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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 11 de enero de 2013

SCI-FI SPECIAL -- PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED






PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED
Philip K. Dick
* * *
Despertó... y deseó estar en Marte.
Pensó en los valles. ¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo
incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que recuperaba sus sentidos: el
sueño y el ansia. Casi llegaba a sentir la abrumadora presencia del otro mundo, que
solamente habían visto los agentes del Gobierno y los altos funcionarios. ¿Y un
empleado como él? No, no era probable.
- ¿Te levantas o no? - preguntó su esposa Kirsten, con tono soñoliento y con su
nota habitual de malhumor -. Si estás ya levantado, oprime el botón del café caliente en
el maldito horno.
- Está bien - respondió Douglas Quail.
Descalzo, se dirigió desde el dormitorio a la cocina. Allí, tras haber hecho presión,
obedientemente, sobre el botón del café caliente, tomó asiento ante la mesa, extrajo un
bote pequeño, de color amarillo, de buen Dean Swift. Inhaló profundamente y la mezcla
Beau Nash le produjo picor en la nariz y al mismo tiempo le quemó el paladar. Pero
continuó inhalando; el producto le despertó y permitió que sus sueños, sus nocturnos
deseos, sus ansias esporádicas se condensaran en algo parecido a la racionalidad.
- ¡Iré! - se dijo a sí mismo -. Antes de morir, veré Marte.
Por supuesto, era imposible, y aun soñando, esto lo sabía muy bien. Pero la luz del
día, el ruido habitual que hacía su esposa al cepillarse el cabello ante el espejo del
tocador..., todas las cosas conspiraron repentinamente para recordarle lo que él era.
«Un miserable empleado asalariado», se dijo con amargura. Kirsten le recordaba
tal circunstancia por lo menos una vez al día, y él no la culpaba por ello; era una labor
de esposa lograr que el marido asentara los pies firmemente sobre la tierra. En la
Tierra, pensó, y se echó a reír. La frase le hacia gracia.
- ¿En qué estás pensando? - preguntó la esposa, cuando entró en la cocina
arrastrando por el suelo un pico de su larga bata color rosa -. Apuesto a que estás
soñando de nuevo. Estarás en las nubes, como siempre. Tienes la cabeza llena de
pájaros.
- Sí - respondió él, mirando por la ventana de la cocina hacia los taxis aéreos y
demás artilugios volantes, así como a la gente que se apresuraba para acudir a su
trabajo. Al cabo de un rato, también él estaría entre todas aquellas personas. Como
siempre.
- Apuesto a que tus sueños tienen algo que ver con alguna mujer - dijo Kirsten,
sonrojándose.
- No - contestó -. Con un dios. Con el dios de la guerra. Tiene maravillosos cráteres
y en sus profundidades crece toda clase de vida vegetal.
- Escucha - dijo Kirsten, agachándose a su lado y hablando calurosamente, a la vez
que abandonaba por unos instantes el tono normal y áspero de su voz -. El fondo del
océano... «nuestro» océano, es infinitamente más bello. Lo sabes bien; todo el mundo
lo sabe. Alquila para un equipo de branquias artificiales, pide una semana de permiso
en el trabajo y podremos sumergirnos y vivir en uno de esos maravillosos lugares de
recreo acuáticos que están abiertos todo el año. Y además...
La mujer se detuvo y añadió tras una breve pausa: - No me escuchas. Deberías
hacerlo. Eso es mucho mejor que tu obsesión por Marte. ¡Ni siquiera me escuchas!
¡Cielo santo!, ¡estás condenado, Doug! ¿Qué va a ser de ti?
- Me voy a trabajar - dijo él, poniéndose en pie y olvidándose del desayuno -. Eso
es lo que va a ser de mi.
La esposa lo miró con expresión dubitativa y dijo: - Cada día estás peor, más y más
fantástico. ¿Adónde te va a llevar todo esto?
- A Marte - contestó, abriendo la puerta del armario para coger una camisa limpia.
Tras haber descendido del taxi, Douglas Quail caminó lentamente a través de tres
abarrotadas calzadas especiales para peatones, dirigiéndose hacia aquel umbral
moderno y atractivo. Allí se detuvo contemplando el tráfico de media mañana y con
suma calma leyó el rótulo de neón. Ya en el pasado lo había leído muchas veces pero
nunca desde tan cerca. Esto era diferente. Lo que hacía ahora era algo más. Algo que
más pronto o más tarde tenía que suceder.
REKAL INCORPORATED
¿Era ésta la respuesta? Después de todo, sólo era una ilusión, quizá muy
convincente, pero no dejaba por ello de serio. Al menos objetivamente. Pero
subjetivamente... todo lo contrario.
Y, de todas maneras, en los siguientes cinco minutos tenía una cita.
Respirando profundamente cierta cantidad del aire medio envenenado de Chicago,
atravesó a continuación el policromo umbral y se acercó hasta el mostrador de la
recepcionista.
La rubia y bella muchacha del mostrador, de atractivos senos e impecablemente
ataviada, le saludó con suma simpatía:
- Buenos días, señor Quail.
- Sí - replicó él -. Estoy aquí para tratar acerca de un curso Rekal, como usted
sabe.
- Por supuesto - dijo la recepcionista, tomando un pequeño auricular que había a su
lado.
Luego anunció:
- El señor Douglas está aquí, señor McClane. ¿Puede entrar ahora, o es
demasiado pronto?
Surgieron del auricular unos extraños sonidos.
- Sí, señor Quail - dijo la joven -. Puede usted entrar; el señor McClane le está
esperando.
Al avanzar el señor Quail con ciertas dudas, la muchacha le advirtió:
- Habitación D, señor Quail. A su derecha.
Durante unos instantes creyó haberse perdido, pero pronto encontró la habitación
indicada. Se abrió la puerta automáticamente. Tras una enorme mesa de despacho, se
hallaba un hombre de mediana edad, de aspecto afable y ataviado con un traje gris
marciano de piel de rana; solamente aquel atavío hubiese sido suficiente para indicar a
Quail que acababa de acudir a visitar a la persona más adecuada.
- Siéntese, Douglas - dijo McClane, señalando con una mano regordeta hacia una
silla que había frente a su mesa de despacho -. ¿De manera que desearía ir a Marte?
Muy bien.
Quail tomó asiento, sintiéndose muy nervioso.
- No estoy muy seguro de que esto valga la pena - dijo -. Cuesta mucho y
realmente tengo la impresión de que no conseguiré nada.
«Cuesta tanto como ir allá», pensó.
- Usted tendrá las pruebas tangibles de su viaje - aseguró enfáticamente el señor
McClane -. Todas las pruebas que necesite. Vea usted esto.
El hombre revolvió en un cajón de su impresionante mesa, y del interior de un gran
sobre color marrón, extrajo una pequeña cartulina impresa en relieve.
- Se trata de un billete de viaje. Demuestra que usted ha hecho el viaje de ida y
vuelta. Postales...
Sobre la mesa extendió cuatro fotografías tridimensionales a todo color, para que
Quail las viese. Luego añadió:
- Película. Fotografías que usted tomó de algunos lugares típicos de Marte con una
cámara de cine alquilada...
Mostró las fotos a Quail y continuó:
- ...Más los nombres de las personas que ha conocido usted, objetos de recuerdo
que llegarán de Marte en el mes próximo, y pasaporte, certificados de las vacunas que
se le hayan puesto, y algunos detalles más.
El hombre guardó silencio y miró agudamente a Quail. Luego, añadió:
- Sabrá usted que ha viajado, que ha ido allá. No nos recordará a nosotros, ni a mí,
ni siquiera el haber estado aquí. Será en su mente un verdadero viaje, le garantizamos
eso. Dos semanas completas de recuerdos hasta su más mínimo detalle. Y no olvide
esto: si alguna vez duda usted de que realmente ha hecho el viaje a Marte, puede
volver aquí y se le devolverá la cantidad cobrada, íntegramente. ¿Se da cuenta?
- Pero no habré ido - dijo Quail -. No habré ido, por muchas pruebas que ustedes
me den de tal cosa.
Quail lanzó un profundo suspiro y añadió tras una breve pausa:
- Y jamás habré sido un agente secreto de la Interplan.
Le parecía imposible que la fabulosa memoria que inyectaba Rekal pudiese
desarrollar aquella labor.... a pesar de lo que había oído decir a la gente.
- Señor Quail - dijo pacientemente McClane -. Como usted mismo nos explicó en su
carta, no tiene oportunidad, ni la más ligera posibilidad de ir alguna vez a Marte; no
puede usted permitírselo, y lo que es mucho más importante, nunca podrá usted llegar
a ser un agente secreto para Interplan ni para nadie. No puede serio ni lo será jamás.
Esta es la única forma de alcanzar..., bien, el sueño de su vida, ¿no tengo razón,
señor?
McClane cloqueó con la garganta y añadió:
- Pero puede «haberlo sido y haberlo hecho». Nos preocuparemos de que así sea.
Y nuestros honorarios son muy razonables.
Tras pronunciar sus últimas palabras, McClane sonrió animadamente.
- ¿Es tan convincente esa memoria inyectable? - preguntó Quail.
- Mucho más que la realidad, señor. Si de verdad hubiese usted ido a Marte como
agente de la Interplan, ahora habría olvidado muchas cosas; nuestro análisis sobre los
sistemas de la verdadera memoria (auténticos recuerdos de principales
acontecimientos de la vida de una persona) demuestran que siempre se pierden
muchos detalles, detalles que se olvidan y que jamás vuelven a recordarse. Parte de lo
que le ofrecemos es que todo cuanto «plantemos» en su memoria jamás lo olvidará. La
serie de imágenes e ideas que se le inyectarán cuando esté usted en estado de
inconsciencia es la creación de grandes expertos, hombres que han pasado años en
Marte. En cada caso verificamos los detalles en forma realmente exhaustiva. Aparte de
que ha elegido usted un sistema muy fácil para nosotros; si hubiese usted deseado ser
emperador de la Alianza de Planetas interiores o hubiera elegido Plutón para su viaje,
hubiésemos tenido muchas más dificultades..., y, por supuesto, los honorarios habrían
sido también muy superiores.
Llevándose una mano al bolsillo interior de su chaqueta para extraer la cartera,
Quail dijo:
- Está bien. Ha sido la ambición de toda mi vida, y sé que realmente nunca la
conseguiré. De manera que imagino que tendré que aceptar esto.
- No piense de esa forma - dijo McClane, severamente -. No está usted aceptando
lo que podríamos llamar un segundo plato. La memoria real con todas sus vaguedades,
omisiones, por no citar también sus distorsiones, sí que es en realidad un segundo
plato.
McClane aceptó el dinero y oprimió un botón que había sobre su mesa. Luego,
cuando se abrió la puerta para dar paso a dos hombres fornidos, añadió:
- Está bien, señor Quail. Irá usted a Marte como agente secreto.
McClane se levantó, estrechó la mano de Quail, húmeda a causa de los nervios, y
concluyó:
- O mejor dicho, ya está usted en camino esta tarde a las cuatro y media regresará
a la Tierra y un taxi le llevará hasta su vivienda, y como ya le he dicho, nunca recordará
haberme visto o haber venido aquí; en realidad, ni siquiera sabrá nada de nuestra
existencia.
Con la boca reseca por el nerviosismo, Quail siguió a los dos técnicos; lo que
sucediese a continuación dependería de ellos.
«¿Llegaré a creer que realmente estuve en Marte? - se preguntó -. ¿Llegaré a estar
seguro de que al fin logré la ambición de toda mi vida?»
Quail tenía la intuición de que algo, sin saber por qué, saldría mal. Pero ignoraba
de qué podía tratarse.
Tendría que esperar para saberlo.
El aparato de comunicación interior de McClane, que le conectaba con el área de
trabajo de la firma, sonó, y dijo una voz:
- El señor Quail está en este momento bajo, los efectos sedantes, señor. ¿Quiere
usted supervisar esta operación, o seguimos adelante?
- Es de rutina - observó McClane. Puede usted continuar, Lowe; no creo que tenga
usted ninguna dificultad.
La programación de la memoria artificial de un viaje a otro planeta -con o sin la
adición de ser agente secreto- se realizaba en la firma con monótona regularidad. En
un solo mes, McClane calculaba que probablemente se llevarían a cabo unas veinte
veces; los viajes interplanetarios artificiales se habían convertido en pan diario.
- Lo que usted diga, señor McClane - respondió la voz de Lowe.
El aparato de comunicación interior guardó silencio.
Acercándose hasta la sección abovedada de la cámara situada detrás de su
despacho, McClane buscó un paquete Tres y otro Sesenta y dos: viaje a Marte; espía
secreto interplanetario. Luego regresó con ambos paquetes a su mesa de despacho,
tomó asiento cómodamente, Y extrajo todo el contenido..., objetos y documentos que
se depositarían en la vivienda de Quail mientras los técnicos de laboratorio se
ocupaban en fabricar la falsa memoria.
Un localizador de ideas, y McClane pensó que aunque aquél era el objeto de mayor
tamaño, también era el que les producía mayores beneficios económicos. Un
transmisor tan diminuto que el agente podría tragárselo si le capturaban. Libro de
claves que se parecían asombrosamente a uno auténtico..., los modelos de la firma
eran extraordinariamente seguros: basados, siempre que era posible, sobre las
verdaderas claves de Estados Unidos. Diversos objetos que no parecían tener
aplicación alguna, pero que formarían, al unirse en la memoria de Quail, base sólida
sobre su imaginario viaje: media moneda, ya antigua, de plata, y con un valor de
cincuenta centavos, varias anotaciones de los sermones de John Donne escritas
incorrectamente, cada una de ellas en un trozo de papel fino y transparente, varios
sobrecitos de cerillas de bares de Marte, una cuchara de acero inoxidable en la que se
leían grabadas las siguientes palabras: «Propiedad del Kibutsim Nacional de Marte»,
un diminuto rollo de alambre que...
Sonó, una vez más, el aparato de comunicación interior.
- Señor McClane, siento mucho molestarle, pero sucede algo raro. Quizá fuese
mejor que viniese usted un momento. Quail está ahora bajo efectos sedantes;
reaccionó bien bajo la narquidrina; está completamente inconsciente, pero...
- Voy ahora mismo.
Intuyendo alguna dificultad seria, McClane abandonó su despacho. Un momento
después aparecía en la zona de trabajo. Sobre una cama higiénica yacía Douglas
Quail, respirando lenta y regularmente, con los ojos cerrados parecía enterarse muy
débilmente, sólo débilmente, de la presencia de los dos técnicos y del propio McClane.
- ¿No hay espacio para insertar falsos modelos de memoria? - interrogó McClane,
con irritación -. Habrá suficiente para dos semanas; está empleado en la oficina de
Emigración de la Costa Occidental, que es una agencia del Gobierno, y debido a ello
indudablemente durante el año pasado habrá disfrutado de dos semanas de
vacaciones. Repito que con eso será suficiente.
Los detalles menudos siempre molestaban a McClane. - Nuestro problema - dijo
Lowe - es algo muy diferente. - Se inclinó sobre la cama y dijo a Quail -: Repítale al
señor McClane lo que acaba de contamos.
Los ojos grises del hombre que yacía boca arriba sobre la cama miraron al rostro
de McClane. Este los observó con atención. Su expresión se había endurecido y tenían
un aspecto inorgánico, pulido, como piedras semipreciosas. McClane no estaba muy
seguro de que le gustase lo que estaba viendo. Aquel brillo de los ojos era demasiado
frío.
- ¿Qué desea usted ahora? - preguntó Quail, ásperamente -. Salgan de aquí antes
de que los destroce a todos.
Estudió detenidamente a McClane y añadió: - Especialmente usted. Sí, está usted
a cargo de esta operación de contraespionaje.
Lowe dijo:
- ¿Cuánto tiempo ha estado usted en Marte?
- Un mes - respondió Quail, con el mismo tono.
- ¿Y cuál fue su propósito al ir allí? - Exigió Lowe.
Los delgados labios de Quail se retorcieron un tanto, pero no habló. Finalmente,
arrastrando las palabras hasta lograr que sonaran con evidente acento de hostilidad,
dijo:
- Agente de Interplan. Ya se lo he dicho. ¿No graba usted todo cuanto se habla?
Ponga en marcha esa cinta grabada para que la escuche su jefe y déjeme tranquilo.
Cerró los ojos. La dureza de las pupilas se esfumó.
McClane se sintió inmediatamente aliviado.
Lowe dijo calmosamente:
- Este es un hombre duro, señor McClane.
- No lo será - respondió McClane -. No lo será cuando de nuevo dispongamos que
pierda su eslabón de memoria. Se mostrará tan dócil como antes.
Luego añadió, dirigiéndose a Quail:
- ¿De manera que ésa era la razón por la que tanto ansiaba ir a Marte?
Sin abrir los ojos respondió:
- Nunca quise ir a Marte. Me destinaron Y no tuve más remedio que Ir. Confieso
que sentía curiosidad por ir. ¿Quién no la hubiese sentido?
De nuevo abrió los ojos Y miró a los tres hombres en particular a McClane. Luego
murmuró:
- Buen suero de la verdad éste que usted tiene aquí. Me ha hecho recordar cosas
que había olvidado completamente.
Hubo un silencio y luego murmuró, como si hablara para sí:
- ¿Y Kirsten? ¿Estaría complicada en todo esto? Un contacto de Interplan
vigilándome... para tener la seguridad de que yo no recuperase la memoria... ¿podría
ser? No me extraña que se burlara tanto de mis deseos de ir allá.
Muy débilmente, sonrió. La sonrisa más bien de comprensión, se desvaneció casi
inmediatamente.
McClane dijo:
- Por favor, créame, señor Quail; hemos tropezado con esto enteramente por
accidente. En el trabajo que nos...
- Le creo - respondió Quail.
Este último parecía cansado. La droga continuaba profundizando más y más en él.
- ¿Dónde dije que había estado? - interrogó -. ¿Marte? Es difícil recordar. Sé que
me gustaría haberlo visto; y creo que también le gustaría a todo el mundo.
Pero yo...
Su voz se debilitó extraordinariamente, Y Musitó:
- ...yo, soy un simple empleado, un empleado que no sirve para nada...
Incorporándose, Lowe dijo a su superior:
- Desea una falsa memoria que corresponde a un viaje que realmente ha hecho. Y
una razón falsa que es la verdadera razón. Está diciendo la verdad; está muy sumido
en la narquidrina. El viaje aparece muy vivido en su mente, al menos bajo el efecto de
los sedantes. Pero aparentemente no puede recordarlo en estado de vigilia. Alguien,
probablemente en los laboratorios de ciencias militares del Gobierno, borró sus
recuerdos conscientes; todo cuanto sabía era que ir a Marte significaba para él algo
especial, lo mismo que ser agente secreto. Esto no pudieron borrarlo; no es un
recuerdo sino un deseo, indudablemente el mismo que le impulsó a presentarse
voluntario para tal destino.
El otro técnico, Keeler, dijo a McClane:
- ¿Qué hacemos? ¿Injertar un modelo de falsa memoria sobre la verdadera? No se
puede predecir cuáles serán los resultados. Podría recordar parte del verdadero viaje, y
la confusión producir un intervalo psicopático. Se vería obligado a retener dos sujetos
opuestos en su mente, y hacerlo simultáneamente: que fue a Marte y que no fue. Que
es auténtico agente de Interplan y que no lo es... Creo que debemos despertarlo sin
realizar ninguna implantación de falsa memoria y sacarlo de aquí. Esto es un hierro
candente.
- De acuerdo - respondió McClane.
Al asentir a la propuesta de Keeler se le ocurrió otra idea y preguntó:
- ¿Pueden ustedes predecir qué es lo que recordará cuando salga del estado de
estupor?
- Imposible de predecir - respondió Lowe -. Probablemente albergue, a partir de
ahora, algún débil recuerdo de su verdadero viaje, y también es muy probable que
tenga serias dudas sobre su veracidad. Quizá decida que en nuestra programación
hubo un fallo. También podría recordar haber venido aquí; esto podría borrarse si usted
lo desea.
- Cuanto menos nos relacionemos con este hombre, mejor - dijo McClane - No
debemos jugar con esto. Ya hemos sido lo suficientemente estúpidos, o infortunados,
como para descubrir a un auténtico espía de Interplan, tan perfectamente camuflado
que ni siquiera él mismo sabía quién era... o, más bien, quién es.
Cuanto antes se desembarazasen de aquel individuo que se hacía llamar Douglas
Quail, sería mejor.
- ¿Piensa usted instalar los paquetes Tres y Sesenta y dos en su alojamiento? -
preguntó Lowe.
- No - dijo McClane -. Y vamos a devolverle la mitad de los honorarios cobrados.
- ¡La mitad! ¿Por qué la mitad?
McClane respondió débilmente:
- Creo que es un buen arreglo.
Cuando el coche llegó a su residencia, situada en un extremo de Chicago, Douglas
se dijo a sí mismo que, sin duda alguna, era una buena cosa haber regresado a la
Tierra.
El largo período de estancia de un mes en Marte ya había comenzado a
difuminarse en su memoria; solo le quedaba una vaga imagen de los Profundos
cráteres, la omnipresente erosión de las colinas, de la vitalidad, del movimiento mismo.
Un mundo de polvo donde pocas cosas ocurrían, un mundo en el que buena parte del
día era preciso pasarlo comprobando una y otra vez las reservas de oxígeno. También
recordaba las formas de vida, los modestos cactus color gris marrón y los gusanos.
De hecho se había traído de Marte varios ejemplares moribundos de la fauna de
aquel planeta; los había pasado de contrabando por las aduanas. Después de todo, no
constituían ninguna amenaza; no podían sobrevivir en la densa atmósfera de la Tierra.
Introdujo una mano en el bolsillo en busca del pequeño estuche que contenía los
gusanos, pero en su lugar extrajo un sobre.
Al abrirlo descubrió, perplejo, que contenía quinientas setenta cartulinas de crédito
en forma de billetes de bajo valor.
«¿De dónde ha salido esto? - se preguntó a sí mismo -. ¿Acaso no me gasté en el
viaje hasta la última moneda que poseía?»
Junto con el dinero había una hoja de papel marcada con las palabras: «Retenida
la mitad de los honorarios» y firmaba «McClane». La fecha era la del día.
- Recuerda - dijo Quail, en voz alta.
- ¿Recordar qué, señor o señora? - inquirió respetuosamente el conductor-robot del
taxi.
- ¿Tiene una guía telefónica? - preguntó.
- Desde luego que sí, señor o señora.
Se abrió un pequeño compartimiento, y de su interior se deslizó una diminuta guía
telefónica de Cook County.
- La redacción de esta guía es extraña - comentó Quail, al hojearla en sus páginas
amarillas.
Sintió cierto temor. Hizo un esfuerzo para disimularlo, y luego dijo:
- Aquí está. Lléveme a Rekal Incorporated. He cambiado de idea, ya no quiero ir a
casa.
- Sí, señor o señora - respondió el robot.
Un momento después, el taxi se lanzaba en dirección opuesta.
- ¿Puedo usar su teléfono? - preguntó
- Con sumo placer - dijo el robot, presentándole un lujoso teléfono con tridivisión en
color, completamente nuevo.
Quail marcó el número de su vivienda. Y con una breve pausa, vio la imagen en
miniatura, pero muy auténtica, de Kirsten en la pequeña pantalla del aparato.
- Estuve en Marte - le dijo.
- Estás borracho, o algo peor - replicó ella, retorciendo los labios irónicamente.
- Te estoy diciendo la verdad.
- ¿Cuándo? - preguntó Kirsten.
- No lo sé - dijo Quail, realmente confuso -. Creo que fue un viaje simulado. Por
medio de un sistema de memorias extrarreales o como diablos se llame. Pero no tuvo
resultado.
Kirsten dijo de nuevo:
- Estás borracho.
E inmediatamente colgó.
Quail lo hizo a continuación, sintiendo que se sonrojaba. «Siempre el mismo tono»,
se dijo a sí mismo, encolerizado. Siempre las mismas recriminaciones como si ella lo
supiese todo y él nada. «¡Qué matrimonio!», pensó amargado.
Un momento más tarde, el taxi se detuvo junto a la acera de un edificio color rosa,
pequeño, y muy atractivo. Un rótulo policromo de neón decía: «Rekal incorporated».
La elegante. recepcionista se sorprendió al principio, pero acto seguido se dominó
para saludar:
- ¡Hola, señor ¿Cómo está usted? ¿Olvidó alguna cosa?
- El resto de los honorarios que aboné.
Más compuesta ya, la recepcionista dijo: - ¿Honorarios? Creo que se equivoca,
señor
Estuvo usted aquí discutiendo la posibilidad de la realización de un viaje, pero... la
muchacha se encogió de hombros y dijo, tras breve pausa:
- Tal y como tengo entendido, ese viaje no tuvo lugar.
Quail respondió:
- Lo recuerdo todo muy bien, señorita. La carta a Rekal, que inició todo este asunto.
Recuerdo mi llegada aquí y mi visita al señor McClane. Y recuerdo, asimismo. cómo los
dos técnicos de laboratorio me llevaron del despacho para administrarme una droga.
No tenía nada de extraño que la firma le hubiera devuelto la mitad de la cantidad
desembolsada. No había dado resultado la falsa memoria de su viaje a Marte, al menos
no enteramente, como se lo habían asegurado.
- Señor - dijo la muchacha -, aunque sea usted un empleado de poca importancia
es usted un hombre de buen ver, y cuando se indigna estropea sus facciones. Si se
sintiera usted mejor, yo podría..., bien, podría permitirle que me llevara a algún sitio.
Quail se puso furioso.
- La recuerdo a usted muy bien - dijo con tono de indignación -. Y recuerdo la
promesa del señor McClane de que si recordaba mi visita a Rekal Incorporated me
devolverían mi dinero en su totalidad. ¿Dónde está el señor McClane?
Tras una demora, probablemente tan larga como pudieron lograr, el señor Quail se
encontró nuevamente sentado ante la impresionante mesa de despacho, exactamente
como lo había estado una hora antes aquel mismo día.
- Poseen ustedes una maravillosa técnica - dijo Quail sardónicamente con enorme
resentimiento -. Los llamados «recuerdos» de un viaje a Marte como agente secreto de
Interplan son vagos y confusos, aparte de estar llenos de contradicciones. Y recuerdo
claramente el trato que hice aquí con ustedes. Debería llevar este caso a la oficina de
Mejores Negocios.
En aquellos momentos, Quail ardía de indignación. La sensación de haber sido
engañado le abrumaba y había vencido su acostumbrada aversión a discutir
abiertamente.
Con gran cautela, McClane dijo:
- Capitulemos, Le devolveremos el resto de sus honorarios. Admito que no hemos
hecho nada en absoluto por usted.
El tono de las últimas palabras de McClane era de resignación.
Quail dijo, con tono acusador:
- Ni siquiera me han proporcionado los diversos objetos que, según ustedes,
demostrarían mi estancia en Marte. Toda esa comedia que me contaron no llegó a
materializarse en nada. Ni siquiera un billete de viaje. Ninguna postal. Ni pasaporte.
Ningún certificado de vacuna, nada...
- Escuche, - dijo McClane -. Supongamos que le digo...
McClane se detuvo repentinamente y dijo al cabo de un breve silencio:
- Bien, dejémoslo así.
Hizo presión sobre el botón de la comunicación interior y añadió:
- Shirley, por favor, ¿quiere usted preparar un cheque por valor de quinientos
setenta para el señor? Gracias.
Luego miró nuevamente a Quail.
Inmediatamente llegó el cheque; la recepcionista lo dejó ante McClane y, una vez
más, desapareció, dejando solos a los dos hombres que continuaban mirándose
fijamente desde ambos lados de la impresionante mesa de despacho.
- Permítame advertirle algo - dijo McClane, al firmar el cheque y entregárselo -. No
hable con nadie sobre su..., bien..., sobre su reciente viaje a Marte.
- ¿Qué viaje?
- Bien, me refiero al viaje que ha hecho usted parcialmente. Actúe como si no lo
recordara. Simule que jamás tuvo lugar. No me pregunte por qué, pero acepte mi
consejo; será mejor para todos nosotros.
McClane había comenzado a sudar abundantemente. Hubo otra pausa de silencio,
y añadió:
- Y ahora, señor Quail, tengo que trabajar con otros clientes, ¿comprende?
Se puso en pie y acompañó a Quail hasta la puerta.
Dijo al abrirla:
- Una firma que trabaja tan deficientemente no debería tener ningún cliente.
Acto seguido cerró la puerta a su espalda.
De nuevo hacia casa, en el taxi, reflexionó sobre la redacción de la carta que
dirigiría a la oficina de Mejores Negocios, División de la Tierra. Tan pronto como
tomase asiento ante su máquina de escribir lo haría; era su deber advertir a otras
personas para que se alejaran de Rekal Incorporated.
Cuando llegó a su alojamiento, se sentó ante su máquina de escribir portátil, abrió
los cajones y comenzó a buscar papel carbón, hasta que se dio cuenta de la presencia
de una caja familiar. Una caja que él había llenado cuidadosamente en Marte con
fauna, y más tarde la había pasado de contrabando por la aduana.
Al abrir la caja vio, sin acabar de creerlo, seis gusanos muertos y ciertas
variedades de vida unicelular con las que se alimentaban los gusanos marcianos. Los
protozoos estaban secos, casi hechos polvo, pero los reconoció inmediatamente; le
había costado un día de trabajo recogerlos entre las grandes rocas de color oscuro.
Recordaba que había sido un maravilloso viaje de descubrimientos.
«Pero yo no he ido a Marte» se dijo a sí mismo.
Sin embargo, por otra parte...
Se presentó Kirsten en la puerta de la habitación cargada con una cierta cantidad
de verduras.
- ¿Cómo es que estás en casa a estas horas?
La voz de la esposa, con su eterno y monótono tono de acusación.
- ¿Fui yo a Marte? - preguntó Quail -. Tú debes saberlo.
- No, por supuesto que no has ido a Marte y también tú deberías saberlo. ¿Acaso
no estás siempre hablando de que deseas ir?
Quail dijo:
- Te aseguro que creo que he ido ya. - Hubo un silencio, y Quail añadió luego: - Y a
la vez, creo que no fui.
- Decídete entre una cosa u otra.
- ¿Cómo puedo hacerlo? - interrogó Quail, con una extraña mueca -. Los dos
recuerdos están firmemente grabados en mi mente; uno es real y el otro no, pero no
puedo diferenciar cuál es el auténtico y cuál es el falso. ¿Por qué no puedo confiar en
ti? Tú les importas muy poco.
Su esposa podía hacer, al menos, aquello por él... aunque en lo sucesivo no
volviese a hacer ya nada en su beneficio.
Kirsten dijo con voz monótona y controlada: - Doug, si no vuelves a ser una
persona normal, hemos terminado. Voy a dejarte.
- Estoy en apuros - replicó con voz un tanto ronca -. Probablemente me encamino
hacia un estado psicopático. Espero que no, pero puede que así sea. De todas
maneras, eso lo explicaría todo.
Depositando en el suelo la cesta de las verduras, Kirsten caminó hacia el armario.
- No estaba bromeando - dijo con suma calma. Sacó del armario un abrigo, se lo
puso, y regresó hasta la puerta para añadir:
- Te telefonearé uno de estos días. Esta es mi despedida, Doug. Espero que salgas
pronto de todo esto. Realmente, lo deseo por tu bien.
- ¡Espera! - exclamó desesperadamente Quail -. Solamente dímelo para estar
seguro. Dime si fui o no..., dime cuál de mis dos recuerdos es el verdadero, el real...
Al pronunciar estas últimas palabras, se dio cuenta de que también podían haber
alterado los canales de su memoria.
La puerta se cerró. Finalmente, su esposa se había ido.
Una voz dijo a sus espaldas:
- Bien, todo ha terminado. Ahora levante las manos Quail. Y por favor, dé media
vuelta para mirar hacia aquí.
Quail se volvió instintivamente sin alzar las manos.
El hombre que se hallaba frente a él vestía el uniforme color canela de la agencia
policíaca Interplan, y su pistola parecía ser un modelo de las Naciones Unidas. Por
alguna razón, aquel rostro era familiar a Quail; familiar en una forma borrosa que no
acababa de localizar. Sin embargo, nerviosamente, alzó ambas manos.
- Usted recuerda su viaje a Marte - dijo el policía -. Conocemos todos sus actos de
hoy y todos sus pensamientos.... en particular sus importantes pensamientos en el
recorrido que hizo desde su casa hasta Rekal Incorporated. Tenemos un teletransmisor
en el interior de su cerebro que nos mantiene constantemente informados.
Un transmisor telepático, aplicación del plasma vivo que se había descubierto en la
Luna. Quail sintió un estremecimiento de aversión. Aquella cosa vivía dentro de él, en
el interior de su propio cerebro, alimentándose, escuchando... Pero la policía Interplan
usaba aquel procedimiento. Por lo tanto, era probablemente cierto, por muy deprimente
que resultara.
- ¿Por qué a mí? - interrogó Quail, roncamente. ¿Qué era lo que él había hecho... o
pensado? ¿Y qué tenla que ver todo aquello con Rekal incorporated?
- Fundamentalmente - dijo el policía Interplan -, esto nada tiene que ver con Rekal;
es más bien un asunto entre usted y nosotros.
El policía señaló hacia uno de sus oídos y añadió: - Todavía estoy recogiendo sus
procesos mentales mediante su transmisor telepático.
Se fijó en que el hombre llevaba en uno de sus oídos una especie de enchufe
blanco de plástico. El policía continuó:
- De manera que debo advertirle que cualquier cosa que piense podrá emplearse
contra usted.
El hombre sonrió. Hubo una larga pausa de silencio. Luego, siguió hablando:
- No es que ahora importen mucho ciertas cosas. Lo que sí es molesto es que, bajo
los efectos de la narquidrina, en Rekal Incorporated usted relató ante los técnicos y el
propietario, señor McClane, detalles de su viaje, adónde fue usted, para quién, y
algunas de las cosas que hizo. Los dos técnicos y el señor McClane estaban muy
atemorizados. Deseaban no haberle visto jamás...
Nueva pausa de silencio, y el policía concluyó: - Y tienen razón.
Quail dijo:
- Yo no hice jamás ningún viaje. Se trata solamente de una falsa memoria
implantada en mí por los técnicos de McClane.
Pero inmediatamente pensó en la caja de su mesa de despacho que contenía
formas de vida marcianas. Y recordó las dificultades y molestias sufridas para
recogerlas. El recuerdo parecía real. Y la caja con aquellas formas de vida sin duda
alguna era auténtica. A menos que McClane la hubiese instalado allí. Quizá aquella era
una de las «pruebas» que había mencionado McClane tan alegremente.
«El recuerdo de mi viaje a Marte - pensó - no me convence. Pero
desgraciadamente ha convencido a la agencia de policía Interplan. Creen que
realmente fui a Marte y suponen que al menos lo hice parcialmente»
- No solamente sabemos que ha ido usted a Marte - añadió el policía, en respuesta
a sus pensamientos - sino también que usted recuerda bastantes cosas como para
constituir un peligro para nosotros. Y no vale la pena suprimir su recuerdo de todas las
cosas, porque usted simplemente acudiría a Rekal Incorporated otra vez y reanudaría
el experimento. Y tampoco podemos hacer nada contra McClane y su sistema porque
no tenemos jurisdicción sobre nadie, excepto sobre nuestra propia gente. De todas
maneras, McClane no ha cometido ningún delito.
El policía hizo otra de sus habituales pausas y añadió, tras mirar fijamente a Quail:
- Ni técnicamente, usted tampoco. Usted acudió a Rekal Incorporated con la idea
de recuperar la memoria. Usted fue allí, y así lo consideramos, por las mismas razones
que acude el resto de la gente.... gentes con vidas monótonas y oscuras: el ansia de
aventura. Pero desgraciadamente, la vida de usted no ha sido ni monótona ni oscura, y
ya ha disfrutado demasiadas emociones; la última cosa que necesitaba usted en este
mundo era un curso de Rekal Incorporated. Nada hubiese podido ser más fatídico para
usted o para nosotros. Y en realidad, también para McClane.
Quail preguntó:
- ¿Por qué es peligroso para ustedes que yo recuerde mi viaje..., mi supuesto viaje,
lo que yo hice allí?
- Porque lo que usted hizo - respondió el policía Interplan - no está de acuerdo con
nuestra intachable imagen pública paternal y protectora. Usted hizo, por nosotros, lo
que nosotros jamás hacemos. Como usted recordará, gracias a la narquidrina. Esa caja
de gusanos muertos y algas está en su mesa de despacho desde hace seis meses,
desde que usted regresó. Y en ningún momento mostró usted la menor curiosidad
hacia ella. Ni siquiera sabíamos que la tenía hasta que usted la recordó cuando se
dirigía a casa desde Rekal; entonces vinimos aquí a buscarla... Vinimos dos a por ella.
Otro silencio y el policía añadió innecesariamente. - Sin suerte; no había tiempo
suficiente.
Un segundo policía Interplan se unió al primero; los dos conferenciaron
brevemente. Mientras tanto, pensó rápidamente. En aquel instante recordaba más
cosas. El policía tenía razón acerca de la narquidrina. Ellos, Interplan, probablemente
también la usaban. ¿Probablemente? Estaba seguro de que lo hacían. Había visto
cómo se la administraban a un detenido. ¿Dónde había ocurrido tal cosa? ¿En algún
lugar de la Tierra? Decidió que más probablemente en la Luna, al percibir la imagen
que se perfilaba en su defectuosa memoria.
Y recordaba algo más. Las razones de «ellos» para enviarle a Marte; el trabajo que
habla hecho.
No tenía nada de extraño que hubiesen purgado su memoria.
- ¡Oh, cielos! - exclamó el primero de los dos policías, interrumpiendo la
conversación que sostenía con su compañero.
Evidentemente, acababa de captar los pensamientos de Quail.
- Bien, ahora el problema es mucho peor, mucho peor de lo que hubiésemos
pensado.
Avanzó hacia Quail apuntándole con la pistola. - Tenemos que matarle - dijo -. Y
ahora mismo.
Nerviosamente, su compañero dijo: - ¿Por qué ahora mismo? ¿Acaso no podemos
enviarle a Interplan Nueva York y dejar que allí...?
- El ya sabe perfectamente por qué tiene que ser ahora mismo - dijo el primer
policía.
El hombre también parecía sentirse muy nervioso, pero Quail se daba cuenta de
que se debía a una razón muy diferente. Su memoria había vuelto a él casi
repentinamente. Y por tal razón, entendía el nerviosismo del policía.
- En Marte maté a un hombre - dijo Quail -. Tras haberme desembarazado de
quince guardaespaldas. Algunos de ellos armados con pistolas especiales, como lo
están ustedes.
Quail había sido entrenado durante un período de cinco años por Interplan para
convertirse en un asesino. Un asesino profesional. Conocía varias formas de
desembarazarse de cualquier adversario armado.... como aquellos dos agentes de la
policía, y el que mostraba el diminuto audífono también lo sabía.
Si se movía con suficiente rapidez...
La pistola disparó. Pero Quail ya se había movido hacia un lado, décimas de
segundo antes, y al mismo tiempo había derribado al agente mediante un golpe de
karate aplicado a la garganta con la velocidad del relámpago. En un instante se
apoderó de su pistola y apuntó al otro agente, que se mostraba enormemente
sorprendido.
- Captó mis pensamientos - dijo Quail, jadeando con vehemencia -. Sabía lo que yo
estaba a punto de hacer, pero aun así, lo hice.
Medio tendido en el suelo, el agente golpeado murmuró:
- No usará, esa pistola contra ti, Sam; acabo de captar ese pensamiento suyo.
Sabe que está acabado y no ignora que nosotros lo sabemos. Vamos, Quail...
Trabajosamente, lanzando algunos gruñidos de dolor, el agente se puso en pie.
Luego, extendió una mano.
- La pistola - dijo a Quail -. No puede usted usarla, y si me la entrega, prometo no
matarle; será usted juzgado ante un tribunal, y alguien que ocupe un alto puesto en
Interplan decidirá. Así, pues, no lo haré yo... Puede que borren su memoria una vez
más. No lo sé. Pero ya sabe usted por qué iba a matarle; no podía evitar que usted
recordará cosas. De manera que, en cierto modo, mis razones para matarle ya son
cosa del pasado.
Quail, sin soltar el arma, salió corriendo de la habitación, dirigiéndose al ascensor.
«Si me seguís -pensó-, os mataré.» Los agentes no lo hicieron. Oprimió el botón del
ascensor y se abrieron las puertas.
Se dio cuenta de que los policías no le habían seguido. Evidentemente, habían
captado sus pensamientos y decidían no correr riesgos.
El ascensor, al sentir su peso, descendió. Había escapado... por el momento. Pero,
¿qué sucedería a continuación? ¿Dónde podría ir?
El ascensor llegó a la planta baja; un momento más tarde, Quail se unía a la
multitud de peatones que caminaban apresuradamente por los canales especiales de
las calzadas. Le dolía la cabeza y se sentía enfermo. Pero al menos había evitado la
muerte; casi le habían asesinado en su propia casa.
Pensó que, probablemente, lo intentarían de nuevo. «Cuando me encuentren»,
pensó. Y con aquel transmisor en su cerebro no tardarían en descubrir su paradero.
Irónicamente, había logrado lo que pidiera a Rekal Incorporated. Aventura, peligro,
policía Interplan, un viaje secreto y peligroso en el que él se jugaba la vida. Todo
cuanto había ansiado como falsa memoria.
Ahora podían apreciarse las ventajas de que aquello fuera un recuerdo, pero nada
más.
A solas, en un banco del parque, reflexionó mientras contemplaba los rebaños de
peatones alegres y desenfadados, unos seres semipájaros importados de las dos lunas
de Marte, capaces de emprender el vuelo aun en contra de la fuerte gravedad de la
Tierra.
«Puede que aún pueda regresar a Marte», pensó.
Pero, y después, ¿qué? Las cosas serían mucho peor en Marte. La organización
política cuyo líder había asesinado le localizaría en el mismo momento en que
descendiera de la nave; allí le perseguirían en el acto tanto «ellos» como Interplan.
«¿Podéis escuchar mis pensamientos?», se preguntó. Fácil camino hacia la
paranoia; solo allí, sentado, sintió cómo le controlaban, cómo grababan sus
pensamientos, cómo discutían entre ellos...
Sintió un estremecimiento, se puso en pie, y caminó sin rumbo, con ambas manos
metidas en los bolsillos. Se daba cuenta de que no tenía la menor importancia el lugar
adonde pudiese ir. «Siempre estaréis conmigo - pensó - mientras tenga dentro de mi
cabeza este dispositivo.»
«Haré un trato con vosotros - pensó para sí y para ellos -. ¿No podéis implantar
una falsa memoria en mí otra vez, como lo hicisteis antes, para vivir una vida rutinaria
olvidando que alguna vez estuve en Marte? ¿Algo que asimismo me haga olvidar
totalmente haber visto un uniforme de Interplan y haber sostenido en la mano. una
pistola?»
Una voz dentro de su cerebro respondió: «Como ya se le ha explicado
cuidadosamente a usted, eso no sería suficiente».
Asombrado, Quail se detuvo.
«Comunicamos antiguamente con usted en esta forma - continuó diciendo la voz -
cuando estaba usted operando en el campo, en Marte. Han pasado meses desde que
lo hicimos por última vez; pensábamos, de hecho, que jamás tendríamos que volver a
hacerlo. ¿Dónde está usted?»
«Paseando - respondió Quail -. Caminando hacia mi muerte.»
Y pensó para sí: «Provocado por las pistolas de vuestros agentes.»
Luego, preguntó:
«¿Cómo pueden estar seguros de que no sería suficiente? ¿Acaso no tienen
resultado las técnicas de Rekal?»
«Como ya hemos dicho - respondió la voz -, si se le proporcionan a usted un
conjunto de memorias normalizadas, usted se sentiría... intranquilo. Inevitablemente
acudiría de nuevo a Rekal o quizá a cualquier otra firma competidora. No podemos
pasar por eso dos veces.»
«Supongamos - dijo Quail - que una vez se cancelen mis auténticos recuerdos, se
implante en mí algo más completo que una memoria normalizada. Algo que pudiese
satisfacer mis ansias. Eso ya se ha demostrado; y probablemente ésa es la razón por
la que ustedes me han contratado. Pero pueden inventar algo más, algo que sea igual.
Fui el hombre más rico de la Tierra, pero finalmente doné todo mi dinero a fundaciones
educativas. O fui, quizá, un famoso explorador espacial. Cualquier cosa por el estilo,
¿no valdría cualquier cosa de estas?
Hubo un largo silencio.
«Hagan la prueba - dijo Quail, desesperadamente -. Pongan a trabajar a sus
famosos psiquiatras militares; exploren mi mente. Averigüen cuál es mi sueño más
ansiado.»
Quail trató de pensar.
«Mujeres - murmuró a continuación -, miles de ellas, como las tuvo don Juan.
Playboy interplanetario... Una querida en cada ciudad de la Tierra, Luna y Marte.
«Y luego abandoné, todo eso a causa del agotamiento. Por favor, hagan la
prueba.»
«Entonces, ¿se entregaría usted voluntariamente? - Preguntó la voz en el interior
de su cabeza. Si convenimos, y es posible tal solución, se entregaría?» Tras un breve
intervalo de duda, respondió:»
«Si, correré el riesgo... con la condición de que no me maten.»
«Haga usted el primer movimiento - dijo la voz inmediatamente -, entréguese a
nosotros e investigaremos esa línea de posibilidad. Sin embargo, si no lo podemos
hacer, si sus recuerdos comienzan a surgir nuevamente como ha sucedido esta vez,
entonces...»
Hubo otro silencio, y a continuación la voz concluyó:
«... Tendremos que destruirle. Esto debe usted comprenderlo. Bien, Quail, ¿todavía
quiere usted probar?»
«SI», respondió.
De lo contrario, la única alternativa en aquellos. momentos era la muerte, una
muerte segura. Por lo menos aceptando la prueba le quedaba una posibilidad de
sobrevivir por muy débil que fuese.
«Preséntese en nuestro cuartel general de Nueva York - resumió la voz del agente
Interplan -. En el 580 de la Quinta Avenida, planta doce. Una vez se haya entregado
nuestros psiquiatras comenzarán a trabajar sobre usted. Haremos diversas clases de
pruebas. Trataremos de determinar su último deseo por muy fantástico que sea, y
entonces le llevaremos a Rekal y procuraremos que tal deseo se haga realidad en su
mente. Y... buena suerte. Es evidente que le debemos algo. Actuó usted muy bien para
nosotros.»
El tono de voz carecía de malicia; si algo expresaba, ellos -la organización- sentían
simpatía hacia él.
«Gracias», dijo Quail.
Y acto seguido comenzó a buscar un taxi-robot.
- Señor Quail - dijo el psiquiatra de Interplan, hombre de edad madura y facciones
graves -, posee usted unos sueños de fantasía realmente interesantes. Probablemente
son algo que ni siquiera usted mismo supone. Espero que no le molestará mucho
conocerlos.
El oficial de alta graduación de Interplan que se hallaba presente dijo bruscamente:
- Será mejor que no se moleste mucho al escuchar esto, si no desea recibir un
balazo.
El psiquiatra continuó:
- A diferencia de la fantasía de desear ser un agente secreto de Interplan, que,
hablando relativamente no es más que un producto de madurez, y que poseía cierto
carácter plausible, esta producción es un sueño grotesco de su infancia; no tiene nada
de particular que usted no lo recuerde. Su fantasía es la siguiente: tiene usted nueve
años de edad, y camina a solas por un sendero del campo. Una variedad, poco familiar,
de nave espacial, procedente de otro sistema estelar aterriza directamente frente a
usted. Nadie en la Tierra, excepto usted, la ve. Las criaturas que hay en su interior son
muy pequeñas e indefensas, algo parecidas a los ratones de campo, aun cuando están
intentando invadir la Tierra. Docenas de miles de otras naves semejantes están a punto
de ponerse en camino, cuando esta nave de exploración dé la señal.
- Y se supone que yo he de detenerlos - dijo Quail, experimentando una sensación
mezcla de diversión y disgusto -. Simplemente de un manotazo o aplastándolos con el
pie.
- No - replicó el psiquiatra, pacientemente -. Usted detiene la invasión, pero no
destruyendo a esos seres. En su lugar, usted muestra hacia ellos amabilidad o piedad,
aunque sea por telepatía - su medio de comunicación -, porque ya sabe usted a lo que
han venido. Ellos nunca han recibido semejante trato por parte de un organismo vivo, y
para demostrar su aprecio, pactan con usted.
Quail dijo:
- No invadirán la Tierra mientras yo viva, ¿verdad?
- Exactamente.
A continuación, el psiquiatra se dirigió al oficial de Interplan:
- Puede usted ver que encaja en su personalidad, a pesar de su falso desprecio.
- Así, pues, simplemente con seguir viviendo - dijo Quail, con creciente sensación
de placer -, simplemente con seguir alentando, salvo a la Tierra de una invasión.
- Entonces, en efecto, soy el personaje más importante de la Tierra. Sin levantar un
dedo siquiera
- Evidentemente, señor - respondió el psiquiatra - y conste que esto es una base en
su Psique; ésta es una fantasía de infancia. Algo que, sin una terapia profunda y sin
tratamiento de drogas, usted jamás habría recordado. Pero siempre ha existido en
usted; se hallaba en estado latente, pero sin cesar jamás.
El jefe de policía se dirigió entonces a McClane, que se halla sentado, escuchando
atentamente.
- ¿Puede usted implantar un modelo de esta clase en él?
- Manejamos toda clase de fantasía que pueda existir - dijo McClane -.
Francamente, he oído cosas peores que ésta. Por supuesto que podemos hacerlo.
Dentro de veinticuatro horas, no habrá deseado haber salvado a la Tierra. Será algo
que creerá ha sucedido realmente.
El oficial de la policía dijo:
- Entonces ya puede usted comenzar su trabajo como preparación previa, ya
hemos borrado en él el recuerdo de su viaje a Marte.
- ¿Qué viaje? - preguntó Quail.
Nadie le contestó, y así, aunque de mala gana, abandonó el asunto. Pronto se
presentó un vehículo de la policía. El, McClane y el jefe de la policía subieron y se
dirigieron hacia Rekal Incorporated.
- Será mejor que esta vez no cometa usted errores - dijo el jefe de la policía al
nervioso McClane.
- No veo que haya nada que pueda salir mal - respondió McClane, sudando
abundantemente -. Esto nada tiene que ver con Marte o con Interplan. Simplemente se
tratará de la detención de una invasión de la Tierra procedente de otro sistema estelar.
McClane movió la cabeza, y tras una breve pausa de silencio, continuó:
- ¡Cielos, qué clase de sueños!
Y tras pronunciar estas últimas palabras, se enjugó el sudor de la frente con un
pañuelo.
Nadie dijo nada.
- En realidad, es conmovedor - añadió McClane.
- Pero arrogante - dijo el oficial de policía -. Porque cuando él muera volverá a
presentarse la amenaza de invasión. No tiene nada de extraño que no lo recuerde; es
la fantasía más grande que he oído en mi vida. Luego, miró a Quail con expresión de
desaprobación. - ¡Y pensar que hemos anotado a este hombre en nuestra nómina!
Cuando llegaron a Rekal Incorporated, la recepcionista Shirley les recibió
apresuradamente en la oficina exterior.
- Bien venido sea de nuevo, señor Quail - dijo la muchacha -. Siento mucho que
anteriormente las cosas hubiesen salido mal; estoy segura de que ahora todo saldrá
mejor.
Todavía enjugándose el sudor de la frente con el pañuelo, McClane dijo:
- Todo saldrá mejor.
Actuando con rapidez, llamó a Lowe y a Keeler, y les siguió, a ellos y a Quail, hasta
la zona de trabajo. Después regresó a su despacho en compañía de Shirley y del jefe
de policía. Para esperar.
- ¿Tenemos algún paquete preparado para esto, señor McClane? - preguntó
Shirley, tropezando con él en su agitación y sonrojándose modestamente.
- Creo que sí.
McClane trató de recordar. Luego abandonó el intento y consultó el gráfico.
Decidió en voz alta:
- Una combinación de los paquetes Ochenta, Veinte y Seis.
De la sección de cámara abovedada que había tras su despacho extrajo los
adecuados paquetes y los llevó hasta su mesa de despacho para examinarlos.
- Del Ochenta - explicó - una varilla mágica de curación, que le entregaron al cliente
en cuestión, esta vez el señor Quail..., la raza de seres de otro sistema estelar. Una
muestra de gratitud.
- ¿Todavía surte efectos? - preguntó el oficial.
- Lo hizo en otro tiempo - respondió McClane -. Pero él, bien, la usó hace años
curando aquí y allá. Ahora sólo es un objeto. Aunque la recuerde vívidamente.
McClane cloqueó con la garganta, y luego abrió el paquete Veinte.
- Documento del secretario general de las Naciones Unidas, dándole las gracias
por haber salvado a la Tierra; esto no es precisamente una cosa muy adecuada porque
parte de la fantasía de Quail se basa en que nadie conoce la invasión, excepto él, pero
en nombre de la verosimilitud lo incluiremos.
McClane inspeccionó el paquete Seis a continuación. ¿Qué significaba aquello? No
lo recordaba; frunciendo el ceño, introdujo una mano en el interior de la bolsa de
plástico, mientras que Shirley y el oficial de la policía le contemplaban con curiosidad.
- Escritura en un idioma extraño - dijo Shirley.
- Esto demuestra quiénes eran - dijo McClane - y de dónde llegaron. Se incluye un
detallado mapa estelar señalando su vuelo y el sistema de origen. Por supuesto, lo han
hecho «ellos» y él no sabe leerlo. Pero sí recuerda que se lo leyeron personalmente en
su propia lengua.
McClane depositó los tres paquetes sobre el centro de la mesa de despacho, y
añadió:
- Se debe llevar esto a la vivienda de Quail, para que cuando llegue a casa los
encuentre. Y estas cosas confirmarán su fantasía. Procedimiento operativo
normalizado.
Luego reflexionó sobre cómo irían las operaciones de Lowe y Keeler.
Sonó el aparato de comunicación interior.
- Señor McClane, siento mucho molestarle.
Era la voz de Lowe; McClane quedó como congelado cuando la reconoció. Quedó
pasmado y mudo.
- Sucede algo y sería mejor que viniese usted a supervisar la operación. Como
anteriormente, Quail reaccionó bien bajo la narquidrina, está inconsciente, relajado, y
tiene buena recepción, pero...
McClane salió disparado hacia la zona de trabajo.
Sobre una cama higiénica yacía Douglas Quail respirando lentamente y con
regularidad, con los ojos medio cerrados, y casi sin percibir a los que le rodeaban.
- Comenzamos a interrogarle - dijo Lowe, muy pálido - para averiguar exactamente
cuándo situar el recuerdo-fantasía de haber salvado a la Tierra. Y cosa extraña...
- Me advirtieron que no lo dijera - murmuró Quail, con voz extrañamente ronca -.
Ese fue el convenio. Ni siquiera se suponía que llegara a recordarlo. Pero, ¿Cómo
podría olvidar un suceso como aquél?
- «Creo que fue difícil - reflexionó McClane -, pero lo hizo usted... hasta ahora.»
- Incluso me entregaron una especie de pergamino como muestra de gratitud -
añadió - Lo tengo escondido en mi alojamiento. Se lo enseñaré.
McClane dijo al oficial de la policía, que le había seguido:
- Bien, le sugiero que no le maten. Si lo hacen, «ellos» regresarán.
- También, me entregaron una varilla mágica para curar - añadió con los ojos
totalmente cerrados -. Así fue como maté a aquel hombre en Marte. Está en mi cajón,
junto con la caja de gusanos y plantas ya resecas.
Sin pronunciar una sola palabra, el oficial de Interplan abandonó la zona de trabajo.
«Lo mejor que podría hacer ahora sería desembarazarme de esos paquetesprueba
», se dijo a sí mismo McClane, resignadamente.
Caminó, lentamente, hacia su despacho, pensando en que, después de todo,
también debía desembarazarse de aquella citación del secretario general de las
Naciones Unidas...
La verdadera citación probablemente no tardaría mucho tiempo en llegar.
FIN

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