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Las tres leyes robóticas 1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes. Manual de Robótica 1 edición, año 2058

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viernes, 11 de enero de 2013

SCI-FI SPECIAL - Una Princesa De Marte -- Edgar Rice Burroughs




Una Princesa De Marte
Edgar Rice Burroughs

*****
Cuando comenzó la guerra, se fue y no lo volvimos a ver durante unos quince o
dieciséis años. Cuando regresó lo hizo sin aviso y me sorprendí mucho al notar
que no había envejecido ni cambiado nada. En presencia de otros, era el mismo:
alegre y ocurrente como siempre; pero lo he visto, cuando se creía solo, quedarse
sentado horas y horas mirando el infinito con una expresión anhelante y
desesperanzada. A la noche solía quedarse de la misma forma, escudriñando el
cielo, buscando quién sabe qué secretos. Años más tarde, después de leer su
manuscrito, descubrí cuáles eran.
Nos contó que había estado explorando en busca de minas en Arizona, después
de la guerra. Era evidente que le había ido bien por la ilimitada cantidad de dinero
que manejaba. Con respecto a los detalles de la vida que había llevado durante
esos años, era muy reservado. Más aún, se negaba a hablar de ellos totalmente.
Permaneció con nosotros aproximadamente un año y luego partió hacia Nueva
York, donde compró un pequeño campo sobre el río Hudson. Mi padre y yo
teníamos una cadena de negocios que se extendía a lo largo de toda Virginia, de
modo que yo solía visitarlo en su finca una vez al año, al hacer mi habitual viaje al
mercado de Nueva York. Por aquel entonces el Capitán Cárter tenía una cabaña
pequeña pero muy bonita, ubicada en los riscos que daban al río. Durante una de
mis últimas visitas, en el invierno de 1885, observé que estaba muy ocupado
escribiendo algo. Ahora pienso que era el manuscrito que aquí presento.
Fue entonces cuando me dijo que si algo llegaba a pasarle esperaba que me
hiciera cargo de sus bienes, y me dio la llave de un compartimento secreto de la
caja de seguridad que tenía en su estudio, diciéndome que podría encontrar allí su
testamento y algunas instrucciones, que debía comprometerme a llevar a cabo
con toda fidelidad.
Después de haberme retirado a mi habitación, por la noche, lo vi a través de mi
ventana, parado a la luz de la luna, al borde del risco que daba al río, con sus
brazos extendidos hacia el firmamento, en un gesto de súplica. En ese momento
supuse que estaba rezando, a pesar de que nunca hubiera pensado que fuera tan
creyente en el estricto sentido de la palabra.
Algunos meses más tarde, cuando ya había regresado a casa de mi última visita,
el 10 de marzo de 1886 - creo - recibí un telegrama suyo en el que me pedía que
fuera a verlo enseguida. Fui siempre su preferido entre los más jóvenes de los
Cárter y por lo tanto no dudé un instante en cumplir sus deseos.
Llegué a la pequeña estación, que quedaba más o menos a dos kilómetros de sus
tierras, la mañana del 4 de marzo de 1886, y cuando le pedí al conductor que me
llevara a casa del Capitán Cárter me dijo que, si era amigo suyo, tenía malas
noticias para mí: el cuidador de la finca lindera había encontrado muerto al
Capitán, poco después del amanecer.
Por algún motivo, esta noticia no me sorprendió, pero me apresuré a llegar a su
casa para hacerme cargo de su entierro y sus asuntos.
Encontré al cuidador que había descubierto su cadáver, junto con la policía local y
varias personas del lugar, reunidos en el pequeño estudio del Capitán. El cuidador
estaba relatando los detalles del hallazgo, diciendo que el cuerpo todavía estaba
caliente cuando lo encontró. Yacía cuan largo era en la nieve, con los brazos
extendidos sobre su cabeza hacia cl borde del risco, y cuando me señaló el sitio
donde lo había encontrado recordé que era exactamente cl mismo donde yo lo
había visto aquellas noches, con sus brazos tendidos en súplica hacia el cielo.
No había rastros de violencia en su cuerpo, y con la ayuda de un médico local, el
médico forense llegó a la conclusión de que había muerto de un síncope cardíaco.
Cuando quedé solo en el estudio, abrí la caja fuerte y retiré el contenido del
compartimento donde me había indicado que podría encontrar las instrucciones.
Eran por cierto algo extrañas, pero traté de seguirlas lo más precisamente posible.
Me indicaba que su cuerpo debía ser llevado a Virginia sin embalsamar, y debía
ser depositado en un ataúd abierto, dentro de una tumba que él había hecho
construir previamente y que, como luego comprobé, estaba bien ventilada. En las
instrucciones me recalcaba que controlara personalmente el cumplimiento fiel de
sus instrucciones, aun en secreto si fuera necesario.
Había dejado su patrimonio de tal forma que yo recibiría la renta íntegra durante
veinticinco años. Después de ése lapso, los bienes pasarían a mi poder. Sus
últimas instrucciones con respecto al manuscrito eran que debía permanecer
lacrado y sin leer por once años y que no debía darse a conocer su contenido
hasta veintiún años después de su muerte.
Una característica extraña de su tumba, donde aún yace su cuerpo, es que la
puerta está provista de una sola cerradura de resorte, enorme y bañada en oro,
que sólo puede abrirse desde adentro.
EDGAR RICE BURROUGHS
* * *
1
En las colinas de Arizona
Soy un hombre de edad muy avanzada, aunque no podría precisar cuántos años
tengo. Posiblemente tenga cien, o tal vez más, pero no puedo afirmarlo con
exactitud porque no envejecí como los demás hombres ni recuerdo niñez alguna.
Hasta donde llega mi memoria, siempre tengo la imagen de un hombre de
alrededor de treinta años. Mi apariencia actual es la misma que tenía a los
cuarenta, o tal vez antes, y aun así siento que no podré seguir viviendo
eternamente, que algún día moriré, como los demás, de esa muerte de la que no
se regresa ni se resucita. No sé por qué le temo a la muerte, yo que he muerto dos
veces y todavía estoy vivo, pero aún así le tengo el mismo pánico que le tienen los
que nunca murieron. Es justamente a causa de ese terror que estoy plenamente
convencido de mi mortalidad.
Por esa misma convicción me he decidido a escribir la historia de los momentos
interesantes de mi vida y de mi muerte. No me es posible explicar los fenómenos,
solamente puedo asentarlos aquí en la forma sencilla que puede hacerlo un simple
aventurero. Esta es la crónica de los extraños sucesos que tuvieron lugar durante
los diez años en que mi cuerpo permaneció sin ser descubierto en una cueva de
Arizona.
Nunca relaté esta historia, ni ningún mortal verá est. manuscrito hasta que yo haya
pasado a la eternidad. Sé que ninguna mente humana puede creer lo que no le es
posible comprobar, de modo que no es mi intención ser vilipendiado por la prensa,
ni por el clero, ni por el público, ni ser considerado un embustero colosal cuando lo
que estoy haciendo no es más que contar aquellas verdades que un día
corroborará la ciencia.
Posiblemente las experiencias que recogí en Marte v los conocimientos que pueda
exponer en esta crónica lleguen a ser útiles para la futura comprensión de los
misterios que rodean nuestro planeta hermano. Misterios que aún subsisten para
el lector, aunque ya no más para mí.
Mi nombre es John Cárter, pero soy más conocido como Capitán Jack Cárter, de
Virginia. Al finalizar la Guerra Civil era dueño de varios cientos de miles de dólares
en dinero confederado sin valor y del rango de Capitán de un ejército de caballería
que ya no existía. Era empleado de un Estado que se había desvanecido junto con
las esperanzas del Sur. Sin amos ni dinero y sin más razones por las que ejercer
el único medio de subsistencia que conocía, que era combatir, decidí abrirme
camino hacia el sudoeste y rehacer, buscando oro, la fortuna que había perdido.
Pasé alrededor de un año en la búsqueda junto con otro oficial confederado, el
Capitán James K. Powell, de Richmond. Tuvimos mucha suerte, ya que hacia el
final del invierno de 1866, después de muchas penurias y privaciones, localizamos
la más importante veta de cuarzo, aurífero que jamás hubiésemos podido
imaginar.
Powell, que era ingeniero especialista en minas, estableció que habíamos
descubierto mineral por un valor superior al millón de dólares en el insignificante
lapso de unos tres meses.
Como nuestro material era excesivamente rudimentario. decidimos que uno de
nosotros regresara a la civilización, comprara la maquinaria necesaria y volviera
con una cantidad suficiente de hombres para trabajar en la mina en forma
adecuada.
Como Powell estaba familiarizado con la zona, así como con los requisitos
mecánicos para trabajar la mina, decidimos que lo mejor sería que él hiciera el
viaje.
El 3 de marzo de 1866 empezamos a cargar las provisiones de Powell en dos de
nuestros burros. Después de despedirse montó a caballo y empezó su descenso
hacia el valle a través del cual debería realizar la primera etapa del viaje.
La mañana en que Powell partió era diáfana y hermosa como la mayoría de las
mañanas en Arizona. Pude verlos a él y a sus animalitos de carga siguiendo su
camino hacia el valle. Durante toda la mañana pude verlos ocasionalmente
cuando cruzaban una loma o cuando aparecían sobre una meseta plana. La última
vez que lo vi a Powell fue alrededor de las tres de la tarde, cuando quedó envuelto
en las sombras de las sierras del lado opuesto del valle.
Alrededor de media hora más tarde se me ocurrió mirar a través del valle y me
sorprendí mucho al ver tres pequeños puntos en el lugar aproximado donde había
visto por última vez a mi amigo y sus dos animales de carga. No acostumbro
preocuparme en vano, pero cuanto más trataba de convencerme de que todo le
iba bien a Powell, y que las manchas que había visto en su ruta eran antílopes o
caballos salvajes, menos 'seguro me sentía.
Yo sabía que Powell estaba bien armado y, más aún, sabía que era un
experimentado cazador de indios; pero yo también había vivido y luchado durante
muchos años entre los sioux, en el norte, y sabía que las posibilidades de Powell
eran pocas contra un grupo de apaches astutos. Finalmente no pude soportar más
la ansiedad, y tomando mis dos revólveres Colt, una carabina y dos cinturones con
cartuchos, preparé mi montura y comencé a seguir el camino que Powell había
tomado esa mañana.
Apenas llegué a la parte comparativamente llana del valle, comencé a andar al
galope, y continué así donde el camino me lo permitía, hasta que comenzó a
ponerse el sol. De pronto descubrí el lugar donde otras huellas se unían a las de
Powell: eran las de tres potros sin herradura que iban al galope.
Seguí el rastro rápidamente hasta que la oscuridad cada vez más densa me forzó
a esperar a que la luz de la luna me diera la oportunidad de calcular si mi rumbo
era acertado. Seguramente había imaginado peligros increíbles, como una
comadre vieja e histérica, y cuando alcanzara a Powell nos reiríamos de buena
gana de mis temores. Sin embargo, no soy propenso a la sensiblería, y el ser fiel
al sentimiento del deber, adonde quiera que éste pudiera conducirme, había sido
siempre una especie de fetichismo a lo largo de toda mi vida, de lo cual pueden
dar cuenta los honores que me otorgaron tres repúblicas y las condecoraciones y
amistad con que me honran un viejo y poderoso emperador y varios reyes de
menor importancia, a cuyo servicio mi espada se tino en sangre más de una vez.
Alrededor de las nueve de la noche, la luna brillaba ya con suficiente intensidad
como para continuar mi camino. No tuve ninguna dificultad en seguir el rastro al
galope tendido y, en algunos lugares, al trote largo, hasta cerca de la medianoche
En ese momento llegué a un arroyo donde era de prever que Powell acampara. Di
con el lugar en forma inesperada, encontrándolo completamente desierto, sin una
sola señal que indicara que alguien hubiese acampado allí hacía poco.
Me interesó el hecho de que las huellas de los otros jinetes, que para entonces
estaba convencido de que estaban siguiendo a Powell, continuaban nuevamente
detrás de éste, con un breve alto en el arroyo para tomar agua, y siempre a la
misma velocidad que él.
Ahora estaba completamente seguro de que los que habían dejado esas huellas
eran apaches y que querían capturarlo con vida por el mero y satánico placer de
torturarlo. Por lo tanto dirigí mi caballo hacia adelante a paso más ligero: con la
remota esperanza de alcanzarlo antes que los astutos pieles rojas que lo
perseguían lo atacaran.
Mi imaginación no pudo ir más allá, ya que fue abruptamente interrumpida por el
débil estampido de dos disparos a la distancia, mucho más adelante de donde yo
me encontraba. Sabía que en ese momento Powell me necesitaba más que nunca
e instantáneamente apreté el paso al máximo, galopando por la senda angosta y
difícil de la montaña.
Avancé una milla o más sin volver a oír ruido alguno. En ese punto el camino
desembocaba en una pequeña meseta abierta cerca de la cumbre del risco. Había
atravesado por una cañada estrecha y sobresaliente antes de entrar en aquella
meseta y lo que vieron mis ojos me llenó de consternación y desaliento.
El pequeño llano estaba cubierto de blancas carpas de indios y había más de
quinientos guerreros pieles rojas alrededor de algo que se hallaba cerca del centro
del campamento. Su atención estaba hasta tal extremo concentrada en ese punto
que no se dieron cuenta de mi presencia, de modo que fácilmente podría haber
vuelto al oscuro recoveco del desfiladero para emprender la huida sin riesgo
alguno.
El hecho, sin embargo, de que este pensamiento no se me ocurriera hasta el otro
día y actuara sin pensar me quita el derecho de aparecer como héroe, ya que lo
hubiera sido en caso de haber medido los riesgos que el no ocultarme traía
aparejados.
No creo tener pasta de héroe. En toda ocasión en que mi voluntad me puso frente
a frente con la muerte, no recuerdo que haya habido ni una sola vez en la que un
procedimiento distinto al puesto en práctica se me haya ocurrido en el mismo
momento. Es evidente que mi personalidad está moldeada de tal forma que me
fuerza subconscientemente al cumplimiento de mi deber, sin recurrir a
razonamientos lentos y torpes. Sea como fuere, nunca me he lamentado de no
poder recurrir a la cobardía.
En este caso, por supuesto, estaba completamente seguro de que el centro de
atracción era Powell; pero aunque no sé si actué o pensé primero, lo cierto es que
en un instante había desenfundado mis revólveres y estaba embistiendo contra el
ejército entero dé guerreros, disparando sin cesar y gritando a todo pulmón.
Solo como estaba no podía haber usado mejor táctica, ya que los pieles rojas,
convencidos por la inesperada sorpresa de que había al menos un regimiento
entero cargando contra ellos, se dispersaron en todas direcciones en busca de sus
arcos, flechas y rifles.
El espectáculo que me ofreció esa repentina retirada me llenó de recelo y de furia.
Bajo los brillantes rayos de la luna de Arizona yacía Powell, su cuerpo totalmente
perforado por las flechas de los apaches. No me cabía la menor duda de que
estaba muerto, pero aun así habría de salvar su cuerpo de la mutilación a manos
de los apaches con la misma premura que salvarlo de la muerte. Al llegar a su
lado me incliné y tomándolo de sus cartucheras lo acomodé en las ancas de mi
caballo.
Con un simple vistazo hacia atrás me convencí de que regresar por el camino por
el que había llegado sería más peligroso que continuar a través de la meseta, de
modo que, espoleando a mi pobre caballo, arremetí hacia la entrada del risco que
podía distinguir del otro lado de la meseta.
Para ese entonces los indios ya habían descubierto que estaba solo y era
perseguido por imprecaciones, flechas y disparos de rifle.
El hecho de que les resultara sumamente difícil hacer puntería con Otra cosa que
no fueran imprecaciones - ya que solamente nos iluminaba la luz de la luna -, que
hubieran sido sorprendidos por la forma inesperada y rápida de mi aparición y que
yo fuera un blanco que se movía rápidamente, me salvó de varios disparos y me
permitió llegar a la sombra de las peñas linderas antes que se pudiera organizar
una persecución ordenada.
Estaba convencido de que mi caballo sabría orientarse mejor que yo en el camino
que llevaba hacia el risco, y por lo tanto dejé que fuera él el que me guiara. De
este modo entré en un risco que llevaba hacia la cima de la extensión y no en el
paso que, esperaba, podría llevarme a salvo hacia el valle.
Es posible, sin embargo, que sea a esta equivocación a la cual le deba mi vida y
las increíbles experiencias y aventuras en las que participé en los diez años
siguientes.
La primera noción que tuve de que había tomado por un camino equivocado fue
cuando percibí que los gritos de los salvajes que me perseguían se iban
desvaneciendo de pronto, a la distancia, hacia mi izquierda.
Me di cuenta, entonces, de que habían pasado por la izquierda de la formación
rocosa al borde de la meseta, a la derecha de la cual nos había llevado mi caballo.
Frené mi cabalgadura sobre un pequeño promontorio rocoso que daba sobre el
camino y pude observar cómo el grupo de indios que me seguía desaparecía
detrás de una colina cercana.
Sabía que los indios descubrirían de un momento a otro que habían equivocado el
camino y que reiniciarían mi búsqueda por el camino exacto tan pronto como
encontraran mis huellas.
No había hecho más que un pequeño trecho cuando lo que parecía ser un
excelente camino se perfiló a la vuelta del frente de un inmenso risco. Era nivelado
y bastante ancho y conducía hacia lo alto en la dirección que deseaba tomar. El
risco se elevaba varios cientos de metros a mi derecha, y a mi izquierda había una
pendiente que caía en la misma forma y casi a pico hacia la quebrada rocosa del
pie. Había avanzado más o menos cien metros cuando una curva cerrada me
condujo a la entrada de una cueva inmensa. La entrada era de alrededor de un
metro y medio de alto y de más o menos el mismo ancho. El camino terminaba
allí.
Ya era de mañana, y como una de las características más asombrosas de Arizona
es que se hace de día sin un previo amanecer, casi sin darme cuenta me encontré
a plena luz del día.
Luego de desmontar coloqué el cuerpo de Powell en el suelo, pero ni el más
cuidadoso examen sirvió para revelar la menor chispa de vida. Traté de verter
agua de mi cantimplora entre sus labios muertos, le lavé la cara, le froté las manos
e hice todo lo posible por salvarlo durante casi una hora, negándome a creer que
estaba muerto.
Sentía mucha simpatía por Powell, que era un hombre cabal en todo sentido, un
distinguido caballero sureño, un amigo fiel y verdadero. Por eso, no sin sentir una
profunda tristeza, concluí por abandonar mis pobres esfuerzos por resucitarlo.
Dejé el cuerpo de Powell donde yacía, en la saliente, y me deslicé dentro de la
cueva para hacer un reconocimiento. Encontré un amplio espacio de casi treinta
metros de diámetro y diez o quince de alto, con el suelo liso y aplanado y muchas
otras evidencias de que 'en algún tiempo remoto había estado habitado. El fondo
de la cueva se perdía en una sombra densa, de tal forma que no podía distinguir si
había o no entradas a otros recintos.
Mientras proseguía mi reconocimiento comencé a sentir que me invadía una
placentera somnolencia que atribuí a la fatiga causada por mi larga y extenuaste
cabalgata y al resultado de la excitación de la lucha y la persecución. Me sentía
relativamente seguro en mi actual escondite ya que sabía que un hombre solo
podría defender el camino a la cueva contra un ejército entero.
De pronto me dominó un sueño tan profundo que apenas podía resistir el fuerte
deseo de arrojarme al suelo de la cueva para descansar un rato; pero sabía que
no podía hacerlo ni siquiera un instante, ya que eso podía desembocar en mi
muerte a manos de mis amigos pieles rojas que podían caer sobre mí en cualquier
momento. En un esfuerzo traté de dirigirme hacia la entrada de la cueva, pero sólo
logré mantenerme tambaleando como un borracho contra una de las paredes de la
cueva, para luego caer pesadamente al suelo.
2
La huida de la muerte
Una deliciosa sensación de modorra me invadió relajando mis músculos, y ya
estaba a punto de abandonarme a mis deseos de dormir cuando llegó hasta mí el
sonido de caballos que se aproximaban. Intenté incorporarme de un salto, pero
con horror descubrí que mis músculos no respondían a mi voluntad.
Ya estaba completamente despabilado, pero tan imposibilitado de mover un
músculo como si me hubiera vuelto de piedra. No fue sino en ese momento
cuando advertí que un imperceptible vapor estaba llenando la cueva. Era
extremada mente tenue y solamente visible a través de la luz que penetraba por la
boca de ésta.
También, llegó hasta mí un indefinible olor picante y lo único que pude pensar fue
que había sido afectado por algún gas venenoso, pero no podía 'comprender por
qué mantenía mis facultades mentales y aun así no podía moverme.
Estaba tendido mirando hacia la entrada de la caverna, desde donde podía
observar la pequeña parte de camino que se extendía entre ésta y la curva del
risco que conducía a ella. El ruido de caballos que se aproximaban había cesado.
Juzgué entonces que los indios se estarían deslizando cautelosamente hacia la
cueva a lo largo de la pequeña saliente que conducía a mi tumba en vida.
Recuerdo mi esperanza de que terminaran pronto conmigo, ya que no me era
precisamente agradable la idea de las innumerables cosas que podrían hacerme
si su espíritu los instigaba a ello.
No tuve que esperar mucho para que un ruido furtivo me avisara de su cercanía.
En ese momento apareció detrás del lomo del desfiladero un penacho de guerra y
una cara pintada a rayas. Unos ojos salvajes se clavaron en los míos. Estaba
seguro de que me había visto ya que el sol de la mañana me daba de lleno a
través de la entrada de la cueva.
El indio, en lugar de acercarse, simplemente me contempló desde donde estaba,
sus ojos desorbitados y su mandíbula desencajada. Entonces apareció otro rostro
de salvaje y luego un tercero y un cuarto y un quinto, estirando sus cuellos sobre
el hombro de sus compañeros. Cada rostro era el retrato del temor y del pánico.
No sabía por qué ni lo supe hasta diez años más tarde. Era evidente que había
más indios detrás de los que podía ver, por el hecho de que estos últimos les
susurraban algo a los de atrás.
De pronto brotó un sonido bajo pero peculiarmente lastimero del hueco de la
cueva que estaba detrás de mí. No bien los indios lo oyeron, huyeron
despavoridos, aguijoneados por el pánico. Tan desesperados eran sus esfuerzos
por escapar de lo que no podían ver, que uno de ellos cayó del risco de cabeza
contra las 'rocas de abajo. Sus gritos salvajes sonaron en el cañón por un
momento y luego todo quedó otra vez en silencio.
El ruido que los había asustado no se repitió, pero había sido suficiente para
llevarme a pensar en el posible horror que a mis espaldas acechaba en las
sombras. El miedo es algo relativo, por lo tanto solamente puedo comparar mis
sentimientos en ese momento con los que había experimentado en otras
situaciones de peligro por las que había atravesado, pero sin avergonzarme puedo
afirmar que si las sensaciones que soporté en los breves segundos que siguieron
fueron de miedo, entonces puede Dios asistir al cobarde, ya que seguramente la
cobardía es en sí un castigo.
Encontrarse paralizado con la espalda vuelta hacia algún peligro tan horrible y
desconocido cuyo ruido hacía que los feroces guerreros apaches huyeran en
violenta estampida, como un rebaño de ovejas huiría despavorido de una jauría de
lobos, me parece lo más espantoso en situaciones temibles para un hombre que
ha estado siempre acostumbrado a pelear por su vida con toda la energía de su
poderoso físico.
Varías veces me pareció oír tenues sonidos detrás de mí, como de alguien que se
moviese cautelosamente, pero finalmente también éstos cesaron y fui abandonado
a la contemplación de mi propia posición sin ninguna interrupción. No pude más
que conjeturar vagamente la razón de mi parálisis y mi único deseo era que
pudiera desaparecer con la misma celeridad con que me había atacado.
Avanzada la tarde, mi caballo, que había estado con las riendas sueltas delante de
la cueva, comenzó a bajar lentamente por el camino, evidentemente en busca de
agua y comida, y yo quedé completamente solo con el misterioso y desconocido
acompañante y el cuerpo de mi amigo muerto que yacía en el límite de mi campo
visual, en el borde donde esa mañana lo había colocado.
Desde ese momento hasta cerca de la medianoche todo estuvo en silencio, un
silencio de muerte. En ese instante, súbitamente, el horrible quejido de la mañana
sonó en forma espantosa y volvió a oírse en las oscuras sombras el sonido de
algo que se movía y un tenue crujido como de hojas secas. La impresión que
recibió mi ya sobreexcitado sistema nervioso fue extremadamente terrible, y con
un esfuerzo sobrehumano luché por romper mis invisibles ataduras.
Era un esfuerzo mental, de la voluntad, de los nervios, pero no muscular, ya que
no podía mover ni siquiera un dedo.
Entonces algo cedió - fue una sensación momentánea de náuseas, un agudo
golpe seco como el chasquido de un alambre de acero - y me vi de pie con la
espalda contra la pared de la cueva, enfrentando a mi adversario desconocido.
En ese momento la luz de la luna inundó la cueva y allí, delante de mí, yacía mi
propio cuerpo en la misma posición en que había estado tendido todo el tiempo,
con los ojos fijos en el borde de la entrada de la cueva y las manos descansando
relajadamente sobre el suelo. Miré primero mi figura sin vida tendida en el suelo
de la cueva y después me miré yo mismo con total desconcierto, ya que allí yacía
vestido y yo estaba completamente desnudo como cuando vine al mundo.
La transición había sido tan rápida y tan inesperada que por un momento me hizo
olvidar de todo lo que no fuera mi metamorfosis. Mi primer pensamiento fue:
¡entonces esto es la muerte! ¿Habré pasado entonces para siempre al otro
mundo? Sin embargo, no podía convencerme del todo, ya que podía sentir mi
corazón golpeando sobre mis costillas por el gran esfuerzo que había realizado
para librarme de la inmovilidad que me había invadido. Mi respiración se tornaba
entrecortada. De cada poro de mi cuerpo brotaba una transpiración helada, y el
conocido experimento del pellizco me reveló que yo era mucho más que un
fantasma. De pronto mi atención volvió a ser atraída por la repetición del
horripilante quejido de las profundidades de la cueva. Desnudo y desarmado como
estaba, no tenía la más mínima intención de enfrentarme a esa fuerza
desconocida que me amenazaba.
Mis revólveres estaban en las fundas de mi cadáver y por alguna razón
inescrutable no podía acercarme para tomarlos. Mi carabina estaba en su funda,
atada a mi montura, y como mi caballo se había ido, me hallaba abandonado sin
medios de defensa. La única alternativa que me quedaba parecía ser la fuga, pero
mi decisión fue abruptamente cortada por la repetición del sonido chirriante de lo
que ahora parecía, en la oscuridad de la cueva y para mi imaginación
distorsionada, estar deslizándose cautelosamente hacia mí.
Como ya me era imposible resistir un minuto más la tentación de escapar de ese
lugar horrible, salté a través de la entrada con toda rapidez hacia afuera.
El aire vivificante y fresco de la montaña, fuera de la cueva, actuó como un tónico
de acción inmediata y sentí que dentro de mí nacían una nueva vida y un nuevo
coraje. Parado en el borde de la saliente me eché en cara yo mismo mi actitud por
lo que ahora me parecía una aprensión absolutamente injustificable.
Poniéndome a razonar me di cuenta de que había estado tirado totalmente
desvalido durante muchas horas dentro de la cueva; es más, nada me había
molestado y la mejor conclusión a. la que pude llegar razonando clara y
lógicamente fue que los ruidos que había oído habían sido producidos por causas
puramente naturales e inofensivas. Probablemente la conformación de la cueva
fuese tal que apenas una suave brisa hubiese causado ese extraño ruido.
Decidí investigar, pero primero levanté mi cabeza para llenar mis pulmones con el
puro y vigorizante aire nocturno de la montaña. En el momento de hacerlo, vi
extenderse muy, pero muy abajo, la hermosa vista de la garganta rocosa, y al
mismo nivel, la llanura tachonada de cactos transformada por la luz de la luna en
un milagro de delicado esplendor y maravilloso encanto.
Pocas maravillas del Oeste pueden inspirar más que las bellezas de un paisaje de
Arizona bañado por la luz de la luna: las montañas plateadas a la distancia, las
extrañas sombras alternadas con luces sobre las lomas y arroyos, y los detalles
grotescos de las formas tiesas pero aun hermosas de los cactos conforman un
cuadro encantador y al mismo tiempo inspirador, como si uno estuviera viendo por
primera vez algún mundo muerto y olvidado. Así de diferente es esto del aspecto
de cualquier otro lugar de nuestra tierra.
Mientras estaba así meditando, dejé de mirar el paisaje para observar el cielo,
donde millares de estrellas formaban una capa suntuosa y digna de los milagros
terrestres que cobijaban. Mi atención fue de pronto atraída por una gran estrella
roja sobre el lejano horizonte. Cuando fijé mi vista sobre ella me sentí hechizado
por una fascinación más que poderosa. Era Marte, el dios de la Guerra, que para
mí, que había vivido luchando, siempre había tenido un encanto irresistible.
Mientras lo miraba, aquella noche lejana, parecía llamarme a través del misterioso
vacío de la oscuridad para inducir me hacia él, para atraerme como un imán atrae
una partícula de hierro. Mis ansias eran superiores a mis fuerzas de oposición.
Cerré los ojos, alargué mis brazos hacia el dios de mi devoción y me sentí
transportado con la rapidez de un pensamiento a través de la insondable
inmensidad del espacio.
Hubo un instante de frío extremo y total oscuridad.
3
Mi llegada a Marte
Cuando abrí los ojos me encontré rodeado de un paisaje extraño y sobrenatural.
Sabía que estaba en Marte. Ni una sola vez me pregunté si me hallaba despierto y
lúcido. No estaba dormido, no necesitaba pellizcarme, mi subconsciente me decía
tan sencillamente que estaba en Marte como a cualquiera le dice que está sobre la
Tierra. Nadie pone en duda ese hecho. Tampoco yo lo hacía. Me encontré tendido
sobre una vegetación amarillenta, semejante al musgo, que se extendía alrededor
de mí en todas direcciones, más allá de donde la vista podía llegar. Parecía estar
tendido en una depresión circular y profunda, a lo largo de cuyo borde podía
distinguir las irregularidades de unas colinas bajas.
Era mediodía, el sol caía a plomo sobre mí y su calor era bastante intenso sobre
mi cuerpo desnudo, pero aun así no era más intenso de lo que habría sido
realmente en una situación similar en el desierto de Arizona. Aquí y allá había
afloramientos de roca silícica que brillaban a la luz del sol, y algo a mi izquierda,
tal vez a cien metros, se veía una estructura baja de paredes de unos dos metros
de alto. No había agua a la vista ni parecía haber otra vegetación que no fuera el
musgo. Como estaba algo sediento decidí hacer una pequeña exploración.
Al incorporarme de un salto recibí mi primera sorpresa marciana, ya que el mismo
esfuerzo necesario en la Tierra para pararme, me elevó por los aires, en Marte,
hasta una altura de cerca de tres metros. Descendí suavemente sobre el suelo, de
todas formas sin choque ni sacudida apreciables. Entonces comenzaron una serie
de evoluciones que aún en ese momento me parecieron en extremo ridículas.
Descubrí que tenía que aprender a caminar, ya que el esfuerzo muscular que me
permitía moverme en la Tierra, me jugaba extrañas travesuras en Marte. En lugar
de avanzar en forma digna y cuerda, mis intentos por caminar terminaban en una
serie de saltos que me hacían llegar fácilmente a un metro del suelo a cada paso
para caer a tierra de narices o de espalda luego del segundo o tercer salto. Mis
músculos, perfectamente armónicos y acostumbrados a la fuerza de gravedad de
la Tierra, me jugaron una mala pasada en mi primer intento de hacer frente a la
menor fuerza de gravedad y presión atmosférica de Marte.
Estaba decidido, sin embargo, a explorar aquella construcción baja que parecía
ser la única evidencia de civilización a la vista, y así se me ocurrió el original plan
de volver a los primeros principios de la locomoción: el gateo. Lo hice bastante
bien y en poco tiempo llegué a la pared baja y circular de la construcción. Parecía
no haber puertas ni ventanas del lado más cercano a mí, pero como la pared tenía
poco más de un metro de alto, me fui poniendo cuidadosamente de pie y espié
sobre la parte de arriba. Entonces descubrí el más extraño espectáculo que haya
visto jamás.
El techo de la construcción era de vidrio sólido, de unos diez centímetros de
espesor. Debajo había varios cientos de huevos enormes, perfectamente
redondos y blancos como la nieve. Los huevos eran más o menos de tamaño
uniforme y tenían alrededor de un metro de diámetro.
Cinco o seis ya habían sido empollados y las grotescas figuras que brillaban
sentadas a la luz del sol bastaron para hacerme dudar de mi cordura. Parecían
pura cabeza, con cuerpos pequeños, cuellos largos y seis piernas o, según me
enteré más tarde, dos piernas, dos brazos y un par intermedio de miembros que
podían servir tanto de una cosa como de otra. Los ojos estaban en los lados
opuestos de la cabeza, un poco más arriba del centro, y sobresalían de tal forma
que podían apuntar hacia adelante o hacia atrás y también en forma
independiente uno del otro, lo cual le permitía a este extraño animal mirar en
cualquier dirección o en dos direcciones al mismo tiempo, sin necesidad de mover
la cabeza.
Las orejas, que estaban apenas un poco más arriba de los ojos y muy juntas, eran
pequeñas, como antenas en forma de copa, y sobresalían no más de dos
centímetros en esos pequeños especímenes. Sus narices no eran más que fosas
longitudinales en el centro de la cara, justo en la mitad, entre la boca y las orejas.
No tenían pelo en el cuerpo, que era de un color amarillento verdoso brillante. En
los adultos, como iba a descubrir bien pronto, este color se acentúa en un verde
oliva y es más oscuro en el macho que en la hembra. Más aún, la cabeza de los
adultos no es tan desproporcionada con respecto al resto del cuerpo como en el
caso de los jóvenes.
El iris de sus ojos es rojo sangre como el de los albinos, en tanto que la pupila es
oscura. El globo del ojo en sí mismo es muy blanco, como los dientes. Estos
últimos confieren una apariencia de mayor ferocidad a su aspecto ya de por sí
espantoso y terrible: poseen unos colmillos enormes que se curvan hacia arriba y
terminan en afiladas puntas a la altura del lugar en que se hallan los ojos de los
humanos. La blancura de sus dientes no es la del marfil, sino la de la más nívea y
reluciente porcelana. Contra el fondo oscuro de su piel color oliva, sus colmillos se
destacan en forma aun más llamativa y dan a estas armas una apariencia
singularmente formidable.
La mayoría de estos detalles los descubrí más tarde ya que no tuve tiempo para
meditar en lo extraño de mi nuevo descubrimiento. Había visto que los huevos
estaban en proceso de incubación y mientras observaba cómo estos espantosos
monstruos rompían las cascaras de los huevos no me percaté de una veintena de
marcianos adultos que se aproximaban a mis espaldas. Como caminaban sobre
ese musgo suave y silencioso que cubría prácticamente toda la superficie de
Marte, con excepción de las áreas congeladas de los polos y los aislados espacios
cultivados, podrían haberme capturado fácilmente. Sin embargo, sus intenciones
eran mucho más siniestras. El ruido de los pertrechos del guerrero más próximo
me alertó. Mi vida pendía de un hilo tan delgado que muchas veces me maravillo
de haberme escapado tan fácilmente. Si el rifle del jefe de este grupo no se
hubiera balanceado sobre la tira que lo sujetaba al costado de su montura de tal
forma de chocar contra el extremo de la enorme lanza de metal, hubiera
sucumbido sin siquiera imaginar que la muerte estaba tan cerca de mí. Pero ese
leve ruido me hizo dar vuelta y allí, a no más de tres metros de mi pecho, estaba la
punta de aquella enorme lanza. Una lanza de doce metros de largo, con una punta
de metal fulgurante y sostenida por una réplica montada de los pequeños
demonios que había estado observando.
¡Qué pequeños y desvalidos parecían ahora al lado de estas terroríficas e
inmensas encarnaciones del odio, la venganza y la muerte! El hombre, de algún
modo tengo que llamarlo, tenía más de cinco metros de alto y, sobre la Tierra,
hubiera pesado más de doscientos kilos. Montaba como nosotros montamos en
nuestros caballos, pero asiendo el cuello del animal con sus miembros inferiores,
mientras que con las manos de sus dos brazos derechos sujetaba aquella
inmensa lanza al costado de su cabalgadura. Extendía sus dos brazos izquierdos
para ayudar a mantener el equilibrio, ya que el animal que montaba no tenía ni
freno ni riendas de ningún tipo para su guía.
¡Y su montura! ¿Cómo describirla con términos humanos? Medía casi tres metros
de alzada. Tenía cuatro patas de cada lado y una cola aplastada y gruesa, más
ancha en la punta que en su nacimiento, que mantenía enhiesta mientras corría.
Su boca ancha partía su cabeza desde el hocico hasta el cuello, grueso y largo.
Al igual que su dueño, estaba completamente desprovisto de pelo, pero era de un
color apizarrado oscuro y extremadamente suave y brillante. Su panza era blanca
y sus patas pasaban del apizarrado de su lomo y ancas a un amarillento fuerte en
los pies. Estos eran muy acolchados y sin uñas, hecho que había contribuido a
amortiguar su paso al acercarse. La multiplicidad de patas era una de las
características comunes que distinguían a la fauna de Marte. El tipo humano más
elevado y otro animal, el único mamífero que existía en Marte, eran los únicos que
tenían uñas bien formadas, ya que allí no existía ningún animal con pezuñas.
Detrás de este primer demonio seguían otros diecinueve, iguales en todos los
aspectos, pero - como más tarde me enteraría - con características individuales
peculiares a cada uno de ellos, lo mismo que ocurre con los seres humanos, que
nunca pueden ser idénticos a pesar de estar hechos en moldes muy similares.
Debo decir que esta escena, o mejor dicho esta pesadilla hecha carne, que he
descrito con todo detalle, me produjo una conmoción en el terrible momento en
que me di vuelta y los descubrí.
Desarmado y desnudo como estaba, la primera ley de la naturaleza se manifestó
como la única solución posible a mi problema más urgente: alejarme del alcance
de la punta de las lanzas enemigas. Por lo tanto, di un salto terrestre a la vez que
superhumano para alcanzar la parte superior de la incubadora marciana.
Mi esfuerzo tuvo un éxito que me asombró tanto como a los guerreros marcianos,
ya que me elevó más o menos diez metros en el aire y me hizo aterrizar a casi
treinta metros de mis perseguidores, del lado opuesto de la construcción.
Caí sobre el suave musgo, fácilmente y sin dificultad alguna. Al darme vuelta, vi a
mis enemigos alineados a lo largo de la pared de la construcción. Algunos me
investigaban con una expresión que más tarde reconocería como de profundo
desconcierto, mientras que otros estaban evidentemente satisfechos de que no
hubiera molestado a sus pequeños.
Conversaban entre ellos en tono bajo y gesticulaban señalándome. El
descubrimiento de que no había dañado a los pequeños marcianos y que estaba
desarmado debió de haber hecho que me miraran con menos ferocidad, pero,
como sabría después, lo que más peso tuvo a mi favor fue esa exhibición de salto-
Los marcianos, al mismo tiempo de ser inmensos, tenían huesos muy grandes y
su musculatura estaba sólo en proporción a la gravedad que debían soportar.
Como resultado de ello, eran infinitamente menos ágiles y menos fuertes, en
relación con su peso, que un humano. Dudaba que si alguno se viese transportado
súbitamente a la Tierra, pudiera vencer la fuerza de gravedad y elevarse del suelo;
por el contrario, estaba convencido de que no lo podría hacer.
Por lo tanto, mi proeza en Marte fue tan maravillosa como lo hubiera sido en la
Tierra; y, del deseo de aniquilarme, los marcianos pasaron a observarme como un
descubrimiento maravilloso para ser capturado y exhibido ante sus compañeros.
La tregua que me había brindado mi inesperada agilidad me permitió formular
planes para el futuro inmediato y estudiar más de cerca a los guerreros, ya que
mentalmente no podía disociar a esos seres de aquellos otros guerreros que me
habían estado persiguiendo sólo un día antes.
Advertí que todos estaban armados con varias armas, además de aquella inmensa
lanza que he descrito. El arma que me convenció de no intentar escapar fue lo que
parecía ser un rifle, y el hecho de que creía, por alguna razón extraña, que eran
peculiarmente hábiles para las cacerías.
Esos rifles eran de un metal blanco con madera incrustada. Más tarde me
enteraría de que esta madera era muy liviana, de cultivo muy difícil, muy valorada
en Marte y completamente desconocida por nosotros, los terráqueos. El metal del
caño era de una aleación compuesta principalmente por aluminio y acero que
habían aprendido a templar con una dureza muy superior a la del acero que
nosotros estamos acostumbrados a usar. El peso de estos rifles era relativamente
bajo, pero por las balas explosivas de radio, de pequeño calibre, que utilizaban, y
la gran longitud del caño, eran extremadamente mortíferos á un alcance que sería
increíble en la Tierra. El alcance teórico de efectividad de este rifle es de
aproximadamente quinientos kilómetros, pero el mayor rendimiento que alcanzan
en la práctica, con sus miras telescópicas y radios, no es de más de trescientos
kilómetros.
Esto es más que suficiente para que sienta un gran respeto por las armas de
fuego de los marcianos. Alguna fuerza telepática debió de haberme prevenido
contra un intento de fuga a la clara luz del día, bajo la mira de veinte de esas
máquinas mortíferas.
Los marcianos, después de haber intercambiado tinas pocas palabras, se
volvieron y se marcharon en la misma dirección por la que habían llegado, dejando
a uno de ellos solo cerca de la construcción. Cuando habían recorrido más o
menos doscientos metros, se detuvieron y, dirigiendo sus monturas hacia
nosotros, se quedaron mirando al guerrero que estaba cerca de la construcción.
Era uno de los que casi me habían atravesado con su lanza y, evidentemente, el
jefe del grupo, ya que me había dado cuenta de que parecían haberse dirigido a
su actual ubicación siguiendo sus órdenes.
Cuando su grupo se detuvo, él desmontó y arrojando su lanza y demás armas, dio
un rodeo a la incubadora y se dirigió hacia mí, completamente desarmado y
desnudo como yo, a excepción de los ornamentos atados a la cabeza, miembros y
pecho.
Cuando ya estaba a menos de veinte metros, se desabrochó un gran brazalete de
metal y presentándomelo en la palma abierta de su mano, se dirigió hacia mí con
voz clara y sonora, pero en un lenguaje que, ocioso es decirlo, no puede entender.
Entonces se quedó como esperando mi respuesta, enderezando sus oídos
antenas y estirando sus extraños ojos aun más hacia mí.
Como el silencio se hacía terrible, decidí intentar una pequeña alocución, ya que
me aventuraba a pensar que había estado haciendo propuestas de paz. El hecho
de que arrojara sus armas y que hubiera hecho retirar a sus tropas antes de
avanzar hacia mí, habría significado una misión pacifista en cualquier lugar de la
Tierra. Entonces, ¿por qué no podía serlo en Marte?
Con la mano sobre el corazón, saludé al marciano y le explique que aunque no
entendía su lenguaje, sus acciones hablaban de la paz y la amistad, que en ese
momento eran lo más importante para mí. Por supuesto, mis palabras podrían
haber sido el ruido 4e un arroyo sobre las piedras, tan poco era el significado que
podían tener para él, pero me entendió la acción que siguió inmediatamente a mis
palabras.
Extendiendo mi mano hacia él, avancé y tomé el brazalete de la palma de su
mano abierta. Lo abroché en mi brazo por arriba del codo, le sonreí y me quedé
esperando. Su ancha boca se abrió en una sonrisa como respuesta y
enganchando uno de sus brazos intermedios con el mío nos volvimos y
caminamos hacia su montura. Al mismo tiempo indicó a su tropa que avanzara.
Esta se encaminó hacia nosotros al galope tendido, pero fueron detenidos por una
señal del jefe.
Evidentemente temía que realmente me asustara de nuevo y pudiera saltar
desapareciendo por completo de su vista.
Intercambió unas cuantas palabras con sus hombres, me indicó que podía montar
detrás de uno de ellos y luego montó su propio animal. El guerrero que había sido
designado bajó dos o tres de sus brazos y elevándome me colocó detrás de él en
la brillante parte trasera de su montura, donde me colgué lo mejor que puede de
los cintos y tiras que sostenían las armas y ornamentos de los marcianos.
Entonces el grupo se volvió y galopó hacia la cadena de colinas que se divisaba a
la distancia.
4
Prisionero
Habríamos hecho diez kilómetros cuando el suelo comenzó a elevarse
rápidamente. Estábamos acercándonos a lo que más tarde me enteraría que era
el borde de uno de los inmensos mares muertos de Marte. En el lecho de este mar
seco había tenido lugar mi encuentro con los marcianos.
Llegamos enseguida al pie de la montaña, y luego de atravesar una angosta
garganta, aparecimos en un amplio valle, en cuyo extremo opuesto se extendía
una meseta baja. Sobre ella pude ver una enorme ciudad, hacia donde
galopamos, entrando por lo que parecía ser una ruta abandonada que salía de la
ciudad, pero sólo hasta el borde de la meseta, donde terminaba abruptamente en
un tramo de escalones anchos.
Al observar más de cerca vi que los edificios que pasábamos estaban desiertos, y
aunque no estaban muy arruinados tenían el aspecto de no estar habitados desde
hacía años, posiblemente siglos. Hacia el centro de la ciudad había una gran plaza
y tanto en ella como en los edificios vecinos acampaban entre novecientas y mil
criaturas de la misma especie de mis captores, pues así los había llegado a
considerar, a pesar de la forma apacible en que me habían atrapado.
Con excepción de sus ornamentos, todos estaban desnudos. La apariencia de las
mujeres no variaba mucho de la de los hombres, excepto por sus colmillos, que
eran más largos en proporción a su altura y que en algunos casos se curvaban
casi hasta sus orejas. Sus cuerpos eran más pequeños y de color más claro, y sus
manos y pies tenían lo que parecía ser un rudimento de uñas. Las hembras
adultas alcanzaban una altura de tres a cuatro metros.
Los niños eran de color claro, aun más claro que el de las mujeres. Todos me
parecían iguales, salvo que, como algunos eran más altos que Otros, debían de
ser los más crecidos.
No vi signos de edad avanzada entre ellos, ni había ninguna diferencia apreciable
en su apariencia entre los cuarenta y dos mil años, edad en que voluntariamente
realizaban su último y extraño peregrinaje por las aguas del río lss, que los
conducía a un lugar que ningún marciano viviente conocía, ya que nadie había
regresado jamás de su seno. Tampoco se le permitiría hacerlo, si llegaba a
reaparecer después de haberse embarcado en sus aguas frías y oscuras.
Solamente alrededor de uno de cada mil marcianos muere de enfermedad y
posiblemente cerca de veinte inician el peregrinaje voluntario. Los otros
novecientos setenta y nueve mueren violentamente en duelos, cacerías, aviación y
guerras. Pero tal vez la edad en la que hay más muertes es la infancia, en la que
un gran número de pequeños marcianos son víctimas de los grandes simios
blancos de Marte.
El promedio de vida a partir de la edad madura es de alrededor de trescientos
años, pero llegaría cerca de las mil si no fuera por la gran cantidad de medios
violentos que los llevan a la muerte. Debido a la disminución de recursos del
planeta, evidentemente se hacía necesario contrarrestar la creciente longevidad
que permitían sus grandes adelantos en materia de terapia y cirugía. Por lo tanto,
en Marte, la vida humana había pasado a ser considerada a la ligera, como se
evidenciaba por sus deportes peligrosos y la guerrilla casi continua entre las
distintas comunidades.
Había otras causas naturales tendientes a la disminución de la población, pero
nada contribuía en tan grande medida como el hecho de que ningún hombre o
mujer de Marte se encontraba jamás en forma voluntaria sin un arma.
Cuando nos acercamos a la plaza y descubrieron mi presencia fuimos rodeados
inmediatamente por cientos de criaturas que parecían ansiosas por arrancarme de
mi asiento detrás de mi guardia. Una palabra del jefe acalló su clamar y pudimos
seguir al trote a través de la plaza, hacia la entrada de un edificio tan magnífico
como ningún otro que jamás se haya visto.
La construcción era baja pero abarcaba una gran extensión. Estaba construido en
reluciente mármol blanco incrustado en oro y piedras brillantes que refulgían y
centelleaban a la luz del sol. La entrada principal tenía cerca de cuarenta metros
de ancho y se proyectaba del edificio en forma tal que formaba un amplio
cobertizo sobre la entrada del vestíbulo.
No había escaleras sino una suave pendiente hacia el primer piso del edificio que
se abría en un enorme recinto rodeado de galerías. En el piso de este recinto, que
estaba ocupado por escritorios y sillas muy tallados, estaban reunidos cuarenta o
cincuenta hombres marcianos alrededor de los peldaños de una tribuna. En la
plataforma propiamente dicha estaba en cuclillas un guerrero inmenso sumamente
cargado de ornamentos de metal, plumas de colores alegres y hermosos adornos
de cuero forjado ingeniosamente, engarzados con piedras preciosas. De sus
hombros colgaba tina capa corta de piel blanca, forrada en una brillante seda roja.
Lo que más me impresionó de esa asamblea y de la sala donde estaba reunida,
fue el hecho de que las criaturas estaban en completa desproporción con los
escritorios, sillas y otros muebles, que eran de un tamaño adaptado a los humanos
como yo, mientras que las inmensas moles de los marcianos apenas podían entrar
apretadamente en las sillas, así como debajo de los escritorios no había espacio
suficiente para sus largas piernas. Evidentemente, había entonces otros
habitantes en Marte, además de las criaturas grotescas y salvajes en cuyas
manos había caído; pero los signos de extrema antigüedad que mostraba todo lo
que me rodeada indicaba que esos edificios podían haber pertenecido a alguna
raza extinguida tiempo atrás y olvidada en la oscura antigüedad de Marte.
Nuestro grupo se había detenido a la entrada del edificio y a una señal de su jefe
me bajaron al suelo. Otra vez aferrándose a mi brazo, entramos en el recinto de la
audiencia. Se observaban pocas formalidades en el trato de los marcianos con el
caudillo. Mi captor simplemente se dirigió hacia la tribuna y los demás le cedieron
el paso mientras avanzaba. El caudillo se puso de pie y nombró a mi escolta
quien, en respuesta, se detuvo y repitió el nombre del soberano seguido de su
título.
En aquel momento, esa ceremonia y las palabras que pronunciaban no
significaban nada para mí, pero más tarde llegaría a saber que ése era el saludo
corriente entre los marcianos verdes. Si los hombres eran extranjeros y, por lo
tanto, no les era posible intercambiar los nombres, intercambiaban sus
ornamentos en silencio, si sus misiones eran pacíficas; de otra forma habrían
intercambiado disparos, o se habrían presentado peleando con alguna otra de sus
variadas armas.
Mi captor, cuyo nombre era Tars Tarkas, era prácticamente el segundo jefe de la
comunidad y un hombre de gran habilidad como estadista y guerrero.
Evidentemente explicó en forma ve los incidentes relacionados con la expedición,
incluyendo captura, y cuando hubo terminado, el caudillo se dirigió a y me habló
largamente.
Le contesté en mis mejores términos terrestres, simplemente para convencerlo de
que ninguno de los dos podía entender otro, pero me di cuenta de que cuando
esbocé una sonrisa terminar, él hizo lo mismo. Este hecho y la similitud con
ocurrido durante mi primer encuentro con Tars Tarkas convencieron de que al
menos teníamos algo en común: habilidad de sonreír y, en consecuencia, de reír,
o sea de expresar el sentido del humor. Pero ya me enteraría de que sonrisa de
los marcianos es meramente superficial y que risa es algo que haría palidecer de
horror a los hombres fuertes.
La idea del humor entre los hombres verdes de Marte completamente opuesta a
nuestra concepción de estímulo de diversión. Las agonías de un ser viviente son,
para estas ex ñas criaturas, motivo de la más grotesca hilaridad, en tanto la forma
principal de entretenimiento es ocasionar la muerte de sus prisioneros de guerra
de varias formas ingeniosas horribles.
Los guerreros reunidos y los caudillos me examinaron de cerca, palpando mis
músculos y la textura de mi piel. El caudillo principal evidenció entonces su deseo
de verme actuar e indicándome que lo siguiera se encaminó junto con Tars Tarkas
hacia la plaza abierta.
Debo señalar que no había intentado caminar desde mi primer fracaso ya
señalado, excepto cuando había estado firmemente prendido del brazo de Tars
Tarkas, y por lo tanto en ese momento fui saltando y brincando entre los
escritorios y sillas como un saltamontes monstruoso. Después de golpearme
bastante, para gran diversión de los marcianos, recurrí de nuevo al gateo, pero no
les gustó y entonces me puso de pie violentamente un tipo imponente que era el
que se había reído con ganas de mis infortunios.
Cuando me lanzó sobre mis pies, su cara quedó cerca de mía y entonces hice lo
único que un caballero podía hacer frente a esa brutalidad, grosería y falta de
consideración hacia los derechos de un extranjero: dirigí mi puño en directo a su
mandíbula y cayó como una piedra. Cuando se derrumbó en el suelo volví mi
espalda contra el escritorio más cercano, esperando ser aplastado por la
venganza de sus compañeros, pero con la firme determinación de presentar toda
la resistencia que me fuera posible antes de abandonar mi vida.
Sin embargo, mis temores fueron infundados, ya que los otros marcianos primero
quedaron pasmados de espanto y finalmente rompieron en carcajadas y aplausos.
No reconocí los aplausos como tales, pero más tarde, cuando ya estaba
familiarizado con sus costumbres, supe que había ganado lo que raras veces
concedían: una manifestación de aprobación.
El tipo que había golpeado yacía donde había caído, tampoco se le acercó
ninguno de sus compañeros. Tars Tarkas avanzó hacia mí, extendiendo uno de
sus brazos, y así seguimos hacia la plaza sin ningún otro tipo de incidente. Por
supuesto, no conocía la razón por la que habíamos salido al aire libre, pero no iba
a tardar en entenderlo. Primero repitieron la palabra "sak" un número de veces y
luego Tars Tarkas realizó varios saltos repitiendo la misma palabra después de
cada salto. Entonces dándose vuelta hacia mi dijo: "sak".
Descubrí qué era lo que estaban buscando y uniéndome al grupo "saké" con un
éxito tal que alcancé por lo menos treinta metros de altura, sin siquiera perder el
equilibrio en esa ocasión, y aterricé de pleno sobre mis pies. Luego regresé con
saltos fáciles de 9 a 10 metros al pequeño grupo de guerreros.
Mi exhibición había sido presenciada por varios cientos de marcianos que
inmediatamente empezaron a pedir una repetición, que el caudillo me ordenó
realizar, pero yo estaba hambriento y sediento, y fue en ese momento cuando
determiné que el único método de salvación era pedir consideración de parte de
aquellas criaturas, que evidentemente no me la brindarían voluntariamente. Por lo
tanto ignoré los repetidos pedidos de "sak" y cada vez que lo hacían me señalaba
la boca y frotaba el estómago.
Tars Tarkas y el jefe intercambiaron unas pocas palabras, y el primero, llamando a
una joven hembra de entre la multitud le dio algunas instrucciones y luego me
indicó que la siguiera. Me aferré del brazo que aquélla me ofrecía y cruzamos la
plaza hacia un edificio inmenso que se encontraba en el lado opuesto.
Mi cortés acompañante tenía cerca de dos metros de alto había alcanzado la
madurez recientemente, pero sin haber alcanzado su pleno crecimiento. Era de un
color oliva claro y piel lustrosa y suave. Su nombre, como después sabría, era
Sola y pertenecía al séquito de Tars Tarkas. Me condujo hacia amplio recinto en
uno de los edificios que daban a la plaza el que, a juzgar por los bultos de seda y
pieles que había el suelo, era, el dormitorio de varios de los nativos.
La habitación estaba bien iluminada por una serie de amplias ventanas y estaba
decorada hermosamente con murales pintados y mosaicos, pero sobre todo ello
parecía cernirse el aire indefinido de la antigüedad, lo que me convenció de que
los arquitectos y constructores de esas creaciones maravillosas no tenían en
común con los salvajes semibrutos que ahora habitaban edificios.
Sola me indicó que me sentara sobre una pila de sedas había en el cuarto, y,
dándose vuelta, emitió un silbido muy peculiar, como una señal dirigida a alguien
que se encontrara en la habitación contigua. En respuesta a su llamado obtuvo mi
primera impresión de otra maravilla marciana. Aquello s bamboleaba sobre sus
diez pequeñas patas y se agachó ante chica como una mascota obediente. Ese
ser era del tamaño de un pony de Shetland, pero su cabeza era más parecida a la
de una rana, excepto por las mandíbulas, que estaban provistas de tres hileras de
largos y afilados colmillos.
5
Woola
Sola fijó sus ojos en los de mirada malvada de la bestia, susurró una o dos
órdenes, me señaló y abandonó el recinto. No podía menos que preguntarme qué
podría hacer esa monstruosidad de apariencia feroz cuando la dejaron sola tan
cerca de un manjar tan tierno. Pero mis temores eran infundados, ya que la bestia,
después de inspeccionarme atentamente un momento, cruzó la habitación hacia la
única puerta que conducía, a la calle y se echó atravesada en el umbral.
Esa fue mi primera experiencia con un perro guardián marciano, pero estaba
escrito que no iba a ser la última, ya que este compañero me cuidaría fielmente
durante el tiempo que permaneciera cautivo entre las criaturas verdes, y me
salvaría la vida dos veces sin apartarse jamás de mi lado por su voluntad.
Mientras Sola estuvo ausente tuve la oportunidad de examinar más
minuciosamente la habitación en la cual me hallaba cautivo. El mural pintado
representaba escenas de rara y cautivante belleza: montañas, ríos, océanos
praderas, árboles y flores, carreteras sinuosas, jardines soleados, escenas todas
que podrían haber representado paisajes de la Tierra de no ser por la diferencia
en los colores de la vegetación. El trabajo había sido elaborado evidentemente por
manos maestras, tan sutil era la atmósfera, tan perfecta la técnica, a pesar de que
en ningún lado había representación alguna de seres vivientes, fueran humanos o
no, por medio de los cuales pudiera conjeturar la apariencia de aquellos otros
habitantes de Marte, tal vez extinguidos.
Mientras dejaba que mi fantasía volara tumultuosamente en alocadas conjeturas
sobre la posible explicación de las anomalías que había encontrado en Marte,
Sola regresó trayendo comida y bebida. Colocó las cosas sobre el piso, a mi lado,
y sentándose a poca distancia me observó atentamente. La comida consistía en
alrededor de medio kilo de cierta sustancia sólida de la consistencia del queso y
casi insípida, mientras que la bebida era aparentemente leche de algún animal. No
era desagradable al paladar, aunque bastante ácida y ya aprendería en poco
tiempo a valorarla altamente. Esta no procedía, según descubrí más tarde, de un
animal - ya que solamente había un mamífero en Marte y era por demás raro -,
sino de una gran planta que crecía prácticamente sin agua, pero parecía destilar la
totalidad de su provisión de leche a partir de los productos del terreno, la mezcla
del aire y los rayos del sol. Una sola planta de ese tipo podía dar de ocho a diez
litros de leche por día.
Después de haber comido me sentí muy repuesto, pero con necesidad de
descansar. Me tendí sobre las sedas y pronto me quedé dormido. Debí de haber
dormido varias horas, ya que estaba oscuro cuando me desperté y sentía mucho
frío. Descubrí que alguien había arrojado una piel sobre mi cuerpo, pero me había
destapado en parte y en la oscuridad no podía ver para colocarla de nuevo en su
lugar. De pronto apareció una mano que echó una piel sobre mí y al rato arrojó
otra más para que no tuviera frío.
Pensé que mi guardián era Sola y no estaba equivocado, muchacha, la única
entre los marcianos verdes con los que había puesto en contacto, revelaba
características de simpatía, amabilidad y afecto. Sus solícitos cuidados hacia mis
necesidades corporales eran inagotables y me salvaron de muchos sufrimientos y
penurias.
Ya me iba a enterar de que las noches en Marte eran extremadamente frías, y
como prácticamente no existía atardecer los cambios de temperatura eran
repentinos y por demás incómodos, lo mismo que la transición de la brillante luz a
la oscuridad. Las noches podían ser ya muy iluminadas, ya de la más cerrada
oscuridad, pues si ninguna de las dos lunas de Marte aparecía en el cielo, el
resultado era una oscuridad casi total. La falta de atmósfera o la escasez de ésta
impedía en gran parte la difusión de la luz de las estrellas. Por el contrario, si
ambas lunas aparecían en el cielo nocturno, la superficie de Marte quedaba
brillantemente iluminada. Las dos lunas de Marte están mucho más cerca del
planeta de lo que está la nuestra de la Tierra. La más cercana está a casi 8.000
kilómetros, mientras que la más lejana se halla a poco más de 22.000 en tanto que
hay una distancia de casi 350.000 kilómetros entre la Tierra y nuestra Luna. La
luna más cercana a Marte recorre una órbita completa alrededor del planeta en
poco más de siete horas y media. Por lo tanto se la puede ver surcar el cielo como
un meteoro enorme dos o tres veces por noche, y mostrar todas sus fases durante
cada uno de sus tránsitos por el firmamento.
La luna más lejana recorre una órbita completa alrededor del planeta en poco más
de treinta horas y cuarto formando su satélite hermano una escena nocturna de
grandiosidad espléndida y sobrenatural. La naturaleza hace bien en iluminar a
Marte en forma tan generosa y abundante, ya que las criaturas verdes, siendo una
raza nómada sin un alto desarrollo intelectual, no tienen más que medios
rudimentarios de iluminación artificial, consistentes principalmente en antorchas,
una especie de vela y una peculiar lámpara de aceite que genera un gas y arde
sin mecha.
Este último invento produce una luz blanca muy brillante y de gran alcance. Pero
como el combustible natural que se necesita sólo puede obtenerse de la
explotación de minas situadas en localidades aisladas y remotas, es muy poco
usado por estas criaturas, que solamente piensan en el presente y aborrecen el
trabajo manual de tal forma que han permanecido en un estado de semibarbarie
durante infinidad de años.
Después que Sola hubo acomodado mis mantas volví a quedarme dormido y no
me desperté hasta el otro día. Los otros ocupantes de la habitación Cinco en totaleran
todas mujeres y todavía estaban durmiendo, bien cubiertas con una variada
colección de sedas y pieles. Atravesada en el umbral estaba tendida la bestia que
me cuidaba, exactamente como la había visto por última vez el día anterior.
Aparentemente no había movido ni un músculo. Sus ojos estaban clavados en mí
y me puse a pensar qué podría sucederme si llegaba a intentar una fuga.
Siempre he tendido a buscar aventuras y a investigar y examinar cosas que
hombres más sensatos hubieran dejado pasar por alto. En consecuencia se me
ocurrió que la única forma de averiguar la actitud concreta de esta bestia hacia mí
sería el intentar abandonar la habitación. Me sentía completamente seguro en mi
creencia de que, una vez que estuviera fuera del edificio, podría escapar si llegaba
a perseguirme, ya que había comenzado a tomar gran confianza en mi habilidad
para saltar. Más aún, por sus cortas patas podía darme cuenta de que
probablemente no tuviera gran habilidad para saltar y correr.
Por lo tanto, despacio y cuidadosamente, me puse de pie al tiempo que mi
guardián hacía lo mismo. Avancé hacia él con toda cautela y advertí que,
moviéndome con paso pesado, podía mantener mi equilibrio tan bien como para
marchar bastante rápido. Cuando me acerqué a la bestia, ésta se apartó
cautelosamente y, cuando llegué a la calle, se hizo a un lado para dejarme pasar.
Entonces se colocó detrás de mí y me siguió a una distancia de diez pasos
aproximadamente mientras yo caminaba por la calle desierta.
Evidentemente, su misión era sólo la de protegerme, pensé; pero cuando llegamos
a los límites de la ciudad, de pronto saltó delante de mí emitiendo extraños
sonidos y enseñando sus feroces y horribles colmillos. Pensando que podía
divertirme un poco a sus expensas, me abalancé hacia él y cuando prácticamente
estaba a su lado salté en el aire y fui a bajar mucho más allá de donde él estaba,
fuera de la ciudad.
Inmediatamente giró y se abalanzó hacia mí con la más espantosa velocidad que
jamás haya visto. Yo pensaba que sus patas cortas podían ser un obstáculo para
su rapidez, pero de haber tenido que competir con un galgo, éste habría parecido
estar durmiendo sobre el felpudo de una puerta. Como más tarde me iba a
enterar, éste era el animal más veloz de Marte, y debido a su inteligencia, lealtad y
ferocidad, lo usan en cacerías, en la guerra y como protector de los marcianos.
Pronto me di cuenta de que tendría dificultades para escapar de los colmillos de la
bestia en forma inmediata, por lo cual enfrenté sus ataques volviendo sobre mis
pasos y brincando sobre él cuando estaba casi sobre mí. Esta maniobra me dio
una considerable ventaja y tuve la posibilidad de alcanzar la ciudad bastante antes
que él. Cuando apareció corriendo detrás de mí salté a una ventana que estaba a
una altura aproximada de diez metros del suelo, en el frente de uno de los edificios
que daban al valle.
Me aferré del marco y me mantuve sentado sin observar el edificio, espiando al
contrariado animal que estaba allí abajo. Sin embargo, este triunfo tuvo corta vida,
ya que apenas había ganado un lugar seguro en el marco cuando una enorme
mano me aferró del cuello desde atrás y me arrojó violentamente dentro de la
habitación. Como había caído de espaldas pude observar que sobre mí se
elevaba una criatura colosal, semejante a un mono blanco y sin pelo, con
excepción de unas enormes greñas erizadas sobre su cabeza.
6
Una lucha en la que gano amigos
Este ser, que se asemejaba más a nuestra raza humana que a los marcianos que
había visto hasta ahora, me mantenía contra el suelo con uno de sus inmensos
pies, mientras charlaba y gesticulaba con su interlocutor que estaba detrás de mí.
Esa otra criatura, que parecía ser su compañero, no tardó en acercársenos con un
inmenso garrote de piedra con el que evidentemente pretendía romperme la
cabeza.
Las criaturas tenían entre tres y cinco metros de alto. Se paraban muy erguidas y
al igual que los marcianos tenían un juego intermedio de brazos o piernas entre
sus miembros superiores e inferiores. Sus ojos estaban muy juntos y no eran
sobresalientes, y sus orejas estaban implantadas en la parte alta de la cabeza,
pero más al costado que las de los marcianos, mientras que el hocico y los dientes
eran sorprendentemente semejantes a los de los gorilas africanos. En conjunto no
desmerecían tanto, comparados con los marcianos verdes.
El garrote se balanceaba en un arco que terminaba justo sobre mi cara vuelta
hacia arriba, cuando un rayo de furia, con un millón de piernas, se lanzó a través
de la puerta justamente sobre el pecho de mi ejecutor. Con un grito de terror, el
simio que me sujetaba saltó por la ventana abierta, pero su compañero se trabó en
una terrorífica lucha a muerte con mi salvador, que no era ni más ni menos que mi
leal guardián - no puedo decidirme a calificar de perro a tan horrenda criatura -.
Me puse de pie con la mayor rapidez que pude, y recostándome contra la pared
tuve la oportunida4 de presenciar una batalla como creo que a pocos humanos les
ha sido concedido observar. La fuerza, agilidad y ciega ferocidad de aquellas dos
criaturas no tenía ninguna semejanza con lo conocido en la Tierra. Mi bestia había
conseguido ventaja al principio, ya que había hundido sus enormes colmillos
profundamente en el pecho de su adversario, pero las inmensas patas y brazos
del simio, reforzados por músculos mucho más fuertes que los de los marcianos
que había visto, se habían cerrado en la garganta de mi guardián y lentamente
estaban sofocando su vida, tratando de doblarle la cabeza y el cuello hacia atrás.
Yo esperaba que mi guardián cayera al suelo con el cuello roto en cualquier
momento.
Para lograr eso, el simio estaba desgarrando la parte de su propio pecho que mi
guardián Sostenía entre sus mandíbulas fuertemente cerradas. Rodaban por el
suelo de aquí para allá, sin que ninguno de los dos emitiera un solo sonido de
miedo o dolor. En ese momento vi los grandes ojos de mi bestia salirse de sus
órbitas y observé cómo la sangre chorreaba de su nariz. Era evidente que se
estaba debilitando, pero también las arremetidas del simio estaban menguando
visiblemente. De pronto volví en mí, con ese extraño instinto que siempre parecía
impulsarme a cumplir con mi deber, empuñé el garrote que había caído al suelo al
principio de la pelea y balanceándolo con toda la fuerza que poseían mis brazos
humanos, golpeé con él de pleno en la cabeza del simio, aplastando su cráneo
como si fuera la cáscara de un huevo.
Apenas me había sobrepuesto del contratiempo, cuando tuve que enfrentarme con
un nuevo peligro: el compañero del simio, recobrado de su primer shock de terror,
había regresado a la escena de la pelea por el interior del edificio. Lo pude ver
justo antes que alcanzara la puerta, y al advertir que bramaba ante el espectáculo
de su compañero sin vida, tendido sobre el suelo, y que echaba espuma por la
boca en un ataque de furia, me asaltaron malos presentimientos, debo confesarlo.
En el momento en que esos pensamientos pasaban por mi mente, ya había girado
yo para saltar por la ventana; pero mis ojos fueron a dar con la forma de mi
antiguo guardián y todos mis pensamientos se dispersaron a los cuatro vientos.
Este yacía jadeante en el suelo, en el umbral, con sus grandes ojos fijos en mí en
lo que parecía una patética súplica de protección. No podía soportar esa mirada ni
abandonar a mi salvador sin antes dar tanto de mi parte en su defensa como él
había dado en la mía.
Sin más alharaca, por lo tanto, giré para enfrentar el ataque del enfurecido simio
que más parecía un toro. Estaba en ese momento demasiado cerca de mí como
para probar un intento de salvación con el garrote; por lo tanto, simplemente lo
arrojé tan fuerte como pude contra él. Le di justo debajo de las rodillas,
provocándole un aullido de dolor y de rabia, y haciendo que perdiese el equilibrio
de tal forma que se echó sobre mí con los brazos bien extendidos para facilitar la
caída. De nuevo recurrí, como el día anterior, a instintos terráqueos, y dirigiendo
mi puño derecho sobre su mentón, seguí con un golpe de izquierda en la boca del
estomago. El efecto fue maravilloso, ya que al correrme ligeramente después de
descargar el segundo golpe, el simio se tambaleó y cayó al suelo jadeando y
retorciéndose de dolor. Entonces salté sobre el cuerpo derrumbado, tome el
garrote y terminé con el monstruo antes que pudiera ponerse de pie.
En el momento de descargar el golpe, oí una risotada sonora a mis espaldas. Me
di vuelta y pude ver a Tars Tarkas. Sola y tres o cuatro guerreros más en la puerta
de la habitación. Cuando mis ojos se encontraron con los suyos, fui por segunda
vez el destinatario de su poco común aplauso.
Mi ausencia había sido advertida por Sola al despertarse y rápidamente había
informado a Tars Tarkas, el que de inmediato había partido con un grupo de
guerreros en mi búsqueda. Al acercarse a los limites de la ciudad habían sido
testigos de las acciones del enorme simio, que había entrado en el edificio
echando espuma por la boca de rabia.
Habían salido inmediatamente detrás de mí, creyendo apenas en la posibilidad de
que los actos del simio pudieran dar una pista sobre mi paradero, y habían sido
testigos de mi corta pero decisiva batalla con aquél. Ese encuentro, junto con la
lucha que había tenido con el guerrero marciano el día anterior y mis proezas de
saltarín, me ubicaban en una especie de cúspide en su aprecio. Evidentemente,
carentes de los más refinados sentimientos de amistad, amor o afecto, esas
personas profesaban más el culto a la valentía y a la destreza física, y nada era
mejor para el objeto de su adoración que el mantener su posición en todo lo
posible por medio de repetidas muestras de habilidad, fuerza y coraje.
Sola, que había acompañado al grupo de búsqueda por propia voluntad, era la
única de los marcianos cuyo rostro no se había transformado por una mueca de
risa mientras peleaba por mi vida. Ella, por el contrario, estaba serena, y tan
pronto como terminé con el monstruo se precipitó hacia mí y examinó
cuidadosamente mi cuerpo para comprobar si estaba herido. Satisfecha de que
hubiera salido ileso, sonrió serenamente y tomándome de la mano me condujo
hacia la puerta del recinto.
Tars Tarkas y los otros guerreros habían entrado y estaban alrededor de la bestia,
que después de haberme salvado se estaba reanimando rápidamente y cuya vida
había salvado yo, a mi vez, como agradecimiento.
Parecían tener profundas discusiones y finalmente uno de ellos se dirigió a mí,
pero al recordar mi desconocimiento de su lenguaje se volvió hacia Tars Tarkas
que con un gesto y una palabra dio alguna orden al compañero. Luego se dio
vuelta para seguirnos.
Como parecía haber algo amenazador en su actitud hacia mi bestia, dudé en
abandonarla antes de saber qué iba a ocurrir.
Por suerte no lo hice, ya que el guerrero desenfundó una pistola de apariencia
diabólica y ya estaba a punto de poner fin a la vida de la criatura cuando salté y le
golpeé el brazo. La bala dio contra el marco de la ventana y estalló dejando un
orificio en la madera y la mampostería.
Me arrodillé entonces al lado de ese animal de apariencia terrorífica y levantándolo
le indiqué que me siguiera. Las miradas de sorpresa que mis actos despertaron en
los marcianos fueron cómicas. No podían entender más que en forma rudimentaria
e infantil las muestras de gratitud y compasión. El guerrero cuya arma había
derribado miró inquisitivamente a Tars Tarkas, pero éste le indicó que me dejara
en paz y fue así como volvimos a la plaza con la enorme bestia pisándome los
talones y Sola amarrándome fuertemente del brazo.
Al menos tenía dos amigos en Marte: una joven mujer que me había vigilado con
solicitud de madre y una bestia silenciosa que, como luego sabría, guardaba
debajo de su pobre y horrible apariencia más amor, lealtad y gratitud de la que
podría haber encontrado en los cinco millones de marcianos que vagabundeaban
por las ciudades desiertas y los lechos de los mares muertos de Marte.
7
Los niños de Marte
Luego de un desayuno que era la réplica exacta de la comida del día anterior y un
indicio de lo que serían prácticamente todas las que tendría mientras estuviera con
los marcianos, Sola me acompañó hasta la plaza, donde encontré a la comunidad
entera ocupada en observar y ayudar a enganchar inmensos mastodontes a unos
grandes carros de tres ruedas. Había alrededor de doscientos cincuenta de esos
vehículos, cada uno tirado por un solo animal que, por su apariencia, podría haber
tirado fácilmente de una caravana completa cargada hasta el tope.
Los carros en sí eran grandes y cómodos y estaban suntuosamente decorados.
En cada uno estaba sentada una mujer marciana cargada de ornamentos de
metal, con joyas, sedas y pieles, y sobre el lomo de los animales de tiro iba
montado un joven conductor marciano. Al igual que los animales que montaban
los guerreros, los de carga, más pesados, no tenían bridas ni freno, sino que eran
conducidos por medios totalmente telepáticos.
Esa facultad está maravillosamente desarrollada en todos los marcianos y explica
ampliamente la simplicidad de su lenguaje y las relativamente escasas palabras
que intercambiaban al hablar, aun en conversaciones largas. Ese es el lenguaje
universal de Marte, por cuyo medio los seres superiores e inferiores de este
mundo de paradojas tienen la posibilidad de comunicarse en mayor o menor
grado, según la esfera intelectual de cada especie y el desarrollo de cada
individuo.
Cuando la caravana se ordenó en formación de marcha en una sola fila, Sola me
condujo a un carro vacío y seguimos a la procesión hacia el punto por el cual yo
había entrado en la ciudad el día anterior. A la cabeza de la caravana montaban
alrededor de doscientos guerreros, en fila de cinco, y un número similar iba a la
retaguardia, mientras que veinticinco o treinta marchaban a ambos lados.
Todos, excepto yo - hombres, mujeres y niños -, estaban sumamente armados, y
detrás de cada carro trotaba un sabueso marciano. Mi propia bestia nos seguía de
cerca. Dicho sea de paso, la leal criatura nunca me abandonaría voluntariamente
durante los diez años enteros que pasé en Marte. Nuestra ruta se internaba en el
pequeño valle que había delante de la ciudad, atravesaba las montañas y
descendía hacia el lecho muerto del mar que había surcado en mi viaje desde la
incubadora a la plaza. La incubadora, como pude advertir, era el punto terminal de
aquella jornada, y como la cabalgata se transformó en desenfrenado galope tan
pronto como alcanzamos el nivel del lecho del mar, pronto tuvimos a la vista
nuestra meta.
Al llegar, los carros estacionaron con precisión matemática en los cuatro costados
de la construcción. La mitad de los guerreros, encabezados por un enorme
caudillo, y entre ellos Tars Tarkas y otros jefes de menor importancia desmontaron
y se dirigieron hacia aquélla. Pude ver a Tars Tarkas explicando algo al caudillo
principal, cuyo nombre dicho sea de paso era - según la traducción más
aproximada a nuestro idioma - Lorcuas Ptomel, Jed (este último es el título)
Pronto pude apreciar el motivo de su conversación. Entonces, llamando a Sola,
Tars Tarkas le indicó que me condujera a él.
Para ese entonces yo dominaba ya los problemas para caminar en las condiciones
imperantes en Marte, de suerte que respondí rápidamente a sus órdenes y avancé
hacia el costado de la incubadora, donde se encontraban los guerreros.
Cuando llegué allí, una mirada me bastó para ver que, salvo unos pocos, casi
todos los huevos habían empollado y que en la incubadora pululaban aquellos
pequeños demonios horribles. Tenían alrededor de un metro de alto y se movían
sin descanso dentro de la incubadora, como si estuvieran buscando comida.
Cuando estuve a su lado Tars Tarkas señaló hacia la incubadora y dijo "sak".
Comprendí que quería que repitiera mi función' del día anterior para regocijo de
Lorcuas Ptomel y, como debo confesar que mi hazaña no me brindaba poca
satisfacción, respondí con presteza y salté limpiamente sobre los carros
estacionados, del lado opuesto de la incubadora. Cuando regresé, Lorcuas Ptomel
me refunfuñó algo y, girando hacia donde estaban los guerreros, emitió algunas
órdenes relativas a la incubadora. No me prestaron demasiada atención y de esta
forma se me permitió permanecer cerca y observar sus operaciones, que
consistían en romper y abrir la pared de la construcción para permitir la salida de
los pequeños marcianos.
A cada lado de la abertura, las mujeres y los jóvenes de ambos sexos, formaban
dos filas compactas que se extendían más allá de los carros y bastante lejos hacia
la llanura. Entre estas hileras corretearon los pequeños marcianos, salvajes como
ciervos, extendiéndose a lo largo de todo el corredor y allí fueron capturados tino
por tino por las mujeres y los jóvenes mayores: el último de la fila capturaba al
primer pequeño que llegaba al fin del corredor, el que estaba en la fila frente a
aquél atrapaba al segundo, y así hasta que todos los pequeños hubiesen salido de
la construcción y hubieran sido tomados por alguna mujer o algún joven. Al tomar
las mujeres a los niños salían de la fila y regresaban a sus respectivos carros
mientras que los que caían en manos de los jóvenes eran transferidos más tarde a
alguna de las mujeres.
Vi que la ceremonia - si se la puede llamar así – terminaba, y buscando a Sola la
encontré en nuestro carro con una horrible criatura pequeña aferrada fuertemente
entre sus brazos.
El trabajo de crianza de los jóvenes consistía solamente en enseñarles a hablar y
a usar las armas para la guerra, las que cargaban desde los primeros años de
vida. Provenientes de huevos en los que habían estado, durante cinco años, el
período de incubación, se enfrentaban al mundo, perfectamente desarrollados,
excepto por su tamaño. Desconocían por completo a sus propias madres, quienes
a su vez no podían decir con certeza quiénes eran los padres. Eran hijos de la
comunidad y su educación recaía sobre las mujeres que tenían oportunidad de
atraparlos cuando abandonaban la incubadora.
Las madres adoptivas podían no haber puesto siquiera un huevo en la incubadora,
como era el caso de Sola, quien había empezado a ovar menos de un año antes
de convertirse en madre de un vástago de otra mujer.
Pero eso tenía poca importancia entre los marcianos verdes, ya que el cariño
paterno y filial era desconocido para ellos, así como es común entre nosotros.
Creo que ese horrible sistema, que se sigue desde hace años, es el resultado
directo de la pérdida de todo sentimiento elevado y toda sensibilidad e instinto
humanitario entre esas pobres criaturas. Desde el nacimiento no conocían amor
de madre ni de padre, ni conocían el significado de la palabra hogar. Se les
enseñaba que solamente era permitido vivir mientras demostraran por su físico y
ferocidad que eran aptos para ello. En caso de tener alguna deformación o defecto
eran exterminados de inmediato; y tampoco podían derramar una lágrima, ni
siquiera por una de las muchas crueles penurias que tenían que soportar desde la
infancia.
No quiero significar que los marcianos adultos fuesen innecesaria e
intencionalmente crueles con los jóvenes, pero la suya es una lucha dura y penosa
por la subsistencia, sobre un planeta que se está muriendo. Sus recursos
naturales han mermado hasta tal punto que el sostener cada nueva vida significa
un gravamen más para la comunidad en la que han sido arrojados.
Por medio de una cuidadosa selección, educan solamente a los especímenes más
fuertes de cada especie, y con una previsión casi sobrenatural regulan el promedio
de nacimientos simplemente para compensar las pérdidas por muerte.
Cada mujer marciana adulta produce alrededor de trece huevos por año, y
aquellos que llenan las exigencias de tamaño y peso específico son escondidos en
el hueco de alguna cueva subterránea donde la temperatura es demasiado baja
para la incubación. Cada año estos huevos son cuidadosamente examinados por
un consejo de veinte jefes, y todos, salvo cien de los más perfectos, son
destruidos de cada reserva anual. Al fin de cinco años, cerca de quinientos huevos
casi perfectos han sido seleccionados de entre los miles producidos. Estos son
entonces colocados en las incubadoras casi herméticas para que empollen con los
rayos solares después de un período de otros cinco años. La empolladura que
habíamos presenciado ese día era un proceso bastante representativo de los de
este tipo. Salvo el tino por ciento de estos huevos, todos rompían en dos días. Si
los restantes huevos rompieron, en algún momento no supimos nada del destino
de los pequeños marcianos. No los querían, ya que sus vástagos podrían heredar
y transmitir la tendencia a prolongar la incubación y de ese modo echar a perder el
sistema que se había mantenido durante siglos y que permitía a los marcianos
adultos calcular el tiempo exacto para volver a las incubadoras con un error de
más o menos una hora.
Las incubadoras estaban construidas en antiguas fortalezas donde había poca o
nula probabilidad de que fueran descubiertas por otras tribus. El resultado de tal
catástrofe podía significar la ausencia de niños en la comunidad durante otros
cinco años. Más tarde iba a ser testigo de los resultados del descubrimiento de
una incubadora ajena.
La comunidad de la cual formaban parte los marcianos con quienes estaba
echada mi suerte, estaba compuesta por cerca de treinta mil almas, distribuidas en
una enorme región de tierra árida y semiárida entre los 40 y 80 grados de latitud
Sur, y se congregaba al este y Oeste en dos vastas comarcas fértiles. Sus
cuarteles generales estaban situados en el ángulo sudoeste de este distrito, cerca
del cruce de dos de los llamados canales marcianos.
Como la incubadora había sido colocada muy al norte del territorio, en un área
supuestamente inhabitada y no frecuentada, teníamos por delante un tremendo
viaje, acerca del cual, por supuesto, no tenía la menor idea.
Después de nuestro regreso a la ciudad muerta pasé varios días de relativo ocio.
Al día siguiente de nuestro regreso todos los guerreros habían montado y habían
partido temprano por la mañana, para regresar poco antes de que oscureciera.
Como sabría más tarde, habían ido a las cuevas subterráneas en las que se
mantenían los huevos y los habían transportado a las incubadoras que habían
cerrado por otros cinco años y las cuales casi seguramente no volverían a ser
visitadas durante ese período.
Las cuevas que escondían los huevos hasta que estuvieran listos para ser
incubados estaban situadas a muchas millas al sur de las incubadoras y eran
visitadas anualmente por un consejo de veinte jefes. Las razones por las cuales no
habían tratado de construir sus cuevas e incubadoras más cerca de sus hogares
serían siempre un misterio para mí y, como tantas otras costumbres marcianas,
inexplicable por medio de razonamientos y costumbres humanas.
Las ocupaciones de Sola eran ahora dobles, ya que estaba obligada a cuidar tanto
del pequeño marciano como de mí, pero ninguno de los dos necesitaba
demasiada atención, y como ambos estábamos parejos en el avance de la
educación marciana. Sola había tomado a su cargo la enseñanza de los dos
juntos.
Su presa consistía en un varoncito de alrededor de dos metros de alto, muy fuerte
y físicamente perfecto. También él aprendía enseguida y nos divertíamos
bastante, o al menos yo, por la sutil rivalidad que poníamos de manifiesto. El
lenguaje marciano, como ya dije, es extremadamente simple, de modo que en una
semana pude lograr que todas mis necesidades se conocieran y entender casi
todo lo que se me decía. Asimismo, bajo la tutela de Sola desarrollé mis fuerzas
telepáticas y así, en poco tiempo, pude captar prácticamente todo lo que ocurría
alrededor de mí.
Lo que más le sorprendió a Sola fue que, mientras yo podía captar con facilidad
mensajes telepáticos de los demás y. casi siempre, cuando no estaban dirigidos a
mí, nadie podía leer ni jota de mi mente en ninguna circunstancia. Al principio esto
me molestó, pero después me sentí muy feliz porque eso ya me daba una
indudable ventaja sobre los marcianos.
8
Una hermosa cautiva
Al tercer día de la ceremonia de la incubadora nos pusimos en marcha hacia casa,
pero apenas la cabeza de la caravana salió a campo abierto delante de la ciudad
se impartieron órdenes de regresar de inmediato. Como si hubieran sido
adiestrados durante años en esa particular maniobra, los marcianos se
disgregaron como bruma dentro de las amplias entradas de los edificios vecinos.
En menos de tres minutos la caravana de carros en su totalidad, junto con los
mastodontes y los guerreros que los montaban, se perdieron de vista.
Sola y yo habíamos entrado en un edificio del frente de la ciudad - el mismo, para
más datos, en el que había tenido mi encuentro con el simio -, y esperando
descubrir qué era lo que había causado tan repentina retirada, subí hasta uno de
los pisos superiores y desde la ventana miré el valle y las colinas más lejanas. Allí
encontré la causa de nuestra rápida retirada en busca de protección: una enorme
nave larga, baja y pintada de gris se mecía lentamente sobre la cresta del cerro
más próximo, detrás de ella apareció otra y luego otra y otra, hasta que llegaron a
sumar una veintena, meciéndose muy cerca del suelo en tanto se dirigían lenta y
majestuosamente hacía nosotros.
Todas llevaban una extraña bandera que flameaba de proa a popa sobre la
superestructura, y en la proa de cada una había pintada una divisa particular que
brillaba a la luz del sol y se distinguía completamente aun a la distancia que
estábamos de las naves.
Pude distinguir figuras que abarcaban por completo la cubierta delantera y las
partes superiores de la nave. No podía precisar si nos habían descubierto o si
simplemente estaban investigando la ciudad desierta; pero, fuera cual fuere su
intención, recibieron una ruda recepción, ya que los marcianos, de pronto y sin
previo aviso, dispararon una tremenda descarga desde las ventanas de los
edificios que daban al pequeño valle a través del cual las enormes naves estaban
avanzando tan pacíficamente.
La escena cambió instantáneamente como por arte de magia: la nave delantera se
deslizó hacia nosotros y, apuntando sus cañones, respondió al ataque. Al mismo
tiempo se movió paralelamente a nuestro frente, a poca distancia, con la evidente
intención de describir un gran círculo que la colocase una vez más en posición
opuesta a nuestra línea de fuego. Las otras naves la siguieron inmediatamente
detrás, y todas dispararon sobre nosotros y luego volvieron a ponerse en posición.
Nuestro propio fuego no disminuyó y dudo que un veinticinco por ciento de
nuestros disparos hayan errado. Nunca jamás había visto tal exactitud de puntería
y parecía como si cada bala derribara una pequeña figura en una de las naves,
mientras las banderas y la superestructura se desvanecían en llamaradas al pasar
las certeras balas de nuestros guerreros a través de ellas.
El fuego de las naves era menos efectivo debido - como más tarde sabría - a la
inesperada brusquedad del primer ataque, que tomó a la tripulación de las naves
completamente de sorpresa, y a la falta de defensa de los aparatos de mira de sus
armas frente a la puntería mortal de los guerreros.
Parecía como si cada guerrero verde tuviera un objetivo que abatir, bajo
circunstancias relativamente similares. Por ejemplo, una proporción de ellos,
siempre los mejores tiradores, dirigían sus disparos directamente sobre los
aparatos de puntería de los enormes cañones de todos los tipos de las naves
atacantes. Otro grupo se encargaba del armamento más pequeño de la misma
forma. Otros iban eliminando a los artilleros mientras que otros hacían lo mismo
con los oficiales, al tiempo que otro grupo centraba su atención sobre los otros
miembros de la tripulación, la superestructura, el timón y los propulsores.
Veinte minutos después de la primera descarga, la gran escuadra se retiró en la
misma dirección por la que había aparecido. Varias de las naves estaban
perceptiblemente averiadas y parecían estar apenas bajo el control de su agotada
tripulación. Sus disparos habían cesado por completo y todas sus energías
parecían estar centradas en su intento de fuga. Nuestros guerreros se
abalanzaron entonces hacia los techos de los edificios que ocupábamos y
siguieron a la escuadra en retirada con tina descarga continua de fuego mortífero.
Sin embargo, una por una las naves lograron desaparecer tras las crestas de las
montañas, hasta qué sólo una de las naves averiadas quedó a la vista. Había
recibido el grueso de nuestro fuego y parecía estar completamente desguarnecida
ya que no se podía ver una sola figura sobre su cubierta. Lentamente se desvió de
su curso y giró alrededor de nosotros en forma errática y penosa. Los guerreros
cesaron el fuego instantáneamente, ya que era por demás evidente que la nave
estaba completamente indefensa y no podía causarnos daño alguno. Ni siquiera
era capaz de controlarse a sí misma lo suficiente como para escapar.
Cuando estaba cerca de la ciudad, los guerreros se abalanzaron sobre ella, pero
era evidente que todavía estaba demasiado alto para intentar alcanzar su cubierta.
Desde mi ubicación privilegiada en la ventana puede ver los cuerpos de la
tripulación esparcidos en ella, aunque no puede descifrar qué tipo de criaturas
eran. No había señal alguna de vida sobre la nave, mientras se elevaba
lentamente bajo el impulso de la suave brisa en dirección sudeste.
Se encontraba a una altura de veinte metros, seguida por casi todos los guerreros,
exceptuando unos cien, a los que se les había ordenado volver a los techos a
cubrir la posibilidad de un regreso de la escuadra o de refuerzos. De pronto se
hizo evidente que la nave podría chocar contra el frente de los edificios situados a
un kilómetro, más o menos, al sur de nuestra posición. Mientras observaba el
desarrollo de la cacería vi que un número de guerreros se adelantaba al galope,
desmontaban y entraban en el edificio que parecía que la nave, iba a tocar.
Mientras ésta se acercaba al edificio, y poco antes que chocara, los guerreros
marcianos se encaramaron en ella desde las ventanas, y con sus enormes lanzas
atenuaron el impacto de la colisión. En poco tiempo la sujetaron con garfios y la
enorme nave fue arrastrada hacia el suelo por los que se hallaban debajo.
Después de amarraría, treparon por los costados y la inspeccionaron de proa a
popa. Puede ver cómo examinaban a los tripulantes muertos, evidentemente
buscando algún signo de vida. Luego una partida surgió desde el interior,
arrastrando una pequeña figura entre ellos. La criatura era menos de la mitad de
alta que los guerreros marcianos y desde mi ventana pude ver que caminaba
erguida. Supuse que debía de ser alguna nueva y extraña monstruosidad
marciana con la cual no había tenido la oportunidad de enfrentarme todavía.
Bajaron al prisionero al suelo y realizaron el pillaje sistemático de la nave. Esta
operación requirió varias horas, durante cuyo lapso hubo que recurrir a un número
de carros para transportar el botín que consistía en armas, municiones, sedas,
pieles, joyas, jarras de piedra extrañamente labradas y una cantidad de comida
sólida y bebidas, incluso varios barriles de agua, los primeros que veía desde mi
llegada a Marte.
Después que la última carga hubo sido transportada, los guerreros formaron
rápidamente filas hacia la nave y la remolcaron hacia el fondo del valle en
dirección sudoeste. Algunos la abandonaron y estaban muy ocupados en lo que
parecía el vaciamiento del contenido de varias damajuanas sobre los cadáveres
de los tripulantes, cubierta y superestructura.
Cuando terminaron esta operación, descendieron rápidamente por sus costados
dejando caer las sogas de amarre al suelo. El último en abandonar la cubierta se
volvió y arrojó algo hacia atrás sobre la nave, esperando un instante para
comprobar el resultado de su acción.
Cuando una tenue ráfaga de fuego se elevó del punto donde había golpeado el
proyectil, saltó por la borda y rápidamente llegó al suelo. Simultáneamente
soltaron las cuerdas de amarre y la gran nave de guerra, aligerada por el pillaje, se
remontó majestuosamente en el aire, con sus cubiertas y superestructura
envueltas en llamas.
Lentamente se dirigió hacia el Sudeste, elevándose cada vez más alto a medida
que las llamas iban devorando sus partes de madera e iban menguando su peso
sobre ella. Entonces subí al techo del edificio y la pude observar durante horas
hasta que finalmente se perdió a la distancia. El espectáculo era imponente al
máximo, como si estuviera contemplando una pira funeraria flotando a la deriva y
sin defensas a través de las solitarias extensiones de los cielos marcianos. Una
nave de muerte y destrucción que tipificaba el modo de vida de esas criaturas
extrañas y feroces, a cuyas manos poco amistosas el destino la había conducido.
Muy deprimido, sin saber bien las razones, bajé lentamente hacia la calle. La
escena que había presenciado parecía sugerir el aniquilamiento de gente que me
era afín, más que la derrota por nuestros guerreros de una horda de criaturas
enemigas, pero similares a ellos. No podía desentrañar esta aparente alucinación,
ni liberarme de ella, pero en lo más recóndito de mi alma sentí una extraña
simpatía por esos enemigos desconocidos, y nació en mi una posible esperanza
de que la escuadra regresara y pidiera cuentas a los marcianos verdes que tan
ruda y desenfrenadamente la habían atacado.
Pegado a mis talones, como ahora era habitual en él, me seguía Woola, el
sabueso, y en el instante que aparecí en la calle, Sola se abalanzó hacia mí como
si hubiera sido objeto de su búsqueda. La caravana estaba regresando a la plaza,
pues la marcha de regreso había quedado suspendida por ese día. En realidad no
se reanudó hasta pasada más de una semana, debido al temor de un nuevo
ataque de parte de las naves aéreas.
Lorcuas Ptomel era un viejo guerrero demasiado astuto para ser sorprendido en
un lugar abierto con una caravana de carros y niños, y así permanecimos en la
ciudad desierta hasta que el peligro pareció haber pasado.
Cuando Sola y yo entramos en la plaza, mis ojos sé encontraron con algo que
llenó todo mi ser de una gran oleada de sentimientos confusos de esperanza,
miedo, regocijo y depresión, y un sentimiento subconsciente, más dominante aún,
de volver a la vida y a la felicidad, ya que al acercarnos a la muchedumbre pude
atisbar a la criatura capturada en la batalla con la nave. La llevaba rudamente,
hacia el interior de un edificio cercano, una pareja de mujeres marcianas. Lo que
mis ojos vieron fue una figura femenina y esbelta, similar en todo a las mujeres
humanas de mi vida anterior. Ella al principio no me vio, pero justo al desaparecer
a través del portal del edificio que iba a ser su prisión se volvió y sus ojos se
encontraron con los míos. Su rostro era ovalado y extremadamente bello: cada
facción estaba finamente cincelada y era exquisita. Sus ojos eran grandes y
brillantes y su cabeza estaba coronada por una cabellera ondulada de color negro
azabache, sujeta en un extraño peinado. Su piel era algo cobriza, en contraste con
la cual el rubor carmesí de sus mejillas y el rojo de sus labios hermosamente
formados brillaban con un extraño efecto de realce,
Estaba tan desprovista de ropa como los marcianos que la acompañaban; es más,
salvo sus ornamentos extremadamente labrados, estaba completamente desnuda
y ningún tipo de ropa hubiera podido realzar la belleza de su cuerpo perfecto y
simétrico.
Al encontrarse conmigo, sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa
e hizo una leve seña con su mano libre, seña que, por supuesto, no entendí.
Nuestras miradas se cruzaron un segundo y luego la chispa de esperanza y
renovado valor que se había encendido en su rostro al descubrirme, se
desvaneció en un total desaliento, mezcla de repulsión y desdén. Me di cuenta de
que no había contestado a su seña, e ignorante como era de las costumbres
marcianas, intuitivamente sentí que me había hecho una señal de súplica, de
socorro y protección, que mi desafortunado desconocimiento no me había
permitido contestar. En ese momento ella fue arrastrada fuera de mi vista hacia las
profundidades del edificio abandonado.
9
Aprendiendo a hablar
Cuando recobré mi presencia de ánimo miré a Sola, que había sido testigo de ese
encuentro, y me sorprendí al notar una extraña expresión en su rostro
generalmente inexpresivo. No sabía cuáles eran sus pensamientos, ya que
apenas conocía la lengua marciana lo suficiente como para mis necesidades
diarias.
Al llegar a la puerta de nuestro edificio me esperaba una extraña sorpresa: se me
acercó un guerrero con los ornamentos, armas y atavíos completos de su raza, y
me los ofreció con unas pocas palabras ininteligibles y con gesto respetuoso y al
mismo tiempo amenazador.
Más tarde, Sola, con ayuda de varias mujeres, arregló los ornamentos para que se
adaptaran a mis proporciones menores y luego de terminado el trabajo salí a
pasear ataviado con un equipo de guerra completo.
De ahí en adelante Sola me inició en los misterios de las diferentes armas y pasé
varias horas practicando con los marcianos más jóvenes todos los días. Todavía
no era experto con todas las armas, pero mi gran familiaridad con armas
terráqueas similares me convirtió en un alumno singularmente apto y progresé en
forma muy satisfactoria.
Mi entrenamiento y el de los jóvenes marcianos era conducido exclusivamente por
las mujeres, quienes no solamente se dedicaban a la educación de los jóvenes en
el arte de la defensa y ofensiva individual, sino que también eran las artesanas
que manufacturaban todos los productos de elaboración marciana. Fabricaban la
pólvora, los cartuchos, las armas de fuego. En una palabra, todo lo de valor era
producido por las mujeres.
En épocas de guerra formaban parte de las tropas de reserva y, cuando la
necesidad así lo exigía, luchaban aun con mayor inteligencia y ferocidad que los
hombres.
A los hombres se les impartía instrucción en las ramas más elevadas de la guerra,
en estrategia y en el manejo de grandes unidades de tropas. Elaboraban sus leyes
de acuerdo con las necesidades: una ley nueva para cada emergencia. No tenían
en cuenta los precedentes judiciales. Las costumbres se habían transmitido a
través de los siglos, pero el castigo por ignorar una costumbre era objeto de
tratamiento particular, en cada caso, por un juzgado de pares del reo, y puedo
decir que la justicia rara vez fallaba. Parecía tener vigencia en relación inversa con
la importancia de la ley establecida. En un sentido, al menos, los marcianos eran
gente feliz: no tenían abogados.
No volví a ver a la prisionera hasta varios días después de nuestro primer
encuentro. Cuando la vi fue solamente de manera fugaz, mientras la conducían al
recinto de la gran audiencia donde había tenido mi primer encuentro con Lorcuas
Ptomel. No pude menos que notar la innecesaria brutalidad y dureza con que sus
guardias la trataban, tan diferente de la gentileza casi maternal que Sola me
manifestaba y la respetuosa actitud de los pocos marcianos que se dignaban
reparar en mi existencia.
Había observado, en las dos oportunidades que tuve de verla, que la prisionera
intercambiaba unas palabras con sus guardias, y esto me convenció de que
hablaban, o al menos podían hacerse entender, por medio de un lenguaje común.
Con este incentivo adicional, prácticamente enloquecí a Sola con mis caprichos
para acelerar mi educación, de Suerte que en el lapso de unos pocos días ya
dominaba la lengua marciana lo suficientemente bien como para permitirme
sostener una conversación común y para comprender completamente todo lo que
ola.
Para ese entonces nuestros dormitorios estaban ocupados por tres o cuatro
mujeres y un par de jóvenes recién salidos del cascarón, además de Sola, el joven
a su cuidado, yo, y Woola, el sabueso. Después de recogerse por la noche, era
costumbre de los adultos conversar durante un breve lapso antes de irse a dormir,
y ahora que podía entender su lenguaje era siempre un oyente ansioso, a pesar
de que nunca hacía ninguna acotación.
A la noche siguiente de la visita de la prisionera al recinto de la audiencia, la
conversación terminó por desembocar en este tema, y en ese momento yo era
todo oídos. Había temido preguntarle a Sola acerca de la bella cautiva, ya que no
dejaba de recordar la extraña expresión que había notado en su rostro después de
mi primer encuentro con la prisionera. No podía asegurar que ésta denotara celos:
pero como aún juzgaba todas las cosas por medio de patrones terráqueos, sentía
más seguridad fingiendo indiferencia en el asunto hasta que supiera con mayor
certeza cuál era la actitud de Sola hacia el objeto de mi preocupación.
Sarkoja, una de las mujeres más ancianas que compartía nuestra vivienda, había
estado presente en la audiencia como ama de las guardias de la cautiva y fue
hacia ella que se dirigieron las preguntas.
-¿Cuándo podremos disfrutar de la agonía de muerte de la colorada? ¿O el Jed
Lorcuas Ptomel piensa mantenerla como rehén? - preguntó una de las mujeres.
- Han decidido llevarla con nosotros hasta Thark y exhibir su última agonía en los
grandes juegos ante Tal Hajus - contestó Sarkoja.
-¿Cuál va a ser el método que usarán para matarla? - preguntó Sola -. Es muy
pequeña y muy hermosa y tenía esperanzas de que la retuviesen como rehén.
Sarkoja y las otras mujeres refunfuñaron con enojo ante esa manifestación de
debilidad de Sola.
- Es una desgracia, Sola, que no hayas nacido hace un millón de años -
interrumpió Sarkoja -, cuando los huecos de la tierra estaban llenos de agua y la
gente era tan débil como la sustancia sobre la que navegaban. Actualmente
hemos progresado hasta tal punto que esos sentimientos son indicio de debilidad
y atavismo. No sería conveniente para ti que permitieses que Tars Tarkas se
enterase de que tienes tales sentimientos de degeneración, pues dudo que pueda
agradarle confiar a alguien como tú la importante responsabilidad de la
maternidad.
No veo nada de malo en mi expresión de interés hacia la mujer roja - contestó
Sola -. No nos ha hecho ningún daño ni nos lo haría si llegáramos a caer en sus
manos. Es el hombre de su raza el que pelea con nosotros y siempre he pensado
que su actitud hacia nosotros no es más que el reflejo de la nuestra hacia ellos.
Viven pacíficamente con todos sus compañeros, excepto cuando las
circunstancias los llevan a la guerra, mientras nosotros no estamos en paz con
nadie. Siempre luchando tanto con los de nuestra propia especie como con los
rojos. Hasta en nuestras propias comunidades los individuos luchan entre sí.
Es un continuo y horrible derramamiento de sangre desde que rompemos la
cáscara de nuestro huevo hasta que felizmente tomamos el seno del río del
misterio, el oscuro y antiguo Iss que nos lleva a una existencia desconocida pero
al menos no tan horrible y tremenda como ésta. Es afortunado aquel que
encuentra el fin de sus días en una muerte temprana. Dile lo que quieras a Tars
Tarkas. No me puede proporcionar peor destino que el de continuar con la horrible
existencia que estamos forzados a sobrellevar en esta vida.
Este violento estallido de parte de Sola sorprendió y conmovió tanto a las otras
mujeres que todas quedaron en silencio y pronto se durmieron.
El episodio había verificado algo, y ese algo era la seguridad de que Sola sentía
amistad hacia la pobre chica. Además me convencía de que había sido
extremadamente afortunado en caer en sus manos en lugar de haberlo hecho en
las de alguna de las otras mujeres. Presentía que yo le agradaba y ahora que
sabía que ella odiaba la crueldad y la barbarie tenía la seguridad de que podía
confiar en ella para que nos ayudara a la chica cautiva y a mí a huir, siempre, por
supuesto, que tal cosa fuera posible.
Ni siquiera sabía si había un lugar mejor hacia el cual huir, pero estaba dispuesto
a correr mi suerte entre gente más parecida a mí antes que permanecer entre los
horribles y sanguinarios hombres verdes de Marte. Dónde ir y cómo era un enigma
para mí, del mismo modo que la búsqueda de la juventud eterna lo había sido para
los terráqueos desde que el mundo es mundo.
Decidí que en la primera oportunidad me confiaría a Sola y abiertamente le pediría
que me ayudara. Con esta firme decisión me di vuelta entre mis sedas y dormí el
sueño más tranquilo y reparador que tuve en Marte.
10
Campeón y jefe
A la mañana siguiente me puse en movimiento desde temprano. Se me había
concedido una libertad considerable, ya que Sola me había dicho que mientras no
intentara abandonar la ciudad era libre de ir y venir como quisiera. Me había
advertido, sin embargo, contra el riesgo de salir desarmado, ya que esta ciudad,
como otras metrópolis desiertas de una antigua civilización marciana, estaba
poblada de aquellos inmensos simios blancos con los que me había encontrado al
segundo día de mi llegada a Marte.
Al avisarme que no debía pasar la frontera de la ciudad, Sola me había explicado
que Woola lo evitaría, fuera cual fuere la forma en que lo intentara; y me advirtió
con más fuerza aún, que no despertara su ferocidad ignorándolo y aventurándome
demasiado cerca del territorio prohibido.
Su naturaleza era tal, según me dijo, que me devolvería a la ciudad vivo o muerto
si llegaba a persistir en contrariarlo. "Y preferentemente muerto", agregó.
Esa mañana había elegido una calle nueva para explorar cuando de pronto me
encontré en los límites de la ciudad. Delante de mí había pequeñas colinas
surcadas por estrechas e incitantes barrancas.
Tenía muchos deseos de explorar el territorio que se encontraba ante mí, y - como
el linaje de exploradores del que descendía me incitaba a hacerlo- de ver qué
podía descubrir más allá de las colinas que me rodeaban.
También se me ocurrió que ésa podría ser una excelente oportunidad para probar
las cualidades de Woola. Estaba convencido de que la bestia me quería. Había
tenido más evidencias de afecto de su parte que de cualquier otro ser marciano,
humano o animal. Estaba seguro de que esa gratitud por las acciones que habían
salvado su vida dos veces pesarían más sobre su lealtad que las obligaciones
impuestas por un dueño cruel y desamorado.
Al acercarme a la línea de la frontera, Woola corrió ansiosamente delante de mí y
con su cuerpo embistió contra mis piernas. Su expresión era más suplicante que
feroz. Ni descubrió sus inmensos colmillos, ni articuló sus terroríficas advertencias
guturales.
Alejado de la amistad y de la compañía de mi propia especie, había llegado a
profesar un cariño considerable a Woola y Sola, ya que un ser humano normal
debe tener un escape para sus afectos naturales. Decidí apelar, entonces, a un
sentimiento similar en esa bestia enorme, seguro de que no me defraudaría.
Nunca le había hecho fiestas ni lo había acariciado, pero en ese momento me
senté en el suelo y, poniendo mis manos sobre su grueso cuello, lo acaricié y le
hablé en mi lengua marciana recientemente adquirida, como lo hubiera hecho con
mi sabueso en mi casa, como le podría haber hablado a cualquier otro amigo entre
los animales inferiores. Su respuesta a mis manifestaciones de afecto fue
altamente positiva: abrió su boca inmensa todo lo que pudo, dejando al
descubierto la totalidad de sus colmillos superiores, y frunció el hocico hasta
quedar sus inmensos ojos casi escondidos detrás de sus arrugas.
Si alguno de los lectores vio alguna vez sonreír a un ovejero, podrá tener alguna
idea de la transformación del rostro de Woola.
Se echó sobre el lomo y comenzó a revolcarse a mis pies, saltó y se abalanzó
sobre mí y me hizo rodar por el suelo con su tremendo peso, retozando y
moviendo la cola alrededor de mí como una mascota juguetona. Me presentó su
lomo deseando que lo acariciara. No pude resistir la ridiculez del espectáculo y sin
poderme contener me reí por primera vez desde la mañana en que Powell había
abandonado el campamento y su caballo, extremadamente desacostumbrado, lo
había arrojado precipitada e inesperadamente de cabeza dentro de una olla de
frijoles.
Mi risa asustó a Woola. Sus travesuras cesaron y se arrastró penosamente hacia
mí, apoyando su horrible cabeza sobre mis piernas. Fue entonces cuando recordé
lo que significaba la risa en Marte: tortura, sufrimientos, muerte.
Tranquilizándome, acaricié la cabeza y el lomo de la pobre bestia, le hablé por
unos instantes y luego en tono autoritario le ordené que me siguiera. Nos
levantamos y emprendimos nuestro camino hacia las cimas.
No hubo más problemas en cuanto a quién era el amo cutre nosotros. Woola
había pasado desde ese momento a ser mi devoto esclavo para siempre, y yo su
indiscutible y único amo. La caminata hacia las montañas llevó poco tiempo y no
encontré nada de particular que me gratificara Abundantes flores salvajes de
colores brillantes y extrañamente formadas brotaban en la cañada, y desde la
cima de la primera colina vi otras elevaciones que se extendían hacia el norte. Una
cordillera se elevaba detrás de otra, aunque luego descubriría que sólo unas
pocas cimas en todo Marte sobrepasaban los 1.300 metros de altura. La impresión
de magnificencia era meramente relativa.
La caminata de la mañana había sido de gran importancia para mí, ya que había
terminado en un perfecto entendimiento con Woola, a quien Tars Tarkas había
asignado mi vigilancia. Ahora sabía que a pesar de estar prisionero era
virtualmente libre, y me apresuré a volver a los límites de la cuidad antes que la
deserción de Woola fuera descubierta por sus antiguos dueños. La aventura me
había determinado a no volver a abandonar los limites prescritos de tierra que se
me habían marcado hasta que estuviera listo para arriesgarme de una vez por
todas, ya que eso podía terminar en una reducción de mis libertades así como en
la posible muerte de Woola, si llegaban a descubrirnos.
Al regresar a la plaza tuve la tercera oportunidad de ver a la chica cautiva. Estaba
parada con sus guardias delante de la entrada del recinto de audiencias, y al
acercarme me dirigió una mirada arrogante y me volvió la espalda. Esa actitud era
tan femenina, que a pesar de haber herido mi orgullo llenó mi corazón de un cálido
sentimiento de compañerismo. Era bueno saber que alguien en Marte, además de
mí, tenía instintos humanos de tipo civilizado, aun cuando su manifestación fuera
tan dolorosa como mortificante.
Si alguna mujer marciana hubiera deseado demostrar disgusto o desprecio en
cualquier caso, lo hubiera hecho atacando con su espada o gatillando alguna de
sus armas; pero como sus sentimientos estaban, completamente atrofiados
tendría que existir una seria injuria para suscitar en ella tal apasionamiento. Sola,
debo agregar, era una excepción. Nunca la había visto llevar a cabo una acción
cruel o tosca, ni abandonar su constante amabilidad y buena naturaleza. Ella era
exactamente como sus compañeras la habían descrito: un atavismo, un precioso y
querido retroceso a un tipo originario de antepasados amantes y amados.
Observando que la prisionera parecía ser el centro de la atención, me detuve para
observar qué pasaba. No tuve que esperar mucho, ya que en ese momento
Lorcuas Ptomel y su séquito de caudillos se acercaron al edificio, e indicándoles a
los guardias que los siguieran junto con la prisionera, todos entraron en el recinto
de audiencia. Me había dado cuenta de que era en cierta forma una persona
privilegiada y estaba convencido de que los guerreros no sabían de mis adelantos
en el aprendizaje de su lengua, ya que le había pedido a Sola que lo guardara en
secreto, aduciendo que no quería ser forzado a hablar con la gente hasta que
dominara perfectamente su lenguaje.
Entonces tuve la oportunidad de entrar en el recinto de audiencia y escuchar el
proceso.
El Consejo estaba sentado sobre los escalones de la tribuna, al tiempo que,
debajo de ellos, estaba de pie la prisionera con sus dos guardias. Puede ver que
una de las mujeres era Sarkoja. De esta forma pude entender cómo había estado
presente el día anterior y había informado sobre los resultados a las ocupantes de
nuestro dormitorio la noche anterior. Su actitud hacia la cautiva era excesivamente
dura y brutal. Cuando la sostenía, clavaba sus uñas rudimentarias en la carne de
la pobre muchacha o le sacudía el brazo en la forma más dolorosa. Cuando era
necesario moverla de un lugar a otro, la sacudía rudamente o la empujaba de
cabeza hacia adelante. Parecía descargar sobre la pobre e indefensa criatura todo
el odio, la crueldad y el rencor de sus novecientos años, respaldados por
incalculables generaciones de antepasados tan feroces y brutales como ella.
La otra mujer era menos cruel porque era completamente indiferente. Si la
prisionera le hubiera sido confiada sólo a ella - y por fortuna estaba a su cargo de
noche - no habría recibido ningún tipo de mal trato, pero tampoco ninguna
atención.
Cuando Lorcuas Ptomel levantó la vista para dirigirse a la prisionera se encontró
conmigo. Se volvió hacia Tars Tarkas con una palabra y un gesto de impaciencia.
Tars Tarkas le contestó algo que no puede captar, pero que hizo sonreír a Lorcuas
Ptomel. Después de esto, no me prestó más atención.
-¿Cuál es su nombre? - preguntó Lorcuas Ptomel, dirigiéndose a la prisionera.
- Dejah Thoris, hija de Mors Kajak de Helium.
-¿Y la naturaleza de tu expedición?
- Era meramente un grupo de investigación científica enviada por mi abuelo, el
Jeddak de Helium, para radiagramar las corrientes de aire y hacer mediciones de
la densidad atmosférica - contestó la hermosa prisionera en voz baja y bien
modulada -. No estábamos preparados para una batalla – continuó -, ya que
estábamos en una misión pacífica como lo indicaban nuestras banderas y el color
de nuestras naves. El trabajo que estábamos llevando a cabo era tanto para
nuestro beneficio como para el vuestro, ya que bien saben que si no fuera por
nuestros trabajos y por el fruto de nuestras operaciones científicas, no habría aire
ni agua suficiente en Marte para permitir una sola vida. Durante años hemos
mantenido la provisión de aire y agua prácticamente en el mismo nivel, sin
pérdidas apreciables, y lo hemos hecho enfrentando la interferencia brutal e
ignorante de vuestros hombres verdes. ¿Por qué no aprenden a vivir en armonía
con sus compañeros, por qué se empeñan en seguir el camino de su extinción
final con tan poca superioridad sobre las mismas bestias idiotas que los sirven?
Un pueblo sin lenguaje escrito, sin arte, sin hogares, sin amor, víctimas de siglos
de comunitarismo aberrante. Y al tener todo en común, aun sus mujeres y niños,
han llegado al resultado de no tener nada en común. Odian a los demás como
odian todo lo que no se refiera a ustedes mismos. Regresen a las costumbres de
nuestros antecesores comunes, regresen a la luz de la armonía y el
compañerismo. El camino les está abierto. Encontrarán las manos de los hombres
rojos extendidas para ayudarlos. Juntos podremos lograr mucho más para
regenerar nuestro planeta en vías de extinción. La nieta del más grande y
poderoso de los Jeddaks rojos os lo propone. ¿Vendrán?
Lorcuas Ptomel y los guerreros permanecieron sentados observando silenciosa y
atentamente a la joven por algunos minutos, después que ésta dejó de hablar.
Ningún hombre habría podido saber qué pasaba por sus mentes, pero creo
sinceramente que estaban conmovidos, y que si hubiera habido entre ellos un
hombre inteligente con la suficiente fuerza como para dejar a un lado las
costumbres, aquel momento hubiera marcado el comienzo de una nueva y pujante
era para Marte.
Vi cómo Tars Tarkas se puso de pie para hablar y su rostro era el más expresivo
que había visto en un guerrero de Marte. Reflejaba una poderosa batalla interna
consigo mismo, con la herencia, con las costumbres seguidas durante años. Al
abrir la boca para hablar una mirada casi de bondad y amabilidad iluminó
momentáneamente su semblante feroz y terrible.
Las palabras que en ese momento debieron de haber salido de sus labios nunca
llegó a pronunciarlas, ya que, justo en ese instante un joven guerrero - que
evidentemente presentía el giro de los pensamientos de los más viejos - saltó de
las graderías y, descargando tan soberbia bofetada en la mejilla de la frágil cautiva
hasta el extremo de hacerla rodar por tierra, puso su pie sobre el cuerpo caído y
volviéndose hacia el Consejo de la asamblea rompió en horribles y tristes
carcajadas.
Por un instante pensé que Tars Tarkas lo mataría y que el semblante de Lorcuas
Ptomel tampoco auguraba nada demasiado favorable para ese ser brutal, pero el
momento pasó, sus viejas personalidades reafirmaron su ascendencia, y
sonrieron. Esa era mala señal, aunque no reían fuerte, ya que la acción del
guerrero constituía un chiste ingenioso de acuerdo con la moral por la que se regía
el humor de los marcianos.
El que me haya detenido a describir qué ocurrió en el momento del golpe no
significa que permaneciera inactivo por mucho tiempo. Creo que debo de haber
presentido algo de lo que iba a ocurrir, ya que ahora me doy cuenta de que estaba
agazapado como para saltar cuando vi que el golpe se dirigía hacia su hermoso,
orgulloso y suplicante rostro. Antes que la mano descendiera ya estaba a mitad de
camino a través de la sala. Su horrible risa sonó escasamente una vez, cuando ya
estaba sobre él.
El bruto medía cerca de cuatro metros de alto y estaba armado hasta los dientes,
pero creo que podría haberme hecho cargo de todos los ocupantes del recinto en
la terrible intensidad de mi ira. Saltando hacia arriba lo golpeé de pleno en la cara
cuando se volvió ante mi grito de aviso. Luego sacó su espada corta y yo saqué la
mía. Salté de nuevo sobre su pecho, enganchando una pierna en el extremo de su
pistola y aferrando uno de sus inmensos colmillos con mi mano izquierda, mientras
descargaba un golpe tras otro sobre su enorme pecho.
No podía usar su espada para tomar ventaja porque yo estaba muy cerca de él, ni
podía sacar su pistola, que intentó usar en oposición a las costumbres marcianas -
que dicen que no se puede luchar con un compañero guerrero, en combate
privado, con otro tipo de arma que no sea el que usa el atacante -. En todo caso,
no podía hacer nada más que realizar un salvaje y vano intento de desprenderse
de mí. Con todo su inmenso cuerpo era muy poco más fuerte que yo, y sólo me
llevó uno o dos minutos hacer que cayera al suelo sangrante y sin vida.
Dejah Thoris se había erguido apoyada sobre su codo, y observaba la batalla con
ojos brillantes e inmensamente abiertos.
Cuando me puse de pie la levanté en mis brazos y la llevé hacia uno de los
bancos que había al costado de la sala.
Ningún marciano intervino. Arranqué un pedazo de seda de mi capa y traté de
cortar la sangre que le salía de la nariz. Tuve éxito, ya que sus lesiones se
limitaban a una hemorragia nasal. Entonces, cuando pudo hablar, puso su mano
sobre mi brazo y mirándome a los ojos dijo:
-¿Por qué lo hiciste? ¡Tú que me negaste hasta un saludo amistoso en el primer
momento de mi trance! Y ahora arriesgas tu vida y matas a uno de tus
compañeros para salvarme. No puedo comprenderlo. ¿Qué clase de hombre
extraño eres, que te asocias con los hombres verdes a pesar de que tu forma es la
de la gente de mi raza y tu color es apenas más oscuro que el del simio blanco?
Dime, ¿eres un humano o más que humano?
- Es una historia extraña - le contesté -, demasiado larga para contarla ahora, y de
la que yo mismo dudo tanto que desisto de tratar que otros lleguen a creerla.
Baste decir, por ahora, que soy tu amigo, y que mientras nuestros captores nos lo
permitan, seré tu protector y tu servidor.
- Entonces ¿tú también eres prisionero? Pero entonces ¿por qué esas armas y el
atuendo de un caudillo Tharkiano? ¿Cuál es tu nombre? ¿Dónde queda tu país?
- Sí, Dejah Thoris, yo también soy un prisionero. Mi nombre es John Cárter y
considero a Virginia, uno de los Estados Unidos de América, en la Tierra, como mi
hogar. Sin embargo, no sé por qué me permiten portar armas ni estaba enterado
de que mi atuendo fuese el de un caudillo.
En esta circunstancia fuimos interrumpidos por la proximidad de uno de los
guerreros, portando armas, pertrechos y ornamentos. En ese instante una de las
preguntas de la muchacha tuvo su respuesta y me esclareció un enigma. Vi que el
cuerpo de mi enemigo muerto había sido desvestido y en la actitud a la vez
amenazante y respetuosa del guerrero que me había traído estos trofeos del
muerto, pude leer la misma expresión de aquel otro que me había traído mi equipo
original. En ese momento, por primera vez, me di cuenta de que mi golpe - en
ocasión de mi primera batalla en el recinto de audiencia- había sido mortal para mi
adversario.
La razón de toda la actitud puesta de manifiesto estaba ahora en claro. Había
ganado mis espolones, por así decirlo, y la cruda justicia que siempre marcaba la
conducta de los marcianos y la que entre otras cosas había hecho que llamara a
éste el planeta de las paradojas - me había concedido el honor propio de un
conquistador. Yo era un caudillo marciano, y más tarde comprendería que ésa era
la causa de mi gran libertad y de ni admisión en el recinto de audiencias.
AL darme vuelta para recibir los bienes del guerrero muerto, noté que Tars Tarkas
y varios guerreros se abrían paso hacia nosotros y los ojos del primero se
posaban sobre mí con una expresión sumamente extraña. Finalmente se dirigió a
mí:
- Hablas la lengua de Barsoom demasiado bien para alguien que era sordo y
mudo para nosotros hasta hace poco tiempo. ¿Dónde la aprendiste, John Cárter?
- Tú mismo eres responsable, Tars Tarkas – contesté -, al haberme asignado una
institutriz de tanta habilidad. Debo agradecer mis conocimientos a Sola.
- Se ha desempeñado bien – contestó -, pero tu educación necesita considerable
pulido en otros aspectos. ¿Sabes lo que tu temeridad sin precedentes podría
haberte costado si hubieras fracasado en tu lucha a muerte con cualquiera de los
dos caudillos cuyas armas ahora llevas?
- Presumo que aquel que me derrotara me hubiera matado a mí - respondí
sonriendo.
- No, estás equivocado, solamente como último recurso de autodefensa un
marciano mata a un prisionero. Nos gusta mantenerlos para otros propósitos - y su
rostro denotó posibilidades que no eran placenteras de imaginar -. Pero una cosa
te puede salvar ahora –continuó -. Si en reconocimiento de tu gran valor, ferocidad
y valentía fueras considerado por Tal Hajus digno de sus servicios, podrás ser
integrado a la comunidad y convertirte en un Tharkiano completo. Hasta que
lleguemos a los cuarteles de Tal Hajus es la voluntad de Lorcuas Ptomel que te
sea concedido el respeto al que por tus proezas te has hecho acreedor. Serás
tratado por nosotros como un caudillo Tharkiano, pero no debes olvidar que cada
jefe que tenga un grado mayor que el tuyo es responsable de entregarte a salvo a
nuestro poderoso y feroz gobernante. He dicho.
- Te he escuchado, Tars Tarkas – contesté -. Como sabes, no soy de Barsoom.
Sus costumbres no son las mías y solamente puedo actuar en el futuro como lo
hice en el pasado, de acuerdo con los dictados de mi conciencia y guiado por los
hábitos de mi propia gente. Si me dejaras solo me iría en paz, pero si no, sabrás
que cada Barsoomíano con el cual deba tratar respetará mis derechos como
extranjero o soportará cualquier consecuencia que pueda sobrevenir. Quiero
poner en claro una cosa: cualesquiera que sean vuestros designios finales para
con esta desafortunada joven, si alguien la lastima o insulta en el futuro, deben
saber que tendrá que rendirme cuentas a mí. Sé que desprecian todo sentimiento
de generosidad o amabilidad, pero yo no, y puedo convencer al más valeroso de
sus guerreros de que estas características no son incompatibles con la habilidad
para luchar.
Por lo general no me permito discursos tan largos, ni nunca había recurrido hasta
entonces a tal ampulosidad de términos; pero había acertado con un discurso de
apertura que podía tocar el punto débil en el pecho de los marcianos. No estaba
equivocado, ya que mi perorata evidentemente los impresionó profundamente y su
actitud hacia mí, de allí en adelante, se hizo aun mucho más respetuosa.
El mismo Tars Tarkas parecía complacido por mi respuesta, pero su único
comentario fue más o menos enigmático.
- Creo que conozco a Tal Hajus, Jeddak de Thark.
Volví mi atención hacia Dejah Thoris, y ayudándola a ponerse de pie nos volvimos
hacia la salida, ignorando el revuelo de arpías que vigilaban a la muchacha así
como las miradas inquisidoras de los caudillos. ¿Acaso yo no era ahora un
caudillo, también? Pues bien, entonces podía asumir las responsabilidades de
ellos. No nos molestaron y, así, Dejah Thoris, princesa de Helium, y John Cárter,
caballero de Virginia, seguidos por el leal Woola, salimos en total silencio del
recinto de audiencia del Jed Lorcuas Ptomel entre los Tharkianos de Barsoom.
11
Dejah Thoris
Al llegar a la puerta, las dos mujeres guardianas a las que se había ordenado que
vigilaran a Dejah Thoris se apresuraron e hicieron como si asumieran su custodia
una vez más. La pobre muchacha sé, acurrucó contra mí y sentí que sus dos
pequeñas manos se aferraban a mis brazos. Aparté a las mujeres y les informé
que en lo sucesivo Sola atendería a la cautiva, y después le advertí a Sarkoja que
si infería algún daño con sus crueles actitudes a Dejah Thoris, acabaría con una
muerte repentina y dolorosa.
Mi amenaza fue desafortunada y resultó más hiriente que buena para Dejah
Thoris, ya que después sabría que los hombres no matan a las mujeres en Marte,
ni las mujeres a los hombres. Por lo tanto, Sarkoja meramente nos dirigió una
horrible mirada y partió a tramar maldades contra nosotros.
Pronto encontré a Sola y le expliqué que deseaba que cuidara a Dejah Thoris
como me había cuidado a mí, y que le encontrara otra vivienda donde no fuera
molestada por Sarkoja. Por último le informé que yo mismo tomaría mi cuarto
entre los hombres.
Sola miró los pertrechos que llevaba en mi mano y que pendían de mi hombro.
- Eres un gran caudillo ahora, John Cárter - me dijo -. Debo cumplir tus órdenes,
aunque me siento sumamente feliz de hacerlo bajo cualquier circunstancia. El
hombre cuyas armas llevas era joven, pero un gran guerrero, y había ganado por
sus adelantos y muertes un rango cercano al de Tars Tarkas quien, como sabes,
es el que le sigue a Lorcuas Ptomel. Tú eres el undécimo, y no hay más que diez
caudillos que te superan en valentía.
-¿Y si matara a Lorcuas Ptomel? - pregunté.
- Serías el primero, John Cárter, pero solamente podrías ganar el honor de que
Lorcuas Ptomel te presentara combate si ésa fuera la voluntad del Consejo entero
o si te llegara a atacar él. Le puedes matar en defensa propia y así ganar el primer
lugar.
Me reí y cambié de tema. No tenía ningún deseo en especial de matar a Lorcuas
Ptomel y menos aún de ser un Jed entre los Tharkianos.
Acompañé a Sola y Dejah Thoris en su búsqueda de nueva vivienda, que
encontramos en un edificio cercano al recinto de audiencia y de arquitectura más
suntuosa que nuestra primera habitación. También encontramos en ese edificio
verdaderos dormitorios con camas antiguas, de metal muy labrado y suspendidas
de enormes cadenas de oro que pendían del techo de mármol.
Los decorados de las paredes eran más elaborados y. a diferencia de los frescos
que había visto en los otros edificios, había muchas figuras humanas en su
composición. Esas figuras eran de personas iguales que yo y de un color mucho
más claro que el de Dejah Thoris. Estaban vestidas con túnicas graciosas y
livianas y excesivamente adornadas con metales y joyas. Su cabello era de un
hermoso dorado y rojo cobrizo. Los hombres eran lampiños y sólo unos pocos
llevaban armas. La mayoría de las escenas representaban las diversiones de un
pueblo rubio y de tez clara.
Dejah Thoris aplaudió con una exclamación de arrobamiento mientras observaba
esas magníficas obras de arte, realizadas por pueblos extinguidos mucho tiempo
atrás. Sola en cambio, parecía no haberlas visto. Decidimos destinar esa
habitación del segundo piso, que daba a la plaza, para Dejah Thoris y Sola. y otra
habitación lindera, en la parte de atrás, para la cocina y las provisiones. Luego
envié a Sola para que trajera la ropa de cama y toda la comida y utensilios que
fueran necesarios, diciéndole que cuidaría de Dejah Thoris hasta su regreso.
Cuando Sola partió, Dejah Thoris se volvió hacia mí con tina tenue sonrisa.
-¿Y para qué habría de escapar tu prisionera si la dejaras sola, si no fuera para
seguirte y pedirte humildemente tu protección y tu perdón por los crueles
pensamientos que ha abrigado contra ti estos días pasados?
- Tienes razón - le contesté -. No hay escapatoria para ninguno de nosotros, a
menos que lo hagamos juntos.
- Escuché tu desafío a esa criatura que llamas Tars Tarkas y creo comprender tu
posición entre esta gente, pero lo que no pude desentrañar es tu afirmación de
que no eres de Barsoom. En nombre de mi primer antecesor, entonces, ¿de
dónde puedes ser? Eres como mi gente y, a pesar de ello, ¡tan diferente! Hablas
mi idioma, pero escuché que le decías a Tars Tarkas que lo habías aprendido
recientemente. Todos los Barsoomianos hablamos la misma lengua desde el polo
sur al polo norte, aunque nuestro lenguaje escrito sea diferente. Solamente en el
valle Dor, donde el río Iss vierte sus aguas en el mar perdido de Korus; se supone
que se habla un lenguaje diferente, y. excepto en las leyendas de nuestros
antecesores, no hay testimonios de un Barsoomiano que regresara del río Iss, de
las riberas del Korus en el valle de Dor. ¡No me digas que has regresado! ¡Te
matarían de la manera más horrible en cualquier parte de la superficie de Barsoom
si eso fuera cierto! ¡Dime que no! ¡Dime que no lo es!
Sus ojos brillaban con una luz extraña y misteriosa; su voz suplicante y sus
pequeñas manos se posaron sobre mi pecho y lo oprimían como queriendo
arrancar una negación de lo más profundo de mi corazón.
- No conozco tus costumbres, Dejah Thoris, pero en Virginia, mi tierra, un
caballero no miente para salvarse a sí mismo. No soy de Dor. Nunca he visto el
misterioso Iss, y el mar perdido de Korus permanece aún perdido, al menos para
mí. ¿Me crees?
En ese momento, repentinamente se me ocurrió que mostraba demasiada
ansiedad en mi deseo de que me creyera. No es que temiera qué pudiera resultar
si se llegaba a creer que había regresado del paraíso o del infierno Barsoomiano,
o lo que fuera. ¿Por qué era así, entonces? ¿Por qué me importaría tanto lo que
pensara? La observé, su hermoso rostro elevado hacia mi y sus maravillosos ojos
descubriéndome las profundidades de su alma. Cuando mis ojos encontraron los
suyos descubrí el porqué y me estremecí.
Una oleada de sentimientos similares parecía agitarla. Se apartó de mí con un
suspiro y susurro:
- Te creo, John Carter. No sé qué significa "caballero", ni nunca había oído hablar
de Virginia; pero en Barsoom, ningún hombre miente si no quiere decir la verdad,
simplemente guarda silencio. ¿Dónde queda ese país tuyo, Virginia, John Carter?
- me preguntó. Me pareció que el hermoso nombre de mi bella tierra jamás había
sonado tan bonito como al salir de esos labios perfectos.
- Soy de otro mundo - le contesté -. Del gran planeta Tierra, que gira alrededor de
nuestro Sol común y está cercano a la órbita de tu Barsoom, que nosotros
conocemos como Marte.
No puedo decirte cómo llegué hasta aquí porque no lo sé; pero aquí estoy, y
desde el momento en que esto me permite servir a Dejah Thoris, soy feliz de estar
aquí.
Me miró largamente, con ojos confundidos e interrogantes. Sabía perfectamente
que era difícil de creer mi afirmación y no podía esperar que la creyera a pesar de
lo mucho que anhelaba su confianza y respeto. Hubiera sido mejor que no le
contara nada de mis antecedentes, pero ningún hombre podría mirar en la
profundidad de esos ojos y rehusar al más mínimo deseo de su dueña. Por último
sonrió y levantándose dijo:
- Tendré que creerte aun cuando no pueda entender. Puedo darme cuenta
fácilmente de que no perteneces a los actuales Barsoomianos; eres como
nosotros, aunque diferente. Pero ¿por qué habría de romper mi pobre cabeza con
tal problema, cuando mi corazón me dice que creo porque quiero creer?
Era un buen razonamiento, basado en una buena lógica femenina humana, y si a
ella le satisfacía, por cierto que no podía dejar de sentirme yo también satisfecho.
Para el caso, era el único tipo de lógica que podía ayudar a dominar mi problema.
Luego caímos en una conversación sobre diversos asuntos, preguntándonos y
contestándonos muchas cosas el uno al otro.
Ella tenía curiosidad por saber las costumbres de mi gente y mostró un gran
conocimiento sobre las cosas de la Tierra.
Cuando le pregunté acerca de esa evidente familiaridad, se rió y exclamó:
- Bueno, todo estudiante en Barsoom conoce la geografía, la fauna y la flora así
como la historia de tu planeta como la del propio. ¿No podemos ver todo lo que
sucede en la Tierra, como tú la llamas? ¿No está suspendida aquí, en el cielo, a
plena vista?
Debo confesar que eso me desconcertó tan completamente como mis argumentos
la habían confundido a ella. Así se lo dije. Entonces me habló en general de los
instrumentos que su gente había usado y perfeccionado durante mucho tiempo.
Eran instrumentos que les permitían proyectar sobre una pantalla una imagen
perfecta de lo que estaba sucediendo sobre cualquier planeta y sobre la mayoría
de las estrellas. Esas películas eran tan perfectas en sus detalles que, al
ampliarlas, hasta los objetos no mayores que una hoja de pasto podían
distinguirse con toda facilidad. Más tarde, en Helium, vi muchas de esas películas,
así como los instrumentos que las producían.
- Si estás entonces tan familiarizada con las cosas de la Tierra – pregunté -, ¿por
qué no me reconociste como idéntico a los habitantes de mi planeta?
De nuevo sonrió como uno podría hacerlo indulgentemente ante una pregunta de
un niño
Porque. John Carter, casi todos los planetas v estrellas tienen condiciones
atmosféricas parecidas a las de Barsoom y manifiestan normas de vida animal
casi idénticas a la tuya y a la más aún, los terráqueos, casi sin excepción, cubren
sus cuerpos con extrañas y horribles prendas de vestir y sus cabezas con
tremendos artefactos cuyo propósito no hemos sido capaces de entender. Cuando
fuiste encontrado por los guerreros Tharkianos, estabas completamente desnudo y
sin adornos. El hecho de que no llevaras ornamentos es una prueba indiscutible
de tu origen no Barsoomiano, al tiempo que la ausencia de una vestimenta
grotesca podría suscitar dudas acerca de que procedieras de la Tierra.
Entonces le conté los detalles de mi partida de la Tierra, explicándole que allí mi
cuerpo yacía completamente vestido con lo que, para ella, eran extraños adornos
de los terráqueos. En ese momento Sola regresó con nuestras escasas
pertenencias y su joven protegido marciano, quien por supuesto tendría que
compartir las habitaciones con ellas.
Sola nos preguntó si habíamos tenido alguna visita su ausencia y pareció muy
sorprendida cuando le contesté que no. Al parecer cuando ella iba subiendo hacia
los superiores, donde se encontraban nuestros cuartos, se había encontrado con
Sarkoja, quien iba descendiendo. Supusimos había estado escuchando detrás de
la puerta, pero como no creíamos que nada de importancia había pasado entre
nosotros, descartamos el problema, pero comprometiéndonos a ser precavidos en
el futuro.
Luego Dejah Thoris y yo nos pusimos a observar la pintura y los decorados de los
hermosos recintos de los aposentos que ocupábamos. Ella me explicó que esas
personas habían vivido hacía más de cien mil años. Eran los fundadores de su
raza pero se habían mezclado con otra gran raza de los primeros marcianos, que
eran muy oscuros, casi negros, y también los amarillos rojizos que habían vivido
en esa época.
Esas tres grandes divisiones de los marcianos superiores habían formado una
alianza poderosa, cuando, al secarse los mares de Marte, se habían visto forzados
a buscar las áreas fértiles relativamente escasas y siempre en disminución, y a
defenderse bajo nuevas condiciones de vida, contra las hordas salvajes los
hombres verdes.
Años de amistad y de uniones entre ellos habían dado como resultado la raza roja
de la que Dejah Thoris era una bella y delicada exponente. Durante los años de
privaciones e incesantes guerras entre sus propias razas, así como con los
hombres verdes, y antes que se adaptaran a las nuevas condiciones, muchas de
las altas civilizaciones y muchas de las obras de los marcianos de cabellos rubios
se habían perdido. Pero la actual raza roja había llegado a un punto en el que
sentía que se había compensado con nuevos descubrimientos y una nueva
civilización más práctica, por todo lo que yacía irrecuperablemente enterrado con
los antiguos Barsoomianos debajo de las incontables centurias intermedias.
Aquellos antiguos marcianos habían sido una raza de elevada cultura e ilustración,
Pero durante las vicisitudes de los años en que habían tratado de adaptarse a las
nuevas condiciones, no solamente cesó por completo su avance y producción,
sino que prácticamente todos sus archivos, testimonios y literatura se perdieron.
Dejah Thoris contó cosas interesantes y leyendas concernientes a esta raza
perdida de gente noble y amable. Dijo que la ciudad en la que estábamos
acampando parecía haber sido un centro de comercio y cultura conocido como
Korad. Había sido construida sobre un hermoso puerto natural, cercado por
magníficas montañas. El pequeño valle del lado oeste de la ciudad, según me
explicó, era todo lo que quedaba del puerto, mientras que el paso entre las
montañas, que conducía hacia el viejo seno del mar, había sido el canal a través
del cual la navegación llegaba a las entradas de la ciudad. Las riberas de los
antiguos mares estaban ocupadas por tales ciudades y se encontraban Otras
menores, en número decreciente más hacia el centro de los océanos, ya que la
gente se vio en la necesidad de seguir el cauce de las aguas, hasta que la
necesidad los llevó a su última posibilidad de salvación: los llamados canales
marcianos.
Habíamos estado tan absortos en la exploración del edificio Y en nuestra
conversación que no fue hasta muy avanzada la tarde cuando nos dimos cuenta
de ello.
Nos volvió a la realidad un mensajero, portador de una citación de Lorcuas
Ptomel, con el pedido de que me presentara ante él inmediatamente. Me despedí,
pues, de Dejah Thoris y de Sola, y ordenando a Woola que se quedara
cuidándolas, me apresuré a dirigirme hacia el recinto de audiencias, donde
encontré a Lorcuas Ptomel y Tars Tarkas sentados en la tribuna.
12
Un prisionero poderoso
Al entrar y saludar, Lorcuas Ptomel me indicó que avanzara, y clavando sus
inmensos y horribles ojos en mi, me habló de este modo:
Estás con nosotros desde hace unos días y no obstante, durante ese tiempo has
ganado por tu valentía una alta posición entre nosotros, hagamos las cosas como
es debido- No eres uno de nosotros y por ende no nos debes ninguna lealtad. Lo
tuyo es una posición peculiar. Eres un prisionero y aun así das órdenes que deben
ser obedecidas. Eres un extraño y aun así eres un caudillo Tharkiano. Eres un
hombre menudo y aun así puedes matar a un poderoso guerrero de un puñetazo.
Y ahora se nos informa que estás planeando escapar con una prisionera de otra
raza. Una prisionera que, según dice, cree en parte que has regresado del valle
Dor. Cualquiera de esas dos acusaciones, si son probadas, podrían ser suficientes
para tu ejecución, pero somos personas justas y tendrás un juicio a nuestro
regreso a Thark, si Tal Hajus así lo ordena. Pero continuó con un tono gutural y
feroz - si te escapas con la muchacha roja, soy yo el que tendrá que rendirle
cuentas a Tal Hajus. Soy yo el que tendrá que enfrentar a Tars Tarkas Y
demostrarle mi capacidad para el mando. Si no, las armas de mi cuerpo muerto
pasarán a manos de un hombre mejor, esa es la costumbre de los Tharkianos.
Nunca he peleado con Tars Tarkas. Juntos ejercemos el gobierno de la más
grande de las comunidades menores de los hombres verdes. No vamos luchar
entre nosotros mismos, y por lo tanto seria feliz, estuvieras muerto. John Carter.
Sin embargo, solamente bajo dos condiciones, te podemos matar sin las órdenes
de Tal Hajus: combate personal, en defensa propia, si nos atacaras, o si llegaras a
ser sorprendido en un intento de fuga. En honor a la justicia debo advertirte que
solamente esperamos una de esas dos causas para deshacernos de tan enorme
re5ponsabilidad. Es importante que llevemos a salvo a Dejah Thoris ante Tal
Hajus. Hace más de cien años que los Tharkianos no tienen una cautiva de tanta
importancia. Ella es la nieta del más importante Jeddak de la raza roja, que es
también nuestro más encarnizado enemigo. He dicho. La muchacha roja nos dijo
que estamos desprovistos de los más sutiles sentimientos de humanidad, pero
somos una raza justa y realista. Te puedes ir.
Volviéndome, abandoné el recinto de audiencias. ¡Entonces éste era el principio
de la persecución de Sarkoja! Sabía que nadie más podía ser responsable de ese
informe que había llegado a oídos de Lorcuas Ptomel con tanta rapidez. En ese
momento recordé la parte de nuestra conversación en la que habíamos hablado
sobre la fuga y mi origen.
Sarkoja era en ese momento la mujer más vieja y de mayor confianza de Tars
Tarkas. Como tal, era un poder detrás del trono, ya que ningún guerrero gozaba
de la confianza de Lorcuas Ptomel en la misma medida que su habilísimo
lugarteniente Tars Tarkas. Sin embargo, en lugar de alejar de mi mente los
pensamientos de una posible fuga, esa audiencia con Lorcuas Ptomel sólo sirvió
para centrar todas mis facultades en tal asunto. Ahora, más que antes, la
imperiosa necesidad de escapar, al menos en cuanto a Dejah Thoris se refería,
estaba grabada en mí, ya que tenía la convicción de que le esperaba un destino
horrible en los cuarteles de Tal Hajus. Como Sola había dicho, ese monstruo era
la personificación máxima de todas las épocas de crueldad, ferocidad y 4'rutalidad
de las que descendía. Frío, astuto, calculador, también era, en marcado contraste
con 1a mayoría de sus congéneres, esclavo de una pasión lujuriosa que las
menguantes necesidades de procreación de su planeta moribundo casi habían
apagado en el pecho de los marcianos.
La sola idea de que la divina Dejah Thoris pudiera caer en las garras de tan
insondable atavismo, hizo que me empezara a correr una fría transpiración por el
cuerpo. Sería mejor que guardáramos unas balas para nosotros, en última
instancia, como lo hacían aquellas bravías mujeres de las fronteras de mi tierra
querida, quienes se quitaban la vida antes de caer en manos de los salvajes pieles
rojas.
Mientras vagaba por la plaza, perdido en mis sombríos pensamientos, se me
acercó Tars Tarkas, camino del recinto de la audiencia. Su conducta hacia mí no
había cambiado v me saludó corno si no nos hubiéramos separado unos minutos
antes.
¿Dónde están tus habitaciones, John Carter? - me preguntó. Todavía no lo he
decidido - le contesté -. No sé si tomar mi propio cuarto o uno entre los guerreros.
Estaba esperando una oportunidad para pedirte consejo. Como sabes - dije
sonriendo - aún no estoy familiarizado con todas las costumbres de los
Tharkianos.
Ven conmigo - me indicó, y juntos nos acercamos, cruzando la plaza, a un edificio.
Me complací al verificar que era el lindero que ocupaban Sola y las personas a su
cargo.
- Mis habitaciones están en el primer piso de este edificio - me dijo- y el segundo
está también completamente ocupado por guerreros, pero el tercer piso y los de
más arriba están vacíos - puedes elegir entre ellos. Entiendo que has dejado a tu
mujer a la prisionera roja. Bien -, como has dicho, tus costumbres no son las
nuestras, y peleas lo suficientemente bien como para hacer lo que te plazca. Por
lo tanto, dar tu mujer a una cautiva es asunto tuyo; pero como caudillo que eres
deberías tener algunas para que te sirvan. De acuerdo con nuestras costumbres
puedes elegir una o todas las mujeres de las reservas de los caudillos cuyas
armas ahora llevas.
Le agradecí y le aseguré que podría desenvolverme muy bien sin asistencia, salvo
en lo tocante a la cocina. Entonces me prometió enviarme mujeres con este
propósito y también para el cuidado de mis armas y la producción de mis
municiones que, según dijo, podrían ser necesarias. Le sugerí que también
podrían traer algunas de las sedas y pieles de cama, que me pertenecían como
botín de mi combate, ya que las noches eran frías y no tenía ninguna de mi
propiedad.
Me prometió hacerlo y se marchó. Al quedar solo, subí por el sinuoso corredor
hacia los pisos superiores en busca de cuartos convenientes. Las bellezas de los
otros edificios se repetían en éste, y, como era común, pronto me perdí en una
expedición de investigación y descubrimientos.
Por último elegí un cuarto en la parte de adelante del tercer piso, ya que así
estaría más cerca de Dejah Thoris, cuyas habitaciones estaban en el segundo
piso del edificio lindero, y porque se me ocurrió que podría idear algún medio de
comunicación por el cual ella pudiera avisarme en caso de necesitar mis servicios
o mi protección.
Al lado de mi dormitorio había baños, cuartos de vestir y salas de estar; en total
había unas diez habitaciones en el piso Las ventanas de las piezas traseras daban
a un patio enorme que ocupaba el centro del cuadrado delimitado por los edificios
que daban a las cuatro calles contiguas. Este patio había sido destinado a las
casillas de los varios animales pertenecientes a los guerreros que ocupaban los
edificios linderos.
Si bien el patio estaba completamente cubierto por la vegetación amarilla;
semejante al musgo, que cubría casi toda la superficie de Marte, numerosas
fuentes, estatuas, bancos y pérgolas testimoniaban aún la belleza que el patio
debió de haber presentado en épocas pasadas, cuando pertenecía a aquella
gente rubia y sonriente a quienes las inalterables y severas leyes cósmicas habían
alejado no solamente de sus hogares, sino de todo lo que no fuera las leyendas de
sus descendientes.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de varias mujeres jóvenes
que llevaban cantidades de armas, sedas, pieles, joyas, utensilios de cocina y
toneles de comida y bebida, además de gran parte del botín de la nave espacial.
Todo esto, según parecía, había sido de propiedad de los dos caudillos que había
matado, y ahora, según las costumbres de los Tharkianos, habían pasado a mi
poder. Les ordené que colocaran las cosas en una de las habitaciones traseras y
luego se fueron, pero para regresar con una segunda carga, que según me
advirtieron, constituía el resto de mis bienes. En el segundo viaje vinieron
acompañadas por otras diez o quince mujeres y jóvenes, quienes al parecer
formaban las reservas de los dos caudillos.
No eran sus familias, ni sus esposas, ni sus sirvientes: la relación era tan peculiar
y tan diferente de toda relación conocida por nosotros, que es muy difícil de
describir. Todos los bienes, entre los marcianos verdes, eran de propiedad común
de la colectividad, excepto las armas personales, los ornamentos y las sedas y
pieles para dormir. Solamente sobre eso, uno puede reclamar derechos
indiscutibles, y no se puede acumular más de lo requerido para las necesidades
reales. El exceso se retenía simplemente en custodia y se le pasaba a los
miembros más jóvenes de la comunidad de acuerdo con sus necesidades.
La mujer y los niños de la reserva de un hombre se pueden comparar, con una
unidad militar de la cual se es responsable en varios sentidos, como por ejemplo
en asuntos de instrucción, disciplina, sustento y exigencias de su permanente
deambular y de sus interminables luchas con otras comunidades y con los
marcianos rojos. Sus mujeres no son de ninguna forma sus esposas. Los
marcianos verdes no usan una palabra correspondiente en significado a esa
palabra humana. Su apareamiento es solamente una cuestión de interés
comunitario y se organiza sin tener en cuenta la selección natural. El consejo de
caudillos de cada comunidad controla el asunto con la misma precisión que el
dueño de un stud de caballos de carrera de Kentucky dirige la crianza científica de
su raza para el mejoramiento del conjunto.
En teoría puede sonar bien, como por lo general sucede con las teorías.- pero los
resultados de los años de esta práctica antinatural - adecuada a los intereses de la
comunidad en la descendencia, que se consideran superiores a los de la madrese
evidencian en esas frías y crueles criaturas y en sus sombrías existencias,
tristes y sin amor.
Es verdad que los marcianos son absolutamente virtuosos, ya sean hombres o
mujeres, con la excepción de algunos degenerados como Tal Hajus, pero es muy
preferible el más delicado equilibrio de las características humanas, aun a
expensas de una leve y ocasional pérdida de la castidad.
Dándome cuenta de que debía asumir la responsabilidad de estas criaturas, lo
quisiera o no, lo hice lo mejor que pude y les indiqué que buscaran cuartos en los
pisos superiores, pero que me dejaran el tercero a mí. A una de las muchachas le
encargué el trabajo de mi simple cocina e indiqué a las otras que se hicieran cargo
de las demás actividades que antes constituían su ocupación. De allí en adelante
las volví a ver poco y tampoco me preocupé por verlas.
13
Galanteo en Marte
Después de la batalla con las naves espaciales, la comunidad permaneció dentro
de los límites de la ciudad durante varios días, postergando el regreso a casa
hasta sentirse razonablemente seguros de que aquéllas no regresarían, ya que el
hecho de ser atacados en un espacio abierto, con una caravana de carros y niños,
estaba lejos, incluso, de los deseos de personas tan aficionadas a la guerra como
los marcianos verdes.
Durante nuestro período de inactividad Tars Tarkas me había instruido en varias
de las costumbres y artes de la guerra propias de los Tharkianos, sin omitir las
lecciones de hipismo y conducción de las bestias que llevaban los guerreros.
Estas criaturas, que son conocidas como doats, eran tan malignas y peligrosas
como sus dueños, pero una vez domadas eran lo suficientemente tratables para
los propósitos de los marcianos verdes. Había heredado dos de esos animales de
los guerreros cuyas armas llevaba, y en poco tiempo los pude dominar bastante,
tanto como los guerreros nativos. El método no era en absoluto complicado. Si los
doats no respondían con suficiente celeridad a las instrucciones telepáticas de sus
jinetes, se les asestaba un terrible golpe entre las orejas con la culata de una
pistola; y si oponían pelea, se seguía con ese tratamiento hasta que las bestias
eran domadas o arrojaban de la montura a sus jinetes.
En el segundo de los casos la cuestión se convertía en un problema de vida o
muerte para el hombre y la bestia. Si el hombre era lo suficientemente rápido con
su pistola podía vivir para montar de nuevo, aunque sobre otra bestia; si no, su
cuerpo desgarrado y mutilado era recogido por sus mujeres e incinerado de
acuerdo con las costumbres Tharkianas.
Mi experiencia con Woola me determinó á intentar el experimento de la amabilidad
en mi trato con los doats. Primero les demostré que no me podían desmontar y
luego les di un golpe seco entre sus orejas para dejar sentada mi autoridad y
poderío. Entonces, gradualmente gané su confianza en forma muy similar a la que
había adoptado incontables veces con mis monturas terrestres. Siempre tuve
buena mano con los animales, y tanto por inclinación como por los resultados
satisfactorios y duraderos que traía aparejados, siempre era gentil y humano para
tratarlos. Podía terminar con una vida humana, de ser necesario, con mucho
menos remordimiento que si se tratara de una pobre bestia, irracional e
irresponsable:
Al cabo de unos días, mis doats eran la maravilla de toda la comunidad: me
seguían como perros, frotando sus enormes hocicos contra mi cuerpo en torpe
demostración de afecto, y obedecían todas mis órdenes con una presteza y
docilidad que causó que los guerreros marcianos me atribuyeran la posesión de
alguna fuerza humana desconocida en Marte.
-¿Cómo has hecho para hechizarlos? me preguntó Tars Tarkas una tarde, al ver
que introducía una mano entre las inmensas mandíbulas de uno de mis doats que
se había atravesado una piedra entre los dientes mientras comía
- Con bondad - le contesté -. Como ves, Tars Tarkas, los más delicados
sentimientos tienen su valor, aun para un guerrero. Tanto en plena batalla como
en las cabalgatas, sé que mis doats obedecerán cada orden mía. Por ende, mi
capacidad de lucha es mayor, porque soy un amo bondadoso. Sería más
conveniente para todos tus guerreros y para la comunidad sí se adoptaran mis
métodos en este aspecto. Hace pocos días tú mismo me dijiste que estas enormes
bestias, por la inestabilidad de su temperamento, solían ser la razón de que las
victorias se trocaran en fracasos, ya que, en el momento crucial, podían
desmontar y hacer pedazos a sus jinetes.
- Enséñame cómo llegas a estos resultados – fue la única respuesta de Tars
Tarkas.
Entonces le expliqué, tan cuidadosamente como pude, el método completo de
adiestramiento que había adoptado con mis bestias, y más tarde hizo que lo
repitiera ante Lorcuas Ptomel y los guerreros reunidos en asamblea Ese momento
marcó el comienzo de una nueva existencia para lo. Pobres doats, antes de
abandonar la comunidad de Lorcuas Ptomel tuve la satisfacción de observar un
regimiento de monturas dóciles y manejables. Los efectos sobre la precisión y
celeridad de los movimientos militares fueron tan considerables que Lorcuas
Ptomel me obsequió con una ajorca de oro macizo que se quitó de la pierna, en
señal de reconocimiento por los servicios prestados a la horda.
Al séptimo día de la batalla con la escuadrilla aérea empezamos de nuevo la
marcha hacia Thark, pues Lorcuas Ptomel consideraba remota toda posibilidad de
ataque. Durante los días anteriores a nuestra partida vi poco a Dejah Thoris, ya
que estaba muy ocupado con las lecciones de Tars Tarkas sobre el arte de la
guerra de los marcianos y en el entrenamiento de mis doats. Las pocas veces que
visité sus habitaciones ella estaba ausente, caminando por las calles con Sola u
observando los edificios en las vecindades de la plaza. Les había advertido acerca
del peligro que corrían si se alejaban de ésta, por temor a los enormes simios
blancos a cuya ferocidad estaba bastante acostumbrado. Sin embargo, como
Woola las acompañaba en todas sus excursiones y Sola estaba bien armada,
había relativamente pocas razones para temer.
La noche anterior a nuestra partida las vi acercarse desde el Este por la gran
avenida que conducía a la plaza. Me adelanté hacia ellas, y luego de decirle a
Sola que tomaría bajo mi responsabilidad la seguridad de Dejah Thoris hice que
regresara a sus habitaciones so pretexto de una diligencia trivial. Me gustaba Sola
y confiaba en ella; pero por alguna razón deseaba estar a solas con Dejah Thoris,
quien representaba para mí todo lo que había dejado atrás en la Tierra, en cuanto
a un compañerismo agradable y de mutuas coincidencias. Entre nosotros existían
vínculos tan firmes de interés recíproco, que parecía que habíamos nacido bajo el
mismo techo en lugar de haber visto la luz en planetas diferentes, suspendidos en
el espacio a casi 78.000.000 de kilómetros de distancia.
Estaba seguro de que, en ese sentido, ella compartía mis sentimientos, ya que
con mi llegada la mirada de triste desesperanza desapareció de su hermoso
semblante para dar lugar a una sonrisa de alegre bienvenida, cuando colocó su
pequeña mano derecha sobre mi hombro izquierdo en un sincero saludo a la
manera de los marcianos rojos.
- Sarkoja le dijo a Sola que te has convertido en un verdadero Tharkiano - me
comentó y que ahora no podré verte más de lo que veo a los otros guerreros.
- Sarkoja es una mentirosa número uno, aun cuando los Tharkianos sostengan
con orgullo que siempre dicen la verdad absoluta.
Dejah Thoris sonrió.
- Sabía que aunque llegaras a incorporarte a la comunidad no dejarías de ser mi
amigo. "Un guerrero puede cambiar sus armas, pero no su corazón" como se dice
en Barsoom. Creo que han tratado de mantenernos separados, porque cada vez
que has estado franco de servicio, alguna de las mujeres más viejas de la reserva
de Tars Tarkas se las ha arreglado siempre para maquinar una excusa para
mantenernos a Sola y a mí fuera de tu alcance. Me han tenido en la fosa, debajo
de los edificios, ayudándoles a mezclar sus horribles polvos radiactivos y elaborar
sus terribles proyectiles. Ya sabes que éstos se deben hacer con luz artificial, ya
que la exposición a la luz solar siempre provoca una explosión. ¿Te has dado
cuenta de que sus balas explotan cuando chocan contra objetos? Su cubierta
exterior opaca se rompe por el impacto y deja al descubierto un cilindro de vidrio,
casi siempre sólido, en cuyo extremo anterior hay tina diminuta partícula de polvo
radiactivo. En el momento en que la luz solar, aunque sea leve, golpea contra el
polvo, éste explota con una violencia enorme. Si alguna vez eres testigo de una
batalla nocturna, podrás notar que no se producen esas explosiones, mientras que
a la mañana siguiente, al alba, se oyen fuertes detonaciones a causa de los
proyectiles explosivos disparados por la noche. Sin embargo, es regla no utilizar
proyectiles explosivos de noche.
- ¿Has sido alguna vez objeto de crueldad y vejaciones de parte de ellos, Dejah
Thoris? - le pregunté, sintiendo que la sangre de mis antepasados guerreros corría
hirviendo por mis venas mientras esperaba su respuesta.
- Sólo en cosas pequeñas, John Carter - me contestó -. Nada que hiriera mi
orgullo. Saben que soy descendiente de los diez mil Jeddaks, que a lo largo de
todo mi árbol genealógico no hay un solo hueco desde sus primeras fuentes. Ellos,
que no saben siquiera quiénes son sus propias madres, tienen celos de mí. En el
fondo, odian sus horribles destinos y por lo tanto descargan sus mezquinos
rencores en mí, que represento todo lo que no tienen y lo que más ansían y nunca
podrán poseer. Tengámosles lástima, mi caudillo; y que aun cuando muramos a
manos de ellos, seamos capaces de tenerles lástima, desde el momento que son
los superiores a ellos, como ellos saben.
De haber sabido cl significado de las palabras - mi caudillo - expresadas por una
mujer roja de Marte a un hombre, me hubiera llevado la sorpresa de mi vida, pero
en ese momento no lo sabía, ni lo sabría en muchos meses. Aun tenía mucho que
aprender en Barsoom.
- Creo que lo más sabio sería soportar nuestra suerte con el mejor ánimo posible,
Dejah Thoris. Pero a pesar de todo espero estar presente la próxima vez que
cualquier marciano verde, rojo, rosa o violeta tenga la valentía siquiera de mirarte
mal, mi princesa.
Dejah Thoris contuvo el aliento cuando pronuncié las ultimas palabras y me miró
con los ojos dilatados y el corazón palpitante. Luego, con una extraña sonrisa que
formó pícaros hoyuelos en los extremos de su boca, movió la cabeza y exclamó:
- ¡Qué niño! Un gran guerrero y aun así un niño que todavía no sabe caminar.
-¿Qué he hecho ahora? - exclamé perplejo.
- Algún día lo sabrás, John Carter, si vivimos. Pero ahora no te lo puedo decir. Y
yo, la hija de Mors Kajak, hijo de Tardos Mors, he escuchado sin enojo - concluyó.
Luego volvió a su estado de ánimo alegre, feliz y sonriente, y me hizo bromas
sobre mi valentía de guerrero Tharkiano que contrastaba con mi blando corazón y
mi gentileza natural.
- Creo que si accidentalmente llegaras a herir a un enemigo, lo llevarías contigo a
tu casa y le harías de enfermero hasta que se curara - sonrió.
- Eso es precisamente lo que hacemos en la Tierra - contesté -, al menos entre
personas civilizadas.
Esto la hizo reír de nuevo. No lo podía entender, ya que a pesar de toda su ternura
y dulzura femeninas, aún era una marciana, y para los marcianos el único
enemigo bueno era el enemigo muerto, pues cada enemigo muerto significaba
mucho más para repartir entre los que quedaban vivos.
Yo tenía mucha curiosidad por saber qué le había dicho o hecho para causarle tal
perturbación unos momentos antes, de modo que seguí insistiendo para que me lo
dijera.
- No - exclamó -; es suficiente conque lo hayas dicho y lo haya escuchado. Y
cuando lo sepas, y si yo llego a estar muerta - como es muy probable que esté
antes que la luna más lejana haya girado en torno de Barsoom Otras 12 veces,
recuerda que lo escuché y que sonreí
Me parecía que estaba hablando en chino, pero cuanto más le pedía que me
explicara, más se negaba a contestarme. De manera que, con mucho desaliento,
desistí de mi intento.
Se había hecho de noche mientras vagábamos por la gran avenida iluminada por
las dos lunas de Barsoom y por la Tierra que nos contemplaba con su gran ojo
verde y encendido. Parecía que estábamos solos en todo el universo y yo, al
menos, estaba complacido de que así fuera.
Como el frío de la noche marciana caía sobre nosotros, me quité mis sedas y 1a5
eché sobre los hombros de Dejah Thoris.
Cuando mi brazo descansó por un instante sobre ella sentí que se estremecían
todas las fibras de mi ser de un modo que ningún contacto con otro mortal había
suscitado jamás. Me pareció que ella se había apoyado en mí suavemente, pero
no podía estar seguro de ello. Solamente supe que cuando mi brazo se posó allí,
sobre sus hombros, un instante más del tiempo necesario para colocarle las
sedas, no se alejó ni habló Así, en silencio, caminamos sobre la superficie de un
mundo que se moría, pero en el corazón de uno de los dos, al menos, había
nacido lo que a pesar de ser siempre lo más antiguo es nuevo.
Me había enamorado de Dejah Thoris. El contacto de mi brazo con sus hombros
desnudos me había hablado con palabras que no podían engañarme, y supe que
la había amado desde el primer momento en que sus ojos y los míos se habían
encontrado en la plaza de la ciudad muerta de Korad.
14
Una lucha a muerte
Mi primer impulso fue el de declararle mi amor, pero enseguida pensé en su
estado de impotencia, en que sólo yo podía aliviar el peso de su cautiverio y
protegerla, con lo poco que tenía, contra los miles de enemigos hereditarios que
debería enfrentar cuando llegáramos a Thark. No podía arriesgarme a provocarle
un nuevo dolor o pesadumbre declarándole un amor que con toda seguridad ella
no correspondería. De ser yo tan indiscreto, su situación sería todavía más
insostenible que en ese momento. El pensamiento de que ella pudiera creer que
yo me aprovechaba de su debilidad para influir sobre su decisión, fue el último
argumento que selló mis labios.
-¿Por qué estás tan callada, Dejah Thoris? - pregunté -. Posiblemente prefieras
regresar con Sola a tus habitaciones.
- No –musitó -. Soy feliz aquí. No sé por qué, John Carter, siempre que estás
conmigo, aunque eres un extraño, estoy feliz y contenta. En esos momentos me
parece que estoy a salvo y que, contigo regresaré pronto a la corte de mi padre y
sentiré sus fuertes brazos estrecharme y las lágrimas y besos de mi madre en mi
mejilla.
- Entonces, ¿la gente se besa aquí, en Barsoom? - le pregunte- cuando me hubo
explicado la palabra que había usado, después de preguntarle yo su significado.
- Padres y hermanos, sí; y amantes - añadió en tono bajo y dubitativo.
- Y tú, Dejah Thoris, ¿tienes padres y hermanos?
- Sí.
-¿Y un ... amante?
Se quedó callada y por lo tanto no me atreví a repetir la pregunta.
- El hombre de Barsoom - dijo finalmente - no hace preguntas personales a las
mujeres, excepto a su madre y a la mujer por la que ha luchado y cuyo corazón ha
ganado.
- Pero yo he peleado comencé, y en ese mismo momento deseé que me hubieran
arrancado la lengua, ya que cuando me di cuenta y dejé de hablar se dio vuelta y
sacándose las sedas de sus hombros me las devolvió y sin una palabra y con la
cabeza erguida se alejó con el porte de una reina hacia la plaza y la entrada de
sus habitaciones.
No intenté seguirla. Simplemente verifiqué que llegara a salvo al edificio, e
indicándole a Woola que la acompañara, me volví desconsoladamente y entré en
mi propia casa. Estuve horas sentado cruzado de piernas y malhumorado sobre
mis sedas, pensando en los extraños caprichos que el destino nos juega a esos
pobres diablos que somos los mortales.
¡Eso era el amor! Le había escapado durante todos los años en que había viajado
por los cinco continentes y sus mares, a pesar de las mujeres hermosas y los
instintos, a pesar del deseo a medias de amar y la constante búsqueda de mi
ideal. ¡Y ni sino era enamorarme con todas mis fuerzas y sin esperanzas de una
criatura de otro mundo, de una especie muy similar, pero no igual a la mía! Una
mujer que había salido de un huevo y cuyo promedio de vida podía pasar los mil
años y cuyo pueblo tenía costumbres e ideas extrañas. Una mujer cuyos deseos,
placeres, conceptos de la virtud y del bien y del mal podían diferir tanto de los
míos como los de los marcianos verdes.
La mañana que partimos hacia Thark amaneció clara y cálida, como sucede todas
las mañanas en Marte, excepto en los seis meses en que la nieve se derrite en los
polos.
Busqué a Dejah Thoris en la multitud de carros que partían, pero me volvió la
espalda y puede ver que la sangre le subía a las mejillas. Con la tonta
contradicción del amor, me mantuve callado cuando podría haber alegado
desconocer la naturaleza de mi ofensa, o al menos su gravedad, y haber
intentado, en el peor de los casos, una reconciliación a medias.
Mi deber me dictaba que tenía que verificar que estuviera cómoda y, por lo tanto,
inspeccioné su carro y ordené sus pieles y sedas. Al hacerlo me di cuenta con
horror de que estaba fuertemente encadenada de un tobillo al costado del carro.
-¿Qué significa esto? - grité volviéndome hacia Sola.
- Sarkoja pensó que sería mejor - me contestó, haciéndome notar con su
expresión que no aprobaba el procedimiento.
Examiné los grillos y vi que tenían una cerradura de resorte.
-¿Dónde está la llave, Sola? Dámela.
- La tiene Sarkoja, John Carter - me contestó.
Me volví sin decir palabra y busqué a Tars Tarkas a quien recriminé
vehementemente las innecesarias humillaciones y crueldades - como las veían
mis ajos de amante- a las cuales se sometía a Dejah Thoris.
- John Carter - me contestó -: si en algún momento tú y Dejah Thoris escapan de
los Tharkianos será durante este viaje. Sabemos que no te iras sin ella. Has
demostrado ser un luchador poderoso y no queremos encadenarte, por lo tanto los
retendremos a ambos de la forma más fácil que nos dé seguridad. He dicho.
Al instante advertí la firmeza de su razonamiento v me di cuenta de que sería inútil
apelar de su decisión pero pedí que le fuera retirada la llave a Sarkoja y que se le
ordenara que en lo futuro no se ocupara más de la prisionera.
- Esto, Tars Tarkas, lo puedes hacer por mí en recompensa de la amistad que,
debo confesar, siento por ti.
- ¿Amistad? – contestó -. No existe tal cosa. John Carter, pero si es tu voluntad, le
ordenaré a Sarkoja que deje de molestar a la muchacha y yo mismo custodiaré la
llave.
- A menos que quieras que yo mismo asuma la responsabilidad - dije sonriendo.
Me miró larga y seriamente antes de contestar.
- Si me das tu palabra de que ni tú ni Dejah Thoris intentaran escapar hasta que
hayamos llegado a la corte de Tal Hajus a salvo, puedes tener la llave y arrojar las
cadenas al río Iss.
- Será mejor que tengas tú las llaves, Tars Tarkas - le contesté.
Sonrió y no dijo nada más, - pero esa noche, cuando estábamos acampando, lo vi
desprender las cadenas que sujetaban los pies de Dejah Thoris él mismo.
Con toda su cruel ferocidad y frialdad, había una tendencia oculta en Tars Tarkas
que él parecía estar siempre luchando por acallar. Podía ser un vestigio de algún
instinto humano que regresaba para obsesionarlo con el horror de las costumbres
de su pueblo.
Mientras me acercaba al carro de Dejah Thoris, me crucé con Sarkoja. La negra y
venenosa mirada que me dirigió fue el bálsamo más dulce que sentía desde hacía
mucho tiempo. ¡Dios, cómo me odiaba! Brotaba de ella en forma tan palpable que
se podía cortar con una navaja. Poco después la vi conversando muy interesada
con un guerrero llamado Zad, una bestia enorme, toruna y poderosa, pero que
nunca había dado muerte a nadie entre sus propios caudillos y que, por lo tanto,
aún era un o mad, u hombre de un solo nombre. Solamente podría ganar su
segundo nombre con las armas de algún caudillo. Era ésta una costumbre que me
había dado el título de los nombres de los caudillos a los cuales había dado
muerte. Algunos de los guerreros se dirigían a mí como Dotar Sojat, combinación
de los apellidos de los dos caudillos guerreros cuyas armas había tomado o, en
otras palabras, a los que había eliminado en pelea limpia.
Mientras Sarkoja hablaba, miraba de soslayo en mi dirección, y al parecer estaba
esforzándose por inducir a Zad a hacer algo. No le presté mucha atención en ese
momento, pero al día siguiente tuve buenas razones para recordar los hechos y, al
mismo tiempo, vislumbrar claramente las oscuras profundidades del odio de
Sarkoja y hasta dónde era capaz de llegar para descargar su horrible venganza.
Dejah Thoris me ignoró de nuevo esa tarde, y aunque la llamé no me contestó ni
me concedió siquiera una mirada que me diera a entender que notaba mi
presencia. En la emergencia hice lo que la mayoría de los amantes hacía: intenté
saber algo de ella a través de un amigo. En este caso, fue a Sola a quien
intercepté en otra parte del campamento.
- ¿Qué le pasa a Dejah Thoris? - le grité sin consideración -. ¿Por qué no quiere
hablarme?
Sola pareció confundida, como si tal actitud de parte de dos humanos estuviera
fuera de su alcance, como de seguro lo estaba para la pobre.
- Ella dice que la has hecho enojar y que eso es todo lo que dirá, excepto que es
hija de un Jed y nieta de un Jeddak y que ha sido humillada por una criatura que
no podría siquiera limpiar los dientes del sorak de su abuela.
Reflexioné acerca de esta afirmación por un momento y finalmente pregunté:
-¿Qué diablos es un sorak, Sola?
- Un pequeño animal, del tamaño de la mano, que los marcianos rojos tienen para
jugar con ellos - me explicó.
Levantamos campamento al día siguiente, a hora temprana, y comenzamos la
marcha deteniéndonos solamente una vez antes del anochecer. Dos incidentes
rompieron la rutina de la marcha. Cerca del anochecer vimos a nuestra derecha, a
la distancia, lo que evidentemente era una incubadora. Lorcuas Ptomel le indicó a
Tars Tarkas que investigara. Este eligió una docena de guerreros, incluyéndome a
mí, y juntos nos dirigimos a la carrera a través de la alfombra aterciopelada del
musgo, hacia la pequeña construcción.
Por cierto era una incubadora, pero los huevos eran muy pequeños en
comparación con los que había visto romper en el momento de mi llegada a Marte.
Tars Tarkas desmontó y examinó la construcción minuciosamente, indicando por
último que procedía de, los hombres verdes de Warhoon y que el cemento estaba
aún húmedo en el punto de cierre.
- No pueden llevarnos más de un día de ventaja – exclamó, con el fulgor de la
pelea brillando en su rostro feroz.
El trabajo en la incubadora fue breve en extremo: los guerreros despedazaron la
puerta y dos de ellos entraron arrastrándose y rápidamente rompieron todos los
huevos con sus espadas cortas. Luego volvimos a montar y regresamos a la
caravana. Durante la cabalgata tuve la ocasión de preguntarle a Tars Tarkas si los
Warhoonianos, cuyos huevos habíamos destruido, eran personas más pequeñas
que los Tharkianos.
- Me di cuenta de que sus huevos eran mucho más pequeños que los que se
empollaban en nuestra incubadora - agregué.
Me explicó que los huevos acababan de ser colocados allí, pero que como los
huevos de todos los marcianos verdes, crecían durante el período de cinco años
de incubación, hasta alcanzar el tamaño de los que yo había visto el día de mi
llegada a Barsoom. Esta era por cierto una información muy interesante, ya que
siempre me había parecido notable que las mujeres verdes, grandes como eran,
pudieran cargar huevos tan enormes como aquellos de los que había visto salir los
infantes de un metro y medio de estatura. En realidad, los nuev9s huevos que
habían sido colocados no eran mucho más grandes que los de un ganso común, y
como no comenzaban a crecer hasta que la luz solar actuaba sobre ellos, los jefes
tenían pocas dificultades para transportar varios cientos por vez desde las cuevas
de almacenaje hasta la incubadora.
Poco después del incidente de los huevos Warhoonianos nos detuvimos para que
los animales descansaran. Fue durante este alto cuando ocurrió el segundo
incidente interesante del día. Estaba ocupado cambiando mi montura de uno de
mis doats a otro, ya que habla dividido el trabajo diario entre ellos, cuando Zad se
me acercó y, sin decir palabra, le asestó un terrible golpe a mi animal con su
espada larga.
No necesité un manual de ¿tica marciana para saber cómo contestarle, ya que, en
realidad estaba tan furioso que apenas pude contenerme de desenfundar la pistola
y dispararle por su brutalidad. Pero' se quedó parado, esperando con su espada
desenvainada. La única alternativa que tenía era la de sacar la mía y trabarme en
una lucha limpia, es decir con el mismo tipo de arma que él había elegido o con
una menor, posibilidad esta última que está siempre permitida. Por lo tanto podía
haber usado mi espada corta, mi daga, un hacha o mis puños, si lo hubiera
deseado, y estar completamente dentro de mis derechos. Pero no podía usar
armas de fuego o una lanza, cuando él solamente portaba una espada larga.
Elegí la misma arma que él había elegido ya que sabía que estaba orgulloso de su
habilidad con ella y porque yo deseaba, en caso de vencerlo, hacerlo con su
propia arma. La lucha que siguió fue larga y retrasó la reanudación de la marcha
por una hora.
La comunidad nos cercó, dejando un amplio espacio de alrededor de treinta
metros de diámetro para que lucháramos.
Lo primero que hizo Zad fue tratar de embestirme como un toro a un lobo, pero yo
era demasiado rápido para él, y cada vez que esquivaba sus arremetidas, pasaba
de largo a mi lado, sólo para recibir una estocada en el brazo o la espalda. A poco
ya le manaba sangre de media docena de heridas menores, pero no encontraba la
oportunidad de darle una estocada efectiva. Entonces cambió su táctica, y
peleando cautelosamente y con extremada habilidad, trató de hacer por medio de
la inteligencia lo que no era capaz de hacer por medio de la fuerza bruta. Debo
admitir que era un excelente espadachín y que de no haber sido por mi gran
resistencia y la notable agilidad que la fuerza de gravedad inferior de Marte me
otorgaba, no hubiera sido capaz de ofrecer la honrosa lucha que ofrecí contra él.
Al principio dimos vueltas sin herirnos mucho, las espadas largas como agujas
brillando a la luz del sol y haciendo sonar los aceros cuando se encontraban en
medio del silencio. Finalmente Zad, dándose cuenta de que se estaba cansando
más que yo, decidió atacar y concluir la lucha con un toque final glorioso para él.
Justo cuando me embestía, un cegador destello de luz me dio de lleno en los ojos
y por lo tanto no pude; verlo al acercarse. Sólo pude saltar a ciegas hacia un
costado, en un esfuerzo por escapar de la poderosa espada que ya parecía sentir
en mi cuerpo. Obtuve un éxito parcial, como lo evidenciaba un dolor agudo en mi
hombro izquierdo; pero, de una ojeada, y al tratar de localizar de nuevo a mi
adversario, mis ojos atónitos se encontraron con un cuadro que me recompensó
por la herida que había recibido a causa de mi momentánea ceguera. Allí, sobre el
carro de Dejah Thoris, había tres figuras que procuraban presenciar la lucha por
encima de las cabezas de los Tharkianos que estaban en medio. Allí estaban
Dejah Thoris. Sola y Sarkoja. Cuando mi fugaz mirada pasó sobre ellas, asistí a un
cuadro que permanecerá grabado en mi memoria hasta el día que muera.
Cuando miré, Dejah Thoris se abalanzaba sobre Sarkoja con la furia de una joven
tigresa y hacía que de su mano levantada cayese a tierra algo que brilló a la luz
del sol. Entonces supe qué era lo que me había cegado en el momento crucial de
Ja lucha y cómo Sarkoja había encontrado la forma de matarme sin darme ella
misma la estocada final. Otra cosa que también vi - y que casi me cuesta la vida,
ya que distrajo por completo mi mente de mi antagonista por una fracción de
segundo -, fue que, mientras Dejah Thoris arrancaba el minúsculo espejo de su
mano, Sarkoja, con el rostro lívido por el odio y la rabia contenida, extraía su daga
para asestar un terrible golpe a Dejah Thoris. Entonces, Sola, nuestra querida y
leal Sola, saltó entre las dos. Lo último que vi, fue el gran cuchillo que descendía
hacia su pecho.
Mi enemigo se había recobrado de su estocada y estaba extremadamente
amenazante. Por lo tanto, de mala gana, dirigí mi atención a lo que tenía entre
manos, a pesar de que mi mente no estaba en la batalla.
Nos embestimos furiosamente, una vez tras otra, hasta que de pronto, sintiendo la
punta de su aguda espada en mi pecho en tina estocada que no pude esquivar ni
desviar, me arrojé sobre él con la espada extendida y con todo el peso de mi
cuerpo, decidido a no morir solo si podía evitarlo. Sentí que el acero me abría el
pecho, que todo se ponía negro delante de mí y que la cabeza me daba vueltas.
Entonces sentí que mis rodillas se aflojaban.
15
La historia de Sola
Cuando volví en mí - pronto supe que no había estado desvanecido más que un
momento -, salté rápidamente en busca de mi espada. Allí la encontré, hundida
hasta la empuñadura en el pecho verde de Zad, quien yacía muerto como una
roca sobre el musgo ocre del antiguo lecho del mar. Cuando recobré el sentido por
completo, me di cuenta que su arma me traspasaba la parte izquierda del pecho,
pero solamente a través de la carne y los músculos que recubren las costillas,
pues había penetrado cerca del centro de mi pecho y salía por debajo del hombro.
Al embestir sobre él me había vuelto y de ese modo su espada sólo pasó debajo
de mis músculos causándome dolor pero no una herida peligrosa.
Saqué su espada de mi cuerpo y también recobré la mía, y dándole la espalda a
su horrible cadáver me dirigí enfermo, dolorido y disgustado hacia el carro donde
estaban mis reservas y pertenencias. Un rumor de aplausos marcianos me saludó,
pero no les presté atención. Sangrante y débil llegué donde estaban mis mujeres,
quienes acostumbradas a tales eventos. Vendaron mis heridas y me aplicaron las
maravillosas drogas cicatrizantes y medicinales que obran instantáneamente
sobre los golpes mortales. Porque cuando la mujer marciana interviene, la muerte
tiene que batirse en retirada. Pronto me tuvieron bien vendado, y excepto la
debilidad que me causaba la pérdida de sangre y el leve dolor de las heridas, no
sufrí mucho a causa de aquella estocada, que de haber sido tratada con métodos
humanos me habría dejado postrado durante días, sin duda alguna.
Tan pronto como terminaron conmigo, me apresuré a llegar hasta el carro de
Dejah Thoris, donde encontré a mi pobre Sola con el pecho vendado, pero
aparentemente no muy maltrecha por su encuentro con Sarkoja, cuya daga, al
parecer, había golpeado contra el borde de uno de los ornamentos de metal del
pecho de Sola, y así, desviado, había infligido apenas una leve herida a flor de
piel. Al acercarme encontré a Dejah Thoris postrada sobre sus sedas y pieles,
deshaciéndose en sollozos. No notó mi presencia ni me oyó hablar con Sola que
estaba a poca distancia del vehículo.
-¿Está ofendida? - le pregunté a Sola, señalando a Dejah Thoris con una
inclinación de cabeza.
- No - me contestó -; piensa que estás muerto.
- Y que el gato de su abuela no tendrá ahora quien le limpie los dientes - bromeé
sonriendo.
- Creo que estás equivocado respecto de ella - dijo Sola -. No entiendo ni sus
costumbres ni las tuyas, pero estoy segura de que la nieta de diez mil Jeddaks
nunca se apesadumbraría de esta forma por la muerte de alguien que considerara
por debajo de ella, y menos aún por quien no abrigase las más elevadas
intenciones en cuanto a sus sentimientos. Pertenece a una raza orgullosa, de
seres justos, como todos los Barsoomianos; pero tú debes de haberla herido u
ofendido tan cruelmente, que no puede admitir - tu existencia, aunque lamente tu
muerte. Las lágrimas son algo raro en Barsoom, y por lo tanto no es difícil
interpretarlas. Solamente he visto llorar a dos personas en toda mi vida, además
de Dejah Thoris, una, por pena; la otra, por rabia contenida. La primera fue mi
madre, muchos años antes que la mataran; la otra fue Sarkoja, cuando hoy la
arrancaron de mi lado.
- ¡Tú madre! Exclamé -. Pero Sola. ¡No puedes haber conocido a tu madre,
pequeña!
- Pero la conocí, y a mi padre también – agrego -. Si gustas oír la extraña y poco
Barsoomiana historia, ven esta noche a mi carro, John Carter, y te hablaré de lo
que nunca be hablado en toda mi vida. Ahora se ha dado la señal para continuar
la marcha. Debes irte.
- Iré esta noche, Sola – prometí -. No te olvides de decirle a Dejah Thoris que
estoy vivo y a salvo. No la molestaré en absoluto. No le digas que la he visto llorar.
Si quiere hablar conmigo, espero que me lo haga saber.
Sola montó en su carro, que ya estaba colocándose en su lugar dentro de la
formación, y yo me apresuré a dirigirme hacia donde estaban aguardándome,
galopando para ocupar mi lugar al lado de Tars Tarkas a la retaguardia de la
columna.
Esa noche acampamos al pie de las montañas hacia las que nos habíamos estado
acercando durante dos días y que marcaban el límite sur de ese mar específico.
Nuestros animales habían pasado dos días sin beber, y no habían tenido agua por
dos meses, desde poco después de dejar Thark. Como Tars Tarkas me había
explicado, necesitaban poca agua y podían vivir casi indefinidamente del musgo
que cubre Barsoom el cual, según me dijo, mantenía en sus pequeños tallos la
humedad suficiente para satisfacer la limitada necesidad de los animales.
Después de mi comida de la tarde, hecha de queso y leche vegetal, busqué a
Sola, a quien encontré trabajando a la luz de una antorcha con algunos adornos
de Tars Tarkas. Levantó la cabeza cuando me acerqué, y vi su rostro iluminado
por el placer en señal de bienvenida.
- Me alegro de que hayas venido - me dijo -. Dejah Thoris está durmiendo y yo
estoy sola. No le importo a mi propia gente, John Carter. ¡Soy tan distinta de ellos!
Es un destino triste, ya que tengo que vivir entre ellos. Muchas veces desearía ser
una verdadera marciana verde, sin amor y sin esperanzas; pero conocí el amor, y
por eso estoy perdida. Prometí contarte mi historia o, mejor dicho, la historia de
mis padres. Por lo que sé de ti y de las costumbres de tu gente, estoy segura de
que el relato no te parecerá extraño. Pero entre los marcianos verdes no tiene
paralelo hasta donde alcanza la memoria de los Tharkianos vivientes más viejos,
ni tienen nuestras leyendas relatos similares. Mi madre era más bien pequeña;
muy pequeña, en realidad, para que se le permitieran las responsabilidades de la
maternidad, ya que nuestros jefes procrean especialmente por tamaño. Siempre
fue menos fría y cruel que la mayoría de las marcianas verdes, y como poco le
importaba estar con ellos, por lo general vagaba sola por las calles desiertas de
Thark, o iba a sentarse entre las flores salvajes que crecen en las montañas
cercanas, pensando y deseando cosas que sólo yo, entre las mujeres Tharkianas
actuales, puedo entender, ya que soy su hija: Allí, entre las montañas, se encontró
con un joven guerrero cuyo deber era cuidar a los zitidars y doats que pastaban,
para que no se fueran más allá de las montañas. Primero hablaron solamente de
cosas comunes a los intereses de la población de Thark, pero gradualmente,
cuando comenzaron a encontrarse con más frecuencia y - como ya era bastante
evidente para ambos- ya no por casualidad, dieron en hablar de sí mismos, de sus
gustos, sus ambiciones y sus deseos. Ella se confió a él y le habló de la horrible
repugnancia que sentía por las crueldades de su especie, por la terrible vida que
debían llevar siempre, y luego esperó que una tormenta de reproches saliera de
sus fríos, duros labios. Pero en lugar de eso, él la tomó en sus brazos y la besó.
Mantuvieron su amor en secreto durante seis largos años. Ella, mi madre, era de
la reserva del gran Tal Hajus, mientras que su amante era un simple guerrero que
solamente portaba sus propias armas. Si su deserción de las tradiciones de los
Tharkianos hubiera sido descubierta, ambos habrían pagado la pena en el ruedo,
ante Tal Hajus y sus hordas reunidas. El huevo del que provengo fue escondido
debajo de una gran vasija de vidrio sobre la más alta e inaccesible de las torres
parcialmente en ruinas de la antigua Thark. Mi madre la visitó una vez por año
durante los cinco largos años en que yací en período de incubación. No se atrevía
a ir con más frecuencia, ya que por su conciencia culpable, temía que cada uno de
sus movimientos fuera vigilado. Durante ese período mi padre alcanzó gran
prestigio como guerrero y ganó las armas de varios caudillos. Su amor por mi
madre jamás disminuyó, y la única ambición de su vida fue la de llegar incluso a
arrebatarle las armas al mismo Tal Hajus y así, como gobernador de Thark; ser
libre de reclamaría como su propia mujer y poder proteger por el poder de su
fuerza a la hija que de otra forma sería destrozada rápidamente cuando la verdad
se descubriera. Era un sueño absurdo el de arrebatarle las armas a Tal Hajus en
cinco cortos años, pero sus avances eran rápidos y pronto consiguió una alta
posición en el consejo de Thark. No obstante, un día la posibilidad se perdió para
siempre - al menos en cuanto a hacer tiempo para salvar a sus seres queridos -,
ya que lo mandaron al exterior, en una larga expedición hacia el polo sur, para
declarar la guerra a los nativos y apoderarse de sus pieles. Esa es la forma de
vida de los Barsoomianos verdes: no trabajan por algo que pueden arrebatar a
otros en una batalla. Mi padre estuvo ausente durante cuatro años. Cuando
regresó, ya todo había terminado tres años antes; ya que alrededor de un año
después de su partida y poco antes del momento de regreso de una expedición
que se había alejado para traer los frutos de la incubadora de una comunidad, el
huevo había empollado. Después de eso mi madre siguió manteniéndome en la
vieja torre, visitándome todas las noches y prodigándome todo el amor que la vida
de la comunidad nos hubiera robado a ambas. Esperaba mezclarme en la
expedición de la incubadora con los otros pequeños asignados a los cuarteles de
Tal Hajus, y así escapar del destino que seguramente seguiría al descubrimiento
de su pecado contra las antiguas tradiciones de los marcianos verdes. Me enseñó
rápidamente el lenguaje y las tradiciones de mi especie, y una noche me contó la
historia que te he contado a ti hasta este momento, insistiendo en la necesidad de
mantenerla en absoluto secreto y el gran cuidado que debía tener cuando me
colocara entre los otros jóvenes Tharkianos para que nadie pudiera descubrir que
estaba mucho más adelantada en educación que los demás. Tampoco debía
demostrar delante de otros mi afecto por ella ni mi conocimiento de su parentesco.
Luego, acercándome hacia ella, me susurró al oído el nombre de mi padre.
Entonces, una luz brilló en la oscuridad de la torre: allí estaba Sarkoja, con sus
ojos encendidos y malignos y el rostro demudado por el asco y el desprecio que
sentía hacia mi madre. El torrente de odio e injurias que volcó sobre ella hizo que
mi corazón se paralizara de pánico. Aparentemente había escuchado todo el
relato, y su presencia allí, aquella noche nefasta, era prueba de que había
sospechado de mi madre debido a sus largas ausencias nocturnas de sus
habitaciones. No había oído ni conocía una cosa: el nombre de mi padre, lo cual
era evidente por sus repetidas exigencias para que mi madre le revelase el
nombre de su compañero en el pecado. Pero no había injuria ni amenaza que
pudiera arrancárselo. Para salvarme de una tortura innecesaria mintió, ya que le
dijo a Sarkoja que solamente ella lo sabía y que ni siquiera a su hija se lo había
dicho. Con imprecaciones, Sarkoja se apresuró a salir para informarle a Tal Hajus
de su descubrimiento, y mientras estaba ausente, mi madre, envolviéndome en
sus sedas y pieles de forma que pasara inadvertida, descendió a la calle y corrió
desesperadamente hacia las afueras de la ciudad en dirección al sur, hacia el
hombre a quien no podía pedir ayuda, pero en cuyo rostro quería mirarse una vez
más antes de morir. Cuando llegábamos al límite sur de la ciudad, percibimos un
ruido a través del suelo musgoso. Provenía del único paso que existía en las
montañas que conducían a la entrada de la ciudad. El paso por el cual entraban
todas las caravanas, viniesen del norte, del sur, del este o del oeste. El ruido que
oíamos era el gruñido de los doats, el rugido de los zitidars y el ocasional choque
de las armas que anunciaban la proximidad de una tropa de guerreros. Se había
formado la idea de que era mi padre quien regresaba de su expedición, pero la
astucia natural de los 1-har-kianos la retuvo de volar precipitadamente v sin
pensarlo a saludarlo.
Refugiada en las sombras de un zaguán, esperó la llegada de la caravana que
pronto entró en la ciudad, rompiendo su formación y atestando la calle de pared a
pared. Citando la cabeza de la procesión nos pasó, la luna más lejana pendía
clara sobre los tejados e iluminaba la escena con todo el brillo de su maravillosa
luz. Mi madre retrocedió aun más en las sombras amigas, y desde su escondite
vio que la expedición no era la de mi padre, sino la caravana que regresaba
trayendo los pequeños Tharkianos. Instantáneamente trazó su plan, y cuando un
gran carro pasó cerca de nosotros, se deslizó a hurtadillas por la parte trasera,
agachándose en la sombra del costado alto y apretándome contra su pecho
enloquecida de amor. Ella sabía lo que yo no: que nunca más, después de eso,
podría estrecharme contra su pecho, y que tampoco podríamos volver a mirarnos
a la cara. En la confusión me mezcló con los otros niños, cuyos guardianes
durante el viaje habían quedado libres, ahora, de su responsabilidad. Juntos
fuimos arrastrados a una gran habitación, mantenidos por mujeres que no habían
acompañado la caravana, y al día siguiente estábamos repartidos entre las
reservas de los caudillos. Nunca volví a ver a mi madre después de esa noche,
pues fue encarcelada por orden de Tal Hajus. Todas las presiones, inclusive las
torturas más vergonzosas y horribles que se le infligían eran para arrancar de sus
labios el nombre de mi padre. Sin embargo, ella permaneció inmutable y leal,
muriendo entre las carcajadas de Tal Hajus y sus caudillos durante una de las
horribles torturas que debió soportar. Más tarde me enteré de que les había dicho
que me había matado para salvarme de un destino similar en sus manos y que
había arrojado mi cuerpo a los simios blancos. Sólo Sarkoja no le creyó y hasta el
día de hoy siento que sospecha mi verdadero origen, pero no se atreve a
decírmelo, estoy segura, porque también imagina la identidad de mi padre.
Cuando él regresó de su expedición se enteró del destino de mi madre. Yo estaba
presente mientras Tal Hajus se lo contaba, pero jamás el temblor de un músculo
reveló la mínima emoción: simplemente no rió cuando Tal Hajus le describió con
deleite los pormenores de su muerte. Desde ese momento fue cruel como el que
más, pero yo espero el día en que logre su meta y sienta cl cadáver de Tal Hajus
bajo su pie; porque estoy tan segura de que no hace más que esperar la
oportunidad para descargar so terrible venganza y de que su gran amor se
conserva tan vivo en su pecho como la primera vez que lo transformó, hace unos
cuarenta años, como lo estoy de hallarme sentada ahora a orillas de un antiguo
océano mientras el resto de la gente duerme, John Carter.
- Y tu padre. Sola, ¿está con nosotros ahora? - le pregunté.
- Sí, pero no sabe quién soy yo, ni sabe quién denunció a mi madre ante Tal
Hajus. Sólo yo sé el nombre de mi padre; y sólo yo, Tal Hajus y Sarkoja sabemos
que fue ésta quien delató a la mujer a quien él amaba, ocasionándole una muerte
tan horrible.
Nos quedamos en silencio un momento, ella hundida en sus amargas reflexiones
acerca de su horrible pasado y yo apesadumbrado por las pobres criaturas a
quienes las costumbres sin sentimientos y humanismo de su raza habían
condenado a una vida sin amor, de crueldad y de odio.
- John Carter - dijo ella, entonces -, si alguna vez un hombre verdadero caminó por
el frío y muerto lecho de Barsoom, ése eres tú. Eres alguien en quien se puede
confiar, y porque esta información puede llegar a ayudarnos algún día a ti, a él, a
Dejah Thoris o a mí, te voy a decir el nombre de mi padre sin imponerte ninguna
restricción para que no hables. Cuando llegue cl momento, di la verdad, si crees
que eso es lo mejor. Confío en ti porque sé que no estás maldito por la terrible
costumbre de decir la verdad absoluta y total, y porque podrías mentir como un
caballero de Virginia si con ello salvas a otros del dolor y cl sufrimiento. El nombre
de mi padre es Tars Tarkas.
16
La huida
El resto de nuestro viaje no tuvo imprevistos. Estuvimos veinte días en la ruta,
cruzando dos lechos de mares y atravesando o rodeando un número de ciudades
en ruinas, bastante más pequeñas que Korad. Atravesamos dos veces los
famosos acueductos marcianos, llamados canales por nuestros astrónomos
terrestres. Cuando llegábamos a esos sitios, se enviaba a un guerrero a la
delantera, provisto de un catalejo. Sí no había una tropa considerable de
marcianos rojos a la vista, nos acercábamos lo más posible sin correr el riesgo de
ser vistos, y acampábamos hasta que oscureciera. Entonces nos aproximábamos
cuidadosamente hasta las zonas cultivadas, y luego de localizar uno de los
numerosos y anchos caminos que por lo general cruzan esas áreas, nos
deslizábamos silenciosa y furtivamente hacia las tierras áridas del otro lado. Uno
de esos cruces nos llevó cinco horas sin parar una sola vez y el otro llevó la noche
entera, de modo que sólo abandonamos los confines de los campos cercados
cuando empezaba a despuntar el sol.
No había hablado ni una sola vez con Dejah Thoris, ya que no me dio a entender
ni una palabra de que seria bienvenido a su carro. Por mi parte, mi estúpido
orgullo me impidió hacer intento alguno. Estoy convencido de que la actitud de un
hombre con una mujer está en relación inversa con su valentía entre los hombres.
El débil y el lelo tienen por lo general una gran habilidad para hechizar al sexo
débil, mientras que un hombre de lucha, que puede hacerle frente a peligros
reales sin temor alguno, se esconde en las sombras como un niño asustado.
A los treinta días de mi llegada a Barsoom entramos en la antigua ciudad de
Thark, a cuya gente, olvidada desde mucho tiempo atrás, esta horda de hombres
verdes había robado hasta el nombre. Las hordas Tharkianas sumaban alrededor
de treinta mil almas y estaban divididas en veinticinco comunidades. Cada
comunidad tenía su propio Jed y jefes menores, pero todas estaban bajo las
órdenes de Tal Hajus, Jeddak de Thark. Cinco comunidades tenían sus cuarteles
en la ciudad de Thark y las restantes estaban esparcidas entre otras ciudades
desiertas del antiguo Marte, a lo largo y ancho del distrito gobernado por Tal
Hajus.
Hicimos nuestra entrada en la gran plaza central por la tarde, temprano. No hubo
saludos entusiastas de amistad hacia la expedición que regresaba. Los que por
casualidad se veían nombraban a los guerreros o mujeres con los que estaban en
contacto directo, con cl saludo formal de su especie. Pero cuando descubrieron
que la caravana traía dos cautivos el interés se incrementó y Dejah Thoris y yo
fuimos el centro de atracción de los grupos.
Pronto se nos asignó nuevas habitaciones y el resto del día lo utilizamos en
acomodarnos a las nuevas condiciones. Mi hogar ahora daba ~ una avenida que,
proveniente del sur, salía a la plaza y era la arteria principal por la que habíamos
marchado desde los límites de la ciudad. Estaba en el extremo opuesto de la plaza
y tenía un edificio entero para mí solo. El mismo esplendor arquitectónico,
característica tan notable de Korad, se evidenciaba en este lugar, solamente que
en mayor escala y con más riqueza. Mis habitaciones podían haber alojado al más
grande de los emperadores terráqueos, pero para estas extrañas criaturas, nada
del edificio tenía importancia, excepto su tamaño y la inmensidad de sus recintos.
Cuanto más grande era más deseable. Por eso, Tal Hajus ocupaba lo que podría
haber sido un enorme edificio público. El más grande de la ciudad, pero
completamente inepto para propósitos de residencia. El que le seguía en tamaño
estaba reservado a Lorcuas Ptomel, el siguiente para el del de rango inmediato y
así sucesivamente hasta el último de los cinco Jeds. Los guerreros ocupaban el
edificio del caudillo a cuyas reservas pertenecían, pero, si era de su agrado,
podían buscar refugio en cualquiera de los cientos de edificios vacíos que se
encontraban en la parecía que les correspondía. A cada comunidad se le asignaba
una parte de la ciudad. La selección de edificios tenía que hacerse de acuerdo con
esas divisiones, excepto en lo que concernía a los Jeds, que ocupaban los
edificios que daban a la plaza.
Cuando había logrado finalmente poner mi casa en orden o. mejor dicho, ver que
esto ya se había hecho, casi era el atardecer. Me apresuré a salir con la intención
de encontrar a Sola y a las personas que tenía a su cargo, ya que había decidido
mantener una conversación con Dejah Thoris y tratar de hacerle sentir la
necesidad de darnos por lo menos una tregua hasta que pudiera encontrar una
forma de ayudarla a escapar. Busqué en vano hasta que el borde superior del
gran sol rojo estaba desapareciendo detrás del horizonte. Entonces pude ver la
horrible cabeza de Woola que asomaba por una ventana de un segundo piso, en
el lado opuesto de la misma calle en la cual tenía mis habitaciones, pero más
cerca de la plaza.
Sin esperar una invitación, me abalancé hacia la rampa sinuosa que conducía al
segundo piso. Al entrar en un gran recinto, Woola me recibió saludándome
frenético. Se abalanzó sobre mí con todo su peso y casi me tira al suelo. Ese
pobre viejo amigo se sentía tan feliz de verme que pensé que me devoraría. Su
cabeza se partía de oreja a oreja en una sonrisa de duende que dejaba al
descubierto sus tres hileras de colmillos. Calmándolo con una orden y una caricia,
miré apresuradamente a través de la oscuridad, buscando un indicio de Dejah
Thoris. Entonces, al no verla, la llamé. Hubo una respuesta como un susurro, que
provenía del ángulo opuesto de la habitación. Con dos zancadas rápidas me puse
a su lado. Estaba agachada entre las pieles y sedas, sobre un asiento antiguo de
madera tallada. Como me quedara esperando, se levantó y mirándome a los ojos
dijo:
- ¿Qué quiere Dotar Sojat, Tharkiano, de su cautiva Dejah Thoris?
- Dejah Thoris; no sé qué he hecho para enojarte. Lejos de mí estaba herirte u
ofenderte. Siempre he deseado protegerte y reconfortarte. No sabrás de mí si esa
es tu voluntad: pero no es un pedido, sino una orden, el que debes ayudarme a
lograr que te fugues, si tal cosa es posible. Cuando estés otra vez a salvo en la
corte de tu padre, puedes hacer conmigo lo que te plazca; pero desde este
momento hasta ese día, soy tu dueño y debes obedecerme y ayudarme.
Me miró larga y seriamente y pensé que sus sentimientos hacia mí eran mejores.
- Entiendo tus palabras, Dotar Sojat, pero no te entiendo a ti. Eres una extraña
mezcla de niño y hombre, de bruto y noble. Sólo deseo poder leer tu corazón.
- Mira a tus pies, Dejah Thoris, ahí yace ahora ahí ha estado desde la otra noche
en Korad y ahí estará siempre, latiendo sólo por ti hasta que la muerte lo acalle
para siempre.
Dio un pequeño paso hacia mí con sus manos extendidas en un gesto extraño y
dubitativo.
- ¿Qué quieres decir, John Carter? – musitó -. ¿Qué me estás diciendo?
- Te estoy diciendo lo que me había prometido no decirte, al menos hasta que no
fueras más una cautiva de los hombres verdes. Lo que había pensado no decirte
nunca, por la actitud que adoptaste hacia mí durante los últimos veinte días. Te
estoy diciendo, Dejah Thoris, que soy tuyo en cuerpo y alma, para servirte, para
pelear por ti y morir por ti. Sólo te pido algo como respuesta y es que no me des
señal alguna, ya sea de reprobación o aprobación a mis palabras, hasta que estés
a salvo entre tu propia gente, y que cualquiera que sea el sentimiento que
abrigues hacia mí, que no se vea influido ni teñido por la gratitud. Lo que sea que
haga por ti será solamente por motivos egoístas, ya que me brinda más placer el
servirte que el no hacerlo.
- Respetaré tus deseos, John Carter, porque entiendo tus motivos, y acepto tus
servicios con la misma voluntad con que me someto a tu autoridad. Tus palabras
serán ley para mí. Ya dos veces te he interpretado mal y de nuevo te pido que me
perdones.
La entrada de Sola impidió que la conversación se prolongara en cuestiones
personales. Esta se hallaba muy agitada y había perdido por completo su
acostumbrada calma y autodominio.
- Esa horrible Sarkoja ha estado con Tal Hajus – gritó -, y por lo que escuché en la
plaza hay pocas esperanzas para ustedes dos.
- ¿Qué decían? - preguntó Dejah Thoris.
Que serán arrojados a los calots (perros salvajes), en el gran circo, tan pronto
como las hordas se hayan reunido en asamblea, para los juegos anuales.
- Sola – dije -: eres una Tharkiana, pero odias y aborreces las costumbres de tu
gente tanto como nosotros. ¿No nos quieres acompañar en un esfuerzo supremo
por escapar? Estoy seguro de que Dejah Thoris podrá ofrecerte hogar y protección
entre su gente. Tu destino no podrá ser peor entre ellos que lo que siempre será
aquí.
Si - gritó Dejah Thoris -. ven con nosotros. Sola. Estarás mucho mejor entre
nosotros, los hombres rojos de Helium, que lo que estás aquí, y puedo prometerte
no sólo un hogar, sino el amor y afecto que tu naturaleza necesita y que siempre
te fue negado por las costumbres de tu propia raza. Ven con nosotros. Sola;
podríamos irnos sin ti, pero tu destino sería terrible si ellos pensaran que has
consentido en ayudarnos. Creo que ni siquiera por ese temor intentarías interferir
nuestra fuga. Pero te queremos con nosotros, querernos que vengas a una tierra
donde brilla el sol y hay felicidad, entre gente que conoce el significado del amor,
de la simpatía y de la gratitud. Di que sí, Sola, dime que quieres venir.
- El gran acueducto que conduce a Helium está a sólo setenta y cinco kilómetros
al sur - musitó Sola, como para sí misma -. Un doat rápido podría hacerlo en tres
horas. Luego, de allí a Helium hay setecientos cincuenta kilómetros. La mayor
parte del camino a través de distritos espaciados. Podrían enterarse, y seguirnos.
Nos podríamos esconder entre los grandes árboles por un tiempo, pero las
posibilidades de fuga son demasiado reducidas. Nos seguirían hasta los portales
mismos de Helium, sembrando la muerte a cada paso. - Ustedes no los conocen.
- ¿No hay otra forma de llegar a Helium? – pregunté -. ¿No puedes trazarme a
grandes rasgos un mapa del territorio que debemos cruzar, Dejah Thoris?
- Si - contestó, y tomando un gran diamante de su cabeza dibujó sobre el mármol
del piso el primer mapa que veía del territorio Barsoomiano. Estaba cruzado en
todas direcciones por largas líneas rectas, a veces paralelas y a veces
convergentes en grandes círculos. Las líneas, según dijo, eran acueductos; los
círculos, ciudades. El extremo noroeste de donde estábamos lo marcó como
Helium.
Había otras ciudades cercanas; pero, según dijo, temía entrar en muchas de ellas,
ya que no todas mantenían relaciones amistosas con la ciudad de Helium.
Por último, después de estudiar cuidadosamente el mapa a la luz de la luna, que
en ese momento inundaba la habitación, señalamos un acueducto del extremó
norte de donde estábamos y que también parecía conducir a Helium.
- ¿No atraviesa el territorio de tu abuelo? - pregunté.
- Sí – contestó -, pero está a trescientos kilómetros al norte de donde estamos. Es
uno de los acueductos que cruzamos en el viaje hacia Thark.
- Nunca sospecharían que tratamos de cruzar por ese distante acueducto –
contesté -, y es por eso que creo que es la mejor ruta para nuestra fuga.
Sola estuvo de acuerdo conmigo y se decidió que abandonaríamos Thark esa
misma noche; es decir tan pronto como yo pudiera encontrar y ensillar mis doats.
Sola montaría uno y Dejah Thoris y yo el otro. Cada uno de nosotros llevaría la
suficiente comida y bebida para dos días, ya que no se les podía exigir a los
animales que anduvieran muy rápido tan largo trecho.
Indiqué a Sola que se adelantara con Dejah Thoris por una de las avenidas menos
frecuentadas, hacia la frontera sur de la ciudad, donde las alcanzaría con mis
doats, tan pronto como me fuera posible. Dejándolas para que prepararan la
comida, sedas y pieles que necesitaríamos, me deslicé cautelosamente hacia la
parte trasera del primer piso y entré en él- patio, donde nuestros animales se
movían sin cesar, como era su costumbre antes de dormir por la noche.
En las sombras de los edificios y fuera de la luz de las lunas marcianas, se movía
la manada de doats y zitidars, estos últimos gruñendo con sus sonidos guturales y,
los primeros, emitiendo cl agudo chillido que denotaba el casi habitual estado de
furia en el que estas criaturas pasaban su existencia. Estaban más calmados
ahora, debido a la ausencia de hombres, pero ni bien me olfatearon se inquietaron
y aumentó el horrible barullo que hacían. Era un trabajo arriesgado, entrar en una
cuadra de doats, solo y de noche. Primero porque el barullo que aumentaba
podría alertar a los guerreros que estuvieran cerca, de que algo andaba mal, y
segundo porque la más mínima razón o sin razón alguna, algún inmenso doat
podría decidir por su cuenta embestirme.
Como no tenía ningún deseo de despertar su temperamento desagradable en una
noche como ésa, en la que tantas cosas dependían del secreto y la celeridad, me
coloqué cerca de las sombras de los edificios, preparado para saltar y ocultarme
en una puerta o ventana a la menor señal de peligro. Así, me desplacé
silenciosamente hacia las grandes cercas que se abrían a la calle en la parte de
atrás del patio, y mientras me acercaba a la salida llamé suavemente a mis dos
animales, ¡Cómo agradecía a la providencia, que me había otorgado la
perspicacia de ganarme el amor y la confianza de estas bestias salvajes! En ese
momento, en el lado opuesto del patio vi dos grandes bultos que se abrían paso
hacia mí entre las moles de carne que había de por medio.
Se me acercaron y frotaron sus hocicos contra mi cuerpo buscando la comida que
acostumbraba darles como recompensa Abriendo las cercas ordené a las dos
grandes bestias que salieran, y luego, deslizándome cautelosamente detrás de
ellas, cerré los portales.
No ensillé ni monté allí a los animales, sino que caminé silenciosamente a la
sombra de los edificios hacia una avenida poco frecuentada que conducía hacia el
lugar en cl que había convenido en encontrarme con Dejah Thoris y Sola. Con el
silencio de los espíritus incorpóreos, avanzamos furtivamente por las calles
desiertas.
Hasta que no tuvimos a la vista la llanura que se extendía más allá de la ciudad,
no comencé a respirar libremente. Estaba seguro de que Dejah Thoris y Sola no
tendrían ninguna dificultad en llegar al lugar de nuestra cita sin ser descubiertas.
Pero, con mis grandes doats, no estaba tan seguro de mí mismo, ya que era
bastante inusual que los guerreros abandonaran la ciudad después que oscurecía,
pues en realidad no tenían dónde ir, a no ser que hubiera una larga cabalgata de
por medio.
Llegué al punto de reunión a salvo; pero como Dejah Thoris y Sola no estaban allí,
conduje a mis animales hacia la entrada de uno de los edificios más grandes.
Como presumía que alguna de las mujeres de la misma casa podía haberse
puesto a conversar con Sola y hacer que demorase en salir, no me sentí
demasiado inquieto; pero cuando transcurrió cerca de una hora sin noticias de
ellas, y cuando otra media hora pasó lentamente, empecé a ponerme nervioso.
Entonces, en el silencio de la noche se oyó el rumor de un grupo que se acercaba
y que, por el ruido me di cuenta de que no podían ser fugitivos deslizándose
furtivamente hacia la libertad. El grupo pronto estuvo cerca de mí, y desde las
sombras de la puerta del edificio donde yo estaba pude ver a unos guerreros
montados que, al pasar, dejaron oír una docena de palabras que hicieron que el
corazón se me viniera a la boca.
"Podría haber dispuesto encontrarse con ellas fuera de la ciudad y por lo tanto..."
No oí más, pues ya habían pasado, pero fue suficiente. Nuestro plan habla sido
descubierto. Las posibilidades de escapar de ahora en adelante del terrible final
que nos esperaba serían por demás escasas. Mi única esperanza era regresar sin
ser descubierto a las habitaciones de Dejah Thoris y saber qué le había sucedido.
Pero hacerlo con esos inmensos doats conmigo, ahora que la ciudad estaría
alborotada por la noticia de mi fuga, no era problema insignificante.
De pronto se me ocurrió una idea. Actuando de acuerdo con mis conocimientos
sobre la construcción de los edificios de esas antiguas ciudades marcianas, que
tienen un patio en el centro de cada manzana, tanteé a ciegas mi camino a través
de los oscuros recintos y llamé a los doats para que me siguieran. Estos tuvieron
dificultades para pasar algunas de las puertas, pero como todos los edificios
principales de la ciudad eran de grandes dimensiones, pudieron deslizarse a
través de ellos sin atascarse. Por último llegaron al patio interior, donde, como
suponía, encontré la acostumbrada alfombra de vegetación similar al musgo que
podría proveerles de comida y bebida hasta que los regresara a su propio corral.
Estaba seguro de que estarían tan tranquilos y contentos como en cualquier otro
lugar y no existía ni la más remota posibilidad de que fueran descubiertos, ya que
los hombres verdes no tenían muchas ganas de entrar a esos edificios de las
afueras de la ciudad porque eran frecuentados por lo que creo que es la única
cosa que les causa miedo: los grandes simios blancos de Barsoom.
Les quité los arneses y los oculté en el vano de la puerta trasera del edificio por la
cual habíamos llegado al patio. Dejé sueltos a los doats y me abrí paso
rápidamente a través del patio hacia la parte trasera de los edificios que estaban
del otro lado. De allí desemboqué en la avenida que estaba más allá, y esperé en
la puerta del edificio hasta asegurarme que nadie se acercaba. Entonces me
apresuré a cruzar al lado opuesto y entré por la primera puerta del patio que
estaba más allá. Así, atravesando patio tras patio, con la única aunque remota
posibilidad de ser descubierto que traía aparejado el necesario cruce de las
avenidas, llegué al patio de la parte trasera de los cuartos de Dejah Thoris.
Allí, por supuesto, encontré las bestias de los guerreros que habitaban en los
edificios adyacentes y podía esperar encontrarme con los guerreros mismos si
entraba, pero afortunadamente tenía otro medio más seguro de llegar a la parte
superior, donde se encontraría Dejah Thoris. Después de determinar con la mayor
precisión posible cuál era el edificio que ocupaba, ya que nunca lo había mirado
desde el lado del patio, me valí de mi relativa fuerza y agilidad y salté hasta
aferrarme del borde de una ventana del segundo piso que yo pensaba que daba a
la parte de atrás de su habitación. Me arrojé, pues, dentro del recinto y avancé
furtivamente hacía la parte de adelante del edificio. Al llegar a la puerta de su
habitación me percaté por las voces que venían desde adentro, de que allí había
alguien.
No entré precipitadamente, sino que me detuve a escuchar para asegurarme que
fuera Dejah Thoris y que no hubiera peligro alguno al entrar. Gracias a Dios tomé
esta precaución, ya que la conversación que escuché fue en los tonos guturales
de los hombres, y las palabras que me llegaron me advirtieron a tiempo. El que
hablaba era un jefe y estaba dando órdenes a cuatro de sus guerreros.
Y cuando regrese a este recinto - estaba diciendo - como seguramente hará
cuando vea que ella no acude a encontrarse con él en los bordes de la ciudad,
ustedes cuatro saltan sobre él y lo desarman. Esto requerirá la fuerza combinada
de todos ustedes, si el informe que trajeron de regreso de Korad es cierto. Cuando
lo tengan bien sujeto, llévenlo a las cuevas que hay debajo de los cuartos de los
Jeddaks y encadénenlo, asegurándolo bien, donde pueda ser encontrado cuando
Tal Hajus lo necesite. No le permitan hablar con nadie, ni dejen que nadie entre a
esta habitación antes que él llegue. No hay peligro de que la chica regrese, ya que
a esta hora debe de estar a salvo en los brazos de Tal Hajus. Todos sus
antepasados pueden compadecerse de ella, ya que Tal Hajus no lo hará. La gran
Sarkoja ha hecho un buen trabajo esta noche. Me marcho, pero si fracasan en su
captura, cuando venga encomendaré sus cadáveres al frío seno del río Iss. -
17
Un recate costoso
Cuando dejó de hablar, se volvió para abandonar el departamento por la puerta
detrás de la cual estaba yo. No tuve que esperar. Había escuchado lo suficiente
para que mi alma se llenara de espanto. - Escabulléndome silenciosamente, volví
al patio por cl camino que había llegado y entonces concebí mi plan de acción al
instante. Crucé la manzana, y bordeando las avenidas del lado opuesto pronto
estuve en el patio de Tal Hajus.
Las habitaciones brillantemente iluminadas del primer piso me indicaron dónde
debía buscar primero, de modo que avancé hacia las ventanas y espié dentro, No
tardé en descubrir que no iba a ser tan fácil acercarme como lo esperaba, ya que
los cuartos traseros que bordeaban el patio estaban llenos de guerreros y mujeres.
Entonces eché un vistazo a los pisos superiores y advertí que el tercero estaba
aparentemente a oscuras. Decidí, pues, entrar por ese lugar. No me llevó más de
un minuto alcanzar las ventanas superiores, y en un instante me había arrojado, al
amparo de las sombras, dentro del tercer piso.
Por fortuna, el cuarto que había elegido estaba vacío, de modo que me arrastré
silenciosamente hacia el corredor que se extendía más allá y descubrí una luz en
el cuarto que había delante de mí. Llegué a lo que parecía ser una puerta y
descubrí que no era más que un acceso que daba a un inmenso recinto interno
que se elevaba desde el primer piso, dos pisos debajo de mí, hasta el techo, en
forma de cúpula y muy por encima de mí. Esta gran sala circular estaba atestada
de caudillos, guerreros y mujeres. En uno de los extremos había una alta
plataforma sobre la cual se hallaba en cuclillas la bestia más horrible que jamás
haya visto. Sus rasgos eran fríos, duros, crueles y espantosos, como los de todos
los guerreros verdes, pero acentuados y envilecidos por las pasiones animales a
las que se había abandonado hacía muchos años. No había ningún rastro de
dignidad ni de orgullo en su conducta bestial. Al tiempo que su enorme masa
desbordaba la plataforma donde estaba sentado como un insecto diabólico, sus
seis miembros acentuaban la similitud en forma horrible y espantosa. Pero lo que
me congeló de aprensión fue el ver a Sola y Dejah Thoris de pie delante de él, y la
diabólica mirada con la que se estaba deleitando al dejar que sus grandes ojos
saltones cayeran sobre la bella figura de ésta. Ella estaba hablando, pero no podía
escuchar lo que decía, ni podía discernir el bajo gruñido de lo que él respondía.
Ella estaba allí, erguida ante él, con la cabeza en alto. Aun a la distancia que
estaba de ellos podía leer el desprecio y disgusto en el rostro de ella cuando dejó
que su arrogante mirada se posara sobre él sin la más mínima señal de miedo.
Por cierto, era la orgullosa hija de mil Jeddaks. Lo era cada centímetro de su
querido y precioso cuerpo pequeño, tan pequeño, tan delicado al lado de los
imponentes guerreros que la rodeaban, pero en su majestuosidad los superaba
hasta hacerlos insignificantes. Era la figura más poderosa entre ellos y realmente
creo que lo sentían así.
En ese momento Tal Hajus hizo una seña para que el recinto quedara libre y los
prisioneros quedaran solos ante él Lentamente, los jefes y las mujeres se
desvanecieron en las sombras de los recintos linderos y Dejah Thoris y Sola
quedaron solas ante el Jeddak de los Tharkianos.
Un solo jefe había dudado antes de partir. Lo vi parado a la sombra de una
imponente columna, sus dedos jugando nerviosamente con la empuñadura de su
gran espada y sus crueles ojos inclinados con implacable odio hacia Tal Hajus.
Era Tars Tarkas. Podía leer sus pensamientos como si fuera un libro abierto, por
la aversión que se reflejaba en su rostro. Estaba pensando en aquella otra mujer
que, cuarenta años atrás, había estado ante esa bestia. Si pudiera haberle dicho
una palabra al oído, en aquel momento el imperio de Tal Hajus se habría
terminado. Finalmente él también abandonó a zancadas el cuarto, sin saber que
estaba dejando a su propia hija a merced de la criatura que más despreciaba.
Tal Hajus se puso de pie. Yo, asustado, previendo a medias sus intenciones, me
dirigí hacia el camino sinuoso que conducía a los pisos inferiores. Como no había
nadie que me interceptara el paso, llegué al piso principal del recinto sin que me
vieran, y entonces me coloqué al amparo de la misma columna que Tars Tarkas
acababa de dejar. Cuando llegué allí, Tal Hajus estaba hablando.
- Princesa de Helium: Podría arrancarle a tu gente un grandioso rescate, si
quisiera, por devolverte sin daño alguno, pero prefiero mil veces mirar ese
hermoso rostro retorcerse en la agonía de la tortura. Será un largo proceso, te lo
prometo, diez días de placer serían muy poco para demostrar el amor que siento
por tu raza. Los horrores de tu muerte obsesionarán los sueños de los hombres
rojos para siempre. Se estremecerán en las sombras de la noche cuando sus
padres les hablen de la horrible venganza de los hombres verdes, de la fuerza, del
poder, del odio y de la crueldad de Tal Hajus. Pero antes de la tortura serás mía
por una hora escasa. También le llegarán noticias de esto a Tardos Mors, Jeddak
de Helium, tu abuelo, que se arrastrará por el suelo en el paroxismo del dolor.
Mañana comenzará la tortura. Esta noche serás de Tal Hajus. Ven.
Saltó de la plataforma y la aferró rudamente del brazo. Pero apenas la había
tocado cuando salté entre ellos. Mi espada pequeña, filosa y brillante estaba en mi
mano derecha. Podía haberla hundido en su corrompido corazón antes que se
percatara de quién lo atacaba; Pero cuando levanté el brazo para herirlo, pensé en
Tars Tarkas. A pesar de toda mi furia, de todo mi odio, no podía robarle ese feliz
momento por el que él había vívido y esperado todos esos largos y tediosos años.
En cambio, descargué mi puño derecho de lleno sobre su mandíbula. Sin emitir
sonido alguno se derrumbó como si estuviera muerto.
En el mismo silencio mortal tomé a Dejah Thoris de la mano, e indicándole a Sola
que nos siguiera, nos dirigimos rápida y silenciosamente hacia el piso superior.
Llegamos sin ser vistos a una ventana trasera, y con las correas y cuerdas de mis
arneses hice bajar primero a Dejah Thoris y luego a Sola hasta el suelo. Después
descendí yo ágilmente y las conduje con premura por el patio, al abrigo de las
sombras de los edificios, y así regresamos por el mismo camino que unos minutos
antes había tomado para llegar hasta los límites de la ciudad.
Por último encontramos a mis doats en el patio donde los había dejado. Los ensillé
y cruzamos rápidamente el edificio hacia la avenida que estaba afuera. Montados.
Sola en una bestia y Dejah Thoris a mi lado sobre la otra, cabalgamos desde la
ciudad de Thark hacia el sur, a través de los cerros.
En vez de rodear la ciudad por atrás, con dirección noroeste hacia el acueducto
más cercano que estaba a tan corta distancia de nosotros, giramos hacia el
noreste y nos lanzamos hacia la extensión de musgo a través de la cual, a
trescientos peligrosos y cansados kilómetros se encontraba otra arteria principal
que conducía a Helium.
No se habló ni una palabra hasta después de mucho tiempo de haber dejado la
ciudad, pero podía oír los sollozos ahogados de Dejah Thoris mientras se aferraba
a mí v descansaba su cabeza sobre mi hombro.
- Si lo logramos, mi jefe, la deuda de Helium será muy grande, más grande de lo
que puedan llegar a pagarte por esto. Si no lo conseguimos, la deuda no será
menor, aunque los Heliumitas nunca lo sepan, porque has salvado a la última de
nuestra estirpe de algo peor que la muerte.
No contesté, pero acerqué mi mano a mi flanco y oprimí sus pequeños dedos, que
me agradaba que se aferraran a mí para sostenerse. Así, en completo silencio,
corrimos sobre el musgo amarillento iluminado por la luna, cada uno sumido en
sus propios pensamientos. Por mi parte, no podía sentirme más feliz de lo que
estaba. Con el cuerpo cálido de Dejah Thoris que se ceñía contra mí, y con todos
los peligros que habíamos pasado, mi corazón rebosaba de felicidad, como si ya
hubiéramos entrado por las puertas de Helium.
Nuestros planes primitivos habían sido tan nefastamente desbaratados que ahora
nos encontrábamos sin comida y sin bebida, y sólo yo estaba armado. Por lo
tanto, apresuramos a nuestras bestias a una velocidad que desgraciadamente los
afectaría antes que pudiéramos llegar al final de la primera etapa de nuestro viaje.
Cabalgamos toda la noche y todo el día siguiente, descansando muy poco. A la
segunda noche, tanto los animales como nosotros estábamos completamente
fatigados, de modo que nos echamos sobre el musgo y dormimos
aproximadamente cinco o seis horas. Volvimos a ponernos en camino antes que
aclarara. Cabalgamos todo el día siguiente. Cuando ya tarde, al anochecer, no
habíamos visto todavía señal alguna de los árboles grandes que indican la
ubicación de los enormes acueductos a través de todo Barsoom, nos dimos
cuenta de la terrible verdad: estábamos perdidos.
Era evidente que habíamos estado dando vueltas, pero era difícil decir en qué
sentido. Parecía imposible que hubiera ocurrido, teniendo el sol para guiamos de
día y las lunas y las estrellas de noche. Por el momento no había ningún canal a la
vista y el grupo entero estaba a punto de desfallecer de hambre, de sed y de
fatiga. Delante de nosotros, a la distancia y apenas hacia la derecha, podíamos
distinguir el contorno de unas colinas bajas. Decidimos intentar alcanzarlas con la
esperanza de que desde algún cerro pudiéramos distinguir el canal perdido. La
noche nos sorprendió antes de llegar a la meta, y entonces, casi desfallecidos de
cansancio y debilidad, nos echamos a dormir.
Me desperté temprano, por la mañana, al sentir un inmenso cuerpo que se
apretaba contra mí. Al abrir los ojos sobresaltado, vi a mi bendito y viejo Woola
arrimado a mí. La leal bestia nos había seguido a través de aquella extensión sin
huellas para compartir nuestro destino, cualquiera que fuera.
Abracé su cuello y apreté mi mejilla contra la de él. No me avergonzaba hacerlo,
como tampoco me avergoncé de las lágrimas que llenaron mis ojos cuando pensé
en el cariño que me tenía. Poco después Dejah Thoris y Sola se despertaron y
decidimos aunar nuestras fuerzas una vez más para llegar a las colinas.
Habíamos hecho apenas un kilómetro cuando noté que mi doat estaba
empezando a tambalearse y a tropezar de una forma muy penosa, aunque no
habíamos intentado forzarlos a caminar desde la noche anterior. De pronto se
inclinó sin control hacia un lado y cayó pesadamente al suelo. Dejah Thoris y yo
salimos despedidos lejos de él y caímos sobre el suave musgo. La pobre bestia,
sin embargo, estaba en un estado penoso. Ni siquiera era capaz de levantarse,
aun sin nuestro peso. Sola ~e dijo que el frío de la noche, junto con el descanso,
podría reanimarlo sin lugar a dudas. Por lo tanto decidimos no matarlo, como fue
nuestra primera intención, ya que pensaba que hubiera sido cruel abandonarlo
para que muriera de hambre y sed. Le quité los arneses, los dejé en el suelo a su
lado, y abandonamos a ese pobre ser a su destino. Así pues, proseguimos con un
doat. Sola y yo caminamos, y dejamos que Dejah Thoris montara a pesar de su
oposición De este modo habíamos avanzado hasta una distancia aproximada de
un kilómetro de las colinas que intentábamos alcanzar, cuando Dejah Thoris,
desde su ubicación privilegiada sobre el doat exclamó que veía un gran grupo de
hombres montados que venían bajando desde un paso de las colinas a varios
kilómetros de distancia. Tanto Sola como yo miramos en la dirección que Dejah
Thoris indicaba, y allí pudimos distinguir claramente que había varios cientos de
guerreros montados. Parecían dirigirse hacia el sudoeste, lo que los alejaría de
nosotros.
Indudablemente eran guerreros Tharkianos que habían sido enviados a
capturarnos. Suspiré aliviado al ver que iban en dirección opuesta, pero apeé
rápidamente a Dejah Thoris de su animal y le ordené que se echara al suelo, cosa
que hicimos todos para pasar inadvertidos.
Los pudimos ver mientras cruzaban el paso, sólo por un instante, antes que se
perdieran de vista detrás del cerro. Para nosotros fue el cerro más providencial
que podíamos haber encontrado, ya que si hubieran estado a la vista durante un
lapso prolongado, por cierto que nos habrían descubierto. En ese momento, el que
parecía ser el último guerrero que quedaba a la vista se detuvo, se llevó un
pequeño pero potente catalejo a los ojos y examinó el lecho del mar en todas las
direcciones. Evidentemente era un jefe, ya que en ciertas formaciones, entre los
marcianos verdes, es el que cierra la marcha de la columna. Cuando dirigió su
catalejo hacia nosotros, nuestros corazones se paralizaron y pude sentir que una
transpiración fría comenzaba a brotar de cada poro de mi piel.
En ese momento enfocó de pleno sobre nosotros y fijó la mirada. La tensión de
nuestros nervios estaba en £u punto máximo y dudo que alguno de nosotros haya
respirado siquiera durante el corto tiempo que nos tuvo dentro del campo de su
lente. Bajó luego el catalejo y pude ver que gritaba una orden a sus guerreros, que
habían desaparecido detrás del cerro. Sin embargo, no esperó a que se le
unieran, sino que giró su doat y se dirigió precipitada y vehementemente hacia
nosotros.
No había más que una posibilidad y la teníamos que aprovechar rápidamente.
Levanté, pues, mi extraño rifle marciano hasta mi hombro, apunté y toqué el botón
del percutor. Hubo una explosión fuerte cuando el proyectil alcanzó el objetivo, y el
jefe que se aproximaba a la carga cayó de espaldas desde su veloz montura.
Me puse de pie de un salto, apresuré a mi doat para que se levantara e indiqué a
Sola que lo montara junto con Dejah Thoris e hicieran un poderoso esfuerzo por
llegar a las colinas antes que los guerreros verdes se echaran sobre nosotros.
Sabía que en las cañadas y barrancas podrían encontrar un escondite temporario,
y aunque murieran allí de hambre y de sed, eso sería mejor que caer en manos de
los Tharkianos. Les ordené que llevaran mis dos revólveres con ellas a fin de
protegerse y, en última instancia, como elementos de salvación para evitar la
horrible muerte que podría significar que las volvieran a capturar. Levanté a Dejah
Thoris en mis brazos y la puse sobre el doat, detrás de Sola, que ya había
montado cuando impartí la orden.
- Adiós, mi princesa – susurré -, ya nos encontraremos en Helium. He escapado
de aprietos peores que éste. - Traté de sonreír mientras mentía.
-¿Qué? – exclamó -. ¿No vienes con nosotras?
- No es posible, Dejah Thoris. Alguien tiene que entretener a esa gente por un
rato. Puedo escapar mejor solo que estando los tres juntos.
Saltó rápidamente del doat y, abrazando mi cuello con sus adorables brazos, se
volvió hacia Sola y le dijo con tranquila dignidad:
-¡Huye, Sola! Dejah Thoris se queda a morir con el hombre que ama.
Esas palabras están grabadas en mi corazón. Con cuánto gusto ofrendaría mi vida
cien veces, sólo para poder escucharlas una vez más. Pero en ese momento no
podía abandonarme ni un segundo al éxtasis de su abrazo. Uní por primera vez
mis labios con los de ella, la alcé en vilo y volví a colocarla en su asiento, detrás
de Sola, ordenándole terminantemente a ésta que la retuviera allí aunque fuera a
la fuerza; y luego, pegándole al doat en las ancas, vi cómo se alejaban y cómo
Dejah Thoris luchaba hasta el final, tratando de zafarse de Sola.
Al volverme vi a los guerreros verdes que subían por el cerro en busca de su jefe.
Lo vieron enseguida y luego me vieron a mí; pero apenas me descubrieron
comencé a disparar, echado boca abajo en el musgo. Tenía aún cien balas en el
cargador de mi rifle y otras tantas en el cinturón, a mi espalda. Mantuve una
descarga continua de fuego hasta que vi que todos los guerreros que en un
principio habían regresado de detrás del cerro, estaban muertos o corrían a
esconderse.
La tregua, sin embargo, duró poco, ya que el grupo entero, que sumaba alrededor
de mil hombres, pronto apareció cargando en loca carrera hacia mí. Disparé hasta
que mi rifle quedó descargado. Ya casi estaban sobre mí, pero entonces, al
asegurarme de un vistazo de que Dejah Thoris y Sola habían desaparecido entre
las colinas, salté, me deshice de mi rifle inútil y comencé a alejarme en la dirección
opuesta a la que las dos mujeres habían tomado.
Si alguna vez los marcianos tuvieron una exhibición de salto, fue la que
presenciaron aquellos guerreros atónitos, aquel día, años atrás. Sin embargo,
mientras esto los alejaba de Dejah Thoris, no distraía su atención de su propósito
de capturarme.
Corrían salvajemente detrás de mí, hasta que finalmente, mi pie chocó contra una
piedra y caí con los brazos y las piernas extendidos sobre el musgo.
Cuando levanté la vista, ya estaban sobre mí, y aunque saqué mi espada larga en
un intento de vender mi vida tan cara como me fuera posible, todo terminó pronto.
Sus golpes, que caían sobre mí a raudales, me hicieron tambalear y mi cabeza
comenzó a dar vueltas. Entonces todo se volvió negro y caí desvanecido.
18
Encadenado en Warhoon
Debieron de haber pasado varias horas antes que recobrara el sentido. Recuerdo
perfectamente el sentimiento de sorpresa que me invadió cuando descubrí que no
estaba muerto.
Estaba tendido en una pila de sedas y pieles de dormir, en un ángulo de una
habitación pequeña en la que había varios guerreros verdes. Inclinada sobre mí
estaba una anciana horrible.
Cuando abrí los ojos se volvió hacia uno de los guerreros diciendo:
- ¡Vivirá, oh, Jed!
- Muy bien - contestó éste, levantándose y acercándose a mi cama -. Nos
suministrará un precioso deporte para los grandes juegos.
En ese momento mis ojos cayeron sobre él. Vi que no era Tharkiano, ya que sus
ornamentos y armas, no eran los de esa horda. Era un tipo inmenso, con horribles
cicatrices en la cara y en el pecho, con un colmillo roto y una oreja menos. A
ambos lados del pecho pendían cráneos humanos y de éstos, a su vez, pendían
manos humanas disecadas.
Su referencia a los grandes juegos, de los que tanto había oído hablar mientras
estaba entre los Tharkianos, me convenció de que no había hecho más que saltar
del purgatorio al infierno.
Después de intercambiar unas pocas palabras más con la mujer, cuando ella le
aseguró que ya estaba preparado para el viaje, el Jed ordenó que montáramos y
cabalgáramos detrás de la columna principal.
Me ataron y me montaron en un doat tan salvaje y rebelde como nunca había
visto, con un guerrero montado a cada lado para evitar que la bestia me tirara.
Cabalgamos al galope tendido en persecución de la columna. Tan maravillosa y
rápidamente habían ejercido su terapia los emplastos e inyecciones de las
mujeres, y tan hábilmente me habían vendado y enyesado las lesiones, que las
heridas me dolían apenas. Poco antes de oscurecer alcanzamos el cuerpo
principal de las tropas, a poco de acampar para pasar la noche. Fui conducido
inmediatamente ante el jefe, que parecía ser el Jeddak de las hordas
Warhoonianas. Al igual que el Jed que me había llevado, tenía espantosas
cicatrices y también se adornaba el pecho con cráneos y manos humanas
disecadas que parecían identificar a todos los grandes guerreros entre los
Warhoonianos, así como indicar su horrible ferocidad, la que sobrepasaba
ampliamente a la de los Tharkianos.
El Jeddak, Bar Comas, que era relativamente joven, era objeto del odio feroz y
celoso de su anciano lugarteniente Dak Kova, el Jed que me había capturado, de
suerte que no pude menos que notar los esfuerzos intencionales que éste
realizaba para agraviar a su superior.
Omitió por completo el saludo formal de práctica al presentarnos ante el Jeddak, y
cuando me empujó rudamente ante el principal, exclamó en tono fuerte y
amenazador.
- He traído una criatura extraña que lleva las armas de los Tharkianos. Tendré
gran placer en verla luchar con un doat salvaje en los grandes juegos.
- Si muere, morirá como Bar Comas, tu Jeddak, lo crea conveniente - contestó el
joven conductor, con énfasis y dignidad.
- ¿Si muere? - rugió Dak Kova -. Por las manos muertas que tengo en mi garganta
que morirá. Bar Comas. Ninguna debilidad sensiblera de tu parte, lo salvará. ¡Oh,
si Warhoon estuviera gobernado por un verdadero Jeddak, en vez de gobernarlo
un corazón débil a quien aun el viejo Dak Kova podría arrancar sus armas con sus
manos desnudas.
Bar Comas miró al desafiante insubordina4o por un momento, con una expresión
arrogante de desprecio y odio, y luego, sin sacar una sola arma y sin decir palabra
se arrojó a la garganta del difamador.
Nunca había visto hasta entonces a dos guerreros verdes batirse con sus armas
naturales. La exhibición de ferocidad animal que siguió fue una cosa terrible que ni
la más desordenada imaginación podría pintarla. Se rasgaban los ojos y las orejas
con las manos, y con sus brillantes colmillos se punzaban y acuchillaban de
continuo hasta que ambos quedaron prácticamente hechos jirones de pies a
cabeza.
Bar Comas llevaba la mejor parte de la pelea, ya que era más fuerte e inteligente.
Pronto pareció que el encuentro había terminado, salvo la estocada final, cuando
Bar Comas se deslizó para zafarse de una llave. Fue la oportunidad que Dak Kova
necesitaba, y arrojándose contra el cuerpo de su adversario, incrustó su único
pero poderoso colmillo en la ingle de aquél, y con un último y tremendo esfuerzo
destrozó al joven Jeddak de pies a cabeza, hiriéndolo por fin, con su gran colmillo,
en los huesos de la mandíbula.
Vencedor y vencido rodaron, uno exhausto y el otro sin vida, por el musgo, como
una gran masa de carne destrozada y sangrante.
Bar Comas estaba tan muerto como una roca. En cuanto a Dak Kova, éste se
salvó del destino que se merecía, gracias a los denodados esfuerzos de sus
mujeres. Tres días después ya caminaba sin ayuda hacia el cuerpo de Bar Comas
- el que por costumbre no había sido movido del lugar donde yacía -, y entonces,
colocando el pie sobre el cuello de su antiguo conductor, tomó el título de Jeddak
de Warhoon.
Se le sacaron las manos y la cabeza al Jeddak muerto, para sumarías a los
ornamentos de las conquistas del vencedor, y luego las mujeres quemaron los
restos entre carcajadas horribles y salvajes.
Las lesiones de Dak Kova habían retrasado la marcha tanto tiempo que se decidió
desistir de la expedición - que tenía el objetivo de irrumpir sobre las pequeñas
comunidades Tharkianas en represalia por la destrucción de la incubadora -, hasta
después de los grandes juegos.
La tropa íntegra de guerreros, que sumaban unos diez mil, volvió hacia Warhoon.
Mi presentación a esta gente cruel y sedienta de sangre no fue más que un Indice
de las escenas que iba a observar casi diariamente mientras estuviera con ellos.
Eran una horda más pequeña que la de los Tharkianos, pero mucho más feroz. No
pasaba un solo día sin que alguno de los miembros de las comunidades
Warhoonianas se trabara en lucha mortal. He llegado a ver hasta ocho duelos
mortales por día.
Llegamos a la ciudad de Warhoon después de casi tres días de viaje. De
inmediato fui arrojado dentro de un calabozo y fuertemente encadenado al piso y a
las paredes. Me daban comida a intervalos, pero debido a la oscuridad cerrada del
lugar, no sé si estuve tendido allí días, semanas o meses. Fue la experiencia más
horrible de toda mi vida. El hecho de que el sentido no me abandonara a pesar de
los terrores que se escondían en esa oscuridad absoluta, fue un milagro. El lugar
estaba lleno de cosas que se arrastraban; cuerpos fríos y sinuosos que pasaban
sobre mí. En la oscuridad tuve visiones ocasionales de ojos brillantes y feroces
que me miraban con horrible insistencia. No me llegaba ningún sonido del mundo
exterior y mi carcelero no emitía una sola palabra cuando me traía la comida,
aunque al principio lo bombardeaba a preguntas.
Finalmente todo el odio y la maniática aversión hacia las terribles criaturas que me
habían arrojado en ese horrible lugar se centró - por el deterioro de mi razón -
sobre ese único emisario que representaba a la horda entera de Warhoon.
Había notado que siempre avanzaba con su débil antorcha hasta donde pudiera
poner la comida para que yo la alcanzara. Cuando se detenía para ponerla en el
suelo, su cabeza quedaba prácticamente a la altura de mi pecho. Por lo tanto, con
la astucia de un loco, retrocedí hacia el ángulo opuesto de mi celda cuando volví a
oír que se acercaba, y recogiendo una pequeña parte de la cadena que me
sujetaba de la mano, esperé su llegada agazapado como una bestia de rapiña.
Cuando se detuvo para dejar mi comida en el suelo, descargué la cadena sobre su
cabeza y golpeé los eslabones con todas mis fuerzas sobre su cráneo. Sin emitir
un solo gruñido cayó al suelo muerto como tina piedra.
Riendo y parloteando, como que me estaba transformando rápidamente en un
idiota, me arrojé sobre su cuerpo y mis dedos buscaron su garganta muerta. En
ese momento éstos, tropezaron con una pequeña cadena de cuyo extremo
colgaban algunas llaves. El contacto de mis dedos con esas llaves me hizo
recuperar de inmediato la razón, y entonces mi idiotez se esfumó y volví a ser un
hombre sano y cuerdo. Ahora tenía en mis propias manos los medios para
escapar.
Mientras tanteaba en el cuello de mi víctima para sacar la cadena, eché un vistazo
en la oscuridad y vi seis pares de ojos brillantes, fijos, que ni siquiera
pestañeaban, sobre mí. Lentamente se acercaron y lentamente retrocedí con
horror. De nuevo en mi ángulo, me agazapé sosteniendo mis manos con las
palmas hacia arriba, ante mí. Los horribles ojos avanzaron furtivamente hasta
llegar al cadáver que estaba a mis pies Entonces, lentamente se retiraron, pero
esta vez con un extraño sonido chirriante. Por ultimo desaparecieron en un hueco
negro y distante del calabozo.
19
El combate en la arena
Lentamente recobré mi compostura y por fin, volví a intentar retirar las llaves del
cadáver de mi antiguo carcelero. Pero cuando busqué en la oscuridad para
localizarlo, descubrí con horror que había desaparecido. Entonces la verdad se me
apareció como un relámpago: los dueños de esos ojos brillantes habían arrastrado
mi premio lejos de mí para devorarlo en su guarida cercana. De ese modo habían
estado esperando durante días, semanas y meses, toda esa horrible eternidad de
mi encarcelamiento, para arrastrar mi propio cadáver y darse un festín.
Durante dos días no me trajeron comida, pero luego apareció un nuevo guardián y
mi encarcelamiento siguió como antes. Sin embargo, no volví a permitir que mi
razón se trastornara, a pesar de mi horrible situación.
Poco después de este episodio trajeron a otro prisionero y lo encadenaron cerca
de mí. A la tenue luz de la antorcha vi que era un marciano rojo. Apenas pude
esperar que se fuera el carcelero para entablar conversación. Cuando sus pasos
dejaron de oírse saludé suavemente al marciano con una palabra de recibimiento:
"koar".
-¿Quién eres, tú que hablas en la oscuridad? - me contestó
- John Carter, un amigo de los hombres rojos de Helium.
- Soy de Helium, pero no recuerdo tu nombre.
Entonces le conté mi historia tal cual la he relatado en este libro omitiendo
mencionar mi amor por Dejah Thoris. Le alegró mucho tener noticias de la
princesa de Helium. Parecía bastante persuadido de que ella y Sola podían haber
llegado fácilmente a un lugar seguro. Dijo que Conocía bien cl lugar porque el
paso que habían atravesado los guerreros warhooníanos, cuando nos
descubrieron, era el único que usaban cuando se dirigían al sur.
- Dejah Thoris y Sola entraron por las colinas a menos de diez kilómetros de un
gran acueducto y probablemente ahora estén a salvo - me aseguró.
Mi compañero de prisión era Kantos Kan, un padwar (teniente) de la flota de
Helium. Había sido uno de los miembros de la expedición que había caído en
poder de los Tharkianos, durante la cual habían capturado a Dejah Thoris. Me
relató brevemente los sucesos que siguieron a la derrota de las naves.
Muy averiadas y casi incapaces de funcionar habían vuelto lentamente a Helium:
pero mientras pasaban la ciudad vecina de Zodanga, la capital de los enemigos
hereditarios de Helium entre los hombres rojos de Barsoom, habían sido atacados
por un gran cuerpo de naves de guerra. Salvo la nave de la que procedía Kantos
Kan, todas fueron destruidas y capturadas. Su nave fue perseguida durante días
por tres de las naves de guerra de Zodanga, pero finalmente pudo escapar
durante la oscuridad de una noche sin luna.
Treinta días después de la captura de Dejah Thoris, mas o menos hacia nuestra
llegada a Thark, su nave había llegado a Helium con un número aproximado de
diez sobrevivientes de una tripulación original de setecientos oficiales y soldados.
De inmediato se habían formado siete grandes flotas - cada una con cien
poderosas naves de guerra - para que buscaran a Dejah Thoris. De estas naves
se habían separado dos mil naves más pequeñas en la búsqueda inútil de la
princesa perdida.
Dos comunidades de marcianos verdes fueron borradas de la superficie de
Barsoom por una de las flotas vengadoras, sin que se encontraran rastros de
Dejah Thoris. Habían estado buscando entre las hordas del norte y sólo en los
últimos días habían extendido su búsqueda hacia el sur.
Kantos Kan había sido asignado a una de las pequeñas naves, manejadas por un
solo hombre, y había tenido la desgracia de ser descubierto por los Warboonianos
mientras exploraba la ciudad. La valentía y temeridad de ese hombre ganaron mí
mayor respeto y admiración. Había aterrizado solo, en las fronteras de la ciudad, y
había entrado a pie en los edificios linderos a la plaza. Había explorado dos días
con sus noches las habitaciones y las cárceles en busca de su amada princesa
sólo para conseguir caer en manos del grupo de Warhoonianos cuando estaba por
abandonar la ciudad, después de asegurarse de que Dejah Thoris no estaba
cautiva allí.
Durante el período de nuestro encarcelamiento Kantos Kan y yo nos conocimos
bien y trabamos una cálida amistad personal. Fueron sólo unos pocos días, sin
embargo, al cabo de los; cuales nos sacaron a rastras de la cárcel para llevarnos a
los grandes juegos. Fuimos conducidos una mañana temprano al enorme
anfiteatro que, en lugar de estar construido sobre la superficie del suelo, estaba
debajo de ella. Estaba parcialmente lleno de escombros, de manera que era difícil
determinar el tamaño que había tenido al, principio. En sus condiciones actuales
tenía capacidad para los veinte mil Warhoonianos que constituían las hordas en
conjunto.
La pista era inmensa, pero extremadamente irregular y tosca. Alrededor de ella,
los Warhoonianos habían apilado piedras de algunos de los edificios en ruinas de
la antigua ciudad, para evitar que los animales o los cautivos escaparan de la
arena. A cada extremo se habían construido jaulas para retenerlos hasta que les
llegara el turno de encontrarse con una muerte horrible en la arena.
A Kantos Kan y a mí nos pusieron juntos en una de las jaulas. En las otras había
calots salvajes, doats, zitidars furiosos, guerreros verdes y mujeres de otras
hordas, además de una variedad de bestias feroces y salvajes de Barsoom que no
había visto nunca. El estrépito de sus rugidos, gruñidos y chillidos era
ensordecedor, y la apariencia formidable de cada uno de ellos era suficiente para
hacer que el más intrépido de los corazones se sintiera sobrecogido.
Kantos Kan me explicó que, al finalizar el día uno de esos prisioneros ganaría su
libertad y los otros yacerían muertos en la arena. Los ganadores de todos los
encuentros del día competirían entre sí hasta que sólo quedaran vivos dos. El
vencedor del último encuentro quedaba en libertad fuera hombre o animal. La
mañana siguiente se volverían a llenar las jaulas con una nueva partida de
víctimas, y así durante los diez días que duraban los juegos.
Poco después de haber sido enjaulados, el anfiteatro comenzó a llenarse y en
menos de una hora todos los asientos disponibles estaban ocupados. Dak Kova
con sus Jeds y jefes estaba sentado en el centro de uno de los costados de la
pista, sobre una gran plataforma elevada.
A una señal de aquél, las puertas de dos jaulas se abrieron y una docena de
mujeres verdes fueron conducidas al centro de la pista. Allí se le dio una daga a
cada una y luego se soltó una jauría de doce calots o perros salvajes.
Cuando las bestias, gruñendo y echando espuma por la boca, se abalanzaron
sobre las mujeres prácticamente indefensas, di vuelta el rostro. No me creía capaz
de soportar esa horrible escena. Los gritos y risas de las hordas verdes daban
prueba de la excelente calidad del espectáculo. Cuando volví la vista hacia la
pista, pues Kantos Kan me dijo que había terminado todo, vi tres calots victoriosos
gruñendo sobre el cuerpo de sus presas. Las mujeres se habían desempeñado
bien.
Luego, un zitidar furioso fue lanzado sobre los perros que quedaban y el torneo
siguió así a lo largo de todo ese horrible y tórrido día.
Durante el día fui enfrentado primero con hombres y después con bestias, pero
como estaba armado con una espada larga y siempre superaba a mis adversarios
en agilidad y por lo general en fuerza, gané el aplauso de la multitud sedienta de
sangre. Hacia el final hubo gritos para que fuera sacado de la arena y se me
hiciera miembro de las hordas de Warhoon.
Por último, quedamos tres de nosotros: un gran guerrero verde de alguna de las
hordas del norte, Kantos Kan y yo. Los otros dos debían batirse y luego yo tendría
que luchar con el vencedor por la libertad que se concedía al vencedor final.
Kantos Kan había luchado varias veces durante el día y, al igual que yo, había
salido siempre victorioso, pero en algunas ocasiones con muy poco margen,
especialmente cuando lo enfrentaban con los guerreros verdes. Tenía pocas
esperanzas de que pudiera supera, a su adversario gigante que había arrasado
con todo lo que se le había puesto por delante durante el día. Medía cerca de
cinco metros, mientras que Kantos Kan alcanzaba apenas los dos metros. Cuando
avanzaban para encontrarse, vi por primera vez un truco de la esgrima marciana
que hizo que la esperanza de vencer y vivir de Kantos Kan se cifrara en una sola
jugada. Cuando estuvo a menos de siete metros del inmenso contrincante, llevó el
brazo con que sostenía su espada hacia atrás por encima de su hombro y con un
potente movimiento arrojó su arma de punta hacia el guerrero verde. La espada
voló como una flecha y se clavó en cl corazón del pobre demonio, que cayó sobre
la arena.
Kantos Kan y yo teníamos que enfrentarnos, pero mientras, nos acercábamos
para el encuentro le susurré que prolongara la batalla hasta cerca de la noche, con
la esperanza de que pudiéramos encontrar algún modo de escapar. La horda.
evidentemente, adivinó que no seríamos capaces de batirnos y gritaba enfurecida,
ya que ninguno de los dos arriesgaba una estocada fatal.
Cuando vi la proximidad de la oscuridad, musité a Kantos Kan que clavara su
espada entre mi brazo izquierdo y mi cuerpo. Cuando lo hizo, me tambaleé hacia
atrás, sujetando fuertemente la espada con mi brazo. Así caí al suelo con el arma
aparentemente saliendo de mi pecho. Kantos Kan se dio cuenta de mi
estratagema y poniéndose rápidamente a mi lado puso su pie sobre mi cuello y
apartando la espada de mi cuerpo me dio la estocada final - que, se suponía,
debía atravesar la vena yugular - en el cuello. Sin embargo, en esta ocasión la
hoja fría penetró en la arena de la pista sin causarme daño alguno. En la
oscuridad que ya había caído sobre nosotros, nadie podría haber dicho que no
había terminado conmigo realmente. Le dije que se fuera y reclamara su libertad y
que luego me buscara en las montañas del este de la ciudad.
Cuando el anfiteatro se vació me deslicé furtivamente hacia la parte superior.
Como la gran excavación quedaba lejos de la plaza y en un lugar inhabitado, tuve
pocos problemas para alcanzar las montañas que se extendían más allá de la
ciudad.
20
La fábrica de atmósfera
Esperé a Kantos Kan durante dos días, pero como no aparecía, me puse en
marcha -a pie- en dirección noroeste, hacia el punto donde me había dicho que
estaba el acueducto más cercano. Mi único alimento consistía en leche vegetal.
Deambulé durante dos largas semanas, caminando por las noches guiado sólo por
las estrellas y escondiéndome durante el día detrás de alguna roca saliente u,
ocasionalmente, entre las montañas, que cruzaba. Fui atacado varias veces por
bestias salvajes, monstruosidades extrañas y rústicas que saltaban sobre mí en la
oscuridad. Tenía que tener mi espada larga constantemente en la mano para
prevenir un ataque. Por lo general, mi extraña fuerza telepática, recientemente
adquirida, me advertía con un margen de tiempo amplio. Sin embargo, en una
oportunidad fui derribado y sentí los horribles colmillos en mi yugular al tiempo que
una cara peluda se apretaba contra la mía, antes que pudiera darme cuenta del
peligro que me amenazaba.
No sabía qué era lo que estaba sobre mí, pero podía sentir que era enorme,
pesado y con muchas patas. Mis manos estuvieron sobre su garganta antes que
sus colmillos tuvieran la oportunidad de hundirse en mi cuello, y lentamente aparté
ese hocico peludo de mí y cerré mis manos como una morsa sobre su tráquea
Yacíamos allí, sin emitir sonido. La bestia hizo todos los esfuerzos posibles para
alcanzarme con sus horribles colmillos. Yo hacía fuerza para mantener mi presa y
estrangularía mientras la alejaba de mi garganta. Lentamente mis brazos cedían
ante la lucha desigual y, centímetro a centímetro, los ojos ardientes y los colmillos
brillantes de mi antagonista se deslizaban hacia mí. Cuando el hocico peludo
volvió a tocar mi cara, me di cuenta que todo estaba perdido. Entonces una masa
viviente de destrucción saltó de la oscuridad sobre la criatura que me mantenía
inmovilizado contra el suelo. Los dos rodaron gruñendo sobre el musgo,
destrozándose y haciéndose pedazos en forma horrorosa. Pronto terminó todo y
mi salvador se levantó con la cabeza gacha sobre la garganta de esa cosa inerme
que había querido matarme.
La luna más cercana apareció repentinamente sobre el horizonte e iluminó la
escena Barsoomiana, dejándome ver que mi salvador era Woola. Sin embargo,
me era imposible saber de dónde había salido y cómo me había encontrado. No
es necesario aclarar que estaba feliz en su compañía. Sin embargo, mi alegría al
verlo se vio empañada por la ansiedad de saber la razón por la que había
abandonado a Dejah Thoris. Tan seguro estaba de su fidelidad a mis órdenes que
pensé que solamente su muerte podría ser la causa de que la hubiera
abandonado.
A la luz de las lunas que ahora brillaban sobre nosotros pude ver que no era ni la
sombra de lo que había sido; y cuando se alejó de mis caricias y empezó a
devorar ávidamente el cadáver que estaba a mis pies, descubrí que mi pobre
compañero estaba medio muerto de hambre. Yo tampoco estaba en una situación
mucho mejor, pero no podía comer la carne cruda y no tenía medios para hacer
fuego. Cuando Woola terminó de comer, reanudé mi fatigoso y aparentemente
interminable deambular en busca del esquivo acueducto.
Al amanecer del decimoquinto día de búsqueda tuve una alegría infinita al ver los
altos árboles que señalaban el objetivo de mi expedición. Cerca del anochecer me
arrastré muy cansado hacia los portales de un gran edificio que abarcaba
alrededor de seis kilómetros cuadrados y que se elevaba a unos setenta metros
del suelo. No había otra abertura en las paredes que no fuera la pequeña puerta,
contra la que me apoye exhausto. No había tampoco señales de vida en los
alrededores.
No encontré timbre ni forma alguna de anunciar mi presencia a los habitantes de
la casa, a menos que el pequeño hueco que había en la pared, cerca de la puerta,
se utilizara para tal propósito. Era más o menos del tamaño de un lápiz y,
pensando que sería algo como un tubo por donde se hablaba, puse mi boca en él.
Cuando estaba por hablar, surgió una voz desde adentro y me preguntó quién era,
de dónde venia y la naturaleza de mi misión.
Expliqué que había escapado de los Warhoonianos y que estaba desfallecido de
hambre y cansancio.
- Llevas las armas de un guerrero verde y te sigue un calot: aun así tu figura es la
de un hombre rojo, pero tu color no es rojo ni verde. En nombre del noveno día,
¿qué tipo de criatura eres?
- Soy amigo de los hombres rojos de Barsoom y estoy muriendo de hambre. En
nombre de la humanidad, ábrenos - le contesté.
En ese momento la puerta empezó a ceder ante mí hasta hundirse en la pared
unos quince metros. Entonces se detuvo y se deslizó fácilmente hacia la izquierda,
dejando a la vista un corredor corto y angosto, de cemento, a cuyo extremo había
otra puerta, simi4ar en todo sentido a la que acababa de franquear. No había
nadie a la vista. Inmediatamente después de trasponer la primera puerta, ésta se
volvió a deslizar detrás de nosotros hasta situarse de nuevo en su lugar, y luego
retrocedió a su posición original en la pared del frente del edificio. Cuando se
deslizaba noté su gran espesor, de más de siete metros. Luego de volver a su
lugar, bajaron del techo grandes cilindros de acero, cuyos extremos inferiores
encajaban en huecos que había en el suelo.
Una segunda y una tercera puerta retrocedieron delante de mí y se deslizaron a
un lado como la primera, antes que llegara a un recinto interior donde encontré
comida y bebida sobre una gran mesa de piedra. Una voz me indicó que
satisficiera mi apetito y le diera de comer a mi calot, y mientras así lo hacía, mi
anfitrión invisible me examinó e investigó minuciosamente.
- Tus argumentos son muy notables - dijo la voz -, pero evidentemente estás
diciendo la verdad como es igualmente evidente que no eres de Barsoom. Puedo
saberlo por la conformación de tu cerebro y la extraña ubicación de tus órganos
internos y la forma y tamaño de tu cabeza.
-¿Puedes ver a través de mí? - exclamé.
- Sí, puedo ver todo, excepto tus pensamientos: si fueras Barsoomiano los podría
leer.
Entonces se abrió una puerta en el costado Opuesto del recinto y una extraña,
enjuta y pequeña momia vino hacia mí. No tenía la más mínima vestimenta. El
único adorno que llevaba era un pequeño collar de oro del que pendía sobre su
pecho un gran ornamento del tamaño de un plato, incrustado íntegramente en
diamantes, excepto en el centro exacto. Allí había una extraña piedra de un
centímetro de diámetro que refulgía despidiendo nueve rayos diferentes: los siete
colores de nuestro arco iris y dos hermosos colores que para mí eran nuevos y no
tenían nombre. No puedo describirlos, pues eso sena como explicarle el color rojo
a un ciego. Sólo sé que eran extremadamente hermosos.
El anciano se sentó y me habló un rato largo. La parte más extraña de todo esto
era que yo podía leer todos sus pensamientos y él no podía adivinar ninguno de
los míos, a menos que yo hablara.
No mencioné mi capacidad de captar sus actividades mentales, y de ese modo
pude sacar ventaja de lo que habría de ser de gran valor para mí más tarde, cosa
que nunca habría llegado a conocer si él hubiera estado enterado de mi extraño
poder, ya que los marcianos tenían un control tan perfecto de su mecanismo
mental que eran capaces de dirigir sus pensamientos con absoluta precisión.
El edificio en el que me encontraba contenía la maquinaria que produce la
atmósfera artificial que hace posible la vida en Marte. El secreto de todo el
proceso consiste en el uso del noveno rayo, uno de los hermosos destellos que
despedía la gran piedra de la diadema de mi anfitrión.
Este rayo se separa de los otros rayos del sol por medio de instrumentos
finamente ajustados que se colocan sobre el tejado del inmenso edificio: tres
cuartos de éste se usan para reserva, y allí se almacena el noveno rayo. Este
producto se trata entonces eléctricamente, o mejor dicho, se le incorpora una
cierta proporción de vibraciones eléctricas refinadas. El producto resultante, se
bombea hacia los cinco centros principales de aire del planeta donde, al liberarse,
se pone en contacto con el éter del espacio y se transforma en atmósfera.
Siempre hay suficiente reserva almacenada del noveno rayo en el gran edificio
para mantener la atmósfera actual de Marte por mil años, y el único temor, como
me contó mi amigo, era que le sucediera algún accidente al aparato bombeador.
Me llevó a un recinto interno donde vi un campo de veinte bombas de radio, cada
una de las cuales era capaz por sí sola de abastecer a todo Marte con los
compuestos de la atmósfera. Durante ochocientos años, según me dijo, había
vigilado esas bombas, que se usaban alternadamente una por día o un poco más
de veinticuatro horas y media terráqueas. Tenía un asistente que compartía la
vigilancia con él. Durante medio año marciano, o sea cerca de trescientos
cuarenta v cuatro de nuestros días, uno de esos hombres se quedaba solo en esa
enorme y apartada planta.
A todo marciano rojo se le enseña, durante su primera infancia, los principios de la
elaboración de la atmósfera, pero sólo a dos por vez se les confía el secreto de la
entrada al edificio, cl que, construido como está, con murallas de cuarenta y cinco
metros de espesor, es absolutamente inaccesible. Hasta el techo es a prueba de
asalto por parte de una nave aérea, ya que está cubierto por un vidrio de dos
metros de espesor.
De los únicos que temen algún ataque es de los marcianos verdes, o de algún
hombre rojo demente, ya que todos los Barsoomianos se dan cuenta de que la
existencia misma de cada forma de vida sobre Marte depende del trabajo
ininterrumpido de esa planta.
Descubrí un hecho curioso mientras leía sus pensamientos y era que las puertas
externas se abrían por medios telepáticos. Las cerraduras están ajustadas con
tanta precisión que las puertas se liberan por la acción de cierta combinación de
ondas de pensamientos. Para experimentar con mi nuevo juguete, pensé
sorprenderlo para que revelara esa combinación, de modo que le pregunté como
al pasar cómo había hecho para abrirme las puertas macizas de los recintos
internos del edificio. Con la rapidez del rayo saltaron a su mente nueve sonidos
marcianos, pero se extinguieron tan rápido como cuando me contestó que eso era
un secreto que no debía divulgar.
Desde ese momento, su actitud hacia mí cambió como si temiera haber sido
sorprendido para que divulgara su gran secreto. Leí esa sospecha y ese temor en
su mirada y en su pensamiento, aunque sus palabras eran amables. Antes de
retirarme por la noche, prometió darme una carta para un oficial agricultor de las
cercanías que podría ayudarme en mi camino hacia Zodanga, la cual, según dijo,
era la ciudad marciana más cercana.
- Pero no se te ocurra decirle que vas camino de Helium, pues están en guerra
con esa ciudad. Mi asistente y yo no somos de ninguna ciudad. Pertenecemos a
todo Barsoom. Este talismán que usamos nos protege en todas las tierras, aun
entre los marcianos verdes - aunque no nos pondríamos en sus manos si lo
pudiéramos evitar -. Buenas noches, mi amigo, que tengas un reparador y largo
descanso. Sí, un largo descanso.
Aunque sonrió complacido, vi en sus pensamientos que nunca debió haberme
recibido. Entonces en su mente apareció su propia imagen, inclinada sobre mí,
esa noche, acompañando la veloz estocada de una larga daga con las palabras a
medio formar: "Lo siento, pero es por el bien de Barsoom"
Cuando cerró tras él la puerta de mi recinto sus pensamientos se alejaron al igual
que su presencia. Esto me pareció extraño de acuerdo con mi escaso
conocimiento de transferencia de pensamientos.
Cautelosamente abrí la puerta de mi habitación. Seguido por Woola, busqué la
más interna de las grandes puertas. Se me ocurrió un plan intrépido. Intentaría
forzar las grandes cerraduras por medio de las nueve ondas de pensamiento que
había leído en la mente de mi anfitrión.
Me deslicé furtivamente, corredor tras corredor, y bajando por los sinuosos
pasajes, caminé hasta que finalmente llegue' al gran recinto donde esa mañana
había terminado con mi largo ayuno. No había visto a mi anfitrión por ningún lado
ni sabía dónde se recluía por la noche.
Estaba por arriesgarme a entrar en la habitación, cuando un ruido tenue detrás de
mí me hizo volver a las sombras de un hueco del corredor. Arrastré a Woola
conmigo y me acurruqué en la oscuridad.
En ese momento el anciano pasó cerca de mí y cuando entró en el recinto
difusamente iluminado que había estado a punto de atravesar, vi que llevaba una
daga larga y delgada y que la estaba afilando sobre una piedra. En ese momento
tenía la intención de inspeccionar las bombas de radio, lo que le llevaría cerca de
treinta minutos. Luego regresaría a mi dormitorio y terminaría conmigo.
Cuando atravesó el gran recinto y desapareció por el pasaje que conducía a la
sala de maquinarías, me escurrí de mí escondite y crucé hacia la gran puerta, la
más próxima de las tres que me separaban de la libertad.
Concentré mi mente sobre la cerradura y lancé las nueve ondas de pensamiento
contra ésta. Aguardé sin respirar - y en ese momento la gran puerta se movió
suavemente hacia mí - y se deslizó hacia un costado. Uno tras otro, los restantes
portales se abrieron a mi orden. Woola y yo nos precipitamos hacía la oscuridad,
libres y un poco mejor de lo que habíamos estado antes. Al menos teníamos el
estómago lleno.
Deseosos de alejarnos enseguida de la sombra del formidable edificio, nos
encaminamos hacia el primer cruce y procuramos dar con la carretera central tan
pronto como nos fuera posible. La alcanzamos cerca del alba, y entrando en la
primera construcción me puse a buscar a los moradores.
Había edificios bajos de cemento, cerrados con pesadas puertas infranqueables.
Ni golpeando ni gritando obtuve respuesta. Fatigado y exhausto por la falta de
descanso, me arrojé al suelo, ordenándole a Woola que vigilara.
Al rato, sus espantosos gruñidos me despertaron. Cuando abrí los ojos vi a tres
marcianos rojos parados a poca distancia de donde nos encontrábamos,
apuntándonos con sus rifles.
- Estoy desarmado y no soy enemigo - me apresuré a explicar -. He sido prisionero
de los marcianos verdes y voy camino a Zodanga. Todo lo que pido es comida y
descanso para mí y mi calot, y las instrucciones apropiadas para llegar a mi
destino.
Bajaron sus rifles, avanzaron satisfechos hacia mí, y me pusieron - la mano
derecha sobre el hombro izquierdo, según el saludo acostumbrado. Entonces me
preguntaron muchas cosas acerca de mí y de mí deambular, y luego me llevaron a
la casa de uno de ellos, que quedaba a poca distancia.
Los edificios donde había llamado esa mañana temprano estaban destinados sólo
a provisiones y enseres agrícolas. La casa propiamente dicha se elevaba entre los
árboles. Como todas las casas de los marcianos rojos, había sido elevada de
noche, a unos quince metros del nivel de la superficie, sobre un inmenso eje
redondo de metal que subía y bajaba dentro de un hueco practicado en el suelo.
La operación se realizaba por medio de una pequeña máquina de radio que
estaba en el recinto de entrada del edificio. De este modo, en lugar de molestarse
con cerrojos y trabas en sus habitaciones, los marcianos rojos, simplemente se
alejaban del peligro durante la noche. No obstante también, tenían medios
especiales para hermanos o subirlos desde el suelo cuando salían de viaje.
Estos seres, hermanos, vivían con sus esposas e hijos en tres casas similares de
esa granja. No trabajaban, ya que eran funcionarios del gobierno, encargados de
supervisar. El trabajo lo realizaban los penados, los prisioneros de guerra, los
deudores y los solteros demasiado pobres para pagar el alto impuesto al celibato
que exigían todos los gobiernos de Marte.
Eran la personificación de la cordialidad y la hospitalidad, de modo que pasé
varios días con ellos, descansando y recuperándome de mis largas y arduas
experiencias.
Cuando les conté mi historia - omití toda referencia a Dejah Thoris y al anciano de
la planta productora de la atmósfera - me aconsejaron que me coloreara cl cuerpo
para parecerme más a su raza y así intentar encontrar empleo en Zodanga en la
armada o en el ejército.
- Tienes pocas probabilidades de que crean tu relato mientras no pruebes su
veracidad y te hagas de amigos entre los nobles más encumbrados de la corte.
Eso puedes lograrlo más fácilmente a través del servicio militar, ya que en
Barsoom somos aficionados a la guerra - me explicó uno de ellos - y reservamos
nuestros favores para los guerreros.
Cuando estuve listo para marcharme, me aprovisionaron con pequeños doats
domesticados que todos los marcianos rojos usan para montar. Estos animales
son mas o menos del tamaño de un caballo y mansos, pero por el color y la forma
son una réplica exacta de sus congéneres salvajes.
Los hermanos me dieron aceite rojo para que me untara todo el cuerpo y uno de
ellos me cortó el pelo, que me había crecido bastante, de acuerdo con la moda
que predominaba en ese momento: cuadrado atrás y con flequillo adelante.
Cuando terminaron, por mi aspecto podía pasar ya por un perfecto marciano rojo
en cualquier lado de Barsoom. También cambiaron mis armas y ornamentos por
otros propios de un caballero de Zodanga, de la casa de Ptor, que era el nombre
de la familia de mis benefactores. Hecho esto me ciñeron al costado un pequeño
bolso con dinero de Zodanga. El tipo de intercambio de Marte no es muy distinto al
nuestro, excepto que las monedas son ovaladas. Los billetes son emitidos por los
individuos, de acuerdo con las necesidades, y amortizados dos veces al año. Si
alguien emite más de lo que puede amortizar, el gobierno paga por completo a sus
acreedores y el deudor tiene que trabajar por esa suma en las granjas o en las
minas, que son totalmente de propiedad del Estado. Esto les conviene a todos,
excepto a los deudores, ya que es difícil obtener trabajadores voluntarios para las
grandes y desoladas tierras cultivadas de Marte que se extienden como angostas
franjas de polo a polo, a través de zonas inhóspitas habitadas por bestias salvajes
y hombres más salvajes aún.
Cuando les dije que no sabía cómo retribuirles tanta gentileza me aseguraron que
tendría muchas oportunidades si vivía lo suficiente en Barsoom. De este modo me
despidieron y se quedaron mirándome hasta que me perdí de vista por la ancha
carretera blanca.
21
Zodanga
Camino de Zodanga hubo muchas cosas extrañas e interesantes que me llamaron
la atención. En varias de las granjas donde me detuve, aprendí cosas nuevas e
instructivas respecto de los usos y costumbres de Barsoom.
El agua que proveía a las granjas de Marte se recogía en inmensos depósitos
subterráneos situados en los polos, y se tomaba de las capas de hielo derretidas
para luego bombearía a través de largos conductos hacia los centros poblados. A
ambos lados de estos conductos, y a lo largo de toda su extensión, se hallaban los
distritos cultivados, que se dividían en parcelas de aproximadamente el mismo
tamaño. Cada una de éstas estaba bajo la supervisión de uno o más funcionarios
del gobierno.
En lugar de inundar la superficie del campo y derrochar una gran cantidad de agua
por evaporación, el precioso líquido era transportado a través de una vasta red
subterránea de tubos pequeños, directamente a las raíces de la vegetación. Las
cosechas en Marte son siempre uniformes, ya que no hay sequías, ni lluvias, ni
vientos fuertes, ni insectos o pájaros dañinos.
En este viaje probé carne por primera vez desde que había abandonado la Tierra:
filetes y chuletas jugosos e inmensos de los bien alimentados animales de las
granjas. También gusté frutas y hortalizas deliciosas, pero ni una sola comida
parecida en nada a la de la Tierra. Cada planta, flor, hortaliza y animal había sido
tan perfeccionado a lo largo de años de cuidadosos y científicos cultivos y tipos de
alimentación, que sus equivalentes terrestres eran, por comparación, de la más
chata, gris e insípida insignificancia.
En un segundo alto en el camino me encontré con varias personas de elevada
cultura, pertenecientes a la clase noble, con las que hablamos de Helium. Uno de
los más ancianos había estado allí en una misión diplomática, varios años atrás.
Hablamos con pesar de las condiciones que siempre parecían destinar a estas
dos ciudades a estar en guerra.
- Helium -dijo- puede preciarse de contar, con la más hermosa mujer de Barsoom.
De todos sus tesoros, la maravillosa hija de Mors Kajak, Dejah Thoris, es la flor
más exquisita. La gente realmente venera el suelo que ella pisa, y desde su
desaparición en esa fatal expedición, todo Helium está de luto. El que nuestro
gobernador haya atacado a la debilitada flotilla cuando regresaba a Helium es otro
de sus tremendos desaciertos, que mucho me temo, llevarán a Zodanga tarde o
temprano a poner un hombre más inteligente en su lugar, aun ahora, que nuestros
ejércitos victoriosos rodean a Helium, la gente de Zodanga expresa su
descontento, ya que esta guerra no es popular desde ~ momento que no se basa
ni en el derecho ni en la justicia. Nuestras fuerzas aprovecharon la circunstancia
de que la flotilla principal no se halla en Helium, pues está buscando a la princesa,
y de ese modo tuvimos la posibilidad de reducir fácilmente la ciudad a una
situación lamentable. Se dice que caerá antes que la luna más lejana de Marte
cumpla su próximo recorrido.
¿Cuál crees que puede haber sido el destino de la princesa
- ¿Dejah Thoris? - pregunté con todo el disimulo que me fue posible.
- Ha muerto - me contesto. Lo sabemos por un guerrero verde recientemente
capturado en el sur por nuestras fuerzas. Ella escapó de las hordas Tharkianas
con una extraña criatura de otro mundo, pero cayó en manos de los
Warhoonianos. Encontraron sus doats vagando por el lecho del mar, y también
descubrieron señales de una lucha sangrienta.
Aunque esta información no me tranquilizaba, tampoco era una prueba concreta
de la muerte de Dejah Thoris. Por lo tanto, decidí esforzarme todo lo posible por
llegar a Helium tan rápido como pudiera y llevar a Tardos Mors todas las noticias
que estuvieran a mi alcance acerca del paradero de su nieta.
Diez días después de dejar a los tres hermanos Ptor, llegue a Zodanga. Desde
que me había puesto en contacto con los habitantes rojos de Marte, había notado
que Woola llamaba mucho la atención hacia mí, ya que la enorme bestia
pertenecía a una especie que nunca había sido domesticada por los marcianos
rojos. Si me hubiese paseado con un león africano por Broadway, el efecto
hubiera sido similar al que habría producido mi entrada en Zodanga con Woola.
La sola idea de separarme de mi leal compañero me causaba tal pesar y tal pena
que la deseché hasta poco antes de arribar a las puertas de la ciudad. Pero en
ese momento resultó imperioso que nos separásemos. De no haber estado en
juego más que mi seguridad y mi gusto, no hubiera habido ningún argumento que
me apartara de la única criatura de Barsoom que nunca había dejado de
demostrarme afecto y lealtad. Pero como yo estaba dispuesto a ofrecer gustoso mi
vida por aquélla en cuya búsqueda me hallaba y por quien iba a enfrentar los
peligros desconocidos de esa, para mí, misteriosa ciudad no podía permitir que la
vida de Woola amenazara el éxito de mi empresa, y mucho menos podía ponerlo
en peligro por tina momentánea felicidad, ya que pensaba que me olvidaría pronto.
Por lo tanto, me despedí cariñosamente de la bestia y le prometí que si salía de mi
aventura a salvo, de alguna forma encontraría los medios para volver a verlo.
Pareció entenderme perfectamente, y cuando le señalé hacia atrás en la dirección
de Thark, se volvió apesadumbrado y se alejó. No podía soportar esa escena, de
modo que resueltamente me puse en camino hacia Zodanga v con un dejo de
dolor me acerqué a sus torvas murallas.
La carta que portaba me franqueó de inmediato la entrada a la gran ciudad
fortificada. Era aún de mañana, muy temprano, y las calles estaban prácticamente
desiertas. Las casas, que se erguían en lo alto apoyadas en sus columnas de
metal, parecían enormes pajareras y. las columnas, inmensos troncos. Era Común
que los negocios no se elevaran del suelo ni se los cerrara con llave ni tranca. El
robo es prácticamente desconocido en Marte. Los asesinatos son el constante
temor de todo Barsoomiano. Sólo por esa razón, levantan sus casas del suelo por
la noche o en momentos de peligro.
Los hermanos Ptor me habían dado indicaciones precisas para llegar al lugar de la
ciudad donde podría encontrar alojamiento y estar cerca de las oficinas de los
organismos del gobierno, a los que estaban dirigidas las cartas. Mi camino me
condujo a la plaza central, característica de todas las ciudades marcianas.
La plaza de Zodanga tiene una extensión de un kilómetro y medio cuadrado, y
está cercada por los palacios de los Jeddaks, de los Jeds v de otros miembros de
la realeza y la nobleza, así como por los principales edificios públicos, cafés v
negocios.
Mientras cruzaba la gran plaza, lleno de admiración v maravillado por la magnífica
arquitectura y la suntuosa vegetación roja que alfombraba los amplios canteros,
descubrí a un marciano rojo que se dirigía apresuradamente hacia mí desde una
de las avenidas. No me prestó la más mínima atención, pero cuando se acercó lo
reconocí y viéndome. puse mi mano sobre su hombro diciendo:
- ¡Kaor, Kantos Kan!.
Giró como una luz, y antes que pudiera siquiera bajar mi mano, la punta de su
espada larga estaba ya sobre mi pecho
¿Quién eres? --gruñó.
Corno viera que saltaba hacia atrás a unos quince metros de su espada, bajó la
punta hacia el suelo y exclamó riendo:
No me hace falta otra respuesta. No hay más que un solo hombre en Barsoom
que pueda saltar como una pelota de goma. Por la madre de la luna más lejana,
John Carter. ¿Cómo llegaste aquí? ¿Te has convertido en un Darseen, que
puedes cambiar de color a voluntad? Me hiciste pasar un mal momento, mi amigo
- continuó, después de referirle brevemente mis aventuras desde nuestra partida
del circo de Warhoon -. Si mi nombre y el de la ciudad de donde vengo se
supieran en Zodanga, pronto me iría a reunir, en las playas del mar perdido de
Korus, con mis venerados y desaparecidos antepasados. Estoy aquí para ayudar
a Tardos Mors, Jeddak de Helium, a descubrir el paradero de Dejah Thoris,
nuestra princesa. Sab Than, príncipe de Zodanga, la tiene escondida en la ciudad
y se ha enamorado locamente de ella. Su padre Than Kosis, Jeddak de Zodanga,
le ha propuesto que si se casa voluntariamente con su hijo, habrá paz entre las
dos ciudades. Tardos Mors no ha accedido a su pedido y le ha mandado el
mensaje de que él y su pueblo prefieren ver muerta a su princesa antes que verla
casada con alguien que no sea el que ella misma elija, y que él mismo prefiere
sumergirse en las cenizas de su ciudad, arrasada en llamas, antes que unir las
armas de su casa con las de Than Kosis. Su respuesta fue la afrenta más
mortificante que podía haberle dado a Than Kosis y a los Zodanganianos Sin
embargo, su gente lo ama aun más por esto y su fuerza en Helium es más grande
ahora que nunca. Hace tres días que estoy aquí, pero aún no he encontrado el
lugar donde Dejah Thoris está prisionera. Hoy me incorporé a la aviación de
reconocimiento de Zodanga porque de ese modo pienso granjearme - la confianza
de Sab Than, el príncipe, que es el comandante de ese cuerpo, y poder averiguar
el paradero de Dejah Thoris. Me alegra que estés aquí, John Carter, porque sé de
tu lealtad hacia mi princesa. Trabajando los dos juntos podremos lograr mejores
resultados.
La plaza ya estaba empezando a llenarse de gente que iba y venía por exigencias
de sus actividades diarias. Los negocios estaban abriendo y los cafés se llenaban
de clientes madrugadores. Kantos Kan me condujo a uno de esos suntuosos
restaurantes donde todo se servía con aparatos mecánicos. Ninguna mano tocaba
los alimentos a partir del momento que entraban en el edificio en forma de materia
prima, hasta que aparecían calientes y deliciosos en las mesas, delante de los
clientes, en respuesta al toque de pequeños botones selectores.
Después que comimos, Kantos Kan me llevó con él al cuartel del escuadrón de
reconocimiento aéreo, me presentó a su superior y le preguntó si me podía alistar
en el cuerpo. De acuerdo con las costumbres, era necesario un examen; pero
Kantos Kan me había dicho que no me preocupara, que él se haría cargo del
asunto. Lo logró ocupando mi lugar en el examen haciéndose pasar por John
Carter ante el examinador.
- Esta artimaña se va a descubrir más tarde - me explicó alegremente -, cuando
certifiquen mi peso, medidas y otros datos de identificación personal; pero pasarán
varios meses. Para ese entonces, nuestra misión se habrá cumplido o habremos,
fracasado tiempo antes.
Los pocos días que siguieron los pasé con Kantos Kan, quien me enseñó los
secretos del arte de volar y de reparar los delicados y pequeños aparatos que
usaban con este propósito. El cuerpo de una nave aérea para un solo tripulante
tiene cerca de cinco metros de largo, menos de un metro de ancho y cinco
centímetros de espesor, y termina en punta en ambos extremos. El conductor se
sienta en la parte superior de la nave, en un asiento construido sobre el pequeño y
silencioso motor de radio que lo mueve. La fuerza de ascenso se halla dentro de
las delgadas paredes metálicas del cuerpo y consiste en el octavo rayo
Barsoomiano, o rayo de propulsión, como podríamos llamarle en razón de sus
propiedades.
Este rayo, como el noveno, es desconocido en la Tierra; pero los marcianos han
descubierto que es una propiedad inherente a toda luz, cualquiera que sea su
fuente. Han observado que es el octavo rayo solar el que propaga la luz del sol a
todos los planetas, y también han descubierto que es el octavo rayo propio de
cada planeta el que refleja o propaga nuevamente en el espacio la luz así
obtenida. El octavo rayo s9lar es absorbido por la superficie de Barsoom; pero, a
su vez, el octavo rayo de Barsoom - que tiende a propagar la luz de Marte en el
espacio - sale constantemente del planeta y constituye una fuerza de repulsión de
la gravedad que, controlada, es capaz de elevar enormes pesos de la superficie.
Es este rayo el que les ha permitido perfeccionar la aviación en tal forma que sus
naves de guerra superan todo lo conocido en la Tierra. Vuelan tan graciosa y
delicadamente en el tenue aire de Barsoom como un globo de juguete en la
atmósfera más densa de la Tierra.
Durante los primeros años posteriores al descubrimiento de este rayo ocurrieron
muchos accidentes extraños, hasta que, por fin, los marcianos aprendieron a
medir y controlar la maravillosa fuerza que habían encontrado. Una vez, hace
unos novecientos años, en oportunidad de construir Ja primera nave de guerra
con receptáculos del octavo rayo, la cargaron con una cantidad tan grande de
éste, que el vehículo salió de Helium con quinientos oficiales y soldados y no
regresó jamás.
Su fuerza de repulsión respecto del planeta fue tan grande que fueron
transportados a una distancia enorme. Allí se la puede ver actualmente, con la
ayuda de un poderoso telescopio, atravesando el cielo a dieciséis mil kilómetros
de Marte, como un pequeño satélite que quejará en órbita para siempre.
Al cuarto día de mi llegada a Zodanga realicé mi primer vuelo. Como resultado
gané una promoción que incluía habitaciones en el palacio de Than Kosis.
Cuando me elevé sobre la ciudad, di varias vueltas, como había visto que hacía
Kantos Kan. Luego lancé mi máquina a toda velocidad y me dirigí hacía el sur,
siguiendo uno de los grandes acueductos que entran en Zodanga desde esa
dirección.
Había recorrido más o menos - trescientos kilómetros en poco menos de una hora,
cuando divisé muy a la distancia un grupo de tres guerreros verdes que
cabalgaban desenfrenadamente hacia una figura pequeña que iba a pie y parecía
tratar de alcanzar los confines de uno de los campos cercados.
Enfilé mí máquina rápidamente hacia ellos, y girando hacia la retaguardia de los
guerreros, vi que el objeto de la persecución era un marciano rojo que llevaba las
armas del escuadrón de reconocimiento al que yo pertenecía. A poca distancia
estaba su pequeña máquina, rodeada de las herramientas con las que,
evidentemente, había estado reparando algún desperfecto cuando lo
sorprendieron.
En ese momento estaban prácticamente sobre él. Sus veloces monturas cargaban
contra la figura relativamente pequeña, a tremenda velocidad, mientras los
guerreros disparaban sus enormes lanzas de metal. Los tres parecían disputarse
el privilegio de ensartar al pobre Zodanganiano. De no mediar la circunstancia de
mi oportuna llegada, habría acabado con su vida.
Situé mi veloz nave directamente detrás de los guerreros, a los que pronto
alcancé, y sin disminuir la velocidad arremetí con la proa entre los hombros del
más cercano. El impacto, suficiente para atravesar una plancha de metal sólido,
lanzó por el aire su cuerpo decapitado, sobre la cabeza de su doat, y fue a caer
cuan largo era sobre el musgo. Las monturas de los otros dos guerreros se
volvieron chillando de terror y se alejaron
Entonces aminoré la- velocidad, di una vuelta y aterricé a los pies del atónito
Zodanganiano, quien agradeció mi oportuna ayuda y me prometió que mi labor de
ese día tendría la recompensa que se merecía. La vida que había salvado no era
otra que la de un primo del Jeddak de Zodanga.
No perdimos tiempo hablando, ya que sabíamos que los guerreros seguramente
regresarían tan pronto como pudieran dominar a sus bestias. Nos apresuramos a
llegar a su averiada máquina e hicimos todo lo posible por terminar el arreglo
necesario. Prácticamente habíamos terminado, cuando vimos que los dos
monstruos verdes regresaban a toda velocidad hacia nosotros. Cuando estaban a
menos de cien metros, sus doats volvieron a encabritarse y se rehusaron
rotundamente a avanzar hacia la nave aérea que los había asustado.
Por último, los guerreros desmontaron, y luego de atar a sus animales avanzaron
a pie hacia nosotros con sus espadas largas en la mano. Entonces me adelanté
para batirme con el más corpulento y le dije al Zodanganiano que hiciera lo que
pudiera con el otro; pero cuando casi sin esfuerzo acabé con mi adversario ya que
la práctica me había habituado, me apresuré a aproximarme a mi nuevo conocido,
al que encontré en grandes apuros.
Había sido herido y derribado, y su adversario le había puesto su inmenso pie en
la garganta. La gran espada se estaba elevando para dar la estocada final, pero
de un salto salvé los quince metros que nos separaban y con la punta de la mía
atravesé de lado a lado el cuerpo del marciano verde. Su espada cayó al suelo sin
causar daño alguno, y él se desplomó encima del zodanganiano.
A primera vista, éste no había recibido ninguna herida mortal. Después de un
breve descanso, me aseguró que estaba en condiciones de intentar el viaje de
regreso. Sin embargo, debía manejar su propia nave, ya que estas frágiles
embarcaciones tenían capacidad para una sola persona.
Terminamos rápidamente las reparaciones y nos elevamos juntos en el sereno
cielo sin nubes de Marte. Regresarnos a Zodanga a gran velocidad y sin más
contratiempos.
Cuando nos acercábamos a la ciudad descubrimos una gran muchedumbre,
constituida por civiles y soldados, reunida en la llanura que se extendía ante
aquélla. El cielo estaba cubierto de naves de guerra y aparatos de recreo, públicos
y privados, con gallardetes de seda de colores alegres y banderas con insignias
variadas y pintorescas flotando al viento.
Mi compañero me hizo señas de que bajara y, colocando su máquina cerca de la
mía, me sugirió que nos acercáramos a presenciar la ceremonia. Esta, según me
dijo, tenía el propósito de conferir honores a oficiales y soldados por su valentía y
otros servicios distinguidos. Entonces desplegó una pequeña insignia que
denotaba que su nave llevaba a un miembro de la familia real de Zodanga. Juntos
atravesamos el camino, a través de las otras naves aéreas, hasta quedar justo
sobre el Jeddak de Zodanga y su tripulación. Todos estaban montados sobre los
pequeños doats domésticos de los marcianos rojos. Sus arneses y ornamentos
portaban tal cantidad de plumas suntuosamente coloreadas que no pude menos
que sentirme sobrecogido por la espantosa similitud de la muchedumbre con una
banda de pieles rojas de la Tierra.
Uno de los miembros del séquito hizo notar a Than Kosis la presencia de mi
compañero sobre ellos. Entonces el gobernador le indicó que bajara. Mientras
esperaban que las tropas se pusieran en posición frente al Jeddak y su séquito, se
pusieron a hablar, mirándome de vez en cuando, pero yo no podía oír la
conversación. En ese momento dejaron de hablar y todos desmontaron, ya que la
última unidad militar había quedado en posición de frente a su emperador. Un
miembro d~ séquito avanzó hacia las tropas y nombrando a uno de los soldados le
indicó que avanzara. Entonces el oficial destacó la naturaleza de su hazaña, por la
que se había ganado la aprobación del Jeddak, y este último avanzó y colocó una
condecoración de metal en el brazo izquierdo del afortunado hombre.
Diez hombres habían sido ya condecorados a medida que los iban nombrando.
- John Carter, aviador de reconocimiento.
Nunca en mi vida me había sorprendido tanto, pero el hábito de la disciplina militar
es algo muy fuerte dentro de mí. Hice descender mi pequeña máquina lentamente
y avancé a pie, como vi que los otros habían hecho. Cuando me detuve delante
del oficial, éste se dirigió a mí en un tono que pudiera oír toda la asamblea de
tropas y espectadores.
- En reconocimiento, John Carter, de tu notable coraje y destreza en defensa de la
persona del primo del Jeddak. Than Kosis, y por haber vencido sin ayuda a tres
guerreros verdes, nuestro Jeddak tiene el placer de concederte la señal de nuestra
estima.
Entonces Than Kosis avanzó hacia mí, y colocándome la condecoración, dijo:
- Mi primo me ha narrado los detalles de tu maravillosa hazaña, la que parece casi
un milagro. Si puedes defender tan bien al sobrino del Jeddak, cuánto mejor
podrás defender la persona del Jeddak mismo. Por lo tanto, te nombro integrante
de la Guardia y te alojarás en mi palacio de ahora en adelante.
Le agradecí y a una señal suya me uní a los miembros de su séquito. Después de
la ceremonia llevé mi máquina al cuartel del escuadrón de reconocimiento aéreo y,
acompañado por un guía, me presenté ante el oficial a cargo del Palacio.
22
Me encuentro con Dejah
Al mayordomo ante quien me presenté le habían dado instrucciones de que me
alojara cerca del Jeddak. Este, en época de guerra, siempre corre el riesgo de que
lo asesinen, ya que la regla de que en la guerra todo está permitido parece
constituir la única ética durante los conflictos marcianos.
Por lo tanto, me escoltó inmediatamente al gran cuarto en el que Than Kosis
estaba en ese momento. El gobernador, que estaba abstraído en una
conversación con su hijo Sab Than y varios cortesanos de su palacio, no advirtió
mi entrada.
Las paredes de la cámara estaban completamente cubiertas de tapices que
ocultaban todas las ventanas o puertas que pudieran haber detrás, y el recinto se
hallaba iluminado por rayos de sol aprisionados entre el cielo raso propiamente
dicho y lo que parecía ser una plancha de vidrio a modo de otro cielo raso situado
unos pocos centímetros más abajo. Mi guía apartó uno de los tapices
descubriendo un pasadizo que rodeaba la habitación, entre las cortinas y las
paredes del recinto. Dentro de este pasadizo iba a permanecer, según dijo, todo el
tiempo que Than Kosis estuviera en la habitación; y, cuando la dejara, tendría que
seguirlo. Mi único deber era cuidar al gobernador y mantenerme oculto todo lo
posible. Sería relevado después de un período de cuatro horas. Luego el
mayordomo se alejó.
Apenas hube ocupado mi puesto cuando la tapicería del extremo opuesto del
recinto se abrió y entraron cuatro soldados de la Guardia con una figura femenina.
Cuando se aproximaron a Than Kosis, los soldados se hicieron a un lado. Allí, de
pie frente al Jeddak, y a tres metros escasos de mí, con su cara radiante y
risueña, estaba Dejah Thoris.
Sab Than, Príncipe de Zodanga, avanzó hacia ella y. de la mano, se acercaron al
Jeddak. Entonces Than Kosis, lleno de sorpresa, se levantó y la saludó.
-¿A qué extraño capricho se debe esta visita de la princesa de Helium, que dos
días atrás, con osada valentía, afirmó que prefería a Tal Hajus, el Tharkiano verde,
a mi hijo?
Dejah Thoris simplemente sonrió aun más, y con aquellos picarescos hoyuelos
que jugueteaban en los extremos de su boca. contestó:
- Desde el comienzo de los tiempos, en Barsoom, ha sido privilegio de las mujeres
el cambiar de idea y el ser indecisas en asuntos del corazón. Estoy segura de que
lo habrás de perdonar, Than Kosis, como lo ha hecho tu hijo. Dos días atrás no
estaba segura de su amor por mí; pero ahora lo estoy y he venido a pedir perdón
por mis rudas palabras y que aceptes la seguridad de la Princesa de Helium de
que, cuando llegue el momento, se casará con Sab Than, Príncipe de Zodanga.
- Me hace feliz el que así lo hayas decidido - contestó Than Kosis -. Nada más
lejos de mis deseos que el proseguir la guerra con el pueblo de Helium. Tu
promesa será registrada y se proclamará de inmediato.
- Será mejor, Than Kosis - interrumpió Dejah Thoris -, que la proclama espere a
que termine esta guerra. Le parecería muy extraño a mi gente y a la tuya que la
Princesa de Helium se ofreciera a una ciudad enemiga en medio de las
hostilidades.
- ¿No puede la guerra terminar enseguida? - preguntó Sab Than -. No se requiere
más que la palabra de Than Kosis para que nazca la paz. Dila, padre; di la palabra
que apresure mi felicidad y termine con esta lucha que no es popular en absoluto.
- Veremos - contestó Than Kosis- cómo toma la gente de Helium la paz. Al menos
se la ofreceremos.
Dejah Thoris, luego de unas pocas palabras se volvió y dejó la habitación seguida
por los guardias.
De este modo, mi breve sueño de felicidad se desmoronaba, hecho pedazos, y me
volvía a la realidad. La mujer por la que había arriesgado mi vida y de cuyos labios
había escuchado muy poco antes una declaración de amor, había evidentemente
olvidado mi existencia y se había ofrecido, sonriente, al hijo del enemigo más
odiado de su pueblo.
Aunque lo había escuchado con mis propios oídos, no podía creerlo. Debía buscar
sus cuartos y forzarla a repetirme a solas la cruel verdad antes de convencerme.
Con ese pensamiento deserté de mi puesto y me apresuré a recorrer el pasaje,
detrás de los cortinajes, hacia la puerta por la cual ella había abandonado el
recinto. Me deslicé, pues, silenciosamente por esa puerta, y descubrí una red de
corredores sinuosos que se abrían y se desviaban en todas direcciones.
Me lancé rápidamente, primero por uno y luego por otro de ellos, y me perdí
desesperanzado. Estaba apoyado jadeante contra una de las paredes cuando oí
unas voces cerca de mí. Aparentemente provenían del lado opuesto del tabique
en el cual estaba apoyado. En ese momento distinguí la voz de Dejah Thoris. No
podía entender las palabras, pero sabía que no me equivocaba en cuanto a que
fuera su voz.
A unos pocos pasos, encontré otro pasillo en cuyo extremo había una puerta.
Avancé osadamente y me lancé dentro de la habitación sólo para encontrarme en
una pequeña antecámara en la cual estaban los cuatro guardias que la
acompañaban Instantáneamente uno de ellos se puso de pie y dirigiéndose a mí
me preguntó el motivo de mi visita.
- Vengo de parte de Than Kosis - le contesté -, y deseo hablar en privado con
Dejah Thoris, Princesa de Helium.
-¿Y tu orden? - me preguntó.
No sabía qué era lo que quería significar, pero le contesté que yo era miembro de
la Guardia, y sin esperar su respuesta me adelanté hacia la puerta opuesta de la
antecámara, detrás de la que podía oír la voz de Dejah Thoris conversando.
Sin embargo, no sería tan fácil entrar. El guardia se colocó delante de mí y me
dijo:
- Nadie viene de parte de Than Kosis sin una orden o un pase. Debes darme una
cosa u otra para poder pasar.
- La única orden que necesito, mí amigo, para entrar donde me plazca pende en
mi costado - le contesté golpeando mi espada larga- ¿Me vas a dejar pasar en paz
o no?
Como respuesta, sacó su propia espada y llamó a los otros para que se unieran a
él. De modo que allí estaban los cuatro, con sus armas desenfundadas,
impidiéndome el paso.
- No estás aquí por orden de Than Kosis - gritó el primero que me había hablado -;
y no solamente no entrarás a los aposentos de la Princesa de Helium, sino que
regresarás ante Than Kosis, vigilado, para explicarle tu injustificada temeridad.
Arroja tu espada. No puedes esperar vencemos a los cuatro - agregó con una
sonrisa horrenda.
Mi respuesta fue una rápida estocada que me dejó sólo con tres antagonistas,
pero puedo asegurar que eran dignos contrincantes.
Lentamente me abrí paso hacia uno de los ángulos de la habitación, donde pude
forzarlos a que se acercaran uno por vez. Así luchamos durante más de veinte
minutos en aquella pequeña antecámara, donde el entrechocar de los aceros
producía un ruido formidable.
Atraída por éste Dejah Thoris se asomó a la puerta de su cámara. De pie en
medio del conflicto, con Sola que a sus espaldas espiaba sobre su hombro, su
rostro no reflejaba emoción alguna. Entonces me di cuenta de que ni ella ni Sola
me habían reconocido.
Por último, una estocada afortunada terminó con un segundo guardia. Entonces,
con dos contrincantes, solamente, cambié de táctica y los induje a la modalidad de
lucha que me había llevado a tantas victorias. El tercero se desplomó en menos
de diez minutos y el último cayó muerto al suelo, ensangrentado, poco después.
Eran hombres bravos y nobles luchadores, por lo cual me apenaba haberme visto
forzado a ultimarlos; pero gustosamente habría dejado a Barsoom sin habitantes si
no hubiera habido otro medio para llegar al lado de mi Dejah Thoris.
Envainé mi espada ensangrentada y avancé hacia mi princesa marciana, quien
todavía permanecía inmutable mirándome sin reconocerme.
- ¿Quién eres, Zodanganiano? – susurró -. ¿Otro enemigo para atormentarme en
mi desgracia?
- Soy un amigo – contesté -. Un amigo querido en otros tiempos.
- Ningún amigo de la Princesa de Helium lleva esas armas, contestó -. ¡Pero .. -
esa voz! La he oído antes. No es no puede ser. El está muerto.
- No obstante, mi princesa, no soy sino John Carter. ¿No reconoces, aun a través
de la pintura y las extrañas armas, el corazón de tu jefe?
Cuando me acerqué más se dirigió hacia mí con las manos extendidas, pero
cuando iba a tomarla en mis brazos, retrocedió con un temblor y un pequeño
quejido de dolor.
- Demasiado tarde. Demasiado tarde - se lamentó -. ¡Oh, mi jefe, eres tú, al que
creía muerto! Si hubieras regresado tan sólo una hora antes . . . Pero ahora es
demasiado tarde, demasiado tarde.
- ¿Qué quieres decir, Dejah Thoris? – clame -. ¿Que no te hubieras comprometido
con el Príncipe de Zodanga si hubieras sabido que no estaba muerto?
-¿Piensas, John Carter, que podría haberte dado mi corazón y hoy dárselo a otro?
Pensaba que éste yacía enterrado junto a tus cenizas en las fosas de Warhoon.
Por eso hoy he prometido mi cuerpo a otro para salvar a mi pueblo de la maldición
del ejército victorioso de Zodanga.
- Pero no estoy muerto, mi princesa. He venido a buscarte Ni todo el pueblo de
Zodanga podrá evitarlo.
- Es demasiado tarde, John Carter. Mi palabra ya está empeñada y en Barsoom
eso es definitivo. Las ceremonias que tienen lugar después no son más que meras
formalidades, que no reafirman el casamiento más que lo que un cortejo fúnebre
reafirma una muerte. Es como si estuviera casada, John Carter. No me puedes
llamar más tu princesa ni yo te puedo volver a llamar mi jefe.
- No conozco mucho las costumbres de Barsoom. Dejah Thoris, pero sé que te
amo. Si pronunciaste las últimas palabras que dijiste el día que las hordas de
Warhoon cargaban sobre nosotros, ningún Otro hombre podrá reclamarte como
esposa.
Las quisiste decir entonces, mi princesa, y las quieres decir todavía. Dime que es
verdad.
- Las quise decir, John Carter - musitó No las puedo repetir ahora porque estoy
comprometida con otro hombre. ¡Si conocieras nuestras costumbres! - continuó
como para sí -. La promesa podría haber sido tuya y podrías haberme reclamado
antes que los otros. Esto podría haber significado la caída de Helium, pero habría
dado mi imperio por mi jefe Tharkiano.
Luego, en voz alta, dijo:
-¿Recuerdas la noche en que me ofendiste? Me llamaste tu princesa sin haber
pedido mi mano, y después blasonaste de haber peleado por mí. No lo sabías y yo
no debí haberme ofendido. Ahora me doy cuenta. No había nadie que te dijera lo
que yo no podía decirte: que en Barsoom hay dos tipos de mujeres en las
ciudades de los hombres rojos: una clase es aquélla por la que se pelea para pedir
su mano; la otra es la que a pesar de' luchar por ella, nunca se pide su mano.
Cuando un hombre ha ganado a una mujer, puede dirigirse a ella como su
princesa o cualquiera de los variados términos que significan posesión. Tú habías
peleado por mí, pero nunca me habías pedido en matrimonio. Por lo tanto, cuando
me llamaste tu princesa, ya viste cuál fue mi reacción. Estaba herida, pero aun así,
John Carter, no te rechacé como debí haberlo hecho; pero luego empeoraste la
situación insultándome con la afirmación de que me habías ganado en pelea.
- No necesito pedir tu perdón ahora, Dejah Thoris - exclame -. Debes saber que mi
falta fue por ignorancia de tus costumbres. Lo que no hice en ese momento - por
la creencia implícita de que mi petición sería presuntuosa y no sería bien recibidalo
hago ahora, Dejah Thoris; ¡te pido que seas mi esposa, y por toda la sangre de
luchadores virginianos que corre 1,01. mis venas, que lo serás!
-¡No, John Carter, es inútil! - exclamó desazonada -. Nunca podré ser tuya
mientras Sab Than viva.
- Has sellado su sentencia de muerte, mi princesa ... ¡Sab Than morirá!
- Ni así - se apresuró a explicar -. No me puedo casar con el hombre que mate a
mi marido, aunque haya sido en defensa propia. Es costumbre. Nos regimos por
costumbres en Barsoom. Es inútil, mi amigo. Debes Soportar la pena conmigo. Al
menos tendremos eso en común. Eso y la memoria de los breves días que
estuvimos entre los Tharkianos. Debes irte, ahora, y no volver a verme nunca más.
Adiós, mi jefe.
Descorazonado y triste, me retiré de la habitación. Sin embargo, no estaba del
todo decepcionado, ni admitiría que Dejah Thoris estuviese perdida para mí hasta
que la ceremonia se hubiera efectuado realmente.
Mientras tanto vagaba por los corredores y estaba tan absolutamente perdido en
el laberinto de pasajes tortuosos, como lo había estado antes de encontrar la
habitación de Dejah Thoris.
Sabía que mi esperanza era huir de la ciudad de Zodanga, por los cuatro guardias
muertos por los que tendría que dar explicaciones. Como nunca podría volver a mi
puesto original sin un guía, la sospecha caería sobre mí, seguramente, tan pronto
como fuera descubierto deambulando perdido por el palacio.
En ese momento di con un camino en espiral que conducía a un piso inferior.
Seguí bajando por él varios pisos hasta que llegué a la puerta de un gran cuarto
en el que había varios guardias. Las paredes de esta habitación estaban cubiertas
de tapices transparentes; detrás de los cuales me escondí sin - ser descubierto.
La conversación de los guardias versaba sobre temas generales y no me despertó
el interés hasta que un oficial entró en la habitación y les ordenó a los cuatro
hombres que relevaran al grupo que vigilaba a la Princesa de Helium. Ahora sabía
que mis problemas se agudizarían y que de seguro pronto estarían sobre mí, ya
que apenas salieron de la habitación cuando uno de ellos volvió a entrar sin
aliento, gritando que había encontrado a sus cuatro camaradas asesinados en la
antecámara.
En un instante, el palacio entero se pobló de gente: guardias, oficiales, cortesanos,
sirvientes y esclavos corrían atropelladamente por los corredores y los cuartos
llevando mensajes y órdenes, y buscando algún rastro del asesino.
Esa era mi oportunidad y, aunque parecía pequeña, me aferré a ella. Cuando un
grupo de soldados apareció apresuradamente y pasó por mi escondite, me
coloqué detrás de ellos y los seguí a través de los laberintos del palacio, hasta
que, al pasar por un gran vestíbulo, vi la bendita luz del día que entraba a través
de una serie de grandes ventanales.
Allí abandoné a mis guías y deslizándome hasta la ventana más cercana, busqué -
una vía de escape. Las ventanas daban a un gran balcón sobre una de las anchas
avenidas de Zodanga. El suelo estaba a unos diez metros debajo de mí, y más o
menos a la misma distancia del edificio había una pared de unos siete metros de
alto, de vidrio pulido de medio metro de espesor. A un marciano rojo, escapar por
ese lado le hubiera parecido imposible; pero para mí, con mi fuerza terráquea y mi
agilidad, parecía cosa fácil. Mi único temor era ser descubierto antes que
oscureciera, ya que no podía saltar a plena luz del día mientras el patio de abajo y
la avenida, más allá, estaban colmados por una multitud de Zodanganianos.
Entonces busqué un escondite y lo encontré accidentalmente al ver un gran
ornamento colgante, que pendía del techo del vestíbulo, a unos tres metros del
piso. Salté dentro de la amplia vasija con facilidad y, apenas me introduje en ella,
oí que un grupo de personas entraba en el cuarto y se detenía debajo de mi
escondite. Podía escuchar claramente cada una de sus palabras.
- Esto es obra de los Heliumitas – dijo uno de los hombres.
- Sí, Jeddak, pero ¿cómo entraron en palacio? Puedo creer que aun a pesar del
solícito cuidado de tus guardias, un hombre solo pudiera haber alcanzado los
recintos internos, pero cómo una fuerza de seis u ocho guerreros pudo haberlo
hecho, está más allá de mi entendimiento. Sin embargo, pronto lo sabremos, ya
que aquí llega el psicólogo real.
Otro hombre se unió al grupo y después de saludar formalmente al gobernador
dijo:
- ¡Oh, poderoso Jeddak! Es un extraño mensaje el que leí en la mente de tus fieles
guardias muertos. No fueron asesinados por un grupo de guerreros sino por un
solo contrincante.
Hizo una pausa para dejar que el peso de su afirmación impresionara a sus
oyentes, pero la exclamación de impaciencia que se escapó de los labios de Than
Kosis puso de manifiesto que no lo creía.
- ¿Qué tipo de fantasía me estás contando, Notan? - gritó.
- Es la verdad, mi Jeddak - contestó el psicólogo -. Es más, la impresión estaba
fuertemente marcada en el cerebro de los cuatro guardias. Su antagonista era un
hombre muy alto, provisto de las armas de tus propios guardias. Su habilidad para
la lucha era casi milagrosa, ya que peleó limpiamente contra los cuatro y los
venció con una destreza sorprendente y una fuerza sobrehumana. Aunque llevaba
las armas de los Zodanganianos, un hombre tal no ha sido visto jamás ni en ésta
ni en ninguna otra ciudad de Barsoom. La mente de la princesa de Helium, a quien
he examinado e indagado, estaba en blanco para mí. Tiene perfecto control de su
mente y no pude leer nada en ella. Dijo que había sido testigo de parte del
encuentro y que cuando miró, no había más que un hombre con los guardias. Un
hombre que no reconoció y que nunca había visto.
¿Dónde está mi salvador? - preguntó otro de los del grupo, por cuya voz reconocí
que era el primo de Than Kosis, al que había rescatado de los guerreros verdes -.
Por las armas de mis antepasados, la descripción encaja con él a la perfección,
especialmente por su habilidad para luchar.
-¿Dónde está ese hombre? - gritó Than Kosis -. Que lo traigan ante mí de
inmediato - ¿Qué sabes de él, primo'? Me parece extraño, ahora que lo pienso,
que hubiera tal guerrero en Zodanga cuyo nombre ignorásemos hasta hoy. ¡Su
nombre también, John Carter! ¿Quién ha oído alguna vez tal nombre en Barsoom?
Pronto se corrió la voz de que no me podían encontrar por ningún lado, ni en el
palacio ni en mis anteriores cuartos en el cuartel de reconocimiento aéreo. Habían
encontrado y preguntado a Kantos Kan, pero él no sabía nada de mi paradero ni
de mi pasado. Les había dicho que me había conocido hacía poco, ya que se
había encontrado conmigo entre los warhoonianos.
- No pierdan de vista a este otro - ordenó Than Kosis -. También es un extraño y
es probable que los dos pertenezcan a Helium. Donde esté uno, pronto
encontraremos al otro Cuadrupliquen la patrulla aérea y que todo hombre que
abandone la ciudad, por tierra o por aire, sea objeto del más cuidadoso registro.
En ese momento entró otro mensajero con la noticia de que todavía estaba dentro
del palacio.
- Hoy ha sido rigurosamente examinado el aspecto de cuantas personas han
entrado y salido de palacio - concluyó aquél - y nadie se parece a ese nuevo
miembro de la Guardia.
- Entonces lo capturaremos dentro de poco - comentó Than Kosis satisfecho.
Mientras tanto, vayamos a las habitaciones de la Princesa de Helium y pidámosle
que trate de recordar el incidente. Es posible que sepa más de lo que quiso decirte
a ti, Notan. ¡Vamos!
Dejaron el salón, y como había oscurecido me deslicé lentamente de mi escondite
y corrí hacia el balcón. Había poca gente a la vista. Esperé, pues, un momento en
que parecía no haber nadie cerca, y salté rápidamente hacia la pared de vidrie y,
desde allí, a la avenida que se extendía fuera de las tierras del palacio.
23
Perdido en el espacio
Sin hacer esfuerzos por ocultarme, corrí hasta las proximidades de nuestras
habitaciones, donde estaba seguro de poder encontrar a Kantos Kan. Cuando me
acerqué al edificio tuve más cuidado, ya que seguramente el lugar estaría vigilado.
Varios hombres con ropajes civiles ociaban cerca de la entrada del frente y otros
en la parte de atrás. Mi único medio para llegar sin ser visto a los pisos superiores,
donde estaban situadas nuestras habitaciones, era a través de un edificio lindero.
Después de considerables vueltas logré alcanzar el techo de un negocio, a varias
puertas de distancia.
Saltando de techo en techo llegué a una ventana abierta del edificio donde
esperaba enc9ntrar al Heliumita. Un minuto más tarde ya me hallaba en la
habitación delante de él. Estaba solo y no se mostró sorprendido de mi llegada.
Dijo que me esperaba mucho más temprano, ya que el regreso de mis deberes
debía haber sido más temprano.
Vi que no estaba enterado de los sucesos del día en el palacio; de modo que,
cuando le informé lo acaecido, se excitó muchísimo. La noticia de que Dejah
Thoris había prometido su mano a Sab Than lo llenó de preocupación.
-¡No puede ser! - exclamó -. ¡Es imposible! ¿Es que acaso hay alguien en todo
Helium que no prefiera la muerte a la venta de nuestra amada princesa a la casa
gobernante de Zodanga? Debe de haber perdido la cabeza para acceder a un
pacto tan siniestro. Tú, que no sabes cómo la gente de Helium ama a los
miembros de nuestra casa real, no puedes apreciar el horror con que contemplo
una alianza tan impía. ¿Qué podemos hacer, John Carter? Eres un hombre
ingenioso. ¿No puedes pensar alguna forma de salvar a Helium de esta
desgracia?
- Si pudiera arreglarlo con mi espada – contesté -, resolvería la dificultad en lo que
a Helium concierne, pero por razones personales preferiría que otro diese el golpe
que libere a Dejah - Thoris.
Kantos Kan me miró fijamente antes de hablar.
- La amas – dijo -. ¿Lo sabe ella?
- Ella lo sabe, Kantos Kan, y sólo me rechaza porque está comprometida con Sab
Than.
Mi espléndido compañero se puso de pie de un salto, y asiéndome por el hombro
levantó su espada a la vez que exclamaba.
- Si la elección hubiera sido dejada a mi juicio, no podría haber encontrado alguien
más adecuado para la primera princesa de Barsoom. Aquí está mi mano sobre tu
hombro, John Carter, y mi palabra de que Sab Than caerá bajo mi espada, por el
amor que tengo por Helium, por Dejah Thoris y por ti. Esta misma noche trataré de
llegar a sus habitaciones en el palacio.
- ¿Cómo? – Pregunté -. Estás fuertemente custodiado y han cuadruplicado la
fuerza que patrulla el cielo,
Inclinó la cabeza para pensar un momento y luego la levantó con aire confiado,
- Sólo necesito pasar entre esos guardias y lo puedo hacer - dijo por último -.
Conozco una entrada secreta al palacio a través del pináculo de la torre más alta.
Di con ella, por casualidad, un día que pasaba sobre el palacio cumpliendo una
misión de patrulla. En este trabajo se requiere que investiguemos todo hecho
inusual del que seamos testigos. Una cara espiando desde el pináculo de la alta
torre del palacio era, para mí, sumamente inusual. Por lo tanto me dirigí hacia las
cercanías y descubrí que el dueño de la cara que espiaba no era otro que Sab
Than. Estaba evidentemente contrariado por haber sido descubierto y me ordenó
mantener el secreto, explicándome que el pasaje de la torre conducía
directamente a sus habitaciones y solamente él lo conocía. De llegar al techo del
cuartel v alcanzar mi máquina, puedo estar en las habitaciones de Sab Than en
cinco minutos; pero no puedo escapar del edificio si está tan vigilado como dices.
- ¿Están muy vigilados los cobertizos de las máquinas? - pregunté.
- Generalmente no hay más de un hombre de guardia, por la noche, en el techo.
- Ve al techo de este edificio, Kantos Kan, y espérame allí.
Sin detenerme a explicarle mis planes volví a la calle por el mismo camino por el
que había llegado y corrí hacia las barracas.
No me animaba a entrar en el edificio, lleno como estaba de personal del
escuadrón de reconocimiento aéreo. Estos, junto con toda Zodanga, me estaban
buscando.
Era un edificio enorme, que se elevaba a más de trescientos metros en el espacio.
Aunque pocos edificios de Zodanga son más altos que esas barracas, algunos
tienen varios metros más de altura. Los desembarcaderos de las grandes naves
de guerra de la escuadra quedaban a unos quinientos metros del suelo, mientras
que las estaciones de carga y pasajeros de los escuadrones comerciales se
elevaban casi hasta la misma altura.
Era larga la subida del frente del edificio, y cargada de muchos peligros, pero no
había otra forma. Por lo tanto, ensayé la tarea. El hecho de que la arquitectura
Barsoomiana tenga tantos ornamentos lo hizo mucho más simple de lo que había
imaginado, ya que encontré bordes y salientes que formaban una escalera
perfecta hacia el techo del edificio. Allí encontré mi primer obstáculo. El tejado se
proyectaba unos siete metros de la pared por la que había escalado, y aunque di
vuelta alrededor de todo el edificio, no encontré ninguna abertura en él.
El piso superior estaba iluminado y lleno de soldados ocupados en los menesteres
que les eran propios, de modo que no podía alcanzar el techo por el interior del
edificio.
Había una remota y desesperada posibilidad, y decidí intentarla. Tratándose de
Dejah Thoris, ningún hombre hubiera dejado de arriesgar su vida mil veces. Asido
a la pared con los pies y una mano, aflojé una de las largas correas de mis
arneses, de cuyo extremo pendía un gran garfio. Con este garfio todos los
navegantes del aire se cuelgan de los costados y de la base de las naves para
efectuar reparaciones y con él bajan los elementos de aterrizaje.
Balanceé el garfio cautelosamente hacia el techo, varias veces, hasta que
finalmente pude engancharlo. Entonces tiré con cuidado para afianzarlo, pero no
sabía si soportaría mi peso. Podría estar apenas trabado en el mismo borde del
techo, con lo cual mi cuerpo, balanceándose en su extremo, podía caer v estrellar
se contra el pavimento a unos trescientos metros más abajo.
Dudé un momento y luego, soltándome del ornamento me balanceé en el espacio
en el extremo de la rienda. A mis pies estaban las calles brillantemente
iluminadas, el duro pavimento y la muerte. Hubo un ligero sacudón en la parte
superior del tejado y el desagradable rechinar de un deslizamiento que hizo que el
corazón se me paralizara de terror.
Luego, el gancho se prendió y estuve a salvo.
Escalé rápidamente, me aferré del borde del tejado y salté hacia la superficie del
techo. Cuando recobré el equilibrio me topé con el centinela de guardia que me
apuntaba con su revólver.
- ¿Quién eres y de dónde vienes? - gritó.
- Soy un aviador de reconocimiento, amigo, muy cerca de estar muerto, ya que
escapé por un pelo de caer a la avenida que está abajo - contesté.
- Pero ¿cómo llegaste al techo? Nadie ha aterrizado ni despegado en el edificio
durante la última hora. Rápido: explícate o llamaré a los guardias.
- Mira aquí, centinela, y verás cómo he venido y qué cerca he estado de no poder
llegar en absoluto - repuse volviéndome hacia el borde del techo donde, a siete
metros más abajo, es decir en la punta de la correa, pendían todas mis armas.
Llevado por un impulso de curiosidad, el sujeto se acercó a mí y eso lo perdió,
porque cuando se inclinó para mirar sobre el borde del tejado lo tomé del cuello y
del brazo que empuñaba la pistola y lo arrojé pesadamente sobre el techo. El
arma se le cayó de la mano y mis dedos impidieron que gritara en demanda de
auxilio. Luego lo amordacé, lo até y lo suspendí del techo como había estado yo
unos momentos antes. Sabía que hasta la mañana no lo encontrarían, y yo
necesitaba ganar todo el tiempo que fuese posible.
Colocándome los arneses y las armas, corrí hacia el tinglado y pronto encontré mi
máquina y la de Kantos Kan. Sujeté la de él detrás de la mía, puse en marcha el
motor rozando el borde del techo me lancé por las calles de la ciudad, a una altura
mucho menor de la usual para una patrulla. En menos de un minuto me encontré a
salvo sobre el techo de nuestras habitaciones, al lado del atónito Kantos Kan.
No perdí tiempo con explicaciones, sino que enseguida nos pusimos a trazar
nuestros planes para el futuro inmediato. Se decidió que yo trataría de llegar a
Helium, mientras que él entraría en el palacio y despacharía a Sab Than. Si tenía
éxito, luego me seguiría. Arregló mi brújula, un pequeño aparato ingenioso que se
mantendría constante sobre cualquier punto de Barsoom, y luego de despedirnos
nos elevamos juntos y aceleramos en dirección al palacio que se levantaba en la
ruta que debía tomar para llegar a Helium.
Cuando nos acercábamos a la alta torre, una patrulla disparó desde arriba
arrojando su atravesante luz de investigación sobre mi nave. Una voz me gritó que
parara. Como no presté atención a ese aviso, siguió un disparo. Kantos Kan se
perdió en la oscuridad rápidamente, mientras yo me elevaba cada vez más. Me
desplacé a una enorme velocidad a través del cielo marciano seguido por una
docena de aparatos de caza que se habían unido a la persecución, y más tarde
por un rápido crucero que transportaba unos cien hombres y una batería de
cañones rápidos.
Moviendo y girando mi pequeña máquina, ora elevándome, ora descendiendo,
pude eludir sus reflectores la mayor parte del tiempo. Como de ese modo también
perdía terreno, decidí arriesgarlo todo en un vuelo directo y dejar los resultados a
cargo del destino y de la velocidad de mi máquina.
Kantos Kan me había enseñado un truco en la maquinaria - que sólo conocen los
pilotos de Helium- que incrementaba de forma notable la velocidad de nuestras
máquinas. Por lo tanto, me sentía seguro de poder poner distancia entre mis
perseguidores y yo si podía escabullirme de sus disparos por unos pocos minutos.
Cuando aceleré, el zumbido de las balas a mí alrededor me convenció de que sólo
por milagro podría escapar. La suerte estaba echada, de modo que lanzándome a
toda velocidad me encaminé directamente hacia Helium. Gradualmente dejé a mis
perseguidores cada vez más atrás, y ya me estaba felicitando por mi huida
afortunada cuando un disparo bien apuntado del crucero hizo impacto en la proa
de mi pequeña nave. La sacudida casi la vuelca, y a causa de la avería fue
perdiendo altura en la oscuridad de la noche. Cuando recuperé el control de la
máquina no sabia cuanto había caído, pero debía de haber estado muy cerca del
suelo cuando volví a ascender, porque podía oír claramente los gritos de los
animales debajo de mí. Me elevé de nuevo y examiné el cielo para ver dónde
estaban mis perseguidores, pero por último, al percibir sus luces muy lejos de mí,
advertí que estaban aterrizando, evidentemente en mi búsqueda.
Sólo cuando sus luces dejaron de distinguirse me aventuré a prender la pequeña
lámpara de mi brújula. Entonces descubrí con consternación que un fragmento de
la bala había destruido completamente mi única guía, así como mi velocímetro.
Era cierto que podía seguir las estrellas para orientarme hacia Helium, pero sin
saber la ubicación exacta de la ciudad ni la velocidad a la que estaba viajando mis
posibilidades de encontrarla eran muy pocas.
Helium estaba a mil seiscientos kilómetros al sudeste de Zodanga, y con una
brújula podría haber hecho el viaje, evitando accidentes, en unas cinco o seis
horas. Sin embargo, como había resultado, la mañana me encontraría volando
sobre una vasta, extensión del lecho del mar muerto, después de cerca de seis
horas de vuelo continuo a alta velocidad. En ese momento vi una gran ciudad,
pero no era Helium, ya que ésta era 1a única de todo Barsoom formada por dos
inmensas ciudades circulares amuralladas y separadas por unos cien kilómetros
de distancia, y habría sido fácil distinguirla desde la altura a la que estaba volando.
Pensando que había ido demasiado lejos hacia el Norte y el Oeste, volví en
dirección Sudeste y pasé por otras grandes ciudades durante la mañana. Ninguna
de ellas, empero, se parecía a la descripción que Kantos Kan me había dado de
Helium. Además del trazado en ciudades gemelas de Helium, otro rasgo
característico eran sus dos inmensas torres, una de un rojo vivo que se elevaba a
unos mil quinientos metros en el centro de una de las ciudades, y la otra de un
amarillo brillante y de la misma altura, que habían erigido en la ciudad hermana.
24
Tars Tarkas encuentra a un amigo
Alrededor del mediodía volaba bajo sobre una ciudad muerta del antiguo Marte. Al
echar tina ojeada a través de la llanura que se extendía más allá, vi varios miles
de guerreros verdes trabados en terrible batalla. Acababa de verlos cuando me
dirigieron una descarga de disparos con su puntería por lo general infalible, y mi
pequeña nave se convirtió instantáneamente en una ruina que comenzó a caer sin
control.
Caí casi directamente en el centro del feroz combate, entre los guerreros que no
habían notado mi proximidad, ocupados como estaban en una lucha de vida o
muerte. Estaban peleando a pie con sus espadas largas, mientras los disparos de
un francotirador de las cercanías del conflicto derribaban a los guerreros que se
separaban por un instante del enredo.
Cuando mi máquina cayó entre ellos me di cuenta que se trataba de pelear o
morir, con buenas probabilidades de morir a cada momento. Por lo tanto salté al
suelo con la espada larga en la mano, listo para defenderme como pudiera.
Caí al lado de un monstruo inmenso que estaba luchando con tres contrincantes.
Cuando eché un vistazo a su feroz rostro, iluminado por el fragor de la batalla,
reconocí a Tars Tarkas, de Thark. El no me vio, ya que estaba justo detrás de él.
Entonces los tres guerreros enemigos, que eran Warhoonianos, embistieron
simultáneamente. El poderoso individuo terminó rápido con uno de ellos, pero al
retroceder para dar otra estocada, cayó sobre un cadáver que había quedado
detrás de él y quedó a merced de sus enemigos un instante. Estos, rápidos como
la luz, se echaron sobre él. Tars Tarkas se habría ido a reunir con su padre si yo
no hubiera saltado sobre su cuerpo caído para enfrentar a sus adversarios. Me
hice cargo de uno de ellos, cuando el poderoso Tharkiano volvía a ponerse de pie
y rápidamente se batía con el otro.
Entonces me dirigió una mirada y una sonrisa se dibujó en sus labios horribles.
Luego me tocó el hombro y me dijo:
- Apenas te reconozco, John Carter; pero no hay otro mortal sobre Barsoom que
hubiera hecho lo que hiciste por mí. Creo que he aprendido lo que significa la
amistad, amigo.
No dijo más ni tuvo oportunidad de hacerlo, ya que los Warhoonianos nos estaban
cercando. Peleamos juntos, hombro con hombro, durante toda esa larga y ardiente
tarde, hasta que el curso de la batalla cambió y el resto de los feroces
Warhoonianos montó en sus doats y corrió hacia la oscuridad.
Diez mil hombres habían intervenido en esa lucha titánica y sobre el campo de
batalla yacían tres mil muertos. Ninguna de las partes pidió ni dio tregua, ni intentó
tomar prisioneros.
De regreso en la ciudad, después de la batalla, nos dirigimos directamente a los
aposentos de Tars Tarkas, donde quedé solo mientras el jefe asistía al
acostumbrado consejo que siempre se realiza después de cada encuentro.
Mientras estaba sentado, esperando el regreso del guerrero 'verde, percibí que
algo se movía en la habitación lindera, y cuando eché un vistazo en ella,
repentinamente se me arrojó encima una criatura enorme que me sostuvo de
espaldas contra una pila de sedas y pieles sobre la cual había estado echado. Era
Woola, el leal y querido Woola. Había encontrado su camino de regreso a Thark.
Como Tars Tarkas me contó más tarde, había ido inmediatamente hacia mis
habitaciones anteriores, donde había soportado su patética y al parecer
desesperanzada espera de mi regreso.
- Tal Hajus sabe que estás aquí, John Carter - dijo Tars Tarkas a su regreso de las
habitaciones del Jeddak -. Sarkoja te vio y te reconoció cuando regresábamos. Tal
Hajus me ha ordenado que te lleve ante él esta noche. Tengo diez doats, John
Carter, puedes elegir entre ellos. Te acompañaré al acueducto más cercano que
conduce a Helium. Tars Tarkas puede ser un cruel guerrero verde, pero también
puede ser un buen amigo. Ven, partiremos.
- ¿Y cuando regreses, Tars Tarkas? - pregunté.
- Los calots salvajes, posiblemente, o peor - contesto. A menos que intente la
oportunidad que he estado esperando tanto tiempo de batirme con Tal Hajus.
- Nos quedaremos, Tars Tarkas, y veremos a Tal Hajus esta noche. No te
sacrificarás. Puede ser que esta noche tengas la oportunidad que esperas.
Objetó enérgicamente, diciendo que Tal Hajus siempre caía en salvajes accesos
de furia ante el simple recuerdo del golpe que yo le había dado y que si alguna vez
caía en sus manos sería objeto de las más crueles torturas.
Mientras estábamos comiendo le repetí a Tars Tarkas la historia que Sola me
había contado aquella noche en el lecho del mar durante nuestro regreso a Thark.
No dijo mucho, pero los grandes músculos de su rostro denotaron pasión y dolor
ante el recuerdo de los horrores que se habían descargado sobre lo único que
siempre había amado en toda su fría, cruel y terrible existencia,
No objetó más cuando le pedí que nos presentáramos ante Tal Hajus. Sólo dijo
que le gustaría hablar con Sarkoja, primero. A su pedido lo acompañé a las
habitaciones de ésta, y la mirada de odio que ella me arrojó casi fue una
recompensa adecuada por cualquier futuro infortunio que este regreso accidental
podría traer aparejado.
- Sarkoja - dijo Tars Tarkas -: cuarenta años atrás fuiste el instrumento que causó
la tortura y muerte de una mujer llamada Gozaya. Acabo de saber que el guerrero
que amaba a esa mujer se ha enterado de tu participación en el hecho. No te
puede matar, Sarkoja: no es nuestra costumbre. Pero no hay nada que evite que
ate un extremo de una correa a tu cuello y el otro extremo a un doat salvaje,
simplemente para probar tu aptitud para sobrevivir y ayudar a la perpetuidad de
nuestra raza. Como he oído que hará eso mañana, creí conveniente advertirte, ya
que soy un hombre justo. El río Iss no es más que un corto peregrinaje, Sarkoja.
Ven, John Carter.
A la mañana siguiente, Sarkoja se había ido y no se la iba a volver a ver nunca
más desde ese día.
En silencio y apresuradamente nos dirigimos al palacio del Jeddak, donde
inmediatamente fuimos llevados ante él. De hecho, apenas podía esperar para
verme, Cuando entré estaba de pie, erguido sobre su plataforma, mirando con
odio hacia la entrada.
- Atenlo a este pilar – gritó -. Veremos quién es que se permite golpear al
poderoso Tal Hajus. Calienta los hierros. Quemaré sus ojos con mis propias
manos para que no pueda manchar mi persona con su vil mirada.
- Jefes de Thark - grité, volviéndome hacia el Consejo reunido e ignorando a Tal
Hajus -. He sido un jefe entre ustedes y hoy he peleado por Thark hombro con
hombro con su guerrero más grande. Deben al menos escucharme. Lo he ganado
hoy. Ustedes dicen ser gente justa . .
- Silencio - rugió Tal Hajus -. Amárrenlo y amordácenlo como ordené.
- ¡Justicia, Tal Hajus! - exclamó Lorcuas Ptomel-. ¿Quién eres tú para pasar por
alto las costumbres seculares de los Tharkianos?
- ¡Sí, justicia! - repitió una docena de voces.
Así. mientras Tal Hajus echaba espuma por la boca y humo por la nariz, continué:
- Son personas bravías y aman la valentía. Pero ¿dónde estaba su poderoso
Jeddak durante la lucha de hoy? No lo vi en medio de la batalla. No estaba allí.
Hace pedazos a mujeres indefensas y niños pequeños en su guarida, pero ¿lo ha
visto alguno de ustedes pelear recientemente con hombres? ¿Por qué aun yo, un
enano al lado de ustedes, lo derribe de un solo puñetazo? ¿Es esa la estirpe de
los Jeddaks de Thark? Aquí, a mi lado, está un gran Tharkiano, un poderoso
guerrero y un noble hombre. Jefes: ¿Como suena Tars Tarkas, Jeddak de Thark?
Un aplauso cerrado recibió la propuesta.
- Sólo falta que el Consejo lo ordene, y Tal Hajus deberá probar su capacidad para
gobernar. Si fuera un hombre valiente invitaría Tars Tarkas a pelear, ya que no es
de su agrado. Pero Tal Hajus tiene miedo. Tal Hajus, su Jeddak, es un Cobarde.
Con mis manos desnudas podría matarlo, y él lo sabe.
Después que dejé de hablar, hubo un silencio tenso, ya que todos los ojos se
fijaron en Tal Hajus. Este no habló ni se movió, pero el verde manchado de su
cuerpo se puso lívido y la espuma se congeló en sus labios.
- Tal Hajus - dijo Lorcuas Ptomel en un tono frío y duro -: nunca, en toda mi larga
vida, he visto a un Jeddak de los Tharkianos tan humillado. No podría haber más
que una respuesta a estos cargos. La esperamos. - Aún Tal Hajus quedó como si
estuviera petrificado -. jefes: ¿podrá el Jeddak Tal Hajus probar su capacidad para
gobernar Thark?
Había veinte jefes en la tribuna y las veinte espadas brillaron al ser levantadas.
No quedaba alternativa. La decisión era terminante. Así fue como Tal Hajus sacó
su espada larga y avanzó para encontrarse con Tars Tarkas.
El combate terminó rápido. Con su pie sobre el cuello del monstruo muerto, Tars
Tarkas se erigió en Jeddak de los Tharkianos.
Su primera decisión fue la de hacerme jefe, con el rango que había ganado por
mis combates los primeros meses de mi cautiverio entre ellos.
Viendo la disposición favorable de los guerreros hacia Tars Tarkas y hacia mí,
aproveché la oportunidad para alistarlos en mi causa contra Zodanga. Le conté la
historia de mis aventuras a Tars Tarkas y en pocas palabras le expliqué lo que
tenía en mente.
- John Carter ha hecho una propuesta - dijo dirigiéndose al Consejo - que cuenta
con mi consentimiento. La expondré brevemente: Dejah Thoris, la princesa de
Helium, que era nuestra prisionera, está ahora en poder del Jeddak de Zodanga,
con cuyo hijo debe casarse para poder salvar su territorio de la invasión de sus
tropas. John Carter sugiere que la rescatemos y regresemos a Helium. El saqueo
de Zodanga seria magnífico. Siempre he pensado que de aliarnos con Helium
podríamos asegurarnos el sustento suficiente que nos permita incrementar el
tamaño y la frecuencia de nuestros empollamientos, para convertirnos así en los
mejores, sin duda, entre los hombres verdes de todo Barsoom. ¿Qué opinan
ustedes?
Era una oportunidad para pelear, una oportunidad para el saqueo, y respondieron
a la incitación como truchas al anzuelo. Los Tharkianos estaban tremendamente
entusiasmados. Antes que transcurriera otra media hora, Veinte mensajeros
montados estaban cruzando los lechos de los mares a toda velocidad, para
convocar a las hordas para que se unieran a la expedición.
A los tres días estábamos en marcha hacia Zodanga con cien mil poderosos
guerreros, ya que Tars Tarkas había podido alistar a tres pequeñas hordas, con la
promesa del gran saqueo de Zodanga.
Yo iba montado a la cabeza de la columna, al lado del gran Tharkiano, mientras a
mis pies trotaba mi querido Woola.
Siempre marchábamos durante la noche, programando nuestra marcha para
acampar de día en las ciudades desiertas. Nos manteníamos dentro de los
edificios durante las horas del día. Durante la marcha, Tars Tarkas, con su notable
habilidad y capacidad de estadista, alistó a cincuenta mil guerreros más de varias
hordas. Por lo tanto, diez días después de partir hicimos un alto a medianoche, en
las cercanías de la ciudad amurallada de Zodanga, con unos ciento cincuenta mil
guerreros.
La fuerza de lucha y eficiencia de esta horda de feroces guerreros verdes era diez
veces mayor que la de igual número de hombres rojos. Nunca, en la historia de
Barsoom, según me dijo Tars Tarkas, había marchado una fuerza tal de guerreros
verdes para luchar juntos. Era una tarea monstruosa mantener siquiera un aspecto
de armonía entre ellos. Era maravilloso para mí que hubieran llegado a la ciudad
sin que pelearan una sola vez entre sí.
Cuando nos acercábamos a Zodanga, sus rencillas personales quedaron
desplazadas por su gran odio hacia los hombres rojos, especialmente los de
Zodanga, que durante años habían sostenido una despiadada campaña de
exterminio contra los hombres verdes, poniendo especial énfasis en la destrucción
de sus incubadoras.
Ahora que estábamos a las puertas de Zodanga, la tarea de poder entrar en la
ciudad recaía sobre mí. Indicándole a Tars Tarkas que separara sus fuerzas en
dos divisiones fuera de la ciudad, con cada división frente a una de las grandes
entradas, tomé veinte soldados desmontados y me acerqué a una de las
pequeñas entradas que hay en las murallas a pequeños intervalos. Estas entradas
no tienen guardia regular, pero están vigiladas por centinelas que patrullan las
avenidas que circundan la ciudad por la parte de adentro de los muros como
nuestra policía vigila sus distritos.
Las murallas de Zodanga tienen una altura de veinte metros y un espesor de
quince y están construidas con enormes bloques de carborundo. La tarea de
entrar a la ciudad le parecía imposible a mi escolta de guerreros verdes, Los que
habían sido elegidos para acompañarme eran de una de las hordas más
pequeñas y por lo tanto no me conocian.
Coloqué a tres de ellos de cara a la pared con las manos unidas, ordené a dos
más que subieran sobre los hombros de éstos, y a un sexto que subiera a los
hombros de los dos anteriores. La cabeza del guerrero que estaba arriba de todos
quedaba a unos doce metros del suelo.
De esta forma, con diez guerreros, construí una serie de tres escalones desde el
piso a los hombros del que estaba más arriba. Luego, comenzando desde una
distancia corta detrás de ellos, salté velozmente de una hilera a otra, y con un
salto final desde los anchos hombros del más alto, tomé el extremo del gran muro
y lentamente me elevé hacia su ancha superficie. Detrás de mí llevaba seis
cuerdas de cuero de otros tantos de mis guerreros. Previamente habíamos unido
estas cuerdas. Pasando un extremo al guerrero que estaba más arriba, bajá el
otro extremo cautelosamente por el lado opuesto de la pared hacia la avenida que
estaba abajo. Como no había nadie a la vista, descendí hacia el extremo de mi
cuerda de cuero y me lancé hacia el pavimento los diez metros que restaban.
Había aprendido de Kantos Kan el secreto para abrir estas puertas. En un
momento los veinte guerreros estaban conmigo dentro de la condenada ciudad de
Zodanga.
Para mi placer descubrí que había entrado por una de las entradas más bajas de
las tierras del palacio. El edificio en sí mostraba a la distancia un lustre de glorioso
brillo. Al instante decidí conducir un destacamento de guerreros directamente al
interior del palacio, mientras el grueso de la gran horda atacaba las barracas de
los soldados.
Envié, pues, a uno de mis guerreros para que pidiera cincuenta hombres a Tars
Tarkas y le explicara mis intenciones, y ordené a diez de los guerreros que
tomaran y abrieran uno de los grandes portones mientras con los nueve, restantes
yo tomaba el otro. Debíamos realizar nuestro trabajo rápido. No debía haber
disparos ni hacerse un avance general hasta que hubiera entrado al palacio con
mis cincuenta Tharkianos. Nuestros planes funcionaron a la perfección. Los dos
centinelas que encontramos fueron despachados junto a sus padres en el mar
perdido de Korus, y los guardias de ambos portones los siguieron sin decir ni una
palabra.
25
El saqueo de Zodanga
Cuando la gran puerta donde estaba se abrió, mis cincuenta Tharkianos,
encabezados por el propio Tars Tarkas, entraron montados en sus poderosos
doats. Los conduje a los muros del palacio, los que pude pasar fácilmente sin
necesidad de ayuda. Una vez adentro, aunque la puerta me dio bastante trabajo,
finalmente tuve mi recompensa viendo cómo se movía sobre sus enormes
bisagras. Pronto mi veloz escolta cabalgó a través de los jardines del Jeddak de
Zodanga.
Cuando nos aproximábamos al palacio, pude ver a través de las grandes ventanas
del primer piso el recinto brillantemente iluminado de Than Kosis. La inmensa sala
estaba repleta de nobles y sus mujeres, como si una función muy importante se
estuviera llevando a cabo. No había un solo guardia la vista fuera del palacio,
debido, según creí, al hecho de que los muros de la ciudad y el palacio eran
completamente inexpugnables. Por lo tanto me acerqué y espié.
En un extremo del recinto, en tronos de oro macizo incrustados de diamantes, se
hallaban sentados Than Kosis y su consorte, rodeados de oficiales y dignatarios
del estado. Delante de ellos se extendía un ancho corredor cercado a ambos
costados por soldados. Cuando miré, la cabeza de una procesión que avanzaba
hacia los pies del trono, entraba por ese corredor desde el extremo opuesto de la
sala. Al frente marchaban cuatro oficiales de la Guardia del Jeddak, que llevaban
una bandeja en la cual, sobre un cojín de seda roja, descansaba una gran cadena
de oro con un collar y un candado en cada extremo. Después de estos oficiales
entraron otros cuatro con una bandeja similar con los magníficos ornamentos
propios de los príncipes de la casa real de Zodanga.
A los pies del trono, los dos grupos se detuvieron y se separaron para situarse
enfrentados a ambos lados del corredor. Entonces avanzaron los dignatarios y los
oficiales del palacio y del ejército, hasta que por último aparecieron dos figuras
completamente cubiertas con un manto de seda escarlata - de modo que no se
podía ver ninguno de sus rasgos - y se detuvieron al pie del trono, frente a Than
Kosis. Cuando el grueso de la procesión hubo entrado y ocupado su lugar. Than
Kosís se dirigió a la pareja que estaba delante de él. No podía entender sus
palabras, pero en ese momento dos oficiales avanzaron y quitaron el manto rojo a
una de las figuras y entonces advertí que Kantos Kan había fracasado en su
misión, ya que el que quedó a la vista fue Sab Than, Príncipe de Zodanga.
Than Kosis tomó entonces una parte de los ornamentos de una de las bandejas y
colocó uno de los collares de oro en el cuello de su hijo, cerrando el candado.
Después de unas pocas palabras a Sab Than, se volvió a la otra figura, a quien los
oficiales habían quitado las sedas que la envolvían, y ante mi vista apareció Dejah
Thoris, Princesa de Helium.
Ahora, el motivo de la ceremonia estaba claro: unos momentos más y Dejah
Thoris se uniría para siempre al Príncipe de Zodanga. Era una ceremonia hermosa
e impresionante, creo: pero para mí era el espectáculo más diabólico que hubiese
presenciado jamás. Cuando ya los ornamentos estaban por ceñirse en la hermosa
figura y su collar de oro pendía de las manos de Than Kosis, levanté mi espada
larga sobre mi cabeza, v con su pesado puño rompí el vidrio de la gran ventana y
salté en medio del atónito grupo. De un salto alcancé los escalones de la
plataforma que estaba detrás de Than Kosis, y mientras éste me miraba lleno de
odio y sorpresa, descargué mi espada sobre la cadena de oro que hubiera unido a
Dejah Thoris con otro.
Instantáneamente, todo fue confusión. Mil espadas desenvainadas me
amenazaban desde todas partes. Sab Than saltó sobre mí con una daga
adornada con piedras preciosas que había sacado de sus ornamentos nupciales.
Podría haberle dado muerte tan fácilmente como a una mosca, pero las antiguas
costumbres de Barsoom me detenían la mano. Lo tomé de la muñeca cuando la
daga descendía hacia mi corazón, le hice una llave y señalé con mi espada larga
el extremo opuesto de la sala.
- ¡Zodanga ha caído! – Grité -. ¡Miren!
Todos los ojos se volvieron en la dirección que había señalado. Allí, avanzando a
través de los portales de la entrada, cabalgaban Tars Tarkas y sus cincuenta
guerreros montados en grandes doats.
Un grito de sorpresa y de alarma salió del grupo, pero ni una palabra de temor, y
al instante los soldados y nobles de Zodanga se lanzaron sobre los Tharkianos
que avanzaban.
Arrojé a Sab Than de cabeza por la plataforma y atraje a Dejah Thoris a mi lado.
Detrás del trono había una angosta puerta. En ella estaba Than Kosis
enfrentándome, con la espada larga desenvainada, y entonces nos trabamos en
lucha, aunque no era contrincante a mi medida.
Mientras girábamos sobre la ancha plataforma, vi que Sab Than subía los
escalones para ayudar a su padre; pero cuando levantó su mano para herirme,
Dejah Thoris saltó delante de él. En ese momento mi espada dio la estocada que
le confirió a Sab Than el título dc Jeddak de Zodanga. Mientras su padre rodaba
muerto por el suelo, el nuevo Jeddak se zafó de Dejah Thoris y otra vez quedamos
enfrentados. Al instante se le unió un cuarteto de oficiales. Con mi espalda contra
el dorado trono, comencé a luchar una vez más por Dejah Thoris pero debía
cuidarme bien de defenderme sin aniquilar a Sab Than y con él la última
oportunidad de ganar a la mujer que amaba. Yo blandía mi espada con la rapidez
de la luz, tratando de esquivar las estocadas de mis enemigos. Había desarmado
a dos u uno estaba muerto, cuando varios más se precipitaron a ayudar a su
nuevo gobernador y vengar la muerte del anterior.
Entonces oí que gritaban: "¡La mujer!. ¡La mujer!. ¡Mátenla! ¡Ella es la que urdió el
plan! ¡Mátenla! ¡Mátenla!"
Le dije a Dejah Thoris que se pusiera detrás de mí, y me abrí paso hacia la
pequeña puerta que estaba detrás del trono. Los oficiales se dieron cuenta de mis
intenciones y tres de ellos saltaron hacia ese lugar y me quitaron la posibilidad de
ganar una posición en la que habría podido defender a Dejah Tboris contra un
ejército de espadachines.
Los Tharkianos estaban luchando en el centro de la habitación. Empezaba a
darme cuenta de que nada que no fuese un milagro podría salvarnos a Dejah
Thoris y a mí, cuando vi que Tars Tarkas surgía de la multitud de aquellos
pigmeos que parecían hormigas alrededor de él. De un solo golpe de su poderosa
espada larga dejó un tendal de cadáveres a sus pies. Así, abriendo un corredor
delante de él, llegó a mi lado en un instante, sobre la plataforma, y comenzó a
sembrar muerte y destrucción a diestra y siniestra.
La valentía de los Zodanganianos era pavorosa. Ninguno intentó escapar. Cuando
la lucha cesó fue porque sólo los Tharkianos estaban vivos en la gran sala,
además de Dejah Thoris y yo.
Sab Than yacía muerto al lado de su padre. Los cadáveres de la flor de la nobleza
y aristocracia de Zodanga cubrían el piso de aquel matadero.
Mi prmer pensamiento, en cuando terminó la batalla, fue para Kantos Kan.
Dejando a Dejah Thoris a cargo de Tars Tarkas, tomé una docena de guerreros y
corrí hacia los calabozos que había debajo del palacio. Los carceleros los habían
abandonado para unirse a los luchadores en la sala del trono, de modo que
buscamos en los laberintos de la prisión sin oposición alguna.
Llamé a Kantos Kan por su nombre en cada corredor y celda que aparecía.
Finalmente tuve la satisfacción de oír su débil respuesta. Guiado por la voz, lo
encontramos rápidamente en un hueco en la oscuridad.
Se alegró mucho de verme y de conocer las causas de la lucha. Le habían llegado
a la prisión débiles ecos de ésta. Me contó que una patrulla aérea lo había
capturado antes de alcanzar la alta torre del palacio y que por lo tanto ni siquiera
había podido ver a Sab Than.
Como advertimos que sería inútil intentar cortar los barrotes y cadenas que lo
mantenían prisionero, regresé para buscar en los cadáveres del piso de arriba las
llaves que abrieran los candados de su celda y sus cadenas.
Afortunadamente encontré a su carcelero entre los primeros que examiné, y al rato
Kantos Kan estaba con nosotros en la sala del trono. Desde la calle nos llegó el
resonar de unos disparos mezclados con gritos y llantos, y Tars Tarkas corrió
hacia allí para dirigir la lucha que se estaba llevando a cabo. Kantos Kan lo
acompañó para servirle de guía. Los guerreros verdes empezaron una minuciosa
búsqueda de Zodanganianos y del botín del palacio. Dejah Thoris y yo quedamos
solos.
Se había sentado en uno de los dorados tronos y. cuando me volví, - me saludó
con una débil sonrisa.
- ¿Es posible que haya hombres así? – exclamo -. Sé que Barsoom nunca ha visto
a nadie como tú. ¿Será que todos los humanos son como tú? Solo, un extraño,
cansado, amenazado, perseguido, has hecho en unos pocos meses lo que ningún
hombre ha hecho jamás en todas las centurias pasadas de Barsoom: has reunido
a las hordas salvajes de los lechos del mar y las has traído para que luchen como
aliados de la gente roja de Marte.
- La respuesta es fácil, Dejah Thoris - contesté sonriente -: no fui yo quien lo hizo,
fue el amor, mi amor por Dejah Thoris. Una fuerza que podría realizar milagros
aun más grandes que los que has visto.
Un hermoso rubor iluminó su rostro y contestó:
- Puedes decirlo ahora, John Carter, y puedo yo escucharlo, porque soy libre.
- Aun tengo más que decirte, aunque nuevamente es muy tarde proseguí -. He
hecho muchas cosas extrañas en mi vida. Muchas cosas que hombres más sabios
no habrían hecho. Pero nunca, ni en mis fantasías más absurdas hubiera soñado
ser merecedor de Dejah Thoris, pues nunca hubiera soñado que en todo el
universo habitara una mujer como la Princesa de Helium. No me amedrenta que
seas princesa, sino el simple hecho de que seas como eres me hace dudar de mi
cordura, para pedirte, mi princesa, que seas mía.
- No tiene de qué avergonzarse aquel que conocía tan bien la respuesta a su
declaración antes que tal declaración fuera hecha - contestó levantándose y
poniendo sus adoradas manos sobre mis hombros.
Entonces la tomé en mis brazos y la besé.
26
De la masacre a la alegría
Poco después Kantos Kan y Tars Tarkas regresaron a informar que Zodanga
había sido completamente reducida. Sus fuerzas estaban enteramente destruidas
o capturadas y no era de esperar más resistencia de la ciudad: Varias naves de
guerra habían escapado, pero había miles de naves de guerra y mercantes bajo la
vigilancia de los guerreros Tharkianos.
Las hordas menores habían empezado a saquear y se estaban peleando entre sí.
Entonces se decidió reunir a todos los guerreros que fuera posible y tripular las
naves que se pudiera con prisioneros de Zodanga, para poner rumbo a Helium.
Cinco horas más tarde partíamos de los tejados de los desembarcaderos con una
flotilla de doscientas cincuenta naves de guerra, llevando cerca de cien mil
guerreros verdes, seguidos por una flotilla que transportaba nuestros doats.
Detrás dejamos la ciudad destruida en las garras feroces y brutales de más de
cuarenta mil guerreros verdes de las hordas menores, que saqueaban,
asesinaban y peleaban entre sí. Habían prendido luego en varios lugares y ya se
veían columnas de denso humo que se elevaban de la ciudad como para borrar de
los ojos del cielo las horribles visiones que había abajo.
Al promediar la tarde divisamos la torre roja y la amarilla de Helium. Poco
después, una flotilla de naves de Zodangania nos se elevó de los campos linderos
de la ciudad y avanzó para enfrentarse con nosotros.
Llevábamos banderas de Helium atadas de babor a estribor en todas nuestras
poderosas naves, pero los Zodanganianos no necesitaron esas insignias para
darse cuenta de que éramos enemigos, ya que nuestros guerreros verdes habían
abierto fuego casi en el momento en que aquéllos dejaban el suelo, y con su
pavorosa puntería barrieron a la flotilla que avanzaba.
Las ciudades gemelas, percibiendo que éramos amigos, enviaron cientos de
naves para que nos ayudaran. Entonces empezó la primera batalla aérea
verdadera que presenciaba.
Las naves de nuestros guerreros daban vueltas sobre las flotillas contrarias de
Helium y Zodanga, ya que sus baterías eran inútiles en manos de los Tharkianos,
que al no tener fuerza aérea no tenían experiencia en el armamento
correspondiente. Sus pequeñas armas de fuego, sin embargo, eran más eficaces
y el resultado final de este encuentro estuvo fuertemente influido, sino totalmente
determinado, por su presencia.
Al principio, las dos fuerzas se movían a la misma altura, disparando descarga tras
descarga una contra la otra. En ese momento habían hecho centro en una de las
inmensas naves de guerra de los Zodanganianos, que con una sacudida se dio
vuelta. Las pequeñas figuras de la tripulación caían girando y sacudiéndose hacia
el suelo, trescientos metros más abajo. Entonces, con una velocidad pasmosa, la
nave misma cayó verticalmente y se enterró casi por completo en el blando limo
del antiguo lecho del mar.
Entonces, una por una, las naves de guerra de Helium consiguieron quedar por
encima de los Zodanganianos, y en poco tiempo varias de las naves de guerra
contrincantes quedaron a la deriva, en ruinas, dirigiéndose hacia la alta torre roja
de Helium. Varias otras intentaron escapar pero fueron rodeadas rápidamente por
cientos de pequeñas naves individuales. Sobre cada una de ellas pendía una
monstruosa nave de guerra de Helium, preparada para mandar un grupo de
abordaje a sus cubiertas.
En menos de una hora desde el momento en que los victoriosos Zodanganianos
se elevaron para enfrentarnos desde los campos linderos a la ciudad, la batalla
había terminado y sus restantes naves habían sido conquistadas y eran
conducidas a las ciudades de Helium por su tripulación apresada.
La entrega de estas poderosas naves era extremadamente patética. Era el
resultado de las antiguas costumbres que exigían que la rendición se rubricase
con el voluntario salto al vacío del comandante de la nave vencida desde ésta.
Uno tras otro, los valientes guerreros, sosteniendo en alto sus banderas, saltaban
desde las proas de sus naves poderosas hacia una muerte horrible.
El fuego no cesó hasta que el comandante de toda la flotilla realizó el temerario
salto indicando la rendición de las restantes naves y haciendo que cesara el
sacrificio inútil de los valientes soldados.
Le indicamos a la nave que comandaba la flota de Helium que se aproximara y
cuando estuvo al alcance, les grité que teníamos a la Princesa Dejah Thoris a
bordo y que deseábamos pasarla a su nave para que fuera conducida de
inmediato a la ciudad.
Cuando entendieron el verdadero sentido de mi anuncio, surgió un grito increíble
de la cubierta de la nave, y poco después las banderas de la Princesa de Helium
aparecieron en cientos de puntos sobre la superestructura. Cuando las otras
naves del escuadrón captaron el sentido de las banderas, dejaron escapar el más
ensordecedor aplauso e izaron sus banderas bajo el brillante sol.
La nave principal se nos acercó, y mientras se mecía graciosamente y tocaba
nuestro costado, una docena de oficiales saltó sobre nuestra cubierta. Cuando sus
miradas atónitas cayeron sobre los cientos de guerreros verdes que estaban
apareciendo de los refugios de lucha, se quedaron estupefactos, pero al ver a
Kantos Kan que avanzaba a su encuentro, se adelantaron para rodearlo.
Entonces Dejah Thoris y yo avanzamos. Sólo tenían ojos para ella y ella los
recibió graciosamente, llamando a cada uno por su nombre, ya que gozaban de la
estima de su abuelo, a cuyo servicio estaban, y los conocía bien.
- Tiendan sus manos sobre los hombros de John Carter - les dijo volviéndose
hacia mí -, el hombre a quien le deben su princesa así como la victoria de hoy.
Fueron muy corteses conmigo y dijeron muchos cumplidos y cosas gentiles. Lo
que más parecía impresionados era que hubiera ganado la ayuda de los feroces
Tharkianos en mi campaña para la liberación de Dejah Thoris y la recuperación de
Helium.
- Le deben su gratitud a otro hombre, más que a mí – dije -. Y aquí está. Les
presento al más grande soldado y estadista de Barsoom: Tars Tarkas, Jeddak de
Thark.
Con la misma fina cortesía que habían demostrado en su trato hacia mí,
extendieron sus saludos al gran Tharkiano. Para mi sorpresa, no tenía nada que
envidiarles en cuanto a fluidez para sostener una conversación cordial. Aunque no
son de una raza locuaz, los Tharkianos son extremadamente formales y sus
modales se prestan asombrosamente a las costumbres palaciegas y nobles. Dejah
Thoris pasó a bordo de la nave capitana y se apenó de que no la siguiera, pero le
expliqué que la batalla sólo estaba ganada parcialmente. Todavía teníamos las
fuerzas de ocupación de los Zodanganianos para que nos rindieran cuentas, de
modo que no dejaría a Tars Tarkas hasta que eso se hubiera logrado.
El comandante de las fuerzas navales de Helium me prometió hacer los arreglos
para que el ejército de Helium atacara desde la ciudad junto con nuestro ataque
por tierra. En consecuencia, las naves se separaron y Dejah Thoris fue llevada de
regreso triunfalmente a la corte de su abuelo, Tardos Mors, Jeddak de Helium.
A la distancia estaban nuestras flotillas de transporte, con los doats de los
marcianos verdes, donde habían permanecido durante la batalla. Sin plataformas
de aterrizaje sería difícil descargar las bestias sobre la llanura abierta, pero no
había otro modo de hacerlo. Por lo tanto partimos hacia un lugar a unos quince
kilómetros de la ciudad y comenzamos la tarea.
Fue necesario bajar los animales en cabestrillos, tarea ésta que ocupó el resto del
día y mitad de la noche. Entretanto fuimos atacados dos veces por grupos de la
caballería Zodanganiana, aunque, sin embargo, con pocas pérdidas. Después que
oscureció se retiraron a toda marcha.
Tan pronto como el último doat fue descargado, dimos la orden de avanzar y en
tres grupos nos deslizamos desde el Norte, el Sur y el Este sobre el campamento
Zodanganiano.
A cerca de un kilómetro del campamento principal encontramos sus puestos de
avanzada y, como habíamos convenido de antemano, atacamos.
En medio de los chillidos horribles de los doats enfurecidos por la batalla caímos
sobre los Zodanganianos con gritos salvajes y feroces.
No los encontramos desprevenidos sino que, por el contrario, formaban una línea
de ataque bien atrincherada para enfrentarnos. Una y otra vez fuimos rechazados
hasta que, hacia la noche, empecé a temer por los resultados de la batalla.
Los Zodanganianos sumaban cerca de un millón de guerreros congregados de
polo a polo dondequiera que se extendían sus acueductos, mientras que las
fuerzas que se les enfrentaban eran de menos de cien mil guerreros verdes. Las
fuerzas de Helium no habían llegado ni habíamos tenido noticias de ellas.
Sólo al caer la noche oímos la artillería pesada a lo largo de toda la línea que
separaba a los Zodanganianos de las ciudades, y entonces nos enteramos de que
nuestros refuerzos, tan esperados, habían llegado.
Tars Tarkas volvió a ordenar un avance. Una vez más los poderosos doats
llevaron a sus terribles jinetes hacia las moradas de los enemigos. Al mismo
tiempo, la línea de ataque de Helium se lanzó sobre la trinchera de los
Zodanganianos y a poco ya los trituraban como si estuvieran entre dos piedras de
molino. Lucharon noblemente, pero en vano.
La llanura que se tendía delante de la ciudad se había convertido en una
verdadera carnicería, a pesar de que los últimos Zodanganianos se rindieron.
Finalmente la matanza terminó. Los prisioneros fueron llevados de regreso a
Helium y entramos por los, grandes portales de la ciudad formando una enorme
procesión triunfal de héroes conquistadores.
Las anchas avenidas estaban bordeadas por mujeres y niños, y entre ellos se
encontraban los pocos hombres cuyo deber les exigía, que permanecieran en la
ciudad durante la batalla. Fuimos recibidos con una salva interminable de
aplausos y una lluvia de ornamentos de oro, platino, plata y piedras preciosas. La
ciudad se sentía loca de alegría.
Mis fieros Tharkianos causaron la más furiosa excitación y entusiasmo. Nunca
había entrado por los portales de Helium un grupo armado de guerreros verdes,
de modo que el que vinieran ahora como amigos y aliados llenaba a los hombres
rojos de regocijo.
120
Era evidente que mis pobres servicios hacia Dejah Thoris se habían vuelto de
dominio público, a juzgar por la frecuencia en que vitoreaban mi nombre y la
cantidad de condecoraciones que prendían en mí y en mi doat mientras subíamos
las avenidas, camino al palacio. A pesar del aspecto feroz de Woola, el pueblo se
apretujaba sobre mí.
Cuando llegamos al magnífico pilar fuimos recibidos por un grupo de oficiales que
nos saludaron cálidamente y pidieron que Tars Tarkas y sus jefes, con los
Jeddaks y Jeds de sus aliados salvajes, junto conmigo, desmontáramos y los
acompañáramos a recibir de Tardos Mors una manifestación de su gratitud por
nuestros servicios.
Al término de los grandes peldaños que conducían a los portales principales del
palacio, estaba el grupo real. Cuando llegamos a los primeros escalones, uno de
sus miembros descendió para recibirnos. Era prácticamente un espécimen
perfecto de hombre. Alto, esbelto como un junco, con músculos estupendos y
porte y talante de conductor de hombres.
El primer miembro de nuestro grupo con quien se encontró fue Tars Tarkas. Sus
palabras sellaron para siempre la nueva amistad entre sus razas.
- Que Tardos Mors - dijo gravemente - pueda encontrarse con el más grande
guerrero viviente de Barsoom, es un honor inapreciable; pero que coloque su
mano sobre el hombro de un amigo y aliado, es un honor más grande aún.
- Jeddak de Helium - contestó Tars Tarkas -: ha sido reservado a un hombre de
otro mundo el enseñar a los guerreros verdes de Barsoom el significado de la
amistad. A él le debemos el hecho de que las hordas de Thark puedan entenderte
y puedan apreciar y hacer recíprocos los sentimientos tan gentilmente expresados
por ti.
Tardos Mors saludó entonces a cada uno de los Jeddaks y Jeds verdes y a cada
uno le dirigió palabras de amistad y aprecio.
Cuando se acercó a mí, colocó sus dos manos sobre mis hombros.
- Bienvenido, hijo mío – dijo -. El hecho de que te sea permitido, con todo placer y
sin una sola palabra de oposición, obtener la más preciada joya de todo Helium,
de todo Barsoom, es suficiente prueba de mi estima.
Fuimos presentados a Mors Kajak, Jed de la ciudad de Helium, de menor
importancia, y padre de Dejah Thoris. Había seguido de cerca a Tardos Mors y
parecía aun más emocionado por el encuentro que su propio padre.
Trató varias veces de expresarme su gratitud pero su voz se quebraba por la
emoción y no podía hablar. Aun así, tenía - según sabría después - una gran
reputación por su ferocidad y valentía como luchador, que aún era reconocida
sobre la belicosa Barsoom. Al igual que todo Helium adoraba a su hija y no podía
pensar siquiera en el peligro que había corrido sin que lo invadiera tina profunda
emoción.
27
121
De la alegría a la muerte
Durante diez días las hordas Tharkianas y sus aliados salvajes fueron agasajados
y entretenidos, y luego cargados de costosos presentes. Después, escoltados por
diez mil soldados de Helium comandados por Mors Kajak emprendieron el regreso
a sus propias tierras. El Jed de la ciudad menor de Helium y un pequeño grupo de
nobles los acompañaron durante todo el camino a Thark, para estrechar aún más
los nuevos lazos de paz y amistad.
Sola también acompañaba a Tars Tarkas, su padre, que delante de todos sus
Jeddaks la había reconocido como su hija.
Tres semanas después, Mors Kajak y sus oficiales. acompañados por Tars Tarkas
y Sola, regresaron en una nave de guerra que había sido enviada a Thark para
que los trajeran a tiempo para la ceremonia que haría de Dejah Tboris y John
Carter un solo ser.
Durante nueve años actué en los consejos y peleé en el ejército de Helium como
un príncipe de la casa de Tardos Mors. La gente parecía no cansarse nunca de
colmarme de honores. No pasaba un día sin que trajeran una nueva prueba de su
amor por mi princesa, la incomparable Dejah Thoris.
En una incubadora de oro, sobre el techo de nuestro palacio yacía un huevo
blanco como la nieve. Durante casi cinco años, diez soldados de la guardia del
Jeddak lo vigilaron constantemente, y no pasó un día, mientras estuve en la
ciudad, sin que Dejah Thoris y yo nos paráramos tomados de la mano, delante de
nuestro pequeño altar, haciendo planes para el futuro, cuando la delicada cáscara
se rompiera.
La imagen de la última noche permanece vívida en mi mente. Estábamos
sentados allí, hablando en voz baja del extraño romance que había unido nuestras
vidas y del milagro que estaba por consumarse para aumentar nuestra felicidad y
completar nuestros deseos, cuando a la distancia vimos la brillante luz blanca de
una nave aérea que se, acercaba. No le atribuimos mayor importancia a una luz
tan común, pero cuando cómo un proyectil de luz corrió hacia Helium, su propia
velocidad predijo algo fuera de lo común.
Haciendo señas luminosas que indicaban que era portadora de un despacho para
el Jeddak, se movía impacientemente, a la espera de las naves de patrulla que la
condujeran al desembarcadero del palacio.
Diez minutos después de aterrizar en la elevada plataforma del palacio, un
mensajero me llamó al recinto del Consejo, que encontré colmado de miembros de
este cuerpo.
En la elevada plataforma del trono estaba Tardos Mors, paseándose de un lado a
otro, con las facciones tensas. Cuando todos estuvieron en sus asientos, se volvió
hacia nosotros.
- Esta mañana -dijo- me llegaron noticias de varios gobiernos de Barsoom de que
el cuidador de la planta atmosférica no ha dado su informe desde hace dos días.
Tampoco los llamados casi incesantes de una veintena de capitales han obtenido
122
el mínimo signo de respuesta. Los embajadores de otros imperios me han pedido
que me haga cargo del asunto y me apresure a localizar al cuidador asistente de
la planta. Todo el día, miles de cruceros lo han estado buscando hasta que ahora
uno de ellos regresó trayendo su cadáver, que fue encontrado en una cueva,
debajo de su casa, horriblemente mutilado por un asesino. No necesito decirles lo
que esto significa para Barsoom. Llevará meses trasponer esas poderosas
paredes; no obstante, el trabajo ya ha sido comenzado. Habría poco que temer si
las máquinas de descarga de la planta funcionaran en forma normal como lo han
hecho durante cientos de años. Pero mucho me temo que haya sucedido lo peor.
Los instrumentos señalan, una rápida disminución de la presión en todos los
puntos de Barsoom. La máquina se ha detenido. Señores míos – continuó -:
tenemos como máximo tres días de vida.
Hubo un silencio absoluto durante varios minutos. Al cabo, un joven noble se puso
de pie y con su espada desenvainada en alto se dirigió a Tardos Mors.
- Los hombres de Helium se enorgullecen de haber mostrado siempre a Barsoom
cómo vive una nación de hombres rojos. Ahora es la oportunidad de mostrarle
cómo muere. Deja que sigamos con nuestros deberes como si todavía tuviéramos
mil años de vida por delante.
El recinto resonó en aplausos y como si no hubiera nada mejor que apaciguar el
temor de la gente con nuestro ejemplo, seguimos adelante con una sonrisa en
nuestros rostros y una pena corroyéndonos el corazón.
Cuando regresé a mi palacio, encontré que el rumor ya había llegado a oídos de
Dejah Thoris. Por lo tanto le conté todo lo que había escuchado.
- Hemos sido muy felices, John Carter – dijo -. Donde quiera que el destino nos
alcance, agradezco que nos permita morir juntos.
Los dos días siguientes no trajeron ningún cambio en la provisión de aire, pero al
tercer día respirar se tomó difícil en los pisos superiores de los edificios. Las
avenidas y las calles de Helium estaban llenas de gente. Todos los negocios
habían cerrado. La mayoría de la gente afrontaba valientemente su inexorable
sentencia de muerte. Aquí y allá, sin embargo, hombres y mujeres daban rienda
suelta a su pena.
Hacia la mitad del día muchos de los más débiles empezaron a sucumbir y en el
lapso de una hora la mayoría de la gente de Barsoom comenzó a hundirse en la
inconsciencia que precede a la muerte por asfixia.
Dejah Thoris y yo, junto con otros miembros de la familia real, nos habíamos
reunido en un jardín de uno de los patios interiores del palacio. Conversábamos en
voz baja y a veces n siquiera hablábamos. Mientras tanto, el pánico de la horrible
sombra de la muerte se deslizaba sobre nosotros. Hasta Woola parecía sentir el
peso del inminente desenlace, ya que se pegaba a mí y a Dejah Thoris gimiendo
lastimeramente.
La pequeña incubadora había sido traída del techo de nuestro palacio, a pedido de
Dejah Thoris, que se quedaba mirando la pequeña vida desconocida que ya nunca
conoceríamos.
123
Como se estaba tornando perceptiblemente difícil respirar. Tardos Mors se puso
de pie diciendo:
- Despidámonos; los días de grandeza de Barsoom han terminado. El sol de
mañana iluminará un mundo muerto que debe seguir girando por toda la eternidad
en el firmamento, sin que lo habiten siquiera los recuerdos. Este es el fin.
Dejó de hablar y besó a las mujeres de su familia y tendió su fuerte mano sobre
los hombros de los hombres.
Cuando me volví, tristemente, mis ojos se posaron sobre Dejah Thoris. Su cabeza
estaba inclinada sobre su pecho. Todas las apariencias indicaban que estaba sin
vida. Con un grito me abalancé sobre ella y la levanté en mis brazos. Sus ojos se
abrieron y miraron los míos.
- Bésame, John Carter – musitó - ¡Te amo! ¡Te amo! Es cruel que quienes apenas
comienzan a vivir una vida de amor y felicidad sean separados.
Cuando apretó sus queridos labios en los míos, un viejo sentimiento de impotencia
se irguió dentro de mí. La sangre luchadora de Virginia volvió a correr en mis
venas.
- No será, mi princesa – grité -. Hay, debe de haber una forma; y John Carter, que
ha luchado para abrirse camino en un mundo extraño por amarte, la encontrará.
Con mis palabras, traje a los umbrales de mi conciencia una serie de nueve
sonidos olvidados tiempo atrás, y como un rayo de luz en la oscuridad empecé a
darme cuenta de todo lo que significaban: las llaves de las tres grandes puertas de
la planta atmosférica.
Enfrenté abruptamente a Tardos Mors, mientras todavía estrechaba a mi amada
moribunda, junto a mi pecho, grité:
- ¡Una nave, Jeddak! ¡Rápido! Ordena que sea traída al techo del palacio una
nave veloz. ¡Todavía puedo salvar a Barsoom!
No perdió tiempo en preguntar, sino que al instante un guardia fue corriendo hacia
el desembarcadero más cercano. Aunque el aire era tenue y casi inexistente en el
techo, pudieron arreglárselas para preparar una nave para un tripulante, la más
rápida que la técnica de Barsoom hubiese producido jamás.
Besé a Dejah Thoris mil veces, le ordené a Woola - que de otra manera hubiera
venido detrás de mí - que se quedara a cuidarla, y salté con mi antigua agilidad y
fuerza hacia las altas murallas del palacio. En un instante más iba rumbo a la meta
de la esperanza de todo Barsoom.
Tuve que volar bajo para tener el aire suficiente para respirar. Tomé un rumbo
directo a través de un viejo lecho de mar y de ese modo tuve que elevarme sólo
unos pocos metros del suelo.
Viajé a una velocidad tremenda, ya que mi viaje era una carrera contra el tiempo y
la muerte. El rostro de Dejah Thoris estaba constantemente ante mí. Al volverme
para darle una última mirada, cuando dejé los jardines del palacio, la había visto
tambalearse y caer al suelo al lado de la pequeña incubadora. Sabía bien que
124
había caído en estado de coma y que podía terminar en la muerte si el suministro
de aire permanecía interrumpido. Por lo tanto, olvidándome de ser precavido, eché
todo por la borda, excepto la máquina y la brújula incluso mis ornamentos, y
echado boca abajo sobre la cubierta, con una mano sobre el volante y con la Otra
apretando el acelerador al máximo, atravesé el tenue aire del planeta muriente,
con la velocidad de un meteoro.
Una hora antes que oscureciera, los grandes muros de la planta atmosférica
empezaron a distinguirse delante de mí. Con un rugido horrendo me precipité
hacia el suelo delante de la pequeña puerta que arrebataba la chispa de vida que
aún les quedaba a los habitantes de un planeta entero.
Al costado de la puerta, una gran multitud de hombres había estado trabajando
para atravesar los muros, pero apenas habían logrado rasguñar la superficie de
piedra. Ahora, la mayoría de ellos yacía en el último sueño del que ni siquiera el
aire podría despertarlos.
Las condiciones parecían mucho peor allí que en Helium. Yo respiraba con
dificultad. Había unos pocos hombres todavía conscientes. Le hablé a uno de
ellos.
- Si puedo abrir las puertas, ¿hay algún hombre que pueda hacer funcionar las
máquinas? - le pregunté.
- Yo puedo contestó, si las abres rápidamente. Puedo aguantar muy pocos
minutos más. Pero es inútil: nadie, en Barsoom, salvo esos dos hombres que han
muerto, conoce el secreto de estas horribles cerraduras. Durante tres días,
muchos hombres, enloquecidos por el pánico, han trabajado sobre este portal en
un vano intento por resolver sus misterios.
No tenía tiempo de hablar. Me estaba debilitando mucho y era con mucha
dificultad que podía controlar mi mente.
Con un esfuerzo final, mientras caía débilmente de rodillas, lancé las nueve ondas
de pensamientos a esa horrible cosa que estaba delante de mí. Los marcianos se
habían arrastrado hasta mi lado y con los ojos sobre el único panel que estaba
delante de nosotros esperamos en un silencio mortal.
Lentamente, la poderosa puerta retrocedió delante de nosotros. Intenté
levantarme, pero estaba demasiado débil.
- Después de esto – grité -, y si alcanzan la sala de las bombas, libérenlas todas.
Es la única posibilidad que tiene Barsoom de existir mañana.
Desde donde estaba abrí la segunda puerta y luego la tercera. Mientras veía la
esperanza de Barsoom arrastrarse débilmente de manos y rodillas a través de la
última puerta, caí inconsciente al suelo.
28
En la cueva de Arizona
125
Estaba oscuro cuando volví a abrir los ojos. Mi cuerpo estaba extrañamente
vestido, con vestimentas que se rasgaron y soltaron polvo cuando adopté otra
posición para sentarme.
Me sentía recuperado de píes a cabeza y de pies a cabeza estaba vestido,
aunque cuando había caído inconsciente en la pequeña puerta estaba desnudo.
Delante de mí había un pedazo de cielo iluminado por la luz de la luna, que
aparecía a través de una abertura desigual.
Cuando mis manos palparon mi cuerpo, encontraron unos bolsillos. En uno de
ellos habla una pequeña caja de fósforos envuelta en papel encerado. Prendí uno
y su débil llama iluminó lo que parecía ser una cueva hacia cuya parte trasera
descubrí una extraña figura, inmóvil, apoyada sobre un pequeño banco.
Cuando me acerqué, vi que eran los restos momificados de una pequeña anciana,
de largo cabello negro. La cosa sobre la que estaba apoyada era un pequeño
carbonero sobre el que descansaba una vasija redonda de cobre con una
pequeña cantidad de polvo verdoso.
Detrás de ella, colgada del techo por correas de cuero crudo, y extendiéndose a lo
largo dé toda la cueva había una hilera de esqueletos humanos. De la cuerda que
los sostenía se extendía otra hasta la mano de la pequeña anciana. Cuando toqué
la cuerda, los esqueletos se movieron produciendo un ruido semejante al crujido
de hojas secas.
Era la escena más grotesca y horrible que había visto jamás. Corrí hacia el aire
fresco de afuera, feliz de escapar de un lugar tan horrendo.
Lo que encontraron mis ojos cuando me asomé a una pequeña saliente que se
extendía delante de la entrada de la cueva, me llenó de consternación. Mi mirada
encontró un nuevo cielo y un nuevo paisaje. Las montañas plateadas a la
distancia, la casi estática luna en el cielo, el valle tachonado de cactos que se
extendían delante de mí, no eran de Marte.
Apenas podía creerlo que mis ojos veían. Pero la verdad se fue abriendo camino
lentamente en mí Estaba contemplando a Arizona desde la misma saliente desde
la que diez años atrás había mirado con ansia hacia Marte.
Hundí mi cabeza entre mis brazos, y volví, deshecho y lleno de pena, a bajar por
el camino que nacía en la cueva.
Sobre mí brillaba el ojo rojo de Marte, reteniendo su horrible secreto a setenta y
cinco millones de kilómetros de distancia. ¿Habrían alcanzado los marcianos las
salas de las bombas? ¿Habría llegado a tiempo el aire vital a aquel distante
planeta para salvarlos? ¿Estaría viva Dejah Thoris, o su hermoso cuerpo se
hallaría helado por la muerte, al lado d& la pequeña incubadora, en el jardín del
patio interior del palacio de Tardos Mors, Jeddak de Helium?
Durante diez años he esperado y rogado una respuesta a mi pregunta. Diez años
he esperado y he rogado que me transportaran de vuelta al mundo de mi amada.
Preferiría yacer allí, muerto a su lado, antes que vivir aquí, a tantos horribles
millones de kilómetros de distancia como me separan de ella.
126
La vieja mina, que encontré intacta, me ha hecho fabulosamente rico, pero, ¿qué
me importa la riqueza?
Hoy, sentado aquí, esta noche, en mi pequeño estudio que da al Hudson, sé que
han pasado veinte años desde la primera vez que abrí los ojos en Marte.
Esta noche vi el planeta a través de la pequeña ventana de mi escritorio.
Esta noche parece llamarme de nuevo como no me ha llamado más desde aquella
noche de muerte. Me parece ver, a través del horrible abismo del espacio, una
hermosa mujer de cabello negro, de pie en el jardín del palacio, y a su lado un
niño que la rodea con los brazos mientras le señala en el cielo el planeta Tierra, y
a sus pies una enorme y horrible criatura con un corazón de oro.
Creo que ellos me están esperando y algo me dice que pronto lo sabré.
Fin
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