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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 11 de enero de 2013

SCI-FI SPECIAL - EL ARTEFACTO PRECIOSO - Philip K. Dick




EL ARTEFACTO PRECIOSO
Philip K. Dick


Por debajo del helicóptero de Milt Biskle se veían las nuevas tierras fértiles. Había hecho un buen trabajo en esta zona de Marte, floreciente gracias a su reconstrucción del antiguo sistema de riego. La primavera llegaba dos veces al año a este mundo otoñal de arena y sapos saltarines, de un suelo alguna vez reseco y resquebrajado que soportaba el polvo de tiempos pasados, de una desolación monótona y sin agua. Había sido víctima del reciente conflicto entre Prox y la Tierra.
Muy pronto llegarían los primeros inmigrantes terráqueos, harían valer sus derechos y se apoderarían de esos terrenos. Ya se podía retirar. Tal vez pudiera regresar a la Tierra o traer a Marte a su familia, utilizando su prioridad en el otorgamiento de terrenos por su labor como ingeniero reconstructor. El Área Amarilla había progresado mucho más rápido que las de los otros ingenieros. Y ahora esperaba una recompensa.
Inclinándose hacia delante, Milt Biskle presionó el botón de su transmisor de largo alcance.
—Aquí el ingeniero Reconstructor Amarillo —dijo—. Necesito un psiquiatra. Cualquiera estará bien si puede estar disponible inmediatamente.
Cuando Milt Biskle entró en el consultorio, el doctor DeWinter se levantó y le tendió la mano.
—Me han contado —dijo el doctor DeWinter— que usted, de entre los cuarenta ingenieros reconstructores, es el más creativo. No es sorprendente que esté cansado. Incluso Dios tuvo que descansar después de trabajar duramente después de seis días, y usted lo ha estado haciendo durante años. Mientras lo esperaba recibí un memo con noticias de la Tierra que seguramente le interesarán —recogió el memo de su escritorio—. El primer transporte de colonos está a punto de llegar a Marte... y se dirigirán directamente a su área. Felicitaciones, señor Biskle.
Tomando fuerzas, Milt Biskle dijo:
—¿Qué pasará si regreso a la Tierra?
—Pero si puede hacer que le otorguen terrenos para su familia aquí...
—Quiero que haga algo por mí —dijo Milt Biskle—. Me siento muy cansado, demasiado —hizo un gesto—. O tal vez estoy deprimido. De todos modos, me gustaría que dispusiera las cosas para que mis pertenencias, incluyendo mi planta wug, sean llevadas a bordo de un transporte que esté por partir hacia la Tierra.
—Seis años de trabajo —dijo el doctor DeWinter—. Y de pronto renuncia a su recompensa. Recientemente visité la Tierra y todo está como usted lo recuerda...
—¿Cómo sabe lo que recuerdo yo?
—Más bien —se corrigió DeWinter suavemente—, quise decir que nada ha cambiado. Superpoblación, departamentos comunitarios donde se hacinan siete familias con una única cocina. Autopistas tan sobrecargadas que casi no se mueves hasta las once de la mañana.
—En lo que a mí respecta —dijo Milt Biskle—, la superpoblación sería un descanso tras seis años trabajando con el equipo robótico autónomo.
Estaba firme en su decisión. A pesar de lo que había logrado aquí, o tal vez precisamente a causa de ello, pretendía regresar a casa contrariando los argumentos del psiquiatra.
El doctor DeWinter agregó:
—¿Qué pasará si su esposa y sus hijos, Milt, están entre los pasajeros de este primer transporte? —Una vez más tomó un documento de su escritorio cuidadosamente
ordenado. Estudió el informe, luego dijo—: Biskle, Fay; Laura C.; June C. Una mujer y dos niñas. ¿Es su familia?
—Sí —admitió en tono seco Milt Biskle y miró directamente al psiquiatra.
—Se da usted cuenta de que no puede regresar a la Tierra. Póngase el pelo y vaya a recibirlos al Campo Tres. Y cámbiese los dientes. Todavía lleva los de acero inoxidable.
Biskle asintió a disgusto. Como todos los terráqueos, había perdido el pelo y los dientes bajo la lluvia radioactiva durante la guerra. En los días de servicio en su solitario trabajo de reconstrucción del Área Amarilla de Marte no usaba la costosa peluca que había traído de la Tierra y, en cuanto a los dientes, personalmente encontraba que los de acero eran más cómodos que la prótesis de plástico de color natural. Eso mostraba cuánto se había alejado de la interacción social. Se sintió vagamente culpable; el doctor DeWinter tenía razón.
Pero se había sentido culpable desde la derrota de los proxitas. La guerra le había dejado una sensación de amargura; no parecía justo que una de las dos culturas que competían tuviera que desaparecer puesto que las necesidades de ambas eran legítimas.
El mismo Marte había sido el centro de los combates. Las dos culturas lo requerían como colonia para establecer allí sus excesos de población. Gracias a Dios, la Tierra se las había arreglado para mostrar la supremacía táctica durante el último año de la guerra... y por lo tanto fueron los terrícolas como él, y no los proxitas, los que reconstruyeron Marte.
—A propósito —dijo el doctor DeWinter—. Conozco sus intenciones en relación a sus colegas, los ingenieros reconstructores.
Milt Biskle le lanzó una súbita mirada.
—De hecho —dijo el doctor DeWinter—, sabemos que en este momento están reunidos en el Área Roja para escucharlo —abrió un cajón de su escritorio y extrajo un yo-yo, se puso de pie y comenzó a manipularlo expertamente e hizo el perrito—. Su discurso es provocado por un ataque de pánico y tendrá como efecto que sospechen que algo anda mal, aunque por lo visto usted no puede decir qué podría ser.
—Ése es un juguete popular en el sistema Prox. Al menos es lo que leí alguna vez en un artículo —dijo Biskle observando el yo-yo.
—Ajá. Creí que era originario de las Filipinas —concentrado, el doctor DeWinter ahora hacía la vuelta al mundo. Le salía muy bien—. Me tomé la libertad de enviar una nota a la reunión de ingenieros reconstructores, dando testimonio de su condición mental. La leerán en voz alta... Siento tener que decírselo.
—Todavía tengo la intención de dirigirme a la reunión —dijo Biskle.
—Bien, entonces se me ocurre un compromiso. Reciba a su familia cuando llegue a Marte, y después dispondremos un viaje a la Tierra para usted. A nuestra cuenta. Y a cambio usted se comprometerá a no dirigirse a la reunión de ingenieros reconstructores o a agobiarlos de la forma que sea con sus nebulosas corazonadas —DeWinter lo miró directamente—. Después de todo, éste es un momento crítico. Están llegando los primeros inmigrantes. No queremos problemas; no queremos que nadie se sienta inquieto.
—¿Me haría un favor? —preguntó Biskle—. Muéstreme que tiene puesta una peluca. Y que sus dientes son falsos. Solo para estar seguro de que es terrícola.
El doctor DeWinter se quitó la peluca y se extrajo la prótesis de dientes falsos.
—Aceptaré el ofrecimiento —dijo Milt Biskle—, si me prometen que mi mujer obtendrá la parcela de terreno que le he asignado.
Asintiendo, DeWinter le arrojó un pequeño sobre blanco.
—Aquí está su pasaje. Ida y vuelta, por supuesto, porque supongo que regresará.
Eso espero, pensó Biskle mientras sacaba el pasaje. Pero depende de lo que vea en la Tierra. O más bien de lo que me dejen ver.
Tenía la sensación de que le dejarían ver muy poco. En realidad tan poco como fuera posible a la manera de Prox.
Cuando su nave llegó a la Tierra lo estaba esperando una guía elegantemente uniformada.
—¿Señor Biskle? —maquillada, atractiva y extraordinariamente joven, dio unos pasos hacia él, atenta—. Me llamo Mary Ableseth, su acompañante en la visita turística. Le mostraré todo el planeta durante su breve estadía —Sonrío de un modo vivaz y muy profesional. Lo sorprendió—. Estaré con usted constantemente, día y noche.
—¿Por la noche también? —se compuso para decir.
—Sí, señor Biskle. Es mi trabajo. Suponemos que se sentirá desorientado por sus años de trabajo en Marte... trabajo que nosotros en la Tierra aplaudimos y honramos, como corresponde —se puso a su lado, conduciéndolo hacia un helicóptero estacionado—. ¿Adónde le gustaría ir primero? ¿A la ciudad de Nueva York? ¿Broadway? ¿A los clubes nocturnos, los teatros y restaurantes...?
—No, a Central Park. Quiero sentarme en un banco.
—Pero ya no existe más Central Park, señor Biskle. Mientras usted estaba en Marte lo convirtieron en una playa de estacionamiento para los empleados del gobierno.
—Ya veo —dijo Milt Biskle—. Bien, entonces vayamos al parque Portsmouth en San Francisco.
Abrió la puerta del helicóptero.
—Tuvo el mismo destino —dijo la señorita Ableseth, sacudiendo tristemente la larga y luminosa cabellera roja—. Estamos tan detestablemente superpoblados. Podemos intentarlo igual, señor Biskle; han quedado unos pocos parques, uno en Kansas, creo, y dos en Utah, en el sur, cerca de St. George.
—Son malas noticias —dijo Milt—. ¿Me permite ir hasta esa máquina proveedora de anfetaminas y ponerle una moneda? Necesito un estimulante que me levante el ánimo.
—Por supuesto —asintió con gracia la señorita Ableseth.
Milt Biskle caminó hacia la máquina proveedora de estimulantes que estaba fuera del espaciopuerto, buscó en el bolsillo, encontró una moneda y la introdujo por la ranura.
La moneda atravesó por completo la máquina y repiqueteó en el pavimento.
—¡Qué extraño! —dijo sorprendido Biskle.
—Creo que eso tiene una explicación —dijo la señorita Ableseth—. Esa moneda es marciana, hecha para una gravedad más ligera.
—Sí —dijo Milt Biskle mientras la recuperaba. Como había predicho la señorita Ableseth, se sentía desorientado. Se quedó inmóvil mientras ella ponía una moneda propia y obtenía un pequeño tubo de estimulantes anfetaminas para él. Por cierto, la explicación parecía adecuada, pero...
—Ahora son las veinte, hora local —dijo la señorita Ableseth—. Y yo no he cenado, aunque seguramente usted lo hizo a bordo de la nave. ¿Por qué no me lleva a cenar? Podemos hablar con una botella de Pinot Noir de por medio y me puede contar sobre esas vagas corazonadas que lo trajeron a la Tierra, sobre algo que va terriblemente mal, y sobre su maravilloso trabajo de reconstrucción que, según dice, carece de sentido. Me encantaría escucharlo.
Lo guió de regreso al helicóptero, al que ambos entraron, sentándose juntos y apretados en el asiento trasero, Milt Biskle la encontraba agradable y complaciente, decididamente terráquea. Se sentía un poco perturbado y su corazón se aceleró. Había pasado mucho tiempo desde que había estado tan cerca de una mujer.
—Escucha —dijo Biskle, mientras el circuito automático del helicóptero hacía que se elevaran sobre la playa de estacionamiento del espaciopuerto—, estoy casado. Tengo dos hijas y vine aquí por negocios. Estoy en la Tierra para demostrar que los proxitas en
realidad ganaron y los pocos terrícolas que quedamos somos esclavos de las autoridades prox, y que trabajamos para...
Se detuvo; no le quedaban esperanzas. La señorita Ableseth permanecía apretada contra él.
—¿Usted realmente cree —dijo la señorita Ableseth poco después, mientras el helicóptero pasaba sobre la ciudad de Nueva York— que soy una agente prox?
—No... no —dijo Milt Biskle—. Supongo que no.
No parecía probable dadas las circunstancias.
—Mientras permanezca en la Tierra —dijo la señorita Ableseth—, ¿por qué quedarse en un hotel ruidoso y superpoblado? ¿Por qué no viene a mi departamento comunal en Nueva Jersey? Hay lugar de sobra y usted será más que bienvenido.
—Muy bien —estuvo de acuerdo Biskle, sintiendo que sería inútil discutir.
—Bien —la señorita Ableseth le dio una orden al helicóptero, que giró hacia el norte—. Cenaremos allí. Así ahorrará dinero. Y además en todos los restaurantes decentes hay una cola de dos horas a esta altura de la noche, de manera que es casi imposible conseguir mesa. Probablemente ya no recuerde eso. ¡Qué maravilloso será cuando la mitad de nuestra población pueda emigrar!
—Sí —dijo Biskle—. Y les gustará Marte; hicimos un buen trabajo —sintió que algo de entusiasmo regresaba a él, una sensación de orgullo por el trabajo de reconstrucción que él y sus compatriotas habían hecho—. Espere a verlo, señorita Ableseth.
—Llámeme Mary —dijo la señorita Ableseth mientras se acomodaba la pesada peluca escarlata que se le había desaliñado en los últimos minutos en la apretada cabina del helicóptero.
—Muy bien —dijo Biskle, y, a pesar de cierta inoportuna sensación de infidelidad hacia Fay, creció su sensación de bienestar.
—Las cosas pasan rápido en la Tierra —dijo Mary Ableseth—. Debido a la terrible presión de la superpoblación.
Se acomodó los dientes.
—Ya veo —agregó Milt Biskle, y también se acomodó su propia peluca y los dientes. ¿Podría estar equivocado?, se preguntó a sí mismo. Después de todo, podía ver las luces de Nueva York allá abajo. Decididamente la Tierra no era una ruina despoblada y su civilización estaba intacta.
¿O era una ilusión, impuesta por las desconocidas técnicas psiquiátricas de Prox a su sistema de percepción? Era verdad que la moneda había atravesado completamente la máquina de anfetaminas. ¿Eso indicaba que algo andaba sutil y terriblemente mal?
Tal vez la máquina en realidad no estaba allí.
Al día siguiente él y Mary Ableseth visitaron uno de los pocos parques que quedaban. En la región sur de Utah, cerca de las montañas, el parque, aunque pequeño, era de un verde brillante y atrayente. Milt Biskle estaba recostado sobre la hierba y observaba a una ardilla que trepaba por un árbol dando saltos ligeros, con su cola colgando detrás como un torrente gris.
—No hay ardillas en Marte —dijo adormecido.
Llevando un ligero traje de baño, Mary Ableseth se desperezó a sus espaldas, entrecerrando los ojos.
—Este lugar es tan agradable, Milt. Así me imagino a Marte.
Más allá del parque, el tránsito pesado se movía por la autopista. El susurro le recordaba a Milt el oleaje del Océano Pacífico. Ese sonido lo adormeció. Todo parecía estar bien, le arrojó una nuez a la ardilla, que se dio vuelta y a saltos se dirigió hacia la nuez, haciendo una mueca inteligente en respuesta.
Cuando la ardilla estuvo erguida sosteniendo la nuez, Milt Biskle arrojó una segunda nuez hacia la derecha. La ardilla la escuchó caer entre las hojas de los arces. Irguió sus
orejas, lo que le recordó a Milt el juego que había practicado una vez con un gato que le pertenecía a él y a su hermano, en los días en que la Tierra no estaba tan superpoblada, cuando las mascotas todavía eran algo legal. Había esperado hasta que Calabaza —el gato— estuvo casi dormido y entonces arrojó un pequeño objeto a un rincón de la habitación. Calabaza se despertó. Con sus ojos abiertos de par en par y sus orejas erguidas, se volvió y se sentó durante quince minutos escuchando y observando, meditando sobre qué objeto podía haber hecho ese ruido. Era una manera inocente de molestar al viejo gato, y Milt se sintió triste, pensando en cuánto hacía que había muerto Calabaza, su última mascota legal. En Marte, sin embargo, las mascotas serían legales otra vez. Eso lo consoló. En realidad, en Marte, durante los años en que trabajó en la reconstrucción, lo consoló una mascota. Una planta marciana. La había traído con él a la Tierra y ahora estaba sobre la mesa de la sala de estar del departamento del departamento compartido de Mary Ableseth, con sus ramas caídas. No se había adaptado al clima poco familiar de la Tierra.
—Es raro —murmuró Milt —que mi planta wug no haya florecido. Había pensado que en una atmósfera con tanta humedad...
—Es la gravedad —dijo Mary, los ojos todavía cerrados, sus senos subiendo y bajando regularmente. Estaba casi dormida—. Es demasiado para ella.
Milt consideró la forma de la mujer, recordando a Calabaza en circunstancias similares. El momento de la vigilia, entre el sueño y el despertar, cuando la conciencia y la inconciencia se funden... estirándose, tomó una piedra.
La arrojó hacia un montón de hojas que estaban cerca de la cabeza de Mary.
Ella se sentó repentinamente, los ojos completamente abiertos y con el traje de baño cayéndosele.
Sus orejas estaban erguidas.
—Nosotros los terrícolas —dijo Milt— perdimos el control de la musculatura de nuestras orejas, Mary. Incluso de los reflejos básicos.
—¿Qué? —murmuró ella, parpadeando confusa mientras se acomodaba el traje de baño.
—La habilidad para erguir las orejas se nos atrofió —explicó Milt—. A diferencia de los perros y los gatos. Aunque si nos examinaran morfológicamente no se darían cuenta porque nuestros músculos todavía están allí. Así que cometieron un error.
—No sé de qué estás hablando —dijo Mary, de mal humor. Se dedicó a acomodar el sostén del traje de baño, ignorándolo por completo.
—Volvamos al departamento —dijo Milt poniéndose en pie.
Ya no podía sentir que estaba recostado en un parque porque ya no podía creer en el parque. Una ardilla irreal, hierba irreal... ¿lo eran en verdad? ¿Le mostrarían alguna vez la sustancia que había bajo la ilusión? Lo dudaba.
La ardilla los siguió durante un breve tramo mientras caminaban hacia el helicóptero, luego volvió su atención a una familia de terráqueos que incluía a dos niños pequeños. Los niños le arrojaron nueces a la ardilla que correteaba con vigorosa actividad.
—Convincente —dijo Milt. Y en verdad lo era.
—Es muy malo que no haya vuelto a ver al doctor DeWinter, Milt —dijo Mary—. Podría haberle ayudado.
Su voz sonaba extrañamente dura.
—Sin la menor duda —agregó Milt Biskle mientras reingresaba en el helicóptero.
Cuando regresaron al departamento de Mary encontraron a la planta wug marciana muerta. Era evidente que había perecido por deshidratación.
—No intentes explicarme esto —le dijo a Mary mientras los dos contemplaban de pie las ramas muertas de la planta—. Sabes lo que significa. La Tierra supuestamente es más húmeda que Marte, incluso que el Marte reconstruido. Sin embargo, la planta se ha
secado por completo. No hay humedad en la Tierra porque debo suponer que las explosiones de los Prox vaciaron los mares. ¿Estoy en lo correcto?
Mary no dijo nada.
—Lo que no comprendo —dijo Milt— es por qué les preocupa mantener las ilusiones funcionando. Ya terminé mi trabajo.
—Tal vez haya más planetas que requieran un trabajo de reconstrucción, Milt —dijo Mary, después de una pausa.
—¿Es tan grande la población de ustedes?
—Estaba pensando en la Tierra. Aquí —dijo Mary—. El trabajo de reconstrucción tomará generaciones; se necesitaría todo el talento y la habilidad que poseen sus ingenieros reconstructores —agregó—: Solo estoy siguiendo tu lógica hipotética, por supuesto.
—Así que la Tierra es nuestro siguiente trabajo. Así que ése es el motivo por el que me dejaron venir hasta aquí. En realidad vine para quedarme aquí.
Se dio cuenta de eso, completa y absolutamente, en un relámpago de comprensión.
—No volveré a Marte y no veré a Fay otra vez. Tú la estás reemplazando —todo cobraba sentido.
—Bien —dijo Mary, con una sonrisa que casi parecía mueca—, se puede decir que lo estoy intentando.
Le dio un pequeño golpe a Milt en el brazo. Descalza, todavía con su traje de baño, se le acercó lentamente.
Se apartó de ella, asustado. Recogió la planta wug muerta y, aturdido, se dirigió hacia la abertura para los desperdicios y arrojó los restos resecos y quebradizos. Se desvanecieron en el acto.
—Y ahora —dijo Mary diligentemente—, vamos a ir a visitar el Museo de Arte Moderno en Nueva York y luego, si tenemos tiempo, el Museo Smithsoniano en Washington D.C. Me pidieron que te mantuviera muy ocupado para que no pudieras comenzar a darle vueltas al tema.
—Pero ya lo estoy haciendo —dijo Milt mientras la contemplaba dejar el traje de baño y ponerse una prenda gris de lana. Nada puede evitarlo, se dijo. Ahora lo sabes. Y a medida de que los ingenieros reconstructores terminen su labor va a suceder una y otra vez. Yo solo fui el primero.
Al menos no estoy solo, comprendió. Se sintió un poco mejor.
—¿Qué tal me veo? —le preguntó Mary mientras se ponía lápiz de labios frente al espejo del dormitorio.
—Muy bien —dijo él con indiferencia. Se preguntó si Mary a su debido tiempo se encontraría con todos los ingenieros reconstructores, convirtiéndose en la amante de todos ellos. La cuestión ya no era únicamente si ella era lo que parecía, sino también si podría conservarla.
Le pareció una pérdida gratuita, fácilmente evitable.
Se dio cuenta de que ella estaba comenzando a gustarle. Mary está viva. Era muy real, terráquea o no. Al menos no habían perdido la guerra ante cualquiera; habían perdido ante auténticos organismos vivos. En cierto sentido se sintió reconfortado.
—¿Estás listo para ir al Museo de Arte Moderno? —dijo Mary vivamente, con una sonrisa.
Más tarde, en el Smithsoniano, después de haber visto el Spirit of St. Louis y el avión increíblemente antiguo de los hermanos Wright —que parecía tener al menos un millón de años— vio la oportunidad de echarle una mirada a una sala por la que había estado esperando con ansiedad.
No le dijo nada a Mary —ella estaba concentrada estudiando una vitrina de piedras semipreciosas en su estado natural sin pulir—, se escabulló y, un momento más tarde, estaba ante una sección con una vitrina llamada:
MILITARES PROX DE 2014
Había tres soldados prox estáticos, con sus oscuras caras, manchados y mugrientos, las armas portátiles listas, en un refugio conformado por los restos de uno de sus transportes. Allí colgaba inerte una bandera prox manchada de sangre. Aquel era un enclave derrotado del enemigo; las tres criaturas parecían estar a punto de rendirse o de ser fusiladas.
Un grupo de visitantes terráqueos estaba ante la exhibición, mirando tontamente.
—Convincente, ¿no le parece? —le dijo Milt Biskle al hombre que estaba más cerca.
—Por supuesto —estuvo de acuerdo el hombre de mediana edad, de anteojos y pelo gris—. ¿Estuvo en la guerra? —le preguntó a Milt, mirándolo directamente.
—Trabajo en la tarea de reconstrucción —dijo Milt—. Soy ingeniero Amarillo.
—Oh —asintió el hombre, impresionado—. Muchacho, estos proxitas dan miedo. Parece como que van a salir de la vitrina y nos van a matar. —Lanzó una sonrisita—. Los proxitas pelearon duramente hasta que los derrotamos, hay que reconocerles eso.
—Esas armas me provocan escalofríos —dijo a su lado la esposa, de pelo gris y muy bien arreglada—. Parecen muy reales.
Continuó caminando con desagrado.
—Usted está en lo correcto —dijo Milt Biskle—. Parecen estremecedoramente reales puesto que en verdad lo son.
No tenía ningún sentido crear una ilusión de este tipo ya que el objeto real estaba disponible. Milt pasó por debajo de la barandilla, se acercó al cristal que protegía la exhibición, levantó un pie y lo rompió. Estalló en pedazos y llovieron fragmentos astillados con un enorme alborozo.
En el preciso momento en que llegaba corriendo Mary, Milt tomó el rifle de uno de los proxitas y se volvió hacia ella.
La muchacha se detuvo, respirando entrecortadamente, y lo miró sin decir nada.
—Estoy dispuesto a trabajar para ustedes —le dijo Milt, sosteniendo expertamente el rifle—. Después de todo, si mi propia raza ya no existe difícilmente pueda reconstruir una colonia en un mundo para ella. Puedo entender eso. Pero quiero saber la verdad. Muéstrenmela y continuaré con mi trabajo.
—No, Milt —dijo Mary—, si supieras la verdad no seguirías con tu trabajo. Volverías esa arma contra ti mismo.
Sonaba tranquila, incluso compasiva, pero sus ojos brillantes y abiertos de par en par estaban muy atentos.
—Entonces te mataré —dijo Milt. Y después se suicidaría.
—Espera —le suplicó—. Milt... esto es muy difícil. No sabes absolutamente nada y sin embargo fíjate lo desdichado que se te ve. ¿Cómo esperas sentirte cuando puedas ver el estado en que está tu propio planeta? Casi es demasiado para mí y yo soy... —vaciló.
—Dilo.
—Yo soy solo una... —balbuceó— una visitante.
—Pero entonces yo estaba en lo cierto —dijo—. Dilo. Admítelo.
—Estás en lo cierto, Milt —ella suspiró.
Aparecieron dos guardias uniformados del museo llevando pistolas.
—¿Está bien, señorita Ableseth?
—Por el momento —dijo Mary. Ella no apartó los ojos de Milt y del rifle que llevaba—. Esperen —les ordenó a los guardias.
—Sí, señora —los guardias esperaron. Ninguno se movió.
—¿Ha sobrevivido alguna mujer terrícola? —preguntó Milt.
—No, Milt —dijo Mary, tras una pausa—. Pero los proxitas pertenecemos también a la misma especie, como bien sabes. Podemos cruzar nuestra sangre. ¿Eso te hace sentirte mejor?
—Por supuesto —dijo él—. Muchísimo mejor.
Tenía ganas de volver el rifle sobre sí mismo, sin esperar nada más. Hizo todo lo posible por resistir el impulso. Así que todo el tiempo había tenido razón. No había estado Fay en el Campo Tres en Marte.
—Escucha —le dijo a Mary Ableseth—. Quiero volver a Marte otra vez. Vine aquí para saber algo. Ya lo sé, ahora quiero regresar. Tal vez hable otra vez con el doctor DeWinter, tal vez pueda ayudarme. ¿Tienes alguna objeción?
—No —ella pareció comprender cómo se sentía—. Después de todo, hiciste tu trabajo allí. Tienes derecho a regresar. Pero tarde o temprano tendrás que regresar a la Tierra. Podemos esperar un año o más, tal vez incluso dos. Pero eventualmente Marte estará completo y necesitaremos más lugar. Y va a ser mucho más duro aquí... como ya podrás descubrir. —Ella intentó sonreír pero fracasó; él apreció el esfuerzo—. Discúlpame, Milt.
—A mí también —dijo Milt Biskle—. Mierda, me sentí mal cuando murió la planta wug. Entonces supe la verdad. No era solo una sospecha.
—Te interesaría saber que tu colega ingeniero reconstructor Rojo, Cleveland Andre, se dirigió a la reunión en tu lugar. Y les transmitió tus sospechas junto con las suyas. Votaron el envío de un delegado oficial a la Tierra para investigar. Está en camino.
—Me parece interesante —dijo Milt—, pero no es realmente importante. Difícilmente cambie las cosas. —Bajó el rifle—. ¿Puedo regresar ahora a Marte? —se sentía cansado—. Dile al doctor DeWinter que voy para allá.
Dile, pensó, que tenga todas las técnicas psiquiátricas de su repertorio listas para mí, porque serán necesarias.
—¿Qué pasó con los animales de la Tierra? —preguntó—. ¿Sobrevivió alguna forma de vida? ¿Qué pasó con los perros y los gatos?
Mary les lanzó una mirada a los guardias del museo; un destello de comunicación fluyó silenciosamente entre ellos, luego dijo:
—Quizá sea lo mejor después de todo.
—¿Qué es lo mejor? —preguntó Milt Biskle.
—Que lo veas. Solo durante un momento. Parece que estás mejor preparado de lo que habíamos pensado. En nuestra opinión tienes derecho a ello —luego agregó—. Sí, Milt, los perros y los gatos sobrevivieron; viven entre las ruinas. Vamos y echemos una mirada.
Fue tras ella pensando para sí mismo, ¿ella no estaría en lo correcto la primera vez?, ¿de verdad quiero mirar? ¿Puedo enfrentar la verdadera realidad? ¿Por qué tuvieron la necesidad de mantener la ilusión hasta ahora?
En la rampa de salida del museo Mary se detuvo y dijo:
—Ve al exterior. Yo me quedaré aquí, estaré esperando a que regreses.
Dándose por vencido, descendió por la rampa.
Y vio.
Todo estaba en ruinas, por supuesto, como ella había dicho. La ciudad había sido decapitada, nivelada a un metro sobre el nivel del suelo; los edificios se habían convertido en recuadros vacíos, sin contenido, como antiguos patios infinitos e inútiles. No podía creer que lo que estaba viendo era nuevo. Parecía que estos restos abandonados siempre habían estado allí, exactamente como estaban ahora. Y... ¿cuánto tiempo más permanecerían de ese modo?
Hacia la derecha vio una compleja máquina recorriendo la calle llena de escombros. Mientras él observaba, se extendió una multitud de seudópodos que hurgaban en los cimientos más cercanos. Los cimientos, de acero y concreto, fueron pulverizados abruptamente; el suelo desnudo, expuesto, se veía ahora de una marrón oscuro, chamuscado por el calor atómico provocado por el equipo automático de reparación, una
máquina, pensó Milt Biskle, que no era muy diferente a la que usaba en Marte. Evidentemente, la máquina tenía la tarea de limpiar todo lo antiguo en una pequeña área. Sabía muy bien por su propia experiencia durante el trabajo de reconstrucción de Marte lo que seguiría a continuación, probablemente en solo minutos, llevado adelante por un mecanismo igualmente elaborado que establecería los cimientos para las estructuras que allí se levantaría,
Y, de pie en el otro lado de la calle desierta, observando el trabajo de limpieza que llevaba adelante la máquina, se podía ver a dos figuras delgadas y grises. Dos proxitas de nariz aguileña, con su pelo natural y pálido dispuesto en espiral y los lóbulos de sus orejas estirados por los objetos pesados que colgaban de ellos.
Los vencedores, pensó para sí mismo. Experimentando cierta satisfacción ante el espectáculo, fue testigo de cómo destruían los últimos artefactos de la raza perdedora. Algún día una ciudad puramente prox se elevaría aquí: arquitectura prox, calles de amplios y extraños patrones prox, construcciones uniformes con el aspecto de cajas con muchos niveles subterráneos. Y ciudadanos como esos deambulando por las rampas, recorriendo los túneles de alta velocidad en su rutina diaria. ¿Y que pasaría, pensó, con los perros y los gatos terráqueos que ahora habitaban estas ruinas, como había dicho Mary? ¿También desaparecerían? Probablemente no por completo. Habría un lugar para ellos, tal vez en los museos y zoológicos, como rarezas para ser admiradas. Sobrevivientes de un ecología que ya no existía. Puede que ni siquiera eso.
Y sin embargo... Mary estaba en lo correcto. Los proxitas pertenecían a la misma especie. Aun si no se pudieran cruzar con los terráqueos que sobrevivieron, la especie como él la conocía continuaría. Y se cruzarían, pensó. La relación que tenía con Mary era una prueba. El resultado incluso podía ser bueno.
El fruto, pensó mientras se alejaba y comenzaba el regreso hacia el museo, podía ser una raza que no fuera prox ni terráquea por completo. De la unión podía surgir algo genuinamente nuevo. Al menos podemos tener esperanzas de eso.
La Tierra sería reconstruida. Había visto una pequeña muestra de ese trabajo con sus propios ojos. Tal vez los proxitas carecieran del talento que él y sus colegas, los ingenieros reconstructores, poseían... Y ahora que Marte estaba virtualmente terminado podían comenzar aquí. No era completamente desesperanzador. No del todo.
Caminó de regreso hasta donde lo aguardaba Mary y le dijo con voz ronca:
—Hazme un favor. Consígueme un gato que pueda llevar conmigo en mi regreso a Marte. Siempre me gustaron los gatos. Especialmente los de color naranja con rayas.
Uno de los guardias del museo, después de lanzarle una mirada a su compañero, dijo:
—Podemos solucionar eso, señor Biskle. Podemos conseguir un... cachorro, ¿esa es la palabra?
—Gatito, creo —corrigió Mary.
En el viaje de regreso a Marte, Milt Biskle estaba sentado con la caja que contenía el gatito naranja en su regazo, pensando en sus planes. En quince minutos las nave descendería sobre Marte y el doctor DeWinter —o lo que se hacía pasar por el doctor DeWinter— estaría esperándolo. Sería demasiado tarde. Desde donde estaba sentado podía ver la salida de emergencia con su luz roja de advertencia. Sus planes estaban enfocados sobre la compuerta. No era lo ideal pero serviría.
En la caja el gatito naranja extendía una pata y golpeaba contra la mano de Milt. Sentía las agudas las agudas y delgadas zarpas raspar contra su carne y con la mirada ausente apartaba su mano de la caricia del animal. Marte no te gustará nada, pensó y se puso de pie.
Cargando la caja se dirigió velozmente hacia la compuerta de emergencia. Antes de que la pudiera alcanzar la azafata la había abierto. Se metió en su interior y la compuerta
se cerró a sus espaldas. Durante un instante estuvo quieto dentro del estrecho compartimiento, y luego comenzó a tratar de abrir la pesada puerta exterior.
—¡Señor Biskle! —le llegó la voz de la azafata amortiguada por la puerta. La oyó abrir la puerta y andar a tientas para poder asirlo.
Mientras él giraba la puerta exterior el gatito que estaba dentro de la caja que sostenía bajo el brazo maulló.
¿Tú también?, pensó Milt Biskle, e hizo una pausa.
La muerte, el vacío y la pronunciada falta de calor del espacio exterior se filtraron a su alrededor, a través de la puerta parcialmente abierta. Milt los olfateó y algo en su interior, como en el gatito, hizo que por instinto se apartara. Se tomó una pausa, aún sosteniendo la caja, sin intentar abrir la puerta exterior más allá de lo que estaba, y ese momento la azafata lo agarró.
—Señor Biskle —dijo ella a medias sollozando—, ¿se ha vuelto loco? Por Dios, ¿qué está haciendo? —ella se las arregló para tirar hacia dentro y cerrar la puerta exterior, ajustando la sección de emergencia otra vez a su posición de cerrado.
—Sabe muy bien lo que estoy haciendo —le dijo Milt Biskle mientras le permitía que lo impulsara hacia el interior de la nave, hacia su asiento. Y no creo que pudiera detenerme, se dijo a sí mismo. Porque no fue usted. Podría haber seguido adelante y haberlo hecho. Pero decidí no hacerlo.
Se preguntó por qué.
Más tarde, en el Campo Tres en Marte, el doctor DeWinter salió a su encuentro, como él había estado esperando.
Ambos caminaron hacia el helicóptero estacionado y DeWinter dijo, con un tono de voz preocupado:
—Me informaron que durante el viaje...
—Es cierto. Intenté suicidarme, pero cambié de opinión. Tal vez usted sepa el motivo. Usted es el psicólogo, la autoridad en todo lo que sucede en nuestro interior —entró en el helicóptero teniendo cuidado de no golpear la caja que contenía al gatito terrestre.
—¿Va a seguir adelante y trabajar en su parcela con Fay? —le preguntó el doctor DeWinter tan pronto como el helicóptero levantó vuelo sobre los campos de trigales verdes y húmedos—. A pesar de... lo sabe?
—Sí —asintió él. Después de todo hasta donde sabía, no había otra cosa que pudiera hacer.
—Ustedes los terrícolas —sacudió la cabeza DeWinter—. Son admirables.
Notó la caja en el regazo de Milt Biskle.
—¿Qué tiene allí? ¿Una criatura de la Tierra? —Fijó sus ojos sobre la caja con cierta sospecha. Para él era una manifestación de una forma extraña de vida—. Un organismo de aspecto bastante peculiar.
—Me va a hacer compañía —dijo Milt Biskle—, mientras sigo con mi trabajo, ya sea construyendo mi propia propiedad o... —O ayudando a los proxitas en la Tierra, pensó.
—¿Es lo que llaman una «serpiente de cascabel»? Escucho el sonido de sus cascabeles —el doctor DeWinter se apartó un poco.
—Está ronroneando —Milt Biskle sacudió al gatito mientras el piloto automático del helicóptero los guiaba a través del monótono cielo rojo marciano. Tener contacto con una forma de vida familiar, se dijo, me mantendrá cuerdo. Me permitirá seguir adelante. Se sintió agradecido. Mi raza puede haber sido derrotada y destruida, pero no han perecido todas las criaturas terrícolas. Cuando reconstruyamos la Tierra tal vez podamos lograr que las autoridades nos permitan tener lugares protegidos. Será una parte de nuestra tarea, se dijo a sí mismo, y otra vez acarició al gatito. Al menos podemos tener la esperanza de que así sea.
Cerca de él, el doctor DeWinter también estaba sumergido en sus pensamientos. Admiraba la intrincada destreza de los ingenieros en el tercer planeta, los que habían logrado el simulacro que descansaba en la caja sobre el regazo de Milt Biskle. El logro técnico era impresionante, incluso para él, y lo vio con absoluta claridad... como por supuesto no podía hacer Milt Biskle. Este artefacto, aceptado por el terrícola como un organismo auténtico de su pasado conocido, proveería una punto de apoyo sobre el cual este hombre podría mantener su equilibrio psíquico.
Pero, ¿qué pasaría con los otros ingenieros reconstructores? ¡Qué pasaría cuando cada uno de ellos hubiera terminado su trabajo y tuvieran —les gustara o no— que tomar conciencia de la situación?
Variaría de un terráqueo a otro. Un perro para uno, un simulacro más elaborado, probablemente de una hembra núbil humana para otro. En todo caso, cada uno sería provisto como una «excepción» a las reglas. Una entidad sobreviviente esencial, seleccionada entre las que se habían desvanecido por completo. Las pistas sobre las inclinaciones de cada uno de los ingenieros serían obtenidas al investigar el pasado de cada uno, como había sucedido en el caso de Biskle. El simulacro del gato estaba terminado varias semanas antes de su abrupto viaje de regreso a la Tierra provocado por un ataque de pánico. Por ejemplo, en el caso de Andre ya estaba en construcción el simulacro de un loro. Estaría listo para cuando realizara su viaje a casa.
—Lo llamaré Trueno —explicó Milt Biskle.
—Un buen nombre —dijo el doctor DeWinter. Pensó que era una vergüenza que no pudieran mostrarle la verdadera situación de la Tierra. En realidad, sería bastante interesante que aceptara lo que veía, porque en algún nivel debía comprender que nada podía sobrevivir a una guerra como la que habían sostenido. Obviamente quería creer con desesperación que perduraban ciertos vestigios, aunque no fueran más que cascotes. Pero es típico de la mente terráquea aferrarse a ciertos fantasmas. Eso podía ayudar a explicar su derrota en el conflicto; simplemente no eran realistas.
—Este gato —dijo Milt Biskle— va a ser un excelente cazador de ratones marcianos.
—Seguro —agregó el doctor DeWinter, y pensó, mientras sus baterías no se agoten. También él acarició al gatito.
Se activó el conmutador y el gatito comenzó a ronronear más fuerte.
FIN

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