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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 7 de abril de 2010

FLORES DE CRISTAL -- ANTOLOGIA

FLORES DE CRISTAL

Carlos Buiza

A los miz, arquitectos espaciales

Iban subiendo uno de los últimos repechos. La casa aún no se veía, pero su proximidad les alentaba. El vestía un traje de etiqueta, hecho jirones; la corbata le colgaba a ambos lados del cuello y uno de los zapatos había perdido la suela. Tenía herida la planta del pie y el polvo había formado una costra durísima que le ayudaba a caminar. El traje de noche de la mujer también estaba deshecho y su cuerpo presentaba rasguños y heridas por todas partes, llenos también de polvo y sangre reseca. El pelo rubio y sucio se amontonaba detrás de la cabeza. Caminaba apoyada a medias en el hombre, y los pasos de ambos eran inseguros y vacilantes. Sin embargo sus ojos miraban al frente, con agotada resolución, sin darse cuenta que estaban medio ciegos.

—¡Estamos casi, Jo, un poco más!...

Habló el hombre y ella no le oyó. También el polvo había encontrado reposo en el hueco de sus oídos y los había taponado. Y el aire... casi no podía respirar. Después de las fosas nasales, comenzaba a invadir sus gargantas, sus pulmones. En seguida formaba una corteza que muy pronto se endurecía, hasta parecer cemento... El polvo maldito del asteroide también estaba contra ellos.

La casa apareció inopinadamente entre los lentos embudos y espirales. Estaba allí, ante ellos, a veinte metros, donde había estado siempre, alzándose ahora con la fuerza de una última esperanza.

La contemplaron unos segundos, borrosa, con sus ojos escocidos.

—Jo, ya estamos en casa...

La casa se construyó después de la segunda expedición. Era casa y refugio, con las máximas comodidades y seguridades de ambos. La parte más importante, la indispensable, la cámara de despolvación, ocupaba un tercio del recinto. Era el último avance de la técnica contra el polvo asteroidal y, particularmente, contra el de Ar.17. Fue usada, sin embargo, pocas veces. Nadie quería este asteroide. Estaba maldito, decían; y algunos daban a esas palabras su verdadero sentido.

Basan y su mujer jamás habían sentido predisposición hacia los rumores y se convirtieron, al momento de solicitarlo, en propietarios de Ar.17, ante el asombro del agente de ventas. Era lo que necesitaban para ciertas ocasiones: desaparecer y descansar. La placa del contrato fue conservada por ellos, y en el Registro sólo aparecían sus iniciales.

Se felicitaron por el hallazgo el primer día. Al segundo, establecieron contacto con un miz.

El nombre es onomatopeya: producen un ruido reflejo y, por tanto, carente de una base racional. A Jo le recordó, cuando lo oyó por primera vez, al bufido de un gato terrestre. También se ha dicho que es su forma de hablar, que cantan como los grillos, que es locura... Pero no se ha encontrado una respuesta que satisfaga a todos.

Se especuló, al principio, si los miz poseían inteligencia y en torno a este punto hubo opiniones aún más dispares (sobre todo, a la hora de fijar su desarrollo, funcionamiento y localización), pero se coincidió en atribuirles cierto tipo de inteligencia rudimentaria.

Cuando Jo vio al miz se quedó extasiada, confundida. Mas en ningún momento sintió miedo, ni siquiera inquietud, por su presencia.

—Era como un delicioso engendro, como una pesadilla blanca materializada —dijo después a su marido.

Y se trataba de una buena descripción. Es difícil explicar su forma a quienes no los han visto. Cambian, y los mismos testigos parecen entrar en un laberinto de formas cuando quieren establecer este cambio.

Las sucesivas placas han demostrado, aunque el paisaje impresionó los negativos, la imposibilidad de fotografiarlos. Tampoco encontraron explicación: ni rayos X, ni radioactividad... Y no maréela la pena buscarla. Había mucho que hacer y Ar.17, como la mayoría de los asteroides, carecían de atractivo y poseían escaso valor. Fue catalogado, archivado y olvidado rápidamente, como tantos otros.

Basan y Jo decidieron pasar, esta vez, toda una semana en la casa. Durante los dos meses anteriores el trabajo les había agotado conocían bien los sedantes resultados del descanso en Ar.17.

Llegaron en un pequeño bote desde la Estación más próxima. Para el regreso serían recogidos por una de las panzudas naves de la Compañía.

No llevaron equipaje, sólo unos libros para leer; en la casa había todo lo necesario para pasar muchos meses de destierro sin preocupaciones, y siendo el tiempo de intemperie de quince minutos, tampoco era necesario transportar los pesados trajes de vacío.

Habían cenado una auténtica cena terrestre; ravioles, pollo al horno y fruta fresca; el estabilizador conservaba los alimentos en las mejores condiciones.

—¿Recuerdas el día que llegamos? No sabíamos qué bien iba a sentarnos esto. Al principio dijiste que te habías arrepentido de la compra...

—Sí, me acuerdo —respondió Basan levantando la cabeza del libro y arrellanándose en el sillón—. ¡Qué tontería! Fue un hallazgo y nosotros somos dos ermitaños... a escala espacial; nada de sacrificios, nada de privaciones. Sólo descansar y contemplar cómo descansamos. Es un verdadero sedante, querida.

Jo estaba en el suelo, sentada encima de un almohadón rojo y confortable, con otro libro en las manos, Las Rimas del Tiempo, del último tiempo-poeta del momento.

El trabajo de Basan en la Estructural Espacial hacía que también gustase de este tipo de literatura; pero mientras él sólo buscaba la evasión, ella se deleitaba en la estética, en la misma raíz de la tiempo-idea.

Y en Ar.17 gozaban del descanso que necesitaban, de estos momentos vitales de calma compensadora.

Sin salir de la casa. No hacía falta. Y, además, poco podían hacer en el exterior. El pequeño tiempo de intemperie unido a la fealdad del asteroide, no hacían apetecible la salida.

Pero Jo salió una tarde, y esa tarde vio al primer miz.

—Ya te dije lo poco que se les conoce y el pequeño interés que tienen.

—Sí, pero son... raros. Y lo más extraño es que pueden vivir entre el polvo.

—Piensa, querida —respondió Basan consecuentemente—, que seres más extraños existen: hurón radioactivo, garza estrellada, fénix, etcétera. Si los miz pueden vivir entre el polvo, habrá que tomarlo como una rareza más.

—Sin embargo a todas las rarezas cósmicas se les ha buscado explicación y todas ellas poseen base científica que explica su evolución, desarrollo, complementación... Pero los miz, desde que fueron descubiertos en el primer asteroide, constituyeron la excepción. "No podemos cogerlos..."; o "no se les puede fotografiar...", y cosas así. ¿No te parece raro?

—Solamente por cuanto pudo suponer una negligencia por parte de los Exploradores —contestó Basan quitándose las gafas y cerrando el libro—. Y fíjate que digo pudo; los mismos arriesgados, esforzados y diligentes Exploradores han archivado el caso: "fenómeno inexplicable por el momento, carente de peligro e interés". Algo así dirán sus informes. Los miz están tan bajos en la escala del Interés o en la de Explotación que solamente destacan —si eso es destacar—, por su rareza. Y el cambio que se les atribuye debe ser como el de la lombriz de tierra: no hay tal; sólo replegación.

—Eres un conformista, Bas. Los miz son algo más, estoy segura. Observan, observan con gran interés... ¡Y no me digas que son como las lechuzas! Parece que espían —imitó una especie de escalofrío—: ¡Brrrr!... ¡qué bichos!

—¡Exactamente!: bichos. Confieso que lo que más me ha intrigado es lo que dijiste antes, "pesadilla blanca materializada". Evidentemente has debido encontrar al único miz ilusionista. Yo, cuando descubrí al primero (no te lo dije, pero nos observaba viniendo de la cancha), me produjo sólo repugnancia... y algo de pena; si poseen la inteligencia que les suponen, deben ser bastante desgraciados al verse así. Un ser medianamente inteligente no puede haber evolucionado hasta convertirse en un miz —guardó silencio durante algunos segundos—. No sé, debe de ser otra cosa. Pero tienen la ventaja de no necesitar despolvación. ¡Qué comodidad! —Miró a su mujer y repitió la pregunta—: ¿por qué pesadilla blanca?

—Era como un mal sueño —respondió ella—. Sin formas, sin contornos, con el cuerpo medio enterrado en el polvo junto a unas raquíticas alheñas. No sentí miedo, de verdad, ni siquiera curiosidad. En ese momento no me intrigó cómo podría vivir ni nada relacionado con su especie; eso vino después. Yo lo miraba y él me miraba; no tenía ojos, pero seguía atentamente cada movimiento mío. Un poco antes de llegar a la casa dejé de verle.

—Acerté en mi juicio: era ilusionista. Al que yo vi, también me observaba, pero tenía ojos.

—No bromees, Bas —le reprochó—. ¿No es posible que cambien? Si no eran iguales...

—Sí, es posible..., aunque improbable. Recuerda que cada uno de nosotros vio uno distinto, y la poca luz que había quizá nos haya equivocado.

Jo se acarició la oreja izquierda, en el lóbulo, gesto inconfundible que Basan advirtió.

—¡No me digas que estás preocupada por los miz! —bromeó.

—¿Preocupada? —repitió tontamente—. No... Estaba pensando que quizá se ha cometido una tremenda injusticia al no prestarles la atención que merecer. Creo que son más importantes de lo que parecen.

—Si sólo es un presentimiento, olvídalo. Ya conoces los métodos de los Exploradores: depurados. Es imposible que tú veas, o presientas, lo que ellos no hayan visto y analizado. Sí —continuó después de un pequeño silencio—, métodos exhaustivos.

Miró a Jo, sonriéndole.

—Deja de preocuparte... Vinimos a descansar, ¿no? Y eso será lo que haremos, eso y nada más. Este mes va a poner a prueba la resistencia de los dos... la cobertura plataformal y todo el proyecto... Sólo nos queda un día aquí, que se nos hará corto. Mañana...

Mañana aterrizó la nave de la Compañía. La oyeron y se prepararon para salir. La cancha quedaba cerca, pero oculta tras unas colinas calcinadas y cubiertas de polvo. Fuera, el silencio era total; sólo el crunch de la puerta al entrar en sus guías y cerrarse y el sonido apagado de sus pasos.

Habían celebrado la fiesta de despedida, fiesta en la que no hubo invitados y en la que sólo ellos dos tomaron parte, en la superficie muerta de Ar.17.

Acabó un poco precipitadamente por la llegada del cohete. El localizador los avisó algunos minutos antes y, tal como estaban, salieron.

Los zapatos de charol de Basan y los delicados zapatos de noche de Jo se hundían en el polvo, suavemente, sin ruido.

Iban llegando a las colinas que impedían la vista de la nave y entonces oyeron el murmullo que procedía de la cancha. Basan prestó atención, sin dejar de andar, y miró interrogadoramente a Jo.

—No sé... —dijo entre dientes, acelerando el paso y tomándola de la mano.

Iban llegando a la curva de las colinas. Aquí el murmullo volvió a repetirse más intenso, más claro.

—Es un siseo como de...

—¡No, Bas, es un zizeo! ¡Son los miz!

A medida que se aproximaban a la cancha, el ruido iba aumentando. Y cuando llegaron, un espectáculo insólito apareció ante ellos: la cancha, la nave, y hasta donde la vista alcanzaba estaba lleno de miz, de miles de ellos que se removían nerviosamente. La escala estaba bajada, la puerta abierta y las luces encendidas. Hasta la mitad de la nave el polvo asteroidal danzaba en un embudo inexplicable, dando vueltas, bajando y subiendo, deteniéndose a veces, penetrando por la puerta y deteniéndose de nuevo.

—¡Son millones, Bas!

—¿Dónde están? —se preguntó él.

No eran localizables, pero estaban en todos los sitios. Querían contarlos, o ver uno solo; y el miz, como un espejismo o una ilusión, cambiaba en otra forma, que a su vez cambiaba mil veces. En ciertos momentos tenían ojos que parecían brillar a la incierta luz del atardecer; en otros eran bolas indefinidas; en otros eran polvo.

Desde el recodo donde se encontraban observaban a los miz, más que aterrados, confundidos.

—¡Hay que llegar a la nave! —resolvió Basan tirando de Jo.

—¡Espera un poco..., espera! —Retuvo su mano, sin moverse.

—¿Esperar?... ¿Sabes cuánto tiempo llevamos fuera? No nos queda mucho; ¡hay que llegar en seguida!

Saltó con ella hacia adelante y, en este momento, todo desapareció.

—No, los miz no se habían ido, el polvo no se había ido. Desaparecieron en una fracción de segundo. Sólo quedaba la nave, silenciosa y erecta, en medio de la cancha, y el ruido de los miz, aún dentro de sus oídos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Jo, aturdida.

—No sé qué ha pasado...

Estaban al lado de la nave. Basan advirtió que era la misma que los había dejado en la Estación Espacial. Claramente se veía su número de registro 28-27-M-987 y, más abajo, en letras más pequeñas, el nombre: El Rosal. Con cierta confusión de ideas, creyó recordar que se trataba de un Transporte, con destino a Las Pléyades. Seguramente se equivocó, pues la nave estaba allí, en Ar.17. La escala rozaba el suelo, solitaria, sin nadie esperando, sin nadie en la puerta.

—¡Eh!... ¿Estáis ahí?

Repitió la pregunta más alto, sin recibir respuesta.

Decidieron subir. Basan ayudó a Jo, hasta que ella tocó la escala con la mano. Avanzó una pierna y descansó el pie sobre el segundo peldaño. Sonó un ruido como el cascarón de un huevo al romperse y parte de la escala se dividió en múltiples y pequeños trozos.

—¡Mira!...

Había retrocedido, y sus ojos reflejaron confusión y sorpresa.

Bas agarró fuertemente otro peldaño y tiró de él. Al hacerlo, dos metros de escala se quebraron en otra serie de pequeños fragmentos acompañados también de un chasquido.

—¡Maldita sea!, ¿qué está pasando? —Eran expresiones de sorpresa e incredulidad.

—Se... ¡se está rompiendo!

La voz de la mujer no ocultó su temor. Asistían a un espectáculo increíble. Ellos y la nave eran los protagonistas.

—¡Es imposible!

Bas se había retirado algunos pasos y su mirada recorría en uno y otro sentido la formidable estructura de la nave. La puerta continuaba abierta y dentro se veía luz.

—¿Estáis ahí?... ¡Contestad de una vez!

Mientras, Jo se había agachado y examinaba los fragmentos de la escala. Precipitadamente, abrió el bolso y, después de unos segundos de búsqueda, sacó algo de él. Con pasos apresurados se dirigió a uno de los soportes de la nave.

Bas corrió hacia ella. Nunca había estado tan excitado.

—Era un Transporte, Jo... ¡un Transporte! Se dirigía a las Pléyades. ¿Cómo es posible?... Un Transporte no hace escalas en ningún asteroide..., no recoge a nadie...

Ella se volvió y señaló el soporte con el dedo, incapaz de hablar. Uno de los soportes metálicos mostraba dos raspaduras, de algunos centímetros de longitud, formando una cruz. Después le mostró las tijeras.

El se acercó a la cruz y la observó muy de cerca. Se volvió a su mujer con el rostro blanco.

—Piedra... ¡es de piedra!

—No puede ser, Bas. ¡Somos víctimas de alguna alucinación!...

Enmudeció al darse cuenta con qué fuerzas se refugiaba en sus palabras.

—Esas raspaduras demuestran palpablemente...

En este momento una barahúnda de miz los rodeó.

—¡A la casa!...

Bas tiró de ella y, llevándola casi en volandas, comenzaron a correr, pero apenas habían recorrido algunos metros, el polvo asteroidal que, como una alfombra, se extendía por la superficie, desapareció. Cayeron al verdadero suelo del asteroide, duro, un metro debajo de sus pies. Les crujieron los huesos. Jo se partió un labio y comenzó a sangrar por él...

—¡Mira, Bas!...

Era el cielo, cubierto de polvo, invisibles las estrellas. Y debajo de la cobertura arenosa, los miz, tantos, como nunca creyeron que existieran.

Corrieron de nuevo. Esta carrera ya acusaba el golpe y la permanencia en el exterior, respirando la mísera atmósfera del asteroide.

Los cambiantes miz seguían arriba, confundidos entre el polvo, chillando como diablos, bajando, subiendo, sin llegar nunca a la superficie.

Jo, detrás de su marido, miraba el cielo a cada paso. Tenía el vestido destrozado, el cuerpo dolorido...

De repente, el polvo bajó hasta ellos, los envolvió, apagando el grito de la mujer. Al mismo tiempo, los chiquillos de los miz se hicieron insoportables. Los veían entre el polvo, al lado de ellos, encima, debajo, detrás, siempre chillando y cambiando de forma.

Se perdieron.

Había empezado a endurecerse en las heridas, en los oídos, en la garganta... Dentro de poco se formaría la costra fatal, dura como el cemento. Esto sería el fin, no había duda. ¿Por qué de piedra?... ¿por qué de piedra?..., pensaba Basan.

—Ya estamos en casa.

La puerta se deslizó sobre sus guías y, al abrirse, cayeron al suelo, mientras se cerraba tras ellos. La cámara de despolvación, automática, ronroneó y zumbó. Sin plena conciencia, pudieron sentir cómo la costra desaparecía.

Cuando Basan abrió los ojos, su mujer le estaba mirando. La costra había sido disuelta totalmente. Podían respirar a gusto, sin molestias. La despolvación era perfecta. Después, no quedaba la menor huella.

—Llegamos muy a tiempo.

—Sí; muy a tiempo —repitió ella.

Basan se levantó, palpándose. Ni él ni Jo tenían huesos fracturados pero ambos estaban malheridos, presentando todo el cuerpo lleno de raspaduras y desgarrones, si bien de carácter leve.

Afortunadamente poseían un completo botiquín. Era obligatorio en las casas construidas en los planetoides. Se desinfectaron las heridas, se lavaron con agua caliente y se pusieron ropa limpia.

Después de una hora, tomaban café, sentados en la cocina.

Ambos tenían miedo de hablar, miedo de preguntarse, de intentar comprender. Sabían que, tal como habían sucedido las cosas, carecían de elementos de juicio, y la falta de esa base pondría en peligro su propia estabilidad emocional. No querían cometer el error de jugar con lo inexplicable, sin haber tomado las necesarias precauciones. Ambos eran científicos y ejercían su profesión utilizando elementos comunes, evidentes, fríos. Esto no era una ayuda, ni mucho menos. Al contrario: la ausencia de referencias conocidas aumentaría tanto su confusión como su incipiente temor, que podría llegar a convertirse en terror. No perderían la serenidad. Los dos habían pasado por momentos de peligro; y únicamente habían podido salvarse por haber conservado la calma hasta el último instante. La supervivencia en un asteroide del tipo de Ar.17 exigía de ellos la máxima tranquilidad, la mayor concentración.

Fue Jo quien, mirando a su marido, le invitó a iniciar la conversación inevitable.

—¿Y bien?...

Bas, en ese momento, acababa de dejar sobre la mesa su segunda taza de café. La miró fijamente y descansó su cuerpo en la silla.

—No sé qué decir. Todavía estoy confundido. Hemos de considerar, muy despacio, nuestra situación. Evidentemente no se trata de ninguna alucinación, eso por descartado. La nave de piedra era bien real, nosotros somos reales... Es inútil pensar en espejismo, sugestión, materialización... Los miz fueron descubiertos hace mucho y —ahora sí lo creo— menospreciados. Está claro que son ellos los únicos habitantes de Ar.17, y está claro que están en el fondo de toda la cuestión.

—Pero..., ¿cómo?

—Eso lo tendremos que averiguar —miró su reloj—. La nave de la Compañía, la verdadera nave, debería haber llegado hace más de una hora. Un retraso así no es normal; nos habrían enviado otra.

—Lo peor es que la Estación Espacial está ya demasiado lejos de aquí para que podamos alcanzarla en el bote.

—Debemos esperar. Es nuestra única solución.

Quedaron pensativos durante unos minutos, sin saber qué hacer o qué decir.

Por fin, Jo habló con voz insegura, diciendo lo que los dos ya habían pensado.

—La nave..., la nave de piedra no ha podido aterrizar, ¿verdad?

—La nave de piedra jamás ha volado ni volará. Está ahí... sola.

—Y la pusieron los miz...

—Sí —afirmó con seguridad el hombre—, tuvieron que ser ellos. Creo que debemos pensar no en cómo sino en por qué está ahí.

Basan se levantó y arrimó cuidadosamente la silla a la pared. Se acercó a la cocina y de la cafetera se sirvió el poco café frío que quedaba en ella. Lo bebió de un sorbo, sin echarle azúcar. Chasqueó la lengua y se dirigió a su mujer, tendiéndole un brazo e invitándola a acompañarle.

—Ven. Vamos a la sala. Quizá veamos algo.

Apagaron las luces y, después de manipular en los controles eléctricos, un cuadrado de aproximadamente un metro de lado comenzó a volverse traslúcido, hasta que al final fue todo transparente. Basan y Jo observaron con avidez. Sus ojos se acostumbraron pronto a la penumbra exterior y en seguida pudieron distinguir las formas más próximas.

Todo estaba tranquilo. No se veía nada. Ni un solo miz.

—Da sonido, Jo.

La mujer apretó el botón que ponía en comunicación a la casa con los ruidos del exterior. Esperaron unos momentos y no oyeron nada. Todo, hasta donde el oído humano normal alcanzaba, estaba silencioso.

—Aumenta el captador acústico, poco a poco. Utiliza los controles automáticos.

Un dial rectangular se iluminó. Jo fue aumentando la potencia hasta que el botón llegó a tope. El nivel acústico estaba en reposo. Cualquier sonido que se produjese hasta un kilómetro de distancia hubiese puesto en funcionamiento al sensible mecanismo, excitando el nivel acústico, cuya línea moduladora habría comenzado a vibrar frenéticamente.

Nada de esto ocurrió. El exterior estaba completamente en silencio.

Dos horas más tarde todo continuaba igual. Habían observado el exterior otras dos veces y no consiguieron ver nada. Los miz habían desaparecido o, al menos, se habían retirado de las proximidades de la casa.

Estaban acostados. Dejaron conectado el captador acústico para que fuesen advertidos a la menor alarma. En el techo del dormitorio brillaba una luz difusa que extendía su lechosa penumbra sobre los muebles de la pieza. Ninguno de los dos dormía. Mantenían fijos los ojos en el cielo raso sin decir nada que turbase el silencio interior.

Jo, en su cama, cambió de posición. Observaba el contorno del cuerpo de su marido, inmóvil. Tenía más confianza en él que en ella misma y recibía, en los momentos de peligro, su tranquilidad y seguridad. Ella misma era fría, y no perdía fácilmente los nervios; pero debía atribuir a Bas parte del mérito. Sola, seguramente, no habría tenido la habilidad suficiente para resolver una situación anormal; o no la habría superado con los resultados apetecidos.

Confiar en él se convirtió en algo necesario e inconsciente. Ahora no tenía miedo. Todo se arreglaría, más deprisa o más despacio. Ella podría ayudar también y su ayuda, en las actuales circunstancias, sería más preciosa que nunca.

Estiró un brazo hacia la mesilla que separaba las dos camas y alcanzó un pitillo y las cerillas. El resplandor del fósforo le hirió los ojos. Cuando lo apagó, unas manchas amarillas danzaron entre la negrura de la habitación, hasta que se extinguieron después de unos momentos.

La voz de Bas parecía venir de muy lejos; la distancia había desaparecido o se había transformado engañosamente por la ausencia de luz. Era un efecto curioso.

—Hemos de hacer algo; algo que no sea estar aquí encerrados.

Esperaba oír algo parecido; no le cogió de sorpresa.

—Encontrar la forma de transmitir un mensaje, eso sería todo. Nos recogerían en seguida. Suponte que la nave de la Compañía sufrió un accidente antes de tomar este rumbo. Cabría entonces la posibilidad de que nadie supiera dónde estamos.

Bas rebulló, incómodo, en su lecho.

—Sí, puede ser. Pero no lo creo. La solución puede estar en otra parte. Tendríamos que comenzar por el principio..., por los miz... —dejó de hablar inesperadamente. Jo supo que intentaba recordar alguna cosa—. ¡Sí!... ¡el Diccionario Espacial! Allí tiene que haber algo. Por allí empezaremos...

Antes de terminar de hablar, dio más intensidad a la luz de la habitación y se dirigía rápidamente hacia la biblioteca. Regresó al cabo de pocos minutos con el tomo correspondiente.

Pasó apresuradamente las páginas, sentado en la cama. El artículo sobre los miz estaba firmado por León K. Holston, especialista en biología genética espacial. Hacía diez o doce años fue profesor de Basan, durante tres meses, en la Universidad, y era una de las máximas autoridades terrestres en relación con su especialidad.

Bas pasó por alto los párrafos de introducción y después leyó en voz alta.

"...respiran oxígeno enrarecido y por ello no se encuentran en el Cinturón de asteroides del Sistema Solar. Fueron vistos por vez primera en la Expedición del Comandante Dogg, en los planetoides del cinturón asteroidal del Sistema Jordán, en M. 31. Hasta el momento no se ha investigado suficientemente su desarrollo biológico, debido, principalmente, a las dificultades que tal estudio presenta. Su imagen no impresiona ningún tipo de película entre las conocidas hasta la fecha —debido quizás a una desvirtualización en la reflexión de la luz—, y parece imposible su captura. Por otra parte, el interés inmediato de su estudio es prácticamente nulo, aun cuando el científico pudiera ser grande.

"La imposibilidad, o, mejor, la dificultad de su captura puede: ser debido a diversas razones teóricas entre las que podemos destacar —por ser mayor sus posibles derivaciones—, la posesión de centros nerviosos con altísimo microvoltaje, capaz de mimetizar, engañosamente, el punto de localización, o bien, camuflaje a base de aprovechar los materiales naturales en los asteroides atmosféricos..."

Poco más decía el artículo que ellos no supiesen.

Bas cerró lentamente el libro. La posibilidad de una mimetización explicaba acertadamente la "desaparición" instantánea de los miz. Sin embargo había algo más.

—Los sonidos. ¿Has pensado en ellos? —indicó Jo.

—¡Cierto! Ahí reside lo más importante. El ruido de la nave al aterrizar. Eso no era ningún truco El localizador registró el sonido. Tendremos que pensar en un sonido real, en el sonido de una nave que aterrizó en Ar.17. La nave de piedra no puede enviar ninguna señal.

—Entonces...

—¡Es cosa de los miz! ¡Ellos la hicieron! Ahora parece sencillo...

La conversación fue interrumpida por el insistente zumbido del captador acústico. Los dos corrieron hacia el dial y comprobaron que el nivel saltaba a un lado y a otro. Fue todo instantáneo. En seguida dejó de sonar y la línea volvió a la inmovilidad, una vez extinguidos los últimos ecos.

Bas apagó las luces y miraron al exterior. Frente a ellos vieron una mole de piedra de unos diez metros de alto, por veinte de largo.

—¿Qué es eso? —preguntó, mecánicamente, Jo.

—No lo sé. Parece una tapia. Voy a salir.

—Bas, ten cuidado.

—No te preocupes, está muy cerca. En seguida volveré; dejaré la puerta abierta.

Jo, desde la sala, vio la silueta del hombre dirigirse hacia la piedra. Vio cómo la recorría, palpándola en varios sitios y haciendo algunas comprobaciones. Después miró a la casa y volvió a mirar la piedra.

—¡Qué curioso! —le oyó murmurar.

Cuando entró en la casa, Jo supo, por su expresión, que había averiguado algo. Se cerró la puerta y entraron en la sala.

—Jo, ¿has oído hablar de copistas?

—¿Copistas?... ¿De cuadros? Sí..., pero no sé a qué viene...

—Los miz son copistas.

Tenía una expresión divertida en los ojos.

—No entiendo...

—Es muy sencillo. Lo he visto claro al ver la tapia. ¿Recuerdas la nave? Era El Rosal, el Transporte que nos dejó en la Estación. Mejor dicho, era una reproducción exacta. El número de registro, el nombre, la escala, etcétera. Todo es igual. Los miz la reprodujeron en piedra... Y ahora están reproduciendo esta casa. Eso que está ahí es una fachada gemela a ésta. Por la ausencia de colores, desde aquí no podemos distinguir sus formas, pero todo es igual: el marco de la puerta, los respiraderos...

Jo mantenía su expresión dubitativa. Había algo que no estaba muy claro, pero no conseguía localizar qué era.

—Más que piedra parece polvo aglutinado. Es blando. La piedra de la nave también era muy blanda y quebradiza; recuerda cómo se rompió la escala y con qué facilidad hiciste la cruz con las tijeras. Lo que no sé es la técnica que emplean. Parece que la copia de la fachada fue construida en fracciones de segundo.

Jo no había prestado mucha atención a las últimas palabras de su marido. Dos ideas afloraron, de improviso, a su mente.

—Bas... ¿cómo pudieron copiar los miz al Transporte si sabemos que no aterrizó aquí, y cómo pudieron copiar el ruido del aterrizaje registrado por el localizador?

—¡Ah! —Bas se sentó en el sofá y la miró, divertido—. Piensa... Lo segundo es sencillo: hay una nave en Ar.17. Suponte que la de la Compañía quiso aterrizar en la cancha y vio que ya estaba ocupada. ¿Qué fue lo que hizo? Buscar un lugar para tomar tierra, naturalmente. La tripulación no puede descender en un asteroide, ya lo sabes. Pero ellos sí saben que nuestro localizador nos ha avisado, y saben que tenemos un bote; estarán esperando, sencillamente. Pero se van a volver locos si intentan comunicar con esa mole de piedra... Bien, lo segundo es más fácil aún. Mira.

Bas sacó un cuaderno y un lápiz de uno de los cajones de la biblioteca. Jo se sentó a su lado y esperó. Vio cómo dibujaba dos órbitas, la de la Estación y la de Ar.17; hizo una cruz donde la distancia entre las dos era más pequeña.

—Hace unas setenta horas, aproximadamente cuando descendimos en la Estación, sólo tres kilómetros separaban a ésta del asteroide. No interesa ahora alabar los repulsares instalados en ella y, por otra parte, no los habrían necesitado, pues las órbitas no coinciden. Mi idea es que los miz vieron cómo la nave aterrizaba o, si quieres, se acercaron hasta la Estación. No me extrañaría que pudieran viajar por el espacio sin ninguna protección —bromeó—. Y, después, copiaron la nave. Incluso sus proporciones, según pude calcular, son correctas. Fue una casualidad que estuviese "terminada" coincidiendo con el descenso en Ar.17 de la nave de la Compañía.

Hizo una bola con el papel y la arrojó al suelo.

—Bien. Me imagino que León K. Holston nos estará muy agradecido cuando le hayamos informado de esto. Incluso es posible que los miz pasen a la actualidad y sean reconocidos como los mejores copistas espaciales.

Se miraron y se sonrieron. Habían llegado a una situación coherente. Tal vez, si se hacían posteriores investigaciones, la facultad de los miz no sería exactamente como ellos suponían. Pero la realidad no podía estar muy lejos. Por otra parte existían precedentes, incluso en la Tierra. La "imitación" era conocida en muchas especies animales. Y si la facultad imitadora de los miz iba más lejos, podría causar extrañeza, incluso incredulidad, pero no por ello sería menos cierta. Sólo faltaba concederles la atención que ciertamente merecían.

Basan se levantó y dio una palmada al aire, mirando a su mujer.

—Bien. Vamos. Hemos de encontrar la nave. Nos llevará poco tiempo.

Rápidamente desconectaron los mecanismos interiores de la casa. Sólo quedaba encendida la célula de entrada que abriría la puerta nuevamente cuando ellos lo solicitasen utilizando la clave electrónica que poseían.

Entraron en el bote, situado en el túnel que existía debajo de la casa y, en seguida, se elevaron, dejando atrás la vivienda y la copia exacta de la fachada, que, algún día, terminarían de construir.

Habían recorrido varias veces el asteroide, a unos tres mil metros de altitud y cambiando siempre la órbita. No encontraron la nave. Bas maldijo en voz baja y comenzó un nuevo recorrido.

—Sería una endemoniada casualidad que se hayan marchado mientras subíamos al bote. Aquí no tenemos ningún instrumento detectador ni transmisor. Estos pilotos novatos son unos imbéciles, y la Compañía no deja de contratarlos. Hasta que no hagan algo irremediable no se darán cuenta. Allá la Compañía y sus pilotos; por mí pueden irse al infierno. Pero que procuren no perjudicar a los demás...

Jo miraba por su lado. Debajo del bote se extendía la superficie desolada de Ar.17, Pero ni una señal de la nave; sólo el suave paisaje de colinas calcinadas y la nave de piedra, que parecía apuntarles cuando pasaban por encima. Ni rastro de los miz.

—Deben tener horadado el interior de la corteza; por eso no los vemos —dijo Basan, respondiendo a su muda pregunta.

Llevaban más de una hora en el aire, y al parecer, ningún vehículo espacial había aterrizado en el asteroide. Lo supieron cuando descendieron a menor altura y pudieron observar con más detalle la superficie. Solamente cuatro lugares parecían hábiles para que un cohete descendiese; y en ninguno de los cuatro existía la más pequeña huella. Los soportes habrían dejado marcas en el suelo, los cohetes habrían hecho un embudo en el polvo, ennegreciendo la piedra... Pero nada de esto había.

Regresaron a la casa abatidos, confundidos.

Debería comenzar otra vez por el principio...

Basan y Jo contemplaban la reproducción de El Rosal. Había crecido. Las proporciones anteriores respondían, aproximadamente, a las del modelo original. Ahora se habían duplicado. El Rosal era un gigantesco Transporte de más de cien metros de altura. Pero sus formas no carecían de armonía; todo se había desarrollado por igual. Las cifras del registro tendrían diez metros por lo menos, los tres soportes semejaban las aletas de un pez increíble, el morro parecía rozar las estrellas...

Desde donde se encontraban, a más de medio kilómetro, Bas montó el lanzagranadas que había sacado del bote, el cuál reposaba ahora en su hangar subterráneo. El proyectil, con su cabeza explosiva, no abultaba mas de un cigarrillo.

Apuntó cuidadosamente y disparó. En la oscuridad de Ar.17, los dos vieron el rastro ígneo que dejó la granada antes de estallar ruidosamente contra uno de los protectores de la nave, el cual saltó pulverizado. Pero la mole de piedra no se movió o, si lo hizo, ellos no lo advirtieron.

—Vámonos más cerca de la casa, es más seguro.

Subieron una de las colinas próximas a la vivienda. El Rosal quedaba a casi un kilómetro. Bas montó cuidadosamente el trípode, al que incorporó un potente teleobjetivo.

—Corre hacia la casa. En cuanto dispare, te seguiré.

Jo así lo hizo. Cuando iba llegando a la puerta oyó claramente la explosión. Miró hacia atrás y vio correr a su marido.

En cuestión de segundos, el despolvador limpió cuidadosamente sus cuerpos.

Después conectaron el detector y miraron por el rectángulo transparente. Los últimos ecos de la explosión hacían vibrar el nivel acústico, pero en seguida quedó en reposo.

—O mucho me equivoco —dijo Bas sin dejar de mirar hacia afuera— o pronto vibrará como un condenado.

Y antes de dejar de hablar, la línea detectó ondas de sonido de muy poca intensidad; todas respondían al mismo timbre, y las fuentes productoras eran innumerables.

—Son los miz —dijo Basan.

Jo vio cómo cogía el lanzagranadas y se dirigía a la puerta.

—¿Qué vas a hacer?

—Sólo abrir la puerta. No hará falta salir.

Abrió la puerta, montó la granada y disparó. Jo vio saltar la tapia que reproducía la fachada en mil pedazos.

Bas estaba nuevamente a su lado.

—Observa ahora.

Cuando los últimos escombros reposaron sobre el polvo, éste se animó, cobró vida. Empezó a girar y a formar espirales y embudos, retorciéndose, como impulsado por contrarias corrientes de aire. Después distinguieron las confusas formas de los miz.

—Cuando vi que la nave había "crecido" pensé que ellos estaban allí —dijo Bas—. No me equivoqué. También advertí que la tapia era más grande. Ellos viven dentro de las obras que crean.

—¿Por qué?

—No lo sé exactamente, pero es así. Lo acabamos de comprobar. Quizás así se reproduzcan... La mayor dificultad está en que no sabemos cómo es un mis. Quizá sean incorpóreos y posean un determinado tipo de energía que puedan controlar a su antojo; moldearían su cuerpo aprovechando los recursos naturales del asteroide, bien pobres por cierto. Por eso unas veces se confunden con el polvo, otras con la piedra... y hasta podrán vivir como aire y como planta... Tal vez se trate de organismos microscópicos poseedores, así mismo, de energía. Esto, concordaría con la teoría de Holston.

—De esa forma han podido imitar el ruido de la nave...

—Y hasta tal punto fue perfecta la imitación que fue registrada por el localizador.

—Entonces —apuntó Jo con aprensión— ...entonces podrán camuflar todo el asteroide, podrán hacer "desaparecer" la casa, podrán...

Bas estaba serio cuando habló. Jo nunca le había visto así.

—Sí, pueden hacernos sus prisioneros indefinidamente, si quieres decir eso. "Reprodujeron" hasta la energía eléctrica, puesto que el localizador detesta únicamente las señales eléctricas procedentes de los cohetes. Esto implicaría, seguramente, una inteligencia desarrollada. Si, desde que nacieron, los miz han vivido en los asteroides atmosféricos, su evolución ha tenido que ser, forzosamente, muy distinta a la nuestra y a todas las que hasta ahora habíamos conocido. Se han adaptado a su medio, desarrollando una poderosa capacidad de imitación. Pienso si será eso lo que constituya su vida.

—¡Es increíble, Bas!

—Sí, pero parece evidente.

—¿Qué harán con nosotros? —se aferró a las manos de su marido—. ¿Qué harán?

—De momento, incomunicarnos. Sólo nos queda esperar.

Cinco horas después, los miz atacaron. Fue la invasión más insólita en toda la historia del espacio. Penetraron en la casa utilizando la clave electrónica de la puerta. Mejor dicho, copiándola. Inutilizaron el despolvador mediante el empleo de energía eléctrica, creando a su alrededor una barrera de electrones que lo aislaba del resto de la casa.

Entonces comenzaron su obra reproductora, su obra de arte. Era la primera vez que experimentaban con seres vivos, Las posibilidades de alcanzar la belleza en las formas eran ilimitadas. Harían una obra formidable, una obra que les permitiría vivir sosegadamente, catalépticamente, durante cientos de años.

Abrazaba a su mujer protegiéndola con su propio cuerpo. Todo iba a acabar... La respiración se hacía imposible y el polvo formaba una dura corteza. Los miz saltaban y brincaban encima de ellos, sin tocarles, y creyeron percibir un acento de alegría en sus chillidos. Los atacó varias veces, pero se confundía con el polvo antes de tocarlos.

—¿Qué poder tienen sobre el polvo?... ¿Son polvo ellos mismos?

Fue lo último que dijera antes de morir, aunque no supo que también abrazaba a un cadáver.

Un segundo antes de expirar atrapó a un miz; estaba n su lado, delante de su cabeza. Al apretar la mano, furiosamente, notó algo sólido crujir entre sus dedos.

El cohete aterrizó majestuosamente en Ar.17. La avería sin importancia supondría sólo unas horas de retraso. De la nave descendieron seis personas que quedaron extasiadas mirando el capricho: delante de ellos, junto a unas colinas calcinadas, dos titánicas moles de piedra semejaban los cuerpos yacentes y abrazados de un hombre y una mujer. En la mano izquierda del hombre se veía, claramente, un manojo brillante de flores de cristal.

EL ANTICUARIO

Jacques Ferron

El día declinaba. Hacía frío. Las calles se hallaban ya desiertas. Los habitantes de la ciudad se parapetaban tras los muros de sus mansiones austeras.

Gelda colocó con dificultad la pesada barra de hierro que atrancaba la puerta: estaba temblando.

—¿Qué te sucede? —preguntó Wilfer, distraído.

—Me parece oír ya sus pasos. ¿Y si llamaran a nuestra puerta?... ¿Y si vinieran a arrestarnos?

El viejo Wilfer sonrió:

—¿Por qué a nosotros? —dijo—. Soy Wilfer, el anticuario más conocido de este distrito. Estoy en regla con las leyes de los ocupantes.

Gelda alzó los ojos al cielo.

—¡Es cierto! —insistió el anciano—. Soy un hombre tranquilo que vende porcelanas y estatuillas antiguas. ¿Por qué los Xix irían a buscarnos complicaciones?

—¿Y los Stiners, que han sido detenidos y de Los que nadie ha oído hablar jamás?

—¡Eran comunistas!

—¿Crees que los Xix se ocupan de vuestra estúpida política?

—¡Quién sabe de lo que se ocupan! —dijo Wilfer suavemente—. Anda, no te enfades.

—¡Pero es que tienes unas cosas!... Al joven Ibars se lo llevaron hace dos días, y ha regresado loco. ¡Pero loco de atar!

—Sí, evidentemente.., Pero siempre ha sido un alocado... eh... ¡un poeta!

—¡Eres irritante! ¿No quieres acaso acordarte de los demás... de todos los demás? Decididamente, envejeces.

—¡Oh, Gelda!

—Perdona, papá. Pero ten en cuenta que esos brutos...

—¡Calla! No debes tratarlos de...

—¡Ahí están! —dijo de pronto ella; y su miedo volvió.

La patrulla recorría las calles, ahora oscuras. Su trípodo paso decreció siniestramente a lo largo de las casas donde los aterrorizados habitantes esperaban con ansia y miedo el paso de los extraterrestres.

Celda, escalofriada, fue a echar un tronco en la chimenea.

—¡Nos lo quitan todo! —murmuró, extendiendo sus descarnadas manos hacia la reconfortante llama.

Wilfer movió la cabeza melancólicamente.

—Antes esto no ocurría —dijo—. Teníamos de todo en la Tierra.

—Sí; teníamos electricidad para la industria y los aparatos domésticos, gas para la cocina, carbón para calentarnos...

—Es cierto —el anciano bajó la cabeza—. Hay que preguntarse qué es lo que hacen con todo esto.

—De todas formas —refunfuñó Gelda—, yo sí sé lo que hacen con nuestra comida: ¡se atiborran!

—Supongo que en su planeta, allá en la constelación del Cisne, jamás habían comido cosas tan buenas.

Gelda explotó:

—¡Garbanzos, he aquí todo lo que nos queda para comer! Ni carne, ni aceite, ni pan... nada. Y tú vendiendo vajilla vieja, ¡Como si fuera el momento!

Wilfer sonrió como excusándose:

—Es cierto; jamás había vendido tantos bibelots como ahora.

—¡Vaya burla! —suspiró amargamente la joven.

—¿Qué es lo que quieres? Es preciso que se ocupen con algo; al menos así colocan su dinero. Los objetos de arte es lo único que los Xix no nos quitan.

Alguien llamó en aquel momento a la puerta. El anticuario y su hija se levantaron inquietos.

—¿Quién puede visitarnos después del toque de queda?

—Puede tratarse de un engaño —supuso Wilfer.

—¡Así —murmuró su hija—, lo reconoces! ¿Y qué es lo que hacemos?

La llamada se repitió, discreta: toc... toc... toc...

—Es un humano —dijo el viejo—; da la contraseña.

Era la maestra, la señora Isemberg. Parecía trastornada.

—Cerrad la puerta —susurró—. ¡Pero cerrad bien! Y solamente cuando la puerta estuvo bien cerrada se dejó caer en una silla, cerca del fuego.

—Le castañetean los dientes —observó Gelda—, ¡Dios!, ¿qué es lo que le han hecho?

—Tome esto —dijo el anticuario—. Es alcohol. El fondo de la botella, ya sabe.

La mujer bebió casi sin darse cuenta.

—Los Xix —dijo, con voz entrecortada— han cercado a nuestros guerrilleros.

—¿Quién se lo ha dicho? —preguntó Wilfer.

—La sirvienta de la posada. Ha llegado un mensajero, y ella ha podido escuchar todo lo que ha dicho.

—¿Y?...

—Ha habido una gran masacre —dijo—. Los Xix han eliminado prácticamente toda la Resistencia de las tres colinas.

Wilfer parecía anonadado. Se sentó pesadamente.

—¡Y pensar que usted los defiende! —acusó la mujer.

El hombre hizo un ademán de protesta:

—Intento ser imparcial —dijo débilmente. Y dirigiéndose a la señora Isemberg—: ¿Y después?

—Bueno... los Xix han cercado toda la región. Han decidido restringir aún más (como si esto fuera posible) el reavituallamiento, con el fin de que nadie pueda llevar alimentos a los últimos hombres que resisten desesperadamente en las colinas.

Wilfer sacudió la cabeza. Parecía, sin embargo, haberse rehecho un poco.

—Usted... decir... todo... ¿Entender... hombre viejo?

Wilfer estaba sentado en un taburete, en medio de la habitación, y la fría luz caía directamente sobre su rostro hundido, Gelda había sido arrojada brutalmente a un rincón, y mordía su pañuelo para no gritar.

Todas las salidas estaban guardadas por Xix, armados con desintegradores. Frente al anticuario se encontraba el oficial. Era una especie de gigante trípodo, cuyas extremidades quedaban ocultas por una especie de botas negras. Su cuerpo verdoso estaba formado únicamente por un gran abdomen brillante. Lo más sobresaliente de aquella criatura era su cabeza, enorme, como una inmensa esfera. Sus ojos no eran más que dos diminutos agujeros, llenos de maldad.

Su boca sin labios confirmaba esta impresión. Aquel ser grotesco y aterrador llevaba en la cintura una especie de cuerda que sostenía un desintegrador a rayos. El oficial llevó hasta ella la pinza córnea que le servía de mano. Estaba muy agitado, y su voz gangosa tenía un tono inusitado.

—Usted... ha... enviado eh... tres... seis... cinco... cajas a las tres... colinas... ¿eh?...

—Es posible; yo no sé...

Gelda gritó: uno de los soldados acababa de golpear a su padre con el revés de su dura pinza. La sangre corrió por la comisura de sus labios.

—¿Entonces?...

—Quizás sí; seis...

—¿Cuándo... deben... llegar... otras... armas...?

—Pero si no hay armas... Sólo objetos de arte, estatuas, jarrones..., ¿comprenden ustedes?

El oficial hizo un gesto. E! anticuario dejó escapar un gemido; una dura pinza había atenazado fuertemente su carne.

—¡Dejadlo, dejadlo! —gritaba Gelda, debatiéndose entre las pinzas de los soldados.

—Jarrones..., platos... —dijo el oficial—. ¿Y víveres también... para los... terroristas...?

—¡No!, puedo jurarlo. ¡No!

Los esbirros arrojaron el cuerpo inerte de Wilfer. Los Xix tuvieron un rápido conciliábulo, a través de su irritante voz mecánica. Después se instalaron en aquel mismo sitio para vivaquear. Esperaban las cajas.

—¿No les había dicho yo la verdad? —dijo Wilfer, con un gesto vago.

Las tres enormes cajas que habían sido traídas desde la tienda del anticuario estaban ahí, abiertas. Los artículos ya descritos estaban a la vista: vajilla antigua, vasos decorados.

La enorme cabeza del Xix tomó un tinte escarlata, y un gorgoteo furioso se escapó de su boca en forma de hucha. Los trípodos se precipitaron sobre las cajas y vaciaron su contenido en un abrir y cerrar de ojos, esparciendo los frágiles objetos por el suelo, rompiéndolos, pisoteándolos.

Pero no había armas ni provisiones con destino a los guerrilleros de las tres colmas.

—De buena gana habría enviado esta vajilla a los destinatarios que creían ustedes —dijo el anticuario con un cierto sarcasmo—, pero...

El oficial Xix se volvió. Su color se tornó nuevamente púrpura.

—¿Qué decir? —tartamudeó—. ¿Eh...? Perfectamente... si usted lo quiere...

—¡Pero están rotos! —protestó Wilfer.

—¡Precisamente...! —gritó el Xix—. Envíelos...

—¿A los rebeldes de las colinas? ¡Se burla usted de mí!

—No burlarme, no... Perfectamente, sí... a los cercados... Vajilla rota para los muertos de hambre... ¡Ja, ja, ja!...

—Y he aquí —dijo Wilfer—, cómo los últimos guerrilleros han recibido tres cajas de vajilla rota.

—¡Todo esto es culpa tuya! —replicó Gelda—. ¿Tenías acaso necesidad de provocar a aquel Xix? ¡Pobre papá, no tienes sentido de la realidad!

El viejo inclinó la cabeza.

—¡Oh, sí! —dijo—. Pero los rebeldes han podido resistir así tres meses en sus posiciones.

—¿Gracias a tu vajilla?

—Gracias a mi vajilla, sí... hecha de una pasta altamente nutritiva, una especie de arcilla que utilizaban los antiguos indios sudamericanos en los tiempos de escasez y hambre, y que ellos llamaban barro.

—Entonces, ¿tú formas parte de la resistencia?

—Sí, Gelda. Y este último envío ha permitido a nuestros amigos comer, resistir aún, y finalmente recibir los refuerzos que han de lanzarse, con ellos, a la conquista de la Tierra... ¡Esta Tierra que nos proporciona todo nuestro alimento!

INDEPENDENCIA

Jacques Ferron

—Hel, ¡he descubierto la espacionave!

—Da la posición exacta, Still. Atención a los copilotos, atención para el descenso: 3... 2... 1...

Las indicaciones técnicas se entrecruzaban sobre los circuitos de la cosmonave F.R.13025.

—Vamos a entrar en contacto con el planeta desconocido.

—Los elementos parecen estables; la atmósfera es respirable.

—Indiscutiblemente, presenta un aspecto hospitalario.

Sin embargo, el equipo del F.R.13025 acababa de descubrir allá a la espacionave A.5 de la escuadra ligera, desaparecida durante una misión en aquel vasto sector de la galaxia, y que hasta entonces había sido buscada inútilmente.

Por prudencia, la gran cosmonave no aterrizó. Permaneció en la atmósfera, a 2.000 metros del suelo. Una lancha, conducida por un teniente, se destacó para abordar al A.5, que aparecía posado normalmente en el centro de un espacio despejado. El esquife abordó el casco. Los cinco hombres del equipo no se habían revestido con la escafandra, pues el aire era respirarle. Pero todos iban armados y estaban en contacto constante con la cosmonave.

La escotilla del pecio estaba abierta; los recién llegados entraron con desconfianza en su interior.

El teniente informó por radio:

—Aquí A.5... A.5... Nos encontramos en los compartimientos desiertos. No hay aparentemente ningún desorden. He aquí las máquinas. Esperen... No, no hay daños. Deben funcionar. Un momento... ¿Qué sucede? Uno de mis hombres me llama. ¿Dónde?... Bueno.

"Atención, A la cosmonave. ¿Me escuchan? Acabamos de descubrir a los hombres del A.5. ¡Están todos muertos!"

Al finalizar el día, el informe del oficial estaba sobre la mesa del almirante.

"...Los ocho miembros del equipo han sido hallados muertos en la sala de descanso de la espacionave. Ninguno de sus cuerpos presenta la menor señal de heridas. Nada, aparentemente, ha sido destruido, averiado o robado. Los cuerpos están conservados en bastante buen estado, más bien momificados. Su deceso no tiene, a priori, ninguna causa visible o explicable. Hemos rescatado los papeles de a bordo. La espacionave ha sido sellada."

El almirante suspiró. Debía esperar a las conclusiones del médico forense. Su propio informe iba a encontrar no pocos escépticos en el alto almirantazgo, y se le acusaría tal vez de haber omitido algunos indicios. Comenzó la lectura del diario de a bordo del A.5. Según este diario, todo iba bien. El equipo había encontrado el planeta acogedor, habitado por algunos indígenas tímidos y desarmados.

Entre las páginas del registro había dos comunicaciones. El almirante vio de repente unas delgadas hojas escritas a mano. Eran el diario personal del radio...

27 de junio terrestre:

Se ha decidido intentar una expedición a la Montaña Rosa. Ruartz cree que encontrará en ella los totems de los indígenas, lo cual promete ser interesante. El capitán Hel y Ruartz, el antropólogo, irán en la tanqueta conducida por Still, el técnico en electrónica. El resto del equipo permanecerá a bordo. ¡Hasta mañana!

28 de junio:

Las seis de la mañana. Acabamos de tomar un buen desayuno. Todo está listo. ¡Ah! Still apestilla las puertas. Los indígenas no llevan armas, afirma Ruartz, Sin embargo, llevan unos instrumentos extraños. Estamos en guardia.

Los indígenas se han detenido a diez metros del A.G. ¡Lo que llevan son instrumentos musicales, y se disponen a darnos una serenata!

Nos reímos un poco en la espacionave, y el capitán se siente un poco vejado por las circunstancias.

¡Qué música, amigos, y qué cacofonía! Hornos puesto en marcha la cámara automática, puesto que la pantomima también vale la pena...

Un garabato informe cubría el resto de la página. ¡Allá comenzaba lo desconocido!

El almirante pulsó el botón del interfono:

—Pongan la cámara del A.5 en posición: desciendo inmediatamente.

Un momento más tarde, los oficiales del Estado Mayor se sentaban en. la sala de proyección. Iba a pasarse el film registrado por la cámara de la nave siniestrada, desgraciadamente sin el sonido.

La primera escena mostraba a la dotación atenta a los gestos de los indígenas, pigmeos de tipo asiático, someramente vestidos, soplando unas enormes flautas negras. La cámara enfocó a los espectadores. La serenata debía de ser horrible. Todos hacían gesto de taparse los oídos, riendo a carcajadas. Después, los salvajes, tocando siempre a pleno pulmón. La dotación, escuchando atentamente.

—La música debe cambiar... —dijo alguien en la oscuridad.

Efectivamente, los nativos seguían can gestos lentos un ritmo casi religioso.

La dotación: un hombre sangraba por la nariz, y se contenía maquinalmente la hemorragia con un pañuelo.

Después, la cámara giró...

La dotación: epistaxis general... Todos parecían inquietos ahora...

Cámara: música indígena.

Dotación: se agita, se buscan coagulantes. Música...

Sangran... por la boca también... inyecciones hipodérmícas...

Música: locura. Música. La sangre brota por los ojos, por las orejas...

Música: pánico completo. Los hombres han comprendido.

¡Música!

Ahora, cada vez que la cámara se acerca a los cosmonautas, se contempla la misma escena alucinante: a la llamada de una música demoníaca, la sangre abandona las venas de los humanos. Nada puede detenerla. Ha adquirido ya una consistencia elástica, una plasticidad.

Escapa, en un cuerpo único, por todos los orificios del cuerpo donde hasta entonces había estado prisionera. Los hombres notan su sangre huir progresivamente de sus venas. Un frío mortal les invade.

Aterrorizados, intentan retener esta nueva entidad.

Porque realmente es un ser distinto el que huye para ir, como una serpiente fascinada, hacia aquella horrible música. Después de las venas, los órganos se vacían de su contenido y un ser informe se prolonga al salir de los ojos, de la nariz, de las orejas, ramificándose, reuniéndose irresistiblemente para reencontrar su libertad y su autonomía.

Entre los gritos de terror que se adivinan por los gestos, la sangre repta, se escapa de los cuerpos. Los hombres caen.

Música: los seres rojos, pasando por encima de los cuerpos exánimes, se dirigen hacia la puerta. Es la sangre del capitán Hel la que maniobra el sistema de apertura de la escotilla.

Los ocho individuos-sangre reptan hacia los indígenas, que se van.

—¿La sangre —dice el almirante— es, pues, un individuo simbiótico distinto al hombre?

Los asistentes permanecían silenciosos.

—El descubrimiento del mundo —dijo el oficial, estremeciéndose—, ¿debe orientarse hacia nosotros, los hombres, las criaturas más misteriosas del Universo? ¿Qué música nos revelará de qué estamos hechos?

Bjorck

Jackes Ferron

Un poco más a la derecha... ¡Demasiado! Vuelve despacio... así... ¡Ahí! Baja, poco a poco... ¡Con cuidado! ¡Ahora!

Desde el suelo, con ayuda del micrófono, la voz del capitán guiaba al helicóptero que largaba su cable lastrado con un bloque de dos toneladas.

—¡Cuidado! Vais a guiar la piedra sobre su pedestal, ¿está claro? Jem, a tu turno; párate y suelta sobre el punto fijo. Así, muy bien. Un poco más... ¡Párate!

Bien visible, el monolito descansaba ahora sobre su pedestal.

—Está magníficamente colocado —opinó el capataz—. Exactamente a la entrada del pozo. Así, todas las personas que vengan a visitarlo lo verán.

El hombre retrocedió unos pasos. Al resplandor extraordinario del sol, las letras doradas le deslumbraron. Parpadeando, las leyó:

HOMENAJE A LA MISIÓN DUNCAN

Alphonse Duncan

Catherine Duncan

Appert Kitz

Leonce Chaval

William Etzevarry

Estos pioneros murieron por el progreso,

la ciencia y la fundación de una humanidad mejor sobre el planeta Bjorck.

¡Han merecido el honor de la patria!

El capataz hizo un movimiento de cabeza, observando con mirada aprobadora la lisa explanada con su césped rojo, sus árboles azules, y los grandes edificios blancos destinados a los placeres sin fin, en los que todo colono honrado podía ofrecerse, por veinticinco centavos y sin molestar a sus vecinos, las peores orgías oníricas, volviendo a salir blanco como la nieve.

—Bien han merecido el que se les honre —dijo el hombre—. Incluso se ha tardado demasiado.

—¡Esos sí eran héroes! —dijo otro obrero que se había acercado, señalando el letrero que rezaba: "Visita al pozo Duncan, 5 cents.".

—Yo no soy más que un hombre de pueblo —dijo el primero—, pero siento esas cosas, así, sin poder explicarlo. Las siento... ¡pues claro que sí!

—¿Qué explicación dar a lo que pasó? —dijo otro—. Ni siquiera su muerte... ¿Qué es lo que ocurrió exactamente?

Los hombres meditaron, en silencio...

Catherine llegó la última al fondo arenoso del pozo. Soltó la cuerda y fue a caer a los brazos de Will Etzevarry. Él la retuvo junto a sí, aún jadeante por el esfuerzo, y esto le produjo una curiosa impresión. La estrechó con más fuerza por unos instantes.

Lentamente, sacudiendo con una sonrisa la oleada de oro de sus cabellos, ella se libró del fuerte abrazo y le alargó los dedos quemados por el roce de la cuerda. Él le besó las palmas doloridas, con sus ojos clavados en los de la muchacha.

Una voz impaciente resonó a sus espaldas: el mineralogista, Leonce Chaval, se encontraba a su lado sin que ellos se hubieran apercibido. En cierto modo, Will se alegró de su presencia, pensando que el mineralogista estaba celoso. Cathy hizo un mohín de complicidad: a ella le encantaba también hacer sufrir un poco al hombre que tenía aquel nombre ridículo.

En la bóveda baja resonó la voz de Al Duncan, bien timbrada y segura, como el sabio de aspecto desenvuelto.

—¡Y bien, sobrina! Y usted, mi querido Chaval, ¿qué esperáis? ¡Un hipogeo semejante!

Will estaba irritado:

—¡Ya está rumiando su conferencia! Sabe que a mí me gusta su sobrina, aunque ella esté prometida a su secretario, ese bastardo de Ritz... ¡No hacen falta escándalos, Al! ¡Nada impedirá que la chica llegue a ser mía, mañana mismo quizá...!

Los tres se volvieron hacia el jefe de la expedición, que llevaba pegado constantemente a su espalda una sombra ridicula: Ritz Appert.

Mientras discutía con los otros, los pensamientos internos afluían constantemente a la conciencia de Etzevarry.

"Ese puerco, ese indecente de Duncan... Me ha engañado miserablemente. Un pequeño safari, a destajo, en el planeta Bjorck. Usted será el jefe. ¡Y hace ya cuatro meses que nos arrastramos en una jungla demente, con todo mi material averiado, y el tipo tratándome como si fuera un vulgar empleado! Un cerdo, un mismísimo puerco..."

Las discusiones se producían en voz alta, sobre etnografía, sobre mineralogía. Catherine reía de buena gana.

—¡Eh, muchachos! —dijo Duncan jovialmente—. Hemos descubierto un pozo excavado por los ataques, sin duda alguna. Termina en una galería construida en barro cocido, característica de la cuarta dinastía, y consagrada indudablemente al culto del dios Xéror.

—Quizá no se trate de la cuarta dinastía —objetó tímidamente la voz del secretario—. Ya le he indicado a usted el dibujo del pájaro Soubarof, el cual...

—¡Lo he visto perfectamente! —atajó con aspereza Duncan, que soportaba mal las lecciones—. Yo decía que los Qtéques de la cuarta dinastía... ¿Verdad, Appert, que es eso?

Ritz parpadeó, para disimular un relámpago de rencor.

—La regencia del Jefe Mdouma... —precisó con voz suave.

—¡Eso es! ¿Habéis oído? ¡Es formidable, avancemos!

Chaval y Catherine atravesaron el umbral de la cripta. Will se quedó atrás, disimulando una sonrisa sardónica. Él conocía el complejo de frustración que padecía Ritz por culpa de la continua apropiación de Duncan su patrón.

El erudito es Ritz, y Duncan lo sabe perfectamente. Mejor aún, estruja a Ritz como si fuera un limón, de la misma manera que se aprovecha de mí para dirigir la expedición en la maleza. Lo cual no impide que, a expensas de Ritz, Duncan se talle una reputación de científico. Sin su secretario, el gran Al no es nadie. ¡Es por eso que le empuja hacia su sobrina, para atraérselo definitivamente!

—¡Esperadme! —gritó en voz alta, apresurando el paso para reunirse con sus compañeros—. ¿Dónde vais corriendo tan aprisa?

Sin embargo, antes de que hubiera podido acercarse al grupo, una pesada verja metálica cayó bruscamente, separándolo de los demás. ¡Habían quedado aislados!

—¡Calma! —dijo Duncan; pero su voz era levemente insegura. Catherine sacudió los barrotes con fuerza..., pero estaba bien claro que nadie podría derribar aquel obstáculo.

—Es de diium —señaló Ritz Appert—. ¡Es más duro que el acero!

—¡Déjenos en paz! —gritó Duncan. Estaba irritado. Su valor, superficial, se derrumbaba.

Will contempló a los otros no sin un secreto regocijo. Se habían metido en un buen lío... y él estaba fuera. Encerrados en un callejón sin salida por la puerta metálica, bajo tierra, olvidados... Si él no intervenía, iban a morir todos allí, como ratas. ¡Y él podría contar lo que le diera la gana!

—¡Will! —Catherine le tendía los brazos desde el otro lado—. ¿Vas a dejarnos aquí?

Will sintió una curiosa sensación. Era divertido: ¡todos los demás, incluso la propia Catherine, suponían ya que él iba a abandonarlos!

¿Le consideraban suficientemente pérfido como para hacerlo?

La muchacha era bella y resplandeciente como un brillante en la penumbra. Su sola presencia quemaba al aventurero, su sensualidad no revelada y que sólo esperaba que...

Will apretó los dientes.

"Si pudiera sacar a la chica, solamente a la chica..."

—Vamos, vamos, querido amigo; ¿se decide usted?...

Duncan estaba inquieto: "¡Ese bestia es capaz de cualquier cosa!"

—Estoy pensando en la manera de sacarles de ahí...

Duncan frunció el entrecejo: "¿Es posible que este bruto esté menos podrido de lo que yo creía? Claro que está de por medio Catherine..."

—Dése prisa —insistió Chaval—. Vaya a buscar una barrena.

—¡Y la dinamita! —añadió el cazador.

Se oyó un suspiro de alivio entre los prisioneros.

—Tiene usted razón —dijo Duncan, con voz clara de nuevo—. ¡Dése prisa, amigo mío! Encontrará el nitrobenceno en...

—¡Ya lo sé! —gritó Will.

Y seguía contemplándolos con las manos en la cadera.

—Ocurre que Catherine está pasando bastante miedo. ¿Verdad, Cathy?

—¡Y tanto que sí, tío:

—Y ocurre también que ella muestra una clara preferencia por usted, Will. Sí, sí... Les he observado a ustedes dos durante nuestro viaje. Hay que convenir que ella se inclina más hacia usted que hacia Ritz. ¿Verdad?

—¡Querido tío...!

—Tened confianza en mí, y yo haré vuestra felicidad, hijos míos.

—Pero... Señor Duncan...

—¡Oh! Para usted, Appert, lo más importante es la ciencia... ¡Y conmigo alcanzará usted la gloria!

"Cerdo tunante... Desde hace más de cinco años me lo has quitado todo. ¡Y ahora lo único que te interesa es salvar tu pellejo!"

—Usted conseguirá fácilmente realizar un matrimonio de conveniencia —dijo Duncan a Ritz en voz baja—. Digan ustedes que sí, gran Dios. ¿No ven que va a dejarnos abandonados aquí?

—Bueno, señor Duncan, puesto que...

¡Vamos, vamos! Nosotros seguimos charlando, y mientras tanto continuamos encerrados tras esos condenados barrotes. No se preocupe por la boda, Appert, ya me conoce usted.

—Si, sí, ya le conozco...

—¡Bien! —exclamó Will, divertido ante todo aquello—. Voy arriba.

Se dirigió hacia la cuerda...

Vio al Bjorcki, pero era ya demasiado tarde. Un dolor ardiente le atenazó el brazo, subiéndole hasta el hombro. El corazón pareció retorcérsele, ahogándole. Soltó la cuerda y cayó al suelo, arañándose el pecho con las manos.

No oyó el grito de los demás:

—¡Un Bjorcki! ¡Está perdido!

El enorme lagarto venenoso continuaba suspendido en la cuerda, mirando la escena con sus ojos matizados de rubíes. Su cuerpo verdoso tenía una cresta escamosa, erizada en aquel momento como signo de irritación, y su lengua bífida se movía amenazadoramente...

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —se lamentó Duncan.

—Podemos salir —insinuó Appert—. Existe ahí, en una sinuosidad de la roca, un sistema de apertura...

—¡Enséñemelo! —Duncan se precipitó hacia el lugar indicado y se detuvo frente al mecanismo—. ¡Y tú lo sabías! —dijo, casi amenazador.

—Sí. Desde hace un cuarto de hora.

¡Y me has dejado hablar...! ¡Era para salvarnos a todos, tú lo sabes!

—Por supuesto...

—¡Ah!

Aliviado, Duncan fue a manipular el mecanismo para levantar la reja.

—¡Espere!

Chaval posó su mano sobre el brazo del profesor.

—¿Y el Bjorcki?

—De cerca, podremos matarle seguramente.

El mineralogista murmuró:

—A Etzevarry no le queda ya mucho tiempo de vida, ¿no es así?

—Creo que sí. La mordedura del Bjorcki es mortal.

Se quedaron mirándose en silencio durante un buen rato.

—Podríamos intentar salvarlo —dijo Catherine.

—Efectivamente..., pero sólo conocemos tres descripciones relativas a las mordeduras de un Bjorcki... Y además, nosotros no poseemos el suero especial más indicado.

—¡Cuidado! ¡Viene hacia nosotros!

—¿El Bjorcki?

—¡No! ¡Will!

De rodillas, el herido se arrastraba hacia sus compañeros. Se agarró fuertemente a los barrotes para levantarse poco a poco. Su rostro, hundido y chispeado de manchas oscuras, chorreaba de sudor. Sus ojos empezaban a vidriarse.

—Haga usted algo, Duncan... Prueben todas sus medicinas... ¡Estoy muy mal!

—Bueno..., sí...; eso es... sí... —Al tergiversaba. Appert se lo llevó un poco aparte:

—Yo tengo conocimientos bastante ciertos sobre ese lagarto...

—¡Hable usted, diantre!

—El Bjorcki no segrega veneno, sino una toxina microbiana, mortal para el hombre... y contagiosa.

—No..., no diga eso, Ritz. ¿Verdad que no es cierto?

—Sí..., desgraciadamente, sí.

Al se volvió rápidamente hacia los demás.

—¿Han oído esto? ¡Retírense, váyanse al fondo! ¡Santo Dios, va a contagiarnos a todos! —y dirigiéndose al herido, aferrado aún a la reja—: ¡Tú, retírate de ahí!

—Ten piedad...

—¡Lárgate! ¡Fuera de ahí!

—Hay que apartarle de la verja —dijo alguien—. Probemos con nuestros bastones.

Empezaron a golpear al herido con la punta de sus bastones, para obligarle a soltar la presa. Pero Will se abrazó fuertemente a los barrotes, con una energía dada por la desesperación.

—Amigos... —dijo, en el estertor de la agonía—, intentad algo..., por favor...; en vuestro estuche... quizá...

—¿Crees que no sabíamos que tenías la intención de dejarnos morir aquí?

—¡Vamos, suelta esos barrotes, cerdo! ¡Suelta ya!... ¡Catherine, ayúdanos!

La muchacha vaciló unos momentos.

—¿Pero es que tú te pones de su parte? Tras una duda, Catherine tomó también uno de los bastones, y ayudó a empujar al hombre desplomado.

Appert no había participado en la escena. Al se volvió hacia él:

—¿Qué es lo que decides, Ritz?

El hombrecillo hizo un gesto vago.

—Es inútil —dijo.

—Estamos perdidos sin remedio, ¿no es verdad? —dijo Chaval, asustado.

—No..., todavía no. Si podemos alejarnos lo más posible... Creo recordar que el contagio es sólo directo.

—¿Estás seguro?

—No sé. Hay que apartarse y esperar...

Los cuatro retrocedieron hacia el fondo de la cripta, lejos de la silueta caída en el suelo.

Al encendió nerviosamente un cigarrillo. Chaval, desde lejos, vigilaba ansiosamente al herido. Appert parecía absorto en un sueño penoso. Catherine, fingiendo interesarse en el arte Qtéque, palpaba los muros, evitando así mirar hacia el pozo.

—¡La cantidad de tiempo que se necesita para morir! —dijo Chaval, después de un rato.

Duncan hizo un ademán de desagrado.

—¿Quién es el que va a encargarse ahora de guiar la expedición? —refunfuñó.

—Yo conozco bastante bien la región —dijo el hombre corpulento—. La conozco menos que..., pero bastante.

—De acuerdo. Usted se encargará de todos los detalles.

Chaval hizo un gesto con la cabeza, lanzando después una mirada oblicua a Ritz, que continuaba inmóvil.

—¿Y qué...?

—Ya sabe usted —dijo Al suavemente— que sin mí no es capaz de hacer nada. ¡Oh, es una carga formidable que he de arrastrar constantemente a mis espaldas! —Y lanzó un fuerte suspiro.

Chaval cabeceó con fingida conmiseración. Sus ojillos ocultaban un pensamiento profundo. Continuó, en voz baja:

—Usted no ignora que yo me intereso por Catherine como si se tratara de mi hija, en fin, como quien dice... Bueno, usted entiende ya.

—¡Hmmm!

—Una vez anulados sus precedentes esponsales, y habiendo fallecido Will, ella queda... eh... libre. Ni que decir tiene que no puedo decir nada en cuanto a mí, pero Cathy es una chica práctica, y el hombre que la ayudara a salir de este mal paso... eh... eh...

—Sí, ya comprendo...

En aquel momento, una exclamación hizo que los tres hombres se sobresaltaran. Bajo los dedos de Cathy, una de las losas de tierra barnizada que formaban el muro acababa de desprenderse.

Del orificio saltaron varias gemas talladas, de un tamaño extraordinario. Cayeron al suelo, y rodaron un par de veces antes de quedar inmóviles.

—¡Dios! ¡Diamantes tan gruesos como huevos de paloma!

Todos se precipitaron hacia allá.

—¡Quietos! —intimó Catherine, furiosa—. ¡No los toquéis! ¡Soy yo quien los ha encontrado! ¡Estas joyas son mías!

Los otros tuvieron que devolverle las piedras, so pena de hacerse arrancar los ojos.

Catherine se sentó, la mirada llena de un extraño resplandor. Allá al fondo, al otro lado de la verja, el herido agonizaba.

—Hay quince —dijo, extasiada. Los hombres la rodearon—. ¡No os acerquéis! —gritó. La voz de la joven estaba desfigurada. Sacó de su cinturón un pequeño revólver, la única arma que poseía aún el grupo, y que tácitamente habían dejado a ella por mutua desconfianza—. ¡Soy rica!

—Debes repartirlos, Cathy. Ya sabes que la expedición...

—¡Estás equivocado, tío! ¿Te figuras acaso que vas a seguir ocupándote de mis asuntos?

—Pero... —dijo Duncan, consternado—, ¿no soy yo quien te ha recogido?

—Sí... y sin duda también el que me ha pisoteado y vendido, a Ritz, a Will, a Chaval. ¡Pues bien, eso se ha terminado! ¡Soy rica y me importáis un bledo todos vosotros! ¡Vamos, largo de aquí!

—Es increíble —dijo Duncan—. Una muchacha como ella... Vamos a dejarla sola; se calmará...

—¡Pero debe repartir con nosotros! —dijo Ritz violentamente.

—Repartirá —aseguró Duncan—. ¿Qué es lo que puede hacer ella sin nosotros?

—Exactamente —añadió Chaval, que veía hundirse varios de sus proyectos—. ¿Y el otro, está muerto?

—Todavía no.

—¡El tiempo que nos está haciendo perder! —suspiró Duncan.

Volvieron la espalda a aquel moribundo recalcitrante... pero se quedaron mudos de terror. Un alarido surgió de sus gargantas:

—¡Los escorpendiones!

De la cavidad que Cathy había descubierto hacía poco rato, surgían unas enormes arañas negras. De sus vientres blancos y obscenos se destacaban unas patas monstruosas y velludas.

El terror de los hombres era comprensible: del escondite de los diamantes surgían incesantemente, con un gorgoteo inmundo, multitud de terribles arácnidos, cuyo apetito era insaciable.

—¡Hay que tapar el agujero! —gritó Duncan, tan pálido como un sudario. La columna de arañas descendía ya, en orden perfecto, hacia las presas que se les ofrecían tan fáciles.

—¡Quien lo haga estará perdido! —aulló el mineralogista.

Catherine había dejado caer al suelo casi todos sus diamantes. Los cuatro se imaginaban ya la horrible muerte que les acechaba. Con Ritz en primer término, retrocedieron hasta la reja.

—¡Abra, aprisa! —gritó Al a su secretario.

—¡Catherine, dame tu revólver! Lo tiraré sobre el Bjorcki. ¡Aún estamos a tiempo de salvarnos! ¡Vamos! ¿Qué esperas?

—¡El mecanismo no funciona! —gimió Ritz, dejándose caer aterrado al suelo, temblándole las piernas.

—¡Imbécil!

Intentaron abrir furiosamente, pero todo fue en vano. La verja no se movió.

Lanzando miradas desesperadas hacia la fila de arañas que avanzaban hacia ellos, empezaron a sacudir como locos la verja. Su agonía acababa de comenzar. Catherine, aterrada, vomitó.

Y de pronto, una risa irónica y seca les impuso silencio. Will, al que todos habían olvidado, no había muerto aún. Incluso parecía hallarse un poco mejor. Aunque se sentía medio paralizado, había conseguido arrastrarse hasta el centro del pozo de bajada, indiferente al lagarto que continuaba inmóvil. El cazador sufría enormemente, pero su robusta naturaleza luchaba aún, e incluso había recobrado su lucidez.

Reía penosamente, viendo a sus camaradas caídos en la trampa también.

—No —dijo con dificultad—, no... Cuando la verja cae, sólo puede abrirse accionando un mecanismo que funciona desde el exterior... ¡Ahí!

Señaló una argolla en la pared del pozo fuera del alcance de los prisioneros. Se oyó un gemido.

—¡Will! ¡Tú puedes salvarnos de esta muerte atroz!

—¿Y la mía? —dijo con un resoplido—. ¿Cómo creéis acaso que es la mía?

—Oye, Will... —era la voz suplicante de Ritz—, yo te he mentido hace un momento. Sí, reconozco que te odiaba por culpa de Cathy, pero... He mentido, Will. Disponemos de una ampolla de suero..., un suero que puede salvarte, el Z2...

—¡Canalla!

—Tómalo —dijo Al, castañeteándole los dientes—. Ahí está, en mi estuche... ¡Míralo!

Agitó un frasco amarillo entre sus manos temblorosas.

—¡Podéis morir si lo deseáis! Las arañas se os están acercando, y serán ellas las que se envenenarán con vuestras carroñas...

—¡Cathy, por favor! ¡Díselo!

—Will... Escucha: tengo aún un diamante, uno que vale una fortuna, él solo... Míralo, por favor... Seremos ricos... Yo te quiero, Will; son ellos los que me han forzado...

—¡Es cierto, somos unos sucios! Pero renunciamos a todo, Will, a todo. ¡Por favor, date prisa!

El cazador se arrastró penosamente hasta la reja, encajando los dientes para no gemir.

—¡Dame la ampolla!

Rompió el precinto con los dientes y bebió el suero de un trago.

—¡Abre! —gimió Duncan—. ¡Vamos, aprisa!

Will consiguió alcanzar la argolla. Contrariamente a su deseo, la verja se levantó. Los prisioneros se precipitaron al centro del pozo, gritando palabras desordenadas.

En aquel momento se dieron cuenta de un detalle.

—¡Infiernos! ¿Qué es lo que has hecho, Will? ¿Dónde está la cuerda?

Etzevarry levantó los ojos, y se pasó una mano por la sudorosa frente: ¡la cuerda no colgaba sobre el pozo!

Catherine la halló enroscada en el suelo, intacta, misteriosamente desprendida de los clavos que la sujetaban en lo alto. Simplemente, se había desenganchado Y el Bjorcki había desaparecido.

—¡Oh, Dios! —Will lanzó un quejido—. ¡Si tuviera fuerzas...!

—¡No las tendrás! —dijo Ritz con rostro crispado—. ¡El suero no le servirá de nada! ¡Te he engañado!, ¿comprendes?

—¡Ha desatado la cuerda! —gritó Duncan con voz histérica—. ¡Nos ha cortado la salida para que muramos todos con él! ¡Puerco, indecente!

En un arrebato, tomó el revólver de Cathy y lo vació en la cabeza de Will, a boca de jarro. Sus sesos salpicaron las paredes del pozo.

Las arañas iban a traspasar la verja de separación. El profesor volvió el arma hacia ellas.

—¡Todavía no! —gritó Cathy—. ¡Un segundo!

Al vaciló.

—¡Se han detenido! —gritó Ritz.

Incrédulos, los cuatro se miraron.

—¿Es posible...? ¡No han pasado la verja!

Una gran esperanza les invadió. En medio de un profundo silencio, aguardaron.

—¡Es cierto, no traspasan el límite de la verja.

—¡Y retroceden!

—¡Dios! ¡Es imposible!

—¡Pero es verdad! ¡Se marchan!

Lentamente, la repugnante cohorte regresaba sobre sus pasos. Algunas arañas montaron sobre los diamantes esparcidos por el suelo, y los expedicionarios vieron cómo arrastraban las piedras preciosas como si se tratara de enormes huevos. Lentamente, las arañas se retiraron hacia el fondo de la cripta, y remontaron penosamente la pared para reintegrarse a la prisión abierta sobre el tesoro del dios Xéror.

Liberados de aquella pesadilla, los supervivientes sé miraron entre sí. Estaban prisioneros en aquel pozo, pero la esperanza persistía. Quizá pudieran tallar unos toscos peldaños en la pared y remontar el pozo hasta la selva violeta que se entreveía allá arriba. Quizá...

—Nos hará falta mucho tiempo —dijo Duncan—, y será un trabajo penoso. Pero saldremos de aquí.

—¿Y... él? —dijo Catherine, señalando el cadáver de Will.

Ritz Appert esbozó una leve sonrisa.

—Ése no ofrece ningún peligro —dijo—; la picadura del Bjorcki es peligrosa, pero no mortal.

—¿Y... contagiosa?

—¡Oh, no, tampoco! Pensándolo bien, el Bjorcki que mordió a Will era de color verde y no azul. ¡Es el azul el que es mortal!

—¡Vamos! —ordenó Duncan—. ¡Hay que empezar a trabajar!

—¡Adelante!

Y, sin embargo, aquella misma tarde todos habían muerto.

El contagio del Bjorcki verde era ciertamente tan solo peligroso entre dos seres vivientes... ¡Pero era mortal entre un ser vivo y un cadáver!





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