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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 9 de octubre de 2013

Richard Awlinson - Las Tablas Del Destino - REINOS OLVIDADOS - Volumen I de Avatar

Richard Awlinson
Las Tablas Del Destino

REINOS OLVIDADOS
Volumen I de Avatar


Prólogo

Helm, la divinidad de los Ojos en Vela, dios de los Guardianes, permanecía vigilante observando a los dioses, sus compañeros. La reunión estaba al completo. Dioses, semidioses y elementales, todos habían hecho acto de presencia. Las paredes del gran panteón que albergaba a las deidades habían desaparecido hacía tiempo, pero las ventanas, suspendidas en el aire, permanecían allí, y por ellas Helm miraba un universo que se precipitaba hacia la degeneración. El panteón, con sus altares inacabados, se levantaba en el corazón mismo de esa inexorable degeneración; se había construido en una isla capaz sólo de albergar el lugar de encuentro de los dioses.
En el exterior, un sendero de escalones grises en vías de desmoronarse flotaba sobre el mar decadente hacia un destino que se hallaba más allá de la visión de los dioses. Era el único camino para escapar del panteón, pero ninguna de las divinidades era tan estúpida como para adentrarse la primera por aquellas piedras escarpadas, ante el temor de que el sendero pudiese llevarla a un lugar todavía más espantoso.
La atmósfera que rodeaba la isla era una lona de color marfil salpicada de estrellas negras. En la tela ardían unas luces tan brillantes que ni siquiera los ojos de los dioses podían mirarlas mucho rato. Los rayos de estas luces formaban runas y Helm se estremeció al leerlas.
Todo lo que ha sido, ha desaparecido. Todo lo que hemos conocido, todo en lo que hemos creído, es una mentira. El tiempo de los dioses toca a su fin.
Luego las runas se desvanecieron. Helm se preguntó si alguno de los dioses allí reunidos habría enviado ese mensaje enigmático en un intento de asustar a los demás, pero descartó la idea. Sabía que el poder que había mandado las runas era mucho mayor que el de los dioses que lo rodeaban.
Helm escuchó el monótono rugido del trueno mientras se acercaban unas gigantescas nubes grises con vetas de relámpagos negros, y las sombras envolvían el panteón. Las nubes oscurecían el puro azul del cielo y los escalones que salían del panteón se desmoronaron precipitándose dentro del enorme mar decadente.
Helm había sido el primero en ser convocado. Estaba en su templo, meditando sobre sus recientes fracasos como guardián de lord Ao, y un instante después se encontraba solo en el panteón. Los demás dioses, sus compañeros, no tardaron en aparecer. Estaban desorientados, desfallecidos por el largo viaje hasta aquel lugar apartado de todo lo que se conocía.
Las citaciones habían llegado con el rostro y la forma de lo que cada dios más temía. A Mystra, diosa de la Magia, como un heraldo del caos mágico. A la hermosa Sune, Cabellos de Fuego, diosa del Amor y la Belleza, en forma de una criatura demacrada y consumida por el cáncer, que se lamentaba a gritos por su suerte a la vez que dejaba a Sune a la suya. A lord Black, Bane, la convocatoria le llegó en forma de absoluto amor y compresión, cuya luz abrasaba su esencia mientras lo sacaba de su reino.
Helm no tuvo más que desviar ligeramente la mirada para ver a lord Bane, lady Mystra y lord Myrkul enfrascados en una acalorada discusión que llegó a su punto álgido cuando Mystra se alejó hecha un huracán en busca de una compañía más apropiada. Helm miró en otra dirección y vio a Llira, diosa de la Alegría, que, con una expresión preocupada, se retorcía las manos irreflexiblemente, para luego caer en la cuenta y bajar la vista, horrorizada, hacia sus manos. Junto a ella, Ilmater, dios del Sufrimiento, no pudo contener un ininterrumpido torrente de carcajadas al tiempo que bailaba sin moverse de sitio y murmuraba comentarios maliciosos que no iban dirigidos a nadie en particular.
Mientras Helm estudiaba los rostros de los dioses, le rodeó un pequeño grupo de deidades a las que no las había afectado de forma tan traumática las citaciones. El dios de los Guardianes trató de ignorar las súplicas de los dioses, cuya dignidad, aparentemente, ya no les importaba, pues lamentándose se aferraban a él en busca de más información.
—¡Mi casa fue destruida!
—¡Mi templo en las Esferas fue destrozado!
Uno tras otro los dioses fueron repitiendo sus quejas, pero Helm era sordo a sus súplicas.
—Ao ha ordenado una convocatoria. Todo se explicará en su momento —les dijo Helm a cada uno de ellos, pero no tardó en cansarse de repetirlo y al final se alejó del pequeño grupo de dioses.
Helm, mientras meditaba sobre la voluntad de su inmortal señor, Ao, llegó a la conclusión de que se iba a producir un cambio. No le cabía la menor duda.
La voluntad de Ao era tan grande que, elevado sobre la vorágine brumosa del Caos al principio de los tiempos, se puso a crear un equilibrio entre las fuerzas de la Ley y del Caos. De este equilibrio salió la vida; primero con la creación de los dioses en los cielos, luego con los mortales en los Reinos. Ao, creador de todas las cosas, escogió a Helm como su brazo derecho. Y Helm sabía que era el poder de Ao el que había llevado a los dioses a aquel lugar de locura y confusión.
Mientras Helm seguía absorto en sus pensamientos, se adelantó Talos, dios de las Tormentas.
—¡Oye, basta de supercherías! ¡Si nuestro señor tiene algo que decirnos, que hable, que su sabiduría llene nuestros corazones rotos y nuestras mentes vacías! —Talos dijo «sabiduría» con todo el desprecio que pudo reunir, pero no convenció a los demás. Su miedo era tan evidente como el del resto de asistentes.
El desafío de Talos, dios de las Tormentas, no fue secundado por los que estaban a su lado y todos se alejaron de él. En medio del silencio que siguió al arranque de cólera de Talos la respuesta que hubo fue más desconcertante que cualquier proclamación; en medio del silencio se oyó la resolución de la sentencia de Ao. Fue entonces cuando los dioses comprendieron que su suerte, cualquiera que fuese, se había decidido mucho antes de la convocatoria. Aquel silencio invadió la sala, pero no tardó en romperse.
—¡Guardianes del Equilibrio, me dirijo a todos y a cada uno de vosotros!
Era la voz de Ao. En ella se escuchaba el poder de un ser tan grande que los dioses, en respuesta, se apresuraron a ponerse de rodillas. Únicamente lord Bane se las ingenió para apoyar una sola rodilla en el frío suelo del panteón.
—¡Vuestra herencia fue de las más nobles! —continuó—. Vuestro era el poder de mantener a distancia la omnipresente amenaza del desequilibrio entre la Ley y el Caos, y sin embargo optasteis por actuar como niños, recurriendo al robo en vuestra sed de poder...
Bane se preguntó si el ser que había dado vida a los dioses mucho tiempo atrás, llamaba ahora a aquel lugar a los seres que había creado con el fin de enmendar su error y empezar de nuevo.
—Tu futuro puede ser la extinción, Bane —proclamó Ao, como si lord Black hubiese expresado sus pensamientos en voz alta—. Pero no dejes que esto te inquiete; sería un fin mucho más misericordioso comparado con el que te espera a ti y a los otros dioses que han defraudado mi confianza.
Helm se adelantó.
—Lord Ao, las Tablas estaban bajo mi custodia, deja que...
—Silencio, Helm, no vayas a sufrir su misma suerte.
Helm se volvió y se plantó de cara al grupo de dioses.
—Cuando menos sabed cuál ha sido vuestro delito: han robado las Tablas del Destino.
Un rayo de luz brilló en la oscuridad y envolvió al dios de los Guardianes. Unas sutiles llamas blancas rodearon las muñecas y los tobillos de Helm y éste fue levantado a una distancia insondable, más allá de los sentidos de los otros dioses, que, sin dejar de observar, se quedaron prácticamente sin respiración. Helm, que nunca había sido levitado, rechinó los dientes indefenso mientras miraba una zona de tinieblas de una intensidad jamás vista, unas tinieblas que existían y ambicionaban consumir, y que eran la ira de lord Ao.
—¿Estás con tus compañeros y no con tu señor, buen Helm?
—Sí —contestó el dios con los dientes apretados.
Helm fue bajado bruscamente, y su descenso fue demasiado rápido y demasiado brutal para poder ser seguido por los sentidos de los otros dioses. Ensangrentado y amoratado por el golpe, Helm hizo un esfuerzo para levantarse y volver a enfrentarse a su señor, pero el cometido estaba más allá de sus fuerzas. Sus compañeros los dioses no movieron un dedo para ayudarlo, tampoco miraron sus ojos implorantes cuando cayó boca abajo sobre el suelo de piedra del panteón.
Unos haces de luz que aparecían de vez en cuando dejaron al descubierto unas franjas negras de energía que se iban acercando a los dioses.
—No volveréis a sentaros en vuestras torres de cristal, mirando a los Reinos postrados a vuestros pies como si hubiesen sido creados sólo para divertiros.
—El exilio —murmuró Bane, jadeante.
—Sí —dijo lord Myrkul, dios de la Muerte, con un escalofrío que alcanzó el centro de su alma exánime.
—¡No volveréis a ignorar el verdadero propósito para el cual se os dio vida! Conoceréis vuestras transgresiones y las recordaréis eternamente. Habéis pecado contra vuestro señor y seréis castigados.
Bane sintió que las tinieblas en forma de espirales se acercaban.
—¡El ladrón! —gritó Mystra—. ¡Deja que descubramos la identidad del ladrón y te devolvamos las Tablas!
Tyr, dios de la Justicia, levantó implorante los brazos.
—¡No nos hagas pagar por la necedad de uno solo de nuestros hermanos, lord Ao! —Las tinieblas restallaron como un latigazo en el rostro de Tyr, que se desplomó hacia atrás gritando y tocándose sus inservibles ojos.
—¡No veis sino la salvación de vuestra propia piel!
Los dioses guardaron silencio y las franjas oscuras se fueron deslizando entre ellos como dardos, juntando a los dioses como si los estuviesen reuniendo en manadas a fin de crear un solo blanco para la cólera de Ao. Los dioses gritaron, algunos de miedo, otros de dolor. No estaban acostumbrados a ser tratados de aquella forma.
—¡Cobardes! El robo de las Tablas ha sido la afrenta final. Me las devolveréis. Pero, primero, pagaréis el precio de un milenio de decepciones.
Bane se mantenía firme contra las franjas de energía, pero de repente las cortantes hebras tenebrosas irrumpieron convirtiéndose en unas cegadoras llamas de luz fría y azul que lo abrasaron. Dio la espalda a la luz y vislumbró a Mystra, que también se mantenía firme con una ligera sonrisa grabada en su rostro. A continuación las franjas cogieron a Bane, y su mundo se volvió doloroso como sólo un dios podía llegar a imaginar o soportar.
Después de una eternidad de tormentos, las oscuras franjas abarcaron a todos los dioses y los juntaron estrechamente. Sólo entonces pudieron las deidades volver a recobrar el movimiento y el pensamiento.
Y el miedo que conocían íntimamente.
Lord Talos consiguió finalmente hablar. Su voz era débil y ronca, sus palabras surgieron en forma de asustados gritos sofocados.
—¿Se ha acabado? ¿Es posible que esto haya sido todo?
Dio de repente la impresión de que el panteón desaparecía y los dioses, todavía juntos, se encontraron mirando de lleno lo que más aterrorizaba a cada uno de ellos: el caos, el dolor, el amor, la vida, la ignorancia. Y, asimismo, cada dios y cada diosa vio allí su propia destrucción.
—Esto no ha sido más que una muestra de mi ira. ¡Bebeos ahora un vaso entero de verdadera rabia divina!
Se oyó entonces un ruido distinto a cualquier otro.
Los dioses gritaron.
Mystra luchó para retener algún control mientras era lanzada a plomo por un fantástico vórtice que desafiaba a la realidad. Sufrió indeciblemente cuando le quitó la divinidad. Pero la diosa de la Magia no soportaba sola sus tormentos. Todos los dioses, salvo Helm, fueron expulsados de los cielos.
Al cabo de un tiempo, Mystra se despertó en los Reinos. Se quedó consternada al comprobar que su forma se había reducido a su esencia original. Su cuerpo era más pequeño que una masa brillante de luz azulada.
—Os encarnaréis —la voz de Ao resonó en su mente—. Poseeréis el cuerpo de un mortal y viviréis como humanos. Quizás apreciéis ahora lo que antes dabais por sentado.
Después de esto, se encontró sola.
La diosa caída permaneció inmóvil un momento mientras las palabras de lord Ao daban vueltas en su cabeza. Si iba a encarnarse, a poseer un cuerpo de carne y hueso, significaba que Ao tenía realmente la intención de expulsar a los dioses de las Esferas. A pesar de que Mystra sospechaba que Ao castigaría a sus servidores por sus fallos —y se había preparado ocultando una parte de su poder en los Reinos—, a la diosa le resultaba sencillamente imposible asimilar la pérdida de su condición, la pérdida de su hermoso palacio en los cielos.
Mystra miró a su alrededor y se estremeció, en la medida en que podía hacerlo en su estado informe. Los mortales considerarían muy atractiva la tierra que la rodeaba; unas montañas onduladas se extendían alrededor de la diosa de la Magia y un castillo antiguo en ruinas dominaba el horizonte por el oeste. Mystra pensó que sí, que a muchos humanos aquella escena les parecería tranquila, pero para ella era una cosa repelente y antiestética comparada con su casa.
El dominio de Mystra estaba en Nirvana, la esfera de la Ley fundamental. Se trataba de una infinita zona organizada perfectamente y de un modo estricto donde la luz y la oscuridad, el calor y el frío, estaban equilibrados. A diferencia del caótico paisaje de los Reinos, Nirvana estaba estructurado como el interior de un inmenso reloj, con unos engranajes idénticos y metódicos que trabajaban al unísono. En cada uno de estos engranajes descansaba el reino de uno de los dioses legítimos que habitaban la esfera. Como es de suponer, para Mystra su reino era el más hermoso de Nirvana; de hecho, el más hermoso de todas las Esferas.
La diosa de la Magia estudió el castillo en ruinas un momento, luego maldijo a Ao para sus adentros y pensó con amargura que ni siquiera cuando aquellas ruinas eran un castillo recién construido iban más allá de un armario de su casa; y la imagen de su magnífico y deslumbrador palacio surgió espontáneamente en su mente. El castillo que llenaba su reino estaba construido con pura energía mágica, llevada directamente del tejido mágico que rodeaba Faerun. Como todo lo demás en Nirvana, el palacio estaba estructurado de forma perfecta y era eterno. Sus torres tenían exactamente la misma altura, sus ventanas las mismas dimensiones, incluso los ladrillos entretejidos de magia que formaban el castillo eran idénticos unos a otros. Y en el centro de la casa de Mystra estaba su biblioteca, que contenía todos y cada uno de los libros y manuscritos donde constaban todos los hechizos conocidos en el mundo, y algunos que todavía no habían sido descubiertos.
Mystra dirigió la mirada a los oscuros nubarrones que encapotaban el cielo.
—Volveré a tener mi casa, Ao —dijo en voz baja—. Y no tardaré en conseguirlo.
Mientras la diosa de la Magia observaba las amenazadoras nubes, distinguió algo que brillaba en el aire. Al tratar de fijar la mirada en la luz que parecía colgar de las nubes, se mareó. Creyó que se debía a estar todavía confusa por el ataque de Ao y volvió a reparar en lo que parpadeaba del cielo hasta el suelo cerca del castillo en ruinas. Al cabo de un rato su visión se aclaró y reconoció la imagen vacilante que tenía ante sí: una Escalera Celeste.
Una escalera que, mientras Mystra la miraba, cambiaba continuamente. Era el sendero común que utilizaban los dioses para viajar entre sus respectivas casas en las Esferas y los Reinos. Si bien Mystra rara vez había usado los puentes que iban a Faerun, sabía que había muchos en los Reinos y que llevaban a un nexo en los cielos. El nexo, a su vez, conducía a todas las casas de los dioses.
Mientras Mystra, todavía con los ojos pesados, miraba la escalera, ésta se transformó. De una larga espiral de madera cambió a una hermosa escalera de mano de mármol. La diosa comprendió luego por qué le costaba tanto fijar la vista en la Escalera Celeste: sólo podían verla los dioses o los mortales con un gran poder. Y ella no era ninguna de estas cosas.
El hecho de darse cuenta de ello, la estimuló a actuar y se dispuso a recuperar la parte de poder que había escondido con uno de sus leales en los Reinos pocas horas antes de la convocatoria de Ao. Mystra empezó a lanzar un hechizo para localizar el escondite del poder. Incluso con su forma nebulosa, la diosa de la Magia llevó fácilmente a cabo los complicados gestos y pronunció el conjuro necesario para el hechizo. Pero una vez hecho esto, nada sucedió.
—¡No! —gritó, y su voz resonó por las montañas—. No puedes arrebatarme mi facultad, Ao. ¡No lo permitiré!
La diosa recurrió de nuevo al hechizo. Un pilar de energía verde surgió de la tierra en erupción y se desplazó rápidamente para envolver a Mystra. Gritó cuando la energía atacó su forma insustancial y rayos de luz verde atravesaron la vaporosa nube azulada que era la diosa de la Magia, haciendo que Mystra gritase por el dolor. Durante los segundos que transcurrieron antes de perder completamente el conocimiento, su vista descansó en las nubes negras que giraban alrededor de la deslumbrante Escalera Celeste.
En lo alto de la escalera, en el nexo de las Esferas, lord Helm, dios de los Guardianes, observaba cómo Mystra era atacada hasta perder el sentido por el hechizo malogrado. Helm estaba todavía amoratado y ensangrentado por la furia de Ao, pero a diferencia de los otros dioses, seguía reteniendo la forma que adoptaba normalmente en las Esferas: la de un guerrero gigante con armadura y ojos impenetrables pintados en sus guanteletes de acero.
Los ojos de Helm eran claros, pero cuando se volvió y levantó la mirada hacia la palpitante nube negra que colgaba sobre él, reflejaron una enorme tristeza.
—¿Y mi castigo, lord Ao?
Reinó el silencio. Cuando Ao habló, Helm asintió inclinando lentamente la cabeza. La respuesta a su pregunta no era inesperada.


1
Los despertares

El más fuerte aguacero que había sufrido la ciudad de Zhentil Keep en todo el año era el que ahora inundaba sus calles estrechas. Trannus Kialton, sin embargo, no lo advertía. Nada podía perturbar su sueño. Compartía la pequeña habitación alquilada con la hermosa y solitaria Angelique Cantaran, esposa de uno de los más acaudalados importadores de especias de la ciudad. Las contraventanas de la habitación se estremecieron impotentes ante las fuerzas que se desencadenaban en el exterior. Sólo una fresca brisa, que, de repente, pareció adquirir forma e incorporarse a la oscuridad, amenazaba con despertarlo, después de flotar por el cuarto hasta el hombre dormido y desaparecer entre sus labios ligeramente entreabiertos.
El trueno retumbaba sin cesar. Trannus soñaba con un lugar oscuro donde sólo los gritos de los moribundos animaban al ser que allí residía, que no era más que una figura vaga sentada en un trono de calaveras incrustadas de alhajas. Unos ardientes vapores rojos entraban y salían por las cuencas de los ojos de las calaveras, para luego desaparecer en las mandíbulas de otras calaveras que se abrían y cerraban como si gritaran incluso mucho después de que sus agonías hubieran llegado a su fin.
La figura del que se sentaba en el trono hecho con calaveras era demasiado grande para ser un hombre, sin embargo tenía una apariencia vagamente humana. Llevaba ropa negra, sólo de trecho en trecho una lista roja rompía la monotonía. En la mano derecha portaba un guantelete incrustado de alhajas, con unas rayas de sangre indelebles.
La sala del trono estaba envuelta en una niebla azulada. Aun cuando parecía que no había paredes, ni techos ni suelos, flotaba una sensación de agobio que conseguía aplacar lo suficiente a aquellos desdichados antes de ser lanzados a la diabólica sala donde, después de levantar la mirada hacia el auténtico rostro del terrible ser del trono, transcurrirían los momentos finales de su vida.
Ahora, sin embargo, aquel ser terrible parecía contento de estar solo, con la mirada clavada en un cáliz de oro lleno de lágrimas de sus enemigos. El lord de aquel terrible lugar, el dios Bane, levantó de pronto los ojos hacia el durmiente y levantó la copa como para brindar.
Trannus se despertó sobresaltado, como si le faltara el aire. Era como si hubiese estado tan entregado al sueño que se hubiera olvidado de respirar. Pensó que era una tontería, pero tenía las manos y los pies entumecidos y tuvo que saltar de la cama para ahuyentar aquella sensación de los miembros, recorridos por un intenso hormigueo. Sintió un deseo vehemente de vestirse y no tardó en caer sobre su piel el frío tacto del cuero. Angelique se movió y alargó una mano sonriendo.
—Trannus —le llamó, nada satisfecha de tener como compañero sólo el calor que el cuerpo del hombre había dejado en las sedosas sábanas. Levantó una mano y se apartó el cabello de los ojos—. ¿Te has vestido ya? —dijo, como tratando de convencerse de este hecho y a la vez de encontrar una razón para ello.
—Tengo que marcharme —se limitó a decir él, aun sin saber adónde se dirigía. Todo lo que sentía era una urgente necesidad de salir de aquel edificio.
—Vuelve pronto —rogó ella mientras se instalaba en el reconfortante abrazo del colchón blando como las plumas con una expresión soñadora que se hacía eco de la confianza que tenía en su regreso.
Trannus la miró y le embargó súbitamente la certeza de que no volvería a verla nunca más. Cuando se marchó, cerró la puerta al salir.
Fuera, la fuerte lluvia lo caló hasta los huesos y entre deslumbrantes relámpagos fueron apareciendo las calles de la ciudad. Parecía estar solo, pero demasiado bien sabía que no era para fiarse de las apariencias. Las calles de Zhentil Keep nunca estaban completamente desiertas, gracias a la continua habilidad de asesinos y ladrones para enseñarles a dar esa impresión. En Zhentil Keep las sombras vivían y hasta respiraban, los monstruos cuchicheaban con sus voces chillonas y desabridas desde sus oscuros escondrijos. Aunque parecía extraño, se había quedado solo y se permitía pasar por el peligroso laberinto como si el camino lo hubiese despejado ante él un heraldo a quien nadie se hubiese atrevido a acercarse.
Mientras caminaba, Trannus pensaba en el sueño. Imaginaba que las calles brillaban por la sangre de sus enemigos y que la lluvia que caía lo acariciaba como las lágrimas de sus viudas. Cayó un rayo que desprendió un trozo de la pared cercana, yendo a caer alrededor de él unos escombros. El clérigo siguió caminando, ajeno a todo menos a la llamada de la sirena que daba fuerza a sus piernas cansadas, resolución a su cerebro embrutecido y deseo a su corazón apagado. Trannus sólo se preguntaba por qué él, un humilde sacerdote al servicio de Bane, había tenido aquella visión, por qué él había sido bendecido con aquel deseo.
Delante tenía el templo de Bane. Trannus se detuvo un momento, paralizado por aquella visión. El Templo de las Tinieblas era una silueta que se destacaba en el cielo nocturno, con unas torres imponentes que destacaban como negras espadas a la espera de atravesar a un insospechado enemigo. Incluso cuando el relámpago resplandecía, envolviendo al mundo en su intensa luz, el templo seguía apareciendo negro, sin dejar al descubierto siquiera una sola grieta de su fachada de granito. Circulaba el rumor de que el templo había sido construido en Acheron, la dimensión secreta de Bane, para luego ser llevado a Zhentil Keep piedra a piedra, y que la cola que unía el cemento del templo era un río de sangre y sufrimiento.
Le sorprendió a Trannus no encontrar ni un solo guardia paseando de arriba abajo por los contornos del templo. Luego oyó la risa del guardia y su compañero cuando éstos surgieron de las sombras en dirección a él. El ruido le produjo tal rabia que la furia de la tormenta era sólo un eco de la suya.
Trannus levantó la vista y vio a través de la lluvia unas densas nubes que se deslizaban veloces por el cielo, desplazándose increíblemente en direcciones opuestas unas con respecto a las otras. De pronto el cielo pareció arder en llamas, cayeron rayos, las nubes blancas se partieron, las estrellas desaparecieron de la vista, cayeron con estrépito enormes esferas en llamas y una bola de fuego voló y se acercó todavía más que las otras para adquirir a continuación espantosas proporciones; fue entonces cuando Trannus se dio cuenta de que aquella bola se dirigía al templo.
No hubo tiempo para dar aviso antes de que la esfera se estrellase contra el Templo de las Tinieblas. Trannus se quedó clavado al suelo, y vio cómo las agujas de granito adquirían un brillo amarillo rojizo y luego se convertían en una masa derretida. Escombros y cascotes volaban a su alrededor, pero él salió ileso. A continuación el clérigo observó cómo las paredes se derrumbaban hacia el interior y el Templo de las Tinieblas se iluminaba de rojo. Cuando los ladrillos, el metal y el cristal se redujeron a deslumbrantes cenizas en cuestión de segundos, dio la impresión de que la sangre y los tormentos de sus anteriores víctimas se habían desbordado y tomado forma.
Al final, allí donde había habido un templo, no quedaban más que unas ruinas en llamas. Trannus avanzó hacia los restos del templo y se preguntó si no estaría todavía soñando.
Los derretidos escombros que humeaban bajo sus pies no le quemaban, y las violentas llamas que abarcaba su visión, no hacían más que chisporrotear y apagarse a medida que se iba acercando, dejándole un sendero en el centro del desastre. Las llamas volvían a adquirir forma y a reanudar su fanático baile apenas él había pasado. Por las paredes, parcialmente en pie, supo Trannus que se hallaba cerca de la sala del trono de su señor, y se detuvo cuando el objeto de su búsqueda apareció ante él. El trono negro de Bane estaba intacto. Unas tenues y blancas nieblas flotaban ante Trannus y unas formas fantasmales le rodearon con suavidad las muñecas para arrastrarlo, ingrávido, hasta el trono. Era un sitial, donde sólo un gigante podía descansar cómodamente y, junto a él, había una réplica, hecha a propósito para ser utilizada por un hombre.
El guantelete incrustado de joyas del sueño de Trannus descansaba sobre el trono pequeño.
Trannus sonrió. Por vez primera su corazón conoció la alegría y su espíritu la liberación. Aquél era su destino: gobernar un imperio de tinieblas. Sus sueños de poder se veían recompensados.
Cogió sumiso el guantelete y se estremeció al sentir que lo recorría una oleada de poder. Una de las alhajas se convirtió de pronto en un ojo rojo que brillaba al abrirse y seguía los movimientos del sacerdote, si bien Trannus era completamente ajeno a aquella intromisión en su ceremonia privada.
Unos misteriosos riachuelos de oro y plata fluyeron del guantelete tan pronto como Trannus se lo puso, con recelo, y un dolor penetrante atravesó su brazo al corromper su sangre una llama diabólica. Una profunda oscuridad envolvió el corazón del clérigo que latía aceleradamente y su sangre se le heló en el cerebro arrastrando consigo todo rastro de la anterior conciencia del hombre. Las palabras «mi señor» se escaparon de sus labios y un soplo de niebla blanca le arrebató el alma de su cuerpo.
Lord Black miró con sus frágiles ojos humanos y sintió una debilidad repentina. Se aferraba al trono negro en busca de apoyo y su mente, ahora limitada patéticamente a la comprensión humana, le daba vueltas y trataba de entender los cambios que se producían en él al mutarse en humano. Ya no podía ver más allá del velo mortal, ni leer en él, ni influir en el momento y el modo de morir de quienes componían su séquito. Ya no podía ver detrás de las mentiras y las circunstancias desdichadas ni presionar con fuerza en el alma humana para conocer la verdad que sólo se encuentra en la parte más profunda de la conciencia. Y ya no podía presenciar simultáneamente un número casi infinito de acontecimientos, y comentarlos y abordarlos en perfecta armonía mientras ocupaba su mente en otras actividades.
—Ao, ¿qué me has hecho? —gritó Bane, y notó que la suave piedra del trono se desmoronaba bajo sus fuertes dedos. Hizo un esfuerzo para controlar su rabia. No tardarían en llegar los cientos de adoradores a quienes había visitado en sueños, y tendría que estar preparado.
El dios de la Lucha se sentó en el trono pequeño, también negro, tratando de ignorar el que antes había sido suyo. Pensó que sus seguidores lo mirarían, sin ver más que una forma humana, uno de su especie que se había vuelto loco al afirmar haber sido castigado y estar poseído por su dios. Después de torturar su cuerpo para sonsacarle quién había destruido el templo, lo matarían.
Lord Black sabía, por consiguiente, que para impresionar a sus adoradores debía tener un aspecto más que humano. Recordó el rostro que se había otorgado en el sueño y se dispuso a adoptarlo. Sabía por sus seguidores que bajo el templo había una habitación con tesoros, de modo que formó la imagen de un anillo de jade y pronunció un hechizo que elevaría el objeto hasta su mano. Un momento más tarde, armado con el anillo, empezó a recitar, con movimientos perfectos y elegantes, otro encantamiento para cambiar de forma. Así lo requería el hechizo.
Empezó por los ojos, introduciendo unos globos en llamas dentro del cráneo humano. La piel que rodea los ojos no aceptó esta tensión, de modo que a Bane se le mudó la carne blanca hasta convertirse en negra totalmente chamuscada y correosa con colgajos que dejaban parcialmente al descubierto una ruina secreta y misteriosa. Al propio cráneo le creció una especie de afiladas agujas que sobresalían de la carne ennegrecida hasta tener su rostro el aspecto más horrible que imaginarse pueda, sin dejar por ello de ser humano.
Las manos de Bane se convirtieron en garras capaces de desgarrar carne, huesos y triturar acero. Ahora le resultaba doloroso llevar el guantelete, pero sabía que no tenía otra alternativa si deseaba impresionar a sus adoradores. Además, ya oía las firmes pisadas de sus sacerdotes, de los soldados y de los magos que se abrían paso por las ruinas en dirección a la destrozada sala del trono.
Bane presintió que algo iba mal con el hechizo. Estaba seguro de haber dicho bien el conjuro, pero la fuerza que se agitaba dentro de él, llevando a cabo los cambios por él deseados, había creado un impulso que no se detenía, a pesar de las órdenes mentales que él daba. Pareció como si el aire que lo rodeaba se hubiese solidificado y estuviese a punto de triturarle la vida y sacársela de dentro. Hubo un momento que sintió verdadero pánico humano y trató de poner fin al hechizo. Pero, por el contrario, descubrió que su nueva forma estaba recubierta de cuero negro y de apelmazada sangre rojiza.
Lord Black hizo añicos el anillo en un intento de neutralizar el hechizo, cuyo control se le había ido de las manos. Pero en lugar de recobrar forma humana, los efectos del hechizo no desaparecían y conservaba la forma monstruosa que había creado.
Bane no tuvo tiempo de ponderar la extraña reacción del hechizo. Apareció el primero de los componentes de su grey, bien armado, dispuesto a destruir al profanador del Templo de las Tinieblas. Lord Black no dio a su seguidor oportunidad de hablar, se levantó del trono y comenzó a mascullar:
—Arrodíllate ante tu dios —se limitó a decir Bane, con el guantelete sagrado sobre la espantosa cabeza de su mutación. El clérigo reconoció al instante el artefacto y obedeció con expresión consternada en su rostro. A medida que los demás adoradores fueron irrumpiendo en el templo, hicieron lo propio.
Bane miró las aterrorizadas caras de sus seguidores y contuvo las carcajadas que se habían desencadenado en su interior.
Medianoche cerró los ojos y sintió que el sol matutino la bañaba y unos suaves dedos cálidos acariciaban su rostro. Eran aquellos momentos sencillos en los que el recuerdo dulce de la vida sorprendía a la maga, capaz de disfrutar del bienaventurado olvido de las pruebas a las que se había visto sometida recientemente. Medianoche llevaba caminando por los Reinos cerca de veinticinco años y, en su opinión, pocas cosas había ya que pudieran sorprenderla. Sabía que debía haber aprendido más de la experiencia, sobre todo teniendo en cuenta que sus circunstancias actuales eran, como mínimo, bastante insólitas.
Su ropa, su armamento y sus libros estaban cuidadosamente colocados sobre una cómoda de hermosa artesanía que había en el otro extremo de la habitación decorada con elegancia, como si el que se ocupó de aquellos objetos hubiese querido que las pertenencias de Medianoche estuviesen a la vista. Hasta las dagas estaban a su alcance. Medianoche descubrió que iba vestida con un camisón de fina seda, del color de la primera escarcha del invierno, blanco con ligeras tonalidades celestes.
La joven se apresuró a examinar los libros y respiró aliviada al encontrarlos intactos. Seguidamente se dirigió a la ventana y la abrió, dejando así entrar el aire fresco. Le costó un poco abrir la ventana, como si la hubiesen cerrado herméticamente y nadie hubiese vuelto a tocarla en muchos años. Pero, en cambio, la habitación estaba inmaculada, lo que significaba que la habían limpiado recientemente.
Cuando se retiró de la ventana, Medianoche distinguió un espejo con marco de oro y la imagen que éste le devolvió la dejó desconcertada.
El pelo de Medianoche, que le llegaba hasta la cintura, aparecía lavado y cepillado con gran cuidado. En las mejillas vio el rubor artificial, pero no por ello menos sutil, de una joven doncella. Sus labios aparecían pintados de carmesí, cosa insólita en ella, y alguien había aplicado una delicadísima sombra de color burdeos sobre sus ojos. Incluso se había suavizado el tono de su bien proporcionado cuerpo.
En comparación con la imagen sudorosa y desmelenada que había soportado una horrible tormenta en su camino hasta Arabel la noche anterior, la mujer cuyo reflejo le devolvía el espejo era casi una diosa capaz de seducir y reunir un séquito con su encanto sobrenatural.
Medianoche se llevó la mano a la garganta y, bajo el camisón notó el frío acero del medallón.
Se quitó el camisón, se acercó al espejo, se desprendió de la ropa y examinó mejor el medallón. Era una estrella azul y blanca, con franjas de energía que se movían por la superficie como diminutos rayos. Dio la vuelta al medallón para ver su dorso, y sintió un ligero tirón en la piel del cuello.
La cadena del medallón se había enganchado a su piel.
Necesitó de toda su concentración para lanzar un simple hechizo a la estrella y detectar magia, pero el resultado del hechizo fue asombroso. Del medallón surgió un haz de luz que iluminó toda la habitación. Aquella simple pieza de joyería contenía un poder tan grande que le temblaban las rodillas y la habitación se puso a girar ligeramente en torno a ella.
Medianoche se volvió hacia la cama, caminó hasta el colchón de plumas y antes de tumbarse sobre él cayó de bruces. Apretó las sábanas con los dedos y cerró con fuerza los ojos hasta que se le pasó el vértigo que sentía; luego se puso boca arriba y volvió a mirar la habitación. Sus pensamientos volaron a los incidentes del mes anterior.
Menos de tres semanas hacía que Medianoche se había incorporado a la Compañía del Lince, que estaba bajo el mando de Knorrel Talbot, en el mar Interior. Talbot se había enterado de la muerte del gran dragón wyrn a orillas del Wyvernwater. Aunque los valientes héroes que habían abatido al viejo dragón no lo sabían, este animal particular había atacado a unos enviados diplomáticos que cruzaban el desierto de Anauroch.
Según el relato del único superviviente, el dragón se tragó enteros a los diplomáticos, y con ellos las grandes riquezas que los hombres llevaban consigo como regalo para el gobernador de Cormyr. Talbot quería encontrar los restos del dragón y recuperar una serie de bolsas mágicamente precintadas que se había tragado. Era un trabajo sucio, pero también muy lucrativo.
La búsqueda fue un éxito y la tarea de desprecintar las bolsas recayó en Medianoche. Le llevó casi todo un día retirar las capas protectoras con que los magos habían envuelto los objetos. Cuando finalmente sacó las trampas mágicas, la compañía se quedó de piedra al comprobar que el contenido de las bolsas no era otra cosa que lo que Talbot interpretó como tratados y promesas de transacciones.
Medianoche se quedó con la compañía y Talbot les pagó los salarios con el oro reunido en una búsqueda anterior. Pero hasta aquella noche Medianoche no tuvo conocimiento de los asuntos secretos de Talbot.
Acababa de ser relevada de su servicio de vigilancia por Goulart, un hombre fornido que apenas hablaba, y estaba empezando a sumergirse en un profundo sueño cuando el murmullo de unas voces la alertaron. Las voces se apagaron al instante y Medianoche fingió dormir, pero, en verdad, estaba preparándose para defenderse. Al cabo de un rato volvieron a escucharse las voces, y en esta ocasión Medianoche reconoció la de Talbot como una de ellas. Lanzó un hechizo de clariaudición a fin de escuchar a escondidas la conversación, y se enteró de que su misión no había sido un fracaso ni mucho menos.
Los pergaminos contenían los nombres verdaderos de muchos de los Magos Rojos de Thay. La información de los documentos la habían obtenido varios espías al servicio del rey Azoun como seguro contra la creciente amenaza del imperio del este. Con la información encontrada en los pergaminos, podían destruir a los Magos Rojos.
Medianoche había sido el último miembro contratado por la compañía, y por una buena razón. Parys y Bartholeme Guin, hermanos gemelos, eran en realidad los magos de la compañía. Se habían negado a verse involucrados en la apertura de las bolsas, por temor al hechicero superior del imperio lejano que las había precintado. Obligaron a Talbot a contratar a otro mago para ese cometido, con la intención de matarlo una vez hubiera realizado su trabajo.
Talbot, sin embargo, quería decirle la verdad a Medianoche y darle la oportunidad de unirse a ellos para encontrar a los enemigos de los Magos Rojos y subastar los pergaminos al mejor postor. Mientras los hombres discutían, Medianoche utilizó su magia para robar los valiosos pergaminos, escapar y ponerse a salvo.
Medianoche viajó hacia el norte desde el campamento del camino de Calanter, preocupada por el extraño comportamiento de su caballo. Nunca le había inquietado al animal viajar de noche; era una yegua ligera como el viento incluso en las horas más oscuras de la madrugada. Pero, aquella noche, el bruto se negaba a aligerar su lento y cansino paso mientras recorrían el trecho final de la, en apariencia, desierta carretera que conducía a la ciudad amurallada de Arabel y al santuario.
—Tenemos que llegar a la ciudad esta noche —susurró Medianoche dulcemente, después de arrear al caballo vociferando, despotricando, espoleando y gritando. Al cabo de un rato, Medianoche empezó a inquietarse ante la idea de que los miembros de la compañía pudiesen alcanzarla. Sin embargo, no había nadie a la vista en la carretera despejada, ni tampoco había bosques cerca de la carretera, donde pudiera ocultarse una emboscada.
Medianoche palpó los pergaminos sustraídos bajo la capa. Talbot y sus hombres la estarían persiguiendo para recuperarlos. A pesar de que no había leído las inscripciones, comprendía perfectamente el poder de aquellos pergaminos; capaces de hacer tambalearse imperios lejanos.
De pronto el caballo se encabritó, sin que hubiera nada en el campo de visión de Medianoche que justificase la alarma del animal. Se fijó en las estrellas. Muchas se estaban apagando, luego volvieron a aparecer formando constelaciones. En el momento en que Medianoche levantaba un brazo para protegerse, aparecieron los hermanos Guin. Cabalgaban por el aire y atacaban tanto por delante como por detrás. De la oscuridad que flanqueaba a Medianoche surgieron Talbot y el resto de sus hombres, que se abalanzaron sobre ella.
Medianoche se defendió bien, pero ellos eran mucho más numerosos. Sólo el hecho de estar en posesión de los pergaminos evitó que la matasen al instante. Y cuando la golpearon y cayó del caballo, Medianoche pidió ayuda a la diosa Mystra.
«Te salvaré, hija mía —dijo una voz que sólo fue audible para Medianoche—. Pero sólo si mantienes a salvo mi sagrada responsabilidad.»
—¡Sí, Mystra! —gritó Medianoche—. ¡Lo que tú quieras!
De las tinieblas surgió entonces, a una velocidad increíble, una enorme bola de fuego azulado. Alcanzó a Medianoche y a sus enemigos, envolviéndolos en un infierno cegador. Medianoche tuvo la sensación de que le arrancaban el alma y la certeza de que iba a morir. Luego se cerró la noche.
Cuando se despertó, la carretera que aparecía ante ella estaba quemada y todos los miembros de la Compañía del Lince habían muerto. Los pergaminos estaban destrozados y su caballo había desaparecido. Un extraño y hermoso medallón azulino colgaba del bronceado cuello de Medianoche.
La responsabilidad de Mystra.
Consternada, la maga siguió su camino a pie. Sólo era vagamente consciente de la fuerte tormenta que se había desencadenado a su alrededor. Si bien era de noche, la carretera por la que caminaba estaba iluminada como si fuese mediodía. Continuó caminando en dirección a Arabel hasta que, falta de fuerzas, se desplomó.
Medianoche no recordaba nada desde el momento en que cayó en la carretera hasta que se despertó en la desconocida habitación donde se encontraba ahora. Tocó inconscientemente el medallón con los dedos, y empezó a vestirse. Medianoche llegó a la conclusión de que, evidentemente, la estrella era un recordatorio del favor que le había hecho Mystra. Pero ¿por qué le pellizcaba la piel?
Medianoche sacudió la cabeza.
«Supongo que tendré que esperar hasta que me llegue la respuesta a esta pregunta», dijo la maga con tristeza. Habría contestaciones, a su tiempo. Estaba segura de ello. Si le gustarían o no, ése era otro cantar.
Medianoche estaba deseando inspeccionar el entorno donde estaba, de modo que se apresuró a terminar de recoger sus cosas. Cuando se inclinó sobre la bolsa para meter en ella su libro de hechizos y su ropa, una ligera ráfaga de aire le advirtió que no estaba sola en aquellos aposentos desconocidos; un instante después unas manos se posaron sobre su espalda.
—Milady —dijo una voz suave, y Medianoche se volvió para ver de quién partía aquel amable requerimiento.
Ante sí tenía a una niña vestida con un camisón rosa y blanco, que parecía exactamente una delicada rosa que floreciese en cada movimiento. El pelo, largo hasta los hombros, enmarcaba su rostro y la expresión que aparecía en sus atractivos rasgos era la de una niña asustada.
—Milady —volvió a decir la muchachita—, ¿estáis bien?
—Sí, estoy bien. ¡Vaya tormenta la de anoche! —repuso Medianoche tratando de disipar los temores de la niña mediante un comentario trivial.
—¿Una tormenta? —preguntó la niña con una voz que apenas era un susurro.
—Sí —contestó Medianoche—. Supongo que oirías la tormenta que descargó anoche. —El tono de Medianoche era seco. No deseaba echar leña al fuego de los temores de la niña, pero tampoco quería que le tomasen el pelo con una ignorancia fingida.
La niña respiró profundamente.
—Anoche no hubo ninguna tormenta.
Medianoche miró a la niña y se quedó consternada al ver reflejada la verdad en sus ojos. La maga volvió a mirar por la ventana ladeando la cabeza, y el pelo negro que le llegaba hasta la cintura le cayó hacia adelante ocultando su rostro.
—¿Qué lugar es éste? —dijo por último Medianoche.
—Es nuestra casa. Vivimos aquí mi padre y yo, milady, y vos sois nuestra invitada.
Medianoche suspiró. Por lo menos no parecía estar en peligro.
—Yo soy Medianoche, del valle profundo. Acabo de despertarme y me encuentro vestida como una gran dama cuando no soy más que una viajera y no recuerdo haber llegado a vuestra casa —comentó Medianoche—. ¿Cómo te llamas?
—¡Annalee! —gritó una voz detrás de Medianoche. La niña se estremeció y se recogió en sí misma mientras se volvía hacia la puerta, donde había un hombre alto, delgado y fuerte, con finos cabellos castaños y una tosca barba de varios días. Iba vestido con una túnica marrón claro sujeta por un grueso cinturón de cuero. Unos galones dorados adornaban el cuello abierto y los anchos puños de la prenda.
Annalee pasó como flotando por delante de Medianoche y salió de la habitación; a su paso el aroma de una fragancia embriagadora perfumó el aire.
—¿Serías tan amable de decirme dónde estoy y cómo he llegado aquí? Todo lo que recuerdo es la devastadora tormenta de la que fuimos víctimas anoche —dijo Medianoche.
—¡Oh, es extraordinario! —exclamó él a la vez que se dejaba caer en el borde de la cama—. ¿Cómo te llamas, hermosa viajera?
Medianoche deseó en aquel momento conocer la frase adecuada para aceptar con elegancia un cumplido. Como no era así, se limitó a apartar la vista, miró al suelo y recitó obedientemente su nombre y el lugar de origen.
—¿Y cómo te llamas tú? —quiso saber Medianoche.
Volvía a sentir la debilidad que había experimentado poco antes y se vio obligada a sentarse en el borde de la cama.
—Soy Brehnan Mueller. Soy viudo, como sin duda habrás adivinado. Mi hija y yo vivimos en esta casa de campo, en el bosque que está al oeste del camino de Calanter. —Brehnan recorrió la habitación con la mirada, y sus ojos se entristecieron—. Mi esposa enfermó, la trajimos a este cuarto, la habitación de huéspedes, y aquí murió. Desde hace diez años eres la primera persona que duerme en esta cama.
—¿Cómo he llegado hasta aquí?
—Primero, dime, ¿cómo te encuentras? —preguntó Brehnan.
—Dolorida, cansada, casi... aturdida.
Brehnan asintió con una inclinación de cabeza.
—¿Dices que anoche hubo una tormenta?
—Sí.
—Una impresionante tormenta sacudió los Reinos —dijo Brehnan—. Los rayos que rasgaban el cielo por todas partes asolaron los templos de los Reinos. ¿Lo sabías?
Medianoche sacudió la cabeza.
—Sabía lo de la tormenta, pero nada de la destrucción.
La maga notó que se tensaba la piel de su rostro. Volvió a mirar por la ventana. Vio de pronto claramente las imágenes que tenía ante sí.
—Pero la tierra está seca. No hay señales de lluvia.
—La tormenta de la que hablas se desencadenó hace dos semanas, Medianoche. El maravilloso semental de Annalee se asustó con la tormenta y se desbocó. Yo alcancé al caballo al otro lado del bosque, cerca de la carretera, y fue allí donde te encontré; tu piel brillaba con una luminiscencia que casi llegó a cegarme. Te agarrabas con las manos al medallón que colgaba de tu cuello. Incluso una vez te hube traído aquí, tuve que hacer lo imposible para apartar tus dedos de ese objeto. Y no pude quitarte el medallón.
»Al principio temí que la cama donde estamos ahora sentados fuese tu último lugar de descanso, pero fuiste recuperando poco a poco las fuerzas y comprobé que día a día iba avanzando el proceso de curación. Ahora ya estás bien.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Medianoche como ausente. La debilidad que sentía iba pasando, pero seguía aturdida.
—Soy uno de los clérigos de Tymora, diosa de la Fortuna. He visto milagros. Milagros como el que sin lugar a dudas se produjo contigo, hermosa dama.
Medianoche se volvió para mirar al clérigo, poco preparada para oír las siguientes palabras ni el fervor con que las pronunció.
—¡Los dioses deambulan por los Reinos, querida Medianoche! Se puede ver a la propia Tymora entre el banquete de mediodía y el banquete del anochecer en pleno Arabel. Por supuesto, se debe entregar una pequeña donación a la iglesia por este privilegio; pero ¿no vale la pena pagar unas monedas de oro para ver a un dios? Además, hay que reconstruir el templo, ¿comprendes?
—Claro —dijo Medianoche—. Dioses... y oro... y dos semanas que se han ido. —Vio que la habitación empezaba de nuevo a dar vueltas.
Se oyó de pronto un ruido fuera. Medianoche miró por la ventana y vio a Annalee guiar un caballo por el claro del bosque. El caballo volvió la mirada a la ventana y Medianoche sofocó un grito que se le escapaba. El animal al cuidado de Annalee tenía dos cabezas.
—Como es lógico, ha habido algunos cambios desde que los dioses llegaron a los Reinos —dijo Brehnan. Luego su tono se volvió acusador—. ¿No habrás intentado alguna magia?
—¿Por qué?
—La magia se ha vuelto... inestable desde que los dioses llegaron a los Reinos. Será preferible que no lances ningún hechizo a menos que tu vida dependa de ello.
Medianoche oyó a Annalee llamar a cada cabeza del caballo con un nombre distinto, y estuvo a punto de echarse a reír. Ahora la habitación giraba vertiginosamente y la maga supo la razón; era el hechizo que había lanzado. Trató de levantarse pero se cayó hacia atrás sobre la cama. Consternado, Brehnan pronunció el nombre de Medianoche y trató de sujetarla por el brazo.
—Espera. No estás lo bastante recuperada como para marcharte. Además, los caminos no son seguros.
Pero Medianoche ya había logrado ponerse de pie y se encaminaba a la puerta.
—Lo siento. Tengo que ir a Arabel —dijo la maga mientras salía precipitadamente—. ¡Tal vez haya alguien allí que pueda explicarme lo que ha pasado en Faerun durante estos últimos días!
Brehnan miró a Medianoche encaminarse a la carretera y sacudió la cabeza.
—No, milady, dudo que nadie, salvo quizás el propio gran sabio Elminster, pueda contarte lo que ha ocurrido en los Reinos estos días.


2
El aviso de reunión

Kelemvor caminaba por las calles de la ciudad de Arabel, teniendo siempre a la vista las murallas que la habían protegido de las invasiones repetidas veces. Lo que nunca admitiría es que las murallas lo ponían nervioso, porque hacían alarde de una prometida seguridad que para el guerrero no era mucho mayor que los barrotes de una jaula.
Atronaban sus oídos los ruidos, el bullicio y la actividad propios de un día típico en aquella ciudad dedicada al comercio a medida que se acercaba el mediodía. Kelemvor estudiaba los rostros de quienes pasaban junto a él. La gente había sobrevivido a los recientes infortunios, pero la supervivencia no era suficiente si había destruido el espíritu de la gente.
Kelemvor oyó el alboroto de una reyerta, aunque no veía la pelea. El guerrero oía gritos y el estruendo de golpes dados contra cotas de malla, un hecho bastante común en aquellos días. Sin embargo, esa descarada exhibición no era más que una trampa cuidadosamente tendida con el fin de atraer la atención de algún viajero solitario con el propósito de abrirle la cabeza y robarle la bolsa.
Estos hechos también eran comunes en aquellos tiempos.
El griterío se calmó como presumiblemente ocurrió con quienes lo producían. Kelemvor inspeccionó la calle y vio que nadie más reaccionaba ante la reyerta. Daba la impresión de ser el único que la oía. Esto significaba que el alboroto podía proceder de cualquier parte. Kelemvor tenía el oído extraordinariamente agudo, lo que no siempre era una ventaja.
No obstante, ese robo, si realmente lo había sido, no era nada insólito. En cierto sentido, Kelemvor se sentía aliviado por el hecho de que aquella reyerta hubiera sido sólo un acto trivial, pues pocas cosas había en Arabel, o en todos los Reinos, que siguieran siendo normales y corrientes. Todo era insólito e incluso la magia había dejado de ser digna de confianza desde el Advenimiento, como empezaba a ser conocido aquel día. Kelemvor pensó en los cambios que habían tenido lugar en los Reinos en las dos semanas anteriores, de los que él mismo había sido testigo.
La noche en que los dioses llegaron a los Reinos, un amigo y aliado de Kelemvor cayó herido en su alojamiento después de una escaramuza con una banda errante de duendes. El soldado, y el clérigo que le ayudó, perecieron en las llamas de una bola de fuego que surgió de la nada cuando el clérigo trató de invocar su magia curativa. Kelemvor y los otros allí presentes se quedaron conmocionados; jamás antes habían sido testigos de un hecho semejante. Días después, cuando los supervivientes de la destrucción del templo de Tymora se reagruparon, encabezados por la propia diosa, la iglesia negó oficialmente toda responsabilidad en las acciones del clérigo, al que calificó de hereje por provocar la cólera de los dioses.
Sin embargo, este incidente fue solamente el primero de muchos sucesos extraños que acosarían a Arabel.
Una mañana, el carnicero del lugar salió gritando de su tienda, porque las reses muertas que mantenían en hielo habían cobrado repentinamente vida; estaba sediento de venganza contra los responsables.
El propio Kelemvor estaba presente cuando un mago, que intentaba llevar a cabo un simple hechizo de levitación, descubrió que el hechizo se escapaba a su control. Su petición no fue oída, y el guerrero vio cómo se desvanecía la forma del histérico mago y desaparecía entre las nubes. Nunca más volvió a vérsele.
Hacía una semana, poco más o menos, que Kelemvor y dos miembros de la guardia fueron llamados para tratar de salvar a un mago que había requerido que una cegadora esfera de luz adquiriese vida y se encontró atrapado en el globo. No se supo si invocó a la esfera por accidente o adrede. El incidente se produjo delante de la taberna Máscara Negra y los miembros de la guardia acudieron a controlar al gentío allí congregado para ver a otro par de magos que intentaban ayudar a su hermano. La esfera no se desvaneció hasta una semana después, cuando el mago atrapado murió de sed.
Kelemvor advirtió, con amargura, que el negocio de la taberna Máscara Negra nunca había sido tan próspero como aquella semana. A juzgar por todo lo que Kelemvor escuchaba de boca de los viajeros que anhelaban la protección de la gran ciudad amurallada, parecía que todos los Reinos, no solamente Arabel, estaban en un profundo caos. Cambió, pues, de pensamiento y se concentró en el presente.
Al guerrero le dolía el hombro derecho y, a pesar de los ungüentos y los bálsamos que se había aplicado en las heridas, el dolor no cejaba desde hacía ya días. En circunstancias normales, su estado habría mejorado con sólo unos cuantos hechizos curativos, pero Kelemvor, después de lo que había visto, no confiaba ya en ninguna magia. No obstante, a pesar de la desconfianza que reinaba por la magia, muchos profetas, clérigos y sabios proclamaban que se había iniciado una nueva era, una época de milagros. Esto se debía a que de repente surgieron un montón de aspirantes anónimos a profetas que afirmaban estar en contacto personal con los dioses que deambulaban por los Reinos.
Un anciano particularmente fervoroso juraba que Oghma, dios del Conocimiento y las Ideas, había tomado la forma de Pretti, su gato, y comentaba con él asuntos de la más perentoria urgencia.
Nadie daba crédito al anciano, pero, en cambio, la mayoría aceptaba que la mujer que había salido de las llamas producidas a raíz de la destrucción del templo de Tymora en Arabel era la diosa en forma humana. De pie en medio de las llamas, la mujer había hecho gala del poder de unir las mentes de cientos de sus seguidores en un solo instante, permitiéndoles compartir unas visiones que sólo un dios podría haber presenciado.
Kelemvor había pagado la entrada para ver el rostro de la diosa, pero no observó nada notable. Dado que no formaba parte de la grey de Tymora, no se molestó en pedirle a la diosa que curase su herida. Estaba completamente seguro de que le habría hecho pagar una cantidad adicional si lo hacía.
Además, el dolor haría que a Kelemvor le resultase más difícil olvidar que cuando Ronglath, el Caballero Siniestro, incrustó la claveteada maza en su carne, hirió también su orgullo más que su propio cuerpo. Luchaban en lo alto de la torre de la atalaya principal, donde el Caballero Siniestro estaba apostado, y durante la lucha Kelemvor fue arrojado violentamente por encima de los muros de la ciudad, hacia una muerte segura.
Pero no murió.
Kelemvor ni siquiera sufrió heridas graves cuando cayó.
El guerrero interrumpió sus meditaciones y observó su reflejo en el cristal de la casa de Gelzunduth, un comerciante de dudosa reputación. Kelemvor contempló, detrás de su imagen, la extraña colección de artículos expuestos en el escaparate. Se rumoreaba que detrás de la cuidada fachada que mantenía la compra y venta de joyas hechas a mano, armas de época y raros volúmenes de olvidado saber popular, Gelzunduth traficaba con privilegios y otros documentos falsos, así como con la información relativa a los movimientos de la guardia en toda la ciudad. Habían fracasado los numerosos intentos llevados a cabo por los agentes no sobornables de la guardia para coger en falta al taimado Gelzunduth en cualquiera de estas prácticas.
Precisamente cuando Kelemvor iba a alejarse del escaparate, la vista de su propio reflejo volvió a llamar su atención. El guerrero estudió su rostro: unos ojos penetrantes de un color verde luminiscente, profundamente destacados sobre un rostro bronceado de despejada frente, nariz recta y mandíbula cuadrada. Enmarcando el rostro, una melena desordenada y negra como el ébano, con unas hebras grises reveladoras de los treinta años que llevaba recorriendo los Reinos. En los lugares donde la ropa no protegía su piel, era evidente que un espeso pelo negro cubría su pecho y sus brazos. Iba vestido con cuero y cota de malla, y una espada del tamaño de la mitad de su cuerpo colgaba a su espalda dentro de la vaina.
—¡Eh, soldado!
Kelemvor se volvió y miró a la jovencita que lo abordaba. No tenía más que quince años y sus delicados rasgos parecían haber pagado el precio de los infortunios y los problemas que, evidentemente, soportaba en los últimos tiempos. Era rubia y llevaba el pelo corto, como un chico, y el sudor pegaba sus greñas despeinadas al cuero cabelludo. La ropa que llevaba la muchacha era poco más que andrajos y no habría sido difícil confundirla con una pordiosera. Daba la impresión de estar débil, a pesar de que sonreía con coraje y trataba de moverse aparentando una seguridad que su cuerpo ya no estaba dispuesto a permitir.
—¿Qué quieres de mí, criatura? —preguntó Kelemvor.
—Me llamo Caitlan, Melodía de la Luna —contestó la muchacha con una voz ligeramente quebrada—, y he recorrido un largo camino para encontrarte.
—Sigue.
—Necesito un espadachín —prosiguió— para un asunto de la mayor urgencia.
—¿Serán recompensados mis esfuerzos? —quiso saber Kelemvor.
—Grandemente recompensados —prometió Caitlan.
El guerrero frunció el entrecejo. La muchacha parecía estar a punto de caerse cuan larga era por inanición de un momento a otro. A menos de una manzana estaba la hostería El Hombre Hambriento, así que Kelemvor cogió a la muchacha por el hombro y la llevó a la hostería.
—¿Adónde vamos? —preguntó Caitlan.
—Tu estómago necesita una abundante comida, ¿no crees? Seguramente sabías que Zehla, la de la hostería El Hombre Hambriento, ayuda a los necesitados. —Kelemvor se detuvo, con una sombra de preocupación en sus rasgos endurecidos. Cuando habló, sus palabras eran circunspectas y su tono de voz frío y nada amistoso—. Dime que no necesitabas que te informase de ello.
—Claro que no —replicó la muchacha. Kelemvor no se movió. Su inquietud no menguó—. No necesitaba que me lo dijeses. No me has hecho ningún favor.
—Está bien —dijo él, y volvió a emprender el camino hacia la hostería.
Caitlan se dejó llevar, consternada por el extraño intercambio de palabras que acababa de producirse.
—Pareces inquieto.
—Son tiempos inquietantes —replicó Kelemvor.
—Tal vez si hablaras...
Pero en aquel momento llegaban a El Hombre Hambriento y Kelemvor guió a la muchacha hacia el interior. Era un momento tranquilo con pocos clientes aún para la comida de mediodía. Quienes cometieron la insensatez de observar a Kelemvor y a la muchacha recibieron una mirada que les heló la sangre en las venas y los obligó a apartar inmediatamente la vista.
—Un poco joven para lo que a ti te gusta, Kel —dijo una voz familiar—, pero sospecho que llevas buenas intenciones.
Viniendo de cualquier otra persona, una observación así habría provocado violencia, pero procediendo de la anciana que se acercaba hizo que los labios de Kelemvor se iluminasen con una fina sonrisa.
—Me temo que la pobre se va a desplomar de un momento a otro.
La mujer, Zehla, tocó el hombro de Kelemvor y miró a la muchacha.
—Sí, a decir verdad, está bastante escuálida —dijo—. Tengo exactamente lo que hace falta para poner un poco de carne sobre esos miserables huesos. En un momento lo tendré listo.
Caitlan, Melodía de la Luna, miró a la mujer mientras ésta se alejaba, luego a Kelemvor. Los pensamientos que turbaban al guerrero volvía a acaparar su atención. Caitlan era consciente de la importancia de escoger adecuadamente a su hombre, de modo que metió la mano en el bolsillo y sacó una piedra preciosa, roja como la sangre, que llevaba consigo; extendió la mano con la piedra oculta y cubrió la mano de Kelemvor con la suya. Se produjo un resplandor de luz rojísima y Caitlan notó que, en el mismo momento que la piedra arañaba la mano del guerrero, rasgaba también su propia carne.
Kelemvor saltó de la silla para retroceder luego y alejarse de la muchacha. Su espada había abandonado la vaina y estaba suspendida sobre la cabeza de Kelemvor. Entonces se oyó la voz de Zehla:
—¡Kelemvor, detén tu mano! No pretende hacerte daño alguno. —La anciana estaba a unas cuantas mesas, con la comida de Caitlan en las manos.
—Tu pasado es como un libro abierto para mí —dijo suavemente Caitlan; y Kelemvor miró a la muchacha, rabiando de ira a causa de sus palabras. Caitlan tenía la reluciente piedra roja en las palmas abiertas y hablaba como si estuviese poseída. Kelemvor fue bajando lentamente la espada—. Te encargaron una misión cuajada de decepciones e inquietudes durante interminables días y noches. Myrmeen Lhal, soberana de Arabel, temía la existencia de un traidor. Asignó a Evon Stralana, ministro de Defensa, la tarea de contratar mercenarios para que se infiltrasen en la guardia de la ciudad a fin de tratar de desenmascarar al traidor.
Zehla colocó la bandeja delante de Caitlan, pero la muchacha ni siquiera miró la comida. Parecía como si las palabras que había pronunciado hubiesen consumido su voz.
—¿Qué brujería es ésta? —preguntó Kelemvor a Zehla.
—No lo sé —contestó la anciana.
—¿Por qué, entonces, me has detenido? —dijo Kelemvor, inquieto ante la idea de que la muchacha pudiese todavía resultar un peligro.
Zehla arrugó la frente.
—Por si lo has olvidado, te diré que jamás se ha derramado sangre en mi establecimiento. Y seguirá siendo así mientras yo viva. Además, es sólo una niña.
Kelemvor frunció el entrecejo y escuchó a Caitlan, que se había puesto a hablar de nuevo.
—El ministro de Defensa acudió a ti y a un hombre llamado Cyric. Acababais de llegar a la ciudad y erais los únicos supervivientes del intento fallido de recuperar un objeto conocido como el Anillo de Invierno. Se temía que el traidor estuviera al servicio de quienes conspiran para hundir la economía de Arabel mediante el sabotaje de las vías comerciales y, en general, desacreditando a Arabel como ciudad vital de los Reinos.
»Con la ayuda de Cyric y otro hombre, encontrasteis al traidor, pero él logró escapar y ahora la ciudad está tan temerosa como recelosa. Te culpas de ello y ahora trabajas duramente como un guardia normal y corriente, dejando que tu talento para la aventura languidezca infructuoso.
La piedra dejó de brillar y adquirió el aspecto de una piedra común de jardín. Caitlan suspiró.
Kelemvor pensó en la criatura de hielo que custodiaba el Anillo de Invierno. Él no movió un dedo cuando la criatura heló la sangre de sus compañeros y sus gritos se ahogaron bruscamente cuando el hielo agarrotó sus gargantas. Sus muertes habían comprado el tiempo que Kelemvor y Cyric necesitaban para escapar. El primero en saber del anillo había sido Kelemvor y era él quien había organizado la expedición para recuperarlo, si bien había cedido el liderazgo a otro.
—Mi «talento» para la aventura —comentó Kelemvor con desprecio—. Han muerto hombres por culpa de mi presunto talento. Hombres buenos.
—Cada día mueren hombres, Kelemvor. ¿No es preferible morir con los bolsillos llenos de oro... o por lo menos persiguiendo este objetivo?
Kelemvor se reclinó contra el respaldo de la silla.
—¿Eres maga? ¿Es así como ves mis pensamientos más secretos?
Caitlan movió la cabeza.
—No soy maga. Esta piedra..., esta piedra preciosa fue un regalo. Era lo poquito de magia que poseía. Ahora se ha apagado. Estoy indefensa y a tu merced, buen Kelemvor. Te pido perdón por mi forma de proceder, pero tenía que saber que eras un hombre honrado.
El guerrero se levantó para guardar la espada y volvió a sentarse.
—Se te está enfriando la comida —dijo.
Aun cuando su apetito era evidente, Caitlan ignoró los alimentos.
—Estoy aquí para proponerte algo, Kelemvor. Para proponerte aventura y peligro, riquezas más allá de lo imaginable y emociones como las que has estado anhelando estas semanas. ¿Quieres oír lo que te propongo?
—¿Qué más sabes de mí? —preguntó Kelemvor—. ¿Qué más te ha contado tu piedra preciosa?
—¿Qué más hay que saber?
—No has contestado a mi pregunta.
—Tú no has contestado a la mía.
Kelemvor sonrió.
—Háblame del asunto que te ha traído aquí.
Adon, a pesar de la presencia de cuatro guardias armados que lo rodeaban y lo conducían a través de la gran Ciudadela de Arabel, sonreía audazmente. Pasaron por delante de todos los sitios de interés con los que Adon se había familiarizado durante su última visita a la Ciudadela: los hermosos edificios públicos llenos de actividad, y las vidrieras alegremente coloreadas a través de las cuales se filtraba una preciosa luz que avivaba su rostro. El esplendor de la fortaleza suponía un asombroso contraste con la miseria que Adon había observado en las calles. El clérigo se llevó una mano al rostro, como si temiese que la inmundicia en la que estaba pensando se hubiese, en cierta forma, desvanecido para ir a desfigurar su prístino aspecto.
Sune, Cabellos de Fuego, la diosa a la que él había servido como clérigo fiel durante la mayor parte de su corta vida, le había bendecido con lo que él consideraba era la piel más suave y hermosa de todos los Reinos. Le habían acusado alguna vez de ser vanidoso, pero él quitaba hierro a estas acusaciones. No esperaba que quienes no veneraban a Sune comprendiesen que tenía que cuidar y custodiar los preciosos bienes que le había donado la diosa, a la que regularmente daba gracias por encomendarle ese cargo. Venía luchando por preservar el buen nombre y la reputación de Sune, y jamás sufrió más allá de un leve arañazo que desfigurase su rostro. Por esto sabía que era bienaventurado.
Ahora que los dioses habían llegado a los Reinos, Adon presentía que era sólo cuestión de tiempo que su camino se cruzase con el de Sune. Si hubiese sabido su paradero, ya habría ido en su busca. Dada la situación de Arabel, con su constante flujo de comerciantes, parlanchines y de sed insaciable, lo mejor era esperar aquí a que le llegase más información.
Era cierto que en el templo de Sune había habido ciertas disensiones. Dos clérigos habían abandonado el templo en circunstancias dudosas. La inquietud embargaba a otros por el abandono de Sune; según decían, un hecho que confirmaba la diosa con su silencio ante sus oraciones. También era cierto que desde el Advenimiento, sólo los clérigos de Tymora habían logrado llevar a cabo con éxito la magia clerical y ello se atribuía a la proximidad de su dios hecho carne. Daba la impresión de que si un clérigo estaba fuera de la vista de su dios, sus hechizos no funcionaban.
Como es de suponer, las pociones curativas o los objetos mágicos que simulaban los efectos de la magia curativa se vendían en aquellos momentos a más de su valor, aunque no eran dignos de confianza. Los alquimistas locales se vieron obligados a contratar guardias privados que protegieran a ellos y a sus mercancías.
Adon se adaptó mejor que otros al caos de los Reinos. Sabía que todo lo relativo a los dioses se producía por alguna razón de peso. Un fiel seguidor debía tener la paciencia y el buen juicio de esperar una explicación, en lugar de dejar que su imaginación se desbocase. La fe de Adon era inquebrantable y había sido recompensado por ello. El que la hermosa Myrmeen Lhal, soberana de Arabel, hubiese requerido su presencia, era una prueba de que era bienaventurado.
La vida se portaba bien con él.
El grupo atravesó un pasillo que Adon no conocía; trató de detenerse cuando pasaron por delante de un espejo, pero los guardias le dieron un ligero codazo para que siguiese. Algo molesto, obedeció.
Entre los guardias había una mujer de piel oscura y ojos negros. Adon estaba contento de que la hubiesen admitido en las filas de guardias con tanta facilidad. «Encuentra una ciudad gobernada por mujeres y encontrarás verdadera igualdad y justicia en todo su dominio», era su lema. Sonrió a la guardia y comprendió que elegir la ciudad de Arabel como su nuevo hogar era realmente un acierto.
—¿Qué honor se me concederá por haber contribuido a acabar con el asqueroso villano de Caballero Siniestro? No tengáis miedo de decírmelo, yo no diré nada y fingiré la mayor de las sorpresas. Pero ¡la incertidumbre es superior a mis fuerzas!
Uno de los guardias se rió disimuladamente, y ésta fue la única respuesta que recibió Adon. La recompensa que el clérigo recibió por el trabajo que había realizado por la ciudad fue insignificante, a pesar de haber rogado al ministro de Defensa que abogase por él. Ahora Myrmeen Lhal había intervenido personalmente y Adon adivinaba la razón.
El papel de Adon en el aborto de la conspiración consistió en seducir a la amante de uno de los presuntos conspiradores, una mujer que, según se rumoreaba, hablaba en sueños. Adon actuó de modo admirable, pero su recompensa fue pasarse una semana en la compañía de los guardias, observando los movimientos de dos mercenarios que el ministro de Defensa había reclutado para el asunto del Caballero Siniestro.
Cuando se libró la batalla con el traidor, ante el asombro de todos breve y sin desenlace, el Caballero Siniestro se escapó, aunque el propio Adon había descubierto dónde estaba la cámara de los conspiradores y un libro que contenía información que podía interpretarse como los puntos clave del ataque de los conspiradores contra Arabel.
Adon dejó de lado los recuerdos y regresó al presente.
Estaban bajando y bajando a una sucia y polvorienta sección de la fortaleza de la que había oído hablar pero nunca había visitado.
—¿Estáis completamente seguros de que nuestra dama ha solicitado verme aquí y no en los aposentos reales?
Los guardias no contestaron.
La luz se convirtió de pronto en un precioso lujo muy escaso, oyó ruido de ratas corriendo por el pasillo y detrás de él el chirriar de las puertas macizas que se cerraban de golpe. En medio del silencio del pasillo, el eco retumbaba una y otra vez.
Los guardias habían cogido antorchas encendidas puestas en los muros y Adon se sintió incómodo ante el calor de una antorcha que tenía detrás.
Sólo se oía en aquellos momentos las pisadas del grupo mientras avanzaban con decisión. Y, a pesar de que los anchos hombros del guardia que Adon llevaba delante no le dejaban ver lo que había más allá, tuvo una idea clarividente.
«¡Una mazmorra!», gritó Adon en la seguridad relativa de su propia cabeza. «¡Estos bufones me llevan a una mazmorra!»
Adon notó las manos de los guardias sobre él y, antes de que pudiese reaccionar, lo empujaron de golpe. Su cuerpo delgado y musculoso acusó el golpe de la caída cuando rodó por el suelo; se levantó de un salto y se puso en guardia, en disposición de pelea, pero en ese momento oyó cómo se cerraba de golpe una puerta de acero. Las lecciones que Adon había tenido que tomar cuando practicaba el arte de la defensa personal le habrían venido muy bien de haberse percatado antes de la situación.
Se maldijo por haber entregado el hacha de guerra con tanta facilidad y maldijo su propia vanidad que le nubló la razón, aunque sólo fuese por un instante. ¡Aquellos canallas eran leales al Caballero Siniestro! El clérigo estaba seguro de que sus conciudadanos Kelemvor y Cyric no tardarían en reunirse con él.
Pensó que habían sido unos estúpidos. ¿Cómo podían creerse que la amenaza hubiera desaparecido sólo porque habían puesto en fuga a un hombre?
No había luz en la habitación; Adon se quitó el polvo de su delicada ropa. Se había puesto sus sedas preferidas y cogido un pañuelo de puntillas doradas, para el caso de que la dama no pudiera contener las lágrimas cuando él aceptase su propuesta y se convirtiese en consorte real. A pesar de la porquería que se había visto obligado a pisar, sus botas seguían relucientes y se reflejaba en ellas hasta el más pequeño destello de luz.
—Soy un estúpido —dijo Adon a las tinieblas.
—Eso me han dicho —contestó una voz femenina detrás de él—. Pero todos tenemos nuestros puntos débiles.
En seguida Adon oyó el roce de una piedra y se encendió una antorcha que reveló a la poseedora de la luz, una hermosa mujer morena.
Myrmeen Lhal.
Los ojos de la joven aparecieron en el reflejo de las llamas y la luz parpadeante parecía bailar con el único fin de celebrar su belleza. Llevaba un manto oscuro, abierto de cintura para arriba, y Adon miró la plenitud de sus pechos que se agitaban dentro de su cota de malla.
Adon abrió los brazos y avanzó hacia su amor, una mujer guerrera que contaba con el valor y la sabiduría para controlar un reino.
La vida se portaba con él mejor de lo que pensaba.
—No te muevas, a menos que tengas ganas de salir de aquí reducido a otra cosa que no sea un cerdo atravesado.
Adon se paró.
—Milady, yo...
—Hazme el favor de limitar tus contestaciones a «sí, milady» o «no, milady» —dijo Myrmeen en tono airado.
La soberana de Arabel se adelantó y el clérigo notó la fría punta de una hoja contra su estómago.
—Sí, milady —dijo Adon, luego guardó silencio.
Myrmeen retrocedió y estudió su rostro.
—Eres guapo —dijo ella, aunque en realidad estaba siendo muy amable, pues la boca del clérigo era un poco grande, su nariz estaba lejos de ser perfecta y su mandíbula era demasiado angulosa para ser considerada particularmente agradable. Sin embargo, en sus inocentes ojos había algo infantil y travieso, quizás el reflejo de un alma que ansiaba aventura, siempre al servicio de su diosa y de las hermosas damas de Arabel, si es que había que dar crédito a los rumores que sobre él circulaban.
Adon dejó escapar una sonrisa que no tardó en desvanecerse cuando la punta del cuchillo encontró un nuevo y más bajo lugar donde posarse.
—Un hermoso rostro, acompañado de un cuerpo sano y utilizable...
«¿Utilizable?», empezó a preguntarse Adon.
—¡Y un ego del tamaño de mi reino!
Cuando Myrmeen le gritó, con la antorcha peligrosamente cerca de su rostro, Adon retrocedió. El clérigo notó la frente bañada de sudor.
—¿No es así?
El clérigo tragó saliva.
—Sí, milady.
—¿Y no has sido tú quien ha estado jactándose todos estos últimos días de que me llevarías a la cama antes de que finalizase el mes?
Adon guardó silencio.
—No importa. Sé que es así. Y ahora, escúchame, estúpido. ¡Cuándo y cómo decido tomar un amante es asunto mío y sólo mío! ¡Así ha sido y así será!
Adon se preguntó si no le estaría chamuscando las cejas.
—Me habló de ti lady Tessaril, Bruma de la Estrella Vespertina, antes de que yo permitiese que te establecieses en Arabel. Llegué incluso a considerar que tu talento a la hora de obtener información valiéndote de intrigas podía ser valioso, y en esto has demostrado ser de utilidad.
El clérigo pensó en los lechosos hombros de Tessaril, en el suave y perfumado cuello, y se preparó a morir.
—Pero desde el momento en que has volcado tus asquerosas fantasías en Myrmeen de Arabel sólo puede haber un castigo adecuado.
Adon cerró los ojos y esperó lo peor.
—El exilio —dijo ella—. Mañana a mediodía tienes que estar fuera de mi ciudad. No me obligues a enviarte a mis guardias. Su tierna clemencia no te dejará con juicio suficiente para dar las gracias.
Adon abrió los ojos con el tiempo justo de ver la espalda de Myrmeen cuando salía de la celda, demostrando con ello un desprecio olímpico y una altanería como Adon no había visto jamás. Admiró con qué gracia hizo una seña a dos guardias, que se colocaron junto a ella mientras los otros dos avanzaban hacia Adon. Admiró su enorme valor, su buen juicio, su gran misericordia por haberle dado la opción de abandonar la ciudad amurallada en lugar de limitarse a ordenar a los guardias que le cortasen el cuello.
Sin embargo, cuando los dos guardias se acercaron a él y le obligaron a introducirse más adentro de la celda en lugar de permitirle abandonarla, quedó anonadado, pero sólo un instante. Sabía que planearan lo que planeasen, él no se atrevería a luchar. Aunque derribase a los dos guardias en aquella mazmorra, había pocas probabilidades de llegar hasta las puertas de la ciudad, y menos de traspasarlas. Aun cuando lo consiguiese, sería un fugitivo, no un exiliado, y sus acciones sólo serían fuente de desgracias y castigos para la iglesia.
—¡Por favor, no me desfiguréis el rostro! —gritó, y los guardias empezaron a reír.
—Por aquí —dijo uno de ellos mientras cogían el brazo de Adon y lo arrastraban fuera de la celda.
Cyric regresó a su habitación desde la hostería El Lobo de la Noche con el alma apesadumbrada. A pesar de que había tomado la decisión de que sus días de ladrón quedaban muy lejos, seguía pensando como un ladrón, moviéndose como un ladrón, y comportándose como un ladrón. Sólo en el fragor de la batalla, cuando necesitaba de toda su concentración para asegurar su supervivencia, era capaz de resistir a la influencia de su antigua vida.
Incluso entonces, a medida que la noche se iba cerrando, Cyric subió las escaleras débilmente iluminadas para dirigirse a su habitación. Sólo un agudo observador habría sido capaz de detectar alguno de los ruidos producidos por la sombra de un hombre, delgado y de pelo corto, que se dirigía ágilmente hacia el rellano del segundo piso.
Los recientes acontecimientos habían sido horribles. Acudió a Arabel para empezar de cero y, sin embargo, fue necesario recurrir a su talento como ladrón para desenmascarar las pruebas contra el Caballero Siniestro. Ahora sus días transcurrían llevando a cabo las sencillas tareas de un guardia, siendo el tedio una fútil recompensa, muy deprimente, para sus esfuerzos. La recompensa que Evo Stralana prometiera en un principio se vio reducida a la mitad a causa de la huida del Caballero Siniestro.
Stralana acudió a Cyric y a Kelemvor porque eran forasteros, recién llegados a la ciudad y probablemente desconocidos para los traidores. Aun cuando Cyric no tenía intención alguna de entrar a formar parte de los guardias de Arabel, Stralana impuso esa condición, e insistió en la autenticidad de un contrato firmado para probar que Cyric era un guardia y disipar así las sospechas de su presa, que se creía infiltrado en la guardia. Sin embargo, el contrato que Cyric había firmado como parte de este subterfugio resultó ser vinculante. Al estallar el conflicto, Stralana obligó a Cyric a respetar los términos del contrato. Arabel necesitaba todos los guardias que se pudiesen reunir.
Ya no se podía contar con muchas de las defensas de la ciudad, antes fortalecidas por la magia, ya que la ciudad había llegado incluso a reclutar civiles para el servicio temporal. Para salir de apuros, Cyric creía en una buena hacha o en un cuchillo, en la fuerza de su brazo, en la fuerza de su ingenio y en su habilidad. Eran ya muy pocos los que en el curso de las últimas semanas seguían creyendo únicamente en el poder de la magia.
También para Cyric era inquietante la presencia de los «dioses» en los Reinos. Como desafío a Kelemvor, su compañero de infortunios en el fiasco del Caballero Siniestro, Cyric visitó el derruido templo de Tymora y pagó el precio de la entrada para disfrutar de la presencia de la deidad recientemente instalada en Arabel. Aunque Cyric se había prometido considerar aquel acontecimiento con una visión optimista, la «diosa» leyó inmediatamente su pensamiento.
—Tú no crees en mí —dijo Tymora con un tono de voz desprovisto de sentimiento.
—Yo creo en lo que mis sentidos ponen en evidencia —replicó Cyric con franqueza—. Si tú eres una diosa, ¿para qué necesitas mi oro?
La diosa lo observó con frialdad, luego apartó la mirada y levantó una de sus cuidadas manos para indicar que la audiencia había terminado. Cyric, en su camino hacia el exterior, robó del bolsillo de tres clérigos y aquella tarde entregó el dinero a una misión dedicada a socorrer a los pobres.
Lo que más perturbaba a Cyric era que había cientos de indicios que probaban que no todo iba como era debido en los Reinos. El propio Cyric había sido testigo de una buena parte de los extraños sucesos acaecidos desde la noche del Advenimiento.
Una noche lo llamaron a un mesón llamado La Amable Sonrisa, donde tuvo que proteger a un clérigo de Lathander que regresaba a Tantras. El clérigo trató inocentemente de invocar un hechizo para purificar un trozo de carne pútrida que le habían servido y, no sólo el hechizo no surtió efecto, sino que estalló una histeria colectiva entre los demás comensales porque temían que el clérigo hubiese envenenado toda la comida del mesón con su «magia no bendita».
Una tarde, en un mercado al aire libre, dos magos se enfrascaron en una discusión que desembocó en una batalla campal donde se recurrió a la magia. Por la expresión de sorpresa que apareció en los rostros de ambos magos, sus hechizos no actuaron según sus expectativas; uno de los magos fue sacado de allí por un sirviente invisible y el otro miró indefenso cómo una capa de telarañas caía del cielo y cubría todo el mercado. Los fuertes y pegajosos filamentos se agarraron a todos y a todo lo que había a la vista. El género que había en el mercado quedó inutilizado y, como las telarañas eran muy inflamables, Cyric y sus compañeros los guardias estuvieron dos días sacando a tajo limpio las fuertes telarañas en un esfuerzo por liberar a los inocentes que habían sido atrapados en ellas.
Cyric interrumpió sus meditaciones cuando dobló una esquina. Una pareja joven se sobresaltó cuando él la sorprendió. Se pusieron a abrir la puerta de su habitación con la llave y Cyric pasó por delante de ellos, reconociendo al joven como al hijo de un guardia que no paraba de hablar de los problemas que le causaba su hijo. La muchacha debía de ser la «ramera» que el padre del joven le había prohibido volver a ver.
A Cyric no le pasaron inadvertidas las oleadas de miedo que surgieron del joven, pero fingió no haberlo reconocido, y envidió los sentimientos de la pareja. Hacía mucho tiempo que nada en la vida despertaba sus emociones, ni para bien, ni para mal.
«Vuelve en ti —pensó Cyric—, ésta es la vida que has escogido.»
«O la vida que el destino ha escogido para ti», se apresuró a añadir.
Entró en su habitación impulsando todo su peso contra la puerta y haciendo que ésta se abriese de par en par y golpease contra la pared. Alguien desde la habitación contigua aporreó la pared protestando por el estrépito.
Mientras Cyric se apresuraba a entrar, pensó que no había nadie detrás de la puerta, en caso contrario habría recibido el impacto. Cerró la puerta de una patada al mismo tiempo que se lanzaba rodando sobre la cama, preparado para sacar su espada corta, listo para mantener a raya a cualquier intruso que pudiera haberse colgado del techo, dispuesto a defenderse de él.
Pero no había nadie.
Saltó de la cama, dio una patada a la puerta del armario y aguzó el oído atento a cualquier eventual grito de sorpresa que pudiera producirse cuando un atacante oculto se diese cuenta, súbitamente, de que Cyric había empujado la puerta quedando abierta hacia adentro.
Seguía sin haber nadie.
Cyric contempló la tarea de recomponer la puerta del armario y decidió dejarlo para después de cenar. Comprobó las armas que había escondido en lo más recóndito del armario; el hacha de mano, las dagas, el arco, las flechas y la capa para los viajes: nada se había tocado. Verificó el pelo que había pegado al marco de la ventana y vio que no estaba roto. Por fin se relajó un poco.
A continuación Cyric se fijó en la sombra de aproximadamente el tamaño de un hombre que había aparecido de pronto en la parte exterior de la ventana. La ventana explotó y Cyric se echó hacia atrás, en un intento de esquivar la ráfaga de trozos de afiladísimos cristales que llovieron en la habitación.
Cyric oyó a su agresor saltar dentro del cuarto antes de que cayese el último de los cristales rotos. Imaginó a su adversario unos momentos antes, esperando en la habitación de encima, atento a los ruidos producidos por la llegada del ex ladrón. Cyric se maldijo por haber seguido una rutina; era evidente que el asaltante debía de haber estado días observándolo.
Cuando Cyric se puso de pie, una ligera corriente de aire a su derecha le avisó del peligro. Se movió hacia la izquierda escapando por los pelos al cuchillo dirigido a su espalda. Sin volverse, Cyric hundió el codo en el rostro de su enemigo, luego pasó al otro lado de la habitación saltando por encima de la cama. Antes de hacerlo para quedarse de frente a la ventana rota, la espada corta ya estaba en su mano.
No había nadie en la habitación. Cyric advirtió a través del destrozado marco de la ventana la cuerda que había utilizado su agresor. Se balanceaba de un lado a otro como un péndulo, entraba en el cuarto y volvía a salir. Sin embargo, el hombre que la había usado no estaba en ninguna parte.
Una ráfaga de aire volvió a ponerlo sobre aviso y se movió rápidamente. En la pared que había junto a él vio materializarse una daga.
Invisibilidad, observó con calma. Sin embargo algo no encajaba. La invisibilidad sólo protegía a quien hacía uso de ella hasta el momento del ataque. En ese caso, su adversario se había vuelto invisible mientras atacaba.
Cyric supo que tenía muy pocas posibilidades de salir bien parado de aquella situación. Sin embargo, una sonrisa más amplia que cualquiera que hubiese esbozado en los últimos tiempos se extendió por su rostro.
El ladrón empezó a desplazarse deprisa, cubrió una zona delante de él blandiendo continuamente la espada, sin dar a otra cosa que no fuese el aire y cambiando constantemente de dirección. Con la mano libre, Cyric fue cogiendo objetos diversos de la habitación y lanzándolos en diferentes direcciones, esperando oír el ruido de alguno de ellos al golpear al asesino invisible.
El borde del cubrecama se levantó ligeramente y un hilo de éste se elevó en el aire, sin sujeción aparente pero sin duda enganchado a la ropa del enemigo invisible. Cyric dio la espalda al asaltante y se alejó un poco para, inmediatamente, ponerse en cuclillas.
La estocada del agresor dio demasiado arriba y Cyric, después de apresurarse a levantar una mano, notó que sus dedos sujetaban un brazo humano. Se puso de pie y lanzó al hombre por encima de su hombro sin dificultad, mientras oía el ruido que producía un cuchillo al caer al suelo, para luego materializarse.
Cyric puso su rodilla sobre la garganta del agresor y deslizó la espada junto a ella.
—¡Déjate ver! —ordenó Cyric.
—Tendrás que esperar —dijo una voz apagada.
—¿El qué?
—Tendrás que esperar a que el hechizo se desvanezca. Tarda un poco una vez he dejado de atacar. Ya sabes que, últimamente, cualquier cosa relacionada con la magia funciona de forma bastante extraña, si es que llega a funcionar.
Cyric frunció el entrecejo. A pesar de que el tono de voz estaba amortiguado, le resultaba familiar.
El hechizo se desvaneció un momento después y pudo ver al hombre. Llevaba el rostro envuelto en una especie de tela que parecía haber sido reforzada con malla de acero y la mayor parte del cuerpo había sido amortajada de modo similar. El otro detalle digno de mención era la piedra preciosa de color azul que había en su dedo. Cyric retiró la tela del rostro del hombre con la mano libre.
—¡Marek! —exclamó Cyric casi en un susurro—. Después de todos estos años...
Cyric miró los ojos del anciano y Marek se echó a reír; un rugido franco y bonachón le brotó de la garganta.
—Sigues siendo aquel estudiante de mal genio, Cyric, incluso con tu mentor.
Apretó con más fuerza la espada y Marek miró al techo.
—¡Jovenzuelo estúpido! —dijo con voz ronca—; si mi intención hubiese sido la de quitarte la vida, hace días que habrías dado tu último suspiro. Sólo quería demostrarme a mí mismo que todavía eras dueño del saber que yo te enseñé, que eras todavía digno de mi atención. —Marek hizo una mueca—. Una locura de anciano, si quieres. Mi necedad podía haber hecho que me matases.
—¿Por qué debería creerte, a ti que eres el maestro de las mentiras?
Marek dejó escapar un bufido.
—Cree lo que quieras. La Cofradía quiere que vuelvas a donde perteneces, con los de tu propia especie.
Cyric trató de ocultar su reacción, pero no pudo reprimir la sonrisa que cruzó sus labios y lo delató.
—Tú también has pensado en ello —dijo Marek, contento—. Te he estado observando, buen Cyric. La vida que llevas no es digna ni de un perro.
—Es una vida —replicó Cyric.
—No para alguien con tus cualidades. Te enseñaron la forma, y tú la elevaste a cotas inimaginables.
La sonrisa de Cyric se hizo más amplia.
—Cuando empiezan las mentiras es como un maldito estallido, ¿no es así? Yo era un buen ladrón. Pocos advirtieron mi ausencia. Esto es solamente motivo de orgullo para ti. De hecho, apuesto a que la Cofradía de los Ladrones no sabe de tu visita.
Marek hizo una mueca.
—¿Hasta cuándo va a durar esta comedia?
—Depende —contestó Cyric, y apretó con fuerza la hoja contra la garganta de su antiguo mentor.
Marek lanzó una mirada al cuchillo.
—Entonces ¿vas a matarme?
—¿Qué? —dijo Cyric sonriendo—. ¿Y malgastar así el cortante filo de mi espada con alguien como tú? No, creo que Arabel sabrá servirse de tu talento. Es posible que hasta obtenga una comisión decente en el juicio.
—¡Te desenmascararé!
—Para entonces ya me habré marchado —repuso Cyric— Además, nadie te creerá y, si así fuese, tampoco se molestarán en ir a buscarme. No es frecuente que nosotros, los de nuestra ralea, seamos muy solicitados una vez nuestros secretos han dejado de serlo.
—Vendrán otros —replicó Marek—. Véndeme como esclavo y vendrán otros.
—¿Preferirías que te matase?
—Sí.
—Razón de más para no hacerlo —dijo Cyric; a continuación se levantó y se apartó de Marek, dando así por finalizado el juego.
—¡Te enseñé demasiado bien! —comentó Marek, que luego se levantó para ponerse frente a su antiguo alumno—. La Cofradía de los Ladrones volvería a contratarte, Cyric. Aunque ni siquiera hayas intentado quitarme el anillo. —Marek guiñó un ojo—. Se lo robé a un brujo, junto con un montón de cosas que tenía escondidas y que no tengo intención alguna de comprender.
Llamaron a la puerta.
—¿Sí? —gritó Cyric sin apartar los ojos de Marek más que un instante.
Cyric oyó un crujido de cristales. Cuando volvió la vista, Marek no estaba ya delante. Cyric corrió hasta la ventana y lo vio abajo en la calle. Parecía que el anciano estuviese desafiándole a que lo siguiera.
La llamada a la puerta se repitió.
—Kelemvor y Adon quieren que te reúnas con ellos en El Orgullo de Arabel cuando te vaya bien.
—¿Cómo te llamas?
—Tensyl Durmond, de los Mercenarios de Iardon.
—Espera un momento, buen Tensyl, y te daré una moneda de oro.
—¡Ven con nosotros! —gritó Marek desde la calle—. En caso contrario, antes de quince días te habrás quedado sin la insignificante vida que llevas entre los trabajadores. Soy capaz de desenmascararte para conseguir lo que quiero, Cyric. Recuérdalo.
—Lo recordaré —repuso Cyric suavemente; luego se volvió y se dirigió a la puerta—. Siempre me acuerdo.
Cyric abrió la puerta al muchacho e ignoró la expresión abobada de su rostro cuando vio la ventana rota y las evidentes señales de una reciente lucha en la habitación.


3
El encuentro

Medianoche no tardó en despejarse después de abandonar la granja y consiguió que una pequeña caravana, bastante corriente en la carretera que conducía a la ciudad incluso en tiempos difíciles, la llevase a Arabel. Sin embargo, ningún viajero de cuantos encontró pudo explicarle nada acerca de los sucesos de las últimas dos semanas, si bien todos contaban historias sobre la enloquecida magia y el desorden de la naturaleza. Cuando la caravana llegó a la ciudad, Medianoche se fue en busca de sus propias respuestas.
Pasó el día deambulando por las calles de Arabel, tratando de verificar las historias de Brehnan con respecto a los dioses y al extraño estado de la magia en los Reinos. Medianoche sabía que podía pasarse todo el tiempo que quisiera buscando respuestas, pues tenía todavía llena la bolsa que tan fácilmente había ganado en la Compañía del Lince. Si era prudente, el oro le duraría como mínimo tres meses.
Al principio de sus pesquisas, Medianoche encontró la Casa de las Damas, el templo de Tymora, y pagó la entrada para ver la cara de la diosa. La mirada de Medianoche se cruzó con la de Tymora y una extraña emoción la embargó al comprobar al instante, de eso no cabía la menor duda, que aquella mujer era la diosa en carne mortal. Entre las dos surgió un sentimiento de afinidad, como si a cierto nivel primario compartiesen un gran secreto que, en honor a la verdad, Medianoche no sabía de qué podía tratarse. Sin embargo, el momento más impresionante del encuentro fue aquel en que la diosa miró a Medianoche antes de que la maga se retirase.
El temor se reflejaba en su mirada.
Medianoche se apresuró a salir del templo y pasar el resto del día explorando la ciudad. No encontró ningún templo de la diosa Mystra y, cuando se atrevió por fin a entrar en una posada del lugar, sus preguntas sobre el paradero de la diosa de la Magia no recibieron más respuestas que ojos en blanco y encogimiento de hombros. Parecía que no todos los dioses habían hecho espectaculares entradas la noche del Advenimiento, como era el caso de Tymora. De hecho, algunos dioses ni siquiera se habían presentado.
Los pasos de Medianoche la llevaron finalmente al mesón El Orgullo de Arabel, a la hora de la cena. Se quedó un momento en la puerta y observó a un cuervo negro que daba vueltas como un buitre en la penumbra. Luego apartó la mirada de aquella criatura y entró. Tras instalarse en una mesa situada cerca de la parte posterior, pidió su cerveza preferida y abundante comida.
Al cabo de un rato, llamó su atención un grupo de aventureros. Estaban sentados en el extremo opuesto de la posada y su conversación era una de las muchas que se oían en la sala cada vez más llena, pero Medianoche no pudo evitar que su mirada se posase una y otra vez en el fornido guerrero y sus compañeros. Se levantó finalmente de su mesa y se dirigió al otro extremo del mostrador, donde podía escuchar sus palabras con bastante claridad.
—Los muros viven y respiran —dijo Caitlan, Melodía de la Luna—. ¿Dicen que ningún muro tiene oídos de verdad? ¡Pues éstos sí!
—¿Y esto debe animarnos? —preguntó Adon.
Kelemvor se reclinó contra el respaldo de la silla, se tomó su cerveza de un trago y dejó escapar un eructo. Adon lo fulminó con la mirada. El Orgullo de Arabel era un mesón caro donde había que mantener cierto decoro. Los nobles que acudían a la ciudad, cuando escaseaban las habitaciones en el palacio, se alojaban en esta hostería, y de los comerciantes y hombres de negocios sólo los de muy alta categoría podían permitirse el lujo de pagar los precios de El Orgullo.
Por haber acabado con la conspiración del Caballero Siniestro, Kelemvor, Cyric y Adon contaban con el favor permanente de visitar gratis el mesón cuantas veces lo desearan. Si bien se habían permitido ese lujo por separado, aquélla era la primera vez que acudían juntos al mesón.
Mientras los aventureros escuchaban la historia de Caitlan, Adon advirtió que una bonita camarera miraba en su dirección y le sonreía. La cara de la joven le resultaba familiar, pero el clérigo no fue capaz de reconocerla.
—Es imposible que una fortaleza tenga vida —observó Cyric.
—¡Ésta sí! Los muros pueden envolverte. Los pasillos pueden cambiar de forma sin que lo adviertas y convertirse en un laberinto donde uno acaba muriendo de hambre. El polvo en sí es suficiente para matarte; tiene la facultad de solidificarse y convertirse en dagas que atraviesan el corazón de un valiente guerrero que jamás haya conocido la fatiga ni el agotamiento.
«¡Ah! ¿Cómo escapaste tú, entonces, pequeña?», se preguntó Cyric, con una sonrisa jugando en sus rasgos semiocultos por las sombras. Estaba sentado de espaldas a la pared, otra lección bien aprendida en sus días de ladrón; y una lección aplicada ahora bastante razonablemente, teniendo en cuenta la batalla que había librado con Marek hacía menos de una hora.
Cyric estaba seguro de que Caitlan no les estaba contando todo y, por esta única razón, el ladrón guardaba silencio y se cubría la amplia sonrisa con una mano enguantada.
—Vuelve a explicarme por qué debemos arriesgar la vida y el pellejo sólo para ayudarte a ti y a esta simple niña que promete grandes riquezas y sin embargo va vestida de harapos —dijo Adon a Kelemvor.
Cyric observó que el clérigo estaba muy nervioso; tan nervioso, que cada vez que se abría la puerta de la hostería y entraba un nuevo cliente se sobresaltaba. Adon, el clérigo, se comportaba de forma extraña desde que llegó, en respuesta a la llamada de Kelemvor; en aquellos momentos su estado de ánimo le incapacitaba para la compañía humana. El efecto era desconcertante.
—¿A quién estás esperando? —preguntó Cyric al impaciente clérigo, que se limitó a hacer una mueca.
—¡Claro que hay un riesgo! —dijo Kelemvor finalmente—. Pero ¿qué otra cosa es la vida, sino una serie de riesgos? No sé si vosotros dos pensáis como yo, pero no soporto la idea de pasar otro día encerrado dentro de estos muros desesperantes.
—¡Y mi señora está atrapada dentro de ellos, prisionera de por vida a menos que vosotros la rescatéis! —Caitlan se puso pálida a medida que hablaba y en su frente aparecieron unas gotas de sudor.
Adon desvió la mirada y vio que la camarera que le había sonreído se acercaba. Era chiquita, con un brillante pelo rojo que le recordaba a la propia Sune. Llevaba una bandeja cargada de bebidas y se detuvo junto a la mesa contigua.
Recordó de repente la conversación que habían mantenido dos noches antes, cuando la conoció en la hostería Luna Alta. A Adon le gustaba el ambiente de aquella hostería; el salario de la joven era demasiado bajo para pensar siquiera en permitirse los lujos de El Orgullo de Arabel.
—Adon —dijo ella, recorriéndole de arriba abajo con la mirada.
—¡Querida! —Adon no recordaba su nombre.
Un momento después Adon estaba en el suelo, el impacto de la bandeja resonando todavía en sus oídos.
—¡Bonito consejo me diste, patán! ¡Exige igualdad de retribución! ¡Que te traten justamente, como a una persona, no como a una puta sirvienta a quien acarician y se comen con los ojos los borrachos acaudalados de ropa elegante que pasan por esa puerta!
Adon trató de que se excitara algún sentido en su confundido cerebro, pero no lo consiguió. Sí, las palabras parecían ciertamente las suyas...
—¿La conversación no dio sus frutos? —dijo el clérigo en voz baja.
La camarera temblaba de rabia.
—He perdido mi puesto, que me llevaba directamente a ser la siguiente dama refinada de la hostelería, la esposa del propietario. ¡Una vida de lujo echada por la borda por tu culpa!
Le arrojó la bandeja y, en esta ocasión, Adon tuvo cuidado de evitarla. La camarera se alejó como un huracán y Adon miró a sus compañeros.
—¿Cuándo nos marchamos? —preguntó Adon; luego aceptó la mano que Cyric le ofrecía para ayudarle a ponerse de pie.
—¡Bienvenido! —dijo Cyric, sin ocultar ya la sonrisa.
—Debemos tener en cuenta algo más que nuestra prisa por marcharnos o nuestro deseo de aventura —observó Kelemvor—. Aunque no se pueda confiar en la magia, deberíamos llevar un mago en este viaje.
Cyric frunció el entrecejo.
—Sí, supongo que tienes razón. Pero ¿quién?
—¿Qué me decís de lord Aldophus? —preguntó Adon al cabo de un momento—. Es un sabio de gran reputación y mantiene una sólida amistad con el rey Azoun.
—Un cúmulo de curiosas circunstancias..., si todas arden desencadenan un infierno —dijo Cyric en voz baja, repitiendo la frase acuñada por Aldophus, una frase cuyo significado había adquirido nuevo sentido y, en cierta forma, más misterioso del que el sabio había pretendido cuando la pronunció por primera vez.
—Aldophus es un diletante en las ciencias físicas. —Todos los rostros se volvieron hacia la mujer de pelo oscuro que estaba delante de los aventureros—. Dudo mucho que la práctica de adivinar las cualidades del lodo y de los metales bajos de ley os resulte de mucha utilidad donde tenéis intención de meteros.
—¿Debo suponer que tú podrías hacerlo mejor? —dijo Kelemvor con desprecio.
La mujer levantó las cejas y Kelemvor estudió su rostro. Eran sus ojos de un negro profundo e insondable con unos puntos color escarlata que bailaban dentro de ellos. Tenía la piel bronceada e imaginó que procedía del sur. Sus labios eran gruesos y rojos como la sangre; una fría sonrisa cruzaba su misterioso rostro, enmarcado por un pelo largo y negro recogido en un par de trenzas.
Era alta para ser mujer, ligeramente más alta que Kelemvor. Se cubría con una capa que sólo permitía distinguir un hermoso medallón azul en forma de estrella. La tela era de un color violeta intenso y llevaba dos grandes libros, atados con una correa de cuero, colgados en bandolera.
Kelemvor pensó que aquello era un asunto de hombres y que ella estaba metiéndose donde no la llamaban. Empezó a decírselo a gritos cuando su vaso se partió y de él surgió un dragón hecho de fuego blanco azulado de la envergadura de un hombre. Acompañó su salto de un rugido que atrajo la atención de todos los huéspedes del mesón. El dragón abrió las fauces y dejó los colmillos al descubierto, unos colmillos que parecían estar afilados como dagas. Luego se alzó sobre sus patas traseras y se abalanzó hacia adelante con la única intención de arrancarle a Kelemvor la cabeza y poner fin así a la dinastía de los Lyonsbane.
La rapidez y la furia del monstruo impidieron que Kelemvor sacase su espada a tiempo y el dragón habría matado al guerrero en un instante; pero, de pronto, la criatura se detuvo, dejó escapar de su garganta un ruido impresionante y desapareció.
Kelemvor se quedó sentado sobre la silla hecha trizas en el suelo, con las piernas estiradas, el corazón latiéndole aceleradamente, y lanzó miradas fulminantes a un lado y a otro; la mujer sonrió y dejó escapar un bostezo. Kelemvor la miró con severidad.
—¿Hacerlo mejor? —dijo ella, repitiendo el comentario sarcástico del guerrero—. Debo suponer que podría hacerlo. —A continuación cogió una silla—. Soy Medianoche, del valle profundo.
Las espadas volvieron a sus fundas, las hachas a sus lugares, se retiraron los resortes de las ballestas y la calma general volvió a la posada.
—Una simple ilusión. Necesitamos un mago, no un ilusionista. —Pero la risa gutural de Kelemvor quedó interrumpida de golpe al ver la mesa donde había aparecido el dragón de fuego: se había quemado el sólido roble.
Kelemvor pensó que aquel control de la magia era sorprendente, sobre todo procediendo de una mujer. Quizás había sido un accidente.
Echó mano de la espada para apoyarse y ponerse de pie. Antes de que se le ocurriese volver a meter la espada en su funda, se dejó oír una voz demasiado familiar:
—¡No! ¡Mis ojos me están engañando! ¡No puede ser que Kelemvor el Fuerte haya venido a honrar este pobre mesón con su maravillosa presencia!
Kelemvor se levantó con la espada por delante, y miró la cara risueña del mercenario Thurbrand. Kelemvor se dio cuenta de que no estaba solo. Se habían juntado dos mesas cuadradas para acomodar al grupo de Thurbrand, compuesto por siete hombres y tres mujeres, ninguno de los cuales, a menos de tener muchísima imaginación, sería jamás confundido con un cliente habitual de la hostería El Orgullo de Arabel. Los hombres, a pesar de su aparente juventud, tenían aspecto de combatientes veteranos. Uno de ellos, un albino, alargó la mano para coger su daga, pero Thurbrand le indicó con un gesto que se tranquilizase. Junto a Thurbrand había una mujer de pelo rubio y corto que se mostraba fascinada ante cada palabra y cada gesto del mercenario. En la otra punta de la mesa, una joven de pelo castaño, también corto, permanecía silenciosa mirando con suspicacia a Kelemvor.
Kelemvor observó los demasiado conocidos ojos color esmeralda de Thurbrand, y le parecieron tan engañosos y cautivadores como siempre. Hizo una mueca.
—¡Y yo que pensaba que los perros estaban a buen recaudo en la perrera! —espetó Kelemvor—. Espero que el vigilante sea castigado.
Mientras miraba a sus compañeros, Thurbrand movió la cabeza y sonrió. Aquella mirada les puso claramente de manifiesto que no debían interferir, pasara lo que pasase.
—¡Kelemvor! —exclamó, como si el mero hecho de pronunciar aquel nombre fuese por sí mismo una adversidad—. ¡Espero que los dioses no sean tan crueles!
Kelemvor dirigió la vista hacia los curiosos de las otras mesas y éstos, uno a uno, fueron apartando su inoportuna mirada.
—Te estás haciendo viejo —dijo Kelemvor en un tono de voz mucho más bajo.
Thurbrand, que acababa de cumplir los treinta años, era apenas algo mayor que el propio Kelemvor, y, sin embargo, la edad había empezado a causar verdaderos estragos en el guerrero. Thurbrand había ido perdiendo el pelo, hermosamente rubio, y lo llevaba más largo de lo normal en un intento de cubrir las zonas calvas. Era evidente que Thurbrand era consciente de ello pues no dejaba de tocarse y acariciarse el pelo con los dedos a fin de mantenerlo sobre los trozos claros.
Desde la última vez que Kelemvor lo viera, le habían salido arrugas en la frente y alrededor de los ojos; su actitud, incluso sentado, daba la imagen de un hombre de negocios rechoncho sin aquel aire elegante y espigado del guerrero con el que Kelemvor había compartido unas cuantas aventuras intrépidas años atrás, antes de que un altercado, cuya raíz habían olvidado ambos hombres hacía tiempo, hiciera que cada uno se fuera por su camino. Sin embargo, el rostro de Thurbrand estaba rojo por haber tomado demasiado sol y sus brazos estaban tan fuertes y musculosos como los de Kelemvor.
—¿Viejo? ¿Thurbrand de las Tierras de Piedra, viejo? ¿Por qué no te miras de vez en cuando en el espejo?, tú sí que estás hecho una ruina. ¿Y nadie te ha dicho que los hombres civilizados no sacan las armas a menos que tengan un uso que darles?
—Compadezco a quien nos confunda a ti o a mí con hombres civilizados —dijo Kelemvor, luego guardó la espada.
—Kel —dijo Thurbrand—, vas a echar abajo mi frágil fachada. Soy cliente habitual de este establecimiento. Un respetado representante de armas con experiencia y talento para empuñarlas. A propósito, tal vez tenga un trabajillo que tú...
—¡Basta! —lo interrumpió Kelemvor.
Thurbrand movió la cabeza en una actitud de fingida desesperación.
—¡Ay! ¡Está bien! Por lo menos sabes dónde puedes encontrarme.
—Eso no lo sabría a menos que tuviese ojos en la nuca —replicó Kelemvor para luego volverle la espalda.
Kelemvor encontró otra silla esperándole y vio a un camarero meterse precipitadamente en la cocina con los pedazos de la silla rota bajo el brazo. Medianoche estaba sentada con toda confianza entre Cyric y Adon. Caitlan guardaba silencio, fascinada por el medallón de la maga que ahora descansaba sobre su capa. Daba la impresión de que la muchacha estaba a punto de desmayarse. Estaba pálida y le temblaban las manos.
—Estábamos hablando del camino más adecuado a seguir y de la parte del botín para alguien con mi talento —dijo Medianoche sin turbación alguna, y a Kelemvor se le erizaron todos los pelos del cuerpo—. Yo sugiero que...
—Levántate —se limitó a decir Kelemvor.
—Me necesitáis —dijo Medianoche con incredulidad mientras obedecía a regañadientes.
—Sí —replicó Kelemvor—. Tanto como necesito que me corten la garganta mientras duermo. ¡Fuera de aquí!
Caitlan se levantó de repente, moviendo la boca como si estuviese a punto de gritar. Se llevó las manos a la garganta y se desplomó sobre la mesa.
Kelemvor miró a la muchacha con el pánico reflejado en los ojos.
—Mi recompensa —murmuró. Cuando levantó la vista se dio cuenta de que los otros estaban esperando a que él les dijese lo que había que hacer—. ¡Adon! No te quedes ahí parado. Eres clérigo. Mira lo que le pasa a la niña y cúrala.
Adon sacudió la cabeza y dejó las manos abiertas colgando de sus costados.
—No puedo. Estando los dioses en los Reinos, nuestros hechizos no surten efecto a menos que estemos cerca de ellos. Debes de saberlo.
Kelemvor soltó un juramento al ver que Caitlan estaba temblando a pesar del calor que hacía en la sala.
—Ve a buscar una manta o algo para darle calor.
Medianoche se adelantó.
—Mi capa —dijo a la vez que empezaba a desabrochar el cierre del cuello.
—Tú no tienes nada que ver con esto —dijo Kelemvor mirándola severamente.
Apareció una camarera con un mantel.
—Os he oído —dijo, y se puso a ayudar a Kelemvor a envolver a la muchacha en el mantel; se retiró cuando el guerrero cogió a la inconsciente chica en sus brazos.
Kelemvor miró los rostros de sus compañeros.
—¿Os vais con la maga o venís conmigo? —se limitó a decir.
Adon y Cyric se miraron entre sí, luego a Kelemvor. Ni siquiera se dignaron mirar a Medianoche.
—Como queráis —dijo fríamente la maga.
Kelemvor y sus compañeros pasaron uno detrás del otro por delante de ella, que los estuvo observando mientras Adon mantenía la puerta abierta para los otros y salía a su vez.
Medianoche se volvió y casi chocó con una camarera cuya frágil figura coronaba una turbada sonrisa. La muchacha jugaba nerviosamente con su delantal.
—¡Guarda silencio! —le espetó Medianoche.
—Su cuenta, señora.
Medianoche se fijó en su primera mesa, donde la comida que había pedido se había enfriado hacía rato. Poco importaba. Ya no tenía hambre. Medianoche siguió a la muchacha hasta el mostrador y pagó al propietario.
—¿Hay alguna habitación libre? —preguntó Medianoche.
El propietario del mesón le devolvió el cambio.
—No, señora. Está todo completo. Quizás en La Lanza Escarlata. Está cerca de aquí...
Medianoche escuchó las indicaciones del hombre y le dio una moneda de oro por las molestias. Antes de que el hombre pudiese siquiera expresar su sorpresa ante una propina tan extravagante, Medianoche empezó a encaminarse hacia la puerta.
Mientras Medianoche cruzaba las puertas del mesón y recibía con gusto la cortante ráfaga del tenue aire nocturno, una figura oscura se levantó de una mesa, intencionadamente desatendida. Al parecer era poco lo que un puñado de oro no pudiese comprar en Arabel; por ejemplo, el derecho a permanecer sentado sin ser molestado en un rincón débilmente iluminado de un mesón donde apenas cabía un alfiler. Las negras cuencas de los ojos del desconocido brillaban con las imágenes de los aventureros. Sonrió de oreja a oreja, luego desapareció entre las sombras y se marchó antes de que nadie se hubiera percatado siquiera de su llegada.
Kelemvor llevaba a Caitlan atravesada en el caballo y cabalgaba en la oscuridad de la noche. Cyric y Adon lo seguían a corta distancia con sus respectivas monturas. No tardaron en llegar a la hostería El Hombre Hambriento y, una vez allí, Cyric ayudó a Kelemvor a bajar a la muchacha hasta los brazos abiertos de Adon. El guerrero saltó de su caballo y corrió a la puerta de la hostería sin preocuparse siquiera por atar al caballo.
—¿Lo seguimos? —quiso saber Adon.
—Dale unos minutos —dijo Cyric.
Al cabo de un momento, Kelemvor salió de la hostería y empezó a ordenar en tono brusco que llevasen a la muchacha a la parte de atrás.
En la puerta posterior los esperaba una anciana con una linterna y les indicó con muchos aspavientos que entrasen. En presencia de la mujer, Kelemvor tenía un aspecto sumiso.
—Zehla, te presento a Cyric, un compañero de la guardia, y Adon de Sune —dijo Kelemvor.
La anciana movió la cabeza.
—Ya habrá tiempo para cortesías. Seguidme.
Momentos después estaban junto a Zehla en una habitación que ella reservaba siempre para emergencias como ésta, y observaban los febriles y atormentados movimientos de Caitlan, Melodía de la Luna. A medida que se iban formando gotas de sudor en la frente de la muchacha, Zehla las iba enjugando con una toalla húmeda.
—Está muy enferma, posiblemente a punto de morir, Kel —dijo Zehla, cuyos apergaminados rasgos y arrugas del rostro evidenciaban su autoridad con respecto al dolor y al sufrimiento.
Kelemvor se dio cuenta de que Caitlan recobraba el conocimiento; estaba tratando de decir algo. Él se inclinó para poder escuchar sus palabras.
—Sálvala —dijo la muchacha con voz débil y quebrada—, salva a mi señora.
—Descansa —se limitó a decir Kelemvor, mientras le apartaba el pelo de los ojos.
De repente Caitlan cogió su maciza mano con tanta fuerza que el guerrero se sobrecogió.
—Ella puede curarte —dijo Caitlan, luego sus músculos se relajaron y se dejó caer en la cama.
—¡Zehla! —gritó Kelemvor, pero la anciana ya estaba allí. Kelemvor miró a los otros hombres. Si habían oído la promesa de la muchacha, no lo dejaron entrever. Su secreto estaba a salvo.
—Vive —declaró Zehla—. Por ahora.
La anciana se volvió hacia Cyric y Adon y les pidió que saliesen de la habitación para poder hablar a solas con Kelemvor. Ambos hombres miraron buscando su aprobación, pero él miraba a la muchacha, absorto en sus propios pensamientos. Salieron sin que se lo volviesen a pedir y Zehla cerró la puerta tras ellos.
—Mi recompensa —dijo Kelemvor, a la vez que señalaba a la muchacha—. Si muere, me engañarán con la recompensa.
Zehla se acercó a él.
—¿Eso es todo lo que te preocupa?
Kelemvor apartó la mirada de la muchacha y volvió la espalda a la anciana.
—Las riquezas pueden ser algo más que oro, buen Kel. Hay personas que ayudan al prójimo sólo por el placer que les proporciona actuar así y por el convencimiento de que han hecho algo que las distingue en el mundo. En comparación, los brazos alquilados son baratos y abundantes. Harías bien en pensar en ello.
—¿Crees que no lo sé? ¡Lo pienso todos los días! Pero no olvides que no soy un niño ni un jovenzuelo ingenuo para que me sermonees. No me queda más remedio que seguir el camino que tengo trazado.
Zehla se acercó más y le tocó el brazo.
—Pero ¿por qué, Kel? ¿No puedes decirme por qué?
Los hombros de Kelemvor se hundieron como si la ira que los había recorrido se hubiese evaporado.
—No puedo.
Zehla movió la cabeza y pasó por delante del guerrero. Apartó una silla y retiró fácilmente con las manos una tabla del suelo, dejando al descubierto una cajita que había escondido en aquel agujero. Zehla sacó la caja y se apoyó en la cama para ponerse de pie.
—Ayúdame —dijo Zehla mientras colocaba la caja junto a Caitlan. Kelemvor vaciló. Los rasgos de Zehla se endurecieron—. Venga, tenemos que proteger tu inversión.
Kelemvor se adelantó para ver como Zehla abría la caja, que contenía una serie de frasquitos multicolores.
—Pociones curativas —dijo Kelemvor.
—Claro. ¿No es por eso por lo que has acudido a mí en lugar de llevarla a uno de los templos?
—Sí —contestó Kelemvor—. No se puede confiar en la magia del clero. Antes le dije a Adon que la curase, sin pensar, como si estuviésemos todavía antes del Advenimiento. No ha podido, por supuesto. Me daba miedo que los adoradores de Tymora le volviesen la espalda por no ser uno de ellos o que nos obligasen a llevarla por la mañana. Para entonces puede haber muerto.
—Que beba esto puede resultar tan mortal como no suministrarle nada —observó Zehla mientras cogía un frasquito—. No hay ninguna magia segura.
Kelemvor suspiró y miró a Caitlan, que no había dejado de temblar.
—Pero ¿acaso tenemos otra alternativa?
Zehla retiró el tapón del frasco y levantó la cabeza de la muchacha. Kelemvor la ayudó y juntos alentaron a la inconsciente muchacha a beber.
—De modo que has acudido a mí por mis pociones curativas.
—Sabía que si tú no las tenías, sabrías dónde conseguirlas —le dijo Kelemvor—. Si era preciso, en el mercado negro. Están muy solicitadas. —El frasco estaba vacío y Kelemvor dejó que la cabeza de Caitlan descansase sobre las blandas almohadas—. Y ahora ¿qué?
—Ahora a esperar —contestó Zehla—. A menos que la hayamos envenenado, no obtendremos ningún resultado hasta mañana.
—Si la poción surte efecto, ¿estará en disposición de viajar con nosotros a caballo? —preguntó ansiosamente Kelemvor.
—Vivirá —le contestó Zehla—. Con respecto a lo otro, ya veremos.
Kelemvor hizo un movimiento para sacar su oro, pero Zehla detuvo su mano.
—A diferencia de ti, Kel, yo no necesito más recompensa que saber que he salvado una vida. —Zehla señaló la caja abierta donde había media docena de frascos—. Guárdala —dijo, y luego salió de la habitación.
Kelemvor estuvo un buen rato sin moverse, mirando a la muchacha y los frascos, profundamente afectado por las palabras de Zehla. Cuando el guerrero salió de la habitación de Caitlan, encontró a Cyric y Adon esperándolo.
Zehla los había informado ya sobre la mejoría de Caitlan y querían hablar sobre los próximos pasos. Sin embargo, Kelemvor no estaba de humor para hablar. Salió del mesón acompañado de sus camaradas y esperó a que montaran a caballo y se alejaran bastante de la hostería para empezar a dar una serie de órdenes que sorprendieron a Cyric y desvanecieron algunas de las dudas que el ex ladrón había albergado con respecto a la capacidad de Kelemvor.
—¿Recuerdas al muchacho que mencionaste antes, Cyric? El que viste en el mesón, aquel cuyo padre es guardia. Hazle una visita y convéncele para que mañana al mediodía distraiga a su padre, que monta guardia en la puerta norte. Si pone objeciones, le amenazas con revelar su relación con la muchacha. Y dile que guarde silencio una vez nos hayamos marchado, pues tú tienes amigos en la ciudad que lo desenmascararían en tu ausencia. Aprovecha las sombras de la noche para hacerlo, luego ve a descansar un poco y a preparar tus cosas. Nos encontraremos al alba en El Hombre Hambriento.
»Adon, quiero que vayas a ver a un hombre llamado Gelzunduth. Te indicaré dónde vive. Cyric y yo necesitamos unas identificaciones falsas que resistan cualquier examen. Ese gordo y viejo halcón es un maestro a la hora de falsificar documentos. También necesitaremos un fuero falso. —Kelemvor arrojó una bolsa de monedas de oro a Adon—. Esto debería cubrir el gasto con creces. Con tu cara inocente, no creo que tengas problemas para convencerle de que ponga manos a la obra. Si se niega, ve a buscarme a mi habitación de El Hombre Hambriento. Si no estoy, me esperas y yo mismo iré allí contigo. Por otra parte, tengo una deuda pendiente con ese hombre.
Adon estaba confuso.
—¿Ninguno de vosotros va a ir a los barracones con los otros guardias?
Kelemvor miró a Cyric.
—Es parte de nuestra recompensa por ahuyentar al traidor —contestó Cyric—. Una independencia que agradecimos mucho.
—¿Documentos falsos? —dijo Adon con el entrecejo fruncido—. Eso no es muy legal.
Kelemvor tiró de las riendas y detuvo bruscamente su caballo. Fulminó a Adon con la mirada.
—No puedes curar. No puedes recurrir a los hechizos. En una pelea eras... Si consideramos todo esto, no creo que comprar documentos falsos sea pedir demasiado.
Adon bajó la cabeza y escuchó las indicaciones que le daba Kelemvor, luego se dirigió a la casa de Gelzunduth.
—¿Tú qué vas a hacer? —preguntó Cyric.
Kelemvor estuvo a punto de echarse a reír.
—Yo voy a tratar de encontrar un mago que no sea una mujer.
Se introdujo en la oscuridad de la noche con su caballo, dejando a Cyric con la tarea que tenía por delante y meditando sobre sus propias preguntas.
Las calles de Arabel estaban desiertas. Medianoche se preguntó distraídamente si no se habría establecido un toque de queda. Se había desviado del camino que le indicó la camarera de El Orgullo de Arabel y no tardó en percatarse de que se había perdido. Medianoche sabía que era preferible así, pues ello le daba tiempo para tranquilizarse antes de encontrarse en compañía de otras personas en la hostería La Lanza Escarlata.
Medianoche tocó el medallón —la responsabilidad de Mystra— mientras pensaba en el dragón de la llama azul que se había materializado en El Orgullo de Arabel. Estaba tratando de lanzar un simple hechizo de levitación para impresionar a Kelemvor, pero, sin saber cómo, se cambió el sortilegio. Y, si bien Medianoche había mantenido una visible calma y se había atribuido el mérito del dragón como si fuese eso lo que había querido crear, estaba muerta de miedo.
La maga volvió a tocar el medallón. Quizá tenía algo que ver con el dragón. Luego pensó que tal vez había sido únicamente la naturaleza inestable de la magia lo que había hecho aparecer al dragón.
Incapaz de llegar a una conclusión sobre la fuente real del hechizo malogrado, Medianoche se concentró en encontrar el camino de La Lanza Escarlata.
Luego, en la calle que tenía delante, Medianoche vio un caballo, y un hombre se dirigió hacia ella. Se trataba de Thurbrand, el mercenario que había desafiado a Kelemvor en el mesón.
—¡Mi hermoso narciso!
—Me llamo Medianoche —dijo ella cuando el hombre se acercó.
No había nadie más en la calle. La forma en que la llamó causó un cierto regocijo en Medianoche, a pesar de la suspicacia propia de su naturaleza que la animaba a desconfiar del hombre sonriente que tenía delante.
—No soy el «hermoso narciso» de nadie.
—No hay justicia en este mundo —dijo Thurbrand, cuyos verdes ojos absorbían la luz de la luna que brillaba sobre ellos.
—¿Qué quieres, Ojos de Dragón?
—Ah, ya veo que la tierna misericordia de Kelemvor te ha dejado marcada —dijo Thurbrand suavemente—. Produce este efecto en muchas personas que desean su amistad. Ha sufrido mucho, lady Medianoche, y proyecta este sufrimiento en todos los que están a su lado.
—Sólo «Medianoche» —dijo la maga, a la vez que sentía un repentino escalofrío y se apretaba la capa sobre los hombros.
Thurbrand sonrió y retocó un mechón de cabello que había dejado al descubierto un trozo de cuero cabelludo.
—Ven, te ofrezco un lugar donde dormir esta noche y una compañía que apreciará a una mujer encantadora y competente como tú.
Thurbrand se volvió y se encaminó a su caballo.
—Tal vez podamos también hablar de negocios.
Medianoche pensó que o sus ojos la engañaban o el caballo hacia el cual se dirigía Thurbrand tenía una crin color rojo como la sangre; un caballo que era la viva imagen de aquel del que la separaron cuando se encaminaba a Arabel. Con el corazón latiéndole aceleradamente, vio a Thurbrand detenerse y mirar por encima de su hombro. Medianoche se adelantó, se puso a su lado y sonrió como si estuviese tomando forma un plan en su mente. Quizá Thurbrand podría ayudar a demostrarle a aquel estúpido y altanero Kelemvor que ella no era una mujer con la que se pudiera jugar; al propio Thurbrand no le habría molestado el curso que habían tomado sus pensamientos.
—Más exactamente, del asunto para el cual el canalla de Kelemvor no ha tenido el buen juicio de contratarte. Hay muchas cosas que quisiera saber.
Medianoche frunció el entrecejo y lanzó a Thurbrand un sortilegio para que olvidase. En la nuca de Thurbrand apareció un suave resplandor azul y blanco y, molesto, ladeó la cabeza y se dio una palmada en el cuello.
—¡Malditos bichos! —exclamó con brusquedad—. Y dime, ¿de qué íbamos hablando?
—No me acuerdo.
—Qué extraño —dijo Thurbrand a la vez que montaba sobre el semental negro, luego miró a Medianoche que tenía la mano extendida; ella saltó, después de colocar la bota en la mano del guerrero, y casi lo arrojó del caballo cuando se instaló cómodamente.
—¿Extraño? —dijo ella.
—Parece que yo tampoco lo recuerdo. —Thurbrand se encogió de hombros—. Supongo que carecía de importancia.
—Sí —dijo Medianoche, para luego espolear suavemente al caballo. Cuando los jinetes empezaron a ponerse en movimiento en mitad de la noche, ella se agarró con fuerza—. Supongo que tienes razón. Tienes un caballo precioso.
—Hace sólo una semana que lo compré. Es algo indócil, pero audaz en la batalla.
Medianoche sonrió y le dio unas palmadas al caballo en el flanco.
—Me atrevería a decir que ha salido a su amo.
Thurbrand se echó a reír y descansó su mano enguantada en la rodilla desnuda de Medianoche; la retiró cuando el caballo se encabritó, pues se vio obligado a coger las riendas, o correr el riesgo de caerse.
Medianoche se preguntó si conocía algún hechizo para que el hombre tuviese las manos quietas y la cabeza sobre su propia almohada durante la noche. A decir verdad, ello carecía de importancia. Si Medianoche decidía dormir sola aquella noche y si le fallaba la magia, le quedaba el cuchillo.
Un cuchillo nunca fallaba.
Medianoche sonrió para sus adentros y se relajó un poco. Kelemvor no le daría la espalda después de haber visto lo que le iba a hacer a Thurbrand.
De su búsqueda infructuosa Kelemvor regresó furioso y cansado. Le pareció extraño encontrar a Adon tumbado en el suelo; despertó al hombre el rato suficiente para enterarse de que todo había salido según el plan trazado: Gelzunduth había proporcionado los documentos falsos. Una vez los papeles en poder de Kelemvor, Adon volvió a rastras a su cama, hecha en el suelo con mantas arrugadas, y se quedó dormido inmediatamente.
El guerrero quería saber cómo había ido la misión y, lo que era más importante, por qué Adon no estaba durmiendo en el templo, pero se alegró de que Adon no se hubiese mostrado dispuesto a dar una explicación. El vivo recuerdo de una noche pasada en vela, escuchando al clérigo alabar incansablemente a su diosa y, de paso, a sí mismo, fue suficiente para que Kelemvor se abstuviese de pedirle explicación alguna sobre el más insignificante de los asuntos. Adon no dudaría en convertir la conversación en una oportunidad para alabar a Sune.
Horas más tarde, cuando Kelemvor estaba profundamente dormido, Adon se despertó y no pudo volver a dormirse. El clérigo, temiendo encontrar en su humilde alojamiento del templo de Sune a un guardia armado esperándolo para escoltarlo de nuevo a la mazmorra, había evitado aparecer por el templo aquella noche. Adon agradecía a Kelemvor su generosa hospitalidad, pero había aprendido que era poco aconsejable expresarle este tipo de sentimientos. Encontraría alguna otra forma de darle las gracias.
Adon era consciente de que estaba llevando su prudencia demasiado lejos. Al fin y al cabo, Myrmeen le había dado hasta el mediodía del día siguiente para marcharse de Arabel. Pero si ella cambiaba de opinión, podía encontrarse siendo la víctima de una espada asesina. Su experiencia con la camarera de El Orgullo de Arabel le había vuelto cauteloso.
Adon empezó a vestirse en la semioscuridad, a la vez que trataba de ignorar el estado de la habitación. El clérigo había mantenido siempre su alojamiento meticulosamente pulcro; la habitación de Kelemvor daba la impresión de que un pequeño huracán hubiese barrido el lugar, dejando armas, mapas, ropa sucia y restos de comida esparcidos por todas partes. A juzgar por el aspecto del cuarto, Kelemvor no permitía, bajo ninguna circunstancia, que entrasen las mujeres de la limpieza.
Después de caer en la cuenta de que debía, por lo menos, tratar de recuperar sus efectos personales, Adon salió del mesón y recorrió las calles apartadas del centro de la ciudad hasta el templo de Sune. Una vez allí y no viendo señal alguna de guardias, encargó a un compañero sunita la tarea de ir a buscarle las pertenencias a su celda de adobe. El sunita murmuró algunas amenazas poco amistosas, referidas en su mayoría a golpearle su espesa cabeza con el mayal por haberle molestado en pleno sueño. Sin embargo, cuando el clérigo comprendió que Adon iba a marcharse para siempre, aceptó con entusiasmo.
Cuando el sunita regresó de la celda, Adon se cercioró de que había metido en la bolsa el mazo de guerra pues, según la descripción que la muchacha había hecho del castillo, era muy probable que lo necesitase. Después Adon regresó al mesón El Hombre Hambriento, despejó una zona en el suelo para sus bártulos, y se quedó profundamente dormido.
Cuando empezó a clarear, Cyric despertó a los dos hombres y les comunico que su misión también había ido sobre ruedas. Kelemvor se apresuró a vestirse y fue a ver cómo estaba Caitlan. Le sorprendió gratamente encontrarla sentada, desayunándose con lo que Zehla acababa de llevarle.
—¡Kelemvor! —exclamó Caitlan cuando vio al guerrero—. ¿Cuándo nos ponemos en camino?
Zehla dirigió una mirada de entendimiento a Kelemvor.
—Tan pronto como tengas fuerzas suficientes. Y...
—¿Está Medianoche con vosotros? ¡Tengo tantas preguntas que hacerle! —dijo Caitlan—. Es maravillosa, ¿no te parece? Es tan hermosa, tan inteligente y tiene tanto talento...
—No vendrá con nosotros —le informó Kelemvor, y advirtió que sus palabras extrañaron a Caitlan. Vio que la muchacha palidecía.
—Tiene que venir con nosotros —afirmó Caitlan.
—Hay otros magos...
—Se trata de mi proyecto —replicó Caitlan, y, por primera vez, su verdadera edad se reflejó en su rostro—. ¡O te llevas a Medianoche o no vas!
Kelemvor se enjugó la frente con la mano.
—No lo comprendes. Zehla, explícale que para una misión de este tipo no es apropiada una mujer.
Zehla se levantó de la cama y cruzó los brazos.
—¿Y una niña sí lo es?
Kelemvor comprendió que le habían vencido y se rindió con un suspiro. La búsqueda que había llevado a cabo la noche anterior para encontrar un mago había sido inútil. Los pocos magos que mostraron algún interés por la aventura eran entusiastas, pero bastante incompetentes. Uno llegó incluso a abandonar su hogar incendiándolo en un intento de demostrar que era digno de la misión.
—Supongo que puedo tratar de encontrarla —dijo Kelemvor—. Pero Arabel es una ciudad grande y me llevará más tiempo del que disponemos.
—Pues esperaremos —dijo Caitlan mirando hacia otro lado.
—¿Y qué pasará con tu señora? —preguntó Kelemvor en un tono lleno de suspicacia, y de nuevo sus palabras causaron un efecto de expectación.
—No esperaremos mucho —dijo Caitlan en voz baja.
Zehla salió con Kelemvor de la pequeña habitación y se reunió con él en el vestíbulo.
—He observado que no falta ni una sola poción —comentó Zehla.
—Soy muchas cosas, pero no un ladrón —aseguró Kelemvor—. ¿Se te ocurre cuál ha sido la causa de su estado?
—El agotamiento, vivir a la intemperie... Su organismo estaba predispuesto a cualquier enfermedad. Creo que llevaba bastante tiempo deambulando por la ciudad tratando de decidir quién sería su paladín.
Adon y Cyric llegaron al vestíbulo a tiempo de oír estas últimas palabras y no tardaron en unirse a la conversación.
—Es halagador —dijo Adon en un rasgo de ingenio—. Ha debido de ver algo especial en ti, Kelemvor.
—En realidad, había llegado al borde de la desesperación. Kelemvor fue simplemente el primer candidato que le dirigió la palabra —dijo Zehla—. Cuando uno consigue que suelte la lengua, es una jovencita muy habladora.
Kelemvor dio un respingo. ¿Qué le habría dicho la muchacha a Zehla? ¿Había revelado su secreto?
—Tenemos trabajo —dijo Kelemvor, y mediante un gesto indicó a Cyric y a Adon que lo siguieran.
Escapar de la ciudad pasando inadvertidos no sería tarea fácil. Se suponía que tanto Kelemvor como Cyric debían incorporarse al servicio poco después de la cena. Cyric podía ser lo suficiente cauteloso como para lograrlo pasando por delante de los nerviosos guardias o por encima de los muros imposibles de escalar, pero llevando a remolque una niña, un clérigo galán y un mago, era sin duda imposible que el fornido guerrero lo consiguiera.
—Cyric, ve a comprar ropa y lo que te parezca que nos pueda servir para disfrazarnos. Adon, intenta encontrar a Medianoche. Vamos a tener que... aceptarla. Yo estaré aquí, terminando de recoger mis cosas y trazando un plan —dijo Kel apenas los tres aventureros hubieron salido del mesón.
Una hora más tarde, cuando Kelemvor salía de su habitación, estuvo a punto de chocar con dos hombres de Zehla cargados de comida. Fuera, encontró a Cyric y Adon empaquetando las provisiones a un ritmo sorprendentemente ligero.
Adon sonrió y, con un gesto de la cabeza, indicó las sombras de los establos, donde apareció Medianoche con un magnífico caballo negro de deslumbrante crin roja. Vencido, Kelemvor dejó caer los hombros, con el peso del recuerdo del rostro de Caitlan y de la posible pérdida del oro que ella le había prometido.
—¿Juegas, Kel? —preguntó Medianoche alegremente.
—Me parece que estoy a punto de hacerlo —gruñó él.
Medianoche extendió una mano. Sostenía un enorme montón de pelo trenzado que parecía una escoba.
—Una gentileza de tu amigo Thurbrand —dijo Medianoche.
Kelemvor comprendió que las trenzas eran pelo humano; todo el pelo humano que quedaba en la cabeza de Thurbrand.
—¿Está...?
—Bastante molesto, sí.
Kelemvor no pudo reprimir una sonrisa.
—¿No acabas de mencionar el juego?
Medianoche asintió.
—Considéralo mi apuesta para entrar en tu partida.
En esta ocasión Kelemvor rió con una risa franca que quedó interrumpida al fijarse en los disfraces que sobresalían de los paquetes colocados en la parte trasera del caballo de Cyric. Examinó los paquetes y encontró unas pelucas, unas máscaras de una naturalidad sorprendente y unos vestidos andrajosos de un par de ancianas pordioseras.
Apareció Caitlan detrás de ellos con un aspecto radiante, rebosante de salud. Saludó a Medianoche como si ésta hubiese sido la respuesta a sus plegarias, luego dirigió la vista por encima del grupo, como si estuviese mirando algo que hubiera al otro lado de las murallas de Arabel, y su expresión volvió a ensombrecerse.
—Tenemos que marcharnos —dijo Caitlan con gravedad—. No queda mucho tiempo.
Medianoche miró a Kelemvor.
—Si quieres puedo ayudar a Adon con las provisiones.
Kelemvor asintió con una inclinación de cabeza, seguidamente cogió los paquetes que contenían los disfraces y Cyric lo siguió cuando entró en el mesón.
—¿Cómo se llama el lugar a donde vamos? —quiso saber Medianoche.
—El castillo de Kilgrave.
Medianoche se encogió de hombros y se quitó la capa para trabajar más cómodamente. Mientras colocaba la capa sobre el lomo de su caballo, el medallón azul con la estrella brilló a la luz del sol.
En las sombras de los establos, una figura surgió de la oscuridad, adoptó la forma de un cuervo, salió velozmente y pasó volando sobre las cabezas de los aventureros, a una velocidad que ningún ser de la naturaleza podría alcanzar jamás.


4
La naturaleza enloquece

Bane no estuvo ocioso durante las dos semanas transcurridas desde el Advenimiento, como sus adoradores llamaban a la noche en que fue expulsado de los Cielos. Necesitaba una actividad constante para no pensar en su lamentable estado mortal y, en las pocas ocasiones en que examinaba y consideraba la frágil forma mortal que la necesidad le había obligado a asumir, lord Black se perdía en las complejidades infinitas de la máquina que le daba movimiento y voz.
¡Qué regalos y milagros encontraba dentro de las zonas microscópicas que rodeaban la corteza! Y cuando sumergía su conciencia, aunque fuera únicamente en una sola célula del interminable flujo de sangre del cuerpo, y dejaba que el propio cuerpo decidiese el circuito de sus exploraciones, se sentía tan pletórico como con su propia divinidad perdida.
Era entonces cuando comprendía la trampa en que podía caer y se obligaba a ahuyentar estos pensamientos. Colocaba barricadas entre el cerebro y el cuerpo que estaba obligado a habitar y fortalecía sus percepciones en un intento de dirigirlas hacia el exterior, siempre hacia el exterior, y no volver a sucumbir a los peligros encerrados dentro de su marco mortal. Bane era un dios; hasta entonces los milagros habían sido para él una rutina, algo normal y corriente. Pero ahora los milagros de las Esferas estaban fuera de su alcance y debía concentrarse en la tarea que tenía ante sí, si quería algún día no muy lejano reclamar los Cielos y satisfacer, como correspondía a un dios, la sed de milagros y prodigios que le corroía.
Durante los primeros días de la estancia de Bane en Zhentil Keep, los gobernantes humanos de la ciudad se postraron de rodillas en su presencia y pusieron todas sus posesiones a disposición de Bane. Se alegraba de que no hubiera habido derramamiento de sangre durante el golpe, pues iba a necesitar tanta para engrasar las ruedas de sus maquinaciones como las garras de su puño pudiesen conseguir.
Se había empezado la construcción del nuevo templo de lord Black; no tardaron en desaparecer los escombros y elevarse unos muros provisionales para ocultar las sesiones de planificación convocadas por Bane. A pesar de que lord Chess había presentido que su posición como soberano nominal de Zhentil Keep estaba en peligro, se ofreció a poner su persona y su equipo a disposición de Bane. Éste prefirió permanecer cerca de su trono negro pues, mientras los ciudadanos fuesen leales y estuviesen dispuestos a sacrificarse cuando lo considerase oportuno, no tenía interés alguno por vivir el tedio de las operaciones cotidianas de la villa.
Al cabo de tres noches de llegar a los Reinos, Bane empezó a soñar; en sus sueños veía a Mystra, que sonreía ante su cara de terror, sonreía ante Ao mientras los dioses eran entregados a su suerte. Bane, responsable de las pesadillas, era víctima de una de ellas. Maldijo su propia carne por compartir esta nueva debilidad. Sin embargo, las pesadillas tenían un propósito. Bane volvió a meditar sobre el modo inescrutable en que Mystra se despidió de las Esferas.
Y así, Bane decidió que debía buscar a Mystra y descubrir por qué había contemplado la cólera de Ao con tanta calma.
Cinco días después del Advenimiento, Tempus Blackthorne, un hechicero de gran poder e importancia, llegó anunciando que había encontrado el paradero de Mystra en los Reinos. Bane precintó las puertas que daban a sus aposentos privados y se teletransportó, junto con Blackthorne, al castillo de Kilgrave. Encontraron a Mystra fuera del castillo, desfallecida e imposibilitada a causa de algún trauma o ataque. Bane pensó que tal vez había intentado lanzar un sortilegio que había salido mal, y se rió ante la ironía.
Cuando Mystra se dio cuenta de pronto de que lord Black estaba suspendido sobre ella, lanzó un poco de su poder, un hechizo modificado pensado para su deseada encarnación. El sortilegio tomó la forma de un halcón azulado, que se elevó en el cielo nocturno y escapó. Bane ordenó a Blackthorne que siguiera a la criatura mágica. El emisario se transformó en un enorme cuervo negro que echó a volar en pos del halcón, al que perdió de vista en Arabel.
Cuando Bane encerró a la diosa en la mazmorra del castillo de Kilgrave con cadenas místicas nacidas de fuegos encantados, sintió una ola de poder precipitarse por la habitación. La desnuda mazmorra de piedra se sacudió cuando Mystra volvió en sí y probó la resistencia de sus cadenas.
Y entonces Bane invocó su poder con el fin de mantener a Mystra débil y dócil.
Ven, monstruo, te llamo a esta esfera, como mis secuaces han hecho muchas veces con anterioridad.
La criatura contestó: Voy. Para Bane fue como un gruñido que resonó en la profundidad de su mente.
Y apareció, primero en forma de bruma roja que se arremolinaba y giraba como un ciclón que se elevaba y le crecían cientos de manos palpitantes y deformes hendiendo ávidamente el aire delante de la diosa. Se abrieron luego un número igual de pálidos ojos amarillos, flotando alrededor de la bruma arremolinada y pasando como fantasmas a través de sus compañeras a la vez que se agitaban de acá para allá, cada ojo deseoso de estudiar a su víctima desde todos los ángulos.
Finalmente, se abrieron gran cantidad de grietas en la niebla y surgieron bocas abiertas cuyo fondo era una interminable sucesión de dimensiones oscuras. Las bocas se abrían y cerraban rápidamente cuando de una de ellas se escapó un grito que sólo podía interpretarse como de hambre.
Mystra reconoció a aquella criatura: se trataba de un hakeashar, un ser de otra esfera con un apetito voraz por la magia. No cabía duda de que Bane había hecho un pacto con el monstruo. A cambio de ayudarle a pasar a la Esfera de Materia Prima, el monstruo daría a lord Black algo que éste valoraba mucho: poder, ya que el hakeashar tenía la facultad de soltar parte de la magia que consumía y Bane quería esa energía prima para dar impulso a sus planes.
Mystra meditó sobre sus posibilidades. Si Bane era tan estúpido que hacía un pacto con aquel ser, conocido por su naturaleza traicionera, era posible que hubiese un medio de aprovecharse de tal situación en beneficio propio.
—Tenemos mucho que hablar —dijo Bane al hakeashar cernido sobre él.
—¿Por qué me has encerrado? —preguntó Mystra.
—Será un placer para mí librarte de estos grilletes cuando me hayas escuchado..., y aceptado ayudarme a completar mi plan.
—Sigue.
—Quiero formar una alianza de dioses —prosiguió Bane—. Si me juras lealtad a mí y a mi causa, diosa, te dejaré en libertad.
A pesar de la presencia del hakeashar, Mystra no pudo reprimir una carcajada.
—¡Estás loco! —dijo.
—No —replicó Bane—. Me estoy limitando a ser práctico. —Se volvió hacia el monstruo—. Es toda tuya —le dijo en tono tranquilo—. Pero no olvides nuestro pacto.
Naturalmente.
Cien ojos dejaron de mirar a Bane y en esta ocasión Mystra no pudo reprimir un grito.
Cuando se acabó, la grotesca criatura soltó una risita maliciosa y metió los resplandecientes ojos en sus abiertas fauces, dispuesta a dormir, ahora que estaba saciada. Mystra se sorprendió al comprobar que seguía con vida, pero el dolor, incluso estando ella en su forma nebulosa, había sido espantoso.
Bane lanzó maldiciones al monstruo hasta que éste abrió unos cuantos ojos y dejó escapar una ráfaga de llamas azuladas que envolvieron al villano. Al cabo de un rato, el poder robado hacía latir literalmente a Bane.
—¡Basta! —gritó Bane, y las llamas azuladas se apagaron.
—Fuiste tú, ¿verdad? —dijo Mystra a la vez que forcejeaba débilmente con sus cadenas—. Tú robaste las Tablas del Destino. Sospeché de ti desde el principio.
—Yo las cogí —afirmó Bane; a continuación el ser que él había llevado a aquella esfera se desplomó allí mismo, se tragó sus últimos ojos y se quedó profundamente dormido—. Junto con lord Myrkul.
—Ao te lo hará pagar caro —dijo ella.
Bane sintió que la magia que le habían succionado a ella se enrollaba dentro de él, a la espera de ser soltada.
—Ao no tendrá ningún poder sobre mí —dijo lord Black, y su risa resonó en el local.
Desde aquella noche, y más de una docena de veces, Bane dejó que el hakeashar le fuese arrebatando el poder a Mystra, el cual daba la impresión de reproducirse como las células de la sangre en un humano. En cada ocasión, Bane recibía una fracción de esta energía, según los términos de su acuerdo con el monstruo.
Cada vez que recibía más poder, Bane recorría los pasillos de Nueva Acheron, antes castillo de Kilgrave, anhelando su verdadero templo y deseando compartir con alguien sus triunfos. Blackthorne estaba ausente la mayor parte del tiempo, supervisando asuntos varios en Zhentil Keep o buscando alguna señal de magia de la cual Mystra hubiese podido desprenderse antes de ser capturada. El puñado de hombres que Blackthorne había reclutado para hacerse cargo de las necesidades humanas de Bane era un despreciable ejemplo de la especie, y a Bane no le interesaba ninguno.
Aquel día, lord Bane estaba en la impenetrable mazmorra que había debajo del castillo de Kilgrave, contemplaba las tranquilas aguas de la balsa que había construido y hablaba con lord Myrkul. Una buena parte del espacio, de hecho una buena parte del castillo, había sido modificada en función de las necesidades de Bane, por lo que el castillo de Kilgrave había sufrido muchos cambios desde que el dios lo tomó como cuartel general. Lord Black había intentado esculpir mágicamente algunas habitaciones y otras salas para hacer de ellas una réplica de su templo del Sufrimiento en Acheron, si bien la mayoría de sus esfuerzos desembocaron en un rotundo fracaso. La inestabilidad de la magia hacía que fuese imposible, incluso para un dios, atinar con todos los sortilegios; y, cuando Bane hacía uso de la magia, se sentía como un artista tratando de pintar sin la ayuda de las manos. Bane consideraba que el castillo tenía cierta gracia, sólo que su existencia era como un monumento a su pérdida y ello no gustaba en absoluto al destituido dios.
—¿Qué esperas lograr drenando el poder de Mystra? —preguntó Myrkul en un arrebato de impaciencia—. Tu forma mortal sólo puede contener una determinada cantidad de poder, y habrá que ir rellenando el recipiente paulatinamente.
—Te olvidas de algo —replicó Bane—. Tú y yo establecimos una alianza cuando robamos juntos las Tablas.
—Una alianza temporal —dijo Myrkul— que no se ha demostrado muy lograda. Mira en lo que nos hemos convertido. Menos que dioses, más que hombres. ¿Qué lugar tenemos en los Reinos, lord Bane?
Bane miró el rostro demacrado, casi esquelético, de la mutación de Myrkul, y, al recordar su propia forma espantosa, se estremeció.
—Tenemos nuestros derechos —dijo Bane—. Somos dioses, por muchas adversidades que Ao nos haga pasar. —Bane sacudió la cabeza, pero cuando cayó en la cuenta de que era un gesto puramente humano, paró inmediatamente—. Myrkul, recuerda por qué nos apoderamos de las Tablas del Destino.
Myrkul se rascó su descarnado rostro y Bane estuvo a punto de echarse a reír. Resultaba tan patético ver al temido dios de la Muerte importunado por algo tan vulgar como una comezón que resultaba casi divertido. El dios de la Lucha suspiró ante la idea y prosiguió:
—Robamos las Tablas porque creíamos que Ao sacaba fuerza de ellas y porque, sin las Tablas, se mostraría menos inclinado a interferir en nuestros asuntos.
—Eso es lo que creíamos —dijo Myrkul con tristeza—. Fue una estupidez por nuestra parte pensar así.
—¡No estábamos equivocados! —exclamó Bane—. ¡Piensa un momento! ¿Por qué Ao no ha recuperado las Tablas?
Myrkul dejó caer sus flacas manos pegadas a los costados.
—Yo también me he hecho esa pregunta.
—¡Creo que es porque no puede! —dijo Bane—. Es posible que ya no tenga la fuerza. ¡Ésta puede ser la razón por la cual nuestro señor nos exilió de las Esferas! Nuestro plan fue un éxito y Ao tuvo miedo de que los dioses se uniesen y se sublevasen. Por eso Ao nos ha dispersado por los Reinos y nos ha vuelto suspicaces, miedosos y vulnerables al ataque.
—Comprendo —dijo Myrkul—, pero no es más que una teoría tuya.
—Apoyada en los hechos —replicó Bane—. Ya he capturado el primer peón de este juego, si quieres llamarla así.
—¿A Mystra?
—Con su poder, controlaremos toda la magia de los Reinos. —Bane se echó a reír. Estaba mintiendo, por supuesto. Si la diosa hubiese poseído semejante poder, jamás la habría capturado tan fácilmente.
—Supongo que aquellos dioses que no quieran secundar tus planes serán esclavizados o destruidos —dijo Myrkul con toda la suspicacia que fue capaz—. Y utilizarás el poder de Mystra para poner esto en práctica.
—Claro —dijo Bane—, pero tú y yo ya somos aliados. ¿Por qué hablar de estas cosas?
—Así es —dijo Myrkul.
—Además, creo que hay poder para librarnos de este estado —dijo Bane—. Poder que Mystra ha ocultado en algún lugar de los Reinos.
Myrkul asintió con una inclinación de cabeza.
—¿Cómo tienes previsto actuar?
—Hablaremos de ello más adelante —contestó Bane—. Por el momento debo ocuparme de otros asuntos igualmente acuciantes.
Myrkul agachó la cabeza y su imagen se desvaneció de la balsa. A decir verdad, Bane había contactado prematuramente a Myrkul; todavía no tenía decidido cuál sería el siguiente paso.
Bane se volvió bruscamente cuando un cuervo negro entró volando en la mazmorra a una velocidad impresionante, para luego convertirse en su criado, Blackthorne.
—Lord Bane, tengo buenas noticias para ti. Creo que he localizado en Arabel al humano que tiene un regalo de Mystra. Es una mujer y lo lleva consigo. Es un medallón azul y blanco en forma de estrella.
Bane sonrió. El medallón que describía Blackthorne era idéntico al símbolo que Mystra llevaba en las Esferas.
—Todavía mejor —añadió Blackthorne—. La maga que lleva el medallón viene hacia aquí.
El grupo se dividió para salir de Arabel. Adon fue el primero en marcharse de la ciudad, solo. Media hora después lo siguieron Medianoche y Caitlan guiando dos caballos de carga. Finalmente, a mediodía, Kelemvor y Cyric, vestidos como dos viejas pordioseras, pasaron por la puerta sin que se produjera incidente alguno. Luego se encontraron todos a media hora de camino a caballo, como había planeado Kelemvor. El guerrero insistió en enterrar los disfraces que se habían puesto él y Cyric. En realidad habría querido quemarlos, pero le preocupó que el humo pudiera ser visto desde las torres de vigilancia de Arabel.
Ahora, después de una hora, las opresivas murallas de Arabel habían quedado reducidas a una mancha apenas visible que marcaba el horizonte a espaldas de los héroes; luego desaparecieron por completo. A partir de ahí delante de ellos no aparecía nada ante su vista más que la muy concurrida carretera y la tierra llana que se extendía interminablemente por el campo de este a oeste. Al norte, a lo lejos, podían verse las montañas del desfiladero de Gnoll.
Kelemvor se puso con su caballo junto a Cyric y le dio a éste una palmada en la espalda. El impacto hizo caer a Cyric hacia adelante sobre la silla y miró con cautela al otro hombre.
—¡Ay! Esto es vida, ¿verdad, Cyric?
«Placeres simples para mentes simples», pensó Cyric.
—¡Sí! —se limitó, sin embargo, a contestar alegremente.
Al cabo de un momento Kelemvor se adelantó y Cyric se detuvo para comprobar las cuerdas que sujetaban a los caballos de carga atados a su propio caballo; todo estaba en orden.
Pasado un rato, Cyric llevó la fantasía de su imaginación por otro derrotero más agradable y se puso a examinar las sedosas piernas de Medianoche que colgaban a los flancos de su caballo, delante de él. Veía que, de vez en cuando, sus hermosos rasgos se retorcían en una dolorosa mueca. Adon, junto a la maga, no dejaba de marearla con constantes y embarazosos cumplidos.
Cyric se preguntó si el clérigo estaría intentando seducir a Medianoche con sus palabras. No, no era eso. Parecía, en cambio, que Adon prefería el rumor de la continua conversación, aunque fuese él el único contertulio, al silencio de la tierra que atravesaban. Cyric pensó que tal vez Adon no quería estar a solas con sus tediosos pensamientos.
Delante de él, Medianoche había llegado a la misma conclusión hacía muchísimo rato. Presentía que Adon estaba preocupado, pero le resultaba difícil poder ayudarle porque el hombre se negaba a revelar sus problemas. Peor aun, probablemente tendría que haber aprovechado el tiempo para conservar sus energías y aislarse en la meditación, pero su no deseado compañero de viaje no le dejaba un momento en paz.
Cuando llegó al límite de su paciencia, Medianoche expresó su deseo de estar sola; primero sutilmente, pero como no funcionó, enfocó el asunto de forma directa.
—¡Aléjate, Adon! ¡Déjame en paz!
Pero ni siquiera así logró Medianoche descansar de la interminable lista de cumplidos de Adon.
—¡Una verdadera diosa! —exclamó Adon.
—Si crees que puedes seguir cantando mis alabanzas sin la ayuda de ambos pulmones..., por favor, adelante.
—¡Además, modesta!
Medianoche elevó la vista al cielo.
—¡Mystra, líbrame de él!
—Ah, disfrutar del calor de una de las más intensas llamas no sería nada comparado con...
Finalmente, miró atrás y le dijo a Kelemvor:
—¿Puedo matar a este hombre?
Kelemvor, divertido, sacudió la cabeza. Caitlan se puso a su lado. A Medianoche no parecía divertirle nada la aparente discordia que había en el grupo; en todo caso, aquella exhibición la ponía nerviosa.
—No hay nada de qué preocuparse —le dijo Kelemvor—. Confía en mí.
Caitlan asintió con un gesto de cabeza, incapaz de apartar la mirada de la maga de pelo oscuro y del clérigo.
—¡Ay! ¡Y con un temperamento vehemente, a tono con su corazón ardiente! —exclamó Adon.
—¡Trozos de tu anatomía es lo que arderá si no paras inmediatamente! —gritó Medianoche.
Y así siguieron hasta que el aire fresco agrupó unos negros nubarrones sobre sus cabezas. El cielo se abrió de repente con un fuerte rugido y un chaparrón de verano dejó caer la lluvia caliente sobre los héroes.
Adon siguió hablando, haciendo una pausa de vez en cuando para escupir agua de lluvia, pero los ruidos de la tormenta sirvieron para ahogar su voz hasta que sus palabras se convirtieron en un murmullo sordo enterrado bajo el tamborileo de la lluvia.
Medianoche echó la cabeza hacia atrás. La suave caricia de la lluvia sirvió para apaciguar los nervios de la maga y, cuando la tormenta arreció, Medianoche cerró los ojos y se entregó a las tranquilizadoras sensaciones causadas por la constante lluvia. Se puso a imaginar unos brazos fuertes y firmes que estuviesen haciendo masajes a sus sienes, a su cuello, a sus hombros, y sonrió. Imaginó los brazos de Kelemvor; parecían tener la fuerza suficiente para arrancar un árbol de raíz y, sin embargo, tenía unas manos suaves capaces de secar las lágrimas de un niño. El caballo de Medianoche se encabritó y la maga salió con un estremecimiento de su sueño.
—He enviado a Adon a guiar a Cyric por los caminos de Sune —dijo Kelemvor, sonriendo a pesar de lo evidente que era su irritación por cómo arreciaba la lluvia. Se le había pegado el largo pelo negro a la cabeza y los mechones grises hacían que pareciese llevar la piel de una mofeta que hubiese muerto de un susto. Medianoche consideró oportuno decírselo y él bajó la cabeza y murmuró algunos juramentos; trató de no prestar atención a la lluvia mientras seguía hablando—. Tenemos que hablar... —se interrumpió y escupió agua—, de cómo repartiremos las distintas obligaciones.
Medianoche asintió con una inclinación de cabeza.
—Tú, como eres una mujer, te encargarás de hacer la comida y de todos los demás quehaceres domésticos.
El caballo de Medianoche se estremeció cuando su dueña apretó sus fuertes piernas contra los flancos y clavó firmemente las manos en su cuello.
—¿Como soy mujer? —replicó Medianoche, y no pudo evitar que volviera a su memoria el sortilegio estudiado por la mañana para convertir al pomposo imbécil que estaba junto a ella en una especie más adecuada a su forma de ser. Luego recordó la última vez que había preparado una comida para todo un grupo. El único clérigo que no había comido tuvo que hacer uso de todos sus hechizos curativos con sus involuntarias víctimas.
—Caitlan puede ayudarte. Repartiremos el trabajo propio de los hombres entre nosotros.
Medianoche vaciló y miró hacia delante.
—Sí —se limitó a contestar.
—¡Bien, entonces! —repuso Kelemvor, para luego dar una palmada al caballo de Medianoche. El animal volvió ligeramente la cabeza y no hizo caso del impacto que se suponía debía hacerle salir a galope tendido. Medianoche aflojó la presión de sus puños sobre el caballo hasta convertirla en una suave caricia.
Kelemvor se volvió para hablar con los otros, mientras Medianoche se esforzaba por recordar exactamente por qué había sido tan importante para ella unirse a aquellos hombres.
Sus dedos encontraron inconscientemente la superficie del medallón y, estaba todavía acariciando la estrella azul y blanca, cuando advirtió los efectos que la lluvia estaba causando en la tierra llana que los rodeaba.
Algunos pedazos de tierra se ablandaban, mientras que otros se endurecían como si fueran a convertirse en roca sólida. En otros puntos, se abrían pequeñas fisuras en la superficie de la tierra. En algunos lugares, había zonas enteras donde la verde hierba crecía a un ritmo increíble, alimentada por la extraña lluvia.
De pronto, la tierra mojada se volvió negra y chamuscada, y los árboles, muertos hacía tiempo, empezaron a echar retoños y a crecer; sus ramas ennegrecidas se elevaron al cielo como si estuviesen implorando al responsable de aquella locura que parase inmediatamente. De las vacilantes ramas colgaban pequeños ejércitos de gusanos que empezaron a adquirir un tamaño obscenamente abotargado, explotaron y se convirtieron en manzanas rojas como la sangre. Por la fruta se arrastraban unos bichitos negros, que luego resultaron ser diminutos ojos negros que parpadeaban bajo el aguacero.
De la tierra brotaron y crecieron al revés unos hermosos arbolillos, a cuyas ramas superiores más frágiles les resultaba imposible soportar el peso del tronco principal mientras éste crecía recto hacia arriba. Los árboles estaban llenos de maravillosas hojas verdes y de transparentes frutas rosadas y doradas. De las copas de los árboles empezó a brotar una cadena de raíces color ámbar que se elevaron muy alto en el aire y se entrelazaron con las nuevas raíces y ramas de su vecino más cercano. Finalmente, incluso las ramas de los árboles marchitos se elevaron en el aire y se unieron a aquella cadena, y sus ramas color ébano se mezclaron con las raíces color ámbar.
Donde apenas unos momentos antes no había más que tierra estéril se elevaba ahora un bosque exuberante lleno de milagros y de misterios. Sobre la carretera, la cadena de raíces había formado un dosel de raíces entrelazadas y ramas de árboles chamuscadas que se fueron juntando y enmarañando hasta que el cielo, ahora rojo, podía únicamente verse a trozos y la lluvia caía sólo ligeramente sobre los héroes.
Avanzaban lentamente por el nuevo bosque, incluso siguiendo el camino, y la propia carretera no tardó en quedar bloqueada por los árboles; los héroes tuvieron que seguir a pie lo mejor que pudieron entre la confusión de ramas en el suelo.
—Tengo la impresión de que nos hemos perdido completamente —murmuró Cyric mientras se abría paso a través de un laberinto de vides para entrar en un claro.
—Imposible —dijo Kelemvor con voz bronca—. No hay más que un camino y éste sólo conduce al castillo de Kilgrave y lo que hay al otro lado.
—Pero es posible que nos hayamos apartado del camino hace rato, Kel. ¿Quién puede decirlo? —repuso Medianoche, a la vez que se detenía para ayudar a su caballo a pasar sobre una rama y guiarlo hasta la zona abierta.
—Es posible que estemos describiendo círculos desde hace horas —comentó Adon en tono quejumbroso.
El bosque, silencioso hasta aquel momento, cobró vida de forma repentina y ruidosa. Los insectos empezaron a zumbar, hablando su lenguaje secreto. Un susurro de alas se mezcló con el ruido sordo de unas piernas recién formadas que surgieron de pronto de unos capullos cargados de licor y dieron sus primeros y laboriosos pasos.
Pero los héroes no podían ver nada en la cada vez mayor oscuridad del bosque. A través de los pequeños huecos del dosel, Medianoche vio que el cielo, antes rojo, se volvía negro. Paró de llover, por lo menos momentáneamente.
Las bridas que sujetaban a los caballos de carga se tensaron cuando los asustados animales empezaron a debatirse para liberarse, tirando así de Cyric y de su caballo, presa del pánico. Las cuerdas acabaron por romperse y los animales se alejaron torpemente del grupo y se introdujeron en el bosque. Cyric lanzó una maldición y empezó a seguir al caballo más cercano.
—¡Déjalos! —le advirtió Kelemvor.
Los ruidos volvieron a arreciar y Cyric regresó junto a los demás en el claro del bosque. El paisaje se tiñó de sombras y los ruidos de movimientos en los árboles se fueron aproximando.
Los relinchos de los caballos de carga resonaron de pronto en el bosque. Kelemvor desenvainó su espada, a la vez que se ponía al lado de Medianoche.
—Un viejo tipo de emboscada —dijo. El ruido aumentó a su alrededor hasta convertirse en un constante estruendo—, transmitida a través de generaciones de guerreros...
Cyric encontró su capa de viaje en uno de los sacos de lona que llevaba sobre su caballo y se la echó rápidamente sobre los hombros. Su imagen empezó a brillar y un montón de Cyrics aparecieron a su alrededor; algunos delante, otros detrás, otros haciendo gestos ligeramente distintos, hasta que resultó imposible decir cuál era el verdadero Cyric. Todos parecían sorprendidos por el efecto de la capa, sorprendidos y regocijados.
A Kelemvor también le impresionó.
—¡Cyric! ¿Qué está pasando?
—¡No lo sé! ¡Nunca me había pasado una cosa así con la capa!
En esos momentos veían también puntitos de luz, destellos plateados y ambarinos en los árboles, tanto en las cercanías como en las profundidades del bosque. A medida que las luces fueron aumentando de tamaño y los ruidos se hicieron más fuertes, Medianoche supuso cuál era su verdadera naturaleza.
Ojos que deslumbraban.
Dientes que castañeteaban.
Se estremecieron las raíces y las parras que había sobre los héroes. Dio la impresión de que la tierra se desangraba a sus pies y Adon vio una colonia de hormigas de fuego que surgían de las grietas. Lanzó un grito cuando pisó accidentalmente un montículo recién excavado y todo un hormiguero empezó a trepar por sus piernas. Se puso a sacudirse los insectos y sus cuerpos ya hinchados reventaban bajo sus golpes.
Cerca de Cyric se partió un árbol que expelió el cuerpo, baboso y trepidante, de una criatura macabra, de cara blanca, desnuda y cubierta de venas negras que latían y se desviaban por todo el cuerpo. Los miembros de la cosa se doblaban hacia atrás y hacia adelante, el aire se llenó del espantoso sonido de huesos al romperse reventando la piel, y de los enormes y ennegrecidos árboles fue arrojada una docena de aquellos seres abominables.
—¡Soltad los caballos! —gritó Kelemvor; los héroes soltaron las riendas. Sin embargo los caballos, que estaban bien adiestrados y acostumbrados al peligro, no se alejaron mucho.
La criatura empezó a reírse delante mismo de Cyric mientras sus ojos color ámbar desaparecían dentro de su cabeza para volver a salir sobre la lengua. Luego se los tragó de nuevo y, en esta ocasión, volvieron a surgir, ahora de la pálida carne del pecho. La criatura avanzó, se arrancó su propio brazo para usarlo como arma y arremetió contra Cyric, abriendo y cerrando con entusiasmo los dedos de su desmembrado brazo, a manera de garras.
Antes de que el monstruo atacase a una de las sombras de sí mismo, Cyric apenas tuvo tiempo de advertir que el hombro vacío no sangraba. El ladrón se giró y usó el hacha de mano para atacar al monstruo.
Kelemvor permaneció junto a Medianoche, Caitlan y Adon mientras el monstruo de blanca piel atacaba a Cyric. Pero al oír un débil gruñido, se volvió, y vio dos perros amarillos, cada uno con tres cabezas y ocho patas de araña, que se acercaban por detrás, arrastrándose. Los perros se separaron y se situaron para disponerse a atacar.
—¡Adon! ¡Medianoche! Poneos conmigo espalda con espalda. ¡Tenemos que proteger a Caitlan!
El clérigo y la maga reaccionaron inmediatamente, ayudando a Kelemvor a formar un triángulo con Caitlan en el centro.
—Caitlan, ponte en cuclillas, con las manos alrededor de las rodillas y el rostro escondido. Procura no levantar la vista a menos que no tengas más remedio. Estate preparada para echar a correr si nosotros caemos.
Caitlan obedeció sin replicar. Desde su posición, cerca del suelo, y mirando entre las botas de Kelemvor, distinguió más perros en el bosque; algunos esperando fuera del pequeño claro, otros atacando a los monstruos de piel blanca. Uno de los perros-araña corría cerca del suelo y parecía dirigirse directamente hacia Caitlan. Ésta cerró con fuerza los ojos y agachó la cabeza, también elevó una plegaria a su ama para que todos saliesen bien librados de aquello.
Medianoche se preparó para lanzar un hechizo de defensa y también rezó para que no fallase. Era posible que los misiles mágicos no tuviesen el poder para detener a la bestia y Medianoche no se atrevía a recurrir a algo tan potente como una bola de fuego, por temor a que ésta se revolviese y matase a sus amigos. Por consiguiente se dispuso a conjurar una «decaestrofa» —un polo de fuerza— utilizando para el sortilegio una rama caída.
La maga completó el hechizo justo cuando el primero de los perros se abalanzaba sobre ella.
No sucedió nada.
Medianoche tuvo tiempo de oler el fétido aliento de la cabeza central de la criatura antes de que tres grupos de mandíbulas se abriesen de par en par con el fin de desgarrar su carne. Pero Adon se lanzó sobre el perro y lo apartó de un golpe antes de que Medianoche fuese herida. Adon y el perro-araña cayeron al suelo por separado, el perro sobre un hoyo lleno de lodo y con las patas pedaleando en el aire como si intentara incorporarse.
Adon levantó la vista y gritó:
—¡Medianoche, Caitlan, apartaos!
El segundo perro se abalanzó sobre Kelemvor. Éste se agachó y destripó al vociferante animal al pasar sobre él. Medianoche cogió a Caitlan y se alejó dando traspiés mientras el guerrero era derribado por el peso del perro y caía en el punto donde Caitlan había estado agazapada unos segundos antes.
Kelemvor se levantó, sacó su espada del cuerpo del perro y al advertir que otro de los canes se estaba ahogando en la charca de barro, se acercó a la bestia y la traspasó con la espada, poniendo fin así a su sufrimiento y a su amenaza. El monstruo gimió antes de morir y se hundió en el lodo.
Más perros-araña merodeaban por el lindero del claro, pero parecían querer evitar la muerte rápida que la avanzadilla de la jauría había encontrado con la espada de Kelemvor y se dedicaban a atacar a los monstruos de piel blanca que habían surgido de los árboles muertos.
—¡Deprisa, Adon, ayuda a Cyric! —gritó Kelemvor cuando otra de las criaturas humanoides avanzó para atacar al ladrón.
—¡Kel, si tienes alguna baza oculta, ahora sería el momento de sacarla! —siseó Medianoche.
—Nunca pidas nada que no estés preparada para recibir —gruñó el guerrero, que luego sacudió la cabeza y se preparó para resistir a un trío de monstruos blancos que, habiendo esquivado a los perros, se acercaba.
Caitlan se puso entre Kelemvor y Medianoche. Kelemvor sabía que lo mejor que podían hacer era mantener a los monstruos alejados de la muchacha durante tanto tiempo como fuera posible.
Adon, a unos cuantos metros de distancia, estaba metido en el confuso montículo de trozos trepidantes de cuerpos que yacían rodeando a Cyric, mientras éste luchaba con otro de los abominables seres de cara blanca. Éste advirtió la presencia de Adon, se arrancó su propia cabeza y la lanzó volando en dirección al joven clérigo. Pasó la cabeza, mostrando sus enormes colmillos, Adon la esquivó y asestó un duro golpe con su mazo a la desmembrada mano en forma de garra que, suspendida, estaba a punto de cercenarle la garganta a Cyric.
La mano explotó ante el impacto del mazo; Adon, ante el ruido provocado por un jadeo enloquecido y el calor de algo oscuro y diabólico en su oído, se volvió bruscamente. La desmembrada cabeza flotaba en el aire junto al clérigo, con una amplia sonrisa que dejaba ver los dientes afilados.
—No son humanos —gritó Cyric—. Ni siquiera están vivos, me refiero a la vida como la entendemos nosotros. ¡Son algún tipo de plantas con forma humana!
La cabeza que se cernía junto a Adon emitió un extraño sonido, como una risita.
Adon retrocedió ligeramente, sin apartar su mirada de la cabeza en ningún momento, y levantó el mazo. La cabeza se abalanzó sobre el clérigo, pero él le asestó un sonoro golpe en la mandíbula antes de que tuviera oportunidad de morderlo. Mientras gemía con voz potente, la cabeza empezó a dar locas vueltas hasta caer al suelo.
Poco después de haber acabado con la cabeza, Adon vio que los tres humanoides que se habían atrevido a atacar a Kelemvor yacían en el suelo reducidos a pedazos palpitantes y exangües. Pero otra jauría de monstruos se estaba aproximando a Kelemvor y a Medianoche y, detrás de éstos, una docena de bestias surgía del bosque, retorciendo sus afilados colmillos mientras hendían el aire.
Medianoche ordenó a sus compañeros que se pusieran detrás de ella mientras trataba de encontrar el punto idóneo de calma necesario para lanzar un sortilegio. Empezó a balancearse y a salmodiar, y su canto se elevó por encima del guirigay de los monstruos que se acercaban. De pronto apareció un relámpago cegador y de sus manos surgieron descargas de misiles blancos y azules, que se lanzaron sobre todas las criaturas humanoides que había a la vista. La magia parecía como una marea inagotable e incluso Medianoche se quedó atónita ante el efecto de su sortilegio. Los dardos de luz mágica atravesaron a las bestias como dagas y, de repente, los monstruos dejaron de atacar.
Luego aquellos macabros seres empezaron a caminar de aquí para allá, miraron al cielo, después a sí mismos, para ir cayendo uno a uno; su carne perdió consistencia cuando se desvaneció la ilusión de humanidad y quedó al descubierto su verdadera naturaleza. De su cuerpo salieron raíces que se metieron en la tierra y, momentos después, todo lo que quedaba de aquellos monstruos era una serie de sarmientos negros y blancos.
Medianoche se miró el medallón y observó que unas cuantas diminutas rayas de luz se movían en su superficie, luego desaparecieron. Ella misma se sintió como si la hubiesen desangrado.
Destruida la víctima fácil, los perros-araña empezaron a salir del bosque y a avanzar hacia los héroes. Había más animales de lo que Kelemvor había imaginado: como mínimo veinte bestias entraron en el claro.
De repente, algo fantástico atrajo la mirada de Medianoche: un movimiento, un contorno del tamaño y forma de un caballo y un jinete. El impreciso jinete no tardó en llegar junto a ellos y se puso a girar a su alrededor a una velocidad de vértigo. Medianoche tuvo la sensación de estar en el centro de un torbellino. Vio un repentino resplandor amarillo y se dio cuenta de que el jinete era Adon. Pero ¿cómo había sido capaz de llevar a cabo aquella proeza?
Medianoche dejó de lado sus conjeturas cuando vio que Adon rompía el cerco protector que había formado alrededor de los héroes y se lanzaba hacia los perros-araña. Cabalgó entre la jauría y, al igual que una hoz cortando el trigo, así fue dando tajos con su maza de guerra a través de la horda de criaturas cogidas de improviso; al cabo de unos segundos, los perros-araña se batían en retirada en dirección a los bosques.
No obstante, aunque la amenaza había terminado, Adon y su caballo siguieron moviéndose inquietos hasta que desaparecieron en el bosque. Era evidente que Adon había perdido el control de la magia que estuviese ejerciendo.
—¡Por Mystra, vas a acabar conmigo! —exclamó Medianoche cuando desistió de un esfuerzo imposible por coger al clérigo.
Empezó a caer una lluvia glacial que se filtraba a través del dosel de árboles. Cuando las diminutas gotas golpearon su piel y los vientos impetuosos le impidieron avanzar, Medianoche tuvo la sensación de que la estaban mordiendo.
Mientras Adon, con el corazón sobresaltado y la mente desbocada, se agarraba desesperadamente, se dio cuenta de que sus pulmones no estaban expulsando aire y que estaba desapareciendo el tenue dominio que tenía sobre el caballo. Le había dado una dosis de su poción de velocidad al animal, lo único que había ocultado con ocasión del meticuloso inventario que Kelemvor había hecho de las pertenencias de todos los miembros del grupo. Adon sabía que era un error mentir con respecto a estas cosas, pero también sabía que aquella poción había sido un favor de la diosa Sune, y sólo su sabiduría guiaría su mano para que la usase. Sin embargo, cuando los perros-araña se agruparon para atacar sin que Adon hubiera recibido señal alguna de la diosa, fue presa del miedo y tomó las riendas del asunto. Suministró la poción al caballo, que empezó a ponerse en movimiento antes de que él mismo pudiese tomar más que unas cuantas gotas. El frasquito salió volando de sus manos y él se agarró al caballo desesperadamente.
Ahora, cuando la velocidad del caballo le robaba el aire de los pulmones y estaba a punto de perder el conocimiento, Adon tuvo una visión: el rostro de una hermosa mujer se abría camino a través de las fugaces líneas de luz y color que lo rodeaban en su vertiginosa carrera. La mujer extendió las manos y le cogió la cara, apretando aquí y allá como si quisiera explorar completamente los prodigios que Sune le había concedido.
—No está herido de gravedad —dijo Medianoche.
Adon parpadeó y la sensación de movimiento empezó a desvanecerse.
—Pensaba que eras Sune —dijo.
—Parece aturdido —repuso Kelemvor.
—Sí —intervino Cyric—. Pero ¿acaso eso es nuevo?
De pronto el mundo quedó enfocado y Adon se encontró mirando los rostros de sus compañeros. Parecían estar en un bosque, si bien Adon estaba seguro de que sólo había tierra llana en el camino del castillo. Entre las ramas de los árboles que había sobre ellos se dejaron ver unos diminutos parpadeos, aunque algunos bastante extraños, de resplandor escarlata.
—Medianoche, tú... ¡me has salvado la vida! —exclamó Adon, estupefacto, con una sonrisa iluminando su rostro.
—Te has caído del caballo —le explicó Medianoche.
La silla de Adon y las provisiones estaban esparcidas por el camino junto a él. Medianoche imaginó que el clérigo debió de agarrarse a la silla y las cinchas que la sujetaban se rompieron bajo la presión de la velocidad del caballo.
Una oleada de horror inundó al clérigo.
—¡Mi rostro! No estará...
—Está intacto —dijo Cyric, hastiado—. Como siempre. Y ahora explícame lo que hemos visto.
—No lo comprendo... —empezó a decir Adon tratando de parecer lo más inocente posible.
—Cabalgabas como el viento, Adon. Dabas la impresión de ser más una ráfaga de movimiento que un jinete y un caballo —comentó Kelemvor—. Yo pensaba que tu magia te había abandonado.
—Yo no lo diría de esa forma —replicó Adon.
—Me da igual cómo lo dirías tú. ¿Qué nos estás ocultando?
Medianoche se adelantó y ayudó al clérigo a ponerse de pie.
—¡No seas estúpido, Kelemvor! —dijo—. Está claro que no puede explicar lo que ha sucedido, de la misma forma que ninguno de nosotros puede explicar la locura de la que son víctimas los Reinos desde la caída de los dioses.
Kelemvor sacudió la cabeza.
—¿Nos ponemos en camino?
Adon, aliviado, asintió con una inclinación de cabeza y todos, salvo Medianoche, se dirigieron a sus caballos.
—Ha sido un terrible error, Adon —comentó Medianoche en voz muy baja. El clérigo estaba a punto de hablar cuando Medianoche prosiguió—: He tardado unos minutos en comprenderlo. Tienes pociones, ¿verdad?
Adon agachó la cabeza.
—Tenía una. Pero ahora no la encuentro.
Medianoche frunció el entrecejo.
—¿Alguna otra sorpresa? —preguntó.
—¡No, Medianoche! —exclamó Adon, alarmado—. ¡Te lo juro por Sune!
Medianoche asintió.
—Por favor, no le cuentes a Kelemvor lo que he hecho. ¡Me desollaría vivo! —murmuró Adon.
—No podemos permitir una cosa así —dijo Medianoche sonriendo, y se alejó del clérigo.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Adon con una bravuconería que estaba lejos de sentir. A continuación se agachó y empezó a recoger sus bártulos.
—Vamos —dijo Caitlan al clérigo—. ¡Tenemos que ponernos inmediatamente en camino hacia el castillo!
—Pero ¡si nos hemos perdido! —exclamó Adon.
Pero, como en respuesta a las palabras del clérigo, los árboles empezaron a marchitarse y deshacerse. Al cabo de unos segundos, la carretera volvía a estar despejada y dejó de llover.
—¡Alabada sea Sune! —dijo el clérigo, y se apresuró a reunirse con los demás.
Como su caballo había huido, Adon tuvo que montar con Kelemvor. Su preferencia instintiva fue ir en el caballo de Medianoche, así podrían reanudar la conversación de antes, pero ella entornó los ojos hasta convertirlos en dos resquicios y Adon descartó la idea. Fue Caitlan quien montó con la maga. Debido a que los caballos de carga habían muerto, el grupo tuvo que llevar lo que les quedaba de provisiones sobre la grupa de los caballos restantes.
Medianoche fue a pie guiando el caballo, con Caitlan sobre él, hasta que estuvieron a dos kilómetros del desastre. El antes exuberante bosque estaba ya en un avanzado estado de deterioro. Medianoche supuso que por la mañana el bosque no sería otra cosa que la tierra polvorienta y seca que había sido antes de su llegada.
Los héroes acamparon bajo las estrellas y comieron lo que no habían devorado las hormigas o no se había perdido en medio de la arcana legión que los había atacado. Seguirían adelante. No había ningún voto en contra.
Aun cuando Cyric no sugirió volver sobre sus pasos, estaba claro que le preocupaban los extraños acontecimientos de los que habían sido víctimas todo el día. Sin embargo, en lugar de ponerse a comentar la batalla, el ladrón cogió sus mantas y se fue a dormir apenas terminaron de cenar.
Antes de disponerse a dormir, Kelemvor vio a Caitlan, sentada mirando el horizonte. La muchacha había hablado muy poco desde el ataque en el bosque y el guerrero se preguntó qué habría detrás de aquella mirada enigmática. En ocasiones, Caitlan parecía solamente una niña asustada; otras veces, su inteligencia y resolución le recordaban a un general cansado de luchar. La contradicción era desconcertante.
Kelemvor había rechazado siempre las riendas del mando. Se sentía incómodo siendo responsable de alguien que no fuese él mismo. ¿Por qué entonces había aceptado aquella misión con la creencia ciega de que él era el hombre idóneo para llevarla a buen fin? Kelemvor se dijo que había sido el aburrimiento lo que lo había incitado a aceptar aquella aventura y a marcharse de Arabel. Necesitaba aventura. Necesitaba dejar la vida ordenada y civilizada de la ciudad que había abandonado. Pero había otra razón que le había hecho decidirse.
Ella puede curarte, Kelemvor.
El guerrero sabía que era preferible agarrarse a la sombra de la esperanza que aceptar la luz de la realidad y encontrarse embargado por la desesperación. Sólo confiaba en que Caitlan estuviese diciendo la verdad.
Los pensamientos de Kelemvor siguieron en esta línea hasta que se quedó profundamente dormido soñando con la persecución.
Cuando los demás se retiraron, Medianoche se quedó haciendo la primera guardia, con los sentidos demasiado alerta, demasiado vivos para dejarla dormir o dejarla relajarse.
Mientras escuchaba los ruidos nocturnos, la maga meditó sobre el extraño comportamiento de Kelemvor desde la batalla. Con ocasión de la cena, el guerrero insistió en que todos ayudasen a preparar la comida. Después de comer, se empeñó en que todo el mundo ayudase a enterrar la basura, para así no atraer a los animales. Parecía un hombre distinto del que había conocido en la taberna de Arabel.
Quizás el guerrero había comprendido que Medianoche era, en efecto, una parte valiosa del grupo y se sentía avergonzado por haberse equivocado al aceptarla sólo como último recurso y por haber tenido luego el mal gusto de subrayar este hecho una y otra vez. Además, había algo que ambos compartían, estaban marcados por una vena salvaje que los adecuaba para la vida errante y aventurera, y para poca cosa más.
Medianoche se pasó las cuatro horas siguientes dándole vueltas a sus crecientes sentimientos para con el guerrero y a las preguntas relativas al medallón enganchado a su piel. Sus pensamientos giraron en círculo durante horas, hasta que Adon fue a relevarla de la guardia.
El clérigo observó que Medianoche se quedaba inmediata y profundamente dormida, y la envidió. Sin embargo, a pesar de las duras pruebas y de los horrores con los que se había enfrentado aquella tarde, a pesar de que el aire viciado con la peste de las tierras muertas asaltaba su olfato, sabía que habría podido estar en una situación peor. Por lo menos estaba en compañía de camaradas valientes y gozaba de libertad. No tenía que inquietarse por el inminente peligro de ser encarcelado o por la humillación de la que hubiese sido víctima si Myrmeen Lhal hubiese acudido directamente a sus ancianos del templo de Sune.
No, estaba libre y ello le hacía ser un hombre mejor.
Por otra parte, habría agradecido aunque sólo fuese una almohada de seda.
Los aposentos de Myrmeen Lhal tenían un diseño espectacular, techo abovedado de artesanía y gradas en círculos concéntricos que ascendían en espiral hasta su centro. La habitación estaba dominada por una cama redonda, de casi cuatro metros de diámetro, adornada con sábanas de seda roja y una docena de suaves almohadas con puntillas de oro. Abundaban los objetos de arte; algunos quitaban la respiración, otros eran simplemente hermosos.
Pero el objeto de arte más delicado era la propia Myrmeen, que sólo podía ser vista a través de unas cortinas negras, que los más escogidos ilusionistas de la ciudad mantenían constantemente cargadas y permitían echar una ojeada a cualquier puerto exótico con la única ayuda de la más ligera insinuación de su imaginación.
Myrmeen salió de su bañera, labrada con el más delicado de los marfiles por artesanos venidos del remoto Shou Lun y mantenida a buena temperatura mediante chorros de agua caliente que fluía constantemente. Los más exóticos aceites y sales de baño encantadas trataban su piel, produciéndole unas ardientes delicias más placenteras incluso que las caricias del más experto de los amantes. Detestaba dar fin a su lujuriosa sesión en el agua encantada, pero no se atrevía a abandonarse al sueño, a menos que quisiera encontrarse tan aletargada por la mañana que tuviera que aplazar sus compromisos una semana, hasta que pasaran los efectos y pudiese pensar con claridad.
Apareció en la mano de Myrmeen un camisón traslúcido azul celeste donde brillaban diminutas estrellas. El camisón secó su piel y, mientras ella se lo deslizaba por la cabeza, le peinó el cabello de la forma más delicada.
Aquel vestido era un regalo de un mago poderoso, y enamorado, que había visitado la ciudad el año anterior. Y si bien los magos de su corte habían confeccionado el camisón mágico, temía que fuese peligroso llevarlo a causa del estado imprevisible de la magia y, como había estado proponiéndose desde hacía casi una semana, se prometió prescindir de él en adelante.
Myrmeen pensó que si el camisón la mataba, por lo menos estaría presentable para los clérigos.
Recordó de pronto a Adon de Sune y se echó a reír con incontrolables espasmos. El pobre diablo estaba probablemente temblando de miedo y, temiendo por su vida, se habría escondido en algún lugar horrible. Por supuesto, no estaba realmente en peligro, pero Myrmeen no desaprovechaba la oportunidad de bajar los humos a aquel engreído; de hecho tenía bien pocas ocasiones para dar rienda suelta a su antiguo talento de embustera. Suspiró y se tumbó en la cama.
Estaba a punto de llamar a un paje cuando advirtió algo bastante extraño: habían desaparecido los rubíes del cáliz de oro. Myrmeen se levantó de la cama pero, como su instinto de guerrera se había embotado a causa de años de gobernar, no reaccionó lo bastante deprisa para esquivar al hombre vestido de negro que se abalanzó sobre ella y la arrojó violentamente sobre la cama, dejándola sin aliento. Notó el peso del hombre sobre ella, inmovilizándola, y una mano se cerró sobre su boca.
El rostro y el cuerpo del hombre estaban envueltos en una gasa que parecía ser una especie de malla de acero. Las franjas de la cara habían sido dispuestas de forma que quedasen al descubierto los ojos, la nariz y la boca del hombre.
—Estate quieta, milady. No quiero hacerte daño —dijo el hombre, en voz baja y gutural. Myrmeen se debatió todavía con más fuerza—. Tengo noticias sobre la conspiración.
Myrmeen dejó de luchar y notó que la presión de su asaltante se reducía un poco.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —murmuró ella en la mano del hombre.
—Todos tenemos nuestros secretos —dijo él—; No sería conveniente divulgarlos.
—Has... has mencionado... la conspiración —dijo, con el pecho agitado por su imaginado temor. Se preguntó si no debería empezar a llorar, luego se lo pensó mejor.
—El villano Caballero Siniestro está todavía en libertad.
Myrmeen entornó los ojos.
—Sí, esto ya lo sabía. Lo que puede ser una novedad es que los tres agentes que utilizó Evon Stralana han huido de la ciudad. Kelemvor, Adon y Cyric, el antiguo ladrón, se han marchado disfrazados antes del mediodía en compañía de dos desconocidas.
—¿No fueron esos tres los que permitieron que el Caballero Siniestro se marchase impune? Piensa en ello, milady. Eso es todo lo que tenía que decirte.
Cuando Marek empezó a incorporarse, Myrmeen rodó hacia la izquierda, fingiendo llevarse las manos a su enrojecido rostro, pero, en cambio, se agarró al borde de la cama y, con las dos piernas, lanzó una patada al estómago del intruso. A juzgar por su grito y el ruido que oyó, supuso que había encontrado las costillas del hombre.
—¡Por todos los dioses! —gritó el ladrón cuando Myrmeen le dio un resuelto puñetazo que por poco le alcanza la garganta.
Él comprendió la estratagema y le asió el brazo, pero se dio cuenta inmediatamente de su error, pues ella le dio una fuerte patada en el tobillo que provocó un segundo aullido de dolor de sus labios y tuvo que soltar su brazo antes de tener ocasión de retorcérselo desde el hombro. Myrmeen no había dejado de gritar todo el rato, por consiguiente a Marek no le sorprendió que las puertas de los aposentos se abriesen de golpe e irrumpiese un puñado de guardias.
Lo primero que pensó Marek fue si atacar a los guardias o tratar de huir. Pero cuando cayó en la cuenta de lo fácil que le resultaría escaparse de las tan mal construidas mazmorras de Arabel, levantó las manos y se rindió.
—¡Haced hablar a este perro! —ordenó Myrmeen, ajena a las miradas que había provocado su cuerpo casi desnudo—. ¿Y bien? ¿Estáis sordos? ¡Moveos!
Paró a uno de los hombres.
—¡Y hacedle saber al ministro de Defensa que deseo verlo en la sala de planificación inmediatamente! —Bajó la vista a su camisón roto—. Cuando me haya vestido de forma más apropiada.
—Te dije que no te quejases del turno de guardia —dijo uno de los guardias mientras se llevaba a Marek, y Myrmeen esperó a estar sola de nuevo en sus aposentos antes de esbozar una amplia sonrisa, fruto de las palabras del pícaro guardia. Pero su sonrisa desapareció tan rápidamente como había aparecido al pensar en el trío que tal vez la había traicionado y en las medidas que iba a tomar para descubrir si había sido así.
Media hora más tarde, en la sala de planificación, Myrmeen transmitió toda la información que acababa de recibir a Evo Stralana, un hombre delgado, de pelo oscuro y tez pálida. Stralana asintió gravemente.
—Me temo que ese gusano de Gelzunduth estaba diciendo la verdad —observó Stralana.
—¿Estabas enterado de todo esto? —gritó Myrmeen.
—Esta mañana, uno de nuestros hombres ha logrado obtener la prueba que necesitábamos para detener al falsificador, Gelzunduth.
—Sigue.
Stralana tomó aliento.
—Ayer noche, Adon fue a casa de Gelzunduth y pagó al falsificador para que le hiciese unas identificaciones falsas para unos hombres cuya descripción, curiosamente, coincidía con Kelemvor y Cyric. También compró un fuero falso. Gelzunduth comprendió inmediatamente lo que tenía entre manos y accedió tan cordialmente como pudo.
»Cuando Gelzunduth fue interrogado insinuó que podía revelar cierta corrupción entre los guardias. Gelzunduth ha considerado que podría utilizar esta información para conseguir pactar por su libertad o para obtener una sentencia menor. Pero hace unas horas el cerdo se derrumbó y lo ha contado todo.
Myrmeen observó la diminuta llama de la única vela que había entre Stralana y ella. Cuando levantó la vista, podía verse en sus ojos toda la furia provocada por lo que acababa de oír.
—Quiero saber quién estaba de guardia en las puertas cuando Kelemvor y los demás se marcharon de Arabel. Quiero que me los traigáis aquí y que sean interrogados. Veremos el castigo que les imponemos una vez hayamos descubierto qué puerta utilizaron para huir.
Stralana asintió.
—Sí, milady.
Los puños de Myrmeen estaban apretados y juntos, y sus nudillos se habían vuelto blancos. Hizo un esfuerzo para relajar las manos mientras hablaba.
—Luego nos ocuparemos de Kelemvor y sus amigos.


5
Las columnatas

Cyric, el último en montar guardia, observó el hermoso color rosa pastel del cielo al amanecer. Unas suaves rayas ocres parecían iluminar las nubes puras y blancas que se elevaban sobre el horizonte. Sin embargo, el ladrón no tardó en notar una oleada de calor que penetraba en su cuello. Se volvió y descubrió una segunda salida de sol que remedaba la primera con total perfección.
Con visible velocidad, salían otros soles tanto por el norte como por el sur. Ilusión o no, el efecto era desconcertante. El sofocante calor de las esferas cegadoras hizo que los pequeños montones de barro del camino se secasen y endureciesen; y la propia tierra empezó a humear desprendiendo un olor insoportable. Cyric despertó a los demás antes de que se pusiese de manifiesto todo el efecto del tremendo calor.
Kelemvor, todavía aturdido por una mala noche, fue en busca de la única tienda que tenían, luego juró para sus adentros al recordar que había quedado destruida cuando los caballos de carga habían sido atacados por los monstruos el día anterior. Ordenó a los demás que reuniesen todas las mantas y capas que hubiere y se cubriesen inmediatamente, pues la tierra rasa que rodeaba a los héroes no los protegía mucho del sol.
—¡Medianoche! —llamó Kelemvor—. Si te queda algún sortilegio milagroso que pueda ayudarnos, éste es el momento de usarlo.
Medianoche no prestó atención al tono sarcástico de la voz de Kelemvor.
—¡Poneos todos juntos! —gritó Medianoche—. Los caballos también. Luego colocad toda el agua que tengamos en un punto.
Las órdenes de Medianoche fueron ejecutadas y una densa niebla llenó el aire cuando la maga de cabello oscuro lanzó un sortilegio menor destinado a humedecer la zona. Un segundo sortilegio enfrió el agua que tenían para beber, para evitar así que se evaporase con el calor. Las mantas envolvieron a los aventureros en la oscuridad y ayudaron a que se mitigase el intenso calor de los soles. Medianoche se alegró de que sus hechizos no hubiesen fallado. Vio diminutas rayas de luz moverse por la superficie del medallón y, a pesar del sofocante calor de los soles que salían, un escalofrío recorrió su cuerpo.
Adon, a oscuras bajo la manta, recordó un sortilegio simple susceptible de permitirle soportar los efectos del intenso calor sin que éste lo dañase. Deseó ardientemente poder recurrir al hechizo, pero sabía que no tendría efecto. Antes y después de su guardia, había rezado a Sune y probado unos sortilegios; sus esfuerzos habían sido vanos, como había ocurrido desde el Advenimiento.
Medianoche podía ver los soles incluso a través de la tela de su capa. Observó, fascinada, cómo convergían directamente sobre ellos formando una deslumbradora serie de luces, que luego se convirtieron en una sola; el calor disminuyó hasta niveles normales casi al instante. Parecía que la crisis había llegado a su fin.
Sin embargo, el calor afectó a los aventureros que, incluso mientras se preparaban para ponerse en marcha, discutían acerca de qué sol había sido el verdadero y en qué dirección debían encaminarse. Al final se rindieron al infalible instinto de Cyric y el día recuperó una apariencia de normalidad.
Al cabo de un rato, las tierras llanas dieron paso a unas montañas exuberantes y onduladas en el este, y aparecieron las imponentes cimas de las montañas del desfiladero de Gnoll en la lejanía. Los héroes dejaron la carretera principal, sorprendiéndose gratamente al encontrar las ruinas de una columnata que rodeaba una reluciente charca de agua fresca; Adon la probó y afirmó que era pura. Bebieron con avidez y rellenaron sus cantimploras.
La idea de bañarse apenas había pasado por la mente de los sudorosos aventureros cuando Adon, sin pudor alguno, empezó a desnudarse.
—¡Adon! —gritó Kelemvor, y el clérigo quedó inmóvil en equilibrio sobre una pierna y con las manos asidas a una bota—. ¡Hay una mujer y una niña!
Adon posó el pie antes de caerse.
—¡Oh, disculpad!
Medianoche movió la cabeza. La idea de bañarse y refrescarse antes de la última etapa del viaje no era mala en absoluto, pero habría que disponerlo de otra forma.
—Si los tres tenéis ganas de bañaros, me llevaré a Caitlan y esperaremos al otro lado de la charca... de espaldas a vosotros —propuso la maga.
—¡Bien! Luego haremos lo mismo para que os podáis bañar vosotras —repuso Kelemvor y empezó a sacarse la camisa.
—Sí, con la diferencia de que vosotros estaréis en la cima más cercana antes de que estemos dentro del agua. —Medianoche tomó a Caitlan de la mano y se la llevó.
Cuando Medianoche y Caitlan estuvieron al otro lado de la columnata, Adon se desnudó completamente y, después de doblar con cuidado su ropa y dejarla apilada, tomó carrerilla y se zambulló en las cristalinas aguas. Se puso a chapotear y gritar como un niño, mientras Kelemvor se reía.
—¡Bien hecho, muchacho! —Y Kelemvor se desnudó a su vez.
Hasta Cyric se metió en la charca, si bien parecía bastante inseguro en comparación con los demás compañeros.
Mientras esperaban a que los hombres acabasen de bañarse, a Medianoche le sorprendió el silencio de Caitlan. Le gustaba hablar con la muchacha, sin embargo, incluso después de haberla instado dulcemente a que dijese algo, permaneció en completo silencio, sin dejar de mirar el horizonte.
—¡Medianoche!
Sin volverse, Medianoche contestó:
—¿Sí, Kelemvor?
—Tengo que decirte algo.
Medianoche notó el tono festivo de la voz de Kelemvor y frunció el entrecejo.
—Puede esperar.
—Puedo olvidarme —replicó Kelemvor—. No te preocupes, estamos dentro del agua.
Medianoche relajó los hombros y miró a Caitlan.
—Espera aquí —le dijo. Caitlan asintió.
Medianoche se levantó y encontró a Kelemvor cerca de la parte de la charca donde estaba ella. Adon y Cyric seguían en el otro extremo.
El Kelemvor desnudo de su imaginación resultó no ser muy diferente del verdadero; cuando vio el cuerpo mojado y brillante de Kelemvor, Medianoche no pudo evitar un estremecimiento. No recordaba la última vez que la habían tocado unas manos como las suyas. Kelemvor la interrumpió en sus pensamientos al salpicarla con el agua mientras se acercaba a ella nadando y bromeando para que se reuniese con él.
—Te gustaría, ¿verdad? —dijo Medianoche, a la vez que cruzaba los brazos sobre el pecho.
—Sí —dijo Kelemvor, con un brillo travieso e infantil en los ojos.
—Pues mi ropa no se moverá de su sitio hasta que los tres estéis bien seguritos en aquella colina —dijo ella, para luego meter un pie en la charca y salpicar el hermoso rostro del guerrero. Él quiso agarrarle el tobillo pero no atinó, cayó hacia adelante y se dio un fuerte golpe en la cabeza con el borde de piedra de la charca. Los brazos del guerrero se agitaron mientras empezaba a hundirse y un rastro de sangre ensució el agua.
—¡Kel! —gritó Medianoche.
De pronto, se formó un remolino y una mano hecha de agua agitada alzó a Kelemvor de la charca y lo colocó en un pequeño remanso. Adon corrió junto al hombre. Cuando Kelemvor empezó a moverse, Medianoche fue a buscar la ropa de sus compañeros.
—No es grave —dijo Adon después de haber examinado la herida—. Yo diría que es preferible no moverlo durante un rato.
—¡Necio! —le reprendió Medianoche, pero Kelemvor se limitó a sonreír y mover la cabeza.
Adon tapó al guerrero con una manta y fue a hablar con Cyric, que ya estaba completamente vestido.
—Habría valido la pena —dijo el guerrero. Luego la inquietud arrugó sus rasgos—. Estás temblando.
Medianoche, en efecto, estaba temblando sin poderse controlar. No había lanzado ningún sortilegio para salvar a Kelemvor, pero estaba segura, aunque no sabía cómo, de que lo había salvado. La maga, mientras se cogía los brazos para dejar de temblar, pensó que quizás el medallón iba a explotar. Al fin y al cabo, era mágico.
Medianoche lanzó un grito poco después cuando un segundo géiser de agua saltó de la charca y la envolvió en una brillante columna. La maga se quedó consternada cuando todo lo que llevaba encima, salvo el medallón, se desprendió de ella sin movimiento alguno por su parte, y unos agradables chorros de agua concentrada empezaron a lavarla; mientras, su ropa bailaba en el aire y recibía el mismo tratamiento. Los otros apenas veían lo que pasaba dentro de la columna y, cuando todo acabó, el agua fue tragada ávidamente por la charca y apareció Medianoche, vestida y deslumbrantemente limpia.
Medianoche había dejado de temblar, pero la asaltó de nuevo la duda. Llegó finalmente a la conclusión de que, tanto si había sido el medallón como si había sido algún poder del agua el responsable de todo aquello, era evidente que no se trataba de ninguna magia nociva.
—Bonito truco —dijo Cyric sonriendo a la maga—, pero me sorprende que sigas confiando en tus sortilegios después de todo lo que hemos visto.
—No he recurrido a ningún hechizo desde los sortilegios de esta mañana —replicó la maga—. No sé qué ha causado esto. Por lo que sabemos, puede haber sido Caitlan.
Medianoche miró al lugar donde había dejado a la muchacha y se llevó un susto de muerte cuando vio que el remanso estaba vacío. Antes de poder siquiera abrir la boca, se oyó un chapoteo detrás de ella; Medianoche se volvió y vio a Caitlan disfrutando en la reluciente charca.
Debido a la herida de Kelemvor, los héroes decidieron acampar en la columnata y seguir la marcha hacia el castillo por la mañana. Cyric se pasó gran parte de la tarde estudiando los pilares y las estatuas que rodeaban el campamento.
Las columnas eran gruesas y lisas y, a casi cuatro metros del suelo, unos hermosos arcos de piedra, como arcos iris terrestres, unían una columna con otra. Las vigas de piedra se extendían hasta la siguiente columna, de la cual salía a su vez un arco, y así sucesivamente.
Algunas columnas estaban derruidas y las puntas de sus capiteles fragmentados formaban lanzas melladas. De la parte alta de las columnas bajaban unas fisuras que degradaban sin piedad toda la longitud de los pilares y, junto a las fracturadas columnas, podían verse fragmentos de piedra hundidos profundamente en el suelo. Faltaban muchos arcos, lo cual estropeaba la otrora perfecta simetría de la columnata y reemplazaba ésta con un diseño extravagante e imprevisible.
El interés de Cyric se centró principalmente en las estatuas, a pesar de que casi todas las esculturas estaban rotas por alguna parte y a muchas les faltaba la cabeza. Algunas eran de hombres, otras de mujeres, pero todas representaban unos ejemplares físicos perfectos. El ladrón estuvo horas observando una estatua en particular: una pareja de enamorados sin cabeza, que estaban de espaldas a la columnata, cuyas manos expresaban las emociones que no podían manifestar sus inexistentes cabezas.
Cuando anocheció, empezó a emanar de la charca una luminiscencia intensa, como si su fondo estuviese cubierto de fósforo, cosa que un minucioso examen demostró no ser cierta. Mientras los viajeros descansaban y, de vez en cuando, sacaban algún tema de conversación, aquella luz azul y blanca del agua bailaba en sus rostros.
Cyric contó unas historias sobre unos aventureros malhadados que habían buscado la fortuna en las legendarias ruinas de Myth Drannor, ignorando las advertencias de los héroes que custodiaban el lugar. En todos sus relatos terminaban muriendo o desapareciendo para siempre los aventureros. Medianoche reprendió a Cyric por sacar a la luz aquellas historias deprimentes.
—Además, a menos que hubieras estado con ellos y hubieras logrado salir con vida, ¿cómo puedes saber qué peligros arrostraron aquellas personas? —quiso saber Medianoche.
Cyric miró fijamente el agua y no contestó. Medianoche decidió dejar las cosas como estaban.
Adon empezó a ensalzar las virtudes de Sune y Kelemvor cortó al clérigo cambiando de tema para hablar de los sueños y su realización.
—No te deprimas —dijo Kelemvor devolviendo a Medianoche sus propias palabras—, pero los relatos de Cyric tienen significado para todos nosotros. He visto con demasiada frecuencia a hombres a quienes la persecución de sus sueños los ha llevado por el mal camino. Luego, un día, miran a su alrededor y reconocen todas las alegrías y maravillas que se han perdido por estar demasiado ocupados yendo de acá para allá con el fin de amasar sus riquezas.
—Es muy triste —comentó Medianoche—. Yo he conocido a hombres así. ¿Y vosotros?
—Encuentros casuales —contestó Kelemvor.
—No entiendo qué tiene que ver todo esto con nosotros —dijo Adon sin poder evitar su tono hosco.
—Tiene mucho que ver con nosotros —replicó Kelemvor, que estaba observando el movimiento casi hipnótico del agua—. ¿Qué me dices si morimos mañana?
Caitlan adivinó adónde quería ir a parar Kelemvor con sus palabras, y palideció.
—Como decía Aldophus, «un curioso cúmulo de circunstancias..., se ponen a arder todas, y se desencadena el infierno». Pensad en lo que nos ocurrió ayer. ¿Vale la pena realmente el riesgo de volver a enfrentarnos con semejantes pesadillas o con cosas que pueden ser peores? Yo he jurado seguir adelante, pero estoy dispuesto a dispensar a cualquiera de vosotros de la obligación de cumplir vuestra promesa —dijo Kelemvor sin dejar de mirar el agua.
Adon se puso en pie.
—Me siento insultado. Por supuesto, yo seguiré adelante. No soy un cobarde, aunque puedas pensar lo contrario.
—Yo nunca he dicho que lo seas, Adon. De haber pasado esta idea por mi imaginación, no te habría pedido que nos acompañases en esta misión. —Kelemvor se volvió hacia los demás.
Medianoche vio que Caitlan estaba temblando y le puso su capa sobre los hombros.
—Mi promesa va dirigida tanto a Caitlan como a ti, Kel —dijo Medianoche mientras abrazaba a la asustada muchacha—. Yo continuaré, y eso no tenía que haber sido puesto en duda.
Cyric se había apartado a las sombras, fuera de la luz de la charca. Comprendía perfectamente la estrategia que Kelemvor estaba poniendo en práctica; trataba de fortalecer la aprobación y el entusiasmo del grupo poniendo estas mismas actitudes en duda. Pero para Cyric, Kelemvor no estaba más que expresando las mismas inquietudes que él había estado experimentando desde el principio de la aventura.
Cyric pensó que podía abandonar, y nadie lo detendría.
—¿Cyric? —llamó Kelemvor—, ¿dónde está Cyric?
—Estoy aquí —contestó Cyric, y, sorprendido de sí mismo, volvió donde estaban los demás y tomó asiento junto a ellos—. Pensaba haber oído un ruido.
Kelemvor miró a su alrededor con suspicacia.
—Pero no era nada —dijo el ladrón, para luego arrodillarse frente a Caitlan, a quien apenas había dirigido la palabra durante todo el viaje—. En lo que vale, Caitlan, te reitero mi promesa de rescatar a tu señora del castillo. —Luego miró a Kelemvor—. Hay quien cree que nuestras vidas están predestinadas, que tenemos poco control sobre ellas y que podemos dejarnos llevar por cualquier cosa que nos depare el destino. ¿Has sentido eso alguna vez?
—¡En absoluto! —exclamó Kelemvor—. Nadie más que yo gobierna mi destino.
Cyric alargó una mano y cogió la del guerrero.
—Siendo así, por fin estamos de acuerdo en algo —dijo Cyric sonriendo, si bien su corazón sabía que estaba mintiendo.
Bane pensó que debían de estar cerca. Removió las aguas del estridente estanque hasta que se le cansaron los brazos. Se sintió aliviado cuando una imagen empezó a tomar forma. Sin embargo, algo interfería en su intento de espiar a los salvadores de Mystra. Incluso cuando el agua del estanque volvió a quedarse quieta, la imagen siguió siendo vaga e indistinta.
Bane estudió la imagen casi quieta de los humanos que habían acudido a rescatar a Mystra. Le interesaba sobre todo la mujer, pero ella estaba dormida de costado y no podía ver el medallón. Estudió a los demás y una carcajada salió del dios hecho carne. La laringe de Bane, demasiado humana, se rebeló contra este tratamiento cruel al que era sometida y el estruendo de la risa de Bane se convirtió en un gruñido ronco.
Bane estaba delante de Mystra, a la cual había despertado la risa cruel de lord Black.
—¿Esto es lo que mandas contra mí? —dijo Bane señalando el ruidoso estanque—. Impresionan todavía menos que la descripción que de ellos hizo Blackthorne.
Mystra guardó silencio.
—Yo pensaba que tus redentores estarían por lo menos en condiciones de proporcionarme cierta diversión. Pero ¿estos cuatro?
Mystra hizo un esfuerzo para no mostrar reacción alguna, aun cuando vislumbrara de pronto un rayo de esperanza. «¿Sólo cuatro? —pensó—. ¡Entonces el despacho funcionó!»
Cuando Bane capturó a Mystra, la diosa había usado una fracción de su poder para enviar un hechizo modificado en forma de un halcón mágico. La posible mutación que localizaría debía ser joven, con un inmenso potencial, es decir, un gran mago, pero inexperto. Cuando localizaron a Caitlan, se produjo un contacto entre Mystra y la muchacha y, en aquel instante, la diosa le dio instrucciones para que encontrase a Medianoche y el medallón y reuniese a unos guerreros dignos de su causa.
Asimismo, Mystra le dio al halcón algunos hechizos que éste debía otorgar a quien recibiese su llamamiento. Uno había sido un sortilegio para ver en la mente de otros, a fin de poder así encontrar el defensor adecuado. El segundo era una capa para detectar cualquier forma de magia. Mystra presintió que el tercero y último hechizo no había sido usado todavía. Un ligerísimo estremecimiento dentro de su esencia le había indicado el lanzamiento de los dos primeros sortilegios cuando éstos se produjeron; no le había llegado una sensación similar del uso del tercero. Todavía no.
Cuando lord Black volvió a hablar, el desprecio endurecía sus rasgos.
—Por lo menos han tenido el buen juicio de dejar a la niña. No habrían ganado nada con su muerte, salvo causarte más inquietud. Y yo, de verdad, no quiero causarte dolor, querida Mystra. A menos, claro está, que no me dejes otra alternativa.
Durante el tiempo que llevaba siendo prisionera de lord Bane, Mystra había aprendido a tener paciencia y, a pesar de lo mucho que deseaba gritar cuánto agradecía que su plan hubiese sido un éxito hasta aquel punto, puso en práctica lo que había aprendido con la máxima habilidad. Caitlan había sido protegida de las inoportunas brujerías de Bane; él no sabía que la joven estaba aún con el grupo.
—Te ofrezco mi indulgencia una vez más. Prométeme lealtad a mi causa. Ayúdame a unir a los dioses contra lord Ao, y poder así recuperar los cielos. Si haces esto, todo quedará perdonado. Si desaprovechas esta oportunidad que te ofrezco, ¡te juro que estos humanos que intentan arrancarte de mis garras recibirán unos tormentos propios de los condenados!
Se oyó un ruido detrás de ellos.
—¡Lord Bane!
Éste se volvió para saludar a Tempus Blackthorne. El hechicero tenía una piel pálida, casi color marfil, y llevaba su largo pelo, negro como el azabache, recogido en una cola. Se cubría el pecho con un peto hecho de puro acero negro en cuyo centro aparecía una joya del tamaño de un puño. Asimismo, parecía ser insustancial, casi como un fantasma.
—Hay asuntos urgentes que requieren tu atención en Zhentil Keep —dijo Blackthorne—. Han encontrado al Caballero Siniestro.
—¿El Caballero Siniestro? —exclamó Bane moviendo la cabeza.
—La conspiración contra Arabel. Él era nuestro agente.
Bane lanzó un profundo suspiro.
—El que fracasó.
—Lord Chess quiere ejecutarlo inmediatamente —dijo Blackthorne—. Sin embargo ese hombre tiene un expediente intachable y tropezó con imponderables en su cometido.
Bane juntó sus manos-garras.
—Para ti es un asunto personal, ¿verdad?
Blackthorne agachó la cabeza.
—Ronglath, el Caballero Siniestro, y yo somos amigos desde niños. Su muerte sería una pérdida sin sentido.
Bane respiró hondo.
—Vamos a hablar del asunto. Luego le llevarás mi sentencia a Chess. Nadie se atreverá a discutirla.
Mystra observaba mientras Bane y su emisario hablaban. La atención del dios de la Lucha estaba fijada en el asunto que tanto importaba a Blackthorne y Mystra agradeció aquel respiro de su constante acoso.
Mystra pensó que, por lo menos, existía una probabilidad de escapar. El hecho de que la mutación que ella había creado hubiese encontrado a quien poseía su responsabilidad era más de lo que hubiera podido esperar. No habría otra ocasión como aquélla.
Y entonces le proporcionaría la identidad de los ladrones a lord Ao, y ¡volvería a casa!
Sin embargo, no era momento de regocijarse. Era momento de actuar. Mystra sabía que, encadenada como estaba, no podría escapar a sus grilletes. No obstante, sus cadenas y las atenciones del hakeashar no habían impedido completamente que conservase suficiente energía mística para lanzar un último hechizo menor.
Mystra se concentró y no tardó en sentir una conexión con Caitlan.
¡Ven inmediatamente!, ordenó Mystra, y sus palabras retumbaron en el cerebro de la muchacha. Utiliza el último hechizo que te he concedido y ven enseguida. No esperes a los otros. Ellos no tardarán en llegar.
La conexión se interrumpió de pronto y Mystra oyó las pisadas de Bane. Blackthorne se había marchado. Bane se detuvo delante de la diosa.
—¿Has cambiado de opinión? ¿Has decidido finalmente unirte a mí? —preguntó Bane.
Mystra guardó silencio.
Bane suspiró.
—Es una lástima que vayas a morir pronto. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces podrás soportar todavía al hakeashar? Los tormentos que te causa cuando viola tu esencia deben de ser increíbles.
Mystra ni se movió.
—Contigo, o sin ti, encontraré un medio para derrocar a Ao, Mystra. Harías bien uniéndote a mí antes de que deba matarte.
Como la diosa de la Magia siguió guardando silencio, Bane se volvió y se dirigió al ruidoso estanque, donde reanudó la vigilancia de los huéspedes acampados fuera del castillo.
¡Ven inmediatamente!, ordenó Mystra, y Caitlan se puso en acción. A pesar de las palabras de la diosa, según las cuales debía dejar a sus nuevos amigos detrás, Caitlan tuvo la tentación de despertar a Medianoche o a Kelemvor, explicarles la llamada de Mystra y decirles que no había tiempo que perder, que tenían que dirigirse inmediatamente al castillo.
Pero había que seguir las órdenes de Mystra al pie de la letra; de modo que Caitlan repitió para sus adentros las palabras del sortilegio y se vio elevada en el cielo nocturno. Cyric ni siquiera oyó nada cuando empezó a moverse. Y, a pesar de la alegría producida por la experiencia de volar por el aire, Caitlan no olvidó en ningún momento la triste razón de su viaje.
La diosa la necesitaba.
Con el requerimiento de Mystra, Caitlan había recibido una compleja serie de imágenes y, siguiendo la equivalencia de estas imágenes en la vida real, no tardó en llegar al castillo de Kilgrave y entrar en él sin ser detectada. Aun cuando los polvorientos pasillos que recorría parecían bastante inofensivos, Caitlan presintió la presencia de un demonio en el lugar. La muchacha encontró, finalmente, la habitación donde vio la extraña y resplandeciente forma de la diosa de la Magia.
Mystra no parecía en absoluto humana. Había sido encadenada a la pared de la mazmorra con unas cadenas extrañas, y flotaba por la sala delante de Caitlan como un fantasma.
En la sala había también un hombre de una deformidad horrible. Estaba en el centro del cuarto mirando dentro de una cuba vistosamente tallada que contenía un agua oscura, casi negra. Caitlan vio que sus rasgos eran en parte humanos, en parte animales y en parte demoníacos. El hombre deforme se volvió súbitamente y miró en dirección de la muchacha, pero ésta permaneció escondida en las sombras. Daba la impresión de que él la hubiera oído entrar en la mazmorra o, de alguna forma, presintiese su presencia.
El hombre de negro se volvió hacia Mystra y sonrió.
—Tengo ganas de que salga el sol, así podrán venir esos pobres humanos y distraerme un poco.
—Harán algo más que distraerte, Bane —dijo Mystra.
Caitlan estuvo a punto de lanzar un grito. ¡El hombre deforme era lord Bane, dios de la Lucha! Debía de haberse mutado, como había hecho Tymora en Arabel.
Fue entonces cuando Caitlan supo lo que se esperaba de ella y se regocijó al comprender cuál era su último destino. Ante ella, Bane gritaba a la diosa, le lanzaba viles amenazas, imploraba a la cautiva diosa que se uniese a él en cierto plan disparatado que él había ideado. Mystra no contestó y Caitlan temió que la esencia de la diosa se estuviese desvaneciendo, que la diosa pudiese morir. Luego descartó estos pensamientos y esperó a que Bane se alejase el tiempo suficiente para cubrir la distancia que la separaba de la diosa de la Magia.
Le llegaría entonces a Mystra el momento de regocijarse.


6
Nueva Acheron

Cuando los héroes llegaron a la cima de la última montaña y miraron el valle donde estaba el castillo de Kilgrave, pudieron comprobar hasta qué punto se había desmoronado. Mientras se encaminaban hacia las ruinas, Kelemvor iba con el corazón encogido.
—A menos que alguna criatura se la haya llevado o que el suelo se la haya tragado, Caitlan tiene que estar aquí, en algún lugar —dijo el guerrero—. Pero sigo sin comprender por qué se ha marchado.
Cyric suspiró.
—No he parado de decírtelo toda la mañana, Kel; no creo que se haya ido. Caitlan estaba todavía durmiendo cuando yo empecé mi guardia y no la he oído marcharse.
—Pero esto tampoco aclara dónde está —replicó Medianoche, en cuya voz era evidente la inquietud que sentía por la muchacha—. O cómo se ha marchado del campamento sin que nadie la haya oído.
—Con todas las cosas extrañas que están pasando, no me sorprendería que se la hubiese tragado la tierra —comentó Adon.
Kelemvor se puso tenso. Si la muchacha había muerto o aunque sólo se hubiese ido para no volver, él no obtendría la recompensa prometida. Se le estremecieron todos los músculos del cuerpo.
—¡Baja del caballo, Adon! ¡Enseguida!
—Pero..., pero...
Kelemvor ni siquiera se volvió para discutir con él y Adon comprendió que sería preferible limitarse a caminar el resto del camino hasta el castillo de Kilgrave. En cualquier caso, no le gustaba compartir el caballo con el guerrero: sudaba demasiado.
Kelemvor volvió a centrar su atención en el castillo. Parecía imposible que el castillo de Kilgrave hubiese sido magnífico en algún momento. Su silueta era siniestra, lo que hacía que el lugar intimidase todavía más. El torreón era un cuadrado perfecto, con unas gigantescas torres cilíndricas en cada uno de sus extremos. Estas torres no tenían ventanas y se unían entre sí mediante enormes muros. En la entrada de los héroes sobresalía un obelisco. Toda la estructura tenía el aspecto de huesos dejados al sol para blanquearse.
Cuando los héroes se acercaron, vieron que el castillo tenía tres plantas y estaba rodeado por un foso que se había secado hacía tiempo. Cualesquiera que hubiesen sido los terrores contenidos en el foso a fin de ahuyentar a ladrones y asesinos, habían quedado reducidos a fragmentos de huesos deformes que sobresalían de la oscura y fértil tierra y servían de excelentes asideros para que Cyric bajase hasta el fondo.
—Trata de subir hasta la puerta —dijo Kelemvor a Cyric cuando éste llegó al fondo del foso seco y empezó a trepar hacia el castillo.
—Siempre señalando «lo fácil» —murmuró Cyric entre dientes—. Éste es nuestro Kelemvor.
El puente levadizo colgaba parcialmente abierto y las macizas cadenas que hacían funcionar sus mecanismos estaban tan oxidadas y pegadas que se negaron a hacer el más ligero ruido cuando Cyric trepó desde el foso hasta la base de las cadenas y se agarró a ellas, utilizando los enormes eslabones como asideros para manos y pies.
Cyric subió hasta un saliente en vías de desmoronarse y siguió éste hasta la parte lateral del propio puente, parcialmente levantado. Una vez allí, Cyric se deslizó entre el puente y el muro y saltó cinco metros hasta el suelo. Momentos después hacía funcionar, no sin esfuerzo, los mecanismos para bajar el puente.
Mientras el puente rechinaba ruidosamente en su camino hasta el suelo delante de ellos, Kelemvor, Medianoche y Adon ataron sus caballos a los postes que hacían las veces de centinelas delante del puente levadizo, y cogieron solamente las armas y algunas antorchas para llevarse con ellos.
—¿No estamos exagerado con tanta cautela y sutileza? —dijo Medianoche con un suspiro—. También podríamos esperar a que saliesen los dueños y nos invitasen a entrar.
A Adon le pareció divertido el comentario de la maga, no así a Kelemvor.
—Vamos a acabar con esto de una vez por todas —gruñó el guerrero—. Si encontramos a Caitlan y a su señora, todavía podemos esperar alguna recompensa.
Cyric se quedó en la puerta con la espada pronta esperando que surgiese algún guardia estúpido cuando los héroes entrasen en el castillo de Kilgrave, pero ningún ser sacó su fea cabeza. De hecho, el ruidoso descenso del puente levadizo no parecía haber llamado la atención de nadie.
—Esto es muy extraño —dijo el ladrón cuando los héroes llegaron junto a él—. Tal vez no sea éste el castillo en ruinas que buscábamos.
Kelemvor frunció el ceño y, a la cabeza del grupo, entró en la primera sala del castillo. La visibilidad dentro de los muros era escasa, incluso con las goteantes antorchas que llevaban los héroes. A pesar de ello, pronto se puso de manifiesto que el amplio vestíbulo principal estaba completamente vacío; y el grupo se encaminó a un pasillo que estaba al otro lado de aquella sala.
A medida que los héroes se iban adentrando en el castillo de Kilgrave, Cyric fue mirando dentro de las pequeñas habitaciones por las que iban pasando. Todos los cuartos que vio eran muy similares; restos desvencijados de una mesa apoyada contra una pared, junto a ella el asiento roto de un sillón antaño regio, el cadáver descompuesto de algún animal que había entrado y se había muerto de hambre, o había enfermado antes de encontrar la muerte en un rincón. Otras habitaciones estaban completamente vacías.
Pilares de marfil guarnecidos de oro enmarcaban los pasillos a intervalos de cinco metros. El oro había desaparecido en su mayoría. Las alfombras que cubrían los pasillos estaban anegadas de agua y destrozadas, si bien los dibujos y los materiales, visibles incluso a través de la mugre, ponían de manifiesto que habían sido unos objetos de inapreciable valor. Los techos abovedados tenían un intrincado trabajo de enlucido, de cuyos detalles sólo era posible ver una pequeña parte. Las pocas imágenes visibles eran unas mezclas extrañas y caóticas que hablaban de enfrentamientos entre titanes y monarcas sin rostro sentados en tronos hechos con calaveras. Ni una sola vez el yeso plasmaba una ilustración de bondad o alegría.
Al cabo de casi una hora de deambular sin encontrar nada que justificase la increíble historia de la muchacha, Cyric expresó aquello que preocupaba a todos.
—¡Oro...! —dijo con sarcasmo, y sus palabras resonaron siniestras en los desiertos pasillos en sombras.
—¡Sí! —dijo Kelemvor deseando al mismo tiempo que no se lo hubiesen recordado. Su cuerpo se estremeció de forma violenta y el guerrero recordó para sus adentros que la aventura no había terminado aún. Todavía podía obtener su recompensa.
—Riquezas inimaginables, aventuras increíbles —dijo Cyric, a la vez que hacía crujir los nudillos para ahuyentar el fastidio.
—Me duelen todos los miembros —dijo Adon en voz baja.
—Por lo menos están todavía en su sitio —le recordó Kelemvor, y el clérigo guardó silencio.
—Tal vez haya riquezas aquí —dijo Cyric—, alguna recompensa que justifique nuestros esfuerzos, como mínimo.
—¿Creéis que han limpiado este lugar alguna vez? —comentó Medianoche a la vez que señalaba los alrededores con un gesto de su antorcha—. ¿Habéis visto algo de valor hasta el momento?
—Todavía no —dijo el ladrón—, pero no hemos llegado muy lejos.
Adon no estaba convencido de ello.
—Si la señora de Caitlan fue hecha prisionera por unos bandidos, un humano o lo que sea, deberíamos quedarnos el tiempo suficiente para encontrar el cuerpo y darle la debida sepultura. Quizá Caitlan esté ya aquí en algún lugar haciendo precisamente esto.
—En ese caso, lo mejor que podemos hacer es dividirnos y cubrir así más terreno. Adon, tú te vas con Medianoche e inspeccionáis los sótanos. Cyric y yo buscaremos arriba —decidió finalmente Kelemvor—. Tenemos que sacar alguna ventaja de este viaje y no pienso marcharme hasta que no hayamos encontrado algo de valor.
Cuando vieron una escalera, Kelemvor y Cyric subieron a las plantas superiores, con la esperanza de hallar a Caitlan; o por lo menos algunas riquezas escondidas en lo que sin duda habían sido los aposentos reales de las familias acaudaladas que habían erigido la fortaleza mucho tiempo atrás.
Adon acompañó a Medianoche en busca de los niveles inferiores del castillo. Bajaron la escalera de caracol y el aire iba siendo más frío a medida que descendían por debajo del nivel del suelo. Después del último tramo, cuando ya se disponían a introducirse en una pequeña antecámara situada al pie de la escalera, Adon lanzó un grito de consternación: del techo bajaba una verja de hierro forjado que, después de atravesar sus vaporosas mangas, lo inmovilizó; al mismo tiempo, otras dos verjas le impedían seguir y sus largas lanzas amenazaban con poner fin a la vida del clérigo.
Adon se soltó antes de que las verjas llegasen con estrépito al suelo, pero se encontró separado de Medianoche. Adon miró sus mangas desgarradas, se lamentó por ello sólo un segundo y se dispuso a ayudar a Medianoche, que estaba probando la resistencia de las barras al otro lado de las mismas.
—¡Kel! —gritó Adon—, ¡Cyric!
Medianoche sabía que por lo menos sus amigos no iban a oír los gritos del clérigo. Se puso de espaldas a las barras y se quedó helada al encontrar una pesada puerta de madera, de tres veces su estatura, que le bloqueaba el paso. Unos momentos antes, la puerta no estaba allí. Se oyeron unos arañazos en ella y una voz que gritaba al otro lado.
—¿Caitlan? —gritó a su vez la maga—. Caitlan, ¿eres tú?
Medianoche se acercó a la puerta con el fin de percibir los sonidos con mayor claridad. La puerta se abrió de golpe y dejó al descubierto una sala larga y vacía. Los gritos habían cesado.
Medianoche sacudió la cabeza.
—Adon, tú espera aquí mientras yo voy a ver adónde conduce.
Pero cuando se dio media vuelta, el clérigo había desaparecido.
Kelemvor y Cyric encontraron los pisos superiores del castillo en el mismo estado ruinoso que la planta baja. Lo único que parecía extraño era la ausencia total de ventanas. No habían visto ni una sola abertura desde que llegaron al último nivel y cada habitación que visitaban tenía el mismo aspecto que la anterior, o estaban vacías o llenas de muebles rotos y alfombras hechas jirones.
En un momento dado descubrieron un arcón cuya oxidada tapa estaba cerrada. Kelemvor desenvainó su espada y rompió la cerradura. Ambos levantaron la tapa, para retroceder cuando sus esfuerzos se vieron recompensados por el repugnante olor que emanaba de su «tesoro». Dentro del arcón encontraron los cadáveres de un pequeño ejército de ratas. Los cuerpos, al ser expuestos de repente al aire, se descompusieron rápidamente y se fueron deshaciendo hasta convertirse en una pulpa que goteaba de los esqueletos en vías de desmembrarse.
Cuando Cyric y Kelemvor volvieron al pasillo, el guerrero notó los músculos tensos y una sacudida de dolor recorrió su cuerpo.
—¡Aquí no hay nada! —exclamó. El guerrero soltó su antorcha y se llevó las manos al rostro. Vete de aquí, Cyric. ¡Déjame solo!
—¿Qué estás diciendo?
—La muchacha debió de mentir desde el principio. Deja mi caballo, coge a los demás y marchaos —dijo Kelemvor.
—¡No puedes estar hablando en serio! —repuso Cyric.
Kelemvor le dio la espalda al ladrón.
—¡En este lugar no hay tesoro alguno que encontrar! ¡No hay nada! Renuncio a la misión.
Cyric notó algo extraño bajo sus pies. Miró y vio que, bajo él, la alfombra hecha jirones empezaba a tejerse de nuevo y sus brillantes dibujos se extendían, de arriba abajo del pasillo, como un reguero de pólvora. Pareció que la rejuvenecida alfombra echaba raíces en el suelo; luego empezó a subir a toda velocidad hasta cubrir el techo.
El pasillo empezó a estremecerse como si un terremoto estuviese abriendo la tierra bajo el castillo. Se desprendieron trozos de pared que cayeron sobre Kelemvor y Cyric, pero los golpes fueron amortiguados por las armaduras y se protegieron los rostros lo mejor que pudieron. Entonces, como si unas manos gigantescas y fortísimas estuviesen utilizando la alfombra a modo de guantes, ésta se puso en movimiento para atacarlos. Era evidente que la alfombra estaba tratando de apresar a los guerreros y aplastarlos.
Cyric sintió un agudo dolor cuando las manos de la alfombra lo cogieron por detrás y amenazaron con arrancarle un miembro detrás de otro. Sin titubear, empezó a rasgar la alfombra con la espada.
—¡Maldita sea, Kelemvor, haz algo!
Pero el guerrero estaba paralizado, tenía todavía las manos sobre el rostro. La alfombra lo apresaba por todas partes.
—Caitlan mintió —se lamentaba Kelemvor, pálido y tembloroso—. No habrá recompensa...
El guerrero dejó escapar un grito sobrehumano. Luego soltó un cierre que había junto a su hombro y dejó caer el peto. La malla que llevaba debajo se rompió y Cyric creyó ver que una de las costillas de Kelemvor salía de su pecho. A continuación, Kelemvor, mientras parecía que tenía el cerebro a punto de estallar y surgía algo con relucientes ojos verdes y piel negra como el azabache, avanzó dando traspiés hasta uno de los rasgones que Cyric había hecho en la alfombra y se precipitó hacia la escalera.
Lord Black notó que una sonrisa cruzaba su rostro. Había confiado en tener la posibilidad de comprobar los poderes del medallón y en juzgar la fuerza de los presuntos salvadores de Mystra. Sus esperanzas se habían visto recompensadas. Cada uno de los miembros del grupo había caído, por separado, en una trampa, donde Bane podía observarlos y poner en práctica sus siniestras magias con ellos; y, en el proceso, arrancarles el alma.
Mystra seguía debatiéndose con sus punzantes cadenas, pues la proximidad del medallón la ponía frenética.
—Pronto estará aquí —dijo Bane mientras se volvía hacia la diosa—. Pronto será mío. —El dios de la Lucha echó la cabeza para atrás y se puso a reír.
Mystra dejó de debatirse y se unió a Bane con su risa de demente.
—¿Estás loca? —dijo lord Bane dejando de reírse, luego se acercó a la diosa cautiva—. Tus «salvadores» ni siquiera saben por qué están aquí. No tienen idea del poder al que se están enfrentando y, además, no te guardan ninguna lealtad ¡Lo único que quieren es oro!
Mystra se limitó a sonreír, mientras unas llamas azules y blancas chisporroteaban por todo su ser.
—No todos —dijo luego ella, y se hizo el silencio.
Bane estaba a sólo treinta centímetros de la diosa y observaba su forma, que no dejaba de cambiar.
—El hakeashar te bajará los humos —dijo el dios, pero tenía miedo de que Mystra le hubiese ocultado algo, alguna otra reserva de poder.
La superficie del estanque empezó a burbujear, reclamando la atención de Bane.
Lord Black miró dentro del estanque y una sonrisa cruel pasó por su rostro deforme.
—¿No crees que, como mínimo, habría que recompensar los esfuerzos de tus supuestos salvadores? —Bane trató de lanzar un sortilegio en el agua del estanque. Un resplandor de luz surgió de sus manos y seis dardos relucientes empezaron a volar frenéticamente por la habitación. El dios de la Lucha gritó cuando las flechas mágicas lo atacaron a la vez.
—Desde que abandonamos los cielos, la magia se ha vuelto muy inestable —gruñó lord Black, a la vez que colocaba un brazo donde le habían alcanzado los dardos—. Únete a mí, Mystra, y podremos hacer que este arte vuelva a ser de fiar.
La diosa de la Magia guardó silencio.
—No importa —dijo Bane mientras repetía el conjuro—. El caos de la magia nos afecta mucho menos a los dioses que a tus adoradores mortales. Al final lo conseguiré.
Bane volvió a lanzar el hechizo y, en esta ocasión, salió bien. El agua se calentó hasta alcanzar el grado de ebullición, luego se convirtió en vapor y se transformó de nuevo en líquido claro y brillante. Las imágenes que reflejaba el agua cambiaron de forma dramática y Bane miró con interés cómo se iniciaba la siguiente fase de su plan. Introdujo su vaso en el agua y lo llenó.
—¿Han venido aquí a por oro y riquezas? Bien, que tengan oro y riquezas. ¡Que se cumpla el deseo de sus corazones, aunque ello pueda destruirlos!
El animal que había sido Kelemvor, mientras caminaba sin hacer ruido por el hermoso bosque, se dejaba llevar por sus sentidos. Reconoció el aroma del rocío recién caído y la tierra húmeda bajo sus garras era suave y florecía llena de vida. El sol sobre su cabeza era magnífico; calentaba y reconfortaba al animal, que se detuvo para lamer la sangre de ciervo que tenía en una de sus zarpas, luego volvió a ponerse en movimiento.
Los árboles del jardín tocaban los cielos, y sus ramas, arropadas con hojas color ámbar, se mecían suavemente con la brisa que acariciaba la fina piel del animal, produciendo una sensación de hormigueo en todo su cuerpo.
Pero algo ocurría.
La pantera llegó a un claro. Aparecieron unos objetos que su limitada mente no podía identificar. Los objetos no habían salido de la tierra, no habían caído del cielo. Habían sido puestos allí por un hombre y, a pesar de su corta inteligencia, su propósito intrigó al animal.
De repente, un estallido de dolor penetró en la cabeza del animal y éste empezó a tener dificultad para mantener el equilibrio y moverse. La pantera gruñó y echó la cabeza hacia atrás cuando algo, desde dentro, se clavó en sus entrañas. El animal lanzó un largo y horrible lamento cuando su caja torácica se dilató y explotó. Al final, su cabeza se partió por la mitad y los gruesos y musculados brazos de un hombre surgieron de la destrozada piel.
Antes de tratar de levantarse, Kelemvor comprobó el estado de sus miembros. Sobre su cuerpo colgaban todavía trozos de carne de pantera y él desgarró los detestados restos de la maldición que su linaje le había condenado a sufrir. Pues si bien ahora su piel desnuda era suave y carecía de pelo, él sabía que sólo pasarían unos minutos antes de que los suaves mechones que cubrían normalmente su cuerpo volvieran a crecer y se extendiesen por su piel con voluntad propia hasta cubrirlo por completo.
Kelemvor llegó a la conclusión de que, en aquella ocasión, la transformación había sido causada por el abandono de la misión. Emprender el viaje con Caitlan y arriesgar su vida no había servido de nada, pues al final se había quedado sin recompensa. La maldición no lo aprobó y la pantera había sido el castigo.
Kelemvor encontró su ropa y su espada en el claro del bosque. La sangre había empapado su ropa y, al sentir la humedad del cuero mojado sobre su piel, tuvo ganas de quitárselo, pero sabía que ello sería una locura.
No recordaba haber llegado a aquel lugar que parecía estar muy lejos del castillo de Kilgrave. El jardín se asemejaba un poco a las tierras llanas del norte de Cormyr. De hecho, parecía más el marco de un cuento de caballerías, donde los caballeros defendían su honor en los torneos y el amor siempre salía triunfante.
Kelemvor se dio cuenta de que estaba sonriendo y empezaron a fluir unos recuerdos reprimidos durante largo tiempo. A medida que unos podios de mármol, con vidrios de delicados azules y rosas pastel, se formaron a partir del aire y fue apareciendo una gran biblioteca de libros prohibidos, los recuerdos fueron tomando cuerpo delante de él. Siendo niño, en Lyonsbane Keep, Kelemvor tenía prohibida la entrada a la biblioteca salvo que hubiera un adulto presente; incluso en ese caso, sólo se le permitía leer textos o historias militares. Los libros de fantasía, aventuras y caballerías estaban escondidos en las estanterías superiores, donde sólo podía llegar su padre.
Mirando hacia atrás, Kelemvor se preguntó qué hacían allí. ¿Le gustaban a su padre, un hombre monstruoso y de alma mezquina, esas hermosas historias? En aquel momento Kelemvor pensó que no era posible. No, los libros debían de haber sido de la madre de Kelemvor, que murió al darle a luz.
Por la cantidad de polvo que Kelemvor había encontrado en los libros prohibidos en las frecuentes ocasiones en que desobedeciendo a su padre se deslizaba dentro de la biblioteca, en medio de la noche, disponiendo sillas y mesas para poder llegar a los maravillosos volúmenes, tenía la seguridad de que los libros eran su tesoro privado, que ni siquiera su padre, en su momento de mayor crueldad, podría llevarse. En los libros encontró historias de aventuras épicas y heroísmo, y cuentos sobre extrañas y hermosas tierras que él ansiaba visitar algún día.
Escondido en el bosque, después de haber matado a su propio padre, Kelemvor sacó fuerzas de aquellas historias. Algún día, también él sería un héroe en lugar de un animal que mataba a su propia familia.
Y ahora, alrededor del guerrero, aparecía una biblioteca, con sus estanterías llenas de maravillosas hazañas de héroes cuyos nombres y aventuras se habían convertido en leyenda. Del ruedo que se estaba formando en el bosque salieron volando unos cuantos libros, que se abrieron a fin de exponer sus sueños secretos a Kelemvor.
Le desconcertó que su nombre fuese mencionado una y otra vez en las historias de valor y heroísmo. Sin embargo, los acontecimientos relatados no habían ocurrido en la realidad. Cuando pasó ante Kelemvor una historia donde él salvaba a los Reinos, pensó que tal vez se tratase de una profecía. Suspiró: no, no podía existir un pago lo bastante elevado para satisfacer a la maldición. Y si no le pagaban la totalidad por hacer algo que no fuese por interés propio, se convertía en animal.
Kelemvor estaba tan absorto en las palabras que leía en los libros flotantes y en sus meditaciones sobre la maldición de Lyonsbane, que no advirtió los cambios que se habían producido a su alrededor hasta que una voz familiar lo llamó:
—¡Kelemvor!
Levantó la vista y vio que el bosque había sido sustituido por una hermosa sala. Los libros desaparecieron; en la estancia había cientos de hombres y mujeres que estaban de pie completamente quietos sobre unas plataformas y pedestales altos. Por su forma de vestir y por su actitud, Kelemvor tuvo la certeza de que eran guerreros. Cada uno de ellos estaba bañado por una columna de luz, si bien dicha luz no tenía fuente y se mezclaba con la oscuridad sobre sus cabezas.
—¡Kelemvor! ¡Aquí, muchacho! —exclamó la misma voz familiar.
El guerrero se volvió y se encontró cara a cara con un hombre de cierta edad cuya constitución y estatura eran idénticas a las suyas. Burne Lyonsbane, su tío. El hombre estaba de pie sobre una plataforma, bañado por la luz.
—¡No puede ser! Tú estás...
—¿Muerto? —Burne se rió—. Tal vez. No obstante, quienes son recordados en los anales de la historia nunca mueren totalmente. Por el contrario vienen a este lugar, a esta sala de los héroes, desde donde observan a sus seres queridos y esperan a que éstos se reúnan con ellos.
Kelemvor retrocedió apartándose de su amigo.
—Mi buen tío, yo no soy un héroe. He hecho cosas horribles.
—¿De veras? —dijo Burne a la vez que levantaba las cejas. Con un rápido ademán, sacó su espada y hendió el aire junto a él. Un rayo de luz atravesó la oscuridad y dejó al descubierto una plataforma vacía—. Ha llegado tu hora, Kelemvor. Ocupa tu lugar entre los héroes y todo quedará demostrado.
Kelemvor sacó su espada.
—Esto es una mentira. ¡Una parodia! ¿Cómo puedes tú, precisamente tú, traicionarme ahora? ¡Tú fuiste quien me salvó cuando yo era un niño!
—Puedo volver a salvarte —dijo Burne—. Escucha.
—¡Kel! —llamó una voz.
Kelemvor se volvió y, de pie junto a la plataforma que le había sido reservada, había un hombre con barba roja y vestido con las galas de un rey guerrero.
—¡Torum Garr! —exclamó Kelemvor—. Pero...
—Quiero rendir homenaje a tu pureza y a tu honor, Kelemvor. De no haber sido por tu presencia junto a mí durante la batalla final de nuestra guerra contra el drow, habría muerto. A pesar de que yo no podía pagarte más que con mi agradecimiento, tú luchaste. ¡La forma en que te has entregado a menudo para proteger a otros, sin pedir nada a cambio, te ha marcado como a un verdadero héroe!
A Kelemvor le daba vueltas la cabeza. Apretó con fuerza la empuñadura de su espada. En sus recuerdos, Kelemvor le había vuelto la espalda a Torum Garr, y el rey exiliado había muerto en la batalla.
—Kelemvor, gracias a ti he recuperado el control de mi reino. Sin embargo, cuanto te propuse nombrarte mi heredero, dado que no tenía hijos, tú declinaste el ofrecimiento. Ahora comprendo que actuaste correcta y honradamente. Tu valentía ha sido un ejemplo digno de ser emulado por otros y tus aventuras han hecho de ti una leyenda. Acepta por fin tu justa recompensa y permanece junto a nosotros para la eternidad.
Apareció otro hombre, un hombre de la misma edad que Kelemvor. Tenía el cabello negrísimo y lo llevaba en estado salvaje, y la expresión de sus hermosos rasgos era todavía más salvaje.
—Vance —dijo Kelemvor, con una voz fría y distante.
El otro hombre bajó de su pedestal y lo abrazó obligando al guerrero a bajar la espada. Vance se echó hacia atrás y observó a Kelemvor.
—Amigo de la infancia, ¿cómo te va? He venido a rendirte homenaje.
A Kelemvor jamás se le había ocurrido pensar cómo sería Vance a aquella edad. Hacía diez años que unos asesinos atacaron a aquel hombre y Kelemvor se había visto obligado a ignorar sus súplicas de ayuda, dictada su actitud por la maldición que había sido siempre el azote de su existencia.
—Tú me salvaste la vida y, aunque fue corto el tiempo que pasamos juntos, siempre te he considerado como a mi mejor y más íntimo amigo. Volviste para mi boda y, en aquella ocasión, no solamente salvaste mi vida, sino también la de mi esposa y la de nuestro hijo todavía por nacer. Juntos descubrimos la identidad de quien deseaba mi perdición y pusimos fin a la amenaza. Te saludo, mi más viejo y querido amigo.
—Esto no puede ser cierto —dijo Kelemvor—. Vance está muerto.
—Aquí está vivo —dijo Burne Lyonsbane, y los visitantes de Kelemvor se alejaron para que el anciano se colocase delante de su sobrino—. Instálate en este lugar. Asume la posición que te corresponde en la sala y no recordarás nada de tu vida anterior. Los fantasmas que te asedian serán enterrados y tú te pasarás una eternidad volviendo a vivir tus actos heroicos. ¿Qué dices, Kelemvor?
—Tío... —empezó a decir Kelemvor a la vez que levantaba la espada. Le temblaban las manos—. Soñé, en cierta ocasión, que todo lo que habías prometido se convertía en realidad, pero el tiempo de los sueños ha pasado.
—¿Es así como quieres ver la realidad? Pues fíjate bien.
De repente, el libro donde se detallaba la vida heroica de Kelemvor apareció en las manos de su tío. Las páginas empezaron a pasar solas, despacio al principio, más deprisa luego a medida que avanzaban. Kelemvor comprendió que el libro estaba siendo escrito de nuevo en aquel momento, mientras él observaba. Desaparecieron los relatos heroicos acerca de Kelemvor para dar paso a las historias de su verdadero pasado.
—¡Tus sueños se han hecho realidad, Kel! Decídete rápidamente, antes de que acabe de escribirse la última historia y haya pasado tu única oportunidad de ser un verdadero héroe.
Kelemvor observó cómo el relato de cuando rescató a Vance de los asesinos era modificado. Oyó un grito y levantó la vista, a tiempo de ver a Vance desaparecer de la sala. La historia del libro se estaba volviendo cierta y su posibilidad de deshacer los agravios que había cometido se estaba desvaneciendo ante sus ojos.
Torum Garr lo agarró por el brazo.
—¡Decide rápidamente, Kelemvor! ¡No me dejes morir de nuevo!
Kelemvor titubeó y volvió a ser escrito el capítulo que trataba sobre Torum. El rey de barba roja murió de nuevo a manos del drow. Kelemvor ya no estaba allí para protegerlo.
Torum Garr se desvaneció delante de Kelemvor.
—No es demasiado tarde —le dijo Burne Lyonsbane—. No es demasiado tarde para cambiar lo que recuerdas. —El anciano, desesperado, apretó los dientes. Cruzó su mirada con la de su sobrino—. Recuerdas cómo se acabó entre nosotros, Kelemvor. ¡No dejes que vuelva a suceder! ¡No me des la espalda, no permitas que muera otra vez!
Kelemvor cerró los ojos con fuerza y la emprendió a hachazos con el libro, encuadernado en oro, que tenía delante. La encuadernación del libro se rompió y surgió una bruma brillante. Todos los héroes de la sala desaparecieron en nubes de bruma roja. A continuación, la propia sala empezó a volverse borrosa en los rincones y acabó, también, despareciendo. Al cabo de unos segundos, en el aire sólo había unos vestigios de ilusión que, a su vez, no tardaron en desvanecerse.
Kelemvor se encontró en una biblioteca asolada que estaba en el primer piso del castillo. A sus pies yacía un viejo y roto libro de cuentos de hadas para niños. Mientras corría hacia la puerta, Kelemvor apartó el libro de su camino con una patada.
En el vestíbulo, el guerrero vio el cadáver, ferozmente atacado, de un hombre; probablemente el ciervo de su sueño. En su prisa por dirigirse a la escalera que daba a los oscuros niveles inferiores del castillo de Kilgrave, Kelemvor no se dio cuenta de que el hombre muerto llevaba el símbolo de Bane, dios de la Lucha.
Medianoche se encontró caminando por una interminable serie de pasadizos oscuros. Adon había desaparecido y ella no recordaba cómo había llegado a aquellas tenebrosas galerías. Percibía ligeros movimientos por el rabillo del ojo, pero apuntó su mirada hacia delante y no les prestó atención. Oyó algo que podían ser voces, sonidos de angustia y horror. Tampoco les hizo caso. Estaban destinados a distraerla, a alejarla de su objetivo. Y no podía permitir que eso ocurriera.
La maga se detuvo delante de un arco bien iluminado. Tomó aliento y avanzó hasta la luz, que anegó sus sentidos mientras notaba que una mano de hierro cogía su brazo.
—¡Llegas tarde! —gritó una anciana.
Medianoche parpadeó y empezó a ver con sorprendente claridad los detalles del pasillo por donde la llevaba la anciana a una alarmante velocidad. Medianoche vio una amplia sala de espejos. Todos los espejos estaban incrustados en un arco finamente decorado y delante de cada uno de ellos había un banco, con decorativos detalles, cubierto de cuero rojo. A cada lado de los arcos colgaban unos candelabros y cientos de arañas bajaban del techo abovedado. Miles de velas ardían en el pasillo y Medianoche retrocedió cuando vio su propia imagen.
—¡La ceremonia ya ha empezado! —siseó la anciana moviendo la cabeza.
Medianoche iba vestida con un hermoso vestido de relucientes diamantes y rubíes, y sus dedos y muñecas estaban adornados con joyas hechas con piedras preciosas regiamente montadas. Llevaba el pelo recogido hacia arriba y hacia atrás, y éste se sujetaba, con magnífica afectación, con una corona de piedras preciosas.
El medallón había desaparecido.
Ante este descubrimiento, la debilidad se apoderó de sus piernas y la anciana hizo sentar a Medianoche en uno de los regios bancos.
—Por favor, querida, no es momento para dejarte llevar por el nerviosismo. ¡Hoy te van a premiar con un gran honor! Sunlar se molestará en extremo si le haces esperar.
«¿Sunlar? —pensó—, ¿mi profesor del valle Profundo?»
Cuando trató de ponerse en pie, Medianoche sintió que la sangre abandonaba su cabeza. Luego el mundo se convirtió en un torbellino enloquecedor de arañas y brillantes velas que no se enderezaron hasta que Medianoche comprendió que ahora estaba sentada en un trono de un hermoso templo. Delante de ella había una multitud de hombres y mujeres vestidos con túnicas; la opulencia del aposento abovedado hacía que la sala de los espejos pareciese un elegante ejemplo de modestia.
Sunlar entró en el templo acompañado de un grupito de estudiantes. Era el sumo sacerdote de Mystra en el valle profundo y había mostrado un interés personal en el cuidado y preparación de Medianoche cuando ésta era más joven, si bien jamás explicó las razones que había detrás de su forma de actuar.
Cuando Medianoche lo conoció, Sunlar era guapo y fuerte y, mientras atravesaba la sala del trono, comprobó que sus rasgos eran exactamente como ella los recordaba. Sus ojos eran de un color fantasmal azul y blanco, y su cabello castaño y espeso, con ondas, cortado con un estilo inmaculado y dos bucles que caían hasta sus cejas y enmarcaban sus cincelados rasgos. Pero iba vestido con un hábito de ceremonia que Medianoche no había visto con anterioridad, sin duda porque aquellas galas se reservaban para dar la bienvenida a personajes regios.
Un puñado de hombres y mujeres rodeaba a Medianoche. Llevaban el símbolo de Mystra, la estrella azul y blanca, y cuidaban de desviar la vista cuando Medianoche intentaba cruzar su mirada con la de alguno de ellos, como si no fuesen dignos de mirarla directamente. Su actitud inquietó a Medianoche y, cuando iba a abrir la boca para preguntarles, Sunlar llegó a su altura.
—Lady Medianoche —dijo Sunlar—, esta reunión se celebra en tu honor y todos los presentes están interesados en escuchar tus palabras y respetar tu decisión.
—¿Mi... decisión? —preguntó Medianoche, bastante confusa.
Sunlar pareció desconcertado. A pesar de la reverencia con que se había recibido a Medianoche y se estaban celebrando aquellos actos, murmullos crecientes se propagaron por la sala. Sunlar levantó las manos y se hizo el silencio.
—Es justo que se permita a Medianoche volver a escuchar formalmente lo que se le ha ofrecido —dijo Sunlar dirigiéndose a los cientos de adoradores que se habían reunido en el templo.
Sunlar se volvió de nuevo hacia Medianoche.
—Hacía tiempo que la Dama de los Misterios no había concedido este honor —dijo, y tendió la mano a Medianoche. Ésta se levantó y la tomó. La sala se quedó de repente a oscuras y, sobre los asistentes, apareció una inmensa estrella azul y blanca, con un constante flujo de brillantes estrellas que rodeaban su perímetro. Cuando se vio que la estrella era plana, como una moneda, surgió un grito ahogado de entre los adoradores. A continuación la estrella centelleó y cambió de forma, convirtiéndose en un portal que daba a otra dimensión. La luz de este otro reino era cegadora y Medianoche apenas podía ver lo que había al otro lado de la puerta.
Medianoche se cubrió los ojos.
—¿El poder de la Maga?
—Sí, lady Medianoche —dijo Sunlar sonriendo—, el poder de la Maga. —El brillante portal giraba locamente, dando vueltas sobre sí mismo—. Lady Mystra, diosa de la Magia, te ha escogido a ti, entre todos los de los Reinos, para ser su defensora..., la Maga.
Estaban debajo del portal que no dejaba de dar vueltas. Medianoche levantó una mano y sintió que las estrellas que acompañaban al portal acariciaban su piel. Aquella sensación le hizo sonreír. Escudriñó los rostros de quienes se habían reunido en el templo. La expresión de aquellos rostros era de afecto y amor, y se percibía una oleada de expectación emanando de ellos. Reconoció a muchos como compañeros suyos de su época de estudiante en el valle profundo.
Medianoche levantó la vista hacia la cegadora luz de la puerta.
—¡No hablas en serio!
Sunlar extendió una mano y el portal bajó hasta ellos. Medianoche se quedó paralizada.
—Ven. Vamos a visitar el dominio de Mystra, el tejido mágico que rodea el mundo. Tal vez ello te ayude a tomar una decisión.
Medianoche y Sunlar fueron tragados por la puerta y la maga se encontró en un reino de extrañas construcciones de luz blanca azulada que se proyectaban delante de ella, siendo sus dibujos, que no dejaban de cambiar, casi un lenguaje por sí mismos. Cayó un relámpago cegador y Medianoche comprobó que era levantada en el aire. Ella y Sunlar atravesaron los muros del templo y luego se elevaron en el aire y volaron por encima de las nubes hasta que Faerun se convirtió en una simple mota de polvo que daba vueltas muy por debajo de ellos. Medianoche se fijó en el planeta un momento, luego sintió una presencia detrás. Se volvió y se encontró cara a cara con una increíble matriz de energía, un hermoso tejido de poder que se extendió por el universo y latió con una llama distinta a cualquier cosa que Medianoche hubiese visto jamás.
—Puedes formar parte de esto —dijo Sunlar.
Medianoche levantó la mano en dirección al tejido, pero se detuvo cuando vio su propia mano. La carne se había vuelto traslúcida y, dentro de los límites de su forma, vio un latido de fantásticos colores que reflejaban la mágica energía prima.
—Esto es poder —dijo Sunlar—. Poder para crear mundos, para curar la enfermedad, destruir la maldad. Poder para servir a Mystra como ella desea que hagas.
Medianoche estaba boquiabierta.
—Está a tu alcance —prosiguió Sunlar—. Y debes aceptarlo, Medianoche. Nadie más puede ser el defensor de lady Mystra en Faerun. Sólo tú.
El mago de pelo color ala de cuervo guardó silencio un momento, luego Medianoche preguntó suavemente:
—Pero ¿qué quiere Mystra a cambio de este honor?
—Tu absoluta lealtad, por supuesto. Y tendrás que dedicar el resto de tu vida a luchar por la causa de Mystra a lo largo y ancho de los Reinos.
—Lo quiere todo, entonces. No tendré vida propia.
Sunlar sonrió.
—Es un precio pequeño por convertirte en el más poderoso representante de una diosa en el mundo.
Sunlar se puso de cara al diminuto mundo, allá abajo de todo, y abrió los brazos.
—Todo esto será tuyo, lady Medianoche. Conseguirás que el mundo entero esté bajo tus pies y sin ti perecerá.
La tela del universo empezó a rasgarse. Ante los ojos de Medianoche, se iban deshaciendo vastas secciones de tejido y, al otro lado de los desgarrones, aparecieron imágenes del templo y de los seguidores de Mystra. Gritaban, instaban a Mystra a que los salvase, llamaban a la maga para que salvase los Reinos.
—Debes tomar una decisión rápida —dijo Sunlar.
Los agujeros del universo se agrandaban. En algunos puntos, Medianoche no podía ver siquiera el tejido.
—Eres la única que puede salvar a los Reinos, lady Medianoche, pero tienes que decidirlo inmediatamente.
La respiración de Medianoche se volvió irregular. El tejido parecía llamarla. Empezaba a abrir la boca para hablar, para aceptar aquella responsabilidad, cuando oyó una voz, suave pero clara, que clamaba junto con los adoradores del templo.
—¡Medianoche! —gritó una voz familiar—. ¡Necesito tu ayuda para salvar a Cyric y Adon!
—¡Kel! —exclamó Medianoche—. Sunlar, tengo que ayudarle.
—Olvida esos asuntos de poca monta —replicó Sunlar—. Es preferible que resuelvas sus problemas ayudando a todos los Reinos.
—¡Espera, Sunlar! No puedo renunciar a lo que constituye mi vida, no puedo abandonar a quienes me interesan sin reflexionar un poco. ¡Necesito más tiempo!
—Tiempo es lo único que no tienes —dijo Sunlar en voz baja.
La eternidad se desvaneció, desapareció el tejido y sólo quedó el templo. Medianoche miró sus manos, que volvían a ser de carne y hueso, y sintió el azote de las lágrimas en sus mejillas; estuvo a punto de echarse a reír.
Uno de los adoradores de Mystra se adelantó. Era un hombre cuyo rostro reconoció.
Kelemvor.
El guerrero extendió una mano.
—Vuelve —le dijo—. Los demás te necesitan. Yo te necesito.
Sunlar la cogió por el hombro y la hizo dar media vuelta para mirarlo.
—No le escuches. ¡Tienes un deber para con tu diosa! ¡Tienes un deber para con los Reinos!
—¡No! —gritó Medianoche a la vez que se desasía de la mano de Sunlar.
Los seguidores de Mystra interrumpieron cualquier movimiento y quedaron parados; solo Kelemvor, ataviado con su equipo de guerrero, avanzó hasta colocarse delante de ella.
—Te has deshonrado y has deshonrado a tu diosa —dijo Sunlar, cuyo rostro se desvanecía en las sombras que, como cortinas, empezaban a caer sobre la habitación del trono y oscurecían las ilusiones. Luego desapareció del todo. Al cabo de un rato sólo quedaron trozos sueltos de ilusión, y Medianoche vio a Kelemvor arrastrarse por el suelo de una habitación que antes podía haber sido una sala de audiencias. En un rincón yacía una silla volcada que se parecía al trono donde ella había estado sentada. La sala destrozada era abovedada, como había sido en su ilusión.
Medianoche bajó la vista y vio que el medallón estaba todavía allí, pegado a su piel.
—¿Qué está pasando aquí? Primero abro una puerta, luego me encuentro flotando por encima del mundo y ahora estoy en una sala de trono desmantelada.
Medianoche advirtió que Kelemvor parecía estar herido. Corrió junto a él, pero en ese momento se desplomó. Vio que tanto el rostro como el cuerpo estaban ilesos y que, sin embargo, el guerrero sudaba y parecía aterrorizado.
—¡Ofréceme algo! —gritó él con una voz ronca y amenazadora en extremo.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Kelemvor se echó hacia atrás; daba la impresión de que sus costillas se movían por impulso propio. Medianoche lo miró cautelosamente.
—¡Una recompensa! —contestó él, y su carne empezó a oscurecerse—. Por haberte librado de la ilusión y por seguir con esta misión. Cyric y yo la abandonamos...
El guerrero se estremeció y se alejó de Medianoche.
—¡Deprisa!
—Un beso —propuso ella en voz baja—. Tu recompensa será un beso de mis labios.
Kelemvor había caído al suelo. Sin aliento. Cuando se levantó, su piel tenía de nuevo su color natural.
—¿Qué significa todo esto? —quiso saber Medianoche.
Kelemvor sacudió la cabeza.
—Tenemos que encontrar a los otros.
—Pero yo...
—No podemos salir de aquí con vida sin ellos —gritó Kelemvor—. ¡Por esto, por nuestro propio bien, tenemos que hacerlo inmediatamente!
Medianoche no se movió.
—Nos separaron —dijo Kelemvor—. Nos enviaron a diferentes partes del castillo. Yo me desperté en una biblioteca del primer piso. Siguiendo el ruido te encontré.
—¿Ruido? Entonces has visto y oído...
—Apenas. He oído tu voz y la he seguido hasta encontrarte. Pero ya tendremos tiempo después para descifrar ese enigma. ¡Ahora ayúdame a encontrar a los otros!
Medianoche siguió al guerrero por los oscuros pasillos.
Después de que Kelemvor se escapase por la hendidura de la alfombra, ésta empezó a cerrarse alrededor de Cyric y se fue reduciendo hasta volverse del tamaño de un arcón. El ladrón trató de desgarrar la alfombra con su espada, pero fue inútil; cada vez que lo intentaba golpeando el tejido, la hoja no hacía otra cosa que saltar. La alfombra siguió encogiéndose hasta que Cyric notó que se ajustaba a la forma de su cuerpo y le apretaba con tanta fuerza que perdió el conocimiento. Cuando se despertó, estaba en una de las callejuelas de los barrios bajos de Zhentil Keep y un guardia lo estaba despertando a patadas, igual que le había ocurrido regularmente en su infancia.
—Muévete —dijo uno de la Guardia Negra—, si no quieres que tus tripas se llenen sólo de plomo.
Cyric esquivó los golpes y se puso de pie.
—¡Asquerosos vagabundos! —insistió el guardia, para luego escupir al suelo cerca de los pies de Cyric.
El ladrón se adelantó para atacar al hombre, pero algo surgió de las sombras que había detrás de él. Unas manos se aferraron a su boca, otras le agarraron los brazos. Por más que se debatió para desasirse de las manos no pudo hacer nada. Así que fue arrastrándose a un callejón, entre la risa de los guardias.
—Cálmate, muchacho —dijo una voz muy familiar.
Cyric vio que el guardia caminaba hasta el extremo del callejón, doblaba la esquina y desaparecía de su vista.
El ladrón relajó el cuerpo y las garras que lo sujetaban se aflojaron. Cyric se volvió y escudriñó las sombras. Antes incluso de que sus ojos se adaptasen a la oscuridad, supo la identidad de los hombres que tenía ante sí.
Uno era conocido como Quicksal, un malvado ladronzuelo que disfrutaba matando a sus víctimas. Tal y como Cyric lo recordaba, el fino y dorado cabello de Quicksal estaba sucio, con restos de tinte de todo tipo. Solía disfrazarse muy a menudo. Echaba mano de barbas postizas, maquillaje para envejecer, acento extranjero, caracteres de raras personalidades, todo ello formaba parte del cada vez más extenso repertorio al que recurría Quicksal para crear unos rasgos muy sobresalientes que fuesen recordados por sus testigos potenciales. Tenía un rostro delgado, de halcón, y unos dedos extremadamente largos. Cosa extraña, Quicksal parecía estar todavía en la adolescencia, si bien Cyric sabía que tenía como mínimo veinticinco años.
El otro hombre era Marek. Cuando Cyric examinó el rostro de su mentor, no encontró en él la cara avejentada y endurecida que había visto unas noches antes, cuando Marek le cogió por sorpresa en el mesón. Aquel Marek era joven y su pelo, espeso y ensortijado, no tenía el color gris, mezcla de sal y pimienta que habría debido tener, sino que era negro como el azabache. Su piel apenas mostraba indicios de las arrugas que algún día se formarían. Sus penetrantes ojos azules no renunciaban a la fogosidad anterior y en su enorme humanidad no había rastro alguno de flaccidez. Aquél era el hombre con quien Cyric había aprendido, robado y cometido atropellos, ahora inimaginables, sin titubeos. Cyric era huérfano y, en muchos sentidos, Marek había sido el único padre que había conocido.
—Ven con nosotros —dijo Marek.
Cyric obedeció y se dejó conducir a través de una serie de puertas hasta llegar a la cocina de un mesón que él no reconoció. Tuvo la impresión de haberse dejado llevar por toda una eternidad y, cuando pasaron por un vestíbulo iluminado, observó su imagen en un espejo próximo. De su rostro habían desaparecido más de diez años; no había patas de gallo alrededor de sus ojos; su piel parecía más elástica, menos endurecida por el paso del tiempo y los infortunios que había soportado.
—Estarás preguntándote sin duda por qué estamos aquí —dijo Marek al cocinero, un hombre de una gordura grotesca que estaba junto a una cortina al otro extremo de la cocina.
—No, en absoluto —replicó éste, acompañando sus palabras con una amplia sonrisa que sostenía sus fofas mejillas. Señaló la cortina y añadió—: Está aquí.
Marek tomó a Cyric por el brazo y lo llevó hasta la cortina.
—Mira —dijo Marek abriendo ligeramente las cortinas—. Ahí está nuestra próxima víctima y tu pase para la libertad, Cyric.
Éste miró hacia afuera. Desde su posición sólo veía en la fonda unas cuantas mesas de las que sólo una estaba ocupada por una hermosa mujer de mediana edad, vestida de finas sedas, y con un bolso lleno a rebosar. Tenía delante un cuenco de sopa que acababa de llevarle una atractiva camarera. Interpeló a la muchacha:
—¡Esta sopa no está lo bastante caliente! —gritó la mujer con una voz que produjo dentera a Cyric—. ¡He pedido que me traigan la sopa hirviendo, no simplemente caliente!
—Pero, señora...
La mujer asió la mano de la camarera.
—¡Compruébalo tú misma! —chilló la mujer, y metió la mano de la muchacha en el cuenco de sopa.
La muchacha ahogó un grito y logró soltarse la mano sin derramar el contenido del cuenco sobre la mujer. La piel de la camarera se puso de un color rojo brillante. La sopa estaba hirviendo.
—¡Si no podéis atenderme como necesito, tendré que ir a otro lugar! —dijo la mujer, con los ojos en blanco—. Me gustaría saber qué está reteniendo a mi sobrino. Se suponía que debíamos encontrarnos aquí. —Frunció el entrecejo y señaló la sopa mediante un gesto—. ¡Ahora llévate esto y tráeme lo que te he pedido!
La camarera cogió el cuenco, hizo una pequeña reverencia y se volvió para dirigirse a la cocina; Cyric tuvo que echarse para atrás antes de ser visto.
—Tranquilo —dijo Marek detrás de Cyric.
Las cortinas se separaron y entró la muchacha. Miró a Marek, y puso la bandeja en las manos de Cyric, se estrechó contra Marek y lo besó en la boca; luego retrocedió, cogió un trapo mojado del fregadero y se envolvió la mano con él.
—En esta ocasión, me gustaría no tener que esperar mi parte —dijo.
Quicksal sacó y volvió a meter la espada en su funda, produciendo el roce un ruido que hizo sonreír a la camarera.
—He prometido a nuestra benefactora que no tendrá que esperar.
—¡Lo mismo digo yo! —exclamó Cyric, sorprendido de sí mismo ante ese sentimentalismo.
La camarera guiñó un ojo a Marek.
—Ya sabes dónde encontrarnos esta noche. Lo celebraremos.
Recuperó la bandeja de manos de Cyric y se dirigió al fogón, a una olla de sopa de donde sirvió otra ración. Luego se quitó el trapo húmedo y volvió al bodegón con la sopa ardiendo.
—Quedaos aquí —dijo Marek, y siguió a la muchacha.
Cyric apartó las cortinas y vio a Marek hablar con la mujer. Dejó caer la cortina cuando Quicksal le tiró de la manga.
—Ha llegado el momento —dijo éste.
Poco después estaban de nuevo agazapados en las sombras del callejón que había detrás de la hostería. La puerta se abrió y Marek hizo salir a la mujer al callejón. Ella miró a su alrededor, desorientada y confusa.
—No comprendo —dijo la mujer de mediana edad—. Me has dicho que mi sobrino había sufrido un contratiempo en este callejón, que no podía moverse y...
Sus ojos reflejaron la zozobra que la embargaba cuando Quicksal salió de las sombras.
—No eres mi tía —dijo Quicksal—. Sin embargo vamos a llevarnos tu dinero.
La mujer se puso a gritar, pero Quicksal la empujó contra la pared y le puso una mano sobre la boca, y el cuchillo contra la garganta.
—Y ahora, quietecita, tía. No me gustaría tener que matarte ahora mismo. Además, esto es Zhentil Keep. Si tus gritos atraen a alguien, sólo será para compartir tu dinero.
Marek se apoderó del bolso de la mujer y lo saqueó. Luego movió la cabeza con expresión afligida.
—¡Ay, esto no es suficiente! —dijo Marek, para seguidamente indicar a Cyric que se acercase.
Quicksal se apartó de la mujer, pero sin dejar de blandir el cuchillo en su dirección.
—¡No tengo nada más! —gritó ella—. ¡Piedad!
—Me gustaría condescender —insistió Marek en un tono de pena y agachando la cabeza—, pero no puedo negar a los jóvenes que disfruten.
Cyric blandió su espada. Quicksal puso una mano en el pecho del muchacho y lo empujó ligeramente.
—Tú nunca serás capaz de matarla, Cyric. Entonces Marek te tendrá pegado de por vida como aprendiz. —El ladrón rubio se acercó de nuevo a la mujer—. Marek, podrías dejar que la matase yo.
—¡Apártate! —exclamó Cyric, y Quicksal se volvió hacia él.
Los ojos de la mujer estaban anegados de lágrimas.
—¡Tened compasión! —gritó, levantando las manos temblorosas.
—¡Ay, qué dilema! —dijo Marek—. ¿Quién derramará esta sangre inocente?
—¡En este mundo no hay sangre inocente! —replicó Cyric con brusquedad.
Marek alzó las cejas.
—Pero ¿qué crimen ha cometido esta mujer?
—Ha herido a la muchacha.
Marek se encogió de hombros.
—¿Eso? Yo mismo le he hecho daño muchas veces. Hasta ahora no se ha quejado. —Marek se echó a reír—. Creo que es Quicksal quien debería matar a esta mujer. Al fin y al cabo, Cyric, nunca me has demostrado que estés preparado para ser independiente y tal vez la Cofradía de los Ladrones no lo apruebe.
—¡Estás mintiendo! —gritó Cyric.
A cada paso que daba Quicksal hacia la mujer, Cyric veía cómo su oportunidad de independencia se le escapaba de las manos.
—Un momento —dijo Marek, levantando una mano ante Quicksal; luego añadió dirigiéndose a Cyric—: ¿Merece morir sólo porque así obtendrás tu libertad?
—La conozco. Es... —Cyric sacudió la cabeza—. Es la arrogancia y la vanidad personificadas. Está cargada de privilegios y prejuicios. Disfruta ignorando a los pobres y a los necesitados, estaría dispuesta a dejarnos morir antes de levantar un dedo para ayudarnos. Es indiferente y cruel, menos cuando su cabeza está en peligro. Entonces sí pide clemencia y perdón. Antes he conocido otros como ella. Representa todo lo que yo desprecio.
—¿Y no tiene ninguna cualidad buena? ¿No es capaz de amar, de sentir piedad? ¿No hay posibilidad de que cambie su forma de ser? —preguntó Marek.
—En absoluto —contestó Cyric.
—Todo un argumento —dijo Marek—. Pero no me ha convencido. Quicksal, mátala.
La mujer lanzó un grito ahogado y trató de huir, pero Quicksal era demasiado rápido para ella. Apenas dio dos pasos cuando el ladrón rubio estaba sobre ella y le cortaba la garganta. La mujer se desplomó en el callejón. Quicksal sonrió.
—Tal vez la próxima vez, Cyric.
Cyric miró a Quicksal a los ojos y tuvo la sensación de haber ahondado en dos pozos gemelos de locura.
—Me merezco la libertad —gruñó Cyric, y sacó el cuchillo.
—Pues demuéstramelo —dijo Marek—. Muéstrame lo que vales y yo te recompensaré con la independencia. Te dejaré salir de forma segura de la ciudad si así lo quieres y haré que el bandolero Guild te reconozca como miembro numerario. Tu vida te pertenecerá, para hacer con ella lo que te plazca.
Cyric se estremeció.
—Todo lo que he soñado —dijo, como ausente.
—Pero sólo tú puedes hacer el sueño realidad —dijo Marek—. Y ahora, sé buen chico, y mata a Quicksal aquí mismo.
Cyric volvió a mirar a Quicksal y vio que aquel fullero rubio blandía ahora una espada que no tenía unos segundos antes. Sin embargo, en lugar de prepararse para atacar, el rival de Cyric se puso a la defensiva y daba la impresión de estar muy asustado.
—Guarda el cuchillo —dijo Quicksal con una voz que no era la suya—. ¿No me reconoces?
Cyric se mantuvo firme.
—Demasiado bien. Y no trates de confundirme disfrazando la voz. Conozco todas tus artimañas.
Quicksal sacudió la cabeza.
—¡Esto no es real! —Cyric comprendió que habría debido reconocer la voz que estaba poniendo Quicksal, pero no pudo concentrarse en ello. El ladrón rubio dio un paso atrás—. Cyric, es una ilusión. No sé lo que crees ver delante de ti, pero soy yo, Kelemvor.
Cyric hizo un esfuerzo para relacionar el nombre y la voz, pero le costaba pensar.
—Debes luchar —dijo Quicksal.
—Tiene razón, Cyric —repuso Marek en voz baja—. Hay que librar esta batalla. —Pero la voz de Marek también había cambiando de repente. Sonaba como voz de mujer.
Cyric no se movió.
—Marek, aquí está pasando algo. No sé a qué estáis jugando conmigo, pero no me importa. Confío en que cumplas tu palabra.
Dicho esto, Cyric se abalanzó sobre Quicksal.
Quicksal esquivó la primera arremetida y sorprendió a Cyric retrocediendo unos pasos y adoptando una actitud defensiva. Cyric pensó que aquello no era propio de Quicksal.
—¡Para inmediatamente! —chilló Quicksal, a la vez que eludía la segunda cuchillada.
Cyric fue impulsado por la fuerza del rechazo y dio de lleno con el codo en el rostro de Quicksal. Al mismo tiempo, pasó el cuchillo de una mano a otra y agarró la muñeca de Quicksal. A continuación Cyric aplastó la mano del fullero rubio contra la pared y le obligó a soltar la espada.
—Con tu muerte ganaré una vida —exclamó Cyric, y levantó el cuchillo para matarle.
—¡No, Cyric, vas a matar a un amigo! —gritó Marek.
Cyric reconoció la voz de Medianoche en el instante mismo en que su daga se clavaba en el hombro de su adversario. Su víctima no era Quicksal, sino Kelemvor.
Cyric retrocedió en su arremetida lo mejor que pudo, pero era demasiado tarde. La daga se había hundido en el hombro de Kelemvor.
El héroe lo empujó y Cyric cayó al suelo, con la daga todavía clavada en el hombro de su víctima. El guerrero levantó su espada y avanzó hacia el ladrón.
—Perdóname —murmuró Cyric cuando el guerrero levantó la espada para atacarlo.
—¡Kel, no lo hagas! —gritó Medianoche—. ¡No puede ver que somos nosotros!
El guerrero se paró, y dejó caer la espada. Cyric se echó hacia atrás y vio a Medianoche donde sólo un segundo antes estaba Marek. Luego a Kelemvor junto a ella, le brotaba la sangre de su hombro herido. El guerrero estaba lívido.
El callejón empezó a desvanecerse para acabar desapareciendo, pero el cuerpo de la mujer que había matado Quicksal, la mujer que Cyric había querido asesinar si le hubiesen dado la oportunidad, seguía allí, boca abajo, en medio de la mugre. A su alrededor se extendía todavía un charco de sangre. Cyric estuvo mirando a la mujer hasta que, también ella, desapareció de su vista.
—¿Qué mira? —susurró Kelemvor—. Aquí no hay nada.
Medianoche movió la cabeza.
—Lo siento, Kel. Pensaba que eras otra persona —repuso Cyric mientras se acercaba al guerrero.
Kelemvor se arrancó la daga del hombro, encogiéndose ante el terrible dolor. Arrojó el arma a los pies de Cyric y Medianoche le ayudó a vendarse el hombro herido.
—Tenemos que encontrar a Adon —dijo Kelemvor—. Es el único que falta.
—Adivino con qué le habrán tentado —expuso Medianoche cuando acabó de vendar la herida de Kelemvor y los héroes se precipitaban hacia las escaleras.
Adon se apartó de las barras que lo separaban de Medianoche y caminó un trecho por el vestíbulo, sólo para ver si hallaba una forma sencilla de reunirse con la maga al otro lado de la barrera. Se encontró observando un cielo increíblemente hermoso y cuajado de estrellas.
Mientras Adon contemplaba el cielo nocturno, advirtió que las estrellas estaban dispuestas de forma muy extraña. Todas parecían estar en movimiento.
De hecho, las estrellas estaban en movimiento, se desplazaban por el cielo como cohetes, a tal velocidad que muchas eran sólo contornos de luz. Adon cerró los ojos, pero las estrellas no desaparecieron, siguieron desplazándose incluso detrás de sus párpados cerrados.
Adon estuvo largo rato observando las estrellas. Cuando volvió a mirar a su alrededor, se encontró tumbado sobre un delicado lecho de rosas, y la fragancia que inundaba sus sentidos era dulce y suave, a pesar de que aceleraba los latidos de su corazón y embotaba su cabeza. Los pétalos acariciaban tan ligeramente sus dedos que no pudo evitar una sonrisa ante aquella delicadeza. Entonces fue cuando cayó en la cuenta. Las estrellas no se movían, era él quien se movía.
Abrió los ojos, miró sobre el borde del lecho de rosas y vio los seres más hermosos que jamás había visto, aproximadamente una docena. Daba la impresión de que sus cabellos estuvieran iluminados, y sus cuerpos eran ejemplares de la mayor perfección física. La magnífica cama de Adon descansaba sobre sus hombros complacientes.
La presencia de aquellos seres tranquilizó tanto a Adon que ni siquiera sintió miedo cuando una pared de llamas surgió a su alrededor. Se le nubló la vista y parecía que todo lo que miraba adquiría una fisonomía ámbar, pero no desprendían calor cuando las llamas saltaron de las rosas rojas a las blancas, transformándolas en orquídeas negras, para brincar finalmente hasta la carne del clérigo. Cuando las llamas lo envolvieron no hubo dolor, ni siquiera una ligera molestia. Y al llegar a la evidencia final de su propia muerte, que ya tenía que haberse producido mucho antes, no hubo más que un brillante resplandor que amorosamente recorrió su alma produciéndole un inefable bienestar.
Por mucho que se esforzase, no podía recordar nada de lo que había sucedido después de separarse de Medianoche en los pasillos de los sótanos del castillo de Kilgrave. Se despertó sobre su pira funeraria, llevado hacia lo que sólo podía ser su eterna recompensa.
«Pero ¿cómo he muerto?», se preguntó Adon; y, por turno, las hermosas voces de sus portadores llenaron el aire crepitante que lo rodeaba.
—Uno nunca recuerda —dijeron—. Es otro quien sufre el momento de dolor para ahorrárselo a uno.
¿Otro?
—Otros semejantes a lo que nos hemos convertido nosotros. Nuestro objetivo es aliviar el sufrimiento. Nosotros vivimos tu muerte para que puedas volver a nacer en el reino de Sune.
Brillantes agujas de cristal atravesaron la noche. Adon centró su atención en el templo que había delante de él. A medida que las paredes del templo se extendían por el horizonte, se iban adornando de dibujos cristalinos de asombrosa belleza, sin ninguna composición uniforme que hiciese del palacio un lugar aburrido y repetitivo. Era como si todos los seguidores de Sune que descansaban en aquel lugar hubiesen aportado sus propios conceptos sobre lo que la eternidad debería revelar en cuanto a límites y apariencias. Resultaba de todo ello una amalgama de formas expectantes, guiadas por una mano que había tomado todas las imágenes diferentes y las había incorporado a un todo ordenado, que no defraudaba a nadie y creaba un lugar tan bello que desafiaba a superar los más disparatados sueños de Adon.
La propia entrada era mayor que cualquier templo que Adon hubiese visto anteriormente y lo que había detrás de ella era ya todo un mundo. Sus portadores lo llevaron a través de unas tierras donde un número infinito de seguidores se bañaban y retozaban en piscinas hechas con sus propias lágrimas de alegría; las rocas donde se tumbaban para deleitarse con el calor del amor que Sune les profesaba habían sido en otra época las piedras de la incredulidad cuyo peso habían soportado sus almas y había hecho imposible la unión con la diosa. Aliviados de las terribles cargas de la vida, ahora podían dedicarse totalmente a preservar el orden, la belleza y el amor adorando a Sune.
Adon y sus portadores atravesaron muchas tierras similares, y a Adon le impresionaba cada nuevo paisaje más que el anterior y se sorprendía de su capacidad para ir extasiándose fascinado, hasta que, al final, sus portadores se desvanecieron y se encontró de pie delante de una puerta de hierro forjado brillante y se convirtió en una lluvia de agua reluciente. La atravesó.
En comparación con las maravillas que acababa de presenciar, lo que había al otro lado era una modesta cámara. No tenía paredes, pero unas llamas intensas se elevaban al cielo en todo su contorno. Unas cortinas suaves y ondeantes protegían los ojos del clérigo de las llamas que ardían crepitantes y marcaban los límites de la sala, que estaba en el corazón de la lumbre eterna de la belleza.
—¿Quieres beber algo?
Adon se volvió y, delante de él, estaba la mismísima diosa de la Belleza, Sune, Cabellos de Fuego. En cada una de sus resplandecientes manos esperaban unos vasos llenos de un denso néctar carmesí. Adon tomó uno de los vasos y vio que su piel empezaba a brillar con la misma luz ámbar que la carne de Sune.
—¡Diosa! —exclamó Adon, para luego caer de rodillas delante de ella sin derramar una sola gota de la bebida que tenía en la mano.
Sune se rió y le hizo ponerse de pie con la ayuda de una de sus fuertes manos. Cuando ella lo tocó, Adon sintió que el aire se congelaba en sus pulmones y, cuando la tuvo delante, una fuerza inimaginable recorrió a raudales todos sus miembros.
«Respiro. Estoy todavía vivo», pensó Adon, feliz ante la evidencia.
Sune debió de leer sus pensamientos.
—No has muerto, muchacho estúpido. Todavía no. Te he traído aquí por la más simple de las razones: estoy enamorada de ti. De entre todos mis adoradores, tú eres el que deseo.
Adon se quedó sin habla; se llevó el cáliz a los labios y sintió el dulce néctar abrirse camino a través de su cuerpo.
—Diosa, ciertamente yo no soy digno...
Sune sonrió y empezó a desnudarse; se desprendió de una seductora túnica de seda que dejó caer al suelo y luego desapareció. Adon miró hacia abajo y vio unas nubes a sus pies.
—Soy hermosa —dijo Sune—. Tócame.
Adon se acercó, como si estuviera soñando.
—La verdad es hermosura, la hermosura, verdad. Abrázame y todas tus preguntas no expresadas se verán contestadas.
Procedente de no se sabe qué lugar Adon oyó una voz que le advertía, pero él la ignoró. Nada podía ser más importante que aquel momento. Tomó a la diosa en sus brazos y puso sus labios sobre los de ella.
Daba la impresión de que el beso era interminable. Pero Adon, incluso antes de abrir los ojos, tuvo la sensación de que Sune estaba cambiando. Los suaves labios se habían vuelto salvajes, exigentes. De sus mandíbulas, cada vez más largas, parecía salir una serie interminable de pinzas afiladas que pretendían desgarrar la carne del rostro del clérigo. Los dedos se habían transformado en serpientes que se adherían a la piel de Adon amenazando con despedazarlo.
—¡Sune! —gritó Adon.
La criatura se reía mientras los zarcillos serpenteantes de sus dedos se enrollaban alrededor de la garganta de Adon.
—No eres digno de la diosa —dijo ahora el monstruo—. Has pecado contra ella y debes ser castigado.
En el abierto patio central del castillo de Kilgrave, Medianoche, Kelemvor y Cyric vieron al clérigo caer de rodillas, presa de absoluto terror, llevado a esa actitud por algo que sólo él podía ver.
—¡Diosa, perdóname! —gritó Adon—. Haré cualquier cosa para obtener tu perdón. ¡Cualquier cosa!
—¡Tenemos que llegar a él enseguida! —dijo Medianoche.
—¡No haréis nada! —retumbó una voz cuyos ecos llenaron el patio—. ¡Lo único que haréis será morir a manos de Bane!
De repente, el trío empezó a ser bombardeado por las ilusiones. En menos que el corazón da una docena de latidos, Kelemvor fue enviado al mundo del ensueño de sus libros de infancia; vivía una historia de amor en la que él era un príncipe extranjero prometido de una hermosa pero despiadada princesa, a la que renunciaba para huir con una muchacha campesina. Medianoche se vio como una poderosa reina que salvaba a su reino de la pobreza y la miseria. Al mismo tiempo, ante los ojos de Cyric pasaron imágenes de una vida libre y sin trabas, con ofertas de oro y artículos de inapreciable valor. Pero ellos no se dejaron dominar por estas imágenes de heroísmo, poder y libertad. Los héroes, al unísono, se lanzaron al centro del patio.
A medida que los héroes corrían, los retos fueron sucediéndose de forma vertiginosa. Ante Medianoche apareció Sunlar, que la desafiaba a un duelo mágico; todos sus compañeros de clase estaban en fila detrás del profesor, deseosos de probar sus habilidades contra ella. Cyric se encontró cara a cara con la criatura de hielo que montaba guardia junto al Anillo de Invierno; se sintió impotente al ver cómo el monstruo alargaba una mano en su dirección y Kelemvor se encontró ya ante los verdugos que habían quitado la vida a su abuelo y ahora iban a por él; bajó la mirada y descubrió que era viejo y estaba acabado; sus intentos de encontrar una cura para su estado, y salvación para su alma marchita, habían fracasado.
Pero los héroes siguieron avanzando hasta el centro del patio donde estaba Adon.
Todavía de rodillas, Adon vio que el paraíso se rasgaba y volvía a ordenarse. La criatura diabólica que había pretendido ser la diosa lo abandonaba, pero el reino de Sune estaba cambiado. Los pilares de la existencia de este reino eran ahora la muerte y el castigo por sus faltas y unas figuras vestidas con túnicas esclavizaban y atormentaban a los fieles de Sune.
—¡Es mentira! —gritó Medianoche mientras se acercaba a Adon.
El clérigo se volvió, con los ojos desencajados, y vio, delante de sí, a alguien idéntico a Medianoche, pero que llevaba las túnicas de los verdugos de los sunitas.
—Pero... ¡era tan hermoso! —dijo Adon, molesto por las palabras de Medianoche.
—Mira a tu alrededor —expuso Medianoche—. ¡Esto es la realidad!
Adon obedeció y vio a la diosa Sune encadenada a una enorme losa. Las figuras vestidas con túnicas estaban sumergiendo la losa dentro de un río rojo escarlata, la sangre de los seguidores de Sune.
Y todas aquellas figuras llevaban un medallón exactamente igual que el de Medianoche.
—¡El medallón! —gritó Sune—. ¡Es la fuente de su poder! ¡Quitádselo y seré libre!
Medianoche agarró a Adon por los hombros.
—¡Maldita sea, escúchame!
—¡No! —gritó Adon.
Y, antes de que Kelemvor o Cyric pudiesen reaccionar, el clérigo se abalanzó sobre Medianoche con una ferocidad que ella no esperaba. La mano de Adon se cerró sobre la daga de Medianoche y se la arrebató. Con los pies juntos, Medianoche dio una patada al clérigo en pleno tórax y lo mandó volando hacia atrás, con la daga todavía dentro de su mano. Se oyó un ruido sordo cuando la cabeza de Adon dio contra el suelo. Luego el clérigo se quedó hecho un ovillo, aturdido por el golpe.
Medianoche empezó los movimientos y los cánticos que preceden a un hechizo para contrarrestar el asalto mágico. Estaba rezando para que el sortilegio saliese bien, cuando las llamitas del medallón empezaron a chisporrotear, el hechizo de Medianoche produjo un torbellino de magia que envolvió el patio, y apareció un relámpago cegador de luz azulada.
Cuando explotó el estridente estanque, y el agua se convirtió en un torrente hirviente de sangre que estalló como un géiser, Bane retrocedió, gritando. La magia de Medianoche destruyó los hechizos que Bane había utilizado en todo el castillo de Kilgrave para transformar las ruinas en un leve reflejo de su casa en las Esferas.
El templo de Bane, su Nueva Acheron, se estaba desmoronando. Las fantásticas puertas que había abierto se iban cerrando. Los pasillos y las cámaras que, de forma tan inteligente, fueron réplicas del antiguo templo de Bane en las Esferas, perdieron su tenue influencia en la realidad, y se consumieron.
Al cabo de un rato, todo lo que quedaba eran las ruinas de un castillo de mortales. Bane se desplomó hacia adelante, sollozando, y parte de su mente se maravilló al descubrir una nueva sensación, una sensación con la cual vivían los humanos cada día de su corta existencia.
La pérdida.
Nueva Acheron había desaparecido.
Cuando se incorporó y convocó al hakeashar para reunir así el poder para matar a los supuestos salvadores de Mystra, lord Black se sorprendió al encontrar vacías las cadenas místicas que sujetaban a la diosa.
Mystra se había escapado.


7
Mystra

Adon apareció junto a Medianoche cuando ésta se encontraba de rodillas recobrándose de la postración nerviosa producida por el lanzamiento del hechizo. El patio del castillo de Kilgrave no mostraba vestigios de la batalla que se había librado en sus confines.
—Ha desaparecido —dijo Adon—. El reino de Sune ha desaparecido, como si nunca hubiera existido de verdad.
Medianoche levantó la vista a Adon y le habló con voz reconfortante.
—Estoy segura de que está en algún lugar, Adon. Cuando llegue el momento, encontrarás tu camino.
Adon asintió con una inclinación de cabeza, luego él y Cyric ayudaron a Medianoche a ponerse de pie. A unos cuantos metros, Kelemvor tosió dos veces y empezó a volver en sí.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, a la vez que se llevaba una mano al hombro herido.
—Alguien ha estado jugando con nuestras mentes —contestó Medianoche—. Intentaba controlarnos, enemistarnos los unos con los otros. He probado un simple conjuro para anular la magia y...
—¿Has causado esta explosión? —preguntó Kelemvor sentándose precipitadamente.
—No deberías moverte —sugirió Adon, y trató de obligar a su amigo a tumbarse. Sus esfuerzos fueron inútiles.
—¡Maldita sea, Adon! Perdimos un día en la columnata por mi estupidez. Déjame; no me pasará nada.
—Déjalo en paz, Adon —repuso Medianoche sonriendo al guerrero—. Sí, Kel, yo causé la explosión... o mi magia, que es lo mismo. Deduje, por lo que nos estaba pasando, que alguien nos estaba transmitiendo unas fuertes ilusiones. Traté de anularlo, pero el hechizo produjo un tipo de reacción violenta: detuvo a quien estuviese lanzando el sortilegio.
—La voz de Bane —dijo Cyric riéndose—. Probablemente se trata sólo de algún loco iluso que se hace pasar por un dios.
—Pues sugiero que lo encontremos —expuso Kelemvor mientras paseaba la vista a su alrededor—. Debe de ser él quien tiene cautiva a la señora de Caitlan.
—Yo pensaba que habías renunciado a buscarla —dijo Cyric.
Kelemvor sonrió y miró a Medianoche.
—Así era. Pero creo que vale la pena seguir adelante por la recompensa que obtendré si la misión se cumple. —El guerrero miró los trozos de tela ensangrentados que envolvían su hombro y se preguntó si sería capaz de manejar la espada con un solo brazo. Podía empuñarla, aunque sin apretar demasiado, con la mano derecha, pero ello le ocasionaba un vivísimo dolor que le hacía ver las estrellas.
Cyric se limitó a sacudir la cabeza para luego dirigirse a la entrada del patio y echar una ojeada al vestíbulo. No había movimiento alguno. Los pasillos tenían el mismo aspecto que cuando Cyric examinó el castillo por primera vez.
—Deberíamos encontrar a la señora de Caitlan y escapar de aquí mientras podamos —sugirió Cyric, que se volvió al patio.
Kelemvor estuvo de acuerdo y expresó su conformidad con una inclinación de cabeza. Al cabo de un rato, los aventureros estaban en el vestíbulo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Kelemvor—. ¿Volver a registrar el castillo de arriba abajo?
Medianoche se volvió y se quedó paralizada, con la boca abierta de par en par.
—No creo que tengamos que hacerlo —dijo Cyric—. ¡Mirad!
Kelemvor miró por encima del hombro y vio una espantosa masa, roja como la sangre, que se arrastraba por el pasillo en dirección a ellos. El hakeashar. Surgía de la nube que era la forma del monstruo, con cientos de manos de diez dedos levantadas al aire. De la nube surgían unos ojos amarillos ansiosos por examinar a las víctimas que tenían delante.
Kelemvor dejó caer pesadamente los hombros.
—Ya he tenido bastantes monstruos por hoy —dijo mientras sacaba la espada con la mano sana. Sus movimientos no eran airosos, pero tenía la esperanza de que la postura fuese lo bastante impresionante como para asustar a aquella enorme criatura.
El monstruo dejó escapar un rugido que laceró los cerebros de los héroes produciéndoles un intenso dolor. La criatura tenía enormes bocas abiertas que parecían agrandarse a medida que se iba acercando. Cyric tomó a Medianoche del brazo y ambos echaron a correr vestíbulo abajo para alejarse del hakeashar.
—¿Podrías aguantar así un poco más, Kelemvor? —dijo Adon suplicante, mientras retrocedía para luego echar a correr.
El monstruo lanzó otro rugido.
—Quizás —dijo Kelemvor a la vez que abandonaba su postura y se ponía a correr para tratar de alcanzar a los otros; la nube, que giraba confusamente, iba mordiendo sus talones.
Los héroes tomaron la delantera al monstruo nebuloso durante unos minutos, pero no tardaron en cansarse. Al llegar al torreón situado a unos doscientos metros del patio, el hakeashar los perseguía ya muy de cerca. En el torreón, las escaleras que llevaban a los niveles superiores del castillo estaban llenas de escombros, de modo que los héroes tomaron las que bajaban, con Adon a la cabeza. Cuando el hakeashar salió del torreón lo hizo en medio de una explosión de luz que llegó hasta la oscuridad de los pasillos subterráneos.
Fue en el mismo momento en que el hakeashar alcanzaba a los aventureros, cuando Medianoche se dio cuenta de que el pasillo que tenían delante estaba bloqueado por los cascotes. Se volvió hacia el monstruo y les gritó a sus compañeros que se pusieran a un lado. Ella estaba ya lanzando un hechizo contra el monstruo, que llenó toda la anchura del pasillo y se detuvo; empezó a parpadear muy nervioso, y Kelemvor sacó su espada y Cyric se colocó su capa de viaje.
De repente, una ráfaga de viento que se originó en las yemas de los dedos de Medianoche, recorrió el pasillo. El viento atravesó al monstruo, lo acorraló al instante y cesó tan súbitamente como se había iniciado.
Después de haber llamado su atención el increíble poder que presentía en el medallón de Medianoche, el hakeashar empezó a avanzar lentamente.
Cyric se adelantó y su capa creó una docena de imágenes fantasma de él mismo. Mientras las imágenes creadas por la capa se entrecruzaban a fin de sacar ventaja a la ilusión, los muchos ojos del hakeashar estaban fijos en ellas.
—¿Qué hemos conseguido de bueno, aparte de confundir a esta cosa? —susurró Kelemvor a Medianoche.
La maga se apartó del guerrero en el momento en que las manos del monstruo saltaban hacia adelante y agarraban la capa de Cyric. Las imágenes desaparecieron al devorar el hakeashar la capa.
El monstruo aumentó de tamaño y se abrieron una docena de nuevos ojos y bocas.
—¿A qué estás esperando? —exclamó Kelemvor—. ¡Lanza el sortilegio!
El hakeashar lanzó una risotada cuando acudieron a su mente los recuerdos de los banquetes que se daba con la magia de la diosa.
Medianoche se detuvo y se volvió hacia el guerrero.
—Kel.
El hakeashar se iba acercando.
—Hazlo pedazos —dijo Medianoche.
Kelemvor, con el brazo sano, empuñó la espada con más fuerza.
El hakeashar se detuvo.
En el cerebro de éste se grabaron más de cien imágenes del humano de pelo largo que avanzaba hacia él con la espada desenvainada. Al monstruo le embargó una extraña curiosidad. Movió cinco de sus mandíbulas en dirección al humano, las cerró y le sorprendió que el esfuerzo no le produjese sustento alguno. El humano empezó a reírse y un dolor lacerante recorrió al monstruo cuando seis de sus ojos se cerraron para siempre después de un gesto potente de la espada del humano.
Estando lord Black de rodillas junto al agua tranquila de su estanque, resonaron los gruñidos del hakeashar en el castillo de Kilgrave. Bane llamó al monstruo y lo dejó suelto por el castillo para que fuese en busca de Mystra.
Una piedrecita cayó en la superficie del agua que Bane tenía delante, y ello hizo que el dios caído levantase la vista.
En la puerta había una joven que no había visto nunca y que sonreía de oreja a oreja. En su mano descansaba un puñado de piedras que había desprendido del derruido muro que había junto a ella.
—¿No es encantador que tu poder se haya vuelto contra ti? —se limitó a decir, y aquella voz le resultó a Bane terriblemente familiar.
—¡Mystra! —gritó Bane para luego abalanzarse sobre la diosa hecha carne.
Mystra lanzó el puñado de piedras a lord Black y su voz se elevó cuando empezó a lanzar un hechizo. Las piedras se transformaron a medio camino para convertirse en misiles azules y blancos que atravesaron el cuerpo de lord Black e hicieron que cayese de espaldas en el suelo de la mazmorra.
Procedente del pasillo se oyó otro ruido, éste más fuerte que el anterior. Mystra se estremeció al oír los bramidos del hakeashar, y Bane aprovechó esa distracción para lanzar, a su vez, un hechizo. Sacó un rubí de su guantelete y la piedra preciosa desapareció y en su lugar surgió un rayo de luz roja en dirección de la diosa de la Magia.
Bane emitió un grito ahogado cuando Mystra absorbió, sin daño, los efectos del Rayo de Rubí de Nezram, un sortilegio que habría debido separar a la diosa de su mutación. Bane se estremeció entonces cuando un haz de luz roja chocó contra él y le atravesó el pecho. El rayo de luz se quedó colgando en el aire, entre Mystra y Bane, como una cuerda.
—Has sido un estúpido intentando lanzar un hechizo complicado —dijo Mystra—. Parece que, finalmente, eres víctima del caos de la magia. —Dicho esto, Mystra cogió el haz de luz con ambas manos.
Bane sintió un espasmo horrible en su interior. La luz roja brillaba intensamente y un latido de energía salió disparado de su cuerpo en dirección a Mystra. El hechizo había salido mal y permitía que Mystra le arrebatase su poder.
Bane luchó para mantener despiertos sus sentidos mientras unas bandas de color carmesí surgían del haz de luz, lo rodeaban y tiraban de su carne como si quisieran arrancársela de los huesos. Oyó crujir sus costillas cuando la fuerza del ataque se trastocó de repente y amenazó con arrebatarle la vida. Mystra soltó el rayo de luz y lo lanzó hacia Bane.
El pecho de lord Black se abrió de golpe y un torrente de llamas azuladas surgieron explotando de él y envolvieron a Mystra, que mantuvo las manos fuera del flujo de la magia y agradeció la llegada de éste dentro de ella. Las llamas se transformaron, volviéndose de un color ámbar reluciente. Cuando Bane comprendió que las últimas energías que había tomado de Mystra lo estaban abandonando y que asimismo empezaban a salir de él las suyas, las llamas eran de un rojo brillante y reluciente.
—¡Has encarcelado a la diosa de la Magia, estúpido! Ahora pagarás con la misma moneda lo que me has hecho.
Bane gritó tanto como le permitieron las energías que le quedaban.
—¡Mystra! Me estoy...
—¿Muriendo? —dijo ella—. Sí, se diría que sí. Saluda a lord Myrkul de mi parte. No creo que haya tenido nunca un dios entre sus secuaces. Pero tú ya no eres un dios, ¿verdad, Bane?
Bane levantó las manos, implorante.
—Está bien, Bane. Voy a darte una oportunidad para salvarte. Dime dónde están escondidas las Tablas del Destino y tendré clemencia de ti.
—¿Las quieres para ti? —Bane lanzó otro grito ahogado y un nuevo latido de energía lo abandonó.
—No —dijo Mystra—. Quiero devolver las Tablas a lord Ao y poner fin a la locura que has causado.
Se oyó un movimiento en el pasillo y Mystra se volvió; en la puerta estaban Kelemvor y sus compañeros.
De pronto apareció un remolino delante de lord Black y, de la grieta producida por la magia de éste, salió Tempus Blackthorne, el cual se apoderó del cuerpo de su amo herido y lo arrastró al ojo del torbellino. Antes de que Mystra pudiese moverse para derribar a lord Black y a su emisario, éstos habían desaparecido. Cuando el remolino aquel se cerró, el hechizo de Mystra se desvaneció y un rayo de energía caótica la arrojó contra el muro. Cuando levantó la vista, vio a Kelemvor junto a ella.
El guerrero estaba pálido.
—Sabía que tenías carácter, pequeña, pero incluso así me has impresionado.
Mystra sonrió al sentir que el poder fluía libremente por ella.
—Caitlan —dijo Medianoche—. ¿Estás bien? —La maga se inclinó hacia la encarnación y el medallón en forma de estrella empezó a resplandecer.
—El medallón. ¡Dámelo! —gritó Mystra.
Medianoche retrocedió.
—¿Caitlan?
Mystra volvió a mirar a Medianoche y cayó en la cuenta de que el medallón se había agarrado a la piel de la maga para protegerse a sí mismo, para evitar que se lo arrebatasen mientras dormía o si caía herida.
—Deberíamos sacar a la muchacha de aquí —dijo Medianoche.
—Espera un minuto —dijo Cyric—. Quiero saber cómo se fue del campamento aquella noche y por qué se marchó.
—Escuchad —dijo Adon con calma—. Deberíamos preocuparnos por la suerte de la señora de la pobre muchacha.
La diosa fue presa de súbita ira.
—¡Soy Mystra, diosa de la Magia! El ser con el que combatía era Bane, dios de la Lucha. Y ahora dame ese medallón. ¡Es mío!
Medianoche y Adon miraron sorprendidos a la mutación. Kelemvor frunció el entrecejo y Cyric observó a Mystra con recelo.
Kelemvor cruzó los brazos.
—Tal vez la batalla ha debilitado su joven cerebro.
—Caitlan, Melodía de la Luna, y yo nos hemos convertido en un solo ser —indicó Mystra en tono tranquilo—. La traje a este lugar y fusioné nuestras almas para salvarnos a ambas de lord Bane. La ayudasteis a llegar hasta aquí y os habéis ganado nuestro agradecimiento.
—¡Algo más que eso! —exclamó Kelemvor.
—La deuda será saldada —dijo Mystra, y Kelemvor recordó las palabras de Caitlan cuando ésta estuvo enferma en la cama.
Ella puede curarte.
Mystra se volvió a Medianoche.
—En el camino de Calanter hiciste un pacto conmigo. Yo te salvé de morir a manos de aquellos hombres. A cambio, tú prometiste mantener mi responsabilidad a salvo. Lo has hecho de forma admirable —Mystra tendió la mano—, pero ha llegado el momento de que me devuelvas esa responsabilidad.
Medianoche bajó la vista, desconcertada al ver que el medallón se había desprendido de su carne. Se lo sacó del cuello y se lo dio a la muchacha, la cual empezó a resplandecer inmediatamente con unas violentas llamas azulinas.
La diosa echó la cabeza hacia atrás y, mientras una parte del poder que había poseído en las Esferas recorría su cuerpo, se permitió un momento de absoluto arrobamiento. Como había sido antes del Advenimiento, la voluntad de Mystra volvía a ser suficiente para dar vida a la magia y, si bien estaba todavía mucho más débil que antes de que Ao la echase de los cielos, Mystra estaba de nuevo unida al tejido de magia que rodeaba Faerun. La sensación era maravillosa.
—Pongamos algo de distancia entre este lugar y nosotros —dijo Mystra dirigiéndose a sus salvadores—, y os diré todo lo que queréis saber.
Momentos después, cuando se acercaron a la puerta del castillo de Kilgrave, los héroes sintieron el calor del sol; asimismo se quedaron cegados mientras salían de las oscuras ruinas. Se alejaron del castillo con pies de plomo, como si temiesen que el castillo fuera a lanzar una última barrera de locura en su camino. Pero el castillo estaba desolado y sin vida.
Mystra miró el cielo. Vio que la Escalera Celestial ascendía hacia los cielos, y que su aspecto iba cambiando. Por momentos la diosa tenía la vaga impresión de vislumbrar una figura en lo alto de la escalera, pero luego aquélla, después de que su imagen perdiera consistencia al cabo de poquísimos instantes, desaparecía.
Mystra, seguida de los aventureros, se encaminó a un lugar que no estaba a más de ciento cincuenta metros de la entrada del castillo. En el camino, surgió una discusión acalorada.
—¿Has perdido el juicio? —gritó Kelemvor.
—¡Yo la creo! —replicó Medianoche.
—Sí, la crees. Pero ¿acaso tu «diosa» puede probar sus disparatadas afirmaciones?
Mystra ordenó al grupo que la esperase, luego se volvió hacia la escalera. Kelemvor se adelantó furioso y empezó a despotricar sobre las riquezas que se les habían prometido; la diosa miró al hombre, y sus ojos relampaguearon con llamas blanquiazules.
—Tienes la gratitud de una diosa —dijo Mystra fríamente—. ¿Qué más puedes desear?
Kelemvor recordó su encuentro con la diosa Tymora, cuando pagó para verla.
—Me conformaría con comida decente, ropa para cubrirme y suficiente dinero para comprar mi propio reino —gritó Kelemvor—. ¡También me gustaría poder volver a utilizar el brazo!
Mystra ladeó la cabeza.
—¿Eso es todo? Yo pensaba que deseabas entrar a formar parte de las deidades.
Cyric entornó los ojos.
—¿Es eso posible?
Mystra sonrió y unas relucientes bolas de fuego saltaron de sus manos. Kelemvor casi gritó cuando la chisporroteante energía de la primera bola de fuego lo envolvió de pies a cabeza; de pronto, sintió una vitalidad como no había sentido hacía días. Las llamas se apagaron y Kelemvor levantó el brazo y miró incrédulo su hombro curado.
La segunda bola de fuego se estrelló en el suelo y dio vida a dos fogosos caballos para reemplazar a los que se habían perdido, así como dos caballos de carga con provisiones nuevas y una fortuna en oro y piedras preciosas. A continuación la diosa se volvió y se colocó delante de la escalera. Abrió las manos y extendió los brazos, como si estuviera meditando.
Kelemvor permaneció junto a Medianoche y ambos no tardaron en reanudar su discusión. Cyric los observaba sin meterse y Adon contemplaba en silencio a la diosa.
—Debe de ser poderosa y es posible que el cuento ese de que se ha fusionado con su señora sea cierto —dijo Kelemvor.
—¿Por qué, entonces, niegas lo que ves? ¿No aprecias los presentes de Mystra como prueba de gratitud? —dijo Medianoche.
—¡Nos los hemos ganado con creces! —replicó Kelemvor a la vez que se metía un gran pedazo de pan dulce en la boca—. Pero un mago poderoso, como Elminster del valle de las Sombras, podría llevar a cabo fácilmente las mismas proezas. ¡He visto otros «dioses» como éstos y no sabría decirte si no son unos lunáticos poderosos!
Mystra levantó la vista ante la mención de Elminster y, como le hizo gracia algún ensueño privado, una sonrisa iluminó su rostro, luego volvió a sus preparativos.
—¡Y por eso te permites el lujo de blasfemar en presencia de ellos! —gritó Medianoche.
—¡Digo lo que pienso!
—¡Yo la creo! —insistió Medianoche golpeando el pecho acorazado de Kelemvor—. ¡Jamás habrías recuperado el uso completo de tu brazo de no haber sido por Mystra!
Kelemvor empezó a temblar. Pensaba en su padre, retirado de la vida aventurera por sus heridas, deambulando por Lyonsbane Keep y haciendo de la vida del pequeño Kelemvor un infierno en la tierra.
—Tienes razón —dijo Kelemvor—. Debería estar agradecido. Pero... ¿Caitlan, una diosa? Debes admitir que hay que tener mucha imaginación.
Medianoche dirigió la vista a Mystra. La diosa, bajo la forma de la muchacha con la que habían viajado el día anterior, no impresionaba mucho.
—Sí —admitió Medianoche—, pero yo sé que es verdad.
Adon, detrás de Medianoche y Kelemvor, había escuchado sus palabras sin ser advertido; luego se alejó.
Pensó que, aunque los demás no lo habían aceptado todavía del todo, habían estado luchando contra un dios y que ahora servían a una diosa. A la vez que era consciente de esta revelación, Adon se preguntó por qué no le embargaban la excitación y el acatamiento. ¡En los Reinos estaban los propios dioses!
Adon observó a la escuálida muchacha arrodillada en la suciedad y se sintió ligeramente inquieto ante la imagen. Luego recordó la breve visión que había tenido de la abominación que Mystra había identificado como a Bane, lord Black.
¿Eran los propios dioses?
Mystra, algo apartada de los aventureros a quienes les había dicho que esperasen, se puso de pie y se colocó ante la escalera para prepararse para la ascensión. Una ligera sonrisa se fue perfilando en su rostro humano y, mientras se volvía para dirigirse a sus salvadores, comprendió la importancia del momento.
—Ante vosotros, invisible a los sentidos humanos, está la Escalera Celestial —dijo Mystra—. Esta escalera es un medio para viajar entre los reinos de los dioses y los humanos. Estoy a punto de llevar a cabo una tarea peligrosa. Si tengo éxito, vosotros cuatro seréis testigos de mi regreso a las Esferas. Si, por el contrario, fracaso, como mínimo uno de vosotros deberá difundir mis palabras por el mundo. Se trata de un cometido sagrado que sólo puedo encomendar a una persona cuya fe sea ciega.
Medianoche dio un paso hacia adelante.
—¡Cualquier cosa! —dijo—. ¡Dime lo que hay que hacer!
Kelemvor sacudió la cabeza y se puso junto a Medianoche para hablar con ella.
—¿No hemos hecho bastante? Hemos arriesgado nuestras vidas para salvar a tu diosa. Abandonemos ahora que estamos a tiempo. Hay todo un mundo para explorar y miles de maneras de gastar nuestra recompensa. Debemos marcharnos.
—Yo me quedo —dijo Medianoche.
—Yo me quedo con Medianoche —afirmó Adon dando un paso hacia adelante.
Kelemvor miró a Cyric, que se limitó a encogerse de hombros.
—La curiosidad me ha dejado petrificado —repuso Cyric en tono burlón.
Kelemvor se rindió.
—¿Qué es lo que tienes que decirnos, diosa?
—Los Reinos no son más que un caos —dijo Mystra.
—¡Vaya noticia!
—¡Kel! —exclamó Medianoche.
—Pero ¿sabéis por qué? —preguntó Mystra sonriendo.
Kelemvor guardó silencio.
—Hay un poder que es incluso mayor que el de los dioses —prosiguió Mystra—. Esta fuerza, de la cual se supone que los humanos no están enterados, ha echado a los dioses de los cielos. Lord Helm, dios de los Guardianes, bloquea la puerta de las Esferas, obligándonos así a que permanezcamos en los Reinos. Mientras estamos aquí, debemos tomar apariencia humana, encarnarnos, pues de otro modo no seríamos más que espíritus errantes.
»Estamos pagando el castigo por los crímenes de dos de nosotros. Lord Bane y lord Myrkul robaron las Tablas del Destino. Por lo menos una de esas Tablas ha sido escondida en los Reinos, si bien ignoro dónde. Hemos recibido el encargo de encontrarlas y devolverlas al lugar que les corresponde en los cielos.
Cyric estaba desconcertado.
—Pero si no tienes las Tablas, ¿qué pretendes hacer? —dijo.
—Permutar la identidad de los ladrones por clemencia para con los dioses, que son inocentes de este crimen —explicó Mystra.
Kelemvor cruzó los brazos sobre el pecho, se apoyó contra su caballo y se echó a reír.
—Esto es absurdo. Se lo está inventando todo a medida que va hablando.
Habría podido curarte —dijo ella—, pero, dado que no me crees, no lo haré.
La risa de Kelemvor remitió de golpe y se puso lívido.
—¡Diosa! ¡Yo te acompañaría! —repuso Medianoche; Kelemvor miró alarmado a la maga.
Mystra meditó detenidamente sobre el ofrecimiento. ¿Un humano testigo de cosas que sólo un dios podía comprender? Se volvería loca. La mente de Caitlan estaría protegida, pero no podría hacer nada para proteger a Medianoche.
—Sólo los dioses pueden seguirme —dijo Mystra.
El poder que se había estado ocultando en el medallón junto con las energías robadas a lord Bane se arremolinaban dentro de ella, como si estuviesen a la espera de salir. Luego, Mystra sintió como si la fuente de magia que había dentro de ella amenazase con desbordarse. La diosa experimentó un momento de pánico puramente humano cuando perdió el control de sus fuerzas interiores. La hierba empezó a ondear suavemente y unas llamas blanquiazules envolvieron todas sus briznas.
Cyric sintió un agradable calor bajo sus pies. El aire se cargó de chispas azules y blancas, y cuando unos rayos de luz, liberados con las apasionadas pinceladas de un genio demente, abrasaron el aire, los vientos se volvieron visibles para luego desaparecer.
Medianoche pudo ver la escalera, pero sólo un instante, y comprobó que lo era sólo de nombre. Estaba formada por un incalculable número de delicadas y blancas manos con las palmas hacia arriba; algunas estaban de pie, otras formando extraños racimos allí donde su carne parecía haberse unido. Se elevaban y descendían formando dibujos irregulares y sus firmes dedos oscilaban constantemente hacia atrás y hacia adelante, a la espera de recibir a su siguiente huésped. Una red de huesos cristalinos unía los grupos de manos. Sin embargo, extrañamente, en ningún momento se veían los muñones de las manos desmembradas. Una niebla suave y fluida flotaba de racimo en racimo.
La escalera desapareció de la vista de Medianoche y ésta volvió su atención a Mystra.
La forma de Caitlan había cambiado un poco y, mientras no dejaba de brillar, los héroes vieron a la muchacha transformarse en la mujer que estaba destinada a ser. Su cuerpo era exuberante y hermoso, el rostro delicado y sensual, pero los ojos eran muy viejos y revelaban un milenio de íntimas preocupaciones.
Cuando la diosa volvió la espalda a los héroes y se puso en movimiento, estaba temblando. Daba la impresión de estar subiendo por el aire y que al paso de la diosa por los escalones invisibles se desprendían unos rayos de luz azulada.
Mystra vio que sus percepciones de la escalera y de la entrada de las Esferas iban cambiando constantemente. Primero vio una hermosa catedral esculpida a partir de las nubes, que tenía una amplia y vistosa escalera que conducía a ella. Al cabo de un rato la zona que rodeaba la entrada se convirtió en unas grandes runas vivientes que bailaban una danza desconocida a medida que cambiaban posiciones con sus compañeras para desvelar unos secretos sobre los cuales Mystra había meditado largamente y jamás había descubierto, hasta aquel momento.
Sólo la propia puerta de entrada no cambiaba; era una gran puerta de acero, forjada en la imagen de un puño gigante, el símbolo de Helm.
A media ascensión, las nubes se separaron y el dios de los Guardianes se materializó delante de Mystra.
—Te saludo, lord Helm —dijo Mystra cordialmente.
Helm miró a Mystra.
—No sigas, diosa. Este camino no es para ti.
—Me gustaría volver a mi casa —repuso Mystra, enfadada con el guardián.
—¿Traes contigo las Tablas del Destino?
Mystra sonrió.
—Traigo noticias sobre las Tablas. Sé quién las robó y por qué.
—Ello no es suficiente. Tienes que dar media vuelta. Las Esferas ya no son nuestras.
Mystra se quedó perpleja.
—Pero a lord Ao le gustaría tener esta información.
Helm se mantuvo firme.
—Dámela a mí y yo se la transmitiré.
—Tengo que dar esta información personalmente.
—No puedo permitírtelo. Da media vuelta antes de que sea demasiado tarde.
Mystra siguió subiendo la Escalera Celestial, a la vez que reunía las fuerzas primas de la magia alrededor de Faerun y las sugestionaba para que estuviesen alerta a su llamada.
—No quiero hacerte daño, buen Helm. Apártate.
—Mi deber es detenerte —dijo Helm—. Descuidé mi deber en una ocasión. Nunca más.
Helm descendió un trecho más.
—¡Apártate! —insistió Mystra con una voz tan fuerte como un trueno.
Helm se mostraba inflexible.
—No me obligues a hacerte daño, Mystra. Yo soy todavía un dios. Tú no.
Mystra se inmovilizó.
—¿Dices que no soy una diosa? ¡Voy a demostrarte que estás equivocado!
Helm bajó la vista, luego volvió a mirar a Mystra.
—Si así lo quieres...
Mystra llamó a toda la energía que había reunido mientras avanzaba hacia el dios de los Guardianes. Preparando el primer hechizo, se estremeció de poder.
Medianoche abajo, en la tierra, vio que los dioses se iban acercando uno al otro. En el momento en que Mystra soltó unos rayos de fuego contra Helm, éste levantó las manos, retrocedió ante la magia y apretó los dientes cuando las llamitas blancas abrasaron su piel. El guardián lanzó un puñetazo en dirección a Mystra, pero la diosa se echó hacia atrás para esquivar el golpe, y a punto estuvo de caerse de la escalera al hacerlo.
Helm avanzó. No iba armado; sin embargo, mientras se acercaba a la diosa, parecieron saltar de su mano unas llamas de fuego. Mystra supo instintivamente que no debía permitir que las manos del dios la tocasen. Retrocedió y la magia prima hendió el aire que rodeaba al guardián. Mystra trató de recurrir al hechizo Mano de Hierro de Bigby, pero falló y una innumerable cantidad de garras afiladísimas volaron en dirección a Helm. El guardián las esquivó sin esfuerzo alguno.
La mano de Helm descendió formando un arco y, cuando sus dedos rasgaron el pecho de Mystra, ésta sintió un dolor atroz en todo su ser. El aire se roció de sangre, que pintó de intenso carmesí las diminutas chispas de magia y las obligó a dejar de existir.
Cuando al pasar, la mano de Helm rozó su hombro, Mystra notó que la sangre se le enfriaba. En venganza, la diosa de la Magia formuló un encantamiento destinado a atacar la psique de Helm, con el objetivo de obligarlo a inclinarse ante ella cuando empezase a temblar de terror. Ignorando el ataque de Mystra, el guardián apretó los dientes y arremetió de nuevo. El mayor temor del guardián había sido fallar a Ao. Dado que ya se había enfrentado a este miedo, no quedaba nada que fuera susceptible de atemorizarlo.
En el momento en que la mano de Helm se acercó a su pecho, abriendo una grieta en su carne que dejó escapar un torrente de llamas azuladas junto con un chorro de sangre, Mystra supo que había perdido. Luego, cuando a Helm le faltaron unos centímetros para alcanzar su garganta, la diosa notó una brisa fría junto a su cuello.
Cyric, fascinado por el espectáculo, observaba cómo los dioses intentaban matarse unos a otros. Cada vez que Helm, lanzaba un golpe se apoderaba de él una gran excitación. Ver la sangre de unos dioses caer del cielo lo embargaba, inexplicablemente, de dicha.
Mystra esquivó otra de las acometidas de Helm y lanzó un hechizo revolucionario de encadenamiento; unos grilletes formados de magia prima descendieron sobre el guardián. Helm los evitó sin esfuerzo, pero Mystra aprovechó aquella distracción momentánea para pasar a trompicones por delante del guardián. Era difícil concentrarse dadas las terribles agonías que su cuerpo había soportado, pero se aferró a la escalera y subió; cuando la puerta de entrada se elevó delante de ella y apareció la mismísima majestad de las Esferas, la cabeza empezó a darle vueltas. La diosa vislumbró un instante la belleza y la perfección de su casa en Nirvana.
Mystra pensó que todo aquello había sido suyo. Llegó a la cumbre, con las piernas temblorosas. La diosa de la Magia se agarró a la puerta, pero una mano sujetó su brazo y le hizo dar media vuelta. En los ojos de Helm había una mirada de tristeza.
—Adiós, diosa —dijo Helm.
A continuación, traspasó con su mano el pecho de la diosa.
Medianoche miró el cielo y se preguntó si no se estaría volviendo loca. Kelemvor estaba junto a ella, ordenando a Adon que ayudase a Cyric con los caballos y las provisiones.
Medianoche, después de haber visto a Helm quedarse aturdido un momento y a Mystra pasar a duras penas junto a él, se puso de pie. La diosa abrió los brazos y el caos de los misteriosos chorros de magia, así como las formas nebulosas que habían moldeado los elementos del aire, dieron paso de pronto a una puerta que tenía la forma de un enorme puño. Helm ya había alcanzado a Mystra, haciéndole dar media vuelta para enfrentarla a su cólera.
—¡No! —gritó Medianoche.
Tanto Kelemvor como Adon miraron el cielo a tiempo de ver a Helm atravesar a Mystra con su mano.
La cabeza de Mystra cayó hacia atrás en medio de una inconcebible agonía cuando su esencia huyó de la encarnación y explotó su frágil carne humana. Medianoche notó que un intenso calor se precipitaba hacia ella, como si un abrasador e invisible muro de energía se estuviese acercando. Las llamas azuladas que habían hecho resplandecer la hierba con sus dulces ensalmos, eran ahora un fuego negro que arrasaba la tierra y dejaba, a su paso, el suelo yermo. La devastación comenzó en la zona que estaba debajo de la diosa y se fue ramificando en todas direcciones.
Medianoche lanzó un hechizo para obtener un muro de fuerza con el que proteger a sus camaradas. Rayos de luz empezaron a girar en torno al grupo de aventureros y al cabo de unos momentos estaban rodeados por una esfera. A pesar del torbellino de colores que constituían los muros del globo protector, los aventureros pudieron vislumbrar algo del caos que reinaba a su alrededor.
Se formaron del aire unos enormes pilares negros que se clavaron en la tierra y compusieron un amplio círculo alrededor de los aventureros y de la Escalera Celestial, parecido a la columnata donde habían pernoctado; el horizonte se desdibujó y la tierra y el cielo se volvieron uno solo. Las nubes se ennegrecieron cuando los pilares se elevaron para saludarlos y unos hermosos rayos de luz de suave tonalidad, a modo de gasa sutil, surgieron entre las negras nubes. Los rayos de luz se desplazaban hacia adelante y hacia atrás, quemaban la faz de la tierra y producían unas fisuras lo bastante grandes como para que cupiese un hombre.
Estas grietas del suelo se llenaron de reluciente sangre y el calor que irradiaban los hirvientes ríos de sangre era terrible. Los rayos de luz destruyeron las columnas negras y, cuando los rayos de luz perdieron su forma y se convirtieron en jirones que cortaban el aire y destruían todo aquello que tocaban, enormes escombros cayeron al suelo.
El castillo de Kilgrave cayó ante aquella embestida furiosa y sus muros explotaron como yeso. Las macizas torres de cada esquina se derrumbaron hacia dentro y los muros que las unían se hundieron, convirtiéndose en cascotes.
En el cielo, Helm permanecía en la cumbre del desastre y su cuerpo era una silueta contra la cegadora luz del sol que tenía detrás. Medianoche vio que Helm volvía a bajar la mano, para luego dividir una masa que se arremolinaba en el aire delante de él.
Medianoche se preguntó si se trataría de la esencia de Mystra.
Las llamas azuladas que se escapaban de las manos de Helm se dispusieron formando un complicado dibujo, parecido a la visión que Medianoche había tenido del tejido mágico en su ilusión. Luego un rayo de brillante luz surgió del centro del tejido y penetró en la esfera protectora donde se apiñaban Medianoche y sus compañeros. Contra la tapicería blanca de sus percepciones, Medianoche vio una luz todavía más brillante que tenía la forma de una mujer que avanzaba hacia ella.
—¡Diosa! —exclamó.
Estaba equivocada. Otros dioses pueden tratar de hacer lo que yo he intentado... Los Reinos pueden ser destruidos. Hay otra Escalera Celestial en el valle de las Sombras. Si Bane vive, tratará de controlarla. Debes ir allí, advertir a Elminster. Luego encontrar las Tablas del Destino y poner fin a esta locura.
De pronto, un objeto cayó del cielo y atravesó la esfera protectora. Medianoche alargó la mano y el medallón fue a parar directamente a su palma. Luego dio la impresión de que la luz del tejido traspasaba a la maga, como lanzada por el medallón azul y blanco. Unas llamas candentes recorrieron su cuerpo y las últimas palabras de la diosa ardieron en su cerebro, entonces todos los nervios de Medianoche se rebelaron.
Lleva el medallón a Elminster..., Elminster te ayudará.
—¿Ayudarme? —exclamó Medianoche—. ¿Ayudarme a qué?
En la memoria de Medianoche se puso a arder una imagen de las Tablas del Destino. Hechas de arcilla, las antiguas Tablas tenían menos de sesenta centímetros de altura; eran lo bastante pequeñas para ser llevadas encima y ocultarlas fácilmente de las miradas codiciosas. Llevaban unas runas grabadas, que mencionaban el nombre y la responsabilidad de todos los dioses. Cada runa brillaba con un resplandor azulado.
La imagen de las Tablas se desvaneció cuando el rayo de luz se retiró al tejido, llevándose la reluciente forma de Mystra con él.
—Diosa —susurró Medianoche—. No me dejes.
No hubo respuesta pero, a través de la esfera, Medianoche vio cómo el tejido mágico desaparecía. Cesó el caos alrededor de los héroes y éstos vieron a Helm delante de su puerta con los brazos cruzados. Luego desapareció como si nunca hubiese estado allí.


8
No siempre son humanos

En ausencia de lord Black, Tempus Blackthorne mantenía aseada la cámara principal del templo en Zhentil Keep. Blackthorne era responsable de controlar las operaciones cotidianas del Templo de las Tinieblas y era él quien supervisaba personalmente la construcción de la segunda cámara más reducida de la parte posterior del templo. El mago había matado a los obreros una vez éstos terminaron la estancia. «Nadie debe enterarse», había dicho Bane, y Blackthorne habría dado su vida para proteger los secretos de la «cámara de meditación» de Bane. A decir verdad, se trataba de un lugar inmundo, pero cumplía su misión.
Bane procuró ocultar ciertos hechos a sus adoradores; lord Black temía que, si conocían sus limitaciones humanas, su necesidad de dormir y de alimentarse, entonces su veneración dejaría de ser tan ferviente y su disposición a sacrificarse por su causa se vería mermada. De modo que Bane hacía que Blackthorne le llevase la comida y bebida por un túnel secreto y, cuando lord Black tenía que dormir, lo hacía en la cama de la cámara con su emisario montando guardia junto a él.
Amontonados en los rincones de esta habitación, había unos textos misteriosos que Bane había estudiado minuciosamente aprovechando cualquier momento disponible. Sobre una mesa próxima había una colección de afilados y diminutos cinceles que parecían los instrumentos que usan los escultores. Bane los usaba para llevar a cabo horribles experimentos en la carne de algunos de sus seguidores, para luego quedarse observando horas enteras el flujo de sangre que había causado y escuchar los gritos de agonía de los hombres más débiles. Blackthorne sabía que estos estudios eran importantes para su señor, pero no estaba al corriente del objetivo que tenían. Sin embargo, Bane era su dios y Blackthorne era lo bastante astuto como para no poner en duda los motivos de una deidad. Al cabo de un tiempo, Bane se cansó de aquellos experimentos, como si no hubieran producido los resultados deseados, pero los cinceles quedaron a la vista, eran un recordatorio de que no había encontrado todavía las respuestas buscadas.
Mientras Bane estuvo ocupando el castillo de Kilgrave, la cámara permaneció vacía, pero ahora cobró vida un torbellino procedente de una ranura del espacio que hizo caer a lord Black al duro suelo; respiraba con dificultad y sus ojos se bañaron en lágrimas. Trató de recordar aunque sólo fuese el más simple de los encantamientos, algo que levitase su destrozada forma del suelo para llevarlo al duro colchón de la cercana cama, pero sus esfuerzos fueron vanos. Surgió entonces Blackthorne del torbellino y arrastró a Bane hasta la cama. El emisario, sin dejar de gruñir, levantó la mutación de lord Black y la colocó en la cama.
—Ya está, mi señor. Podrás descansar. Y sanarás.
Bane se sintió reconfortado por la voz de su fiel emisario. Blackthorne lo había salvado. Había visto a Bane debilitado, casi a punto de morir y, sin embargo, había acudido en su ayuda. Lord Black no lo entendía. Si la situación hubiese sido a la inversa, él habría dejado que el emisario pereciese, en lugar de arriesgar su vida por él.
Bane pensó que se sentía en deuda con él por haberle salvado la vida a su amigo el Caballero Siniestro. Ésta era la razón por la que le había hecho el favor. No obstante, ahora que había pagado su deuda, Bane tendría que ir con mucho tiento con él.
Bane vio en el suelo un charco formado por su propia sangre; era de color carmesí, con vetas ámbar que flotaban en medio de ella. El dios tenía uno de los pulmones destrozado y jadeó cuando alargó la mano para tocar el charco escarlata.
—¡Mi sangre! —gritó—. ¡Mi sangre!
—Te pondrás bien, señor —lo tranquilizó Blackthorne—. Si puedes otorgar magias curativas a tus clérigos, sírvete de la misma magia para curarte.
Bane hizo como le instaba Blackthorne, pero sabía que el proceso de curación sería lento y doloroso. Trató de apartar de su mente las molestias físicas concentrándose en el recuerdo de su rescate del castillo de Kilgrave. La magia de Blackthorne era lo bastante poderosa como para llevar al mago al castillo y luego teletransportarlos a ambos fuera de él, pero sólo habían podido escapar hasta la columnata que había al otro lado del castillo.
Bane había visto a Mystra recuperar el medallón de la maga de cabello oscuro. Al cabo de un instante, la diosa de la Magia estaba desafiando a Helm; ambos dioses estaban en la Escalera Celestial.
¡Las Tablas del Destino! ¡Helm había preguntado por las Tablas!
Bane había observado, completamente horrorizado, cómo Helm destruía a la diosa de la Magia, cómo el último vestigio de la esencia de Mystra se había acercado a la maga y oyó la orden que dio la diosa mientras el medallón volvía a la mujer morena. Durante la batalla que había librado Mystra con Helm, se habían liberado magias increíbles, y Bane se había apoderado de ellas para concluir la tarea que Blackthorne había iniciado, y se las había llevado a Zhentil Keep.
Bane se rió al pensar que nunca hubiese utilizado la escalera del valle de las Sombras como parte de sus planes de no haber sido por las palabras de Mystra. Si ella había aceptado su destino con tranquilidad, era posible que los acontecimientos que a ella tanto la preocupaban jamás hubiesen acaecido. De modo que Bane, tumbado en la cama y tratando de recobrarse de las graves heridas que le había infligido Mystra, empezó a hacer planes hasta que, finalmente, cayó en un profundo y reparador trance.
El cielo era de un intenso color azul lavanda con estrías doradas y de color azul prusia. Las nubes seguían siendo negras y reflejaban la tierra yerma y carbonizada que había bajo ellas; los enormes pilares se habían convertido en árboles con ramas marchitas de piedra que serpenteaban por el suelo a lo largo de muchos kilómetros. En algunos lugares la faz de la tierra era brillante como el vidrio, en otros estaba rota y llena de escombros. Los ríos rojos se helaban y se volvían sólidos. Había dejado de nevar.
Los muros de la esfera que envolvía a los aventureros y a sus caballos desaparecieron cuando Medianoche revocó el hechizo. Ésta tocó el medallón azul y blanco en forma de estrella, que colgaba de nuevo de su cuello, y descubrió que no había signos de los poderes que antes habían residido en el objeto. Ahora no era más que un símbolo del extraño y apocalíptico encuentro entre Medianoche y su diosa.
Medianoche montó sobre su caballo e inspeccionó la desolada tierra que la rodeaba.
—Mystra me ha pedido que vaya al valle de las Sombras para contactar con Elminster el Sabio. No espero que ninguno de vosotros me acompañe, pero si vais a hacerlo, nos pondremos en marcha inmediatamente.
Kelemvor dejó caer el saco de oro que estaba cargando en su caballo.
—¿Cómo? —exclamó—. ¿Y cuándo te ha dicho eso la diosa? No hemos oído nada.
—No cuento con que tú, menos que ninguno, lo comprendas, Kel, pero tengo que marcharme. — Medianoche se volvió a Adon—. ¿Tú vienes?
El clérigo la miró primero a ella, luego a Kelemvor y seguidamente a Cyric, pero ninguno dijo nada. Adon subió a su caballo y se puso junto a Medianoche.
—Es una bendición para ti que te hayan encomendado una misión como ésta. Gracias por solicitar mi ayuda. ¡Como que me llamo Adon que te acompaño!
Cyric se echó a reír, luego terminó de cargar las provisiones del grupo y cogió las riendas de los caballos de carga.
—Ya no tengo gran cosa que hacer aquí. ¿Por qué no ir contigo? ¿Vienes, Kel?
Kelemvor estaba inmóvil junto a su caballo, atónito y con los labios fláccidos en una boca entreabierta.
—Vais en busca de un sueño de locura —dijo—. ¡Estáis cometiendo un gran error!
—¡Síguenos si quieres! —dijo Medianoche, para luego darle la espalda a Kelemvor y ponerse en movimiento. Adon y Cyric hicieron lo propio.
El camino era traicionero e imprevisible. El trío había empezado a emprender su viaje hacia las montañas que apenas se veían en la lejanía, se iba oyendo cada vez más fuerte el retumbar inconfundible de los cascos del caballo de Kelemvor, hasta que el guerrero llegó a la altura de Medianoche. Nadie habló durante un kilómetro aproximadamente.
—No hemos repartido el botín —dijo finalmente Kelemvor.
—Ya veo —replicó Medianoche esbozando una ligera sonrisa—. Ahora comprendo. Estoy en deuda contigo.
—Así es —repuso Kelemvor recordándole las palabras que ella había pronunciado en el castillo—. Estás en deuda conmigo.
A medida que avanzaban por el paisaje de pesadilla que había dejado a su paso la destrucción de Mystra, los héroes vieron que la devastación era cada vez mayor. Habían desaparecido los caminos, los enormes cráteres llenos de humeante brea les impedían avanzar, obligándolos a volver sobre sus pasos y a rodear ciertas zonas para poder pasar. A la caída de la noche, empezaron a ver las montañas y acamparon a la vista del desfiladero de Gnoll.
Una caravana de comerciantes con vagones cargados de mercancías apareció en el camino que había bajo el campamento de los aventureros. La caravana iba muy protegida y, cuando Adon salió al descubierto y trató de avisar a los viajeros de lo que iban a encontrar más adelante, fue recibido con una lluvia de flechas. El clérigo se arrojó al suelo.
La caravana pasó y no tardó en perderse de vista. Adon regresó al campamento y descubrió una lumbre que ardía furiosamente y a Medianoche preparando algo que parecía ser carne, pero que olía bastante mal. Estaba absorta en la tarea que tenía delante y ordenaba a Kelemvor que diese la vuelta a las carnes de vez en cuando, mientras ella cortaba verduras con su daga.
La cena no se presentaba muy bien y daba la impresión de que el grupo iba a pasar hambre aquella noche, cuando Cyric levantó un zurrón que había encontrado entre los regalos de Mystra y les indicó mediante un gesto que permaneciesen en silencio. Metió la mano en la bolsa y sacó una hogaza de pan dulce, puñados de carne seca, jarras de cerveza, trozos de queso y muchas cosas más. Y a pesar de que el zurrón parecía vaciarse cada vez, más comida sacaba Cyric de él.
—¡No volveremos a pasar hambre ni sed! —dijo Kelemvor mientras se bebía el aguamiel que tenía delante de sí.
Más tarde, mientras comían lo que habían sacado del zurrón, Kelemvor sintió una opresión en la boca del estómago. La comida era espantosa y se preguntó si era prudente comer cualquier alimento que proviniese de una fuente mágica en aquellos tiempos que corrían de inestabilidad en la magia. Los héroes terminaron de comer sin pronunciar palabra, pero las expresiones de sus rostros bastaban para delatar sus pensamientos. Cuando Medianoche rompió el silencio que reinaba en el campamento expresando el deseo de que Adon recuperase sus sortilegios curativos cuanto antes para poder recomponer sus estómagos trastornados, su petición encontró un sincero eco de aprobación por parte de Kelemvor y Cyric.
Terminaron de cenar y Kelemvor y Adon se pusieron a examinar los presentes que les había dado Mystra mientras, al otro lado del campamento, Medianoche ayudaba a Cyric a limpiar los utensilios que habían utilizado para la cena.
—¿Vendrás conmigo hasta el valle de las Sombras? —preguntó la maga a Cyric mientras recogían las sobras.
Cyric titubeó.
—Tenemos provisiones, caballos sanos y suficiente oro como para ser ricos el resto de nuestras vidas —añadió Medianoche—. ¿Por qué no vienes con nosotros?
Cyric luchó para encontrar las palabras adecuadas.
—Nací en Zhentil Keep y, cuando me marché, prometí no volver jamás. El valle de las Sombras está demasiado cerca de allí para mi gusto. —Hizo una pausa y miró a la maga—. Sin embargo, por mucho que yo desee lo contrario, parece que mis pasos me llevan en esa dirección.
—No me gustaría que hicieras algo en contra de tu voluntad —dijo Medianoche—. La decisión ha de ser sólo tuya.
Cyric respiró hondo.
—Iré. Tal vez en el valle de las Sombras me compre una barca y viaje por el río Ashaba una temporadita. Creo que sería agradable.
Medianoche sonrió y asintió con una inclinación de cabeza.
—Te has ganado un buen descanso, Cyric. Te has ganado también mi gratitud.
La maga oyó ruidos procedentes del otro lado del campamento, donde Kelemvor y Adon estaban todavía haciendo inventario de los presentes de Mystra. Adon había prometido obligar a Kelemvor a ser honesto, lo que le valió una carcajada y una palmada en la espalda por parte del guerrero.
Medianoche y Cyric siguieron hablando sobre tierras lejanas e intercambiaron conocimientos sobre costumbres, rituales e idiomas. Luego charlaron sobre aventuras pasadas si bien, cuando se abordó este tema, Medianoche habló más que Cyric.
—Mystra —dijo él en un momento dado—. Tu diosa...
Medianoche acabó de limpiar su daga y la metió de nuevo en su funda.
—¿Qué pasa con ella?
Cyric pareció sorprendido ante la pregunta de Medianoche.
—Está muerta, ¿verdad?
—Quizá —fue la contestación de Medianoche. Meditó sobre ello un momento para luego volver su atención al pequeño hoyo que Cyric le había ayudado a cavar a fin de enterrar los desperdicios—. Yo no soy una niña, no soy como Adon. Me ha entristecido el fallecimiento de Mystra pero, si se presentase el caso, hay otros dioses a quien dar las gracias.
—No necesitas mostrarte reservada conmigo...
Medianoche se puso de pie.
—Bien, esto está hecho —dijo la maga a la vez que señalaba el hoyo, luego se alejó.
Cyric, después de observarla un momento, volvió al trabajo que tenía delante. Recordó cuando levantó la vista hacia los dioses en lucha abierta y el pueril regocijo que lo embargara al ver su sangre derramada. Avergonzado por su reacción ante la muerte de Mystra, Cyric apartó estos pensamientos y se concentró en la tarea de limpieza.
En el sendero, apartada del campamento y de Cyric, Medianoche sintió un frío que no tenía nada que ver con la débil brisa de la montaña. Pensó que no tenía sentido afligirse por las muertes de Caitlan y de Mystra. Maldijo para sus adentros a Cyric por haber mencionado a la diosa y se reprendió a sí misma. No podía afirmar que hubiese malicia en aquel hombre, sólo toda una vida de vicisitudes que le había creado una dificultad para comunicarse de otra forma que no fuera la ciencia exacta de las palabras.
Por otra parte, y en este aspecto, Kelemvor era el lado opuesto de Cyric. Su modo de actuar y sus declaraciones no expresadas le encantaban. Únicamente cuando trataba de ocultar sus sentimientos tras una cortina de burlas malintencionadas e inoportunas, parecía un bobo furioso, traicionando así un gran vigor. Tal vez tenían un futuro juntos.
Sólo el tiempo podía decirlo.
Se acercó a Kelemvor y a Adon; ambos estaban todavía riñendo.
—¡Lo dividiremos a partes iguales! —gritaba Kelemvor.
—Pero ¡si lo que yo te propongo son partes iguales! Tú, yo, Medianoche, Cyric y Sune, sin la cual...
—¡No vayas a empezar otra vez con lo de Sune!
—Pero...
—Cuatro partes —intervino Medianoche fríamente, ante lo cual ambos hombres se volvieron—. Tú haz lo que quieras con tu parte, Adon. Si quieres, se la das a tu iglesia.
Adon se encogió de hombros.
—No quería ser mezquino...
Dio la impresión de que Kelemvor estaba dispuesto a ponerlo en duda.
—Tal vez necesites descansar un poco —sugirió Medianoche.
—Sí, quizá sea eso —convino el clérigo.
Adon empezó a alejarse con la antorcha, cuya parpadeante luz le mostraba el sendero que llevaba al fuego del campamento. Después de resbalar en una piedra y enderezarse de nuevo, Adon murmuró algo más de Sune y se fue.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Medianoche a Kelemvor—. ¿Han sido de tu agrado las tiernas mercedes cocinadas por esta mujer?
—¿Puedo hablar con franqueza? —preguntó a su vez Kelemvor.
—Tal vez sea preferible que no lo hagas —dijo Medianoche sonriendo.
—En ese caso te diré que tengo ganas de hacer un reino con estas piedras preciosas.
Medianoche asintió.
—Yo me siento igual. —Luego señaló las riquezas que tenían delante—. ¿Hacemos las partes?
—Sí. Siempre es un placer trabajar con una mente aguda y juiciosa cuando se trata de estos asuntos.
Medianoche lo miró, pero él no levantó la vista del tesoro. El oro estaba amontonado en el tocón de un árbol. Había rubíes, otras joyas y un extraño artefacto; Medianoche se agachó para examinarlo. Lanzó un grito de alegría, tomó el objeto mágico y sonrió a Kelemvor.
—¡Me parece que al final vamos a tener que hacer cinco partes!
Kelemvor se sentó cómodamente.
—¿Qué quieres decir?
—Se trata de un arpa de Myth Drannor. Elminster es un conocido coleccionista de estas piezas. Si todo lo demás falla, podremos usar el arpa para conseguir que nos reciba.
Kelemvor reflexionó sobre las palabras de Medianoche.
—¿Tiene mucho valor?
Medianoche se negó a dejarse desanimar.
—No lo sabremos hasta que alguien nos haga una oferta, ¿no te parece?
—¡Oh!, sí, una buena reflexión.
—Se dice que estas arpas tienen propiedades mágicas —dijo Medianoche mientras examinaba el objeto.
El arpa era vieja, si bien había sido antaño de gran belleza. Fue un verdadero artesano quien hizo el fino trabajo de las incrustaciones de marfil y oro; y la madera roja reflejaba las llamas de las antorchas como si retuviese todavía su brillo original. Medianoche tiró de las cuerdas sin habilidad alguna y el instrumento emitió un sonido que era un extraño y discordante flujo de notas que aumentaron de volumen e hicieron que la armadura de Kelemvor se sacudiese como si una fuerza invisible la estuviese atacando.
—¡MEDIA...
De pronto todos los diminutos cierres que sujetaban la armadura de Kelemvor se soltaron de golpe y ésta cayó al suelo.
— ...NOCHE!
Kelemvor se quedó cubierto solamente por una túnica de cota de malla; la armadura yacía hecha pedazos a su alrededor. Medianoche tenía la boca abierta y movía las mandíbulas en silencio, hasta que estalló en una carcajada.
—¡Mira esto! —exclamó Kelemvor, enojado.
—¡Por favor! —dijo ella en tono desalentador.
—No, yo me refería... —El guerrero miró la armadura y suspiró.
Medianoche se incorporó y respiró hondo.
—Debe de ser el Arpa de Methild. Si no recuerdo mal, es famosa por romper todo tipo de tejidos, abrir todo tipo de cerraduras, romper todo tipo de cadenas... todo eso.
—Comprendo —dijo Kelemvor, y su ligero nerviosismo se convirtió en sonrisa, contagiada por la de Medianoche—. Quizás haya llegado el momento de la recompensa que habíamos acordado. ¿Qué me dices?
Medianoche se puso de pie y retrocedió unos pasos.
—Creo que no es el momento —dijo, a la vez que su corazón empezaba a dispararse.
Medianoche se dio media vuelta. Oyó a Kelemvor ponerse de pie y sintió que su mano le tocaba el hombro. La maga se mordía el labio y miraba fijamente la antorcha que había delante de ellos. Él, con la otra mano, rodeó suavemente su cintura; Medianoche se echó a temblar, luchando con su propio deseo.
—Estamos hablando sólo de un beso —dijo él—. Un beso. ¿Qué tiene de malo?
La maga se dejó caer hacia atrás en los brazos de Kelemvor. Él apartó el pelo de su cuello y sopló levemente en su piel, ahora recorrida por un hormigueo; al mismo tiempo, la estrechó contra sí por la cintura. La mano de Medianoche se posó sobre la de Kelemvor.
—Me prometiste que me contarías... —dijo ella.
—¿Contarte qué?
—En el castillo estabas destrozado. Me hiciste jurar que te daría una recompensa si seguías adelante. No tiene sentido.
—Sí tiene sentido —dijo Kelemvor a la vez que se apartaba de ella—. Pero hay cosas que deben mantenerse en secreto.
Medianoche se volvió.
—¿Por qué? Por lo menos dímelo.
Kelemvor había empezado a retroceder hacia las sombras.
—Quizá debería liberarte de tu promesa. Las consecuencias sólo las padecería yo. No debes involucrarte en esto. Tal vez sería... preferible —concluyó el guerrero con una voz baja y gutural.
Medianoche no sabía si era efecto de la luz o si la carne de Kelemvor se estaba realmente oscureciendo y su piel se estremecía bajo la cota de malla.
Todo el cuerpo de Kelemvor empezó a temblar y dio la impresión de que iba a doblarse de dolor.
—¡No!
Medianoche corrió hacia él, colocó las manos en su cara y acercó sus labios a los suyos. A él se le habían espesado las cejas, tenía el cabello desordenado y más oscuro, como si el gris de sus canas estuviese desapareciendo, y sus penetrantes ojos verdes eran como llamas de color esmeralda. Cuando se besaron el cuerpo de Kelemvor se relajó, y se apartó como si estuviera a punto de hablar.
Ella estudió su rostro. Era como si lo recordase de siempre.
—No hables —dijo—. Nosotros no necesitamos hablar.
Le besó de nuevo y, en esta ocasión, fue él quien la besó apasionadamente y la estrechó contra sí con mano de hierro.
Cyric, sin ser advertido por Kelemvor ni por Medianoche, se acercaba silenciosamente. Vio cuando se besaron de nuevo y cuando Kelemvor levantó a la maga en sus brazos, cuando el guerrero la colocó dulcemente sobre un lecho de piezas de oro, mientras ella le seguía rodeando el cuello con sus brazos. Medianoche empezó a reírse y a tirar de los cierres de su vestido.
Cyric volvió sobre sus pasos cabizbajo. La risa de la pareja lo siguió, lo acosó incluso cuando llegó al campamento y ordenó a Adon que se fuera a dormir, y un ímpetu de cólera empezó a apoderarse de él.
—Yo haré la guardia —dijo Cyric, y se puso a mirar fijamente las llamas.
Una vez finalizada su guardia, Cyric se tumbó para descansar un poco, y muy pronto comenzó a soñar que estaba de nuevo en las callejuelas de los barrios bajos de Zhentil Keep. Soñaba que no era más que un niño y una pareja sin rostro lo llevaba por las calles; esta pareja trataba de venderlo a cualquiera con suficiente dinero y aceptaba ofertas de los transeúntes.
Cyric se despertó sobresaltado y, cuando trató de acordarse del sueño, no pudo. Permaneció despierto unos minutos, recordando que hubo un tiempo en que sus sueños eran su única forma de escapar de la realidad. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces y ahora estaba a salvo. Se volvió al otro lado y se durmió con un sueño profundo y reparador.
Adon paseaba nerviosamente de arriba abajo, ansioso por marcharse de aquella región yerma. Medianoche sugirió que aprovechase el tiempo para dar gracias a Sune. El clérigo se detuvo, abrió los ojos de par en par, murmuró sólo «claro» y encontró un lugar donde montar un pequeño altar. Medianoche y Kelemvor no hablaban. Estaban sentados, apoyados contra una gran roca negra, cogidos del brazo, mirando las llamas de un fuego que habían encendido. Medianoche se inclinó y besó al guerrero. Daba la impresión de que este gesto era desatinado y extraño, a pesar de que unas horas antes hubiera parecido completamente natural.
Los héroes despertaron a Cyric cuando empezó a clarear y dispusieron los caballos. Aunque el almuerzo que sacaron del zurrón les dejó a todos el regalo de un sabor amargo y el estómago revuelto, cuando el sol estuvo alto en el cielo, habían adquirido ya un buen ritmo de marcha.
Era un camino de cabras en algunos trechos por el que andaban, y un enorme pez de plata con afilados dientes saltó de uno de los hoyos de lava que encontraron los héroes. Hubo momentos en que parecía que el sol estuviera en una posición errónea y los héroes temían estar viajando otra vez en círculo, pero siguieron adelante y los cielos no tardaron en volver a la normalidad.
A medida que iban avanzando por aquella tierra áspera, los aventureros encontraron muchas cosas raras. Unos enormes cantos rodados, que las extrañas fuerzas que se habían desprendido durante la lucha de Mystra con Helm habían tallado para representar las caras de unas ranas, se pusieron a maldecir y a alabar alternativamente a los viajeros, luego les contaron chistes atrevidos de los que ellos se rieron, pero sin aminorar por ello la marcha.
Más adelante, pareció estarse librando una batalla entre montañas opuestas; cantos rodados y trozos de roca volaban de uno a otro lado golpeando de forma estremecedora. Las hostilidades cesaron cuando los viajeros se acercaron para reanudarse apenas hubieron pasado. A medida que el grupo se alejaba del lugar donde había muerto Mystra, encontraban menos incidentes y los héroes se relajaron, aunque sólo un poco.
Se detuvieron y acamparon para pasar la noche en un claro al pie de una montaña que no parecía haberse visto afectada por el caos ocasionado por el fallecimiento de Mystra. Cyric se sorprendió al descubrir que el zurrón de comida y bebida, que hasta entonces se había llenado solo, estaba completamente vacío. Cuando metió la mano, sintió el tirón de algo frío y húmedo que lamió su mano; la sacó apresuradamente y luego arrojó lejos el zurrón.
Se vieron obligados a confiar en la comida que había quedado, esperando que bastaría para el largo viaje que tenían por delante. Sin embargo, cuando Medianoche y Cyric se pusieron a preparar la cena, la carne parecía haberse echado a perder, los panes estaban duros y la fruta iba camino de pudrirse. Comieron lo que pudieron y bebieron ávidamente el aguamiel y la cerveza. Pero también esto parecía haber perdido su sabor, asemejándose más a agua amarga que a néctar.
Cyric estaba muy callado. Únicamente cuando surgía un tema realmente fascinante para él exteriorizaba sus opiniones, y se mostraba vehemente en sus asertos. Luego Cyric caía en uno de sus meditabundos silencios y se ponía a observar las llamas del fuego del campamento, mientras la noche envolvía a los cansados viajeros.
Aquella noche Medianoche fue en busca de Kelemvor, quien la tomó en sus brazos sin pronunciar una sola palabra. Después, ella lo miró cómo dormía, arrobada por el tranquilo ritmo de su cuerpo. Medianoche sonrió; había tanta fuerza y fogosidad en sus movimientos cuando se tocaban, tanta pasión y tan maravillosa, que se preguntó por qué ponía en duda sus propios sentimientos para con aquel hombre. La asombraba muchísimo que éste no hubiese estado nunca casado, una de las pocas cosas que había logrado sacarle mientras estaban tumbados uno junto al otro antes de que el sueño se apoderase del guerrero.
Medianoche se vistió en silencio y fue hasta donde estaba Adon, que se había hecho cargo de la primera guardia. Encontró al clérigo sujetando un espejito entre los pies descalzos; iba moviendo el ángulo ligeramente mientras arrancaba los rebeldes pelos faciales, uno a uno, con una de las dagas de Cyric. Luego pasó a ocuparse del cabello, se peinó con un peine de plata hasta que hubo contado en voz alta cien pasadas. Medianoche lo relevó de la guardia y él se retiró con sigilo y se quedó profundamente dormido con una sonrisa de satisfacción en los labios. Durante la guardia, Medianoche oyó a Adon susurrar «no, querida, claro que no estoy sorprendido»; luego no volvió a oírlo.
Cuando Medianoche fue a despertar a Kelemvor para que la relevase, éste empezó a retozar con ella y trató de que volviese a la cama.
—Cumple con tu deber —le dijo ella.
Kelemvor se levantó y estiró los brazos. Se volvió, sonrió y se alejó antes de decir algo que habría hecho que Medianoche hubiese empezado a apedrearlo.
Antes del amanecer, Kelemvor sintió hambre. Habían atado los caballos de carga cerca de allí y decidió no esperar hasta el desayuno. Se alejó del fuego y se dirigió a donde se hallaban los caballos y las provisiones. A la tenue luz del alba, vio que los caballos estaban muertos. Al otro lado de los caballos de carga, los caballos que había proporcionado Mystra para Cyric y Adon estaban tumbados de costado, temblando.
Kelemvor llamó a los compañeros, que al cabo de unos momentos estaban junto a él. Cyric fue a buscar una antorcha que encendió con las llamas del fuego de campamento. No encontraron explicación para el estado de los animales. No tenían marca alguna, no había ninguna señal indicadora de la presencia de un animal salvaje o de un saboteador.
Cuando revisaron las provisiones, los héroes descubrieron que la comida se había estropeado completamente. La carne rebosaba de manchas verdes y aspecto canceroso. Unos negros y extraños insectos salían reptando de la fruta. Los panes estaban duros y enmohecidos. La cerveza y el aguamiel se habían evaporado. Únicamente estaba intacta el agua que habían cogido en la columnata que había fuera del castillo de Kilgrave.
Kelemvor buscó en los zurrones que contenían el oro y los tesoros y lanzó un grito al no encontrar más que cenizas amarillas y negras. El arpa de Myth Drannor se había podrido y se rompió tan pronto como Medianoche la cogió. Ésta encontró una bolsa que antes contenía diamantes y ahora sólo el polvo de aquéllos. La maga lo dejó a un lado para utilizarlo como componente de hechizos.
—Terrible —dijo Kelemvor en voz baja a la vez que se desprendía de la reconfortante mano que Medianoche le ofrecía para consolarlo. La miró—. ¡Sólo nos queda tu maldita misión!
—Kel, no...
—¡Todo lo que hemos hecho no ha servido para nada! —gritó él a la vez que daba la espalda a la maga.
Adon se adelantó.
—¿Qué vamos a comer?
Kelemvor miró por encima del hombro. Sus ojos centelleaban, los dientes brillaban de modo insólito, como si estuviesen tomando los primeros rayos de sol y reteniéndolos. Su piel se había oscurecido.
—Encontraré algo —dijo Kelemvor—. Yo proveeré por todos nosotros.
Cyric ofreció su ayuda, pero Kelemvor la rechazó con un gesto y se encaminó hacia las montañas.
—¡Llévate el arco por lo menos! —le gritó Cyric, pero Kelemvor lo ignoró y no tardó en convertirse en un oscuro contorno borroso contra las estribaciones envueltas en las sombras.
—Los dioses dan, los dioses quitan —comentó Adon filosóficamente, y se encogió de hombros.
Cyric soltó una risita amarga.
—Tus dioses...
Medianoche levantó una mano y Cyric no terminó la frase.
—Coged lo que necesitéis de vuestros caballos —dijo la maga—. Luego deberíamos procurar que su final sea lo menos duro posible.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Adon, compadecido de los animales enfermos.
—Hay una cosa que podemos hacer —dijo Cyric a la vez que desenvainaba la espada.
Medianoche suspiró de forma entrecortada y asintió con un gesto de la cabeza. Cyric propuso a Medianoche y a Adon que se alejasen de los caballos moribundos, pero ambos estuvieron de acuerdo en quedarse y ofrecer cierto consuelo y compasión a los animales mientras Cyric ponía, misericordiosamente, fin a su dolor.
Las horas pasaban y Kelemvor no regresaba. Adon se ofreció para ir en busca del guerrero.
Adon encontró profundas sombras y unos diminutos e invisibles seres que emitían sonidos extraños. El clérigo se preguntó si Kelemvor no estaría herido o si habría decidido abandonarlos, pero luego comprendió que en este caso el guerrero se habría llevado su caballo. Sin embargo, esta idea le sirvió de poco consuelo cuando empezó a introducirse en las sombras.
Algo pasó corriendo junto a la bota de Adon y éste se sorprendió gratamente al comprobar que se trataba de una bonita ardilla gris, que se detuvo en seco, lo miró y salió disparada al ver al clérigo ponerse en cuclillas para mirar sus profundos ojos azules. Siguió avanzando por una espesura de árboles, donde fue apartando cuidadosamente las ramas para no arañarse el rostro. No bien ascendió un trecho, Adon encontró un sendero claramente marcado.
Kelemvor había pasado por allí.
Adon se estaba felicitando por haber encontrado aquel sendero cuando tropezó con el peto de Kelemvor. La armadura estaba cubierta de sangre. Adon sacó cautelosamente su maza de guerra del cinturón.
Un poco más lejos, en el mismo sendero, el clérigo encontró el resto de la armadura de Kelemvor, ensangrentada al igual que el peto. Teniendo en cuenta la habilidad guerrera de su amigo, se preguntó qué tipo de bestia podía haber abatido a Kelemvor.
Percibió Adon un movimiento entre los árboles y vislumbró la piel negra de un animal y unos dientes entre gruñidos; ahogó una llamada de socorro por temor a revelar su posición y permaneció quieto unos minutos, hasta que oyó un rugido detrás de él.
Adon echó a correr, sin preocuparse por mirar atrás, y siguió el sendero, lleno de ramas rotas y trechos infames; no miraba al suelo pero enseguida cayó en la cuenta de que las huellas que se alejaban de la armadura habían empezado siendo humanas para convertirse luego en las huellas de las patas de algún animal enorme.
Sin saber qué distancia había recorrido, el clérigo penetró en una maraña de ramas, la tierra desapareció de repente bajo sus pies y cayó rodando al vacío. Un instante después, su cuerpo se sumergía en una balsa de agua que se alzó con gran ruido.
Después de salir a la superficie, Adon se sacudió el lodo del cabello e inspeccionó la zona. «¿Un pantano?», pensó. ¿Allí? ¡Era una locura!
Locura o no, el hecho es que se encontró chapoteando en dirección a la pantanosa orilla de una hermosa tierra fantasmal iluminada por un tenue resplandor azulado. Unos elegantes filamentos de musgo que colgaban de unos altos cipreses de negra silueta absorbían la luz del sol poniendo de relieve su fino y complicado dibujo. El musgo parecía hacer esfuerzos para estirarse hacia abajo y de vez en cuando algún filamento tocaba suavemente la superficie del pantano. Unas enormes almohadillas de lodo flotaban en dirección a Adon y, mientras subía a la orilla, vio una hermosa mariposa con alas anaranjadas y plateadas que salía de un capullo ante sus ojos. Una solitaria garza real se detuvo a mirar a Adon acercarse, luego emprendió el vuelo produciendo leves sonidos cuando sus patas tocaban el agua.
Adon salió del pantano, molesto ante el desastre causado en su fina ropa. De pronto se inmovilizó al oír un rugido y el ruido de algún animal abriéndose paso por la selva. Pero los ruidos cesaron tan repentinamente como habían empezado y Adon buscó en vano a su alrededor un lugar donde ocultarse. En la proximidad, unos montones de brillantes hojas amarillas y rojas cubrían unos árboles grises, altos y delgados, pero poca protección tuvo el clérigo al subir la montaña hacia el diminuto claro del que se había caído.
Durante el ascenso, encontró su maza de guerra donde había aterrizado cuando su caída le había hecho soltarla. Pensó que por lo menos moriría luchando.
Como Kelemvor.
El ser que había en los bosques rugió de nuevo y Adon echó a correr sin olvidar, a cada paso que daba, que no debía gritar pidiendo socorro. El claro se elevó por fin delante de él, pero una enorme forma negra andaba de arriba abajo y le impedía el paso.
Adon se detuvo.
Se trataba de una pantera y, a sus pies, yacía un ciervo tan salvajemente atacado que apenas era reconocible. El clérigo pensó que era una cosa de lo más natural. ¡Y él que había pensado en algún duende horrible!
La pantera movía la cabeza hacia atrás y hacia adelante, como si estuviera aturdida. Adon rezó a Sune para que el animal estuviese satisfecho con su festín y, cuando iba a empezar a retroceder, la pantera empezó a temblar. Dejó caer la cabeza hacia atrás y Adon vio sus brillantes ojos verdes cuando el animal rugió de dolor y una mano humana salió de su garganta.
Adon soltó la maza, que cayó al suelo con un ruido sordo. El animal no dio muestras de haberlo advertido. Una segunda mano, goteando sangre, apareció en el flanco del animal y se produjo un ruido terrorífico cuando la caja torácica explotó y salió la cabeza de Kelemvor por la abertura. Se rasgó una de las patas del animal y apareció una pálida y arrugada pierna del tamaño de la de un niño que empezó a crecer hasta convertirse en una pierna de hombre; su pie, hasta el momento retorcido, se enderezó y sus huesos crujieron a medida que iban encajando en sus articulaciones.
Salió una segunda pierna, repitiéndose el proceso, y la cosa es que, sin saber cómo, se estaba convirtiendo en Kelemvor hasta salir del cuerpo del animal. El guerrero lanzó un aullido de agotamiento y cayó al suelo; su desnuda y tersa piel se iba cubriendo de lustroso vello.
Adon, inconscientemente, se agachó a recoger la maza. A continuación se acercó temblando al guerrero.
—¿Kelemvor? —llamó, pero los ojos del héroe, abiertos y saltones, no manifestaron interés.
Kelemvor, con la respiración entrecortada y los vasos sanguíneos reventando bajo la carne que envejecía hasta alcanzar la edad que le correspondía, sintió que una corriente pasaba bajo su piel.
—Kelemvor —repitió Adon.
Luego le dio su bendición y cruzó el claro sin volver la vista atrás. Encontró el sendero sin dificultad y pronto estaba atravesando la espesura de árboles y llegó al campamento. Medianoche y Cyric estaban esperando.
—¿Lo has encontrado? —preguntó Medianoche.
Adon negó con un movimiento de cabeza.
—Yo no me preocuparía —dijo luego—. El valle que hay al otro lado de la sierra está lleno de diversión y soledad. Estoy seguro de que ha encontrado ambas cosas. No tardará en volver.
Adon les estaba describiendo el extraño pantano que la naturaleza había creado al otro lado de la sierra, cuando llegó a sus oídos el ruido estrepitoso de un hombre abriéndose paso a través de la maleza. Medianoche y Cyric recibieron a Kelemvor al pie de la estribación. La sangre que cubría su armadura parecía proceder del ciervo ensangrentado que llevaba sobre la espalda. Cyric ayudó al guerrero a desprenderse de su carga, recién muerta. A continuación despedazaron al animal y se apresuraron a prepararlo sobre una hoguera.
Adon no podía dejar de mirar al guerrero, que parecía ajeno a todo menos a la comida que tenía delante. En un momento dado, Kelemvor levantó la vista y vio la mirada del clérigo.
—¿Qué? ¿Te has olvidado de bendecir los alimentos? —preguntó Kelemvor de mal humor.
—No —contestó Adon—. Estaba... —hizo un gesto en el aire con la mano—, absorto en mis pensamientos.
Kelemvor asintió con la cabeza y volvió al banquete. En cuanto terminaron de comer, Adon y Cyric se dispusieron a salvar toda la carne posible del animal, después la envolvieron cuidadosamente y la guardaron para la cena.
—Tengo que hablar contigo —dijo Kelemvor, y Medianoche asintió y lo siguió hasta el camino. Ella ya había presentido su intención y por ello no se sorprendió ante la petición de Kelemvor—. Tiene que haber una recompensa, o no puedo ir contigo.
Medianoche no pudo ocultar su frustración.
—Kel, ¡esto no tiene sentido! ¡En algún momento vas a tener que explicarme qué significa todo esto!
Kelemvor guardó silencio. Medianoche suspiró.
—¿Qué te ofrezco en esta ocasión, Kel, lo mismo?
Kelemvor agachó la cabeza.
—Tiene que ser diferente cada vez.
—¿Qué otra cosa puedo darte? —Medianoche puso una mano en la mejilla del guerrero.
Kelemvor cogió toscamente la mano de Medianoche y la apartó de sí y evitó su abrazo.
—¡Lo que importa no es lo que yo desee, sino lo que tú estés dispuesta a darme! La recompensa tiene que ser algo que tenga valor para ti, pero que merezca lo que debo hacer para ganármela.
Medianoche apenas podía contener su cólera.
—¡Lo que hay entre nosotros tiene mucho valor para mí!
Kelemvor se volvió a mirarla y asintió con la cabeza.
—Sí. Y para mí.
Medianoche se aproximó al guerrero, pero se detuvo antes de estar demasiado cerca como para tocarlo.
—Por favor, dime lo que pasa. Puedo ayudarte...
—Nadie puede ayudarme.
Medianoche miró a Kelemvor. Allí estaba la misma violenta desesperación que había visto en sus ojos en el castillo de Kilgrave.
—Hay condiciones —dijo Medianoche.
—Dime cuáles.
—Vendrás con nosotros. Nos defenderás a Cyric, a Adon y a mí de cualquier ataque. Nos ayudarás a preparar la comida y a montar el campamento. Nos informarás sobre cualquier cosa relacionada con nuestra seguridad y bienestar, aunque se trate sólo de una opinión tuya. —Medianoche respiró hondo—. Y cumplirás cualquier orden directa que yo te dé.
—¿Y mi recompensa? —quiso saber Kelemvor.
—Mi nombre verdadero. Te diré mi nombre verdadero después de haber hablado con Elminster en el valle de las Sombras.
—Esto bastará —dijo Kelemvor acompañando sus palabras con una inclinación de cabeza.
Los aventureros viajaron el resto del día, volviendo a su práctica anterior de compartir dos caballos. Por la noche, después de haber instalado el campamento y haber cenado, Medianoche no fue al encuentro de Kelemvor. Por el contrario, se sentó junto a Cyric y le hizo un rato de compañía mientras éste montaba guardia. Estuvieron charlando de los lugares que habían visto, si bien ninguno de los dos contó en ningún momento lo que había hecho en aquellas tierras extrañas.
Sin embargo, Medianoche no tardó en sentirse cansada y dejó a Cyric; cayó en un sueño profundo y reparador, pero al cabo de poco rato la sobresaltó la imagen de un espantoso animal negro con relucientes ojos verdes y una boca babeante llena de blancos colmillos. Se despertó sobrecogida y por un momento creyó ver unas llamitas azuladas que se movían por la superficie del amuleto. Pero aquello era imposible. La diosa había vuelto a tomar posesión del poder y la diosa había muerto.
La maga oyó un ruido y cogió el cuchillo. Kelemvor estaba de pie junto a ella.
—Te toca hacer la guardia —dijo él, para luego desaparecer en la oscuridad de la noche.
Cuando Medianoche se sentó junto al fuego, escudriñó la oscuridad en busca de algún vestigio de Kelemvor, pero nada. A unos metros, Cyric daba vueltas y se agitaba en su sueño, sin duda atormentado por alguna pesadilla personal.
Adon no podía conciliar el sueño. Estaba trastornado por el secreto que, sin querer, había descubierto. Kelemvor no parecía recordar la presencia de Adon durante su metamorfosis de pantera a humano. ¿O fingía no recordarlo? Adon deseaba desesperadamente confiar a alguien lo que había visto pero, como clérigo, se sentía moralmente obligado a respetar la intimidad del guerrero. Estaba claro que debía dejar las cosas como estaban hasta que decidiese confiarse a sus camaradas o, debido a su desgracia, se convirtiese en una amenaza para el grupo.
Adon levantó la vista a la oscuridad y rezó para que la decisión que había tomado fuese la acertada.
Tempus Blackthorne encendió una antorcha antes de introducirse en el túnel y cargó con las provisiones que había adquirido. El túnel estaba bien construido. Los muros y el techo eran completamente cilíndricos y el suelo era una larga plancha de sesenta centímetros de grosor. Los muros habían sido pulidos y cerrados herméticamente con una sustancia que parecía mármol una vez se secaba. Blackthorne seguía lamentando haber matado a los artesanos y haber inventado la historia de su muerte accidental. Se preguntaba si alguien se la había creído.
En la cámara alta, Bane vociferaba de forma incoherente en un idioma que Blackthorne jamás había oído. El emisario escuchaba mientras subía las escaleras de piedra con tiento y pasaba a poner en práctica la rutina que había contribuido a que lord Bane se instalase completamente protegido de los intrusos; el pie derecho en el primer escalón, el izquierdo en el tercero. El pie derecho subía a reunirse con el izquierdo en el tercer peldaño. El izquierdo subía uno más, el derecho dos, luego repetía la operación a la inversa y subía de nuevo con una secuencia diferente. Cualquiera que variase aquella rutina sería víctima de las trampas que había instalado Bane y quedaría hecho trizas.
Blackthorne se balanceó sobre un pie mientras procuraba que no se le cayesen los paquetes. Tocó la palanca de la pared, tiró hacia atrás tres pasos, hacia adelante nueve, otra vez para atrás dos. El muro que había delante de él desapareció y Blackthorne entró en la cámara secreta de Bane.
El mago apartó la vista de la carne de Bane, purulenta y negruzca, así como de la espuma de sangre que salía de su boca. Había un nuevo agujero en la pared junto a lord Black y Blackthorne vio que una de las argollas había sido arrancada. El armazón de la cama había sido destrozado hacía tiempo y el colchón estaba hecho jirones. Bane gritaba y su cuerpo se convulsionaba a medida que el ataque se iba haciendo más intenso.
Blackthorne estaba tratando de inventarse una nueva excusa para justificar la ausencia de lord Black, cuando los ruidos cesaron súbitamente a sus espaldas. Se volvió y vio que Bane estaba completamente inmóvil. Cuando el emisario se acercó a su dios, lo hizo temiendo que el corazón de Bane se hubiera parado. En la habitación olía a muerte.
—Lord Bane —lo llamó Blackthorne.
Los ojos de Bane se abrieron de súbito. Una mano, una garra más bien, avanzó hacia la garganta de Blackthorne, pero éste se salvó echándose hacia atrás fuera de su alcance. Se salvó del golpe. Bane se apresuró a enderezarse.
—¿Cuánto tiempo hace? —se limitó a decir este último.
—¡Me alegra verte curado! —Blackthorne se desplomó sobre sus rodillas.
Bane arrancó las argollas restantes de la pared e hizo saltar las cadenas de sus tobillos y de sus muñecas.
—Te he hecho una pregunta.
Blackthorne le contó todo lo sucedido en los funestos días que habían transcurrido desde que Bane fue rescatado del castillo de Kilgrave. Mientras escuchaba y asentía de vez en cuando con una inclinación de cabeza, lord Black estaba sentado en el suelo y apoyado contra la pared.
—Veo que mis heridas han sanado —dijo Bane.
Blackthorne sonrió con entusiasmo.
—En todo caso mis heridas físicas. Queda todavía el asunto de mi dignidad.
La sonrisa de Blackthorne se desvaneció.
—Sí. Mi patético orgullo humano... —Bane levantó sus garras a la altura de los ojos—. Pero yo no soy humano —dijo, y miró a Blackthorne—. Yo soy un dios.
Blackthorne asintió lentamente.
—Ahora ayúdame a vestirme —dijo Bane.
Blackthorne se apresuró a obedecer. Mientras se debatían con la armadura negra de Bane, el dios preguntó por determinados seguidores y por los progresos que se habían hecho en su templo.
—Los humanos que fueron a rescatar a Mystra al castillo de Kilgrave... —preguntó finalmente Bane—. ¿Qué ha sido de ellos?
Blackthorne movió la cabeza.
—No lo sé.
Uno de los ojos de color rubí del guantelete de Bane se abrió de par en par y lord Black hizo una mueca. Los recuerdos de los momentos finales de Mystra y de sus órdenes a la maga morena afloraron en la mente del funesto dios.
—Los encontraremos —decidió—. Viajarán hasta el valle de las Sombras para buscar la ayuda del mago Elminster.
—¿Tienes intención de detenerlos en su viaje? —preguntó Blackthorne.
Bane levantó la vista, estupefacto.
—Tengo la intención de matarlos. —La atención de Bane volvió al guantelete—. Luego quiero recuperar el medallón de la mujer. Ahora déjame. Te llamaré cuando esté listo.
El emisario asintió y salió de la cámara.
Lord Black se dejó caer contra la pared con el cuerpo tembloroso. Estaba muy débil. Bane se corrigió..., el cuerpo se había debilitado; Bane, el dios, a pesar de la situación en la que se hallaba, era inmortal e inmune a semejantes pequeñeces. Bane se deleitó con los primeros momentos de verdadera claridad desde que se había despertado de su sueño curativo, luego consideró las alternativas que tenía.
Helm le había preguntado a Mystra si llevaba consigo las Tablas del Destino. Cuando ella se ofreció a revelar la identidad de los ladrones en lugar de entregar las Tablas, Helm acabó con ella. El secreto que compartía con lord Myrkul estaba a salvo.
—Al fin y al cabo, lord Ao, no eres omnisciente —murmuró Bane—. La pérdida de las Tablas te ha debilitado, como Myrkul y yo habíamos sospechado que sucedería.
Bane se dio cuenta de que había pronunciado estas palabras en voz alta en una habitación vacía y sintió frío dentro de su ser. Todavía había que exorcizar algunos rastros de la humanidad de su encarnación, pero ello lo llevaría a cabo en su momento. Por lo menos la búsqueda del poder no había sido una vanidad estrictamente humana. Había empezado con el robo de las Tablas y llegaría a su fin con la muerte del propio lord Ao.
Sin embargo, antes de alcanzar la victoria final, Bane debería superar algunos obstáculos.
En las oscuras horas de la madrugada, Bane se presentó ante una asamblea formada por algunos de sus seguidores. Sólo aquellos que habían sido recompensados con las más altas categorías y privilegios estaban presentes cuando Bane tomó asiento en su trono y se dirigió a sus seguidores. Fusionó las mentes de todos los presentes para que pudiesen compartir su sueño febril de increíble poder y gloria. Sin pronunciar una sola palabra, Bane puso a los humanos en un estado de puro frenesí.
Fzoul Chembryl era quien tenía la voz más sonora y quien sentía la más intensa pasión por la causa de Bane. Aun cuando el dios de la Lucha sabía que Fzoul se había opuesto a su voluntad en el pasado, cuando en aquellos momentos éste presentó sus argumentos para la eventual disolución del Zhentarim, del cual Fzoul era el segundo en el mando, y la reforma de la Red Negra bajo la estricta autoridad del propio Bane, éste sintió una creciente admiración por el apuesto y pelirrojo sacerdote. Naturalmente, Fzoul pedía ser considerado para el cargo de líder de estas fuerzas, pero Fzoul exclamó que la decisión correspondería sólo a Bane, y la sabiduría de Bane estaba más allá de toda crítica.
Lord Black sonrió. No había nada como una buena guerra para motivar a los humanos. Marcharían sobre el valle de las Sombras, con Bane en persona a la cabeza. En el delirio de la batalla, Bane se escabulliría y acabaría con el importuno Elminster. En el intervalo, enviaría a unos asesinos a interceptar a la maga de Mystra antes de que ella pudiese entregar el medallón al sabio del Valle de las Sombras y mandaría a otro grupo a mantener ocupados a los Caballeros de Myth Drannor. Satisfecho con estos planes, Bane volvió a su cámara secreta situada en la parte posterior del templo.
Aquella noche el dios de la Lucha no tuvo sueño alguno, y esto era una buena señal.


9
La emboscada

Cada vez que el hombre calvo trataba de conciliar el sueño, sus sueños se convertían inevitablemente en una pesadilla espantosa. Se despertaba casi apenas había empezado a adormilarse, pero entonces él veía que su sueño no hacía otra cosa que reflejar la realidad. Su pesadilla era solamente un recuerdo de la extendida destrucción que habían afrontado durante su viaje desde Arabel hasta el lugar donde antes había estado el castillo de Kilgrave.
Y el hombre calvo intuía que en aquellos momentos acampaba cerca del lugar que había sido el centro de la tormenta sobrenatural que se había desencadenado. Sus efectos habían llegado casi hasta Arabel, y allí habían cesado. Los habitantes de la ciudad amurallada agradecían que sus casas se hubiesen salvado, si bien no había más que mirar desde las torres de vigilancia para ver cómo había cambiado sorprendentemente el paisaje y comprender lo cerca que había estado la ciudad de la destrucción.
La diosa Tymora había sufrido un ataque que la había dejado agonizando el día en que el cielo se llenó de aquellas extrañas luces procedentes del norte. Luego la diosa entró en un profundo trance del cual no se había recuperado todavía cuando el hombre calvo y la Compañía del Amanecer salieron de la ciudad en busca de Kelemvor y sus cómplices. Los seguidores de Tymora se turnaban para velarla constantemente, pero ésta se limitaba a permanecer sentada en el trono, sorda a sus llamadas, mirando fijamente algo que estaba más allá del limitado alcance de los sentidos humanos.
Después de apartar de sí las pesadillas y los recuerdos, el hombre calvo trató de volver a conciliar al sueño. Por la mañana, él y sus hombres abandonarían aquel lugar hermoso que habían encontrado, una preciosa columnata que antaño podía haber sido un lugar sagrado dedicado a los dioses y que no había sufrido los efectos de la destrucción. La fresca y cristalina agua de la maravillosa charca sirvió para refrescar a sus hombres, pero éstos no pudieron eliminar los recuerdos de la gran destrucción de la que habían sido testigos.
Aun cuando el hombre calvo no era un adorador de los dioses, rezó brevemente a Shar, la diosa del Olvido. Cuando parecía que su oración iba a ser recompensada, se oyó un grito en la noche. El hombre calvo se puso en movimiento.
—¡Aquí! —gritó uno de sus hombres señalando a un guerrero rubio que había sido levantado del suelo por el cuello. La piel del agresor era blanca como el yeso y la luz de la luna reflejaba un brillo sobrenatural en la criatura sin cabeza.
—¡Las estatuas! —dijo otro hombre—. ¡Tienen vida!
El hombre calvo oyó las pisadas en tierra y se volvió para encontrarse cara a cara con la estatua de dos amantes juntos; la carne de piedra de la mano y el brazo del hombre se unía a la espalda de la mujer. Cuando los amantes de piedra se adelantaron lo hicieron moviéndose al unísono y con una velocidad para la cual no estaba preparado el hombre calvo.
Se oyeron gritos en medio de la noche.
Detrás de Kelemvor y sus compañeros se veían las montañas del desfiladero de Gnoll, pero los jinetes apenas miraban hacia atrás. De haberlo hecho, habrían visto que las montañas resplandecían contra el claro azul del cielo, como si los altos picachos poseyesen la consistencia de una ilusión.
La decisión de seguir la carretera del norte y pasar por Tilverton en lugar de arrostrar el campo abierto fue unánime. Ni siquiera Kelemvor puso objeciones al cambio de planes, a pesar de la prisa que tenía por llegar al valle de la Sombras y terminar aquel trabajo. Habría discutido antes de que los caballos de carga muriesen y las provisiones se convirtiesen en polvo, pero en aquellos momentos estaba claro que tenían que parar y conseguir nuevas provisiones antes de cruzar el desfiladero de las Sombras y seguir hacia el valle del mismo nombre.
Durante casi todo el día, Kelemvor y Adon siguieron compartiendo un caballo, al igual que Medianoche y Cyric. Después de la falta de provisiones, esto era lo que más enojaba a los héroes, de modo que el humor de los caballos y los jinetes no tardó en estar a la par.
Al final de un largo día, los héroes estaban en las extensiones gris pálido de las traicioneras Tierras de Piedra, cuando distinguieron a unos viajeros a medio kilómetro de la carretera. Al principio aquella zona parecía llana y segura, una alternativa invitadora al escabroso y tortuoso camino que tenían delante. Pero a medida que se fueron acercando se hicieron patentes las estribaciones y declives de la zona cuidadosamente disfrazadas.
Los viajeros, aparentemente, se habían apartado de la carretera en un intento de atajar y acortar así el tiempo de su viaje. De pronto, su carro tropezó con un hoyo y volcó, aplastando a los caballos bajo su peso. Sobre el suelo llano y gris se veían cuerpos tumbados y el viento llevó hasta los oídos de los aventureros los sollozos de una mujer. Cuando Kelemvor apartó la vista, Adon fue el primero en acosarlo.
—Nosotros no podemos hacer nada —dijo Kelemvor—. Las autoridades de Tilverton pueden mandar a alguien.
—¡No podemos dejarlos! —replicó Medianoche, escandalizada ante la actitud de Kelemvor.
—Yo sí puedo —dijo Kelemvor moviendo la cabeza.
—Debería sorprenderme —le dijo Medianoche—. Sin embargo, en cierto modo no me sorprende. ¿Para ti todo tiene un precio, Kel?
Kelemvor fulminó a la maga con la mirada.
—No podemos volverles la espalda —dijo Adon apasionadamente—. Puede haber algún herido que necesite las atenciones de un clérigo.
—¿Qué puedes hacer tú por ellos? —dijo Cyric de malos modos—. Ni siquiera puedes curar.
Adon bajó la mirada.
—Soy consciente de ello.
Medianoche se volvió hacia Kelemvor.
—¿Qué dices, Kel?
La mirada de Kelemvor era glacial.
—No tengo nada que decir. ¡Si tú quieres darte el gusto de semejante locura, puedes hacerlo sin mí! —Miró a Medianoche—. A menos, por supuesto, que me ordenes que vaya.
Medianoche apartó la vista del guerrero y se volvió a Cyric, que compartía su caballo. El ladrón hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y al galope se dirigieron al lugar donde se hallaban los viajeros accidentados.
Las súplicas de Adon cayeron en saco roto, hasta que al final Kelemvor saltó del caballo e indicó al clérigo mediante un gesto que se fuese.
—Ve si debes ir —le dijo Kelemvor—. Yo os espero aquí.
Adon miró al enfadado guerrero con una mezcla de piedad y desconcierto en sus ojos.
—¡Vete, he dicho! —gritó Kelemvor para luego dar una palmada al caballo y lanzar a éste a una frenética carrera para alcanzar a Medianoche y a Cyric.
El caballo de Medianoche cubrió rápidamente la distancia, pero la mujer que sollozaba no pareció advertir la llegada de los jinetes. Cyric y Medianoche llegaron a su altura y vieron en su blusa azul sangre de un feo color marrón, las piernas desnudas y bronceadas y las manos, en aquellos momentos moviéndose sobre el cuerpo de un hombre tumbado en el suelo, con un aspecto duro y encallecido. Su pelo rubio y fuerte le caía despeinado sobre el rostro. Estrechaba al hombre contra su pecho y lo mecía dulcemente.
—¿Estáis heridos? —preguntó Medianoche mientras saltaba del caballo y se acercaba a la mujer.
La maga se dio cuenta de que la mujer que tenía delante era más joven de lo que había pensado en un primer momento. De hecho, apenas era lo bastante mayor como para merecer el honor del anillo de boda que adornaba su mano.
El hombre llevaba puestos unos ceñidos pantalones de cuero y botas de suelas muy desgastadas. Llevaba una arrugada camisa azul pálido, con una mancha de un rojo pardusco. La maga no vio armas cerca del hombre muerto.
No fue hasta que Adon llegó a la altura de sus amigos cuando Cyric cayó en la cuenta de que, en la mano del hombre muerto, no había anillo de boda.
—¡Atrás! —gritó el ladrón, pero seis hombres aparecieron de pronto de las arenas grises y rodearon a los héroes.
El hombre muerto sonrió, dio a su «esposa» un rápido beso y se apoderó de un espadón que había sido medio enterrado en las oscuras arenas sobre las que estaba sentado. La mujer sacó a su vez dos dagas de debajo de sus piernas, luego saltó ágilmente sobre los pies y se puso en cuclillas para recibir a los otros, que se iban acercando a sus presas formando un círculo cada vez más estrecho.
Kelemvor, desde la carretera, lanzó una maldición cuando vio la trampa que les habían tendido. El guerrero recordó que las condiciones que le había impuesto Medianoche eran defenderlos y echó a correr hacia las figuras lejanas. Sin embargo, cuando estaba sacando la espada de la funda, algo pasó como un rayo junto a una oreja del guerrero. Notó una brisa fría y el objeto pasó silbando. Kelemvor vio una flecha de punta de acero caer en la arena.
Kelemvor oyó gritos de hombres detrás de sí. Ignoró las voces airadas y concentró su atención en el sonido de arcos al tensarse y luego ser aflojados. El guerrero se volvió y cayó de rodillas a la vez que su reluciente espada hendía dos de las tres flechas que sin duda alguna habrían acabado con él.
Kelemvor se encaró con tres arqueros que habían salido de las inmundas arenas al otro lado de la carretera. Estaban preparando otra tanda de flechas. En la distancia, detrás de Kelemvor, se oyó el chocar de acero contra acero y supo que Medianoche, Cyric y Adon luchaban también por sus vidas.
—¡No tenemos nada! —gritó Kelemvor cuando los arqueros soltaron la lluvia de flechas.
Rodó por el suelo para esquivar la nube de dardos. Una flecha pasando sobre su cabeza puso de manifiesto lo desesperado de la situación del guerrero. Allí adonde se dirigiese, uno de los tres arqueros se anticiparía finalmente a sus movimientos. Su armadura poca protección le ofrecía contra los arcos y la vulnerabilidad añadida de su cabeza desnuda suponía un blanco tras el cual ya andaban los expertos arqueros.
Éstos empezaron a avanzar y cruzaron la carretera. Se atrincheraron en unas nuevas y más cercanas posiciones y probaron otra táctica: alternar sus asaltos, es decir, el tercer arquero lanzaba su flecha mientras el primero estaba apuntando, de modo que había momentos en que Kelemvor se enfrentaba a una constante lluvia de flechas.
Al otro lado de los campos de piedra y arena, junto al carro volcado, la batalla se había convertido en una lucha desesperada. Medianoche alcanzó a distinguir una ballesta apuntando a la espalda de Cyric. Lo primero que se le ocurrió fue lanzar un hechizo para salvar al ladrón, pero no hubo tiempo para formular un encantamiento ni modo de saber si saldría bien o mal. Se agachó hasta ponerse en cuclillas y lanzó una de sus dagas a la garganta del agresor. La flecha de acero salió como un rayo y pasó sobre la cabeza de Cyric sin causarle daño alguno.
Ajeno al intento que el hombre de la ballesta había llevado a cabo contra él, Cyric luchaba con el líder de los bandidos. Su hacha de mano había demostrado ser una defensa poco efectiva contra el espadón de su adversario, de modo que el ladrón hizo una finta a la izquierda a fin de acortar la distancia con el hombre y poder así desarmarlo. Pero el espadachín no se dejó engañar por la treta de Cyric y su arma pasó a unos centímetros de la garganta de su adversario. El ladrón rodó por el suelo y logró derramar las primeras gotas de sangre cuando su hacha se hundió profundamente en el tobillo del bandido, casi cercenándole el pie. Cayó el espadachín no sin antes arremeter con su espadón con la intención de destripar a Cyric, pero éste se apartó de la trayectoria del arma rodando por el suelo y levantó el hacha con todas sus fuerzas. El bandido no emitió rugido alguno cuando el hacha se hundió en su garganta.
Cyric sacó el hacha ensangrentada del cuerpo del espadachín y un agudo y penetrante dolor recorrió su organismo cuando una de las dagas de la «esposa» del bandido hizo blanco en él.
En la periferia del círculo formado alrededor de Medianoche y Cyric, Adon era arrastrado por el caballo de Kelemvor. La maza de guerra se soltó de la cuerda que lo sujetaba al costado y cayó al suelo; Adon lo siguió, agarró el arma pero en ese momento vio una bota que se movía para pisar su mano. Adon se agarró a la bota y tiró con fuerza. Al cabo de un momento, el de la bota caía al suelo y Adon lo aporreó con la maza. Pero enseguida tuvo que dar un salto hacia adelante para esquivar apenas una puñalada que lo habría dejado sin una buena parte de su hermoso y bien peinado cabello, así como sin cuero cabelludo. Arremetió también contra este adversario.
Adon oyó un ruido detrás de sí. Se volvió y vio a un hombre de aspecto asqueroso que corría hacia él con una espada corta apuntada directamente a su corazón. Antes de que el clérigo tuviese siquiera tiempo para reaccionar, el cuerpo de otro bandido dio de lleno contra el hombre de la espada corta, y éste cayó desplomado al suelo. Adon levantó la vista y vio a Medianoche en pleno duelo cuerpo a cuerpo con un guerrero fornido, que hincó la rodilla en el estómago de Medianoche, juntó las manos y, empuñando el acero, las levantó sobre su cabeza y se preparó para abrir de un golpe la cabeza de Medianoche con sus fortísimos puños.
Adon recordó sus largas horas de estudio y echó a correr con el tiempo justo de golpear la parte más estrecha de la espalda del hombre rompiéndole el espinazo instantáneamente. El bandido cayó hacia atrás con los ojos en blanco y Adon se apartó a un lado para seguidamente ayudar a Medianoche a ponerse de pie. Ella lo miró incrédula.
—¡Un seguidor de Sune debe estar adiestrado para proteger los dones que tan generosamente le ha otorgado su diosa! —dijo Adon sonriendo.
Medianoche estuvo a punto de echarse a reír, luego dio un empujón al clérigo para que se apartase y lanzó un hechizo que hizo que un nuevo agresor se detuviera en seco sobre sus pasos y soltara las armas que llevaba. El hombre se estremeció como si algo espantoso estuviese creciendo dentro de él, luego puso los ojos en blanco, su carne se oscureció y se volvió de piedra. De uno de sus ojos brotó una trémula lágrima.
Medianoche se quedó horrorizada. Había derribado a un niño, no tendría más de quince años. Ella sólo había querido alzar un escudo para desviar la puñalada que estaba a punto de dar. ¿Cómo podía haberlo convertido en piedra?
La estatua explotó lanzando trozos de piedra oscura en todas direcciones.
Cyric, que estaba lo bastante cerca como para haber oído la explosión, se desprendió de la muchacha de mirada salvaje que trataba de asestarle puñalada tras puñalada, sintió un flujo caliente de sangre chorrear por sus piernas desde la herida que tenía en uno de los costados y, cuando se movió, el dolor fue más lacerante. Cayó sobre el cadáver del espadachín, cuya arrugada camisa azul pálido tenía ahora manchas carmesí brillante. La muchacha intentaba apuñalarlo en el pecho, de modo que Cyric aprovechó la oportunidad y le agarró la muñeca con una mano y la garganta con la otra.
El ladrón pensó que no era más que una niña, pero ésta, con la mano libre, se aferró a su rostro desnudo y le clavó las uñas en la carne. Cyric retorció la mano que empuñaba la daga hasta que oyó crujir los huesos, luego apartó a la muchacha y la derribó al suelo. Se oyó un sonoro crujido en la cabeza de la muchacha y los ojos se volvieron vidriosos cuando la vida se fue apagando en ellos. Un chorro de sangre manó de su boca y fue bajando en cascada por el cuello hasta que llegó a la parte superior de sus pechos.
Estaba muerta.
Algo oscuro y horrible se regocijó dentro de Cyric ante el hecho, pero una parte más brillante de su alma apartó estos pensamientos de su mente.
Cyric oyó un ruido detrás y se volvió. El dolor de la herida se hizo de pronto insoportable y el ladrón cayó desplomado al suelo, sobre el cadáver de la muchacha. Aun cuando no podía moverse, veía a Medianoche y a Adon desafiando a los restantes miembros de la banda de rufianes.
Entre los dos agresores sumaban menos de cuarenta años y, por consiguiente, no fue sorprendente que se diesen media vuelta y corriesen a protegerse al otro lado del carro volcado. En tono brusco, dieron órdenes a sus supuestamente heridos caballos para que se levantasen y limpiaron los flancos de los animales de la porquería allí acumulada.
Cyric vio que Medianoche escudriñaba la zona, hasta que lo descubrió. Cuando ella y Adon llegaron corriendo junto a él, levantó una mano. Al poco rato tenía la cabeza sobre el regazo de Medianoche y la mano de ésta acariciaba dulcemente su pecho. Él la miró y después, aliviado, dejó caer la cabeza hacia atrás. Medianoche le acarició la frente. La expresión de la muchacha cambió de pronto.
—¡Kel! —exclamó en voz baja.
Cyric se dio cuenta de que estaba mirando hacia la carretera. Volvió la cabeza en esa dirección y vio que Kelemvor estaba sitiado por una pequeña banda de arqueros. Medianoche llamó a Adon y el clérigo se hizo cargo de Cyric mientras la maga empezaba a correr hacia allá.
—¡Medianoche, espera! —gritó Adon—. ¡Sólo lograrás que te maten!
Medianoche vaciló. Sabía que Adon tenía razón. Kelemvor estaba demasiado lejos. Aunque llegase a su lado, su daga no serviría de nada contra las flechas. Sólo con la magia podía salvar al guerrero. Pensó en el muchacho que había matado sin querer y en su mente aparecieron las imágenes del cuerpo de piedra estallando.
Cuando los presentes de Mystra se habían desmenuzado hasta convertirse en polvo, Medianoche recuperó una bolsita de diamantes también reducidos a polvo. Después de recitar el hechizo para crear un muro de fuerza, Medianoche metió la mano en la bolsa y sacó una pizca de polvo de diamante entre los dedos. Arrojó el polvo en el momento adecuado y apareció un rayo cegador de luz azulada y blanca que desplazó a Medianoche del lugar cuando una compleja forma de luz se formó en el aire donde ella estaba. Con la sensación de que le habían arrancado una parte del alma, Medianoche miró la carretera y vio que la forma de luz se desvanecía.
El muro no apareció.
Embargada por la frustración, Medianoche echó la cabeza hacia atrás. Estaba a punto de lanzar un grito de rabia cuando algo apareció en el cielo.
Se trataba de una enorme abertura en el aire, una masa que se arremolinaba con unas luces de todos los colores que iluminaban al espectro que podía verse dentro. La abertura apareció en forma de moneda puesta de canto y lanzada al cielo y, a medida que fue aumentando de tamaño, empezó a ocultar el sol.
Junto a la carretera, Kelemvor no cejaba, a pesar de que los arqueros se iban acercando. Oyó un rugido cerca de su oreja, pero imaginó que era efecto de las heridas que había sufrido. Dos arqueros habían logrado ya traspasar su zona de defensa, pero Kelemvor ignoró el dolor que sentía en su pantorrilla derecha y en su brazo izquierdo.
Los arqueros avanzaban, listos para acabar con el guerrero, cuando se detuvieron de golpe.
Los bandidos empezaron a retroceder a la vez que señalaban el cielo y Kelemvor se preguntó si se habrían quedado, por fin, sin flechas. Dos de los arqueros arrojaron sus armas cuando Kelemvor advertía que la sombra donde él se hallaba se estaba oscureciendo. Entonces, un enorme y oscuro velo cayó sobre la tierra y los arqueros se pusieron a gritar en un idioma que Kelemvor no comprendía y echaron a correr en dirección a Arabel.
Kelemvor levantó la vista. Todos los arqueros quedaron inmediatamente olvidados. La abertura se estaba haciendo mayor y Kelemvor dio un torpe paso hacia atrás cuando algo que parecía ser un ojo increíblemente grande se asomó por el enorme agujero del cielo; luego desapareció.
Kelemvor se volvió y escudriñó el campo de batalla en busca de Medianoche, Cyric y Adon. Era difícil distinguirlos a causa de la oscuridad que caía sobre toda la zona, pero el guerrero pudo comprobar que dos de las figuras estaban todavía en pie. Parecían estar llevando a alguien.
Adon, pensó Kelemvor. ¡Los bandidos habían matado al pobre e indefenso Adon!
A pesar de la sangre que había perdido y del dolor que sentía, Kelemvor corrió en dirección a las figuras lejanas.
Al otro lado del campo, Cyric había visto también el ojo. Llevaba la cabeza ladeada mientras Medianoche y Adon lo conducían a la relativa seguridad del carro volcado y lo colocaban en el suelo.
La tierra se estremeció.
—¡No me dejéis! —dijo Cyric.
Medianoche lo miró, perpleja. Le acarició una mejilla.
—No —se limitó a decir.
Antes de perder el conocimiento, Cyric vio una figura que, procedente de la carretera, se acercaba por entre el torbellino cegador de arena y polvo.
Medianoche fue corriendo al encuentro del guerrero mientras éste bregaba con la arena y, con su ayuda, Kelemvor llegó al carro. Entonces el viento cercenó una buena parte de éste. Las planchas de roble crujieron terriblemente para luego romperse y volar por los aires.
—¡Tenemos que marcharnos de aquí! —gritó el guerrero, pero apenas oía su propia voz en medio de los susurros del viento.
—Cyric está herido. No podemos dejarlo —gritó Medianoche.
—¡Cyric! —gritó Kelemvor, sorprendido, y una pared de arena se abalanzó sobre él. El guerrero volvió la cara hacia el viento—. ¿Se le puede mover?
—¡No! —gritó Medianoche—. ¡Adon le está curando las heridas lo mejor que sabe!
Se oyó un ligero silbido y del suelo que había junto a la pareja empezó a salir vapor. Cuando Medianoche alzaba las manos y se preparaba para lanzar otro sortilegio, el aire cercano crujió apareciendo un borde de estrellas blancas y se abrió un agujero del tamaño de un hombre.
Un anciano con un enorme bastón en la mano izquierda salió de la abertura. Su rostro, aunque surcado de arrugas, tenía una agudeza que evidenciaba de modo inconfundible su apenas contenido enojo. Tenía el entrecejo fruncido y su barba blanca como la nieve le llegaba hasta el pecho. El hombre llevaba un sombrero ancho y un simple manto gris. Miraba a Medianoche.
—¿Por qué me has llamado? —preguntó.
Medianoche abrió los ojos de par en par.
—¡Yo no te he llamado!
El anciano elevó la mirada hacia la cada vez mayor abertura del cielo. Unas luces extrañas habían empezado a moverse por la grieta. Con los ojos entornados, señaló la abertura.
—¿Eres tú la responsable de esto?
—Yo no pretendía...
Después de levantar una mano para que guardase silencio, el anciano sacudió la cabeza y le dio la espalda a Medianoche.
—Deberías saber que hay formas más sencillas para llamar mi atención. Habrías podido ir al valle de las Sombras, por ejemplo.
—¡Elminster! —exclamó Medianoche.
De pronto, los vientos la aislaron del anciano. El polvo se despejó y ella vislumbró un movimiento procedente de donde se hallaba Elminster. La niebla gris se dividió y dejó al descubierto un movimiento de manos aparentemente frenético, unido a la inconfundible voz del sabio elevándose a unos niveles que atravesaron los vientos. A continuación la niebla envolvió una vez más a Elminster para, tras un instante, desvanecerse una sección de la niebla y aparecer el sabio ante ella.
—¿Sabes lo que es esto? —exclamó Elminster, con una impaciencia demasiado evidente a la vez que señalaba el cada vez mayor agujero en el cielo. No esperó respuesta—. ¡Es el efecto directo del Hechizo de la Muerte de Geryon! Los sortilegios de este tipo están completamente prohibidos, si bien resulta difícil castigar a los transgresores, pues por regla general mueren antes de que el hechizo llegue a este punto. —Elminster suspiró profundamente—. Además, el propio Geryon murió hace más de cincuenta años.
El rugido procedente de arriba se hizo más fuerte.
—¿Puedes pararlo? —gritó Kelemvor.
—¡Claro que puedo pararlo! —chilló a su vez el anciano sabio—. ¿Acaso no soy Elminster? —Luego volvió a mirar a Medianoche—. ¿Está este hechizo escrito en alguna parte?
—No —contestó Medianoche.
—¿Puedes volver a formularlo, aunque sea por otros medios?
Medianoche sacudió la cabeza.
—No —fue su respuesta—. Ha surgido accidentalmente.
—Muy bien —dijo Elminster—. Considérate advertida. Un hechizo de este tipo es muy peligroso.
La abertura estaba bajando. Elminster miró hacia arriba y se apartó de Medianoche y de Kelemvor para concentrar su atención en el agujero del cielo.
El guerrero y la maga se quedaron boquiabiertos y sin poder articular palabra mirando al anciano.
Las envejecidas manos del gran mago se movían con sorprendente velocidad y él cantaba con una voz profunda y sonora. Fue rodeado por un campo de relucientes energías, una lluvia de estrellas que atravesaban el pesado velo de vientos grisáceos. Mientras Elminster trabajaba en el hechizo, gotas de sudor empezaron a perlar su frente; luego, se fue formando un tejido de ojillos resplandecientes entre sus dedos. Antes de llegar a su total realización, el tejido cayó hacia dentro y un disco plateado que daba vueltas quedó colgando en el aire.
Elminster dio una orden y el disco giratorio saltó en el aire y aumentó de tamaño. Se rompió en un despliegue cegador y el agujero del cielo se fue inclinando lentamente hacia abajo. La abertura descendió como una cometa sin cuerdas, volando hasta el suelo paulatinamente de forma irregular y moviéndose hacia detrás y hacia adelante en los vientos.
—¡Diosa! —exclamó Medianoche cuando el agujero envolvió toda la zona robándole los sentidos.
Cuando recobró la vista y las sensaciones descubrió que estaba todavía en el mismo lugar, pero que había caído la noche.
Elminster suspiró profundamente.
El agujero había desaparecido. La única fuente de luz procedía del reluciente portal azulado que había detrás de Elminster. El hechicero posó su mirada sobre Medianoche.
—Nunca más —dijo solemnemente.
Medianoche sacudió la cabeza con frenesí. Oyó un gruñido y vio a Kelemvor sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos.
Elminster entró en el portal y Medianoche le gritó con toda la fuerza de sus pulmones que se detuviese. Él asomó la cabeza por la reluciente entrada.
—¿Qué pasa ahora?
—La diosa Mystra —dijo Medianoche.
Elminster la miró tristemente.
—La diosa está muerta —añadió ella.
Elminster ladeó la cabeza.
—Eso he oído decir. —Elminster se apresuró a volver a entrar en el portal y la entrada desapareció en medio de una lluvia de llamas en espiral.
Medianoche se quedó en la penumbra.
—Pero ella me dio un mensaje —dijo, sola y desconcertada—. Un mensaje para ti.
El mago avanzó hasta el lugar donde había estado el portal.
—¡Elminster! —gritó ella, pero su llamada desesperada no recibió respuesta.
Después de encender unas antorchas a fin de desgarrar el cielo nocturno, negro como la boca de un lobo, Medianoche y Kelemvor fueron en busca de Cyric y Adon. Se habían aventurado dos veces hacia el sur, hacia la carretera, pero las estrellas los habían engañado y sus llamadas no habían sido escuchadas, pero ahora estaban ya delante de sus compañeros.
Cuando Medianoche y Kelemvor se acercaron, Adon estaba de espaldas a ellos y el clérigo dio un respingo cuando Medianoche le tocó el hombro. Después de volverse para dirigirse a sus amigos, Adon les dio la bienvenida casi a gritos. Medianoche se interesó por el estado de Cyric y el clérigo la miró sorprendido y, a medida que ella seguía hablando, el miedo se fue reflejando en el rostro de Adon.
No pasó mucho rato antes de que fuese evidente que Adon estaba sordo. Casi todos sus intentos de leer en los labios de sus amigos fracasaron, aumentando así el pánico del clérigo, pero Medianoche logró calmarlo tomando su palma abierta y trazando suavemente sus palabras, letra a letra, con el dedo índice.
A Medianoche no le costó deducir que la caída del agujero había sido la causa de que Adon perdiese el oído. Adon se había quedado en medio de la tormenta, protegido solamente por el carro desintegrado, mientras que ella estaba cerca de Elminster que, de alguna forma, debía de estar protegido de los efectos de la tormenta.
Cuando Medianoche examinó a Cyric descubrió que, aun cuando su respiración era ahora regular, no podía despertarlo. Dado que la maga no contaba con medios para determinar la extensión del daño causado por el espadón del bandido, cubrió la herida y confió en que todo fuese bien.
Mientras Medianoche atendía a Adon y a Cyric, Kelemvor fue en busca de algún caballo, suyo o de los bandidos, que hubiese sobrevivido a la tormenta de arena. El guerrero encontró todavía con vida al caballo de Medianoche y a uno de los bandoleros. Llevó los caballos a Adon. El clérigo supo lo que tenía que hacer con los animales sin que Kelemvor tuviera que abrir la boca.
Adon se ocupó de los caballos a la luz de la antorcha, y Kelemvor y Medianoche se sentaron en la oscuridad junto a Cyric.
—Tienes que pagar tu deuda —dijo Kelemvor.
Medianoche se volvió hacia el hombre.
—¿Cómo? Nos queda todavía mucho camino hasta llegar al valle de las Sombras.
—Esto no fue lo que acordamos —dijo Kelemvor con calma—. Tenía que acompañarte hasta que pudieses hablar con Elminster del valle de las Sombras y ya lo has hecho.
—¡No me ha escuchado! —exclamó la maga.
—Yo tampoco voy a hacerlo —dijo Kelemvor en un tono duro—. Las deudas deben pagarse.
—Muy bien —dijo Medianoche—. Mi... nombre verdadero...
Kelemvor esperó.
—Mi nombre verdadero es Ariel Manx.
Se oyó una tos y tanto Medianoche como Kelemvor se volvieron y vieron a Adon ayudar a Cyric a levantar la cabeza.
—¡Cyric! —dijo Medianoche acercándose al hombre.
Cyric trató de sentarse, y lanzó un grito, pero su cuerpo se relajó cuando Medianoche le hizo volver a tumbarse. Kelemvor se quedó mirando, y un profundo desasosiego se fue apoderando de él.
—¿Cómo vamos a moverlo, Kel? La herida es grave —dijo la maga.
Kelemvor apartó la mirada.
—No había considerado...
—¡No pretenderás dejarlo aquí...!
—¡Claro que no! —exclamó Kelemvor—. Pero...
—¿Otra recompensa? —dijo ella—. ¿No significa nada para ti todo lo que hemos pasado juntos? ¿Te importa realmente alguno de nosotros o sólo te importa la recompensa?
Kelemvor guardó silencio.
—Necesito que me ayudes a llevar a Cyric a Tilverton y ver si está lo bastante bien para seguir hasta el valle de las Sombras. Después de esto, poco me importa lo que hagas. —Medianoche cogió la bolsa de dinero que había ganado con la Compañía del Lince—. Te daré todo el oro que me queda.
Al cabo de unos momentos, Kelemvor levantó la cabeza y se puso a hablar.
—Podemos hacer una armazón de madera con lo que queda del carro de los ladrones, envolverlo con la lona de nuestra tienda y formar una camilla. Las ruedas están intactas, de modo que podremos arrastrar a Cyric con los caballos.
Medianoche tendió la bolsa de oro a Kelemvor.
—Cógela ahora. Quiero estar segura de que cumplirás tu promesa.
Kelemvor tomó el oro y señaló los restos del carro esparcidos por el llano; encontró una pequeña linterna que estaba todavía de una pieza. Una vez encendida la linterna, Kelemvor miró a Medianoche y advirtió que unas lágrimas descendían por su rostro.
En Zhentil Keep, un criminal era arrastrado por las calles, con las manos y los pies atados. Su cuerpo rebotó en los adoquines de las calles iluminadas por antorchas y sus gritos resonaron en los oídos de todos antes de que su cuerpo destrozado fuese depositado a los pies de Bane. Lord Black se sorprendió al descubrir que el humano se aferraba todavía a la vida, si bien sólo a un hilo muy fino.
El hombre era Thurbal, capitán de armas y guardián del valle de las Sombras. De alguna forma había logrado entrar en la ciudad pasando inadvertido para luego tratar de unirse a la red de Black con otro nombre. Fzoul no tardó en descubrirlo y, si bien había aconsejado a Bane que proporcionase al hombre información falsa con la cual volver al valle de las Sombras, el dios no había podido soportar la idea de dejar pasar aquella afrenta con tanta indiferencia.
Thurbal había sido sometido a interminables interrogatorios, pero él afirmaba una y otra vez no estar al corriente de los planes de Bane. Lord Black no quería correr riesgos y por consiguiente ordenó a sus hombres que lo llevasen a rastras por las calles y luego al templo para ser ejecutado. Unos mensajeros habían enviado invitaciones a la elite de Bane y la ejecución se había convertido en un acontecimiento que llenó una sala donde no cabía ni un alfiler.
Cuando llegó el momento de la ejecución, Bane abandonó su trono y se puso de pie junto a Thurbal, luego trató de atormentar al envejecido y medio muerto guerrero que tenía a sus pies. La mirada del hombre era penetrante y astuta, y Bane sospechó que así seguiría siendo, incluso cuando el espía hubiese pasado a formar parte del reino de lord Myrkul.
La sala del trono estaba abarrotada de oficiales que habían acudido acompañados de sus esposas. Levantaron sus copas para brindar por su lord Black y alabaron cantando su nombre, mientras sus manos como garras se iban acercando a Thurbal. Antes de que la punta de una uña del guantelete pudiese llegar al ojo del hombre moribundo, apareció un relámpago azul y blanco y Thurbal desapareció. Bane se quedó atónito un momento. Alguien se había llevado a Thurbal teletransportándolo sin duda a un lugar seguro.
El canto cesó.
Bane estudió las miradas de sus seguidores. Advirtió sorpresa y confusión en sus expresiones. Hasta aquel momento, la lealtad de los adoradores de Bane había sido inquebrantable. No quería que supieran que su voluntad podía dejar de cumplirse con tanta facilidad.
—Y ahora sólo queda un recurso —dijo Bane a la vez que se ponía de pie y desplegaba las garras con una experta elegancia—. He enviado al intruso al reino de Myrkul, ¡donde pagará por sus crímenes con una eternidad de sufrimientos!
Los cantos se reanudaron. Lord Black se sintió aliviado al ver que la mentira había sido aceptada. A pesar de todo, estuvo inquieto el resto de la velada por la victoria que le habían robado.
Horas más tarde, una vez solo en su cámara, Bane se puso a meditar.
—Elminster —dijo en voz alta—, únicamente tú te habrías atrevido a interferir en mis planes. —Bane tenía su vaso apretado en la mano—. ¡No tardarás en estar en el sitio de Thurbal y tu agonía se convertirá en una leyenda en mi reino! Pero no me contentaré con contemplar tu muerte, pues una vez me haya hecho con la Escalera Celestial, reduciré tu precioso valle de las Sombras a cenizas. ¡Te lo juro!
Lord Black notó que el vino que se había derramado del vaso roto mojaba su pierna. Miró el vaso y lo maldijo, pero éste no recuperó su forma. Lo arrojó al otro lado de la habitación y llamó a Blackthorne para que le llevase otro.
—Señor —dijo Blackthorne, agachando la cabeza.
—¿Los asesinos?
—Se han puesto en marcha, lord Bane. Esperamos noticias del éxito de su misión.
Bane hizo un gesto de asentimiento y permaneció en silencio mientras miraba al vacío. Blackthorne, como su señor no le había dado permiso para retirarse, no se movía. Bane y su emisario se quedaron así durante casi media hora, hasta que Blackthorne sufrió un calambre en la pierna y no tuvo más remedio que cambiar el peso de su cuerpo. Bane levantó lentamente la vista.
—Blackthorne —dijo, como si se hubiese olvidado de la presencia del otro hombre—, Ronglath, el Caballero Siniestro.
—¿Sí, señor?
—Quiero que el Caballero Siniestro se ponga al mando de los contingentes de la Ciudadela del Cuervo para el ataque al valle de las Sombras. Tiene mucho que expiar y sin duda estará dispuesto a hacer lo que otros no quieren, y sin titubeos.
—Es posible que sus tropas muestren cierto resentimiento, lord Bane. Se considera que ha fallado a la ciudad...
—¡Pero a mí no me ha fallado! —dijo Bane—. Todavía no, por lo menos. Ve a cumplir con tu deber y no vuelvas a discutir conmigo.
Blackthorne bajó la vista.
—Transmite mi mensaje personalmente —añadió Bane—. Mientras estés allí, supervisa los preparativos de nuestras tropas y la contratación de mercenarios.
—¿Cómo debo viajar, lord Bane?
—Utiliza el hechizo del emisario, estúpido. ¡Para eso te lo he enseñado!
Blackthorne esperó.
—Puedes marcharte.
Blackthorne frunció el entrecejo mientras abría los brazos y recitaba el hechizo del emisario. El hechicero sabía que, dada la inestabilidad de la magia en los Reinos, tarde o temprano el sortilegio fallaría. Tal vez adoptaría la forma de un cuervo, pero podía convertirse en algo peor. Hasta podía matarlo. Pero cuando el mago dio por finalizado el hechizo, se transformó en un gran cuervo que voló hasta la pared y desapareció. En aquella ocasión el sortilegio salió como habían previsto.
Solo en la estancia, Bane descubrió que tenía mucho en que pensar.
Ronglath, el Caballero Siniestro, clavó la espada en el suelo y se puso de rodillas delante de ella. Agachó la cabeza y asió la empuñadura con ambas manos. A pesar de que la Ciudadela del Cuervo estaba abarrotada, le habían dado un alojamiento privado. Cuando comía, nadie se sentaba a su mesa. Cuando entrenaba con la espada o la maza, sólo su entrenador acudía a las sesiones. Estaba completamente solo la mayor parte del tiempo.
El Caballero Siniestro sólo tenía cuarenta años, llevaba el pelo color ceniza muy corto, bigote, ojos color azul celeste y la piel profundamente picada de viruela y bronceada. Tenía unos rasgos fuertes y distinguidos. Medía metro ochenta de estatura y tenía una complexión impresionante.
Toda su vida había servido a Zhentil Keep, pero ahora había caído en desgracia y, de no haber sido por la intervención de Tempus Blackthorne, se habría quitado con gusto la vida.
Blackthorne, con sus bienintencionados sentimientos de amistad y lealtad, había condenado al Caballero Siniestro a un castigo mucho mayor del que le hubiese infligido la muerte. El Caballero Siniestro apartó estos pensamientos de su mente.
Tenía otros adonde dirigir su odio. Estaba el brujo Sememmon, por ejemplo, que se refería al Caballero Siniestro como «el escogido» y se reía del espía, tomándole el pelo delante de otros cada vez que tenía ocasión. El Caballero Siniestro sabía que el brujo estaba resentido por el lazo que lo unía a Bane a través de Blackthorne. Si el brujo hubiese sabido cuánto deseaba el Caballero Siniestro romper este vínculo, se habría reído ante la ironía.
Luego estaba el hombre que era responsable directo de todas las calamidades con las que se enfrentaba el Caballero Siniestro: Kelemvor Lyonsbane.
Si el guerrero no hubiese interferido, el Caballero Siniestro no habría sido descubierto y jamás habría padecido todos aquellos tormentos. Si Kelemvor no se hubiese metido, su plan de desacreditar la ciudad de Arabel habría podido acabar en éxito.
El Caballero Siniestro apretó con fuerza la empuñadura de la espada, hasta que los nudillos se le quedaron blancos. De pronto, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito de rabia que resonó por los pasadizos de la fortaleza donde le habían asignado el servicio. Aquel grito había sido el primer sonido que el Caballero Siniestro pronunciara desde que llegó a la Ciudadela.
Nadie llamó a la puerta para comprobar que no estuviese herido. Nadie entró corriendo, como habría debido ocurrir ante el grito de un oficial.
El eco del grito se desvaneció y el Caballero Siniestro oyó un ruido detrás de él.
—Ronglath —dijo Tempus Blackthorne—, te traigo un mensaje de lord Bane.
El Caballero Siniestro se puso de pie y tiró de la espada para arrancarla del suelo. No dijo nada cuando Blackthorne le transmitió el mensaje del lord.
—¡Ven conmigo y lo anunciaremos juntos! —dijo Blackthorne, ajeno al terrible odio que había en los ojos de su amigo de la infancia—. Partiréis de la Ciudadela y marcharéis hasta las ruinas de Teshwave, donde los mercenarios estarán esperando para unirse a nuestras filas. Los ejércitos se reunirán en Voonlar, para esperar la señal de atacar el valle. Como es de suponer, se están enviando tropas desde diferentes direcciones, pero tú no tendrás que preocuparte de esto.
El Caballero Siniestro notó que le temblaba la mano. La espada no estaba todavía en su funda.
—Kelemvor —dijo el Caballero Siniestro probando el sonido de su propia voz. Enfundó la espada y salió de la habitación detrás del emisario.
Blackthorne se volvió.
—¿Qué has dicho?
El Caballero Siniestro se aclaró la garganta.
—Una deuda que debo saldar —dijo—. Rezo para tener la oportunidad de hacerlo.
Blackthorne asintió y acompañó al espía a la sala de reunión, donde estaba empezando a congregarse una verdadera multitud. El Caballero Siniestro observó aquel mar de rostros y su corazón empezó a albergar cierta esperanza.
El Caballero Siniestro pensó que aquella batalla podía redimirlo, y luego tendría su venganza.


10
Tilverton

Kelemvor trabajó hasta muy entrada la noche para terminar la carreta en la que llevarían a Cyric. Aunque sufría, ignoró el dolor de sus heridas. No eran tan graves como para impedirle llevar a cabo su tarea; además, quería ponerse en camino para Tilverton al alba. Una vez seguro de que el carro, tal como lo había modificado, cumpliría satisfactoriamente su misión, se tumbó junto a él y se quedó profundamente dormido.
Mientras Kelemvor y Adon dormían, Medianoche se sentó al lado de Cyric para hacer la guardia.
—No me has abandonado —dijo Cyric—, yo pensaba que lo harías.
—¿Por qué has creído que iba a abandonarte? —preguntó Medianoche con marcado interés.
Cyric tardó en contestar, parecía estar tratando de buscar las palabras y disponerlas en el orden adecuado.
—Tú eres la primera persona que, de una u otra forma, no me ha abandonado... —dijo—. Y no esperaba otra cosa.
—No puedo creerlo —repuso Medianoche—. Tu familia...
—No tengo familia —dijo Cyric.
—¿Han muerto todos? —preguntó Medianoche dulcemente.
—Nunca he tenido familia —contestó Cyric con una amargura tan grande que sorprendió a Medianoche—. Me quedé huérfano siendo un bebé en Zhentil Keep. Unos negreros me encontraron en la calle, una familia acaudalada me compró y me crió como a su propio hijo hasta los diez años, pero una noche los oí discutir, como suelen hacer los padres. El motivo de su pelea no era su descontento mutuo, sino la vergüenza que sentían por mi causa.
»Uno de nuestros vecinos se enteró de la verdad de mi origen y mis «padres» se sentían profundamente humillados por aquel horrible secreto. Me enfrenté a ellos y los amenacé con marcharme si mi presencia suponía semejante molestia para la familia. —Cyric entornó los ojos y sus labios se abrieron con una cruel y dura sonrisa—. No me lo impidieron. Fue un largo viaje el que realicé hasta Zhentil Keep. Estuve a punto de morir en varias ocasiones, pero aprendí muchísimo.
Medianoche le apartó el caballo de la frente.
—Lo siento. No sigas si no quieres.
—¡Tengo que seguir! —exclamó Cyric, furioso—. Aprendí que uno hace cualquier cosa para sobrevivir, incluso apropiarse de lo ajeno. Llegué a ese infierno conocido como Zhentil Keep, donde traté de enterarme de algo sobre mi pasado. Pero, como puedes imaginar, no encontré respuesta. Me convertí en un ladrón y mis «golpes» no tardaron en llamar la atención de la Cofradía de los Ladrones. Marek, el jefe, me admitió en ella y me enseñó todos los trucos del negocio. Fui un alumno aventajado.
»Estuve mucho tiempo haciendo todo lo que me indicaba Marek. Ansiaba complacer a aquel perverso canalla. Me costó años comprender que tenía que robar cada vez más para obtener de él un leve, y apreciadísimo por mi parte, gesto de aprobación.
»Cuando cumplí los dieciséis años, Marek empezó a interesarse por un nuevo recluta, de la misma edad que yo tenía cuando me sacó del arroyo; comprendí que habían vuelto a utilizarme y empecé a planear mi huida. Cuando conocieron mis planes, la Cofradía puso precio a mi cabeza. Nadie iba a ayudarme si intentaba escapar de Zhentil Keep. Supongo que no tendría que haberme sorprendido; no podía contar con las personas que yo había considerado mis aliadas. De no haber sido por mi habilidad con la espada, no habría logrado salir de la ciudad. Ya entonces yo era muy avispado. La noche que me marché, corrieron ríos de sangre por las calles.
Medianoche agachó la cabeza.
—¿Qué pasó luego? —preguntó.
—Me eché al monte; ocho años pasé poniendo en práctica mi especialidad para permitirme la única pasión que he alimentado desde que era un niño: viajar. Pero allí donde iba, la gente era igual. La pobreza y la desigualdad estaban tan extendidas como el lujo y el esplendor. Albergaba la esperanza de encontrar camaradería e igualdad: no fue así; por el contrario, hallé mezquindad y explotación por todas partes. No sé por qué, pensaba que iba a escapar a las traiciones de mi adolescencia y a encontrar un lugar donde prevaleciesen la honestidad y la decencia, pero este lugar no existe. En esta vida, no.
Medianoche volvió a bajar la cabeza.
—Siento que hayas sufrido tanto.
Cyric se encogió de hombros.
—La vida es sufrimiento. He llegado a aceptarlo. Pero no me compadezcas porque mi visión es más clara que la tuya. Compadécete de ti misma. Despertarás a la verdad antes de lo que imaginas.
—Estás equivocado. Lo que ocurre es que hay cantidad de cosas que no has visto, Cyric. Te han estafado muchos de los placeres que la vida ofrece.
—¿Estás segura? —dijo el ladrón—. ¿Te refieres al amor y a la alegría? ¿Una mujer buena, tal vez? —Cyric se echó a reír—. Las historias de amor son también una falacia.
Medianoche se apartó el cabello del rostro.
—¿Y por qué dices eso?
—Tenía veinticuatro años cuando comprendí que mi vida carecía de rumbo, que no tenía razón de ser. Volví a Zenthil Keep y en esta ocasión mis esfuerzos por encontrar mis raíces tuvieron un cierto éxito, si bien limitado. Me enteré de que mi madre era una joven que estuvo enamorada locamente de un oficial zhentilés. Al quedar embarazada, él la arrojó a la calle declarando que el niño no era suyo. La pobre mujer fue a parar con los pobres y los sin hogar, quienes se ocuparon de ella hasta que yo nací. Sucedió entonces que volvió mi padre, la mató y me vendió por un buen dinero. ¿Qué me dices a esto? Una bonita historia de amor propia de un cuento de hadas...
Medianoche siguió mirando el fuego y no hizo comentario alguno.
—Oí otras versiones de la historia, pero ésta es la que doy por cierta. Me la contó una mendiga que decía haber sido amiga de mi madre, pero no pudo decirme el nombre del hombre que me había engendrado ni lo que había sido de él. A decir verdad, una lástima, pues yo no deseaba otra cosa que charlar con él largo y tendido antes de degollarlo.
»Al final, Marek y la Cofradía me ofrecieron unirme a ellos de nuevo, pero yo me negué. No aceptaron mi rechazo y me vi obligado a huir otra vez de la ciudad. Sin embargo, cuando me marché de Zhentil Keep, tuve la sensación de estar dejando mi pasado detrás de mí. Traté de empezar de cero y adopté la vida de un guerrero. Pero el pasado siempre me alcanza y me obliga a cambiar de lugar. Había esperado, con la recompensa de Mystra, ir hasta algún lugar lejano, quizás al otro lado del desierto. No sé a ciencia cierta adónde, sólo a algún lugar susceptible de proporcionarme un poco de paz.
Medianoche dejó escapar un profundo suspiro.
Cyric no pudo reprimir la risa.
—Ahora conocemos nuestros secretos mutuos y ya no tienes motivo para tener miedo.
—No sé a qué te refieres —expuso Medianoche tratando de ocultar su inquietud—. ¿Qué secretos míos conoces?
—Sólo uno, Ariel —contestó Cyric.
—Escuchaste cuando dije mi verdadero nombre...
—No pretendía oírlo —repuso él—. Si pudiese olvidarlo, lo haría, pero es un nombre precioso. —Cyric tragó saliva ruidosamente—. Nadie sabe todo lo que te he contado. Si quisieras hundirme, yo no podría impedirlo. Si la Cofradía se entera de mi paradero, soy hombre muerto.
Medianoche acarició su rostro.
—No se me ocurriría hacer una cosa así —le dijo—. Entre amigos, los secretos siempre están a salvo.
Cyric alzó la cabeza.
—Esto es lo que somos, ¿amigos?
Medianoche asintió con una inclinación de cabeza.
—¡Qué interesante! —exclamó Cyric—. Amigos.
Los dos estuvieron así charlando hasta muy entrada la noche y, cuando le tocó a Adon el turno de montar guardia, Medianoche no lo despertó.
Kelemvor había relevado a Medianoche de la guardia y Cyric había tenido la oportunidad de dormir. Por la mañana, el dolor de las heridas de Cyric había disminuido lo suficiente como para poder sentarse. Incluso tuvo fuerzas para desayunar con los otros, si bien no había más que unos cuantos panes dulces que echarse a la boca.
Después del desayuno, Cyric le pidió a Medianoche que fuese a buscar su arco y le enseñó la forma adecuada de manejarlo.
Medianoche apuntó a un pájaro que rondaba en torno al grupo desde que empezaron la comida matutina. El instinto de Cyric, combinado con la gran fuerza de Medianoche, abatieron al pájaro negro, cuyo cuerpo, una vez recogido por Adon, se apresuraron a asar.
Después de descansar, Adon recuperó algo el oído. El primer signo de progreso se manifestó cuando el clérigo ya no necesitó que Kelemvor, con su codo chapado de acero, le diese ligeros codazos para que comprendiese que estaba gritando al oído del guerrero en lugar de hablarle en un tono normal. La pérdida de oído no había impedido en absoluto que dejase de hablar. Ahora, sin embargo, se esforzaba por oírse cuando expresaba sus floridas opiniones, como si no pudiera correr el riesgo de la absoluta condena que se produciría si sus importantes declaraciones sobre el virtuoso sendero de Sune no eran dichas con el timbre y el volumen de voz adecuados.
Una vez que los aventureros hubieron dado buena cuenta del pájaro asado, recogieron sus bártulos y montaron sobre los dos caballos que quedaban. Kelemvor volvió a verse sujeto a la compañía de Adon y al caballo de Medianoche le tocó arrastrar la carreta que había construido el guerrero.
A pesar del cuero y la estrechez de la camilla, que le hacían sudar, el ladrón herido viajó sorprendentemente cómodo. Después de soportar algún que otro salto de vez en cuando, a última hora de la mañana una de las ruedas de la carreta se rompió por culpa de una piedra y no pudieron repararla. Kelemvor se vio obligado a desmontar el ensamblaje y arrojarlo todo a un lado del camino. Cyric hizo el resto del viaje con Medianoche.
Cuando los héroes divisaron por primera vez las puertas de Tilverton, se había formado una tormenta en el horizonte y la amenaza de mal tiempo se cernió sobre sus cabezas desde entonces. Detrás de unas siniestras nubes negras, el cielo era de color gris acero. Toda la mañana estuvieron viendo en la distancia diminutos relámpagos y el rugido del trueno lejano se extendía por la llanura.
Unas horas después, llegaron a la ciudad de Tilverton. No tardó en pararlos un grupo de hombres vestidos con túnicas blancas con la insignia del Dragón Púrpura. Los hombres parecían cansados pero estaban alerta, e iban muy sucios. Incluso antes de que el jefe de la patrulla de Cormyr exigiese ver sus cartas de identificación, seis arcos estaban preparados y apuntando hacia ellos. Kelemvor encontró la carta falsa que Adon había comprado en Arabel y se la tendió al capitán. El líder de la patrulla la examinó, se la devolvió y les indicó mediante un gesto que podían seguir. Los héroes pasaron por delante de la patrulla y entraron en la ciudad sin más problemas.
Penetraron en la ciudad de Tilverton cansados y sin ganas de bromas. Era más de mediodía y sus estómagos gruñían como animales deseosos de libertad. El viaje había agotado a Cyric y, cuando los héroes se detuvieron delante de una posada, el ladrón quiso bajar del caballo de Medianoche. Tocó el suelo, pero cayó hacia atrás contra el animal de crin roja y lanzó un gruñido. El intento que hizo de caminar no superó más que ligeramente al éxito obtenido anteriormente y logró alejarse dos pasos del caballo, pero no pudo seguir adelante.
Medianoche desmontó y pasó un brazo del ladrón sobre su cuello. La maga era más alta que el delgado y moreno hombre y tuvo que agacharse ligeramente para ayudar a Cyric a caminar dando traspiés hasta la puerta de la posada. El clérigo, cuyo oído se había recuperado totalmente, se apresuró a acudir en ayuda de Medianoche; el guerrero, por su parte, desmontó y condujo los caballos hasta los establos que estaban detrás de la hostería de piedra.
El letrero que había sobre la puerta identificaba al lugar como La Botella en Alto. Mientras Medianoche y Adon se esforzaban por llegar hasta la cancela de la puerta, advirtieron la presencia de un joven, de ojos pálidos, sentado a la sombra junto a la misma puerta.
—¿Nos podrías ayudar? —rogó Medianoche, tratando de sostener mejor al desfallecido ladrón.
El joven siguió con la vista fija y no hizo caso de la petición de la maga.
Había empezado a caer una sucia lluvia sobre la ciudad. Medianoche forcejeó con la puerta y, con la ayuda de Adon, arrastró a Cyric al interior. Después de cerrar la puerta de la posada de una patada, Medianoche ayudó a Cyric a sentarse en una silla de madera que había junto a la puerta. Al primer golpe de vista creyó que la posada estaba desierta, pero luego vio una luz trémula y oyó voces provenientes de uno de los comedores. Llamó, pero sus ruegos para que los atendieran no recibieron respuesta.
—¡Maldita sea! —siseó—. Adon, quédate aquí con Cyric. —Y fue en busca del posadero.
Cuando entró en la sala común, vio que estaba abarrotada. La habitación estaba llena de hombres por todas partes. Algunos parecían ser soldados y llevaban el escudo de armas de los Dragones Púrpura. De entre ellos unos cuantos estaban heridos, si bien llevaban las heridas vendadas. Otros parecían ser civiles. Pero todos estaban taciturnos y se mostraban poco expresivos.
—¿Dónde están el posadero y su personal? —preguntó Medianoche al soldado más próximo.
—Se habrán ido a rezar —contestó el hombre—. Es más o menos la hora.
—Siempre es más o menos la hora —dijo otro hombre, a la vez que agitaba la bebida de su vaso.
—No comprendo —repuso Medianoche—. ¿No hay nadie al cargo de la posada?
El soldado se encogió de hombros.
—Arriba debe de haber un par de huéspedes. No sé. —Medianoche se dio media vuelta, pero el soldado siguió hablando—: Coge lo que necesites. A nadie le importará.
Medianoche salió de la sala sacudiendo la cabeza y regresó al vestíbulo de la posada, donde Adon permanecía de pie junto a Cyric.
—¿Dónde está Kel? —preguntó.
Adon se encogió de hombros, dirigió la vista a la puerta y levantó las manos en un gesto que expresaba confusión.
Medianoche salió del mesón. Vio la espalda de Kelemvor en el extremo de la calle y lo llamó.
—¿Dónde vas? ¡Tienes una deuda conmigo!
El guerrero se detuvo y bajó la cabeza. «La deuda que tengo contigo es salir de tu vida», pensó Kelemvor. Había demasiados secretos entre ellos, demasiadas preguntas cuyas respuestas no le gustarían a ella.
Pero decidió no decirle a Medianoche nada de todo esto. Por el contrario, el guerrero le espetó:
—¡La deuda será saldada! —Luego siguió su camino.
Medianoche se puso a temblar; al cabo de un rato, volvió a la posada y se sentó junto a Cyric.
—Quizá necesite tiempo —dijo Adon, en un tono ligeramente más alto de lo que habría debido ser.
—Como si quiere toda la vida —repuso Medianoche.
La puerta se abrió, su expresión se suavizó y se puso de pie. En la misma puerta, un hombre de pelo blanco, que no tendría más de cincuenta años, miraba a los viajeros con cierto desdén. Pasó junto a ellos para dirigirse a una antesala y desapareció, tras desoír los intentos llevados a cabo por Medianoche para llamar su atención. Cuando salió de la habitación, apestando a licor, se sorprendió al ver a los viajeros todavía allí.
—¿Qué queréis? —preguntó finalmente.
—Comida, alojamiento y, si es posible, alguna información...
El hombre le indicó mediante un gesto que se apartase.
—De las dos primeras cosas, podéis serviros vosotros mismos, nadie os lo impedirá. La información tiene un precio.
Medianoche se preguntó si el hombre estaba loco.
—No tenemos una sola moneda para pagar nuestro alojamiento, pero podríamos protegerte de quienes pretendan robarte tus valiosas vajillas...
—¿Robarme a mí? —exclamó el hombre, escandalizado—. No lo entiendes. —Se acercó y el olor a licor barato hizo retroceder a Medianoche—. ¡No se puede robar a alguien cuyos bienes le importan un bledo! ¡Coged lo que queráis!
El hombre volvió a la antesala.
—¡Me importa un bledo! —gritó una vez dentro de la habitación en penumbra.
Medianoche miró a los otros, luego se apoyó contra la pared, deshecha.
—Creo que deberíamos ir a recoger nuestras cosas —dijo finalmente—. Es posible que tengamos que quedarnos aquí unos días.
Llevaron sus bártulos a la primera habitación que encontraron disponible y Adon fue a buscar las llaves que estaban colgadas detrás del mostrador de la habitación donde yacía, borracho, el posadero. La habitación que los héroes se habían adjudicado era bastante agradable y tenía dos camas. Adon colocó sus cosas sobre una de ellas y se puso a cambiarse de ropa, indiferente a la presencia de la maga.
Todavía llovía. La habitación estaba en penumbra, de modo que Medianoche encendió una linterna pequeña que había junto a la cama. Adon, después de examinar someramente las heridas de Cyric, se fue a explorar la ciudad.
Medianoche ayudó a Cyric a desnudarse y se rió ante el evidente sonrojo del ladrón.
—No te preocupes —dijo Medianoche en un momento dado—. No soy ninguna profesional.
Cyric hizo una mueca.
—Lo estás haciendo muy bien —replicó mientras le subía las sábanas hasta el cuello.
—Yo dormiré en el suelo —dijo Medianoche cuando hubo terminado—. Mi espalda me lo agradecerá. Y tú no olvides que has de estar tapado y calentito.
Cyric frunció el entrecejo.
—Soy demasiado mayorcito para que me mimen. Deberías preocuparte de ti, no de mí...
Medianoche levantó la mano para indicarle que no siguiese.
—Debemos hacer lo posible para que te pongas bien —insistió ella con dulzura—. Tienes que estar fuerte para proseguir tu viaje.
Cyric estaba desconcertado.
—¿Qué viaje?
—En busca de ese lugar mejor —volvió a decir la maga—. No hace falta que sigas acompañándome. El camino entre Tilverton y el valle de las Sombras debe de estar despejado. Puedo muy bien ir sola hasta allí.
Cyric sacudió la cabeza e intentó sentarse, pero Medianoche lo empujó suavemente para que volviera a tumbarse.
—No es necesario —dijo él—. No es necesario que vayas sola.
—Pero, Cyric, yo no puedo pedirte que vengas conmigo. Tú necesitas descansar y curarte.
Cyric, sin embargo, ya había tomado una decisión.
—En este lugar debe de haber pociones curativas. Medicamentos, ungüentos. Da la impresión de que todo en la ciudad está a disposición de cualquiera. Encuentra algo para curarme y permaneceré a tu lado todo el tiempo que me necesites.
—De todas formas no me habría marchado hasta que te hubieses repuesto —dijo ella.
—Tu misión es urgente. No puedes esperar.
—Lo sé —dijo Medianoche—, pero me habría quedado igualmente. Al fin y al cabo eres mi amigo.
Por primera vez en mucho tiempo, Cyric sonrió.
Kelemvor estaba solo en la calle. La tormenta amenazaba con descargar sobre su cabeza y, mientras buscaba la herrería, las gotas de lluvia, ahora de color naranja, empezaron a empaparlo. Encontró por fin al herrero concentrado en su trabajo, y al abrigo de su herrería, donde entró Kelemvor agachando la cabeza. Fuera, arreciaba la lluvia.
El herrero era un hombre corpulento, de una constitución parecida a la de Kelemvor. De pelo negro y rizado, la piel de sus brazos estaba amoratada en algunos puntos y negra de quemaduras en otros. Cuando el guerrero se acercó, el herrero no se preocupó por levantar la vista de su trabajo. Las brillantes herraduras metálicas que estaba haciendo para el caballo que había junto a él estaban casi terminadas y se volvió para comprobar el par que había puesto a un lado para que se enfriara.
—Si me permites un momento —dijo Kelemvor.
El herrero no le prestó atención y no apartó la mirada de la tarea que tenía delante. Kelemvor carraspeó ruidosamente, pero tampoco esto surtió efecto. Sin embargo, Kelemvor tenía frío, estaba cansado y de ninguna manera podía aguantar ser insultado.
El guerrero se apresuró a quitarse la armadura donde se habían estrellado las flechas de los bandidos y arrojó al herrero las planchas de metal, que golpearon la herramienta candente de sus manos que cayó al suelo. El hombre se agachó a recoger el instrumento antes de que el heno del suelo se incendiase, luego se puso a examinar la armadura. Después levantó la vista para mirar la destrozada piel del brazo del guerrero, donde se habían metido esquirlas de las flechas de los rufianes.
—Puedo reparar esto —observó el herrero sin emoción alguna—. Pero no puedo hacer nada por tus heridas.
—¿No hay curanderos en Tilverton? —preguntó Kelemvor—. He visto un enorme templo que sobresale de los tejados de las tiendas que hay calle abajo.
El hombre le dio la espalda.
—El templo de Gond.
—Está bien, he visto el templo de Gond. Allí debe de haber clérigos capaces...
—Sácate el resto de la armadura para que pueda trabajar —le interrumpió el herrero—. Luego podrás ir al templo y comprobarlo por ti mismo. Yo sólo curo metales.
Kelemvor le dio su armadura al herrero y se puso una ropa que había cogido de los paquetes del grupo. El herrero trabajó en silencio haciendo caso omiso de las preguntas del guerrero, por mucho que éste las gritase o las expresase con toda la educación de que era capaz. Después de haber reparado la armadura, el herrero no quiso aceptar pago alguno.
—Es mi deber para con Gond —dijo el herrero mientras Kelemvor salía a la calle.
A pesar de la lluvia, Kelemvor encontró el templo de Gond sin dificultad. De vez en cuando se cruzaba con algún plebeyo que vagaba por las calles o estaba tumbado en la acera fuera de las tiendas, pero las personas que encontró a su paso se mostraron indiferentes a su presencia; su mirada era vaga y fijaban la vista en algo que sólo ellas veían. También halló la mayor concentración de herrerías que jamás había visto en una zona, si bien la mayoría estaban desiertas.
Cuando Kelemvor llegó al templo, se percató de que la puerta de entrada era un enorme yunque. El propio edificio estaba formado por unas construcciones severas y resistentes que dominaban y empequeñecían las casuchas y tiendas que lo rodeaban. Dentro del templo había fuego ardiendo y desde la puerta se oía un interminable coro de plegarias.
Cuando el guerrero entró en el templo de Gond, le sorprendió la gran extensión de la nave principal. Si había alojamientos para los sumos sacerdotes del templo, debían de estar en los sótanos, pues todos y cada uno de los centímetros cuadrados de la planta baja estaban ocupados por aquella sala.
En ella, los adoradores se apiñaban alrededor de un sumo sacerdote que llevaba capucha y estaba de pie en lo alto de un enorme yunque de piedra. A ambos lados del altar podían verse unas gigantescas manos de piedra y, en una de ellas, un martillo también gigantesco. En las cuatro esquinas que rodeaban al hombre encapuchado ardían unos fuegos.
Los pilares que se elevaban hasta el techo abovedado estaban tallados formando espadas y las ventanas estaban enmarcadas por una serie de martillos entrelazados. Resultaba difícil entender con exactitud las palabras del sumo sacerdote, pues el continuo vocerío procedente de la audiencia lo ahogaba todo salvo algunas frases clave, pero estaba claro que el sumo sacerdote estaba dedicando una serie interminable de plegarias a su dios e igual número de maldiciones a los plebeyos de Tilverton.
—¡Los dioses están en los Reinos! —gritó un hombre junto a Kelemvor—. ¿Por qué lord Gond nos ha abandonado?
Pero el inagotable flujo de cantos y gritos se tragó las palabras del hombre. Kelemvor calculó que casi la totalidad de la población de la pequeña ciudad estaba reunida en el templo, aunque quizás hubiera algún que otro adorador paseando por las calles.
—¡Esperad! —gritó el sacerdote cuando la gente empezó a marcharse—. Lord Gond no nos ha abandonado. ¡Me ha otorgado el don de sanar para así mantener a los fíeles en buen estado hasta que él llegue!
Esto no pareció influir en muchos, sin embargo convenció a algunos a quedarse.
Escuchando a los habitantes de Tilverton, Kelemvor se enteró de que se dedicaban exclusivamente a la adoración de Gond, dios de los Herreros e Inventores. Cuando empezaron a llegar a la ciudad las historias sobre la presencia de los dioses en los Reinos, la gente se dispuso a preparar la llegada de su deidad. Se mantuvieron a disposición de su dios, a la espera de alguna señal, de alguna comunicación.
Esperaron en vano. Gond había subido a Lantan y no había hecho intento alguno de ponerse en contacto con sus devotos adoradores de Tilverton. Cuando un pequeño grupo de la ciudad llegó a Lantan y solicitó audiencia con el dios, lo echaron a cajas destempladas. Cuando persistieron, dos de ellos fueron asesinados y los demás obligados a huir si querían salvar sus vidas. Cuando esta historia llegó a oídos de los ciudadanos, se les partió el alma y, ahora, cuando no dormían, se pasaban la mayor parte del tiempo en el templo, tratando de ponerse en contacto con su dios, intentando refutar lo que sus corazones ya sabían.
Gond se había desentendido de Tilverton.
Kelemvor estaba a punto de abandonar el templo cuando distinguió a un hombre de cabello entrecano que estaba en la parte posterior de la cámara. Junto a él había una muchacha de pelo corto y oscuro. Había concentrado toda su atención en el rostro atractivo y sobrenatural del hombre. Nadie más parecía advertir la presencia de este hombre, que en aquel momento se apartó de la muchacha sin dar muestras de haberse percatado de su presencia y se puso a caminar hacia el lugar donde estaba Kelemvor. La joven se volvió y corrió detrás de él. Cuando el hombre llegó a la altura de Kelemvor, miró al guerrero a los ojos y una ligera sonrisa cruzó su rostro. Los ojos del hombre de pelo entrecano eran de un gris azulado, con unos puntitos rojos que le bailaban en las pupilas. Tenía la piel clara, con unos finos pelos plateados que le crecían en el rostro y en los brazos.
—Hermano —se limitó a decir el hombre, para luego alejarse.
Kelemvor se volvió y trató de alcanzarle a él o a la muchacha, pero cuando llegó a la calle, no vio al hombre de pelo entrecano por ninguna parte.
Después de permanecer un momento bajo el granizo púrpura y verde que caía ahora sobre Tilverton, el guerrero regresó al templo. Kelemvor se puso en la parte posterior de la sala y una joven, una sacerdotisa, llamó su atención. El fuego de la fe no se había apagado en sus ojos; el resplandor con el que ardían era susceptible de incendiar el cielo nocturno. Era muy hermosa y llevaba una túnica blanca atada a la cintura con un cinturón de cuero. En la tela de la túnica había entretejidos unos intrincados dibujos y unas placas de acero cubrían sus hombros. En cierta forma, aquella extraña mezcla de sedas y duro acero daban a su apariencia un poder todavía mayor.
El guerrero se abrió paso entre la multitud y al cabo de un rato estaba hablando con la sacerdotisa, de nombre Phylanna.
—Necesito un lugar donde alojarme —le dijo Kelemvor.
—A juzgar por tus heridas, necesitas algo más que eso —dijo la sacerdotisa—. ¿Eres seguidor de Gond?
Kelemvor negó con un gesto de la cabeza.
—Entonces hablaremos de eso mientras el curandero atiende tus heridas. —Phylanna se volvió y le pidió que la siguiera—. Presiento que has sufrido mucho en los últimos días. —No esperó respuesta por parte de él.
Phylanna lo condujo hasta una pequeña escalera que daba a una habitación angosta. Allí aguardaron la llegada del sumo sacerdote, que había acabado con su sermón contra la vacilante fe de la ciudad. Cuando el sacerdote hubo entrado, Phylanna cerró la puerta y echó el cerrojo.
—Jamás deberás contar a nadie lo que vas a presenciar —dijo Phylanna a Kelemvor mientras le ayudaba a tumbarse en la única cama que había en el cuarto.
—Soy Rull de Gond —se presentó el sacerdote, con una voz ronca y crepitante a causa del largo sermón—. ¿Eres un adorador del Hacedor de Milagros?
Antes de que Kelemvor tuviera ocasión de contestar, Phylanna llevó una mano a los labios del guerrero.
—En estos tiempos revueltos, carece de importancia si es o no adorador de lord Gond. Necesita nuestra ayuda y nosotros debemos proporcionársela.
Rull frunció el entrecejo, pero luego asintió con una inclinación de cabeza. El sacerdote cerró los ojos y cogió un cristal, grande y rojo, que llevaba colgado de una cadena alrededor del cuello. A continuación balanceó el cristal sobre el guerrero.
—Es un milagro que puedas caminar y tengas la cabeza lúcida. Un hombre más débil habría muerto a causa de las infecciones —dijo Rull mientras examinaba a Kelemvor.
El guerrero miró el cristal y advirtió una extraña llama que ardía en su interior.
—Kelemvor es orgulloso —dijo Phylanna—, soporta sus heridas sin quejarse.
—Eso no es del todo cierto —gruñó Kelemvor mientras el sumo sacerdote ponía manos a la obra.
Mientras Rull llevaba a cabo el ritual destinado a curar al guerrero, Phylanna parecía preocupada, pero la destreza del sacerdote se puso de manifiesto cuando sus hábiles dedos empezaron a moverse en el aire y los verdugones negros que rodeaban las heridas del guerrero se fueron llenando paulatinamente de sangre. El sacerdote sudaba y su voz se elevaba suplicante a Gond. Phylanna lanzaba ansiosas miradas a la puerta, temerosa de que los otros pudiesen entrar e interrumpir los esfuerzos del sacerdote.
Las astillas que habían dejado las puntas de las flechas salieron a la superficie de la piel de Kelemvor y Phylanna ayudó a Rull a sacárselas con las manos. Kelemvor bramaba para sus adentros y hacía muecas de dolor.
Una vez terminado, el cuerpo de Rull se relajó como si le hubiesen sacado toda la energía, y Kelemvor se incorporó en la cama. Las heridas no aparecían tiernas y él sabía que la fiebre había remitido.
—Rull tiene una fe profunda y los dioses lo han recompensado por ello —dijo Phylanna—. Tu fe también debe de ser profunda, en caso contrario no habrías sobrevivido a estas heridas tan graves.
El guerrero asintió con la cabeza. Vio que la luz que había en el cristal ahora sólo parpadeaba ligeramente.
—Tal vez seas temerario y testarudo, pero no por ello carente de una profunda fe.
—Es una suerte para ti que esté postrado, mujer —dijo él riéndose.
Phylanna sonrió y apartó la mirada.
—Es posible.
A pesar de que Phylanna y Rull le hicieron preguntas sobre el motivo de su presencia en Tilverton y acerca de sus creencias religiosas, fue poco lo que él les contó de sí mismo. Pero, cuando el guerrero habló del pago por los servicios del sacerdote, Rull no dijo nada y se marchó.
—No pretendía ofender —dijo Kelemvor—. Es lo acostumbrado en muchos lugares...
—El aspecto material es lo que menos nos preocupa —repuso la sacerdotisa—. Y ahora hablemos de tu alojamiento...
Kelemvor recorrió con la mirada la diminuta celda sin ventanas.
—Me horrorizan los espacios cerrados.
Phylanna sonrió.
—Tal vez haya una habitación con ventanas en La Botella en Alto.
Kelemvor tragó saliva.
—Siento una... especial antipatía... por esa posada en particular.
Phylanna cruzó los brazos sobre el pecho.
—En ese caso tendrás que quedarte conmigo.
Se oyó un gran estruendo y voces airadas procedentes de la escalera que daba a la celda. Kelemvor se incorporó rápidamente y cogió la espada. Phylanna le puso una mano en el hombro y sacudió la cabeza.
—No la necesitarás en el templo del Hacedor de Milagros. Y ahora, échate y descansa hasta que yo vuelva.
—¡Espera! —la llamó Kelemvor.
Phylanna se volvió.
—Por favor, pídele a Rull que venga cuando haya acabado —pidió el guerrero—. Me gustaría presentarle mis disculpas.
—Lo traeré cuando haya terminado el siguiente sermón —dijo ella.
—Solo. Necesito hablar con él a solas.
—Como quieras —dijo, desconcertada, y se apresuró a salir del cuartucho.
Kelemvor estuvo descansando en la celda por espacio de una hora, sintiéndose cada vez más incómodo en aquella pequeña habitación a medida que su estado mejoraba. La muchedumbre que se hallaba en el templo de Gond era muy ruidosa y el guerrero se distrajo escuchando sus gritos, que se mezclaban con el sermón de Rull.
—¡Tilverton desaparecerá del mapa! —gritó alguien.
—¡Deberíamos ir a Arabel o a La Estrella del Anochecer! —exclamó otra voz.
—¡Sí! ¡Gond se ha desentendido de nosotros y Azoun protegerá antes a Cormyr que a nosotros!
La voz de Rull se elevó por encima del vocerío y se lanzó a una nueva diatriba contra las personas que habían dejado de adorar al Hacedor de Milagros.
—¡Tilverton será maldecido sin remedio si perdemos la esperanza! ¿Acaso lord Gond no me ha bendecido con el hechizo para curar? —gritaba el sacerdote, que siguió chillando por encima del clamor por espacio de algunos minutos.
Luego el sermón llegó a su fin y Kelemvor volvió a oír pisadas en la escalera. Cogió la espada.
El guerrero la bajó cuando Rull entró en la habitación, evidentemente agotado de la contienda verbal que había mantenido con la audiencia del templo.
—Querías verme —dijo el sacerdote, a la vez que se dejaba caer en el suelo.
Kelemvor, echado en la cama, volvió la cabeza hacia el sacerdote y suspiró.
—Te agradezco lo que has hecho por mí.
Rull sonrió.
—Phylanna tenía razón. No tiene mayor importancia que no veneres a Gond. Como clérigo suyo, mi responsabilidad es hacer uso de los hechizos que me da para curar a cualquiera que necesite mi ayuda.
—Y parece que la buena gente de Tilverton está realmente necesitada de tu ayuda —añadió Kelemvor.
—Sí —afirmó Rull—. Están perdiendo la fe en lord Gond. Yo soy el único que puede conducirlos de nuevo a su redil.
—¿Qué pasará si no lo consigues?
—Pues que la ciudad perecerá —contestó el sacerdote—, pero eso no ocurrirá. Acabarán escuchándome.
—Claro que... —empezó a decir Kelemvor—, si los habitantes de Tilverton supiesen que Gond te ha abandonado a ti también y que tu magia curativa procede solamente de la piedra que llevas, te escucharían todavía menos que ahora. Todos volverían la espalda a lord Gond para siempre.
El sacerdote se puso de pie.
—La magia curativa es mía. Es un don que me ha dado el Hacedor de Milagros para probar a la buena gente de Tilverton que él sigue preocupándose por ellos. Voy a...
—Tú vas a hacer lo que yo te diga, Rull —gruñó Kelemvor—. O te desenmascararé ante los habitantes de Tilverton. Me creerán aunque esté equivocado.
Rull bajó la cabeza.
—¿Qué quieres de mí?
Kelemvor se sentó.
—Necesito que ayudes a alguien cuyas heridas son mucho peores que las mías. Prometí protegerlo y debo cumplir la promesa.
—Supongo que no hace falta ni preguntar si venera al Hacedor de Milagros —dijo Rull—, pero ¿acaso tiene alguna importancia?
Kelemvor le dio a Rull la descripción de Cyric y lo envió a La Botella en Alto. El sacerdote estaba saliendo del templo cuando Phylanna regresó a la celda.
—He venido para llevarte a las habitaciones donde pasarás la noche, valiente guerrero —dijo la sacerdotisa, y tomó a Kelemvor de la mano y lo condujo fuera de la habitación.
Adon vagaba por las calles en busca de alguien con quien hablar. La terrible tormenta había cesado, pero no se le ocurrió pensar que tal vez era peligroso andar por las calles de noche, que podía ser víctima de ladrones y asesinos. Incluso después de haberse enterado de que había habido algunos asesinatos la semana anterior, el clérigo siguió deambulando por Tilverton. Tenía asuntos importantes que atender.
Empezando por el joven que estaba fuera de la posada, ajeno al aguacero y al granizo que había caído, las reacciones a las preguntas del clérigo sobre los problemas de la ciudad eran de una uniformidad patética. Los ojos de los habitantes de Tilverton se habían cerrado a todo lo que no fuese su sufrimiento interior.
Mientras paseaba por las calles, Adon se puso a pensar que la adoración de los dioses tenía como objetivo la inspiración del alma. Al clérigo no se le ocurría otra cosa más sublime que la adoración. Sin embargo, esta misma adoración se había convertido en fuente de dolor y amargura en la que habían bebido libremente los habitantes de Tilverton, a costa de toda alegría y razonamiento.
Adon siguió caminando por las calles de Tilverton, hablando con quienquiera que encontraba, y, de pronto, acudieron a su mente las palabras que había escuchado en las oscuras cámaras del castillo de Kilgrave.
La verdad es belleza; la belleza, verdad. Abrázame y serán contestadas todas tus preguntas no expresadas.
Adon sabía que en la belleza había verdad y él veneraba a la diosa de la Belleza. Por consiguiente, se pasó la noche intentando desesperadamente devolver un poco de verdad a los ojos de los pobres desgraciados que encontraba. Poco antes del amanecer, mientras pronunciaba su sermón, una mujer levantó la vista hacia él y en sus ojos brilló un ligero resplandor: Adon sintió renacer la esperanza.
—Buena mujer, los dioses no nos han abandonado. Ahora más que nunca ellos necesitan nuestro apoyo, nuestra veneración, nuestro amor. Está en nuestras manos restaurar la edad de oro de la belleza y de la verdad en la que los dioses volverán a otorgarnos su favor. Precisamente ahora, en estos tiempos de tinieblas en que nuestra fe está a prueba, no debemos desfallecer. Tenemos que encontrar consuelo en nuestra fe y hacer avanzar constantemente nuestras vidas. Haciéndolo así, el tributo que pagaremos a los dioses será mayor del que pueda conseguir la más fervorosa de las oraciones. Sune no me ha buscado, pero yo no he perdido la esperanza de estar un día en su presencia —le dijo Adon a la mujer.
Adon la cogió por los hombros y estuvo tentado de sacudirla, sólo para ver si ayudaba a que ella comprendiese sus palabras.
La anciana se quedó mirando al clérigo, con un torrente de lágrimas amenazando con fluir de sus ojos. Adon se alegró de que sus palabras hubiesen surtido efecto en la anciana y de que hubiese comprendido.
—Tengo la sensación de que estás tratando de convencerte —dijo amargamente—. Márchate. Tu presencia no es deseada en este lugar. —Y le dio la espalda al joven clérigo, para luego tumbarse en la calle, ponerse a sollozar y cubrirse el rostro con las manos.
Mientras Adon se alejaba de la mujer y se perdía en la oscuridad, una lágrima rodó por su mejilla.
Kelemvor se despertó y vio que Phylanna se había marchado. La parte de la cama donde había dormido estaba fría como el hielo. Pensó en sus dulces besos y en la fuerza que había encontrado en sus brazos, pero estos pensamientos no tardaron en nublarse; su mente volvió a lo mismo una y otra vez.
Medianoche.
Ariel.
La deuda que tenía con ella había sido saldada, pero Kelemvor no podía olvidarla.
Kelemvor sabía que, a aquella hora, Rull ya habría ido a visitar a Cyric y, aunque no los acompañaría, esperaba que Cyric estuviese en condiciones de cabalgar con Medianoche y abandonar Tilverton a primera hora de la mañana.
Kelemvor oyó un ruido al final del pasillo al que daba el dormitorio. Deslizó su cota de malla por la cabeza, desenvainó la espada y se levantó del perfumado lecho de la sacerdotisa. Ésta lo había llevado al último piso de la tienda de su hermano, después de conducirlo por la escalera de caracol de la parte posterior del edificio. No cruzaron palabra; no eran necesarias. Los encuentros como aquél tenían su propio lenguaje y Kelemvor sabía que por la mañana se marcharía de Tilverton y no volvería a pensar en la mujer.
Estaba casi seguro de que para ella su noche de pasión tenía el mismo significado.
Kelemvor abrió la puerta del dormitorio y retrocedió al ver a Phylanna de pie en el extremo del pasillo. El ventanal estaba abierto y la luz de la luna bañaba su figura desnuda, proyectando una aura luminosa a su alrededor. Tenía los brazos abiertos y dejaba que las ondulantes cortinas la acariciasen mientras bailaba en el frío viento nocturno.
El guerrero estaba a punto de cerrar la puerta y volver a la cama cuando oyó, procedente del descansillo, una voz masculina cantando en una extraña lengua. Kelemvor salió al pasillo y se detuvo al ver, junto a Phylanna, al hombre del pelo entrecano del templo.
El hombre que lo había llamado «hermano» y luego había desaparecido.
Phylanna bailaba con gracia y armonía. A pesar de tener los ojos abiertos, no pareció ver a Kelemvor cuando se acercó. El hombre del pelo entrecano seguía cantándole, si bien su mirada estaba ahora puesta sobre el guerrero. Aunque la oscuridad velaba sus rasgos y su forma era una silueta contra la brillante luz de la luna, sus ojos grises resplandecían en las sombras.
El hombre dejó de cantar cuando el guerrero llegó a la altura de Phylanna.
—Ocúpate de ella —dijo—. No quiero hacerle daño.
Phylanna cayó en los brazos de Kelemvor y él la tumbó dulcemente en el suelo.
—¿Quién eres? —preguntó Kelemvor.
—Tengo muchos nombres. ¿Quién te gustaría que fuese?
—Era una simple pregunta —repuso el guerrero.
—Que no tiene una simple respuesta. —El hombre suspiró—: Puedes llamarme Torrence. Es un nombre tan bueno como cualquier otro.
—¿Por qué estás aquí? —Kelemvor sintió que algo oscuro y pesado se agitaba en sus entrañas y apretó con fuerza la espada.
—Quería que salieses para compartir mi banquete. Ven, mira.
Kelemvor se asomó a la ventana. La muchacha que había estado junto al hombre de pelo entrecano en el templo yacía en el callejón, con la ropa hecha jirones, aunque no parecía haber recibido daño alguno.
Torrence se estremeció y los finos pelos blancos que cubrían su piel se volvieron más gruesos. Su ropa se desprendió del cuerpo y cayó suavemente al suelo, mientras la columna vertebral crujía y se alargaba. El rostro se transformó en algo espantoso y las mandíbulas se extendieron hacia afuera mientras emitía un gemido gutural de placer. Todo su cuerpo cambió, dobló las extremidades hacia atrás y hacia adelante y sus huesos también crujieron. En la boca abierta apareció una fila de colmillos y unas garras afiladísimas sustituyeron a las uñas.
—¡Un hombre-chacal! —exclamó Kelemvor, lanzando, estupefacto, un grito sofocado.
Phylanna se despertó. Miró a Kelemvor, confusa. No veía al monstruo que estaba junto a la ventana. Kelemvor volvió a mirar a Torrence.
—Ven, hermano mío. La compartiré contigo.
Kelemvor luchó contra la creciente marea de su pecho. De pronto, Phylanna vio al hombre-chacal y corrió a ponerse junto a Kelemvor.
—¡Gond nos ayude! —gritó.
—Sí, que se acerque a ti —dijo Torrence—. Podríamos hacer el banquete con las dos.
—¡Aléjate! —gritó Kelemvor, a la vez que empujaba a la sacerdotisa hacia la pared más apartada y levantaba la espada. La mirada de terror que había en sus ojos era indescriptible—. ¡Ahora! —gritó cuando sintió que la familiar agonía estallaba en su alma.
Estaba salvando a Phylanna del hombre-chacal, pero no recibía nada a cambio de aquel acto heroico.
—Me he equivocado. Tú no eres uno de mi especie. Estás maldito. —Torrence miró a Phylanna, luego de nuevo a Kelemvor—. No puedes salvarla, maldito. ¡Ella, con su vida, pagará por tu fraude!
Kelemvor giró lentamente, su piel se volvió ahora oscura, la cubría un pelo negro como cerdas. Soltó la espada y empezó a quitarse la cota de malla. Tenía todavía los brazos sobre la cabeza cuando su carne explotó y el enorme animal que había dentro saltó sobre el hombre-chacal y lo arrojó por la ventana de un empellón. La criatura de pelo entrecano aulló cuando las bestias se encontraron en el aire antes de caer al suelo.
Amanecía cuando unos gritos aterradores sacaron a Adon de su meditación.
El clérigo se acercó al lugar de donde procedían con creciente aprensión; no eran propios de un ser humano. Y, cuando se aproximó, vio que el ruido había arrastrado a muchos ciudadanos, como si los gritos hubiesen atravesado el velo de letargo que los cubría, permitiendo que la conciencia penetrase en sus mentes. Los plebeyos estaban mirando aquella escena de pesadilla.
Había curiosos a ambos lados del callejón y Adon sólo pudo vislumbrar tras ellos algún movimiento de vez en cuando, un destello de un blanco deslumbrador; una enorme forma negra que se abalanzaba hacia adelante para luego retroceder y lanzar un rugido inhumano. Había dos figuras entrelazadas que bailaban una obscena danza de la muerte.
Adon se abrió paso entre los curiosos. Ninguno de los combatientes era humano, si bien uno se apoyaba sobre sus piernas traseras, que tenía dobladas. Su rostro era de chacal, pero había inteligencia humana en sus ojos grises, que revelaban alarma ante la muchedumbre que se había congregado y ante el cálido sol que irrumpía sobre ellos. Pelo suave y ensortijado cubría a la criatura, que sangraba profundamente de las muchas heridas abiertas en su pellejo.
El otro animal le resultó demasiado familiar a Adon: el cuerpo, estremecido, lustroso, negro; los penetrantes ojos verdes; las fauces, ensangrentadas y feroces; la forma en que acechaba a su presa, todo sirvió para recordarle la escena increíble que presenciara no hacía mucho en las montañas al otro lado del desfiladero de Gnoll.
Aquella criatura era Kelemvor.
A los pies de aquellos horrores en pleno duelo, estaba el botín por el que luchaban: una muchacha morena que yacía inmóvil con la ropa desgarrada. Adon vio que todavía respiraba y que parpadeaba de vez en cuando.
En medio de su ataque, la pantera se levantó sobre las patas traseras. A continuación se separaron y resbalaron en un sucio charco de sangre que cubría los adoquines. La sangre salpicó el rostro de la muchacha.
Adon se volvió y se dirigió a la multitud.
—¡Tenemos que abatir al chacal y salvar a la muchacha!
Pero la gente se limitó a mirarlo.
—¡Alguno de vosotros llevará una arma! ¡Algo!
Adon se maldijo por no haber cogido su maza de guerra y avanzó hacia los monstruos. Los animales se inmovilizaron de repente y se quedaron mirándolo. Luego la pantera que había sido Kelemvor asestó un golpe al chacal y se reanudaron las hostilidades. Adon se dio media vuelta, atravesó a la indiferente muchedumbre que observaba el espectáculo con un interés pasivo, y echó a correr en dirección a la calle.
Mientras corría calle abajo en dirección a La Botella en Alto, iba gritando dos nombres.


11
El desfiladero de las Sombras

—¿Que lo están atacando? —preguntó Medianoche— ¿Una especie de animal?
—¡Sí! ¡Un chacal de pelo plateado que camina como un hombre! —gritó el joven clérigo.
—¿Y los ciudadanos se limitan a mirar?
—Ya has visto cómo son. Tenemos que darnos prisa. Kelemvor también es un animal.
—¿Kelemvor es qué? —exclamó Medianoche.
La explicación de Adon sobre los acontecimientos que había observado no tenía ningún sentido ni para Medianoche ni para Cyric. El pánico había echado por tierra su habitual destreza para incluir pasajes descriptivos en su narrativa y, por más que el clérigo trataba repetidamente de transmitir lo que había visto, sólo se entendían fragmentos espeluznantes de la historia.
Los héroes corrieron escaleras abajo y salieron de la posada. Cyric, que había recibido una extraña, pero positiva, visita de Rull de Gond, cortó los cabestros de los caballos con la espada y los tres salieron a todo galope de los establos; Cyric en el de Kelemvor y Adon con Medianoche. Las indicaciones del clérigo apenas eran necesarias, pues la pelea parecía haber despertado a toda la población de Tilverton. Hombres, mujeres y niños se dirigían en tropel al callejón.
Medianoche ordenó a Adon que se ocupase de los caballos y Cyric cogió su arco y un buen surtido de flechas de una de las aljabas que colgaban del caballo de Kelemvor. Se abrieron paso a empujones a través de la muchedumbre. Antes de que una pareja de ancianos se apartase y dejase al descubierto lo que estaba ocurriendo en el callejón, Cyric había mirado al suelo y había visto un charco de sangre que se extendía por el empedrado gris. Luego levantó la vista y se quedó atónito ante la extraña escena que tenía delante.
El hombre-chacal yacía destripado en medio del callejón, estremeciéndose por aferrarse a la vida, si bien era evidente que la muerte no tardaría en llevárselo. Una pantera negra, en cambio, se paseaba ruidosamente de arriba abajo y se detenía de vez en cuando para lamer uno de los muchos charcos de sangre que salían del animal agonizante. La mujer que Adon había tratado de describir también estaba allí, salpicada de sangre. Estaba encogida, apoyada contra la pared y sollozaba; tenía las rodillas dobladas a la altura de su pecho y miraba a través de ellas a la pantera herida cómo se acercaba a cada círculo que daba alrededor de su aterrorizada presa.
Cyric apuntó una flecha, ajeno al grito de Medianoche. Cuando Cyric tensó el arco y las pequeñas vibraciones producidas por la flecha al rozar llenaron los oídos del hombre moreno, todos los ruidos parecieron desvanecerse. Cuando sostuvo la flecha lista para lanzarla, sintió un ligero tirón en la parte baja de la espalda a causa de la herida recientemente curada.
La pantera se detuvo y miró directamente a Cyric. La intensidad de sus ojos verdes detuvo el brazo del ladrón, que se relajó visiblemente. El animal rugió, lo cual le devolvió a Cyric la conciencia de que la población le estaba gritando, y comprendió que lo animaban, pidiéndole que hiciese lo que ellos no podían hacer.
Medianoche no se atrevía a moverse, por temor de que, ante la sorpresa, Cyric lanzase la flecha. Supo la verdad apenas posó la mirada en la pantera. Adon había aparecido junto a ella para luego deslizarse por delante y dirigirse al muro donde estaba la muchacha, a la cual arrastró hasta la parte más alejada de la muchedumbre. La pantera ignoró los movimientos del joven clérigo.
«Quiero comprender —pensó Medianoche—. ¡Maldita sea, mírame!» Pero el animal sólo tenía ojos para su posible verdugo.
Sin que nadie se percatase de ello, el chacal exhaló su último suspiro.
De repente, la pantera desvió la mirada y se puso a temblar cuando la flecha de Cyric abandonó el arco y encontró su blanco. El animal lanzó un rugido de dolor y cayó de costado. Las costillas se le separaron con fuerza y salieron de sus entrañas la cabeza y los brazos de un hombre. Transcurrió un momento y todo lo que quedó de la pantera fue el pelo enmarañado y la sangre que se iba cuajando rápidamente.
Kelemvor estaba tumbado en el callejón, desnudo y cubierto de sangre. Tenía una gran mata de pelo negro que le caía sobre el rostro cuando trató de ponerse de pie; luego se desplomó boca abajo con un gruñido.
—¡Matad a esa cosa! —gritó alguien. A través de una neblina, Kelemvor levantó la vista y vio a Phylanna, una de las mujeres a quien había salvado, de pie junto a él. A la luz del sol su pelo rojo parecía estar ardiendo—. ¡Matad a esa cosa!
Kelemvor la miró al rostro y encontró sólo odio.
«Sí —pensó—. Matad a esa cosa.»
Se adelantaron unos cuantos ciudadanos, envalentonados por los gritos de Phylanna. Uno encontró un ladrillo que se había desprendido durante la lucha entre Kelemvor y Torrence, y lo levantó sobre su cabeza, otros siguieron su ejemplo.
Cyric se precipitó con el arco todavía preparado.
—¡Deteneos! —gritó. Los plebeyos así lo hicieron—. ¿Quién quiere morir el primero?
Las amenazas de Cyric no conmovieron a Phylanna.
—¡Matadlo! —gritó.
Adon, que estaba junto a la muchacha herida, se puso en pie.
—No ha sido este hombre quien ha arrebatado la vida de tu gente. ¡Esta muchacha estaría muerta, la habría asesinado aquella cosa abominable de no haber sido por este hombre!
Medianoche se acercó a Phylanna.
—El clérigo tiene razón. Dejadlo en paz. Ya ha sufrido bastante. —La maga hizo una pausa—. Además, el que de entre vosotros quiera hacerle daño tendrá que pasar por encima de nuestros cadáveres. Y ahora, ¡idos a casa!
Los plebeyos vacilaron.
—¡Idos! —gritó Medianoche y la gente soltó los ladrillos, se dio media vuelta y empezó a alejarse. Sin embargo, Kelemvor había visto sus rostros y la total repulsión que había en ellos.
Phylanna miró al guerrero y vio que el gris volvía a su pelo y las pequeñas arrugas a su rostro.
—Eres impuro —dijo, y su odio irradiaba de ella como un sol deslumbrante a mediodía—. Estás maldito. Márchate de Tilverton. Tu presencia no es deseada aquí, es una ofensa.
Luego la sacerdotisa se volvió y se acercó a la asustada muchacha, el «banquete» que Torrence deseaba.
—Vete con tu compañero —le dijo a Adon mientras tomaba a la muchacha en sus brazos—. Tú tampoco eres bienvenido aquí.
Kelemvor vislumbró brevemente el rostro de la muchacha mientras Phylanna se la llevaba. Albergaba la esperanza de que pudiese haber una señal de comprensión en los ojos de la muchacha, pero en ellos había sólo miedo. El guerrero volvió a dejarse caer al suelo, con el rostro a sólo unos centímetros del charco de sangre por él derramada. Cerró los ojos y esperó a que los últimos espectadores, antes sus aliados, se hubiesen marchado del callejón.
—¿Está bien? —quiso saber Cyric.
Kelemvor se sentía confuso. Resonaron las botas de Cyric cada vez más fuerte.
—No lo sé —contestó Medianoche para luego agacharse junto al guerrero y tocarle la espalda.
—Kel.
Kelemvor cerró los ojos con todas sus fuerzas. No podía soportar la idea de ver el asco y el miedo de los plebeyos en los ojos de sus amigos.
—¡Kel, mírame! —ordenó Medianoche severamente—. Tienes una deuda conmigo por haberte salvado. Mírame.
Kelemvor se sobresaltó cuando notó que alguien desplegaba una sábana y la ponía suavemente sobre él. Levantó la vista y vio a Adon, que colocaba la sábana sobre su espalda. Kelemvor se envolvió en ella y se puso en cuclillas. Medianoche y Cyric estaban junto a él.
En sus ojos había inquietud. Nada más.
—Mi... armadura y la cota de malla están arriba.
—Voy a buscarlas —se ofreció Cyric. Caminó lentamente, pues el costado le dolía todavía después de haber sostenido el arco tenso tanto rato.
Kelemvor escudriñó el rostro de Medianoche.
—¿No sientes... repugnancia por lo que has visto?
Medianoche le tocó el rostro.
—¿Por qué no nos lo contaste?
—Nunca se lo había dicho a nadie.
Cyric volvió con los bártulos de Kelemvor y los dejó junto a él; luego hizo un gesto en dirección a Adon.
—Vigilaremos mientras te vistes. Tenemos un largo camino por delante y sería mejor recorrerlo con el sol sobre nuestras cabezas y no a nuestras espaldas.
Adon montó guardia en el extremo del callejón mientras Cyric volvía por donde habían llegado y esperaba junto a los caballos. Kelemvor agachó la cabeza y Medianoche le acarició el pelo.
—Ariel —dijo él suavemente.
—Estoy aquí —repuso Medianoche, y estrechó fuertemente al guerrero en sus brazos hasta que él empezó a hablar.
Una vez comenzado el relato, Kelemvor descubrió que no podría parar hasta que la deuda de confianza que tenía con Medianoche quedase saldada.
La familia de Kelemvor había sido víctima de la maldición de los Lyonsbane desde hacía generaciones. Kyle Lyonsbane fue el primero y el único de los Lyonsbane que recibió la maldición debido a sus propias acciones. Sus descendientes la padecieron a causa de su sangre infecta y a pesar de no haber cometido ninguna falta propia. Kyle fue conocido como la quintaesencia del mercenario: todo servicio tenía su precio y era completamente inexorable a la hora de recibir el pago, incluso de viudas desconsoladas, si éstas tenían un oro que le correspondía a él.
Las acciones de Kyle se volvieron contra él en una gran batalla, cuando tuvo que escoger entre defender a una hechicera en desgracia o seguir abriéndose camino a través del enemigo para llegar a una fortaleza y ser el primero en saquear las grandes riquezas que había en su interior.
Con la ayuda de Kyle, la hechicera habría podido recuperar sus fuerzas, pero el mercenario sabía que ella pondría objeciones al saqueo y no veía qué iba a ganar ayudándola. La abandonó para morir a manos del enemigo. Antes de morir, lanzó un último y complicado conjuro y lo maldijo a correr tras las riquezas dentro de un cuerpo más adecuado a su verdadera naturaleza de lo que lo sería el de un hombre.
Cuando Kyle llegó a la fortaleza y trató de apoderarse de su parte de oro, se sintió de pronto muy débil. Se arrastró hasta una habitación apartada y allí se transformó en una gruñona y estúpida pantera. El animal supo por instinto que debía escapar de la fortaleza. Sólo medio día después de huir, y tras haber matado a un viajero, Kyle sufrió la dolorosa transformación y volvió a convertirse en humano.
Kyle sufrió la maldición de la hechicera para el resto de sus días; cada vez que intentaba llevar a cabo un acto que implicase cualquier tipo de recompensa, se convertía en animal. Y, a pesar de que bajo la maldición el mercenario sólo podía realizar actos desinteresados y heroicos, juró no volver a dedicar su vida a aquellas actividades. Se vio obligado a retirarse de la vida de mercenario que tanto amaba y a vivir de lo que había ganado en sus aventuras anteriores. Cuando se le agotó el oro y el único camino que le quedaba era vivir de la caridad de la familia de su mujer, prefirió quitarse la vida antes que vivir con la humillación de la pobreza o llevar a cabo cualquier obra buena.
Antes de morir, Kyle engendró un heredero, que fue desgraciado. Sin embargo, por extraño que parezca, cuando la maldición se manifestó en el hijo de Kyle, los efectos fueron inversos: no podía realizar acto alguno, a menos que fuese en defensa de su propia vida, sin recibir a cambio algún tipo de recompensa. Si llevaba a cabo una acción y no recibía su paga correspondiente o se atrevía a hacer un acto caritativo, se convertía en pantera y se veía obligado a quitar la vida a alguien.
Según la teoría de un mago errante, como la maldición original estaba destinada a ser un castigo a la maldad y a la avaricia y, como todos los niños llegan al mundo inocentes, la maldición no encontraba maldad que castigar y se transformaba en castigo a la inocencia y a la bondad del hijo de Kyle.
El propósito de la maldición de la hechicera había sido vano, pues nació un largo linaje de mercenarios con historias tan sangrientas y poco escrupulosas como la de Kyle Lyonsbane. Fue Lukyan, el nieto de Kyle, quien detectó un peligro inherente en el estado de su padre cuando éste fue viejo y enfermo; el anciano mercenario no recordaba cuándo le habían ofrecido o garantizado una determinada recompensa, ni cuándo se le había pagado. Por esto, el anciano se transformaba en animal sin mediar provocación y se convirtió en una amenaza para todo aquel a quien se acercase. Por consiguiente, recayó sobre todos los Lyonsbane la responsabilidad de matar a su padre cuando cumpliese los cincuenta años.
La familia sobrevivió muchas generaciones, pero no siempre fue necesario llevar a cabo el asesinato ritual de los padres por parte de sus vástagos, pues la maldición no aquejaba a todas las generaciones. El padre y el tío de Kelemvor, por ejemplo, habían sido dispensados de los efectos de la maldición, habían sido libres de vivir sus vidas como más desearan. Al igual que Kelemvor, ninguno de los hijos de Kendrel Lyonsbane fue tan afortunado como su padre.
Kelemvor formaba parte de la séptima generación de descendientes de Kyle y toda su vida había intentado librarse de la maldición. Ansiaba llevar a cabo acciones bondadosas, caritativas y justas. Pero los años habían ido pasando para el guerrero sin esperanza de curación, ninguna esperanza de redención. El único camino, y ensangrentado, que tenía ante él era seguir sirviendo como mercenario y ser pagado por ello.
Kelemvor terminó su relato y esperó la reacción de Medianoche. Mientras hablaba, ella había permanecido en silencio acariciándolo suavemente.
—Encontraremos una forma de curarte —dijo Medianoche por fin.
Kelemvor la miró a los ojos. Había una mezcla de compasión y pesar.
—¿Quieres venir conmigo al valle de las Sombras? —preguntó Medianoche, sin dejar de acariciar el rostro de Kelemvor—. Te ofrezco una bonita recompensa.
El guerrero no pudo apartar la mirada.
—Tengo que saber lo que me ofreces.
—Te ofrezco mi amor.
Kelemvor tocó sus manos.
—Siendo así, iré contigo —dijo, para luego estrecharla contra sí.
Mientras Kelemvor y sus compañeros se dirigían a caballo a La Botella en Alto, Cyric se paró unas cuantas veces a reunir lo necesario para su viaje al valle de las Sombras. Encontró caballos de refresco para él y Adon, así como carne y pan para el grupo. Cuando llegaron a la posada, Medianoche acompañó a Kelemvor dentro para recoger las pocas pertenencias que tenían. Cyric y Adon esperaron fuera, cerca de la puerta principal de la posada.
El joven de los ojos grises seguía sentado en las sombras junto a la puerta, pero pasó inadvertido a los héroes. Se hizo un silencio tenso entre Cyric y Adon. Cyric contemplaba la calle principal de Tilverton y vio acercarse a un grupo de jinetes procedentes del templo. Crujió una madera y Cyric se volvió a tiempo de ver al hombre de los ojos grises surgir de las sombras detrás de Adon, empuñando un cuchillo. Cyric se había puesto ya en movimiento cuando el clérigo se volvió, pero la hoja cortó el aire demasiado deprisa para que, ni siquiera el ladrón, la detuviese. Un chorro de sangre salpicó la pared cuando el cuchillo hendió el rostro de Adon.
Cyric empujó hacia atrás al inconsciente clérigo con una mano; mientras tanto, el hombre de los ojos grises se preparaba para volver a atacar, pero el ladrón tenía ya su daga en la mano libre y se abalanzó hacia adelante y atravesó al agresor.
—Muero por la gloria de Gond —dijo éste, y se desplomó en su silla.
Kelemvor y Medianoche aparecieron en la puerta.
—Ocúpate de él —gritó Cyric a la vez que empujaba a Adon en dirección a Kelemvor.
El clérigo tenía el rostro cubierto de sangre. Medianoche se adelantó para ayudar a Kelemvor con su amigo, herido e inconsciente, y Cyric corrió en busca de los caballos.
El hombre de los ojos grises estaba reclinado contra el resplandor de la silla y se apretaba el estómago.
—Phylanna ya nos lo advirtió —dijo señalando a Kelemvor—. Nos dijo que lord Gond había introducido un monstruo entre nosotros para ponernos a prueba. Sólo matándolo podremos probar que somos dignos de la presencia de lord Gond, el Hacedor de Milagros.
El hombre se dejó caer pesadamente de la silla y se desplomó sobre las rodillas, con la espalda contra la pared.
Cyric miró hacia la calle. Los jinetes del templo se acercaban y llegarían a su altura al cabo de muy poco tiempo.
—Tenemos que marcharnos, Kel —dijo a la vez que daba la espalda al templo de Gond con su caballo y se alejaba en dirección a la carretera del norte que conducía al valle de las Sombras.
Con una agilidad fruto de la desesperación, Kelemvor se cargó a Adon a la espalda y montó sobre su caballo. Medianoche, mientras corría hacia el suyo, recogió las pertenencias del clérigo. Los héroes tenían todavía a los ciudadanos en sus talones cuando llegaron a la carretera y tomaron rumbo a las Tierras de Piedra.
Los héroes cabalgaron hasta muy entrada la noche, sin que sus perseguidores se distanciaran, en ningún momento. El plan de Kelemvor era sencillo: los jinetes no estaban preparados para un largo viaje y, por consiguiente, tendrían que detenerse o dar media vuelta en un momento u otro. Librarse de los perseguidores era sólo cuestión de resistencia.
Estaba amaneciendo y una considerable distancia los separaba ya de los rendidos jinetes de Tilverton, cuando los héroes llegaron a un pequeño lago, cerca de las montañas del desfiladero de las Sombras. El agua estaba rodeada por unos cuantos árboles, cansados centinelas que anhelaban poder llegar abajo y refrescarse en las cristalinas aguas. Kelemvor, a pesar de que el agua fría lo tentaba en extremo, sabía que el grupo no podía permitirse el lujo de parar. Mientras rodeaban el lago, el guerrero confió en que la fuerza de voluntad de sus perseguidores no fuese tan fuerte como la suya.
Minutos después, los héroes lanzaron gritos de entusiasmo cuando vieron que Phylanna y los adoradores de Gond se detenían junto al lago. Y, aun cuando estaban ahora a una considerable distancia de Tilverton y muy cansados, los héroes prosiguieron su camino hasta que el sol estuvo alto en el azul del cielo. Para entonces, hacía casi dos horas que sus perseguidores no daban señales de vida. Se pararon el tiempo suficiente para comer y beber, pero no había ni que hablar de dormir.
Mientras Cyric y Kelemvor comían y atendían a los caballos, Medianoche examinó a Adon y tuvo tiempo de cubrir su herida. Había perdido mucha sangre durante la cabalgada y estaba todavía inconsciente, pero la maga pensó que viviría para ver la torre Inclinada del valle de las Sombras. Sin embargo, cuando los héroes estuvieron preparados para partir y Adon fue aupado al caballo de Kelemvor, Medianoche se preguntó si no sería preferible para el clérigo no volver a despertarse.
A medida que el día avanzaba, los héroes se acercaban cada vez más al desfiladero de las Sombras. A mediodía, aparecieron, espectrales, los enormes bloques de granito que formaban la cordillera gris del desfiladero, mientras la luz bañaba el valle entre las estribaciones opuestas y hacía que los héroes se preguntasen de dónde le venía su nombre al lugar. Pero a medida que iba avanzando la tarde y los héroes se aproximaban a las montañas, no tardaron en comprender que el nombre del desfiladero era más que apropiado.
Cuando el sol se desplazó hacia el oeste y los macizos picos del desfiladero de las Sombras empezaron a bloquear la luz en cada recodo, un velo de oscuridad fue cubriendo el camino. Mucho antes de que cayese la noche, los héroes tuvieron la sensación de haber estado viajando con una manta de aire frío y suave sobre ellos, a pesar de que el sol calentaba las Tierras de Piedra al sur del desfiladero y las montañas de la Boca del Desierto.
Sin embargo, los héroes siguieron avanzando, hasta que, a la media luz del momento antes de caer la noche sobre las Tierras de Piedra, al suelo empezó a hacer ruidos extraños. Al principio, Kelemvor no dio mayor importancia a aquellos temblores, considerando que no serían más que desprendimientos subterráneos de piedras o, tal vez, que la tierra se estaba asentando después de la lluvia que había calado recientemente la zona. Pero al cabo de un momento las montañas que rodeaban el desfiladero de las Sombras empezaron a moverse.
En un principio, Medianoche pensó que era la falta de sueño lo que hacía que sus sentidos la traicionasen, pero no tardó en ver que la estribación del oeste se volvía lentamente hacia ella. Al este caían de los riscos enormes rocas que se estrellaban contra los árboles; se estrellaban o los arrancaban.
La tierra temblaba bajo los héroes, y los caballos piafaban asustados. El estruendo se hacía cada vez más ensordecedor y las rocas desprendidas no tardaron en acercarse, yendo a estrellarse contra los árboles que flanqueaban el camino que atravesaba el desfiladero de las Sombras. Poco a poco el camino se fue cerrando y los héroes vieron al nordeste nuevas montañas que se alzaban del suelo.
—¡Tenemos que pasar! —gritó Kelemvor, espoleando con sus talones los flancos de su caballo—. ¡Adelante!
Cuando el guerrero, seguido de Cyric y Medianoche, empezó a bajar velozmente por el cada vez más estrecho camino, se puso claramente de manifiesto que las dos estribaciones se estaban moviendo, acortando la distancia y cerrando el desfiladero. El caos proseguía y a su alrededor se precipitaban rocas y piedras que arrancaban los árboles y elevaban nubes de polvo y tierra. Al cabo de un rato, los aventureros ya no podían ver más que unos cuantos metros delante de sí, pero tenían que seguir cabalgando tan rápidamente como pudieran. Apresurándose para llegar al otro lado del desfiladero, corrían el riesgo de ser alcanzados por una roca, pero si aminoraban la marcha y cabalgaban cautelosamente, acabarían siendo aplastados por las montañas que se iban acercando.
Luego, mientras los héroes se abrían paso entre el montón de piedras que caía, volvió a desencadenarse el caos de la naturaleza. El caballo de Medianoche fue el primero en percibirlo y, a pesar de los esfuerzos de la maga para que le obedeciera, se encabritó y retrocedió bruscamente. Las nubes que los envolvieron de repente tenían un color ámbar oscuro y tuvieron que cubrirse la nariz y la boca para no inhalar los gases producidos por la niebla. Cuando no tenían más remedio que respirar, los espesos y trepidantes grumos que inhalaban los héroes les quemaban de forma horrible. Allí donde se volviesen, estaba la niebla.
También a los caballos les costaba respirar pero, aunque jadeando y resollando, siguieron adelante. En medio de aquel aire denso y viciado, los héroes apenas veían por donde estaban pasando. Afortunadamente aparecieron las nieblas y las montañas dejaron de moverse.
Cyric sabía que era un milagro que hubiesen sobrevivido hasta aquel punto. Pero si los picos empezaban a desplazarse de nuevo, los aventureros acabarían enterrados en un río de tierra desplazada, rocas y árboles mucho antes de que pudiesen salir del desfiladero.
—Será mejor que paremos un momento —dijo Medianoche tosiendo secamente—. Así podremos comprobar nuestra posición y asegurarnos de que vamos en la dirección adecuada.
—Sí —asintió Kelemvor—. Parece no haber peligro por el momento.
Los héroes se detuvieron y dejaron descansar a los caballos un momento. Escudriñaron la niebla en busca de algún punto reconocible, algo que los guiase al norte a través de toda aquella desolación. Pero como la niebla era demasiado densa y se estaba haciendo de noche, tuvieron que dejarse llevar por la intuición de Cyric.
—Yo creo que estamos en la dirección correcta —dijo el ladrón mientras los héroes montaban y se disponían a proseguir la marcha—. No tenemos más elección que seguir lo que creemos que es el camino que cruza el desfiladero.
Medianoche se rió.
—Esto funcionó en aquel extraño bosque a las afueras de Arabel.
Cyric y Kelemvor fruncieron el entrecejo y se disponían a hincar las espuelas en sus caballos para ponerse en marcha, cuando Medianoche lanzó un grito. Una rata de relucientes ojos rojos y enorme cuerpo abotargado surgió de la niebla en dirección a Medianoche. La maga golpeó aquella cosa monstruosa, tan grande como el antebrazo de un hombre, y el animal dio un chillido estridente. La rata cayó al suelo produciendo un ruido sordo y echó a correr.
Luego los héroes oyeron un zumbido que hizo estremecerse incluso a Kelemvor. A su alrededor se oían unos chillidos altos y estridentes. Los gritos resonaban en las rocas y los aventureros sintieron que un escalofrío recorría su columna vertebral. Cuando la primera horda de ratas gigantes atravesó la niebla, Cyric pensó que debía de haber como mínimo doscientas.
El caballo de Kelemvor retrocedió y poco faltó para que Adon cayese al suelo.
—¡Poneos detrás de mí! —gritó Medianoche.
De pronto apareció un escudo azul y blanco que rodeó a los héroes y desvió los cuerpos de las ratas.
Kelemvor trató de mantener firme su caballo dentro del escudo.
—¿No te parece que es un poco arriesgado lanzar un hechizo? Quiero decir que podías haber convertido a todas las ratas en unos agresivos elefantes o en alguna otra cosa.
—Si tanto te molesta, Kel, podemos decirle a Medianoche que suelte el escudo —dijo Cyric.
El guerrero guardó silencio y Medianoche sonrió, aunque sin volverse para mirar a sus compañeros, concentrada como estaba en sostener el escudo en alto mientras rata tras rata rebotaba en la barrera mágica.
Cyric observaba a las ratas correr a su alrededor.
—No parecen tener un interés particular en atacarnos —comentó—. Me pregunto si no estarán huyendo de algo o si el terremoto no habrá destruido sus madrigueras.
Apenas la última rata salió huyendo, el escudo se rompió como si fuese un espejo golpeado con un martillo, y los fragmentos rotos se desvanecieron en el aire.
—Creo que deberíamos marcharnos inmediatamente —dijo Kelemvor, y los caballos empezaron a abrirse paso entre los árboles y piedras que habían caído.
Aquella noche estuvieron cabalgando durante horas y horas, pero sin que la niebla diese muestras de querer remitir. Kelemvor sentía un malestar creciente en la boca del estómago, sin duda causado por el aire amargo. Estaba débil y cansado y, aunque nunca se ponía enfermo, pasó varias veces por su mente la idea de que ahora iba a ocurrirle. Las rocas que tenían delante parecían moverse ligeramente de vez en cuando, pero Kelemvor se había acostumbrado tanto a aquellos ruidos que se había vuelto sordo al estruendo que producían las montañas al desplazarse y acercarse.
Sin embargo, la niebla se hizo finalmente menos densa y los héroes se animaron cuando descubrieron que respiraban con mayor facilidad. También el camino se iba despejando. Después de caminar guiando los caballos más de un kilómetro y medio a través de terreno resquebrajado y rocoso, y de suelo movedizo, los héroes pudieron volver a montar. Adon fue trasladado al caballo de Medianoche y Kelemvor puso el suyo al galope y se adelantó a reconocer el terreno.
La niebla se fue apartando y el guerrero pudo volver a respirar aire fresco y limpio. En aquella alejada zona del norte, las montañas no habían arrojado rocas y daba la impresión de que estaban fuera de peligro. Sin embargo, la tierra que estaba al norte de lo que había sido el desfiladero de las Sombras había cambiado; ahora era extraña y hermosa.
El camino tenía un brillo blanco y serpenteaba hacia el norte a lo largo de algunos kilómetros. Luego desaparecía en las estribaciones dentadas de una hermosa sierra que parecía estar hecha enteramente de vidrio.
Cuando Kelemvor contemplaba las extrañas montañas al nordeste, Cyric y Medianoche llegaron a su altura.
—¿Dónde estamos? —preguntó Cyric para luego detenerse y desmontar—. No recordaba que hubiese ninguna montaña de cristal en los Reinos.
—Creo que estas montañas son nuevas. Hemos tomado la dirección correcta. Ahora estamos al norte del desfiladero de las Sombras —dijo el guerrero. Luego señaló al oeste—. Aquéllas son las montañas de la Boca del Desierto y lo que hay al norte, delante de nosotros, es el bosque del Nido de Arañas.
—¡Entonces estamos atrapados! —exclamó Medianoche dejando caer la cabeza—. No podemos atravesar ese bosque y está en nuestro camino.
Los héroes guardaron silencio un momento.
—Pues vamos a tener que cruzar el bosque —dijo Cyric por fin—. Lo seguro es que no podemos volver por donde hemos venido. De modo que no tenemos otra elección, a menos que, claro está, Medianoche tenga a bien llevarnos volando por encima de las montañas en su escoba.
—De todas formas, aunque tuviese una, probablemente no funcionaría bien —dijo Kelemvor y luego empezó a encaminarse hacia el bosque.
Cuando los héroes se acercaban ya, algo se movió en los árboles, algo del tamaño de un caballo, con ocho patas de araña y unos glaciales ojos azules.
Mientras Medianoche y Kelemvor observaban atónitos los relucientes ojos del bosque, Cyric se volvió para echar una última ojeada al desfiladero de las Sombras. De la niebla estaba surgiendo un grupo de jinetes.
—¡Los jinetes de Tilverton! —gritó Cyric.
Medianoche buscó un lugar por donde escapar. Las formas que había en el bosque se movían ahora velozmente y rondaban en torno al bosque del Nido de Arañas.
Medianoche desmontó y se plantó en el camino de los jinetes que se acercaban. A pesar del agotamiento, sacó la daga y se preparó para luchar. El resplandor sobrenatural del camino iluminaba la escena y los héroes pudieron ver claramente a los jinetes. Medianoche reconoció al hombre calvo que iba a la cabeza.
Ojos de Dragón.
—Thurbrand —dijeron Kelemvor y Medianoche al unísono, para luego quedarse boquiabiertos.
El hombre calvo se detuvo y desmontó.
—Os saludo —dijo a Kelemvor y a Cyric. Luego el guerrero se volvió a Medianoche—: Nos volvemos a encontrar, hermoso narciso.
—¿Cómo habéis cruzado el desfiladero de las Sombras? —preguntó Kelemvor a la vez que desenvainaba su espada.
—Igual que vosotros. He visto desastres peores —dijo el hombre calvo—. Claro que, para cuando llegamos nosotros, las montañas habían dejado de moverse. No ha sido tan duro.
Uno de los hombres de Thurbrand carraspeó ruidosamente.
—Hemos perdido un hombre —añadió Thurbrand—. Lo aplastó una roca.
—La gente de Tilverton —repuso Medianoche en un tono de preocupación—. Los que nos perseguían.
—Ha hecho falta un poco de persuasión para que diesen media vuelta. Nosotros hemos perdido dos hombres en el intento, pero ellos han perdido una docena —explicó Thurbrand—. Esto los ha convencido.
Cyric sacudió la cabeza. Pensó que eran unos estúpidos por morir por un dios que se había desentendido de ellos.
—Por cierto —prosiguió Thurbrand—, por el camino nos hemos enterado de que ha salido de Zhentil Keep un escuadrón de asesinos para acabar con vuestro grupo. Se trata de las fuerzas de elite de Bane, adiestradas prácticamente desde que nacieron.
Cyric respiró hondo.
—Llevan unas armaduras de color hueso y la piel blanqueada. Asimismo, ostentan el símbolo de Bane pintado en negro en sus rostros. —El ladrón se estremeció—. Estuve a punto de ser vendido a su orden cuando era niño. Si nos encuentran, no tardaremos mucho en ser cadáveres.
—¿Y bien? —quiso saber Medianoche.
Thurbrand examinaba a los viajeros.
—Lleváis un herido. Antes de nada habría que atenderlo. Y supongo que no habéis ni comido ni dormido desde hace bastante tiempo.
—Pero ¿qué pasa con los asesinos? —preguntó Kelemvor lanzando ansiosas miradas en dirección al desfiladero que tenía detrás.
—Podríamos esperarlos —propuso Thurbrand, para luego volverse e indicar a sus hombres que se acercasen—. Si su preparación es tan superior, no servirá de nada huir. Sería preferible enfrentarnos a ellos aquí mismo, en condiciones ventajosas.
Medianoche tocó el brazo del hombre calvo.
—¿Por qué nos has seguido?
Thurbrand se volvió, pero no dijo nada.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Medianoche en un tono tranquilo.
—Mis hombres atenderán al clérigo, luego hablaremos —fue la contestación de Thurbrand.
—¡Maldito seas! —gritó Kelemvor—. ¿Qué quieres de nosotros?
Todos los hombres de Thurbrand sacaron la espada.
Thurbrand frunció el entrecejo.
—¿No os lo he dicho? Se os requiere a todos en Arabel para un interrogatorio. Se os acusa de traición. Técnicamente, estáis todos detenidos.
El hombre calvo indicó a sus hombres mediante un gesto que envainasen sus armas y se alejasen.
Bane estaba solo en la sala del trono con Blackthorne, que permanecía de pie junto a las enormes puertas de la estancia. Una nube color ámbar llenaba el centro de la habitación, y de la neblina colgaba una enorme calavera jaspeada.
—Estoy intrigado, Myrkul —dijo lord Black, paseándose de arriba abajo y de abajo arriba—. Como tú me has recordado, con gran satisfacción por tu parte, nuestra última colaboración fue un rotundo fracaso. Sin embargo, después de mi batalla con Mystra, cuando te pedí ayuda, tú te limitaste a echarte a reír. Yo, en cambio, soy lo bastante educado como para contestar a tu llamada en medio de la noche.
—¿Qué es el tiempo para ti o para mí? —dijo Myrkul—. ¿Quieres escuchar lo que tengo que proponerte?
—Sí, sí. ¡Adelante con ello! —espetó Bane con impaciencia y apretando los puños.
Myrkul se aclaró la garganta.
—Creo que deberíamos volver a unirnos. Tu plan de reunir el poder de los dioses tiene una virtud que sólo ahora puedo apreciar en lo que vale.
—¿Y cómo es eso? —preguntó Bane débilmente para luego arrastrarse hasta el trono, sentarse y dejar escapar un bostezo. La nube ámbar lo siguió—. ¿Estás tan harto como yo de pasar el tiempo dentro de estas odiadas cadenas de carne?
—Esto es una de las consideraciones —dijo Myrkul—. También sé dónde puedes encontrar otra Escalera Celestial. La necesitas para acceder a las Esferas, ¿no es así?
—Sigue —apremió lord Black, sin dejar de tamborilear en el brazo del trono con los dedos.
—Me has hablado de un plan para invadir el valle. ¿Sabías que la escalera está fuera del templo de Lathander en el valle de las Sombras?
—Sí, Myrkul, claro que sabía lo de la escalera —dijo Bane—. Pero te agradezco las molestias que te has tomado.
Lord Black sonrió. Si bien la noticia de la presencia de la escalera en el valle de las Sombras no era nueva para Bane, su exacta localización en el lugar sí lo era. Por supuesto, a Bane jamás se le ocurriría dejar entrever al señor de los Huesos que había desvelado una información de considerable valor.
La calavera espectral cerró los ojos.
—¿Cómo puedo compensarte por mis fallos como aliado, Bane? Me gustaría ayudarte en todo lo que pueda.
Bane alzó una ceja y se puso de pie.
—Sigues negándote a tomar parte directa en la batalla, ¿de qué puedes servirme, entonces?
—Sigo teniendo cierto control sobre la muerte. Puedo... sacar el poder del alma de un humano cuando éste muere.
Bane se acercó a la calavera flotante.
—¿Y tú podrías darme ese poder?
La calavera asintió.
Bane reflexionó sobre ello.
—Éstas son mis condiciones —dijo finalmente—. Recogerás las almas de todos los que mueran en la batalla y trasegarás sus energías dentro de mí.
—¿Qué más? —quiso saber Myrkul.
—Estarás preparado para unirte a mí en el asalto a las Esferas. Cuando llegue el momento de subir la escalera, tú estarás a mi lado. Primero mandaremos a aquellos de mis seguidores que hayan sobrevivido a la batalla para que ataquen al dios de los Guardianes. Cuando Helm mate a los humanos, no estará haciendo más que alimentar mi poder, debilitarse y acelerar su propia destrucción.
No había expresión alguna en la calavera de la neblina. Al cabo de un momento, Myrkul asintió.
—Sí. Juntos volveremos a recuperar las Esferas y luego, quizás, usurpemos el trono del poderoso Ao.
Bane levantó el puño.
—¡Quizá, no, Myrkul! ¡Destruiremos a lord Ao!
La nube ámbar se disipó y lord Myrkul desapareció. Bane fue hasta el último lugar donde se había cernido la calavera.
—En cuanto a ti, Myrkul, seremos aliados sólo mientras nos sea ventajoso.
Bane se rió. Las ceremonias que Myrkul tendría que llevar a cabo para investir a Bane con el poder que había exigido agotarían al lord de los Huesos y a la mayoría de sus sumos sacerdotes. Cuando llegase el momento de subir la escalera, Myrkul dependería de la fuerza de Bane. Seguro que no se esperaría la traición que planeaba Bane.
—¡Blackthorne! —gritó Bane—. Prepárame mis aposentos.
El emisario pasó corriendo por delante de lord Black.
—Creo que esta noche voy a dormir muy bien.


12
El bosque del Nido de Arañas

—¿Quieres hacer el favor de apartar tu pie de mi cara? —dijo Thurbrand, y echó mano a la espada.
Era antes del almuerzo y al hombre calvo le habían despertado, después de dormir un rato, con una serie de patadas en la espalda. Lo que vio después fue el recibimiento de la bota de Kelemvor asomando sobre su cabeza.
—¿Traidores? ¿Qué es eso de que precisamente nosotros cuatro, de entre todos los seres que pueblan los Reinos, somos unos traidores? —gritó Kelemvor.
—Sospechosos de traición —replicó Thurbrand—. ¡Y ahora, por favor, saca tu bota antes de que te cercene el tobillo!
Kelemvor se apartó del hombre. Thurbrand se levantó. Una sinfonía de quejidos y crujidos se dejó oír cuando se estiró para desentumecer la espalda, el cuello y los hombros. Los aventureros y los hombres de Thurbrand estaban acampados en las proximidades del bosque del Nido de Arañas.
—¿Cómo están tus compañeros, Kel? —preguntó Thurbrand mientras se ponía de pie para ir a buscar algo de comer.
—Viven.
Thurbrand hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—¿Y Medianoche? ¿Está bien? Tenemos una deuda pendiente...
La espada de Kelemvor estaba fuera de su funda antes de que Thurbrand pudiese pronunciar otra palabra.
—Considérala saldada.
—Yo sólo quiero recuperar mi pelo —dijo Thurbrand con el ceño fruncido.
Kelemvor recorrió el campamento con la mirada. El roce revelador de la espada saliendo de su funda había llamado la atención, por lo menos, de seis hombres que estaban ahora de pie con las armas preparadas, a la espera de una palabra de su cabecilla.
—¡Ah! —dijo Kelemvor, y volvió a envainar la espada—. ¿Eso es todo?
Thurbrand se rascó la calva.
—Será suficiente —dijo—. Si bien parece que a mis amantes les gusto así.
Kelemvor se rió y se sentó junto a Thurbrand mientras éste comía. Cyric, a quien la discusión había despertado, se acercó a los guerreros. Caminaba despacio y los oscuros cardenales, fruto del accidentado paso por el desfiladero de las Sombras, relucían al sol de la mañana.
—Pareces... —empezó a decir Kelemvor cuando el ladrón llegó a su altura.
—No lo digas —le interrumpió Cyric para luego coger un plato de comida—. Si tuvieses mi aspecto o te sintieses como yo, estarías muerto.
—Pero tú no lo estás —repuso Kelemvor ausente.
—No estoy muy seguro —replicó Cyric a la vez que se pasaba una mano por su despeinado cabello—. ¿Y Medianoche y Adon?
—Adon sigue inconsciente —dijo Kelemvor.
—Entonces, no lo sabe —repuso Cyric en voz baja señalando su rostro con un gesto de la mano.
Kelemvor sacudió la cabeza de un lado para otro.
Cyric asintió, luego se volvió y dio una orden a uno de los hombres de Thurbrand. El hombre miró a Thurbrand, el cual cerró los ojos lentamente y asintió con un gesto de cabeza. El hombre llevó una jarra de cerveza a Cyric, que se tragó su contenido de un solo sorbo y luego devolvió la jarra.
—Esto está mejor —comentó, luego se volvió a Thurbrand y añadió—: Y ahora dime, ¿qué es todo eso de la traición?
Thurbrand les contó la historia de la lucha de Myrmeen Lhal con el asaltante que se había identificado como Mikel; Cyric se rió.
—Marek jamás ha sido capaz de inventarse un seudónimo decente —observó.
El hombre calvo frunció el entrecejo y siguió con su relato. Les contó su reunión con Lhal y con Evon Stralana, que le habían pedido que organizase un grupo.
—Naturalmente yo insistí en ponerme al mando de la compañía —añadió Thurbrand—. Ha sido de creencia común durante mucho tiempo que la conspiración del Caballero Siniestro se originó en Zhentil Keep. Cuando tuvimos noticia de la banda de asesinos de Zhentil que va tras vuestros pasos, vuestra inocencia resultó bastante evidente.
—¿Tú albergabas alguna duda? —quiso saber Kelemvor.
—Pagasteis para obtener identificaciones y cartas falsas, luego os marchasteis de la ciudad disfrazados, incumpliendo así el contrato que teníais para servir y proteger a Arabel. Después, ese Mikel, o Marek o como quiera que se llame, os implicó en la conspiración. Supongo que no tengo que explicaros las conclusiones obvias que se sacaron. —Thurbrand sonrió—. Pero, por supuesto, yo no albergué duda alguna.
—Siendo así, ¿por qué no disteis media vuelta y regresasteis inmediatamente a Arabel? —preguntó Cyric.
Thurbrand frunció el entrecejo.
—Cuando supimos lo que os esperaba, la única decisión justa era cruzar a toda prisa el desfiladero de las Sombras y acudir en ayuda de un antiguo aliado.
Kelemvor puso los ojos en blanco.
—¡Por favor! —exclamó Cyric—. Algo debías de querer.
—Ahora que lo dices —replicó Thurbrand—, además de la inmediata devolución de mi cabello, hay un trabajillo en Arabel para el que necesitaría unos cuantos hombres valerosos.
—Tenemos que resolver un asunto en el valle de las Sombras —dijo Kelemvor.
—¿Y después?
—Pues allí adonde nos lleve el viento —añadió Cyric.
Thurbrand se echó a reír.
—Sopla un fuerte viento en nuestra dirección. ¡Tal vez podamos arreglarlo!
—Veremos lo que dice Medianoche —opinó conciliador Kelemvor en voz baja.
Éste se levantó y fue a pedir más comida al cocinero de la compañía. Cyric y Thurbrand se lo quedaron mirando y empezaron a reírse. Kelemvor no advirtió que Adon estaba despierto.
El clérigo se despertó, a pesar de que no se había parado de hablar por todo el campamento, por la mención que se hizo del nombre de Myrmeen Lhal.
—¡Santa Sune, estoy perdido! —dijo en voz alta; luego, al oír la risa de una muchacha, se dio cuenta de que no estaba solo.
Sentada junto a él, una joven que no tendría más de dieciséis años daba buena cuenta de una escudilla de gachas que tenía sobre el regazo, sorbiéndolas grosera y ruidosamente. Como Adon no tardó en descubrir, se llamaba Gillian; era morena, con un pelo de estopa y una piel intensamente bronceada, curtida y seca. Los ojos eran de un azul profundo y los rasgos, ordinarios pero no carentes de atractivo.
—¡Ah! —exclamó ella—, ¡te has despertado! —Bajó la escudilla y se la tendió a Adon—. ¿Quieres un poco?
Adon se frotó la frente y recordó de pronto la agresión del hombre de los ojos grises en Tilverton. Sabía que había sido alcanzado por su daga y que luego se había desmayado. Sin embargo, ahora se sentía descansado y sólo ligeramente débil.
—Sabía que Sune me protegería —dijo, contento.
La muchacha lo miró.
—¿Quieres un poco de este guiso o no?
—¡Sí, gracias! —dijo Adon, en quien el hambre había vencido cualquier inquietud que hubiese podido albergar con respecto a Myrmeen Lhal y sus lacayos. Sin embargo, cuando el clérigo se incorporó, notó un agudo tirón en el lado izquierdo de su rostro y un intenso ardor. Algo caliente y húmedo rodaba por su mejilla. Adon pensó que era extraño, pues no hacía demasiado calor a aquella temprana hora de la mañana. Se preguntó a qué se debía que estuviese sudando de aquella manera. Luego miró a la muchacha.
Gillian apartó la mirada de Adon, se encogió tensamente de hombros y apretó las rodillas con fuerza.
—¿Qué pasa? —quiso saber el clérigo.
—Voy a buscar al curandero —dijo Gillian mientras se ponía de pie.
Adon se pasó la mano por el rostro. Estaba sudando todavía más que antes.
—Yo soy curandero. Soy clérigo al servicio de Sune. ¿Tengo fiebre?
Gillian miró brevemente al clérigo, luego volvió a desviar la mirada.
—Por favor, ¿qué pasa? —dijo Adon a la vez que alargaba la mano para coger a la muchacha.
Vio entonces que había sangre en su mano. No era sudor lo que corría por su rostro.
Adon empezó a respirar fatigosamente y notó como si un enorme peso estuviese oprimiendo su pecho. Sintió mucho frío en la piel y la cabeza empezó a darle vueltas.
—¡Dame tu escudilla! —ordenó.
Gillian miró a los demás y llamó a uno de ellos. Medianoche vio que Adon estaba consciente y se puso en pie de un salto.
—¡Dámela! —gritó Adon, y le arrancó la escudilla de las manos derramando el contenido al suelo. Con manos temblorosas, sacó brillo a la escudilla de metal con la manga, luego la levantó a la altura de su rostro y se miró en el espejo curvo.
—No.
Gillian ya no estaba a su lado. Se oyó ruido de pisadas sobre la tierra. Aparecieron delante de él Medianoche y un clérigo que llevaba el símbolo de Tymora.
—No puede ser —dijo Adon.
El clérigo de Tymora, contento de que el joven sunita se hubiese despertado de su sueño sin consecuencias graves, se acercó con una sonrisa de oreja a oreja. Sin embargo, cuando vio la expresión del rostro de Adon, su sonrisa se desvaneció al instante.
—Sune, por favor... —decía Adon.
Se tensaron los músculos de la cara del curandero. Había comprendido de pronto.
—Hicimos lo que pudimos —añadió sombríamente.
Medianoche puso una mano sobre el hombro de Adon y miró a Cyric y a Kelemvor, que estaban sentados juntos al otro lado del campamento.
Adon no decía nada, se limitaba a mirar fijamente su reflejo.
—Estamos demasiado lejos de Arabel y de la diosa Tymora para que funcione la magia curativa —prosiguió el clérigo—. No había pociones. Hemos tenido que confiar en los ungüentos y en los medicamentos naturales que he podido crear.
El borde de la escudilla de metal fino empezó a arrugarse en el puño de Adon.
—Lo importante es que estés con vida, quizás alguien de tu propia orden pueda ayudarte y hacer lo que nosotros no hemos podido.
El metal se torció.
—Deja que vuelva a examinarte. Estás sangrando de nuevo. Te has arrancado los puntos.
Medianoche se agachó y retiró la escudilla de las manos de Adon.
—Lo siento —dijo en un susurro.
El curandero se agachó y limpió la sangre del rostro de Adon con una toalla. Sin embargo, el daño no era tan grave como había temido, pues se habían desprendido sólo algunos puntos. Mientras el clérigo miraba la cicatriz, pensó que ojalá hubiese encontrado al sunita en una ciudad, pues, con los instrumentos adecuados, habría podido hacer un trabajo más limpio con la cicatriz.
Los dedos de Adon, acompañados por su ojo izquierdo, siguieron la cada vez más oscura cicatriz, bajando por el pómulo y el centro de la mejilla. El corte desigual terminaba en la base de la mandíbula del clérigo.
Un poco más tarde, aquella misma mañana, mientras los aventureros desmontaban el campamento, Cyric se enzarzó en una discusión con Brion, un joven ladrón de la compañía de Thurbrand.
—¡Pues claro que comprendo lo que estás diciendo! —gritaba Cyric al albino—, pero ¿cómo puedes negar la evidencia de tus propios sentidos?
—He mirado en el rostro de la propia diosa Tymora —contestó Brion—. No me hace ninguna falta otra evidencia. Los dioses han venido a visitar los Reinos para divulgar su palabra sagrada de primera mano.
—Sí, pagas tu dinero y puedes acercarte al instante —dijo Cyric—. No me extrañaría que tu diosa empezase pronto a decir la buenaventura.
—Lo único que he dicho es...
—¡Zoquete! —lo interrumpió Cyric—. Ya me lo has dicho una vez.
—Las contribuciones siempre son necesarias.
Cyric sacudió la cabeza y apartó la mirada de Brion.
—Uno debe de sentirse muy solo no teniendo más creencia que uno mismo —dijo Brion—. Mi fe hace que esté satisfecho.
Cyric tembló de rabia, pero luego fue recobrando el control de sus emociones. Sabía que Brion no lo había provocado intencionadamente, pero el moreno y delgado guerrero estuvo insólitamente inquieto desde que se despertó. Quizás era sólo la tristeza que reinaba en el campamento a causa de la herida de Adon, pero una parte deseaba volver a lanzarse a las montañas y dejar que el destino le enviase cualquier monstruosidad imaginable. Incluso sabiendo que en el bosque del Nido de Arañas la única catarsis que encontraría sería la muerte, hasta aquel lugar le resultaba tentador.
Se oyó un ruido en la distancia y la tierra empezó a temblar bajo los aventureros. Cyric vio unos enormes fragmentos cristalinos deslizarse por la faz de los riscos de cristal que se habían colocado en el camino del valle de las Sombras.
—Misericordiosa Tymora —dijo Brion cuando las impresionantes rocas de cristal se rompieron y, al reflejar la luz del sol, lanzaron varios arcos iris a través del paisaje.
A continuación, sin previo aviso, una brillante lanza negra, del tamaño de un árbol, surgió de la tierra junto a Cyric. El ladrón cayó al suelo, pero no tardó en levantarse y coger su caballo. Similares lanzas dentadas y de color ébano atravesaron el suelo en toda la llanura y se elevaron unos cinco metros en el cielo de la mañana.
—Es hora de marcharnos —le dijo Kelemvor a Thurbrand, y los dos hombres corrieron en busca de sus caballos—. Me parece que no vamos a tener más remedio que atravesar el bosque.
Thurbrand recorrió velozmente su compañía, reuniendo a sus hombres e instándolos a que se dirigiesen al bosque. Pero, antes de que llegasen a ponerse en camino, las lanzas atravesaron a dos de sus hombres y destriparon a tres caballos. Los restantes miembros de la compañía se precipitaron a la oscuridad del bosque del Nido de Arañas. Las lanzas seguían rasgando la llanura y unas enormes avalanchas de cristal caían al nordeste de las montañas.
Cuando Medianoche se iba acercando al bosque, advirtió la ausencia de Adon, escudriñó la llanura desde la linde del bosque y vio el caballo del clérigo que corría en medio de las lanzas. Medianoche se lanzó hacia el animal y lo alcanzó en el centro de la llanura.
Una silueta se movía despacio entre las nubes de polvo, en dirección al caballo.
—¿Eres tú, Adon? —preguntó Medianoche.
El clérigo se tomó su tiempo para subir al caballo y le condujo por la devastada llanura a paso lento. Cuando el animal intentaba lanzarse a toda carrera, él lo refrenaba y, si oía los gritos de Medianoche o veía sus frenéticos gestos, lo ignoraba. Pero como Adon no reaccionaba, ni siquiera cuando una lanza surgió del suelo a unos metros de él, Medianoche se puso junto al clérigo y golpeó los cuartos traseros del animal con todas sus fuerzas. El caballo emprendió el galope en dirección al bosque y la relativa seguridad que éste suponía. Cuando el caballo se puso a correr Adon no gritó ni se echó siquiera hacia adelante, se limitó a sostenerse clavando los dedos en la crin y las piernas en los flancos.
Kelemvor esperaba en las afueras del bosque. Todos, salvo unos cuantos hombres de Thurbrand, habían desaparecido en el interior y el último de los jinetes se reunió con sus aliados en lo más recóndito y oscuro del bosque del Nido de Arañas.
No se veía movimiento de las criaturas que habían entrevisto la noche anterior.
—Quizá duermen de día —observó Kelemvor.
Los ruidos de cristal rompiéndose y estallando habían disminuido, si bien los aventureros todavía oían de vez en cuando el estruendo que producían las enormes paredes de cristal deslizándose montaña abajo.
—Si esos monstruos duermen de día, será mejor que lleguemos al valle de las Sombras antes de que se haga de noche.
Todos lanzaron murmullos de aprobación, tanto Kelemvor como Cyric y los miembros de la Compañía del Alba. Adon cabalgaba en silencio por el bosque.
Los aventureros siguieron cabalgando todo el día por el bosque, atentos a cada ruido y con las espadas constantemente a punto. Adon iba delante de Kelemvor y de Medianoche, mientras que Cyric llevaba en su caballo a Brion, el cual había perdido el suyo con una de las lanzas negras. A medida que se fueron adentrando en el bosque, la flora se volvió más densa e impracticable y al cabo de un rato Thurbrand indicó que todos debían detenerse y desmontar. Habría que seguir a pie y guiar los caballos.
Adon ignoró la señal y Kelemvor se puso a su lado.
—¿Ahora has perdido la vista, Adon? —le dijo.
Como el clérigo no le hizo caso y siguió obligando a su caballo a abrirse paso entre la maleza, el guerrero le dio una palmada en el brazo a fin de llamar su atención. Adon miró a Kelemvor, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y desmontó.
—En este lugar hay muerte —dijo Adon, en cuya voz no vibraba precisamente la vida—. Nos hemos metido en un osario.
—No sería la primera vez —dijo Kelemvor para luego volver junto a Medianoche.
Algo más adelantado, Cyric caminaba junto a Brion. Aun cuando el joven ladrón lo había divertido tanto como enfurecido, Cyric presentía una refrescante inocencia en él. Aunque su pericia con la daga rivalizaba con la de Cyric, era evidente que Brion no llevaba mucho tiempo de aventurero.
Después del almuerzo, Brion desafió a Cyric a una prueba de habilidad con la daga y Cyric estuvo a punto de perder con el albino. Finalizado este desafío, Cyric y Brion hicieron un número con seis dagas cada uno, lanzándoselas mutuamente a una velocidad de vértigo. Brion desviaba todos los cuchillos lanzados por Cyric, y éste, a su vez, esquivaba las dagas lanzadas por Brion con las suyas propias.
A pesar de toda aquella habilidad con los cuchillos, el albino no apestaba a sangre y locura como ocurría con muchos aventureros. Incluso los compañeros de Brion, como la muchacha que se había sentado junto a Adon, se deleitaban con la idea de poner fin a una vida. Cyric lo veía en sus ojos.
Cyric también se daba cuenta de que las veces que Brion había derramado sangre voluntariamente podían contarse con una sola de sus manos enguantadas y que el albino jamás había matado a un hombre sin lamentarlo luego.
A medida que los aventureros avanzaban, el bosque se tornaba engañosamente hermoso, por lo menos al principio. Los árboles eran gruesos, altos y cubiertos de abundantes hojas verdes. La brillante luz del sol atravesaba las frondas del ramaje y, por aquí y por allá, caían dardos de luz que acariciaban de vez en cuando los rostros de los héroes que atravesaban el denso follaje.
Luego, mientras cruzaban un grueso lecho de nudosas raíces que cubrían el suelo completamente en muchos puntos, Kelemvor oyó un ruido seco de ramas en los árboles. Se volvió bruscamente y señaló los árboles a Zelanz y Welch, los mercenarios que iban en retaguardia, pero ellos no habían oído nada. Le mantuvieron la mirada y se encogieron de hombros. Kelemvor no vio señales de movimiento entre el grupo, de modo que se volvió y siguió caminando.
Los ruidos se repitieron una y otra vez y, finalmente, todo el grupo se puso sobre aviso. Sacaron las armas, pero no pudieron distinguir rastro alguno de las criaturas en los árboles. En la cabeza, Thurbrand guiaba a su caballo con cuidado por un pequeño sendero del bosque. Después de pasar por delante de un árbol de gran tamaño, el hombre calvo se detuvo en seco y, mientras se preparaba para atacar, su cuerpo se fue tensando.
Delante de Thurbrand había un hombre con una armadura color hueso pegado a un árbol por unos largos y viscosos hilos de telaraña. Se le había caído el casco y su rostro lívido llevaba el símbolo de Bane, negro sobre los rasgos blancos. Con la espada desenvainada, el hombre miraba fijamente a Thurbrand y en su rostro podía verse una mueca helada y unos ojos salvajes.
Thurbrand vio a otros cinco hombres a unos metros de distancia; llevaban la armadura de los asesinos de elite de Bane y estaban pegados a otros árboles en medio de un gran claro.
—Están muertos —dijo Thurbrand—, y lo que los ha matado está cerca de aquí.
Los aventureros permanecieron en silencio un momento, mientras Kelemvor y Thurbrand examinaban una enorme telaraña ensartada en los árboles donde se hallaban aquellos hombres. El resto del grupo, a excepción de Adon, se apiñó y se puso a contemplar los árboles. El sunita, por su parte, se limitó a permanecer junto a su caballo, mirando el oscuro dosel de hojas que oscurecía el sol.
Mientras los componentes del grupo aguzaban el oído a cualquier movimiento entre los árboles, fueron cayendo en la cuenta de que no salía ruido alguno del bosque. Las hojas no susurraban en el viento. Los insectos no chillaban. El silencio en el bosque era completo.
Sin decir una sola palabra, Gillian pasó las riendas de su caballo al clérigo de Tymora y se encaminó a un árbol. Subió como un mono y sin hacer ruido hasta la rama más alta; una vez allí, inspeccionó el bosque con su vista de lince. Los aventureros esperaron cinco minutos, durante los cuales ella fue saltando de rama en rama, abarcando atentamente con la vista toda la zona desde cada uno de los posibles puntos estratégicos; finalmente indicó que todo estaba despejado.
Antes incluso de saltar al suelo, la muchacha indicó a Thurbrand que se acercase.
—Ni siquiera los más fuertes vientos podrían mover estas ramas. Este lugar está muerto, petrificado en este estado. —Se frotó el pulgar y el índice para indicar una textura extraña—. Una ligera película lo cubre todo, de ahí viene la inquietud.
Thurbrand asintió y alargó los brazos para ayudar a la muchacha a bajar, pero ella frunció el entrecejo y pasó saltando por encima de él para caer en cuclillas. Pero, cuando sus pies tocaron el suelo, en el centro de una maraña de raíces que sobresalía, se oyó un ruido sordo y la tierra se abrió. Antes de que la muchacha pudiese pronunciar palabra, las raíces surgieron del suelo en medio de una lluvia de tierra desplazada.
En total ocho patas de araña salieron precipitadamente para agarrar a Gillian, todas largas y negras como el carbón. Cada pata tenía cuatro articulaciones y terminaba en una punta afiladísima del tamaño de una espada grande. De la tierra surgió la enorme panza sobre la cual estaba la muchacha, haciéndole perder el equilibrio antes de saltar fuera de la trampa. Luego fue la cabeza del monstruo lo que salió del suelo y vio unos relucientes ojos rojos y cuatro pinzas desiguales.
Las patas de la gigantesca araña se cerraron y atraparon a Gillian desde ocho direcciones diferentes. Luego la araña empezó a desplazarse y el bosque cobró vida. Las nubosas raíces que rodeaban a los viajeros se desplegaron. Otro hombre se había levantado sobre la panza de otra araña y corrió la misma suerte que la muchacha.
Cyric y Brion estaban espalda contra espalda con las dagas preparadas. Una de las arañas atacó al caballo de Cyric y le inyectó el veneno procedente de sus mandíbulas que lo dejó paralizado. La araña soltó al animal y esperó a que el veneno hiciera su efecto antes de arramblar con el caballo y aprisionarlo en su tela. Cyric lanzó una maldición cuando se dio cuenta de que la mayoría de sus pertenencias, incluyendo las hachas de mano, se hallaban en el caballo, pero no estaba dispuesto a intentar rescatar su ropa de la araña, que montaba guardia sobre su moribundo caballo.
Las arañas estaban por todas partes y la más pequeña tenía el tamaño de un perro. Una de ellas avanzó hacia Cyric y éste la miró a los ojos. Las patas tenían un color verde pálido y el cuerpo era negro con unas enormes manchas naranja en los costados. Cyric lanzó una daga a uno de los ojos impenetrables del monstruo y la mirada depredadora de la araña le hizo sonreír.
La hoja de Cyric dio en el blanco, y penetró en la trepidante masa del ojo de la araña, y siguiendo en esa dirección se metió dentro, pero el animal siguió avanzando.
—¡Dioses! —gritó Cyric, para luego saltar a una rama que colgaba muy baja.
La araña gigante avanzó y mordió el aire donde hacía un momento había estado el ladrón. Cyric comenzó a trepar por el árbol cuando oyó un grito y miró hacia abajo.
La araña herida había atravesado el costado de Brion con una de sus patas; las dagas que tenía de poca defensa le servían contra aquel monstruo. La araña se preparó para volver a traspasar a su víctima y levantó una segunda pata. En medio de sus esfuerzos por liberarse, Brion dejó caer la cabeza hacia atrás y miró a Cyric.
Éste vio que los labios de Brion se movían, le rogaban que lo ayudase.
Cyric titubeó, sopesando las opciones que tenía. Sabía que el hombre estaba muriéndose a causa del veneno del monstruo. Aparte de morir junto a él, poco podía hacer.
La araña atacó con su segunda pata. Cyric observó cómo la vida se iba de los ojos de Brion.
Al otro lado del claro, Medianoche advirtió que tres arañas avanzaban hacia ellos. Kelemvor, Zelanz y Welch estaban a su lado, Adon detrás de ellos, aparentemente ajeno a la amenaza que se cernía sobre ellos.
Dos de las arañas eran enormes y gordas, con unos cuerpos negros y rojos y unas abotargadas patas color carmesí. La tercera era completamente negra, con unas patas brillantes y puntiagudas y mayor agilidad que las otras. Cayó en un ángulo y empezó a trepar por los árboles para alcanzar mejor sus presas, y los estrechos espacios que había entre los árboles poco hacían para frenar su avance.
La araña brillante saltó sobre los héroes y Kelemvor cortó tres de sus patas con un solo mandoble. El guerrero atacó de nuevo dando un tajo en el cuerpo del animal, escapando por poco a sus pinzas. Luego Kelemvor se volvió y la araña estaba ya encima de él, sobre sus patas traseras. Le asestó la espada contra su expuesta panza y arremetió hacia atrás y hacia adelante. El monstruo golpeó al guerrero con una pata y éste perdió pie. Antes de ir a estrellarse contra el árbol, se le escapó la espada de la mano.
Medianoche vio cómo las dos arañas restantes avanzaban hacia ellos. Después de bajar la vista a su daga, comprendió que de poco le iba a servir con aquellos monstruos, de modo que trató de recordar su hechizo de polo de fuerza. Cogió una rama de un árbol cercano y dijo el conjuro. De repente, un brillante palo azul y blanco se materializó en sus manos. Cuando Medianoche arremetió contra la araña, le asombró descubrir que el palo había adquirido las propiedades de una guadaña. Abrió de cuajo a la primera araña que encontró, pero la otra iba por unas víctimas más fáciles.
Estaba atacando a Zelanz y Welch, que contraatacaban codo con codo. Sus veloces espadas no tardaron en acabar con ella, pero otras se iban acercando. El goteo de una sustancia lechosa fue lo que los alertó de la presencia de una araña, atareada en tejer su tela sobre ellos. Zelanz levantó la vista a tiempo de ver la masa rojiza de la araña descender sobre ellos.
El clérigo de Tymora avanzaba por el borde del claro. Llegó a la altura de un árbol y vio a Thurbrand luchar por su vida contra la araña que había matado a Gillian. Dio otro paso y se encontró cara a cara con Bohaim, un joven mago de Suzail. Retrocedió torpemente para despejar el paso de Bohaim, pero una pata de araña desgarró el pecho del mago. La araña lo levantó en el aire para luego bajarlo hasta sus hambrientas mandíbulas.
El clérigo de Tymora pensó que la Compañía del Alba se estaba acabando. Oyó un ligero crujido detrás de sí. Levantó la maza y se volvió para encontrarse cara a cara con una araña blanca y púrpura. Una de sus patas atravesó al clérigo con una velocidad vertiginosa. El clérigo rezó una silenciosa plegaria a Tymora antes de que el mundo se convirtiese en tinieblas.
A corta distancia de donde había caído el clérigo, la espada de Thurbrand relampagueó y cayó al suelo la cabeza de la araña que había matado a Gillian; el veneno que derramó siguió salpicando al guerrero incluso cuando éste empezó a alejarse para evitar el quedar empapado. Otras cinco arañas avanzaban hacia el hombre calvo. Delante de él, los otros dos miembros de la Compañía del Alba, todavía con vida, luchaban para seguir viviendo. Thurbrand acudió en su ayuda, ignorando el montón de arañas que se iba acercando a él.
Encaramado en la copa de un árbol, Cyric observaba con creciente fascinación cómo las arañas iban trepando por el bosque y creando su complicado trabajo de artesanía. Cyric sabía que habría debido sentir repugnancia o rabia ante aquella visión, pues el único objetivo de ese trabajo era meter en una trampa a sus amigos y a él mismo y devorarlos. Pero Cyric consideraba que aquellos dibujos de una muerte esperada eran preciosos. ¡Había tal sencillez y armonía en su diseño!
Cyric oyó un ruido junto a él y saltó del árbol un segundo antes de que un grupo de pinzas se juntase en el aire donde él estaba.
Antes de que tuviese ocasión de ponerse de pie, oyó el ruido revelador de una araña abriendo y separando la tierra para cogerlo en su trampa.
A cincuenta metros, Kelemvor se levantó; sus sentidos habían quedado sumergidos en los sonidos de las arañas, cuyas patas crujían y cuyo peso agitaba ligeramente los árboles petrificados. Estaba rodeado por los monstruos, pero éstos no se lanzaban contra él. Pero de pronto, una enorme araña blanca empezó a avanzar muy lentamente y todas las demás despejaron el camino para que pudiese acercarse. Era la mayor araña que Kelemvor había visto jamás.
Con objeto de que la araña blanca tuviese sitio para maniobrar, las demás formaron un círculo alrededor de Kelemvor, quien levantó la vista y vio un verdadero ejército de arañas al acecho entre los árboles. No tenía escapatoria; sin duda todos los otros habían muerto. La enorme araña blanca se abalanzó sobre él; Kelemvor le cortó una de sus patas, otra hendió el aire en el mismo momento, mientras que una tercera alcanzó su armadura, le abrió el todavía caliente peto y le hizo una brecha poco profunda en el pecho.
Kelemvor vio, con espantosa claridad, que una cuarta pata se deslizaba sobre él. La pata atravesaría su pecho en un instante y la araña arrastraría su contraído cuerpo hasta sus hambrientas mandíbulas. Pero fue entonces cuando un agudo dolor envolvió su cabeza, que pareció iluminarse de azul y blanco.
Era Cyric, que saltaba del árbol. Kelemvor empezó a librar su batalla con la araña blanca y Medianoche se dispuso a arremeter contra la araña roja, con Adon detrás, sin moverse para protegerla. Medianoche se metió entre las prensiles patas y clavó su guadaña mágica en los ojos del monstruo.
La araña roja se retorcía en el suelo, y Medianoche, al mirar a su alrededor, vio que tanto Cyric como Kelemvor estaban en inminente peligro. Una sustancia lechosa golpeó en aquel instante una de sus botas. Miró hacia arriba a tiempo de ver la enorme y amarilla panza de una araña que descendía hacia ella con las patas moviéndose en el aire con ávida expectación.
Medianoche lanzó un hechizo destinado a crear un escudo delante de la araña. Cuando terminó de decir el conjuro, la energía hizo crepitar su medallón y unos rayos de luz surgieron de la estrella en dirección a Adon, Kelemvor, Cyric y los tres miembros de la Compañía del Alba que quedaban.
Y, cuando la araña blanca bajaba su pata hacia Kelemvor, y Cyric caía en la trampa, y Adon miraba indiferente cómo la araña gris se abalanzaba sobre él, todos desaparecieron.
Medianoche tuvo la sensación de que le estaban arrancando el aire de los pulmones y que una brillante ráfaga de luz azulada la cegaba un instante y, cuando volvió a ver con claridad, se encontró en una larga carretera. Pensó por un momento que se había vuelto loca, hasta que comprendió que había sido teletransportada del bosque.
Kelemvor yacía en el suelo junto a ella, sujetándose la cabeza con las manos.
—¿Qué has hecho? —gruñó el guerrero; luego trató de ponerse en pie, pero no pudo. Miró hacia abajo y vio que el corte de su pecho todavía sangraba ligeramente—. No es que me importe mucho lo que hayas hecho.
Cyric y Thurbrand ayudaron al guerrero a ponerse de pie.
—Sí, sea lo que sea, te debemos la vida —dijo el hombre calvo—. Y ello, sin duda, salda la deuda que tenías conmigo, hermoso narciso.
Medianoche abrió la boca para hablar, pero no se le ocurrió nada que decir. Se limitó a mirar a su alrededor con los ojos desorbitados.
—Gillian, Brion..., todos han muerto —dijo uno de los miembros de la Compañía del Alba mientras ayudaba a cubrir las heridas de su compañero.
—Lo siento —repuso finalmente Medianoche—. Ni siquiera sé cómo os he traído hasta aquí, ni siquiera si he sido yo quien lo ha hecho.
—Dondequiera que sea, es aquí —dijo Cyric mirando a su alrededor.
Adon, que estaba a unos metros de distancia, mirando la carretera en dirección al norte, se volvió y dijo tranquilamente:
—Estamos a medio día de viaje al sur del valle de las Sombras.
Las puertas que daban a la sala del trono de Bane se abrieron de golpe e irrumpió Tempus Blackthorne en respuesta a la llamada de su dios. Bane asía los brazos del trono y sus garras arañaban la superficie.
—Cierra la puerta. —El tono era frío y mesurado.
A pesar de las prerrogativas que Bane había otorgado a su emisario, Blackthorne se estremeció de terror.
—¿Deseabas verme, lord Bane? —preguntó Blackthorne con una voz engañosamente firme.
Lord Black se levantó del trono e hizo un gesto en dirección al mago para indicarle que se acercase. La mano con garras del dios caído relampagueaba ante los ojos del emisario. Cuando el dios de la Lucha lo asió violentamente por el hombro, Blackthorne no hizo ningún movimiento para defenderse.
—Ha llegado el momento —dijo Bane.
Blackthorne vio que los labios del dios se abrían formando lo que sólo podía llamar una sonrisa y el corazón le dio un vuelco. Era una cosa horrible.
—¡Ha llegado el momento para nosotros de unir a los dioses! —exclamó lord Black—. Quiero que lleves un mensaje a Loviatar, la diosa del Dolor. Creo que está en Aguas Profundas. Dile que quiero verla... inmediatamente.
El cuerpo de Blackthorne se tensó. Bane advirtió su cambio de actitud y apretó con más fuerza el hombro del emisario con sus garras.
—¿Tienes algún problema con esta orden, emisario? —gruñó el dios de la Lucha.
—Aguas Profundas está a medio camino de la otra punta de los Reinos, lord Bane. Para cuando vuelva, tu campaña contra el valle será ya parte de la historia.
La sonrisa de lord Black se desvaneció.
—Sí, si viajas como lo haría un hombre normal —dijo seguidamente—. Pero con el hechizo que te he concedido, llegarás a Aguas Profundas dentro de pocos días.
Blackthorne bajó la vista y lord Black retiró la mano de su hombro.
—¿Qué pasará si la diosa se niega a acompañarme de vuelta a Zhentil Keep?
Bane le volvió la espalda al emisario y cruzó los brazos.
—En ese caso, confío en ti para convencerla. Eso es todo.
—Pero...
—¡Eso es todo! —gritó Bane. Y sin más se volvió para encararse a su emisario y fulminarlo con sus ojos negros.
Blackthorne dio un paso atrás.
A medida que se intensificaba la indignación que sentía Bane, sus ojos iban echando chispas.
—Me decepcionas —expuso Bane, si bien su tono sugería repugnancia más que cólera—. Haz lo que te digo y podrás recuperar mi favor.
Después de inclinarse ante su señor, Blackthorne murmuró la única plegaria que había aprendido, una oración a Bane. A continuación el mago se incorporó, levantó los brazos y empezó a cantar el hechizo del emisario. Recordó una visita que había hecho a Aguas Profundas en su juventud y visualizó su destino. Al cabo de un momento, mientras intentaba adoptar la forma de un cuervo, Blackthorne empezó a estremecerse y a mutarse. Pero algo no funcionaba. Se fue volviendo negro como el carbón y su piel empezó a caérsele a pedazos en todas direcciones. La ropa del emisario se desgarró y cayó al suelo.
Blackthorne dio un grito y extendió un brazo, parcialmente transformado, a su dios.
—Ayúdame —fue todo lo que el mago tuvo tiempo de decir antes de estallar en una lluvia de chispas negras.
Allí donde Blackthorne estaba hacía sólo un instante, cayó una pequeña piedra preciosa de color negro junto a su peto y empezó a desintegrarse.
Bane observaba la escena completamente conmocionado.
—El hechizo —dijo con voz ausente, mientras se retiraba a trompicones hacia las sombras que había cerca de la entrada de su cámara privada.
Los guardias que irrumpieron en la sala no vieron a su dios por estar éste en las sombras. Miraron lo que quedaba de Tempus Blackthorne y sacudieron la cabeza.
—Supongo que esto tenía que ocurrir tarde o temprano —dijo uno de ellos.
—Sí —añadió el otro guardia—, hasta un idiota sabe que la magia es inestable.
Antes de que pudiesen percatarse de su presencia, Bane se abalanzó sobre ellos y los mató, luego se volvió, desgarró su armadura ensangrentada y al cabo de un momento estaba sentado sobre su trono y contemplaba el destrozado peto de Blackthorne en el suelo.
El dios decidió fríamente que no iba a llorar por su pérdida. Blackthorne no era más que un humano. Un peón. Su desaparición era lamentable, pero podía ser reemplazado.
Luego Bane recordó sus interminables charlas con Blackthorne. Se acordó de las extrañas emociones que lo habían embargado cuando se dio cuenta de que Blackthorne lo había salvado y ayudado a recuperarse.
Lord Black, el dios de la Lucha, se miró las manos y advirtió que estaba temblando. Luego lanzó un grito de dolor, agudo y largo, y todas las personas del templo de las Tinieblas se taparon los oídos, estremecidas ante el grito de dolor de lord Black.
Cuando se hizo el silencio, el dios de la Lucha vio a través de los ojos nublados por las lágrimas una figura de pie ante el trono.
—¿Blackthorne? —se oyó la voz ronca y áspera de Bane.
—No, lord Bane.
Bane se secó los ojos y miró al hombre pelirrojo que estaba ante él.
—Fzoul —dijo—. Todo está bien.
—Señor, estás rodeado de hombres muertos aquí en el templo.
Bane levantó su mano-garra.
El hombre pelirrojo bajó la cabeza.
—Sí, señor. —Luego Fzoul recogió los trozos dispersos de la armadura y ayudó a Bane a ponerse de pie.
—Todo está listo —dijo Fzoul mientras lord Black volvía a ponerse la armadura ensangrentada—. ¿Cuándo vamos a empezar a preparar la batalla?
Los ojos de lord Black despedían fuego y Fzoul dio un paso atrás para apartarse del dios colérico. A continuación los labios de Bane se abrieron en una horrible mueca. Cuando sus ojos se entornaron y habló, también había fuego detrás de los afilados dientes del dios de la Lucha.
—Ahora —dijo.


13
El valle de las Sombras

Había pasado la hora de la cena, pero los viajeros seguían caminando, decididos a llegar al valle de las Sombras antes de que acabase la noche. El hechizo que los había librado misteriosamente de una muerte segura en el bosque del Nido de Arañas había dejado a los héroes en un punto del camino donde se habían ahorrado casi dos días de viaje.
Medianoche, Kelemvor y Thurbrand caminaban juntos, Cyric lo hacía con los miembros supervivientes de la Compañía del Alba, Isaac y Vogt, y Adon caminaba solo, absorto en todo lo que había perdido.
—Han muerto valientemente —comentó Kelemvor a Thurbrand en un momento dado.
—No es mucho consuelo —dijo Thurbrand, a la vez que acudían a su mente los recuerdos de la última misión que había compartido con Kelemvor. Hacía muchos años, pero el resultado había sido muy similar: Thurbrand y Kelemvor habían sobrevivido, todos los demás habían muerto.
El aspecto de Cyric mientras caminaba por el valle era de cansancio y confusión. Era como si se hubiese visto obligado a enfrentarse a una realidad cuyo conocimiento le hubiese dejado débil y tembloroso. Cuando hablaba, lo hacía con voz baja, casi trémula.
Adon, por su parte, no abría la boca. No tenía otra cosa que hacer más que andar, sin nada con que llenar su cabeza, salvo sus propios y molestos pensamientos. Mientras caminaba en la oscuridad de la noche, los miedos implacables del clérigo lo fueron convirtiendo en una temblorosa sombra del hombre que había sido.
Pero no todos los aventureros estaban ceñudos y tristes mientras se encaminaban al valle de las Sombras. Medianoche y Kelemvor se comportaban como si lo peor hubiese pasado ya. Se reían e intercambiaban bromas como al principio del viaje. No paraban de reírse, a pesar de que uno u otro de sus compañeros fruncía el entrecejo ante esta actitud, como si estuviesen interrumpiendo un funeral con su alegría.
Sin embargo, al final, cuando atravesaban con paso cansino las tierras situadas al sur del valle de las Sombras, la mayoría de los héroes se fue relajando. Resultaba maravilloso contemplar las verdes y ondulantes colinas y la rica y suave tierra de las comarcas periféricas del valle. Incluso el aire era dulce y los huracanados vientos que habían acosado a los héroes desde el mismísimo momento que entraron en las Tierras de Piedra se habían transformado en suaves brisas que acariciaban a los viajeros y los animaban a aligerar el paso en su camino hacia el lugar seguro.
Era muy tarde cuando llegaron al puente que cruzaba el Ashaba, que desembocaba en el valle de las Sombras. Las relucientes lucecitas que habían visto de lejos resultaron ser resplandecientes hogueras al otro extremo del puente. Unos guardias armados de arcos y con brillantes armaduras plateadas caminaban de arriba abajo del puente y, de vez en cuando, se calentaban las manos en las hogueras.
El grupo se fue acercando al puente, Kelemvor y Medianoche iban junto a Thurbrand, pero al aproximarse al río, algo se movió entre los matorrales. Los héroes se volvieron y cogieron las armas, pero no habían hecho movimiento alguno cuando vieron seis arcos que, inmóviles, los estaban apuntando desde los matorrales a ambos lados del río. Las flechas con punta de acero relucían a la luz de la luna.
—Creo que es aquí donde debemos hacer constar y exponer el motivo de nuestra presencia en el valle —dijo Thurbrand. Se volvió hacia los hombres que iban saliendo sigilosamente de los matorrales—. ¿No es así?
—En mi opinión es un comienzo justo —dijo uno de ellos.
—Yo soy Thurbrand de Arabel, al mando de la Compañía del Alba. Hemos venido para ser recibidos en audiencia por Mourngrym para un asunto de máxima urgencia.
Los guardias, nerviosos, se impacientaron y murmuraron entre sí.
—¿Qué asunto? —preguntó uno de ellos al cabo de un rato.
Medianoche se puso roja y se acercó al guardia.
—¡Un asunto relacionado con la seguridad de los Reinos! —gritó—. ¿No es lo bastante urgente?
—Oído así es muy bonito, pero ¿acaso podéis probarlo? —El guardia se acercó a Thurbrand y le tendió la mano.
—Tu carta de privilegios.
—Claro —dijo Thurbrand, para luego entregarle un pergamino enrollado—. Firmada por Myrmeen Lhal.
El guardia examinó el pergamino.
—Hemos sufrido muchas bajas en el bosque del Nido de Arañas —explicó Thurbrand.
—¿Los demás son los supervivientes? ¿Cómo se llaman? —quiso saber el guardia.
Thurbrand se volvió a los dos supervivientes de la compañía.
—Vogt e Isaac —dijo Thurbrand.
Kelemvor y Medianoche intercambiaron una mirada de inteligencia.
—¿Y los otros? —preguntó el guardia.
Thurbrand señaló a Medianoche.
—Es Gillian. Los otros son Bohaim, Zelanz y Welch.
El guardia devolvió la carta de privilegios a Thurbrand.
—Muy bien, podéis pasar —dijo, luego se apartó del camino y todos los guardias desaparecieron en las sombras.
Los viajeros cruzaron el puente con sumo cuidado y, al llegar a la otra orilla, Thurbrand miró a Kelemvor.
—Este sitio ya se va poniendo interesante —dijo Thurbrand.
Un grupo armado, que patrullaba junto al puente, se detuvo al verlos y se repitió el ritual de preguntas, respuestas y presentación de documentos. En esta ocasión, y a pesar de los ansiosos gritos de Medianoche acerca de Elminster, los soldados se «ofrecieron» a escoltar a los cansados viajeros hasta la torre Inclinada.
—Protocolo —susurró Cyric—. Acuérdate de tu último encuentro con el mago. ¿No será más fácil si te allana el camino el señor local?
Medianoche no contestó.
A medida que se iban acercando a la torre Inclinada, Cyric advirtió que las pequeñas tiendas y las casas que flanqueaban el camino parecían estar desiertas. Sin embargo, se veían luces a lo lejos y ruidos de actividad procedentes de unas calles más allá. Pasó un carro cargado de heno por el camino, seguido de otro con ganado. Unos soldados escoltaban ambos carros.
—Si están trasladando ganado a esta hora de la noche —dijo Cyric a Medianoche—, significa que están preparando la ciudad para la guerra. Me temo que tu aviso de Mystra acerca de los planes de Bane llega demasiado tarde.
A medida que se aproximaban a la torre Inclinada, los héroes vieron que había una hilera de antorchas en los muros de piedra del edificio, cuadrado y desproporcionadamente bajo. Sin embargo, estas antorchas estaban dispuestas formando un extraño dibujo y seguían las extrañas curvaturas de la torre subiendo en espiral por un lado del edificio, para luego desaparecer y volver a iniciarse más arriba hasta que las luces daban paso a una niebla oscura que ni siquiera la luna, insólitamente brillante, podía penetrar.
En la entrada de la torre había más guardias esperando, los cuales hablaron un momento con la escolta armada de los héroes. A continuación, uno de los guardias, sin duda un capitán de centinelas, lanzó un largo y sonoro silbido. Mientras los héroes y los guardias esperaban a aquello, persona o cosa, que había llamado el capitán, Adon se volvió y empezó a alejarse distraído calle abajo. Un guardia se apresuró a interceptar al clérigo y lo obligó a volver con los otros. Adon obedeció de mala gana.
Apareció en la puerta un hombre joven vestido con el ropaje propio de un heraldo. A juzgar por sus ojos, era evidente que acababa de despertarse, pero escuchó al guardia tan cortésmente como pudo y, cuando fue posible, ocultando los bostezos detrás de una arrugada manga.
El heraldo condujo a Kelemvor, a Thurbrand y a los demás por un largo pasillo y no tardaron en llegar ante una pesada puerta de madera con tres sistemas independientes de cerraduras. Cyric las estudió distraídamente y Kelemvor gruñó impaciente. La puerta se abrió finalmente y el heraldo, un hombre alto y delgado con cabello castaño claro, ancho bigote y barba bien poblada, se volvió para dirigirse a los viajeros.
—Lord Mourngrym os recibirá aquí —se limitó a decir.
Kelemvor oteó el interior, poco iluminado, de la habitación. Como había temido, era una especie de celda con suelos desnudos y cadenas en las paredes. El guerrero entornó los ojos y se volvió al heraldo.
—Queremos ser recibidos por lord Mourngrym, no por las ratas del valle de las Sombras. Si no le es posible vernos esta noche, volveremos mañana por la mañana.
El heraldo no se acobardó.
—Por favor, esperad dentro —dijo.
Medianoche pasó junto a Kelemvor, rozándolo, y entró en el cuarto. Apenas hubo traspasado el umbral, se oyó un murmullo en las sombras y ella desapareció.
—¡No! —gritó Kelemvor, que al punto cruzó la puerta de un salto detrás de ella, pero se encontró en la sala del trono de la torre Inclinada.
Dentro de la sala del trono había antorchas encendidas. Medianoche vio que el fino trabajo de artesanía en yeso de los muros, desnudos por todas partes, hablaba de muchas batallas y de muchos homenajes rendidos a quienes habían muerto al servicio del valle. Unas cortinas de terciopelo rojo cubrían la única pared desprovista de trabajo de artesanía. Estas cortinas descansaban detrás de dos tronos de mármol negro que estaban al otro lado de la habitación. En conjunto, la sala era lo bastante grande para recibir a los emisarios de tierras lejanas, pero no tanto ni tan hermosa como las salas del palacio de Arabel.
En el otro extremo de la sala había un hombre, entrado en años, cuyo físico no revelaba su avanzada edad. Tenía una constitución similar a la de Kelemvor, pero las marcadas arrugas que surcaban su rostro ponían de manifiesto que tenía por lo menos veinte años más que el guerrero. Vestía brillante armadura plateada y ceñía una espada con incrustaciones de piedras preciosas. El hombre levantó la mirada de una larga mesa de trabajo cubierta de mapas y sonrió calurosamente cuando entraron en la sala.
Se oyó un ruido en la parte exterior del muro de la sala, y un golpe sordo seguido de un juramento.
—¡Y seguro que ha movido esa maldita puerta! —A continuación se oyó una serie de golpecitos ligeros y salió una mano de la aparentemente sólida pared, y unos dedos se estiraron como tanteando. Siguió un rostro que luego desapareció—. Quiero que se envíe un emisario a Elminster apenas empiece a clarear. ¡No quiero seguir cautivo de su magia! —Hubo un silencio—. ¡No, y no me estoy comportando como un excéntrico! —Un suspiro—. Sí, Shaerl, pronto estaré preparado, esposa mía.
Una figura surgió de la pared en el momento en que el resto de los aventureros, acompañados por dos guardias, aparecían detrás de Kelemvor y de Medianoche. La figura se volvió, miró a sus huéspedes y se inmovilizó. Se trataba de un hombre guapo en extremo, con abundante cabello negro, profundos ojos azules y mandíbula cuadrada. Su ropa era un claro testimonio de lo avanzado de la hora. Llevaba una camisa de dormir que dejaba al descubierto los brazos, las peludas piernas y unos pies que terminaban en unos dedos nervudos y sarmentosos. Sus brazos eran gruesos y fuertes con músculos muy desarrollados. Una cinta color carmesí rodeaba su brazo derecho. Echó una mirada al guerrero más mayor, el cual se limitó a encogerse de hombros.
—No esperaba visitas —dijo el hombre del pelo negro. A continuación se irguió y una sonrisa iluminó su rostro. Se acercó a los viajeros—. Soy Mourngrym, señor de este lugar. ¿En qué puedo serviros?
Kelemvor estaba a punto de hablar cuando un guardia se inclinó sobre él blandiendo el hacha de forma amenazadora. Mourngrym se rascó la mejilla, indicó a los viajeros, mediante un gesto, que esperasen un momento, y se llevó al guardia a un lado.
—Mi buen Yarbro —le dijo Mourngrym—. ¿No recuerdas nuestra charla sobre el lado negativo de un excesivo celo en el comportamiento?
Yarbro tragó saliva.
—Pero, ¡señor, parecen mendigos! ¡No tienen oro, ni provisiones, han entrado en la ciudad y su única identificación es una carta de privilegio que casi con certeza es robada!
—Explícame cómo te encontraron mis hombres en las afueras de Myth Drannor hace dos inviernos.
—Aquello fue diferente —replicó Yarbro.
—Luego hablaremos de ello —repuso Mourngrym con un suspiro.
Yarbro asintió con la cabeza y luego se volvió para salir de la sala con el otro guardia. Kelemvor se alegró de ver marchar a los guardias. Habría resultado difícil explicar por qué habían dado los nombres de los guardias en lugar de los suyos propios para acceder a la torre y, tal vez, a fin de no despertar sospechas, se verían obligados a seguir con los nombres falsos.
El guerrero de más edad estaba junto a Mourngrym. Cuando Yarbro rozó a Kelemvor al salir de la habitación, ambos guerreros cruzaron una mirada y luego sonrieron.
—Es Mayheir Hawksguard, en funciones de capitán de armas.
Thurbrand hizo una mueca.
—¿En funciones de capitán de armas? ¿Qué le pasó al otro?
—Preferiría no hablar de ello hasta que haya comprendido el motivo de vuestra presencia aquí —dijo Mourngrym, y se dio media vuelta—. ¿Qué le ha pasado a vuestro grupo?
Todos, a excepción de Adon, se precipitaron hacia adelante y surgieron simultáneamente seis versiones de lo que habían presenciado. Mourngrym se frotó sus cansados ojos y miró a Hawksguard.
—¡Basta! —gritó, y se hizo el silencio en la sala.
—Tú —replicó Mourngrym al hombre taciturno de la cicatriz—. Quiero oír tu versión de la historia.
Adon se adelantó y se puso a contar todo lo que sabía sobre los acontecimientos ocurridos en los Reinos con la menor cantidad posible de palabras. Mourngrym se apoyó contra su trono y frunció el entrecejo.
—Es posible que hayáis advertido que aquí se han tomado ya algunas precauciones —dijo Mourngrym—. Se teme que el valle de las Sombras sea sitiado en cuestión de días. —Mourngrym miró a Thurbrand—. Contestando a tu pregunta, el antiguo capitán de armas se infiltró en Zhentil Keep y estuvo a punto de morir en su misión destinada a facilitarnos esta información. Está en su alojamiento, recobrándose de las heridas recibidas. Hawksguard acompañará a vuestra delegación a presencia de Elminster mañana después de comer. Esta noche sois mis huéspedes. —Mourngrym bostezó—. Ahora, si me excusáis, creo que había otras razones por las que me han arrancado del tierno abrazo de un sueño muy necesitado. Seguiremos hablando por la mañana.
Los aventureros fueron conducidos a habitaciones separadas, donde los esperaban unos baños humeantes y unas camas blandas. Medianoche salió para tomar un poco de aire y, después de caminar alrededor de la torre, regresó a su dormitorio para estudiar sus hechizos. Pero cuando abrió la puerta, oyó un ligero chapoteo. Alguien estaba en su habitación esperando su regreso.
Abrió la puerta de golpe e iluminó el cuarto con la linterna. Se oyó un grito de asombro cuando la luz iluminó a un hombre corpulento que salía de la bañera del dormitorio para luego correr a por su ropa y sus armas que yacían cerca en un montón.
—Por todos los dioses —murmuró Kelemvor cuando vio quién era el intruso—, Medianoche.
Kelemvor se sacudió como un gato y luego cogió una toalla. Se secó el pecho con cuidado, sobre todo allí donde tenía el corte que había recibido luchando con la araña blanca, ya sano pero todavía algo tierno. Medianoche dejó la linterna sobre una mesita que había junto a la cama y abrió los brazos.
—Ven aquí, Kel, yo te ayudaré.
Vio, a pesar de la tenue luz de la habitación, que él esbozaba una sonrisa.
En los otros cuartos de la torre Inclinada la noche no transcurría de forma tan apacible. A Cyric lo asediaban pesadillas de visiones de la muerte de Brion, que aparecían una y otra vez en su mente mientras dormía. Gritó varias veces, y se despertó bañado en sudor. Cada vez que conciliaba el sueño, volvía la pesadilla.
En otra habitación, Adon permanecía junto a la ventana y contemplaba los tejados del valle de las Sombras. Veía por toda la ciudad los capiteles de los templos, si bien no podía distinguir a qué dioses honraban. Por la mañana, cuando una sirvienta ordinaria llamada Neena llamó a su puerta, él seguía de pie junto a la ventana. Entró y le dejó la ropa que le había dado a los sirvientes para que la limpiasen.
—El desayuno se servirá dentro de poco —dijo la mujer.
Adon ignoró a la muchacha. Después de apartarse el flequillo del ojo, ella tocó el hombro de Adon, pero retrocedió cuando él se volvió con las manos preparadas para darle un golpe mortal. Al comprender que se trataba sólo de una sirvienta, vaciló y guardó silencio. Neena miró el rostro del clérigo, luego se volvió respetuosamente.
Para el corazón destrozado de Adon, aquel gesto había sido peor que cualquier golpe físico.
—Déjame solo —dijo, pero enseguida empezó a prepararse para el desayuno.
Cuando Neena salió de la habitación, Kelemvor estaba al otro lado del pasillo y oyó cómo el clérigo le indicaba a Neena que lo dejase. El guerrero, mientras se volvía para llamar a la puerta de Thurbrand, pensó que Adon tardaría mucho tiempo en curarse interiormente de aquella cicatriz.
—Están a punto de servir el desayuno —informó Kelemvor cuando Thurbrand abrió la puerta.
—Ya me lo han dicho —dijo el hombre calvo—. Puedes marcharte.
Kelemvor pasó por delante del guerrero dándole un empujón y cerró la puerta detrás de él.
—Creo que sería bueno que hablásemos de..., de ti y de tus hombres.
—Aquellos hombres murieron —dijo Thurbrand, y se sentó en la cama—. Son las cosas de la guerra. —El hombre calvo dio una patada a su espada y la envió al otro extremo del cuarto, luego miró a Kelemvor—. Me voy, Kel. Vogt e Isaac se vienen conmigo.
—Sí. Me esperaba algo así.
Thurbrand se pasó una mano por la cabeza sin pelo.
—Vuelvo a Arabel y le contaré a Myrmeen Lhal lo que he visto. Estoy seguro de que retirará las acusaciones.
—¿Acusaciones? ¡Yo pensaba que querían que volviésemos sólo para ser interrogados!
Thurbrand se encogió de hombros.
—No quería alarmarte —dijo—. Quizá debería limitarme a decirle que habéis muerto todos. ¿Lo prefieres?
—Haz como te plazca. Pero no he venido a hablarte de esto. —Kelemvor miró la espada de Thurbrand, ahora en un rincón—. Te sientes culpable por lo que sucedió en el bosque del Nido de Arañas.
—No tiene importancia, Kel. Ya ha pasado. Tengo en mis manos la sangre de toda mi compañía. ¿Acaso puedes limpiarlas con tus palabras de consuelo? —Thurbrand se puso en pie, se dirigió al rincón y recogió la espada—. Es como si los hubiese matado yo mismo. —Blandió la espada en el aire con poco entusiasmo, como si quisiera ahuyentar sus pensamientos—. Además —añadió en voz baja—, hay muchas otras muertes en mi conciencia, aparte de las suyas. Tú ya lo sabes.
Kelemvor guardó silencio.
Una mueca apareció en el rostro de Thurbrand.
—Kel, veo todavía los rostros de los hombres que murieron en mi lugar... en nuestro lugar, muchos años atrás. Sigo oyendo sus gritos. —Thurbrand se detuvo y miró a Kelemvor—. ¿Tú, no?
—A veces —contestó Kelemvor—. Nosotros decidimos no morir, Thurbrand, y es muy difícil vivir con una decisión así. Pero lo que les sucedió a nuestros amigos no tiene nada que ver con la Compañía del Alba. La compañía no tenía más alternativa que seguirnos al bosque. Si se hubiese quedado en la llanura, habrían muerto todos sin posibilidad de defenderse.
Thurbrand le volvió la espalda.
—¿Por qué te preocupa tanto?
Kelemvor se apoyó contra la puerta y suspiró.
—Había una muchacha, poco más o menos de la edad de Gillian, que empezó el viaje con nosotros. Se llamaba Caitlan.
Thurbrand se volvió y miró a Kelemvor, pero el guerrero estaba mirando al vacío, repasando en su mente la muerte de Caitlan.
—Insistió en venir con nosotros y murió cuando se suponía que yo debía protegerla.
—¿Y te sientes culpable? —preguntó Thurbrand.
Kelemvor lanzó un profundo suspiro.
—Se me había ocurrido simplemente que tal vez tuvieses ganas de hablar de la compañía.
—Gillian —dijo Thurbrand al cabo de un rato— parecía bastante joven para ser una aventurera, ¿no te parece?
Kelemvor sacudió la cabeza.
—Más jóvenes los he visto por los caminos.
Thurbrand cerró los ojos.
—Estaba llena de entusiasmo. Su juventud... me devolvía algo de la mía. Quería... no, necesitaba tenerla a mi alrededor. Estaba seguro de que podía protegerla.
Un largo silencio invadió el cuarto, mientras ambos guerreros pensaban en sus compañeros, algunos muertos hacía mucho tiempo, otros muertos hacía sólo unos días.
—Fue decisión suya seguirte —dijo finalmente Kelemvor, luego se volvió para marcharse.
—Y es decisión mía marcharme del valle de las Sombras antes de acabar muerto yo también —dijo Thurbrand suavemente—. A mediodía me iré de aquí.
Kelemvor salió de la habitación sin decir palabra.
Hawksguard sonrió y sacudió la cabeza, incrédulo.
—¿Qué quieres decir con que «no es un buen momento»? No he traído a esta buena gente a la torre de Elminster para que se les dé con la puerta en las narices.
—Lamento que te incomode. Tendréis que volver más tarde. Elminster está llevando a cabo un experimento. Ya sabes lo poco que hace falta para despertar su ira cuando se le interrumpe en momentos semejantes. Y ahora, a menos que queráis veros transformados en tábanos o ser víctimas de un desagradable accidente o cosa similar, os sugiero que os marchéis.
Lhaeo intentó cerrar la puerta, pero algo bloqueaba el camino, como una jamba de más. Hawksguard hizo una mueca de dolor mientras la pesada puerta presionaba su pie con una fuerza mucho mayor de la que el escribiente de Elminster jamás pudiese haber tenido. Pensó que se tenía que tratar de algún encantamiento del mago, luego forzó la puerta y la abrió un poco.
—Ya verás —dijo Hawksguard cuando Kelemvor apareció a su lado y juntos se pusieron a empujar la puerta—. Yo tengo un señor que es desgraciado. Y si yo tengo un señor desgraciado, quiere esto decir que tú tienes un señor desgraciado. Y si nosotros tenemos un señor desgraciado, quiere esto decir...
La puerta se abrió de par en par y Lhaeo se apartó del paso. Hawksguard y Kelemvor fueron impelidos hacia adelante y cayeron uno encima del otro a los pies del escribiente.
—¡Oh, déjalos pasar, no vaya a empezar con esa sórdida y triste historia otra vez! —ordenó una voz familiar.
Medianoche sintió que se sonrojaba con un temor reverencial ante el sonido de la voz de Elminster. El ruido de pasos en una escalera desvencijada era cada vez más fuerte. Luego, un sabio de barba blanca apareció al pie de la escalera y se quedó mirando fijamente a Medianoche. El número de arrugas que rodeaban sus ojos se multiplicaron cuando los entornó como si no diese crédito a lo que veía.
—¡Cómo! ¡Tú de nuevo! ¡Te vi la última vez en las Tierras de Piedra! —dijo Elminster—. Mourngrym ha mandado decirme que me visitaría alguien con un mensaje de importancia. ¿Se supone que eres tú?
Cyric ayudó a Kelemvor a ponerse de pie. Adon permaneció detrás, observando.
Medianoche no permitió que la cólera la dominase.
—Traigo las últimas palabras de Mystra, diosa de la Magia, y un símbolo de su confianza; se trata de un objeto y me dijo que te lo diese junto con el mensaje.
Elminster frunció el entrecejo.
—¿Por qué no me lo dijiste cuando nos vimos aquella primera vez?
—¡Lo intenté! —exclamó Medianoche.
—Es evidente que no lo intentaste lo suficiente —repuso Elminster a la vez que se volvía hacia la escalera y le indicaba con un gesto que lo siguiera—. Supongo que no querrás dejar a este inquietante séquito con Lhaeo mientras me cuentas esa información de vital importancia.
Medianoche respiró hondo.
—Supones bien —aclaró ella—. Han visto lo que yo he visto, y más.
El sabio ladeó la cabeza y empezó a subir la escalera.
—Muy bien —aceptó—, pero si tocan algo, será por su cuenta y riesgo.
—¿Hay objetos peligrosos? —preguntó Medianoche mientras subía la escalera de caracol detrás del sabio.
—Sí —contestó Elminster mirando por encima del hombro—, y yo soy el más peligroso de todos.
A continuación el sabio del valle de las Sombras apartó la mirada y no volvió a hablar hasta que los héroes hubieron subido y entrado en su cámara.
Medianoche estaba convencida de que algo se iba a desprender en ella si se atrevía a dar un paso más dentro del lugar sagrado del apergaminado sabio. Había una ventana delante y los rayos de sol que atravesaban el aire mostraban un pequeño ejército de partículas polvorientas flotando. Dispersos por el modesto alojamiento del sabio había pergaminos y rollos de escritura, textos antiguos y artefactos mágicos.
—Y ahora, dame detalles sobre tu implicación con la diosa Mystra —solicitó Elminster—. Luego me dices su mensaje, exactamente, palabra por palabra.
Medianoche le relató todo lo que había visto, empezando por su encuentro con la muerte en el camino de Arabel y de cómo la salvó Mystra, para acabar con la aparente destrucción de la diosa a manos de Helm.
—Dame el medallón —dijo Elminster.
Medianoche se sacó el medallón por la cabeza y se lo tendió al sabio. Elminster lo pasó por encima de una hermosa esfera de cristal que brillaba con un reflejo ámbar y esperó un momento. Como no pasó nada, el sabio acercó más el medallón a la esfera y tocó ésta con el frío metal de la estrella, a la vez que mantenía el objeto lo más lejos posible de su cuerpo. El globo había sido diseñado para romperse si se acercaba a él algún objeto poderoso; pero nada ocurrió cuando el medallón lo tocó.
Cuando Elminster levantó la mirada tenía los ojos entornados.
—No sirve para nada —dijo, y arrojó el medallón al suelo—. Dentro de esta baratija no hay magia. —Elminster le dio una patada al medallón, que rodó por el suelo para ir a parar a un rincón, de donde se elevó una nube de polvo—. Me has estado haciendo perder el tiempo y la paciencia —añadió—, y no se puede jugar con ninguna de ambas cosas, especialmente en estos tiempos de prueba para el valle.
—Pero en el medallón hay una magia poderosa —dijo Medianoche—. Lo he visto. ¡Todos lo hemos visto!
Y de las bocas de Cyric y Kelemvor empezaron a salir las historias que habían vivido. Elminster miró a Hawksguard con hastío.
—¿Esto es todo? —dijo Elminster—. Ahora podéis marcharos y dormid tranquilos porque la protección del valle está en manos de quienes piensan en lugar de hacer perder el precioso tiempo de sus defensores con cuentos y fantasías de los que ni siquiera tienen pruebas.
Medianoche se puso de pie, mirando horrorizada al sabio anciano.
—Vámonos —dijo Kelemvor—. Aquí ya no podemos hacer nada más.
—Así es —dijo Elminster—. ¡Fuera de aquí!
De pronto, el medallón saltó del rincón donde se hallaba y quedó suspendido en el aire junto al anciano. La mirada de Elminster se posó de nuevo en Medianoche y ésta notó que una ola de indignación le subía al rostro.
—No tengo ningún interés en que me hagas una pequeña demostración de tu magia —dijo Elminster en voz baja y mesurada—. De hecho, en estos tiempos es bastante peligroso.
El medallón empezó a dar vueltas en el aire. Unos nítidos rayos de luz se movieron por su superficie y empezaron a salir de la estrella.
—¿Y ahora qué es esto? —quiso saber Elminster.
Vieron un relámpago cegador y se formó un capullo de luz azul y blanca alrededor del sabio, que desapareció de la vista. De dentro del capullo surgió algo que parecía un torbellino ámbar y que quemó las puntas de aquél. Unos segundos después, el capullo se disolvió en medio de una humareda y los rayos de luz color ámbar desaparecieron.
—Tal vez deberíamos seguir hablando —dijo Elminster a Medianoche, a la vez que cogía el medallón en el aire.
Hawksguard se adelantó.
—Quisiera decir unas palabras, gran sabio —dijo respetuosamente.
—Se te han ocurrido ya o tendré que adivinarlas —murmuró el sabio. Hawksguard se paralizó un momento, luego se echó a reír a carcajadas. Elminster miró al techo—. ¿Qué? ¿Acaso no ves que estoy ocupado?
Hawksguard persistió.
—Elminster, lord Mourngrym quisiera hablar brevemente contigo sobre las defensas con las que has atestado la torre Inclinada.
—¿Ahora? —preguntó Elminster—. ¿Dónde está? Dile que pase.
Los músculos del rostro de Hawksguard se retorcieron en una mueca.
—No está aquí.
—Esto es un problema, ¿no te parece?
El rostro de Hawksguard estaba enrojeciendo.
—Me ha enviado a buscarte, buen señor.
—¿A buscarme? ¿Soy un perro, acaso? ¡Con todo lo que he ayudado a ese hombre!
—¡Buen Elminster, estás volviendo mis propias palabras contra mí!
El sabio reflexionó un momento.
—Supongo que iré. Pero hoy no puedo ausentarme. Tengo en marcha unos elementos que debo vigilar atentamente. —Elminster hizo un gesto a Hawksguard—. Acércate, tengo un mensaje para nuestro señor.
Mientras se acercaba, las comisuras de los labios de Hawksguard se abrieron en una mueca.
—¡No irás a tatuarlo en mi carne!
—¡Claro que no! —exclamó Elminster.
—¿O a convertirme en algún animal sobrenatural y luego lanzarme a los vientos para que pueda ir repitiendo el mensaje a todos los que pueda encontrarme hasta llegar a presencia de lord Mourngrym?
Elminster se frotó la frente y lanzó una maldición.
—¿De dónde he sacado esta reputación? —dijo con voz ausente. Hawksguard iba a contestar cuando los arrugados dedos del mago se movieron en el aire delante de él en demanda de silencio. Elminster miró a Hawksguard a los ojos.
—Dile que estoy terriblemente ocupado preparando la defensa mística de este reino. Si he colocado guardias en la torre Inclinada ha sido por su propio bien, y debe aceptarlos como tal.
Hawksguard sudaba debajo de su armadura.
—¿Eso es todo?
Elminster hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Vosotros tres, acercaos.
Kelemvor, Cyric y Adon cruzaron con cautela la sala de punta a punta.
—Cada uno de vosotros ha sido testigo de hechos que muy pocos conocerán jamás. ¿De qué parte estáis en la defensa del valle?
El trío no se movió. Kelemvor miró a Medianoche, la cual apartó los ojos.
—¿Estáis sordos? ¿Estáis con el valle o no?
Adon dio un paso adelante.
—Yo quiero luchar —afirmó.
Elminster miró al joven clérigo, intrigado.
—Y ahora vosotros.
Kelemvor seguía mirando a Medianoche. Su mirada le indicó que no tenía intención de abandonar aunque hubiese cumplido su parte del acuerdo con la diosa. Se puso furioso. No quería quedarse, pero no podía decidirse a dejar a Medianoche.
—Hemos llegado hasta aquí. Bane ha tratado de matarnos. Combatiré si hay una recompensa.
—Serás recompensado —dijo Elminster fríamente.
A medida que el silencio en la sala adquiría proporciones épicas, Cyric sentía como si una mano estuviese aferrándose a su corazón. Medianoche lo miró. Había algo en sus ojos. Cyric se acordó de Tilverton y de cómo habían estrechado su mutua amistad durante el viaje.
—Lucharé —decidió finalmente Cyric. Medianoche apartó la mirada—. De todas formas, no tengo nada mejor que hacer.
Elminster fulminó a Cyric con la mirada, luego la apartó.
—Todos vosotros os habéis enfrentado a los dioses y habéis sobrevivido. Habéis visto su debilidad y su fuerza con vuestros propios ojos. Esto es importante para esta batalla. Quienes combatan deben saber que se puede conquistar al enemigo, que incluso los dioses pueden morir.
Adon se encogió de miedo.
Elminster siguió hablando, ahora en voz baja:
—Sabréis que hay unas fuerzas que son mayores que el hombre o el dios, de la misma forma que hay mundos dentro y mundos fuera...
Era poco después de mediodía cuando Hawksguard, Kelemvor y Cyric dejaron a Elminster. Adon quería ir con ellos, pero incluso Kelemvor estuvo de acuerdo en que no estaba en condiciones de combatir. A Cyric le hizo gracia el deseo de Adon de derramar sangre, pero se guardó ese regocijo para sí. Sabía que no se podía confiar en él para la batalla a la que se iban a enfrentar; a Adon parecía importarle cada vez menos su propia supervivencia y sería el último hombre que cualquier soldado querría para protegerle las espaldas.
A medio camino de la torre Inclinada, Cyric empezó a hacerse preguntas sobre sus razones para contribuir a la defensa de la ciudad. Allí no había nada para él, salvo, quizás, una muerte rápida. Si era esto lo único que deseaba, había modos más fáciles de encontrarla. Un paseo por las calles de Zhentil Keep en medio de la noche lo recompensaría sin duda alguna con esta suerte. O quizá deseaba poner a prueba su valor frente al dios que ya había tratado de matarlo una vez.
«Nosotros cuatro nos hemos enfrentado a un dios y hemos sobrevivido, incluso sin la ayuda de Mystra, —pensó—. ¡Imagínate si hubiésemos logrado matar a un dios! Se cantarían nuestros nombres en baladas que los trovadores recitarían a lo largo de cientos de años.»
Incluso después de haber llegado a la torre Inclinada y mientras esperaban que lord Mourngrym hiciese acto de presencia, las palabras de Elminster seguían obsesionando a Cyric. Sin la presencia de los dioses en las Esferas, las leyes mágicas y físicas se estaban desmoronando. Todos los Reinos podían sucumbir. ¿Qué podía salir de las cenizas?, pensó Cyric. ¿Y quiénes serían los dioses del futuro impredecible?
Apareció Mourngrym y Hawksguard repitió las palabras de Elminster. Kelemvor y Cyric brindaron su ayuda y al anochecer les habían dado el papel que iban a desempeñar en la batalla. Kelemvor fue destinado, con Hawksguard y la mayoría de las fuerzas de Mourngrym, al límite oriental, por donde se suponía iban a atacar las tropas de Bane. Cyric fue requerido para defender el puente sobre el Ashaba y para ayudar a los refugiados que abandonaban el lugar por el río en busca de un lugar seguro en el valle del Tordo. Los arqueros ya estaban tomando posiciones en el bosque que había entre Voonlar y el valle de las Sombras y se estaban tendiendo trampas para las tropas de Bane.
Aun cuando Mourngrym creía haber organizado a sus fuerzas del modo más eficaz para contraatacar al ejército de Zhentil Keep, de mayor fuerza que el suyo, el señor del valle estaba preocupado por el lugar de Elminster en la próxima batalla.
—Supongo que Elminster sigue creyendo que el grueso de la batalla tendrá como escenario el templo de Lathander —dijo Mourngrym tristemente—. Necesitamos su ayuda en la frontera. ¡Por Tymora!, que tenemos que conseguir que este hombre entre en razón.
—Me temo que seríamos los primeros en hacerlo —dijo Hawksguard, acompañando sus palabras con una amplia sonrisa.
Mourngrym se rió.
—Quizá tengas razón. Elminster siempre se ha erigido en defensor del valle, es cierto, pero la recompensa mayor de mi vida sería captar, aunque sólo fuese una vez, un indicio del razonamiento de ese hombre antes de que se decida a revelarlo.
Ante el comentario del señor del valle, tanto Kelemvor como Hawksguard se rieron a carcajadas. Cyric se limitó a mover la cabeza. Por lo menos Kelemvor ya no estaba taciturno. De hecho, aquella camaradería con Hawksguard hacía que pareciese incluso contento de estar allí.
Pero Cyric no estaba de buen humor para las bromas del guerrero y, por consiguiente, salió discretamente de la sala del trono. Mientras el ladrón se dirigía a su habitación para prepararse para la cena, comprobó que los pasillos de la torre Inclinada bullían de actividad.
Después de cambiarse de ropa, el ladrón se dispuso a salir de la habitación. Mientras caminaba hacia la puerta, su bota resbaló en la madera del suelo, donde había una mancha. Recobró el equilibrio y miró hacia abajo. Se preguntó si alguna de las vacas torpes que allí en la torre llamaban «sirvientas» no habría derramado algo y luego se habría considerado demasiado fina para limpiarlo. Pero allí, en el centro de la habitación, había una mancha que parecía sangre.
Con dedos temblorosos Cyric se agachó y tocó la mancha roja. Empapó un dedo en el líquido y luego se lo llevo a la lengua, para comprobar de qué se trataba.
Algo estalló en su cerebro y notó que su cuerpo se estrellaba contra la pared más alejada para luego caer sobre la cama. Apenas era consciente del daño que había causado a la pared o el que se había infligido a sí mismo, pero sus percepciones bailaban en medio de una fantástica neblina de visiones y sonidos. Le costaba separar las ilusiones de la realidad.
De lo único que estaba seguro era de que alguien había entrado en la habitación y cerrado la puerta con llave.
Antes de perder el conocimiento, Cyric se dio cuenta de que el hombre se estaba riendo.
Lo que sintió después fue un extraño sabor en la boca, como a almendras amargas. Tenía la garganta seca y el sudor le entraba en los ojos. Llegó a sus oídos el ruido de su propia respiración, desapacible y entrecortada. Tenía la impresión de que tenía la carne hecha jirones. Recuperó de pronto la vista y el oído y se encontró tumbado en la cama, en cuyo borde había sentado un hombre de pelo gris que no lo miraba.
—No trates de moverte todavía —dijo el hombre—. Has sufrido una conmoción bastante fuerte.
Cyric intentó hablar, pero tenía la garganta áspera y empezó a toser, lo cual no hizo otra cosa que causarle más dolor.
—Túmbate —le dijo el hombre. Cyric notó como si algo estuviese empujando su espalda contra la cama—. Tenemos mucho de que hablar. No podrás elevar el tono de voz más allá de un susurro, pero no te preocupes. Mis sentidos son muy agudos.
—Marek —dijo Cyric, casi en un graznido. Aquella voz era inconfundible—. ¡No puede ser! Estabas encarcelado en Arabel.
Marek volvió el rostro hacia Cyric y se encogió de hombros.
—Me escapé. ¿Has oído alguna vez que una mazmorra haya podido retenerme?
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Cyric, después de ignorar las fanfarronadas del hombre.
—Bien... —empezó a decir Marek, luego se levantó de la cama—. Iba de regreso a Zhentil Keep. Me cansé y decidí reposar. La documentación que tengo, la misma que me facilitó la entrada a Arabel, se la quité a un soldado en las afueras de Hillsfar; de hecho, un mercenario profesional a quien nadie echará de menos.
»Afirmé que regresaba a unirme al conflicto entre Hillsfar y Zhentil Keep, cosa que imaginé que la gente del valle de las Sombras vería como una empresa dignísima. Tenía la certeza de que mi coartada estaba asegurada. No sabía que el valle de las Sombras se estaba preparando para una guerra con Zhentil Keep y..., ¡los guardias me pidieron que me uniese a su maldito ejército!
—¿Qué pasó con tu escondite de objetos mágicos, de los que tanto fanfarroneabas en Arabel? ¿No podías utilizarlos para escapar de los guardias? —preguntó Cyric.
—Me vi obligado a dejarlos casi todos en Arabel —contestó Marek—. ¿Piensas que te voy a atacar? No seas estúpido. He venido aquí para hablar contigo.
—¿Cómo has entrado en la torre?
—Por la puerta principal. Recuerda que ahora soy miembro de la guardia.
—Pero ¿cómo sabías que yo estaba aquí?
—No lo sabía. Todo ha sido pura casualidad, como de hecho lo es todo en la vida. Cuando los guardias trataban de convencerme de que, aunque la idea no hubiese surgido de mí, el unirme a su ejército me beneficiaría, me describieron a un pequeño grupo de aventureros que habían llegado al valle, que se hospedaban en la propia torre Inclinada por la ayuda que iban a prestar a la ciudad. Por muy extraño que te parezca, parte del grupo me recordó a la banda con la que te fuiste de Arabel. Después de esto, no me ha resultado difícil encontrarte.
»Por cierto, te pido disculpas por los efectos de la poción que te ha hecho perder el sentido. A decir verdad, logré conservar un objeto mágico, este medallón —dijo Marek, y sacó un pesado medallón de oro que estaba abierto. Salió de él una gota de líquido rojo que parecía sangre y que cayó al suelo. Cuando el líquido tocó la madera se oyó una especie de siseo.
»Hace unas horas me han acompañado hasta aquí y me han dicho que podía esperar. Como no llegabas, empezaba a aburrirme. Advertí que el cierre del medallón estaba a punto de romperse y, cuando me puse a examinarlo, se rompió y se derramó un poco en el suelo. Fue entonces cuando llegaste. Como al principio no estaba seguro de que fueses tú, me escondí en el armario. Luego probaste la poción y, bueno, aquí estás.
—¿Qué pretendes hacer? —preguntó Cyric—. ¿Vas a desenmascararme, como hiciste en Arabel?
—Por supuesto que no —contestó Marek—. Si así lo hago, ¿qué te impide a ti desenmascararme a mí? Éste, precisamente, es el motivo de mi visita, ¿comprendes? Me gustaría que guardases silencio hasta después de la batalla.
—¿Por qué?
—Me escaparé en el transcurso de la batalla. Me cambiaré de bando y volveré a Zhentil Keep con los vencedores.
—Los vencedores —repitió Cyric con voz ausente.
Marek se echó a reír.
—Mira a tu alrededor, Cyric. ¿Tienes idea de cuántos hombres han reunido en Zhentil Keep? A pesar de los preparativos, a pesar de la ventaja del bosque que hay entre este lugar y Voonlar, el valle de las Sombras no tiene posibilidad alguna. Si fueses mínimamente inteligente, me seguirías fuera de aquí, seguirías inmediatamente mis pasos.
—Ya me dijiste lo mismo en una ocasión —replicó Cyric.
—Te ofrezco la salvación —repuso Marek—. Te ofrezco una oportunidad para volver a la vida para la que has nacido.
—No —dijo Cyric—. No volveré jamás.
Marek movió la cabeza con tristeza.
—En ese caso, morirás en este campo de batalla. ¿Y para qué? ¿Acaso es tu guerra? ¿Cuál es tu interés en todo esto?
—Algo que tú no comprenderías —contestó Cyric—. Mi honor.
Marek no pudo contener la risa.
—¿Honor? ¿Dónde está el honor en convertirse en un cadáver, sin nombre y sin rostro, que acabará pudriéndose en un campo de batalla? Este tiempo alejado de la cofradía te ha transformado en un estúpido. ¡Me avergüenzo de haberte llegado a considerar como a un hijo!
Cyric se puso lívido.
—¿Qué quieres decir?
—Pues lo que he dicho, ni más ni menos. Te recogí siendo tú un niño, te crié, te enseñé todo lo que yo sé. —Marek hizo una mueca de burla y desprecio—. Es inútil. Eres demasiado mayor para cambiar, al igual que yo.
Marek se volvió para marcharse.
—Tenías razón, Cyric.
—¿Sobre qué?
—En Arabel, cuando dijiste que actuaba por mi cuenta. Tenías razón. A la cofradía le importa un bledo si vuelves o no. Era yo quien quería que volvieses. De no haber sido por mi insistencia para que intentásemos hacerte volver, ellos se habrían olvidado de que existes hace mucho tiempo.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no me importa —contestó Marek—. No eres nada para mí. El desenlace de esta batalla es indiferente, no quiero volver a verte. Tu vida es tuya, haz con ella lo que quieras.
Cyric guardó silencio.
—Los efectos de esta poción son desconcertantes. Es posible que experimentes algún delirio antes de que remita la fiebre. —Marek cogió el medallón y lo dejó sobre la cama junto a Cyric—. No quisiera que olvidases esta conversación como si fuese un matutino sueño febril.
La mano de Marek estaba posándose sobre el picaporte de la puerta cuando oyó ruido de movimiento procedente de la cama de Cyric.
—Échate, Cyric. Puedes hacerte daño —le dijo, antes de que la daga de Cyric se introdujese en su espalda.
El ladrón vio a su antiguo mentor caerse al suelo. Momentos después, aparecían en la puerta Mourngrym y Hawksguard, con un par de guardias.
—Un espía —explicó Cyric con voz ronca—. Ha tratado de envenenarme... y luego ha querido sonsacarme a cambio del antídoto. Lo he matado y se lo he cogido.
Mourngrym asintió.
—Parece que ya me estás sirviendo bien —dijo.
Se llevaron el cuerpo y Cyric volvió a la cama. Durante un buen rato, mientras el veneno del medallón hacía efecto en su organismo, estuvo como a caballo de la realidad y la fantasía. Le parecía estar atrapado, medio despierto, medio dormido, tenía visiones.
Era un niño en las calles de Zhentil Keep, estaba solo y huía de sus padres que trataban de venderlo como esclavo para pagar sus deudas. Luego estaba de pie delante de Marek y de la cofradía de los Ladrones mientras lo juzgaban, a él, un muchachito andrajoso y ensangrentado que habían encontrado en la calle y que robaba para sobrevivir; con su veredicto había entrado a formar parte de la cofradía.
Pero, como era de esperar, Marek abandonó a Cyric cuando más lo necesitaba; cuando la cofradía lo marcó como condenado a ser ejecutado y se vio obligado a huir de Zhentil Keep.
Abandonado.
Siempre abandonado.
Las horas pasaban y Cyric se levantó de la cama. La neblina roja se elevó y desapareció de delante de sus ojos. Se le había enfriado la sangre y la respiración se había vuelto regular. Estaba demasiado agotado para permanecer despierto, de modo que volvió a desplomarse sobre la cama y se rindió al tierno abrazo de un profundo sueño libre de pesadillas.
—Soy libre —murmuró en la oscuridad—, ¡libre!
Adon se marchó de la morada de Elminster a avanzada hora de la noche, al mismo tiempo que el escribiente, Lhaeo. A decir verdad, el anciano, cuando envió al hombre a contactar a los Caballeros de Myth Drannor, se mostró preocupado por él. La comunicación mágica con el este quedó interrumpida y, armado de las recomendaciones de Elminster, el escribano iba a tener que ir a caballo a entregar el mensaje a los Caballeros.
—Hasta que nos volvamos a ver —dijo Elminster, para luego quedarse mirando cómo se alejaba su escribiente.
Adon, por su parte, se alejó caminando sin que el sabio dijese una palabra o hiciese gesto alguno. Estaba a media pendiente cuando Medianoche lo alcanzó y le dio una bolsita de oro.
—¿Para qué es esto? —quiso saber Adon.
Medianoche sonrió.
—Tus finas sedas han quedado destrozadas en el viaje —explicó—. Deberías reponerlas.
Apretó el oro en las frías manos del clérigo y procuró calentarlas entre las suyas. Para el clérigo era dolorosamente evidente la tensión de la que había sido víctima durante el día y que la había dejado sin aliento. Elminster había permitido que Medianoche, además de tratar de sonsacarle las respuestas a algunos de los misterios que la habían asediado en el transcurso del viaje, participase en algunos ritos menores de conjuro. Pero no en todos los casos, como cuando Medianoche fue excluida aquella noche de las ceremonias privadas de Elminster.
Cuando Medianoche llamó a Adon para recordarle que debía regresar por la mañana, las tinieblas ya lo envolvían.
Adon estuvo a punto de echarse a reír. Lo habían instalado en un cuarto diminuto y le habían dado para leer un montón de libros de antiguo saber popular a fin de que pudiese encontrar alguna referencia al medallón que había recibido Medianoche. Adon argumentó que era un regalo de la diosa. Forjado con los fuegos de su imaginación. ¡No existía antes de que ella le diese vida!
—Pero ¿y si no es así? —dijo Elminster con los ojos brillantes.
Pero Adon no era ciego. Entremezcladas en los relatos populares que le habían dado, había historias acerca de clérigos que habían perdido la fe para luego recobrarla.
Adon pensó que nunca comprenderían. Sus dedos tocaron la cicatriz que recorría su rostro y se pasó la velada reviviendo el viaje en un intento de localizar exactamente en qué punto había cometido una afrenta tan grande contra la diosa como para merecer que ella lo abandonase en el momento en que más la necesitaba.
Para cuando cayó en la cuenta de donde se hallaba, Adon se asombró al comprobar lo lejos que había llegado. Estaba mucho más allá de la torre Inclinada y sobre su cabeza estaba el rótulo de la posada La Calavera de los Tiempos. Llevaba el oro que le había dado Medianoche todavía apretado en la palma de la mano y lo deslizó en un bolsillo antes de entrar en el edificio de tres plantas.
El bodegón estaba atestado y lleno de humo. A Adon le preocupaba encontrar baile y alborozo, pero se sintió aliviado al ver que la gente del valle de las Sombras estaba tan absorta en sus problemas como él. La mayoría de los clientes de la posada eran soldados o mercenarios que habían acudido a La Calavera de los Tiempos para matar el tiempo antes de la batalla. Adon se fijó en una pareja joven que estaba en el extremo del mostrador y se reía de alguna broma.
Adon se sentó con un codo apoyado en el mostrador y con el rostro descansando en la mano abierta, en un intento de ocultar la cicatriz.
—¿Con qué espíritus vas a pelearte esta noche?
Adon levantó la vista y vio a una mujer de unos cincuenta y pico años, con un vivo y agradable color en las mejillas. Estaba de pie detrás del mostrador y esperaba pacientemente a que el clérigo contestase. Cuando la única comunicación fue un lastimero y mortecino parpadeo de sus ojos, ella sonrió y desapareció. A su regreso llevaba un vaso lleno de un denso brebaje violeta que centelleaba despidiendo rayos de luz. En la bebida, negándose a subir a la superficie, daban vueltas unos trozos de hielo rojo y ámbar.
—Prueba esto —dijo ella—. Es la especialidad de la casa.
Adon levantó la bebida y un dulce aroma penetró en su nariz. Miró la bebida de soslayo y la mujer lo animó con un gesto. Adon tomó un sorbo y tuvo la sensación de que todas y cada una de las gotas de sangre de su cuerpo se convertían en hielo. La piel se le puso tirante contra los huesos y un fuego ardiente atravesó su pecho. Con dedos temblorosos, trató de posar la bebida, la mujer sonrió y lo ayudó en la tarea.
—En nombre de Sune, ¿qué hay aquí dentro? —preguntó Adon, que respiraba con dificultad y le daba vueltas la cabeza.
La mujer se encogió de hombros.
—Un poco de esto, un poco de aquello. Y un mucho de otra cosa.
Adon se frotó el pecho y trató de recobrar el aliento.
—Me llamo Jhaele, Melena de Plata —dijo la mujer—. ¿Y quién es...?
Adon oyó un ligero silbido procedente del mostrador. Uno de los cubitos de hielo se estaba deshaciendo y unas franjas color ámbar flotaban por el líquido.
—Adon de Sune —se oyó decir Adon, para desear al instante retirar aquellas palabras.
—Un feo corte tienes ahí, Adon de Sune. Hay curadores poderosos en el templo de Tymora que podrían ayudarte. Cuentan con un buen surtido de pociones curativas. ¿Todavía no los has visitado?
Adon sacudió la cabeza.
—¿Cómo te has hecho esta marca? ¿Por accidente o a propósito?
Adon sintió un hormigueo por toda su piel.
—¿A propósito? —dijo.
—Muchos guerreros llevan una marca así como señal de valor, de servicio a la justicia. —Sus ojos eran luminosos y claros. Todas y cada una de las palabras que decía tenían un significado.
—Sí —dijo el clérigo sarcásticamente—. Fue algo así.
Adon volvió a coger el vaso y tomó otro sorbo. En esta ocasión se quedó aturdido y notó un zumbido en los oídos. Luego también pasó esta sensación.
—¡Un brindis! —gritó alguien.
La voz estaba peligrosamente cerca. Adon se dio media vuelta y vio a un extraño que levantaba una jarra sobre su cabeza. Tenía la melena gris e hirsuta y parecía ser veterano de muchos conflictos. Levantó su mano y le dio a Adon una palmada en el hombro.
—¡Un brindis por un guerrero que se ha enfrentado a las fuerzas del mal y las ha abatido al servicio del valle!
Adon trató de intervenir, pero se produjo un enorme estruendo cuando todos los hombres y mujeres que había en la posada lo saludaron. Después de esto, muchos fueron los que se acercaron y le dieron palmadas en la espalda. Nadie retrocedió ante la mellada cicatriz que marcaba su rostro. Intercambiaron historias de batallas y Adon se sintió como en casa. Al cabo de una hora aproximadamente, el taburete que había junto a él arañó el suelo y una encantadora camarera, joven y de cabello color carmesí, se sentó a su lado.
—Por favor, me gustaría estar solo —dijo Adon con la cabeza agachada. Pero cuando levantó la vista, la mujer seguía allí—. ¿Qué pasa? —preguntó cuando cayó en la cuenta de que ella estaba mirándole la cicatriz. Se volvió y se tapó una parte del rostro con la mano.
—Tú, hermoso, no necesitas esconderte de mí —dijo ella.
Adon miró a su alrededor para ver con quién estaba hablando, pero la mujer lo estaba mirando a él.
Adon le devolvió la mirada a regañadientes. El cabello de la mujer era espeso y rojo, con gruesos rizos que le llegaban a los hombros y enmarcaban los suaves contornos de su rostro. Los ojos eran de un azul suave y penetrante, y su maliciosa sonrisa era sostenida por unos rasgos elegantemente cincelados. Su ropa era sencilla, sus modales sencillos, su porte real.
—¿Qué quieres? —preguntó Adon en voz baja.
Los ojos de la mujer se iluminaron.
—Bailar.
—No hay música —replicó Adon a la vez que sacudía la cabeza.
Ella se encogió de hombros y tendió la mano.
Adon se volvió y se puso a mirar las profundidades del vaso que había vuelto a llenarse. La mujer dejó caer la mano a un costado y volvió a sentarse junto a Adon. Él acabó mirándola de nuevo por encima del hombro.
—Supongo que, por lo menos, tendrás un nombre —dijo la mujer.
Adon se volvió hacia ella con expresión ensombrecida.
—No tienes nada que hacer aquí. Vete a tus obligaciones y déjame solo.
—¿Solo para sufrir? —replicó—. ¿Solo para ahogarte en un mar de autocompasión? Una actitud poco adecuada para un héroe.
Adon estuvo a punto de quedarse sin respiración.
—¿Eso es lo que piensas que soy? —dijo con una mueca de burla y desprecio en su rostro.
—Me llamo Renee —dijo ella, a la vez que volvía a tenderle la mano.
Adon estrechó su mano a modo de saludo e intentó hacerlo con firmeza.
—Yo soy Adon —dijo—: Adon de Sune. Y soy cualquier cosa menos un héroe.
—Deja que sea yo quien te juzgue, querido —dijo ella, para luego acariciar su mejilla como si la cicatriz no existiese. Su mano descendió por el cuello, el pecho y el brazo, hasta tomar su mano en las suyas y pedirle que le contase su historia.
Adon, aunque de mala gana y con poca emoción en la voz, volvió a contar la historia de su viaje desde Arabel. Se lo explicó todo, salvo los secretos que sabía de los dioses, que se guardaba para sí en vistas a considerarlos con especial cuidado.
—Eres un héroe —le dijo ella y le dio un beso en los labios—. Tu fe ante semejante adversidad debería hacerse pública y convertirse en inspiración para otros.
Un soldado que estaba cerca se echó a reír y Adon estuvo seguro de que era él el objeto de la broma. Se apartó de la muchacha y arrojó algunas monedas de oro sobre el mostrador.
—¡No he venido aquí para que se burlen de mí! —exclamó, furioso.
—Yo no pretendía...
Pero Adon ya se estaba abriendo paso entre los aventureros y soldados que abarrotaban la posada. Una vez en la calle, caminó una manzana antes de apoyarse contra la pared de una tiendecita. En la puerta había un rótulo de metal con un nombre y, gracias a la luz de la luna, Adon se vio reflejado en el metal. Por un instante la cicatriz apenas fue visible, pero cuando levantó los dedos hasta la rugosa piel, vio su imagen deformada, su rostro alargado de forma que la cicatriz parecía ser peor de lo que era en realidad. Volvió la espalda al rótulo y maldijo a sus fatigados ojos por traicionarlo.
Mientras caminaba por la ciudad, Adon se puso a pensar en la mujer, Renee, y en su pelo rubio tan parecido al de Sune. Su actitud para con la mujer había sido vergonzosa. Sabía que debía disculparse. En su camino de regreso al mesón, lo paró una patrulla, que lo dejó seguir casi al instante.
—Recuerdo esta cicatriz —dijo uno de ellos.
El pesimismo se apoderó de Adon. Cuando llegó a la posada La Calavera de los Tiempos, y después de unos minutos de deambular por la sala, volvió a sentarse en el mismo taburete de antes y llamó la atención de Jhaele, Melena de Plata, con un gesto. Le contó lo que había ocurrido con una mujer pelirroja llamada Renee, una mozuela que hacía de sirvienta. Jhaele se limitó a señalar con la cabeza un rincón oscuro de la habitación.
Renee estaba allí, sentada junto a otro hombre. Los seductores gestos que hacía con éste eran similares a los que había usado con Adon. Ella levantó la vista, vio a Adon mirándola y apartó la mirada.
—Ha debido de oler oro en ti —dijo Jhaele, y Adon comprendió de pronto el verdadero propósito de Renee cuando estaban en el mostrador.
Pasó un momento y ya estaba de nuevo en la calle; la ira amenazaba con consumirlo. A cierta distancia vio los capiteles de un templo y se encaminó hacia él. Volvió a cruzarse con la patrulla.
Pensó en los curanderos del templo. Quizá sus pociones fueran lo bastante fuertes como para quitarle la cicatriz.
El templo de Tymora en el valle de las Sombras era muy diferente del de Arabel. Adon pasó entre un impresionante grupo de pilares; en la parte alta velaban unos pequeños fuegos encendidos. La puerta de doble hoja del templo estaba desatendida; a un lado, delante mismo, había un brillante gong. Adon se estaba acercando a la puerta cuando salió una voz de la oscuridad, detrás de él.
—¡Eh, tú!
Adon se volvió y se encontró cara a cara con la misma patrulla con la que había hablado en la calle de La Calavera de los Tiempos.
—Aquí pasa algo —dijo Adon—. El templo está en silencio y el centinela no está por ninguna parte.
Los jinetes desmontaron. Eran cuatro hombres, cuyas armaduras habían sido deslustradas para aprovechar completamente la protección de la noche.
—Échate a un lado —dijo un hombre fornido mientras pasaba como un rayo por delante de Adon.
El soldado abrió las pesadas puertas y volvió el rostro, un hedor de muerte brotaba del interior del templo.
Adon sacó su destrozado pañuelo de seda y se lo puso delante del rostro antes de introducirse en el templo junto con uno de los guardias. Los dos hombres se quedaron boquiabiertos ante la escena que tenían delante.
Había como una docena de personas en el templo, todas salvajemente asesinadas. El altar principal estaba volcado y el símbolo de Bane aparecía pintado en las paredes con la sangre de los clérigos asesinados. Por los fuegos que todavía ardían en los braseros y el olor persistente del templo, Adon dedujo que la profanación se habría producido hacía menos de una hora.
Adon advirtió, aliviado, que no había niños. El guardia que lo acompañaba se mareó y se desplomó sobre sus rodillas. Cuando se levantó, vio al joven clérigo entre las filas de bancos y en las gradas del altar situado sobre una tarima. Adon estaba cambiando a los muertos de la espantosa posición en que los habían dejado sus agresores y los estaba colocando en el suelo. Luego arrancó las cortinas de seda que había detrás del altar y cubrió con ellas los cuerpos lo mejor que pudo. El guardia se acercó a él con las rodillas temblorosas. Oyeron ruido y movimientos fuera y el grito de espanto que lanzaron los otros guardias cuando vieron aquel horror dentro del templo.
—Quizás haya más —advirtió Adon, señalando la escalera que conducía a la zona interior del templo.
—¿Con vida? —dijo el guardia—. ¿Otros... pero vivos?
El clérigo no contestó, pues en cierta forma presentía lo que iban a encontrar. De una cosa estaba seguro, de que no podía esperar hacerse con las preciosas pociones curativas de las que había oído hablar.
Adon se quedó en el templo incluso después de que el hedor se hizo insoportable para los demás. Intentó rezar por los muertos, pero las palabras no salieron de su boca.
Kelemvor dio la espalda a la ventana. Había ido a la habitación de Medianoche pero ella no había regresado de la casa de Elminster. Volvió a su cuarto, pasó el tiempo sin poder conciliar el sueño. Acarició por un momento la idea de coger un caballo y dirigirse a la torre de Elminster para enfrentarse a Medianoche, pero sabía que sería tiempo perdido.
Luego, mirando por la ventana de la torre, vio llegar a la maga. El guerrero observó cómo pasaba por delante de la guardia y entraba en la torre Inclinada. Al cabo de unos instantes, llamaron a la puerta. Kelemvor se sentó en el borde de la cama y se cubrió el rostro con las manos.
—¿Kel?
—Sí —contestó—. Entra.
Medianoche penetró en el cuarto y cerró la puerta.
—¿Quieres que encienda una linterna? —preguntó.
—Has olvidado lo que soy —contestó Kelemvor—. A la luz de la luna tus rasgos son tan puros como si los contemplase a mediodía.
—No he olvidado nada —respondió la maga.
Medianoche llevaba una capa larga y suelta, un cambio más que adecuado por la que había perdido. Unas llamas saltaban por la superficie del medallón. A Kelemvor le sorprendió ver que lo había recuperado, pero no tenía interés en preguntarle cómo.
Medianoche se quitó la capa y se plantó delante del guerrero.
—Creo que deberíamos hablar —dijo.
Kelemvor hizo un lento gesto de asentimiento con la cabeza.
—Sí. ¿Por dónde empezamos?
Medianoche se pasó las manos por su largo pelo.
—Si estás cansado...
Kelemvor se puso en pie.
—Estoy cansado, Ariel.
—No me llames así.
Kelemvor se arredró.
—Medianoche —dijo, y a la vez suspiró profundamente—: Yo suponía que nos íbamos a marchar juntos de este lugar. Que transmitirías el aviso que te había confiado Mystra, que daríamos este asunto por finalizado y seríamos libres de una vez por todas.
Medianoche se rió breve pero cruelmente.
—¿Libres? ¿Acaso tú o yo conocemos la libertad, Kel? Toda tu vida ha estado regida por una maldición contra la que no puedes hacer nada; y a mí los mismísimos dioses me han tomado por una imbécil.
Se apartó de él y se apoyó contra una cómoda.
—Kel, no puedo huir de esto. Tengo una misión que cumplir de la que soy responsable.
Kelemvor se acercó a ella y le hizo dar media vuelta para mirarla a la cara. La sujetó con brusquedad por los hombros.
—¿Responsable con quién y ante quién? ¿Con unos extraños que te escupirían en la cara aunque entregases tu vida para salvarlos?
—¡Para con los Reinos, Kelemvor! ¡Mi responsabilidad es para con los Reinos!
Kelemvor la soltó.
—En ese caso, parece que no nos queda mucho por decir.
Medianoche cogió su capa.
—No se trata sólo de la maldición, ¿verdad? Todo y todos tienen su precio. Tus condiciones van más allá de lo que yo puedo soportar, Kel. No puedo entregarme a alguien que no está dispuesto a hacer lo mismo por mí.
—¿Dé qué estás hablando? ¿Acaso me he marchado de aquí? ¿Acaso te he dejado? Mañana iniciaremos los preparativos para la guerra. Es muy probable que no vuelva a verte hasta que la batalla haya terminado. Es decir, si sobrevivo.
Reinó el silencio un momento que pareció prolongarse indefinidamente.
—Dime, tú te marcharías de aquí, ¿verdad? —preguntó Medianoche—. Si yo aceptase marcharme contigo, tú te irías esta misma noche.
—Sí.
Medianoche suspiró profundamente.
—En ese caso, tenías razón. No tenemos nada más que decirnos.
Se dirigió a la puerta, pero Kelemvor la llamó.
—Mi recompensa —dijo—... Elminster me ha prometido que podía contar con una recompensa, pero no me ha dicho en qué consistiría.
Los labios de Medianoche temblaron en la oscuridad.
—Kel, le he hablado de la maldición. Cree que se podrá anular.
—La maldición... —dijo Kelemvor con voz ausente—. Entonces ha sido una buena decisión quedarse.
Medianoche agachó la cabeza y el pelo le cayó sobre el rostro.
—Él lo habría hecho igualmente, maldito seas... — Medianoche abrió la puerta.
—¡Medianoche! —gritó Kelemvor.
—¿Sí? —dijo ella.
—Me sigues queriendo —dijo Kelemvor—. De no ser así lo sabría. Es mi recompensa por haber venido hasta aquí contigo, ¿recuerdas?
A Medianoche se le tensó todo el cuerpo.
—Sí —dijo ella en voz baja—. ¿Eso es todo?
—Todo lo que importa.
Medianoche cerró la puerta detrás de sí y dejó a Kelemvor mirando las tinieblas.


14
Rumores de guerra

Mourngrym se enteró del cruel ataque contra el templo de Tymora pocas horas antes del alba. Hizo llamar a Elminster y éste se reunió con su señor en el camino que conducía al templo. Adon estaba todavía allí cuando llegó el sabio.
La poetisa Vendaval, Dedos de Platino, no tardó en aparecer también. Llevaba el símbolo de los arpistas, una luna y un arpa plateadas sobre fondo azul turquesa. Los vientos nocturnos jugaban con su cabello elevándolo en el aire y dándole el aspecto de una aparición de némesis en lugar del de una mujer. Su armadura era plateada como las del valle y pasó por delante de su señor y del sabio sin saludarlos siquiera.
Mourngrym no trató de detenerla. Por el contrario, se reunió con ella en el templo profanado y juntos contemplaron la destrucción y la matanza en medio de un respetuoso silencio. El símbolo de Bane, pintado con la sangre de las víctimas, llamó su atención inmediatamente. Poco después, mientras Vendaval hablaba con los guardias que habían sido los primeros en encontrar aquel caos, Adon adelantó la teoría de que había sido el robo de las pociones curativas lo que había motivado el ataque; asimismo, había que tomar en consideración los efectos debilitadores que un ataque semejante tendría en la moral de los fieles del valle de las Sombras. Vendaval, Dedos de Platino, miró al clérigo con gran suspicacia, como si no desease la presencia de ningún intruso durante una tragedia de tal envergadura.
—La sangre que mancha sus manos ha sido derramada en honesto servicio, evitando la muerte —dijo Elminster—. No hay malicia en este hombre. Es inocente.
Vendaval se volvió a Mourngrym, indignadísimo por aquel ataque.
—Los arpistas irán contigo, señor. Juntos vengaremos este acto de cobardía.
Luego se marchó, después de que su dolor por la tragedia amenazase con vencer su continencia inflexible. Mourngrym puso a trabajar a sus hombres en la tarea de identificar y enterrar a los muertos. El anciano permaneció junto al señor del valle y se dirigió a los presentes en un tono de voz muy bajo.
—Bane es el dios de la Lucha y, por consiguiente, no es de sorprender que quiera distraernos, hacer mella en nuestros corazones y dejarnos apesadumbrados y vulnerables ante su ataque —dijo Elminster—. No debemos permitir que logre sus propósitos.
Mourngrym temblaba de rabia.
Horas después, cuando regresó a la torre Inclinada, Mourngrym estuvo un rato junto a su amigo y aliado Thurbal, que yacía en la cama durmiendo profunda y reparadoramente. Thurbal no había hablado desde la noche en que la magia de Elminster lo rescatara de Zhentil Keep, cuando informó a Mourngrym del ataque que se planeaba contra los valles.
—¡Qué atrocidades he visto, Thurbal! ¡Hombres de fe muertos como perros! Viejo amigo, en mi corazón arde una rabia que amenaza con abrasar los débiles lazos de la razón. —Mourngrym bajó la cabeza—. ¡Quiero su sangre! ¡Quiero venganza!
Thurbal había dicho en cierta ocasión que una rabia de esta índole no hacía otra cosa que cegar, incapacitar para la victoria y predisponer a uno a ser eliminado. Había que enfriar los ardores del corazón y dejar que la razón lo guiase a uno por los caminos de la venganza.
Mourngrym estuvo velando a Thurbal hasta que empezó a clarear y recibió un aviso de Hawksguard para que se reuniese con él en la sala de la guerra.
Los detalles del trabajo para los preparativos se perfilaron durante las primeras horas de la mañana y Kelemvor se asombró de lo mucho que se había adelantado durante los días anteriores a su llegada. Estaba junto a Hawksguard mientras éste reunía a cientos de soldados que se habían presentado voluntariamente para servir en la defensa del valle de las Sombras. Muchos de ellos habían atravesado el paisaje de pesadilla de los desfiladeros de Gnoll y de las Sombras para llegar al valle. Eran conscientes de la suerte que correría el valle si fallaban a la hora de rechazar a Bane y a su ejército. Resonó un grito clamoroso y Kelemvor, inconscientemente, se vio envuelto por el entusiasmo y levantó el puño con los demás.
Luego vino el trabajo pesado, si bien fueron pocos los que se quejaron. Los comerciantes y constructores se pusieron a trabajar codo con codo con los soldados poco antes de que el sol se elevara, y no tardaron en tomar forma las líneas defensivas en la zona de la charca de Krag, en la carretera de Voonlar. Se llevaron carros enteros de rocas y escombros de las ruinas del castillo de Krag hasta el borde mismo de la carretera principal, al nordeste del valle. Una vez allí, se utilizó este material para construir unas grandes fortificaciones.
Alrededor de los trabajadores, en el suelo y en los árboles, los arqueros se preparaban para defender la carretera y sitiar a las tropas de Zhentil Keep que avanzasen por el nordeste. Podían pasar días antes de que se librase la batalla, pero los arqueros sabían que también ellos debían estar preparados.
Y, una vez terminado su trabajo, se pusieron a esperar pacientemente. El cielo tenía un color azul claro y había muy pocas nubes. Daban vida a los árboles que los rodeaban unos murmullos que sólo podían apreciarse completamente después de haberse pasado horas interminables cortando madera, derribando árboles, afilando puntas, cavando zanjas y volviendo a taparlas. Los leñadores hicieron esto y mucho más para disponer las trampas y preparar los escondites.
Sin embargo ni los leñadores ni los arqueros estaban solos en esta tarea. Habían acudido equipos de trabajo de la ciudad, acaudillados por dos proyectistas de Suzail Key, que estaban de visita en casa de unos parientes en el valle de las Sombras cuando llegó la noticia de una inminente invasión. Ayudaron a colocar los distintos obstáculos con que los hombres del valle interceptarían el camino al ejército de Bane e insistieron en confeccionar unos gráficos detallados de rutas de escape a través del bosque. Como es de suponer, estos mapas serían memorizados y destruidos mucho antes de la llegada de la vanguardia del ejército de Bane.
Se fue trabajando a un ritmo rápido durante toda la mañana pero, a medida que el día avanzaba y los habitantes del valle iban construyendo las defensas más cerca de la ciudad, se vieron obligados a dejar más y más hombres detrás para que vigilasen las complicadas trampas y asegurasen un despliegue adecuado. Con cada hombre dejado al cargo de una trampa o vigilando el avance de exploradores enemigos, la construcción de nuevas trampas iba siendo más lenta. Pero hasta los hombres que se habían quedado en el bosque intentaban ser útiles mientras esperaban a que empezase la batalla. Los arqueros, en especial, aprovecharon el tiempo estudiando el trozo de bosque que debían defender.
Estos arqueros, los primeros que se enfrentarían al enemigo, se pasaron horas estudiando todos y cada uno de los ruidos del bosque y tratando de estar en completa armonía con el intrincado flujo de la naturaleza. Cualquier sonido, cualquier olor que se saliese de lo corriente sería detectado inmediatamente. Apenas hablaban sino que, por el contrario, se hacían señales con las manos, para avisarse de la llegada del enemigo, si el ataque se producía durante el día. Se habían tomado otras medidas, como señales luminosas con las linternas, para el caso de que el ejército hiciese su aparición por la noche.
De momento, no había nada que hacer salvo disfrutar de la belleza del campo mientras esperaban pacientemente.
Más tarde, Kelemvor fue enviado a reunir a los herreros que habían estado trabajando a golpe de martillo para hacer escudos, espadas, dagas y armaduras para quienes, en caso contrario, habrían luchado sólo con sus pechos desnudos y su entusiasmo. Con la ayuda de dos asistentes, el guerrero supervisó la operación de cargar las armas en los carros. Luego Kelemvor fue a comprobar el trabajo de los tallistas que, atareados, hacían flechas y arcos para los arqueros.
En los cruces de caminos fuera de la posada La Calavera de los Tiempos se llevaba a cabo otro tipo de preparativos. En la granja de Jhaele, Melena de Plata, y en el otro lado de la carretera, ligeramente hacia el este, en la granja de Sulcar Reedo, se estaban construyendo unos parapetos movibles hechos de paja, destinados a soportar lo más fuerte del ataque de los arqueros de Zhentil Keep cuando entrasen en la ciudad. Se había vaciado el almacén del comerciante Weregrund y un pequeño cuerpo de hombres surgiría de allí cuando el enemigo empezase a librar la batalla en los cruces de los caminos, con la esperanza de cogerlo por sorpresa.
Mourngrym seleccionó cuidadosamente a los vigías que lanzarían señales de fuego en la montaña de los Arpistas y en La Calavera de los Tiempos para anunciar la llegada del enemigo. Para esta tarea se escogieron hombres sin familia que llorara su pérdida, sin esposas a quienes dejar viudas. Antes de enviarlos a sus puestos, el señor del valle se cercioró de que estuviesen adecuadamente equipados y con las suficientes provisiones por si su espera resultaba larga.
El reparto de provisiones dio comienzo a primera hora del día, pero se había convertido en una tarea interminable. Jhaele, Melena de Plata, y sus trabajadores habían repartido raciones de carne, de pan dulce y agua fresca a cada grupo de hombres. Habían recopilado asimismo tiendas y colchones enrollados, pero esto fue distribuido sólo esporádicamente.
Al otro lado del pueblo, Cyric llegó al puente sobre el Ashaba y descubrió el doble resentimiento de «sus» hombres casi inmediatamente. En primer lugar, ninguno de estos hombres se había presentado voluntario para aquel destino; todos querían ver la gloria de la batalla en primera línea en vez de guardar un puente ante la eventualidad de que un segundo cuerpo de soldados fuese enviado a tomar el valle de las Sombras desde el oeste. En segundo lugar, y esto era lo más importante, no les hacía ninguna gracia recibir órdenes de un forastero. El sentimiento era mutuo, pues para Cyric no suponía honor alguno tener que dar órdenes a lo que él consideraba un grupo de cretinos gritones y mal educados.
Pero antes de que Cyric pudiese siquiera considerar la idea de organizar a sus tropas, tenía que ocuparse de un gran número de refugiados.
Éstos se habían reunido junto al río. Las barcas que los llevarían río abajo hasta el valle del Tordo no habían llegado todavía y Cyric ordenó a un puñado de soldados que se asegurase de que los ancianos y los niños estaban bien, mientras él se ocupaba de organizar los detalles del trabajo. De vez en cuando, se paseaba entre las familias, sorprendiéndose ante la grandísima fuerza que descubría en sus ojos.
Imbéciles, pensaba Cyric. ¿No comprendían que, probablemente, iban a abandonar sus casas para siempre? El ladrón descubrió que no podía dejar de darle vueltas a la idea que Marek había sembrado en su mente: cambiarse de bando y unirse al enemigo si la única opción era morir. Al fin y al cabo, ¿qué le debía él a aquella gente? De no haber sido por Medianoche, hacía tiempo que se habría marchado.
La mayor parte de los refugiados estaba formada por niños o por personas que, bien por la edad, bien por su estado físico, no estaban capacitados para luchar. Miraban a los soldados cavar trincheras a cada extremo del puente. Sabían que probablemente aquellos hombres morirían defendiendo unas casas donde ya no vivían, pero sabían, asimismo, que huir habría supuesto matar a la mayoría de soldados más deprisa de lo que podía hacerlo una flecha o una espada del enemigo.
Pero mientras los refugiados estaban mirando, los hombres que trabajaban en el puente empezaron a cavar más despacio. La mayoría se quejaba en voz alta, criticando al hombre moreno que se paseaba entre ellos y repartía órdenes con brusquedad y con un genio cada vez más endiablado.
Luego, sin previo aviso, una docena de hombres arrojó sus palas al suelo y salió de la zanja a medio cavar que había estado abriendo con dificultad durante horas. El jefe de los hombres, un gigante llamado Forester, llamó a Cyric, que estaba ocupado cavando con los soldados al otro extremo del puente.
—¡Basta! —gritó Forester, con las greñas de su despeinado cabello pegadas al rostro por el sudor—. ¡Nuestros hermanos están dispuestos a sacrificar sus vidas en el límite este para proteger el valle! ¡Yo voy a reunirme con ellos! ¿Quién está conmigo?
La mayoría de los soldados que estaban en el lado del puente donde se hallaba Forester arrojó sus palas inmediatamente y se agrupó detrás del guerrero. Algunos de los soldados de la parte del puente de Cyric apoyaron a gritos el plan de Forester y, también ellos, arrojaron sus palas.
Cyric apretó el mango de su pala y rechinó los dientes.
—¡Maldita sea! —dijo en un siseo.
Cuando se volvió para salir de la zanja, vio que todos los refugiados lo estaban mirando. Su mirada se posó en la de una madre joven que estaba a menos de veinte pasos, preocupada, no por sus hijos, sino por ella misma.
Mientras apartaba la mirada y saltaba fuera de la zanja, acudieron a su mente recuerdos de sus propios padres abandonándolo cuando era un bebé. Forester y sus hombres estaban ya atravesando el puente, con las armas a punto, cuando Cyric bloqueó el camino al otro extremo del puente. Si bien le habría encantado dejar que los hombres se precipitasen a una muerte segura, no iba a permitir que su autoridad fuese puesta en duda.
—¡Apártate! —le instó Forester—, a menos que quieras meterte en el río sin la protección de una barca.
—Volved al trabajo —ordenó Cyric fríamente—. Lord Mourngrym nos ha ordenado que protejamos este puente.
Forester se echó a reír.
—¿Protegerlo contra qué... contra la puesta del sol? ¿El viento a nuestra espalda? La batalla se librará en el este. ¡Apártate!
Forester se fue acercando, pero Cyric no se movió.
—Eres un cobarde —dijo Cyric.
Forester se detuvo en seco.
—Valerosas palabras procedentes de un cadáver —repuso, y se preparó a levantar la espada. La hoja brilló a la luz del sol, pero Cyric siguió sin moverse ni sacar un arma.
Los labios de Cyric se abrieron. Señaló a los refugiados.
—Miradlos.
Los refugiados estaban apiñados en la orilla del Ashaba. El miedo brillaba en los ojos de todos ellos.
—¿Queréis gloria? ¿Queréis sacrificar vuestra nada valiosa vida? De acuerdo, si eso es lo que deseáis a costa de sus vidas.
La espada de Forester vaciló. Empezó a elevarse un murmullo de voces.
—Si os marcháis de aquí, ¿quién los protegerá? ¡El valle de la Daga está plagado de hombres de Bane! ¡Dejad que caiga el puente y será como entregarlos, a ellos y al valle de las Sombras, directamente al enemigo!
Cyric le dio la espalda a Forester.
—¡Quedaros conmigo es quedaros con el valle de las Sombras! ¿Qué me decís? ¿Qué decís todos vosotros?
Silencio. Cyric esperaba a que la espada del gigante se clavase en su espalda.
—¡Por el valle de las Sombras! —exclamó una voz.
—¡Por el valle de las Sombras! —gritaron mil voces más.
Luego un coro de voces ensordecedoras y airadas se unieron al llamamiento, los refugiados incluidos.
—¡Por el valle de las Sombras! —exclamó una voz detrás de Cyric. Éste se volvió y Forester levantó su arma por encima de la cabeza mientras cantaba con los demás.
—Sí —dijo Cyric finalmente, y todos guardaron silencio—. ¡Por el valle de las Sombras! Y ahora volved al trabajo.
Los soldados redoblaron sus esfuerzos; Cyric vio a lo lejos el primero de los barcos que llevaría a los refugiados a un lugar más seguro.
—¡Por el valle de las Sombras! —dijo una mujer, con los ojos claramente emocionados por las palabras de Cyric y resbalándole las lágrimas por sus mejillas, cuando se encaminaba a uno de los barcos.
Cyric hizo una inclinación de cabeza, si bien no sentía más que desprecio por aquel rebaño sumiso que sólo ansiaba ocultarse detrás de su fe en los dioses o en su país para justificar sus acciones, en lugar de enfrentarse abiertamente a la vida. Dio la espalda a la mujer y volvió a ocupar su puesto en la zanja, después de que su paciencia por los soñadores y los cobardes hubiese llegado al límite.
Había convencido a los demás de que la decisión correcta era permanecer en sus puestos.
Ahora no tenía más que convencerse a sí mismo.
Mientras Cyric supervisaba el embarque de los refugiados en los barcos que los llevarían Ashaba abajo, y dirigía a sus hombres en la construcción de trincheras junto al puente, Adon estaba encerrado en la torre de Elminster después de regresar con el sabio del templo de Tymora a primera hora de la mañana. Elminster le había puesto a trabajar en la desordenada antecámara que solía ocupar Lhaeo.
—Tienes que encontrar todas las referencias a los siguientes nombres —le explicó Elminster—. Y luego estudiar y aprenderte los hechizos expuestos por cada uno de ellos durante su vida. Todos están en estos volúmenes. Confecciona unas listas a las que tengamos fácil acceso.
—Pero a mí me fallan los hechizos —protestó Adon—. No sé...
—Yo tampoco, pero como los Reinos dependen de todos nosotros, creo que ahora es el momento de hacer averiguaciones, ¿estás de acuerdo conmigo? —Tras estas palabras el sabio se marchó y el clérigo se volcó sobre los libros hasta que llegó Medianoche y se dirigieron al templo.
Adon, Medianoche y Elminster llegaron al templo de Lathander a la hora de la cena. Una niebla color púrpura flotaba por el cielo vespertino. El sabio, el clérigo y la maga atravesaron una ciudad casi vacía, si bien oían, al oeste, cómo cavaban los hombres de Cyric y, al este, a los soldados construyendo fortificaciones.
Cuando se acercaron al edificio, Adon y Medianoche vieron que el templo de Lathander tenía la forma de un fénix, con unas enormes alas de piedra que se elevaban a ambos lados de la entrada. Estas alas se curvaban y se convertían en torres. En el centro de la edificación había una puerta de dos hojas, totalmente desierta. Elminster golpeó con impaciencia. Se abrió una ventana del tercer piso y se asomó un hombre guapo, de mandíbula cuadrada y cabello ondulado.
—¡Elminster! —exclamó el clérigo en un tono reverencial.
—¡Es posible que siga estando aquí para cuando bajes y abras esta puerta!
La ventana se cerró de golpe y Elminster se apartó de la pesada puerta y se puso a pasear por delante. Medianoche seguía atosigándolo sobre el templo y el papel que Adon y ella iban a tener en la batalla.
—¡Limitaos a recordar lo que os he enseñado y a hacer lo que os he dicho! —dijo Elminster con tono cansado.
—¡Nos estás tratando como si fuésemos unos niños! —espetó Medianoche—. Después de todo lo que hemos pasado, creo que una simple explicación no estaría de más.
Elminster suspiró.
—¿Te importa que este anciano descanse sus pobres huesos mientras tú sigues machacándolo?
Elminster se sentó. Sólo cuando Medianoche estuvo en mitad de su argumento sobre las Tablas del Destino cayó en la cuenta de que estaba sentado en medio del aire y que el aire que rodeaba al sabio crujía con energías místicas.
Medianoche se interrumpió.
—Una Escalera Celestial —dijo.
—Sí, como la que utilizó tu señora Mystra en su conato por recuperar las Esferas.
Medianoche retrocedió horrorizada.
—Entonces Bane...
—No quiere el valle —dijo Elminster—. Quiere las Esferas.
—Pero Helm lo detendrá, posiblemente lo matará...
—Y el valle de las Sombras quedará reducido a un montón de cenizas, a un punto negro en los mapas de los viajeros por los siglos de los siglos.
Adon se cubrió el rostro con las manos.
—Como el castillo de Kilgrave. Pero ¿qué podemos hacer?
Elminster dio una palmada en el aire que había junto a él.
—¡Pues destruir la Escalera Celestial, naturalmente! —Alargó una mano en dirección a Medianoche—. ¡Ayúdame a ponerme de pie!
Medianoche ayudó al sabio a levantarse.
—¿Cómo podemos destruir lo que han creado los dioses?
—Quizá tú puedas decírmelo —contestó Elminster.
La puerta del templo se abrió y apareció el hombre rubio. Iba vestido con un traje de ceremonia rojo que llevaba unas gruesas franjas ribeteadas de oro.
—¡Elminster! —exclamó el hombre—. No me había dado cuenta de la hora. Por supuesto, os esperaba.
Con un gesto, Rhaymon indicó al anciano que entrase.
—¿Quieres que les muestre todo esto a tus ayudantes antes de marcharme?
—No será necesario —contestó Elminster.
Rhaymon estaba casi en la puerta cuando Adon detuvo al sacerdote.
—No comprendo nada —dijo—. ¿Adónde vas?
—A reunirme con mis compañeros los sacerdotes y con los fíeles adoradores de aquí —fue la respuesta de Rhaymon—. Con todos y cada uno de los hombres que unirán sus fuerzas al ejército del valle de las Sombras, y que se están preparando para sacrificar sus vidas en defensa del valle.
Adon estrechó la mano del hombre.
—Haz que paguen por lo que hicieron a los adoradores de Tymora.
Rhaymon hizo un gesto de asentimiento y se marchó.
—Entremos —dijo Medianoche, tocando suavemente el brazo de Adon y conduciéndolo a través de la puerta del templo, que cerró con llave.
Era de noche y los recuerdos acosaban a Ronglath, el Caballero Siniestro. No se había enterado de la muerte de Tempus Blackthorne hasta su llegada a Voonlar. El hechicero Sememmon rió mientras informaba al Caballero Siniestro de la suerte del emisario.
—No te preocupes —dijo Sememmon—, no tardarás mucho en reunirte con él. Estarás al mando del primer batallón contra los hombres del valle.
El Caballero Siniestro no replicó.
El viaje desde la Ciudadela del Cuervo hasta Teshwave había sido difícil. Los soldados a cuyo mando estaba mostraron una abierta hostilidad y rebeldía. Los mercenarios que se habían reunido con ellos en las ruinas de Teshwave no tenían conocimiento del fracaso del Caballero Siniestro en Arabel y sólo les preocupaba el oro que habían recibido por presentarse a tiempo y se preparaban para la marcha. Hacía sólo unos días que el Caballero Siniestro estaba en Voonlar cuando llegó la orden, procedente de lord Bane, de reunir a los hombres y ponerse en camino.
No habían sido víctimas de ataques a los carros de abastecimiento ni durante el primero ni el segundo día de viaje, y ello despertaba sospechas en el Caballero Siniestro. O los defensores del valle de las Sombras no se habían dado cuenta de la gran debilidad del ejército de Bane, compuesto de cinco mil hombres, o no les sobraba potencial humano para intentar siquiera hacerse con las provisiones. Por cada quince kilómetros de carretera que conquistaban, dejaban casi cincuenta hombres detrás con el fin de proteger el camino contra los asaltantes. Aun cuando Bane tal vez no lo hubiese aprobado, el Caballero Siniestro no tenía intención de dejar su retaguardia indefensa, aunque para ello tuviese que utilizar la cuarta parte de sus tropas.
El Caballero Siniestro se sorprendió de nuevo cuando el ejército llegó al bosque situado al nordeste del valle. Había esperado que el bosque estuviese en llamas. Daba la impresión de que la gente del valle de las Sombras no iba a dormir calladamente. Querían guerra.
El Caballero Siniestro contaba con acampar fuera del bosque cuando cayese la noche, pero lord Bane le hizo llegar órdenes en sentido contrario. Entrarían en el bosque bajo la protección de la noche, pues se presumía que así contarían con la ventaja de la sorpresa caso de que encontraran algún tipo de resistencia.
No podrían encender antorchas.
Los magos de Bane habían ordenado tajantemente que no se hiciese uso de la magia bajo ningún pretexto, debido a que este arte se había vuelto inestable y podía volverse contra ellos. Esto significaba que no habría hechizos con los cuales realzar la visión nocturna de los soldados mientras penetraban ruidosamente en el bosque.
Mientras el Caballero Siniestro guiaba a sus hombres, Leetym y Rusch, hacia el interior del bosque, comprendió que había por lo menos unos cuantos que compartían su opinión sobre la estrategia de Bane. El más viejo y más experimentado, Mordant DeCruew, cabalgaba junto al Caballero Siniestro.
—Esto es un suicidio —dijo Leetym.
Para sorpresa de los otros oficiales, el Caballero Siniestro hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
Rusch levantó su espada.
—Nuestro dios y señor nos ha dado una responsabilidad.
—¡Que él mismo ha hecho que sea imposible que cumplamos! —protestó Leetym—. Nos ha traído como si fuésemos ganado hasta el matadero. Yo soy uno de los que han visto a nuestro «dios» comer y beber como un humano. Debido a que soy guardián del templo, he tenido ocasión de verlo llorar como un niño caprichoso. ¡Nos ha mentido desde el principio!
—Pues yo te digo que hoy mismo obtendremos la victoria —dijo Rusch blandiendo su arma.
—Deja la espada —gritó Mordant—. Nuestros enemigos no esperarán que marchemos sobre el bosque hasta mañana. No esperarán que lleguemos al valle de las Sombras hasta última hora de pasado mañana. Los cogeremos por sorpresa.
—Mordant tiene razón —convino el Caballero Siniestro—. Nuestra guerra no es entre nosotros. La verdadera batalla está delante. Si la muerte es nuestro destino, la afrontaremos como hombres, no como animales acobardados. Si vosotros dos no podéis aceptar este hecho, no dudaré en destriparos ahora mismo.
Las tropas se introdujeron, en silencio, en el bosque.
Connel Greylore, el primero de los arqueros del valle de las Sombras que oyó acercarse a los soldados, se tomó un respiro para asegurarse de que sus sentidos no lo engañaban. Había tomado posición en lo alto de un árbol para montar guardia y avisar a sus compañeros. Otro arquero había hecho lo mismo a quinientos metros detrás de él; y así seguía hasta la charca de Krag. Cada uno de los vigías había escogido una posición desde la cual el siguiente centinela, situado más cerca de la ciudad, pudiese ver un claro destello de la señal de su linterna. De este modo, podían avisarse unos a otros sin por esto revelar su posición al enemigo que se acercaba.
Los ruidos se reanudaron, en esta ocasión acompañados de un inconfundible grito desgarrador.
Connel levantó su linterna con tanta celeridad que ésta resbaló de sus sudorosas manos, y a punto estuvo de caerse de la gruesa rama que lo sostenía por agarrar la linterna en el aire. Con el corazón en un puño, se obligó a relajarse al sentir la superficie del metal frío en su mano.
El arquero miró delante de él. Veía a los zhentileses avanzar dificultosamente por los haces de ramas enmarañadas que cubrían toda la anchura de la carretera. Los árboles habían sido derribados de forma que quedasen dispuestos en tres direcciones, para que los agresores tuviesen que meterse, a pie o a caballo, en la trampa que les habían tendido. De todas formas, aun cuando intentasen rodear la maraña de ramas e ir a campo traviesa, el enemigo descubriría que el bosque circundante estaba dispuesto de forma similar.
Connel dio la señal. Un destello procedente de la otra dirección le indicó que había sido recibida. Bajó del árbol y fue a despertar a otros tres arqueros que se habían situado furtivamente en unos árboles más cerca de la carretera. El ruido que producían los hombres al avanzar y tratar de pasar bajo las ramas llenaba la noche y cubría cualquier otro ruido que pudiesen hacer los arqueros mientras se preparaban, dirigiéndose a sus puestos y recogiendo los carcajes de flechas que habían dejado en cada posición.
Connel pensó que alguien había enviado a aquellos hombres como ganado al matadero. Luego el jefe de los cuatro arqueros dio la orden de disparar contra los zhentileses.
De repente, una lluvia de flechas surgió de los árboles para estrellarse contra las tropas de Bane; los gritos de rabia y furia se convirtieron en chillidos de muerte. Detrás del primer grupo, llegaron más arqueros, que tomaron posiciones en los árboles junto al camino.
Algunos zhentileses se lanzaron entre las barreras, utilizando en ciertos casos los cadáveres de sus compañeros como escudos contra la lluvia de flechas que caía desde arriba. Se dejaron oír horrendas maldiciones cuando al echar a correr no vieron las estacas plantadas en la carretera que apuntaban a la altura del pecho, hasta que quedaban empalados.
Connel y el primer grupo de arqueros del valle de las Sombras empezaron a replegarse, bajaron de los árboles y tomaron la segura carretera que atravesaba el bosque y que los llevaría detrás de la siguiente línea de defensa. Consistía ésta en una serie de hoyos en el camino cuidadosamente camuflados. Estos hoyos tenían una profundidad de noventa centímetros y, en su centro, se elevaba una estaca.
El segundo grupo de arqueros estaba empezando a descender de los árboles detrás del primero y disponiéndose a seguirle en dirección a la ciudad, y Connel Greylore dio gracias a los dioses por no haber muerto hasta el momento ninguno de los arqueros del valle de las Sombras a manos de los zhentileses. No oyó, detrás de él, en la carretera, los arcos que se tensaban ni la lluvia de flechas que lanzaron los zhentileses sobre el muro de ramas. De pronto cientos de flechas volaron por los aires. Casi todas se estrellaron contra los árboles, se hundieron en las ramas o cayeron al suelo sin causar daño.
Connel Greylore ni siquiera notó la flecha que penetró en su espalda y atravesó su corazón, pues murió al instante.
Los hombres de Bane estuvieron horas luchando en la oscuridad y abriéndose paso entre el gran número de defensas que había en la carretera. Cada vez que encontraban un trecho que parecía haber sido descuidado, Bane insistía en que sus tropas volviesen a formar línea de combate. Los soldados de a pie iban delante e, inevitablemente, eran los primeros en replegarse y romper la línea apenas descubrían nuevas trampas escondidas en la carretera. Empujados por las tropas que tenían detrás, morían cuando caían en los hoyos o sobre los abrojos.
Bane estaba en éxtasis. Su poder aumentaba con cada muerte, tal como había prometido Myrkul. El cuerpo de lord Black despedía un halo rojo, resultado visible de la absorción de la energía que habían desprendido las almas. A medida que iban muriendo más hombres, tanto de Zhentil Keep como del valle, la intensidad del halo aumentaba; lord Black tenía que hacer un esfuerzo para reprimir su alegría.
Bane, sin embargo, mientras conducía a sus tropas a la muerte, fingía estar furioso por la incompetencia de sus hombres de superar unas defensas tan sencillas.
—En este templo no debe quedar ni un grano de polvo del que no estemos al corriente —dijo Elminster. A pesar de que sabía que estaba pidiendo lo imposible, hablaba muy en serio—. Hay que sacar todo objeto de naturaleza personal de esta sala. Nunca se sabe lo que nuestro enemigo puede considerar de utilidad.
Después de los horrores que Adon encontró en el profanado templo de Tymora, se mostraba poco dispuesto a participar en los planes de Elminster con respecto al templo de Lathander. No obstante, al final, el clérigo se vio obligado a pensar en el templo en los términos más primarios. Era ladrillo, mortero, piedra, acero, cristal y cera. Si estos elementos hubiesen estado dispuestos de forma diferente, el edificio podía ser un establo o una hostería.
Adon se preguntó si, de haberse tratado del templo de Sune, habría podido mostrarse tan frío y calculador. Se tocó la cicatriz que cruzaba su rostro.
No lo sabía.
De modo que emprendió la tarea que se le había encomendado. Las ventanas que daban a la escalera invisible en cada uno de los pisos estaban abiertas y se habían retirado las contraventanas. Clavaron las ventanas que daban a todos los demás puntos. Sin embargo, mientras deambulaba por el templo, en cada habitación que visitaba, Adon no pudo dejar de fijarse en los pequeños objetos que habían quedado atrás. Aquél era un lugar de devoción y de fe, y no obstante, era también un lugar donde hombres y mujeres reían y lloraban por las alegrías y las penas que les brindaba la vida.
Había una cama sin hacer. Adon interrumpió su trabajo y se puso a hacerla, hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Dio un respingo y se apartó de la cama, como si el poder del sacerdote que había estado allí fuese a levantarse y destruirlo.
Cuando Adon se disponía a apartarse de la cama, advirtió un diario de piel negra oculto bajo una almohada. El diario estaba boca abajo y al revés. Adon le dio la vuelta y leyó el apunte final:
Hoy muero para salvar el valle de las Sombras. Mañana volveré a nacer en el reino de Lathander.
El diario cayó de sus manos y salió corriendo de la habitación; la ventana que se suponía debía clavar seguía abierta y las cortinas ondeaban suavemente mecidas por un viento que se arremolinaba y acariciaba el templo como si tuviese vida.
El clérigo volvió a la sala principal. Mientras se acercaba a Medianoche, le sorprendió a la maga la expresión preocupada del pálido rostro del clérigo. Sabía que él había hecho un esfuerzo para mantener su decisión, incluso a pesar de su dolor y de su confusión, pero poco era lo que ella podía hacer para ayudarlo.
O, para el caso, ayudarse a sí misma.
Pensando en la batalla que estaba a punto de librarse, no pudo evitar pensar en Kelemvor. Y, aunque lamentaba la dureza con la que había terminado su conversación con el guerrero, sabía que él conocía sus sentimientos. Al margen de todo lo que pudiese decir, lo amaba. Pensó que, quizás, él también la amaba.
Quizá, pensó.
Llamaron su atención los gritos de Adon y apartó de su mente la posibilidad de una relación con Kelemvor. El clérigo se hallaba junto al anciano y le repetía la misma frase una y otra vez, pero Elminster lo ignoraba.
—¡Ya está hecho! —gritaba el clérigo.
El sabio del valle de las Sombras pasó una página de un libro que estaba estudiando.
—¡Ya está hecho! —volvió a gritar Adon.
Elminster levantó finalmente la vista, asintió con la cabeza, murmuró algo y volvió a centrar su atención en el apolillado libro que examinaba, pasando con cuidado las páginas ante el temor de que se convirtiesen en polvo y le privasen de algún pequeño conocimiento secreto susceptible de cambiar la suerte de la batalla con Bane.
Adon se fue con cara larga a un rincón.
Medianoche observó al anciano y se tocó distraídamente el medallón. Habían despejado la estancia principal del templo y retirado los bancos a los lados de la sala. La maga morena había desistido de sacar algo en claro del razonamiento del sabio. Él había prometido que todo sería explicado. Aparte de confiar en el apergaminado sabio, poco era lo que podía hacer.
—¿Quieres utilizar el medallón ahora, buen Elminster? —preguntó Medianoche mientras caminaba junto al sabio.
Media docena de nuevas arrugas surcaron de pronto el rostro de Elminster. Daba la impresión de que su barba se levantaba ligeramente.
—¿Esa baratija? ¿De qué me puede servir? Tal vez para venderla por un buen puñado de monedas en la feria de Tantras.
Medianoche se mordió el labio.
—Entonces ¿qué tienes pensado que haga yo aquí? —quiso saber.
Elminster se encogió de hombros.
—A lo mejor, fortificar este lugar.
Medianoche movió la cabeza.
—¿Cómo? Tú no...
Elminster se inclinó y murmuró a su oído:
—¿Recuerdas el rito de Chiah, guardián de la oscuridad?
—De Elki, de Apenimon, sacado de tu poder...
Elminster sonrió.
—¿El baile del sueño de Lukyan Lutherum?
Medianoche notó que le temblaban los labios. Recitó los ensalmos perfectamente; sin embargo Elminster la interrumpió antes de que pudiese terminar.
—Ahora recita para mí, de los pergaminos sagrados de Knotum, Seif, Seker...
Las palabras salieron de la boca de Medianoche y, de pronto, un destello de luz llenó la habitación. A continuación, un hermoso e intrincado dibujo de luz azulada recorrió las paredes, el suelo y el techo. Se precipitó hacia la puerta entreabierta que daba a la antecámara. Al cabo de un instante, el templo estaba en llamas con un fuego abrasador. A continuación, el dibujo penetró en los muros del templo y fue absorbido.
Medianoche se quedó de piedra.
—Ahora no ha sido tan difícil, ¿verdad? —dijo Elminster, luego se dio media vuelta.
—¡Espera! —grito Medianoche—. ¿Cómo puedo recordar lo que no he aprendido nunca?
Elminster levantó las manos.
—No puedes. Ha llegado el momento de prepararnos para la ceremonia final. Ve y prepárate.
Medianoche se dio media vuelta y empezó a alejarse, Elminster sintió que le recorría el cuerpo una oleada de agitación. Desde la noche del Advenimiento se había estado preparando para aquel momento. Su vista le había revelado que acudirían a él dos aliados en aquella batalla, pero la identidad de sus defensores le asombró en un primer momento, para luego ser embargado por un miedo terrible, miedo que hubiera tenido que ser un loco o un estúpido para ignorar.
Elminster, por descontado, no había sobrevivido más de quinientos años en los Reinos por ser un loco o un estúpido, a pesar de que muchos afirmaban que era ambas cosas. Sin embargo, no tardaría en poner su existencia en manos de una maga inexperta y de un clérigo de poca fe, no sólo en los dioses que adoraba sino también en sí mismo, y que podía ocasionar la perdición de los únicos defensores del templo.
Medianoche, muy acertadamente, había identificado esa situación como el instrumento de los dioses y Elminster presentía que la maga estaba intrigada por la consideración que despertaba, como si creyese que había sido escogida para algún fin. «¡Qué vanidad! —pensó Elminster—. A menos, claro está, que sea cierto». Pero eso él no podía decirlo.
Cuánto ansiaba la ayuda de Sylune, que había tenido la inteligencia de abandonar los Reinos antes de que existiese la posibilidad de caer en aquel terrible estado, o incluso de Simbul, que no había respondido a ninguna de sus comunicaciones.
—Estamos preparados —anunció Medianoche.
El sabio se volvió hacia la maga y el clérigo. Las puertas del templo, abiertas de par en par, permitirían salir las energías capaces de consumirlos a todos ellos.
—Quizá tú tengas algo que ver con esto —dijo Elminster a la vez que estudiaba el rostro de Medianoche. No podía encontrar rastro de sospecha en la maga; su interés era salvar a los Reinos. Sabía que no tenía más elección que confiar en ella—. Antes de empezar, hay algo que debes saber. Mystra te habló de las Tablas del Destino, pero no te explicó dónde puedes encontrarlas.
Medianoche comprendió de pronto.
—Pero tú puedes hacerlo. Los hechizos que te ayudé a realizar en tu estudio para localizar las intensas fuentes de magia en los Reinos.
—Una de las tablas está en Tantras, pero no puedo indicarte su localización exacta —dijo Elminster—. La otra se me escapa totalmente. Con tiempo, sin duda, podré encontrarla. Y, ahora, vamos a empezar —añadió—. La ceremonia durará muchas horas...
Se había encendido el fuego de señales. Los ejércitos de Bane se abrían paso a través de las defensas del este del bosque. En unas horas estarían en la charca de Krag.
Estaba a punto de amanecer y, al igual que la mayoría de los hombres, Kelemvor estaba durmiendo cuando se vio el fuego de señales. Sin embargo, los estrepitosos cuernos que resonaron acompañando a las señales lo despertaron inmediatamente.
—Esos imbéciles han cabalgado toda la noche —dijo Hawksguard mientras se sacudía el sueño de encima.
—¡Qué locura! —añadió Kelemvor, incapaz de creer que un general fuese capaz de estrategia tan estúpida.
—Sí —convino Hawksguard—. Pero ten en cuenta que no son más que zhentileses. —El guerrero sonrió y le dio a Kelemvor una palmada en la espalda.
Los días que habían estado preparando las defensas de la charca de Krag, Kelemvor y Hawksguard se habían vuelto prácticamente inseparables. Procedían de un ambiente similar y Hawksguard había oído hablar de Lyonsbane Keep y del padre de Kelemvor en sus días gloriosos, mucho antes de que hubiese degenerado para convertirse en el monstruo desalmado que conoció Kelemvor de niño. Hawksguard también había oído hablar de Burne Lyonsbane, el querido tío de Kelemvor.
Pero el conocer el pasado no era todo lo que unía a los guerreros. Compartían un interés parecido por el manejo de la espada y, cada noche, se batían en duelo a fin de mantener su habilidad tan finamente afilada como sus espadas. Hawksguard presentó a Kelemvor a muchos de los hombres del destacamento y no tardaron en tratarse como viejos amigos que se encuentran después de haberse dado por perdidos. A menudo Hawksguard confería algo de su autoridad a Kelemvor, y los hombres seguían las órdenes del guerrero sin vacilar.
De hecho, dado que el puesto de Hawksguard era la defensa de lord Mourngrym en la batalla, a Kelemvor se le otorgó el mando de las defensas de la charca de Krag. Los hombres de Hawksguard aceptaron el cambio de buena gana y se mostraron contentos al enterarse de que Kelemvor los mandaría en la batalla.
Si se consideraba el poco tiempo que habían tenido los hombres del valle para prepararla, la posición defensiva a cuyo mando estaba Kelemvor era impresionante. La carretera que llevaba al este desde el valle de las Sombras estaba ahora completamente bloqueada al oeste de la charca de Krag. Después de haber colocado la última carga de rocas y cascotes en la carretera, se habían volcado los vagones como una ayuda suplementaria al bloqueo general. Para hacer más inaccesible la carretera, se derribaron árboles que colocaron atravesados ante las barricadas. La parte norte, además de los obstáculos, estaba flanqueada por arqueros.
La pieza final de la inspirada táctica llegó de manos de los proyectistas de Suzail Key y se concentraba en los árboles que se alineaban a lo largo de la carretera, al oeste de la charca de Krag. A pesar de que Kelemvor consideraba que los proyectistas tenían una mentalidad muy poco militar, pues eran de constitución frágil, muy refinados y sin experiencia alguna con las armas, tuvo que admitir que la trampa que habían ideado no estaba lejos de ser brillante. La originalidad del plan había convencido incluso a Elminster y éste había ayudado a instalarla. Kelemvor no veía el momento de que las tropas de Zhentil Keep se metiesen en ella.
Sin embargo, Kelemvor no podía hacer otra cosa que esperar. Otros guerreros ya habían respondido al son de los cuernos y habían dejado sus casas, quizá por última vez, para correr a engrosar las líneas. Pero una vez allí, tuvieron que quedarse esperando en las barricadas, inclinados nerviosamente sobre las espadas desenvainadas o tirando de las cuerdas de los arcos.
Pasó un cuarto de hora más o menos antes de que alguien hablase. Muchos de los hombres tenían que hacer un esfuerzo para alejar de sí el miedo. Eran hombres valientes, pero ninguno quería morir y se sospechaba que el ejército de Bane era de diez mil hombres, si bien había quien dividía esta cifra por dos.
En un momento dado, mientras los soldados seguían esperando que se acercase el fragor de la batalla, Hawksguard se puso de pie y gritó:
—¡El desayuno!
Sus palabras atravesaron el tenso silencio como flechas y ahuyentaron los tristes pensamientos de todos. Incluso Kelemvor se sobresaltó cuando Hawksguard empezó a golpear su escudilla de metal.
—¡Que Bane sea maldito! —gritó el guerrero—. ¡Si hoy voy a tener que morir, os aseguro que no será con el estómago vacío!
Todos comenzaron a hacerse eco de sentimientos similares y, al cabo de un rato, lo que habría sido inconcebible unos momentos antes, acaparó la atención de toda la compañía de guerreros.
Sólo un hombre de la compañía de Kelemvor no secundó la iniciativa de Hawksguard. Se trataba de un hombre delgado cuyos ojos brillaban de forma extraña. Mientras comían estuvo sentado junto a Kelemvor y Hawksguard. Se llamaba Mawser.
Los defensores del valle de las Sombras necesitaban un voluntario para la última mala pasada de que iban a ser víctimas las tropas de Bane, antes de atacar a sus hombres uno a uno. Aquel hombre delgado, un devoto adorador de Tymora, saltó ante la oportunidad de ser el responsable de activar la trampa, a pesar de que ello significaba una muerte prácticamente segura. Mawser estaba convencido de que su diosa lo iba a proteger dotándole de la suficiente buena suerte para escapar con vida.
Mawser miró el claro que había al oeste de la charca de Krag y sonrió.
—No comprendo la estrategia de Bane —confesó Hawksguard—. Nos ha dejado descansar toda la noche y meter una comida en nuestros estómagos. Entretanto, él y sus tropas han estado avanzando. Cuando lleguen a nuestra altura, estarán agotados y hambrientos.
Kelemvor sacudió la cabeza.
—Me gustaría que Medianoche estuviese aquí —dijo señalando la charca de Krag—. Su hechicería transformaría el agua en ácido humeante. Estoy seguro. En este caso no tendríamos más que hacer retroceder a los zhentileses y la victoria estaría asegurada.
Hawksguard sonrió.
—Precisamente, Kel, estaba pensando que podrías saltar las barricadas y ahuyentar tú solito a las tropas de Bane. Así nos podríamos ir todos a casa.
Los guerreros terminaron sus viandas preparadas deprisa y corriendo, dieron las gracias a los dioses preferidos y se retiraron a esperar al ejército de Bane. Hawksguard se pasó el tiempo paseando entre los hombres, dándoles las últimas recomendaciones y deseándoles la victoria.
Kelemvor pensaba en Medianoche. Su primera reacción para con la morena maga había sido de enfado. Era una mujer que trataba de darse a conocer en un juego de hombres, pero no se la veía dispuesta a sacrificarse lo necesario para seguir las normas. Al fin y al cabo, Kelemvor había conocido mujeres guerreras que dejando de lado su sexo se comportaban un poco reprimidas, pero lo suficientemente masculinas a fin de encajar en el esquema. Por regla general, su conducta era bulliciosa hasta el punto de parecer bastante pesadas. Medianoche, por su parte, esperaba ser aceptada por lo que era..., una mujer.
Y hasta su corta visión dejaba ver a Kelemvor que era realmente digna de respeto como guerrera. Había demostrado una y otra vez durante el viaje que era capaz y seria. Kelemvor pensó que, además, tal vez no necesitase renunciar a su femineidad para alcanzar sus objetivos. Era atractiva y fuerte, y su generosidad, entusiasmo y sentido del humor la hacían una mujer irresistible.
Kelemvor se preguntó si, en el caso de que ambos sobreviviesen a la batalla, sería todo diferente entre ellos o habría una excusa para no seguir juntos.
Kelemvor oyó un griterío y se volvió a tiempo de ver a Mawser correr por la carretera en dirección a su puesto de batalla. Kelemvor sonrió al imaginar lo que verían los zhentileses procedentes del noreste cuando se acercasen. Al igual que en los últimos kilómetros de su camino, habría árboles alineados en la parte derecha de la carretera, salvo en el pequeño sendero que llevaba al castillo de Krag. Los árboles se extendían un trecho por la carretera, luego el bosque se abría para dar paso a la ciudad. A la izquierda de los zhentileses, la charca de Krag bordeaba un trozo de carretera. Una vez pasada la charca a unos cien metros, y también a la izquierda de la carretera, verían lo que parecería ser un claro. Cubriendo toda la carretera en frente de la charca había una enorme barricada, el último, el mayor obstáculo de la carretera antes de llegar al valle de las Sombras.
Por lo menos eso era lo que parecía.
Kelemvor apenas pudo contener su excitación cuando aparecieron los primeros zhentileses en la carretera.


15
La batalla

Los zhentileses se acercaban ya a las barricadas que bloqueaban la carretera, cuando Bane ordenó a sus arqueros que se adelantasen hasta las líneas de combate. Antes de que el ejército intentara siquiera cruzar el muro de tres metros de alto por seis de ancho, todo de piedras, cascotes, escombros y carros volcados, había que derribar a los hombres del valle que estaban en los árboles, desde donde habían estado acosando a los zhentileses a lo largo de toda la carretera situada al este del valle de las Sombras. Sin embargo, Kelemvor tenía a la mayoría de sus hombres apostados dentro del bosque, con el objeto de que los arqueros zhentileses no pudiesen atacarlos de forma efectiva. Hasta que las tropas de Bane no intentasen cruzar las barricadas y hasta que los zhentileses quedasen desorganizados, el guerrero no ordenaría un ataque a gran escala. Entonces atacaría al enemigo con flechas desde los árboles del otro lado de la charca de Krag.
Bane, que cabalgaba en la retaguardia de sus líneas, se puso furioso cuando el ejército se detuvo delante del muro.
—¿Por qué no vamos a pasar por encima de ese montón de rocas? —gritó Bane cuando un joven oficial le informó sobre la situación—. Quiero que mis tropas estén en el valle de las Sombras dentro de una hora, así que será preferible que les ordenes que abran brecha en el muro o que pasen por encima de él.
—Pero..., pero, lord Bane —tartamudeó el oficial mientras sacudía la cabeza—, los hombres del valle están esperando que atravesemos las barricadas para atacarnos. Nuestras tropas serán un blanco fácil para ellos mientras trepamos el muro.
—¿Por qué no rodearlo, entonces? —propuso otro oficial.
Lord Black frunció el entrecejo.
—Si lo rodeamos, nuestras fuerzas tendrán que dispersarse para pasar por el bosque. Ello sería tanto como luchar con los hombres del valle con todas las cartas a su favor.
El joven oficial de las primeras líneas balbuceó algunas palabras incoherentes.
—Vamos a perder muchos hombres...
—¡Ya basta! —gritó Bane. Luego golpeó al oficial en el rostro con su mano enguantada. El oficial se cayó del caballo a causa del impacto. Cuando logró ponerse en pie penosamente, Bane lo miró con una cruel sonrisa grabada en su rostro—. Soy tu dios. Mi palabra es ley. ¡Ahora mismo vamos a cruzar las barricadas, con todo el grueso de las tropas!
El oficial montó sobre su caballo.
—Sí, lord Bane.
—Y tú guiarás al primer grupo que suba el muro —añadió lord Bane—. Y ahora, puedes marcharte.
El oficial se volvió y regresó a las barricadas. Junto al muro, los arqueros estaban plagando los árboles de flechas, pero los hombres del valle seguían sin querer hacer su aparición.
—Quiero un destacamento de trabajo para empezar a romper nuestros carros de aprovisionamiento y construir una rampa para atravesar esta maldita cosa —gritó el joven cuando llegó a la altura de sus tropas.
Media hora después, los zhentileses estaban preparados para cargar sobre las barricadas. Bane esperaba ansioso que sus hombres tomasen el muro por asalto y volviese a empezar la matanza. El poder procedente de los cientos de almas que Myrkul había dirigido hacia él recorría sus venas, pero el dios de la Lucha quería más. Quería el poder para aplastar el valle de las Sombras con sus propias manos, como habría podido hacerlo antes de que la cólera de Ao le robase su divinidad. Quería matar al sabio Elminster, por haberse entrometido y porque luchaba por la justicia y por la paz.
Pero sobre todo, Bane quería las Esferas.
Lord Black oyó los gritos de sus tropas mientras éstas se preparaban para cargar sobre el muro y un escalofrío recorrió su columna vertebral. «Pronto —pensó Bane—. Pronto volveré a tener el poder propio de un dios.»
Situado delante de las líneas de los hombres del valle, Kelemvor vio que los zhentileses estaban a punto de cruzar y, por consiguiente, preparó a sus hombres para el ataque. Si todo salía según el plan de Hawksguard, cuando el primer grupo de las tropas de Bane llegase a la parte alta del muro, los arqueros del valle de las Sombras abatirían a tantos soldados como fuera posible. Los cuerpos de los hombres y de los caballos muertos por los arqueros frenarían a las tropas de detrás y éstas se convertirían en un blanco más fácil para los arqueros del valle.
Kelemvor y sus hombres se encargarían de todo zhentilés que consiguiera llegar al otro lado del muro. El guerrero había organizado a los defensores en pequeños grupos, de modo que, a medida que las tropas de Bane fuesen tomando por asalto las barricadas, los hombres del valle pudiesen ir replegándose en pequeñas unidades y retroceder por el bosque hacia la ciudad.
Tan pronto como los zhentileses dejasen de cruzar el muro y estuviesen camino del valle de las Sombras, Kelemvor indicaría a los soldados de a pie y a la caballería que esperasen a reducir a las tropas. El guerrero no confiaba en que los hombres del valle pudiesen contener a los zhentileses por mucho tiempo, pues su número era tres veces mayor que el suyo, pero sabía que podrían reducir considerablemente esta superioridad, incluso antes de que Mawser desencadenase la trampa en el claro.
A sólo cien metros de distancia, el joven oficial de Zhentil Keep montó sobre su caballo y guió a sus tropas hasta las barricadas. Una lluvia de flechas cayó de los árboles por el lado norte de la carretera, y la mayoría de los soldados murieron antes de dar tres pasos en la rampa del muro. El oficial logró cruzarlo con una flecha en la pierna y otra en el flanco de su caballo.
Sin embargo, apenas su caballo saltó el muro hacia la parte situada más cerca del valle de las Sombras, una escuadra de hombres del valle abatió al oficial zhentilés sin esfuerzo. El joven murió maldiciendo a lord Bane por su estupidez y su arrogancia.
La batalla en las barricadas hizo estragos durante una hora, entre las filas zhentilesas, que consiguieron reunir suficiente tropa en la parte oeste del muro para obligar a los hombres del valle a ceder terreno y bajar a la carretera. Kelemvor ordenó una retirada y los arqueros y soldados atravesaron el bosque a todo correr para llegar a sus posiciones finales al oeste del claro que había junto a la charca de Krag.
Para entonces, el propio Bane estaba en las barricadas. Cuando advirtió que los hombres del valle iban en retirada y los cientos de cadáveres que se amontonaban sobre el muro, sonrió. La victoria era suya; sentía el poder robado retorciéndose dentro de la frágil forma de su mutación.
Lord Black se volvió para dirigirse a sus tropas.
—¡Hemos vencido los peligros que nuestros enemigos nos habían preparado y nos hemos enfrentado a lo peor que podían ofrecernos! Tengo que dejaros un rato, para ir al otro frente. El hechicero Sememmon os conducirá hasta el valle de las Sombras. Os ha hablado vuestro dios.
Un vórtice trémulo de luz envolvió a lord Black, luego el dios de la Lucha desapareció.
Bien escondido en el bosque situado al oeste del claro, Kelemvor apenas daba crédito a sus ojos. Veía cómo el ejército de Bane se encaminaba directamente a la trampa. Mientras los soldados se concentraban al borde del claro, el guerrero dio la señal y Mawser se dispuso a tender la trampa.
Aparecieron de repente casi cincuenta árboles en el claro que había junto a la charca de Krag. Luego, todos empezaron a caer sobre la carretera y el ejército zhentilés.
Los proyectistas habían indicado que la mejor trampa sería la que no pudiera verse, por lo menos hasta que fuese demasiado tarde, así que Mourngrym hizo que un destacamento de zapadores talase los árboles situados al oeste de la charca de Krag y ser fácilmente derribados sobre las tropas que pasaran por la carretera. Luego los árboles fueron unidos con fuertes cuerdas de manera que, una vez derribado uno, le siguiesen los demás y se cubriese toda la carretera de árboles abatidos.
La tarea más difícil había sido convencer a Elminster de que él completase el plan. El señor del valle rogó a Elminster que lanzase un hechizo, un poderoso sortilegio de masiva invisibilidad sobre los árboles, de modo que quedasen ocultos a las tropas de Bane. Al anciano no le gustaba en absoluto que lo sacasen de sus experimentos, pero, una vez le hubieron explicado el plan, aceptó aportar su ayuda.
—Sólo espero que uno de los robles le dé en la cabeza a la mutación de Bane —dijo Elminster. Luego lanzó el hechizo y volvió a su trabajo.
Pero, una vez construida la trampa, había que encontrar a alguien lo bastante valiente —o lo bastante tonto, según la filosofía de cada cual— para poner a aquel primer árbol en movimiento sin revelar la ubicación de la trampa. A pesar de tratarse de una misión suicida, se presentó un voluntario.
Mawser.
Cuando Kelemvor dio la señal, el adorador de la diosa de la Fortuna saltó del árbol más cercano a la carretera. El hechizo de invisibilidad ocultó a Mawser, que permaneció sentado en la copa del árbol atado con una cuerda corta. Cuando saltó, su peso puso en movimiento el primer árbol, pero también él apareció en el aire, pues el sortilegio de invisibilidad quedó invalidado porque los árboles se habían convertido en armas de ataque.
Mientras Mawser se lanzaba a plomo sobre los zhentileses, cincuenta árboles inmensos comenzaron a caer detrás de él; rezó a la diosa de la Fortuna para que lo protegiese, para que, de alguna forma, no fuese aplastado en su caída por la trampa.
Kelemvor no vio cómo una flecha enemiga atravesaba la garganta de Mawser. El hombre murió antes de tocar el suelo.
Pero la trampa funcionó. Los árboles se abatieron sobre los soldados zhentileses, matando o hiriendo como mínimo a un tercio de ellos. Kelemvor dejó escapar un grito y los hombres del valle siguieron su ejemplo. Aun cuando el plan había sido cuidadosamente orquestado, nadie estaba realmente seguro de su éxito. Pero, ahora, mientras los guerreros y los arqueros del valle contemplaban a los hombres de Bane gateando para salvarse de la increíble red de árboles abatidos, no podían hacer otra cosa que dar crédito a sus ojos.
Kelemvor pensó que la suerte estaba de su parte aquella mañana; luego salió de su blinda e indicó que empezase la siguiente fase del ataque.
Hawksguard había apostado a un grupo de arqueros en el bosque que había detrás de los árboles abatidos, y todos los arqueros que se habían replegado de sus posiciones situadas más al este en la carretera de Voonlar sabían también que debían retroceder hasta el bosque que había detrás de la trampa. Ahora que había saltado la trampa, los arqueros empezaron a disparar contra el enmarañado laberinto formado por los árboles que flanqueaban la carretera. Lanzaban sus flechas al menor indicio de movimiento en la trampa y así mataron o hirieron a cientos de soldados zhentileses que habían escapado de ser aplastados. A pesar de los esfuerzos de los arqueros y de la caída de los árboles gigantescos, la tropa de Bane seguía avanzando.
Desde su posición en los árboles al oeste de la trampa, Kelemvor se fijó en los zhentileses que quedaban. A pesar de que poca cosa podían hacer si no era arrastrarse bajo los árboles caídos o saltar sobre ellos, ya estaban tratando de avanzar. La caballería zhentilesa que no había quedado sepultada en el ataque no servía para nada. Las fuerzas de a pie de Kelemvor esperaban cerca de la linde del bosque. Confió que, si con las trampas no se conseguía derrotar completamente a los zhentileses, las defensas colocadas por los hombres del valle frenaran por lo menos el avance de las tropas del dios de la Lucha.
Si estas tropas lograban abrirse paso a través de la trampa de árboles, los hombres de Kelemvor se lanzarían al ataque. Luego, si las cosas se ponían mal, se replegarían y los arqueros cubrirían su retirada. Si todo iba bien, los zhentileses podían volver a arremeter contra el muro de árboles derribados, donde los arqueros del valle podrían seguir abatiéndolos con poco riesgo de que les devolviesen al ataque. Si los hombres de Bane eran tan estúpidos como para meterse en el bosque en busca de los arqueros, serían aniquilados por las tropas de Kelemvor, que sabían luchar en el bosque de forma mucho más efectiva que los zhentileses.
Sin embargo, Kelemvor no había contado con el poder del hechicero Sememmon. Según la información que Mourngrym había recibido de Thurbal, Bane había prohibido el uso de la magia, debido a que ésta era inestable y no se podía confiar en ella en un conflicto tan importante. Se iba a permitir el lujo de que algunos magos marchasen contra el valle y a estos poderosos magos con autorización para luchar, como Sememmon, se les iba a nombrar oficiales.
En aquellos momentos, Sememmon estaba en la parte más oriental de la carretera, víctima de la trampa de árboles. Uno de ellos estaba suspendido sobre su cabeza, como si un muro de fuerza lo hubiese detenido. Entonces el hechicero salió de debajo del árbol y lanzó un sortilegio. El roble se desplomó al suelo y Sememmon se volvió y llamó a sus hombres.
—¡Debemos utilizar magia para abrirnos paso por la trampa o moriremos todos! —gritó—. ¡Maldito Bane! —añadió, para luego recitar rápidamente un ensalmo y lanzar otro hechizo.
Delante de Sememmon, diez bolas de fuego abrieron un sendero a través de la maraña de árboles, pero mataron a los soldados zhentileses atrapados debajo de ellos y los árboles se incendiaron.
—¡No! —gritó el brujo—; ¡no es éste el hechizo que he conjurado!
Intentó otro y el suelo se puso a temblar, como si un terremoto hubiese cobrado vida. Una sinfonía de gritos surgió de las bocas de los asustados guardias que rodeaban al mago.
—¡Vas a matarnos a todos, estúpido! —gritó alguien.
A pesar de aquel caos de ruidos que se había formado en la carretera, Sememmon reconoció aquella voz.
—¡Caballero Siniestro! —dijo asombrado con su voz ronca—: No has muerto...
Antes de que el perplejo hechicero pudiese terminar la frase, el Caballero Siniestro lo golpeó con la hoja de la espada. Cuando Sememmon cayó al suelo, pararon los temblores de tierra.
Un cuadro de arqueros del ejército de Bane disparaba armas en llamas a los árboles donde estaban apostados los arqueros del valle de las Sombras. Algunos de estos hombres caían, otros lograban replegarse según el plan previsto. Mientras esperaba a sus hombres, Kelemvor fue presa de un pánico momentáneo cuando vio el fuego que habían provocado los zhentileses. Si las llamas se extendían por el bosque, podía desencadenarse un incendio de proporciones inimaginables. Si el bosque ardía, los campos del valle no tardarían en convertirse en un infierno y todo el valle de las Sombras quedaría destruido.
Junto a Kelemvor, y compartiendo sus temores, había un joven teniente llamado Drizhal, un muchacho que tendría menos de veinte años. El desgarbado muchacho no hacía más que pasarse nerviosamente la mano por su rubio y brillante cabello mientras escuchaba al veterano guerrero.
—Si por lo menos hubiese un mago aquí con nosotros —dijo Kelemvor—. Comprendo ahora la frustración de Mourngrym ante la decisión de Elminster de no unirse a la batalla. Nosotros estamos ante un incendio y esa vieja reliquia está lejos preparando alguna «misteriosa defensa».
—No es justo —repuso Drizhal, con voz trémula.
Kelemvor miró al joven.
—¿Tienes miedo?
Drizhal no contestó, pero su expresión lo decía todo.
—¡Bien! —exclamó Kelemvor—. El miedo hace que uno esté ojo avizor, pero ¡no dejes que se apodere de ti!
El joven, cuyo terror parecía haber disminuido, asintió.
En la carretera asediada, el Caballero Siniestro guiaba a los zhentileses por el laberinto de árboles que empezaban a arder lentamente. Mientras las tropas pasaban junto a él, el hechicero Sememmon se levantó inseguro, pero sin embargo probó otro hechizo. Los hombres que había al lado del hechicero se dispersaron lo mejor que pudieron, temerosos de los efectos imprevisibles de la magia.
Unos rayos de energía roja y llameante salieron de las manos del mago, luego, cuando la flecha de unos arqueros del valle de las Sombras atravesó el hombro del hechicero, se desmandaron. Sememmon cayó al suelo y los rayos de energía volaron sobre la cabeza del Caballero Siniestro y abrieron un sendero hasta los árboles próximos a Kelemvor. Dos soldados arrastraron al hechicero a un lugar seguro, mientras éste no dejaba de gritar.
El Caballero Siniestro vio que los hombres del valle se dispersaban, alejándose del lugar donde el rayo de Sememmon había abierto una brecha entre los árboles, y ordenó a los zhentileses que atacasen mientras el enemigo estaba todavía en plena confusión. Si el ejército de Bane estaba cansado después de toda una noche de caminar por territorio enemigo, enfrentándose a la muerte a cada paso, no se notó cuando cargaron contra los hombres de Kelemvor. Los zhentileses parecían haber recobrado fuerzas, sedientos de devolver finalmente un duro castigo por el que habían sufrido durante el camino desde Voonlar.
Cerca del extremo oeste del bosque, Kelemvor se apresuró a reunir a los jefes de los grupos de asalto. Drizhal permaneció junto al guerrero.
—No hay posibilidad de arrastrarlos hasta dentro del bosque —dijo Kelemvor—. Todo lo que podemos hacer es enfrentarnos al enemigo directamente y tratar de evitar que se abran paso hasta el valle de las Sombras. Vamos a llevar a cabo una defensa por relevos aquí mismo e intentaremos frenar su avance.
Los jefes corrieron a informar a sus hombres de los nuevos planes. Kelemvor, entretanto, veía cómo el ejército de Bane surgía de la abertura que había creado el hechicero a través de los árboles abatidos.
Los últimos refugiados se habían marchado por el río Ashaba y ninguno de los soldados había abandonado su puesto en el puente para ir a reunirse con sus hermanos en el frente oriental. A pesar de ello, Cyric recorría el puente de punta a punta cada hora, a fin de asegurarse una y otra vez de que las defensas estuvieran bien y mantener a los hombres alerta.
El ladrón estaba en la parte del puente donde se hallaba apostado Forester, es decir, el lado opuesto al valle de las Sombras, cuando llegó hasta él el fragor de la batalla. Los hombres de la otra orilla empezaron a hablar en voz alta. Cyric se volvió a Forester.
—Mantén tu posición —le dijo el ladrón—. Será mejor que vaya a advertir a los demás que se calmen.
Cyric empezó a subir el puente. Había llegado casi a los postes cuando oyó un ruido procedente de la carretera del oeste; se acercaban jinetes al galope. El ladrón se apresuró a volver al foso e hizo una señal a los guerreros de la otra orilla. Luego preparó su largo arco.
—¡Querías muerte y gloria, pues todavía puedes obtener ambas! —murmuró Cyric, y Forester, que estaba desenvainando su espada, sonrió. Luego el ladrón se volvió a los otros hombres que estaban junto a él—. Seguid el plan previsto. Esperad hasta que todos estén sobre el puente, luego a mi señal os ponéis en movimiento.
El rato que tardaron en llegar los zhentileses pareció una eternidad pero, por fin, el retumbar de los jinetes cruzando el puente llenó los oídos de los hombres del valle y Cyric vio a dos docenas de guerreros con armaduras pasar sobre ellos y mirarlos nerviosamente por encima del hombro. No había más tropas a la vista en la carretera, de modo que Cyric hizo la señal para atacar.
Los zhentileses no tenían posibilidad alguna. Las flechas de Cyric derribaron a dos de los soldados y una escuadra de hombres surgió de las trincheras que había a cada lado del río y atacó. Forester abatía a los zhentileses lleno de júbilo y, cuando hubo caído el último enemigo, Cyric oyó gritar a sus hombres:
—¡Por el valle de las Sombras! ¡Por el valle de las Sombras!
Se oyó ruido procedente de la carretera del oeste y Cyric se volvió a tiempo de ver a cierta distancia a unos jinetes que surgían de los árboles. Un ejército de jinetes conducidos por un hombre pelirrojo montado en un hermoso caballo de guerra cargaba hacia el puente. Cyric vio que el hombre iba a la cabeza de doscientos hombres como mínimo.
—¡Adelante! —gritó Fzoul.
Los asaltantes formaban como una pared que se acercaba al puente. Cyric echó a correr y le pareció que el extremo este del puente sobre el Ashaba se alejaba en lugar de acercarse. El puente tenía algo más de trescientos metros, pero cuando el ladrón lo cruzó, con un ejército acercándose a él por detrás, le pareció que tenía kilómetros. Forester y un puñado de hombres corrían junto a Cyric.
La orilla este estaba delante mismo de ellos, cuando oyeron que el ejército de Bane llegaba al otro extremo del puente. Cyric comprobó que ninguno de los zhentileses se había detenido en la orilla oeste del río, de modo que los hombres que estaban escondidos en la base del puente, debajo de las tropas enemigas, estaban a salvo. Todo estaba yendo según el plan previsto. Esto asustó a Cyric. Nada iba nunca exactamente según el plan previsto.
—¿Crees que va a salir bien? —preguntó Forester cuando llegaron a la orilla este.
«¿Cómo quieres que lo sepa?», tuvo ganas de replicar Cyric. Por el contrario, antes de disponerse a saltar a la orilla, contestó:
—Por supuesto.
Completamente convencido de que una flecha iba a clavársele en la espalda cuando saliera del puente de piedra, Cyric notó de pronto tierra húmeda bajo sus pies y comprendió que había cruzado ya el puente. Forester y los demás seguían a su lado.
—Y ahora la parte más dura —dijo Cyric, casi sin aliento.
El ladrón se volvió, se fijó en las hordas que se acercaban y oyó, bajo el puente, los chirridos reveladores de poleas metálicas en movimiento.
—Como mínimo hay doscientos sobre el puente. La mayoría a caballo —susurró Forester.
Se oyeron otros ruidos. Gruñidos de hombres mientras apartaban las piedras que ocultaban sus escondidos nichos en los pilares. Cyric confió en que el ruido que producían las pesadas piedras cuando caían al agua no alertase a los zhentileses que había sobre el puente.
—¡Están a más de medio camino! —gritó alguien.
—¡Adelante, Cyric! —siseó Forester.
—¡Retirada! —gritó Cyric con toda la fuerza de sus pulmones.
A continuación, Cyric y Forester echaron a correr como si fuese el propio Bane quien los estuviese persiguiendo. Mientras se dirigían a la torre Inclinada y a fin de no ofrecer un blanco fácil, cada uno tomó un camino distinto.
—Se producirá de un momento a otro —murmuró Cyric.
Nada sucedió.
Forester se detuvo antes de llegar a la torre. Cyric también se paró.
—No deben de haberte oído —dijo Forester.
—¡Tienen que haberme oído! —espetó Cyric.
Ambos se volvieron hacia el puente. El cuerpo principal del ejército se estaba acercando a la orilla este y unos cuantos jinetes ya habían cruzado el puente. Cyric y Forester corrieron al puente.
—¡Retirada! —gritaron.
Siguió sin suceder nada.
Cyric soltó una maldición. Si no hubiese escuchado a los hombres de Suzail Key, aquella situación no se habría producido. Él quería instalar unas trampas más seguras, pero no habían querido escucharlo.
—¡Retirada! —volvió a gritar Cyric.
O los hombres que había bajo el puente en esta ocasión sí lo oyeron, o se habían cansado de esperar la orden y habían tomado las riendas de la situación. Fuera por lo que fuese, el caso es que empezaron a retirar los troncos que, una vez cortados, habían sido colocados dentro de los agujeros donde originariamente habían estado los pilares de piedra. A continuación, los hombres que estaban en el centro del puente se columpiaron de unas cuerdas y su peso ejerció la fuerza necesaria para romper el debilitado pilar del centro. Después, los otros pilares del puente se fueron resquebrajando y también se derrumbaron. Los soldados zhentileses gritaron sorprendidos mientras el puente se derrumbaba y se precipitaban al revuelto río Ashaba.
Incluso Fzoul se quedó atónito al ver como el puente se caía. El hombre pelirrojo, que ya había llegado a la orilla este, se revolvió en su silla y observó la escena. Habían transcurrido tan sólo unos segundos y no quedaba nada del puente. A la orilla este habían llegado menos de veinte de sus hombres. En la orilla opuesta, muchos eran los que trataban de frenar sus caballos antes de verse precipitados en el agujero que había abierto el derrumbamiento del puente. Más de las tres cuartas partes de sus hombres habían sido lanzados al Ashaba y se habían ahogado dentro de sus pesadas armaduras.
Había menos de veinte arqueros en la torre Inclinada, pero los soldados a caballo o a pie que había junto a Fzoul no lo sabían. Incluso cuando empezaron a disparar flechas y a matar a los soldados que estaban delante, no comprendieron que tan pocos pudiesen derribar a tantos. En medio del griterío de sus heridos y aterrorizados hombres, Fzoul bajó del caballo y se cubrió de los arqueros, mientras sus hombres morían a su alrededor. Algunos de los soldados retrocedían, para caer inmediatamente al río. Fzoul se dio cuenta de que los cadáveres de sus hombres y de sus caballos iban a interceptar el extremo del puente y harían difíciles sus movimientos, hasta que desde la torre los fuesen matando uno a uno. Los zhentileses habían perdido la batalla sin haber luchado cuerpo a cuerpo con la espada ni con un solo hombre del valle.
A gatas, Fzoul se arrastró entre las filas de sus hombres muertos o moribundos y empezó a quitarse la armadura.
Los hombres que habían derribado el puente subieron a la orilla oeste y atacaron a los zhentileses que quedaban. Los arqueros de la torre también se desplazaron hacia la carretera y empezaron a avanzar.
Cyric se sacó el arco de la espalda y cogió una flecha del carcaj de un arquero que había junto a él. El ladrón no había perdido de vista al comandante pelirrojo que trataba de escaparse del puente derruido. El hombre se alejaba a gatas y se estaba quitando la armadura. Era evidente que el cobarde intentaría arrojarse al río.
Cyric apuntó una flecha y se preparó. Cuando el comandante se levantó y se preparó para saltar desde el borde del puente, el ladrón gritó:
—¡Pelirrojo!
Las miradas de Fzoul y Cyric se cruzaron un instante, luego trató de saltar, pero en ese punto, Cyric dejó escapar la flecha con una precisión infalible. La flecha atravesó el costado de Fzoul cuando intentaba saltar al río.
La matanza de los hombres de Bane continuaba, pero la batalla en el frente occidental se había terminado. Cyric reunió a casi todos los hombres y juntos se dirigieron al frente oriental. Pero, cuando se aproximaban al centro de la ciudad, oyeron el fragor de una batalla: acero chocando contra acero y oficiales dando órdenes a gritos. Cyric y sus hombres se lanzaron sobre el grupo de soldados zhentileses más cercano. Una vez los hubieron ahuyentado, Cyric se apresuró a preguntarle a un comandante qué había sucedido.
—Los zhentileses han venido también por el norte. Exactamente como habíamos temido. Hemos frenado en algo su avance con las trampas y las defensas colocadas en las granjas por donde iban a pasar pero, a pesar de todo, han llegado hasta aquí.
Otro grupo de zhentileses atacó a Cyric y éste volvió a perderse en medio de la batalla.
En el furioso combate que se libraba en los cruces del valle de las Sombras, pocos fueron los que advirtieron cómo una escuadra zhentilesa de caballería se alejaba en dirección a la carretera del este.
Kelemvor sabía que iban a enfrentarse a una superioridad imposible pero, a pesar de ello, ordenó avanzar sin vacilar. Como responsable de todo el movimiento, el lugar de Kelemvor estaba en la tercera línea de defensa. Quienes atacasen en la primera línea representarían el mayor porcentaje de víctimas en el ataque a los ejércitos de Bane, pero ni un solo soldado había dejado de presentarse voluntario para esta posición. A Kelemvor se le había ahorrado el deber de seleccionar a quienes se precipitarían a una muerte segura.
Los soldados, en formación de a seis, fueron surgiendo del sendero que Sememmon había incendiado. Los caballos, en gran número, habían muerto en la trampa, de modo que la mayoría de las tropas se reducían a soldados de infantería.
—¿Por qué no utilizamos nuestra caballería? —preguntó Drizhal a Kelemvor—. De esta forma podríamos hacerlos retroceder.
—Necesitaremos los caballos para después —explicó Kelemvor—, su velocidad permitirá que nuestros supervivientes se replieguen y reagrupen mucho antes de que los alcance el ejército de Bane.
El guerrero se apartó del joven y desplegó a los soldados de a pie para acabar con las fuerzas de Bane a medida que fuesen saliendo de la estrecha abertura que había en la carretera entre los árboles caídos.
Los hombres del valle tuvieron cierto éxito a la hora de frenar la carga de los zhentileses. Sin embargo, no tardaron en verse obligados a retroceder dado el impresionante número de zhentileses que seguía avanzando. Kelemvor utilizó a los arqueros para cubrir a los supervivientes del primer grupo cuando éstos se replegaron y se unieron a Kelemvor y sus hombres. Al mismo tiempo, tomó el relevo otro grupo de hombres del valle.
—Sea quien sea su comandante, es bueno —comentó Kelemvor—. No parece que mi táctica lo esté perturbando en absoluto.
—Es casi como si te conociese —dijo Drizhal.
Kelemvor sacudió la cabeza.
—O que sabe lo que puede encontrarse.
Bishop, el comandante del primer grupo de hombres del valle que habían atacado, se acercó a Kelemvor. Era mayor que éste, de tez clara y sucio cabello rubio.
—Están peleando como desesperados. Si esto fuese una guerra santa, no se comportarían así. Ahora, es más como si estuviesen luchando para sobrevivir —dijo Bishop—. Ya no están ansiosos por morir.
—Pero siguen viniendo —replicó Kelemvor—. ¿Tú crees que podemos forzar una retirada?
Bishop sacudió la cabeza.
—Los zhentileses que tenemos ahí delante tienen a algún loco por jefe, pero están asustados y quieren replegarse. Los de la retaguardia están sedientos de venganza y presionan a los demás hacia adelante. Esto es lo que se deduce de todos los gritos. No me sorprendería que muchos de ellos estuviesen desertando en el bosque.
De pronto, se oyeron gritos procedentes de la retaguardia de las tropas de Kelemvor. El guerrero se volvió y vio un escuadrón de hombres que se acercaba por el oeste. Llevaban los colores del ejército de Bane.
—¿De dónde salen éstos? —dijo Bishop.
—De la carretera del norte —contestó Kelemvor con creciente alarma—. Uno de los batallones debe de haber venido por la carretera norte. Ello significa que Hawksguard y Mourngrym han sido ya atacados y estos hombres se han visto obligados a huir de ellos.
—O que el señor del valle ha muerto —dijo Bishop en voz baja.
—¡Eso, ni se te ocurra! —gritó Kelemvor, para luego enviar a un grupo a detener a la caballería zhentilesa en la retaguardia antes de que causase demasiados estragos en las filas. Pero era ya demasiado tarde para ello, pues los jinetes estaban atacando a las líneas compuestas por hombres del valle.
—¡Kelemvor! —gritó Drizhal—. ¡Del este se están abriendo paso más soldados de Bane!
—Vamos a tener que enfrentarnos a ellos, retenerlos aquí y reducir su número lo mejor que podamos hasta que llegue ayuda —dijo Kelemvor.
—¿Qué me dices del pantano? ¿No tenemos todavía la oportunidad de llevarlos hasta el pantano y luchar allí con ellos? —propuso Drizhal.
—Ya puedes ir olvidando esa idea —replicó Kelemvor, sonriendo débilmente al muchacho—. Me he pasado el tiempo suficiente con los habitantes del valle como para saber que jamás se batirán en retirada ante nadie..., y menos ante los zhentileses.
Drizhal observó cómo los soldados de Bane fluían por la abertura.
—¡Preparad la caballería! —gritó Kelemvor a la vez que desenvainaba su espada—. ¡Lucharemos hasta el último hombre!
Pero todos los planes bélicos de Kelemvor, tan cuidadosamente estudiados, no tardaron en convertirse en polvo cuando los hombres del valle se enfrentaron al enemigo en medio de una caótica pelea. Kelemvor sabía que serían vencidos sin remedio cuando todo el peso del ejército de Bane cargase contra ellos. Sabía que la única esperanza real radicaba en organizar una retirada a través de las pequeñas barricadas de piedra que quedaban en dirección al valle de las Sombras. Pero cuando la situación empezó a deteriorarse estratégicamente, Kelemvor vio que los defensores del valle de las Sombras estaban más que contentos de enfrentarse a la muerte luchando con los zhentileses cuerpo a cuerpo.
El guerrero vio a media docena de hombres, que estaban a su lado, lanzarse a la batalla para caer sobre el fúnebre ejército del malvado dios. Sin embargo, cuando él mismo tuvo que enfrentarse a un soldado enemigo, poca satisfacción sacó de la muerte del hombre. Él no estaba luchando por lo mismo que luchaban los hombres del valle; todo lo que estaba haciendo Kelemvor era intentar aplazar lo que veía ya como la inevitable caída del valle de las Sombras. Drizhal murió al cabo de pocos momentos a manos de un soldado enemigo; Kelemvor se volvió para encararse con quien había atacado al muchacho.
El zhentilés atacó con su maza, pero Kelemvor retrocedió y esquivó el golpe. El guerrero se abalanzó ciegamente con su espada y se dio cuenta con pesar de que sólo había atravesado al caballo del zhentilés que empuñaba la maza. El caballo herido cayó de bruces y su jinete cayó al suelo sin soltar su arma ensangrentada.
Kelemvor se precipitó sobre el soldado tendido boca abajo, pero se quedó paralizado cuando el hombre se volvió y Kelemvor vio su rostro.
Era Ronglath, el Caballero Siniestro, el traidor de Arabel.
Aprovechándose de la momentánea sorpresa de su enemigo, el Caballero Siniestro volvió a arremeter con la maza. El pesado instrumento rozó la pierna de Kelemvor y lo derribó. El Caballero Siniestro, sacando la espada con su mano libre mientras se ponía de pie, esperó a que Kelemvor se hubiese levantado para tratar de hincar la espada en las costillas del guerrero y luego volver a preparar la maza. Kelemvor se agachó para esquivar la espada, pero al mismo tiempo levantó la suya a modo de parapeto y detuvo la maza antes de que alcanzase su cuello.
Kelemvor se puso completamente de pie de un salto y los dos guerreros se fueron tanteando en círculo, en busca de una oportunidad para volver a atacar.
—¡No! —gritó de pronto el Caballero Siniestro.
Kelemvor se agachó y la espada del jinete silbó encima de su cabeza. El guerrero dio un salto a su izquierda y luego abatió con fuerza la empuñadura de su espada sobre la mano del jinete. Se oyó un ruido sordo cuando algo se rompió en la mano del zhentilés y éste soltó su arma.
Antes de que Kelemvor pudiese reaccionar, el Caballero Siniestro cargó de nuevo y lo golpeó con violencia en la cabeza.
—¡Te mataré con mis propias manos! —siseó el Caballero Siniestro para luego volver a levantar la maza.
Kelemvor se abalanzó sobre el zhentilés y la espada del guerrero atravesó el costado del traidor mientras la maza se precipitaba sobre él. Después de esquivar la arremetida, Kelemvor dio un puñetazo al Caballero Siniestro en la mandíbula con su puño de acero y dio un traspié hacia atrás.
El Caballero Siniestro quedó desprotegido un instante y Kelemvor aprovechó la ocasión para arrojarse sobre él y sujetarlo, de modo que el zhentilés no tuviese oportunidad de utilizar sus armas. Cayeron al suelo y el Caballero Siniestro le dio una patada a Kelemvor en el pecho, obligándole a echarse a un lado.
—¡Me has destrozado la vida! —gritó el Caballero Siniestro—. ¡Por tu culpa me he quedado sin todo aquello que me importaba!
El Caballero Siniestro levantó su espada todo lo que pudo sobre su cabeza, pero este movimiento dejó expuesto su pecho y Kelemvor le atravesó el peto antes de que pudiese dar el golpe final. Incluso mientras se iba extinguiendo la vida del traidor, sus ojos no dieron cuartel. El Caballero Siniestro se desplomó y murió, con una mueca de odio y dolor grabada en su rostro.
Mientras Kelemvor sacaba su espada del pecho del Caballero Siniestro, vio el destello de un brillante y reluciente metal; la daga de un zhentilés que volaba hacia él. Una espada relampagueó delante del guerrero y desvió la daga. Otro relampagueo y el zhentilés se desplomó.
—Éste es el problema con estos chacales —dijo una voz familiar en un tono monótono—, siempre hay más de uno.
El salvador de Kelemvor se volvió y miró al guerrero. Se trataba de Bishop, el comandante del primer grupo.
—¡Detrás de ti! —gritó Bishop, y Kelemvor se volvió como un rayo para acabar con otro soldado zhentilés.
Se acercaban otros dos jinetes blandiendo las espadas. Bishop hizo caer al primero de su caballo de un tirón y luego lo traspasó; Kelemvor, por su parte, se enfrentó al compañero del soldado y lo mató. Se acercó luego otra oleada de soldados de Bane a pie, y los guerreros lucharon espalda contra espalda hasta que tuvieron cuerpos de muertos y moribundos hasta las rodillas. Sus espadas iban centelleando a medida que el interminable desfile de tétricos soldados se acercaba a los hombres del valle.
Cuando Kelemvor se fijó en la carretera del oeste, el corazón le dio un vuelco; el ejército de Bane estaba abriendo brecha a través de los hombres y de las barricadas y se dirigía hacia el valle de las Sombras.
El poder de Bane fue aumentando con cada muerte, hasta que una neblina ámbar de poder hizo que sus ojos se volviesen vidriosos. Sentía que la energía robada abrasaba su frágil caparazón mortal, pero soportaba contento esta molestia.
Resultó sencillo teletransportarse desde las barricadas. Se encontró en las afueras del valle y no tardó en lanzar un hechizo destinado a él mismo para hacerse invisible, luego utilizó el poder de las energías de las almas para elevarse en el aire.
Se había desplegado un pequeño grupo de zhentileses para llegar al valle de las Sombras por la carretera del norte y reunirse con los soldados en los cruces de la ciudad, donde Bane había presumido que los defensores opondrían su última resistencia. No había más de quinientos hombres en este destacamento y muchos serían detenidos por los hombres de las defensas que sin duda Mourngrym había colocado a lo largo de la carretera y en las granjas del norte.
Mientras volaba en dirección a los cruces, Bane descubrió encantado que como mínimo unos cientos de hombres procedentes del norte habían logrado pasar, si bien parecía que eran esperados. Bane descendió hasta el centro de la lucha sin dejar de mantener su invisibilidad. Pudo ver a cierta distancia la Escalera Celestial, y su aspecto cambiante le recordó una almenara en el cielo que lo haría subir y, finalmente, lo llevaría a su casa. Junto a la escalera vio el bien iluminado templo de Lathander. Se había echado en falta a un combatiente en la batalla y Bane cayó en la cuenta del lugar donde se habría escondido su adversario.
—Elminster —dijo Bane, y se rió—. Te creía más inteligente.
Se acercaba un humano, blandiendo una espada.
Mourngrym.
Qué maravilloso sería llevar la cabeza del señor del valle de las Sombras en su cinturón mientras saludaba al odiado sabio con los brazos abiertos. Bane invalidó la invisibilidad y se echó a reír cuando Mourngrym se detuvo delante de él, atónito ante su súbita aparición. Mourngrym se dispuso a atacarlo, pero Bane aplastó la espada de Mourngrym con la garra de su mano y luego se agachó a hacerse con su recompensa.
Otro hombre apareció de pronto y arrancó a Mourngrym de las garras de lord Black, pero éste abrió de cuajo el pecho del segundo hombre.
—¡Hawksguard! —gritó Mourngrym cuando el anciano se desplomó.
Bane estaba a punto de matar al desconcertado señor del valle cuando distinguió la Escalera Celestial.
Estaba ardiendo con llamas lacerantes de color azulado.
Los humanos quedaron completamente olvidados. Bane utilizó el poder de los muertos para elevarse en el frío aire nocturno. Se acercó al templo de Lathander. Del templo, en forma de fénix, surgía un flujo de llamas azuladas que saltaban sobre la escalera como un dragón arrojando las llamas de su aliento. La escalera crujía bajo las punzantes llamas y Bane miró horrorizado cómo el aspecto cambiante se convertía en un contorno borroso y ardiente que los ojos de su mutación no podían mirar.
Una neblina ámbar envolvió la carne de lord Black, mientras el continuo flujo de almas iba recorriendo su forma, y fortaleció al dios hasta que su poder alcanzó unos niveles que sólo había probado durante fugaces instantes en las mazmorras del castillo de Kilgrave. Lord Black llenó su mente de innumerables hechizos y del poder de formularlos a voluntad, sin los componentes físicos normalmente necesarios. Estaba a punto de volver a ser un dios.
Bane pensó que podía destruir aquel lugar; que podía arrasarlo hasta los cimientos y matar a todos los que se atreviesen a desafiarlo.
Miró la Escalera Celestial y se acercó volando hasta donde se atrevió, luego permaneció suspendido en medio del aire y vio cómo su camino de regreso a las Esferas se iba esfumando. Nada podía hacer para evitar la destrucción de la Escalera; su plan para recuperar las Esferas se había ido al agua. Elminster se había atrevido a desafiar a lord Black y ahora el anciano tendría que pagar por ello.
Bane descendió hasta el templo y lo estudió un momento. No se atrevió a pasar por los huecos que dejaban las llamas místicas, pues sin duda éstas destruirían su mutación. Y, cuando examinó las puertas y las ventanas, Bane descubrió que habían sido fortificadas con algún tipo de hechizo. Romper aquella custodia mágica alertaría a Elminster de su presencia.
Bane vio una ventana que no había sido protegida y se elevó para tantear, esperando encontrarse con la mirada de Elminster cuando observase a través de ella. Pero allí no había nadie. Bane atravesó el brillante torrente de luz que fluía de la ventana sin daño alguno y se encontró en el dormitorio de un sumo sacerdote de Lathander. Bane advirtió, a sus pies, un libro con las palabras «Diario de Fe» y adornos en las tapas. Lord Black se agachó y cogió el diario encuadernado en piel.
Cuando Bane leyó las palabras de la última página, no pudo contener la risa. Sólo cuando oyó ruido de voces debajo de él tiró el libro y dejó de reírse. Después de lanzar un hechizo de transparencia miró al suelo y luego a través de las maderas y los pilares que lo separaban del sabio.
Vio a Elminster lanzar un sortilegio. El mago parecía agotado, como si hubiese estado trabajando en aquel hechizo la noche entera. Un remolino de niebla daba vueltas en todas direcciones. También estaban allí la maga y el clérigo que habían interferido sus planes en el castillo de Kilgrave; el fracaso de sus asesinos lo había preparado para este momento y, en cierta forma, le alegró aquel giro de los acontecimientos. Para lord Black no había placer más dulce que arrebatar la vida de sus enemigos con sus propias manos.
El clérigo estaba ocupado subrayando en unos libros antiguos, encontrando hechizos que la maga de cabello oscuro estudiaba. Elminster se dirigía de vez en cuando a la maga y ella recitaba uno de los sortilegios que había aprendido.
Cuando la maga repetía los sortilegios, éstos salían bien, ¡incluso sin componentes! Bane miró a la mujer y vio el medallón en forma de estrella, el símbolo de Mystra, alrededor de su cuello. Cada vez que formulaba un hechizo, unas rayitas de energía se movían por el medallón y desaparecían a su conclusión.
Bane pensó que la mujer tendría algo del poder de Mystra en aquella baratija y que debería hacerse con el objeto para atacar a Helm y Ao.
Bane reflexionó sobre la mejor manera de coger al anciano sabio por sorpresa, pero no se le ocurrió ningún hechizo para llevar a cabo sus fines. Negándose a desalentarse, Bane se tumbó boca abajo en el suelo y utilizó su poder robado para hacer que su forma se volviese insustancial. Acto seguido, se fue deslizando lentamente dentro del suelo hasta que sacó el rostro por el otro lado; luego fue siguiendo el techo hasta encontrar la pared más cercana a Elminster. Lord Black bajó deslizándose por la pared, sin perder de vista a su presa en ningún momento. Finalmente, cuando estuvo detrás de Elminster, a menos de seis pasos, Bane se apartó de la protección que le proporcionaba la pared y avanzó hacia el sabio, con las garras extendidas.
Cuando la maga morena advirtió la presencia de Bane, las garras estaban a sólo unos centímetros de la garganta de Elminster.
El sabio del valle de las Sombras estaba absorto en el mundo privado de los hechizos que estaba formulando. Sentía cómo los poderes que estaban soltando fluían del mágico tejido que rodeaba Faerun y, al abrir los ojos, vio que una sección del suelo del templo había desaparecido. Sus conjuros habían abierto una hendidura, una hendidura flanqueada de un remolino de niebla que brillaba con un poder que sólo en una ocasión había requerido con anterioridad, y eso siendo él mucho más joven. En aquellos tiempos, cuando sólo tenía ciento cuarenta años, creía ser inmortal. Ahora, mientras observaba la abertura, Elminster se asustó un poco ante las fuerzas que había llevado a los Reinos para combatir a lord Black.
Un grito de Medianoche sobresaltó al anciano, absorto en sus conjuros. Miró por encima de su hombro y distinguió los feroces ojos del dios de la Lucha, mientras sus garras descendían hacia él. Elminster pronunció una palabra de poder y Bane fue arrojado hacia atrás con una fuerza increíble. Lord Black se estrelló contra la pared por la que había salido.
Del agujero del suelo salió un grito espantoso y, cuando Elminster se volvió, vio que su hechizo de invocación, el que estaba lanzando en el momento del ataque de Bane, había salido mal. Lo que había acudido, en lugar del ojo de la eternidad, era algo desconocido para el anciano, que se asustó muchísimo.
—¡Medianoche! —gritó Elminster—. ¡Tienes que intentar un hechizo de contención!
No había tiempo para esperar una respuesta, pues Bane se abalanzaba de nuevo sobre el sabio. Elminster lanzó un rayo cegador de luz azul y blanca que metió al malvado dios en una serie casi interminable de trampas. Lord Black gritó con rabia y utilizó su poder para abrirse paso a través de las punzantes cadenas.
Elminster retrocedió cuando un abrasador rayo de llamas color ámbar lo atravesó. Dijo el hechizo, pero presentía que el poder del malvado dios iba en aumento, que sus propios hechizos eran invalidados con tanta rapidez como eran pronunciados. El gran sabio no podía permitirse aquel lujo. Cada conjuro hacía su efecto, hasta que, finalmente, el dios de la Lucha empezó a hacerlo retroceder hacia el remolino de niebla del agujero.
Bane aprovechó la ventaja y recurrió a las fuerzas que había reservado para lanzar sobre Helm. Unas energías indecibles fluyeron del malvado dios y éste sintió un dolor espantoso cuando su mutación mortal luchó por mantener su forma y concentrarse en los grandes poderes. Bane entregaría al sabio a la criatura que había sido llamada, luego utilizaría esta criatura para devorar al dios de los Guardianes y al propio gran Ao. Bane no debía olvidar pedirle a Myrkul que transmitiese su agradecimiento al sabio en la tierra de los muertos.
De repente, un rayo azulado, que no se parecía a nada que Bane hubiese visto antes, lo atravesó y lo alejó volando del sabio. Levantó la mirada y vio a la maga morena en el otro extremo de la habitación; estaba moviendo las manos y entonando otro hechizo.
Bane se rió.
—Es posible que tengas parte del poder de Mystra, pequeña, pero no eres una diosa.
A continuación, el dios de la Lucha arrojó un rayo de energía que atravesó la habitación y golpeó a Medianoche. Bane se levantó y se dispuso a matar a la maga, pero oyó un ruido ensordecedor procedente de la abertura e intuyó que aquello que había llamado Elminster había llegado.
Cuando el dios de la Lucha se volvió y vio lo que había salido del agujero, el corazón de su mutación estuvo a punto de dejar de latir.
—Mystra —dijo Bane en voz baja.
Pero el ser que estaba ante él poco tenía que ver con la diosa etérea que había esclavizado y torturado en el castillo de Kilgrave. Aquélla era una criatura que no tenía lugar ni en el mundo de los hombres ni en el mundo de los dioses. Mystra no era ya un ser de carne y hueso o un dios de las Esferas. Se había convertido en una esencia prima, en una parte del mundo fantasmagórico y maravilloso del tejido de magia que rodeaba el mundo. Uno sólo se podía referir a ella como a magia elemental.
Mystra logró empezar a pensar de forma racional sólo con el mayor de los esfuerzos; apenas era consciente y no tenía poder para actuar. Únicamente el poder de la invocación de Elminster había sido lo bastante poderoso como para que su esencia pudiese volver a tomar forma y tener acceso a los Reinos..., y la oportunidad de enfrentarse de nuevo a Bane.
De los ojos de Mystra surgieron unas enormes hebras de magia que rodearon la habitación. De su carne ectoplásmica salió, desgarrando ésta, una mano increíble que se extendió hacia Bane.
Adon protegía a Medianoche con su cuerpo mientras los rayos de energía recorrían el cuarto, quemando las paredes y desparramando los libros de Elminster. Medianoche estiró el cuello y miró a Mystra, horrorizada.
—Diosa —fue todo lo que pudo decir.
A continuación Elminster lanzó otro hechizo a Bane, pero empezaron a salir de forma constante huevos verdes de la mano del anciano, para irse a estrellar contra el malvado dios. Elminster maldijo su suerte y empezó otro ensalmo. Bane le dio la espalda a Mystra y arrojó un rayo de luz ámbar. Antes de que la luz chocase contra Elminster, éste creó un escudo de contención del rayo, pero a pesar de ello fue golpeado y cayó gritando, en el agujero. Luego, unos cegadores rayos de energía azul y blanca saltaron de las manos de Mystra y se estrellaron contra el dios de la Lucha.
Bane cayó de rodillas cuando la fuerza de su poder robado se volvió contra él, y su frágil mutación humana se fue desgarrando lentamente. La carne, la sangre y los huesos se convirtieron en una masa humeante que sólo era remotamente humana.
—¡No... moriré... solo! —dijo Bane en un siseo.
La mutación ensangrentada avanzó arrastrándose y levantó una mano cuando vio a la maga morena apretada contra el clérigo. Las manos de Medianoche estaban en el medallón, como si estuviese a punto de volver a utilizar la magia contra lord Black. El medallón se soltó de su cuello y voló hasta lord Bane. El dios se rió y sus garras se cerraron sobre él.
—Tu poder vuelve a ser mío, Mystra —dijo el dios de la Lucha a través de unos labios llenos de ampollas.
Mientras la maga se ponía en pie y se dirigía hacia el dios de la Lucha, oyó dentro de su cabeza la voz de Mystra, en un tono entrecortado e histérico. Atácalo, dijo la voz. Utiliza el poder que te he dado.
Un rayo de poder azul y blanco surgió de Medianoche mientras completaba su hechizo. Aquél se estrelló contra Bane y lo lanzó cerca de Mystra. Lord Black levantó la vista hacia Medianoche un momento, con confusión en los ojos.
—Pero si yo tengo el...
Mystra lo cubrió con su masa y el dios de la Lucha gritó. Aquí, lord Bane, dijo Mystra mientras lo envolvía. Coge todo el poder que quieras. Salió un rayo de llamas azules y blancas y la mutación de Bane explotó violentamente. El cuerpo amorfo de Mystra se puso en tensión un segundo, mientras moría la mutación, y ella absorbía el poder de la explosión. Luego, también ella desapareció en medio de un relámpago de blanca y brillante luz.
—¡Diosa! —exclamó Medianoche, pero cuando pronunciaba esta palabra comprendió que Mystra estaba muerta.
Luego recordó que Elminster había sido arrojado al agujero. Cuando levantó la vista, Adon estaba al borde de la abertura, mirando la niebla que salía de ella y con los brazos extendidos, como si el clérigo estuviese tendiendo las manos a alguien que había dentro del agujero.
—Elminster —dijo ella en voz baja.
Luego Medianoche distinguió un movimiento confuso dentro de la abertura. La niebla se separó un momento y vio al anciano luchar desesperadamente para cerrar el agujero que él mismo había abierto.
Medianoche corrió junto a Adon. El clérigo tenía las manos extendidas, como si hubiera estado formulando un hechizo.
—Por favor, Sune —decía bajito, y unas lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
No daba la impresión de que Elminster viese a Medianoche y a Adon, que estaban al borde del agujero. Estaba demasiado ocupado haciendo complejos dibujos con sus manos y cantando largos ensalmos. Luego, el anciano gritó y una luz violeta surgió del agujero. Medianoche preparó un sortilegio, pero cuando levantó las manos para formularlo, surgió un rayo y Elminster y el agujero desaparecieron. El templo empezó a temblar y Medianoche se desplomó sobre sus rodillas.
Adon la ayudó a ponerse de pie y la obligó a caminar. Ella notó el aire caliente y la luz del sol recorrer su rostro mientras pasaban entre la cegadora luz azul que llenaba el pasillo. Cuando salieron, Medianoche miró al cielo y lanzó un grito ahogado al ver las enormes llamas que envolvían la Escalera Celestial, que ardía en los cielos. Pudo ver por un instante los negros y chamuscados fragmentos de la escalera, cuya apariencia se había convertido en una formación de imágenes que no paraban de dar vueltas. Vio, en algunos puntos, los montones de manos que había vislumbrado en una ocasión anterior; temblaban y se aferraban al aire. Luego la Escalera desapareció y sólo quedaron las llamas.
Medianoche y Adon se cayeron al suelo y entonces oyeron un ruido ensordecedor: eran las paredes del templo que se resquebrajaban y las alas de las torres que se derrumbaban detrás de ellos.
El templo de Lathander explotó y todo el valle de las Sombras se puso a temblar.
Al este de la explosión, la batalla que se libraba en la carretera cerca de la charca de Krag quedó prácticamente interrumpida un momento, durante el cual los combatientes miraron el cielo en medio de un perplejo silencio. El fuego caía en cascada de los cielos, atravesando el aire para envolver la zona próxima al templo de Lathander.
Kelemvor contemplaba las llamas conmocionado. Lo primero que pensó fue abandonar su posición, coger un caballo y correr junto a Medianoche, pero sabía que Elminster debía de estar con vida. Era legendario por sus poderes y él podría proteger a Medianoche mejor de lo que sería capaz de hacerlo él mismo. Además, Kelemvor sabía que no podía dejar a sus hombres sin jefe. La suerte de Medianoche estaba en sus propias manos, como ella lo había querido.
El respiro causado por la explosión no duró más de unos segundos, luego se reanudó la batalla. Las fuerzas de Bane estaban claramente agotadas y la ausencia de sus mandos clave en el campo de batalla había reducido a los zhentileses a una chusma indisciplinada que luchaba por su vida. Bane no había regresado, Sememmon estaba herido y sin sentido y el Caballero Siniestro muerto. Lo más importante de todo era que los defensores del valle de las Sombras no daban muestras de cejar ante el cada vez menor, pero todavía superior, número del ejército de Bane.
El comandante Bishop estaba junto a Kelemvor.
—Vienen de todas direcciones —dijo Bishop, sin apenas aliento—. ¡Por todos los dioses, esto es un juego para gente joven!
—Yo creo que es un juego triste y macabro —replicó Kelemvor.
Pero Kelemvor se preocupó de cubrir las espaldas a Bishop y ambos avanzaron entre la carnicería. Había cuerpos por todas partes. Los muertos se contaban a miles y la lucha se volvió más encarnizada que nunca. Kelemvor oyó a uno de los zhentileses llamar a lord Bane en voz alta. Otros le contestaron que había huido.
—¿Has oído esto? —dijo Kelemvor, pero Bishop estaba ya ocupado con una espadachina que igualaba todas sus arremetidas y no daba señales del agotamiento que se había apoderado del comandante.
Antes de que Kelemvor pudiese darse la vuelta y ayudar a Bishop, otro jinete zhentilés se precipitó sobre él con su caballo, blandiendo la espada. Kelemvor tiró al soldado del caballo y lo traspasó. Después de subir al caballo negro, Kelemvor tendió la mano a Bishop, que acababa de matar a la espadachina. El comandante levantó el brazo, pero lanzó un grito cuando una flecha atravesó su pierna. Vaciló y Kelemvor lo agarró de la mano y lo aupó al caballo.
Otra flecha pasó rozándolos y Kelemvor espoleó al caballo. Encontraron un pequeño grupo de hombres del valle luchando por sus vidas contra los zhentileses y Kelemvor obligó al caballo a cargar contra la escaramuza.
Kelemvor y Bishop arremetieron contra el río de armaduras negras, y sus hojas abrieron un amplio arco en las fuerzas zhentilesas, pero sus esfuerzos no eran suficientes ante aquella superioridad numérica. Cayeron del caballo por lados opuestos y se vieron obligados a pelear a pie. Luego se oyó un canto al oeste y otra tropa de jinetes de armaduras color ébano se unió a la batalla, pero no eran zhentileses; llevaban el símbolo del caballo blanco en sus cascos. Eran los jinetes del valle del Tordo.
Kelemvor dejó escapar un grito salvaje y destripó al zhentilés con el que estaba luchando. Los jinetes eran la mejor caballería del valle. Aunque no eran más que veinte hombres, cada uno valía por cinco soldados zhentileses.
Otro hombre del valle lanzó un grito y volvió a señalar al oeste.
—¡Mirad allí!
Kelemvor vio otro grupo de guerreros, que sólo podían ser los Caballeros de Myth Drannor, que cargaban en la carretera. Iban a la cabeza de la mayoría de los defensores del valle de las Sombras procedentes de la ciudad, el primero lord Mourngrym.
Antes de que transcurriera una hora, el ejército de Bane empezó a retirarse. La presencia de los jinetes del valle del Tordo y de los Caballeros de Myth Drannor había acabado con la resolución de la mayoría de los zhentileses. Casi todos los soldados del ejército de Bane que habían logrado abrir brecha a través de las barricadas de piedra habían muerto a manos de los defensores de la ciudad. Los hombres del valle apostados en el puente habían ahuyentado a Fzoul y sus tropas. Los jinetes zhentileses que habían atacado desde el norte habían muerto o se habían visto obligados a replegarse. Y ahora las fuerzas zhentilesas del este también estaban huyendo.
En la barricada que daba al valle de las Sombras, Kelemvor y Bishop se encontraron con Mourngrym y dos de los Caballeros.
—¡Se están retirando! —exclamó Mourngrym—. ¡Hemos ganado!
Kelemvor no podía creer aquellas palabras tan fácilmente. Quedaban muchos zhentileses que lucharían mientras les quedase un soplo de vida. Las escaramuzas se habían desplazado al interior del bosque y ya había algunos incendios que amenazaban con propagarse, faltos de control. De momento, el valle de las Sombras había perdido demasiados hombres para enfrentarse como era debido siquiera a un pequeño incendio forestal.
Kelemvor recorrió con la mirada el campo de batalla, pero no vio a ninguno de sus amigos.
—Lord Mourngrym, ¿dónde están Cyric y Hawksguard?
La expresión triunfante de Mourngrym se desvaneció.
—Están en el cruce de carreteras —contestó el señor del valle en voz baja—. Cyric está bien, aparte de algunos rasguños. Hawksguard...
Kelemvor miró al señor del valle de las Sombras a los ojos.
—Ha sido Bane —dijo finalmente Mourngrym—. Me tenía cogido entre sus garras y Hawksguard me ha salvado.
Kelemvor se volvió y picó a su caballo para que se pusiese a galope y se dirigió al cruce de carreteras. El guerrero pasó por delante de Cyric y de un puñado de hombres que iban al bosque a perseguir a los soldados zhentileses en retirada, pero ni siquiera oyó sus gritos de saludo.
Cuando Kelemvor llegó finalmente al centro del valle de las Sombras, vio que estaban cargando a los muertos en carros y atendiendo a los heridos allí donde habían caído. Vio a Hawksguard casi inmediatamente, tumbado en el suelo junto con otros oficiales.
Kelemvor se acercó al veterano guerrero. Hawksguard no estaba muerto, pero no cabía duda de que no llegaría vivo al día siguiente. Las manos con garras de Bane habían hecho un profundo tajo en su pecho y era un milagro que todavía estuviese con vida. Kelemvor tomó la mano de Hawksguard y lo miró a los ojos.
—Lo pagarán —gruñó Kelemvor—. ¡Les daré caza y los mataré a todos!
Hawksguard se asió al brazo de Kelemvor, sonrió débilmente y sacudió la cabeza.
—No te pongas melodramático —dijo—. Esta vida... es tan corta...
—No es justo —dijo Kelemvor.
Hawksguard tosió y un profundo espasmo sacudió su cuerpo.
—Acércate —dijo Hawksguard—. Tengo algo que decirte.
Su voz se había convertido en un susurro.
—Es importante —añadió Hawksguard.
Kelemvor se acercó más a él.
Y Hawksguard le contó un chiste.
Kelemvor notó que le temblaba el labio inferior pero, al final, se rió. Hawksguard había ahuyentado los pensamientos de muerte y sangre que lo iban embargando al recordarle algo que casi había perdido:
La esperanza.
La batalla del valle de las Sombras había terminado. Las fuerzas de Bane se habían replegado en el bosque, si bien muchos sólo habían encontrado una muerte atroz en lugar de la huida en la que confiaban. El incendio se estaba extendiendo, pero poco podían hacer los cansados hombres del valle para contener el fuego.
Sharantyr, una guardabosques que iba con los Caballeros de Myth Drannor, se dirigió al templo de Lathander a caballo, junto con la poetisa arpista Vendaval, Dedos de Platino, para investigar la explosión y el fuego que allí se habían desencadenado, así como para interesarse por Elminster y los dos forasteros que estaban con él.
Cuando se aproximaron, Sharantyr y Vendaval vieron a Medianoche y a Adon salir a trompicones de entre las ruinas del templo. Luego una bola de fuego surgió de dentro de las ruinas y se elevó en el aire a la velocidad del rayo. Sharantyr saltó de su caballo y tiró de Vendaval para hacerla bajar también y evitar que se metiese en aquel infierno.
—¡Elminster! —exclamó Vendaval, con la mirada fija en la destrucción.
Una burbuja de energía azul y blanca envolvió al clérigo y a la maga que escapaban de la destrucción, y las mujeres vieron cómo un muro de escombros se vaporizaba cuando tocó aquel escudo. Finalmente, cuando la tierra se inmovilizó y todo lo que vieron del templo de Lathander fueron unas ruinas, las mujeres corrieron hasta los forasteros, que habían salido indemnes de la destrucción.
Después de haber comprobado que el clérigo y la maga estaban con vida, Vendaval entró corriendo en el templo. Dentro de las ruinas en llamas, pasando entre los cascotes que llenaban la antecámara, Vendaval apartó penosamente una viga de su camino y penetró en lo que había quedado de la sala principal destinada al culto. La arpista de cabello plateado notaba cómo los latidos de su corazón se aceleraban mientras buscaba entre los escombros algún signo de que Elminster sobreviviese a todo aquello. En el extremo más alejado de la sala encontró fragmentos de sus antiguos libros de hechizos e incluso trozos de su manto hecho jirones.
Los muros que todavía quedaban en el templo estaban salpicados de sangre y trocitos de huesos.
Vendaval gritó desde lo más recóndito de su corazón. Estaba consumida por la rabia y salió corriendo del templo para encararse con los forasteros.
Cuando la arpista de cabello plateado llegó afuera, vio que Sharantyr hablaba con el clérigo y la maga que habían huido del templo. La guardabosques estaba a punto de interrogar a la mujer morena, cuando apareció Vendaval ante ellos con la espada desenvainada.
—Elminster —dijo ella, con odio en su voz—, Elminster ha muerto asesinado.
Vendaval arremetió contra ellos y Sharantyr tuvo que sujetarla y desarmarla antes de volver a soltarla. Luego, una enorme sombra pasó por encima del templo y el aire se volvió tenue y frío. Al cabo de unos segundos, el perfecto azul del cielo se volvió gris acero y unos nubarrones convergieron en lo alto de la Escalera Celestial en llamas. Un enorme ojo apareció en la cumbre de las nubes y una lágrima cayó del ojo mientras parpadeaba; luego desapareció. La lágrima se convirtió en un diluvio que se precipitó de los cielos e inundó todo el valle. Unas columnas de humo blanco azulado se elevaron de la escalera mientras se extinguían las llamas que la habían destruido y, lejos del templo, en el bosque próximo a la charca de Krag, los incendios se apagaron bajo los torrentes de lluvia.
Vendaval parecía haberse calmado con ocasión de la lluvia torrencial que había caído, pero entonces se fijó en el rostro del joven clérigo y en la cicatriz.
—Él estaba..., él estaba en el templo de Tymora —dijo la poetisa en un susurro, sin aliento—. Estaba allí después de los asesinatos.
Sharantyr se adelantó y, en esta ocasión, con la espada desenvainada.
—Soy Sharantyr de los Caballeros de Myth Drannor —dijo—. Tengo el sacrosanto deber de deteneros a ambos por el asesinato de Elminster el Sabio...


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