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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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miércoles, 7 de abril de 2010

La historia de Martín Vilalta y otros




La historia de Martín Vilalta

José María Aroca

Los hombres del futuro podrán comunicarse entre sí telepáticamente. La pérdida de ese reducto individual que es la mente quedará compensada por el mejoramiento de las relaciones humanas, las cuales serán más sinceras, ya que nadie podrá ocultar sus verdaderas intenciones a los demás.

(Th. Sturgeon, CIENCIA Y FUTURO)

Para Martín Vilalta, el día empezó como otro cualquiera. Mientras se estaba afeitando experimentó una leve sensación de embotamiento, como si su sueño no hubiese sido lo bastante reparador. Desayunó en medio de su habitual silencio, rozó superficialmente con los labios la mejilla de su esposa y salió de casa, camino de la estación, tal como venía haciéndolo cada mañana desde hacía veinte años.

Martín Vilalta, bien cumplidos los cincuenta, trabajaba en la Sociedad Barcelonesa de Crédito. A él llegaban numerosas personas necesitadas de una ayuda financiera. Su tarea consistía en averiguar quiénes, entre aquellas personas, estarían en condiciones de devolver el préstamo solicitado. Desde hacía mucho tiempo había descubierto que el único modo de cumplir con su tarea consistía en dudar sistemáticamente de todos y cada uno de los solicitantes. En aquella clase de ocupación no cabían los sentimientos personales.

En la estación de Sarria, mientras esperaba el tren, su malestar se hizo más intenso. Cuando llegó a la oficina, el dolor se había concretado en la parte posterior de su cabeza, encima de la nuca. De mala gana, aceptó unas tabletas de aspirina de uno de sus compañeros de sección que había observado su aspecto de fatiga. Don Julián, el jefe de la sección, cruzó por delante de su mesa mientras Martín Vilalta tragaba las tabletas con un poco de agua.

—¿Se encuentra usted mal? —inquirió don Julián.

—No es nada: un simple dolor de cabeza —respondió Martín Vilalta.

Poco después se presentó una mujer, modestamente vestida, solicitando un préstamo para pagar la entrada de un piso. Lo brusco de la negativa de Martín Vilalta hizo que el escribiente que ocupaba la mesa contigua enarcara las cejas, sorprendido.

Era casi la hora del almuerzo cuando un hombre de rostro blanco como la cera, ojos enrojecidos y boca temblorosa, se sentó al otro lado del escritorio. Dijo que se llamaba Farrerons. Martín Vilalta paseó una mirada experta por sus ropas mientras escuchaba lo que el señor Farrerons estaba diciendo. Según él, se había jubilado hacía poco tiempo y necesitaba un préstamo con suma urgencia. Podía responder con el título de propiedad de una pequeña finca, cuya venta se proponía gestionar. Tomando unas cuantas notas en una cuartilla, Martín Vilalta continuó su interrogatorio.

El solicitante estaba viviendo con su hijo y su nuera. Y se proponían encerrarlo en un asilo, pretextando que el piso en el cual vivían era muy pequeño. Su nuera estaba a punto de dar a luz... Pero el señor Farrerons sabía que la verdadera causa estribaba en lo escaso de su pensión de jubilado, y tenía la seguridad de que si podía ofrecerles algo más de dinero cambiarían de idea. Al llegar a este punto, Martín Vilalta, que había estado escuchando con aire impaciente, estrujó la cuartilla en la cual había tomado las notas, la tiró a la papelera y despidió al solicitante con más brusquedad que de costumbre.

Cuando el señor Farrerons se hubo marchado, sonó el timbre que anunciaba la hora del almuerzo. Martín Vilalta bajó al restaurante de la esquina, como todos los días, aunque no tenía apetito. El dolor se le había corrido a las sienes. insidiosamente.

A su regreso a la oficina, don Julián le hizo entrar en su despacho. Don Julián tenía un aspecto preocupado y vacilante. Dijo:

—¿De veras se encuentra usted bien, Vilalta? Le he estado observando, y... bueno, tal vez sea una impresión mía...

Martín Vilalta replicó con cierta impaciencia que se encontraba perfectamente.

—No he podido dejar de notarlo —insistió don Julián—. Me ha parecido que trabajaba usted bajo una especie de tensión. Su..., su actitud de esta mañana... Desde luego, hay que mostrarse firme. Pero, al mismo tiempo, es necesario obrar con imparcialidad...

Se interrumpió. Bondadoso por naturaleza, le resultaba difícil administrar la reprimenda.

—Si cree usted que me he excedido en mis atribuciones... —empezó fríamente Martín Vilalta.

Don Julián se frotó nerviosamente las manos y dijo que no lo creía, ni mucho menos. Pero se había fijado en uno de los solicitantes, en particular. Un anciano, no había captado el nombre, que se había presentado poco antes de la hora del almuerzo...

—Tal vez me equivoque, pero me pareció que le trataba usted de un modo...

Don Julián se interrumpió de nuevo.

—Sí —dijo Martín Vilalta secamente—. Era un tal... —Frunció el ceño—. Un tal... —repitió.

Tenía el nombre en la punta de la lengua, pero no podía recordarlo, a pesar de que se enorgullecía de su capacidad para retener nombres y caras.

Don Julián acabó de convencerse de que Martín Vilalta estaba enfermo. Pero no se puede agarrar a un empleado por el hombro y ordenarle que se marche a casa. Por lo menos, no a un empleado como Martín Vilalta. Suspiró.

—No se preocupe, Vilalta. Y tómese las cosas con calma...

De nuevo en su escritorio, Martín Vilalta se quedó mirando fijamente la pared y trató de recordar el nombre. Al igual que antes, lo tenía en la punta de la lengua pero se negaba a tomar forma. La concentración aumentó la intensidad de los latidos en sus sienes. A pesar del creciente malestar que experimentaba, persiguió el evasivo nombre con la misma perversa tenacidad con que escarbamos con la lengua en una muela cariada.

Anotó todas las letras del alfabeto en una cuartilla, intentando construir unas sílabas detrás de ellas. Cuanto más se concentraba, más enmarañados y caóticos se hacían sus pensamientos. Había momentos en que llegaba a olvidar lo que estaba tratando de recordar. Y el dolor crecía y crecía, localizado ahora en un punto central de su frente, algo más arriba de los ojos.

Hasta media tarde no recordó las notas que había tomado del solicitante. Pero cuando se inclinó ávidamente sobre la papelera, descubrió que había sido vaciada durante la hora del almuerzo.

El evasivo nombre ocupaba por entero sus pensamientos. Se convirtió en la cosa más importante de su vida. Hasta entonces, nunca había olvidado un nombre. ¿Un primer síntoma de senilidad, acaso? Así empezaba la cosa. Una especie de amnesia. Un toque de aviso...

¿Cómo diablos se llamaba el viejo?

Continuaba embargándole la preocupación cuando regresaba a casa, en el tren. El dolor en la frente se había convertido en una especie de centro de sólida presión que parecía encontrarse dentro del propio cráneo. Apretó las palmas de las manos contra sus sienes hasta que se dio cuenta de las inquisitivas miradas que le dirigían sus compañeros de compartimiento. Entonces apartó las manos y se sentó muy rígido, sabiendo que no habría paz en su mente hasta que recordara aquel maldito nombre.

Cuando llegó a casa se dirigió directamente al cuarto de baño. Se lavó la cara con agua fría. Todo aquello era tan absurdo... ¿Carreras? ¿Farreras? Se encaminó al comedor con un torbellino de nombres en su cerebro.

—Pareces cansado, querido —dijo Celia en tono solícito.

—No más que de costumbre —replicó Martín Vilalta secamente.

Celia estaba sentada junto a la ventana, resolviendo el crucigrama de "La Vanguardia", como todas las tardes. Siempre se sentaba en el mismo lugar, con la cabeza inclinada sobre el periódico, el diccionario al alcance de la mano.

Martín Vilalta se dejó caer en su butaca. Su cuerpo estaba tenso con el torbellino que rugía en su cerebro. No podía continuar así. Debía dominarse, tratar de relajarse.

Relajarse...

Martín Vilalta respiró lenta y profundamente, tratando de no pensar en nada. Paulatinamente, la tensión remitió. Sus párpados se estremecieron y quedaron inmóviles. Experimentaba la sensación de que estaba asomándose a su propio cerebro, abriendo puerta tras puerta, dejando paz y tranquilidad detrás de él. El dolor acabó por desaparecer. Ahora, su mente estaba abierta y relajada... Y el nombre era...

Farrerons.

Martín Vilalta suspiró, aliviado.

—...ocho letras —dijo Celia súbitamente—. Hospital para leprosos. Le-pro-se-ría... No, son diez...

—Lazareto —dijo Martín Vilalta sin abrir los ojos.

—¿Cómo? —inquirió Celia, desconcertada—. Estaba pensando en mi crucigrama.

—Lo sé —dijo Martín Vilalta, en tono impaciente—. Lazareto, ésa es la palabra.

A Martín le pasa algo. No me ha gustado el aspecto que tenía al llegar. Parece cansado... ¿Cómo ha sabido lo del crucigrama? Tal vez debiera prepararle una infusión bien caliente, antes de acostarse. Pero, es tan reacio a tomar nada...

Martín Vilalta frunció el ceño y abrió los ojos. Celia le estaba contemplando, ansiosamente.

Tiene un aspecto raro —continuó Celia—. Estoy segura de que no se encuentra bien. Y no entiendo lo del crucigrama. Tal vez lo ha estado resolviendo en la oficina. Pero ¿cómo sabía que estaba en aquella palabra, precisamente?

Los labios de Celia no se movían. Estaba hablando, pero su boca permanecía inmóvil y, sin embargo, sus palabras se encontraban dentro de la cabeza de Martín Vilalta. Miró fijamente a su esposo, tratando de comprender lo que sucedía.

—¿Cómo lo has adivinado? —preguntó Celia en voz alta.

Tengo que comprarle un par de camisas —continuó, con la boca cerrada—. La que lleva empieza a estar rozada de los puños. Creo que hay unas rebajas en El Corte Inglés...

Martín Vilalta se puso en pie y salió del comedor. La voz en el interior de su cabeza salió con él, debilitándose a medida que se alejaba de Celia.

¿Adonde irá ahora? Tal vez en busca de un libro. Tal vez quiera leer un poco. Pero, ¿por qué ha salido así, sin decir palabra? Algo le pasa...

La voz se apagó. La mente de Martín Vilalta quedó vacía.

Miró fijamente a través de la ventana. Algo le había ocurrido; algo que le había infundido la capacidad de leer los pensamientos de su esposa. La voz que había oído dentro de su cabeza eran los pensamientos de Celia. Apoyó las manos en el cristal de la ventana. Había un nombre para esta clase de fenómeno. Percepciones extrasensoriales, o algo por el estilo. La ciencia no negaba tal posibilidad. Se trataba de un séptimo sentido latente en alguna parte del cerebro. ¿Dónde lo había leído?

De pronto, se encontraba con el don de leer los pensamientos. Un don que ofrecía perspectivas ilimitadas. Pero, ¿se trataría de un fenómeno pasajero? ¿Persistiría?

Caso de persistir, este nuevo don resultaría inapreciable para su trabajo. A partir de entonces, sería inútil que los solicitantes trataran de mentir. Más tarde, cuando conociera más a fondo aquella nueva cualidad, podría explotarla. En un escenario, tal vez.

La cosa era... ilimitada. Representaba un poder nunca soñado.

Embriagado con la gloria de su secreto regresó al comedor. Celia estaba en la cocina, preparando la cena. A Martín Vilalta le resultó un poco molesta la incesante corriente de los pensamientos de su esposa. Le entristeció descubrir que le consideraba más como a una máquina de ganar dinero que como a un compañero amado. Cuando llegó la hora de acostarse, Martín Vilalta se demoró en el cuarto de baño hasta que la voz en el interior de su cabeza se apagó, y supo que Celia se había quedado dormida.

A la mañana siguiente, Martín Vilalta fue el primero en despertar. Permaneció un rato en la cama, mirando al techo, mientras repasaba los acontecimientos del día anterior. Ahora no había ninguna voz en el interior de su cabeza. Se incorporó en el lecho, escuchando. Tal vez el nuevo sentido había sido una cosa efímera, provocada por la tensión del día y desaparecida tras una noche de apacible sueño... Miró a Celia: iba a saberlo en el momento en que su esposa despertara.

Como cada mañana, lo primero que hizo al levantarse fue abrir la ventana de par en par y aspirar profundamente la fresca brisa matinal. Era una de las ventajas de vivir en las afueras: el aire no estaba tan viciado como en otras zonas de la ciudad. La calle, con sus viejos y frondosos plátanos, se extendía silenciosa y solitaria entre dos hileras de casitas de una sola planta. Martín Vilalta se asomó a la ventara. El repartidor de la leche, calle arriba, iba dejando las botellas en los zaguanes. Martín Vilalta le oyó silbar un ritmo de moda. Y, mezclada con el silbido, resonó en su cerebro la voz del repartidor:

Dos para los Segarra... Dos para los Iglesias... Una para los Vilalta...

Martín Vilalta sonrió mientras se apartaba de la ventana: el nuevo sentido continuaba allí. Celia se removió en la cama y abrió los ojos.

...Saltando de un tren y corriendo a lo largo de la vía.

La voz de Celia se apagó. "¿Un eco de un sueño?", se preguntó su marido.

¿En qué día estamos? —continuó la voz—. Miércoles. Hoy me pondré el vestido verde. Martín se ha levantado. El desayuno...

La voz se había puesto en marcha. Y continuó. Sin interrupción. Por primera vez desde que había adquirido conciencia de su nuevo sentido, Martín Vilalta se preguntó si habría algún modo de obstruir la recepción.

Los monótonos pensamientos de Celia le acompañaron mientras se afeitaba, mientras se vestía, mientras desayunaba. Hubo una momentánea adición cuando llegó el chico de los periódicos. Por unos instantes, dos voces hablaron juntas en su cerebro. Cuando eso ocurrió, le resultó casi imposible separar una de otra. Aquello era algo en lo cual no había pensado. Su mente recogería los pensamientos de todas las personas que estuvieran cerca de él. ¿Y a qué distancia debía encontrarse una persona para que sus pensamientos pudieran ser captados? Trató de calcularlo. Había captado los pensamientos del repartidor de la leche a unos diez metros... Martín Vilalta frunció el ceño. En un círculo con un diámetro de veinte metros cabía mucha gente. Casi una multitud. Y todos transmitiendo pensamientos al mismo tiempo. Se preguntó cuál sería el efecto.

Lo descubrió al llegar a la estación. Una babel de voces resonó en el interior de su cráneo. Una barahúnda de sonidos que carecían de significado y que llenaron su cabeza con un dolor casi físico. Soportó la tortura por espacio de cinco minutos. Luego salió de la estación. Echó a andar a lo largo de la calle, invadido por un indecible horror. Los pensamientos de los transeúntes se levantaban y caían como rompientes sobre una playa pedregosa. Martín Vilalta entró en una calle más tranquila. El tumulto amainó. Ahora eran sólo fragmentos: una mujer limpiando una ventana; un niño jugando en un jardín; el dependiente de una tienda de comestibles cuya mente estaba llena del recuerdo de la muchacha con la cual había salido el domingo anterior.

Martín Vilalta desembocó en otra calle más ancha. El tumulto arreció, más fuerte que nunca, más fuerte que el rugir del tránsito. Ahora, el único deseo de Martín Vilalta era encontrar un lugar solitario.

Se refugió en un pequeño parque. Un sendero enarenado conducía a una plazoleta rodeada de bancos de madera con un diminuto surtidor en el centro. Se dejó caer en uno de los bancos. Sosteniéndose el rostro con las manos, cerró los ojos. Por primera vez desde que había salido de casa podía pensar con claridad. La situación era insoportable. Pero, ¿qué podía hacer para cerrar la espita de los pensamientos ajenos?

...a veinticuatro pesetas. Es un asco. A este paso, no sé adonde iremos a parar...

La voz era la de una mujer cargada con la cesta de la compra. Martín Vilalta tuvo que esperar a que se hubiera marchado, llevándose sus pensamientos, para poder meditar de nuevo con claridad.

Podía acudir a un médico. Tal vez existía alguna droga capaz de embotar el cerebro. Martín Vilalta se irguió, con un brillo de esperanza en los ojos. ¿Y una operación? Quizás aquella parte del cerebro que había estado dormida y que ahora había despertado pudiera ser extirpada...

La consulta de un médico. Allí habría una recepcionista; probablemente una enfermera. Y pacientes esperando... Se sentaría enfrente del médico y ni siquiera sería capaz de explicarle lo que le sucedía, debido a la babel de sonidos que resonaría en su cerebro...

"¡Dios mío!", exclamó Martín Vilalta.

Los apagados murmullos parecían aumentar en intensidad. ¿Significaba esto que su mente estaba haciéndose más sensible? Se puso en pie, tambaleándose un poco, y echó a andar a lo largo del sendero, sin saber adonde iba, ni por qué.

Al otro extremo del pequeño parque las voces ensordecedoras estaban esperándole, insidiosas, para llenar su cerebro de clamores.

Su cráneo era como una cáscara de huevo llena de resonancias.

Y llegaría un momento en que la cáscara se rompería...

Encima del hueso, la piel de su frente estaba tensa como un pergamino. El sudor empapaba su rostro. Las voces gritaban, y gritaban, y gritaban. No había ningún sonido en el mundo excepto el que resonaba en el interior de su cráneo.

Silencio... Necesitaba silencio. En alguna parte tenía que haber un lugar solitario donde pudiera encontrar silencio y paz.

No supo cómo había llegado allí. Anduvo y anduvo, y de repente se encontró en una zona despoblada, tendido sobre la hierba, a la sombra de un árbol. Y en el interior de su cráneo había silencio y paz, turbados solamente por un apagado murmullo, no demasiado molesto.

Silencio y paz... Pero, no podía quedarse allí indefinidamente. Más pronto o más tarde tendría que regresar a los lugares poblados de gente. El día se extendía delante de él. Cuando se hiciera de noche pensaría en el futuro. A no ser que el hambre le acosara antes...

Una voz hurgó en su mente.

Comida..., comida..., comida...

Martín Vilalta se incorporó bruscamente. La voz cambió.

Miedo —dijo ahora—. Miedo..., miedo..., miedo...

No había nadie a la vista.

Otra voz, distinta.

Comida..., comida..., comida...

Por encima de su cabeza, un pájaro se remontó hacia el claro azul del cielo.

Contemplándolo, sin comprender todavía, temiendo comprender, Martín Vilalta levantó una mano.

Peligro..., peligro..., peligro... —chilló la voz.

El pájaro posado en el árbol emprendió el vuelo. Se convirtió en un punto diminuto y desapareció. La voz se apagó.

"¡No! —imploró Martín Vilalta desesperadamente—. ¡No!"

El apagado murmullo iba haciéndose más intenso. Martín Vilalta supo que lo que estaba oyendo eran los pensamientos mezclados de una ciudad de seres pensantes. La sensibilidad iba en aumento. Enfrente de la cortina había voces más pequeñas. Voces que hablaban con el instinto más que con la razón, sus mensajes traducidos en palabras y arrojados al torbellino de su mente.

Martín Vilalta escuchó las voces multitudinarias de los pequeños seres que poblaban los campos y el cielo.

Se puso en pie, tambaleándose. No había escape posible.

El mundo era todo ruido. Apretó las palmas de las manos contra sus oídos mientras echaba a andar. La cacofonía de ruidos fue haciéndose más y más insoportable.

Y luego el mundo estalló en una explosión de sonido y un relámpago de luz. Martín Vilalta cayó de rodillas y después hacia adelante, boca abajo, junto a la vía del ferrocarril.

Martín Vilalta recobró el conocimiento. El grisáceo cielo se convirtió en un techo. Percibió un leve olor a formol. Movió las manos, descubriendo que estaba cubierto con algo. Volvió la cabeza. Estaba tendido en una cama. A su izquierda había otras camas; tres, todas vacías. En otra cama, a su derecha, había alguien. Se encontraba en un hospital.

Martín Vilalta se incorporó, apoyando el codo contra la almohada. Una pequeña sala de hospital. Cinco camas, dos de ellas ocupadas. Miró el otro lecho ocupado. El hombre —era un hombre, desde luego, a juzgar por los cortos cabellos blancos que asomaban por encima de la sábana— estaba dormido.

Reinaba un gran silencio.

Luego, Martín Vilalta recordó. Escuchó, conteniendo la respiración...

Silencio. Ningún sonido.

La pesadilla había terminado. Aquel don que él no había pedido y que le había proporcionado indecibles torturas, era ya solamente un mal recuerdo. Martín Vilalta suspiró, aliviado. Cerró los ojos, saboreando el silencio, bañándose en él.

El hombre de la cama contigua se removió.

...No puedo seguir así... No lo comprenden. El agua está muy fría... Pronto habrá terminado todo...

Martín Vilalta se estremeció. La sensación de alivio se convirtió en frío horror. Así había empezado la cosa. Y ahora empezaba de nuevo. Y el ciclo se repetiría, una y otra vez: el comienzo, la tortura aumentando paulatinamente, el clímax final... y vuelta a empezar.

Martín Vilalta deslizó las piernas fuera de la cama. La voz runruneaba implacablemente en el interior de su cráneo. Tambaleándose, cruzó la sala y abrió una puerta que se encontraba al fondo de la habitación. La puerta daba a un cuarto que olía a comida y a jabón.

Un fregadero en un rincón; estantes; platos, tazas y vasos. Bandejas de metal. Una alacena. En uno de los compartimientos, cuchillos, cucharas y tenedores. Martín Vilalta alargó la mano. Sus dedos se cerraron alrededor del mango de uno de los cuchillos.

La monja llevaba una toca almidonada y crujiente. El médico una bata inmaculadamente blanca.

—Los dos han ingresado esta tarde —explicó la monja mientras entraban en la sala—. Un tal Martín Vilalta, al que recogieron junto a la vía del tren, sin sentido...

Vio la cama vacía, las ropas desarregladas. Frunció el ceño y llamó:

—¡Enfermera!

La enfermera se presentó con un montón de toallas, justificando así el haber abandonado la sala.

—He ido a buscar toallas, hermana —se disculpó.

—Ya sabe que no quiero que abandonen la sala —la reprendió la monja—. El señor Vilalta ha recobrado el conocimiento. Estará en el cuarto de baño. Será mejor que vaya allí, por si necesita ayuda...

—Veamos al otro enfermo —dijo el médico.

—Le han sacado del río —explicó la monja—. Posiblemente intentó suicidarse. Desde que ingresó ha estado delirando.

Como para confirmar sus palabras, el enfermo empezó a murmurar.

—No quería que me llevaran allí... Pero nadie me ayudaba... Nadie me ayudaba...

—Siempre repite lo mismo —dijo la monja—. Al parecer, vivía con unos parientes que querían internarlo en un asilo de ancianos. Habla de un préstamo que pidió, y que no le concedieron.

—Lamentable —murmuró el médico. Cogió la hoja de cabecera—: Manuel Farrerons...

En el pequeño cuarto que había al otro extremo de la sala, la enfermera gritó, gritó...

EL LIBRO

Francisco Valverde Torné

Incluso entonces lo habría confesado. Nunca, en mi dilatada vida de bibliófilo, había visto nada semejante. Lo encontré en un puesto de libros delante del parque, adonde solía ir a curiosear con cierta frecuencia. Cuando distraídamente hojeé sus páginas, comprendí que tenía en las manos un ejemplar para mí extraño, aunque ni por su aspecto, ni por sus irreconocibles signos, pude deducir su origen. En aquel momento pensé que sólo debía tratarse de un libro de poco valor, impreso en una lengua extraña; pero de todos modos había algo en él que lo hacía distinto de los demás. Jamás pude saber cómo había ido a parar allí, a un puesto de libros viejos y baratos, donde excepcionalmente solía encontrar alguna antigüedad de escaso valor, en realidad mucho más vieja que antigua.

A pesar de ser para mí totalmente desconocida la escritura, comprendí que los caracteres de aquel libro no eran antiguos; su perfecta distribución, la claridad de los signos y su pequeño tamaño, entre otros detalles, indicaban un procedimiento de impresión absolutamente moderno. Y esto era precisamente lo más extraño, porque sus muchos deterioros no parecían recientes, sino hechos por el transcurso del tiempo.

Si en algo soy un experto, puedo asegurar que es en calcular la edad de un libro con muy pocos años de error, incluso prescindiendo de las pistas más claras, como pueden ser los tipos de los caracteres, la calidad del papel, su color, la ortografía, el contenido temático, el estilo, etc. Y todo esto es importante, porque con frecuencia la fecha de edición puede ser un dato que nada diga acerca de la autenticidad de un ejemplar. Puedo presumir de haber descubierto algunas falsificaciones muy hábiles.

Aquel nuevo hallazgo merecía, por lo menos, un concienzudo estudio. Pagué por él unas escasas monedas y, dudando todavía si había hecho una buena adquisición, me fui a casa. Estaba acostumbrado a las desilusiones cuando adquiría algún ejemplar aparentemente valioso, y que luego resultaba una imitación más o menos perfecta. Pero cuando comencé a estudiar aquel libro con más detenimiento, comencé a creer que aquella vez había encontrado algo verdaderamente insólito. Era como una de esas premoniciones que le asaltan a uno muy raramente con la claridad de una certeza.

Mi perplejidad iba en aumento cuanto más profundizaba en el estudio de aquel libro. De momento, lo único que conseguí aclarar, y que fue bastante para aumentar mi asombro, fue que su antigüedad se remontaba a varios siglos, aunque esto era preciso comprobarlo con otros medios que yo no tenía a mi alcance. Pero sabía quién podía hacerlo: mi amigo Gabriel.

Aunque era ya noche avanzada, no dudé en telefonear a Gabriel. No me había dado cuenta de que había oscurecido, abstraído en el estudio de aquel misterio. Como sospechaba, mi amigo estaba durmiendo, pues tardó varios minutos en descolgar el aparato.

—Siento molestarte a estas horas —empecé disculpándome—, pero es preciso que saltes inmediatamente de la cama.

—Lo único que me haría saltar de la cama sería un incendio.

—Entonces iré yo a tu casa...

—No, espera...

Le oí murmurar algo a su esposa. Después volvió a hablarme.

—Bueno, ¿qué pasa?

Se lo expliqué en pocas palabras, añadiendo que lo mejor era que lo viese él mismo.

—Dudo mucho de que lo que estaba soñando fuera más fantástico que eso que me cuentas. Si no fueras un experto en esta materia pensaría que me estás tomando el pelo.

—Ya sabes que no gasto bromas.

—Está bien, pero ¿quieres decirme qué tengo yo que ver con...?

—Te lo explicaré cuando estés aquí —le interrumpí.

La verdad era que nunca había tenido necesidad de requerir la ayuda de mi amigo Gabriel, y mucho menos a medianoche. Por eso le piqué tanto la curiosidad que cuando abrí la puerta observé que sólo había perdido el tiempo justo para ponerse un abrigo encima.

—Te agradezco mucho que hayas venido —le dije, quizás un poco arrepentido—. Tú sabes que si no fuera importante no te habría molestado...

—Sí, sí, ya sé —dijo con un ademán que podía interpretarse de mil formas distintas—. Pero ya he llegado. A ver esa maravilla.

Me siguió al despacho con aire de cansancio, pero pude observar en sus ojos una lucecita de curiosidad que tranquilizó a mi conciencia.

El libro estaba sobre la mesa. Lo tomó con cuidado, como si temiera que al contacto de sus manos se transformara en polvo. Lo observó por todos lados y lo abrió por el centro.

—Dame una copa y una silla —dijo.

Me apresuré a complacerle en ambas cosas. Se bebió el licor de un trago y después permaneció unos instantes reflexivo.

—Conozco un buen especialista en lenguas muertas y exóticas —dijo luego—. Si él no puede traducirlo, no lo hará nadie. Tiene a su cargo el mejor traductor electrónico del mundo.

—Eso pensé —respondí tímidamente—. Recordé que me habías hablado de él. Pero me bastaría saber el origen de este ejemplar. Le he... ¡hum! Le he calculado no menos de quinientos años... ¡Sí, no te asombres!

—¡Pero, hombre, hasta un colegial podría decirte que este libro no puede pertenecer a la Edad Media! La invención de la imprenta...

—Un momento, por favor —le interrumpí—. Si no se tratara de algo extraordinario, te habría dejado tranquilo con tus dulces sueños. Parece que estamos hablando de algo imposible. Pero tú, como paleontólogo, debes saber que la verdad tiene a veces tantas caras que la verdadera queda oculta por la sombra de las falsas. También sabes que algunas invenciones modernas no son más que repeticiones de otras más remotas que cayeron en el olvido. Además, en este caso hay ciertos indicios que no tienen explicación posible, a menos que admitamos que sabemos muy poco del pasado. Este libro no pudo ser impreso hace más de quinientos años. Sin embargo, yo sé que los tiene. Por eso he pensado en ti. En la Universidad cuentas con medios para calcular con la máxima precisión la edad de este papel...

—Sí, siempre que pase de los cien años.

—Bien, sólo te pido que lo hagas.

—Desde luego —asintió. Se metió el libro en el bolsillo y se dirigió a la puerta—. Te avisaré en cuanto obtenga los primeros resultados.

—¿Cuándo?

—No sé... Tal vez mañana.

Tardó varios días en hacerlo. Entretanto, me fue completamente imposible localizarle, aunque en una ocasión incluso fui en su busca a la Universidad, donde tuvo la desfachatez de negarse a recibirme. Creo que jamás he tenido tantos deseos de asesinar a una persona.

Por fin, cuando la ansiedad estaba a punto de matarme, una tarde sonó el teléfono de mi despacho.

—Soy yo, Gabriel —me respondió una voz cansada.

Una sarta de maldiciones se me hizo una bola en la boca, pero conseguí tragármela y sólo exclamé:

—¡Tú! Gracias a ti he logrado planear varias formas del crimen perfecto. ¿Qué diablos te has propuesto?

—Perdona, pero esto requerirá una larga explicación. Tu libro ha resultado ser mucho más asombroso de lo que imaginas.

—¿Contiene el auténtico secreto de la piedra filosofal?

Esta pregunta la hice muy seriamente. En mi mente se habían alojado toda clase de fantasmas que danzaban en la cueva de un alquimista, y que luego se convertían en brujos medievales haciendo pócimas milagrosas, mientras sus dedos descarnados recorrían las líneas de un libro gigantesco. Creo que el mismo Gabriel me había obligado a pensar en todo esto. Su misterioso silencio, mientras imaginaba a mi adorado libro bajo la observación de sus ojos científicos, me había sumido por unos días interminables en un mundo irreal y fantástico, donde todo era posible. Lo veía desgarrando el velo de ocultos secretos que cambiarían la faz del mundo.

—Se trata de algo mucho mejor —respondió, enigmático, a mi pregunta.

—Es un libro de brujería, ¿verdad?

—Será mejor que nos veamos.

—¡Pero dime algo!

—Espérame ahí.

Ignoro si tardó mucho tiempo, porque mi reloj parecía haberse detenido. Cuando Gabriel llegó comprendí que llevaba varios días en la misma situación. Sus ojos estaban enrojecidos y habían perdido el brillo. Tenía el rostro demacrado y las mejillas hundidas. A pesar del cansancio físico que sin duda le tenía agotado, su sistema nervioso debía de estar haciendo milagros para mantenerle en pie.

—Tenías razón —dijo. Su voz sonaba como un susurro—. Tiene más de quinientos años.

Creo que solté una exclamación de triunfo. Pero yo esperaba algo más.

—¿Qué otras cosas has descubierto?

Su mismo cansancio le impedía darse cuenta de la ansiedad que me devoraba. Dejó con parsimonia el libro sobre la mesa, pero siguió mirándolo fascinado, o quizá sin fuerzas para mover sus ojos en otra dirección.

—Lo he sometido a todas las pruebas imaginables —dijo después de sentarse—. No cabe la menor duda de su edad...

—Sí, pero debe de haber algo más —le acucié.

Por fin movió los ojos para mirarme, pero dudo de que me estuviera viendo.

—¿Recuerdas lo que me dijiste acerca de la verdad oculta del pasado? —dijo—. Tenías razón. Lo ignoramos casi todo. Empecé por encontrar algo que al principio no pude creer: la calidad del papel de este libro no solamente era desconocida hace quinientos años, sino que "también lo es hoy". La tinta empleada contiene algunas sustancias igualmente desconocidas.

Todo esto no me asombró lo más mínimo. En realidad lo único que me tenía obsesionado era el contenido de aquellas páginas enigmáticas, donde presentía un secreto terrible. Sin embargo, hice un esfuerzo por seguir hasta el final el camino que Gabriel había elegido para sus explicaciones.

—¿Quieres decir que este ejemplar... procede de una civilización desconocida?

—También lo pensé..., pero no era posible que existiera una civilización hace solamente quinientos años que no dejara más vestigio que ese libro. No, amigo mío.

—¿Entonces?

—Parte de mi tiempo lo he empleado en hacer ciertas investigaciones. Al llegar a este punto comprendí que no podía detenerme ninguna idea, por disparatada que me pareciera. Todavía no sé cómo pude lograrlo, pero conseguí meter las narices en el Archivo Histórico... Ya sabes, todo cuanto se guarda allí se mantiene bajo mil llaves de contacto molecular, en unas condiciones de esterilización perfectas. Se conservan algunos documentos que se remontan a los comienzos de la historia de casi todos los pueblos. Y allí encontré algo que me dio una pista.

Mi ansiedad crecía como la presión del vapor de una caldera sometida a una temperatura creciente. Y también me imaginé capaz de estallar. No obstante, esperé que Gabriel prosiguiera.

—Hemos de trasladarnos a la Edad Media, donde historia, fábula y brujería se mezclan en una confusión donde es muy difícil encontrar una pequeña verdad indiscutible. Existe una leyenda medieval... —Hizo un esfuerzo por recordar detalles—. ¡Oh, he olvidado ahora la época exacta! Fue preciso hacer una fotocopia del documento manuscrito y someterlo al traductor electrónico... No fue fácil, pues le faltan muchos fragmentos. Creo que te hablé del traductor electrónico, ¿no?

No creo que lo hiciera a propósito, pero llegué al límite de mi resistencia emocional.

—¡Sigue!

—Bueno, en resumen, se pudieron aclarar algunas cosas. Un cuerpo, algo así como una nave envuelta en llamas, cayó del cielo, con una gran explosión. Según la leyenda fue una estrella, pero hemos de darle una interpretación, claro. Se encontraron algunos objetos extraños, entre ellos un libro que escapó a la destrucción por hallarse protegido en una caja metálica... Aquel libro producía la muerte a sus poseedores, pero no podía ser destruido, porque ello traería la destrucción del mundo. Verdades y supersticiones, muertes tal vez atribuidas al diablo y que pudieron ser consecuencia de una contaminación de origen radiactivo, todo está envuelto en nubes traslúcidas, pero entre las cuales parece asomarse la verdad. Había muchas otras cosas que no recuerdo... Sí, trozos carbonizados de seres vivos...

Me levanté de un salto.

—¿Y tú supones que ese..., ese libro es el que encontramos? ¿Dónde termina la historia y empieza la leyenda, Gabriel? ¿Ese libro, entonces, procede de otro mundo?

—Así es...

—Pero eso es una revelación, eso significa...

—Eso significa muchas cosas, amigo mío. No existe otra explicación. También coinciden ciertas descripciones. Es imposible el error. Además, los resultados obtenidos en el laboratorio indican claramente que algunas de las materias utilizadas son absolutamente desconocidas para nosotros. La radiactividad ha desaparecido, pero gran parte de sus deterioros son debidos a ella. Añade a esto su indudable antigüedad, y otra cosa muy significativa: está redactado en una lengua indescifrable. Ese es el tesoro que tienes. Un libro de otro mundo. Se han sacado fotocopias de las páginas mejor conservadas para someterlas al traductor electrónico. Espero que dentro de pocos días obtengamos la primera información.

Me pareció haber estado sumido en un sueño irreal. De pronto me di cuenta de que Gabriel se había marchado. Pero el libro misterioso estaba allí. Lo tomé con cuidado exquisito entre mis manos y lo abrí por una página cualquiera, donde miles de signos, como negros insectos burlones, bailaban ante mis ojos. ¿Qué secreto de otro mundo ocultaban? ¿Algún brujo había logrado alguna vez descifrarlo? ¿Tal vez aquel que lo encontró entre los restos de la nave destruida?

Y el secreto al fin me fue revelado.

Gabriel me invitó algún tiempo después a asistir al gran descubrimiento.

Ante el traductor electrónico me hubiera quedado vivamente impresionado en otra ocasión, pero entonces había algo más grande para mí que el interés que pudiera brindarme toda la delicada complejidad de aquella máquina fabulosa.

—Al principio, incluso el traductor falló —comenzó a explicarme Gabriel, con una serenidad nueva e increíble. Hasta estoy seguro de que su rostro resplandecía—. Pero pronto encontramos una pista.

—¿Está todo traducido?

—No es preciso hacerlo. Ahora cada uno de los signos tiene una claridad radiante.

—No comprendo...

—Comprenderás en seguida.

Me mostró a la transparencia una de las fotocopias, que representaba una página entera. Para una mayor claridad de observación la colocó en un proyector, y la imagen apareció en la pantalla plástica en sus dimensiones normales.

—Las páginas fueron sometidas al azar al traductor, sin resultado al principio. Pero de pronto surgió lo maravilloso. Esta máquina extraordinaria no solamente interpreta el lenguaje escrito, sino también el fonético.

—Es decir, que también "habla"...

—Milagros de la técnica... Bien, al fin consiguió traducir, mejor dicho, "leer" un sonido, una palabra... Mi nombre.

—¿Qué?

—Sí, dijo "Gabriel". ¿Comprendes?

—Nada.

—¡La máquina había encontrado el punto de arranque para la traducción total! Es como el principio de un rompecabezas.

—¡Pero eso es imposible! ¡Si el libro procede de un mundo remoto, perdido en el espacio...!

—¡Esa es la clave! —exclamó Gabriel súbitamente excitado.

Confieso que en aquel momento, para mí, la oscuridad se hizo mucho mayor. En un cúmulo de contradicciones es imposible divisar una luz. Para mí, todo se desmoronaba.

—Entonces recordé —siguió Gabriel—: ¿qué podía significar la coincidencia de un nombre entre dos mundos separados no solamente por el tiempo, sino tal vez por centenares de años luz?

—No encuentro respuesta.

—Mi querido amigo, Gabriel no es un nombre inventado por los hombres... Recuerda: "Yo soy Gabriel, que asisto ante Dios y he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena nueva"... Gabriel es el ángel anunciador del Dios Creador de todos los Universos...

—¡Dios mío! ¡Una Biblia!

La voz de Gabriel fue para mí como si oyera al ángel divino.

—Sí, una Biblia impresa hace quinientos años por unos hombres que encontraron la forma de viajar hacia las estrellas, aunque jamás volvieron, ignoramos por qué causa, y quizá lo ignoremos siempre. Tal vez su misma civilización les destruyó; aquella civilización que llamaba Yahvé al Creador y a su mundo Tierra...

EL HOMBRE MECÁNICO

Francisco Valverde Torné

El doctor Krul se disponía a abandonar su consulta cuando oyó el zumbido del aparato de intervisión. Pulsó el botón de respuesta y en la pantalla apareció el rostro femenino, orlado de una cabellera rubia, de su ayudante.

—Doctor, acaba de llegar un nuevo paciente.

—Iba a marcharme ya...

—Se lo he dicho, pero ha insistido mucho en verle.

Por lo común los pacientes del doctor Krul no acostumbraban insistir si llegaban tarde a la consulta, aunque esto no solía ocurrir. Se les asignaba previamente una hora, y jamás se había dado el caso de que acudiera uno sólo sin haber sido citado con anterioridad.

—¿Tenía hora fijada? —preguntó a su ayudante.

—Creo que no.

—¿No está segura?

—Es que no ha querido darme su nombre. Sin embargo, estoy segura de que han venido todos los que tenía anotados para hoy. Creo que debería verle, doctor, a pesar de todo.

El doctor Krul guardó silencio, aunque estaba intrigado. Su trabajo se reducía exclusivamente a una rutina, en la cual casi todos los casos apenas se diferenciaban de los demás: trastornos cerebrales más o menos agudos, pero que se solucionaban satisfactoriamente en un par de sesiones. La insistencia de su ayudante, pues, no podía ser caprichosa.

—Está bien —accedió—. Haré una excepción. Dígale que pase.

Volvió a abotonarse la bata blanca y esperó de pie en medio del despacho.

Sus ojos, acostumbrados a penetrar en el interior de su pacientes, tropezaron con un muro infranqueable cuando se encontraron frente a la fría mirada del desconocido. Era un hombre alto, de movimientos algo torpes, con el pelo extrañamente negro, de reflejos metálicos azulados. Su tez aceitunada parecía una máscara animada de una vida absurda, aunque su expresión era tan enigmática como su mirada.

La penumbra del atardecer penetraba a través de la ventana difuminando las sombras. El doctor Krul encendió la luz.

En seguida comprendió que se hallaba ante un hombre completamente distinto de todos los pacientes que habían desfilado por su consulta a lo largo de toda su carrera, aunque no podía definir en qué consistía la diferencia.

«Vivimos en un mundo donde los hombres carecen de problemas —había escrito una vez en uno de sus trabajos científicos para la Revista de la Academia de la Mente—. Sólo el cerebro continúa encerrando misterios ocultos. Tal vez sus mayores trastornos sean en gran parte motivados por la ausencia de problemas más allá de la especialización del individuo dentro de una sociedad en la cual sólo cuenta con un lugar sin horizontes. Sería conveniente, tal vez, acostumbrar al hombre de nuevo a la idea del fracaso. La necesidad de confiar en sus propias fuerzas imprimiría un sentido nuevo a su vida, y podría perseguirse un fin. Frente a la máquina, el hombre defendió la libertad. Pero al final la ha sacrificado también y ahora sólo cuenta con la más estúpida de las felicidades: la absoluta.»

Ignoraba por qué aquel hombre que tenía delante le hacía recordar estas ideas, que casi habían estado a punto de arruinar su carrera de doctor de la Mente. Acaso la razón estaba en que el desconocido parecía tener impresa en su rostro inmóvil la imagen de algo parecido a la muerte. Era una impresión sin fundamento que, no obstante, producía inquietud.

—Bien, siéntese —invitó el doctor.

El desconocido lo hizo maquinalmente, hasta el punto de que el doctor Krul pensó que se habría caído al suelo si no le hubiera acercado rápidamente la butaca.

—¿Qué es lo que le ocurre? —preguntó, esforzándose en dar a sus palabras una entonación profesional.

El desconocido tardó unos segundos en responder. Lo hizo cuando el doctor iba a repetir la pregunta. Su voz monótona carecía de inflexiones, y su tono casi arañaba los oídos.

—No lo sé. Por eso he venido.

El doctor Krul se sentó frente a él, sin dejar de mirarle. Su interés creció cuando, tras preguntarle por su nombre, el desconocido respondió:

—No lo sé.

Esto, aunque poco frecuente, no era un síntoma extraño.

—Muéstreme su placa de identificación.

—No tengo.

Esto no era extraño, sino sencillamente imposible. En aquella sociedad supertécnica, cada hombre era un número, un lugar, una ocupación, una pieza que podía ser sustituida, pero que no podía tener duplicados. Prácticamente no podía ocurrir, pero en el caso insólito de que un hombre consiguiera desprender de su cuerpo su placa de identificación, sería automáticamente destruido. La placa era la única garantía de la vida, y también de una dignidad incomprensible, seguramente, por las pasadas civilizaciones, cuando en el mundo existía la enfermedad y el dolor. A veces el doctor Krul se había preguntado hasta qué punto el hombre se había redimido de la tiranía de la máquina, si en realidad no habían caído en un maquinismo más sutil, más cruel, hipócritamente disfrazado con una apariencia de libertades falsas.

Ahora el problema adquiría consistencia viva, y trató de ordenar sus ideas.

—A ver si he comprendido bien —dijo, analizando cuidadosamente el significado de las palabras—. ¿Quiere decir que ha logrado quitarse la placa?

—Quiero decir, simplemente, que no la tengo.

Para probar su afirmación, el desconocido le mostró el pecho desnudo. Su piel era tan aparentemente muerta como la de su rostro. Era una impresión indefinible, como una certeza sin pruebas, un convencimiento que iba más allá de la razón.

El doctor Krul llamó a su ayudante, encendiendo el intervisor.

—Puede marcharse —dijo—. Creo que permaneceré aquí mucho tiempo.

El rostro de la muchacha denotó una fugaz sorpresa, pero se limitó a preguntarle si de veras no necesitaba nada.

—No. Pero mañana le ruego que venga temprano.

—Muy bien. Buenas noches, doctor.

Al apagar el intervisor el doctor se enfrentó de nuevo con su problema. El caso ni siquiera podía haber sido imaginado, como no fuera por alguno de los cerebros desquiciados que tenía que tratar diariamente. Algo imposible. Pero allí estaba. Era como una demostración palpable de sus íntimas ideas, que jamás se había atrevido a confesarse a sí mismo. Aquel hombre era auténticamente libre. ¿O acaso no era... un hombre? Su imaginación iba demasiado lejos, sin duda. Debía existir una explicación lógica. Era preciso que pusiera freno a sus divagaciones imaginativas para enfrentarse fría y científicamente a la realidad. Hacía tiempo que había aprendido a no creer en los milagros.

—¿Cómo lo hizo? —inquirió, esforzándose por mantenerse tranquilo.

—¿Quiere decir cómo me desprendí de la placa?

—Eso mismo.

—No creo haberlo hecho. Al menos, no lo recuerdo.

—Pudo hacerlo alguien más. Eso es importante. ¿Entiende?

—Tal vez no la tuve nunca. De lo contrario, habría quedado una cicatriz.

Esto era verdad. Pero, ¿qué significaba este detalle frente a la evidencia de un imposible hecho realidad?

—Su caso deberá ser denunciado a las autoridades. ¿Se da cuenta?

—Pero yo he venido a ver al doctor. Necesito ayuda.

—De acuerdo. Bien, dígame por qué... ¿Qué le ocurre?

—Se lo he dicho. No sé quién soy. No recuerdo nada. Me he encontrado a mí mismo en la calle. Fue como si hubiera surgido de la nada. El instante anterior no había existido para mí. Deseo recordar, saber de dónde vengo. Esto es todo.

El doctor hundió sus manos en sus cabellos. Fue un movimiento estúpido, pero no se le ocurrió otra cosa para ordenar sus ideas. Los casos de amnesia eran frecuentes, aunque no abarcaban la totalidad del pasado. Además, aquel hombre hablaba como si su drama interior no le afectara lo más mínimo, como si deseara saber solamente por curiosidad. Era un enigma íntegro. Un antiguo robot se hubiera comportado como él, sólo que esta idea era la más disparatada de todas. Durante siglos los hombres mecánicos habían permanecido olvidados totalmente. La civilización se había librado de aquel azote... ¡Cielos! ¿Por qué pensaba de aquel modo? El doctor Krul rechazó sus pensamientos, casi con un sentimiento de vergüenza. No debía olvidar que era uno de los más notables científicos de una época que había superado todas las debilidades.

—Tendré que hacerle una exploración cerebral —dijo.

—Bien, confío en usted.

—¿Tiene miedo? —preguntó el doctor con una chispa de esperanza.

—Hay muchas cosas que desconozco. En realidad lo ignoro todo.

—¿Tiene idea de la muerte?

—Estoy seguro de que no piensa matarme.

—Claro. Sólo trato de saber un poco más de su conciencia antes de hacer la exploración.

—Mi conciencia... —murmuró el desconocido, reflexivo Por primera vez pareció que su expresión perdía su rigidez para ensombrecerse un poco. Pero fue un gesto tan fugaz que el doctor lo atribuyó a una ilusión de los sentidos, a una materialización del deseo de descubrir en aquellas facciones un poco de humanidad.

—Su amnesia es total en cuanto al tiempo —dijo—, pero no en cuanto a sus otras facultades. Su memoria sólo falla en una dirección. Debería haber olvidado el lenguaje. Sin embargo, habla.

La fiebre de la investigación se apoderó vivamente del doctor. El hecho de que el desconocido careciera de placa de identificación excluía toda posibilidad de un fraude. Se hallaba frente a un imposible viviente. Recordó todo lo que había leído acerca de la era de la mecanización que en el pasado marcó el camino crucial y decisivo de la humanidad. El hombre tuvo que enfrentarse con la máquina, que se había convertido en su enemigo mortal. La lucha había sido espantosa. Nunca el hombre había estado tan cerca de su destrucción total, víctima de la misma perfección de su propia obra.

Pero todo esto estaba demasiado lejos en el pasado, todo estaba muerto. Del resultado de aquella lucha algo sustancial había cambiado. El mundo era distinto, pero la conciencia, de la cual aquel ser parecía carecer, era la misma.

—Pase —indicó el doctor al desconocido, abriendo una puerta—. intentaremos saber qué secretos se ocultan en su cerebro.

Mientras el doctor ponía a punto toda la complejidad electrónica del explorador cerebral, observaba de reojo al paciente, que se mantenía impasible.

«Esto impresiona a todos los que por primera vez se tienen que someter a ese monstruo devorador de conciencias —pensó el doctor con un estremecimiento—. Sin embargo, este hombre ni siquiera se inmuta. No es posible que el autodominio llegue tan lejos... a menos que se carezca de nervios.»

Con la misma impasibilidad, el desconocido se dejó poner el casco, de donde partían una serie de cables, conectados al explorador electrónico. El doctor apagó la luz y clavó sus ojos en la pantalla... donde comenzaron a dibujarse una serie de rayas sinuosas...

La bella ayudante del doctor Krul llegó temprano a la consulta. También ella había observado algo extraño en el último visitante del día anterior, hasta el punto de que su recuerdo, unido al desacostumbrado comportamiento del doctor, la había mantenido toda la noche preocupada, contando las horas, hasta que el sol comenzó a romper las tinieblas.

Al sentarse frente a su mesa conectó el intervisor. El doctor no estaba en el campo visual de la pantalla, pero oyó su voz sensiblemente alterada.

—¿Quiere venir, por favor? —dijo, omitiendo su acostumbrado saludo.

Era lo que la muchacha deseaba oír.

—En seguida, doctor.

Le encontró examinando unos gráficos.

—Acérquese y vea esto —dijo sin levantar los ojos, cuando su ayudante entró en el despacho—. Son los resultados de una exploración cerebral. Écheles un vistazo.

Ella lo hizo en silencio. Después se incorporó, perpleja.

—No lo entiendo —confesó.

—Lo entenderá cuando le explique que está usted viendo el gráfico de las ondas cerebrales de algo que hacía siglos creíamos exterminado: un hombre mecánico.

—¿Un... robot? —musitó ella con un hilo de voz.

—Comprendo que le cueste trabajo creerme.

—¡Pero eso es imposible! Debe... debe de haber un error.

—No lo hay.

El doctor se dirigió a la puerta que daba paso a la habitación contigua. Al abrirla, sus goznes chirriaron levemente. Era la primera vez que la muchacha lo advertía.

—Acérquese —añadió el doctor—. Prepárese para ver algo horrible. Me he visto obligado a destruirle. Era mi deber. Pero esta historia no terminará aquí. Presiento que una gran amenaza se cierne de nuevo sobre el mundo. Sospecho que esto no es más que el principio de una nueva lucha entre hombres y máquinas. Y esta vez es posible que el resultado sea distinto.

La muchacha se debatió entre el horror que le producían las palabras del doctor y su propia razón, que rechazaba aquella pavorosa idea. Un estremecimiento la hizo vacilar antes de franquear el umbral.

Fue suficiente un solo paso para comprobar con sus propios ojos la espantosa verdad. Después se detuvo paralizada, mientras el doctor sumergía sus manos en agua.

—Haga lo mismo que yo. Debe descargar la tensión de sus nervios.

Ella reaccionó de pronto y huyó, perseguida por la visión de aquel ser mecánico, tumbado en el suelo, mostrando sus entrañas blandas, orgánicas, en medio de un charco de sangre ROJA...

35, SIN REGRESO

Juan G. Atienza

Se detuvo delante de la casa. No era posible. Y, sin embargo, la dirección estaba clara, diáfana: número 35, piso 24. El membrete de la carta no podía estar equivocado. Ni él, que había recorrido la misma calle miles de veces. El número se destacaba, luminoso, encima del portal: 35. Treinta y cinco, un tres y un cinco, sin A, sin B, sin Duplicado. Treinta y cinco a secas. Pero no podía ser.

Porque el membrete de la carta marcaba piso veinticuatro —eso estaba claro, en números grandes, redondos, como caligráficos— y la casa que había ahora ante él no tenía más que un piso y la planta baja. Y no había detrás ningún otro edificio alto que hiciera suponer, por cualquier razón, que el acceso estuviera allí y que hubiera que atravesar el viejo caserón para alcanzar el inmueble funcional de veinticuatro pisos o más. No, nada de eso. Detrás, sólo cielo. Solares, tal vez. O casas tan bajas como aquélla.

Volvió a leer la carta, buscando una explicación:

Muy señor nuestro: En respuesta a su alta, del 4 pp. nos es grato comunicarle que ha sido usted preseleccionado para ocupar el puesto que solicitábamos. Le rogamos que acuda usted a nuestros locales sociales cualquier día laborable, de siete a nueve de la tarde, con el fin de mantener una entrevista personal. En espera de su agradable visita, quedamos de usted.

Atte.

Y debajo una firma ilegible. Pero eso importaba muy poco. Él, en principio, no tendría más que exhibir la carta y ya le llevarían adonde fuera necesario. Pero exhibir la carta, ¿dónde?

—Mejor será que pregunte. Puede haber una equivocación, pero me la aclararán ahí enfrente, si es que hay alguien.

Porque todas las ventanas permanecían a oscuras en el caserón que lucía el número 35. Todas las luces apagadas, excepto la que hacía resaltar, desde atrás, el número de la casa.

Atravesó la calle y se acercó a la puerta. Estaba hundida en el quicio, de modo que quedaba totalmente a oscuras, a pesar de las farolas del alumbrado público. Tanteó en busca de un timbre y oprimió lo que le pareció un botón. Pero dentro no se escuchó ningún sonido. Ni cerca, ni lejos.

Y, sin embargo, la puerta se abrió silenciosamente frente a él, al mismo tiempo que se encendía dentro, despacio, una luz. Entró. Se encontraba en un vestíbulo de muebles pasados de moda, oscuros, macizos. Un vestíbulo de techos altísimos, que casi se perdían en la penumbra de las lámparas de pie o de los apliques de cristal barato de dudoso gusto adosados a los muros. Miró en torno, buscando a alguien. Estaba —o creía estar— solo. Llamó con voz tímida:

—¿Hay alguien aquí?

—...¿Sí?... —respondió la resonancia.

Y, casi al mismo tiempo, se encendió una lucecilla roja, intermitente, en el lado oscuro del vestíbulo. Una lucecilla alargada que, al acercarse, resultó ser un cartelito de letras fluorescentes encima de una especie de micrófono: HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

—Busco la oficina de P.I.R.A.S.A., piso veinticuatro —dijo, obedeciendo la orden de hablar en voz baja y acercando la boca a las ranuras del micrófono. Y añadió—. ¿Es aquí...?

Oyó un zumbido muy tenue y luego una vocecilla que parecía provenir de una cinta magnética, o de un aparato mecánico:

—Ascensor número siete, por favor, ascensor número siete, por favor...

«Vaya, sí es aquí», se dijo a sí mismo, aunque... Miró en torno suyo otra vez. Había a su izquierda un pasillo oscuro que ahora empezaba a iluminarse y una fila de puertas —como diez— sobre una de las cuales se encendía un piloto intermitente con un ruidillo de bocina remota. Se acercó a la puerta. Las anteriores tenían números correlativos y ésta era la séptima. La puerta se corrió silenciosa ante él, dejando al descubierto la caja de metal acerado de un ascensor.

Dudó unos segundos antes de entrar. Buscó con la mirada a alguien, quienquiera que fuese. Alguien que, simplemente, pudiera decirle si debía hacer caso de aquellos mecanismos. Pero estaba solo.

Al entrar, la puerta del ascensor se cerró tras él. Tuvo un sobresalto. Luego se tranquilizó. Esperó un momento, pero el aparato permanecía quieto. Y él estaba encerrado dentro. Revisó las paredes metálicas y volvió a encontrar, junto a la puerta corrediza, las ranuras de otro micrófono y el mismo cartel encima: HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

Se encogió de hombros. Acercó los labios a la ranura y musitó:

—Piso veinticuatro... Pirasa...

Sintió, de pronto, como si perdiera su peso, como si estuviera a punto de echarse a volar y pegar con la cabeza contra el techo. El ascensor ¡bajaba! a velocidad endiablada. Fueron cinco segundos de angustia —apenas cinco segundos, que se le hicieron siglos— y luego recuperó su peso bruscamente. Buscó la señal que le indicase que se hallaba ya donde quería, pero el ascensor no tenía ni botones ni indicador de pisos. Nada. Sólo una puerta corrediza de doble hoja retráctil que se estaba abriendo en aquel instante sobre un pasillo oscuro.

Salió despacio, con un peso extraño en la boca del estómago. El pasillo, con puertas a ambos lados y un recodo allá lejos, hacia la izquierda, se había iluminado mientras él salía, pero con una luz más tenue que la que lucía en el vestíbulo de arriba. Enfrente de la salida del ascensor había una nueva ranura y el cartel de costumbre: HABLE AQUÍ, SIN GRITAR. Se acercó despacio, entre fastidiado y temeroso, harto ya de no encontrar un ser humano en todo aquel recinto.

—Vengo por lo del anuncio en..., en el periódico... Un empleo de...

Se encendió una luz roja sobre el micrófono. Una flecha que indicaba la izquierda. Miró hacia la izquierda. Allá al fondo, donde el pasillo hacía un recodo, se encendía en aquel momento otra flecha que señalaba precisamente la parte invisible.

Dobló el recodo y vio cómo el pasillo se alargaba desmesuradamente, con puertas a los lados, durante casi un centenar de metros. Lo recorrió despacio, midiendo cada paso, haciendo ruido aposta para comprobar si alguien se asomaba a cualquiera de aquellas puertas y le preguntaba... Bueno, cualquier cosa: que qué buscaba, que se marchase. Se habría sentido más a gusto si alguien hubiera aparecido por allí diciéndole que se fuera, que no eran horas de visita, que volviera otro día. Habría regresado a gusto en cualquier otro momento, cuando aún la luz del día...

—Pero ¿qué luz ni qué?... Si estoy metido veinticuatro pisos bajo tierra, qué luz iba a llegar hasta aquí...

Miró el reloj. Las siete. La misma hora que marcaba cuando atravesó la puerta del número treinta y cinco. Se lo acercó al oído: se había parado. Lo agitó, le dio unos golpecitos. Nada.

—Tendré que llevarlo a arreglar, cuando... —dijo más fuerte de lo que se había propuesto.

Entonces oyó un zumbido a su derecha. Se volvió. Un cartel se encendía intermitentemente: HABLE AQUÍ, SIN GRITAR. Y debajo otra ranura de micrófono. Se acercó, paciente:

—No, que se me ha parado el reloj...

No hubo respuesta. Las flechas rojas seguían encendiéndose e indicándole el camino. Sintió que hacía calor.

—¡Qué...! —se detuvo, temeroso de que otro micrófono le obligase a decir una estupidez.

Al final del pasillo había una escalera. Sólo de bajada.

Las flechas rojas seguían los peldaños, hacia abajo. Descendió un piso más. Otro pasillo. Un recodo a la izquierda. Más calor, como si la calefacción funcionase a toda potencia.

Y, al fondo, una puerta de cristales con el interior débilmente iluminado y un piloto —rojo también— encendiéndose con intermitencias regulares, como si se le invitase a ir allí y no a ninguna otra parte.

Abrió la puerta esperando, por fin, llegar a algún sitio. Pero la puerta daba a otra escalera —siempre de bajada— con peldaños cubiertos de moqueta roja que apagaban el ruido de las pisadas. A medida que descendía el silencio le envolvía más y más, como si se encontrase solo en aquel edificio inmenso. O en el mundo.

La escalera terminaba al cabo de treinta y nueve escalones. Luego, el rellano se abría a una especie de vestíbulo inmenso y vacío, con el suelo y las paredes cubiertas de moqueta. Moqueta verde. Quiso llamar en voz alta, pero tuvo miedo de que la voz se le apagase en la garganta. Paseó la vista en torno suyo, hasta hallar el micrófono de siempre y el cartelito de luz roja encendiéndose y apagándose: HABLE AQUÍ, SIN GRITAR. Se acercó:

—Quería ver... No sé, a alguien. ¿Hay alguien por aquí? —preguntaba con un nudo en la garganta.

Esperó una respuesta. No oyó nada, como si el mundo —o él— se hubiera vuelto sordo. Pero volvió a ver luces rojas encendiéndose intermitentemente. Luces en forma de flecha, conduciéndole hacia el fondo casi invisible del gran vestíbulo vacío. La luz ambiente subió despacio a medida que él avanzaba, hasta dar un tono mate a las paredes verdes, vacías de muebles, de cuadros, de todo lo que no fuera, simplemente, las ranuras de las luces o los huecos de las puertas.

Entonces se dio cuenta —o creyó dársela— de que las luces trataban de engañarle. ¿Por qué tenía que obedecerlas? Se dirigió a la primera de las puertas y la abrió violentamente. Pero detrás del batiente no había más que un muro, como si la puerta fuera un simple elemento decorativo. Lo mismo le sucedió con las demás puertas que intentó franquear.

—No, no... No puede ser —se repitió a sí mismo en voz muy baja—. Tiene que haber un lugar, un sitio donde...

Pero no había nada, excepto las luces rojas de las flechas, guiñándole, conduciéndole no sabía adonde.

Tuvo miedo y quiso regresar. Le atosigaba, además, el calor que subía constantemente. Estaba —debía de estar— en el piso veintiséis, hacia abajo. Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, en busca de la escalera por la que antes había bajado. Pero, a medida que se acercaba a ella, o hacia el lugar donde suponía que debía estar, la luz disminuía, hasta convertir aquello en una tiniebla dulzona y caliente, como si le sumergieran en un líquido amniótico que le impidiera incluso respirar.

Se dio más prisa, tanteando a ciegas con las manos extendidas delante de él, porque no veía nada. Y entonces, las manos tropezaron con la pared de moqueta, muy caliente, como si los tubos de un extraño sistema de calefacción pasasen por detrás justo de la tela alfombrada. Siguió la pared a tientas, pero no parecía terminar nunca. Ya ni puertas, ni vanos, ni seguramente ranuras con cartelito donde poder decir —sin gritar, por favor— que quería salir de allí y marcharse a su casa.

Su casa. Se detuvo. Su casa estaba lejos, muy por encima de su cabeza, a sesenta o setenta metros por lo menos. Y él estaba aquí como enterrado, entregado a la mecánica de las luces rojas llenas de guiños que le marcaban no sabía siquiera qué camino.

Se volvió bruscamente. La luz comenzó a encenderse de nuevo. Una luz que ya no sabía de dónde venía, como si se produjera allí mismo, en la atmósfera atosigante de aquel salón sin medidas. Pero había algo que sí estaba claro: la luz le indicaba un camino, una ruta que tenía que seguir si quería seguir viendo algo. Y flechas de luz roja intermitente volvían a marcar sus pasos.

Se encogió de hombros. Seguiría. Tendría que seguir, hasta llegar a algún sitio.

Las flechas le encaminaron hacia un arco de medio punto que no había visto anteriormente. El arco era muy bajo y enmarcaba una escalera. Una nueva escalera de bajada. La luz, ahora penumbrosa, le mostraba las paredes desnudas, como metálicas, aceradas. Recordó el ascensor. Paseó los ojos a su alrededor, buscando los peldaños que subieran. No había. Sólo peldaños hacia abajo, siempre hacia el fondo de..., ¿de qué? Pero las flechas parpadeaban, invitándole a seguir bajando.

Una vuelta completa hasta el piso siguiente. Una puerta. Un pasillo penumbroso, de paredes metálicas también, calientes. Delante, la luz mortecina de las flechas, indicándole seguir, seguir. Detrás, cuando volvió la cabeza, la oscuridad, la tiniebla absoluta. Otra puerta, más escalones que descendían, una escalera de caracol, como la anterior, al piso de más abajo. ¿Cuál sería? Veintinueve, treinta, no sabía ya. Tenía la conciencia caliente, envuelta en vahos de sudor, embotada de miedo y calores húmedos que le caían despacio sobre los ojos, escociéndole la retina, nublándole la mirada borracha que sólo veía ya, delante, luces rojas en forma de flechas parpadeantes. Y pasillos y cuartos pequeños que iban a desembocar a otras escaleras retorcidas, renegridas por el calor, con fuego por dentro. Y más escaleras —siempre hacia abajo, más y más abajo— que daban a recintos progresivamente más chicos, de muros más estrechos y más altos, de techos que se perdían en lo alto, donde no llegaba ya la luz difusa que lo envolvía todo, como niebla ligeramente fosforescente. ¿Hasta cuándo?

—¿Hasta cuándo? —gritó.

HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

—¿Hasta cuándo? —gritó más fuerte, contra la rendija del micrófono.

HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

—¡No puedo...! ¡Me estoy asando! —trató de hablar más bajo.

HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

Encendido, apagado, encendido, apagado.

—¡Me estoy asando...! ¿Dónde hay alguien?

Flechas. Por aquí. Siempre por aquí. Seguir la flecha. El camino trazado, sin desviarse. No salirse del camino. Bajar. Bajar siempre.

Más calor.

HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

Aproximó la boca reseca a la ranura del micrófono, debajo de las palabras rojas. Encendido. Apagado.

—Tengo sed...

Flechas. ¿Agua? No, sólo flechas. Y escaleras que bajaban, más escaleras y más flechas. Y un calor ascendente, intolerable, filtrándose desde todas partes, haciéndole caminar, porque dejar los pies inmóviles un segundo en el suelo era saltar sobre ascuas candentes.

—¡Agua!...

HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

—Agua... Agua...

Flechas. Otra escalera y el aire haciéndose irrespirable a fuerza de quemar los pulmones como gas incandescente, como un horno encendido que hubiera abierto su puerta sobre su boca, sobre sus narices resecas, incapaces de captar un olor.

Las piernas ya no le sostenían. Sentía llagas en los pies, dentro de los zapatos, llagas que le impedían caminar, que le doblaban las rodillas, sin fuerzas, acercándole al suelo ardiente.

Intentó apoyarse en la pared metálica y lanzó un grito de dolor.

HABLE AQUÍ, SIN GRITAR.

Hablar, allí o en cualquier otro sitio, pero con alguien o consigo mismo, hablar, sentir una bocanada de aire frío en la garganta, en la nariz, en los pies. Agua fresca, fría, hielo. No, sólo calor, fuego que se escapaba de todas partes.

De su garganta salió un sonido ahogado, sordo. Tan bajo que ni siquiera encendió el cartelito luminoso del micrófono. Cayó de rodillas, sintió la mordedura del metal al rojo sobre la piel, sintió por fin olor, el olor de la carne chamuscada, de su propia carne chamuscada.

Y luego nada. Un chisporroteo, un estallido corto, al reventar una ampolla de la piel. Descansar sobre la plancha al rojo. Descansar. Dormir...

—Buscaba... trabajo. Sólo buscaba... —no pudo seguir.

Tenía achicharradas las cuerdas vocales, los labios negros, los ojos reventados. Se dio la vuelta, despacio, con la última fuerza. Un hedor de carne asada se escapó de su pecho, de su vientre, de su cráneo despellejado.

Sin gritar... Sin gritar...

Las tablas de la ley

Juan G. Atienza

Mientras se vestía, aún con la boca reseca por el mal sueño que había tenido, tomó una decisión firme:

—De hoy no pasa.

Hoy —aquel día— era su cumpleaños: veintisiete. Era casi un viejo. A los treinta se jubilaría tranquilamente y dedicaría el resto de su vida —ochenta, noventa años más— a recorrer el mundo y a subsistir como un rentista con la paga íntegra de su retiro. Una hermosa perspectiva.

Pero...

Pero estaba solo. En casi diez años de búsqueda intensiva no había logrado encontrar una compañera. Mientras tanto, todos sus amigos se habían casado, en régimen provisional o definitivo, y eso le daba envidia. Claro que su caso era distinto. El era del grupo K y, con razón, cada vez que lo confesaba a alguien oía las mismas palabras:

—Chico, mala suerte. Lo siento, de veras...

Según las más recientes estadísticas, la población mundial, gracias a la implantación de las leyes genéticas, se ha reducido a mil quinientos millones de habitantes sin un solo día de guerras ni revoluciones. El equilibrio establecido ha tenido como consecuencia una más equitativa distribución de los bienes de consumo y un incremento considerable del nivel de vida...

A juzgar por la última encuesta pública realizada a través del Instituto Federal de Estadística, la distribución de los grupos genéticos en el mundo corresponde a los siguientes porcentajes: Grupo A: 2,43%; grupo B: 5,84% (...) Grupo F: 6,12%; (...) Grupo K: 0,000006%...

Y él tenía que decir que sí, que gracias, que también él lo sentía. ¡Y tanto que lo sentía! Formaba parte de un grupo-genético que abarcaba a seis personas por cada millón de habitantes. Y, si todavía la proporción de hombres y mujeres se conservase más o menos igual, podría haberse dado por satisfecho. Pero resultaba que al grupo K pertenecían doscientos cuarenta y nueve hombres por cada mujer. Sólo cuatro mujeres entre mil individuos del grupo K. Treinta y seis mujeres en todo el mundo: las máquinas nunca se equivocan.

Treinta y seis mujeres en todo el mundo. Y una de ellas tenía que ser suya, pero ¿cuál?

Durante años, había gastado casi la mitad de su sueldo en anuncios por palabras puestos en las principales redes de emisoras y visodiarios del mundo entero. Cada mañana, y cada mediodía, y cada noche, al revisar el buzón, había buscado impaciente la respuesta a su llamada.

Hombre apuesto, de veintisiete años, ingeniero especialista en cámaras de vacío, soltero, con sueldo mensual de veinte mil créditos, busca con fines matrimoniales mujer de quince a veintiocho años perteneciente al grupo genético K. Escribir con pretensiones, fotografía y curriculum vitae a Fernando Suva, Polígono LXXXVI, Grupo WT 45, Madrid, 38.

Y la respuesta nunca llegaba. O sucedía como aquella vez, cinco años atrás, en que se le ofreció sin condiciones una bantú de cincuenta y nueve años; o como aquella carta de mediados del verano anterior, en la que una madre le comprometía formalmente a su hija —sólo sospechosa de pertenecer al grupo K—... si tenía paciencia para esperar a que naciera, seis meses después.

—¡Y si sólo hubiesen sido seis meses!... —se confesó Fernando a un amigo—. Pero, ¿y la lactancia? ¿Y el colegio?... ¿Y luego que se te muere, y quedarte viudo sin haberla catado siquiera? ¡Nada, que no me decido!...

Y así habían transcurrido veintisiete años de su vida, sin más esparcimiento erótico que sus visitas espaciadas a las sesiones del oniroscope, sin más amor —¡bueno, amor!...— que alguna escapada furtiva e insatisfecha a los prostíbulos ilegales del barrio viejo. Pero la ley era la ley y no había ser humano que pudiera transgredirla sin acarrearse la ruina para el resto de su vida.

Artículo 367: será declarado ilegal y castigado con la pérdida completa de la ciudadanía el matrimonio o apareamiento entre individuos de sexo opuesto pertenecientes a distinto grupo genético.

Artículo 4.587, apartado B: todo individuo que haya perdido sus derechos totales de ciudadanía quedará de por vida a disposición de las autoridades federales para ser destinado al servicio gratuito y permanente del Estado en calidad de peón en cualquiera de las industrias o servicios nacionalizados, sin que el Estado tenga obligación de remunerar dicho trabajo más que con dosis alimenticias diarias que reúnan las calorías necesarias para la supervivencia.

Pero de hoy no pasaba. Estaba dispuesto a celebrar su cumpleaños gastándose lo que fuera necesario para salir de su atolladero. Sabía —porque más de una vez vio las tarifas— lo que el Instituto Federal de Estadística cobraba por una consulta de aquel tipo, pero no quedaba otro remedio. Y sólo para aquella ocasión había estado ahorrando pacientemente; para permitirse un lujo que muy pocos rentistas podían concederse.

Se puso su mejor traje —aquel verde oliva de algodón sintético que empleaba únicamente en las grandes solemnidades— y tomó un helitaxi hasta la terraza de la sede local del Instituto. Un empleado lleno de galones acudió solícito, mientras pagaba la carrera. Sobre su gorra plástica lucía en siete idiomas la palabra INFORMACIÓN.

—¿Puedo servirle en algo? —preguntó con ojillos ávidos.

—Necesito unos datos del Servicio Público Genético.

—¡Por aquí, señor!... ¡Por aquí, por favor!...

El funcionario se deshacía en reverencias. Sabía, sin duda, lo que el cliente tendría que pagar y, por lo que sabía, sospechaba también el montante de su propina. Le condujo a través de los corredores hacia el ascensor de bajada rápida y le abrió ceremoniosamente la puerta para que pasase delante.

El Instituto Federal de Estadística es un organismo paraestatal dedicado a la investigación y almacenamiento de datos que puedan ayudar tanto a un mejor gobierno del planeta como a un eficaz control de todos y cada uno de sus ciudadanos. Funciona constantemente y sin interrupción desde fines del siglo pasado y comprende tantas secciones como ministerios federales, distribuidas en otras tantas computadoras gigantes, conectadas, a su vez, con el Ordenador Central de la Presidencia del Gobierno Federal.

Todo ciudadano del planeta, mediante el pago de los servicios solicitados —cuya tasa está a disposición del público en todas las sucursales provinciales del Instituto— tiene derecho a consultar los datos que puedan serle necesarios para el normal desarrollo de su vida y de sus actividades. Las respuestas están absolutamente garantizadas y de su exactitud responde el Instituto mediante un seguro concertado con los fondos del Tesoro Federal.

El ascensor les bajó hasta el piso treinta y dos. Doblándose en reverencias cada vez más profundas a medida que llegaban a su destino, el funcionario le precedió a través de más pasillos y más salas con ventanillas, hasta un saloncito coquetón decorado con viejos motivos pastoriles del siglo XVIII.

—Tendrá usted que esperar un momento, señor —sonrió de oreja a oreja el empleado, tendiendo disimuladamente la mano—. El gerente del Servicio estará aquí antes de diez minutos. Ha tenido usted suerte, señor... No hay más visitas esperando...

Fernando depositó una moneda de cincuenta créditos en la mano tendida del empalagoso funcionario y le contempló desaparecer como un rayo detrás de las cortinas, murmurando: "Gracias, señor... Muchas gracias, señor...", mientras manoseaba la moneda de plástico.

Encendió un cigarrillo antinicotínico y se dispuso a esperar, contemplando avariciosamente los pechos turgentes de las pastoras francesas de los tapices. ¡Si él pudiera encontrar una mujer con aquellas características!... A veces, yendo por la calle, se había quedado contemplando a cualquier chica que pasaba a su lado y, viendo el contorno firme de su pecho y sus piernas rectas embutidas en ceñidos pantalones de espuma, sentía tentaciones de acercarse a ella y probar suerte:

—Señorita, por favor, ¿no será usted por casualidad del grupo K?

Pero nunca se decidía. Había en el mundo treinta y seis mujeres de su grupo, sólo treinta y seis entre mil quinientos millones de habitantes. No podía dar la casualidad de que aquella chica —no aquella otra, o la del verano anterior, aquella del monopieza que estuvo a su lado una mañana en la playa— fuera precisamente alguna de las treinta y seis mujeres a las que podía aspirar.

Sus ojos resbalaron soñadores de una a otra pastorcilla. Le gustaban todas. Habría sido capaz de enamorarse de cualquiera de ellas, con tal de que le hubiera exhibido una tarjeta de identidad con la letra anhelada. Pero —pensó, tragando saliva—, en aquellos remotos tiempos de las pastorcillas no había tarjetas genéticas, ni leyes que controlasen penalmente los coitos y los matrimonios extragenéticos. ¡Aquéllos eran buenos tiempos antiguos! O lo habrían sido, al menos para él.

Oyó abrirse una puerta a sus espaldas y se volvió con el sobresalto de haber podido ser descubierto en sus más recónditos pensamientos. Pero, al ver el rostro sonriente y jovial del hombre que había entrado, se tranquilizó. Estrechó la mano húmeda que se le tendía, y con un encogimiento tímido de hombros, tomó asiento en la butaca adaptable que el hombre le señalaba. Fernando miró al recién llegado, mientras le veía abrir la carpeta de datos reglamentaria que llevaba en la mano, y esperó a que le preguntasen.

—¿Su nombre, por favor?

—Fernando Silva, soltero, veintisiete años, ingeniero de cámaras de vacío, grupo genético K.

El hombre escribió en silencio los datos que le daban. Al apuntar el último silbó sordamente.

—¡Grupo K!... Y soltero... —le miró durante un instante, que a Fernando se le hizo un siglo—. Supongo que a eso obedecerá su visita.

Fernando hizo un gesto afirmativo. El hombre movió la cabeza, como si se encontrase ante un caso sin solución.

—Y querrá usted, seguramente, una orientación matrimonial...

—Bueno... No exactamente orientación... No tengo mucho donde elegir, ¿sabe? Quiero más bien los datos completos de todas las mujeres que pertenecen a mi grupo. Treinta y seis, en total... Tal vez una más, si ha nacido alguna en el tiempo transcurrido desde la publicación de la última estadística.

—¿Y está usted seguro de que es ésa la información que necesita?

—Exactamente, ésa...

—Bien, señor... —consultó sus notas y repitió—, señor Silva. Nosotros estamos precisamente para servir al público, pero le advierto que la tarifa...

Fernando le interrumpió, con un gesto vago de su mano.

—No se moleste, conozco de memoria la tarifa. Pero creo que no tengo otra solución.

—No, no..., realmente... —movió la cabeza pensativo el gerente—. A no ser que quiera usted probar con los anuncios...

—Ya probé. Y también con la posibilidad de una intervención genética. Todo ha fallado hasta ahora.

¡Sensacional!... ¡único!... La solución de su vida al alcance de sus manos. ¿Quiere usted pertenecer al mismo grupo genético que la mujer de sus sueños? La Sociedad Genética de Trasmutaciones le ofrece una posibilidad. Cuarenta por ciento de éxitos. Devolvemos el importe del tratamiento en caso de imposibilidad transmutatoria.

—Siendo así... —el hombre se levantó—. Tendrá usted que abonar treinta y siete mil créditos en concepto de fianza, mientras se realizan las investigaciones. El resto lo abonará usted contra la entrega de la información completa. Dentro de cinco días puede usted venir en busca del resultado.

Fernando pagó sin discutir. Todo era, centavo más o menos, tal como lo había previsto.

Ahora sólo quedaba eso: esperar.

—¿La ley? ¿Qué tiene de malo la ley genética? ¿Han observado ustedes acaso un aumento de las taras congénitas? ¡No!... ¿Ha aumentado peligrosamente la población mundial? ¡No!... ¿Ha sido necesario recurrir a las viejas guerras para restablecer equilibrios demográficos? ¡No, no y no!... Luego la ley, esa Ley que deberíamos escribir siempre con mayúsculas y en letras de oro, por ser la Ley Fundamental de nuestro tiempo, es ante todo eficaz. Y sana. Y útil al hombre. Y promotora del progreso. Me dirán ustedes (lo sé) que el hombre y la mujer carecen ahora de libertad para elegir el compañero con quien han de compartir su vida. ¿Pero es que el hombre, por más palabras que nuestros antepasados quisieran emplear para demostrarlo, es acaso libre? ¿No nace acaso con un código genético que marca su vida entera? ¿No nace aquí y ahora sin haberlo elegido? ¿Por qué, entonces, no facilitarle, con nuestra Ley, la posibilidad de engendrar hijos mejores que él, ayudando así a que la raza humana progrese y llegue a convertirse en la dueña absoluta y cabal del Cosmos? Mañana mismo, cuando nuestras potentes naves de motores superlumínicos se lancen a los espacios siderales, irán pilotadas por hombres mil veces mejores y más sanos que nosotros. Y...

Fernando no quiso abrir el informe del Instituto hasta encontrarse solo en su apartamento, lejos de cualquier par de ojos que pudieran descubrir sus sentimientos y sus emociones.

Ahora sí. Ahora iba a saber de todas ellas, de las treinta y seis mujeres con las que, eventualmente, podría compartir el resto de su vida. Sabría de ellas con pelos y señales inequívocas. Vería sus fotografías tridimensionales copiadas fielmente por los laboratorios anejos a las computadoras demográficas del Instituto. Sabría de su vida, de sus gustos, de sus esperanzas, del color de su piel, de su idioma, de su fe religiosa —si la tenía— y todo, ¡todo cuanto podía ayudarle a encontrar a su elegida!

Sonrió levemente para sí, apretando el voluminoso paquete que le habían entregado contra el pago de cuarenta y tres mil créditos más. Sí, era caro, pero merecía la pena. Debía de merecer la pena, al menos. Las estudiaría una a una, amorosamente, integrándose en el ser de aquellas treinta y seis desconocidas, hasta encontrar a la que iría a buscar al rincón más apartado de la Tierra. Y, cuando la encontrase, le diría:

—Iliona (o María, o Astrid, o Yovanka, o Bawella, o Chifonin, o Gretel), te he encontrado al fin. Pertenezco al grupo K, como tú. Hemos nacido el uno para el otro. Ven conmigo a compartir mi jubilación y...

No, no le gustaba. Muchas veces se repetía a sí mismo las palabras que le diría a ella, pero más a menudo prefería imaginarse el encuentro mudo, los ojos que se reconocían —como si una gran K emergiera de sus pupilas— y los brazos que se tendían mutuamente para abrazarse, para estrujarse en aquel definitivo enlace de genes gemelos, de genes legales, para engendrar pronto hijos sanos e inteligentes conforme a la Ley.

Fernando era respetuoso con la ley. De todas las leyes, pero de aquélla sobre todo. Tan respetuoso que había sentido profundos remordimientos cada vez que acudió a los prostíbulos para revolcarse durante media hora con una ramera del grupo X.

Artículo 387 bis: los niños de ambos sexos cuyo análisis genético demuestre que pertenecen al grupo X, serán inmediatamente esterilizados, dado el peligro que supone para la sociedad la posibilidad de que, en el futuro, se conviertan en generadores de individuos con taras congénitas. Los miembros del grupo X no podrán, por tanto, ejercer junciones de ciudadanos de primera clase y deberán abstenerse de solicitar permisos matrimoniales que en ningún caso podrían serles concedidos, ni siquiera después de haber sido demostrada claramente su esterilidad.

Llegó sin aliento a su casa. Era casi de noche, en el cielo se habían encendido las grandes farolas de iluminación iónica y, al ponerse el sol, comenzaba en la ciudad el día artificial. Cerró todas las ventanas y, dejando el precioso paquete sobre su mesa de trabajo, preparó una comida que la impaciencia ni siquiera le dejó terminar.

Abrió el envoltorio rompiendo materialmente los plásticos que lo precintaban. Dentro había treinta y seis carpetas rosa de distinto grosor. Contuvo la tentación de seleccionar y comenzó por la primera.

La fotografía tridimensional le hizo dar un respingo y los ánimos se le encogieron: representaba a una anciana más que nonagenaria, con la tez cobriza y un universo de arrugas sobre el rostro apergaminado. Los cabellos, escasos, blancos y estropajosos, le daban el aspecto de una bruja de cuentos infantiles. Por la ficha adjunta supo que era una india cherokee que respondía al nombre de Gacela Tímida y que habitaba en una reserva de Arizona; que era soltera desde que, sesenta y cinco años atrás, la Ley anuló su matrimonio con otro indio de la misma tribu que pertenecía al grupo H. El hecho de que estuviera dispuesta a contraer nuevo matrimonio no excitó los ánimos de Fernando.

La segunda... La tercera...

Al cabo de cinco horas febriles, las treinta y seis fichas estaban distribuidas en cuatro montones distintos.

El primer montón contenía a las imposibles e indeseables. Seis mujeres de más de setenta años: una alemana, dos watusis, una china, una beduina, una argentina de la Tierra del Fuego y una pielroja: Gacela Tímida.

El segundo grupo contenía las fichas de dos recién nacidas, una en Ucrania y la otra en Pakistán. Había otras seis niñas menores de diez años —una en la vecina Salamanca, por cierto— y una monja budista vietnamita de veinte años que había hecho votos solemnes de soltería. Además, era espantosamente fea.

El tercer grupo, el más numeroso, contenía las fichas de diecinueve mujeres casadas, cuya edad oscilaba entre los catorce y los cincuenta y cinco años. Todas con hijos.

Artículo 372: los matrimonios podrán realizarse entre los doce y los cuarenta y cinco años de edad de los contrayentes. No será permitido ningún matrimonio que quede fuera de los límites de edad por parte de cualquiera de los cónyuges. El Gobierno Federal y los gobiernos cantonales tomarán medidas tendentes a fomentar los matrimonios entre jóvenes, proporcionándoles gratuitamente las dosis reglamentarias de medicamentos anticonceptivos para que sean usadas hasta el momento en que la estabilidad económica de las parejas permita que tengan descendencia sin que los hijos hayan de ser alimentados y educados por cuenta del erario cantonal o federal.

El cuarto montón contenía una sola ficha: Virginia.

Virginia Méndez. Veinticuatro años. Unos ojos y un cuerpo capaces de despertar la pasión de cualquiera. Estudios superiores. Aficiones musicales, pasión por los viajes.

Casada.

Sin hijos.

Casada. Casada. Casada con Efraín Zubiaurre, de treinta años, médico. El matrimonio tiene su residencia en Madrid, polígono XV, grupo HM 469, distrito 26.

Fernando permaneció una hora larga contemplando alternativamente las tres fotografías tridimensionales de Virginia. Una hora larga preguntándose por qué habría sido Efraín Zubiaurre y no él quien la había encontrado. Virginia pudo haber pasado junto a él cincuenta veces, antes de casarse. Pudo cruzarse con ella y haberla abordado como quiso abordar a tantas otras muchachas. Pudo hacerlo y no lo hizo. El la habría tropezado en la calle y la habría detenido, preguntándole:

—¿Su Grupo?

—K —habría contestado ella.

Y el corazón de Fernando habría batido como sólo un corazón enamorado habría podido batir.

—¿Casada?

—Soltera... ¿Tú eres también del K?

Y la habría tomado de la mano y la habría mirado profundamente a los ojos —esos ojos en los que resplandecería probablemente una gran K visible sólo para ellos— y habrían corrido a la alcaldía próxima para legalizar su deseo hambriento de hombre y mujer solitarios de amor. Y luego...

Pero aquella escena no la había vivido él, Fernando Silva, sino un médico llamado Efraín Zubiaurre, que ahora gozaba de la compañía de Virginia... para toda la vida.

Artículo 237: los matrimonios podrán ser declarados nulos: A) por parte del correspondiente Departamento del Gobierno Federal, en el case de posteriores incompatibilidades genéticas descubiertas a lo largo de las inspecciones médicas periódicas; B) por las autoridades competentes y a petición de los propios interesados, en el caso de incompatibilidad de caracteres, malos tratos, infidelidad manifiesta con otro miembro del mismo grupo genético o fecundidad excesiva, con peligro de inestabilidad demográfica.

Artículo 465: cualquier individuo de ambos sexos, en estado de divorcio legal o de viudez, podrá ser considerado como libre para contraer nuevo matrimonio, siempre que éste se efectúe dentro de las disposiciones fijadas por la Ley Genética.

Por la noche, entre pesadillas en las que veía artículos y más artículos de la Ley, Fernando soñó con Virginia. Una Virginia casada —con él— con la que se lanzaba a los goces del matrimonio y de la jubilación, corriendo sin tregua por toda la superficie del Planeta. El sueño, una y otra vez, comenzaba feliz, en el lecho —con ella—, o a la orilla del mar —con ella siempre—, o en lo alto del Mont Blanc —con ella a su lado, amorosa, entregada, solícita— y seguía así, por unos segundos, en la felicidad de la vida compartida, hasta que surgía, de entre la nieve, o de debajo de las olas, o de entre el mismo embozo de la cama, la figura —horrenda, vampiresca— de Efraín Zubiaurre, reclamando su presa. Y entonces luchaban los dos. Y Fernando sentía las uñas y los dientes del súcubo sobre su carne y veía derramarse su propia sangre sobre la nieve y sobre la arena, y sobre las sábanas, y le veía luego marcharse con Virginia, en un abrazo que les confundía, hasta perderse de vista, dejándole solo, con las entrañas esparcidas, sin fuerzas para perseguirles y reclamar lo que le pertenecía.

Despertó con dolor de cabeza, un dolor que le taladraba el cráneo como un berbiquí. Llamó por el video a su oficina, para comunicar que no iría a trabajar aquella mañana, y se tomó cinco aspirinas y una taza de café cafeinado.

Luego se echó a la calle. Un helitaxi le llevó hasta el polígono quince y le depositó en los jardines del grupo HM 469. Lentamente, con complejo de cazador furtivo, recorrió uno a uno los buzones de todos los bungalows que componían el grupo, bajo la mirada extrañada de dos niños que deambulaban aburridos por los jardines demasiado cuidados. El corazón le dio un salto cuando halló el nombre de Zubiaurre en uno de los buzones.

Era allí. Precisamente en aquella casa de la que salían suavemente las modulaciones del segundo concierto electrónico de Krakauer. Ella tenía que estar escuchándolo en aquel instante. Se sentó despacio en un banco público que le permitía oír la música y no perder de vista la puerta de la casa. Y esperó. Estaba dispuesto a esperar lo que fuera, con tal de ver una vez a Virginia y poder convencerse a sí mismo de que su sueño era sólo el producto de una imaginación deseosa y calenturienta.

Los niños aburridos se marcharon despacio y el latido vibrante de la música de Krakauer apenas se vio interrumpido, durante horas, por el paso de algún helicóptero por encima del grupo residencial o por las voces esporádicas de algún vecino. Dentro de la casa nada, salvo la música, parecía vivir.

De pronto sobrevino el silencio. El sol caía de plano sobre los jardines y, al interrumpirse la música, surgieron de la nada los zumbidos tenues de cincuenta termorreguladores, como el bordoneo imperceptible de un enjambre de abejas. La sombra de un helicóptero se interpuso entre el sol y él y el aparato se posó suavemente frente a la puerta de los Zubiaurre.

El helitaxi hizo sonar levemente el claxon, avisando su llegada. Fernando contuvo el aliento al ver abrirse la puerta y salir a la pareja.

Virginia no era igual a como la había visto en las fotografías tridimensionales. Era mucho más bella, aún más deseable, infinitamente más digna de él de lo que había imaginado. La vio salir agarrada del brazo de Efraín —porque aquel ser repugnante debía de ser Efraín, porque sólo un simio podía llamarse así y tener una mujer como aquélla— y besarle cuando subió al helitaxi. Se dijeron algo que la relativa distancia y el zumbido del apáralo no le dejó entender, y la mujer —más bella aún con los cabellos revueltos por la corriente suave de las aspas del vehículo— quedó un instante contemplando cómo se elevaba el helitaxi que se llevaba a su marido.

Fernando se incorporó lentamente del banco. Sin saber dominar su propio impulso, se acercó despacio a Virginia, para poder verla de cerca. Sintió su cuerpo bajo el leve vestido casero y sus ojos quisieron abarcar con una sola mirada la infinita humanidad de la mujer. Sintió que las piernas le temblaban y tuvo que detenerse a pocos pasos de ella, incapaz de ganar un solo metro. La boca seca y abierta, la respiración jadeante, temblando como un flan mal cocido, se desconocía a sí mismo. Era..., eso, otro, un ser recreado súbitamente para amar a aquella mujer y ninguna otra.

Ella bajó los ojos y le vio también. Se le quedó mirando de un modo extraño; sin duda, debía de ofrecer un aspecto poco común. A tres metros escasos de la mujer, con las piernas dobladas y entrechocándole las rodillas, era la imagen de la indecisión. Ella le habló:

—¿Qué quiere?... ¿Necesita algo?

Fernando quiso hablar, pero no lo consiguió. Boqueó como un pez fuera del agua. El ronroneo del motor se había perdido allá arriba y en el jardín interior del bloque reinaba el silencio de los termorreguladores.

—Nnnnn ...no, gracias...

Virginia se acercó un poco más a él:

—¿Qué le ocurre? ¿Se siente enfermo?

Otro abrir inútil de la boca, antes de poder contestar, con un hilillo de voz inaudible:

—Eel... ssol... y... No... No es nada... Sólo... el sol, eso, el sol —logró componer algo que le pareció aceptable.

—No son horas de andar por la calle, en pleno verano —sonrió ella, con una naturalidad que aún le aturrulló más—. ¿Quiere una vitamina con soda fresca?... ¿Un café?

—No... No, gracias... Me..., me tengo que ir, perdone... Y salió corriendo, mucho antes de que Virginia lograse reaccionar ante la presencia del desconocido.

Planet Oniroscope: Hoy, dos sesiones, dieciséis quince y veinte cuarenta y cinco. El superespectáculo que usted ansiaba contemplar con todos sus sentidos. La vista, el oído, el tacto, el olfato. Usted se sentirá trasportado a los más afrodisíacos harenes del legendario Oriente y gozará de los favores totales de las más bellas odaliscas. Hallaya Harcet y Vinna Mireux en "¡Noches de Bagdadl", una producción Sado Inc. distribuida por Circuitos Oníricos Barrero. Quinto mes de éxito triunfal.

La ciudad, inmensa y enemiga, le rodeaba ahora. Le rodeaba con todos sus ciudadanos y con las letras maléficas de su Ley Genética. Rascacielos de cristal y acero, el verde artificioso de los jardines demasiado cuidados, las aspas veloces de los helicópteros cortando el cielo, y la gente, gente y gente siempre, grupos genéticos personalizados en hombres y en mujeres que se buscaban y se encontraban.

¡No tema usted! Los hijos pueden no tenerse. Confíe en la tableta Nike y goce del amor sin restricciones. La tableta Nike no engorda. Conserva el apetito y el cabello. Contiene, además, complejo vitamínico B y puede tomarse disuelta en agua, como un delicioso refresco. ¡Papá!... ¡Mamá!... No quiero hermanitos... ¡Tomad Nike!...

Sólo él estaba solo. El, Fernando Silva, desgraciado portador de unos genes del grupo K. El, Fernando Silva, uno de los ocho mil novecientos sesenta y cuatro hombres que deberían repartirse las treinta y seis mujeres que les estaban inexorablemente destinadas. Pero, ¿cuál? ¿Gacela Tímida, la cherokee de noventa años... o Haina Ben Utad, la recién nacida pakistaní? ¿La venerable Phang Nú, la monja budista vietnamita?

Joven agraciada, de veinte años, perteneciente al grupo H, aceptaría correspondencia con ingeniero no mayor de veinticuatro, a ser posible sueco. Imprescindible sea portador del mismo grupo. Fines matrimoniales. Escribir a mano, con fotografía y aspiraciones de dote a la señorita...

Y allí, a dos pasos de su casa, sin necesidad siquiera de tomar un "jet" estaba Virginia. La adorable Virginia. La mujer que había sido hecha para él, pero que había sido encontrada antes por un simio —del grupo K, eso sí— que respondía, además, al horroroso nombre de Efraín.

...Y sí se conserva nuestro actual ritmo demográfico, puedo aseguraros que la estabilidad absoluta y el bienestar para todos habrán sido alcanzados antes de cinco años... ¡No más parados!... ¡No más guerras!... ¡La paz y el progreso para todos!...

Pero tenía que existir un medio. Algo que volviera las cosas a su cauce. Algo que hiciera que Virginia, que había sido hecha para él, viniera a él. Una ley, algo, lo que fuera, con tal de tenerla. Lo que fuera.

Usted marcha seguro por la vida. Usted confía en sus fuerzas. Usted es psicómetra, piloto espacial, especialista en lenguas galácticas, programador de calculadores, técnico de centrales iónicas, pero... ¿ha pensado en las cosas que ignora? ¿Ha imaginado usted los problemas que nunca podrá resolver solo? ¿Ha conseguido usted extraer todo el jugo de su propio trabajo? Sólo el conocimiento de las leyes puede ayudarle. Confíe en un abogado. Y, más aún, confíe en el Trust Federal Independiente de Magistrados. El T.F.I.M. le ofrece: consultas módicas, defensas eficaces de todos sus intereses, remedio para sus problemas legislativos, armas legales contra los hombres que atenían contra usted. ¡Visítenos, no se arrepentirá!

Para Fernando —como para muchos otros— el oficio de abogado tenía aún, ya desde su nombre, como un extraño contúrbenlo con la taumaturgia. No en vano, las escuelas de leyes, como pegadas a las tradiciones del pasado, seguían teniendo sus sedes en los viejos edificios de ladrillo del siglo xx. Los mismos leguleyos se rodeaban de un fantástico histrionismo y acudir a ellos era como solicitar los servicios de un mago que tuviera en su biblioteca los secretos herméticos de la más complicada sapiencia legal. Códigos, anatemas, decretos y leyes viejas de siglos, de las que nadie se acordaba, pero de las que aún cabía echar mano en un momento de apuro, con la seguridad de estar actuando dentro de la más estricta justicia, aunque las apariencias pudieran demostrar lo contrario.

¿Por qué no? ¿Por qué no podía haber algún decreto remoto que defendiera la situación que le había negado la Ley Genética?

Contó sus ahorros. Le quedaba lo suficiente para permitirse el lujo de una consulta y vivir luego de conservas hasta el fin de la semana. No le importaba. Supliría la insuficiencia vitamínica con comprimidos y, tal vez...

La sede del consorcio de magistrados estaba enclavada en uno de los edificios del antiguo ensanche de la ciudad, un caserón de siete pisos de ladrillos rojos descascarillados, con los tejados de pizarra, frente a los antiguos ministerios estatales que habían perdido sus funciones mucho tiempo atrás y ahora se desmoronaban como viejas reliquias, cuyo recuerdo nadie quería rememorar.

Le recibió un vejete vestido con la túnica de colores calientes que estuvo de moda veinticinco años atrás. Le miró desde detrás de una mesa atascada de libros, a través de sus gruesas gafas de contacto, y esperó a que Fernando hablase. Fernando, antes de hacerlo, carraspeó. Había estudiado casi palabra por palabra lo que quería exponer, pero ahora, ante el abogado, estaba olvidando todo lo que había aprendido.

—Tengo un problema —acertó apenas a decir.

—¡Todos tienen problemas, señor mío!... Al menos, todos los que vienen a vernos. Estamos precisamente para eso: para resolver problemas. ¡Vamos, vamos, no se haga el remolón y diga qué le pasa!

Esperó, sonándose ruidosamente las narices con un "cleenex".

—Verá... Soy del grupo K.

Lo más difícil ya estaba dicho. Soportó las miradas conmiserativas de aquel vejete que tenía ya que estar de vuelta de todos los problemas legales inherentes al código genético y luego, como si lo hubiera aprendido de carretilla, le explicó todo su problema: su soltería, los anuncios inútiles, su última decisión, la personalidad de las treinta y seis mujeres a las que, de un modo u otro, tenía derecho a aspirar y, finalmente, su obsesión por Virginia y su necesidad de encontrar el modo de..., ¿de qué? Eso ni siquiera lo sabía. O, si lo sabía, no se atrevía a confesarlo.

Pero el abogado no era ningún lerdo y no necesitaba que le dijeran lo que ya la propia visita había dejado adivinar por el contexto de su historia.

...Y ése, precisamente ése, es vuestro primer deber, compañeros del T.F.I.M.: enseñar al que no sabe. Conocer las leyes para ayudar a interpretarlas, manejarlas para saber cómo contravenirlas legalmente. Vivimos en un mundo de leyes. Hay leyes para todo y unas se contraponen a otras, sin que nadie se haya cuidado de reunirías por el Bien Común..., afortunadamente para nosotros. El hombre y el mundo viven pendientes de miles de leyes y centenares de códigos que nunca podrán conocer. Nosotros, en cambio, por conocerlos todos y por saber interpretarlos, estamos en condiciones de ayudar —beneficiándonos nosotros al mismo tiempo— a quienes la ignorancia y la necesidad obligarán a recurrir a nuestros servicios.

—Y usted, claro —sentenció el vejete, atusando la borla que le pendía de la túnica— quiere conseguir a esa mujer... de un modo honesto y legal.

—Eso es... Bueno, si fuera posible.

—Puede serlo, puede serlo..., siempre que estudiemos el caso con un poquito de paciencia.

—La tengo, no se preocupe.

—Si es así... —el abogado se concentró un instante en sus pensamientos, como si rebuscase en el laberinto insondable de la ley de los hombres, desde una cima superior; luego comenzó sus preguntas, como una máquina breve y precisa:

—¿Casada?

—Sí...

—Y sin hijos, me dijo...

—Exactamente.

—¿Enamorada?

—No lo sé.

—Ni le importa. Él es...

—Médico.

—Y miembro del grupo K, naturalmente.

—Es lógico. No parece que haya nada ilegal en ellos.

—Tampoco tiene por qué haberlo... —terminó triunfante y oprimió un botón que había sobre su mesa. Afuera sonó un zumbido prolongado y, a espaldas de Fernando, se abrió una puerta. El abogado se dirigió a alguien invisible.

—Pongan en la máquina la Ley de Defensa Personal del 58, el código federal reformado del 96, la Ley de Derechos Ciudadanos del 25 y los prolegómenos a los decretos del 87 y del 46 referentes a situaciones Especiales Interplanetarias.

La puerta volvió a cerrarse y el abogado se puso en pie, dando la vuelta a la mesa, mientras le decía a Fernando:

—La ley puede ayudarle, joven..., siempre que sepa usted ayudarse también a sí mismo. Yo le daré los medios. Pero, naturalmente, no le diré cómo emplearlos.

—Entonces... —exclamó Fernando, desalentado.

—No se preocupe... Es un simple acuerdo privado de ética profesional... y de ayuda tácita a nuestros clientes. Tenemos que dejarles que ellos busquen sus propias soluciones, con los medios que les demos. Sólo eso podrá darles plena satisfacción. Pero no le será difícil. Y, en caso de apuro, siempre podría usted venir a consultarnos de nuevo..., pero verá que no va a ser necesario. Lo verá...

Se volvió a una consola que caía a sus espaldas y pulsó unos cuantos botones. La consola comenzó a zumbar tenuemente y el abogado se dio la vuelta nuevamente hacia Fernando:

—Usted es un sujeto obsesionado por la Ley Genética. Para usted, como para otros muchos, esa Ley es la fundamental entre las que ha promulgado la Federación Mundial en los últimos doscientos años. Viven para ella, pendientes de ella, obsesionados por sus artículos, que seguramente usted conoce casi de memoria.

—Sí... —murmuró Fernando.

—Pero usted ignora que esa Ley no es única y que hay otros artículos de otras leyes que le habrán de ayudar. Por ejemplo: usted sabe que hace ya ciento cinco años que no hay guerras en el Planeta.

—Ciento seis años en noviembre. El 26 se celebrará el aniversario de la última paz.

—En efecto. Sin embargo, el hombre no ha perdido su agresividad. Y lo que antes resolvían las guerras, ahora lo resuelven los crímenes. ¿Lo sabía usted?

—¿Los crímenes? —preguntó Fernando, asustado.

—Sí, ¡sí!... Los crímenes, naturalmente. Claro que la prensa y los videos no dan cuenta del índice de criminalidad que hay en el mundo. Lo prohíbe la segunda Ley Federal de Restricciones Informativas.

Artículo 836: será considerada como peligrosa actividad antifederal toda información sobre violencias, robos, crímenes y secuestros que tengan o hayan tenido lugar en todo el ámbito de la Confederación. El Gobierno, sin previo aviso, tendrá derecho a secuestrar la edición de cualquier periódico o revista que publique tales hechos, así como al inmediato corte de fluido eléctrico a las emisoras de televisión bi o tridimensional que transmitan noticias de esta índole.

—Y, sin embargo, la violencia continúa, y si la población mundial se ha reducido a mil quinientos millones de habitantes, según las últimas estadísticas, la causa no es solamente la tan cacareada Ley Genética, que ahora se ha puesto de moda, sino los treinta y tres mil ochocientos veintitrés asesinatos diarios que se cometen como promedio en el mundo entero.

—¡Pero eso es... monstruoso!

—Lo es, pero la ley protege de mil modos distintos la agresividad humana y, lejos de castigarla, la fomenta.

—Yo..., yo no había oído jamás eso.

—Ni lo oirá tampoco, porque resultaría inmoral y anti-federal proclamarlo a los cuatro vientos. Pero es un hecho evidente. ¡Mire!

Señaló hacia la pantalla de tubo catódico que había sobre la consola y apretó un botón:

Artículo 2: apartado 34: todo ciudadano de la Confederación, por el hecho de serlo, tiene derecho legal de disponer de la vida de quien le ofenda gravemente o atente contra su integridad física o moral.

Artículo 3: todo individuo habitante de la Confederación Mundial, por el hecho de serlo, pertenece al Estado, quien fijará su precio real conforme al grado de utilidad pública de cada uno. La vida de cada individuo, por tanto, quedará establecida en una cantidad fija o fluctuante y, de acuerdo con dicha valoración, deberá pagar, en concepto de daños al Estado Federal, quien disponga de la vida de los demás por los motivos alegados en el artículo 2, apartado 34 de esta Ley.

—Un médico, por ejemplo, según las últimas tarifas, vale entre veinte mil y cien mil créditos —apuntó en voz baja el abogado, casi como una voz interior.

Fernando no logró reaccionar inmediatamente. Respiró con dificultad, con los ojos fijos en la pantalla, que volvía a cambiar.

Artículo 5: serán consideradas como ofensas graves, A) las palabras que atenten contra la integridad moral de familiares del ofendido; B) los insultos que atenten contra la honestidad; C) los gritos intempestivos y fuera de lugar en situaciones que normalmente no los requieren y que, por tanto, hagan suponer una discusión desaforada.

Artículo 6: serán considerados como atentados contra la integridad moral, A) la usurpación de un puesto o de una condición que debiera por algún motivo haber pertenecido al ofendido; B) la divulgación de calumnias sobre la personalidad o los actos del ofendido; C)...

—E incluso es posible que, dentro mismo de la Ley Genética, encontremos algo que pueda servirle... después —continuó impasible el vejete, apretando otro botón.

Artículo 466: ningún individuo considerado como libre, matrimonialmente hablando, podrá negarse a la unión legal con individuo del sexo opuesto y del mismo grupo genético, siempre que las circunstancias especiales de escasez de individuos o de derechos de prioridad así lo aconsejen.

—Pero Virginia está casada... —murmuró Fernando, evitando la mirada del abogado.

—Sí, amigo mío. Está... casada... ahora. Pero le advierto que, en cualquier caso, nuestra organización cuenta con un servicio privado de créditos a nuestros clientes, con una módica tarifa de intereses...

—...y nuestro cliente, señores del jurado, reclama con toda solemnidad el derecho a acogerse al artículo sexto de la Ley de Propia Defensa, promulgada en el 58, por cuanto que la víctima usurpaba, sin razón alguna y con evidente desenfado, el puesto que sólo a nuestro defendido podía corresponder, toda vez que la persona que se ha dado en llamar la víctima a lo largo de este proceso procedía de una remota provincia periférica, mientras que el hombre que ahora se sienta en el banquillo forma parte integrante de la comunidad municipal en la que nació y vive la cónyuge legal del muerto. ¡Y eso, no lo olviden ustedes, señores del jurado, ha sucedido entre individuos del grupo genético K, precisamente aquel a quien la Naturaleza ha dotado de menor número de individuos!

Virginia —todo hay que decirlo— no sintió demasiado el cambio. Es cierto que Fernando procuró mostrarle su pasión de un modo tan abierto que difícilmente una mujer hubiera podido hacer oídos sordos. No necesitó recurrir a sus derechos. Ella fue a la alcaldía de buen grado, aunque aún lucía el brazalete rojo del luto por Efraín.

Luego vinieron días apasionados y Fernando supo de los secretos del amor a través de una mujer que ya los había experimentado. Fueron felices. Ni siquiera se cambiaron a otro lugar. Aprovecharon el bungalow del polígono XV donde Virginia había vivido con Efraín. Era bastante mejor que el apartamento que había pertenecido a Fernando.

Pasaron tres años. Y llegó el día solemne de la jubilación de Fernando Silva. Los compañeros le habían preparado un ágape de despedida para las doce de la mañana. Virginia le ayudó a vestirse y avisó al helitaxi que habría de venir a buscarle. Mientras esperaban, escucharon arrobados el segundo concierto electrónico de Krakauer. Tenía para ellos una indudable potencia evocadora.

Afuera sonó el claxon. Apagaron la vitrola magnética. Virginia le sonrió y se agarró de su brazo para salir juntos.

—Te llamaré en cuanto termine. Iremos a algún sitio para celebrarlo los dos solos.

—Sí...

—Ponte muy guapa...

—Sí...

—La túnica blanca, la que llevaste en la fiesta de los atómicos.

—Lo que tú digas.

En la puerta del helitaxi se despidieron con un beso largo, profundo. Fernando se acomodó junto a la amplia ventanilla.

—¿Adonde, señor?

—Laboratorios federales.

Mientras el helicóptero tomaba altura, Fernando contempló aún a Virginia, con su cabello revuelto por el viento de las aspas. El taxista conectó el video; transmitía anuncios, como veinte de las veinticuatro horas del día. Fernando no los escuchaba. Le bastaba con mirar a Virginia, allá abajo, cada vez más chica, más total.

Entonces distinguió la figura vacilante que se acercaba a su mujer. No, no podía ser un mendigo. Estaba bien trajeado. Pero las piernas le temblaban, de eso estaba seguro. Tenía que sentirse terriblemente emocionado ante la presencia de Virginia. Terriblemente, sí. Se acercaba a ella tambaleante y ella, curiosa, se aproximaba a él y le preguntaba algo. Y la figurilla negaba, incapaz de hablar, y trataba de dar un paso atrás y no podía. Y Virginia le señalaba la casa y el desconocido negaba y negaba...

Entonces Virginia, instintivamente, levantó los ojos hacia el cielo y agitó un brazo en ademán de despedida. Fernando no quiso haberla visto. Justo entonces, los anuncios del video le ensordecieron:

¡Usted marcha seguro por la vida! ¡Usted confía en sus fuerzas!... Usted es psicómetra, piloto espacial...

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