestidos de una muchacha, ni tampoco en sus posibles relaciones con otros Eternos.
Harlan salió, mudo de rabia.

Le resultó casi imposible realizar su viaje diario por el 482.°, aunque el período más largo de permanencia seguía siendo de algo menos de dos horas.
Se sentía violento, y conocía la causa. ¡Finge! Finge y sus groseros consejos respecto a las relaciones con Temporales.
Las relaciones existían. Todo el mundo lo sabía. La Eternidad siempre había tenido en cuenta la necesidad de consentir los apetitos humanos (para Harlan aquella frase tenía un significado repulsivo), pero las restricciones impuestas a la selección de amantes hacían muy rígida y poco generosa tal tolerancia. Los escasos afortunados que conseguían una situación semejante debían portarse con la mayor discreción, por consideración a la mayoría y por decencia.
Entre las clases inferiores de Eternos, especialmente entre los de Mantenimiento, siempre corrían rumores de mujeres importadas en forma más o menos permanente y por razones obvias. El rumor siempre señalaba a los Programadores y a los Analistas como los más beneficiados.
Ellos y sólo ellos sabían decidir qué mujeres podían ser trasladadas del Tiempo normal hacia la Eternidad sin peligro para la Realidad actual.
Mucho menos sensacionales, eran las historias que contaban sobre las empleadas Temporales que cada Sección contrataba como eventuales (siempre que el análisis espacio—temporal lo permitiese) para desempeñar las aburridas tareas de cocinar, limpiar y lavar.
Pero una Temporal, aquella Temporal, y empleada como secretaria, sólo podía significar qué Finge se burlaba de los ideales que habían hecho de la Eternidad una organización gloriosa.
Aparte de las exigencias físicas, a las cuales los prácticos Jefes de la Eternidad se sometían con indiferencia, seguía siendo cierto que el Eterno ideal era un hombre austero, que sólo vivía para la misión a la que era destinado, para la mejora de la Realidad y para incrementar la suma de la felicidad humana. A Harlan le gustaba pensar en la Eternidad, como si fuese uno de aquellos antiguos monasterios de los Tiempos Primitivos.
Aquella noche soñó que había hablado con Twissell sobre aquel asunto y que éste, el Eterno ideal, compartía su repulsión. Soñó que Finge era degradado y trasladado. Se vio a sí mismo con el emblema de Programador. Implantaba un nuevo régimen en el 482.° y relegaba a Finge a una posición secundaria en Mantenimiento. Twissell estaba a su lado, sonriendo con admiración, mientras él fijaba un nuevo programa de organización, claro, simple y efectivo, y ordenaba a Noys Lambent que distribuyera copias entre los asistentes.
Pero ella estaba desnuda, y Harlan despertó tembloroso y avergonzado.
Un día encontró a la muchacha en un corredor y Harlan se hizo a un lado para dejarla pasar, sin mirarla.
Ella se plantó ante él, obligándole a mirarla y a enfrentarse con sus ojos. Estaba llena de vida y de colorido y Harlan aspiró el perfume que emanaba su persona.
—¿Es usted el Ejecutor Harlan, no es así? —dijo ella.
Su primer impulso fue ignorarla, alejarse de allí. Pero al fin y al cabo, se dijo a sí mismo, ella no tenía la culpa. Además, tendría que rozarla para marcharse.
Harlan asintió brevemente.
—Sí.
—Me han dicho que es un experto en nuestro Tiempo.
—He estado allí.
—Me gustaría hablar de esto con usted, algún día.
—Estoy muy ocupado. No tengo tiempo.
—Pero, señor Harlan, quizá consiga encontrar un rato algún día.
Ella le sonrió.
Harlan dijo en voz baja, desesperado:
—¿Quiere pasar, o prefiere hacerse a un lado para que pueda pasar yo? ¡Hágame el favor!
Ella se hizo a un lado, con un movimiento de caderas que encendió de rubor las mejillas de Harlan; éste se sintió irritado contra ella por haberle hecho perder la serenidad, irritado consigo mismo por la misma causa y principalmente, por alguna oscura razón, irritado contra Finge.
Finge le llamó dos semanas más tarde. Sobre su mesa tenía una lámina de intrincadas perforaciones cuya longitud reveló a Harlan que esta vez no se refería a ninguna excursión de media hora en el Tiempo normal.
—¿Quiere sentarse, Harlan, y examinar este programa espacio—temporal? —dijo Finge—. No, no lo haga directamente. Utilice la lectora.
Harlan enarcó las cejas con un gesto de indiferencia e insertó cuidadosamente la lámina en la abertura de la lectora que estaba sobre la mesa de Finge. La lámina fue penetrando lentamente en el interior de la máquina y a medida que lo hacía, los grupos tabulados de perforaciones iban siendo traducidos a palabras que aparecían en el rectángulo de cristal del visor.
Antes de llegar a la mitad, Harlan alzó rápidamente la mano y desconectó el mecanismo. Arrancó la lámina con tal fuerza, que se rasgó a pesar de su fuerte contextura.
Finge dijo tranquilamente:
—Tengo otra copia.
Harlan sostenía los restos de la lámina entre el pulgar y el índice como si temiera que fuesen a estallar.
—Programador Finge, aquí hay algún error. No es posible que se me ordene utilizar la casa de esa mujer como base para una permanencia de casi una semana en el Tiempo normal.
El Programador hizo una mueca.
—¿Y por qué no, si las especificaciones espacio—temporales lo requieren? Pero si hay diferencias personales entre usted y la señorita Lambent...
—No existen cuestiones personales —interrumpió Harlan.
—Es posible que sea otra clase de cuestiones. En vista de las circunstancias, voy a explicarte ciertos aspectos del problema de esta Observación. Desde luego, ello no debe sentar precedente.
Harlan no contestó. Estaba pensando a toda velocidad. De ordinario, por orgullo profesional habría desdeñado toda explicación. Un Observador, o un Ejecutor, hacía su trabajo sin formular preguntas. Y normalmente un Programador ni siquiera soñaba en ofrecer explicaciones.
Sin embargo, aquí había algo fuera de lo corriente. Harlan se había quejado de la presencia de la muchacha, a la que llamaban secretaria. Quizá temiera Finge que la queja llegara más lejos. («Los culpables huyen sin que nadie los persiga», pensó Harlan con amarga satisfacción, y trató de recordar dónde había leído aquella frase.)
La estrategia de Finge era evidente, por lo tanto. Alojando a Harlan en casa de la mujer podría oponer contraacusaciones, si la cuestión llegaba demasiado lejos. Harlan no podría atestiguar contra él.
Desde luego, debía tener una buena explicación para enviar a Harlan a semejante lugar. Ahora iba a presentarla. Harlan escuchó con mal disimulado desprecio.
—Como sabe, todos los Siglos conocen la existencia de la Eternidad —empezó Finge—. Saben que controlamos el comercio intertemporal. Creen que ésta es nuestra función principal, lo cual es conveniente para nosotros. También tienen una vaga idea de que estamos aquí para impedir que le ocurra ninguna catástrofe a la Humanidad. Esto es más una superstición que otra cosa, pero es más o menos exacta y también conveniente. Damos a todas las generaciones una imagen paternal y cierta sensación de seguridad. ¿Lo comprende, no es cierto?
Harlan pensó: «¿Me habrá tomado por un Aprendiz?».
Pero asintió brevemente.
Finge continuó:
—Hay algunas cosas, sin embargo, que no deben saber. La más importante, por supuesto, es la forma en que alteramos la Realidad cuando es necesario. La inseguridad que tal información crearía sería muy peligrosa. Es preciso eliminar siempre de todas las Realidades cualquier factor susceptible de hacer que se filtre tal información, y nunca hemos tenido dificultades en conseguirlo. Sin embargo, siempre aparecen otras creencias indeseables sobre la Eternidad, que nacen de tiempo en tiempo en uno u otro Siglo. Normalmente, las creencias más peligrosas son las que tienden a prevalecer entre las clases dominantes de cada época, que son las que tienen más contacto con nosotros y que, al mismo tiempo, suelen arrastrar a lo que se llama la opinión pública.
Finge hizo una pausa, como si esperase que Harlan fuese a hacer algún comentario o pregunta. Pero éste guardó silencio. Finge continuó:
—Desde el Cambio de Realidad Cuatrocientos treinta y tres—Cuatrocientos ochenta y seis, número de serie F—Dos, que se realizó hace un año... un fisio-año, quiero decir, tenemos pruebas de que se ha incorporado a la Realidad actual una de esas creencias indeseables. He llegado a ciertas conclusiones respecto a la naturaleza de esta creencia y las he presentado al Gran Consejo Pan—temporal. El Consejo no se muestra muy dispuesto a aceptarla, pues dependen de la realización de una alternativa del cálculo de programación, cuya probabilidad es extremadamente baja. Antes de poner en práctica mis recomendaciones, se me exige una confirmación por medio de una Observación directa. La misión es de naturaleza muy delicada, y por esta razón he solicitado su ayuda y el Jefe Programador Twissell ha permitido que usted colabore con nosotros. También me he ocupado de localizar a un miembro de la aristocracia actual que hallase interesante o emocionante el trabajar en la Eternidad. La he destinado a esta oficina y la he mantenido bajo estrecha vigilancia para determinar si era adecuada para nuestro propósito...
Harlan pensó: «¡Estrecha vigilancia! ¡Cómo no!».
De nuevo su irritación se dirigía más contra Finge que contra la muchacha.
Finge seguía hablando.
—Por lo visto, ella es lo que necesitamos. Ahora vamos a devolverla a su Tiempo. Usaremos su casa como base, desde donde usted podrá estudiar la vida social de su círculo de amistades. ¿Comprende ahora la razón de tener a esta muchacha aquí, y por qué quiero que usted se aloje en su casa?
Harlan dijo, con no disimulada ironía:
—Lo comprendo perfectamente, puedo asegurárselo.
—Entonces, debe aceptar esta misión. Harlan salió hecho una fiera. No iba a tolerar que Finge le engañase. Nadie se burlaba de él impunemente.
Sin duda fue el ardor de la batalla, la determinación de derrotar a Finge, lo que le hizo experimentar aquella ansiedad, casi impaciencia, ante la idea de su próximo viaje al 482.°
No existía otra razón para ello.


5
La Temporal

La residencia de Noys Lambent estaba algo aislada, aunque a corta distancia de una de las principales ciudades del Siglo. Harlan conocía muy bien aquella ciudad; la conocía mejor que cualquiera de sus habitantes. En sus Observaciones de exploración dentro de aquella Realidad, había visitado todos los distritos de la ciudad durante todas las décadas dentro de los límites de la Sección.
Conocía la ciudad a la vez en el Espacio y en el tiempo. Podía imaginarla como una unidad, concebirla como a un organismo vivo, en pleno desarrollo, con sus catástrofes y sus reconstrucciones, sus alegrías y sus penas. Ahora estaba en una semana determinada del Tiempo en aquella ciudad, que era como un fotograma inmovilizado de su lenta vida de acero y hormigón.
Aún más importante, sus exploraciones preliminares, se habían centrado de preferencia en los «periecos», los ciudadanos más importantes, que, sin embargo, vivían lejos, en relativo aislamiento.
El 482.° era uno de tantos Siglos en que la riqueza estaba desigualmente distribuida. Los Sociólogos tenían una fórmula para aquel fenómeno (que Harlan había es5 La Temporal
La residencia de Noys Lambent estaba algo aislada, aunque a corta distancia de una de las principales ciudades del Siglo. Harlan conocía muy bien aquella ciudad; la conocía mejor que cualquiera de sus habitantes. En sus Observaciones de exploración dentro de aquella Realidad, había visitado todos los distritos de la ciudad durante todas las décadas dentro de los límites de la Sección.
Conocía la ciudad a la vez en el Espacio y en el tiempo. Podía imaginarla como una unidad, concebirla como a un organismo vivo, en pleno desarrollo, con sus catástrofes y sus reconstrucciones, sus alegrías y sus penas. Ahora estaba en una semana determinada del Tiempo en aquella ciudad, que era como un fotograma inmovilizado de su lenta vida de acero y hormigón.
Aún más importante, sus exploraciones preliminares, se habían centrado de preferencia en los «periecos», los ciudadanos más importantes, que, sin embargo, vivían lejos, en relativo aislamiento.
El 482.° era uno de tantos Siglos en que la riqueza estaba desigualmente distribuida. Los Sociólogos tenían una fórmula para aquel fenómeno (que Harlan había estudiado en los libros, pero que sólo comprendía vaga­mente). La fórmula se reducía a tres ecuaciones, aplica­bles a cualquier Siglo dado. Para el 482 °, las tres ecua­ciones indicaban un desequilibrio casi intolerable. Los Sociólogos meneaban tristemente la cabeza sobre ello y Harlan había oído cómo uno de ellos dijo que cualquier empeoramiento de la situación debido a nuevos Cambios de Realidad, requería la «más estrecha observación».
Sin embargo, una cosa justificaba aquella desfavora­ble distribución de la riqueza. Llevaba consigo la exis­tencia de una clase social desocupada y brillante, y el desarrollo de un estilo de vida atractivo, protector de la cultura y las artes. Mientras el otro extremo de la escala no estuviese demasiado desfavorecido, mientras las cla­ses desocupadas no olvidasen completamente las respon­sabilidades inherentes a sus privilegios, mientras su cultu­ra no llevase a extremos perniciosos, la Eternidad pre­fería tolerar una distribución injusta de la riqueza para dedicarse a corregir otros males menos llamativos.
Contra su voluntad, Harlan empezaba a comprender ese punto de vista. Normalmente sus estancias noctur­nas en el Tiempo normal le llevaban a hoteles en los dis­tritos más pobres, donde uno pudiera pasar desapercibi­do, donde nadie hacía caso de los forasteros, donde una presencia más o menos no significaba nada y, por lo tan­to, apenas estremecía la trama de la Realidad. Cuando aun eso era peligroso, cuando existía la posibilidad de que la intrusión sobrepasase el punto crítico e hiciese derrumbarse una parte importante del castillo de naipes de la Realidad, lo corriente era dormir debajo de un seto en el campo.
Y normalmente, primero era preciso explorar más de un seto, para comprobar cuál de ellos no sería visitado durante la noche por granjeros, vagabundos o inclusive perros callejeros.
Pero esta vez, Harlan contemplaba las cosas desde el otro extremo de la escala social. Dormía en una cama, sobre colchón de materia energizada, una rara mezcla de materia y energía que sólo estaba al alcance de las clases más ricas de la sociedad. En todos los Tiempos, dicho material era menos corriente que la materia pura, pero más que la energía pura. En todo caso se amoldaba per­fectamente al cuerpo de Harlan, firme cuando permanecía quieto y blando cuando rebullía en su sueño.
Harlan hubo de admitir que tales comodidades resul­taban atractivas, y comprendió la sabiduría de la Eter­nidad al disponer que todas las Secciones se adaptaran al término medio de su Siglo, en vez de disfrutar de las máximas comodidades. De este modo, uno podía mantene­rse en contacto con todos los problemas del Siglo, sin identificarse demasiado estrechamente con ninguno de sus extremos sociales.
Resultaba fácil, pensó Harlan aquella primera noche, vivir como un aristócrata.
Y antes de quedarse dormido, pensó en Noys.
Soñó que se encontraba en el Gran Consejo Pantem­poral, con las manos entrelazadas en gesto severo. Veía a un diminuto, muy diminuto Finge, que escuchaba con horror la sentencia que lo desterraba de la Eternidad, condenado a perpetua Observación en un Siglo arcano del más alejado hipertiempo. Las fatales palabras de la sentencia surgían lentamente de la boca de Harlan, y sen­a su lado estaba Noys Lambent.
Al principio Harlan no se había dado cuenta de ello, pero luego miró de repente hacia ella, y sus palabras se hicieron entrecortadas.
¿Es que los demás no podían verla? Los otros miem­bros del Gran Consejo miraban fijamente hacia delante, excepto Twissell. Éste se inclinó y le sonrió a Harlan, mirando a través de la muchacha, como si ésta no se en­contrase allí.
Harlan quiso ordenarle que se marchase, pero las pa­labras no brotaban de sus labios. Trató de golpear a la muchacha, pero su brazo se movió despacio, muy despacio y ella no se movió. Seguía inmóvil a su lado. Tenía la piel helada.
Finge ahora se reía, reía, reía...
De súbito se dio cuenta de que estaba despierto y que era Noys la que reía.
Harlan abrió los ojos a la brillante luz del sol y contempló a la muchacha por un momento, antes de darse cuenta de dónde estaban y quién era ella.
—Estaba quejándose y golpeando la almohada —dijo ella—. ¿Acaso tenía una pesadilla? Harlan no contestó.
—Su baño está preparado. También sus nuevas ropas. He enviado las invitaciones para la fiesta de esta noche. Me parece extraño volver a mi vida pasada, después de haber permanecido tanto tiempo en la Eternidad.
A Harlan le molestó aquella voluble charla.
—Supongo que no les habrá dicho quién soy —dijo.
—Por supuesto que no.
¡Por supuesto! Finge habría cuidado de aquel pequeño detalle hipnotizándola ligeramente, si fuera necesario.
Aunque era posible que no lo considerase necesario. Al fin y al cabo, la había tenido bajo «su estrecha vigilancia».
Aquella idea le molestó.
—Preferiría que me dejaran a solas siempre que fuese posible —dijo.
Ella lo miró un momento, indecisa, y luego se alejó sin pronunciar palabra.
Malhumorado, Harlan consumó el rito matinal de lavarse y vestirse. No le entusiasmaba la idea de una reunión nocturna. Procuraría no hablar ni moverse; era preciso convertirse en un accesorio de las paredes. Su verdadera función era la de ser todo ojos y oídos. Para ligar estos sentidos con el informe final estaba su mente, que no debía proponerse otro objetivo.
Como Observador, normalmente no le molestaba desconocer cuál era el propósito final de sus investigaciones. Cuando era Discípulo le habían enseñado que un Observador no debía tener ideas preconcebidas sobre la información pedida o las conclusiones que se esperaban de él. Se les decía que cualquier información previa sólo serviría para deformar sus impresiones, por mucho que tratase de ser imparcial.
Pero bajo las circunstancias en que se encontraba ahora, aquella ignorancia era irritante. Harlan sospechaba que en realidad no pasaba nada anormal, sino que le habían convertido en peón del juego de Finge. Y además Noys...
Contempló con ira su propia imagen tridimensional, proyectada por el Reflector. Los ajustados vestidos del 482.°, de brillantes colores y desprovistos de costuras, le daban un aspecto ridículo, pensó.

Noys Lambent llegó a su lado cuando terminaba el solitario desayuno que le fue servido por un Mekkano.
—Estamos en junio, Ejecutor Harlan —dijo Noys sin aliento.
—No mencione mi título aquí —dijo Harlan con severidad—. ¿Qué pasa si estamos en junio?
—Pero, ¿no lo comprende? Fue en febrero cuando ingresé en la Eternidad, y de eso no hace sino un mes —dijo ella en tono de sorpresa.
Harlan arrugó la frente.
—¿En qué año estamos?
—¡Ah! El año es el mismo.
—¿Está segura?
—Completamente. ¿Acaso ha ocurrido algún error?
Noys tenía la costumbre desconcertante de ponerse muy cerca de él para hablarle, y su ligero ceceo (una costumbre de aquel Siglo, no exclusiva de ella) hacía que su voz pareciera la de una niña. Pero a él no le engañaba. Se apartó con rápido gesto.
—No hay ningún error. Nos han situado en este Tiempo porque es el más adecuado. En la Realidad, usted ha estado aquí durante todo ese tiempo.
—¿Cómo es posible? —pareció asustarse—. No recuerdo nada de eso. ¿Cómo pueden existir dos personas idénticas al mismo tiempo?
Harlan se sintió más irritado de lo que justificaba la pregunta. No era fácil explicar los microcambios causados por cada una de las interferencias con el Tiempo, los cuales podían alterar la vida de algunas personas sin efectos apreciables en el conjunto del Siglo. Hasta los Eternos olvidaban a veces la diferencia que existía entre los microcambios (con «c» minúscula) y los Cambios (con «C» mayúscula) que alteraban completamente la Realidad.
—La Eternidad sabe lo que hace —dijo Harlan—. No pregunte demasiado.
Lo dijo con orgullo, como si él fuese un Jefe Programador y hubiera decidido personalmente que aquel mes de junio era el momento adecuado, y que el microcambio producido por el lapso de aquellos tres meses no podía convertirse en un Cambio de Realidad.
—Entonces, he perdido tres meses de mi vida —dijo ella.
Harlan suspiró.
—Sus desplazamientos a través del Tiempo no tienen nada que ver con su edad fisiológica.
—Bien, ¿es verdad o no?
—Verdad o no, ¿el qué?
—Que se han perdido tres meses.
—¡Por Cronos!, señorita, ya se lo he explicado. No ha perdido ninguna parte de su vida. Nunca podrá perderla.
Ella dio un paso atrás ante sus gritos, y de repente, se echó a reír.
—Tiene un acento muy gracioso, especialmente cuando está enfadado.
Harlan frunció el ceño ¿Qué significaba aquello? Su conocimiento del idioma del Siglo 482 era tan bueno como el de cualquiera en la Sección. Probablemente mejor.
¡Qué muchacha más estúpida! Menos mal que ya se había marchado.
Se volvió de nuevo hacia el Reflector, contemplando su propia imagen. Observó que tenía una profunda arruga vertical entre los ojos.
Pasó la mano para alisarla y pensó: «Mi rostro no es nada atractivo. Los ojos demasiado pequeños, las orejas salientes y la barbilla es demasiado grande».
Nunca le había preocupado aquello, pero ahora se le ocurrió, de repente, que resultaría muy agradable tener un rostro hermoso.

A última hora de la noche, después de la fiesta, Harlan empezó a preparar sus notas sobre las conversaciones que había oído, mientras todo ello aún estaba fresco en su mente.
Como de costumbre en casos semejantes, usaba una grabadora molecular fabricada en el Siglo 55. Era un cilindro delgado, de unos diez centímetros de largo por dos de diámetro, y de color castaño oscuro. Cabía fácilmente en cualquier bolsillo o en el forro del vestido, según el estilo del traje, o bien podía usarse suspendido del cinturón, de un botón o de la muñeca.
De cualquier modo que se llevase, la grabadora tenía una capacidad de unos veinte millones de palabras en cada uno de sus tres niveles de energía molecular. Con un extremo del cilindro conectado a un diminuto auricular y el otro extremo al micrófono de laringe, Harlan podía hablar y escuchar simultáneamente.
Todos los sonidos de la fiesta se repetían ahora en su oído. Mientras escuchaba, Harlan pronunciaba frases que se iban grabando en el segundo nivel, en correspondencia con el nivel primario donde se habían registrado las conversaciones de la reunión de aquella noche, pero por separado. Harlan describió sus propias impresiones, hizo resaltar detalles, anotó ciertas correlaciones. Más adelante, cuando hiciera uso de la grabadora para escribir su informe, no sólo dispondría de una reproducción fiel del sonido, sino también de una reconstrucción comentada de lo sucedido.
Noys Lambent entró en su habitación sin llamar.
Molesto, Harlan se quitó el auricular y el micrófono, los unió a la grabadora molecular, guardó el aparato en su estuche y lo cerró con un chasquido seco.
—¿Por qué está enfadado conmigo? —preguntó Noys.
Llevaba  los  brazos y los  hombros  desnudos, y  las piernas enfundadas en medias de foamite fluorescente.
—No estoy enfadado —dijo Harlan—. No tengo nada contra usted.
En aquel momento creyó que decía la pura verdad.
—¿Trabajando a estas horas? —preguntó ella—. Debe estar cansado.
—No puedo trabajar, puesto que usted está aquí —dijo él, malhumorado.
—Está enfadado conmigo. No me ha dirigido la palabra durante toda la noche.
—He procurado no hablar con nadie. No estaba allí para pronunciar discursos —dijo Harlan, y esperó que ella se marchase.
Pero ella continuó:
—Le he traído algo de beber. Me pareció que le gustaba la única copa que bebió en la reunión, y una no es bastante. Sobre todo si va a seguir trabajando.
Harlan se fijó en el pequeño Mekkano que la seguía, deslizándose suavemente sobre un campo magnético.
Durante la cena había comido muy poco, probando sólo algunos platos ya conocidos por anteriores observaciones (excepto algunos bocados de otros, para ampliar información). A pesar suyo, descubrió que le gustaban. A pesar suyo, tuvo que confesar que le gustaba la bebida espumosa, de un color verde claro y con sabor a menta, que era de consumo obligado en las reuniones y fiestas. En realidad no era una bebida alcohólica, aunque producía un efecto muy estimulante. Aquella clase de bebida no existía en el Siglo con anterioridad al último Cambie! de Realidad, acontecido dos fisio-años antes.
Cogió el vaso que le ofrecía el Mekkano, con un breve ve gesto de gracias para Noys.
Un Cambio de Realidad que virtualmente no había producido efectos físicos en el Siglo, ¿cómo podía suscitar la aparición de una nueva clase de bebida? Harlan no era un Programador, conque era ocioso que se hiciese tal pregunta. Ni las más completas y detalladas Programaciones podían eliminar el azar entre las variaciones posibles, los efectos secundarios de infinitas combinaciones de hechos. Si ello hubiera sido posible, se podría prescindir de los Observadores.
Noys y él se encontraban solos en la casa. Los Mekkanos eran muy usados durante las dos últimas décadas, y seguirían siéndolo durante la próxima década de aquella Realidad. Por ello, en aquella sociedad no existían sirvientes humanos.
Naturalmente, siendo la hembra de la especie económicamente tan independiente como el varón, y capaz de elegir la maternidad, si así lo deseaba, sin someterse a las exigencias físicas de la misma, no podía haber nada «impropio» en que aquellos dos se encontrasen solos en la casa, según la mentalidad del Siglo 482 al menos.
Sin embargo. Harlan sentía una creciente confusión ante la presencia de ella.
La muchacha se había tendido en el sofá en un extremo de la habitación, y los sedosos cojines se hundían bajo su peso, como si quisieran abrazarla. Noys se había quitado los zapatos transparentes y empezó a mover los dedos de los pies dentro de la flexible foamite, como si fueran las patas de una gatita lujuriosa.
Noys agitó la cabeza, y lo que fuese que había mantenido su cabellera cuidadosamente peinada se desprendió dejando caer el cabello suelto hasta los hombros. Su blanca piel se hizo más adorable y mórbida en contraste con la negrura de su pelo.
Ella murmuró:
—¿Qué edad tienes?
Ciertamente, él no debía contestar aquella pregunta. Era cosa personal y a ella no le importaba. Lo que iba a contestarle en seguida con educada firmeza sería: «¿No le importa que siga trabajando solo?»
En vez de ello, Harlan se escuchó a sí mismo decir:
—Treinta y dos años.
Se refería a fisio-años, desde luego.
Ella dijo:
—Soy más joven que tú. Tengo veintisiete. Pero supongo que no pareceré siempre más joven. Supongo que tú seguirás igual cuando yo sea una vieja. ¿Por qué decidiste tener treinta y dos años? ¿No podrías cambiar de edad si quisieras? ¿No te gustaría ser más joven?
—¿De qué está hablando?
Harlan se pasó la mano por la frente para aclarar sus ideas.
Ella dijo suavemente:
—Tú vives eternamente. Eres un Eterno.
—Está equivocada —dijo él—. Envejecemos y morimos como todos los demás. Ella dijo:
—No necesitas fingir conmigo.
Su voz era baja y acariciadora. El lenguaje del quincuagésimo milenio, que siempre le había parecido a Harlan duro y desagradable, ahora le sonó eufónico por primera vez. ¿O quizás era que aquella bebida y el ambiente perfumado habían embotado su audición?
—Puedes conocer todos los Tiempos, visitar todos los lugares —dijo Noys—. Tenía tantas ganas de trabajar en la Eternidad, que aguardé todo el tiempo que quisieron. Pensé que quizá me harían Eterna, pero después me di cuenta de que sólo había hombres. Algunos de ellos ni siquiera quisieron hablar conmigo porque yo era una mujer. Tú tampoco quisiste.
—Todos tenemos mucho trabajo —dijo Harlan, tratando de apartar de sí algo que sólo podía describirse como una sensación de absurda felicidad—. Yo también estaba muy ocupado.
—¿Por qué no hay más mujeres en la Eternidad?
Harlan no se atrevió a decirle la verdad. ¿Qué podía decirle? Los miembros de la Eternidad eran seleccionados con infinito cuidado, pues debían reunir condiciones esenciales. Ante todo, debían poseer las dotes necesarias para su trabajo; en segundo lugar, su extracción del Tiempo normal no debía ejercer ninguna repercusión perniciosa sobre la Realidad.
¡La Realidad! Aquella era la palabra que no debía pronunciar en ninguna circunstancia. Sintió que el torbellino arreciaba dentro de su cabeza y cerró los ojos un momento para detenerlo.
Cuántos excelentes candidatos hubieron de quedarse en el Tiempo normal, porque su ingreso en la Eternidad habría significado que sus hijos no nacieran, que otros hombres y mujeres no murieran, que no se casaran: cien circunstancias cuya ausencia habría encaminado a la Realidad en una dirección que el Gran Consejo Pantemporal no podía permitir.
¿Podía Harlan explicarle todo aquello a Noys? Era imposible. No podía decirle que las mujeres casi nunca ingresaban en la Eternidad, porque por alguna razón recóndita que él no comprendía, aunque quizás algún Jefe Programador la supiera, su extracción del Tiempo normal tenía de diez a cien veces más probabilidades de deformar la Realidad que el traslado de un hombre.
Todos aquellos pensamientos giraban en su cabeza inconexos y vertiginosos, enlazándose unos a otros en absurdas frases y ridículas sensaciones. Noys estaba ahora muy cerca de él, sonriendo.
Escuchó la voz de ella como el susurro de la brisa.
—¡Vosotros los Eternos! Siempre llenos de secretos. No queréis compartir vuestro bien. Haz de mí una Eterna.
Su voz ahora no llegaba en palabras separadas, sino como una delicada modulación que penetraba directamente en la mente de él.
Harlan deseaba poder decir: Mujer, no existe la diversión en la Eternidad. ¡Trabajamos! Trabajamos "para analizar todos los detalles del Tiempo desde el principio de la Eternidad hasta que la Tierra quede vacía dé huella humana. Tratamos de agotar las infinitas posibilidades de «todo lo que pudo ser», para escoger un «pudo ser» mejor que la Realidad actual, y entonces decidimos en qué lugar del Tiempo cabe hacer un pequeño Cambio para convertir el «es» en el «pudo ser» deseado. Y entonces tenemos un nuevo «es» y nos ponemos a buscar otro «pudo ser» y de nuevo repetimos el ciclo, siempre igual desde los tiempos en que Wikkor Mallansohn descubrió el Campo Temporal, allá en el 24.°, de modo que fue posible empezar la Eternidad en el 27.°; aquel misterioso Mallansohn a quien nadie conoce en realidad, pero que fue el iniciador de la Eternidad de todos los «pudo ser», realmente, mientras el ciclo se repite, y se repite, y se repite...
Harlan sacudió la cabeza, pero el torbellino de ideas siguió girando en su cerebro, cada vez más rápido, hasta que culminó en un instantáneo destello de luz que persistió durante un segundo deslumbrador para luego desaparecer.
Aquel momento le serenó. Trató de recobrar aquella inspiración, pero fue en vano.
¿Sería la bebida mentolada?
Noys estaba ahora aún más cerca de él y Harlan veía su rostro desenfocado. Sintió que los cabellos de ella rozaban su mejilla, y el cálido aliento que le rozaba. Algo le decía que se separase de ella, pero —cosa extraña— descubrió que no deseaba hacerlo.
—Si me hicieras Eterna... —suspiró ella, aunque Harlan casi no podía oírla, ensordecido por los latidos de su propio corazón. Los labios de Noys estaban húmedos y entreabiertos.
—¿Querrás hacerlo?
Harlan no comprendió lo que ella quería decir, pero de repente nada de aquello tuvo importancia. Dentro de él ardía un fuego abrasador. La rodeó con los brazos torpemente, con impaciencia. Ella no se le resistió, sino que se fundió con él en una unión completa.
Todo sucedió como en un sueño, como si fuesen otras personas las protagonistas de aquel momento.
No fue, ni con mucho, un acto tan repulsivo como él había creído siempre. No lo fue en absoluto, y esto era para Harlan como un choque, una súbita revelación.
Más tarde, cuando ella se apretó contra él sonriendo tiernamente, Harlan alargó la mano para acariciar su cabello con lento y acariciador gesto.
A los ojos de Harlan, ella era ahora completamente diferente. Ya no era una mujer extraña, una personalidad separada. De repente se había convertido en un aspecto de sí mismo. En una forma extraña e inesperada, era parte de su propia personalidad.
El programa de trabajo espacio—temporal no decía nada de ello, pero Harlan no tenía ninguna sensación de culpabilidad. Sólo el pensar en Finge suscitaba una fuerte emoción en el pecho de Harlan. Y no era remordimiento. ¡ Era satisfacción, casi júbilo!
Aquella noche Harlan no pudo dormir. La embriaguez había desaparecido de su mente, pero quedaba el hecho extraordinario de que, por primera vez en su vida de adulto, una mujer hecha y derecha compartía su cama.
Podía escuchar a su lado la suave respiración de ella, y en la penumbra a que se había reducido la iluminación del dormitorio adivinar las formas de su cuerpo.
Le bastaba alargar la mano para volver a tocarla, para notar el calor y la suavidad de su carne. Pero no se atrevió a hacerlo, no fuese a arrancarla de sus sueños, cualesquiera que fuesen. Era como si ella hubiera soñado por ambos, viviendo en sueños todo lo ocurrido, y temió que al despertar lo borrase todo de la realidad.
Fueron pensamientos extraños los que le ocuparon aquella noche, en aquellos momentos en que no distinguía entre lo lógico y lo ilógico. Trató de recordarlos y no pudo. Y de repente se dio cuenta de que era muy importante que pudiera recordarlos. Porque, aun después de olvidar los detalles, podía recordar que, por un instante, había comprendido algo de vital importancia.
No sabía qué era ello, pero sabía que lo había contemplado con toda claridad durante un segundo, con la lucidez sobrenatural de los umbrales del sueño, cuando la inteligencia se duerme y el subconsciente gana imperio.
Su ansiedad creció. ¿Por qué no podía recordarlo? Durante un momento lo tuvo a su alcance y luego lo dejó escapar.
Pensó: s«Si recorriera de nuevo el mismo camino... Estaba pensando en la Realidad y en la Eternidad... sí, en Mallansohn y en el Aprendiz».
De ahí no pudo pasar. ¿A qué venía el Aprendiz? ¿Por qué Cooper? Cooper no había estado mezclado en aquellos extraños pensamientos.
Pero si no fue así, ¿por qué se acordaba ahora de Brinley Sheridan Cooper?
Harlan apretó los dientes. ¿Dónde estaba la clave que ligaba todo aquello? ¿Qué era lo que trataba de encontrar? ¿Por qué estaba tan seguro de que había algo oculto?
Harlan se estremeció, porque al hacerse aquellas preguntas un débil reflejo del resplandor anterior quiso surgir sobre el horizonte de su mente y, por un momento, casi supo.
Harlan contuvo el aliento, trató de relajar su mente, dejó que la idea inundara su cerebro.
Y en el silencio de aquella noche, una noche ya de importancia excepcional en su vida, comprendió por primera vez una explicación y una interpretación de los hechos, que en condiciones normales no habría considerado ni por un momento.
Dejó que la idea creciera y se desarrollase, hasta ver cómo explicaba cien extraños aspectos de la situación que de otro modo hubieran permanecido... extraños.
Necesitaría investigar, comprobar, cuando regresara a la Eternidad, pero en el fondo de su corazón ya estaba convencido de que conocía un secreto terrible que no le pertenecía.
¡El secreto de la Eternidad!

6
El Analista

Había pasado un fisio-año desde aquella noche en el 482° durante la cual comprendió tantas cosas. Ahora, tomando tiempo normal, se encontraba casi a 2.000 Siglos en el futuro de Noys Lambent, tratando de averiguar, por medio de sobornos e influencias, lo que le reservaba el destino a ella en una nueva Realidad.
Aquello era una falta grave, pero no le importaba. En el pasado fisio-mes se había convertido en un criminal a sus propios ojos. No podía escapar de aquel hecho. No sería más criminal por rematar la cadena de delitos, y podía ganar mucho al hacerlo.
Ahora, como parte de sus maniobras traicioneras (Harlan no vaciló en aplicarse tal calificativo), estaba frente a la barrera que lo separaba del Tiempo normal del 2456.°. La entrada en el Tiempo normal era mucho más complicada que el paso de la Eternidad a los Tubos. Para entrar en el Tiempo normal, las coordenadas que definían el punto de destino en la superficie de la Tierra tenían que ser elegidas cuidadosamente, así como el momento exacto del Tiempo normal escogido dentro del Siglo. Sin embargo, y a pesar de su tensión interior, Harlan manejó los mandos con la facilidad y seguridad de la experiencia y el talento.
Harlan se encontró en la sala de máquinas que ya había visto en la pantalla de observación de la Eternidad. En aquel fisio-momento, el Sociólogo Voy estaría sentado tranquilamente detrás de aquella pantalla observando la Ejecución que iba a desarrollarse.
Harlan no tenía prisa. La sala permanecería vacía durante los próximos 156 minutos. Desde luego, el programa espacio—temporal sólo le concedía 110 minutos, dejando los restantes 46 para el margen acostumbrado de seguridad. Aquel margen estaba previsto para casos de emergencia, pero no se esperaba que un Ejecutor tuviera necesidad de utilizarlos. Un Ejecutor que cometiese fallos no duraba mucho como Especialista.
Harlan no contaba con usar más de dos de aquellos 110 minutos. Ajustó su generador de campo de pulsera y se rodeó de un aura de fisio-tiempo (una emanación, como si dijéramos, de la Eternidad) para protegerse de cualquier efecto del Cambio de Realidad, y dio un paso hacia la pared. Tomó un pequeño envase de su lugar en el estante y lo colocó en el otro lugar, previamente seleccionado, en el estante inferior.
Hecho el cambio, volvió a entrar en la Eternidad de una forma que le pareció tan prosaica como atravesar una puerta. Si un Temporal hubiera estado observando a Harlan, sencillamente le habría visto desaparecer.
El pequeño envase continuó donde lo había colocado. No jugaba un papel inmediato en la historia del Mundo. Una mano humana, horas más tarde, se dirigió a buscarlo, pero no lo encontró. Una investigación consiguió localizarlo media hora más tarde, pero, entretanto, una máquina se había detenido por falta del combustible contenido en aquel envase, y otro hombre se había irritado por aquella detención. Una decisión que no habría tomado en la anterior Realidad, ahora fue tomada sin vacilar. Un encuentro no tuvo lugar; un hombre que habría muerto, vivió un año más, bajo otras circunstancias; otro que habría vivido, murió mucho antes.
Como una piedra arrojada a un estanque, la Ejecución fue extendiendo sus efectos y alcanzó el máximo en el Siglo 2481, a veinticinco Siglos de la Ejecución. La intensidad del Cambio de Realidad declinó a partir de aquel punto. Los teóricos decían que los efectos del Cambio se extendían hasta el infinito en el hipertiempo, sin llegar nunca a cero, pero que a cincuenta Siglos de distancia de la Ejecución, el Cambio se hacía demasiado pequeño para ser observado ni aun por los mejores Programadores, y que allí alcanzaba su límite práctico.
Ningún ser humano en el Tiempo pudo advertir que se hubiera producido un Cambio. La mente cambiaba al igual que la materia, y sólo los Eternos permanecían en el exterior para ser testigos del Cambio.

El Sociólogo Voy estaba contemplando la azulada escena del 2481.°, que antes había reflejado la intensa actividad de un espaciopuerto. No levantó la vista cuando entró Harlan. Apenas murmuró algo que pudiera tomarse por un saludo.
Era evidente que un cambio había asolado el espaciopuerto. Su vitalidad había desaparecido, los pocos edificios que se veían ya no eran las poderosas construcciones que habían sido. Se veía una nave espacial abandonada, con el casco cubierto de herrumbre. No se veía a nadie. No había movimiento.
La sonrisa de Harlan brilló por un momento y luego desapareció. Era un R.M.D., el Resultado Máximo Deseado. Y había ocurrido en el acto. Los cambios no se producían siempre en el preciso instante de la Ejecución. Si los cálculos tenían un pequeño grado de error, podían pasar horas o días antes de que el Cambio se manifestase (contando, desde luego, en fisio-tiempo). Esto sólo ocurría una vez descartados todos los posibles grados de libertad. Mientras existiera una posibilidad matemática de acontecimientos alternativos, el Cambio no se producía.
Harlan se envanecía de que, cuando él calculaba el C.M.N., cuando era su mano la que realizaba la Ejecución, las variaciones aleatorias se anulaban inmediatamente y el Cambio se producía en el acto. Voy dijo lentamente:
—¡Era tan hermoso!
La frase hirió los oídos de Harlan; era como si quisiera rebajar la belleza de su propio trabajo.
—No lamentaría que los viajes interplanetarios desaparecieran completamente de la Realidad —dijo.
—¿No? —inquirió Voy.
—¿Para qué sirven? Nunca duran más de un milenio o dos. La gente se cansa. Regresan a casa y las colonias quedan abandonadas. Luego, después de cuatro o cinco milenios, o cuarenta o cincuenta, prueban de nuevo para fracasar otra vez. Es desperdiciar la inteligencia y el esfuerzo humano.
—Es usted un filósofo —dijo Voy secamente. Harlan enrojeció. Pensó:   «¿De qué me sirve hablar con ellos?»
—¿Qué hay del Análisis individualizado? —dijo, con un súbito cambio de tema.
—¿Qué quiere que haga?
—¿Vamos a ver al Analista? Seguramente, a estas horas tendrá el trabajo casi terminado.
El Sociólogo dejó que una sombra de desagrado cruzase su rostro, como si pensara: «Eres muy impaciente, ¿no?»
—Acompáñeme y vamos a verlo —dijo Voy en voz alta.

La placa en la puerta del despacho decía: «Nerón Feruque», lo que llamó la atención de Harlan por su ligera similitud con los nombres de un par de gobernantes del área Mediterránea durante los Tiempos Primitivos. (Sus clases semanales con Cooper habían aguzado en gran manera su interés por la Historia Primitiva.)
Sin embargo, el hombre sentado detrás de la mesa no se parecía a ninguno de los dos gobernantes, tal como Harlan los recordaba. Era delgado, casi cadavérico, con la piel fuertemente estirada sobre una prominente nariz.
Tenía los dedos largos y sus muñecas eran huesudas. Mientras acariciaba su pequeña calculadora, parecía la Muerte pesando un alma en su balanza.
Harlan miró la calculadora con ansiedad. Aquella máquina era el corazón y los músculos del Análisis individualizado. Cuando se le daban los datos de una biografía individual y las ecuaciones de un Cambio de Realidad, empezaba a trepidar, burlona, por un tiempo variable entre un minuto y un día, y por último escupía un formulario que detallaba todas las posibles vidas alternativas de la persona estudiada (bajo la nueva Realidad), asignando a cada una un índice de probabilidad.
El Sociólogo Voy presentó a Harlan. Feruque contempló con animosidad el emblema del Ejecutor, inclinó la cabeza y no pronunció palabra.
Harlan dijo:
—¿Ha terminado ya con el Análisis individualizado de la señorita?
—No. Cuando termine ya se lo diré. Era uno de aquellos que despreciaban a los Ejecutores hasta llegar a ser groseros. Voy dijo:
—Cuidado, Analista.
Las cejas de Feruque eran tan blancas que parecían invisibles. Eso aumentaba su parecido con una calavera. Sus ojos se movieron en donde uno creería ver cuencas vacías, y dijo:
—¿Ya ha matado a las naves interplanetarias, no?
—Las hemos retrasado un Siglo —dijo Voy.
Feruque hizo una mueca y ahogó un comentario despectivo.
Harlan cruzó los brazos y contempló fijamente al Analista, hasta que éste desvió la mirada, confuso.
Harlan pensó: «Sabe que él también tiene la culpa».
Feruque se dirigió a Voy:
—Oiga, ya que está aquí, ¿qué quiere que haga con las peticiones de suero anti-cáncer? No somos el único Siglo que tiene el anti-cáncer. ¿Por qué vienen aquí todas las peticiones?
—Los demás Siglos que lo poseen están tan agobiados como nosotros, y usted lo sabe —dijo Voy.
—Pues que dejen de enviar peticiones.
—¿Cómo se consigue eso?
—Fácil. Que el Gran Consejo deje de admitirlas.
—Yo no tengo influencia con el Gran Consejo —dijo Voy.
—Pero tiene influencia con el Viejo.
Harlan escuchó la conversación con indiferencia. Pero al menos servía para distraerle de la ruidosa calculadora. Entendió que lo de «Viejo» se refería al Programador encargado de aquella Sección.
—He hablado con el Jefe —dijo el Sociólogo— y ya se ha dirigido al Gran Consejo.
—Tonterías. Ha enviado una instancia de rutina. Debe luchar por eso. Es una cuestión de importancia básica.
—Estos días el Gran Consejo Pan temporal no está dispuesto a considerar cambios en su política básica. Conocerá los rumores que están corriendo.
—¡Ah, sí! Que preparan un asunto importante. Siempre que se presenta un problema desagradable, empiezan a rumorear que el Consejo tiene algo importante entre manos.
Si Harlan hubiera estado de humor, se habría sonreído ante aquellas palabras.
Feruque permaneció callado unos momentos y luego continuó:
—Lo que la mayoría de la gente no comprende es que el suero anti—cáncer no es una cuestión como las semillas vegetales o los motores electrónicos. Verdad es que cada semilla ha de ser vigilada por sus posibles efectos perniciosos en la Realidad, pero lo del anti—cáncer tiene que ver con las vidas humanas, y esto es cien veces más difícil de analizar.
«¡Piénselo! Considere cuántas personas mueren al año de cáncer en cada Siglo de los que no poseen sueros anti—cáncer de una u otra clase. Ya imaginará si los enfermos tienen ganas de morir. Por eso los Gobiernos Temporales de esos Siglos no paran de enviar instancias a la Eternidad: "Por favor, envíennos setenta y cinco mil ampollas de suero para los enfermos absolutamente indispensables a nuestra civilización. Incluimos los datos biográficos".»
Voy asintió rápidamente.
—Ya lo sé. Ya lo sé.
Pero Feruque necesitaba desahogar su resentimiento.
—Cuando uno lee los datos biográficos, cada uno de ellos es un héroe. Cada hombre será una pérdida insoportable para su mundo. De modo que uno los analiza. Hay que calcular qué pasaría con la Realidad si cada uno siguiera viviendo y, ¡por Cronos!, si diferentes combinaciones de hombres continuaran viviendo. Durante el mes pasado he estudiado quinientas setenta y dos instancias. Diecisiete, fíjese, sólo diecisiete Análisis individualizados resultaron exentos de cambios de Realidad perniciosos. Y tenga en cuenta que no hubo ni un solo caso de Cambio de Realidad favorable. Pero el Consejo dice que en los casos neutrales se autoriza el envío del suero. Por humanidad ya se sabe. Por consiguiente, este mes se curarán, exactamente, diecisiete personas de los diferentes Siglos. ¿Y qué sucede? ¿Son más felices los Siglos por eso? Desde luego que no. Un hombre se cura y una docena del mismo país, del mismo Tiempo, mueren. Todos preguntan: ¿Por qué ha tenido que ser Fulano? Quizá los tipos a quienes no dimos suero eran mejores, quizás eran filántropos amados por todos, mientras que el único a quien asistimos apela a su madre anciana siempre que le sobra tiempo para dejar de pegar a sus hijos. Las gentes desconocen los Cambios de Realidad, y nosotros no podemos explicárselo. Estamos creando problemas y dificultades para nosotros mismos, Voy, a menos que el Gran Consejo decida estudiar todas las peticiones y aprobar sólo aquellas que resulten en un Cambio de Realidad favorable. Eso es. O el curarlos produce algún bien para la Humanidad o, de lo contrario, no debemos hacerlo.
No debemos seguir diciendo:  Lo haremos siempre que no cause ningún daño.
El Sociólogo le escuchó con un gesto de amargura en su rostro y al final dijo:
—Si fuera usted el enfermo de cáncer...
—Eso es estúpido, Voy. Nosotros no tomamos nuestras decisiones fundándonos en tales ideas. En tal caso nunca habría un Cambio de Realidad. Algún pobre diablo siempre sale perdiendo, ¿no es así? Suponga que es usted ese pobre diablo, ¿eh? Y otra cosa. Recuerde que cada vez que realizamos un Cambio de Realidad es más difícil encontrar otro favorable en lo sucesivo. Cada fisio-año, la probabilidad de que un Cambio fortuito resulte pernicioso aumenta continuamente. Eso significa que la proporción de personas que podemos curar se hace siempre más pequeña. Siempre disminuye. Pronto podremos curar sólo a uno cada fisio-año, incluso teniendo en cuenta los casos neutrales. Recuerde lo que le digo.
Harlan no sentía el menor interés por todo aquello. Era la clase de quejas que se escuchaban siempre entre los Eternos. Los Psicólogos y los Sociólogos, en sus raros estudios sobre la Eternidad, lo llamaban identificación. Los hombres tendían a identificarse con el Siglo con que se relacionaban profesionalmente. Las luchas de éste, demasiado a menudo, se convertían en sus propias luchas.
La Eternidad combatía al demonio de la identificación por todos los medio a su alcance. Nadie podía ser destinado a una Sección alejada menos de dos Siglos del suyo natal. Para hacer la identificación más difícil, se daba preferencia a los Siglos con culturas muy diferentes de la natal. Harlan recordó a Finge, destinado al 482.°. Además, los destinos eran cambiados en forma rotativa tan pronto como se observaban reacciones sospechosas. Harlan no apostaría ni diez grafen del Siglo 50 por las posibilidades de que Feruque continuara en aquel puesto un fisio-año más.
Y sin embargo, los Eternos seguían experimentando el absurdo deseo de tener un hogar estable en el Tiempo. Por alguna razón ignorada, aquello afectaba con mayor intensidad a los Siglos que poseían la navegación espacial. Era algo que merecía ser investigado, y lo habría sido a no intervenir la crónica resistencia de la Eternidad a examinar su propia organización.
Un mes antes, Harlan habría despreciado a Feruque como a un estúpido sentimental, un descontento que reaccionaba frente a la pérdida de las naves antigravitacionales en la nueva Realidad, lanzando invectivas contra los Siglos que necesitaban el suero anti-cáncer.
Tendría que denunciarle. Así lo exigía el reglamento. Las reacciones de aquel hombre ya no eran seguras.
Pero ahora no podía decidirse a hacerlo. Simpatizaba con aquel hombre. Su propio crimen era mucho más grave.
Qué fácil le resultaba volver a pensar en Noys.

Al final consiguió dormirse aquella noche. Cuando despertó, con la habitación de paredes translúcidas bañada de sol, le pareció que había despertado en el interior de una nube en un alegre cielo matinal.
Noys estaba a su lado, sonriente.
—¡Caramba! Sí que te cuesta despertarte.
La primera reacción de Harlan fue tratar de cubrirse con las sábanas, pero no tenía. Poco a poco recordó lo sucedido la noche anterior y sintió cómo se encendían sus mejillas. ¿Qué pensar de lo ocurrido entre ellos?
Pero de súbito recordó algo y se sentó de un salto en la cama.
—Son más de la una, ¿no es cierto? ¡Por Cronos!
—No. Sólo son las once. El desayuno te espera y aún te queda mucho tiempo.
—Gracias —murmuró él.
—Tienes la ducha preparada y la ropa dispuesta. ¿Qué podía decir?
—Gracias —volvió a murmurar.
Evitó su mirada durante el desayuno. Ella se sentó delante de él, sin comer, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, su negro cabello peinado hacia un lado, sus largas pestañas enmarcando sus bellos ojos.
Ella contempló todos los gestos de él, mientras Harlan bajaba los ojos y trataba de encontrar la amarga vergüenza que a su modo de ver debía atormentarle.
—¿Adonde tienes que ir a la una? —preguntó al fin.
—Al partido de aeropelota —murmuró él.
—Conque vas al partido. Yo me he perdido toda la temporada gracias a esos tres meses que hemos saltado, ya sabes. ¿Quién ganará el partido, Andrew?
Él sintió un extraño desmayo ante el sonido de su propio nombre. Negó con la cabeza.
—Pero, sin duda sabes el resultado. Habrás estudiado todo este período, ¿no es cierto?
Ahora su obligación era dar una respuesta terminante y fría, pero en vez de ello, explicó débilmente:
—Había mucho Espacio y Tiempo para estudiar. No puedo enterarme de detalles tan insignificantes como los resultados de los partidos.
—¡ Bah! Ya veo que no quieres decírmelo. Harlan no contestó. Clavó el tenedor en el pequeño y jugoso fruto y lo llevó a sus labios. Al cabo de un rato Noys insistió:
—¿Has podido ver lo que sucedía en esta casa antes de que tú llegases?
—No conozco los detalles, N...noys. —Le costó pronunciar su nombre por primera vez. La muchacha dijo suavemente:
—¿No nos has visto? ¿No supiste siempre que...? Harlan tartamudeó.
—No, no. No puedo verme a mí mismo. Yo no estoy en la Rea... No estoy aquí hasta que llegué. No puedo explicártelo.
Se sentía confuso. En primer lugar, no debía hablar de aquellos asuntos. Después, había estado a punto de pronunciar «Realidad»: entre todas las palabras, la más prohibida en las conversaciones con los Temporales.
Ella enarcó las cejas y sus ojos se agrandaron, sorprendidos.
—¿Estás avergonzado?
—Lo que hemos hecho no está bien.
—¿Por qué no?
Y en el 482.° su pregunta era perfectamente inocente.
—¿Es que los Eternos no debéis hacerlo? Lo dijo en tono de broma, como si preguntase si no se les permitía comer a los Eternos.
—No uses esta palabra —dijo Harlan—. En cierto sentido nos está prohibido.
—Pues no se lo cuentes a nadie. Yo no lo haré.
Ella se levantó, dio la vuelta a la mesa y se sentó en sus rodillas, apartando la mesita de un caderazo.
Harlan se puso rígido y esbozó un gesto como si quisiera echarla. No llegó a hacerlo.
Ella le besó, y nada le pareció ya vergonzoso. Nada que se refiriese a Noys y a él.

No estaba seguro de cuándo fue la primera vez que hizo algo improcedente para un Observador. Es decir, cuándo empezó a pensar en la naturaleza del problema relativo a la Realidad actual y al Cambio de Realidad que se preparaba.
No era la moral del Siglo, ni la ectogénesis, ni el matriarcado, lo que perturbaba a la Eternidad. Todo aquello estaba en la anterior Realidad y el Gran Consejo lo toleró con ecuanimidad entonces. Finge había dicho que era algo muy sutil y diferente.
El Cambio debía ser, pues, muy sutil, y se refería al grupo social que estaba observando. Esto parecía obvio.
Comprendería a la aristocracia, a los ricos, a las clases superiores, a los que se beneficiaban con aquel sistema.
Lo que le preocupaba es que ciertamente comprendería a Noys.
Durante los tres días fijados en su programa sufrió un estado de creciente aprensión que incluso le amargaba los ratos pasados en compañía de Noys.
—¿Qué te sucede? —preguntó ella un día—. Pareces diferente de como eras en la Éter... en aquel lugar. Pareces preocupado. ¿Es porque piensas en el momento de regresar allí?
—En parte —contestó Harlan.
—¿No tienes otra alternativa?
—Tengo que volver —dijo Harlan.
—De todas maneras, ¿quién se va a fijar si te retrasas un poco?
Harlan casi sonrió ante aquella pregunta.
—No les gustaría que me retrasara —contestó. Sin embargo, se acordó del margen de dos días que le permitía su programa.
Noys ajustó los mandos de un instrumento musical que emitía los acordes suaves pero complicados de la música creada en su interior al compás de intrincadas fórmulas matemáticas. Las notas y los acordes se formaban y combinaban al azar, pero mediante factores ponderados que favorecían sólo las combinaciones agradables al oído. Esta música aleatoria no se repetía jamás; como los copos de nieve, no había dos figuras iguales aunque todas fuesen bellas.
Mecido por la armonía del sonido, Harlan contempló a Noys y sus pensamientos se fijaron en ella. ¿En qué se convertiría, en la nueva Realidad? ¿En una pescadera o en una obrera de fábrica, o quizás en la madre de seis hijos, fea, gorda y enferma? Como quiera que fuese, ella nunca recordaría a Harlan. En la nueva Realidad él ya no formaría parte de su vida. Y en cualquier caso, ya no sería la misma Noys.
No estaba simplemente enamorado de una muchacha. (Cosa extraña, Harlan usó por primera vez en sus pensamientos la palabra «enamorado», sin detenerse a reflexionar siquiera sobre su significado.) Estaba enamorado de un conjunto de factores; su modo de vestir, de andar, de hablar, sus frases y sus gestos. Un cuarto de siglo de vida y de experiencia en la Realidad actual habían sido
necesarios para llegar a formar todo aquello. Ella no fue la Noys que él amaba en la anterior Realidad de un fisio-año antes. Y tampoco sería la Noys que él amaba, una vez inducida la próxima Realidad.
La nueva Noys posiblemente fuera mejor en algún sentido, pero Harlan estaba seguro de una cosa. Él quería a aquella Noys, la que podía ver en aquel momento, la que vivía en esta Realidad. Si tenía defectos, también amaba esos defectos.
¿Qué podía hacer? ¿Qué camino tomar?
Se le ocurrieron varias ideas, todas ilegales. La primera, conocer la naturaleza del Cambio y luego enterarse cómo afectaría individualmente a Noys. Al fin y al cabo, nunca se podía estar seguro de que...

Un silencio ominoso arrancó a Harlan de sus reflexiones. Estaba en el despacho del Analista. El Sociólogo Voy le miraba de soslayo. Feruque volvía hacia él su rostro de calavera.
El silencio era penetrante.
Le costó unos momentos darse cuenta de lo que significaba; sólo unos momentos. La calculadora había cesado en su tableteo.
Harlan habló:
—Supongo que ya tiene la solución, Analista.
—Sí, desde luego. Aunque pasa algo raro. Feruque  contemplaba  las  láminas  que  tenía en  la mano.
—¿Puedo verlo?
Harlan alargó una mano que temblaba visiblemente.
—No se puede ver nada. Eso es lo raro.
—¿Qué quiere decir... nada?
Mientras miraba a Feruque, los ojos de Harlan se nublaron hasta no ver sino una mancha alargada en el lugar donde permanecía su interlocutor.
La serena voz del Analista resonó como una sentencia.
—Esta mujer no existe en la nueva Realidad proyectada. No hay cambio de personalidad. Simplemente desaparece, eso es todo. He estudiado todas las alternativas hasta una probabilidad de una diezmilésima. No aparece en ninguna de ellas. En realidad —Feruque alargó sus largos y huesudos dedos para frotarse la barbilla—, con la combinación de factores que me ha dado, no acabo de comprender cómo puede existir en la Realidad actual. Harlan a duras penas pudo murmurar:
—Pero... si el Cambio proyectado es casi insignificante...
—Ya lo sé. Es una rara combinación de factores. ¿Quiere quedarse con los cálculos?
La mano de Harlan tomó las láminas casi sin darse cuenta de ello. ¿Noys desaparecida? ¿Noys ya no existiría? ¿Cómo era posible?
Sintió que una mano se apoyaba en su hombro, y la voz de Voy retumbó en sus oídos.
—¿Se siente enfermo, Ejecutor?
La mano se apartó como si su propietario se arrepintiera de haber tocado a un Ejecutor.
Harlan se pasó la lengua por los resecos labios e hizo un esfuerzo por recobrar la serenidad.
—Estoy bien. ¿Quiere acompañarme hasta la cabina?
No debía demostrar sus sentimientos. Era preciso fingir que todo aquello no era más que una simple investigación rutinaria. Debía ocultar el hecho de que la no existencia de Noys en la proyectada Realidad le llenaba de alegría, de una exaltación casi insoportable.

7
El preludio del crimen

Harlan entró en la cabina en el Siglo 2456 y miró a sus espaldas para asegurarse de que la barrera que separaba el Tubo y la Eternidad era perfectamente impenetrable, de que el Sociólogo Voy no podía espiarle. Durante las últimas semanas aquello se había convertido en un hábito, en un gesto automático; siempre la mirada furtiva a sus espaldas, por encima del hombro, para convencerse de que no le había seguido nadie hasta el Tubo.
Y luego, aunque ya se encontraba en el 2456.°, Harlan ajustó los mandos para seguir aún más allá, hacia el lejano hipertiempo. Contempló los números en el indicador de Siglos. Aunque las cifras se sucedían con vertiginosa rapidez, le sobraba tiempo para pensar en lo que iba a hacer.
¡En qué extraña forma las palabras del Analista habían cambiado la situación! ¡Cómo había cambiado la misma naturaleza de su crimen!
Y todo dependía de Finge. La frase se grabó en su mente y empezó a resonar en un enloquecido ritmo de su cerebro: Todo dependía de Finge... de Finge...

Harlan había evitado cualquier contacto personal con Finge desde su regreso a la Eternidad, después de los días pasados con Noys en el 482.° A medida que los hábitos y costumbres de la Eternidad recobraban su imperio, volvieron con redoblada fuerza los remordimientos. El incumplimiento del deber que había parecido no importar en el 482.°, ahora en la Eternidad parecía gravísimo.
Envió su informe por el correo neumático en vez de presentarlo personalmente, y se retiró a sus habitaciones privadas. Necesitaba pensar, ganar tiempo para considerar y acostumbrarse a la nueva orientación de su vida.
Finge no le dio tiempo para ello. Se puso en comunicación con Harlan cuando aún no había transcurrido una hora desde que éste enviara su informe.
La imagen del Programador le contemplaba desde la pantalla.
—Esperaba encontrarle en su oficina —dijo.
—Ya he presentado mi informe, señor —dijo Harlan—. El lugar donde espere una nueva misión carece de importancia.
—¿Usted cree?
Finge miró el rollo de láminas metálicas que tenía en su mano, revisando los grupos de perforaciones.
—No creo que esté completo —continuó—. ¿Puedo ir a sus habitaciones?
Harlan vaciló un momento. El Programador era su jefe, y el negarle la entrada en sus habitaciones privadas tendría un tufillo a insubordinación. Le pareció que sería como una confesión de culpabilidad, y no se atrevió.
—Será bien recibido, Programador —contestó Harlan.

La suave elegancia de Finge contrastaba con el severo aspecto del aposento de Harlan. Su siglo 95 natal tendía a lo espartano en el decorado de las viviendas, y Harlan nunca pudo acostumbrarse a otro estilo. Las sillas de tubo metálico estaban revestidas de un material mate al que se había intentado dar aspecto de madera (aunque con poco éxito). En un rincón de la habitación había un pequeño mueble aún más desacorde con las costumbres del Siglo donde se encontraba ahora.
Finge reparó en él al instante.
El Programador tocó el mueble con su dedo rechoncho, como si quisiera probar su consistencia.
—¿Qué material es ése?
—Madera, señor —dijo Harlan.
—¿Es posible? ¿Madera natural? ¡Sorprendente! Supongo que usan la madera en su Siglo natal.
—Ciertamente.
—Comprendo. El reglamento no lo prohibe, Ejecutor. 5 Finge se limpió el dedo con los pantalones, para quitarse el polvo del objeto que había tocado.
—Aunque no creo aconsejable el dejarse influir por la cultura del Siglo natal de uno. El verdadero Eterno adopta cualquier cultura en donde se encuentre. Por ejemplo, dudo de que yo haya comido con cubierto de energía pura más de dos veces en los últimos cinco años
—suspiró Finge—. Y sin embargo, siempre me ha parecido poco limpio permitir que los alimentos entren en contacto con objetos materiales. Pero no me rindo. No me rindo.
Sus ojos se dirigieron de nuevo hacia el objeto de madera, pero ahora mantuvo sus dos manos en su espalda y continuó:
—¿Qué es eso? ¿Para qué sirve?
—Es una librería —dijo Harlan.
Contuvo el impulso de preguntarle a Finge cómo se sentía ahora que sus manos estaban colocadas en el trasero de sus pantalones. ¿No le parecería más limpio que sus vestidos y su mismo cuerpo estuviesen hechos de pura e impoluta energía?
Finge enarcó las cejas.
—Una librería. Por tanto, esos objetos colocados en los estantes deben ser libros, ¿no es así?
—Sí, señor.
—¿Ejemplares auténticos?
—Completamente, Programador. Los he obtenido en el Siglo Veinticuatro. Los pocos que tengo aquí datan del Siglo Veinte. Si... si quiere examinarlos, le ruego que tenga cuidado. Las páginas han sido restauradas e impregnadas, pero no son de metal. Requieren un trato cuidadoso.
—No voy a tocarlas. No tengo ningún deseo de examinarlos. Supongo que aún conservarán el polvo original del Siglo Veinte. Libros auténticos. Las páginas serán de celulosa, ¿no es cierto? Es lo natural —rió Finge.
Harlan asintió.
—Son de celulosa modificada por el tratamiento de impregnación a fin de darles mayor duración. Desde luego.
Respiró hondo, tratando de conservar la calma. Era ridículo identificarse tanto con aquellos libros, sentir que un desprecio hacia ellos era también un desprecio hacia él mismo.
—Me atrevería a decir —continuó Finge, insistiendo en el tema— que todo el contenido de estos libros podría ser microfilmado en dos metros de película y guardado en un dedal. ¿Qué contienen estos libros?
—Son tomos encuadernados de una revista del Siglo Veinte —dijo Harlan.
—¿Usted lee esas cosas? Harlan contestó con orgullo:
—Éstos son sólo algunos volúmenes de la colección completa que poseo. No existe otra colección como ésta en todas las bibliotecas de la Eternidad.
—Ya comprendo. Se trata de una afición suya. Recuerdo que una vez me contó su interés hacia los Primitivos. Es raro que su Instructor autorizase una cosa semejante. Es malgastar su energía.
Harlan apretó los labios. Aquel hombre, decidió, estaba tratando de enfurecerlo y hacerle perder la serenidad. No podía permitir que se saliera con la suya.
Por ello respondió secamente:
—Tengo entendido que ha venido aquí para hablarme de mi informe.
—En efecto.
El Programador miró a su alrededor, escogió una silla y se sentó con grandes precauciones.
—No está completo, como ya le dije por el intercomunicador.
—¿A qué se refiere?
«Debo conservar la calma», pensó Harlan. Finge inició una sonrisa nerviosa.
—¿Qué ocurrió, que no haya mencionado en su informe, Harlan?
—Nada, señor.
Y aunque lo dijo con entereza, no las tenía todas consigo.
—¡Vamos, Ejecutor! Ha pasado varios períodos de tiempo en compañía de la joven. ¿O es que no siguió las instrucciones del programa? Supongo que lo ha obedecido exactamente.
Harlan estaba tan atenazado por su conciencia que ni siquiera replicó ante aquel declarado ataque a su competencia profesional.
Sólo pudo contestar:
—Lo he seguido en todos sus puntos.
—¿Y qué sucedió? Su informe no dice nada de los períodos pasados a solas con la mujer.
—No sucedió nada importante —dijo Harlan, con la garganta seca.
—Eso es absurdo. A su edad y con su experiencia, no necesita que yo le diga que un Observador no debe opinar sobre lo que es importante y lo que no lo es.
Los ojos de Finge estaban clavados en Harlan. Eran mucho más duros y desafiantes de lo que justificaban sus tranquilas preguntas.
Harlan se dio cuenta de ello, y no se dejó engañar por el tono suave que empleaba Finge. Sin embargo, su sentido del deber le indujo a contestar la verdad. Un Observador debe comunicarlo todo. Un Observador no es más que una sonda lanzada por la Eternidad hacia el Tiempo normal. Debe tantear todo lo que le rodea y luego retirarse. En el cumplimiento de su misión el Observador no tenía personalidad propia; no era, en realidad, un hombre.
Casi automáticamente Harlan empezó a narrar los incidentes omitidos en su informe. Lo hizo con la perfecta memoria del Observador, recitando las conversaciones palabra por palabra, imitando el tono de la voz y los gestos de los interlocutores. Lo hizo reviviendo de nuevo aquellas horas, y casi llegó a olvidar que gracias a las preguntas de Finge y a su rígido sentido del deber, estaba prácticamente confesando su culpabilidad.
Sólo cuando llegó al final de su primera y larga conversación con Noys empezó a vacilar, y la firmeza objetiva del Observador mostró las primeras grietas.
Finge le ahorró más detalles alzando la mano de pronto, y diciendo con su voz dura y aguda:
—Basta. Ya ha dicho bastante. Creo que iba a contarme que hizo el amor con esa mujer.
Harlan se puso furioso. Lo que Finge había dicho era literalmente verdad, pero su tono implicaba algo obsceno, grosero y, lo que era peor, ordinario. Fuera lo que fuese, o lo que pudiera ser, no era nada ordinario.
Harlan se explicaba la actitud de Finge, su implacable interrogatorio, la interrupción del informe verbal en el momento en que lo hizo. ¡Estaba celoso! Harlan habría jurado que estaba en lo cierto. Harlan había conseguido arrebatarle la chica que Finge quería para sí.
Harlan notó una sensación de triunfo, y le pareció agradable. Por primera vez en su vida tenía un objetivo distinto de los fríos deberes de la Eternidad. Seguiría haciendo sufrir a Finge de celos, porque Noys seguiría siendo suya.
En medio de aquella exaltación, se precipitó a presentar la solicitud que en principio había planeado demorar en un plazo prudencial de cuatro o cinco días.
—Voy a solicitar autorización para entablar relaciones con un individuo del Tiempo normal. Finge pareció despertar de un sueño.
—¿Con Noys Lambent, supongo?
—Sí, señor. Como Programador encargado de esta Sección, mi solicitud tendrá que ser tramitada por usted...
Harlan quería que fuese tramitada por Finge. Que sufriera. Si deseaba la muchacha para él mismo, tendría que decirlo y entonces Harlan podría solicitar que Noys declarase su preferencia. Casi se sonrió ante aquella idea. Se alegraría que las cosas llegaran a aquel punto. Sería un triunfo definitivo.
Normalmente, un Ejecutor no soñaría en ganar semejante confrontación con un Programador, pero Harlan estaba seguro de que Twissell le apoyaría, y Finge no podía dejar de tener en cuenta a Twissell.
Sin embargo, Finge parecía tranquilo.
—Creo que usted ya ha tomado posesión ilegal de la muchacha —dijo.
Harlan enrojeció y presentó una débil defensa:
—El programa insistía en que permaneciésemos juntos. Como nada de lo sucedido estaba específicamente prohibido, no me siento culpable.
Lo cual era mentira; por la expresión divertida de Finge se adivinaba que éste también lo sabía.
—Pero vamos a realizar un Cambio de Realidad —dijo Finge.
—Si es así, rectificaré mi solicitud para obtener relación con la señorita Lambent en la nueva Realidad.
—No creo que eso sea aconsejable. ¿Cómo sabe si ella accedería? En la nueva Realidad, ella puede estar casada o tener un defecto físico. De hecho, voy a decirle lo siguiente: en la nueva Realidad, ella no le querrá. Ella no querrá saber nada de usted.
Harlan tartamudeó:
—Usted no sabe nada de eso.
—¡Bah! ¿Cree que ese gran amor suyo trasciende el Tiempo y el Espacio? ¿Que puede sobrevivir a todos los cambios externos? ¿Es que ha estado leyendo novelas sentimentales?
—En primer lugar, no le creo —explicó Harlan. Finge dijo fríamente:
—Temo que no le entiendo.
—¡ Miente!
Harlan ya no medía sus palabras.
—Está celoso, eso es lo que le pasa. Está celoso. Tenía proyectos respecto a Noys, pero ella me prefiere a mí.
—¿Se da cuenta...? —empezó Finge.
—Me doy cuenta de muchas cosas. No soy un estúpido. Quizá no sea Programador, pero tampoco soy un ignorante. Dice que ella no me querrá en la nueva Realidad. Ni siquiera sabe cuál será la nueva Realidad. Ni siquiera sabe si el Cambio proyectado llegará a ser efectivo. Acaba de recibir mi informe. Debe ser analizado antes de poder coordinar un Cambio de Realidad, para someterlo luego a la aprobación del Gran Consejo. Por tanto, está mintiendo cuando pretende conocer la naturaleza del Cambio.
Finge podía replicar de muchas maneras. Hasta la obnubilada mente de Harlan se daba cuenta de ello. O retirarse mostrándose ofendido, o llamar a un miembro del Cuerpo de Seguridad para detener a Harlan por insubordinación, o gritar a su vez irritado, contestando a las acusaciones de Harlan, o llamar inmediatamente a Twissell y presentar una queja formal; podía hacer mil cosas, y ninguna de ellas agradable para Harlan.
Pero Finge no hizo ninguna de ellas.
—Siéntese, Harlan —dijo suavemente—. Hablemos de esto.
Y como aquello era completamente inesperado, Harlan abrió la boca y se sentó lleno de confusión. Su resolución empezó a flaquear. ¿Qué estaba pasando?
—Sin duda recordará —dijo Finge— que le he dicho que nuestro problema en el Siglo. Cuatrocientos ochenta y dos se refería a una actitud indeseable por parte de los Temporales de la Realidad actual hacia la Eternidad. ¿Se acuerda, no?
Hablaba con el tono levemente apremiante de un maestro para con un estudiante no muy brillante, pero Harlan creyó ver un brillo siniestro en sus ojos.
—Desde luego —contestó Harlan.
—Se acordará también que le expliqué que el Gran Consejo Pantemporal no estaba dispuesto a aceptar mi análisis de la situación sin una Observación específica que lo confirmase. ¿No comprende ahora que ya había sido calculado el Cambio de Realidad Necesario?
—Pero la Observación que he realizado sería la confirmación, ¿no? _§j
—Y necesitará tiempo para analizarla adecuadamente.
—Nada de eso. Su informe no significa nada. La confirmación está en lo que acaba de decirme hace unos momentos.
—No le comprendo.
—Mire, Harlan, déjeme que le explique lo que pasa con el Siglo Cuatrocientos ochenta y dos. Entre las clases superiores de la sociedad, especialmente entre las mujeres, se ha desarrollado la creencia de que los Eternos somos realmente Eternos, en el sentido literal de la palabra: que vivimos siempre... ¡Por Cronos, Harlan! Noys Lambent se lo dijo claramente. Usted me repitió sus palabras hace un rato.
Harlan miró a Finge sin verle. Recordaba claramente la suave y acariciadora voz de Noys: «Tú vives eternamente. Eres un Eterno».
Finge continuó:
—Una creencia semejante es mala, pero en sí misma no demasiado. Puede causarnos inconvenientes aumentar las dificultades de la Sección, pero el Análisis nos demuestra que un Cambio sólo sería necesario en un pequeño número de casos. De todas maneras, si queremos hacer un Cambio, se comprende que los habitantes del Siglo que deben ser afectados en forma máxima por el Cambio, serán los sujetos a tal superstición. En otras palabras, la aristocracia femenina. Es decir, Noys.
—Es posible, pero acepto el riesgo —dijo Harlan.
—¡No tiene ninguna posibilidad! Usted creerá que su fascinación y su encanto han inducido a esa bella aristócrata a caer en los brazos de un insignificante Ejecutor. Vamos, liarían, ¡sea realista!
Harlan apretó fuertemente las mandíbulas, pero no respondió.
Finge continuó:
—Fácilmente adivinará qué otra superstición han añadido esas gentes a su creencia en la vida eterna de los Eternos. Dése cuenta, Harlan: la mayoría de las mujeres creen que la intimidad con un Eterno permite a una mujer mortal (lo que ellas creen ser) el obtener la inmortalidad.
Harlan sintió que el piso cedía debajo de sus pies. Podía oír de nuevo la voz de Noys: Si me hicieras Eterna...
Finge prosiguió:
—Era difícil aceptar que existiese tal creencia. No tenía precedentes. Sin duda proviene de un error fortuito en un Cambio anterior, pero una investigación hecha en los Análisis de ese Cambio no proporcionó información en uno u otro sentido. El Gran Consejo Pantemporal exigía pruebas evidentes, una corroboración directa. Seleccioné a la señorita Lambent en tanto que ejemplar notable de su grupo social. Y le seleccioné a usted para este experimento...
Harlan se puso en pie.
—¿Que me escogió a mí? ¿Para un experimento?
—Lo siento —dijo Finge secamente—, pero era necesario. Los resultados así lo justifican.
Harlan le miró fijamente.
Finge se agitó levemente bajo aquella silenciosa mirada. Continuó:
—¿No lo comprende? No, ya veo que no. Mire, Harlan, usted es un frío producto de la Eternidad. Nunca le han importado las mujeres. Ellas, y todo lo que a ellas se refiere, le parecen inmorales. O, mejor dicho, las considera pecaminosas. Esas actitudes siempre fueron patentes en usted, y estoy seguro de que, hace un mes, para cualquier mujer usted no tenía más atractivo que un pez muerto. A pesar de ello, aquí tenemos a una mujer, un bello producto de esa refinada civilización, y en la primera noche que pasan juntos, prácticamente es ella quien seduce a usted. Debe comprender que esto es ilógico y ridículo, a menos... Bien, a menos que sea la confirmación que estábamos buscando.
Harlan trató de encontrar las palabras adecuadas.
—¿Quiere decir que ella se prostituyó por...?
—¿Por qué tiene que usar tal expresión? En este Siglo nadie se avergüenza del sexo. Sólo es raro que ella le escogiera a usted. Estoy seguro que lo hizo para obtener la vida eterna; es algo evidente.
En aquel momento Harlan se abalanzó sobre Finge con los brazos levantados, las manos como garras, sin ninguna idea racional o irracional aparte de su impulso de ahogar, de estrangular a Finge.
El Programador dio rápidamente un paso atrás. Con un gesto rápido, aunque tembloroso, sacó de un bolsillo una pistola desintegradora.
—¡Atrás! ¡No me toque!
A Harlan le quedaba la suficiente cordura para detener su acción. El cabello le caía sobre la frente. Su camisa estaba empapada de sudor. Su silbante respiración brotaba entrecortada de las lívidas ventanillas de su nariz.
Finge dijo agitadamente:
—Le conozco bien, Harlan, y sabía que su reacción podía ser violenta. Si es necesario, le mato. Harlan sólo dijo:
—¡ Fuera de aquí!
—Ahora mismo. Pero antes va a escucharme. Ya sabe que puedo hacer que lo degraden por atacar a un Programador, pero vamos a olvidar eso ahora. Quiero que sepa, que no he mentido. La Noys Lambent de la nueva Realidad, cualquiera que sea su nueva personalidad, no tendrá aquella superstición. El único propósito del Cambio será, precisamente, eliminar la superstición. Y sin ella, Harlan —Finge casi le escupió las palabras—, ¿cómo puede una mujer como Noys desear a un hombre como usted?
El Programador salió de las habitaciones de Harlan, sin dejar de apuntarle con la pistola desintegradora.
Se detuvo en el umbral para decir con una especie de siniestra alegría:
—Desde luego, si ahora la tuviese, Harlan, podría hacerla suya. Podría mantener sus relaciones con ella y conseguir el permiso. Pero sólo si la tuviese ahora. Porque el Cambio será pronto, Harlan, y después, ya no estará a su alcance. Lástima que el presente sea efímero, incluso en la Eternidad, ¿eh, Harlan?
Harlan ya no le miraba. Finge había ganado y abandonaba el campo en plena victoria. Harlan miraba al suelo sin ver, y cuando levantó los ojos, Finge ya no estaba allí... Harlan nunca supo si habían pasado cinco segundos o quince minutos.

Las horas pasaron como en una pesadilla, y Harlan estaba prisionero en la trampa de su propia mente. Todo lo que había dicho Finge era verdad indiscutible. Con su mente de Observador, Harlan podía mirar retrospectivamente, y sus relaciones con Noys, aquellos breves y extraños amores, se le aparecían ahora bajo una luz muy distinta.
No podía ser un caso de amor repentino. ¿Quién iba a creer tal cosa? ¿Amor por un hombre como él?
Era imposible. Las lágrimas le abrasaron los ojos y se sintió avergonzado. Por supuesto, todo sucedió por frío cálculo. La muchacha era atractiva y no tenía principios morales que le impidieran usar sus atractivos para conseguir sus fines. Y lo hizo a pesar de no sentir ningún interés por Harlan. Lo hizo simplemente obedeciendo a su equivocada creencia acerca de lo que era la Eternidad y lo que significaba.
Los largos dedos de Harlan acariciaron maquinalmente los volúmenes de la pequeña librería. Cogió uno y, sin mirar, lo abrió.
Las letras bailaron ante sus ojos, confusas. Los desvaídos colores de las ilustraciones le parecieron manchas informes y sin contenido.
¿Por qué se había molestado Finge en decirle todo aquello? A decir verdad, no hacía ninguna falta. Un Observador, o quien quiera que actuase como Observador, no podía tener acceso a los objetivos de su Observación. Ello podía perjudicar a su neutralidad ideal de inhumano y objetivo instrumento.
Lo hizo para atormentarle, para dar satisfacción a sus celos.
Harlan pasó los dedos por la página abierta de la revista. Estaba contemplando una reproducción de un vehículo terrestre de color rojo brillante, parecido a los vehículos característicos de los Siglos 45, 182, 590 y 984, así como de los últimos Tiempos Primitivos. Era una máquina elemental, con motor de combustión interna. En la Era Primitiva los derivados del petróleo natural constituían el origen de la energía y la goma natural protegía las ruedas. Desde luego, eso no se aplicaba a ninguno de los Siglos posteriores.
Harlan se lo había explicado a Cooper. Fue toda una disertación; en aquel momento, como si su mente quisiera apartarse de su desdichada situación actual empezó a recordar. Las imágenes de su conversación volvieron a la vida.
—Estos anuncios —había dicho— nos dicen más acerca de los Tiempos Primitivos que los artículos llamados de noticias en el mismo volumen. Los artículos noticiosos exigen un conocimiento básico del mundo a que se refieren. Se emplean muchos términos para los que no ofrecen ninguna explicación. Por ejemplo, ¿qué es una pelota de golf?
Cooper confesaba prontamente su ignorancia.
Harlan continuó en el tono didáctico que no podía evitar en tales ocasiones:
—Podemos deducir que se trata de una esfera pequeña gracias al comentario casual que se hace de la misma. Sabemos que se usaba para un juego deportivo, puesto que parece mencionada bajo el epígrafe «Deportes». Podemos aventurar otra deducción y suponer que era golpeada con alguna clase de bastón largo, y que el propósito del juego consistía en introducir la pelota en un agujero del suelo. Pero ¿es necesario molestarnos en razonar y deducir? ¡Observemos este anuncio! Su única finalidad es inducir a los lectores a que compren esa clase de pelota, pero al hacerlo nos ofrece un excelente retrato del objeto en primer plano, así como un dibujo en sección para mostrar su estructura.
Cooper, que procedía de un Siglo en el que la publicidad no era tan usada como en los últimos Siglos de los Tiempos Primitivos, encontró todo aquello algo difícil de entender y así lo dijo.
—¿No es desagradable la ostentación que esas gentes hacían de sus creaciones? ¿Quién puede ser tan estúpido como para creer a una persona que ensalza su propio producto? ¿Acaso va a confesar sus defectos? ¿Retrocederá ante cualquier exageración?
Harlan, cuyo Siglo natal conocía bien el arte de la publicidad, enarcó las cejas, tolerante, y contestó:
—Tenemos que aceptarlos como son. Nunca combatimos las costumbres de cualquier civilización, mientras no causen un grave daño a la Humanidad.
La mente de Harlan volvió de pronto a considerar su presente situación, y su mirada se clavó en los chillones y tentadores anuncios de la revista. De repente se preguntó: Lo que acababa de pensar, ¿no guardaba cierta relación con su problema? ¿No estaba buscando inconscientemente una solución a sus dificultades, que pudiera devolverle al lado de Noys?
¡Los anuncios! Un procedimiento para atraer a los desinteresados.
¿Qué le importaba a un fabricante de vehículos terrestres si el deseo de un individuo desconocido hacia su producto era espontáneo o provocado? Si el cliente —ésa era la palabra— podía ser artificialmente convencido o sugestionado para sentir tal deseo y actuar en consecuencia, ¿no era eso todo lo que le importaba al fabricante?
Entonces, ¿qué importancia tenía que Noys le quisiera por amor o por cálculo? Cuando hubiesen pasado algún tiempo juntos, ella aprendería a amarle. Él haría que ella le amase, y, en definitiva, el amor y no sus motivos era lo que importaba. Ahora deseó haber leído alguna de las novelas del Siglo normal que Finge había mencionado con desprecio.
Una nueva idea hizo que Harlan apretara los puños. Si Noys acudió a él, a Harlan, para obtener la inmortalidad, ello sólo podía significar que aún no había cumplido la condición necesaria para obtener aquel don. Era imposible que hubiese hecho el amor con otro Eterno anteriormente. Aquello significaba que su relación con Finge no pasó de ser la de una secretaria con su jefe. De lo contrario, ¿qué necesidad tenía de acudir a Harlan?
Sin embargo, Finge habría probado..., debió intentar... Finge pudo querer aprovecharse de aquella superstición; sin duda debió ocurrírsele, estando Noys delante de él como constante tentación. Esto significaba que ella lo había rechazado.
Tuvo que recurrir a Harlan, y Harlan había tenido éxito. Por aquella razón, Finge se vengaba torturando a Harlan, al explicarle los motivos de Noys y al demostrarle que nunca podría hacerla suya.
Sin embargo, Noys rechazó a Finge, aun creyendo que rechazaba la vida eterna, y en cambio había aceptado a Harlan. Pudo escoger, y se decidió por Harlan. Por lo tanto, no era sólo cálculo. Los sentimientos también jugaban su parte.
Los pensamientos de Harlan eran deshilvanados y confusos, y a cada momento que pasaba su agitación era mayor.
Debía acudir al lado de ella, en seguida. Antes de que se produjese el Cambio de Realidad. Como le había dicho Finge en su rencor: el presente es efímero, incluso en la Eternidad.
—¿No era verdad? ¿Podía hacerse otra cosa?
Harlan sabía exactamente lo que debía hacer. Los insultos de Finge le habían llevado a un estado en el que se encontraba dispuesto para cometer cualquier crimen. Y el último dardo de Finge le había dado la idea de cómo hacerlo.
Después de aquello ya no perdió un instante. Dejó sus habitaciones con exaltación, casi con alegría, a paso rápido, dispuesto a cometer un crimen contra la Eternidad.


8
El crimen

Nadie le hizo preguntas. Nadie lo detuvo. El aislamiento social de un Ejecutor tenía sus ventajas. Por los pasillos de acceso a las cabinas llegó a una de las entradas al Tiempo normal y ajustó los mandos. Desde luego, era posible que alguien se encaminase allí con una finalidad legítima, y se diera cuenta de que el acceso estaba en uso. Vaciló un momento y luego decidió estampar su sello en el registro que estaba al lado del acceso. Una entrada en uso oficial no llamaría la atención. En cambio, una entrada en actividad sin permiso llamaría demasiado la atención.
Desde luego, podía ser Finge quien tropezase por azar con aquel acceso. Tenía que correr ese riesgo.
Noys seguía de pie tal como la había dejado. Amargas horas (fisio-horas) habían transcurrido desde que Harlan abandonó el 482.° por una Eternidad fría y solitaria, pero ahora regresaba en el mismo Tiempo, a segundos de diferencia del momento en que se había marchado. Noys no había tenido tiempo de volverse.
Ella pareció sorprendida.
—¿Has olvidado algo, Andrew?
Él  la contempló  con  pasión,  pero no  hizo ningún gesto para acudir a su lado. Recordaba las palabras de Finge y temía que ella le rechazase. Dijo duramente:
—Debes hacer lo que te diga.
—Sucede algo, ¿no es cierto? —dijo Noys—. Acabas de marcharte hace sólo un momento.
—No te preocupes —dijo Harlan.
Era todo lo que podía hacer para no cogerla en sus brazos, para calmarla. En vez de ello, le habló con dureza. Era como si un demonio le obligase a hacer todo aquello contra su voluntad. ¿Por qué había vuelto en el primer momento posible? Sólo consiguió asustarla con su casi instantáneo regreso después de su despedida.
En realidad, conocía la razón. Tenía un margen de seguridad de dos días en su programa. Las primeras horas de aquel período marginal eran más seguras y presentaban menos posibilidades de ser descubierto. El tratar de aprovechar al máximo la ventaja que aquello le proporcionaba era una tendencia natural. De todos modos, corría un grave riesgo. Era fácil equivocarse y entrar en el Tiempo normal antes de abandonarlo algunas fisio-horas antes. ¿Qué podía suceder entonces? Era una de las primeras reglas que había aprendido como Observador. Una persona que ocupe dos puntos del Espacio, en el mismo Tiempo y en la misma Realidad, corre el riesgo de encontrarse a sí misma.
Aquello debía ser evitado a toda costa. ¿Por qué? Harlan sólo sabía que no debía encontrarse a sí mismo. No quería verse mirando a los ojos de otro Harlan llegado antes o después. Además, sería una paradoja, y como solía decir Twissell: «Las paradojas no existen en el Tiempo, pero sólo gracias a que el Tiempo evita deliberadamente cualquier paradoja».
Mientras Harlan pensaba confusamente en todo aquello, Noys le contemplaba con sus grandes y luminosos ojos.
Ella se le acercó y puso sus suaves manos en las de él, que ardían, diciendo con cariño:
—Estás en dificultades.
A Harlan le pareció que su mirada era cariñosa, llena de amor. Pero, ¿cómo podía ser? Ya había logrado lo que buscaba. ¿Qué más quería? La tomó de las muñecas y le dijo con voz ronca:
—¿Querrás acompañarme ahora mismo, sin preguntar nada? ¿Harás exactamente lo que yo te diga?
—¿Debo hacerlo? —preguntó ella.
—Sí debes, Noys. Es muy importante.
—Entonces, iré.
Lo dijo con naturalidad, como si todos los días le hiciesen peticiones semejantes y estuviese acostumbrada a aceptarlas.
Cuando llegaron— junto a la cabina, Noys titubeó un poco, pero luego entró.
—Vamos al hipertiempo, Noys —dijo Harlan.
—Eso significa el futuro, ¿verdad?
La cabina zumbaba ya levemente cuando entraron. Apenas se hubo sentado ella, Harlan desplazó disimuladamente una palanca con el codo.
Contrariamente a lo que él temía, ella no dio muestras de vértigo cuando empezó la indescriptible sensación de «viajar» a través del Tiempo.
Guardó silencio, inmóvil y bella. Tanto, que al mirarla se le oprimió el corazón y no le importó lo más mínimo la traición que acababa de cometer al introducir a una Temporal en la Eternidad sin autorización.
—¿Esta escala muestra los números de los años, Andrew? —preguntó ella.
—De los Siglos.
—¡No me digas que ya hemos avanzado un millar de años hacia el futuro!
—En efecto.
—Pues no me lo parece.
—Ya lo sé.
Ella miró a su alrededor.
—Pero, ¿cómo avanzamos?
—No lo sé, Noys.
—¿No lo sabes?
—En la Eternidad hay muchas cosas que difícilmente se comprenden.
Las cifras del indicador volaban, cada vez más rápidas, hasta resultar ilegibles. Con el codo, Harlan había puesto al máximo la palanca de velocidad. El consumo de potencia podía suscitar alguna curiosidad en las centrales de energía, pero no era probable. Nadie le esperaba en la Eternidad cuando regresó allí con Noys, y con eso tenía a su favor nueve posibilidades entre diez. Lo que ahora importaba era buscar un lugar seguro para ella.
Volviéndose hacia su interlocutora, Harlan explicó:
—Ni siquiera los Eternos lo sabemos todo.
—Y yo no soy una Eterna —murmuró ella—. ¡Es tan poco lo que sé!
El corazón de Harlan dio un vuelco. ¿Todavía no se consideraba una Eterna? Pues ¿qué había dicho Finge...?
Déjalo correr, pensó. Déjalo correr. Ella está contigo, te sonríe. ¿Qué más quieres?
No obstante, habló sin poder evitarlo.
—Tú crees que los Eternos vivimos siempre, ¿no?
—Bien, puesto que les llaman Eternos, y todo el mundo dice que lo son...
Le dirigió una radiante sonrisa.
—Pero no es verdad, ¿o sí?
—Así pues, ¿tú no lo crees?
—Cuando estuve en la Eternidad, al cabo de algún tiempo me di cuenta de que no hablabais como si fuerais a vivir siempre. Además, vi hombres ancianos.
—Sin embargo, tú lo dijiste... aquella noche. Ella se movió a lo largo del asiento para acercársele, sin dejar de sonreír.
—Es que pensé: ¡quien sabe!
Harlan continuó, sin lograr dominar del todo la tensión que se reflejaba en su voz:
—¿Qué puede hacer un Temporal para convertirse en Eterno?
La sonrisa de ella desapareció, y quizá fue imaginación de Harlan, pero le pareció ver en las mejillas de Noys un leve rubor.
—¿Por qué me lo preguntas? —dijo.
—Para saberlo.
—Es una tontería, y prefiero no hablar de ello —replicó.
Bajó la vista para contemplarse sus graciosos dedos, terminados en uñas que brillaban sin color definido bajo la luz amortiguada de la cabina. Harlan pensó distraídamente que en una fiesta de sociedad, con unas cuantas lámparas ultravioleta entre la iluminación de sala, aquellas uñas podían brillar con un color verde o rojo oscuro, según el ángulo en que ella mantuviera sus manos. Una muchacha inteligente como Noys podía obtener quizá media docena de tonos, y fingir que los colores reflejaban sus sentimientos. Azul de inocencia, amarillo brillante de alegría, morado de pena, escarlata de pasión.
—¿Por qué me has amado? —dijo Harlan. Ella se apartó el cabello de la frente y le miró con un rostro pálido y grave.
—Si quieres saberlo, uno de los motivos fue la creencia de que una muchacha puede convertirse en Eterna de esa forma. No me importaría vivir eternamente.
—Acabas de decir que no creías en eso.
—No lo creía, pero no podía perjudicarme la prueba. Especialmente porque...
Él la miraba con serenidad, hallando consuelo a su dolor y desengaño en una actitud de fría reprobación, inspirada en la moralidad de su Siglo natal.
—Continúa —dijo Harlan.
—Especialmente porque deseaba hacerlo.
—¿Deseabas amarme?
—Sí.
—¿Por qué a mí?
—Porque me gustabas. Porque pensé que eras curioso.
—¿Curioso?
—Bien, raro, si lo prefieres. Siempre procurabas no mirarme, pero acababas mirándome. Tratabas de odiarme, y sin embargo yo podía ver que me deseabas. Sentía un poco de compasión por ti, creo.
—¿Compasión? ¿Por qué?
—Porque te creabas tanto problema con tu deseo, cuando la cosa es tan sencilla. Si te gusta una chica, no tienes más que decírselo. Es fácil ser amable. ¿A qué sufrir?
Harlan asintió. ¡Aquella era la moralidad del Siglo 482! Luego murmuró:
—¡Una cosa tan sencilla!  ¡No hay más que decirlo!
—Desde luego, es preciso que la chica tenga ganas, y que no tenga otro compromiso. ¿Por qué no? A mí me parece muy sencillo.
Ahora fue Harlan quien bajó los ojos. Desde luego, era una cosa bien fácil.
Y, ¿qué opinas de mí ahora? —preguntó humildemente.
—Que eres muy simpático —dijo ella suavemente— y que si quisieras mostrarte natural... ¿Por qué no sonríes nunca?
—No puedo sonreír en estos momentos, Noys.
—Por favor. Quiero ver cómo te sienta. Vamos a ver.
Ella le puso los dedos en las comisuras de la boca y las estiró. Él echó la cabeza atrás, con sorpresa, y no pudo evitar una sonrisa.
—Lo ves. Eres casi guapo. Con alguna práctica..., poniéndote delante de un espejo y sonriendo a menudo, y haciendo algún guiño con los ojos... Apuesto que llegarías a ser realmente atractivo.
Pero la recién nacida sonrisa de Harlan desapareció.
Noys dijo:
—¿Estamos en dificultades, no es cierto?
—Sí, Noys. Dificultades graves.
—¿Por lo que hicimos tú y yo aquella noche?
—No exactamente.
—Aquello fue culpa mía, ya lo sabes. Si quieres, yo misma lo explicaré.
—¡ Nunca! —dijo Harlan con energía—. Nunca te consideres culpable por ello. No has hecho nada, nada, de que sentirte culpable. Es otra cosa.
Intranquila, Noys miró el indicador de Siglos.
—¿Dónde estamos? Ni siquiera puedo ver los números.
—¿En qué Tiempo estamos? —la corrigió automáticamente Harlan.
Redujo la velocidad y los Siglos pudieron leerse en el indicador.
Los hermosos ojos de Noys se agrandaron y sus pestañas contrastaron con la blancura de su cutis.
—¿Es posible?
Harlan lanzó una rápida ojeada al indicador. Estaba en 72.000.
—Puedes estar segura.
—Pero ¿adonde vamos? —preguntó ella.
—Al más lejano hipertiempo —dijo él, sombrío—. Lo más lejos posible, donde no puedan encontrarte.
Y en silencio, ambos contemplaron el rápido paso de los números. En silencio, Harlan se repitió una y otra vez que la muchacha era inocente de las acusaciones de Finge. Había confesado sin rodeos que aquellas acusaciones eran verdad en parte, pero también había admitido, con igual franqueza, la existencia de una atracción personal.
Levantó los ojos al darse cuenta del movimiento de Noys. Ella había pasado al otro lado de la cabina y con un gesto decidido, había detenido el aparato con una deceleración brusca, que resultó extremadamente desagradable para los dos.
Harlan se agarró al borde del asiento y cerró los ojos hasta que pasó el mareo.
—¿Qué pasa? —preguntó Harlan. Ella estaba pálida, y durante un segundo no contestó. Luego, dijo:
—No quiero ir más lejos. Los números son muy elevados.
El indicador de Siglo marcaba: 111.394.
—Es suficiente —dijo él.
Luego, Harlan tendió la mano, muy serio.
— Ven, Noys. Éste será tu hogar por algún tiempo.
Juntos caminaron como niños por los desiertos corredores, cogidos de la mano. Las luces estaban encendidas en los pasillos y las oscuras habitaciones se encendían alegremente al apretar un botón. El aire era fresco y agradable, indicando la existencia de buena ventilación, aunque no se notaba ninguna corriente.
Noys susurró:
— ¿No hay nadie aquí?
— Nadie — dijo Harlan.
Trató de que su voz sonara firme y decidida. Como se hallaban en uno de los Siglos Ocultos, quiso romper el encanto, pero sus palabras no pasaron de ser un susurro.
Ni siquiera sabía cómo referirse a algo tan lejano en el hipertiempo. Llamarlo el Siglo uno—uno—uno—tres—nueve—cuatro parecía ridículo. Tendría que decir simplemente: «Más allá del Siglo cien mil».
Era absurdo el preocuparse ahora de este problema, pero una vez agotada la excitación de la huida, se encontraba solo en una región de la Eternidad donde ningún humano había puesto los pies, y aquello no le gustaba. Sentía vergüenza redoblada, puesto que Noys podía darse cuenta, por no poder dominar un leve temblor correspondiente al leve terror que empezaba a experimentar.
Noys dijo:
— Está muy limpio. No se ve rastro de polvo.
— Automático — dijo Harlan. Con un esfuerzo que pareció arrancarle las cuerdas vocales, alzó la voz hasta el tono normal — . Pero no hay nadie aquí, ni en los híper o hipotiempos, por miles y miles de Siglos.
Noys pareció entenderlo fácilmente.
— ¿Cómo es posible que esté tan bien equipado? Hemos hallado depósitos de alimentos y una biblioteca de microfilms, ¿no te has fijado?
— Sí, ya lo he visto. En efecto, todo está dispuesto. Todas están plenamente equipadas. Cada Sección.
— Pero, ¿por qué, si nadie viene aquí nunca?
—Es una cosa lógica —dijo Harlan.
—El hecho de hablar de aquel asunto hizo desaparecer algo del misterio de aquel lugar. Al explicar en voz alta lo que ya sabía, empezaba a contemplarlo como una cosa prosaica. Harlan continuó:
—En los comienzos de la Historia de la Eternidad, uno de los Siglos del Trescientos inventó un duplicador de masa. ¿Sabes a qué me refiero? Estableciendo un campo de resonancia, la energía puede ser convertida en materia. Las partículas subatómicas ocupan exactamente los mismos niveles, bajo las mismas condiciones de incertidumbre, que en los átomos en el objeto usado como modelo. El resultado es una copia exacta. Los de la Eternidad hemos utilizado ese instrumento para nuestros fines. En aquellos tiempos sólo se habían construido seiscientas o setecientas Secciones. Teníamos proyectos de ampliación, desde luego. Uno de los lemas de aquella época era: «Diez nuevas Secciones cada fisio-año». El duplicador de masa resolvió el problema de una vez para siempre. Construimos una nueva Sección completa con alimentos, reserva de energía, agua y los automatismos más adelantados; la usamos como patrón y la duplicamos para cada Siglo a través de toda la Eternidad. No sé cuánto tiempo estuvo funcionando el duplicador, millones de Siglos, probablemente.
—¿Todas iguales, Andrew?
—Todas exactamente iguales. A medida que la Eternidad se extiende, simplemente nos instalamos adaptando la construcción original según las costumbres del Siglo en que nos hallemos. El único problema surge cuando nos encontramos con una civilización basada en el uso de la energía pura. La verdad es que... nosotros aún no habíamos llegado a esta Sección.
(No era preciso decirle que los Eternos no podían penetrar en el Tiempo normal en aquellos Siglos Ocultos. ¿Qué importaba ahora?)
Harlan la miró y observó que pareció preocupada. Continuó rápidamente:
—No es un despilfarro el construir tantas Secciones. Sólo gastamos energía, y como disponemos de la nova... Ella le interrumpió:
—No es eso. Es que no puedo recordarlo.
—¿Recordar el qué?
—Dijiste que el duplicado de masa se inventó en los Trescientos. Sin embargo, nosotros, en el Siglo Cuatrocientos ochenta y dos no lo conocemos. Y no recuerdo haber visto nada de esto en las Historias.
Harlan se quedó pensativo. Aunque ella sólo medía cinco centímetros menos que él, de súbito se sintió un gigante a su lado. Ella era como un niño y él era un semidiós de la Eternidad, que debía enseñarla y conducirla pacientemente hasta la verdad.
Harlan dijo:
—Noys, querida, busquemos un lugar donde podamos sentarnos y donde... pueda explicarte algo.
El concepto de una Realidad variable, una Realidad que no fuese fija, eterna e inmutable, no era una idea que pudiese ser aceptada fácilmente por cualquiera.
A veces, en sueños, Harlan regresaba a los primeros días de su época de Discípulo y evocaba los desgarradores intentos de divorciarse de su Siglo y de su Tiempo.
Al Aprendiz corriente le costaba seis meses el aprender toda la verdad, el descubrir que nunca más podría regresar a sus orígenes en un sentido absoluto. No era sólo la Ley de la Eternidad la que lo impedía, sino el frío hecho de que sus orígenes, según él los entendía, podían en cierto modo no existir.
Aquello afectaba a los Aprendices de distintas maneras. Harlan recordaba cómo el rostro de Bonky Latourette se había vuelto blanco el día que el Instructor Yarrow explicó claramente lo que era la Realidad.
Ninguno de los Discípulos pudo comer aquella noche. Se agruparon juntos buscando una especie de consuelo psíquico, todos excepto Latourette, que había desaparecido. Hubo muchas falsas risas y se cruzaron tristes bromas entre ellos.
Alguien dijo con voz trémula e insegura: «Supongo que ya no tengo madre, que nunca la he tenido. Si regresara al Noventa y cinco me dirían: ¿Quién eres tú? No te conocemos. No constas en nuestros registros. Ya no existes».
Todos sonrieron débilmente y movieron la cabeza. Eran unos chicos solitarios, y no les quedaba nada excepto la Eternidad.
Encontraron a Latourette a la hora de dormir, tendido en su cama y respirando débilmente. Tenía la ligera marca de una hipodérmica en el brazo, y, afortunadamente, también se dieron cuenta de ello.
Avisaron a Yarrow, y por un momento pareció que aquél era el fin de la carrera de un Aprendiz, pero al final consiguieron hacerlo volver en sí. Una semana más tarde volvía a ocupar su asiento en la clase. Sin embargo, la marca de aquella noche quedó impresa en la personalidad del muchacho, según pudo comprobar Harlan en posteriores encuentros.
Y ahora Harlan tenía que explicar la Realidad a Noys Lambent, una muchacha que no tenía mucha más edad que aquellos Aprendices, y explicársela de una vez y completamente. Tenía que hacerlo. No quedaba otro remedio. Ella tenía que saber exactamente lo que les esperaba y lo que debía hacer.
Harlan se lo explicó. Comieron carne en conserva, frutas congeladas y leche en una larga mesa de reuniones donde cabían doce personas, y allí se lo dijo.
Lo hizo tan suavemente como le fue posible, pero casi no fue necesaria su precaución. Ella comprendió rápidamente todas las ideas que él le exponía y, antes de llegar a la mitad de su explicación, Harlan observó, con sorpresa, que ella no mostraba reacciones negativas. No se mostró asustada. No pareció confusa ni desamparada. Sólo parecía furiosa.
La ira tiñó el rostro de Noys de un rojo subido mientras sus oscuros ojos parecían aún más negros.
—¡Pero eso es criminal! —dijo—. ¿Quiénes son los Eternos para hacer semejante cosa?
—Se hace por el bien de la Humanidad —dijo Harlan.
Desde luego, ella no podía comprenderlo. La compadeció por su mentalidad de Temporal, sujeta siempre a los límites de su Siglo.
—¿Lo crees así? Supongo que por eso eliminaron el duplicador de masa.
—Tenemos copias. No te preocupes por eso. Nosotros lo conservamos.
—Vosotros lo guardáis. Pero, ¿qué hay con nosotros? —dijo Noys—. Nosotros, los del Cuatrocientos ochenta y dos, podríamos tenerlo.
Ella hizo un gesto con los puños cerrados.
—No os habría beneficiado. Mira, querida, no te excites y escúchame.
Con un gesto casi convulsivo, Harlan (que aún tenía que aprender a tocarla naturalmente, sin que su gesto pareciera una ridícula invitación a que lo rechazara) cogió las manos de Noys y las apretó con fuerza.
Por un instante, ella trató de liberarse y luego se sometió. Rió suavemente.
—¡Bah! Continúa, y no pongas esta cara tan solemne. No digo que tú tengas la culpa.
—No debes culpar a nadie. No existe culpa. Hemos hecho lo que debía hacerse. El duplicador de masa es un ejemplo típico. Lo estudiábamos en la Escuela. Cuando se puede duplicar la materia, también pueden duplicarse personas. De esto pueden resultar problemas muy difíciles.
—Debemos permitir que la Sociedad resuelva sus propios problemas.
—Cierto, pero nosotros hemos analizado aquella sociedad a lo largo de su evolución en el Tiempo, y vemos que no ha resuelto su problema de una manera satisfactoria. Ten en cuenta que su fracaso también afecta a todas las civilizaciones siguientes. Se ha llegado a la conclusión de que no existe una solución satisfactoria para el problema del duplicador de masa. Es una de esas cosas, como las guerras atómicas y la esclavitud, que no pueden permitirse. Sus resultados nunca son satisfactorios.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Tenemos nuestros Cerebros electrónicos, Noys; calculadoras mucho más exactas que cualquier otra que se haya podido inventar en cualquier Realidad. Podemos analizar las posibles Realidades y evaluar las ventajas entre miles y miles de variables.
—¡Bah!  ¡Máquinas! —dijo ella con desprecio. Harlan frunció el ceño y luego trató de convencerla.
—No seas así. Es natural que te haya sorprendido el saber que la vida no es tan inmutable como pensabas. Hace un año, tú misma y el mundo donde vivías es posible que sólo fuerais una probabilidad teórica, pero, ¿qué importa eso? Posees todos tus recuerdos, sean de hechos hipotéticos o no. ¿No es cierto que puedes recordar tu propia infancia, y a tus padres?
—Naturalmente.
—Entonces es lo mismo que si la hubieras vivido. ¿No es verdad? Quiero decir que no importa si la has vivido en realidad o no.
—No estoy tan segura; tendría que pensarlo. ¿Qué sucedería si mañana me vuelvo a encontrar hecha una probabilidad teórica, o un fantasma o como lo llames?
—Habría una nueva Realidad y una nueva Noys con nuevos recuerdos. Sería como si nada hubiese ocurrido, excepto que la suma total de la felicidad humana habría aumentado.
—No me parece del todo convincente.
—Además —la interrumpió Harlan—, nada puede su—cederte ahora. Habrá una nueva Realidad, pero tú estás en la Eternidad. Ya no pueden cambiarte.
—Acabas de decir que ello no tiene importancia —dijo Noys, pensativa—. ¿Por qué te has tomado tantas molestias, pues?
Harlan contestó con emoción:
—Porque te quiero tal como eres. Exactamente igual.
No quiero que cambies. De ninguna manera, ni para bien ni para mal.
Estuvo a punto de confesar la verdad, que sin la ventaja de aquella superstición acerca de los Eternos y la inmortalidad, ella nunca se habría interesado por él.
—Entonces, ¿tendré que quedarme aquí para siempre? —dijo ella, mirándole fijamente—. Me sentiré muy sola.
—No, no. No pienses en eso —dijo Harlan con ansiedad, apretándole las manos tan fuerte que ella gimió—. Estudiaré tu nueva personalidad después del Cambio en el Cuatrocientos ochenta y dos, y entonces volverás allí para fingir esa personalidad. Yo lo arreglaré. Pediré permiso para establecer una relación formal contigo, y conseguiré que los Cambios ulteriores no te afecten. Soy un Especialista y buen Ejecutor, y conozco bien la técnica de los Cambios de Realidad. —Luego, añadió sombríamente—: También sé otras cosas más.
—Lo que hemos hecho ¿está permitido? —preguntó Noys—. Quiero decir, si te es posible llevar a otra persona a la Eternidad y evitar que sufra los efectos del Cambio. Por lo que me has dicho, creo que debe constituir una falta.
Por un momento Harlan sintió frío, y el ánimo abatido por la inmensa soledad de los miles de Siglos que los rodeaban. Por un instante se sintió desterrado de aquella Eternidad que era su único hogar y su única fe; sólo la mujer por quien había renunciado a todo aquello permanecía a su lado.
—Sí, es un crimen —dijo Harlan, desde el fondo de su alma—. Es un crimen enorme y me siento terriblemente avergonzado por ello. Pero lo volvería a cometer, una y mil veces si fuese necesario.
—¿Lo has hecho por mí, Andrew? ¿Por mí? Él no pudo mirarla a los ojos.
—No, Noys, lo he hecho por mí mismo. No podría soportar el perderte.
—Si nos sorprenden... —dijo ella.
Harlan sabía lo que podía sucederles. Lo sabía desde aquel momento de inspiración que tuvo la primera noche que conoció a Noys. Pero a pesar de todo, no se atrevía a pensar en sus terribles consecuencias.
—No temo a nadie —contestó—. Sé cómo cuidar de mí mismo, y otras muchas cosas que ellos ignoran.

9
Intermedio

El período que siguió fue realmente idílico, aunque esto no lo supo Harlan hasta más tarde.
Cien cosas distintas sucedieron durante aquellas fisio-semanas y todas se mezclaron inextricablemente en la memoria de Harlan, pareciéndole que aquella época había sido mucho más larga. La única cosa idílica que hubo fueron, desde luego, las horas pasadas con Noys, y aquellas horas dieron sabor a todo lo demás.

En primer lugar, preparó cuidadosamente su equipaje en la Sección del Siglo 482, sus vestidos, y sus microfilms, pero sobre todo sus amados volúmenes de la revista de los Tiempos Primitivos. Vigiló personalmente el envío a su base permanente en el 575.°.
Finge estaba a su lado cuando las últimas cosas fueron colocadas en la cabina de carga por los operarios de Mantenimiento.
—Nos abandona, por lo que veo —dijo Finge, escogiendo sus palabras.
Su sonrisa parecía cordial, pero tenía los labios apretados de manera que casi no se le veían los dientes. Tenía las manos enlazadas a la espalda y se balanceaba rítmicamente sobre la punta de los pies. Harlan no miró a su superior.
—Sí, señor —dijo en tono inexpresivo.
—Informaré al Jefe Programador Twissell que ha desempeñado su misión de Observador en el Siglo Cuatrocientos ochenta y dos de manera completamente satisfactoria.
Harlan no pudo ni siquiera darle las gracias. Permaneció callado.
Finge continuó, en voz mucho más baja:
—Pero no le informaré, por ahora, de su reciente intento de agresión contra un superior.
Y aunque continuaba sonriendo y su mirada era inexpresiva, había un deje de cruel satisfacción en sus palabras.
—Como guste, Programador —dijo Harlan.

En segundo lugar, volvió a su destino en el Siglo 575.
Casi en seguida tropezó con Twissell. Sintió alegría al volver a ver aquella pequeña figura, rematada por el arrugado pero vivaz rostro. Hasta le agradó volver a ver aquel blanco cilindro humeante entre dos dedos manchados, que de vez en cuando Twissell se llevaba a los labios.
Harlan dijo:
—Programador...
Twissell, que salía de su despacho, miró a Harlan y por un momento pareció no reconocerle. Su rostro expresaba fatiga y tenía los ojos irritados.
—¡Ah!, el Ejecutor Harlan. ¿Ya ha terminado su trabajo en el Cuatrocientos ochenta y dos?
—Sí, señor.
Las siguientes palabras de Twissell fueron extrañas. Miró su reloj, el cual, como todos los relojes de la Eternidad, señalaba sólo el fisio-tiempo, indicando el día del mes al mismo tiempo que la hora, y dijo:
—Muy puntual, muchacho, muy puntual. Magnífico. Magnífico.
Harlan sintió que el corazón le daba un vuelco. La última vez que habló con Twissell no le habría sido posible entender aquel comentario. Ahora creía saber a qué se refería. Twissell debía estar cansado, o de lo contrario no se habría referido tan directamente a un asunto tan importante. O quizás el Programador creía que sus palabras serían indescifrables para él.
—¿Cómo está mi Aprendiz? —dijo Harlan, procurando aparentar indiferencia para que no pareciera que su pregunta tenía alguna relación con lo que Twissell acababa de decir.
—Bien, bien —dijo Twissell, aparentemente distraído.
Llevó el cigarrillo a sus labios, exhaló una bocanada de humo y después de un corto gesto de despedida, se marchó apresuradamente.

En tercer lugar, lo del Aprendiz.
Parecía más viejo. Parecía rodeado de un aura de madurez, cuando alargó la mano para saludar a Harlan diciendo:
—Encantado de volver a verle, Ejecutor.
O quizás era porque, mientras antes Harlan sólo veía en él a un Aprendiz, ahora le parecía mucho más que un principiante. Ahora lo veía como un gigantesco instrumento en las manos de los Eternos. Era natural que a los ojos de Harlan, su Aprendiz hubiese adquirido una nueva importancia.
Harlan procuró disimular sus pensamientos. Se encontraban en las habitaciones de Harlan, y el Ejecutor contempló con agrado las sencillas superficies de porcelana que le rodeaban, satisfecho de haber dejado atrás los chillones adornos del 482.°. Aunque tratase de asociar el recargado barroco del 482.° con Noys, sólo conseguía recordar a Finge. El recuerdo de Noys se asociaba con el de un satinado crepúsculo, y extrañamente, con la desnuda austeridad de las Secciones de los Siglos Ocultos.
Empezó a hablar atolondradamente, como para ocultar sus peligrosos pensamientos.
—Bien, Cooper, ¿qué ha hecho mientras yo estuve de viaje? —Cooper rió y se frotó su lacio bigote con un dedo diciendo con timidez:
—Estudiando matemáticas. Siempre matemáticas.
—¿Sí? Supongo que habrá llegado ya a los cursos superiores.
—Los últimos grados.
—¿Son difíciles?
—Por ahora puedo soportarlos. Me resulta bastante fácil. Me gusta esta materia. Pero, realmente, estoy cargado de trabajo.
Harlan asintió con cierta satisfacción.
—Las matrices de Campo Temporal y todo eso, ¿eh? Pero Cooper, un poco sofocado, se dirigió a la estantería llena de libros y dijo:
—Hablemos de los Primitivos. Tengo algunas preguntas que hacerle.
—¿Sobre qué?
—Sobre la vida en las grandes ciudades del Siglo Veintitrés. En Los Ángeles, especialmente.
—¿Por qué Los Ángeles?
—Me parece una ciudad interesante, ¿a usted no?
—Ciertamente, pero sería mejor verla en el Veintiuno. En el Siglo Veintiuno se encontraba en su apogeo.
—Preferiría el Veintitrés. Harlan respondió:
—Bien, ¿por qué no?
Su rostro seguía impasible. Pero si hubiera sido posible arrancarle su máscara de impasibilidad, dicho rostro habría aparecido sombrío. Su intuición resultaba ser algo más que una pura coincidencia. Todo concordaba exactamente.

En cuarto lugar, la investigación. En dos sentidos.
Ante todo, para sí. Cada día, con ojos escrutadores, estudiaba los informes que se amontonaban en el escritorio de Twissell. Hacían referencia a distintos Cambios de Realidad en proyecto o que habían sido recomendados.
De todos ellos llegaban copias a poder de Twissell, por ser miembro del Gran Consejo Pantemporal; Harlan sabía que no dejaría de recibir ni uno solo. Primero buscó el Cambio que se avecinaba en el Siglo 482. Luego, buscó —entre los demás Cambios uno que pudiera presentar un error, una ambigüedad, algo que se apartara de la perfección y que sería visible a sus ojos de Ejecutor entrenado y con talento.
En estricta aplicación de las reglas, aquellos informes no estaban destinados a que él los viera, pero Twissell se encontraba raramente en su despacho aquellas días y nadie se preocupó de mezclarse en los asuntos del Ejecutor personal de Twissell.
Aquélla era una parte de su investigación. La otra parte le llevó a la biblioteca de la Sección del Siglo 575. Por primera vez se aventuró a apartarse de aquellas partes de la biblioteca que ordinariamente monopolizaban su atención. En el pasado, Harlan había sido un asiduo lector de Historia Primitiva (una parte de la biblioteca bastante deficiente, de manera que la mayoría de sus libros de estudio o referencia sólo se referían a los comienzos del tercer milenio, como era natural). Pero ahora se dedicó, con mayor ahínco, a los estantes dedicados a los Cambios de Realidad, su teoría, técnica e historia; una colección excelente (la mejor que existía en la Eternidad, excepto la de la Central, gracias a Twissell), la cual llegó a dominar completamente.
También leyó con curiosidad otros libros, éstos microfilmados. Por primera vez estudió con detenimiento los estantes dedicados al propio Siglo 575: su geografía, que variaba muy poco de una a otra Realidad, sus Historias, que variaban más, y sus sociologías, que variaban aún más. No eran libros o informes escritos sobre el Siglo por los Observadores o Coordinadores de la Eternidad (con los cuales se hallaba familiarizado), sino obras de los mismos Temporales.
Allí estaban los libros de literatura del 575.°, que recordaron agitadas discusiones sobre él valor de los Cambios alternativos. ¿Podía aquella obra maestra ser alterada? Si lo era, ¿en qué sentido? ¿Cómo influían los Cambios anteriores sobre las obras de arte?
En cuanto a esto, ¿existía unanimidad sobre la definición del arte? ¿Podría nunca ser reducido a términos cuantitativos, capaces de ser evaluados por los cerebros electrónicos?
Uno de los principales antagonistas de Twissell en estas discusiones era un Programador llamado Angus Sennor. Harlan, intrigado por las apasionadas opiniones de Twissell sobre aquel hombre y sus puntos de vista, había leído algunas de las obras de Sennor, y le parecieron sorprendentes.
Sennor se preguntaba públicamente, y para Harlan en forma desconcertante, si una nueva Realidad no podía contener en sí misma una personalidad homologa de la de un hombre que hubiera sido llevado a la Eternidad en una realidad anterior. Analizaba la posibilidad de que un Eterno encontrase a su homólogo en el Tiempo normal, bien a sabiendas o por sorpresa, y especulaba sobre los resultados posibles en cada caso. (Aquel era uno de los temores más vivos de la Eternidad, y Harlan se estremeció y se apresuró a terminar de leer aquella discusión.) Luego disertaba sobre el destino de la literatura y del arte en los Cambios de Realidad de distintos tipos y clasificaciones.
Pero Twissell no quería saber nada de todo aquello. —Si los valores del arte no pueden ser analizados —le gritó a Harlan en una ocasión—, ¿qué necesidad tenemos de preocuparnos por ellos?
Y la opinión de Twissell, como sabía muy bien Harlan, era compartida por la mayor parte del Gran Consejo Pantemporal.
Ahora Harlan estaba ante los estantes de las obras de Eric Linkollew, generalmente considerado como el más conspicuo escritor del 575.°, y dudó de que Twissell tuviese razón. Podía contar hasta quince colecciones de «Obras Completas», cada una de las cuales, indudablemente, había sido escrita en una Realidad distinta. Todas eran diferentes, por supuesto. Una de ellas era considerablemente más pequeña que todas las demás, por ejemplo. Cien sociólogos distintos, pensó, habrían escrito profundos análisis de las diferencias existentes entre aquellas colecciones en función de las bases sociológicas de cada Realidad.
Harlan se dirigió a la sala de la biblioteca dedicada a los instrumentos e inventos de los distintos 575.° Muchos de aquellos aparatos, recordaba Harlan, fueron eliminados del Tiempo normal y sólo permanecían intactos, como muestras del talento humano, en la Eternidad. La Humanidad debía ser defendida frente a sus propias creaciones técnicas. Esta cuestión tenía prioridad. Casi no pasaba un fisio-año sin que en alguna parte del Tiempo normal la tecnología nuclear no se acercase demasiado a una profundización peligrosa, y tuviera que ser llevada de nuevo por caminos distintos.
Volvió de nuevo a las salas de libros microfilmados y a los estantes sobre matemáticas y sobre Historia de las matemáticas. Sus dedos se pasearon sobre los volúmenes y después de reflexionar, escogió media docena de libros de aquella estantería y firmó la ficha de salida.

En quinto lugar lo de Noys.
Aquélla era la parte más importante del intermedio, y todo lo que tenía de idílico.
En sus horas libres, cuando Cooper se iba y normalmente Harlan se habría quedado solo para cenar, o para esperar el próximo día... se encaminaba a los Tubos.
Agradecía de todo corazón la especial consideración que los Ejecutores recibían en la mente de los Eternos. Y agradecía, como nunca había soñado que fuese posible hacerlo, la manera en que todos procuraban evitar su presencia.
Nadie se molestó en inquirir su derecho a ocupar una cabina, ni se preocupó de averiguar si se dirigía al pasado o al futuro. Ninguna mirada de curiosidad siguió sus pasos, ni hubo una mano que se ofreciese a ayudarle, ni nadie se detuvo para cambiar unas palabras con él. Podía ir donde quisiera cuando quisiera.
—Has  cambiado,  Andrew —le  dijo  Noys un día—. Por los Cielos, has cambiado mucho. Él la miró y sonrió.
—¿En qué forma, Noys?
—Has aprendido a sonreír, ¿no es cierto? —dijo ella—. Éste es uno de los cambios. ¿Nunca te has mirado en un espejo para ver cómo sonríes?
—Tengo miedo de hacerlo. Tendría que decirme: Esta felicidad no puede ser cierta. Debo estar enfermo. Deliro. Sin duda estoy recluido en un sanatorio mental, viviendo en sueños y sin darme cuenta de ello.
Noys se acercó y le pellizcó fuertemente.
—¿Sientes algo?
Él la atrajo hacia sí y se enredó en su mata de cabello negro.
Cuando se separaron, ella dijo sin aliento:
—En eso también has cambiado. Lo haces muy bien ahora.
—He tenido una buena maestra —empezó Harlan, interrumpiéndose al pensar que sus palabras podían implicar una referencia a los muchos hombres que le hubieran precedido hasta llegar a formar tan buena maestra. Pero la risa de Noys disipó estas preocupaciones.
Habían comido y Noys aparecía adorable en el nuevo vestido que Harlan le había traído de su casa en el 482.°
Ella se dio cuenta y pasó la mano por la suave tela de la falda.
—No debiste hacerlo, Andrew. Realmente preferiría que no lo hicieras.
—No hay ningún peligro —dijo él con seguridad.
—Hay peligro. No seas absurdo. Me basta con lo que tengo aquí, hasta... hasta que puedas arreglar las cosas.
—¿Por qué no has de tener tus propias ropas y tus cosas personales?
—Porque  no valen el riesgo  que corres al ir a mi casa en el Tiempo y que te pueden sorprender. ¿Y si hacen el Cambio mientras estás allí? Él trató de aparentar tranquilidad.
—No pueden sorprenderme. Luego prosiguió con animación:
—Además, mi escudo electrónico de protección me mantiene en el fisio-año, de modo que no puede afectarme ningún Cambio, ¿comprendes?
—No —suspiró Noys—. Creo que nunca llegaré a entenderlo.
—No tiene nada de particular.
Y Harlan trató de explicárselo una y otra vez, lleno de animación, y Noys le escuchó con aquellos ojos brillantes que nunca dejaban ver si le escuchaba o si se burlaba de él, o quizás ambas cosas a la vez.
Todo aquello era un gran aliciente en la vida de Harlan. Tenía alguien con quien hablar, alguien con quien podía discutir su vida, sus preocupaciones y sus pensamientos. Era como si ella fuese una parte de él mismo, pero una parte diferente, con la que necesitaba comunicarse hablando, en vez de pensar a solas. Y como era diferente, podía contestar en forma inesperada, gracias a sus procesos mentales independientes. Era curioso, pensó Harlan, cómo uno podía hacer una Observación de un fenómeno social como el matrimonio, y, sin embargo, no advertir una verdad tan importante como era aquélla. ¿Cómo adivinar, por ejemplo, que cuando más tarde recordase aquel idilio, lo menos destacado serían ! los momentos de pasión?
Ella se sentó a su lado y preguntó:
—¿Cómo siguen tus estudios de matemáticas?
—¿Quieres ver el libro que traigo? —dijo Harlan.
—¿Es posible que lleves esos libros encima?
—¿Por qué no? El viaje en la cabina lleva bastante tiempo. No hay ninguna necesidad de desperdiciarlo.
Él sacó una pequeña lectora de su bolsillo, insertó el rollo de microfilm y sonrió con cariño cuando ella se lo llevó a los ojos.
Ella le devolvió la lectora y meneó la cabeza.
—Nunca he visto tantos garabatos. Me gustaría saber leer el idioma Pantemporal.
—En realidad —dijo Harlan— la mayor parte de los garabatos que dices no son del idioma Pantemporal, sino signos matemáticos.
—Tú los entiendes, ¿no es eso?
A Harlan le contrariaba decir nada que pudiese apagar el brillo de franca admiración que lucía en sus ojos, pero se vio forzado a confesar:
—No tanto como yo quisiera. Sin embargo, he aprendido bastantes matemáticas para saber lo que necesito. No es necesario saber mucho para ver un agujero en la pared tan grande como para dar paso a una cabina de carga.
Lanzó la lectora al aire y la cogió al vuelo antes de que cayese, dejándola sobre una mesita.
Los ojos de Noys le miraban con ilusión y Harlan comprendió de pronto el sentido de aquella mirada.
—¡Por el Gran Cronos! —dijo él—. ¡Naturalmente! ¿No puedes leer el Idioma Pantemporal?
—No, desde luego que no.
—Entonces la biblioteca de esta Sección te resultará completamente inútil. No se me había ocurrido. Deberías tener tus propios libros del Cuatrocientos ochenta y dos.
Ella contestó con prontitud:
—No, no los quiero.
—Los tendrás —dijo Harlan.
—De veras, no los necesito. Es una tontería el arriesgarse...
—¡Los tendrás! —repitió él.

Por última vez se encontró delante de la frontera inmaterial que separa a la Eternidad de la casa de Noys en el 482. Había creído que la vez anterior sería la última. El Cambio debía ya estar muy cerca, cosa que no le había contado a Noys para no preocuparla.
Pero no le fue difícil decidirse a repetir el viaje, aquella excursión adicional. En parte, era el deseo de merecer la admiración de Noys al traerle sus libros metiéndose en la misma boca del león; en parte su deseo —¿cuál era la frase que usaban los Primitivos?— de «tirar de las barbas al Rey», si es que aquella frase podía aplicarse a las mejillas lampiñas de Finge.
Además, así podría saborear el extraño encanto que tenía el ambiente de una casa condenada a desaparecer en la nueva Realidad.
Lo había experimentado antes, cuando entró en ella durante el período marginal de gracia que le concedía su programa espacio—temporal. Lo sintió mientras vagaba por sus habitaciones, recogiendo ropas, bibelots y extrañas botellas e instrumentos del tocador de Noys.
Era el sombrío silencio de una Realidad a punto de extinguirse, muy diferente de la mera ausencia física de ruidos. Harlan no podía decir cuál sería la equivalente de aquella casa en la nueva Realidad. Podía ser una pequeña quinta suburbana, o una casa de pisos en una calle de la ciudad. O podía desaparecer, mientras las hierbas salvajes crecerían en el mismo lugar que ahora ocupaba el cuidado jardín de Noys. Incluso era posible que no sufriera cambios de importancia. Y podía ser habitada —Harlan cambió rápidamente de pensamiento— por la análoga de Noys, o desde luego, por otra persona.
Para Harlan aquella casa ya era como un fantasma, un espectro prematuro que hacía sus apariciones antes de haber muerto. Puesto que la casa, tal como estaba, significaba tanto para él, halló que se dolía de su desaparición y que lo lamentaba.
Sólo una vez en los cinco viajes que había hecho pudo escuchar un ruido que rompiera la quietud de aquellas salas. En aquel momento se hallaba en la despensa, dando gracias al hecho de que la tecnología de aquella Realidad y de aquel Siglo permitía prescindir de sirvientes, lo cual le evitaba ahora un problema. Recordó que acababa de escoger entre los envases de alimentos preparados, habiendo decidido que tenía bastante para aquel viaje y que Noys se alegraría de poder variar la saludable pero monótona comida de los almacenes de la Sección con aquellos platos predilectos. Incluso se vio a solas mientras pensaba que no hacía mucho, las comidas de aquel Siglo se le antojaban decadentes y artificiales.
Estaba en la mitad de aquella carcajada, cuando escuchó un claro ruido metálico. ¡Harlan se quedó helado!
El sonido había llegado de algún lugar a sus espaldas. Durante el segundo de sorpresa en que Harlan permaneció inmóvil, lo primero que se le ocurrió fue que había entrado un ladrón. El verdadero y tremendo peligro de que fuese un Eterno, se le ocurrió en segundo lugar.
Pero no podía ser un ladrón. Todo el período comprendido en el programa espacio—temporal, incluyendo el margen de seguridad, era cuidadosamente aprobado y seleccionado entre otros períodos similares teniendo en cuenta la ausencia de factores imprevistos. Por otro lado, él había inducido un microcambio (quizá no tan pequeño) al llevarse a Noys de allí.
Con el corazón saltándole en el pecho, Harlan se volvió, no sin esfuerzo. Le pareció que la puerta acababa de cerrarse a su espalda, y que aún recorría el último milímetro necesario para acabar de encajar en su dintel.
Reprimió el impulso de empujar aquella puerta y registrar toda la casa. Regresó a la Eternidad cargado con los regalos para Noys y esperó durante dos días enteros antes de aventurarse de nuevo hacia el lejano hipertiempo. No sucedió nada anormal y Harlan acabó por olvidar el incidente.
Pero ahora, mientras manipulaba los mandos para entrar en el Tiempo por última vez, recordó de nuevo aquellos momentos. O quizá lo que le torturaba era la idea de que el Cambio estaba cada vez más cercano. Más tarde, al pasar revista a las posibles causas de lo sucedido, comprendió que fue uno u otro de esos pensamientos lo que le hizo equivocarse en el exacto ajuste de los mandos. No se le ocurría otra excusa.
La equivocación, de momento, no tuvo consecuencias. La habitación deseada quedó enfocada en el acto y Harlan pasó directamente a la biblioteca de Noys.
Se había acostumbrado lo suficiente a aquella época para gustarle la fina artesanía que se utilizaba en los envases para microfilms. Las etiquetas de los títulos eran intrincadas filigranas hasta convertirse en una obra de arte, pero casi ilegibles. Era un triunfo de la estética sobre la utilidad.
Harlan sacó algunos libros de los estantes, al azar, y quedó sorprendido. El título de uno de ellos era: «La Historia Social y Económica de nuestros Tiempos».
Aquello le revelaba una faceta insospechada del carácter de Noys. Desde luego, ella no era estúpida, pero nunca se le habría ocurrido a Harlan que pudiera estar interesada en materias tan sesudas. Pensó en echar una ojeada a aquella «Historia Social y Económica», pero se contuvo. La encontraría en la biblioteca de la Sección, si algún día quería leerla. Era muy posible que varios meses antes Finge hubiera reunido para los archivos de la Eternidad todos los libros importantes de las bibliotecas de aquella Realidad.
Dejó aquel microfilm a un lado y revisó los demás, seleccionando la mayor parte de las novelas y otros que le parecieron obras de literatura seria. Puso todo aquello y dos lectoras portátiles en una mochila que llevaba.
En aquel momento, una vez más, oyó un ruido en la casa. Aquella vez no podía haber error. No era un golpe seco de origen indeterminado. Era una risa, la risa de un hombre. Harlan no estaba solo en casa.
No se dio cuenta de que dejaba caer la mochila. ¡Por un segundo terrible, sólo pudo pensar que había caído en la trampa!

10
La trampa

De repente todo pareció inevitable. Era una cruel ironía del Destino. Por fin había entrado en el tiempo por última vez, se había burlado de Finge por última vez, había llevado el cántaro a la fuente por última vez. ¡ Acababa de sorprenderle!
¿Era Finge quien reía?
¿Quién sino él podía perseguirle, esperándole en la habitación contigua para luego estallar en una carcajada de triunfo?
Entonces, ¿todo estaba perdido? Como, en aquel momento de terror, estaba seguro de ello, no se le ocurrió huir ni refugiarse de nuevo en la Eternidad. Se enfrentaría con Finge.
Si era preciso, le mataría.
Harlan se acercó a la puerta tras la cual había sonado aquella risa, con el paso firme y seguro del asesino decidido a matar. Desconectó el cierre automático de la puerta y la abrió lentamente. Dos centímetros. Tres. La puerta se abrió sin ningún ruido.
El ocupante de la otra habitación estaba de espaldas a él. Parecía demasiado alto para ser Finge, y tal observación penetró en la confusa mente de Harlan dejándole inmovilizado en su lugar.
Entonces, como si la extraña parálisis que parecía dominar a los dos hombres se hubiera disipado poco a poco, el otro se volvió lentamente.
Harlan nunca llegó a ver cómo se volvía del todo. El perfil del otro no se había descubierto del todo cuando Harlan, reprimiendo su pánico con los últimos fragmentos de serenidad que le quedaban, se retiró apresuradamente de la puerta. El mecanismo automático la cerró silenciosamente.
Harlan dio un paso atrás, ciego de confusión. Casi no podía respirar; pugnaba por llenar de aire sus pulmones, mientras el corazón le palpitaba violentamente como si quisiera escapar de su pecho.
Ni Finge, ni Twissell, ni todo el Gran Consejo Pan—temporal podían haberle desconcertado tanto. No era el temor a un peligro físico lo que le había causado aquella impresión. Era una aversión casi instintiva por la misma naturaleza del incidente que le acababa de ocurrir.
Recogió el paquete de microfilms, y después de dos intentos infructuosos consiguió franquear la entrada de la Eternidad. Pasó como un autómata, y nunca supo cómo había conseguido llegar al 575.° y después a sus habitaciones particulares. Su cargo de Ejecutor le salvó de nuevo. Los pocos Eternos a quienes encontró en su camino se hicieron a un lado y miraron fijamente al vacío. Aquello fue una suerte, pues en aquellos momentos Harlan no podía borrar de su rostro las muestras de terror mortal que le acosaba, y su faz estaba pálida como la muerte. Pero nadie le miró, y Harlan dio las gracias a la Eternidad y a la ciega diosa que devanaba el oscuro hilo del Destino.
En realidad no había visto por entero al hombre intruso en la casa de Noys, y sin embargo supo quién era con extraña certeza.
La primera vez que Harlan oyó un ruido en la casa, él, Harlan, estaba riendo y el sonido que interrumpió su risa fue el de algo pesado que caía al suelo en la habitación cercana. La segunda vez alguien había reído en la otra habitación y él, Harlan, dejó caer la mochila con libros al suelo. La primera vez él, Harlan, se volvió a tiempo de ver cómo se cerraba una puerta. La segunda vez él, Harlan, había cerrado una puerta mientras otro hombre se volvía.
¡Se había encontrado a sí mismo!
En el mismo Tiempo y casi en el mismo lugar, él y su personalidad anterior en varios fisio-días, se habían encontrado casi cara a cara. Por un error en el ajuste de los mandos, graduándolos para un instante ya usado del Tiempo, Harlan había visto a Harlan.
Durante varios días realizó sus tareas mecánicamente, sin conseguir olvidar aquel horror. Se maldijo a sí mismo llamándose cobarde, pero aquello no remedió la situación.
Y a partir de aquel momento, todo empezó a ir mal. Ahora localizaba con exactitud el momento crucial. La Gran Divisoria estaba en el momento en que ajustó los mandos para entrar por última vez en el Siglo 482, e inexplicablemente se había equivocado. Desde entonces las cosas fueron de mal en peor.
El cambio de Realidad proyectado para el Siglo 482 fue inducido durante aquel período de abatimiento, lo cual acentuó su sensación de desaliento. En las dos últimas semanas había seleccionado tres Cambios de Realidad condenados en los que había algunos errores de detalle. Al final se decidió por uno de ellos, pero le faltaba la energía necesaria para emprender la acción.
Había escogido el Cambio de Realidad 2456—2781 V—5 por varias razones. De los tres, era el que estaba en el más lejano hipertiempo. El error observado era pequeño, pero tenía importancia en términos de vidas humanas. Sólo necesitaba un rápido viaje al Siglo 2456 para averiguar la naturaleza de la homologa de Noys en la nueva Realidad, usando para ello un pequeño chantaje.
Pero el terror que le había causado su reciente experiencia le traicionó. El uso de amenazas para conseguir su propósito ya no le parecía una cosa fácil. Y una vez conocida la homologa de Noys, ¿qué sucedería? Colocar a Noys como cocinera, costurera, obrera o lo que fuese, era sencillo. Pero ¿qué hacer con la otra persona, la otra Noys? ¿Con el posible marido que dicha homologa pudiera tener, con la familia, con los hijos?
Antes no había pensado en nada de esto. Había evitado el pensarlo. Cada cosa a su tiempo, se había dicho.
Pero ahora no podía pensar en otra cosa.
Por eso estaba inactivo en sus habitaciones, odiándose por su falta de decisión, cuando Twissell lo llamó con voz interrogadora y un poco preocupada.
—Harlan, ¿se encuentra enfermo? Cooper me ha dicho que ha faltado a varías lecciones.
Harlan trató de disimular la preocupación que se reflejaba en su rostro.
—No, Programador Twissell. Sólo un poco cansado.
—Bien, eso es comprensible, muchacho.
Y entonces la eterna sonrisa llegó casi a desaparecer.
—¿Se ha enterado de que se efectuó el Cambio en el Cuatrocientos ochenta y dos?
—Sí —dijo Harlan, lacónico.
—Finge me ha llamado —dijo Twissell—, y me encargó que le dijera que el Cambio tuvo un éxito completo.
Harlan se encogió de hombros y luego se dio cuenta de que los ojos del Programador le contemplaban desde la pantalla. Se sintió confuso y preguntó:
—¿Decía, Programador?
—Nada —dijo Twissell, y quizá fue el manto de la edad lo que pesaba tanto sobre sus hombros, pero su voz tenía un timbre extrañamente triste.
—Creí que quería decirme algo —dijo Twissell.
—No tengo nada que decir —replicó Harlan.
—Entonces, le veré mañana a primera hora en la Sala de Programación. Tenemos mucho de que hablar.
—Sí, señor —dijo Harlan, y durante largos minutos se quedó mirando a la pantalla después que ésta se oscureció.
Aquellas últimas palabras parecían una amenaza. Finge había hablado con Twissell, ¿no? Sin duda habló más de lo revelado por Twissell.
Pero aquella amenaza era lo que Harlan necesitaba. Luchar contra una angustia en el alma era como hundirse entre arenas movedizas y tratar de vencerlas golpeándolas con un palo. Pero luchar contra Finge era otra cosa. Harlan recordó el arma que tenía a su disposición, y por primera vez en muchos días le pareció que recobraba la seguridad en sí mismo.

Era como si una puerta se cerrase y otra se hubiese abierto. Así como antes se sentía sin fuerzas para llevar a cabo sus proyectos, ahora Harlan desarrolló una febril actividad. Viajó hasta el 2456.° y forzó al Sociólogo Voy a que cumpliera con sus deseos precisos.
El éxito fue completo. Consiguió la información que buscaba.
Más de la que buscaba. Mucho más.
La audacia rendía sus frutos, por lo visto. Había un proverbio en su Siglo natal que decía: Coge la rama de espinos firmemente y tendrás un arma con la que vencer a tu enemigo.
En resumen, Noys no tenía ninguna homologa en la nueva Realidad. Absolutamente ninguna. Podía ocupar su puesto en la nueva sociedad de la manera más conveniente posible, o podía quedarse en la Eternidad. No había motivo para negarle la autorización de relación formal con ella, excepto el hecho de que había infringido la ley... y Harlan sabía perfectamente cómo contrarrestar tal argumento.
Por ello se dirigió hacia el hipertiempo con la mayor premura, para explicarle a Noys aquellas buenas nuevas, para recrearse en aquel inesperado éxito después de pasar días horribles sumido en un fracaso aparente.
Y en aquel momento la cabina se detuvo.
No deceleró; simplemente se detuvo. Si el movimiento hubiese sido a lo largo de una de las tres dimensiones del espacio, el frenazo repentino habría aplastado el vehículo, poniendo el metal al rojo vivo, y Harlan se habría convertido en una masa de carne sangrante y huesos rotos. En el Tiempo, simplemente le hizo doblarse sobre sí mismo con un ataque incontenible de náusea mezclada con ramalazos de intenso dolor. Cuando recobró la vista se tambaleó hacia el indicador de Siglos y lo contempló fijamente con una confusa mirada. Marcaba el Siglo 100.000.
Aquello le atemorizó de un modo extraño. Era un número demasiado definido, concreto. Ni uno más ni uno menos: ¡ 100.000!
Se volvió, lleno de agitación, hasta los mandos del aparato. ¿Qué habría sucedido?
Todo parecía normal, y aquello también le asustó. Nadie había tocado la palanca de arranque. Permanecía firmemente colocada en su posición normal de marcha acelerada hacia el hipertiempo. Todos los instrumentos en el tablero de control daban una lectura normal. No había ningún cortocircuito. Ningún corte exterior de la corriente energizadora. La pequeña aguja que marcaba el consumo normal de mega-megacoulombs de fuerza seguía insistiendo en que se consumía energía en cantidades normales.
¿Qué era, entonces, lo que había detenido la cabina? Lentamente   y   con   considerable   vacilación,   Harlan tocó la palanca de arranque y la rodeó con su mano. La colocó en punto muerto y la aguja del indicador de energía descendió hasta el cero.
Empujó la palanca en sentido contrario. La aguja del indicador ascendió de nuevo y esta vez el contador de Siglos marcó su paso hacia el hipotiempo, hacia el pasado, a lo largo de la línea del Tiempo.
Hacia el hipotiempo... hacia el pasado... 99.983, 99.972, 99.959...
Harlan invirtió el mando. Otra vez hacia el futuro. Despacio, muy despacio.
El indicador marcó 99.985... 99.993... 99.997... 99.998...
99.999... 100.000...
¡Crac! No pudo pasar del 100.000. La energía de la nova Sol se estaba utilizando a una velocidad aterradora, sin que sirviera para nada.
Volvió de nuevo hacia atrás, hacia el pasado, más lejos. Se lanzó hacia el futuro a toda velocidad. ¡Crac!
Tenía las mandíbulas rígidas, los labios abiertos en una mueca, la respiración jadeante y agitada. Se sintió como un preso que se lanzase contra las rejas de su cárcel.
Cuando por fin se detuvo, después de una docena de desesperadas tentativas, la cabina continuaba inmóvil en el 100.000. Hasta allí podía llegar, pero no más adelante.
¡Cambiaría de cabina! (Pero en el fondo de su corazón, Harlan se dio cuenta de que sería inútil.)
En el vacío silencio del Siglo 100.000, Andrew Harlan salió de su aparato y escogió otro Tubo al azar.
Un minuto más tarde, con la palanca de arranque en la mano, contemplaba con rabia cómo el indicador señalaba el 100.000, y supo con certeza que no podría pasar de allí por ninguno de los Tubos.
Un impulso de ira le agitó. ¡Precisamente en aquel momento! Cuando las cosas parecían inclinarse a su favor, llegaba aquel desastre. La maldición de aquel fatal error al entrar en el 482.° aún seguía ejerciendo su maligna influencia sobre él.
Salvajemente lanzó la cabina en la dirección opuesta hacia el hipotiempo, obligándola a mantener su máxima velocidad. Por lo menos seguía libre en una dirección, libre para hacer lo que quisiera. Con Noys prisionera detrás de aquella barrera y fuera de su alcance, ¿qué más podían hacerle? ¿Qué otra cosa podía temer?
Llegó al 575.° y saltó de la cabina con un atrevido desprecio por todo lo que le rodeaba. Se dirigió a la biblioteca de la Sección sin hablar con nadie, sin mirar a nadie. Abrió una vitrina y cogió lo que deseaba sin preocuparse de mirar a su alrededor para comprobar si era vigilado. ¡Qué le importaba!
De nuevo entró en una cabina y se dirigió hacia el hipotiempo. Sabía exactamente lo que iba a hacer. Lanzó una ojeada al gran reloj colocado en la estación de los Tubos y que medía el Fisio-Tiempo oficial, marcando los días y los tres turnos de trabajo en que se dividía el fisio-día de la Eternidad. Finge estaría ahora en sus habitaciones y aquello le complació.
Cuando llegó al 482.°, Harlan sintió que su piel ardía como si tuviera fiebre. Su boca estaba seca y áspera. Le dolía el pecho. Pero sentía el duro contacto del arma que llevaba debajo de la camisa, mientras la apretaba firmemente con el brazo contra su costado. Aquélla era la única sensación que le importaba.
El ayudante Programador Hobbe Finge alzó la vista para mirar a Harlan, y la sorpresa reflejada en sus ojos lentamente se transformó en preocupación.
Harlan le observaba en silencio desde la puerta, esperando a que la preocupación del otro creciera y se transformara en temor. Cerró la puerta a sus espaldas y se dirigió lentamente hacia Finge, colocándose entre éste y la pantalla del intercomunicador.
Finge estaba desnudo hasta la cintura. Tenía ralos pelos en el pecho y su grasiento abdomen se doblaba por encima del cinturón.
Parece insignificante, pensó Harlan con satisfacción, insignificante y desagradable. Mucho mejor.
Metió la mano derecha dentro de la camisa y empuñó firmemente la culata de su arma.
— Nadie me ha visto entrar, Finge — dijo Harlan — ; de manera que no espere socorro. Nadie va a venir. Observe, Finge, que está tratando con un Ejecutor. ¿Sabe lo que significa eso?
Su voz era áspera. Le molestaba que Finge no diese muestras de miedo y sólo apareciese la preocupación en sus ojos. Finge tranquilamente alcanzó su camisa y, sin pronunciar palabra, empezó a ponérsela.
Harlan continuó:
— ¿Conoce  las  ventajas  de ser un  Ejecutor,  Finge?
Usted nunca lo ha sido, conque no puede comprenderlo. Significa que nadie se fija adonde va o lo que hace. Todos apartan los ojos y se esfuerzan tanto en no vernos, que llegan a conseguirlo. Yo podría, por ejemplo, dirigirme a la biblioteca de la Sección y apoderarme de cualquier cosa que me interesara, mientras el bibliotecario me da la espalda para no tener que saludarme y no ve nada de lo que yo hago. Puedo pasearme por los pasillos del Cuatrocientos ochenta y dos, y cualquiera que se cruce conmigo, automáticamente se apartará de mi camino y luego jurará que no me ha visto. Es algo inconsciente. Por lo tanto, entienda que puedo hacer lo que quiera e ir donde guste. Puedo entrar en el departamento privado del Ayudante Programador de esta Sección y obligarle con un arma a que me diga la verdad, sin que nadie me lo impida.
Finge habló por primera vez.
—¿Qué es lo que tiene en la mano?
—Un arma —dijo Harlan y encañonó a Finge. Su breve cañón se ensanchaba ligeramente terminando en un abultamiento metálico liso.
—Si piensa matarme... —empezó Finge.
—Esto no le matará —dijo Harlan—. La última vez que nos vimos usted tenía una pistola desintegradora. Esta arma fue inventada en una de las pasadas Realidades del Siglo Quinientos setenta y cinco. Quizá no la conoce. La eliminamos de la Realidad. Demasiado cruel. Puede matar, pero si se usa sin llegar al máximo de su potencia afecta simplemente a los centros dolorosos y paraliza a la persona atacada. Se llama un látigo neurónico. Éste funciona y tiene su carga completa. Lo he probado en un dedo y es muy desagradable.
Harlan le mostró su izquierda con el meñique curiosamente rígido.
Finge se agitó en su silla.
—¡Por Cronos! ¿A qué viene todo esto?
—Hay una especie de barrera en los Tubos en el Cien mil. Quiero que sea retirada.
—¿Una barrera en los Tubos?
—No quiera fingir conmigo. Ayer habló usted con Twissell. Quiero saber lo que hicieron y lo que harán. ¡Por el Tiempo, Programador! Si no habla pronto, usaré el látigo. Si duda de mi palabra, inténtelo.
—Escuche...
Finge habló con voz temblorosa, y por primera vez mostró terror y también una ira llena de desesperación.
—Si quiere saber la verdad, es ésta. Sabemos lo de usted y Noys.
Harlan titubeó.
—¿Qué hay de mí y de Noys?
—¿Acaso creyó que iba a engañarnos? —dijo Finge. El Coordinador tenía los ojos clavados en el látigo neurónico, y su frente empezaba a perlarse de gotitas de sudor—. ¡ Por Cronos! Con la excitación que demostró después de su período de Observación, y con lo que hizo durante su estancia en el Tiempo normal, ¿creyó que no íbamos a vigilarle? Merecería que me degradasen de mi cargo de Programador si no me hubiese preocupado de esto. Sabemos que ha traído a Noys a la Eternidad. Lo sabemos desde el primer día. Quería la verdad. Pues ya la tiene.
En aquel momento Harlan se maldijo por su propia estupidez.
—¿Lo sabían desde el principio?
—Sí. Supimos que la había llevado a los Siglos Ocultos. Le observamos cada vez que entró en el Cuatrocientos ochenta y dos para llevarle ropas y otros objetos, haciendo el papel de estúpido enamorado, olvidándose completamente de su juramento de fidelidad.
—Entonces, ¿por qué no lo impidieron? Harlan estaba apurando las heces de aquella humillación.
—¿Aún quiere saber la verdad? —respondió Finge con sarcasmo, pareciendo crecerse a medida que Harlan se hundía en la frustración.
—Continúe.
—Entonces, le diré que nunca le he considerado un buen Eterno. Cuando le traje aquí en su última misión, lo hice para convencer de ello a Twissell, quien por alguna razón que desconozco le tiene a usted en gran estima. En la persona de aquella muchacha, Noys, no estaba estudiando sólo su grupo social, también le estudiaba a usted. Y usted falló, como yo había supuesto. Ahora, aparte esa arma, ese látigo o lo que sea, y salga de aquí.
—Y, sin embargo, usted vino una vez a mi departamento para inducirme a hacer lo que hice —dijo Harlan, casi sin aliento, luchando por mantener su decisión y sintiendo que se le escapaba de entre las manos, como si su espíritu estuviese tan rígido e insensible como el dedo agarrotado de su mano izquierda.
—Sí, desde luego. Si quiere la palabra exacta, le tendí una trampa. Le dije la verdad, que podía seguir teniendo a Noys en la entonces Realidad actual. Usted decidió proceder, no como un Eterno, sino como un traidor a su juramento.
—Y volvería a hacerlo —dijo Harlan secamente—. Puesto que lo sabe todo, comprenderá que no tengo nada que perder.
Levantó su arma y apuntó a la gruesa cintura de Finge, hablando entre dientes:
—¿Qué le ha sucedido a Noys?
—No tengo ni la menor idea.
—No mienta. ¿Qué le ha sucedido a Noys?
—Le repito que no lo sé.
La mano de Harlan se cerró sobre la culata de la pistola neurónica; su voz era ronca.
—Primero la pierna. Esto le hará hablar.
—Por favor, escuche. ¡Espere!
—Conforme. ¿Qué ha pasado con ella?
—No, espere. Hasta ahora sólo se trata de una falta de disciplina. La Realidad no ha sido afectada. Lo he comprobado. Todo lo que le harán será degradarlo. Si me mata, o si me hiere con intención de matarme, habrá atacado a un superior. Esto se castiga con la muerte.
Harlan sonrió ante la vanidad de aquella amenaza. En vista de lo pasado, la muerte sólo significaba para él una solución de incomparable sencillez.
Finge, sin duda, interpretó mal los motivos de aquella sonrisa. Dijo apresuradamente:
—No crea que no existe la pena de muerte en la Eternidad porque nunca haya visto tal castigo. Nosotros lo conocemos; nosotros los Programadores. Es más, se ha aplicado sin que nadie se entere. Es muy fácil. En cualquier Realidad siempre ocurren accidentes fatales sin que sea posible recuperar los cuerpos. Cohetes que estallan en el espacio, aviones que se hunden en el mar o que se estrellan contra una montaña. Un asesino puede ser situado en una de estas naves, minutos o segundos antes del accidente. ¿Cree ahora que eso le conviene?
Harlan se balanceó sobre las puntas de los pies y dijo:
—Si trata de ganar tiempo, no conseguirá nada. Le diré lo que pienso: No temo al castigo. Además, estoy decidido a recobrar a Noys. La quiero ahora mismo. Ella no existe en la Realidad actual. No tiene ninguna homologa. No hay razón que nos impida establecer una relación formal.
—El reglamento no permite que un Ejecutor...
—Dejaremos que el Gran Consejo lo decida —dijo Harlan, y su orgullo habló al fin—. Tampoco temo una decisión negativa, del mismo modo que no temo matarle. Yo no soy un Ejecutor corriente.
—¿Lo dice porque es el Ejecutor personal de Twissell?
Hubo una extraña expresión en el sudoroso rostro de Finge, que podía ser de odio o triunfo, o una mezcla de ambos sentimientos.
Harlan respondió:
—Por razones mucho más importantes que ésta. Y ahora...
Con sombría decisión ciñó el dedo al disparador del arma.
Finge chilló:
—Entonces, acuda al Consejo, al Gran Consejo. Ellos lo saben. Si es usted tan importante... —se interrumpió, jadeante.
El dedo de Harlan se detuvo un instante.
—¿Qué quiere decir?
—¿Cree que yo tomaría una iniciativa personal en un caso como éste? He informado de todos los pormenores al Consejo, al mismo tiempo que de los resultados del Cambio de Realidad. ¡Vea! Aquí están las copias de mi informe.
—¡Quieto! No se mueva.
Pero Finge no hizo caso de aquella orden. Como espoleado por un demonio, Finge se dirigió a un archivo particular. Con una mano marcó la combinación de números que identificaba el documento buscado. Una plateada lámina salió de la rendija lateral, sus grupos de perforaciones apenas visibles a simple vista.
—¿Quiere que lo pase por la lectora? —preguntó Finge, y sin esperar respuesta lo insertó en el aparato.
Harlan escuchó, inmóvil. Ahora todo estaba muy claro. Finge había pasado un informe completo. Detallaba todas las acciones de Harlan en los Tubos. No había olvidado nada.
Cuando terminó el informe, Finge gritó:
—Y ahora, váyase al Gran Consejo. Yo no he puesto ninguna barrera en los Tubos. No sabría cómo hacerlo. Y no piense que a ellos no les importa esta cuestión. Ya sabe que he hablado con Twissell. Pero yo no lo llamé, él me llamó a mí. Vaya y hable con Twissell. Dígale lo buen Ejecutor que es usted. Y si antes quiere matarme, dispare y váyase al infierno.
Harlan no dejó de notar el acento de triunfo en la voz del Programador. Sin duda, en aquel momento se sentía el amo de la situación; lo suficiente para creer que aun después de muerto sería el ganador de la batalla.
¿Por qué era el fracaso de Harlan tan importante para él? ¿Era posible que sus celos por Noys fuesen tan intensos?
Acababa, de hacerse aquellas preguntas cuando su discusión con Finge le pareció, de pronto, algo sin importancia.
Guardó la pistola en el bolsillo y salió corriendo hacia el Tubo más cercano.
Tenía que llegar hasta el Gran Consejo o por lo menos hasta Twissell. No temía a ninguno de ellos.
A medida que pasaba aquel mes increíble, se había convencido de que él, Harlan, era imprescindible para la Eternidad. El Consejo, por muy Pantemporal que fuese, no tendría otro remedio sino llegar a un acuerdo con él, cuando se tratase de canjear una muchacha por la experiencia misma de la Eternidad.

11
El círculo se cierra

El ejecutor Andrew Harlan se sorprendió al observar que llegaba al 575.° durante el turno de noche. No había notado el transcurso de las fisio-horas durante sus enloquecidos viajes por los Tubos. Harlan se quedó mirando, sin comprender, a los oscurecidos corredores, al paso ocasional de uno de los trabajadores nocturnos.
Encendido de rabia, Harlan no quiso detenerse a contemplar todo aquello por más tiempo. Corrió hacia la zona residencial. Encontraría las habitaciones de Twissell en el Distrito de Programadores del mismo modo que había encontrado la morada de Finge, y no temía ser detenido por nadie.
El látigo neurónico seguía en contacto con su costado cuando se detuvo frente a la puerta de Twissell. En la placa de cristal colocada a la altura de los ojos se leía el nombre grabado en letras grandes y claras.
Harlan apretó el pulsador dispuesto al lado de la puerta. Dejó que el sonido llenase el interior de la casa, mientras seguía apretando el timbre con una mano húmeda de sudor. Desde fuera se oía débilmente la llamada.
Oyó pasos a su espalda, pero no se molestó en volverse, seguro de que el hombre, quienquiera que fuese, no  le  dirigiría  la  palabra (gracias a  su emblema  rojo  de Ejecutor).
Pero los pasos cesaron y una voz le saludó.
—¿Ejecutor Harlan?
Harlan se volvió rápidamente. Era un Sub—Programador recientemente llegado a aquella Sección. En su fuero interno Harlan lo maldijo con rabia. Allí no estaba en el 484.° Allí no le consideraban como un simple Ejecutor, sino como el Ejecutor personal de Twissell, y los jóvenes Sub—Programadores, para congraciarse con el gran Twissell, debían aparentar cortesía para su Ejecutor especial.
El Sub—Programador dijo:
—¿Desea ver al Jefe Programador Twissell? Harlan vaciló y al fin contestó:
—Sí, señor.
¡Maldito estúpido! ¿Qué podía hacer cualquiera que estuviese llamando a la puerta a aquella hora?
—Temo que no podrá verlo —dijo el Sub—Programador.
—Es un asunto importante. Tendré que despertarle —dijo Harlan.
—No digo que no. Pero el caso es que no se encuentra en esta Sección.
—¿Adonde ha ido? —preguntó Harlan con impaciencia. La mirada  del  otro  dejó  traslucir  que  consideraba aquello como una ofensa.
—Naturalmente, no lo sé.
—Pero yo tengo una reunión con él, a primera hora de la mañana —dijo Harlan.
—Comprendo —dijo el otro, y Harlan no entendió por qué el Sub—Programador parecía divertido ante aquella idea.
—Ha llegado usted con algo de anticipación, ¿no le parece? —continuó sonriendo levemente.
—Necesito verlo ahora mismo.
—Estoy seguro de que por la mañana lo encontrará en su despacho.
—Pero...
El otro continuó su camino, evitando cualquier roce con los vestidos de Harlan.
Harlan apretó los puños. Se quedó mirando cómo el otro se alejaba, y después, en vista de que no podía hacer otra cosa, regresó lentamente hacia su departamento.
Harlan trató de dormir. Se dijo a sí mismo que necesitaba el descanso del sueño. Trató de dormirse mediante un esfuerzo de su voluntad y, desde luego, fracasó. Pasó aquellas horas en un torbellino de fútiles pensamientos.
Sobre todo, pensó en Noys
No se atreverían a hacerle ningún daño, pensó con fervor. No podían devolverla al Tiempo normal sin calcular antes su influencia en la Realidad, y aquello les ocuparía, posiblemente, semanas. Como alternativa, podían hacer con ella lo que Finge le había descrito como castigo para él: situarla en medio de un accidente mortal.
Harlan no quiso creer en ello. No había ninguna necesidad de tomar una medida de tal naturaleza. Tampoco podían arriesgarse a enemistarse con Harlan. En la quietud de la oscura habitación y en aquel estado de semivigilia que a menudo nos hace perder de vista la proporción de las cosas, a Harlan le pareció natural que el Gran Consejo Pantemporal no se atreviera a enemistarse con un simple Ejecutor.
Después pensó en Twissell.
El viejo estaba fuera del 575.° ¿Adonde habría ido, cuando normalmente debería estar durmiendo? Un anciano necesitaba dormir. Harlan estaba seguro de la respuesta. El Consejo se habría reunido para deliberar sobre Harlan y Noys. Sobre lo que podría hacerse con un indispensable Ejecutor al que nadie se atrevía a tocar.
Harlan hizo una mueca. El que Finge informase sobre la postura agresiva de Harlan aquella tarde, no podía perjudicarle en lo más mínimo. Sus otras faltas no serían peores con ello, ni ellos dejarían de depender de él.
Y Harlan no creía que Finge fuese a dar parte de él.
Confesar su humillación ante un Ejecutor, pondría a un Ayudante Programador en una situación ridícula; lo más probable era que Finge decidiera no decir nada.
Harlan pensó en los Ejecutores como grupo, lo que, últimamente, había hecho rara vez. Su propia y algo anómala posición como ayudante de Twissell y como medio Instructor le privaba de contactos con los demás Ejecutores. De todos modos, a los Ejecutores les faltaba unión. ¿A qué sería debido?
¿Cómo era posible pasar por el 575.° y por el 482.° sin haber visto sino raras veces a otro Ejecutor? ¿Era necesario que incluso se evitasen entre sí? ¿Era natural actuar como si aceptaran la superstición de los demás?
En su mente ya había conseguido que el Gran Consejo aceptara su propósito respecto a Noys, y ahora planteaba otras peticiones. Debían permitir que los Ejecutores tuvieran una organización propia, reuniones periódicas... más relación... mejor trato por parte de los demás.
Cuando ya se consideraba como un héroe de la Eternidad, con Noys a su lado, se quedó dormido.
La llamada que sonaba en la puerta le despertó. Parecía reclamarle con impaciencia. Medio dormido aún, miró el reloj que tenía a su lado y gimió.
¡Por el gran Cronos! ¡Se le habían pegado las sábanas!
Consiguió alcanzar al botón instalado junto a la cama, y el visor de la puerta se hizo transparente. No reconoció al que llamaba, pero comprendió que era alguien importante.
Harlan abrió la puerta y el hombre, que llevaba el emblema naranja de los Administradores, penetró en la habitación.
—¿Ejecutor Andrew Harlan?
—Sí, Administrador. ¿Tiene algo que decirme? El Administrador hizo una mueca de desagrado ante el tono beligerante de la pregunta. Continuó:
—¿Tiene usted una reunión esta mañana con el Jefe
Programador Twissell?
—¿Y bien?
—He venido para informarle de que se ha retrasado usted.
—¿A qué viene todo eso? —dijo Harlan—. Usted no es del Quinientos setenta y cinco, ¿no es cierto?
—Estoy destinado en la Sección doscientos veintidós —dijo el otro fríamente—. Soy el Ayudante Administrador Arbut Lemm. He sido encargado de organizar esa reunión, y procuro evitar el innecesario escándalo que, sin duda, se produciría si me hubiese puesto en contacto con usted oficialmente por medio del Intercomunicador.
—¿Qué escándalo? ¿Qué pasa aquí? Oiga, he tenido muchas reuniones con Twissell. Es mi jefe. Nunca ha habido necesidad de hacer escándalo sobre ellas.
Un rastro de sorpresa apareció por un momento en el rostro inexpresivo que el Administrador había mantenido hasta aquel momento.
—¿Es posible que no le hayan informado?
—¿De qué?
—De que va a reunirse en sesión esta mañana, aquí en el Quinientos setenta y cinco, una Comisión del Gran Consejo Pantemporal. Toda la Sección, me han dicho, está enterada de esta noticia.
¿V quieren verme a mí?
Tan pronto como hubo formulado la pregunta. Harlan pensé. «Es natural que quieran verme. ¿Para qué otra cosa iban a reunirse?»
Entonces comprendió la ironía del Sub—Programador la noche anterior, ante la puerta del departamento de Twissell. El Sub—Programador conocía la noticia de la reunión que iba a celebrarse por la mañana, y le divirtió que un Ejecutor creyese que Twissell iba a dedicarle su tiempo en una ocasión semejante. Muy divertido, pensó Harlan amargamente.
El Administrador continuó:
—He recibido órdenes. No sé nada más. —Luego, aún sorprendido, añadió—:  ¿No ha oído nada de todo esto?
—Los Ejecutores llevamos una vida muy retirada —dijo Harlan con sarcasmo.
¡ Cinco Consejeros además de Twissell! Todos eran Jefes Programadores, y ninguno contaba menos de treinta y cinco años de servicio en la Eternidad.
Seis semanas antes, a Harlan le habría abrumado el honor de verse en presencia de semejantes personalidades, y no habría osado pronunciar palabra ante la combinación de responsabilidad y poder que representaban. Le habrían parecido de una estatura colosal.
Pero ahora eran sus enemigos, peor aún, sus jueces. No era cuestión de sentirse impresionado. Tenía que planear su estrategia.
Tal vez ignoraban que él sabía que tenían a Noys en su poder. No podían saberlo a menos que Finge les hubiera informado de su última conversación con Harlan. A la clara luz del día, sin embargo, se convenció más que nunca de que Finge no se atrevería a declarar públicamente que fue humillado e insultado por un Ejecutor. Por tanto, parecía aconsejable tratar de conservar, de momento, aquella posible ventaja. Que ellos iniciaran el combate, que dijeran la primera palabra para aclarar la lucha.
Los Consejeros no parecían tener prisa. Se limitaron a contemplarle tranquilamente durante un almuerzo en el que no se sirvieron bebidas alcohólicas, como si se tratase de un ejemplar interesante retenido sobre un plano de fuerza por fuertes rayos repulsores. Desesperado, Harlan los contempló a su vez fijamente.
Los conocía a todos por su fama y por las reproducciones en tres dimensiones que aparecían cada fisio-mes en las películas de información. Las películas mantenían informadas a las distintas Secciones de todos los adelantos y progresos conseguidos en el conjunto de la Eternidad, y la asistencia era obligatoria para todos los Eternos que tuvieran cargos superiores al de Observador, inclusive.
Angus Sennor, calvo completamente (ni siquiera tenía cejas o pestañas) atrajo en el acto la atención de Harlan. En primer lugar porque la extraña expresión de sus negros ojos que miraban fijamente, desde la desnuda frente, era aún más notable en persona que en reproducciones tridimensionales. Después, porque Harlan conocía sus diferencias de opinión con el Programador Twissell. Y por fin, porque Sennor no se limitó a contemplar a Harlan. Le dirigió muchas preguntas con voz aguda.
En su mayoría, eran preguntas a las que no se podía contestar en dos palabras, como por ejemplo:
—¿Cómo llegó a interesarse en el estudio de los Tiempos Primitivos, joven? ¿Cree que vale la pena?
Al fin, pareció darse por satisfecho. Con un gesto indiferente dejó caer su plato en la cinta transportadora que evacuaba el servicio, y enlazó las manos sobre la mesa. (Harlan se fijó en que tampoco tenía pelo en el dorso de las manos.)
—Hay una cosa que siempre he deseado saber —dijo Sennor—. Quizás usted pueda ayudarme.
Harlan pensó:   «Bien, ahora es cuando va en serio». Pero contestó en voz alta:
—Algunos de nosotros en la Eternidad... no diré todos, ni siquiera los suficientes —y Sennor lanzó una rápida mirada al cansado rostro de Twissell, mientras los demás se inclinaban para escucharle—, pero por lo menos algunos..., estamos interesados en la filosofía del Tiempo. Quizás entienda a qué me refiero.
—¿A las paradojas del viaje a través del Tiempo, señor?
—Si quiere expresarlo en términos tan melodramáticos, así es. Pero no es todo el problema, desde luego. Existe el problema de la verdadera naturaleza de la Realidad, la cuestión de conservación de la energía másica durante el Cambio de Realidad, etcétera. Nosotros, los de la Eternidad, estamos influenciados, en nuestro estudio, de tales problemas, por la práctica del viaje en el Tiempo, que dominamos. Los hombres de los Tiempos Primitivos, en cambio, no sabían nada del Viaje a través del Tiempo. ¿Cuál era su opinión sobre estas cuestiones? El murmullo irritado de Twissell, al otro lado de la mesa, llego claramente a los oídos de todos:
—¡Tonterías!
Sennor ignoró completamente aquel comentario y siguió diciendo:
—¿Puede contestar a mi pregunta, Ejecutor? Harlan contestó:
—Los Primitivos, virtualmente, no se preocupaban del Viaje en el tiempo, Programador.
—¿No lo consideraban posible, eh?
—Creo que ésa es la verdad.
—¿Ni siquiera especulaban sobre este asunto?
—Bien, en cuanto a eso —dijo Harlan, inseguro—, creo que había diversas opiniones, manifestadas generalmente en cierto tipo de literatura novelesca. No estoy muy familiarizado con estos libros, pero creo que un tema muy usado era el de un hombre que regresa al pasado para asesinar a su propio abuelo cuando éste era aún un niño.
Sennor pareció encantado.
—¡Maravilloso! ¡Maravilloso! Después de todo, esto es al menos una forma de expresar la paradoja básica del Viaje a través del Tiempo, si asumimos una Realidad invariable, ¿eh? Pero sus Primitivos, me atrevería a afirmar, nunca llegaron a pensar en algo distinto de una Realidad invariable, ¿es así?
Harlan hizo una pausa antes de contestar. No podía ver adonde se dirigía aquella conversación, o cuáles eran los propósitos ocultos de Sennor, y aquello le desconcertaba.
—No conozco lo bastante de aquellos tiempos para contestarle con certeza, señor —dijo—. Pero creo que algunos Primitivos llegaron a especular sobre la existencia de sendas alternativas del Tiempo o planos de existencia. No estoy seguro.
Sennor hizo un gesto.
—Estoy seguro de que se equivoca, joven. Es posible que le haya influido su propio conocimiento del asunto al leer ciertas ambigüedades en tales obras. No, no es posible que la mente humana pueda llegar a comprender la intrincada filosofía de la Realidad sin tener una experiencia práctica del Viaje. Por ejemplo, ¿por qué la Realidad posee inercia? Todos sabemos que existe. Cualquier alteración de la Realidad debe alcanzar cierta magnitud antes de que se efectúe un Cambio verdadero. Aun entonces, la Realidad tiene tendencia a regresar a su condición original. Por ejemplo, supongamos un Cambio aquí, en el Quinientos setenta y cinco. La Realidad cambiará con efectos progresivos hasta quizás el Seiscientos. Seguirá cambiando, pero con efecto decreciente, hasta quizás el Seiscientos cincuenta. Más allá la Realidad no resulta afectada. Todos sabemos que ocurre así, pero ¿alguno de nosotros conoce la causa? El razonamiento intuitivo nos sugiere que cualquier Cambio de la Realidad debe prolongar sus efectos sin límite a través de los Siglos, y, sin embargo, no sucede así. Tomemos otro punto. Me han dicho que el Ejecutor Harlan se distingue por su capacidad de seleccionar el Cambio Mínimo Necesario para cualquier situación. Apuesto cualquier cosa a que no puede explicarnos cómo llega a formar sus decisiones. Piensen ahora en lo ignorantes que debían ser los Primitivos. Se preocupaban del problema de un hombre que matase a su abuelo, porque no comprendían la verdad de la Realidad. Examinemos un caso más posible y más fácilmente analizado, y tomemos la situación de un hombre que en sus viajes a través del Tiempo llegase a encontrarse a sí mismo.
—¿Qué puede sucederle a un hombre que se encuentre a sí mismo? —dijo Harlan bruscamente.
El hecho de interrumpir a un Programador era una falta de etiqueta. El tono de Harlan hacía la falta más notable y escandalosa. Todas tas miradas se volvieron con reprobación hacia el Ejecutor.
Sennor tosió, pero prosiguió con el gesto del que está decidido a no abandonar su cortesía pese a dificultades casi insuperables. Continuó su interrumpida frase, evitando dar la impresión de que contestaba directamente a la poco respetuosa pregunta.
—Veamos los cuatro casos que puede plantear tal situación. Llamemos A al hombre que llegó primero en el fisio-tiempo, y B al que llegó después. Primer caso, A y B no llegan a verse uno al otro, ni hacen nada que pueda afectar en forma significativa a cualquiera de los dos. En tal caso, en realidad no se han encontrado y podemos considerar la situación como trivial.
»O bien B, el que llegó el último, puede ver a A mientras A no ve a B. Aquí tampoco pueden esperarse consecuencias serias. B, al ver A, lo ve en una posición y ocupado en actividades de las que ya tenía conocimiento. No, hay ninguna complicación nueva. La tercera y cuarta posibilidades consisten en que A vea a B, mientras B no ve a A, o que A y B se vean el uno al otro. En cada una de estas posibilidades, el punto crucial está en que A ha visto a B; el que el hombre del pasado se ha visto a sí mismo en el futuro. Fíjense en que así averigua que seguirá vivo hasta la edad aparente de B. Sabe que vivirá lo bastante para poder realizar la acción de que ha sido testigo. Un hombre que conozca su propio futuro, aunque sea en el más pequeño detalle, pude actuar con arreglo a tal seguridad y, por tanto, cambiar su propio porvenir. Se comprende que la Realidad debe cambiar para impedir que A y B se encuentren, o por lo menos para hacer imposible que A vea a B. Entonces, y dado que nada de lo sucedido en una Realidad que ha sufrido un Cambio tiene efectos posteriores, A nunca se ha encontrado con B. Igualmente, en cada una de las aparentes paradojas del viaje en el Tiempo, la Realidad siempre cambia por sí misma para evitar tales paradojas, y llegamos a la conclusión de que no existen paradojas en el viaje a través del Tiempo, y de que no pueden existir nunca.
Sennor pareció estar muy satisfecho de su disertación, pero en aquel momento Twissell se puso en pie.
—Creo, señores, que se nos hace tarde —dijo.
Con mayor rapidez de lo que Harlan hubiese creído posible, el almuerzo llegó a su final. Los cinco miembros de la Comisión se despidieron de él brevemente, con el aire del que ha visto su curiosidad satisfecha. Sólo Sennor alargó la mano y añadió una breve despedida a su gesto.
Harlan observó su partida con sentimientos confusos. ¿Cuál había sido el objeto de aquel almuerzo? Principalmente, ¿por qué se había referido al caso de un hombre que se encuentre a sí mismo? No habían hablado para nada de Noys. ¿Quizá se habían reunido sólo para estudiarle, para examinarle de pies a cabeza y luego abandonarle a la decisión de Twissell?
Twissell regresó al lado de la mesa, ahora completamente vacía de alimentos y cubiertos. Estaban solos él y Harlan. Como para subrayar su intimidad, Twissell encendió un nuevo cigarrillo.
—Y ahora, a trabajar, Harlan —dijo Twissell—. Tenemos mucho que hacer.
Pero Harlan no podía, no quería, esperar más.
—Para empezar, tengo algo que decir —dijo secamente.
Twissell pareció sorprendido. Las arrugas se acentuaron alrededor de sus cansados ojos, y soltó la ceniza de su cigarrillo con aire pensativo.
—Desde luego, hable si lo desea. Pero antes, siéntese, muchacho, siéntese —dijo.
El ejecutor Andrew Harlan no se sentó. Empezó a caminar a lo largo de la mesa, mordiendo las frases para evitar que su excitación le hiciese caer en la incoherencia. El Jefe Programador Laban Twissell siguió los nerviosos paseos del otro, con lentos movimientos de su anciana cabeza.
—Hace muchas semanas que vengo estudiando los microfilms sobre Historia de las matemáticas —dijo Harlan—, y los libros de las distintas Realidades del Quinientos setenta y cinco. Las diferentes Realidades no tienen mucha importancia. Las matemáticas no cambian. El orden de su desarrollo tampoco cambia. No importa cómo se pueda variar una Realidad, la Historia del crecimiento de las matemáticas sigue siendo la misma. Los matemáticos han cambiado; diferentes personas han realizado los descubrimientos, pero los resultados finales son los mismos... De todas maneras, he aprendido mucho. ¿Qué le parece eso?
Twissell arrugó el ceño y dijo:
—Una extraña ocupación para un Ejecutor.
—Yo no soy un Ejecutor cualquiera —dijo Harlan—. Usted lo sabe bien.
—Continúe —dijo Twissell, y lanzó una rápida mirada al reloj que llevaba en la muñeca izquierda. Los dedos que sostenían el cigarrillo se movieron con desacostumbrado nerviosismo.
Harlan dijo:
—Hubo un hombre llamado Vikkor Mallansohn, que vivió en el Siglo Veinticuatro. Ya sabe que esto es una parte de la Era Primitiva. Se le conoce por ser el primero que construyó un Campo Temporal. Eso quiere decir, desde luego, que fue el inventor de la Eternidad, ya que la Eternidad no es sino un enorme Campo Temporal que atraviesa el Tiempo normal, y que está libre de las limitaciones de ese Tiempo normal.
—Supongo que le enseñaron eso cuando era un Aprendiz, muchacho.
—Pero no me dijeron que no era posible que Vikkor Mallansohn pudiera inventar el Campo Temporal en el Siglo Veinticuatro. Nadie pudo hacerlo, porque entonces no existía la base matemática para ello, no existió hasta los estudios de Jan Verdeer en el Siglo Veintisiete.
Si había algún signo por el cual el Jefe Programador Twissell podía expresar una completa sorpresa, era el de dejar caer su cigarrillo. Ahora lo dejó caer. Hasta su eterna sonrisa había desaparecido.
—¿Le enseñaron las ecuaciones de Lefebvre, muchacho? —dijo.
—No. Y no digo que las comprenda. Pero son necesarias para el descubrimiento del Campo Temporal. Eso he aprendido. Y que no fueron inventadas hasta el Siglo Veintisiete. De eso también estoy seguro.
Twissell se inclinó para recoger su cigarrillo y lo contempló con aire dubitativo.
—¿Y no cree posible que Mallansohn hubiese descubierto el Campo Temporal por casualidad, sin conocer su justificación matemática? ¿Que pudiera ser un invento empírico? Se han hecho muchos descubrimientos semejantes.
—Ya lo pensé. Pero después de la invención del Campo Temporal se tardó tres Siglos en analizar sus consecuencias, y al final de todo este tiempo no fue posible mejorar el Campo de Mallansohn. Eso no puede ser una simple coincidencia. El trabajo de Mallansohn demostró de cien formas distintas que debió conocer las ecuaciones de Lefebvre. Si las conocía o si las desarrolló sin el trabajo de Verdeer, ¿por qué no lo dijo?
Twissell dijo:
—Veo que continúa hablando como un matemático. ¿Quién le ha mencionado todo esto?
—He estudiado los microfilms.
—¿Nada más?
—He reflexionado.
—¿Sin ayuda de estudios matemáticos superiores? Le he vigilado de cerca durante muchos años, muchacho, y nunca creí que poseyera tal talento. Continúe.
—La Eternidad nunca pudo ser establecida sin el descubrimiento por Mallansohn del Campo Temporal. Mallansohn nunca pudo realizar tal cosa sin un conocimiento de matemáticas que sólo existían en su futuro. Eso es lo primero. Mientras tanto, aquí en la Eternidad, existe un Aprendiz que fue escogido como Eterno contra todas las reglas, pues su edad no era la adecuada y además estaba casado. Le han enseñado matemáticas y Sociología Primitiva.
—¿Bien?
—Afirmo que se proyecta enviarle hacia el Pasado, más allá del origen de la Eternidad, hasta el Siglo Veinticuatro. Usted se propone hacer que el Aprendiz Cooper enseñe las ecuaciones de Lefebvre a Mallansohn. Comprenderá ahora —añadió Harlan con pasión— que mi posición como experto en Tiempos Primitivos y mi conocimiento de la situación me dan derecho a un trato especial, muy especial.
—¡Por el Gran Tiempo! —murmuró Twissell.
—Es cierto, ¿no es así? El círculo se cierra, con mi ayuda. Sin ella... —Harlan dejó la frase inconclusa.
—Ha llegado muy cerca de la verdad —dijo Twissell—. Sin embargo, habría jurado que no había nada que indicase...
Se sumió en pensamientos en los que ni Harlan ni el mundo exterior parecían jugar ningún papel.
Harlan dijo rápidamente:
—¿Sólo cerca de la verdad? Es la verdad.
No podía explicar por qué estaba tan seguro de la parte esencial de lo que había dicho, aun descontando el hecho de que desesperadamente necesitaba que fuera así.
—No, no. No es toda la verdad —dijo Twissell—. El Aprendiz Cooper no va al Siglo Veinticuatro para enseñar nada a Mallansohn.
—No le creo.
—Debe creerlo. Debe comprender la importancia de todo esto. Necesito su cooperación para terminar nuestro proyecto. Debe comprender, muchacho, que el círculo está mucho más completo de lo que usted piensa. El Aprendiz Brinsley Sheridan Cooper es Vikkor Mallansohn.

12
El principio de la Eternidad

Harlan no creyó que Twissell pudiera decir nada capaz de sorprenderle. Pero se había equivocado. Dijo:
—Mallansohn, ¡él!
Twissell, que había terminado su cigarrillo, hizo aparecer otro y continuó:
—Sí, Mallansohn. ¿Quiere que le dé un rápido resumen de la vida de Mallansohn? Es éste: Nació en el Setenta y ocho, pasó algún tiempo en la Eternidad y murió en el Veinticuatro.
Twissell apoyó la mano en el brazo de Harlan y su arrugado rostro se iluminó con otra de sus imperturbables sonrisas.
—Pero vámonos de aquí, muchacho. El fisio-tiempo pasa incluso para nosotros y hoy no somos completamente dueños ni de nosotros mismos. ¿Quiere acompañarme a mi despacho?
Salió de allí el primero y Harlan lo siguió, sin fijarse en las puertas y correderas por donde pasaban.
Harlan trataba de relacionar aquella nueva noticia con su propio problema y su plan de acción. Pasado el primer momento de desorientación, su decisión se hizo más firme que antes. Después de todo, aquello no cambiaba   nada, excepto  para  reforzar su  posición   en   la Eternidad, facilitando la satisfacción de sus exigencias y asegurando el regreso de Noys a sus brazos. ¡Noys!
¡Por el Gran Cronos! ¡No debían hacerle ningún daño! Ella parecía ahora la única parte real de su existencia. Al lado de ella, toda la Eternidad no era sino una débil fantasía por la que no valía la pena vivir.
Cuando llegaron al despacho del Programador Twissell, no pudo recordar por qué caminos habían pasado y cómo había llegado allí. Aunque miró a su alrededor y se esforzó en hallar real el despacho, aún seguía pareciéndole otra parte de un sueño ya pretérito.
El despacho de Twissell era una larga y limpia sala, aséptica como la porcelana. Una pared del despacho estaba cubierta desde el suelo hasta el techo y de pared a pared con las micro—unidades calculadoras que, juntas, formaban la Computaplex más completa que existía en la Eternidad en manos de un particular, y en realidad una de las mayores en servicio. La pared opuesta estaba ocupada por estanterías llenas de microfilms. Entre las dos, lo que quedaba de la sala era poco más que un corredor con espacio para dos sillas, un escritorio, aparatos de registro y proyección y un objeto extraño que Harlan nunca había visto, y cuyo uso no comprendió hasta que Twissell dejó caer los restos de un cigarrillo en su interior.
El cigarrillo se apagó silenciosamente y Twissell, con su acostumbrada habilidad de prestidigitador, hizo aparecer otro en sus manos.
Harlan pensó:  «Ahora, a resolver mi problema».
Empezó a hablar un poco demasiado alto, un poco demasiado atrevido:
—Lo de la muchacha en el Cuatrocientos ochenta y dos...
Twissell arrugó la frente e hizo un gesto rápido con una mano como si quisiera apartar un objeto desagradable de su vida.
—Ya lo sé, ya lo sé. No será molestada, ni tampoco usted. Todo saldrá bien. Yo me encargaré de ello.
—¿Quiere decir que...?
—Ya le he dicho que conozco este asunto. Si ello le ha tenido preocupado, quede tranquilo.
Harlan se quedó mirando al anciano, estupefacto. ¿Eso era todo? Aunque estaba convencido de poseer un poder enorme, no había esperado una demostración tan evidente.
Pero Twissell estaba hablando de nuevo.
—Permítame que le cuente una historia —empezó, casi en el tono que podía emplearse para dirigirse a un Aprendiz novato—. No creí que esto fuese necesario, y quizá no lo sea, pero su penetración e investigaciones le han hecho acreedor a ello.
Contempló a Harlan, dubitativo, y dijo:
—Ya sabe que aún no puedo acabar de creer que haya llegado a saber todo esto por sus propios medios. —Y luego continuó—: El hombre a quien la mayor parte de la Eternidad conoce como Vikkor Mallansohn, dejó una autobiografía antes de morir. En realidad no se trata de un diario, ni es una biografía. Consiste en una guía, legada a los Eternos, que él sabía que algún día tenían que existir. Estaba encerrada en un campo estático Temporal que sólo podía ser abierto por los Programadores de la Eternidad, y que por ello permaneció intacto hasta tres siglos después de su muerte, hasta que se inició la Eternidad y el Jefe Programador Henry Wadsman, el primero de los grandes Eternos, lo abrió. El documento ha pasado a los sucesivos Jefes Programado—res en el mayor de los secretos, a lo largo de una línea que termina en mí. Le llamamos la Memoria de Mallansohn. La Memoria nos cuenta la historia de un hombre llamado Brinsley Sheridan Cooper, nacido en el Setenta y ocho, que ingresó en la Eternidad a los veintitrés años, habiendo estado casado por algo más de un año, pero que aún no había tenido ningún hijo. Una vez ingresado en la Eternidad, Cooper fue instruido en matemáticas por un Programador llamado Laban Twissell, y en Sociología Primitiva por un Ejecutor llamado Andrew Harlan. Después de una enseñanza completa en ambas materias y otros temas, tales como ingeniería Temporal, fue enviado al Siglo Veinticuatro para enseñar ciertas técnicas   necesarias   a   un   científico   Primitivo   llamado Vikkor Mallansohn. Llegado al Veinticuatro pasó primero por un lento proceso de adaptación a aquella sociedad. En aquella tarea le fue útil la enseñanza recibida del Ejecutor Harlan, así como los minuciosos consejos del Programador Twissell, quien había previsto con increíble acierto los problemas con los que iba a enfrentarse. Después de dos años, Cooper encontró a Vikkor Mallansohn,   un   excéntrico   científico   recluido  en   una casa de campo de California, sin amigos ni parientes, pero dotado de una inteligencia atrevida y libre de prejuicios. Cooper se hizo amigo de él poco a poco, le acostumbró con grandes precauciones a la idea de haber encontrado a un viajero del futuro, y empezó a enseñarle las matemáticas que debía conocer. Con el paso del tiempo, Cooper adoptó las costumbres del otro, aprendió a hacer experimentos con la ayuda de un anticuado generador eléctrico movido por un motor Diesel y con instrumentos eléctricos que le independizaban de las redes de electricidad. Pero los progresos eran muy lentos y Cooper comprendió que él no era el maravilloso maestro que había creído ser, Mallansohn se volvió cada día más excéntrico y se mostraba menos  dispuesto a  cooperar, hasta que un día murió en un accidente ocurrido al caer por un barranco de la salvaje y montañosa región donde vivían. Cooper, después de semanas de desesperación, enfrentado con la ruina del trabajo de toda su vida y, al parecer, con la ruina de la Eternidad, decidió hacer uso de un recurso supremo. No dio parte a las autoridades de la muerte de Mallansohn. En vez de hacerlo, se dedicó a propagar la construcción de un Campo Temporal con los  elementos primitivos  de que disponía. Los detalles ya no importan. Después de infinitos trabajos e ingeniosas improvisaciones, Cooper alcanzó su propósito y presentó el generador al Instituto Tecnológico de California, exactamente como  debía hacer el gran Mallansohn, según lo previsto. Ya conoce la historia por sus propios estudios. Ya sabe la desconfianza y la burla con que fue recibido, el  tiempo  que lo  tuvieron en  observación  en un sanatorio para enfermos mentales, su huida de allí mientras el generador estaba a punto de ser destruido, la ayuda que le prestó aquel camarero de bar cuyo nombre nunca llegó a saberse, pero que ahora es uno de los grandes héroes de la Eternidad. Y también la demostración final que hizo ante el profesor Zimbalist, cuando consiguió que un  ratoncillo blanco viajase adelante y atrás en el Tiempo. No quiero aburrirle repitiendo todas estas cosas. Cooper usó el nombre de Mallansohn durante todo este período, porque le daba una personalidad definida y le convertía en un miembro auténtico de la sociedad del Siglo Veinticuatro. El cuerpo del verdadero Mallansohn nunca fue hallado. Durante el resto de su vida se dedicó a cuidar de su generador y ayudó a los científicos del Instituto en la tarea de construir otro generador más potente. No se atrevió a hacer más. No podía enseñarles las ecuaciones de Lefebvre sin darles a conocer tres Siglos de procesos matemáticos que aún estaban por venir. Tampoco podía insinuar su verdadero origen. No se atrevió a hacer más de lo que había hecho el verdadero Vikkor Mallansohn, en la Historia que él conocía. Los hombres que trabajaron con él tuvieron una decepción al encontrarse con un sabio capaz de inventar algo tan importante y que, sin embargo, no podía explicar cómo funcionaba su aparato. Y Cooper también se sintió frustrado porque preveía, sin que le fuera posible acelerarlos, los trabajos  e investigaciones que  conducirían,  paso  a paso, hasta los experimentos clásicos de Jan Verdeer, que servirían de base al gran Antoine Lefebvre para plantear las  ecuaciones  fundamentales  de  la Realidad.  Y  cómo después de aquello se establecería la Eternidad. Sólo hacia el final de su larga vida, en una ocasión en que se encontraba contemplando una puesta de Sol en el Pacífico (la escena está descrita extensamente en su Memoria), Cooper llegó a comprender, al fin, que él era Vikkor Mallansohn,  un sustituto.  El nombre  podía no ser el suyo, pero el hombre descrito en la Historia como Mallansohn era, en realidad, Brinsley Sheridan Cooper. Excitado por aquella  idea y por  todo  lo  que  implicaba, deseoso de acelerar y asegurar la Eternidad, escribió su Memoria y la colocó en un Campo estático Temporal, en el salón de su casa. De este modo se cerraba el círculo. La intención de Cooper—Mallansohn al escribir su Memoria naturalmente no fue tenida en cuenta. Cooper debe vivir su vida exactamente como estaba previsto. La Realidad Primitiva no permite ningún cambio. En este momento del fisio-tiempo, el Cooper a quien conocemos no sabe nada de lo que le espera. Cree que sólo ha de enseñar a Mallansohn y luego regresar a la Eternidad. Continuará creyéndolo hasta que los años le enseñen lo contrario y un día se siente a escribir su Memoria. El propósito  del círculo  en  el tiempo es el  de establecer el conocimiento del viaje temporal y de la naturaleza de la Realidad,  a fin  de construir la  Eternidad antes de su tiempo natural. Por sí misma, la Humanidad no habría aprendido la verdad sobre el tiempo antes de que los avances tecnológicos en otras direcciones hicieran inevitable el suicidio de la raza.
Harlan escuchó atentamente, absorto ante la visión de un poderoso círculo en el Tiempo, cerrado sobre sí mismo y que atravesaba a la Eternidad en parte de su curso. Casi llegó a olvidarse de Noys en aquel momento.
—Entonces, durante todo este tiempo, ¿usted sabía lo que debía hacer, todo lo que yo haría y todo lo que he hecho? —preguntó.
Twissell, que parecía perdido en sus pensamientos, después de relatar la historia, volvió lentamente a la realidad. Sus cansados ojos se clavaron en Harlan y contestó con un tono de reproche:
—Desde luego que no. Quedan varias décadas de fisio-tiempo entre la estancia de Cooper en la Eternidad y el momento en que escribió su Memoria. Sólo podía relatar lo que él mismo había visto y lo que aún recordase. Compréndalo.
Twissell suspiró y aventó con la mano una nube de azulado humo que se disolvió en pequeños torbellinos.
—Todo se fue desarrollando perfectamente. Primero me encontraron a mí y me llevaron a la Eternidad. Al cumplirse el fisio-tiempo prescrito me convertí en Jefe Programador, me entregaron la memoria y me encargaron de la ejecución de este asunto. La memoria decía que yo estaba al frente del proyecto, de modo que tuve que ser yo mismo. De nuevo, al llegar el fisio-tiempo requerido, usted apareció en el cambio de una Realidad, cuando ya habíamos observado a sus anteriores homólogos cuidadosamente, y luego surgió Cooper. Pude completar los detalles usando mi sentido común y nuestros servicios de cálculo. Por ejemplo, tuvimos que preparar cuidadosamente al Instructor Yarrow para su papel sin descubrir ni la más pequeña parte de la verdad. Él, a su vez, debía estimular con precaución el interés de usted en los Tiempos Primitivos. Fue preciso un control muy estricto para que Cooper no aprendiera nada que no hubiese aprendido antes por referencia a su Memoria —Twissell sonrió amargamente—. Sennor se divierte con estas cosas. Lo llama la reversión de la causa y el efecto. Conociendo el efecto, se puede producir la causa. Afortunadamente, yo no tengo tiempo para sutilezas de esta clase. Me complació, muchacho, el ver que se había convertido en un excelente Observador y Ejecutor. La Memoria no lo mencionaba, pues Cooper no tuvo oportunidad de observar el trabajo de usted, o de calificar su mérito. Aquello me convenía. Yo podía usarle en un trabajo corriente sin llamar la atención hacia su misión primordial. Incluso su reciente trabajo con el coordinador Finge se ajusta a las líneas generales de la Memoria. Coo per menciona allí un período en el que usted estuvo ausente, durante el cual sus estudios matemáticos progresaron tanto que él deseaba que usted regresara para poder contárselo. Una vez, sin embargo, usted me espantó.
Harlan contestó en seguida:
—¿Se refiere a la vez que me llevé a Cooper en la cabina?
—¿Cómo lo ha adivinado? —preguntó Twissell.
—Fue la única vez que estuvo realmente irritado conmigo. Ahora supongo que aquello iría contra algo de lo que dice la Memoria de Mallansohn.
—En realidad, no. Era que la Memoria no habla de las cabinas. Me pareció que la omisión de un aspecto tan importante de la Eternidad sólo podía significar que Cooper casi no había tenido ninguna experiencia con las cabinas. Por eso me propuse mantenerle apartado de los Tubos tanto como fuese posible. Cuando me enteré de que usted se lo había llevado hacia el hipertiempo, me irritó en gran manera, pero después de aquello no sucedió nada anormal. Las cosas continuaron igual que antes, de modo que aquello no tuvo importancia.
El anciano Programador se frotó las manos lentamente, mientras contemplaba al joven Ejecutor con una mirada llena de sorpresa y curiosidad.
—Y mientras tanto usted ha adivinado la verdad. Esto me asombra. Habría jurado que ni siquiera un Programador de gran experiencia sería capaz de hacer las deducciones acertadas, si no tenía más información que la que tuvo usted. Pero que lo haya logrado un Ejecutor parece sobrenatural.
Twissell se inclinó hacia delante, y golpeó ligeramente la rodilla de Harlan.
—La Memoria de Mallansohn no dice nada de usted, después de la marcha de Cooper, naturalmente.
—Lo comprendo, señor —dijo Harlan.
—Por lo tanto, estamos en situación de hacer lo que queramos con su propio porvenir. Ha demostrado poseer un talento que no debemos despreciar. Creo que reúne condiciones para ser algo más que un simple Ejecutor.
En este momento no le prometo nada, pero hágase cargo de que la categoría de Programador está dentro de sus posibilidades.
A Harlan le era fácil mantener el rostro sin expresión. Tenía muchos años de práctica.
Pensó:  «Un soborno».
Pero nada debía quedar al azar. Sus deducciones, quiméricas y sin fundamento al principio, concebidas por casualidad durante una noche de insomnio, se habían convertido en razonables como resultado de sus investigaciones en la biblioteca. Después de lo que le había dicho Twissell, eran certidumbre. Sin embargo, se había equivocado en un detalle. Cooper era el mismo Mallansohn.
Aquello reforzaba su posición, pero igual que se había equivocado en aquello podía estar equivocado en otras cosas. Por lo tanto, no debía dejar nada al azar. ¡Tenía que asegurarse!
Harlan dijo tranquilamente, casi con indiferencia:
—También yo tengo una gran responsabilidad, ahora que conozco la verdad.
—¿Y por qué?
—¿Hasta qué punto es sólida la situación? Supongamos que ocurriese algo inesperado, y que yo no asistiera a una clase en la que debiera enseñarle a Cooper algo vital.
—No le comprendo.
(Eran imaginaciones de Harlan, o en los ojos del anciano Programador había aparecido una chispa de alarma.)
—Quiero decir que el círculo puede romperse. Déjeme explicarle. Si alguien me envía al hospital de un golpe inesperado en la cabeza, en un momento en que la Memoria diga claramente que estoy bien y en plena actividad, podemos esperar que toda la trama se deshaga. O supongamos que, por alguna razón, yo decida deliberadamente no seguir las instrucciones de la Memoria. ¿Qué pasaría entonces?
—¿Quién le ha metido estas ideas en la cabeza?
—Parece lógico. Creo entender que yo mismo puedo romper el círculo con una acción descuidada o deliberada, y entonces ¿cuál será el resultado? ¿Destruir la Eternidad? Es—posible. Y si es así —añadió Harlan tranquilamente— creo que debe decírmelo para que yo evite el cometer ninguna imprudencia. Aunque supongo que se necesitarían unas circunstancias bastante extraordinarias para que yo cometiese alguna torpeza en un proyecto de tanta importancia.
Twissell rió, pero la risa sonó falsa y forzada en los oídos de Harlan.
—Todo esto es teórico, muchacho —dijo—. Nada de lo que dice puede suceder, pues no sucedió antes. El círculo no se romperá.
—Puede romperse —dijo Harlan—. La muchacha del Cuatrocientos ochenta y dos...
—Está segura —exclamó Twissell, poniéndose en pie con impaciencia—. Esta clase de conversaciones no tienen fin, y ya he tenido muchas discusiones con el resto de la Comisión encargada de este proyecto. Mientras tanto, aún tengo que hablarle del asunto para el que lo llamé aquí, y el fisio-tiempo pasa rápidamente. ¿Quiere acompañarme?
Harlan se sintió satisfecho. La situación era clara, y su poder innegable. Twissell sabía que Harlan podía decir en cualquier momento: «No quiero saber nada de Cooper». Twissell sabía que Harlan podía, en cualquier momento, destruir la Eternidad, al dar a Cooper información previa respecto a la Memoria. Harlan era un buen Ejecutor y sabía cómo inducir un cambio.
Harlan sabía lo suficiente para conseguir lo que deseaba. Twissell creyó impresionarle con la importancia de su misión, pero si el Programador creía mantener a raya a Harlan de aquella manera, estaba equivocado.
Harlan había lanzado una amenaza clara respecto a la seguridad de Noys, y la expresión de Twissell cuando había contestado: «Está segura», demostraba que había tomado nota de la amenaza.
Harlan se levantó y siguió a Twissell.

Entraron en una sala que Harlan no conocía. Era enorme y completamente despejada. Su único acceso estaba al final de un estrecho corredor bloqueado por una pantalla de energía, que no se abatió hasta que el rostro de Twissell fue identificado claramente por el sistema de seguridad.
La mayor parte de la sala estaba ocupada por una esfera que casi llegaba al techo. Tenía una escotilla abierta, mostrando una escalera de cuatro peldaños que conducía a una plataforma interior brillantemente iluminada.
Varias voces sonaron en el interior y mientras Harlan miraba, un par de piernas aparecieron por la escotilla, bajando por la escalera. Un hombre saltó al exterior y otro par de piernas le siguió. El primero de ellos era Sennor, del Gran Consejo Pantemporal, y el que salió detrás de él era otro de los que formaron el grupo en la mesa del almuerzo aquel mediodía.
Twissell pareció contrariado al verlos. Su voz, sin embargo, era contenida.
—¿Aún sigue aquí la Comisión? —preguntó.
—Sólo nosotros dos, Rice y yo —dijo Sennor tranquilamente—. Tenemos aquí un maravilloso instrumento. Ha llegado a alcanzar la complejidad de una espacionave.
Rice era un hombre de ancha cintura, con la mirada perpleja del que sabe que tiene razón pero, sin embargo, se halla siempre en desventaja en cualquier polémica. Se frotó su bulbosa nariz y terció en la conversación.
—Últimamente Sennor viene aplicando su capacidad a la cuestión de los viajes espaciales.
La calva de Sennor brilló debajo de los grandes focos.
—Es muy interesante, Twissell —dijo—. Me gustaría conocer su opinión. Los viajes interplanetarios, ¿constituyen un factor positivo o negativo en el cálculo de la Realidad?
La pregunta no tiene sentido—dijo Twissell con im—i paciencia—. ¿Qué tipo de viaje espacial, en qué Sociedad, bajo qué circunstancias?
—¡Bah! Seguramente podemos considerar en esta ocasión los viajes interplanetarios en abstracto.
—Sólo que su influencia tiene límites bien definidos, ya que se consumen a sí mismos y luego se extinguen.
—Por tanto, son inútiles —dijo Sennor con satisfacción—, y, en consecuencia, son un factor negativo. Opino lo mismo.
—Cooper llegará dentro de unos minutos. Necesitamos estar solos, por favor —dijo Twissell.
—Claro, claro.
Sennor tomó del brazo a Rice y se lo llevó de allí. Su voz continuó en tono recitativo mientras ambos se alejaban:
—Periódicamente, mi querido Rice, todo el esfuerzo mental de la Humanidad se concentra en los viajes espaciales, que por la misma naturaleza de las cosas están condenados a agotarse y desaparecer. Podría plantear las ecuaciones sociológicas necesarias, pero estoy seguro de que me comprende perfectamente. Mientras la mente se ocupa del espacio, descuida el desarrollo de los bienes terrestres. Estoy preparando una tesis para someterla al Gran Consejo, recomendando que todas las Realidades sean cambiadas para eliminar de oficio todas las eras donde existen los viajes interplanetarios.
La voz aguda de Rice contestó:
—No podemos tomar medidas tan drásticas. Los viajes interplanetarios son una válvula de seguridad de gran importancia para algunas civilizaciones. Por ejemplo, considere la Realidad cincuenta y cuatro del Siglo Doscientos noventa, que en este momento acude a mi memoria. En esa civilización...
Las voces dejaron de escucharse y Twissell comentó:
—Sennor es un hombre extraño. Su inteligencia vale tanto como la de dos de nosotros, pero su capacidad se pierde en estos entusiasmos caprichosos.
—¿Cree que pueda tener razón? Me refiero a la cuestión de los viajes interplanetarios.
—Lo dudo. Podríamos juzgar este asunto si Sennor llegara, en realidad, a someter su tesis al Gran Consejo. Pero no lo hará. Se entusiasmará con otra cosa antes de que termine de escribirla y la abandonará. Pero no importa...
Twissell dio un golpe con la palma de la mano en la pared de la esfera, haciéndola vibrar, y luego retiró la mano para quitarse el cigarrillo de los labios.
—¿Sabe qué es esto, Ejecutor? —preguntó.
—Parece una cabina de gran tamaño.
—Exactamente. Lo ha adivinado. Eso es. Entremos.
Harlan siguió a Twissell al interior de la esfera. Tenía capacidad para cuatro o cinco personas, pero su interior no presentaba ningún aspecto extraordinario. El suelo era liso y las curvas paredes estaban provistas de dos ventanas. Eso era todo.
—¿Dónde están los mandos? —preguntó Harlan.
—Funciona por mando a distancia —contestó Twissell.
Pasó la mano sobre la lisa superficie y continuó:
—Paredes dobles. El espacio comprendido entre ambas se ha utilizado para instalar un Campo Temporal autónomo. Este aparato es, en realidad, una cabina que no depende de los campos de fuerza de los Tubos, y puede pasar del límite extremo de la Eternidad en el hipotiempo. Su estudio y construcción fue posible gracias a valiosas indicaciones que hemos encontrado en la Memoria de Mallansohn. Acompáñeme.
El cuadro de mandos estaba en un extremo de la gran sala, al otro lado de un tabique. Harlan entró y contempló sombríamente las inmensas barras conductoras.
Twissell dijo:
—¿Puede oírme, muchacho?
Harlan, cogido por sorpresa ante aquella pregunta, miró a su alrededor. No se había dado cuenta de que Twissell no le había seguido al interior del cuarto de control. Se acercó a la ventana de inspección, y Twissell le hizo un gesto desde fuera. Harlan contestó:
—Puedo oírle perfectamente, señor ¿Quiere que salga?
—Nada de eso. Está encerrado en el interior.
Harlan se abalanzó sobre la puerta, y su estómago se retorció en una fría y mortal opresión. Twissell tenía razón. ¿Qué había pasado?
—Le satisfará saber, muchacho, que su responsabilidad ha terminado. A usted le pesaba tal responsabilidad; ha hecho muchas preguntas sobre ella, y creo que comprendo lo que quería decirme. Usted no debe tener responsabilidad en este asunto. Es sólo mía. Desgraciadamente, usted ha de quedarse en el cuarto de mandos, ya que sabemos que estaba allí al cargo de los instrumentos. Así se describe la escena en la Memoria de Mallansohn. Cooper le verá a través de la ventana y eso será suficiente. Además, tengo que pedirle que haga el contacto final de acuerdo con las instrucciones que le diré. Si cree que esto es demasiada responsabilidad, puede estar tranquilo. Hay otro contacto paralelo con el suyo, que será actuado por otra persona. Si, por cualquier razón, no le es posible hacer funcionar el suyo, él lo hará. Como precaución final, he ordenado cortar la comunicación de sonido desde ese cuarto. Usted podrá oírnos, pero no podrá hablar con nosotros. Por tanto, no tema que cualquier exclamación involuntaria pueda romper el círculo.
Harlan le contemplaba con desesperación al otro lado del grueso cristal.
Twissell continuó:
—Cooper llegará dentro de un momento y su viaje a los Tiempos Primitivos se realizará dentro de las dos próximas fisio-horas. Después de esto, muchacho, el trabajo habrá terminado y quedará usted libre.
Harlan se hundía en la vorágine de una pesadilla. ¿Le había engañado Twissell? ¿Era posible que todo estuviese preparado para conseguir que Harlan entrase voluntariamente en la sala de mandos que ahora era su prisión? Al saber que Harlan conocía su propia importancia, Twissell había improvisado con diabólica inteligencia, distrayéndole con su conversación, calmando sus emociones con palabras, llevándole de aquí para allá, hasta que llegó el momento adecuado para reducirle a la impotencia.
¡Su fácil aceptación de la cuestión de Noys! No le pasaría nada, había dicho Twissell. Todo iría bien.
¡Cómo pudo ser tan ingenuo! Si no tenía intención de hacerle ningún daño, ¿por qué habían puesto la barrera temporal en los Tubos en el 100.000.°? Bastaba aquello para ver quién era Twissell.
Sólo su propio deseo de creer lo que le decía hizo posible que el Programador jugase con él durante las últimas fisio-horas, y lo encerrase en el lugar donde ya no le necesitaba, ni siquiera para hacer el último contacto.
De un solo golpe le habían quitado la fuerza de su situación. Sus triunfos eran ahora cartas sin valor, y Noys quedaba para siempre lejos de su alcance. El castigo que pudieran imponerle no le importaba. Nunca volvería a ver a Noys.
Nunca se le había ocurrido que el proyecto pudiera estar tan cerca de su término. Aquello, desde luego, era lo que le había derrotado.
La voz de Twissell resonó, lejana:
—Voy a cortar la comunicación, muchacho.
Harlan se sintió solo, inútil, desesperado...


13
Hacia el límite del hipotiempo


Brinsley Sheridan Cooper entró en la sala. La excitación coloreaba su delgado rostro y casi lo hacía aparecer juvenil, pese al grueso bigote a lo Mallansohn que llevaba.
Harlan podía verle a través de la ventana de inspección y escucharle claramente por la instalación de sonido que ahora funcionaba en un solo sentido. Pensó amargamente: «Un bigote a lo Mallansohn. ¡Naturalmente!»
Cooper se acercó a Twissell.
—No me permitieron la entrada hasta este momento, Programador.
—Perfectamente —contestó Twissell—. Tenían instrucciones en este sentido.
—Ha llegado el momento, ¿no es así? ¿Debo irme ya?
—Falta muy poco.
—¿Podré regresar? ¿Podré ver de nuevo la Eternidad?
Pese a la rigidez de su postura, había inseguridad en las palabras de Cooper.
Dentro del cuarto de mandos, Harlan aplastó sus puños crispados contra el sólido cristal de la ventana, como buscando un modo de salir de allí, queriendo gritar: ¡Deténgase! ¡ Acepte mis condiciones, o de lo contrario...!
Pero todo fue inútil.
Cooper miró a su alrededor, al parecer sin darse cuenta de que Twissell se había abstenido de contestar a su pregunta. Su mirada se fijó en Harlan, al otro lado de la ventana del cuarto de control.
Cooper agitó el brazo animadamente.
—Salga, Ejecutor Harlan. Quiero estrechar su mano antes de partir.
Twissell se interpuso.
—Ahora no puede ser, muchacho, ahora no. Está ocupado con los mandos.
—¡Ah! Me parece que no se encuentra bien —dijo Cooper.
—Le he contado la verdadera naturaleza de este proyecto —dijo Twissell—. Temo que sea suficiente para poner nervioso a cualquiera.
—¡Por Cronos!, desde luego. Yo lo he. sabido hace semanas y aún no me he acostumbrado.
Había un tono de histerismo en su risa.
—Aún no he podido convencerme de que en realidad sea yo el protagonista de este proyecto. Estoy... un poco asustado.
—No se lo reprocho.

—Es mi estómago, ya sabe. Nunca se somete a mis deseos.

—Eso es algo natural y ya pasará —dijo Twissell—. Mientras tanto, el momento exacto de su partida ya ha sido determinado y aún tengo que darle algunas instrucciones. Por ejemplo, aún no ha visto la cabina que va a usar.
Durante las dos horas siguientes, Harlan pudo oírlo todo, lo mismo cuando se encontraban al alcance de su vista como si no. Twissell instruyó a Cooper de un modo extrañamente fragmentario, y Harlan comprendió la razón de que fuese así. Sólo podía dar a Cooper la información que estuviese mencionada en la Memoria de Mallansohn.
Un círculo completo. Un círculo ciego. Y Harlan aún no podía hallar el modo de romper aquel círculo con un último y desesperado esfuerzo, como Sansón en el templo. En su mente el círculo giraba lentamente, una y otra vez.
—Las cabinas corrientes —oyó que decía Twissell — son a la vez empujadas y atraídas, si podemos aplicar tales términos al caso de las fuerzas de la energía Pantemporal. Al trasladarse del Siglo Equis al Siglo Y, existe un punto inicial que suministra energía y también un punto final que atrae a la cabina. Lo que tenemos aquí, en cambio, es una cabina con un punto inicial impulsor, pero sin energía en el punto de destino. Sólo puede ser empujada, pero no atraída. Por esta razón vamos a utilizar energía en órdenes de magnitud muy superiores a las que se consumen en las cabinas normales. Se han tenido que instalar grupos transformadores especiales . a lo largo de los Tubos, para absorber suficientes cantidades de energía de la nova Sol. Esta cabina especial, sus instrumentos y el suministro de . potencia constituyen un conjunto autónomo. Durante muchas fisio-décadas hemos estudiado las diferentes Realidades para encontrar las aleaciones especiales y los necesarios procesos de fabricación. La clase la encontramos en la Realidad trece del Siglo Doscientos veintidós. Allí han desarrollado el Compresor Temporal, y sin él no hubiéramos podido construir esta cabina. Fue en la Realidad trece del Siglo Doscientos veintidós.
Pronunció las últimas palabras con deliberada claridad.
Harlan pensó: «¡Recuerda eso, Cooper! Recuerda la Realidad 13 del Siglo 222 de modo que puedas decirlo en la Memoria de Mallansohn, para que los Eternos sepan dónde tienen que buscar y luego puedan decirte lo que debes escribir,..» El círculo seguía girando.
Twissell continuó:
—La cabina no ha sido probada más allá del límite de la Eternidad en el hipotiempo, desde luego; pero ha hecho numerosos viajes por la Eternidad. Estamos seguros de que funcionará perfectamente.
—No puede ser de otro modo, ¿verdad? —preguntó Cooper—. Quiero decir que estuve allí, o de lo contrario Mallansohn no habría podido construir su Campo, y sabemos que lo hizo.
Twissell dijo:
—Exactamente. Se encontrará en lugar seguro, en la escasamente poblada zona Sudoeste de un país llamado los Estados Unidos de América...
—América —corrigió Cooper.
—Bien, América. En el Siglo Veinticuatro, o para ser exactos, en el año Dos mil trescientos veintisiete. Supongo que podemos llamarlo así. La cabina, como ve, es muy grande, más de lo necesario para usted. Está provista de alimentos, agua y medios defensivos. Encontrará instrucciones detalladas que serían, por supuesto, incomprensibles para cualquier otra persona. Debo recordarle que su primera tarea consiste en asegurarse de que ninguno de los habitantes de aquel Siglo le descubra antes de que usted esté preparado para ello. El aparato está provisto de excavadoras de energía con las que podrá penetrar en una ladera para formar una cueva. Tendrá que sacar el contenido de la cabina rápidamente. Todo está preparado para que esta tarea le sea fácil.
Harlan pensó: « ¡Repite! ¡Repite! En otra ocasión ya le habrán dicho todo esto, pero hay que repetir todo lo que deba figurar en la Memoria. El círculo sigue girando».
Twissell decía:
—Tendrá que descargar sus provisiones y utensilios en quince minutos. Después de ese tiempo, la cabina regresará automáticamente a su punto de partida, llevando consigo todos los instrumentos que sean demasiado avanzados para aquel Siglo. Encontrará una lista que los especifica. Cuando la cabina haya regresado, podrá empezar a trabajar independientemente.
Cooper preguntó:
—¿Es necesario que la cabina regrese tan pronto?
—Un regreso rápido aumenta las probabilidades de éxito —dijo Twissell.
Harlan pensó: «Debe hacerlo al cabo de quince minutos, pues antes regresó a los quince minutos. El círculo sigue... »
Twissell se apresuró:
—No hemos intentado falsificar sus medios de pago ni ninguno de sus valores negociables. Hemos previsto que disponga de oro en pepitas. Le será posible explicar su posesión de acuerdo con sus instrucciones. Encontrará ropas autóctonas adecuadas o, por lo menos, que pueden pasar como autóctonas.
—Conforme —dijo Cooper.
—Ahora, recuerde esto. Proceda despacio. Emplee semanas, si es necesario. Acostúmbrese espiritualmente a las costumbres de aquella era. Las instrucciones del Ejecutor Harlan le servirán de mucho menos, pero no pueden preverlo todo, naturalmente. Tendrá a su disposición un receptor de radio, construido de acuerdo con la técnica del Siglo Veinticuatro, lo que le permitirá estar al corriente de los acontecimientos, y, lo que es más importante, aprender la correcta pronunciación y forma de hablar del lenguaje de aquel tiempo. Hágalo cuidadosamente. Estoy seguro de que el inglés de Harlan es excelente, pero desconocemos la pronunciación autóctona.
Cooper preguntó:
—¿Qué puede suceder si no llego al lugar exacto? Quiero decir, si no es exactamente el año Dos mil trescientos diecisiete?
—Compruébelo con atención, por supuesto. Pero estamos seguros de que llegará allí. Tiene que llegar.
Harlan pensó: «Llegará, porque ya llegó una vez. El círculo sigue... »
Cooper debió parecer poco convencido, porque Twissell continuó:
—La exactitud del foco ha sido graduada exactamente. Pensaba explicarle nuestros métodos y creo que ahora es el momento. Además, ayudará a que el el ejecutor Harlan comprenda el funcionamiento de los instrumentos.
Harlan abandonó la ventana como un rayo para volverse hacia los instrumentos. Una esquina de la negra cortina de desesperación se levantó. ¿Qué sucedería si...?
Twissell seguía dando sus últimas instrucciones a Cooper en tono preciso y preocupado, como un profesor dando su última clase. Sólo una parte de la mente de Harlan seguía escuchándole.
Twissell dijo:
—Naturalmente, uno de nuestros problemas más serios era el de determinar hasta qué punto penetra en los Tiempos Primitivos un objeto al que se aplica un impulso dado. El método más directo habría sido el de enviar a un hombre hacia el hipotiempo por medio de esta cabina, usando impulsos cuidadosamente calculados. Sin embargo, para llevar este sistema a la práctica era necesario incurrir en un pérdida de tiempo en cada caso, mientras nuestro mensajero fijaba el Siglo dentro de una aproximación centesimal por medio de la observación astronómica u obteniendo la información por radio. Eso habría sido muy lento y además peligroso, ya que nuestro enviado podía ser descubierto por los autóctonos, probablemente con resultados catastróficos para nuestro proyecto. En vez de ello, he aquí lo que hicimos: lanzamos hacia el pasado una masa conocida de un isótopo radiactivo llamado niobio—noventa y cuatro, que se transforma por emisión de partículas beta en el isótopo estable molibdeno—noventa y cuatro. Este proceso tiene una vida media de quinientos siglos, casi exactamente. La intensidad de radiación original de la masa nos era conocida. Esa intensidad disminuye con el tiempo de acuerdo con la proporción simple descrita en la cinética de primer grado y desde luego puede ser medida con gran precisión. Cuando la cabina llega a su destino en el hipotiempo, la cápsula que contiene el isótopo se descarga automáticamente sobre las rocas y la cabina regresa en seguida a la Eternidad. En el mismo instante del fisiotiempo en que la cápsula aparece en el Tiempo normal, simultáneamente aparece en todos los Tiempos futuros, aunque correlativamente más vieja. Y en el Quinientos setenta y cinco, en el mismo lugar de descarga en el Tiempo normal y no en la Eternidad, un Ejecutor localiza la cápsula por su radiación y la recupera. Se calibra la intensidad de su radiación, y entonces se conoce el tiempo que ha estado enterrada en la montaña y el Siglo adonde llegó el cronomóvil en el hipotiempo, con una aproximación de dos decimales. Hemos enviado docenas de cápsulas, utilizando distintos niveles de impulsos, y con los resultados hemos trazado una gráfica de calibración. Esta sirvió para comprobar las cápsulas que no se enviaron hasta los Tiempos Primitivos, sino a los primeros Siglos de la Eternidad, donde también podíamos hacer observaciones directas. Naturalmente, hubo algunos fracasos. Las primeras cápsulas se perdieron hasta que aprendimos a tener en cuenta los cambios geográficos ocurridos entre el Tiempo Primitivo y el Quinientos setenta y cinco. Después, tres de las últimas cápsulas que enviamos no llegaron a aparecer en el Quinientos setenta y cinco. Supusimos que algo falló en el mecanismo de descarga y quedaron enterradas en un lugar demasiado profundo para ser localizadas. Detuvimos nuestros experimentos cuando la fuerza de la radiación aumentó tanto que empezamos a pensar que los autóctonos podrían darse cuenta de ello y preguntarse qué hacían en su región aquellos artefactos radiactivos. Pero teníamos suficientes datos para nuestro propósito y ahora estamos seguros de poder enviar a un hombre a cualquier centésima de Siglo de los Tiempos Primitivos. ¿Ha comprendido, Cooper?
—Perfectamente, Programador Twissell —dijo Cooper—. Ya había visto la gráfica de calibración, sin que entonces comprendiera su propósito. Ahora lo veo claro.
Pero Harlan estaba interesado en otro asunto completamente distinto. Tenía la mirada fija en el arco graduado que indicaba los Siglos. El brillante arco del indicador era de porcelana y metal, y estaba dividido por finas líneas que representaban los Siglos, decisiglos y centisiglos. Líneas plateadas que brillaban sobre la porcelana, marcando las divisiones claramente. Las cifras eran muy diminutas, e inclinándose, Harlan no pudo leer los Siglos desde el 17 al 27. La delgada aguja indicaba la línea del Siglo 23,17.
En otras ocasiones Harlan había visto otros Indicadores de Siglos parecidos, y casi automáticamente dirigió su mano hacia el mando de ajuste. El instrumento no respondió a su presión. La aguja siguió en el mismo lugar.
Casi dio un salto cuando escuchó la voz de Twissell que se dirigía a él.
—¡Ejecutor Harlan!
—Sí, Programador —exclamó, y recordó entonces que no le podían oír. Se dirigió a la ventana y asintió con un gesto.
Twissell dijo, casi como si adivinase los pensamientos de Harlan:
—El indicador de Siglos está graduado para un impulso hacia el pasado hasta Veintitrés, coma, diecisiete. No necesita ningún ajuste. Su única misión es conectar la energía en el momento adecuado del lisio—tiempo. Hay un cronómetro a la derecha del indicador. Haga un gesto cuando lo haya localizado.
Harlan asintió.
—Alcanzará el cero en cuenta atrás. A menos quince segundos, cierre los puntos de contacto. Es sencillo. ¿Lo ha entendido?
Harlan asintió de nuevo.
Twissell continuó:
—La sincronización no es vital. Puede hacerlo a menos catorce o trece o incluso a menos cinco segundos, pero le ruego que procure hacerlo antes de los menos diez segundos por razones de seguridad. Una vez haya cerrado el contacto, un mecanismo automático sincronizado con el cronómetro se encargará del resto, asegurando que el impulso final de potencia tenga lugar precisamente en el instante cero. ¿Me ha comprendido?
Harlan volvió a asentir. Comprendía mucho más de lo que Twissell había dicho. Si no cerraba el contacto a menos diez segundos, otro técnico lo haría en su lugar.
Harlan pensó fríamente: «No habrá necesidad de ningún extraño».
Twissell dijo:
—Nos quedan treinta fisio-minutos. Cooper y yo vamos a comprobar las provisiones.
La puerta se cerró detrás de ellos y Harlan se quedó a solas con los instrumentos, el temporizador (que ya empezaba la cuenta atrás)... y una decisión sobre lo que debía hacer.
Harlan se apartó de la ventana. Puso la mano en su bolsillo y empuñó el látigo neurónico que llevaba. Durante todas aquellas horas lo había llevado consigo. Su mano temblaba un poco.
Volvió a pasar por su mente un pensamiento familiar: «Sansón derribando el templo».
Otra parte de su cerebro pudo pensar aún: «¿Cuántos Eternos habrán oído hablar alguna vez de Sansón? ¿Cuántos saben cómo murió?»
Sólo le quedaban veinticinco minutos. No podía estar seguro de los que necesitaría para llevar a cabo su trabajo. Ni siquiera estaba seguro de si tendría éxito.
Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Sus manos húmedas casi dejaron caer la pistola al suelo antes de que pudiera empezar a desarmarla.
Trabajó rápidamente, absorto en su tarea. De todos los aspectos de su plan, el que menos le preocupaba era la posibilidad de que él mismo pudiera pasar a la Irrealidad.
A menos un minuto, Harlan estaba al lado de los mandos.
Pensó si aquél sería el último minuto de su vida.
No veía otra cosa sino la lenta marcha de la aguja del cronómetro que marcaba los segundos transcurridos.
Menos treinta segundos.
Pensó: «No sentiré dolor. No es la muerte».
Trató de pensar sólo en Noys.
Menos quince segundos.
¡Noys!
Menos doce segundos.
¡ Contacto!
El mecanismo sincronizado empezó a funcionar. El arranque tendría lugar a la hora cero. A Harlan sólo le quedaba un último recurso. ¡El golpe de Sansón!
Su mano derecha se movió, tomando la palanca del indicador de Siglos.
¡Noys!
Su mano derecha se mo... CERO... vió convulsivamente. Ni siquiera le dirigió una mirada.
¿Era aquello la no—existencia?

Todavía no. Todavía no era la no—existencia.
Harlan miró a través de la ventana de observación, no se movió. El tiempo pasó y él no se dio cuenta de su curso.
La sala estaba vacía. Donde estuvo la gigantesca esfera de la cabina ahora no había nada. La base de metal que le había servido de apoyo permanecía vacía, levantando sus brazos de hierro en el aire de aquella gran sala.
Twissell, extrañamente empequeñecido en aquel lugar que se había convertido en una caverna vacía, era el único que se movía, paseando nerviosamente de un lado a otro.
Los ojos de Harlan le miraron por un momento y luego dejaron de verle.
Sin ningún sonido ni movimiento aparente, la cabina apareció de nuevo en el lugar que había abandonado. Su paso a través de la frontera invisible que separaba el Tiempo pasado del Tiempo presente no había desplazado ni una molécula de aire.
Twissell estaba ahora oculto a los ojos de Harlan por la gran esfera, pero un momento después apareció por uno de los lados, corriendo.
Con un gesto de la mano hizo funcionar el mecanismo que cerraba la puerta del cuarto de mandos. Se lanzó a su interior gritando, lleno de excitación:
—Lo hemos conseguido. Lo hemos conseguido. Hemos cerrado el círculo.
No tuvo fuerzas para decir nada más.
Harlan no contestó.
Twissell miró por la ventana, con las manos apoyadas en el grueso cristal. Harlan se fijó en las manchas de la edad que aparecían sobre ellas y la forma en que temblaban. Era como si su mente ya no tuviera la capacidad de distinguir lo importante de lo trivial, sino que estuviera captando todas sus impresiones en forma inconexa.
Cansado, pensó: «¿Qué importa eso ahora? Ya no hay nada que importe».
Twissell dijo:
—Ahora puedo decirle que estaba más preocupado de lo que quería confesar. Sennor solía decir que este proyecto era imposible. Insistía en que debía ocurrir algo que lo impidiese... ¿Qué le sucede?
Se había vuelto nada más oír la exclamación de Harlan.
Harlan movió la cabeza, como quitando importancia, y consiguió articular:
—Nada.
Twissell no insistió y siguió hablando. Era difícil saber si se dirigía a Harlan o a un auditorio invisible. Era como si ahora liberase, por medio de aquellas palabras, sus años de reprimida ansiedad.
—Sennor siempre dudaba. Los demás razonamos con él, y tratamos de convencerle con demostraciones matemáticas y los trabajos de generaciones de investigadores que nos habían precedido en el fisio-tiempo de la Eternidad. Todo lo dejaba de lado, argumentando sólo la paradoja del hombre que se encuentra a sí mismo. Ya le ha oído contarla. Es su tema favorito. Nosotros conocíamos nuestro propio futuro, según Sennor. Yo, Twissell, por ejemplo, sabía que sobreviviría, a pesar de mis años, hasta que Cooper emprendiese su viaje más allá del límite de la Eternidad. Conocía otros detalles de mi futuro, otras cosas que haría. «Imposible», decía Sennor. «La Realidad debe cambiar para corregir tal conocimiento, aunque esto significara que el círculo no llegase a cerrarse y la Eternidad no pudiera establecerse.» Por qué argumentaba así, no lo sé. Quizá creía en ello honestamente, quizás era como un deporte intelectual para él, quizás era sólo el deseo de sorprender a los demás con un punto de vista original. De cualquier modo, el proyecto siguió adelante y los puntos explicados en la Memoria empezaron a cumplirse. Encontramos o Cooper, por ejemplo, en el Siglo y en la Realidad indicada en la Memoria. Los argumentos de Sennor no podían explicarlo, pero a él ya no le interesaba, porque andaba ocupado en otra cosa. Y a pesar de todo, a pesar de todo —Twissell rió suavemente, con algo de timidez y dejó que su cigarrillo, olvidado, llegase casi a quemarle los dedos debo confesar que nunca me sentí tranquilo. Algo podía ocurrir. La Realidad en que fue establecida la Eternidad podía cambiar en alguna forma para impedir lo que Sennor llamaba una paradoja. Y se transformaría en otra Realidad donde no existiría la Eternidad. A veces, en medio de una noche de insomnio, casi llegaba a convencerme de que tenía que ser así..., pero ahora ha pasado y puedo reírme de mis temores absurdos.
Harlan dijo en voz baja:
—El Programador Sennor tenía razón.
Twissell se volvió hacia él de pronto.
—¿Qué?
—El proyecto ha fracasado —la mente de Harlan se estaba despejando de las sombras que la envolvían—. El círculo no se ha cerrado.
—¿Qué está diciendo, muchacho? —las descarnadas manos de Twissell cayeron sobre los hombros de Harlan con fuerza sorprendente—. Está enfermo, muchacho. Debe ser la tensión nerviosa.
—No estoy enfermo. Es odio. A usted, a mí mismo. No estoy enfermo. Mire el indicador de Siglos. Mírelo usted mismo.
—¿El indicador?
La aguja señalaba el Siglo 27, fija al extremo derecho del cuadrante.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Twissell: la alegría había desaparecido de su rostro, y el horror se reflejaba ahora en sus ojos.
Harlan dijo claramente:
—He fundido el mecanismo de cierre y liberado el ajuste del indicador.
—¿Cómo pudo...?
—Tenía un látigo neurónico. Lo he desmontado para usar la micropila atómica en una sola descarga, como un soplete. Aquí está todo lo que queda de ella —Harlan movió con el pie un pequeño montón de fragmentos metálicos en un rincón.
Twissell aún no lo comprendía.
—¿En el Veintisiete? ¿Quiere decir que Cooper está ahora en el Siglo Veintisiete?
—No sé dónde se encuentra —dijo Harlan con voz apagada—. He movido el indicador hacia el hipotiempo, más allá del Veinticuatro. No sé dónde. No miré. Luego lo volví atrás. Tampoco miré.
Twissell le miró fijamente. Su rostro iba tomando un color pálido, amarillento, mientras sus labios temblaban un poco.
—No sé dónde está ahora —repitió Harlan—. Está perdido en los Tiempos Primitivos. El círculo se ha roto. Pensé que todo terminaría cuando hice aquel movimiento. A la hora cero. Parece absurdo. Ahora tenemos que esperar. Habrá un momento en el fisio-tiempo, cuando Cooper se dé cuenta de que está en otro Siglo, en que hará algo que contradiga las instrucciones de la Memoria, cuando él...
Harlan se interrumpió, lanzando una carcajada lenta y temblorosa.
—¿Qué importa eso? Sólo es una demora hasta que Cooper acabe de romper el círculo. No hay manera de impedirlo. Minutos, horas, días, ¡qué importa! Cuando llegue el momento, la Eternidad dejará de existir. ¿Me oye? Será el fin de la Eternidad.


14
El primer crimen

—¿Por qué? ¿Por qué?
Twissell miraba desalentado del indicador al Ejecutor, mientras sus ojos reflejaban la confusión que delataban sus palabras.
Harlan levantó la cabeza. Sólo pudo pronunciar una palabra:
—¡Noys!
—¿La mujer que llevó a la Eternidad? —dijo Twissell.
Harlan sonrió amargamente sin pronunciar palabra.
—¿Qué tiene ella que ver con esto? —dijo Twissell—. ¡Por el Gran Tiempo! ¡No le comprendo, muchacho!
—¿Qué necesita comprender? —dijo Harlan, atormentado por la tristeza—. ¿Por qué quiere aparentar ignorancia? Yo tenía a la muchacha. Era feliz, y ella también lo era. No hacíamos daño a nadie. Ella no existe en la nueva Realidad. ¿Qué daño hacíamos?
Twissell trató en vano de interrumpirle.
Harlan gritó:
—Pero existen los reglamentos de la Eternidad, ¿no es cierto? Los conozco bien. Las relaciones formales requieren un permiso. Necesitan un análisis individualizado. Requieren una categoría en la Eternidad. Son cosas muy difíciles de conseguir. ¿Qué pensaba hacer con Noys cuando todo esto hubiera terminado? ¿La habría colocado en un cohete a punto de estrellarse? Ahora no podrá hacer nada, estoy seguro.
Se interrumpió desesperado, y Twissell se dirigió rápidamente a la pantalla del intercomunicador. Había sido conectado de nuevo como transmisor, sin duda.
El Programador gritó hasta que consiguió respuesta, y entonces ordenó:
—Soy Twissell. Que no se permita la entrada a nadie. A nadie, ¿comprende?... Pues asegúrese de que se cumplen mis órdenes. También incluyen a los miembros del Gran Consejo. Especialmente a ellos.
Se volvió de nuevo hacia Harlan, diciendo en voz baja:
—Lo harán porque soy un anciano y el Jefe del Consejo, y porque creen que soy un viejo raro y medio loco. Respetarán mis órdenes porque soy raro y quizás esté medio loco.
Guardó silencio sumido en sus reflexiones.
—¿Usted también cree que estoy loco? —y su rostro se volvió hacia Harlan, semejante al de un mono viejo.
Harlan pensó: «¡Por el Gran Cronos, el hombre se ha vuelto loco! La impresión lo ha hecho enloquecer».
Dio un paso atrás, involuntariamente, al pensar que estaba encerrado con un demente. Luego se repuso. El anciano, aunque loco, era débil y hasta su locura terminaría pronto.
¿Pronto? ¿Por qué no enseguida? ¿Por qué se retrasaba el fin de la Eternidad?
Twissell no tenía ningún cigarrillo en sus manos, ni hizo ningún movimiento para sacar uno. Dijo con voz tranquila e insinuante:
—Aún no me ha contestado. ¿Usted también cree que estoy loco? Supongo que lo cree. Demasiado loco para hablar conmigo. Si me hubiera creído un amigo, en vez de un viejo medio perturbado y caprichoso, me habría contado francamente su problema. No tenía necesidad de hacer lo que ha hecho.
Harlan arrugó el ceño. El Programador creía que él, Harlan, estaba loco. No podía ser otra cosa.
—Mi decisión era adecuada —dijo irritado—. Estoy en mis cabales.
—Le prometí que no le pasaría nada a la muchacha.
—Fui un estúpido al creerlo ni siquiera un instante, como al creer que el Gran Consejo tendría compasión de un Ejecutor.
—¿Quién le ha dicho que el Consejo sepa nada de todo esto?
—Finge lo sabía y envió un informe al Consejo.
—¿Cómo lo sabe?
—Se— lo arranqué al mismo Finge con un látigo neurónico. Un arma como esa elimina todas las diferencias de categoría.
—¿La misma que ha hecho esto? —Twissell señaló al indicador, con su masa de metal fundido sobre la superficie del cuadrante.
—Sí.
—Un arma muy útil. ¿Sabe por qué Finge llevó el asunto al Consejo en vez de solucionarlo personalmente? —agregó en seguida.
—Porque me odiaba y quería estar seguro de mi perdición. Quería a Noys para sí.
Twissell dijo:
—Es usted muy inocente. S: hubiera querido la muchacha le hubiera sido fácil conseguir permiso para una relación. Un simple Ejecutor no se lo habría impedido. Finge me odiaba a mí, muchacho.
Twissell aún no había encendido ningún cigarrillo. Extrañaba verle sin el acostumbrado cilindro; los dedos manchados de amarillo, que apoyaba en su pecho mientras pronunciaba las últimas palabras, parecían anormalmente desnudos.
—¿A usted?
—Existe lo que se llama la política del Consejo, muchacho. No todos los Programadores son miembros del Gran Consejo. Finge quería ser Consejero. Yo lo impedí, porque le juzgaba emocionalmente inestable. Ahora me doy cuenta de cuán acertado estaba. Compréndalo, muchacho. El sabía que yo le protegía a usted. Observó que yo le relevaba de su puesto de Observador para convertirlo en Ejecutor Especialista. Sabía que trabajaba para mí. ¿Qué mejor manera de atacarme y destruir mi influencia? Si podía probar que mi Ejecutor favorito era el culpable de un terrible crimen contra la Eternidad, ello perjudicaría a mi posición en el Consejo. Era posible que me viese obligado a dimitir del Gran Consejo Pantemporal, y ¿quién sería nombrado en mi lugar?
Alzó la mano hacia los labios, y como nada sucedía se quedó mirando el vacío entre su pulgar e índice, asombrado.
Harlan pensó: «No está tan tranquilo como aparenta. No puede estarlo. Pero, ¿por qué habla de todo esto ahora? Cuando la Eternidad va a morir.»
Luego pensó, acongojado: «¿ Por qué no termina de una vez? ¡Ahora! »
Twissell dijo:
—Recientemente, cuando le permití que fuese a la Sección de Finge, sospechaba algún peligro oculto. Pero la Memoria de Mallansohn decía que usted estuvo ausente durante el último mes, y no se presentó ninguna otra razón lógica para enviarle lejos. Afortunadamente, Finge no jugó bien sus cartas.
—¿De qué modo? —preguntó Harlan, cansado.
En realidad, aquello ya no le importaba, pero Twissell seguía hablando y era más fácil tomar parte en la conversación que tratar de cerrar sus oídos a las palabras del otro.
Twissell continuó:
—Finge tituló su informe: «Con referencia a la conducta indeseable del Ejecutor Andrew Harlan». Seguía siendo el leal Eterno, ¿comprende? Trataba de mostrarse frío, imparcial, sereno. Por desgracia para él, no conocía la verdadera importancia que tenía usted. Quería que el Consejo se manifestara contra mí. No comprendió que cualquier informe relativo a usted obraría inmediatamente en mi poder, a menos que se hiciera constar en forma inequívoca su suprema importancia.
—¿Por, qué no me habló antes de esto?
—¿Cómo podía hacerlo? Tenía miedo de hacer nada que pudiera influir sobre sus acciones, en vista de la importancia del proyecto que teníamos entre manos. Pero le di oportunidad de acudir a mí con su problema.
¿Oportunidad? Harlan hizo un gesto de desconfianza, pero luego pensó en la cansada faz del Programador en la pantalla del intercomunicador, preguntándole si no tenía nada que decirle. Aquello fue ayer. Ayer mismo.
Harlan meneó la cabeza, pero ahora apartó la vista.
Twissell dijo suavemente:
—Me di cuenta inmediatamente de que Finge le había forzado a su... impremeditada acción.
Harlan levantó la cabeza.
—¿Sabe eso?
—¿Le sorprende? Yo sabía que Finge tramaba algo contra mí. Lo he sabido desde hace mucho tiempo. Soy un viejo, muchacho. Adivino esas cosas. Pero hay formas de vigilar a los Programadores en quienes no se tiene confianza. Existen ciertos métodos de protección, seleccionados en el Tiempo, que no pueden verse en los museos. Hay algunos que sólo son conocidos por el Gran Consejo.
Harlan pensó con amargura en la barrera colocada en el 100.000.
—Teniendo en cuenta el informe de Finge y lo que yo ya sabía, era fácil deducir lo que había sucedido —dijo Twissell.
Harlan preguntó de pronto:
—¿Finge sospechaba que era espiado por orden de usted?
—Es posible. No me sorprendería.
Harlan trató de recordar sus primeros días con Finge, cuando Twissell empezó a demostrar interés por el joven Observador. Finge no sabía nada del proyecto Mallansohn, e inmediatamente se fijó en la interferencia de Twissell:
«¿Conoce al jefe coordinador Twissell?», le había preguntado una vez, y ahora Harlan se daba cuenta del tono de sospecha e intranquilidad que había en aquella pregunta. Desde entonces, Finge debió sospechar que Harlan era un espía de Twissell. Su odio y enemistad debieron nacer entonces.
Twissell seguía hablando.
—De modo que si me hubiese hablado...
—¿Hablarle a usted? —exclamó Harlan—. ¿Qué hubiera dicho el Consejo?
—Entre todos los Consejeros, sólo yo lo sabía.
—¿Y nunca les ha informado? —se burló Harlan.
—Nunca.
Harlan sintió fiebre. Las ropas le ahogaban. ¿Iba a continuar aquella terrible pesadilla? ¡Absurda conversación! ¿Para qué?
¿Por qué no terminaba ya la Eternidad? ¿Por qué no se encontraban ya en la oscura y serena paz de la Irrealidad? ¡Por el Gran Cronos! ¿Qué estaba pasando?
Twissell dijo:
—¿No me cree?
—¿Por qué he de creerle? —gritó Harlan—. Vinieron para examinarme durante aquel almuerzo, ¿no es cierto? ¿Por qué habrían hecho una cosa semejante si no conocieran el informe? Vinieron para conocer al raro fenómeno que había violado las leyes de la Eternidad, pero al que no se podía castigar hasta el día siguiente. Un día más, y el proyecto Mallansohn habría terminado. Vinieron a disfrutar por anticipado del mañana.
—No fue por eso, muchacho. Querían verle sólo porque son humanos. Los Programadores son también humanos. No podían ser testigos del último viaje de la cabina porque la Memoria Mallansohn no hacía ninguna mención de su presencia. A pesar de todo, querían ver algo. ¡Por el Gran Cronos, muchacho! ¿No entiende que cualquiera en su lugar se sentiría devorado por la curiosidad? Usted era el protagonista más inmediato a quien podían conocer. Por eso se sentaron a su lado y lo contemplaron a su gusto.
—No le creo.
—Es la verdad.
Harlan dijo:
—No es posible. Mientras comíamos, el consejero Sennor habló de un hombre que se encuentra a sí mismo. No hay duda de que conocía mis excursiones ilegales en el Tiempo del Cuatrocientos ochenta y dos, y que estuve a punto de enfrentarme conmigo mismo. Se divirtió burlándose de mí.
—¿Sennor? —dijo Twissell—. ¿Le preocupa Sennor? ¿Es que no conoce la tragedia de su personalidad? Su Siglo natal es el Ochocientos tres, una de las pocas civilizaciones que desfiguran deliberadamente el cuerpo humano para adaptarlo a los gustos estéticos de aquella sociedad. Se les depila total y definitivamente en su adolescencia. ¿Sabe lo que eso significa para la personalidad del hombre? Hágase cargo. Cualquier deformación separa al hombre de sus antepasados y de sus descendientes. Los hombres del Ochocientos tres no son buen material para la Eternidad; resultan demasiado distintos de los demás. Pocos son los escogidos. Sennor es el único de su Siglo que ha podido llegar hasta el Gran Consejo. ¿Se da cuenta ahora de cómo le afecta esto? Ya sabe que la inseguridad es un obstáculo. ¿Se le ha ocurrido nunca que un Consejero de la Eternidad pueda sentirse inseguro? Sennor tiene que escuchar propuestas para eliminar su Realidad, por la misma característica que le hace distinto de todos nosotros. Y si elimináramos esta Realidad, sólo quedarían él y algunos más de su generación, que permanecerían desfigurados.
Algún día puede suceder. Busca alivio en la filosofía. Trata de compensar su defecto buscando siempre discusiones, exponiendo puntos de vista impopulares o inaceptables. Su paradoja del hombre que se encuentra a sí mismo es un ejemplo. Ya le he dicho que acostumbraba a predecir el desastre para este proyecto. Era a nosotros, los restantes Consejeros, a quienes quería impresionar, y no a usted. No tenía nada contra usted, nada.
Twissell se había excitado. Con la emoción de sus palabras pareció olvidarse de donde se hallaba y la crisis que les enfrentaba, y de nuevo fue el anciano ágil y de rostro arrugado, que Harlan conocía tan profundamente. Hasta hizo aparecer un cigarrillo entre sus dedos, y esta vez dejó ver que los llevaba en un bolsillo especial de su manga.
Pero luego se detuvo antes de encenderlo, dio media vuelta y se quedó mirando de nuevo a Harlan, tratando de recordar algo que éste había dicho, como si hasta aquel momento no le hubiera entendido.
—¿Qué ha querido decir con eso de que se encontró a sí mismo? —preguntó.
Harlan se lo explicó brevemente y terminó:
—¿No lo sabía?
—No.
Hubo unos momentos de silencio, que Harlan recibió como una bendición para su alma atormentada.
—¿Conque fue esto? —dijo Twissell—. ¿Qué habría pasado si se hubiera encontrado de frente?
—No ocurrió.
Twissell ignoró la respuesta.
—Siempre existe la posibilidad de variaciones fortuitas. Con un número infinito de Realidades, no puede existir lo que llamamos determinismo. Supongamos que en la Realidad de Mallansohn, en el giro anterior del círculo...
—¿El círculo gira indefinidamente? —preguntó Harlan con un resto de curiosidad que aún quedaba en su interior.
—¿Creyó que sólo lo hacía dos veces? ¿Se figura que el dos es un número mágico? El círculo gira un número infinito de veces dentro de un fisio-tiempo finito. Lo mismo que se puede seguir pasando el lápiz un número infinito de veces sobre la circunferencia de un círculo, y sin embargo el área abarcada es finita. En los giros anteriores del círculo, usted no se había encontrado a sí mismo. ista vez, la incertidumbre estadística de las cosas lo hizo posible. La realidad tenía que cambiar para impedir el encuentro, y en la nueva Realidad usted no ha enviado a Cooper al Veinticuatro, sino a...
Harlan exclamó:
—¿A qué vienen todas estas frases? ¿Qué quiere conseguir con ello? Todo está hecho. ¡Todo! ¡Déjeme! ¡Déjeme solo!
—Quiero hacerle comprender que estaba equivocado. Quiero que se dé cuenta de que hizo lo que no debía.
—No es verdad. Y aunque fuese así, ya está hecho.
—Pero no definitivamente. Escúcheme un poco más.
Twissell trataba de convencerle, casi suplicante, con inflexiones de agonía en su voz.
—Le devolveremos a su muchacha. Se lo he prometido, y lo mantengo. No sufrirá ningún daño, ni usted tampoco. Se lo prometo. Tiene mi garantía personal.
Harlan lo contempló con los ojos abiertos.
—Pero ya es demasiado tarde. ¿De qué sirve todo eso ahora?
—No es demasiado tarde. La situación no es irreparable. Con su ayuda, aún podemos tener éxito. Es necesario que me ayude. Debe entender que cometió una acción equivocada. Estoy tratando de explicárselo. Debe desear deshacer lo que hizo.
Harlan pasó la punta de la lengua por los labios resecos y pensó: «Está loco. Su mente no puede aceptar la verdad... o, de lo contrario, es que el Consejo tiene algún recurso desconocido».
¿Sería posible? ¿Podía el Consejo revertir el resultado de los cambios? ¿Podía Twissell detener el Tiempo o hacerlo retroceder?
—Me encerró en el cuarto de mandos para reducirme, hasta que todo hubo terminado —objetó Harlan.
—Usted dijo que tenía miedo de cometer alguna torpeza; que a lo mejor no podía cumplir con su parte de la misión.
—Lo dije como una amenaza.
—Yo lo entendí literalmente. Perdóneme. Necesito su ayuda.
Conque así estaban las cosas. Necesitaban su ayuda.
¿Estaba loco Twissell? ¿Era Harlan el demente? ¿Tenía aquella locura algún significado oculto?
El Consejo necesitaba su ayuda. Por ella le prometerían cualquier cosa. Noys, el cargo de Programador, ¿qué podían negarle? ¿Y cuando hubieran obtenido su ayuda, que le darían? ¿Le engañarían por segunda vez?
—¡ No!
—Tendrá a Noys.
—¿Quiere decir que el Consejo estará dispuesto a infringir las leyes de la Eternidad una vez se vean fuera del peligro? No lo creo.
¿Cómo podía evitarse el peligro desencadenado por su acción?, se preguntaba Harlan. ¿Qué había en el fondo de todo aquello?
—El Consejo nunca lo sabrá.
—Entonces, ¿estará usted dispuesto a faltar a la Ley? Usted es el Eterno ideal. Cuando se haya remediado esta emergencia, obedecerá a la Ley. No podría hacerlo de otro modo.
Twissell enrojeció, con dos manchas de color en cada pómulo. Todo rastro de maliciosa inteligencia desapareció de su arrugado rostro. Sólo quedó una profunda pena.
—Mantendré la palabra que le doy y faltaré a las Leyes por una razón que usted desconoce —respondió—. No sé cuánto tiempo nos queda antes de que desaparezca la Eternidad. Pueden ser horas o quizá meses. Pero ya he perdido tanto tiempo, en la esperanza de hacer'— ver la razón, que me entretendré un poco más. ¿Quiere escucharme? Se lo ruego.
Harlan vaciló. Luego, convencido de que aquello era tan inútil como todo lo que pudiera hacerse en aquel mundo condenado a desaparecer, dijo con voz cansada:
—Continúe.

—Dicen de mí —empezó Twissell— que nací viejo, que me salieron los dientes mordiendo una calculadora, que llevo otra en un bolsillo especial de mis pijamas, cuando me voy a dormir. Que mi cerebro está compuesto de incontables campos de fuerza conectados en paralelo, y que cada corpúsculo de mi sangre contiene un diminuto programa espacio—temporal flotando en aceite especial para cerebros electrónicos. Un día u otro, todas estas críticas llegan a mis oídos, y creo que a veces me he sentido un poco orgulloso de ellas. Puede que a veces haya llegado a creérmelas. Es absurdo en un anciano, pero ha hecho mi vida más fácil.
»¿Esto le sorprende? ¿Que yo busque consuelo en mi vida? ¿Yo, el jefe programador Laban Twissell, Presidente del Gran Consejo Pantemporal? Quizás es por eso que fumo. ¿Nunca se le ha ocurrido buscar la razón oculta de
ese vicio? La Eternidad es esencialmente una civilización contraria al tabaco, como la mayor parte de los Siglos. Muchas veces he reflexionado sobre esto. A veces pienso que es una protesta mía contra la Eternidad. Algo que ocupa el lugar de una rebelión mucho más grande que fracasó...
»No, no me pasa nada. Una lágrima o dos no pueden
hacerme daño, créame. Es que hace mucho tiempo que no pensaba en todo esto. No es nada agradable.
»Se trataba de una mujer, por supuesto, igual que en su caso. No es ninguna coincidencia. Es casi inevitable, si se mira bien. El Eterno que deja las satisfacciones normales de la vida por un puñado de perforaciones en una lámina metálica, está predispuesto a caer en la tentación. Por eso la Eternidad toma tantas precauciones. Y, por lo visto, es también la razón de que los Eternos demuestren tanta inteligencia en burlar las precauciones de vez en cuando.
»Aún recuerdo a la mujer de quien yo estaba enamorado. Quizá sea ridículo por mi parte. Pero no puedo recordar otra cosa sino aquella época de mi fisio-vida. Mis viejos colegas son sólo nombres en los registros, los Cambios que he dirigido (todos menos uno) son sólo cifras en los centros memorizadores de los cerebros electrónicos. Pero a ella la recuerdo perfectamente. Estoy seguro de que usted me comprende.
—Había presentado mi solicitud hacía ya mucho tiempo, y después de alcanzar el puesto de Ayudante Programador me concedieron el permiso. Ella era una muchacha de este mismo Siglo, el Quinientos setenta y cinco. Era inteligente y bondadosa. No era hermosa ni siquiera bonita, pero yo de joven (sí, yo también he sido joven) tampoco era muy guapo: Nuestros temperamentos eran muy parecidos, y si yo hubiera sido un hombre del Tiempo, me habría enorgullecido de poder hacerla mi esposa. Se lo dije muchas veces. Creo que le gustaba, y yo decía la verdad. No todos los Eternos, que deben visitar a sus mujeres cuando y como les permite el programa espaciotemporal, tienen esta suerte.
»En aquella Realidad particular, ella tenía que morir joven. Al principio, yo acepté aquella situación con filosofía. Al fin y al cabo, era precisamente su corto lapso de vida lo que había hecho posible que yo pudiese vivir con ella sin efectos perniciosos para la Realidad.
»Ahora me da vergüenza el haber sido capaz de despreocuparme de que sólo le quedaran pocos meses de vida. Sólo fue al principio, únicamente al principio.
»La visitaba tan a menudo como me lo permitía mi programa espacio—temporal. Aprovechaba todos los minutos de mi permiso, aguantando sin comer ni dormir cuando era necesario, pasando mi trabajo a otros, sin sentir escrúpulos por ello, siempre que podía. Su ternura y amor eran inmensos, y yo estaba enamorado. Lo digo sin rodeos. Mi experiencia del amor es muy pequeña, y es difícil comprenderlo a través de Observaciones en el Tiempo normal. Pero en cuanto a mis sentimientos, puedo asegurar que estaba enamorado.
»Lo que empezó como la satisfacción de una necesidad emocional y física, se convirtió en algo mucho más grande y sublime. Su muerte inminente dejó de parecerme algo conveniente y se transformó en una insufrible calamidad. finalicé su probabilidad de supervivencia. No lo hice a través de los Departamentos de Análisis. Lo hice yo mismo, en secreto. Supongo que esto le sorprende. Era una falta grave, pero aquello no tuvo importancia comparado con los crímenes que llegué a cometer más adelante.
»Sí, yo mismo, Laban Twissell, el Jefe Programador Twissell.
»En tres ocasiones distintas llegó un punto del fisio-tiempo durante el cual yo pude alterar su Realidad personal. Los dejé pasar sin hacer nada. Naturalmente, yo sabía que el Gran Consejo no podía autorizar semejantes Cambios por razones puramente personales. De todos modos, empecé a sentirme responsable de su muerte.
»Un día ella me confesó, ruborizada, que tendríamos un hijo. No informé de ello a mis superiores, aunque era mi deber. Yo había analizado su probabilidad de supervivencia, incluyendo los factores variables de sus relaciones conmigo, y sabía que aquello podía ocurrir. Como seguramente usted ya sabe, y dado que ningún Eterno puede
tener hijos, tales situaciones no están permitidas. Existen muchos métodos.
»Mi análisis me indicó que ella debía morir antes de dar a luz, de manera que quise ahorrarle aquel dolor adicional. Ella era feliz en su nuevo estado, y yo quería que fuese feliz. De modo que me limité a mirarla y sonreír cuando me contaba que podía sentir cómo se agitaba una nueva vida dentro de ella.
»Pero entonces sucedió algo imprevisto. Dio a luz prematuramente.
»No me extraña que me mire así. Yo he tenido un hijo. Un hijo propio. Es posible que no exista otro Eterno que pueda decir eso. Aquello era algo más que una falta grave. Se trataba ya de un crimen contra la Eternidad, pero le siguieron muchos más.
»Yo no esperaba aquello. La paternidad y sus problemas eran un aspecto de la vida del cual yo no tenía experiencia.
»Repasé mi análisis, lleno de pánico, y entonces pude encontrar al hijo vivo, en una solución alterna a una rama secundaria de ínfima probabilidad, y que yo no había tenido en cuenta. Un Analista profesional no habría dejado de fijarse en ella, y yo había sido un estúpido al fiarme tanto de mis conocimientos.
»Pero, ¿qué podía hacer ahora?
»No podía matar a la criatura. A la madre le quedaban dos semanas más de vida. Dejemos que el niño viva con ella hasta entonces, pensé. Dos semanas de felicidad no es mucho pedir.
»La madre murió, como estaba previsto y en la forma normal. Yo estuve sentado en su habitación durante todo el tiempo admisible, mientras el remordimiento me devoraba las entrañas por haber esperado su muerte, sabiéndolo, durante más de un año. En mis brazos, apretaba a mi hijo, mío —y de ella.
»Sí, dejé que mi hijo viviera. ¿Por qué esa mueca? ¿También usted me condena?
»No puede saber lo que significa tener en los brazos una pequeña parte de nuestra propia vida. Yo podré tener cables eléctricos por nervios y programas espaciotemporales en la sangre, pero yo lo sé.
»Dejé que mi hijo viviese. He cometido ese crimen. Lo dejé al cuidado de una organización adecuada y regresé a verlo siempre que pude. Hice los pagos necesarios y le vi crecer.
»Dos años pasaron de aquella forma. Periódicamente, yo estudiaba la probabilidad de supervivencia de mi hijo (ahora ya estaba acostumbrado a infringir las normas) y me alegré de saber que no se presentaban efectos perniciosos en la Realidad vigente, con aproximación de una diezmilésima. El niño aprendió a andar y empezó a hablar con su deliciosa media lengua. No le enseñaron a llamarme «papá». No sé que pensarían las gentes de la institución que cuidaba del niño. Aceptaron mi dinero y nunca me preguntaron nada.
»Entonces, pasados dos años, un proyecto de Cambio que incluía al Siglo Quinientos setenta y cinco fue presentado al Gran Consejo Pantemporal. Yo había sido ascendido recientemente a Ayudante Programador y me confiaron aquella misión— Era el primer Cambio que debía realizar bajo mi sola responsabilidad.
»Estaba orgulloso de ello, pero en el fondo de mi corazón había un doloroso temor. Mi hijo era un intruso en aquella Realidad. Yo no podía esperar que tuviera homólogos. Me entristecía pensar que mi hijo desaparecía completamente de la Realidad.
»Me dediqué a preparar el Cambio, y aún ahora estoy seguro de que hice un trabajo impecable. Mi primer Cambio. Pero sucumbí a una tentación. Quizá cedí a ella más fácilmente porque ya estaba acostumbrado. Yo ya era un criminal empedernido, un delincuente habitual. Preparé un nuevo análisis para mi hijo bajo la nueva Realidad, sintiéndome seguro de lo que iba a encontrar.
»Luego pasé veinticuatro horas en mi despacho, sin comer ni dormir, luchando con el análisis terminado, tratando desesperadamente de encontrar algún error.
»No había ningún error.
»Al día siguiente, reteniendo mi solución del Cambio, preparé un programa espacio—temporal propio, usando una aproximación sencilla, ya que aquella Realidad no iba a durar mucho, y entré en el Tiempo a unos treinta y cuatro años del nacimiento de mi hijo.
»Ahora tenía treinta y cuatro años, mi misma edad. Me presenté como un pariente lejano, utilizando mi conocimiento de la familia de su madre. No sabía quién era su padre, ni recordaba mis visitas cuando él era niño.
»Era ingeniero de aviación. El Siglo Quinientos setenta v cinco estaba muy adelantado en casi media docena de formas de viaje aéreo, como aún lo está en la presente Realidad. Mi hijo era un miembro feliz y próspero de aquella sociedad. Estaba casado con una muchacha a quien amaba, pero no tenían hijos. Si mi hijo no hubiera existido, aquella muchacha no se habría casado. Lo sabía desde el principio. Siempre había sabido que no tendría efecto pernicioso sobre la realidad. De otro modo, quizá no me habría decidido a dejarle vivir. No he renegado por completo de los principios de la Eternidad.
»Pasé el día con mi hijo. Hablé tranquilamente, sonriendo con cortesía y al final me despedí en el momento indicado por las instrucciones de mi programa espaciotemporal. Pero por debajo de las apariencias de cortesía yo le contemplaba con amor, tratando de retener su imagen y el recuerdo del día vivido con él en aquella Realidad que a la mañana siguiente ya no existiría.
»Ansiaba también volver a visitar a mi esposa una vez más regresando al Tiempo en que ella había vivido, pero ya había consumido todos los segundos que me estaban permitidos. Ni siquiera me atrevía a entrar en el Tiempo para verla sin que ella me viese a mí.
»Regresé a la Eternidad y pasé una noche horrible debatiéndome inútilmente contra lo inevitable. A la mañana siguiente presenté mis recomendaciones para el Cambio.

La voz de Twissell había ido bajando de tono hasta que no fue más que un susurro, y ahora guardó silencio. Quedó sentado, allí, en el cuarto de mandos de la cabina especial, con los hombros hundidos, los ojos fijos en el suelo entre sus rodillas, retorciéndose las manos sin darse cuenta.
Harlan tosió, esperando a que el anciano continuara su relato. Sentía lástima por aquel hombre, a pesar de todas sus faltas contra la Eternidad.
—¿Esto es todo? —preguntó.
—No. Aún falta lo peor... Lo peor... En la nueva Realidad apareció un homólogo de mi hijo..., paralítico desde los cuatro años. Vivió cuarenta y dos años en la cama, en circunstancias que me impidieron aplicarle los procedimientos de regeneración de nervios descubiertos en el Siglo Novecientos, o al menos disponer que su vida terminase rápidamente y sin dolor.
»Aquella nueva Realidad aún existe. Mi hijo sigue allí viviendo los años correspondientes de su Siglo. Yo tengo la culpa de ello. Mi cerebro y mis cálculos hicieron posible aquella vida atormentada, y fue mi palabra la que ordenó el Cambio. He cometido muchos crímenes, pero aquella última acción, aunque era la única que se ajustaba exactamente a mi juramento de Eterno, siempre me ha parecido que era mi verdadero crimen, el único.
No había nada que decir, y Harlan guardó silencio.
Twissell dijo:
—Ahora ya sabe por qué comprendo su caso, y por qué estoy dispuesto a dejar que siga viviendo con su chica. No puede hacer ningún daño a la Eternidad y, en cierto modo, servirá para expiar mi crimen.
Y, de repente, Harlan comprendió. En un solo momento tuvo fe en las palabras del anciano.
Harlan cayó de rodillas y levantó sus puños hasta las sienes. Inclinó la cabeza y se balanceó lentamente, mientras una salvaje desesperación se apoderaba de él.
Había destruido la Eternidad y perdido a Noys, cuando, si no fuera por su golpe de Sansón, podía haber salvado a la primera y conservado la segunda.

15
Perdidos en los Tiempos Primitivos

Twissell sacudía a Harlan tomándole por los hombros. El anciano le llamaba con ansiedad.
—¡Harlan! ¡ Harlan! ¡Por el Gran Tiempo, Harlan!
Harlan emergió lentamente de aquella negra profundidad.
—¿Qué podemos hacer?
—Todo lo contrario de esto. No debemos desesperar. Para empezar, escúcheme. Olvídese de su punto de vista de la Eternidad como Ejecutor y contémplela a través de los ojos de un programador. Es mucho más complicado. Cuando usted altera algo en el Tiempo normal y crea un Cambio de Realidad, el Cambio puede ocurrir inmediatamente. ¿Por qué debe ser así?
Harlan dijo, confuso:
—Porque la alteración ha hecho el Cambio inevitable.
—¿Lo cree así? Usted podría volver de nuevo al Tiempo y revocar su propia modificación, ¿no es cierto?
—Supongo que sí. Yo nunca lo he hecho. Nadie lo ha hecho, que yo sepa.
—En efecto. No nos proponemos revocar nuestras acciones, y por eso todo continúa tal como se había planeado. Pero aquí nos encontramos en una situación distinta.
Una alteración de la Realidad cometida sin plena intención. Usted envió a Cooper a un Siglo equivocado, y yo ahora firmemente decido revocar esta alteración y traer de nuevo a Cooper.
—Pero, ¿cómo? —gritó Harlan.
—Todavía no estoy seguro de cómo hacerlo, pero debe existir el medio. Si no hubiese forma de corregirla, la alteración sería irreversible; el Cambio se efectuaría inmediatamente. Pero el Cambio no ha llegado todavía hasta aquí. Esto significa que la alteración causada por usted es todavía reversible, y será revocada.
—¿Cómo? —Harlan se sentía inmerso en una pesadilla cada vez más profunda y oscura.
—Hemos de buscar el modo de volver a unir el círculo en el Tiempo, y hemos de intentarlo bajo una máxima probabilidad de éxito. Mientras exista nuestra Realidad, podemos estar seguros de que la solución sigue siendo posible. Si en cualquier momento usted o yo tomamos una decisión equivocada, si la posibilidad de volver a cerrar el círculo cae por debajo de un valor crítico, la Eternidad desaparecerá. ¿Me comprende?
Harlan no estaba seguro de entenderlo. No podía ver claro. Lentamente se puso en pie y se tambaleó hasta una silla.
—¿Quiere decir que si podemos traer de nuevo a Cooper... ?
—Y podemos reexpedirlo al lugar adecuado, todo se arreglará. Debemos encontrarlo en el momento en que abandone su cabina, para que pueda llegar a su destino .'n el Siglo Veinticuatro sin que hayan transcurrido sino algunas horas de filio—tiempo, o unos fisio-días como mucho. Será una alteración, desde luego, pero, sin duda, no eficiente para producir un Cambio. La Realidad se tambaleará, pero no quedará destruida.
—¿Cómo podemos localizarle?
—Sabemos que existe un medio, o, de lo contrario, la Eternidad ya no existiría en este momento. En cuanto a cuál sea este medio, para eso le necesito y he luchado por volver a traerlo a mi lado. Usted es experto en Tiempos primitivos. Dígame la solución.
—No lo sé —gimió Harlan.
—Lo sabe —dijo Twissell.
De repente, todo rastro de cansancio o de vejez desapareció de la voz del anciano. Sus ojos estaban encendidos con el ardor de la lucha y agitaba su cigarrillo como si fuese una espada. Incluso para los sentidos embotados de Hartan, aquel hombre parecía disfrutar en realidad, sentirse feliz en medio de aquella lucha.
—Podemos reconstruir el accidente —dijo Twissell—. Aquí está la palanca del indicador de Siglos. Usted se encuentra a su lado, esperando la señal. El momento crucial ha llegado. Usted establece el contacto y al mismo tiempo coloca la palanca en dirección al hipotiempo. ¿Hasta dónde?
—No lo sé, ya lo he dicho. No lo sé.
—Usted no lo sabe, pero sus músculos conservan la memoria de lo que hizo. «Póngase aquí y tome la palanca en sus manos. Concéntrese. Cójala. Está esperando la señal. Me está odiando. Está odiando a todo el Gran Consejo. Odia a la Eternidad. Tiene el corazón lleno de dolor por Noys. Sitúese de nuevo en aquel momento. Reviva lo que sentía en aquel instante. Ahora pondré de nuevo en marcha el cronómetro. Le doy un minuto, muchacho, para recordar sus emociones y lanzarlas de nuevo a través de
su sistema nervioso. Luego, cuando se acerque el cero, deje que su mano derecha mueva la palanca como lo hizo antes. Luego ¡quite la mano! No la mueva de nuevo. ¿Está preparado?
—No creo que pueda hacerlo.
—¡Cómo! ¡Por el Gran Cronos! ¡No tiene otro remedio! ¿Acaso existe otro medio de volver a ver a Noys?
No había otro. Harlan se acercó a los mandos, y al hacerlo sintió que volvían sus pasadas emociones. No tuvo que buscarlas. El repetir los movimientos de aquellos instantes fue suficiente. La roja aguja del cronómetro empezó a moverse.
Pensó si aquél sería el último minuto de su vida.
Menos treinta segundos.
Pensó: «No sentiré dolor. No es la muerte».
Trató de pensar sólo en Noys.
Menos quince segundos.
¡Noys!
La mano izquierda de Harlan cerró un conmutador estableciendo el contacto.
Menos doce segundos.
¡ Contacto!
Su mano derecha se movió.
Menos cinco segundos.
¡Noys!
Su mano derecha se mo... CERO... vió convulsivamente.
Se apartó de un salto, anhelante.
Twissell se acercó y miró el indicador.
—El Siglo Veinte —dijo—. Diecinueve coma treinta y ocho, para ser exactos.
Harlan trató de hablar.
—No estoy seguro. He tratado de hacer el mismo movimiento, pero esta vez fue distinto. Sabía lo que estaba haciendo y es posible que me haya equivocado.
—Ya lo sé. Ya lo sé —dijo Twissell—. Quizá todo esto es un error. Llamémoslo una primera aproximación.
Hizo una pausa, sumido en cálculos mentales; luego sacó una calculadora de bolsillo, pero volvió a guardarla.
—Dejemos los decimales. Digamos que la probabilidad de que usted lo haya enviado al segundo cuarto de Siglo es cero noventa y nueve. En alguna parte entre Diecinueve, coma, veinticinco y Diecinueve, coma, cincuenta. ¿Conforme?
—No lo sé.
—Bien, entonces fíjese. Si tomo la decisión final de buscar en esa parte de los Tiempos Primitivos con exclusión de las demás y estoy equivocado, lo más probable es que hayamos perdido la oportunidad de volver a unir el círculo, y entonces la Eternidad desaparecerá. Esta decisión que voy a tomar es el punto crucial, el Cambio Mínimo Necesario, el C.M.N. que puede provocar el Cambio. Ahora tomo esta decisión. Decido, irrevocablemente...
Harlan miró a su alrededor, temeroso, como si la Realidad se hubiera convertido en algo tan frágil que un movimiento repentino pudiera derribarla.
Harlan dijo:
—Estoy plenamente consciente de la Eternidad.
Las ideas de Twissell le habían convencido de tal forma, que su voz sonaba ahora firme a sus propios oídos.
—Por tanto, aún existe —dijo Twissell con decisión—, y hemos tomado una decisión acertada. Ya no tenemos nada más que hacer aquí por el momento. Vamos a mi despacho, y dejemos que la Comisión del Gran Consejo venga a curiosear por aquí, si ello ha de hacerles más felices. En lo que a ellos respecta, nuestro proyecto ha terminado con éxito. Si no es así, nunca lo sabrán. Y nosotros tampoco.

Twissell contempló su cigarrillo y dijo:
—La cuestión con que nos enfrentamos ahora es la siguiente: ¿Qué hará Cooper cuando se encuentre en un Siglo distinto del que esperaba hallar?
—No lo sé.
—Estamos seguros de algo. Cooper es un muchacho brillante, inteligente, con imaginación, ¿no es cierto?
—Bien, él es Mallansohn.
—Exactamente. Y ya pensó en la posibilidad de que algo fuese mal. Una de sus últimas preguntas fue: «¿Qué pasará si no llego al sitio indicado?» ¿Lo recuerda?
—¿Y bien? —Harlan no comprendía adónde conducía aquella conversación.
—Por tanto, está mentalmente preparado para encontrarse desplazado en el Tiempo. Hará algo. Tratará de llegar hasta nosotros. Tratará de dejar un rastro. Recuerde que durante parte de su vida ha sido un Eterno. Eso es importante.
Twissell hizo un anillo de humo azulado, pasó un dedo por su centro y contempló cómo se deshacía.
—Está acostumbrado a la idea de la comunicación a través del Tiempo. No se rendirá a la idea de hallarse aislado en el Tiempo Primitivo. Sabe que le buscamos.
—En el Siglo Veinte, sin cabinas ni Eternidad, ¿cómo podrá comunicarse con nosotros? —preguntó Harlan.
—Con usted, Ejecutor, con usted. Use el singular. Usted es nuestro experto sobre los Primitivos. Ha enseñado a Cooper lo que sabe de aquellos Tiempos. Usted es el único que él creerá capaz de encontrarle.
—¿Cómo, Programador?
—Se pretendía dejar a Cooper en el Primitivo. —La inteligente faz de Twissell miró fijamente a Harlan—. Se encuentra sin la protección del escudo electrónico de fisiotiempo. Toda su existencia se encuentra ahora unida al curso del tiempo normal, y permanecerá así hasta que usted revoque la alteración. Igualmente unido al curso del Tiempo Normal se hallará cualquier instrumento, señal o mensaje que haya dejado para nosotros. Deben existir ejemplares antiguos, que habrán usado en sus estudios del Siglo Veinte. Documentos, archivos, películas, utensilios, libros de referencia. Me refiero a ejemplares originales, procedentes de aquella época.
—Sí.
—¿Y él los estudio con usted?
—Sí.
—¿Hay algún ejemplar particular que fuese su favorito, uno que él supiera le era familiar a usted, de modo que le fuese fácil hallar cualquier referencia sobre Cooper?
—Empiezo a comprender lo que quiere decir —dijo Harlan, y se quedó pensativo unos minutos.
—¿Bien? —preguntó Twissell con impaciencia.
—Mis volúmenes de la revista, casi con toda seguridad. Las revistas son un fenómeno de la primera parte del Veinte. Tengo una colección casi completa, que empieza a principios del Veinte y continúa hasta mediados del Veintidós.
—¡Magnífico! ¿Puede Cooper hacer uso de esas revistas para enviarle un mensaje? Recuerde que él sabe que usted conoce esa publicación, que está familiarizado con ella, que sabe cómo manejarla.
—No lo sé. —Harlan movió la cabeza—. La revista tenía un estilo artificial. Seleccionaba ciertos acontecimientos y omitía otros en forma completamente imprevisible. Sería muy difícil o casi imposible conseguir que publicase algo que uno quisiera hacer público. A Cooper le sería difícil crear una noticia con la seguridad de verla publicada. Aunque consiguiera obtener un puesto entre su personal de redactores, lo cual es improbable, no podría estar seguro que sus mismas palabras pasaran por los distintos jefes de redacción sin ser modificadas. No lo veo claro, Programador.
—¡Por el Gran Cronos, piense! Concéntrese en esa revista. Imagine que se encuentra en el Veinte y que es Cooper, con su educación y su experiencia. Usted ha instruido al muchacho, Harlan. Usted ha influido en sus ideas. ¿Qué haría él? ¿Qué podría hacer para insertar algo en la revista con las palabras exactas que él quisiera?
Los ojos de Harlan se agrandaron.
—¡Un anuncio!
—¿Qué?
—Un anuncio. Un aviso pagado, que se verían obligados a publicar exactamente según sus deseos. Cooper y yo hemos hablado de ellos en ocasiones.
—Comprendo. Tenemos algo semejante en el Ciento ochenta y seis —dijo Twissell.
—No es exactamente como en el Veinte. En este sentido el Siglo Veinte alcanza el máximo. El ambiente cultural de aquella civilización...
—Volvamos a nuestro anuncio —le interrumpió Twissell con prontitud—. ¿Cómo podría ser?
—Me gustaría saberlo.
Twissell contempló el extremo encendido de su cigarrillo, como si buscara inspiración.
—No podría expresarse claramente. Por ejemplo, no podría decir: Cooper del Setenta y ocho, perdido en el Veinte, llama a la Eternidad...
—¿Y por qué no?
—¡Imposible! Divulgar en el Siglo Veinte una información que sabemos que no poseían, sería tan fatal para la Realidad de Mallansohn como pueda serlo un movimiento equivocado por nuestra parte. Seguimos aquí, de modo que durante toda su vida en la Realidad actual de los Tiempos Primitivos, Cooper no ha causado ningún daño irreparable.
—Además —dijo Harlan sin tratar de comprender aquel tipo de razonamiento circular que parecía tan fácil para Twissell—, la revista no estaría dispuesta a publicar nada que pareciese absurdo o incomprensible. Sospecharía un fraude o alguna clase de ilegalidad, y no querría verse complicada en algo parecido. Por tanto, Cooper no podría usar el idioma Pantemporal para su propósito.
—Tiene que ser algo sutil —dijo Twissell—. Habrá usado un procedimiento indirecto. Habrá colocado un anuncio que parecerá perfectamente normal a los habitantes de los Tiempos Primitivos. ¡Perfectamente normal! Y, sin embargo, debe ser evidente para nosotros, una vez sepamos lo que estamos buscando. ¡Del todo evidente! Algo que salte a la vista, porque habremos de buscarlo entre incontables anuncios semejantes. ¿De qué tamaño cree que debe ser, Hartan? ¿Son muy caros esos anuncios?
—Bastante caros, creo.
—Y Cooper tendrá que administrar su dinero. Además, para evitar preguntas indiscretas, lo mejor sería que fuese pequeño. Piense, Harlan, ¿de qué tamaño?
Harlan separó las manos.
—Quizá media columna.
—¿Columna?
—Ya sabe que se trata de revistas impresas. Sobre papel. Las líneas están dispuestas en columna.
—¡Ah, claro! No acabo de distinguir la literatura impresa y los microfilms... Bien, ya tenemos una primera aproximación. Hemos de buscar un anuncio de media columna que, prácticamente a la primera ojeada, nos demostrará que el hombre que lo insertó procedía de otro Siglo, en el hipertiempo, desde luego. Y sin embargo, será de aspecto tan corriente que cualquiera de los habitantes de aquel Siglo no encontraría nada sospechoso.
Harlan dijo:
—¿Qué pasará si no lo encuentro?
—Lo encontrará. La Eternidad aún sigue. Mientras permanezca, quiere decir que estamos sobre la pista acertada. Dígame, ¿puede recordar algún anuncio semejante en sus estudios con Cooper? ¿Algo que le pareciese anormal, fuera de lugar, sutilmente extraño?
—No.
—No quiero una contestación tan rápida. Tómese cinco minutos y piense.
—No es necesario. Cuando estudiaba la revista con Cooper, él no había estado en el Siglo Veinte.
—Por favor, muchacho. Use la cabeza. Al enviar a Cooper al Veinte ha introducido un elemento de cambio. No es un Cambio, no es una alteración irreversible. Pero se han efectuado algunos cambios con «c» minúscula, microcambios, como se les llama en Programación. En el mismo instante en que Cooper fue enviado al Veinte, el anuncio apareció en el número apropiado de la revista que usted guarda. Su propia Realidad ha sido microcambiada en el sentido de que ahora tendrá memoria de haber visto una página con aquel anuncio, en vez de una sin anuncio como ocurría en su anterior Realidad. ¿Me comprende?
Harlan se quedó asombrado, tanto por la facilidad con que Twissell seguía el hilo entre la selva de la filosofía temporal, como por las paradojas del Tiempo. Meneó
la cabeza.
—No recuerdo haber visto nada parecido.
—Entonces, ¿dónde guarda su archivo de esa revista?
—Hice construir una biblioteca especial en el Nivel
Dos, usando como justificación mis estudios con Cooper.
—Era suficiente —dijo Twissell—. Vamos allí, ¡ahora mismo!
Harlan contempló cómo Twissell miraba con curiosidad los viejos y encuadernados volúmenes de la biblioteca y cómo luego tomaba uno entre sus manos. Eran tan antiguos que el frágil papel había sido protegido por métodos especiales, pero las páginas crujían entre las manos nerviosas de Twissell
Harlan hizo un gesto. En cualquier otro momento le habría dicho a Twissell que se apartara de los libros, aunque se tratase del Jefe Programador de la Eternidad.
El anciano ojeó las viejas páginas y silenciosamente pronunció aquellas arcaicas palabras.
—¿Éste es el inglés de que siempre nos hablan los lingüistas? —dijo, golpeando con un dedo el volumen que tenía ante sí.
—Sí, es inglés —contestó Harlan.
Twissell volvió a colocar el libro en su lugar.
—Pesado e incómodo.
Harlan se encogió de hombros. En efecto, la mayor parte de los Siglos de la Eternidad usaban los microfilms. Una pequeña parte utilizaba el registro molecular. A pesar de todo, la imprenta y el papel no eran desconocidos.
Harlan dijo:
—Los libros no precisan de equipos técnicos, como ocurre con los microfilms, para leerlos.
Twissell se frotó la barbilla.
—Tiene razón. ¿Empezamos ya?
Sacó otro volumen de su estante y lo abrió encima de la mesa, mirándolo con dolorosa intensidad.
Harlan pensó: «¿Acaso cree que va a encontrar la solución con un golpe de suerte?»
Su idea debió ser acertada, porque Twissell, observando la mirada de Harlan, enrojeció y devolvió el libro a su lugar.
Harlan cogió el primer volumen del Centisiglo 19,25 y empezó a pasar las hojas metódicamente. Sólo sus ojos y su mano derecha se movían. El resto de su cuerpo permanecía rígido.
En lo que le parecieron intervalos enormes, Harlan se levantaba con un suspiro para alcanzar un nuevo volumen. En otras ocasiones, se interrumpía para tomar una taza de café, o un bocadillo, o para las demás necesidades.
Harlan dijo cansadamente:
—No le necesito aquí.
—¿Le molesto? —dijo Twissell. —río.
—Entonces me quedaré —murmuró Twissell.
Durante todo aquel espacio de tiempo, se acercó en ocasiones a los estantes, contemplando los títulos fijamente. Las puntas de sus cigarrillos le quemaron a veces los dedos, pero él no pareció notarlo.
Pasó un fisio-día.
El sueño fue agitado y de corta duración. A media mañana, rodeado de libros, Twissell apuró su taza de café y dijo:
—A veces me pregunto por qué no dimití de mi cargo de Programador después de aquel asunto... Ya sabe a qué me refiero.
Harlan asintió.
—En ocasiones me propuse hacerlo —continuó el anciano—. Estaba dispuesto. Durante muchos meses esperé con ansiedad que no me asignaran más Cambios. Los odiaba. Empecé a preguntarme si los Cambios eran justos. Es curioso cómo afectan a nuestros sentimientos. Usted conoce la Historia Primitiva, Harlan. Sabe cómo era. Su Realidad seguía la línea de la máxima probabilidad. Si aquella máxima probabilidad comprendía una pandemia, o diez Siglos de economía esclavista, o la ruina de la tecnología hasta..., vamos a ver, algo realmente pernicioso..., incluso hasta la guerra atómica si eso hubiera sido posible en aquel tiempo, ¡por Cronos!, aquello sucedía. Nada podía impedirlo. Pero donde existe la Eternidad, todo esto ha sido evitado. A partir del Siglo Veintiocho ya no suceden cosas semejantes. Hemos llevado nuestra Realidad hasta un punto de bienestar mucho más perfecto que lo que pudieron imaginar los Tiempos Primitivos; a un nivel al que, si no fuese por la intervención de la Eternidad, hubiera tenido muy pocas probabilidades' de llegar.
Harlan pensó, avergonzado: «¿Qué quiere decirme? ¿Quiere que trabaje más de prisa? Estoy haciendo todo lo que puedo».
Twissell dijo:
—Si perdemos esta ocasión, la Eternidad desaparecerá, probablemente por todo el fisio-tiempo. Y en un enorme Cambio, toda la Realidad revertirá a su curso de máxima probabilidad, donde, estoy seguro, existirán las guerras atómicas y la destrucción de la Humanidad.
—Será mejor que continúe con mi trabajo —dijo Harlan.

Durante el siguiente descanso, Twissell dijo, desalentado:
—¡Tenemos tanto que hacer! ¿No hay una forma más rápida de hacerlo?
—Dígame cuál —dijo Harlan—. Creo que debo buscar en cada página, y mirar en cada parte de ella, además. ¿Cómo puedo hacerlo más de prisa?
Siguió pasando las hojas con regularidad.
—Llega un momento en que las letras empiezan a parecer confusas, y eso quiere decir que es hora de dormir —dijo Harlan.
El segundo fisio-día terminó.
A las 10.22 de la mañana, fisio-tiempo oficial del tercer día de su búsqueda, Harlan se quedó mirando una página con asombro y dijo:
—¡Ésta es!
Twissell no entendió sus palabras.
—¿Qué?
Harlan levantó la vista con expresión de sorpresa.
—No podía creerlo. No llegaba a convencerme, aun mientras usted no paraba de hablarme de todo ese lío de revistas y anuncios.
Twissell se había dado cuenta por fin:
—¡Lo ha encontrado!
Saltó para coger el volumen que Harlan tenía en sus manos, agarrándolo con dedos temblorosos.
Harlan se lo quitó y cerró el libro.
—¡Alto! Usted no lo encontrará, aunque le dijese en qué página está.
—¡Qué hace! —chilló Twissell—. ¡Lo ha perdido!
—No está perdido. Sé dónde se encuentra. Pero antes...
—Antes, ¿qué?
—Hemos de aclarar una cuestión, Programador Twissell. Usted dijo que tendré a Noys. Entonces, tráigala. Deje que la vea —dijo Harlan.
Twissell contempló a Harlan, su blanco cabello completamente revuelto.
—¿Está bromeando?
—No —dijo Harlan secamente—. No bromeo. Usted me prometió que lo arreglaría. ¿Acaso bromeaba? Que Noys y yo volveríamos a estar juntos. Me lo prometió.
—Sí, lo hice. Eso está resuelto.
—Entonces preséntela viva, sana y sin daño.
—No le entiendo. Yo no la tengo. Nadie le ha hecho nada. Se encuentra todavía en el lejana hipertiempo, donde Finge dijo que estaba. Nadie ha ido a buscarla. ¡Por Cronos!, le dije que estaba segura.
Harlan se quedó mirando al Programador y se puso rígido.
—Está jugando con las palabras dijo sordamente. Desde luego, ella está en el hipertiempo, pero ¿de qué me sirve eso? Quite la barrera en el cien mil.
—¿La qué?
—La barrera. La cabina no puede pasar.
—Nunca me ha hablado de esto —dijo Twissell, aturdido.
—¿No lo hice? —dijo Harlan con sorpresa.
—Era posible? Había pensado en ello continuamente. No le había dicho nada a Twissell? En efecto, no recordaba haberlo hecho. Pero luego recobró su firmeza.
—Conforme —dijo—. Se lo digo ahora. Quite la barrera.
—Pero esto es imposible. ¿Una barrera contra las cabinas? ¿Una barrera temporal?
—¿Quiere decir que usted no mandó colocarla?
—Yo no lo hice. Por el Tiempo, lo juro.
—Entonces... entonces —Hartan se puso pálido—. Entonces lo ha hecho el Consejo. Conocían todo este asunto y han tomado una iniciativa sin consultarle a usted y..., por todos los Tiempos y Realidades, pueden seguir esperando su anuncio y a Cooper, Mallansohn y a toda la Eternidad. No se lo daré. No, ¡nunca!
—¡Espere, espere! —dijo Twissell, agarrando desesperadamente el brazo de Hartan—. Serénese. Piense, muchacho, piense. El Consejo no ha puesto ninguna barrera.
—La barrera está allí.
—Pero nadie puede haber puesto semejante barrera. Nadie puede hacerlo. Es teóricamente imposible.
—Usted no lo sabe todo. La barrera está allí.
—Yo sé más que ningún otro del Consejo, y tal barrera es imposible.
—Pues allí está.
—En tal caso...
Hartan se dio cuenta de que en los ojos de Twissell había aparecido un terror abyecto; un terror que ni siquiera había surgido cuando se enteró de la pérdida de Cooper y del peligro que amenazaba a la Eternidad.

16
Los Siglos Ocultos

Andrew Hartan contempló con mirada distraída cómo trabajaban aquellos hombres. Ellos trataban de ignorar su presencia, porque era un Ejecutor. De costumbre él ni siquiera se habría fijado en su presencia, pues eran del Servicio de Mantenimiento. Pero ahora los observaba y, en su desesperación, hasta llegó a envidiarlos.
Eran mecánicos del Servicio de Transporte Pantemporal, vestidos con uniformes grises y un emblema formado por una flecha de dos puntas rojas sobre un fondo negro. Estaban usando intrincados instrumentos de verificación para comprobar los motores de las cabinas y la capacidad de los tubos. Sin duda, pensó Hartan, no tenían grandes conocimientos teóricos sobre ingeniería temporal, pero era evidente que poseían una gran práctica del funcionamiento de los viajes por el Tiempo.
Hartan no había aprendido mucho sobre mantenimiento cuando era un Aprendiz. O, para decirlo más exactamente, no quiso aprenderlo. Los Aprendices que no aprobaban eran destinados a Mantenimiento. La profesión no especializada, como se la llamaba con irónico eufemismo, llevaba consigo la marca del fracaso, y todos los Aprendices evitaban hablar de ello.
Pero ahora, mientras les contemplaba, a Harlan le parecieron hombres bastante felices, rápidos y eficientes en su trabajo.
¿Por qué no? Eran muchos más que los Especialistas, los «verdaderos Eternos», en proporción de diez a uno. Tenían una vida social propia, viviendas exclusivas para ellos,. y sus propios placeres. Su trabajo estaba fijado en tantas horas al día, y no se les exigía que supeditasen ala profesión sus actividades durante los períodos de descanso. Al contrario de los Especialistas, tenían tiempo libre para dedicarlo a la literatura y a las obras filmadas seleccionadas de las distintas Realidades.
Eran ellos, después de todo, quienes probablemente llevaban unas vidas más completas. La personalidad del Especialista resultaba deforme y artificial en comparación con la tranquila y sencilla existencia de los de Mantenimiento.
Eran los cimientos de la Eternidad. Le pareció extraño el no haber advertido hasta entonces aquel hecho tan evidente. Realizaban la importación de los alimentos y del agua procedentes del Tiempo normal, la eliminación de los desperdicios, y cuidaban del funcionamiento de las centrales de energía. Mantenían en marcha la maquinaria de la Eternidad. Si todos los Especialistas desaparecieran al mismo tiempo, Mantenimiento podía hacer que la Eternidad siguiera funcionando indefinidamente. Pero, en cambio si Mantenimiento desapareciera, los Especialistas tendrían que abandonar la Eternidad en cuestión de días, o morir miserablemente.
¿Estaban resentidos los hombres de Mantenimiento por la pérdida de sus Siglos natales, o por sus vidas sin mujeres o hijos? ¿Era suficiente compensación la protección contra la pobreza, la enfermedad o los Cambios de realidad? ¿Se les consultaba alguna vez en los asuntos de importancia?
El Jefe Programador Twissell interrumpió las ideas de Harlan al llegar apresuradamente. Parecía aún más agitado que media hora antes, cuando se había marchado a su despacho, una vez hubo dado sus instrucciones para los de Mantenimiento.
Harlan pensó: «¿Cómo puede resistirlo? Es un anciano».
Twissell miró a su alrededor con movimientos que recordaban a los de un pájaro, y los hombres automáticamente se pusieron firmes con respetuosa atención.
—¿Hay novedad en los Tubos? —preguntó.
Uno de los hombres respondió:
—Todo está normal, señor. Los pasos están libres y los Campos funcionan perfectamente.
—¿Lo han comprobado todo?
—Sí, señor. En el Hipertiempo, hasta donde tenemos instalados grupos transformadores de energía.
—Entonces pueden retirarse —dijo Twissell.
No había error posible en la interpretación de tal orden. Los hombres de Mantenimiento se inclinaron respetuosamente, dieron media vuelta y se fueron.
Twissell y Harlan se encontraron solos en la estación de las cabinas.
Twissell habló el primero.
—Usted se queda aquí. Se lo ruego.
Harlan meneó la cabeza.
—Debo ir.
—Compréndalo —dijo Twissell—. Si me sucede algo, usted aún puede encontrar a Cooper. Si le sucede a usted, ¿qué podría hacer yo u otro Eterno o combinación de Eternos?
Harlan volvió a menear la cabeza.
Twissell se puso un cigarrillo entre los labios.
—Sennor empieza a sospechar —dijo—. Estos dos últimos fisio-días me ha llamado varias veces por el intercomunicador. Quiere saber por qué me encierro con usted. Cuando sepa que he ordenado una revisión total de las máquinas de los Tubos... Debo irme, Harlan. No podemos perder más tiempo.
—Yo tampoco quiero perderlo. Estoy dispuesto a partir. Ahora.
—¿Insiste en hacer ese viaje?
—Si no hay barrera, no habrá peligro. Aun si la hubiese, yo he estado allí y he vuelto. ¿Qué teme usted, Programador?
—No quiero correr ningún riesgo innecesario.
—Entonces use la lógica, Programador. Tome la firme decisión de que yo le acompañe. Si la Eternidad aún existe después de eso, significa que el círculo aún puede cerrarse. Quiere decir que sobreviviremos. Si es una decisión equivocada, entonces la Eternidad pasará a la Irrealidad, pero será lo mismo si no voy, porque sin Noys no moveré un dedo para salvar a Cooper. Lo juro.
Twissell dijo:
—Yo se la traeré.
—Si es tan sencillo, entonces no puede haber peligro en que yo también vaya.
Evidentemente, Twissell estaba atormentado por la duda. Al final dijo con voz ronca:
—Acompáñeme, pues.
Y la Eternidad sobrevivió.

La preocupación no desapareció de la mirada de Twissell una vez se vieron dentro de la cabina. Contempló la rápida sucesión de las cifras en el indicador de Siglos. Hasta el indicador principal, que medía el paso del Tiempo en unidades de kilosiglos, iba cambiando a rápidos intervalos.
Twissell dijo:
—No ha debido venir.
Harlan se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
—Me preocupa. Nada razonable. Llámelo una antigua superstición mía. No consigo evitarlo.
Enlazó las manos, apretándolas fuertemente. Harlan dijo:
—No le entiendo.
Twissell parecía tener ganas de hablar, como si quisiera conjurar algún incubo mental.
—Quizás entenderá lo que voy a decirle ahora —dijo Twissell—. Usted es experto en los Primitivos. ¿Por cuánto tiempo existió el hombre en los Tiempos Primitivos?
—Diez mil Siglos. Quince mil, quizá —dijo Harlan.
—En efecto. Empezó como una especie de mono y terminó como Homo sapiens, ¿no?
—Todo el mundo lo sabe.
—Entonces, todo el mundo sabe que la evolución de ta especie humana progresa a un paso rápido. Quince mil Siglos desde el mono al Homo sapiens.
—¿Bien?
—Bien, yo pertenezco a un Siglo de los Treinta mil...
Harlan no pudo evitar la sorpresa. Nunca había sabido cuál era el Siglo natal del Programador, ni había encontrado a nadie que lo supiera.
—Pertenezco a un Siglo de los Treinta mil —repitió Twissell—, y usted al Noventa y cinco. La distancia entre nosotros equivale al doble de la existencia del hombre en los Tiempos Primitivos; a pesar de ello, ¿qué diferencia hay entre nosotros dos? Yo nací con cuatro dientes menos que usted y sin apéndice. Las diferencias fisiológicas casi terminan ahí. Nuestro metabolismo es aproximadamente el mismo. La diferencia principal es que su cuerpo puede sintetizar los núcleos esteroides y el mío no; de modo que necesito colesterol en mis alimentos y usted no. Pero me fue posible la paternidad con una mujer del Siglo Quinientos setenta y cinco. Esto le demuestra la poca influencia del tiempo en la especie. Harlan no se sintió impresionado. Nunca había dudado de la identidad básica del Hombre a través de los Siglos. Era una de aquellas cosas de experiencia diaria que se daban por sabidas. Contestó:
—Hay otras especies que se reproducen sin cambio durante millones de siglos.
—Son más bien las excepciones. Y sigue siendo un hecho evidente que la interrupción de la evolución de la especie humana coincide con el desarrollo de la Eternidad. ¿Es sólo una coincidencia? Muy pocos piensan en esas cosas, excepto quizás el Programador Sennor y unos cuantos como él. Pero yo no soy Sennor, y nunca he creído en las, especulaciones puramente científicas. Si hay algo que no puede ser calculado, entonces no vale la pena que un Programador pierda el tiempo con ello. A pesar de todo, cuando yo era joven, a veces pensaba...
—¿En qué? —dijo Harlan, diciéndose que no había daño alguno en seguirle la corriente al anciano.
—A veces pensaba sobre la Eternidad tal como era cuando empezó. Se extendía sólo en unos cuantos Siglos de los Treinta y Cuarenta, y su función era principalmente comercial. Se dedicaban a la repoblación forestal de zonas desérticas y a la importación de abonos y productos químicos. Aquella era una vida sencilla. Entonces se descubrieron los Cambios de Realidad. El primer Jefe Programador Henry Wadseman, en la dramática intervención que todos conocemos, impidió una guerra simplemente estropeando el freno del coche de un Senador. Después de aquello, fueron presentándose cada vez más ocasiones que reclamaban nuestra intervención. La Eternidad transfirió su centro de gravedad del comercio a los Cambios de Realidad. ¿Por qué?
Harlan contestó:
—Por razones obvias. El mejoramiento de la humanidad.
—Sí, sí. En circunstancias normales, yo también pienso así. Pero ahora estoy hablando de mis pesadillas. ¿No podría ser que existiese otra razón, una razón oculta, subconsciente? Un hombre que viaje por el ilimitado futuro podría encontrar hombres tan superiores a él, como él está por encima del mono. ¿Por qué no?
—Tal vez. Pero los hombres son hombres...
—Hasta en el Siglo Setenta mil. Sí, lo sé. ¿No cree posible que nuestros Cambios de Realidad tengan algo que ver con esto? Nosotros hemos eliminado lo extraordinario. Hasta el Siglo natal de Sennor, la costumbre de la depilación está sometida a continua crítica, y eso que es completamente inofensiva. En el fondo, quizás hemos impedido la evolución de la especie porque no queremos encontrar al superhombre.
—Es posible —dijo Harlan—. ¿Qué nos importa?
—Pero ¿y si el superhombre existe en efecto, fuera del alcance de la Eternidad? Nosotros controlamos sólo hasta el Setenta mil. Al otro lado de esa frontera están los Siglos Ocultos. ¿Por qué se ocultan? ¿Por qué el hombre evolucionado no quiere tratos con nosotros y nos prohibe entrar en su Tiempo? ¿Por qué permitimos que continúen ocultos? ¿Por qué no queremos saber nada de ellos, y habiendo fracasado en nuestro primer intento, rehusamos hasta abordarlo de nuevo? No quiero decir que sea una razón consciente, pero es una razón.
—De acuerdo en todo —dijo Harlan, abatido—. Ellos están fuera de nuestro alcance y nosotros del de ellos.
Vivamos y dejemos vivir.
Twissell pareció impresionado por la frase.
—Vivamos y dejemos vivir. Pero no es así. Nosotros hacemos los Cambios. Los Cambios se extienden sólo por unos cuantos Siglos antes que la inercia temporal los
reduzca a cero. Recuerde que, durante el almuerzo, Sennor lo mencionó como uno de los problemas sin solución del Tiempo. Pera pudo decir que eso sólo es verdad en términos estadísticos. Algunos Cambios afectan a más Siglos que otros. Teóricamente, cualquier número de Siglos pueden ser afectados por un solo Cambio: cien Siglos, mil, cien mil. El hombre evolucionado de los Siglos Ocultos quizá lo sepa. Supongamos que está preocupado por la posibilidad de que algún día un Cambio llegue hasta el Siglo Doscientos mil.
—Es inútil preocuparse por semejantes cosas —dijo Harlan con el aire del que tiene problemas más importantes en qué pensar.
—Pero supongamos —dijo Twissell en un susurro que se sintieron tranquilos mientras dejábamos vacías las Secciones de los Siglos Ocultos. Significaba que no éramos agresores. Supongamos que esta tregua, a como quiera llamarla, fuese quebrantada, y alguien pareciera establecerse con carácter permanente más lejos del Setenta mil. Supongamos que ellos se lo tomasen como el principio de una invasión. Pueden impedirnos la entrada en su Tiempo, por cuanto su ciencia debe estar más adelantada que la nuestra. Supongamos que pueden hacer lo que nos parece imposible a nosotros, y establecer una barrera a través de los Tubos, aislándonos de...
Entonces Harlan comprendió, aterrorizado.
—¿Tienen a Noys en su poder?
—No lo sé. Sólo es una hipótesis. Quizá se estropeó algo en los motores de su cabina...
—¡ La barrera estaba allí! —gritó Harlan—. ¿Qué otra explicación puede haber? ¿Por qué no me lo dijo antes?
—No estaba seguro —dijo Twissell—. Aún no lo estoy. No he debido pronunciar una sola palabra de estas divagaciones absurdas. Fueron mis propios temores... el problema de Cooper... y todo eso... Pero esperemos, sólo faltan unos minutos.
Señaló el indicador de Siglos. El cuadrante principal marcaba la posición entre los Siglos 95.000 y 96.000.
—¿Qué podemos hacer? —murmuró Harlan.
Twissell meneó la cabeza con un elocuente gesto de esperanza y paciencia, y quizá también de desamparo.
99.851..., 99.852..., 99.853...
Harlan se preparó para el choque contra la barrera y pensó desesperado: ¿Sería la salvación de la Eternidad el único medio de combatir a las criaturas de los Siglos Ocultos? ¿Cómo recuperar a Noys, si no? Regresar de nuevo al 575 ° y trabajar enloquecido para...
99.984. . . , 99.985. . . , 99.986. . .
—Ahora, ahora —dijo Harlan en un susurro, sin darse cuenta de las palabras que pronunciaba.
99.998 . . . , 99.999. . . , 100.000. . . , 100.001. . . , 100.002. . .
Los números siguieron cambiando regularmente y los dos hombres contemplaron el movimiento del indicador en un silencio mortal.
Luego Twissell gritó:
—¡No hay ninguna barrera!
Y Harlan contestó:
—¡La había! ¡La había! —y continuó con un grito agónico—. Quizá se han apoderado de ella y ya no necesitan la barrera.
111.394.
Harlan saltó de la cabina y gritó:
—¡Noys! ¡Noys!
Un eco apagado le contestó desde las paredes de la vacía Sección.
Twissell, que le seguía más despacio, le llamó:
—Espere, Harlan...
Era inútil. Harlan se perdía a la carrera por los corredores que conducían a la parte de la Sección que había sido una especie de hogar para él y Noys.
Pensó vagamente en la posibilidad de encontrar a uno de los hombres evolucionados de Twissell y sintió que se le erizaba el cabello, pero apartó la idea en su ansiedad por encontrar a Noys.
—¡Noys!
Todo fue tan rápido, que ella estuvo en sus brazos antes de que él se diera cuenta de que la había visto. Noys estaba allí, con él, y notó el rostro de ella contra su hombro.
—¿Andrew? —dijo ella, con la voz ahogada de felicidad—. ¿Dónde estabas? Han pasado muchos días y empezaba a estar asustada.
Harlan se apartó un poco mirándola con ansiedad.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. Creí que te había pasado algo. Creí .. —Noys se interrumpió con un brillo de temor en los ojos, y exclamó—: ¡Andrew!
Harlan se volvió rápidamente, dispuesto a enfrentarse con lo que fuese.
Era Twissell, que llegaba jadeante.
Noys recobró la seguridad ante la expresión de Harlan. Con voz más tranquila, preguntó:
—¿Le conoces, Andrew? ¿Va todo bien? Harlan dijo:
—Sí. Es mi superior, el Jefe Programador Laban Twissell. Conoce nuestro caso.
—¿Un Jefe Programador? —Noys se apartó, temerosa.
Twissell se adelantó.
—Yo la ayudaré, hija mía. Los ayudaré a los dos. El Ejecutor tiene mi palabra, si quiere creer en ella.
—Le pido perdón, Programador —dijo Harlan secamente, no del todo arrepentido en realidad.
—Perdonado —dijo Twissell. Alargó la mano para coger la de la muchacha.
—Dígame, muchacha, ¿no le ha pasado nada aquí?
—He estado preocupada.
—¿No ha visto a nadie desde que Harlan se marchó?
—No..., no, señor.
—¿Seguro?
Ella asintió con la cabeza. Sus oscuros ojos buscaron los de Harlan.
—¿Por qué me lo pregunta?
—Por nada, muchacha. Una absurda pesadilla —dijo Twissell—. Vamos; la devolveremos al Siglo Quinientos setenta y cinco.
Durante el viaje de regreso, en la cabina, Andrew Harlan permaneció silencioso. Parecía preocupado. Ni siquiera levantó la vista cuando pasaron por el Siglo 100.000, mientras Twissell dejaba escapar un suspiro de alivio, como si temiera verse encerrado en el futuro.
Casi no se movió cuando la mano de Noys se posó en la suya, y la manera en que devolvió su apretón fue casi mecánica.

Noys dormía ahora en la habitación contigua y la inquietud de Twissell alcanzó una devoradora intensidad.
—¡El anuncio! Ya tiene a su amada. Yo he cumplido con mi parte de nuestro convenio.
Silenciosamente, aún abstraído, Harlan pasó las páginas del libro, que seguía sobre la mesa. Encontró en seguida la página que buscaba.
—Es muy sencillo —dijo—, pero está en inglés. Voy a leérselo y luego se lo traduciré.
Era un pequeño anuncio en el ángulo superior izquierdo de la página 30. Sobre un dibujo de líneas irregulares que formaba el fondo aparecían unas mayúsculas, claras y sin adornos:

ACCIONES
TÍTULOS
OBLIGACIONES
MERCADO
OFICIAL

Debajo, en letras más pequeñas, se podía leer: «Agente de Bolsa, Apartado 14, Denver, Colorado».
Twissell escuchó con ansiedad la traducción de Harlan, y era evidente que se sentía defraudado.
—¿Qué son acciones? ¿Qué quiere decir con eso? —preguntó.
—Acciones —dijo Harlan con impaciencia—. Un sistema por el cual se invierte capital particular en los negocios. Pero eso no tiene nada que ver. ¿No ve el dibujo que sirve de fondo al anuncio?
—Sí. La nube en forma de hongo de una explosión atómica. Es para llamar la atención. ¿Qué tiene que ver con nuestro problema?
Harlan estalló:
—¡Por el Gran Tiempo, Programador! ¿Qué le pasa? Mire la fecha de la revista.
Apuntó a la cabecera, a la derecha del número de la página. Decía: 28 de marzo, 1932.
Harlan continuó:
—Eso casi no necesita traducción. Los número son los mismos del Idioma Oficial Pantemporal, conque puede ver que se trata del Siglo Diecinueve, coma, treinta y dos. ¿No sabe que en aquella época no había ningún ser viviente que hubiera contemplado la nube atómica? Nadie podía reproducirla con tanta exactitud, excepto...
—Espere, espere. Sólo es un dibujo —dijo Twissell tratando de serenarse—. Puede parecerse a la nube atómica sólo por coincidencia.
—¿Lo cree? ;.Quiere volver a leer el anuncio? —los dedos de Harlan recorrieron las líneas: Acciones, Títulos, Obligaciones,, Mercado, Oficial—. Leyendo las iniciales de cada palabra se obtiene la palabra ÁTOMO. ¿Es eso también una coincidencia? Imposible. Observe, Programador, que este anuncio llena en todas sus partes los requisitos que usted mismo señaló. Llamó mi atención en seguida. Cooper supo que así sería, gracias a su anacronismo. Al mismo tiempo, no tiene otro sentido que el aparente, y ninguno en especial para un hombre del Diecinueve, coma, treinta y dos. Por eso tiene que ser Cooper. Este es su mensaje. Tenemos la fecha exacta de su Centisiglo. Tenemos su dirección postal. Sólo nos queda ir a buscarle, y yo soy el único que tiene suficientes conocimientos de los Tiempos Primitivos para conseguirlo.
—¿Está decidido a ir?
El rostro de Twissell irradiaba alivio y felicidad.
—Iré... con una condición.
Twissell frunció el ceño, en repentino cambio de expresión.
—¿Más condiciones?
—La misma. No añado ninguna más. Noys debe estar segura. Me acompañará. No la dejaré sola.
—¿Aún no se fía  de mí? ¿Cuándo le he engañado? ¿Que le preocupa todavía?
—Sólo una cosa, Programador —dijo Harlan, sombrío—. Una sola cosa. Había una barrera en el Cien mil. ¿Por qué? Eso es lo que me preocupa.

17
El círculo se cierra

Aquello no dejó de preocuparle. El pensamiento seguía fijo en su mente mientras pasaban los días de preparación para su viaje. Aquella idea se interponía entre Twissell y él; entre Noys y él. Cuando llegó el día de la partida, apenas si se fijó en ello.
Fingió interés cuando Twissell regresó de una sesión con la Comisión del Consejo, preguntándole:
—¿Qué tal ha ido?
Twissell contestó con voz cansada:
—No ha sido exactamente la conversación más agradable que haya tenido en mi vida.
Harlan estaba casi dispuesto a no insistir en aquel tema, pero al cabo de un rato de silencio, preguntó:
—¿Supongo que no habrá dicho nada de...?
—No, no —fue la firme respuesta—. No les he dicho nada de la muchacha, ni de su intervención al enviar a Cooper a otro Siglo. Ha quedado como un error, un fallo de la maquinaria. He aceptado toda la responsabilidad.
La conciencia de Harlan, abrumada como estaba, aún pudo sentir compasión del anciano.
—Eso perjudicará su posición en el Gran Consejo —dijo.
— ¿Qué pueden hacerme? Tendrán que esperar a que corrijamos el error antes de proceder contra mí. Si fallamos, ya nada importa. Si tenernos éxito, éste me protegerá. Y si no fuese así... —El viejo Programador se encogió de hombros—. De cualquier manera, ya estaba dispuesto a retirarme de la dirección activa de los asuntos de la Eternidad.
Twissell fracasó por dos veces en sus intentos de encender su cigarrillo, y lo tiró a medio consumir.
—Habría preferido no tener que informarles de todo esto, pero de otro modo no me habría sido posible usar la cabina especial para otro viaje más allá de los límites de la Eternidad.
Harlan se volvió. Sus pensamientos seguían ocupándose del problema que le torturaba desde hacía días, al punto de excluir todo lo demás. Escuchó distraído la pregunta que le hacía Twissell, y sólo cuando éste la repitió replicó sobresaltado:
—¿Qué decía?
—He dicho: ¿está dispuesta la muchacha? ¿Ha comprendido bien lo que debe hacer?
—Está dispuesta. Se lo he explicado todo.
—¿Cómo ha reaccionado?
—¿Qué?... ¡Ah, sí!, tal como yo esperaba. No tiene miedo.
—Sólo faltan tres fisio-horas.
—Lo sé.
Aquello era todo por el momento, y Harlan se quedó solo con sus pensamientos y con una decisión desagradable.

Una vez cargadas las provisiones en la cabina y preparados los mandos, Harlan y Noys aparecieron vestidos con las ropas que debían usar, correspondientes a una región rural de los primeros años del 20°
Noys había influido en las ideas de Harlan respecto a su vestuario de acuerdo con algún instinto que según ella poseían las mujeres cuando se trataba de cuestiones de vestidos y de estética. Escogió cuidadosamente entre los anuncios de la revista de Harlan, y pasó revista a los artículos importados de una docena de Siglos diferentes.
A veces le preguntaba a Harlan:
—¿Qué te parece?
Él se encogía de hombros:
—Si es un conocimiento instintivo, lo dejo a tu elección.
—Mala señal, Andrew —dijo ella en un tono festivo que no parecía auténtico—. No parece importarte. ¿Qué te pasa? No eres el mismo. Hace días que pareces preocupado.
—Estoy bien —decía Harlan.
Cuando Twissell los vio por primera vez en su papel de nativos del Siglo 20, trató de bromear.
—¡Por el Tiempo! —dijo—. ¡Qué feos vestidos usaban los Primitivos, y a pesar de todo no llegan a ocultar su belleza, querida!
Noys le sonrió con aprecio. Harlan, de pie a su lado, pese a su impasible silencio, se dijo que la galantería de Twissell tenía algo de verdad. Los vestidos de Noys la cubrían sin poder disimular su figura esbelta y graciosa. Su maquillaje se reducía a unas absurdas manchas de color en los labios y en las mejillas, y en una fea corrección de línea de las cejas. Su precioso cabello había sido cortado sin piedad. A pesar de todo, estaba hermosa.
Harlan también se habituó a su incómodo cinturón, a la opresión que sentía en los hombros y en la cintura, y ala desagradable falta de color en sus ropas de tela áspera. Estaba acostumbrado a llevar vestidos extraños para adaptarse a las modas de otro Siglo.
Twissell estaba diciendo:
— Quise instalar los mandos en el interior de la cabina, tal como lo proyectamos, pero según parece no hay forma de hacerlo. Los ingenieros necesitan una fuente de potencia suficiente para el desplazamiento temporal, y esto no se puede conseguir fuera de la Eternidad. Todo lo que se puede hacer es retener la tensión temporal mientras la cabina esté en el Tiempo Primitivo. Con todo, disponemos de una palanca de retorno.
Los llevó al interior de la cabina, buscando su camino entre las apiladas provisiones, y les señaló la barra metálica que ahora sobresalía de la pared interior.
—En realidad, no es más que un simple conmutador —dijo—. En vez de regresar automáticamente a la Eternidad, la cabina permanecerá indefinidamente en el Tiempo Primitivo. Cuando se cierre este contacto, ustedes regresarán. Entonces queda la cuestión del segundo viaje, que será el último según espero.
—¿Un segundo viaje? —preguntó Noys en el acto.
—Todavía no te lo he explicado —dijo Harlan—. Mira, este primer viaje sólo servirá para determinar con exactitud el tiempo de la llegada de Cooper. No sabemos qué lapso de tiempo ha transcurrido entre su llegada y la publicación del anuncio. Lo encontraremos por la dirección postal y entonces sabremos, si es posible, el minuto exacto de su llegada, o por lo menos con la mayor aproximación. Entonces podremos volver a dicho momento más quince minutos, para dar tiempo a que la cabina deje a Cooper...
Twissell le interrumpió:
—No podemos permitir que la cabina esté en el mismo lugar, en el mismo instante y en dos fisio-tiempos distintos, ya —lo comprende —y sonrió débilmente.
Noys pareció pensarlo.
—Claro —dijo, sin demasiada seguridad.
Twissell se dirigió a Noys.
—Cuando Cooper sea recogido en el momento de su llegada, todos los microcambios se renovarán. El anuncio de la bomba A desaparecerá, y Cooper sólo recordará que la cabina, después de desaparecer tal como le dijimos, había vuelto a aparecer inesperadamente... No sabrá que ha estado en un Siglo equivocado, y no se lo diremos. Le explicaremos que se nos olvidó darle unas instrucciones vitales (tendremos que inventarlas), y confiemos en que considerará poco importante este asunto y no mencionará en su Memoria que le enviamos dos veces al Tiempo Primitivo.
Noys levantó sus finas cejas:
—Me parece muy complicado.
—Sí. Por desgracia es así —Twissell se frotó las manos y se quedó mirando a sus interlocutores, como si le quedase alguna duda oculta. Luego se irguió, hizo aparecer un nuevo cigarrillo y aún consiguió aparentar cierta despreocupación—. Y ahora, muchachos, buena suerte.
Twissell apretó brevemente la mano de Harlan, hizo un saludo a Noys y salió de la cabina.
—¿Ya nos vamos? —preguntó Noys a Harlan cuando se quedaron solos.
—Dentro de unos minutos.
Dirigió una mirada a Noys. Ella le observaba tranquilamente, sonriente, sin miedo. Por un momento, sus sentimientos se inclinaron hacia ella. Pero aquello era emoción, no la razón, se dijo Harlan; instinto, no cerebro. Harlan apartó la mirada.

El viaje no presentó ningún inconveniente, o casi ninguno. No pudieron observar ninguna diferencia con un viaje en las cabinas ordinarias. A medio camino sintieron una especie de sacudida interior, que pudo ser el límite de la Eternidad, o bien algo puramente psicosomático, casi imperceptible.
De súbito se encontraron en el Tiempo Primitivo y salieron al exterior, a un salvaje y solitario mundo, brillante bajo el esplendor del sol vespertino. Soplaba una suave brisa que llevaba consigo frescos aromas y, sobre todo, en aquel lugar reinaba el silencio.
Las desnudas rocas se alzaban poderosas, con los colores del arco iris gracias a sus minerales de hierro, cobre y cromo. La grandeza de aquellos parajes, libres de la presencia humana y casi de toda otra forma de vida, estremeció a Harlan, que se sintió empequeñecido al lado de aquella magnífica Naturaleza. La Eternidad, que no pertenecía al mundo de la materia, no conocía el Sol y hasta el aire que respiraba tenía que ser importado. Los recuerdos de su Siglo natal eran ya muy débiles. Sus observaciones en los diferentes Siglos se habían consagrado siempre a los hombres y a sus ciudades. Nunca había conocido aquello.
Noys le tocó en el brazo.
—Tengo frío, Andrew.
Él se volvió hacia ella, sobresaltado.
—¿No será mejor que instalemos el radiante? —dijo ella.
—Sí, en la caverna de Cooper —contestó Harlan.
—¿Sabes dónde está?
—Aquí mismo —dijo él brevemente.
No tenía ninguna duda de ello. La Memoria lo había indicado y, primero Cooper y ahora él habían sido enviados exactamente hasta allí.
Desde sus primeros días de Aprendiz nunca había dudado de la precisión de las localizaciones en el Tiempo. Recordaba que una vez se dirigió seriamente al instructor Yarrow, diciendo:
—Pero la Tierra se mueve alrededor del Sol y el Sol se mueve hacia el centro de la Galaxia, y la Galaxia también se mueve. Si partimos de un punto determinado de la Tierra y nos trasladamos al hipertiempo, dentro de cien años nos encontraremos en el espacio sideral, porque la Tierra aún tardará cien años en llegar a aquel lugar.
Aquéllos eran los días en que Harlan aún se refería a un siglo como cien años.
El Instructor Yarrow le contestó brevemente:
—No se puede separar el Tiempo del Espacio. Al movernos a través del Tiempo, compartimos los movimientos de la Tierra. ¿O acaso cree que un pájaro que vuela por el aire queda desamparado en el espacio porque la Tierra gira alrededor del Sol a una velocidad de treinta kilómetros por segundo?
Discutir con analogías es peligroso, pero Harlan pudo convencerse con pruebas rigurosas mucho más adelante; y ahora después de aquel viaje sin casi precedentes al hipotiempo de los Primitivos, tenía plena confianza en que rallaría la abertura de la cueva precisamente donde le dijeron que estaba.
Apartó a un lado el camuflaje de matorrales y piedras y entró.
Proyectó hacia el interior la luz de su lámpara casi como si fuese un escalpelo. Registró las paredes, el techo, el suelo, centímetro a centímetro.
Noys, que le seguía de muy cerca, murmuró:
—¿Qué buscas?
—Algo, no lo sé —dijo él.
Encontró lo que buscaba al final de la cueva. Era un fajo de papeles verdes, cubiertos por una piedra plana a manera de pisapapeles.
Harlan apartó la piedra a un lado y recogió los papeles.
—¿Qué son? —preguntó Noys.
—Billetes de Banco. Dinero.
—¿Sabías que estarían aquí?
—No sabía nada. Pero esperaba algo parecido.
En este caso Harlan había aplicado la lógica inversa de Twissell, para calcular la causa partiendo del efecto. La Eternidad existía; por consiguiente Cooper debía estar tomando las decisiones adecuadas. Al decidir que el anuncio atraería a Harlan al Tiempo exacto, la cueva iba a ser un medio más de comunicación.
Casi era más perfecto de lo que había esperado. Más de una vez, durante sus preparativos para el viaje hacia los Tiempos Primitivos, Harlan pensó que el adentrarse en una ciudad sin llevar, consigo nada más que oro en pepitas resultaría demasiado llamativo y sospechoso.
Cooper lo había conseguido, desde luego, pero Cooper dispuso de todo el tiempo necesario. Harlan sopesó el grueso paquete de billetes. Le habría costado tiempo el acumular tanto dinero. El muchacho se había portado bien, maravillosamente bien.
El radiante fue instalado en la cueva, y la linterna en una grieta de la pared, de modo que tuvieron luz y calor. En el exterior cayó la oscuridad de una fría noche de marzo.
Noys contempló pensativa la pantalla paraboloide del radiante, que iba girando poco a poco.
—¿Qué planes tienes? —preguntó.
—Mañana por la mañana —dijo él— iré a la ciudad más cercana. Sé dónde está..., o dónde debería estar.
En su mente volvió a decir «está». No habría ninguna dificultad. Twissell tenía razón.
—Me llevarás contigo, ¿no?
—El meneó la cabeza.
—Todavía desconoces el idioma, y el viaje será bastante difícil incluso para uno solo.
Noys parecía extrañamente arcaica con sus cabellos cortos, y la repentina indignación que apareció en sus ojos hizo que Harlan desviara la mirada.
—No soy una estúpida, Andrew —dijo ella—. Casi no me hablas. Ni siquiera me miras. ¿Y dices que me quieres? No es posible, o de lo contrario no me harías víctima de tu temperamento. ¿Por qué me has traído aquí? Dilo, ¿por qué no me dejaste en la Eternidad, ya que no te sirvo para nada y casi no puedes soportar mi presencia?
Harlan murmuró:
—Hay peligro.
—¡Bah! No digas tonterías.
—Más que un peligro, es una pesadilla. La pesadilla del coordinador Twissell —dijo Harlan—. Durante nuestro loco viaje al hipertiempo de los Siglos Ocultos, Twissell me contó sus ideas sobre esos Siglos. Especuló sobre la posibilidad de variedades evolucionadas de la especie humana, una nueva raza, quizá superhombres, escondidos en el lejano futuro, aislándose de nuestras interferencias, planeando el fin de nuestras intervenciones sobre la Realidad. Twissell creía que fueron ellos quienes construyeron aquella barrera en el Cien mil. Entonces te encontramos y el Programador Twissell dejó de preocuparse. Creyó que la barrera no había existido más que en mi imaginación. Se dedicó al problema inmediato de salvar a la Eternidad. Pero yo, como comprenderás, me he contagiado de su pesadilla. Yo tengo experiencia directa de esa barrera, de modo que no puedo dudar de su existencia. Ningún Eterno la había colocado, y Twissell dijo que tal cosa era teóricamente imposible. Es posible que la teoría de la Eternidad aún no esté lo suficientemente desarrollada. Porque la barrera estaba allí. Alguien la había colocado. Alguien o algo. Desde luego —continuó Harlan, pensativo—, Twissell se equivocó en algunos puntos. Él creía que el hombre debe evolucionar, pero eso no es cierto. La Paleontología es una de las ciencias que no interesan a los Eternos, pero interesaba a los últimos Primitivos, y por eso yo sé algo de ella. Sé esto: las especies evolucionan únicamente para adaptarse alas necesidades de un nuevo ambiente. En un ambiente estable, una especie puede conservarse sin evolucionar durante millones de Siglos. El Hombre Primitivo evolucionó rápidamente, porque vivía en un ambiente imprevisible y duro. Pero cuando la Humanidad aprendió a crearse su propio ambiente, se envolvió en uno de su propia creación, confortable y estable. Naturalmente, dejó de evolucionar.
—No sé de qué me hablas —dijo Noys, sin dejarse convencer—, pero no dices nada de nosotros, que es lo que yo quiero.
Harlan , procuró conservar la calma, y continuó:
—Entonces, ¿cuál era la razón de la barrera en el Cien mil? ¿Cuál era su propósito? Nadie te hizo ningún daño. ¿Qué podía significar, pues? Me hice la siguiente pregunta: ¿qué consecuencias tuvo su presencia, que no habría tenido en caso de no existir?
Harlan hizo una pausa, contemplando sus toscas y grandes botas de cuero natural. Se le ocurrió que estaría más cómodo si se las quitara durante la noche, aunque no en seguida...
—Sólo había una respuesta para mi pregunta —dijo—. La existencia de aquella barrera me hizo regresar a la Eternidad, furioso, pata procurarme un látigo neurónico y enfrentarme con Finge. Me inflamó con la idea de combatir a la Eternidad para recobrarte, y de destruirla cuando creí que había fracasado. ¿Me explico?
Noys le miraba con una mezcla de horror e incredulidad.
—¿Quieres decir que la gente del futuro quería que tu hicieras todo esto? ¿Que lo planearon así?
—Sí. No me mires de esa manera. ¡Sí! ¿Comprendes ahora que toda la cuestión se presenta bajo un aspecto distinto? Cuando yo actúo por mi propia voluntad, por razones propias, acepto las consecuencias materiales y espirituales de mis actos. Pero que me engañen, que me impulsen a cometerlos, unas gentes que manejan y manipulan mis emociones como si yo fuese un cerebro electrónico que sólo necesita recibir las instrucciones adecuadas...
De repente Harlan reparó en que estaba gritando, y se interrumpió. Dejó pasar unos momentos y luego continuó:
—Eso no puedo aceptarlo. Debo deshacer lo que me impulsaron a emprender. Y cuando lo haya deshecho, podré descansar de nuevo.
Y tal vez era verdad. Podría aceptar su triunfo como algo impersonal, distinto de la tragedia personal que le Volvía en el pasado y en el futuro. ¡Pero el círculo se cerraba!
La mano de Noys se alzó, insegura, como si quisiera buscar refugio en la de él.
Harlan se apartó, rechazándola.
—Todo estaba preparado —dijo—. Mi encuentro cono. Todo. Mis emociones fueron analizadas. Acción y retardo automáticos. Aprieta este botón y el hombre hará esto. Aprieta aquél, y el hombre hará aquello.
Harlan hablaba con dificultad, hundido en su propia vergüenza. Meneó la cabeza, tratando de ahuyentar aquel terror, y luego continuó:
—Había una cosa que no acababa de comprender.
¿Cómo pude adivinar que Cooper iba a ser enviado a los Tiempos Primitivos? Era una cosa extraordinaria. No tenía ninguna base para sospecharlo. Twissell tampoco lo entendió. Más de una vez me he preguntado cómo llegué a intuirlo con mis escasos conocimientos de matemáticas. Sin embargo, lo hice. La primera vez fue... aquella noche. Tú estabas dormida, pero yo no. Tenía la impresión de que debía recordar algo; algún comentario, algún pensamiento, algo que yo había percibido inconscientemente en la excitación de aquella noche. Cuando traté de recordar, toda la importancia de la posición de Cooper penetró en mi cerebro, y con ella la idea de que yo podía destruir la Eternidad. Más tarde, estudié la Historia de las matemáticas; pero, en realidad, no era necesario. Lo sabía. Estaba seguro de ello. ¿Cómo? ¿Cómo fue posible?
Noys le miraba fijamente. Ahora no intentó tocarle.
—¿Quieres decir que los hombres de los Siglos Ocultos también prepararon aquello? ¿Que introdujeron todas estas ideas en tu mente y luego jugaron contigo?
—Sí, sí. Todavía lo hacen. Aún no ha terminado mi trabajo. El círculo podrá estar cerrándose, pero aún no lo está del todo.
—¿Qué pueden hacer ahora? No están aquí con nosotros.
—¿No? —Harlan pronunció aquella palabra en un tono tan sombrío, que Noys palideció.
—¿Superhombres invisibles? —murmuró ella.
—No son superhombres. No son invisibles. Ya te he dicho que el hombre no evoluciona mientras pueda controlar su propio ambiente. La gente de los Siglos Ocultos son Homo sapiens. Seres normales como tú y como yo.
—Entonces, no están aquí.
Hartan dijo tristemente:
—Tú estás aquí, Noys.
—Sí, contigo. No hay nadie más.
—Tú y yo —dijo Harlan—. Sólo una mujer de los Siglos Ocultos y yo... No finjas más, Noys, te lo ruego.
Ella lo miró con horror.
—¿Qué estás diciendo, Andrew?
—Lo que debo. ¿Qué fue lo que me dijiste aquella noche, cuando me ofreciste aquella suave bebida con sabor a menta? Me hablabas con suave voz, suaves palabras... No oí nada conscientemente, pero recuerdo el murmullo de tu voz. ¿Qué murmurabas? Sobre el viaje al pasado de Cooper; sobre Sansón derribando el templo. ¿Estoy equivocado?
—Ni siquiera sé quién era Sansón —dijo Noys.
—Puedes adivinarlo fácilmente, Noys. Dime, ¿cuándo entraste en el Cuatrocientos ochenta y dos? ¿A quién reemplazaste? ¿O, simplemente, te instalaste allí? Hice analizar tu probabilidad de supervivencia por un experto del Dos mil cuatrocientos ochenta y seis. En la nueva Realidad no existías. Tampoco tenías homólogas. Cosa extraña para un Cambio tan pequeño, pero no imposible. Y luego el analista dijo una cosa que no entendí hasta mucho después. Dijo: «Con la combinación de factores que me ha dado, no acabo de entender cómo puede existir en la actual Realidad». Tenía razón. Tú no eras de allí. Eras una invasora del lejano futuro, para influir sobre mí y sobre Finge a fin de conseguir tus propósitos.
Noys dijo suavemente.
—Andrew...
—Todo concordaba perfectamente. ¡Ojalá lo hubiera visto antes! En tu casa encontré un microfilm titulado Historia social y económica. Me sorprendió cuando lo vi por primera vez. Lo necesitabas, ¿verdad? Para aprender a comportarte como una mujer de aquel Siglo. Otra cosa. En nuestro primer viaje a los Siglos Ocultos, ¿recuerdas? Detuviste la cabina en el Ciento once mil trescientos noventa y cuatro. Lo hiciste con seguridad, sin errores. ¿Dónde aprendiste a controlar una cabina? Si tú fueses quien aparentabas ser, aquél hubiera sido tu primer viaje en una cabina. Además, ¿por qué aquél? ¿Es tu siglo natal?
Ella preguntó en voz baja:
—¿Por qué me has traído a los Tiempos Primitivos?
Harlan gritó con furia:
—¡Para proteger a la Eternidad! Desconozco qué daños podrías causar allí. Aquí estás indefensa, porque yo te conozco. Confiesa que digo la verdad. ¡Confiésalo!
Harlan se levantó en un paroxismo de ira, con el brazo levantado. Ella no hizo ningún gesto. Seguía completamente tranquila. Parecía una estatua modelada en bella y caliente cera. Harlan no terminó su movimiento, sino que repitió:
—¡Confiesa!
Ella dijo:
—¿Aún no estás seguro, después de todas tus deducciones? ¿Qué puede importarte que lo confiese o no?
Harlan notó que su ira iba en aumento.
—Di que es verdad, de todos modos, para que no tenga que sentir remordimientos.
—¿Remordimientos?
—Sí, Noys, porque tengo una pistola desintegradora y estoy decidido a matarte.

18
El comienzo del Infinito

Había una corrosiva inseguridad dentro de Harlan, una indecisión que lo consumía. Tenía la pistola en la mano y apuntaba directamente al corazón de Noys.
Pero, ¿por qué no se defendía ella? ¿Por qué permanecía en su actitud impasible?
¿Cómo decidirse a matarla?
¿Cómo dejar de hacerlo?
—¿Bien? —dijo Harlan roncamente.
Ella se movió, pero sólo para unir las manos en el regazo, dando la impresión de que estaba aún más tranquila, más distante. Cuando habló, su voz no parecía la de un ser humano. Frente al cañón de una desintegradora tenía tonos de completa seguridad y alcanzó una calidad de casi mística elevación.
—No es verdad que quieras matarme sólo para proteger a la Eternidad —dijo ella—. Si ése fuese tu verdadero motivo, podrías golpearme, atarme fuertemente y encadenarme dentro de esta cueva, para irte tranquilo a la ciudad por la mañana. O pudiste pedirle al Programador Twissell que me encerrase incomunicada en los Tiempos Primitivos durante tu ausencia. O podrías llevarme contigo por la mañana para dejarme abandonada en esta selva. Pero si sólo mi muerte puede satisfacerte, es porque crees que yo te he traicionado, que primero te enamoré para luego poder traicionarte. Eso es un asesinato para satisfacer tu orgullo herido, y no el justo castigo que proclamas...
Harlan preguntó:
—¿Eres de los Siglos Ocultos? Dilo.
—Lo soy —dijo Noys—. ¿Vas a disparar ahora?
El dedo de Harlan tembló sobre el contacto de la pistola. Pero vaciló. En su interior algo irracional la defendía y salvaba los restos de su amor por Noys. ¿Acaso ella estaba desesperada al ver que él la rechazaba? ¿Estaba mostrándose absurdamente heroica al ver que él dudaba de su sinceridad?
¡No!
Esto podía ocurrir en los microfilms de la empalagosa literatura del 289°, pero una muchacha como Noys nunca haría una cosa semejante. Ella nunca buscaría la muerte a manos de un falso amante con el gozoso masoquismo de un lirio roto.
Entonces, ¿se burlaba de él, segura de que no era capaz de matarla? ¿Confiaba tranquilamente en la atracción que, como sabía, él sentía por ella, segura de que ello le inmovilizaría, helado de flaqueza y vergüenza?
Aquello le hirió. Su dedo apretó un poco más el contacto de la desintegradora.
Noys habló de nuevo:
—¿Me das tiempo? ¿Significa eso que esperas mi defensa?
—¿Qué defensa? —Harlan trató de hablar con desprecio, pero, sin embargo, le alegró la demora. Podían aún alejar el momento en que contemplaría los restos de su cuerpo destrozado, sabiendo que lo ocurrido a su amada Noys había sido hecho por su propia mano.
Harlan trató de buscar excusas a su espera. Pensó con agitación: «Dejemos que hable. Que cuente lo que sepa sobre los Siglos Ocultos. Será una mejor garantía para la Eternidad».
Aquello dio una apariencia de firme decisión a sus actos, y por un momento pudo mirarla con un rostro tan tranquilo como el que ella le presentaba.
Parecía que Noys hubiera leído sus pensamientos.
—¿Quieres que te hable de los Siglos Ocultos? —dijo—. Si ésa es mi defensa, será una cosa muy fácil. ¿Quieres saber, por ejemplo, por qué la Tierra ya no alberga a la humanidad después del Siglo Ciento cincuenta mil? ¿Quieres saberlo?
Harlan no iba a pedirle nada, ni pagaría aquella información perdonando a Noys. Tenía la pistola. No iba a mostrar ningún signo de debilidad.
—¡Habla! —dijo Harlan, y se sorprendió ante la sonrisa con que ella contestó a su orden.
Noys dijo:
—En un instante del fisio-tiempo, cuando la Eternidad aún no se había extendido mucho en el hipertiempo, antes de que llegara siquiera al Diez mil, nosotros, los de mi siglo (y tenías razón, era el Ciento once mil trescientos noventa y cuatro) averiguamos la existencia de la Eternidad. Nosotros también conocíamos los viajes por el Tiempo, aunque los nuestros están basados en una serie de postulados distintos de los vuestros, y preferimos contemplar las realidades en vez de transportar la materia. Además, sólo nos ocupábamos del pasado, nuestro hipotiempo. Descubrimos la existencia de la Eternidad indirectamente. Primero, desarrollamos el cálculo de Realidades y analizamos con él nuestra propia Realidad. Nos sorprendimos al comprobar que vivíamos en una Realidad de muy baja probabilidad. Era un asunto serio. ¿Por qué era tan improbable nuestra Realidad?... Pareces distraído, Andrew. ¿Te interesa todo esto?
Harlan oyó cómo ella pronunciaba su nombre con la íntima ternura que había usado durante las últimas semanas. Aquello debió irritarle, enfurecerle con su cínica deslealtad. No sintió nada de eso, sólo amor.
—Continúa y termina ya, mujer —dijo Harlan desesperado.
Trató de compensar la ternura del «Andrew» de ella con la fría sequedad de su «mujer», pero ella volvió a sonreírle tímidamente.
Noys continuó:
—Buscamos en nuestro pasado, a través del Tiempo, y un día encontramos a la poderosa Eternidad. En seguida comprendimos que en un momento del fisio-tiempo (concepto que también poseemos, aunque bajo otro nombre) habíamos tenido otra Realidad. Aquella Realidad perdida, la que tenía una existencia de máxima probabilidad, nosotros la llamamos el Estado Básico. El Estado Básico había existido en nuestro Siglo y nosotros lo habíamos conocido, o al menos, nuestros homólogos. En aquel momento no podíamos decir cuál era la naturaleza del Estado Básico. No teníamos forma de saberlo. Sin embargo, sabíamos que algún Cambio provocado por la Eternidad en el lejano pasado había conseguido, por medio de la probabilidad estadística, alterar el Estado Básico hasta nuestro Siglo y aún más allá. Nos dedicamos a investigar la naturaleza del Estado Básico con la intención de corregir el mal, si lo era. Primero establecimos la zona aislada que vosotros llamáis los Siglos Ocultos, dejando a los Eternos en el hipotiempo, por debajo de los Setenta mil. Aquella barrera de aislamiento nos protegería a todos, o de la mayor parte de los efectos de los Cambios que inducía la Eternidad. No era una protección absoluta, pero nos daba el tiempo que necesitábamos para terminar nuestras investigaciones. Después hicimos algo que nuestra civilización y nuestro sentido de la ética ordinariamente no nos habrían permitido hacer. Investigamos nuestro propio futuro, nuestro hipertiempo. Averiguamos el destino del hombre en la Realidad actual, a fin de poder compararlo con el que habría tenido en el Estado Básico. Un poco más lejos del Siglo Ciento veinticinco mil, la Humanidad resolvió el problema del salto interestelar. Aprendieron el secreto del hiperespacio. Por fin, el hombre podía. llegar alas estrellas.
Harlan la escuchaba absorto. ¿Cuánta verdad habría en todo aquello? ¿Qué parte era un intento deliberado de engañarle? Trató de romper el hechizo interrumpiendo el curso de las palabras de ella.
—Y una vez supieron cómo llegar a las estrellas lo hicieron y abandonaron la Tierra. Algunos de nosotros ya lo adivinamos.
—Entonces, os equivocáis. El Hombre trató de abandonar la Tierra. Desgraciadamente, no estaba solo en la Galaxia. Hay otras estrellas y otros planetas. Existen otras razas inteligentes. Ninguna, por lo menos en esta Galaxia, es tan antigua como la Humanidad, pero durante los ciento veinticinco mil siglos que el Hombre permaneció en la Tierra otras inteligencias más jóvenes nos alcanzaron dejándonos atrás, descubrieron el viaje interestelar y colonizaron la Galaxia. Cuando nos adentramos en el espacio, todo estaba ocupado. Todas las estrellas nos rechazaron. Prohibido el paso. No molesten. Propiedad particular. La Humanidad tuvo que retirar sus naves exploradoras y quedarse en su casa. Pero entonces comprendió que la Tierra no era más que una prisión en medio de una libertad infinita... ¡Y la Humanidad languideció hasta morir!
—¿Dices que murió? —exclamó Hartan—. Es absurdo.
—No se extinguió inmediatamente. Tardó miles de Siglos. Tuvo sus momentos de vitalidad aún; pero, en conjunto, le faltaba un objetivo digno de vivir. Había una sensación de futilidad, una desesperanza que no pudo ser superada. Poco a poco fue sufriendo una reducción de la natalidad, y por último desapareció. ¡Gracias a tu Eternidad!
Hartan defendió a la Eternidad ahora con mayor énfasis, porque no hacía mucho que la había atacado con todas sus fuerzas. Dijo:
—Dejad que entremos en las Siglos Ocultos y nosotros lo solucionaremos. Nunca hemos fracasado en conseguir el Bien para aquellos Siglos en los que hemos intervenido.
—¿El Bien? —dijo Noys con un tono suave que parecía convertir aquella palabra en una burla—. ¿Qué es eso?
—Lo que vuestras máquinas os dicen. Pero ¿quién instruye a las máquinas y les dice lo que deben pesar en la balanza? Las máquinas no resuelven los problemas con mayor penetración que un hombre, sólo pueden hacerlo más rápidamente, ¡sólo más de prisa! ¿Qué es el Bien para los Eternos? Yo te lo diré. Protección y seguridad. El término medio. Nada en exceso. No aceptar ningún riesgo, si no es con una abrumadora probabilidad a favor del éxito más completo.
Harlan se humedeció los labios. De repente, recordó las palabras de Twissell en la cabina, mientras hablaban de los hombres evolucionados de los Siglos Ocultos.
Había dicho: «Nosotros eliminamos lo extraordinario».
¿No era verdad?
—Bien, creo que esto te ha hecho pensar —dijo Noys—. Piensa en esto, en la Realidad que ahora existe. ¿Por qué razón el hombre se esfuerza continuamente en alcanzar el viaje interplanetario sin poder conseguirlo? No hay duda que cada Era conocedora del viaje espacial debe conocer también las épocas anteriores y sus fracasos. ¿Por qué lo intentan de nuevo?
—No he estudiado este punto —contestó Harlan.
Pensaba con incertidumbre en las colonias de Marte, establecidas una y otra vez, siempre fracasando. Pensó en la extraña atracción que los viajes espaciales tenían aún para los Eternos. Podía recordar las palabras del sociólogo Kantor Voy, del 2456°, lamentando la desaparición de las naves espaciales antigravedad en el transcurso de un Siglo y diciendo con pena: «Era algo muy hermoso». Y recordaba también al Analista Nerón Feruque, que maldijo amargamente aquella pérdida y empezó a criticar las normas de la Eternidad para la distribución de los sueros anticáncer, como si quisiera aliviar su espíritu.
¿Era posible que existiera en los seres inteligentes un deseo instintivo de buscar lo desconocido, de llegar alas estrellas, de abandonar la prisión de la gravedad terrestre? ¿Qué impulsaba al Hombre a intentar los viajes interplanetarios docenas de veces, a visitar una y otra vez los mundos muertos del sistema solar, donde sólo la Tierra era habitable? ¿Sería aquel fracaso, la convicción de que un día u otro habrían de volver a su prisión, lo que producía .aquellas perturbaciones que la Eternidad se veía obligada a combatir continuamente? Harlan recordó el abuso de drogas en el mismo Siglo en que fracasaban las naves antigravedad.
Noys dijo:
—Al impedir los fracasos de la Realidad, la Eternidad también impide el logro de los triunfos. Sólo haciendo frente a las grandes pruebas puede la Humanidad elevarse a nuevas y mayores alturas. Del peligro y de la aventura han salido siempre las fuerzas que han llevado al Hombre a nuevas y más grandes conquistas. ¿No lo entiendes? ¿No comprendes que al impedir las miserias y fracasos que torturan al Hombre, la Eternidad no le deja encontrar sus propias soluciones, difíciles pero provechosas, las soluciones verdaderas que se obtienen al vencer las dificultades, no al evitarlas?
Harlan trató de convencerla:
—Nosotros buscamos el Bien para el mayor número posible...
Noys le interrumpió:
—Supongamos que no se hubiese establecido la Eternidad.
—¿Qué sucedería?
—Puedo explicarte lo que habría sucedido. Las energías que se consumieron en la Ingeniería Temporal se habrían dedicado a la ciencia Nuclear. La Eternidad no existiría, pero tendríamos el viaje interestelar. El Hombre habría llegado a las estrellas unos cien mil siglos antes que en la Realidad actual. Las estrellas habrían estado aún inexploradas y la Humanidad habría conquistado la Galaxia. Habríamos sido los primeros.
—¿Y qué habríamos ganado? —insistió Harlan—. ¿Seríamos más felices?
—¿A quién te refieres? —dijo Noys—. El hombre no estaría solo en este mundo, sino en un millón de mundos. Tendríamos el infinito en nuestras manos. Cada mundo tendría su propio Tiempo, sus valores, la oportunidad de buscar la Felicidad a su manera y en su ambiente. Hay muchas clases de Felicidad, de Bien, una infinita variedad de propósitos. ¡Ése es el Estado Básico de la Humanidad!
—Eso es lo que tú imaginas —dijo Harlan, y se maldijo al sentirse extrañamente atraído por las imágenes que ella había conjurado con sus palabras—. ¿Cómo puedes saber lo que habría sucedido?
Noys contestó:
—Os burláis ante la ignorancia de los Temporales que sólo conocen una Realidad. Nosotros sonreímos ante la ignorancia de los Eternos que conocen muchas Realidades distintas, pero creen que sólo una puede existir en el Tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Nosotros no analizamos las Realidades alternativas. Nosotros las vemos. Podemos verlas en su estado de Irrealidad.
—Una especie de país de fantasmas donde los que pudieron ser viven entre sombras.
—Sin mofa, así es.
—¿Cómo lo conseguís?
Noys hizo una pausa y luego dijo:
—¿Cómo explicártelo, Andrew? Se me ha educado para saber ciertas cosas sin conocer realmente su base científica, lo mismo que en otras materias te pasará a ti. ¿Puedes explicarme cómo funciona la Computaplex? Sin embargo sabes que existe y que funciona.
Harlan enrojeció:
—Bien, continúa.
—Nosotros hemos aprendido a ver Realidades y hemos visto que el Estado Básico es tal como te he dicho. Encontramos, también, el Cambio que destruyó el Estado Básico. No ha sido ningún Cambio inducido por la Eternidad; ha sido la misma Eternidad... el simple hecho de su existencia. Una organización como la Eternidad, que permite a los hombres escoger su propio futuro, termina por escoger la mediocridad y la seguridad, y en una Realidad semejante las estrellas están fuera de nuestro alcance. La mera existencia de la Eternidad hizo desaparecer el Imperio Galáctico. Para restaurarlo, la Eternidad debe ser destruida. El número de Realidades es infinito. El número de cualquier subclase de Realidades es también infinito. Por ejemplo, el número de Realidades en donde existe la Eternidad es infinito; el número de Realidades en donde no existe la Eternidad es infinito; el número de aquellas en donde la Eternidad existe, pero es destruida, es también infinito. Pero mi pueblo escogió entre las infinitas posibilidades un grupo que me comprendía a mí. Yo no tuve nada que ver con eso. Ellos me educaron para mi misión, lo mismo que Twissell y tú habéis entrenado a Cooper para la suya. Pero el número de Realidades en donde yo era la causa de la destrucción de la Eternidad es también infinito. Se me ofreció la elección entre cinco Realidades que parecían menos complejas. Yo escogí ésta, la que te comprende a ti, el único sistema de Realidad en donde aparecías tú.
Harlan dijo:
—¿Por qué lo escogiste?
Noys miró un momento a lo lejos:
—Porque te amaba. Te he amado mucho antes de conocerte.
Harlan se estremeció. Ella lo había dicho con voz llena de sinceridad. Pensó, angustiado: «Está fingiendo...»
—Me parece ridículo —replicó Harlan.
—¿Sí? He estudiado las Realidades que se me ofrecieron. He estudiado la Realidad en donde yo regresaba al Cuatrocientos ochenta y dos, conocía a Finge y luego a ti. La Realidad en donde tú venías a mí para amarme, en donde me llevabas a la Eternidad, para protegerme de mi propio Siglo en el lejano futuro. En donde enviabas a Cooper a un Siglo erróneo y en donde tú y yo, juntos, viajábamos a los Tiempos Primitivos. Vivimos en los Tiempos Primitivos durante el resto de nuestra vida. Pude ver nuestra existencia juntos y fuimos felices, y yo te amaba. De manera que no me parece ridículo. Escogí esta alternativa para que nuestro amor pudiera llegar a ser real.
Harlan dijo:
—¡Todo eso es falso! Mentira. ¿Cómo esperas que te crea?
Hizo una pausa y luego añadió:
—¡Espera! ¿Has dicho que sabías esto por anticipado? ¿Que todo iba a suceder de este modo?
—Sí.
—Entonces, mientes. Porque habrías sabido que yo te apuntaría con mi pistola. Habrías sabido que fracasarías. ¿Qué puedes contestarme?
Noys suspiró:
—Ya te he dicho que existe un número infinito de cualquier subclase posible de Realidades. No importa cuán finamente ajustemos el foco de nuestra visión hacia una Realidad dada, lo que contemplamos siempre representa un número infinito de Realidades muy parecidas. Siempre hay puntos confusos. Cuanto más claro el enfoque, menos confusa la visión, pero una visión perfecta no puede conseguirse. Cuanto más perfecta sea, disminuye la posibilidad de que una variación fortuita altere el resultado, pero esta probabilidad nunca es absolutamente nula. Un pequeño error fue suficiente para producir la alteración.
—¿Cuál?
—Debiste volver al futuro cuando fue retirada la barrera en el Cien mil y lo hiciste. Pero debías volver solo. Por esta razón me sorprendí un momento al ver que llegaba contigo el Programador Twissell.
Harlan titubeó. ¡ Todo era tan lógico al escucharla!
Noys continuó:
—Aún me habría sentido más sorprendida si hubiera comprendido la tremenda importancia de aquella variación. Si hubieras vuelto solo, me habrías llevado a los Tiempos Primitivos, como hiciste. Entonces, por amor a la Humanidad y por amor a mí, habrías dejado a Cooper extraviado en este Siglo. El círculo se habría roto, la Eternidad sería destruida y nuestra vida aquí hubiera sido segura. Pero llegaste con Twissell, una variación fortuita. Mientras viajabais juntos, él te habló de sus ideas sobre los Siglos Ocultos y te condujo por una serie de deducciones hasta que llegaste a dudar de mi buena fe. Todo terminó con una pistola entre nosotros... Ahora, Andrew, ésta es mi historia. Puedes matarme. Nada puede impedírtelo.
La mano de Harlan le dolía de apretar fuertemente la culata de la pistola. La pasó, sin darse cuenta, a la otra mano. ¿Sería cierto cuanto decía? ¿Dónde estaba la decisión firme, después de saber con certeza que ella procedía de los Siglos Ocultos? Se sentía desgarrado entre dos impulsos contradictorios, y la hora del amanecer se aproximaba.
Harlan preguntó:
—¿Por qué son necesarios dos esfuerzos para terminar con la Eternidad? ¿Por qué no desapareció de una vez para siempre cuando envié a Cooper al Siglo equivocado?
Harlan deseaba desde el fondo de su corazón que las cosas hubieran terminado entonces, para no tener que sufrir aquella agonía de incertidumbre.
—Porque —dijo Noys— el destruir esta Eternidad no es suficiente. Debemos reducir la probabilidad de que se establezca cualquier otra forma de Eternidad, hasta el cero matemático si es posible. De modo que aún nos queda una cosa por hacer aquí en el Primitivo. Un pequeño Cambio, casi insignificante. Ya sabes lo que es un Cambio Mínimo Necesario. Se trata sólo de una carta enviada a una península llamada Italia, aquí en el Siglo Veinte. Ahora estamos en el Diecinueve, coma, treinta y dos. Dentro de unos cuantos Centisiglos, siempre que yo pueda enviar esta carta, un hombre en Italia empezará a experimentar con el bombardeo neutrónico del uranio.
Harlan se espantó.
—¿Quieres alterar la Historia Primitiva?
—Sí. Es nuestro propósito. En la nueva Realidad que será la Realidad final, la primera explosión tendrá lugar no en el Treinta, sino en el Siglo Diecinueve, coma, cuarenta y cinco.
—Pero, ¿ignoras el peligro? ¿Has podido calcular el inmenso riesgo que implica el alterar la Historia Primitiva?
—Conocemos ese peligro. Hemos estudiado el grupo de Realidades que pueden resultar de ello. Existe la probabilidad, no la certeza, desde luego, de que la atmósfera de la Tierra se vuelva radiactiva, pero, en cambio...
—¿Quieres decir que puede haber una compensación por tal riesgo?
—El Imperio Galáctico. Una intensificación del Estado Básico.
—Y, sin embargo, tú acusas a los Eternos de interferir...
—Los acusamos de interferir muchas veces para mantener a la Humanidad en una segura prisión. Nosotros interferimos sólo una vez para llevarla hacia la ciencia nuclear, de modo que nunca, nunca, pueda establecer una Eternidad.
—No —dijo Harlan, desesperado—. La Eternidad debe existir.
—Si tú quieres. La elección es tuya. Si deseas que sea un puñado de psicópatas quien dicte el futuro del Hombre...
—¡Psicópatas! —estalló Harlan.
—¿Es que no lo son? Tú los conoces bien. ¡Piensa!
Harlan la contempló con horror, pero no pudo evitar el pensar. Pensó en los Aprendices al conocer la verdad sobre la Realidad, y en el Aprendiz Latourette que intentó suicidarse al saberlo. Latourette había sobrevivido para llegar a ser un Eterno, pero nadie podía saber qué profundas huellas quedaron en su personalidad a consecuencia de ello; sin embargo ayudaba a decidir sobre Realidades alternativas.
Pensó en el sistema de castas de la Eternidad, en la vida anormal que convertía los complejos de culpabilidad en odio contra los Ejecutores. Pensó en los Programadores luchando entre sí, en Finge intrigando contra Twissell y Twissell ordenando que se espiaran las acciones de Finge. Pensó en Sennor, luchando contra su cuerpo sin pelo y al mismo tiempo contra todos los Eternos.
Pensó en sí mismo.
Y luego pensó en Twissell, el gran Twissell, quien también había roto las reglas de la Eternidad.
Era como si siempre hubiera sabido que la Eternidad no era más que eso. ¿Por qué, si no, había querido destruirla? Sin embargo, nunca quiso confesarse aquella verdad. Hasta entonces nunca había mirado la verdad cara a cara.
Y ahora contemplaba a la Eternidad como una masa de morbosas psicosis, un pozo maligno de motivos anormales, unas vidas desesperadas arrancadas brutalmente de su curso normal.
Miró a Noys sin expresión.
Ella dijo suavemente:
—¿Lo comprendes ahora? Ven a la entrada de la cueva conmigo, Andrew.
Él la siguió, hipnotizado, deslumbrado por la completa claridad con que ahora veía la situación. Su pistola se apartó de la línea que apuntaba al corazón de Noys.
Las primeras luces del alba ahuyentaban a la noche y la gran cabina en el exterior de la cueva era una sombra opresiva contra la claridad matinal. Sus contornos aparecían confusos y borrosos bajo el protector.
Noys dijo:
—Ésta es la Tierra. No el eterno hogar de la Humanidad, sino el punto de partida de una infinita aventura. Todo lo que has de hacer para conseguirlo es tomar tu decisión. Es sólo tuya. Tú, yo y el contenido de esa cueva estaremos protegidos por un campo de fisio-tiempo contra el Cambio. Cooper y su mensaje desaparecerán. La Eternidad desaparecerá junto con la Realidad de mi Siglo, pero nosotros nos quedaremos para tener hijos y nietos, y la Humanidad permanecerá para llegar hasta las Estrellas.
Él se volvió para mirarla, y ella le sonrió. Era la Noys de siempre, y su propio corazón latía como antes.
Ni siquiera se dio cuenta de que su decisión estaba tomada, hasta que la grisácea claridad lo invadió todo, cuando desapareció la sombra de la cabina.
Con aquella desaparición, comprendió Harlan, mientras Noys se acercaba lentamente hacia sus brazos, había llegado el fin de la Eternidad ...
...Y el comienzo del Infinito.


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