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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 11 de enero de 2013

SCI-FI SPECIAL- EL HOMBRE DORADO - Philip K. Dick


SCI-FI SPECIAL

EL HOMBRE DORADO
Philip K. Dick



—¿Siempre hace este calor? —preguntó el vendedor.
Se dirigió a todo el mundo en general, tanto a los clientes sentados en la barra como a los que ocupaban los desvencijados reservados, alineados junto a la pared. Era un hombre obeso de edad madura, sonrisa bonachona, traje gris arrugado, camisa blanca manchada de sudor, pajarita y sombrero panamá.
—Sólo en verano —contestó la camarera.
Nadie se movió. Los adolescentes sentados en un reservado, un chico y una chica, se miraban a los ojos fijamente. Dos obreros, con las mangas subidas que dejaban al descubierto sus brazos morenos y peludos, tomaban sopa de alubias y panecillos. Un granjero enjuto, curtido por la intemperie. Un ejecutivo de edad avanzada, vestido con un traje de sarga azul, chaleco y reloj de cadena. Un taxista moreno de cara ratonil que bebía café. Una mujer cansada que había entrado para descansar los pies y dejar en el suelo sus bultos.
El vendedor sacó un paquete de cigarrillos. Paseó la mirada con curiosidad por el sucio café, encendió un cigarrillo, apoyó los brazos en la barra y dijo al hombre sentado a su lado:
—¿Cómo se llama esta ciudad?
—Walnut Creek —gruñó el hombre.
El vendedor se dedicó a su coca-cola durante un rato, el cigarrillo sostenido entre sus rechonchos dedos blancos. Luego, introdujo la mano en la chaqueta y sacó una cartera de piel. Se entretuvo unos minutos en examinar con aire pensativo tarjetas y papeles, fragmentos de notas, resguardos de billetes, más papeles manchados, hasta que por fin encontró una fotografía.
Le dedicó una sonrisa y rió por lo bajo.
—Échele un vistazo —dijo al hombre sentado a su lado.
El hombre continuó leyendo el periódico.
—Ánimo, échele un vistazo. —Dio un codazo al hombre y empujó la fotografía hacia él—. ¿Acaso no es fantástica?
El hombre, molesto, dirigió una breve mirada a la foto. Mostraba a una mujer desnuda de la cintura para arriba. Tendría unos treinta y cinco años. La cabeza vuelta. Cuerpo blanco y fláccido. Ocho tetas.
—¿Había visto alguna vez una cosa semejante? —rió el vendedor, moviendo sus ojos enrojecidos.
Dibujó una sonrisa lasciva y dio otro codazo al hombre.
—Sí.
El hombre, irritado, reanudó la lectura del periódico.
El vendedor reparó en que el granjero estaba mirando la foto. Se la tendió con gesto ampuloso.
—¿Acaso no es fantástica, abuelo? Buen material, ¿eh?
El granjero examinó la fotografía con aire solemne. Le dio la vuelta, estudió el arrugado dorso, echó un segundo vistazo a la imagen y la tiró hacia el vendedor. La foto cayó al suelo cara arriba, después de dar dos vueltas.
El vendedor la tomó y la sacudió. La devolvió a su cartera con cuidado, casi con ternura. Los ojos de la camarera centellearon cuando la vio de reojo.
—Una preciosidad —observó el vendedor, guiñando un ojo—. ¿No cree?
La camarera se encogió de hombros en señal de indiferencia.
—No lo sé. Vi muchas en los alrededores de Denver. Una auténtica colonia.
—Allí la tomaron. En el campamento de la ACD de Denver.
—¿Queda alguno vivo? —preguntó el granjero.
El vendedor lanzó una ronca carcajada.
—¿Bromea? —Hizo un breve ademán con la mano—. Ya no.
Ahora, todo el mundo escuchaba. Hasta los estudiantes universitarios se habían soltado las manos y estaban erguidos en sus asientos, los ojos abiertos de par en par.
—Vi un ejemplar curioso cerca de San Diego —dijo el granjero—. El año pasado, no recuerdo cuándo. Tenía alas de murciélago. Piel, sin plumas. Piel y alas huesudas.
El taxista con cara de rata intervino.
—Eso no es nada. Había uno de dos cabezas en Detroit. Lo vi en una exhibición.
—¿Estaba vivo? —preguntó la camarera.
—No. Ya le habían aplicado la eutanasia.
—Vimos muchas cintas en la clase de sociología —dijo el estudiante—. El tipo alado del sur, el de cabeza gigante que encontraron en Alemania, uno horrible con una especie de antenas, como los insectos, y...
—Los peores de todos —declaró el ejecutivo— fueron aquellos ingleses. Los que se ocultaban en las minas de carbón, y que no descubrieron hasta el año pasado. —Meneó la cabeza—. Cuarenta años en las minas, reproduciéndose y evolucionando. Casi un centenar. Supervivientes de un grupo que se refugió bajo tierra durante la guerra.
—Han descubierto un nuevo grupo en Suecia —informó la camarera—. Estaba leyendo el artículo. Dicen que controlan las mentes a distancia. Sólo un par. La ACD ya está allí.
—Es una variante del tipo neozelandés —dijo uno de los obreros—. Lee la mente.
—Leer y controlar son dos cosas diferentes —señaló el ejecutivo—. Cuando oigo cosas como ésta, me alegro que exista la ACD.
—Había una variedad que descubrieron justo antes de la guerra —dijo el granjero—, en Siberia. Tenía la capacidad de controlar objetos. Capacidad psicoquinética. La ACD soviética la exterminó de inmediato. Nadie se acuerda ya de eso.
—Yo sí —dijo el ejecutivo—. Era un niño en aquella época. Me acuerdo porque fue el primer DV del que oí hablar. Mi padre me llamó a la sala de estar y nos lo contó a todos los hermanos y hermanas. Aún estábamos construyendo la casa. Eso sucedió cuando la ACD examinaba a todo el mundo y le hacía una marca en el brazo. —Alzó su delgada y nudosa muñeca—. Me marcaron hace sesenta años.
—Ahora, está la inspección de nacimiento —dijo la camarera. Se estremeció—. Descubrieron uno en San Francisco este mes. El primero en un año. Pensaban que ya habían sido erradicados en esta zona.
—Han ido disminuyendo —recordó el taxista—. Frisco no sufrió muchos bombardeos. No tantos como otros lugares, como Detroit, por ejemplo.
—Aún localizan entre diez y quince por año en Detroit —dijo el universitario—. Todos se concentran en aquella zona. Aún quedan muchas bolsas. La gente sigue entrando en ellas, a pesar de las señales robot.
—¿Cómo era el que encontraron en San Francisco? —preguntó el vendedor.
La camarera hizo un vago ademán.
—Del tipo habitual. Sin dedos en los pies, encorvado, grandes ojos.
—El tipo nocturno —dijo el vendedor.
—Su madre lo había escondido. Dicen que tenía tres años. Consiguió que un médico la ayudara a engañar a la ACD. Un viejo amigo de la familia.
El vendedor había terminado la coca-cola. Jugueteaba con sus cigarrillos y escuchaba el murmullo de la conversación que había iniciado. El estudiante universitario estaba inclinado hacia su chica y la impresionaba con sus extensos conocimientos. El granjero enjuto y el ejecutivo se habían sentado juntos y recordaban los viejos tiempos, los últimos años de la guerra, antes del primer Plan de Reconstrucción Decenal. El taxista y los dos obreros intercambiaban relatos inverosímiles de sus propias experiencias.
El vendedor entabló conversación con la camarera.
—Creo que ése de San Francisco ha causado una gran conmoción —dijo con aire pensativo—. Pensar que ha ocurrido tan cerca.
—Sí —murmuró la camarera.
—Este lado de la bahía no sufrió muchos bombardeos —prosiguió el vendedor—. No se ha encontrado ninguno por aquí.
—No. —La camarera se apartó con brusquedad—. En esta zona, nunca.
Recogió los platos sucios del mostrador y se encaminó hacia la parte trasera.
—¿Nunca? —preguntó el vendedor, sorprendido—. ¿Nunca han tenido un revés en este lado de la bahía?
—No. Ninguno.
La mujer desapareció en la parte trasera, donde el cocinero se erguía junto a sus fogones. Se cubría con un delantal blanco y tenía las muñecas tatuadas. La camarera hablaba con voz demasiado alta, demasiado áspera y tensa. El granjero calló de repente y levantó la vista.
El silencio cayó como un telón. Todos los sonidos se interrumpieron al instante. Todos los presentes contemplaron sus platos, tensos y sombríos de repente.
—No hubo ninguno por aquí —dijo el taxista, en voz alta y clara, sin dirigirse a nadie en particular—. Jamás.
—Claro —se apresuró a decir el vendedor—. Sólo estaba...
—Procure metérselo en la cabeza —dijo un obrero.
El vendedor parpadeó.
—Claro, amigo, claro.
Rebuscó en su bolsillo con nerviosismo. Un par de monedas cayeron al suelo y las recogió en seguida.
—No pretendía ofenderles.
Se hizo de nuevo el silencio. Después, el estudiante habló, consciente por primera vez que nadie decía nada.
—He oído algo —dijo, dándose aires de importancia—. Alguien dijo que había visto una de esas cosas cerca de la granja de los Johnson...
—Ponte la lengua en el trasero —dijo el ejecutivo sin volverse.
El muchacho, rojo como un tomate, se hundió en el asiento. Se miró las manos y tragó saliva.
El vendedor pagó a la camarera su consumición.
—¿Cuál es la ruta más rápida a Frisco? —preguntó, pero la camarera ya se había alejado.
La gente sentada ante la barra estaba absorta en su comida. Nadie levantó la cabeza. Comían en un silencio glacial. Rostros hostiles, sombríos, concentrados en sus platos.
El vendedor tomó su abultado maletín, abrió la puerta mosquitera y salió al sol cegador. Caminó hacia un destartalado Buick de 1978, estacionado a unos pocos metros. Un
policía de tráfico ataviado con camisa azul estaba a la sombra de un toldo y hablaba con una joven que llevaba un vestido de seda amarillo, muy ceñido a su esbelto cuerpo.
El vendedor se detuvo un momento antes de entrar en su coche. Agitó la mano en dirección al policía.
—Oiga, ¿conoce bien esta ciudad?
El policía contempló el traje gris arrugado del vendedor, la pajarita, la camisa manchada de sudor. La matrícula de otro estado.
—¿Qué quiere?
—Busco la granja de los Johnson —contestó el vendedor—. Debo verle por un litigio. —Avanzó hacia el policía con una pequeña tarjeta blanca en la mano—. Soy su abogado, del Colegio de Nueva York. ¿Puede indicarme cómo se llega a su casa? Hace dos años que no voy.
Nat Johnson echó un vistazo al sol del mediodía y comprobó que era bueno. Se sentó sobre el peldaño inferior del porche, la pipa apretada entre sus dientes amarillentos. Era un hombre ágil y nervudo, de manos fuertes y cabello gris, todavía abundante pese a sus sesenta y cinco años de vida activa, y vestía una camisa roja a cuadros y tejanos de lona.
Miraba jugar a los niños. Jean pasó riendo frente a él, los pechos saltando bajo la camiseta, el cabello negro agitándose sobre su espalda. Tenía dieciséis años, ojos brillantes, piernas fuertes y rectas, el cuerpo joven y esbelto, algo inclinado hacia adelante por el peso de las dos herraduras. Tras ella correteaba Dave, catorce años, dientes blancos y cabello negro, un muchacho apuesto, un hijo del cual enorgullecerse. Dave alcanzó a su hermana, la dejó atrás y llegó a la estaca más alejada. Aguardó inmóvil, las piernas abiertas, los brazos en jarras, las dos herraduras tomadas con facilidad. Jean corrió hacia él, jadeante.
—¡Adelante! —gritó Dave—. Tira tú primero. Te estoy esperando.
—¿Para poder alejarlas?
—Para poder acercarlas.
Jean tiró una herradura y agarró la otra con las dos manos, los ojos fijos en la distante estaca. Dobló su ágil cuerpo, echó una pierna atrás, arqueó la espalda. Apuntó con cuidado, cerró un ojo y lanzó con un experto movimiento la herradura. Ésta golpeó la lejana estaca con un ruido metálico, dio unas breves vueltas a su alrededor y después cayó a un lado. Una nube de polvo se levantó.
—No está mal —admitió Nat Johnson desde su peldaño—. Demasiado fuerte. Tómalo con más calma.
Su pecho se hinchó de orgullo cuando el reluciente cuerpo de la muchacha apuntó y lanzó de nuevo. Dos hijos fuertes y guapos, a punto de madurar, jugando juntos bajo el caliente sol.
Y también estaba Cris.
Cris se hallaba de pie junto al porche, con los brazos cruzados. No jugaba. Se limitaba a mirar. Lo hacía desde que Dave y Jean habían empezado a jugar, con la misma expresión concentrada y absorta al mismo tiempo en su rostro bellamente cincelado, como si mirara más allá de ellos dos; más allá del campo, del establo, del lecho del río, de las filas de cedros.
—¡Ven, Cris! —gritó Jean, mientras Dave y ella atravesaban el campo para recoger las herraduras—. ¿Quieres jugar?
No, Cris no quería jugar. Nunca jugaba. Vivía en un mundo propio, un mundo en el que ninguno de ellos podía entrar. Nunca participaba en nada, juegos, cánticos o actividades familiares. Siempre estaba solo. Lejano, apartado, introvertido. Aislado de todo y de todos,
hasta que, de repente, algún mecanismo se disparaba y conectaba momentáneamente con el mundo de los demás.
Nat Johnson golpeó la pipa contra el peldaño. Sacó la bolsa de cuero que contenía el tabaco y la llenó de nuevo, sin apartar la vista de su hijo mayor. Cris había cobrado vida. Se dirigía al campo. Caminaba despacio, con los brazos cruzados, como si hubiera bajado de su mundo al otro unos instantes. Jean no le vio. Le daba la espalda y se disponía a tirar.
—Mira —dijo Dave, sorprendido—, ahí viene Cris.
—Cris llegó junto a su hermana, se detuvo y extendió una mano. Una figura impresionante, serena e impasible. Jean, vacilante, le pasó una herradura.
—¿Quieres una? ¿Quieres jugar?
Cris no dijo nada. Se inclinó levemente, un flexible arco de su cuerpo perfecto, y movió el brazo con gran velocidad. La herradura salió disparada, golpeó en la estaca y giró a su alrededor como un tiovivo. Aro.
Dave hizo una mueca de desesperación.
—Es repugnante.
—Cris, no juegas limpio —le recriminó Jean.
No, Cris no jugaba limpio. Había mirado durante media hora, y luego tirado una vez. Un tiro perfecto, un aro impecable.
—Nunca comete una equivocación —se quejó Dave.
Cris permaneció inmóvil, el rostro inexpresivo. Una estatua dorada bañada por el sol de mediodía. Cabello y piel dorados, una leve capa de vello dorado en sus brazos y piernas desnudos...
De repente, se puso en tensión. Nat se incorporó, sorprendido.
—¿Qué pasa? —ladró.
Cris describió un veloz círculo, su magnífico cuerpo en estado de alerta.
—¡Cris! —exclamó Jean—. ¿Qué...?
Cris se lanzó hacia adelante. Atravesó el campo, saltó la valla, entró en el establo y salió por el otro lado, como un rayo de energía liberado. Su figura veloz pareció rozar la hierba seca cuando bajó al reseco lecho del río entre los cedros. Un momentáneo destello dorado..., y desapareció. Sin el menor ruido. Sin hacer ni un movimiento. Se había fundido con el paisaje.
—¿Qué ha pasado esta vez? —preguntó Jean, preocupada.
Se acercó a su padre y se refugió en la sombra. El sudor brillaba sobre su cuello y el labio superior; la camiseta estaba empapada.
—¿Qué vio?
—Perseguía algo —dijo Dave.
Nat gruñó.
—Tal vez. No hay forma de saberlo.
—Será mejor decirle a mamá que no prepare comida para él. Es probable que no vuelva.
Nat Johnson se sintió abrumado de ira e impotencia. No, no regresaría. Ni para cenar, ni tampoco al día siguiente, o al otro. Sólo Dios sabía por cuánto tiempo desaparecería. O dónde. O por qué. Solo en algún lugar ignoto.
—Si lo creyera útil, les enviaría en su busca —empezó Nat—, pero no...
Calló. Un coche se acercaba a la granja por la carretera de tierra. Un polvoriento y destartalado Buick. Al volante iba un hombre regordete de cara colorada, vestido con un traje gris, que les saludó alegremente cuando el coche se detuvo y el motor quedó en silencio.
—Buenas tardes —dijo el hombre cuando salió del coche. Saludó con el sombrero. Era de edad madura, aspecto afable, y sudaba por todos sus poros cuando se aproximó al porche—. Tal vez puedan ayudarme.
—¿Qué desea? —preguntó Nat Johnson con aspereza. Estaba asustado. Echó un vistazo por el rabillo del ojo al lecho del río y rezó en silencio. Dios, con tal que se mantuviera alejado. La respiración de Jean era agitada. Estaba aterrorizada. El rostro de Dave no traicionaba la menor expresión, pero había palidecido por completo—. ¿Quién es usted?
—Me llamo Baines, George Baines. —El hombre extendió la mano, pero Johnson no hizo caso—. Quizá haya oído hablar de mí. Soy el propietario de la Pacific Development Corporation. Construimos aquellas casas a prueba de bomba en las afueras de la ciudad, aquellas redondas que se ven al venir desde Lafayette por la autopista principal.
—¿Qué quiere?
Johnson impidió que sus manos temblaran con un gran esfuerzo. Nunca había oído hablar de ese hombre, pero se había fijado en las casas. Era imposible no hacerlo: un gigantesco hormiguero de feas cajas de píldoras esparcidas a ambos lados de la autopista. Baines parecía el tipo de hombre capaz de perpetrar aquella barbaridad. ¿Qué podía querer de ellos?
—He comprado algunas tierras por aquí —explicó Baines. Había sacado un fajo de papeles—, pero soy incapaz de encontrarlas. —Sonrío—. Sé que están a este lado de la carretera estatal. Según el funcionario de la Oficina de Registros del Condado, a un par de kilómetros de aquella colina, a este lado, pero lo mío no es descifrar planos.
—Aquí no es —dijo Dave—. Sólo hay granjas. No hay nada en venta.
—Es que se trata de una granja, hijo —respondió Baines con afabilidad—. La compré para mí y mi mujer, con el propósito de establecernos aquí. —Arrugó la nariz—. No piensen mal; no he venido a especular. Es sólo para mí. Una vieja granja. Diez hectáreas, una bomba de agua y unos cuantos robles...
—Déjeme ver la escritura.
Johnson se apoderó del fajo de papeles y, mientras Baines parpadeaba atónito, los ojeó rápidamente. Su expresión se endureció. Le devolvió los papeles.
—¿Qué está tramando? Esta escritura es de una parcela que se halla a setenta y cinco kilómetros de distancia.
—¡Setenta y cinco kilómetros! —exclamó Baines, estupefacto—. ¿Está bromeando? El funcionario me dijo...
Johnson se puso en pie y dominó con su estatura al gordo. Estaba en plena forma física..., y sus sospechas aumentaban a cada segundo.
—¿Está seguro? Suba a su coche y lárguese de aquí. No sé lo que pretende, o para qué ha venido, pero quiero que salga de mi propiedad.
Algo centelleó en el enorme puño de Johnson. Un tubo de metal que brillaba ominosamente bajo el sol de mediodía. Baines lo vio..., y tragó saliva.
—No era mi propósito molestarle, señor. —Retrocedió, nervioso—. Son ustedes muy susceptibles. Cálmese, ¿quiere?
Johnson no dijo nada. Apretó con más fuerza el tubo y esperó a que el gordo se marchara.
Pero Baines insistió.
—Escuche, amigo. Llevo conduciendo cinco horas en este horno, buscando ese maldito lugar. ¿Alguna objeción a que utilice los... servicios?
Johnson le contempló con suspicacia. Poco a poco, la sospecha dio paso al desagrado. Se encogió de hombros.
—Dave, acompáñale al cuarto de baño.
—Gracias. —Baines sonrió—. Y si no le causo demasiados problemas, quisiera un vaso de agua. Le pagaré. —Lanzó una risita—. No hay que permitir jamás a la gente de ciudad que se salga con la suya, ¿eh?
—Caradura.
Johnson se alejó, asqueado, mientras el gordo seguía a su hijo al interior de la casa.
—Papá —susurró Jean. En cuanto Baines entró, corrió hacia el porche, los ojos desorbitados de miedo—. Papá, ¿crees que...?
Johnson la rodeó con su brazo.
—Tranquila. Pronto se irá.
Los ojos oscuros de la muchacha transparentaban un mudo terror.
—Cada vez que viene un hombre de la compañía del agua, o un recaudador de impuestos, un vagabundo, niños, quien sea, noto un terrible dolor aquí. —Apoyó la mano entre sus pechos, sobre el corazón—. Siempre lo mismo, durante trece años. ¿Cuánto tiempo más tendremos que aguantar esto? ¿Cuánto?
El hombre llamado Baines salió del cuarto de baño con cara de alivio. Dave Johnson esperaba en silencio junto a la puerta, el cuerpo rígido, su rostro juvenil impenetrable.
—Gracias, hijo —suspiró Baines—. ¿Me darás un vaso de agua fría? —Se humedeció los gruesos labios por anticipado—. Después de conducir sin parar en busca de un cuchitril, viene un maldito agente de propiedades y te la mete...
Dave entró en la cocina.
—Mamá, este hombre quiere un vaso de agua. Papá ha dicho que podías dárselo.
Dave le dio la espalda. Baines vio un momento a su madre, una mujer menuda de pelo gris, que se encaminaba al fregadero con un vaso, el rostro enjuto y reseco, sin expresión.
Entonces, Baines salió corriendo por el pasillo. Atravesó un dormitorio, abrió una puerta, se encontró frente a un ropero. Dio media vuelta, cruzó la sala de estar, entró en el comedor, y atravesó otro dormitorio. En un breve instante, había explorado toda la casa.
Miró por una ventana. El patio trasero. Restos de una camioneta herrumbrada. La entrada a un refugio subterráneo a prueba de bombas. Latas. Gallinas picoteando. Un perro, dormido bajo un cobertizo. Un par de viejos neumáticos.
Encontró una puerta que daba acceso al exterior. La abrió sin hacer ruido y salió. No vio a nadie. El establo, una vieja estructura de madera. Cedros al otro lado, un riachuelo. Lo que en otros tiempos había sido un retrete.
Baines rodeó la casa con cautela. Le quedaban unos treinta segundos. Había dejado cerrada la puerta del cuarto de baño, el chico pensaría que había vuelto allí. Baines escrutó el interior de la casa por una ventana. Un ropero grande, lleno de prendas antiguas, cajas y pilas de revistas.
Volvió sobre sus pasos. Llegó a la esquina de la casa y se dispuso a doblarla.
La forma de Nat Johnson se cernió sobre él, bloqueándole el camino.
—Muy bien, Baines. Usted lo ha querido.
Se produjo un fogonazo rosa. Su brillo ocultó la luz del sol. Baines saltó hacia atrás y se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. El extremo del rayo le alcanzó y estuvo a punto de caer. El escudo de la chaqueta absorbió la energía y la descargó, pero la fuerza del impacto provocó que sus dientes castañetearan. Por un momento, se agitó como una marioneta. Un manto de oscuridad le rodeó. Notó que la trama del escudo adquiría un tono blanco, a medida que absorbía la energía y luchaba por controlarla.
Sacó su tubo..., y Johnson no tenía escudo.
—Está arrestado —masculló Baines—. Tire el tubo y levante las manos. Llame a su familia. —Movió el tubo—. Vamos, Johnson. Dese prisa.
El tubo vibró y resbaló en los dedos de Johnson.
—Aún sigue vivo. —El horror se reflejó en su cara—. Usted debe ser...
Dave y Jean aparecieron.
—¡Papá!
—Acérquense —ordenó Baines—. ¿Dónde está su madre?
Dave meneó la cabeza, aturdido.
—Dentro.
—Tráiganla aquí.
—Usted es de la ACD —susurró Nat Johnson.
Baines no contestó. Estaba haciendo algo con su cuello, tiraba de la fláccida piel. El alambre de un micrófono brilló cuando lo extrajo de un pliegue entre dos papadas y lo introdujo en el bolsillo. Se oyó el ruido de unos motores procedentes de la carretera, nítidos ronroneos que pronto aumentaron de volumen. Dos lágrimas de metal negro se acercaron y estacionaron junto a la casa. Salieron numerosos hombres, con el uniforme verde gris de la Policía Civil Gubernativa. Puntos negros descendían del cielo, nubes de feas moscas que oscurecieron el sol a medida que vomitaban hombres y aparatos. Los hombres descendieron con lentitud.
—No está —dijo Baines al primer hombre que llegó—. Huyó. Informa a Wisdom en el laboratorio.
—Hemos bloqueado la zona.
Baines se volvió hacia Nat Johnson, que estaba inmóvil, en un aturdido silencio, sin comprender nada, flanqueado por sus hijos.
—¿Cómo supo que veníamos? —preguntó Baines.
—No lo sé —murmuró Johnson—. Simplemente... lo supo.
—¿Telepatía?
—No lo sé.
Baines se encogió de hombros.
—Pronto lo averiguaremos. La zona está cercada. No puede pasar, haga lo que haga. A menos que sea capaz de desmaterializarse.
—¿Qué harán con él cuando..., si le atrapan? —preguntó Jean con voz hueca.
—Someterle a estudio.
—¿Para matarle después?
—Eso depende de lo que diga el laboratorio. Si pudieran proporcionarme más información, tal vez podría adelantarles algo.
—No podemos decirle nada. No sabemos nada más. —La voz de la muchacha se tiñó de desesperación—. No habla.
Baines dio un brinco.
—¿Cómo?
—No habla. Nunca ha hablado con nosotros. Jamás.
—¿Cuántos años tiene?
—Dieciocho.
—Incomunicación. —Baines estaba sudando—. ¿En dieciocho años no ha establecido ningún lazo semántico con ustedes? ¿Se comunica de alguna manera? ¿Señales, códigos?
—Él... nos ignora. Come, vive con nosotros. A veces juega, cuando nosotros jugamos, o se sienta con nosotros. Ha pasado muchos días ausente. Nunca hemos podido averiguar qué hacía, o dónde. Duerme en el establo..., solo.
—¿Es de color dorado?
—Sí. Piel, ojos, cabellos, uñas. Todo.
—¿Es grande? ¿Está bien formado?
La muchacha tardó unos segundos en contestar. Una extraña emoción agitó sus facciones enjutas, un brillo momentáneo.
—Es increíblemente hermoso. Un dios en la Tierra. —Torció los labios—. Ustedes no le encontrarán. Hace cosas. Cosas que usted no puede comprender. Poderes que exceden su limitada...
—¿Cree que no le cazaremos? —Baines frunció el ceño—. No paran de aterrizar equipos. Nunca han visto a la Agencia montar una operación. Nos hemos dedicado durante sesenta años a erradicar a los bichos. Si se escapa, será la primera vez...
Baines se interrumpió con brusquedad. Tres hombres se acercaban al porche a toda velocidad. Dos policías civiles, vestidos de verde. Y un tercer hombre entre ellos. Un hombre que se desplazaba en silencio, con agilidad, una forma levemente luminosa que se alzaba sobre ellos.
—¡Cris! —chilló Jean.
—Le hemos atrapado —dijo un policía.
Baines acarició su tubo, inquieto.
—¿Dónde? ¿Cómo?
—Se entregó —respondió el policía, con voz reverente—. Vino a nuestro encuentro voluntariamente. Fíjese en él. Es como una estatua de metal. Como una especie de... dios.
La figura dorada se detuvo un momento junto a Jean. Después, se volvió con calma hacia Baines.
—¡Cris! —gritó Jean—. ¿Por qué has vuelto?
El mismo pensamiento devoraba a Baines. Lo apartó de su mente..., de momento.
—¿Está el avión dispuesto? —se apresuró a preguntar.
—Listo para despegar.
—Estupendo. —Baines se dirigió hacia el campo—. Vámonos. Quiero llevarle ahora mismo al laboratorio.
Durante un momento, examinó a la alta figura que se erguía entre dos policías civiles. A su lado, daba la impresión que se habían encogido, transformado en algo desgarbado y repelente. Como pigmeos... ¿Qué había dicho Jean? Un dios en la Tierra. Baines desechó estos pensamientos, irritado.
—Vamos —murmuró—. Puede que éste sea difícil. Nunca nos habíamos topado con uno parecido. No sabemos de qué cosas es capaz.
La habitación estaba desierta, a excepción de la figura sentada. Cuatro paredes desnudas, el techo y el suelo. Un rayo constante de luz blanca brillaba desde cada esquina de la estancia. Cerca de la parte superior de la pared más alejada corría una abertura, una ventana a través de la cual se podía observar la habitación.
La figura sentada estaba inmóvil. No se había movido desde que la habitación se había cerrado con llave y candado, desde que una fila de técnicos había tomado posiciones frente a la abertura. Tenía la vista clavada en el suelo, la espalda encorvada, las manos enlazadas, el rostro sereno, casi inexpresivo. No había movido un músculo en cuatro horas.
—¿Bien? —preguntó Baines—. ¿Qué han averiguado?
Wisdom emitió un gruñido.
—No mucho. Si no hemos obtenido ninguna información dentro de cuarenta y ocho horas, llevaremos a cabo la eutanasia. No podemos correr riesgos.
—Está pensando en el tipo tunecino.
Él también. Habían encontrado diez ejemplares, que vivían en las ruinas de la ciudad abandonada de África del Norte. Su método de supervivencia era sencillo: mataban y absorbían otras formas de vida, las imitaban y sustituían. Les llamaban Camaleones. Habían costado sesenta vidas, antes que el último fuera destruido. Sesenta expertos de primera clase, hombres de la ACD muy bien entrenados.
—¿Alguna pista? —preguntó Baines.
—Es muy diferente. Nos va a costar mucho. —Wisdom señaló un montón de grabaciones—. Ahí tiene el informe completo, todo lo que arrancamos a Johnson y a su familia. Les aplicamos un lavado de cerebro, y después les mandamos a casa. Dieciocho años, y ningún lazo semántico. Sin embargo, parece que ha alcanzado el pleno desarrollo. Maduró a los trece años. Un ciclo vital más rápido y breve que el nuestro. Lo que me preocupa es la crin dorada. Como un monumento romano cubierto de una película dorada.
—¿La sala de análisis ha entregado ya su informe? Supongo que habrán examinado sus ondas.
—Se le ha practicado un encefalograma, pero descifrarlo lleva su tiempo. ¡Todos dando vueltas como locos, y él sentado ahí tan tranquilo! —Wisdom indicó la ventana con un dedo rechoncho—. Le cazamos con mucha facilidad. No creo que posea grandes capacidades, pero me gustaría saber cuáles. Antes de aplicarle la eutanasia.
—Quizá deberíamos mantenerlo con vida hasta averiguarlo.
—Eutanasia dentro de cuarenta y ocho horas —insistió Wisdom—, tanto si lo sabemos como si no. Me pone la piel de gallina.
Wisdom, un individuo pelirrojo, de rostro bovino, pecho voluminoso y ojos astutos hundidos en la cara, siguió masticando su puro con nerviosismo. Ed Wisdom era el director de una rama norteamericana de la ACD. En ese preciso momento, estaba preocupado. Sus ojos diminutos vagaban de un sitio a otro, como destellos grises de alarma en su rostro abultado y brutal.
—¿Cree que lo ha encontrado? —preguntó Baines.
—Siempre lo pienso —replicó Wisdom—. Debo pensarlo.
—Quiero decir...
—Sé lo que quiere decir.
Wisdom paseó sin respiro entre las mesas, técnicos sentados en sus bancos, aparatos y computadoras. Grabadoras que zumbaban, circuitos de investigación.
—Esta cosa ha vivido dieciocho años con su familia y no le entienden. No saben lo que es. Saben lo que hace, pero ignoran cómo.
—¿Qué hace?
—Sabe cosas.
—¿Qué clase de cosas?
Wisdom tomó su tubo energético y lo tiró sobre la mesa.
—Tenga.
—¿Qué?
—Tenga. —Wisdom hizo una señal y la abertura de la pared se ensanchó unos centímetros—. Dispárele.
Baines parpadeó.
Usted ha dicho cuarenta y ocho horas.
Wisdom blasfemó, tomó el tubo, apuntó a la figura sentada por la ventana y apretó el gatillo.
Un cegador destello rosa. Una nube de energía brotó en el centro de la habitación. Centelleó y se transformó en cenizas oscuras.
—¡Santo Dios! —exclamó Baines—. Usted...
Se interrumpió. La figura ya no estaba sentada. Cuando Wisdom disparó, se había movido con pasmosa celeridad hacia un rincón de la cámara. Ahora, volvía lentamente a su sitio, el rostro inexpresivo, aún absorto en sus pensamientos.
—La quinta vez —dijo Wisdom, mientras guardaba el tubo—. La última, Jamison y yo disparamos al unísono. Fallamos. Sabía exactamente dónde impactarían los rayos. Y cuándo.
Baines y Wisdom intercambiaron una mirada. Los dos estaban pensando lo mismo.
—Aunque lea las mentes, no puede saber dónde van a impactar —dijo Baines—. Cuándo, tal vez, pero no dónde. ¿Dijo en voz alta adónde iba a disparar?
—No —respondió Wisdom—. Disparé muy rápido, al azar. —Frunció el ceño—. Al azar. Tendremos que realizar pruebas sobre esto. —Hizo un ademán en dirección a un grupo de técnicos—. Llamen a un equipo de construcción. Ahora mismo.
Tomó papel y lápiz y empezó a trazar bocetos.
Mientras la construcción avanzaba, Baines se reunió con su prometida en el vestíbulo que había fuera del laboratorio, la gran sala central del edificio de la ACD.
—¿Cómo ha ido?
Anita Ferris era alta y rubia, de ojos azules y figura curvilínea, cuidadosamente desarrollada. Una mujer cercana a la treintena, atractiva y de aspecto competente. Llevaba un vestido de tejido metálico y una capa, con una banda roja y negra en la solapa, el emblema de la clase A. Anita era la directora de la Agencia de Semántica, una coordinadora gubernamental de alto nivel.
—¿Algo interesante, esta vez?
—Mucho.
Baines la guió hacia el rincón apenas iluminado del bar. Sonaba música ambiental, una veloz sucesión de armonías creadas matemáticamente. Formas apenas entrevistas se movían con eficiencia de mesa en mesa. Camareros robot, silenciosos y expertos.
Mientras Anita bebía su Tom Collins, Baines hizo un resumen de lo que habían descubierto.
—¿Qué posibilidades existen —preguntó Anita lentamente— que haya establecido un cono de desviación? Una variedad manipulaba su entorno por medio de un esfuerzo mental directo. Ninguna herramienta. Directo de la mente a la materia.
—¿Psicoquinéticos? —Baines tabaleó sin descanso sobre la mesa—. Lo dudo. Esa cosa posee la capacidad de predecir, pero no de controlar. No puede detener los rayos, pero sí apartarse de ellos.
—¿Salta entre las moléculas?
A Baines no le gustó el chiste.
—Esto es muy serio. Nos hemos encargado de esas cosas durante sesenta años, más tiempo del que suman nuestras edades. Se han descubierto ochenta y siete tipos de desviaciones, auténticos mutantes capaces de reproducirse, no simples fenómenos de feria. Éste es el ochenta y ocho. Cada vez hemos podido dar buena cuenta de ellos, pero éste...
—¿Por qué están tan preocupados por éste en concreto?
—En primer lugar, tiene dieciocho años, lo cual resulta increíble. Su familia ha conseguido mantenerle oculto todo este tiempo.
—Aquellas mujeres de Denver eran mayores. Aquellas que...
—Estaban en un campamento del gobierno. Algún pez gordo acariciaba la idea de permitir que se reprodujeran, para algún uso industrial. Retrasamos la eutanasia durante años. Sin embargo, Cris Johnson ha permanecido vivo fuera de nuestro control. Esas cosas de Denver estaban sometidas a una vigilancia constante.
—Tal vez sea inofensivo. Siempre dan por sentado que un DV supone una amenaza. Hasta podría ser beneficioso. Alguien pensaba que aquellas mujeres podían ser útiles. Tal vez esta cosa posea alguna cualidad que mejore la raza.
—¿Qué raza? La raza humana no; desde luego. Es la vieja rutina de «la operación fue un éxito, pero el paciente murió». Si permitimos que un mutante nos eche una mano, no seremos nosotros quienes heredaremos la Tierra, sino los mutantes. Los mutantes sobrevivirán. No pienses ni por un momento que, después de tenerlos encerrados bajo triple llave, van a trabajar para nosotros. Si en verdad son superiores al homo sapiens, ganarán en cualquier competición. Para sobrevivir, debemos neutralizarlos desde el primer momento.
—En otras palabras, conoceremos al homo superior cuando aparezca..., por definición. Será aquel que no podamos eliminar.
—Más o menos, suponiendo que aparezca un homo superior. Tal vez se trate de un simple homo peculiar. Un homo mejorado.
—El Neanderthal tal vez pensaba que el Cro-Magnon era un simple ejemplar mejorado, con una capacidad algo más avanzada de manipular símbolos y dar forma al pedernal. A juzgar por tu descripción, esta cosa es algo más radical que una simple mejora.
—Esta cosa posee la capacidad de predecir. Hasta el momento, ha logrado seguir con vida. Ha sido capaz de sortear situaciones mucho mejor de lo que tú o yo haríamos. ¿Cuánto tiempo crees que lograríamos sobrevivir en esa cámara, acribillada a rayos energéticos? En cierto sentido, posee la capacidad de supervivencia definitiva. Si siempre actúa con la misma precisión...
Un altavoz cobró vida.
—Baines, se le necesita en el laboratorio. Salga del bar de inmediato y venga en seguida.
Baines se puso en pie.
—Ven conmigo. Tal vez te interese ver lo que Wisdom ha montado.
Un nutrido grupo de oficiales superiores pertenecientes a la ACD, todos de edad madura y cabello gris, formaban un círculo y escuchaban a un joven flaco, con las mangas de la camisa blanca subidas, el cual describía el funcionamiento de un complicado cubo de plástico y metal situado en el centro de la plataforma de observación. Del cubo surgía una serie de tubos y cañones centelleantes que desaparecían en el interior de un intrincado laberinto de cables.
—Ésta será la primera prueba auténtica —decía el joven con entusiasmo—. Dispara al azar, lo más al azar posible, al menos. Bolas pesadas salen disparadas por un chorro de aire, y luego caen. Pueden caer describiendo cualquier trayectoria. El aparato dispara de acuerdo con la trayectoria de las bolas. Cada caída produce una nueva configuración de tiempo y posición. Diez tubos en total. Cada uno en constante movimiento.
—¿Y nadie sabe cómo saldrán disparadas? —preguntó Anita.
—Nadie. —Wisdom se frotó sus gruesas manos—. Leer la mente no le servirá de nada.
Anita se acercó a una abertura, mientras el cubo ocupaba su lugar. Lanzó una exclamación.
—¿Qué pasa? —preguntó Baines.
Las mejillas de Anita se tiñeron de púrpura.
—Esperaba... una cosa. ¡Dios Santo, es muy hermoso! Como una estatua de oro. ¡Como una deidad!
Baines rió.
—Tiene dieciocho años, Anita. Demasiado joven para ti.
La mujer no cesaba de mirar por la abertura.
—Fíjate bien. ¿Dieciocho? No puedo creerlo.
Cris Johnson estaba sentado en el suelo, en el centro de la habitación. Había adoptado una postura contemplativa, la cabeza gacha, los brazos cruzados, las piernas dobladas bajo el cuerpo. Su musculoso cuerpo brillaba bajo las crudas luces procedentes del techo como una resplandeciente figura de vello dorado.
—Guapo, ¿eh? —masculló Wisdom—. Muy bien. Vamos a empezar.
—¿Van a matarle? —preguntó Anita.
—Vamos a intentarlo.
—Pero es que... —Vaciló un momento—. No es un monstruo. No es como los demás, aquellos asquerosos seres de dos cabezas, o aquellos insectos, o aquellas cosas horrorosas de Túnez.
—¿Qué es, entonces? —preguntó Baines.
—No lo sé, pero no pueden matarle así como así. ¡Es terrible!
El cubo cobró vida. Los cañones se agitaron y cambiaron de posición en silencio. Tres desaparecieron en el interior del cubo. Otros surgieron. Se colocaron en posición con rapidez y eficiencia..., y de repente, sin previo aviso, abrieron fuego.
Brotó una salva de energía, una compleja configuración que cambiaba a cada momento, adoptando diferentes ángulos, diferentes velocidades, una mancha desconcertante que surgía de las aberturas.
La figura dorada se movió. Esquivó con destreza los rayos de energía que le atacaban por todas partes. Nubes de ceniza le ocultaban a la vista.
—¡Basta! —gritó Anita—. ¡Por el amor de Dios, van a destruirle!
La cámara era un infierno de energía. La figura había desaparecido por completo. Wisdom esperó un momento, y después cabeceó en dirección a los técnicos que manipulaban el cubo. Tocaron unos botones y los cañones enmudecieron. Algunos se hundieron en el cubo. Se hizo un gran silencio. El motor del cubo dejó de zumbar.
Cris Johnson seguía vivo. Surgió de las nubes de ceniza, ennegrecido y chamuscado, pero ileso. Había esquivado todos los rayos, como un bailarín que danzara sobre puntos de fuego rosa. Había sobrevivido.
—No —murmuró Wisdom, tembloroso y colérico—. No es un telépata. Los disparos han sido al azar, sin programación previa.
Los tres se miraron, confusos y asustados. Anita temblaba. Estaba pálida y tenía los ojos desorbitados.
—Y ahora, ¿qué? —susurró—. ¿Qué es? ¿Cuál es su especialidad?
—Posee buena intuición —sugirió Wisdom.
—No es intuición —contestó Baines—, desengáñese. Ésa es la cuestión.
—No, no es intuición —aceptó Wisdom—. Sabe. Predijo cada impacto. Me pregunto si... ¿Puede equivocarse? ¿Puede cometer un error?
—Le atrapamos —señaló Baines.
—Usted dijo que se entregó voluntariamente. —Había un brillo extraño en los ojos de Wisdom—. ¿Se entregó después que se cerrara el cerco?
—Sí, después.
—No pudo romper el cerco, de modo que regresó. —Wisdom sonrió con ironía—. El cerco fue perfecto. En teoría lo era.
—De haber existido una sola brecha —murmuró Baines—, lo habría sabido... La habría encontrado.
Wisdom ordenó a un grupo de guardias armados que se acercara.
—Sáquenle de ahí y llévenle a la sala de eutanasia.
—¡Wisdom, usted no puede...! —chilló Anita.
—Nos lleva demasiada ventaja. No podemos competir con él. —La mirada de Wisdom era implacable—. Nosotros sólo podemos anticipar lo que va a pasar. Él lo sabe. Sin la menor duda. No creo que le sirva de nada para la eutanasia. La cámara se llena de gas en un instante. —Hizo un ademán impaciente a los guardias—. Adelante. Bájenle ahora mismo. No pierdan tiempo.
—¿Podremos? —murmuró Baines, pensativo.
Los guardias tomaron posiciones junto a uno de los candados. La torre de control abrió la puerta. Los dos guardias entraron con cautela, los tubos energéticos preparados.
Cris estaba de pie en el centro de la cámara, dándoles la espalda. Permaneció en silencio un instante, completamente inmóvil. Los guardianes procedieron a rodearle cuando otros entraron en la cámara. Entonces...
Anita chilló. Wisdom blasfemó. La figura dorada se giró en redondo y saltó hacia adelante a velocidad meteórica. Dejó atrás la triple fila de guardias, atravesó la puerta y salió al pasillo.
—¡Atrápenle! —gritó Baines.
Surgieron guardias por todas partes. Rayos de energía iluminaron el pasillo, mientras la figura corría entre ellos hacia la rampa.
—Es inútil —dijo Wisdom con calma—. No hay forma de alcanzarle. —Tocó un botón, luego otro—. Quizá esto nos sirva de ayuda.
—¿Qué...? —empezó Baines, pero la veloz figura cargó contra él y tuvo que saltar a un lado.
La figura se alejó. Corría sin esforzarse, el rostro inexpresivo, saltando para evitar los rayos de energía que le disparaban.
Por un instante, el rostro dorado se cernió ante Baines. Pasó y desapareció por un pasillo lateral. Los guardias corrieron tras él, se arrodillaron y dispararon, gritaron órdenes, muy nerviosos. Cañones pesados empezaron a desplazarse por las entrañas del edificio. Los pasillos de emergencia se iban sellando sistemáticamente.
—Santo Dios —jadeó Baines, cuando logró ponerse en pie—. ¿Sólo sabe correr?
—Ordené que aislaran el edificio —dijo Wisdom—. No hay salida. No se puede entrar ni salir. Anda suelto por el edificio, pero no saldrá.
—Si se ha pasado por alto alguna salida, él lo sabrá —señaló Anita, temblorosa.
—No hemos pasado por alto ninguna. Le atrapamos una vez; volveremos a atraparle.
Un mensajero robot entró y entregó su mensaje a Wisdom con ademán respetuoso.
—De análisis, señor.
Wisdom abrió la cinta.
—Ahora sabremos cómo piensa. —Sus manos temblaban—. Quizá podamos deducir cuál es su punto débil. Es posible que piense más de prisa que nosotros, pero eso no significa que sea invulnerable. Sólo anticipa el futuro, pero no puede transformarlo. Si sólo le espera la muerte..., sus habilidades no le servirán...
Wisdom calló. Al cabo de un momento, pasó la cinta a Baines.
—Voy al bar —dijo Wisdom—, y me beberé un buen trago. —Había palidecido—. Sólo confío en que ésa no sea la raza del futuro.
—¿Cuál es el resultado del análisis? —preguntó Anita, impaciente, mirando por encima del hombro de Baines—. ¿Cómo piensa?
—No piensa —contestó Baines, mientras devolvía la cinta a su superior—. No piensa en absoluto. Carece de lóbulo frontal. No es un ser humano, no utiliza símbolos. No es más que un animal.
—Un animal —repitió Wisdom—. Con una sola facultad, muy desarrollada. No es un hombre superior. Ni siquiera es un hombre.
Guardias y máquinas recorrían los pasillos del edificio. Cantidades ingentes de policías civiles entraban en el edificio y tomaban posiciones junto a los guardias. Los pasillos y habitaciones se examinaban uno por uno y se sellaban. Tarde o temprano, la figura dorada de Cris Johnson sería localizada y acorralada.
—Siempre temimos que apareciera un mutante provisto de poderes intelectuales superiores —reflexionó Baines—. Un DV que fuera para nosotros lo que nosotros somos para los grandes simios. Algo de cráneo abultado, telépata, con un sistema semántico perfecto y poderes definitivos de simbolización y cálculo. Un desarrollo coherente con la evolución seguida hasta ahora. Un ser humano mejorado.
—Actúa por reflejos —dijo Anita, en tono pensativo. Había tomado el análisis y lo estaba examinando, sentada ante uno de los escritorios—. Reflejos..., como un león. Un león dorado. —Apartó la cinta, con una extraña expresión en el rostro—. El dios león.
—El animal —la corrigió Wisdom—. El animal rubio, querrás decir.
—Corre de prisa —dijo Baines—, y punto. Carece de herramientas. No construye ni utiliza nada, aparte de su cuerpo. Aguarda la oportunidad y se pone a correr como un demonio.
—Es peor de lo que habíamos pensado —comentó Wisdom. Su rostro bovino estaba pálido. Se había desmoronado, como un anciano, y sus manos temblaban—. ¡Ser sustituidos por un animal! Algo que corre y se esconde. ¡Algo sin lenguaje! —Escupió salvajemente—. Por eso no pudimos comunicarnos con él. Nos preguntábamos qué clase de sistema semántico tenía. ¡Y no tiene ninguno! No posee mayor capacidad de hablar y pensar que... un perro.
—Eso significa que la inteligencia ha fracasado —continuó Baines—. Somos los últimos de nuestra especie, como el dinosaurio. Hemos forzado la inteligencia al máximo. Demasiado, tal vez. Hemos llegado a un punto en que de tanto saber, de tanto pensar, ya no podemos actuar.
—Hombres de pensamiento, no hombres de acción —dijo Anita—. Comienza a obrar un efecto paralizante, pero esta cosa...
—La facultad de esta cosa funciona mejor que la nuestra. Somos capaces de recordar experiencias pasadas, almacenarlas en la mente, aprender de ellas. A lo sumo, somos capaces de realizar perspicaces previsiones del futuro, a partir de lo que recordamos del pasado, pero nunca podemos estar seguros. Hablamos de probabilidades. Gris. Nada de blanco o negro. Sólo hacemos conjeturas.
—Cris Johnson no hace conjeturas —añadió Anita.
—Puede ver el futuro, lo que se aproxima. Puede... pre-pensar. Llamémoslo así. De hecho, no es probable que perciba el futuro como tal.
—No —dijo Anita, pensativa—. Debe parecerle el presente. Tiene un presente más amplio, pero su presente se extiende hacia adelante, no hacia atrás. Nuestro presente está relacionado con el pasado. Para nosotros, sólo el pasado es seguro. Para él, el futuro es seguro. Y es muy probable que no recuerde el pasado, como los animales no recuerdan lo ya sucedido.
—A medida que evolucione —dijo Baines—, a medida que su raza evolucione, su capacidad de pre-pensar aumentará. En lugar de diez minutos, treinta minutos. Después, una hora. Un día. Un año. Por fin, será capaz de anticipar toda una vida. Cada uno vivirá en un mundo sólido, inmutable. No habrá variables, ni incertidumbre. ¡Ni el menor
movimiento! No tendrán nada que temer. Su mundo será perfectamente estático, un bloque sólido de materia.
—Y cuando llegue la muerte —dijo Anita—, la aceptarán. No se opondrán. Para ellos, será como si ya hubiera ocurrido.
—Como si ya hubiera ocurrido —repitió Baines—. Para Cris, nuestros rayos ya habían sido disparados. —Lanzó una áspera carcajada—. Capacidad de supervivencia superior no equivale a hombre superior. Si hubiera otro diluvio universal, sólo los peces sobrevivirían. Si hubiera otra era glacial, es probable que sólo quedaran los osos polares. Cuando abrimos la puerta, ya había visto a los hombres, había visto exactamente dónde estaban y qué iban a hacer. Una facultad impecable, pero no un desarrollo mental. Un sentido puramente físico.
—Pero si todas las salidas están vigiladas —repitió Wisdom—, verá que no puede escapar. Ya se entregó una vez; volverá a hacerlo. —Meneó la cabeza—. Un animal. Sin lenguaje. Sin herramientas.
—Con su nuevo sentido, no necesita nada más —observó Baines. Consultó su reloj—. Ya pasa de las dos. ¿Está sellado todo el edificio?
—No puede irse —afirmó Wisdom—. Tendrá que quedarse aquí toda la noche..., o hasta que cacemos a ese bastardo.
—Me refería a ella. —Baines señaló a Anita—. Debe estar de vuelta en Semántica a las siete de la mañana.
Wisdom se encogió de hombros.
—No está bajo mi control. Si quiere marcharse, que lo haga.
—Me quedaré —decidió Anita—. Quiero estar aquí cuando..., cuando le destruyan. Dormiré aquí. —Vaciló—. Wisdom, ¿no hay otra solución? Si sólo es un animal, ¿no podríamos...?
—¿Un zoo? —La voz de Wisdom alcanzó una intensidad histérica—. ¿Encerrarle en un zoológico? ¡Por ningún motivo! ¡Hay que matarlo!
La gran forma brillante estuvo acuclillada en las tinieblas durante largo tiempo. Estaba en un almacén, rodeado de cajas por todas partes, apiladas en filas bien ordenadas, contadas y marcadas. Silencioso y desierto.
Pero dentro de pocos instantes, un grupo de personas entraría y registraría la habitación. Lo había visto. Los había visto invadiendo el almacén, con toda claridad, hombres armados con tubos energéticos, de rostros sombríos y un brillo de muerte en los ojos.
La visión era una de tantas. Una entre la multitud de escenas perfectamente definidas, tangentes a la suya propia. Y cada una iba unida a una multitud de escenas interrelacionadas, que por fin se difuminaban y desaparecían. Una vaguedad progresiva, cada síndrome menos definido.
Pero la escena inmediata, la más próxima, era claramente visible. Veía de manera diáfana a los hombres armados. Por lo tanto, era necesario salir del almacén antes que aparecieran.
La figura dorada se levantó con parsimonia y caminó hacia la puerta. El pasillo estaba vacío; ya se veía fuera, en el pasadizo de metal y luces indirectas. Abrió la puerta de par en par y salió.
Al otro extremo del pasillo había un ascensor. Se dirigió al ascensor y entró. Dentro de cinco minutos, un grupo de guardias acudirían corriendo y asaltarían el ascensor. En ese momento, ya lo habría abandonado y enviado a la planta baja. Apretó un botón y subió al piso siguiente.
Salió a un pasillo desierto. No se veía a nadie, lo cual no le sorprendió. Nada podía sorprenderle. Ese elemento no existía para él. La posición de las cosas, las relaciones espaciales de la materia en el futuro inmediato, eran tan ciertas para él como su propio cuerpo. Lo único incierto era aquello que ya había dejado de ser. De una forma vaga y confusa, se había preguntado en ocasiones adónde iban a parar las cosas cuando las dejaba atrás.
Llegó ante un pequeño armario de suministros. Ya lo habían registrado. Tardarían media hora en volverlo a abrir. Tenía tiempo hasta entonces; lo había visto. Y después...
Y después podría ver otra zona más alejada. Estaba en constante movimiento, se adentraba en regiones que no había visto nunca. Un incesante despliegue de vistas y escenas, de paisajes petrificados, se extendía ante él. Todos los objetos estaban inmóviles, como piezas de un inmenso ajedrez a través del cual se desplazaba, los brazos cruzados, el rostro sereno. Un observador indiferente, que veía con tanta claridad los objetos que aguardaban en su futuro como los que tenía a los pies.
En ese momento, acuclillado en el pequeño armario, vio una multitud de escenas increíblemente variadas, que se sucederían a lo largo de la próxima media hora. Esa media hora estaba dividida en una serie muy compleja de configuraciones diferentes. Había llegado a una región critica; iba a moverse por mundos de gran complejidad.
Se concentró en una escena que tendría lugar dentro de diez minutos. Mostraba, como una diapositiva en tres dimensiones, un pesado cañón situado al final del pasillo, arrastrado hacia el otro extremo. Los hombres avanzaban con cautela de puerta en puerta, registrando cada habitación una vez más. Al final de la media hora, llegarían al armario. Una escena mostraba que lo registraban. En ese momento ya se habría ido, por supuesto. No estaba en aquella escena. Había pasado a otra.
La siguiente escena mostraba una salida, vigilada por una sólida línea de guardias. No había forma de escapar. Estaba en aquella escena. Escondido en un hueco junto a la puerta. Se veía la calle, estrellas, luces, la silueta de coches y personas que pasaban.
En la siguiente escena se había alejado de la puerta. No había escapatoria. En otra se veía, en otras salidas, una legión de figuras doradas, duplicadas una y otra vez, mientras exploraba regiones futuras. Todas las salidas estaban vigiladas.
En una escena borrosa se veía carbonizado y muerto; había intentado cruzar la línea de guardias.
Pero la escena era vaga. Una más entre muchas. El camino inflexible que seguía no se desviaría de aquella dirección. No le depararía tal suerte. La figura dorada de aquella escena, el muñeco en miniatura de aquella habitación, sólo estaba lejanamente relacionado con él. Era él, pero un yo muy remoto. Un yo al que nunca encontraría. Lo olvidó y procedió a examinar otra escena.
La miríada de escenas que le rodeaban, formaban un complicado laberinto, una telaraña que examinó fragmento a fragmento. Contempló una casa de muñecas con infinitas habitaciones, habitaciones sin fin, cada una con sus muebles y muñecas, rígidas e inmóviles. Las mismas muñecas y muebles se repetían en muchas. Él aparecía a menudo. Los dos hombres de la plataforma. La mujer. La misma combinación se repetía sin cesar; la obra se volvía a representar con frecuencia, los mismos actores y comparsas se combinaban de mil formas diferentes.
Antes que llegara el momento de abandonar el armario de suministros, Cris Johnson había examinado cada una de las habitaciones tangentes a la que ahora ocupaba. Las había explorado todas, inspeccionado su contenido exhaustivamente.
Abrió la puerta y salió con calma al pasillo. Sabía con toda exactitud adónde iba. Y lo que debía hacer. Acurrucado en el armario había examinado con destreza todas las
miniaturas de sí mismo, había observado la diáfana configuración que le aguardaba en su inflexible camino (una habitación de la casa de muñecas, una elegida entre miles), hacia la cual avanzaba.
Anita se quitó el vestido de tejido metálico, lo colgó de una percha, se desabrochó los zapatos y los tiró debajo de la cama. Iba a quitarse el sujetador cuando la puerta se abrió.
Tragó saliva. La gran figura dorada, con calma, en completo silencio, cerró la puerta con llave.
Anita tomó el tubo energético que había sobre el tocador. Todo su cuerpo temblaba.
—¿Qué quieres? —preguntó. Sus dedos se cerraron convulsivamente alrededor del tubo—. Te mataré.
La figura la contempló en silencio, con los brazos cruzados. Era la primera vez que Anita veía a Cris Johnson de cerca. El rostro solemne, hermoso e impasible, el pecho ancho, el vello dorado, la piel dorada...
—¿Por qué? —preguntó, sin aliento. Su corazón latía violentamente—. ¿Qué quieres?
Podía matarle con facilidad, pero el tubo energético vaciló. Cris Johnson no demostraba el menor temor. ¿Por qué? ¿No comprendía lo que era el tubo de metal, lo que podía hacerle?
—Por supuesto —exclamó Anita de súbito—. Anticipas lo que va a ocurrir. Sabes que no voy a matarte. De lo contrario, no habrías venido.
Enrojeció, aterrorizada..., y turbada. Él sabía exactamente lo que Anita iba a hacer; lo veía con tanta claridad como ella veía las paredes de la habitación, la cama empotrada con las sábanas impecablemente retiradas, sus ropas colgadas en el armario, el bolso y los objetos esparcidos sobre el tocador.
—Muy bien. —Anita retrocedió y dejó el tubo sobre el tocador—. No te mataré. ¿Para qué?
Buscó en el bolso sus cigarrillos. Encendió uno con mano temblorosa, el pulso acelerado. Estaba asustada. Y extrañamente fascinada.
—¿Esperas quedarte aquí? No te servirá de nada. Ya han registrado dos veces el dormitorio. Volverán.
¿La entendía? No leyó nada en su cara, excepto una inexpresiva gravedad. ¡Dios, era enorme! No era posible que sólo tuviera dieciocho años, apenas un muchacho. Parecía un dios dorado, bajado a la Tierra.
Desechó esos pensamientos. No era un dios. Era un animal. El animal rubio que sustituiría al hombre. Que expulsaría al hombre de la Tierra.
Anita se apoderó del tubo.
—¡Largo de aquí! ¡Eres un animal! ¡Un animal grande y estúpido! Ni siquiera entiendes lo que digo, ni siquiera tienes un lenguaje. No eres humano.
Cris Johnson permaneció en silencio. Como si estuviera esperando. ¿Esperando qué? No demostraba temor ni impaciencia, aunque en el pasillo se oía el estruendo de los registros que se llevaban a cabo, metal contra metal, cañones y tubos energéticos arrastrados de un sitio a otro, gritos y sonidos apagados, a medida que se iba clausurando sección tras sección.
—Te atraparán —dijo Anita—. Te encontrarán aquí. Registrarán esta ala de un momento a otro. —Apagó el cigarrillo con brusquedad—. Por el amor de Dios, ¿qué esperas que haga?
Cris avanzó hacia ella. Anita retrocedió. Sus fuertes manos la aferraron y ella lanzó un gemido de terror. Por un momento, se debatió ciega, desesperadamente.
—¡Suéltame!
Consiguió liberarse y se alejó de él. El rostro de Cris no mostraba la menor expresión. Se acercó a ella con calma, un dios impasible que se disponía a poseerla.
—¡Aléjate!
Tanteó en busca del tubo energético, pero el aparato resbaló de sus dedos y cayó al suelo.
Cris se agachó y lo tomó. Se lo ofreció sobre la palma abierta de su mano.
—Santo Dios —susurró Anita.
Aceptó el tubo, temblorosa, lo asió vacilante y volvió a dejarlo sobre el tocador.
La gran figura dorada parecía brillar bajo la débil luz de la habitación, recortada contra la oscuridad. Un dios... No, un dios no. Un animal. Una gran bestia dorada, carente de alma. Estaba confusa. ¿Era una de ambas cosas, o las dos a la vez? Meneó la cabeza, perpleja. Era tarde, casi las cuatro. Estaba agotada y confundida.
Cris la tomó en sus brazos. Levantó su rostro con delicadeza y la besó. Sus poderosas manos la aferraron. Anita no podía respirar. La oscuridad, mezclada con la niebla dorada luminosa, daba vueltas a su alrededor sin cesar, disolviendo sus sentidos. Se entregó a esa ebriedad, agradecida. La oscuridad la cubrió y disolvió en un torrente henchido de fuerza pura que aumentaba de intensidad a cada momento, hasta que su rugido chocó contra ella y lo borró todo por fin.
Anita parpadeó. Se irguió y arregló su cabello de forma automática. Cris estaba de pie ante el ropero, sacando algo.
Se volvió hacia ella y tiró algo sobre la cama. Su capa de viaje, hecha de pesado tejido metálico.
Anita contempló la capa sin comprender.
—¿Qué quieres?
Cris esperó junto a la cama.
Anita tomó la capa, indecisa. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—Quieres que te saque de aquí —dijo en voz baja—. Burlar a los guardias y la PC.
Cris no dijo nada.
—Te matarán al instante. —Se puso en pie, vacilante—. No puedes huir de ellos. Dios Santo, ¿es que sólo sabes correr? Tiene que haber una forma mejor. Tal vez pueda apelar a Wisdom. Soy de clase A, la clase dirigente. Puedo acudir sin más al Directorio. Podría lograr que retrasaran la eutanasia de manera indefinida. Las posibilidades son de un millón en contra si intentamos romper...
Se calló.
—Pero tú no juegas —continuó poco a poco—. No actúas según las posibilidades. Sabes lo que va a ocurrir. Ya has visto las cartas. —Escrutó su rostro—. No, nunca te equivocas. Es imposible.
Permaneció unos momentos sumida en sus pensamientos. Después, con un rápido y decidido movimiento, tomó la capa y la deslizó sobre sus hombros desnudos. Se ciñó el pesado cinturón, se agachó y recuperó sus zapatos de debajo de la cama. Tomó el bolso y corrió hacia la puerta.
—Vamos —dijo. Su respiración era agitada y tenía las mejillas coloradas—. Vámonos, mientras podamos elegir alguna salida. Mi coche está estacionado fuera, en el estacionamiento situado a un lado del edificio. Llegaremos a mi casa dentro de una hora. Tengo una casa de invierno en Argentina. Si la situación empeora, volaremos hacia allí. Está en el campo, lejos de las ciudades. Selva y pantanos. Aislada de casi todo.
Hizo ademán de abrir la puerta.
Cris se lo impidió, colocándose delante de ella.
Esperó mucho rato, el cuerpo inmóvil. Después, giró el pomo y salió al pasillo.
Estaba desierto. No se veía a nadie. Anita divisó la espalda de un guardia a lo lejos. Si hubieran salido un segundo antes...
Cris avanzó por el pasillo. Anita corrió tras él. El hombre dorado se movía con agilidad, sin esfuerzo aparente. A la mujer le costaba seguirle. Daba la impresión que sabía exactamente adónde iba. A la derecha, por un pasillo lateral, un pasadizo de suministros. Entraron en un montacargas. Ascendieron y se detuvieron con brusquedad.
Cris volvió a esperar. Luego, abrió la puerta y salió del ascensor. Anita le siguió, nerviosa. Oyó ruidos: cañones y hombres, muy cerca.
Se encontraban cerca de una salida. Una doble fila de guardias la bloqueaba. Veinte hombres, una sólida muralla..., y un macizo cañón robot en el centro. Los hombres estaban ojo vigilante, los rostros tensos y preocupados. Apretaban con fuerza sus fusiles. Un oficial de la policía civil estaba al mando.
—Nunca lograremos pasar —gimió Anita—. No podremos dar ni diez pasos. —Retrocedió—. Nos...
Cris la tomó del brazo y avanzó con calma. Un terror ciego se apoderó de Anita. Trató de librarse del hombre, pero sus dedos eran de acero. No pudo soltarse. En silencio, con fuerza irresistible, el ser dorado la arrastró junto a él hacia la doble hilera de guardias.
—¡Allí está! —Los fusiles apuntaron. Los hombres entraron en acción. La boca del cañón giró en redondo—. ¡Disparen!
Anita estaba paralizada. Se apoyó contra el poderoso cuerpo que la arrastraba, inflexible. Las líneas de guardias se acercaron más, una auténtica muralla de fusiles. Anita se esforzó por controlar su terror. Estuvo a punto de caer. Cris la sostuvo sin esfuerzo. Ella arañó, se debatió, luchó por soltarse...
—¡No disparen! —gritó.
Los fusiles se movieron, indecisos.
—¿Quién es ésa?
Los guardias intentaban tomar posiciones para disparar sin alcanzarla a ella.
—¿Quién le acompaña?
Un guardia vio la banda que adornaba su manga. Roja y negra. Clase directiva. Máximo nivel.
—Es una clase A. —Los guardias retrocedieron, confusos—. ¡Apártese, señorita!
Anita recuperó la voz.
—No disparen. Está... bajo mi custodia. ¿Me entienden? Voy a llevármelo.
La muralla de guardias retrocedió con nerviosismo.
—Nadie puede pasar. El director Wisdom dio la orden de...
—No estoy sometida a la autoridad de Wisdom. —Consiguió dotar a su voz de cierta aspereza—. Despejen el camino. Voy a conducirle a la Agencia de Semántica.
Por un momento, no sucedió nada. Ni la menor reacción. Después, poco a poco, indeciso, un guardia se apartó.
Cris se movió como una bala entre los confusos guardias, aprovechando la brecha, atravesó la puerta y salió a la calle. Descargas de energía florecieron tras él. Los guardias le persiguieron como un solo hombre, lanzando gritos. Todos se olvidaron de Anita. Los guardias y el cañón invadieron la oscuridad de la calle. Coches patrulla cobraron vida.
Anita estaba confusa, aturdida, apoyada contra la pared, y trataba de recuperar el aliento.
Se había ido. La había dejado. Dios santo... ¿Qué había hecho? Agitó la cabeza, perpleja, y sepultó la cara entre las manos. La había hipnotizado. Había perdido la
voluntad, el sentido común. ¡La razón! El animal, la gran bestia dorada, la había engañado. Se había aprovechado de ella. Y ahora se había ido, fundido con la noche.
Amargas lágrimas resbalaron sobre sus puños apretados. Se frotó los ojos, pero en vano; siguieron manando.
—Se ha ido —dijo Baines—. Nunca le cazaremos. Ya estará a un millón de kilómetros de aquí.
Anita estaba derrumbada en un rincón, con el rostro vuelto hacia la pared. Un menudo guiñapo, roto y retorcido.
Wisdom paseaba arriba y abajo.
—¿Adónde habrá ido? ¿Dónde se esconderá? ¡Nadie le ocultará! Todo el mundo conoce la ley sobre los DVs.
—Ha vivido en el bosque casi toda su vida. Cazará, como siempre ha hecho. Se preguntaban qué hacía solo. Cazaba y dormía bajo los árboles. —Baines lanzó una áspera carcajada—. Y la primera mujer con que se tropiece estará encantada de esconderlo..., al igual que ella.
Indicó a Anita con el pulgar.
—De modo que ese color dorado, esa crin, esa apariencia de dios, tenían un propósito. No eran un simple adorno. —Baines torció sus gruesos labios—. No posee una sola facultad, sino dos. Una es nueva, el último grito en materia de supervivencia. La otra es tan antigua como la vida. —Dejó de pasear y contempló la figura derrumbada en un rincón—. Plumaje. Plumas brillantes para las aves y los cisnes, crestas para los gallos, escamas brillantes para los peces. Pieles y melenas centelleantes para los animales. Un animal no es necesariamente bestial. Los leones no son bestiales. Ni los tigres, ni ninguno de los grandes felinos. Son cualquier cosa menos bestiales.
»Nunca tendrá que preocuparse —dijo Baines—. Saldrá adelante..., mientras existan mujeres humanas que se ocupen de él. Y como puede ver el futuro, ya sabe que resulta sexualmente irresistible a las mujeres humanas.
—Le atraparemos —masculló Wisdom—. He conseguido que el gobierno declare el estado de emergencia. La policía civil y militar se pondrá en su busca. Ejércitos de hombres, todo un planeta de expertos, los equipos y la maquinaria más avanzados. Le atraparemos, tarde o temprano.
—Cuando llegue ese momento, dará igual —dijo Baines. Apoyó la mano sobre el hombro de Anita y lo palmeó con ironía—. Tendrás compañía, cariño. No serás la única. Eres la primera de una larga procesión.
—Gracias —graznó Anita.
—El método de supervivencia más antiguo y el más nuevo. Combinados para conformar a un animal perfectamente adaptado. ¿Cómo demonios vamos a detenerle? Podemos introducirte en un tanque de esterilización, pero no podremos localizarlas a todas, a todas las mujeres que se crucen en su camino. En cuanto pasemos una por alto, estamos acabados.
—No nos daremos por vencidos —dijo Wisdom—. Atraparemos a todas las que podamos, antes que den a luz. —Una leve esperanza relumbró en su rostro cansado y hundido—. Quizá sus características sean recesivas. Quizá las nuestras puedan neutralizarlas.
—No apostaría ni un centavo por ello —contestó Baines—. Creo que ya sé cual de las dos tendencias dominará a la otra. —Sonrió con ironía—. Y creo estar en lo cierto. No será la nuestra.
FIN

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